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    <title><![CDATA[elDiario.es - Francisco Pellicer Corellano]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/francisco-pellicer/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Francisco Pellicer Corellano]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un Aragón sin trabajo, pero con centros de datos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/aragon-trabajo-centros-datos_132_13574278.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/43749364-38b5-4700-9010-bfe31e4dd385_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un Aragón sin trabajo, pero con centros de datos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No es extraño que la moratoria a los centros de datos ya planee por Estados Unidos, el país que lidera la IA. En solo tres meses, políticos demócratas y republicanos han paralizado inversiones por valor de 130.000 millones de dólares a lo largo de 49 de los 50 estados</p></div><p class="article-text">
        A medida que el debate sobre los centros de datos &ndash;esos gigantescos contenedores frigor&iacute;ficos donde la IA carbura a temperatura constante&ndash; avanza en Arag&oacute;n, la sociedad aragonesa va superando su deslumbramiento inicial ante los multimillonarios anuncios de inversiones, y se abren paso las posiciones cr&iacute;ticas. Pretendemos abordar aqu&iacute; cuatro perspectivas pr&aacute;cticas, alejadas del mero 'nimbyismo' &ndash;de 'not in my backyard' (no en mi patio trasero)&ndash;, esa postura que se limita a no aceptar por sistema centros de datos cerca de nuestras casas mientras usamos la IA con fruici&oacute;n. No ser&iacute;a justo limitar los centros de datos a los pa&iacute;ses que no tienen una sociedad civil organizada.
    </p><p class="article-text">
        Empecemos por el coste de oportunidad de hipotecar ingentes cantidades de recursos &ndash;energ&iacute;a, suelo e ingresos fiscales, principalmente, pero tambi&eacute;n agua&ndash;. Como saben bien en Quinto, un megavatio comprometido con un centro de datos ya no puede utilizarse para ampliar una industria, y el hecho de que Arag&oacute;n produzca mucha electricidad renovable no significa que dispongamos de una cantidad infinita de potencia utilizable en cualquier punto. Tampoco tenemos suelo ilimitado, aunque Arag&oacute;n sea extenso: una hect&aacute;rea ocupada deja de estar disponible para otros usos, y en el gran centro de datos de Calatorao hablamos de m&aacute;s de 220 hect&aacute;reas hipotecadas. Y no todos los suelos son equivalentes: secanos, huertas, espacios esteparios, corredores ecol&oacute;gicos o terrenos pr&oacute;ximos a n&uacute;cleos urbanos tienen funciones y valores distintos, pero cuando, como parece que ocurre en Botorrita, una inmobiliaria le ofrece a los agricultores hasta 5 o 6 veces m&aacute;s por hect&aacute;rea de lo que valen las tierras de secano, toda resistencia se desvanece. En cuanto al agua, en una cuenca acostumbrada a discutir cada metro c&uacute;bico entre abastecimientos, regad&iacute;os, usos industriales y necesidades ambientales, resultar&iacute;a parad&oacute;jico considerar irrelevante el consumo de estas nuevas instalaciones; el hecho de que a su patronal no le haya gustado la intenci&oacute;n del Gobierno de Espa&ntilde;a de obligar a publicar datos normalizados de consumo y eficiencia nos deber&iacute;a hacer arquear una ceja. As&iacute; las cosas, la refrigeraci&oacute;n seca, los circuitos cerrados y la utilizaci&oacute;n de aguas regeneradas deber&iacute;an convertirse en criterios esenciales para su implantaci&oacute;n. Finalmente, los regalos fiscales deben reconsiderarse. Ni son ya necesarios como palanca de atracci&oacute;n, ni nos podemos permitir renunciar a unos ingresos que precisamos para adaptar el territorio, sus infraestructuras y servicios, al fen&oacute;meno de los centros de datos. Tampoco es est&eacute;tico que las multinacionales eviten pagar a los peque&ntilde;os ayuntamientos aragoneses el IBI o el IAE, o lo hagan arrastrando los pies, como en El Burgo de Ebro o en Villamayor de G&aacute;llego.
