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    <title><![CDATA[elDiario.es - Álvaro Sánchez Cotrina]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/alvaro-sanchez-cotrina/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Álvaro Sánchez Cotrina]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Un techo, un plato y una esperanza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/extremadura/opinion/techo-plato-esperanza_129_13542194.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d6763959-b52c-418a-8e95-68c229f67b3f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un techo, un plato y una esperanza"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La desesperanza es el terreno donde crece el odio. Por eso, defender la vivienda no es solo defender una casa. Es defender la democracia</p><p class="subtitle">Sánchez, tras las protestas: “Maricarmen, tengo un mensaje para ti, trabajamos para llevar el martes el decreto de vivienda”
</p></div><p class="article-text">
        Esta semana, en Madrid, una mujer de 87 a&ntilde;os sali&oacute; de su casa en camilla. Se llama Maricarmen. Entr&oacute; en ese piso con 17 a&ntilde;os, cuando su padre firm&oacute; el contrato de alquiler en 1956, y all&iacute; vivi&oacute; 71 a&ntilde;os. All&iacute; se hizo mujer, all&iacute; despidi&oacute; a los suyos y all&iacute; envejeci&oacute;. En esas paredes estaba toda su vida.
    </p><p class="article-text">
        Tiene una discapacidad y va en silla de ruedas. El ascensor no funcionaba, as&iacute; que los vecinos la bajaron a pulso por las escaleras. La polic&iacute;a tuvo que echar la puerta abajo con un ariete. Ella sali&oacute; la &uacute;ltima, lo hizo en camilla y camino del hospital.
    </p><p class="article-text">
        Pagaba 500 euros de alquiler y la empresa que compr&oacute; el edificio le ped&iacute;a m&aacute;s del triple. Su pensi&oacute;n apenas pasa de 1.400 euros. Una mujer se ofreci&oacute; a pagar la diferencia hasta el final de sus d&iacute;as y la propiedad dijo que no. Tampoco quiso darle quince d&iacute;as m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Antes de salir, Maricarmen dijo una frase muy sencilla: &ldquo;He vivido aqu&iacute; 71 a&ntilde;os y no me quiero ir&rdquo;. Qued&eacute;monos un momento con esas palabras: &ldquo;No me quiero ir&rdquo;. Es lo que dir&iacute;a vuestra madre, vuestra abuela o la vecina del segundo que os daba caramelos cuando erais peque&ntilde;os. Es lo que dir&iacute;ais vosotros.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la vi salir en camilla sent&iacute; verg&uuml;enza. No por ella, que se comport&oacute; con una dignidad enorme, sino por nosotros, por un pa&iacute;s que permite que a una mujer de 87 a&ntilde;os la saquen de su casa por dinero.
    </p><p class="article-text">
        Dos d&iacute;as despu&eacute;s, desde el hospital, Maricarmen dijo algo que todav&iacute;a me estremece: &ldquo;No he logrado defender mi casa, pero he luchado para que los dem&aacute;s aprendan a luchar por la suya.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Tiene 87 a&ntilde;os, est&aacute; en una cama de hospital y acaba de perder la casa de toda su vida, y aun as&iacute; no piensa en ella. Piensa en los dem&aacute;s, en vosotros y en vuestros hijos. Ella ha perdido su casa. Lo que no podemos permitir es perder tambi&eacute;n la verg&uuml;enza, la memoria y la capacidad de indignarnos. Lo que le ha pasado a Maricarmen no ocurre solo en Madrid. Pasa, de muchas formas, en muchas casas, tambi&eacute;n aqu&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        No hay que irse muy lejos. Hace poco me escribi&oacute; un padre de cinco hijos. Cuatro trabajan y una estudia. Me dec&iacute;a: &ldquo;El des&aacute;nimo es general.&rdquo; Sus hijos tienen treinta a&ntilde;os, carrera y un sueldo normal y se gastan todo lo que ganan. Cuando &eacute;l les pregunta por qu&eacute; no ahorran, le contestan: &ldquo;&iquest;Para qu&eacute;, si nunca voy a poder tener una casa?&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Luego escribi&oacute; una frase que no se me va de la cabeza: &ldquo;Se nos est&aacute; muriendo una generaci&oacute;n sin ilusi&oacute;n&rdquo;. Y me dijo algo m&aacute;s, que os repito tal cual, porque me lo merezco y nos lo merecemos todos los que nos dedicamos a esto: &ldquo;Los pol&iacute;ticos ten&eacute;is que dejar de echar balones fuera y arremangaros.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Tiene raz&oacute;n. Cuando alguien lo est&aacute; pasando mal, le da igual de qui&eacute;n sea la competencia, si del ayuntamiento, de la Junta o del Gobierno. Lo que quiere saber es si alguien le va a echar una mano y le sobra el &ldquo;esto no es cosa m&iacute;a&rdquo;. Si os duele a vosotros, es cosa m&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n me dijo que a los que creemos en la justicia social se nos exige m&aacute;s y es verdad. Debe ser as&iacute;. Quien dice que gobierna para proteger a la gente no puede permitirse mirar hacia otro lado. Cuando pasan cosas que nos hacen preguntarnos si de verdad estamos seguros, si de verdad estamos protegidos, no basta con explicar de qui&eacute;n es la culpa. Hay que evitar que vuelva a pasar y punto.
