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    <title><![CDATA[elDiario.es - Felipe Redondo]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiario.es - Felipe Redondo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Renovarse o resignarse]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/extremadura/opinion/renovarse-resignarse_129_13502739.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/554a8199-0fb3-4859-b09f-18fb035b210a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1150939.jpg" width="6522" height="3669" alt="Renovarse o resignarse"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un partido progresista no puede permitirse parecer resignado: si la derecha puede sobrevivir apelando a la estabilidad, la izquierda solo sobrevive siendo capaz de generar esperanza</p></div><p class="article-text">
        La pol&iacute;tica tiene una extra&ntilde;a capacidad para convertir la ilusi&oacute;n en resignaci&oacute;n. Ocurre cuando las palabras dejan de traducirse en hechos, cuando los compromisos se convierten en meros ejercicios ret&oacute;ricos o cuando la promesa de renovaci&oacute;n acaba siendo una simple operaci&oacute;n est&eacute;tica. La decepci&oacute;n no nace de los errores, que son inevitables, sino de la sensaci&oacute;n de que nadie est&aacute; dispuesto a corregirlos.
    </p><p class="article-text">
        Toda organizaci&oacute;n pol&iacute;tica atraviesa momentos decisivos. Instantes en los que debe elegir entre asumir riesgos o refugiarse en la comodidad; entre transformar la realidad o limitarse a administrarla; entre abrir puertas o atrincherarse tras ellas. Y la historia demuestra que casi nunca sobreviven quienes optan por la segunda opci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Existe un enemigo silencioso que rara vez aparece en los an&aacute;lisis electorales, pero que explica buena parte de las derrotas electorales: el aburguesamiento. Esa enfermedad que lleva a una organizaci&oacute;n a confundir estabilidad con inmovilismo y experiencia con perpetuaci&oacute;n. Es el momento en que la pol&iacute;tica deja de ser un instrumento para cambiar las cosas y pasa a convertirse, para algunos, en una forma de vida.
    </p><p class="article-text">
        La ciudadan&iacute;a lo percibe mucho antes de que lo reflejen las urnas. Lo percibe cuando siempre son los mismos nombres los que cambian de despacho, de cargo o de responsabilidad, mientras todo sigue igual. Lo percibe cuando un partido parece haberse acomodado a la oposici&oacute;n, como si gobernar hubiera dejado de ser un objetivo para convertirse en una hip&oacute;tesis remota. Lo percibe cuando el esfuerzo colectivo parece orientarse m&aacute;s a preservar equilibrios internos que a construir una alternativa capaz de ilusionar a la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces llega la irrelevancia. No de golpe, sino lentamente. Primero desaparece la ambici&oacute;n. Despu&eacute;s la ilusi&oacute;n. M&aacute;s tarde la credibilidad. Finalmente, los votos.
    </p><p class="article-text">
        La izquierda, adem&aacute;s, paga un precio mucho mayor cuando cae en esa din&aacute;mica. Porque un partido progresista no puede permitirse parecer resignado. No puede conformarse con gestionar cuotas de poder o repartir responsabilidades internas mientras la ciudadan&iacute;a espera respuestas. Si la derecha puede sobrevivir apelando a la estabilidad, la izquierda solo sobrevive siendo capaz de generar esperanza.
    </p><p class="article-text">
        Renovar nunca ha significado borrar el pasado. Al contrario. Significa conservar lo mejor de la organizaci&oacute;n, incorporar talento all&iacute; donde exista y apartar aquello que impide avanzar. Significa entender que la lealtad a un proyecto no consiste en perpetuar personas, sino en garantizar que ese proyecto siga siendo &uacute;til para la sociedad.
    </p><p class="article-text">
        El PSOE de Extremadura afronta precisamente ese desaf&iacute;o. Ser&iacute;a un error pensar que las derrotas electorales son &uacute;nicamente consecuencia de factores externos o de coyunturas pasajeras. Otras federaciones socialistas recorrieron antes ese camino: comenzaron perdiendo impulso, continuaron atrapadas en debates internos y acabaron instaladas en una irrelevancia de la que todav&iacute;a hoy no han conseguido salir. Ninguna cay&oacute; de un d&iacute;a para otro. Todas fueron perdiendo, poco a poco, la capacidad de ilusionar.
    </p><p class="article-text">
        Todav&iacute;a hay tiempo para evitarlo. Pero el tiempo pol&iacute;tico nunca es infinito. Recuperar la confianza de los extreme&ntilde;os exige algo m&aacute;s que nuevos discursos y &ldquo;pintar la fachada&rdquo;. Requiere decisiones. Requiere demostrar que la organizaci&oacute;n est&aacute; dispuesta a renovarse de verdad, en las personas, en las formas y en el proyecto. Requiere transmitir que la prioridad vuelve a ser gobernar para transformar Extremadura y no simplemente conservar espacios de influencia.
    </p><p class="article-text">
        Es probable que estas reflexiones incomoden a quienes entienden la pol&iacute;tica como una suma de equilibrios, de cuotas o de alianzas destinadas &uacute;nicamente a garantizar la tranquilidad interna. Tambi&eacute;n a quienes han terminado confundiendo el inter&eacute;s del partido con el inter&eacute;s de quienes ocupan determinadas posiciones. Toda organizaci&oacute;n desarrolla, con el paso del tiempo, inercias, grupos de influencia e incluso peque&ntilde;as dinast&iacute;as que terminan crey&eacute;ndose imprescindibles. Precisamente por eso la renovaci&oacute;n nunca resulta c&oacute;moda.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, estoy convencido de que estas palabras s&iacute; encontrar&aacute;n eco entre quienes sostienen el partido desde abajo: alcaldes, concejales, militantes an&oacute;nimos y simpatizantes que dedican tiempo y esfuerzo sin esperar nada a cambio. Tambi&eacute;n entre quienes dejaron de votar al PSOE, no porque dejaran de ser progresistas, sino porque dejaron de reconocer en &eacute;l el instrumento &uacute;til que un d&iacute;a represent&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Guillermo Fern&aacute;ndez Vara sol&iacute;a recordar que el PSOE de Extremadura no pertenec&iacute;a a nadie; pertenec&iacute;a a todos los extreme&ntilde;os. Esa idea sigue siendo profundamente vigente. Porque cuando una organizaci&oacute;n deja de sentirse patrimonio colectivo y pasa a convertirse en patrimonio de unos pocos, comienza su decadencia.
    </p><p class="article-text">
        El nuevo liderazgo tiene ahora una oportunidad que pocas veces ofrece la pol&iacute;tica: elegir entre administrar inercias o protagonizar una aut&eacute;ntica transformaci&oacute;n. Gobernar un partido no consiste &uacute;nicamente en mantener unidos sus equilibrios internos. Consiste, sobre todo, en prepararlo para volver a ganar la confianza de la ciudadan&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La historia rara vez recuerda a quienes conservaron intacto el reparto de poder. Recuerda, en cambio, a quienes tuvieron el coraje de cambiar el rumbo cuando todav&iacute;a estaban a tiempo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Felipe Redondo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/extremadura/opinion/renovarse-resignarse_129_13502739.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Sep 2026 16:28:43 +0000]]></pubDate>
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