    </p><p class="article-text">
        El segundo aspecto es el calor generado, un recurso del que apenas hablamos. Pr&aacute;cticamente toda la electricidad consumida por los servidores termina convertida en calor y debe evacuarse. En instalaciones que demandan cientos de megavatios estamos hablando de cantidades extraordinarias de energ&iacute;a t&eacute;rmica. En el contexto del cambio clim&aacute;tico y de unos veranos cada vez m&aacute;s c&aacute;lidos, debemos estudiar la huella t&eacute;rmica territorial de estas concentraciones tecnol&oacute;gicas. Durante una ola de calor, precisamente cuando m&aacute;s dif&iacute;cil resulta refrigerar las instalaciones, grandes vol&uacute;menes de calor son expulsados al ambiente. Pero podemos invertir el razonamiento: ese calor residual es tambi&eacute;n un recurso. Podr&iacute;a alimentar redes de calefacci&oacute;n, piscinas, hospitales, residencias, determinados procesos industriales, secaderos agr&iacute;colas o invernaderos. En un territorio como Arag&oacute;n resulta especialmente atractiva la posibilidad de establecer relaciones entre la econom&iacute;a digital y el sector agroalimentario. Esto introduce una variable nueva en la decisi&oacute;n sobre d&oacute;nde localizar los centros. Quiz&aacute; no debamos buscar solamente suelo barato, electricidad, agua y fibra. Deber&iacute;amos preguntarnos tambi&eacute;n qui&eacute;n puede utilizar el calor que inevitablemente van a producir. Un centro de datos aislado puede ser una enorme caja que recibe recursos y expulsa calor. Integrado inteligentemente en el territorio puede convertirse en una pieza de un sistema energ&eacute;tico y productivo mucho m&aacute;s eficiente.
    </p><p class="article-text">
        La tercera perspectiva tiene que ver con nuestra capacidad de elegir. Una vez nos creamos de verdad que nuestra tierra, su simplificada regulaci&oacute;n, y sus ansias de prosperidad, son apetecibles, estaremos en posici&oacute;n de elegir estas inversiones para vincularlas a un verdadero proyecto territorial: formaci&oacute;n profesional especializada, colaboraci&oacute;n con las universidades, desarrollo de proveedores locales, investigaci&oacute;n, reutilizaci&oacute;n del agua, aprovechamiento del calor residual, integraci&oacute;n ambiental y mayor creaci&oacute;n de empresas vinculadas a la econom&iacute;a digital. Para implementar esta capacidad de elecci&oacute;n la administraci&oacute;n puede explorar innovadoras herramientas como la que se acaba de poner en marcha en Andorra por parte del Instituto de Transici&oacute;n Justa para elegir los proyectos de generaci&oacute;n renovable que mejor vertebrar&aacute;n el territorio: en &eacute;l, los criterios de elecci&oacute;n &ndash;que incluyen proveedores locales, empleo, y localizaci&oacute;n en zonas especialmente necesitadas de revitalizaci&oacute;n&ndash;. ser&aacute;n transparentes, y los proyectos se evaluar&aacute;n uno por uno, por orden de entrada.
    </p><p class="article-text">
        Y, para finalizar, abordemos con rigor y luces largas el asunto del empleo generado,la zanahoria esgrimida para justificar los sacrificios. Porque, en su fase de explotaci&oacute;n, los centros de datos funcionan casi desatendidos, con pocas necesidades de intervenci&oacute;n manual. Los algoritmos se producen y actualizan fuera, la gesti&oacute;n de sus servidores tambi&eacute;n. Por eso, un centro de datos necesita del orden de 35 millones de euros de inversi&oacute;n para generar un solo empleo, mientras que una industria tradicional necesita 100 veces menos. Por si fuera poco, como se&ntilde;ala el economista de Oxford Daniel Susskind en su obra 'Un mundo sin trabajo', la IA nos &ldquo;libera&rdquo; gradualmente de m&aacute;s y m&aacute;s tareas y trabajos, tanto manuales, como cognitivos y afectivos. Y si los centros de datos no generan empleo a corto plazo y la IA lo destruye a medio y largo, y ninguno de los dos paga impuestos &iquest;c&oacute;mo se financiar&aacute;n los servicios p&uacute;blicos del futuro Arag&oacute;n sin trabajo?
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; las cosas, no es extra&ntilde;o que la moratoria a los centros de datos ya planee por Estados Unidos, el pa&iacute;s que lidera &ndash;con el permiso de China, y no sabemos a&uacute;n por cu&aacute;nto tiempo&ndash; la IA. En solo tres meses, pol&iacute;ticos dem&oacute;cratas y republicanos han paralizado inversiones por valor de 130.000 millones de d&oacute;lares a lo largo de 49 de los 50 estados. Adem&aacute;s del miedo a perder las elecciones locales, las causas incluyen el encarecimiento de la electricidad &ndash;con subidas proyectadas de entre el 6% y el 29% para los consumidores antes de 2030&ndash;, el consumo de agua en zonas en tensi&oacute;n h&iacute;drica, y el impacto sobre el paisaje y la calidad del aire. En Espa&ntilde;a, el proyecto de Real Decreto Ley que obliga a los centros de datos a abastecerse mayoritariamente con energ&iacute;a renovable todo el tiempo constituye, en la pr&aacute;ctica, una moratoria.
    </p><p class="article-text">
        Aprovech&eacute;mosla para pensar todo un poco mejor.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Pellicer Corellano, Daniel Sarasa Funes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/aragon-trabajo-centros-datos_132_13574278.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 09 Oct 2026 07:37:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un Aragón sin trabajo, pero con centros de datos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ojalá]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/ojala_132_13491639.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e1b6aaf8-d371-4c82-905d-97ecb9f48860_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ojalá"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quizá haya llegado el momento de decirlo con claridad: resulta difícil justificar que una lengua tan profundamente vinculada a España como el árabe siga ocupando un lugar casi marginal en nuestro sistema educativo</p></div><p class="article-text">
        Hay una lengua que Espa&ntilde;a trata como extranjera y que millones de espa&ntilde;oles hablamos todos los d&iacute;as sin saberlo. La pronunciamos al levantarnos de la almohada, al abrir la alacena, al echar az&uacute;car al caf&eacute; y aceite a la tostada. Nos acompa&ntilde;a cuando comemos arroz, aceitunas, naranjas, limones, berenjenas o alcachofas. Salimos despu&eacute;s al barrio, pagamos un alquiler, cumplimos una tarea, consultamos una tarifa y dejamos que alg&uacute;n algoritmo decida qu&eacute; noticia vamos a leer. Esa lengua es el &aacute;rabe.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; haya llegado el momento de decirlo con claridad: resulta dif&iacute;cil justificar que una lengua tan profundamente vinculada a Espa&ntilde;a siga ocupando un lugar casi marginal en nuestro sistema educativo.
    </p><p class="article-text">
        Estudiamos, con toda raz&oacute;n, ingl&eacute;s, franc&eacute;s, alem&aacute;n, italiano o chino. Debemos seguir haci&eacute;ndolo. Pero una lengua hablada a catorce kil&oacute;metros de nuestras costas, utilizada por cientos de millones de personas y profundamente incrustada en nuestra historia, nuestro territorio y nuestro propio idioma contin&uacute;a pareci&eacute;ndonos remota. Hay aqu&iacute; una anomal&iacute;a cultural que merece, al menos, una reflexi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Empecemos por nuestra propia casa. Atravesemos el zagu&aacute;n. Encontraremos azulejos, alguna alfombra, una alcoba, una almohada, una alacena y quiz&aacute; una azotea. En la cocina aparecer&aacute;n el aceite, las aceitunas, el az&uacute;car, el arroz, el azafr&aacute;n, la albahaca, la alcachofa, la berenjena, la naranja y el lim&oacute;n. Podemos beber en una taza o una jarra, tomar un jarabe y perfumar la casa con azahar.
    </p><p class="article-text">
        Salgamos ahora al paisaje. All&iacute; nos esperan las acequias, los aljibes, las albercas y las norias. Encontraremos aldeas, alquer&iacute;as, almazaras, arrabales y atalayas. Durante siglos medimos cosechas en fanegas, pesamos mercanc&iacute;as en arrobas y quintales, distribuimos el agua por acequias por adores y la almacenamos en albercas y aljibes.
    </p><p class="article-text">
        No estamos hojeando un diccionario de curiosidades etimol&oacute;gicas. Estamos leyendo la historia de Espa&ntilde;a escrita sobre el territorio.
    </p><p class="article-text">
        Esto se percibe con especial intensidad en los paisajes mediterr&aacute;neos y en los grandes valles regados. All&iacute; las palabras no son f&oacute;siles ling&uuml;&iacute;sticos. Muchas siguen nombrando infraestructuras, lugares y pr&aacute;cticas que organizan el espacio. Una acequia contin&uacute;a llevando agua. Una almazara sigue produciendo aceite. Un aljibe contin&uacute;a siendo reconocible. El lenguaje ha sobrevivido porque tambi&eacute;n sobrevivieron, transformadas y adaptadas, muchas de las realidades que esas palabras nombraban.
    </p><p class="article-text">
        Pero salgamos tambi&eacute;n de la huerta. Entremos en la ciudad y encontraremos un alcalde. Hablemos de comercio y aparecer&aacute;n la aduana, la tarifa y el almac&eacute;n. Hagamos matem&aacute;ticas y utilizaremos cifras, ceros, &aacute;lgebra y algoritmos. Miremos al cielo y hablaremos de cenit, nadir y azimut. Juguemos al ajedrez y moveremos el alfil hasta dar jaque.
    </p><p class="article-text">
        La evidencia est&aacute; delante de nosotros: la lengua &aacute;rabe forma parte de nuestra manera de cocinar, cultivar, construir, comerciar, calcular, administrar el agua y nombrar el cielo.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n est&aacute; escrita sobre el mapa: Alcal&aacute;, Alca&ntilde;iz, Alag&oacute;n, Albacete, Almer&iacute;a, Algeciras, Calatayud, Guadalajara, Guadalquivir. Podr&iacute;amos atravesar Espa&ntilde;a siguiendo solamente top&oacute;nimos de origen &aacute;rabe y obtendr&iacute;amos una extraordinaria geograf&iacute;a hist&oacute;rica. Las generaciones desaparecen; los nombres permanecen. Cada top&oacute;nimo es una peque&ntilde;a c&aacute;psula de memoria.
    </p><p class="article-text">
        Reconocerlo no significa idealizar al-&Aacute;ndalus. No necesitamos fabricar una Arcadia multicultural para defender el estudio del &aacute;rabe. Ocho siglos de presencia musulmana en la Pen&iacute;nsula no fueron una interminable fiesta de tolerancia, pero tampoco ocho siglos de guerra permanente. Hubo conquistas, conflictos, violencia, discriminaciones y expulsiones. Y hubo tambi&eacute;n intercambios, alianzas, comercio, traducciones, circulaci&oacute;n de conocimientos y largos periodos de coexistencia. Toledo y Zaragoza, entre otras ciudades, fueron lugares de contacto entre tradiciones cristianas, jud&iacute;as y musulmanas. A trav&eacute;s del mundo isl&aacute;mico llegaron adem&aacute;s a la Europa medieval obras, conocimientos y desarrollos cient&iacute;ficos procedentes de la tradici&oacute;n griega, persa, india y &aacute;rabe.
    </p><p class="article-text">
        Conocer esa historia no nos obliga a admirarla. Nos obliga simplemente a conocerla. Y eso, precisamente, es lo que deber&iacute;a hacer la educaci&oacute;n: sustituir prejuicios por conocimiento y mitolog&iacute;as, sean del signo que sean, por historia.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay una raz&oacute;n todav&iacute;a m&aacute;s poderosa para estudiar &aacute;rabe: el &aacute;rabe no pertenece solamente a nuestro pasado. Pertenece tambi&eacute;n a nuestro presente y a nuestro futuro.
    </p><p class="article-text">
        Espa&ntilde;a est&aacute; a catorce kil&oacute;metros de &Aacute;frica. Forma parte de un Mediterr&aacute;neo compartido con sociedades en las que el &aacute;rabe constituye una lengua fundamental. Marruecos, Argelia, T&uacute;nez, Egipto y otros pa&iacute;ses &aacute;rabes forman parte de nuestro entorno geogr&aacute;fico, econ&oacute;mico y estrat&eacute;gico. Mantenemos con ellos relaciones comerciales, energ&eacute;ticas, culturales, diplom&aacute;ticas, cient&iacute;ficas y humanas de enorme importancia. Y en nuestras propias ciudades viven espa&ntilde;oles y residentes cuya lengua familiar es el &aacute;rabe.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo puede considerarse extravagante estudiar una de las principales lenguas de nuestro entorno inmediato?
    </p><p class="article-text">
        Para un m&eacute;dico, un profesor, un trabajador social, un periodista, un diplom&aacute;tico, un ge&oacute;grafo, un empresario, un investigador, un cooperante, un polic&iacute;a o un profesional del turismo, conocer &aacute;rabe puede ser una competencia extraordinariamente &uacute;til. Para Espa&ntilde;a, disponer de miles de ciudadanos capaces de comprender directamente las sociedades de la otra orilla del Mediterr&aacute;neo constituye adem&aacute;s un activo cultural, econ&oacute;mico y estrat&eacute;gico.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, seguimos formando generaciones capaces de estudiar durante a&ntilde;os lenguas de pa&iacute;ses situados a miles de kil&oacute;metros mientras apenas les ofrecemos la posibilidad de aprender la lengua hablada al otro lado del Estrecho.
    </p><p class="article-text">
        Algo no encaja. No se trata de sustituir el ingl&eacute;s. Ni de imponer el &aacute;rabe. Ni de convertir una lengua en bandera pol&iacute;tica. Se trata exactamente de lo contrario: sacarla de la batalla ideol&oacute;gica y llevarla a las aulas. Que pueda estudiarse con normalidad en institutos, escuelas oficiales de idiomas y universidades. Que existan itinerarios, profesores y materiales. Que aprender &aacute;rabe deje de ser una rareza y se convierta en una opci&oacute;n educativa tan leg&iacute;tima como aprender alem&aacute;n, italiano o chino.
    </p><p class="article-text">
        Y hay todav&iacute;a una raz&oacute;n m&aacute;s hermosa. Imaginemos a un muchacho entrando por primera vez en una clase de &aacute;rabe. Cree que va a encontrarse con un mundo completamente extra&ntilde;o. Aprende sus primeras palabras y descubre que zayt est&aacute; detr&aacute;s de aceite; que una acequia conserva la memoria de al-s&#257;qiya; que detr&aacute;s de nuestro ojal&aacute; resuena todav&iacute;a una expresi&oacute;n &aacute;rabe. Entonces ocurre algo extraordinario: lo extranjero deja de ser completamente extranjero.
    </p><p class="article-text">
        Las lenguas ense&ntilde;an una lecci&oacute;n que las fronteras olvidan con demasiada facilidad. Ninguna cultura se construye sola. Las palabras viajan, se mezclan, cambian de pronunciaci&oacute;n y significado, atraviesan guerras, religiones y fronteras. Pasan de padres a hijos durante siglos hasta que un d&iacute;a alguien llama &laquo;nuestra&raquo; a una palabra que lleg&oacute; de otra lengua.
    </p><p class="article-text">
        El espa&ntilde;ol es precisamente eso: una formidable historia de encuentros. Podemos discutir sobre identidades. Podemos levantar fronteras culturales imaginarias. Podemos decidir qu&eacute; parte del pasado nos gusta y cu&aacute;l preferimos olvidar. Podemos incluso continuar considerando el &aacute;rabe una lengua lejana. Pero ma&ntilde;ana, al despertarnos, apoyaremos la cabeza en una almohada, beberemos de una taza, tomaremos az&uacute;car, comeremos aceite, saldremos al barrio, consultaremos alguna tarifa, obedeceremos alg&uacute;n algoritmo y quiz&aacute; desearemos que algo salga bien.
    </p><p class="article-text">
        Entonces diremos ojal&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Llevamos siglos pronunciando palabras &aacute;rabes sin saber &aacute;rabe. Quiz&aacute; haya llegado la hora de dejar de darle la espalda a una lengua que forma parte de nuestra historia, de nuestro paisaje y de nuestro presente. No se trata de obligar a nadie a estudiarla. Se trata de que Espa&ntilde;a se atreva, por fin, a ense&ntilde;arla.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francisco Pellicer Corellano]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/el-prismatico/ojala_132_13491639.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 08 Sep 2026 04:00:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ojalá]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La Expo de Zaragoza necesita vecinos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/aragon/politica/expo-zaragoza-necesita-vecinos_129_13484807.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/17a82f17-9c84-4ac3-a363-dbe22c54a0fd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La Expo de Zaragoza necesita vecinos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La instalación de la Agencia Española de Salud Pública es una buena noticia, pero obliga a pensar en un modelo que suponga construir ciudad</p></div><p class="article-text">
        Elena tiene 34 a&ntilde;os, es investigadora, y en un futuro no muy lejano empezar&aacute; a trabajar en la Agencia Estatal de Salud P&uacute;blica, que el Gobierno de Espa&ntilde;a ha concedido a Arag&oacute;n y que se situar&aacute; en el recinto Expo, en el Pabell&oacute;n de Arag&oacute;n. Si nada cambia, cuando se ponga a buscar piso se llevar&aacute; una sorpresa: en el recinto de la Expo no hay ni un solo piso en alquiler, porque no hay ni un solo piso. Podr&iacute;a acabar en Arcosur, o en Parque Venecia, a veinte o treinta minutos en coche. Todos los d&iacute;as de su vida laboral van a empezar y acabar con un trayecto que no tendr&iacute;a que existir.
    </p><p class="article-text">
        La instalaci&oacute;n de la Agencia Espa&ntilde;ola de Salud P&uacute;blica (AESAP) es una buena noticia para el recinto de la Expo. Despu&eacute;s de a&ntilde;os a medio gas, una instituci&oacute;n con tantos trabajadores deber&iacute;a insuflar una nueva vitalidad al lugar. Pero conviene pensarlo bien. Si el modelo consiste simplemente en llenar oficinas durante ocho horas y vaciarlas despu&eacute;s, habremos mejorado la ocupaci&oacute;n de los edificios, pero no habremos construido ciudad. La Expo seguir&aacute; siendo un sitio al que se va a trabajar o a hacer gestiones y del que se vuelve a casa.
    </p><p class="article-text">
        La Expo necesita trabajadores, pero, sobre todo, necesita vecinos. Necesita vivienda de diferentes tama&ntilde;os y precios, en alquiler y en propiedad, para j&oacute;venes, familias, personas solas y mayores, a construir donde sea urban&iacute;stica y ambientalmente razonable.
    </p><p class="article-text">
        Pero quiz&aacute; debamos ampliar todav&iacute;a m&aacute;s la mirada. Los vecinos que necesita la Expo no tienen por qu&eacute; residir todos dentro de sus l&iacute;mites. Actur y la Almozara est&aacute;n al lado y constituyen una formidable reserva de vida urbana capaz de relacionarse con el recinto. Miles de personas viven a una distancia que permitir&iacute;a llegar andando o en bicicleta, siempre y cuando la proximidad f&iacute;sica se traduzca en continuidad urbana.
    </p><h2 class="article-text">No es movilidad sostenible</h2><p class="article-text">
        Por eso sorprende que una de las razones que se han esgrimido para ubicar la Agencia en la Expo es la buena conexi&oacute;n del recinto con Arcosur. Merece la pena pararse ah&iacute; un segundo e imaginar a cientos de personas cruzando la ciudad cada ma&ntilde;ana para trabajar en un sitio y cada tarde para dormir en otro. Por muchos autobuses el&eacute;ctricos que se pongan, no podemos llamar a eso movilidad sostenible.
    </p><p class="article-text">
        La mejor pol&iacute;tica de movilidad es la que no hace falta aplicar. Si Elena pudiera vivir en el propio recinto, o a 10 minutos andando, ese trayecto de veinte o treinta minutos en coche desaparecer&iacute;a del todo. Eso es lo que persigue la llamada &ldquo;ciudad de los 15 minutos&rdquo;: que la vida cotidiana (trabajo, compra, ocio) quepa cerca de casa, para que los desplazamientos m&aacute;s largos no sean una condena diaria.
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n, por tanto, no consiste &uacute;nicamente en construir viviendas en la Expo &mdash;que tambi&eacute;n&mdash;, sino en coser la Expo a los barrios que ya existen. Hay que aprovechar las conexiones c&oacute;modas, evidentes y atractivas con Actur y la Almozara; prolongar calles, recorridos peatonales y ciclistas; eliminar barreras f&iacute;sicas y perceptivas; y conseguir que atravesar la Expo deje de significar entrar en un recinto especial para convertirse simplemente en continuar caminando por Zaragoza.
    </p><p class="article-text">
        Y esto obliga tambi&eacute;n a repensar el espacio p&uacute;blico. Un espacio p&uacute;blico de calidad no es solamente una superficie bien pavimentada, limpia y bien iluminada. Es un lugar al que apetece ir y, sobre todo, en el que apetece quedarse. Necesita &aacute;rboles, sombra, agua, bancos c&oacute;modos, terrazas, juegos infantiles, peque&ntilde;os comercios, actividad cultural y lugares para encontrarse.
    </p><p class="article-text">
        Debe ser verde, confortable, accesible y diverso. Y tambi&eacute;n culturalmente integrador. La ciudad funciona cuando personas de edades, procedencias y condiciones distintas comparten los mismos lugares sin que nadie sienta que est&aacute; ocupando un espacio que pertenece a otros. En este sentido, uno de los recursos m&aacute;s desaprovechados del recinto es precisamente su frente fluvial.
    </p><p class="article-text">
        A lo largo del Ebro existen espacios y locales cuya posici&oacute;n podr&iacute;a permitir una oferta extraordinariamente atractiva de servicios vinculados al ocio y a la vida cotidiana: cafeter&iacute;as y restaurantes, peque&ntilde;os comercios, gimnasios, alquiler de bicicletas, actividades deportivas, espacios de trabajo compartido, talleres, servicios culturales o establecimientos relacionados con el r&iacute;o y el Parque del Agua. Son usos que necesitan vistas, paseo, vegetaci&oacute;n y gente. Y la Expo dispone de todo ello, con el Ebro como su fachada principal.
    </p><h2 class="article-text">Un efecto circular</h2><p class="article-text">
        Imaginemos entonces otro escenario. Los trabajadores de la Agencia salen al mediod&iacute;a y encuentran restaurantes y terrazas. Vecinos del Actur atraviesan el recinto para llegar andando al Parque del Agua. Una familia de la Almozara cruza el Ebro para pasar la tarde. J&oacute;venes utilizan instalaciones deportivas junto al r&iacute;o. Personas mayores encuentran sombra, bancos y lugares tranquilos. Hay bicicletas, ni&ntilde;os, estudiantes, corredores, turistas, funcionarios y vecinos. Eso es ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Y producir&iacute;a, adem&aacute;s, un efecto circular. M&aacute;s vecinos generan m&aacute;s comercio; m&aacute;s comercio hace atractivo vivir all&iacute;; m&aacute;s actividad aumenta la percepci&oacute;n de seguridad; m&aacute;s seguridad y mejores servicios atraen nuevos residentes y visitantes. Lo contrario tambi&eacute;n es cierto: los espacios monofuncionales tienden a vaciarse, y los espacios vac&iacute;os resultan cada vez menos atractivos.
    </p><p class="article-text">
        La llegada de la Agencia Estatal de Salud P&uacute;blica ofrece una ocasi&oacute;n excepcional para preparar ese futuro distinto. El detonante de una transformaci&oacute;n mucho m&aacute;s ambiciosa: vivienda donde sea posible, conexi&oacute;n intensa con Actur y la Almozara, espacio p&uacute;blico acogedor, actividad permanente en el frente fluvial y mezcla de funciones, edades y culturas.
    </p><p class="article-text">
        Una ciudad, ahora s&iacute;, que piensa y act&uacute;a como las ciudades m&aacute;s punteras. Porque si sigue sumando instituciones y empresas relacionadas con la salud, la tecnolog&iacute;a y la investigaci&oacute;n, la Expo se estar&aacute; pareciendo cada vez m&aacute;s a lo que en otras ciudades se llama un distrito de innovaci&oacute;n: un lugar donde universidades, empresas y centros de investigaci&oacute;n se concentran y se retroalimentan. El caso m&aacute;s citado en el mundo es Kendall Square, en Cambridge (Massachusetts), donde est&aacute; el MIT. Ah&iacute; no se conformaron con levantar laboratorios: llevan veinte a&ntilde;os obligando a que cada promoci&oacute;n incluya vivienda. Y con vivienda, el vecino de Elena tambi&eacute;n podr&iacute;a ser su colega de trabajo.
    </p><p class="article-text">
        Nada de esto es una cr&iacute;tica a que la AESAP se instale en Zaragoza, que es una magn&iacute;fica noticia para la ciudad. Es una llamada de atenci&oacute;n sobre el modelo que se est&aacute; construyendo alrededor. Cada instituci&oacute;n nueva que llega al recinto Expo es una oportunidad para preguntarse si tiene sentido seguir dejando fuera la vivienda. Con ella, el recinto tendr&iacute;a bares abiertos los domingos, cient&iacute;ficos que se cruzan por la calle y veinte minutos menos de coche cada ma&ntilde;ana. Sin ella, seguir&aacute; siendo un sitio agradable en las horas diurnas al que, sencillamente, nadie llama barrio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Daniel Sarasa Funes, Francisco Pellicer Corellano]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 Sep 2026 22:51:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La Expo de Zaragoza necesita vecinos]]></media:title>
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