    </p><p class="article-text">
        La desesperanza es el terreno donde crece el odio. Por eso defender la vivienda no es solo defender una casa. Es defender la democracia.
    </p><p class="article-text">
        Y quiero decir algo con toda la claridad de la que soy capaz. La desesperanza no es natural, se fabrica. Se fabrica cada vez que un pol&iacute;tico os mira como un n&uacute;mero, cada vez que una administraci&oacute;n le pasa la pelota a otra y cada vez que alguien os dice &ldquo;las cosas son as&iacute; y no se pueden cambiar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No es verdad. Las cosas son como son porque alguien decidi&oacute; que fueran as&iacute; y lo que se decidi&oacute; de una manera se puede decidir de otra.
    </p><p class="article-text">
        No voy a prometeros el cielo. Ya hab&eacute;is o&iacute;do demasiadas promesas y sab&eacute;is lo que valen cuando se las lleva el viento de la campa&ntilde;a siguiente. Vengo a deciros tres cosas que s&iacute; dependen de m&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        La primera es que voy a responder. Si me escrib&iacute;s, os contestar&eacute;. Si me par&aacute;is por la calle, me parar&eacute;. Y si no tengo una soluci&oacute;n, os lo dir&eacute; a la cara en lugar de esconderme detr&aacute;s de un papel.
    </p><p class="article-text">
        La segunda es que no voy a echar balones fuera. Cuando algo no dependa de m&iacute;, no os dir&eacute; &ldquo;eso no me toca&rdquo;. Os dir&eacute; &ldquo;vamos juntos a llamar a esa puerta&rdquo; y la llamar&eacute; con vosotros las veces que haga falta.
    </p><p class="article-text">
        La tercera es que voy a llamar a las cosas por su nombre. La vivienda es un derecho. Un hogar no es un activo financiero, es el sitio donde una mujer de 87 a&ntilde;os quiere terminar sus d&iacute;as en paz.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, esta tarde quiero hablar a algunas personas concretas.
    </p><p class="article-text">
        A las Maric&aacute;rmenes de Extremadura, a las mujeres mayores que viven solas y temen que llegue una carta que no quieren abrir. No est&aacute;is solas.
    </p><p class="article-text">
        A la cuidadora que no ha tenido un d&iacute;a libre en a&ntilde;os. Te veo y lo que haces tiene un valor que ning&uacute;n sueldo paga.
    </p><p class="article-text">
        Al chaval de Aldea Moret, de San Fernando o del pueblo m&aacute;s peque&ntilde;o de la regi&oacute;n, que piensa que nadie sabe su nombre. Tu vida importa tanto como la de cualquiera que viva en un barrio bien.
    </p><p class="article-text">
        A la se&ntilde;ora que no sabe pedir cita por internet y a la que le da verg&uuml;enza preguntar. La verg&uuml;enza no es tuya, es de un sistema que se olvid&oacute; de ti. T&uacute; levantaste este pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Al maestro de la escuela rural que mantiene vivo un pueblo con seis alumnos y a la m&eacute;dica que conoce a cada familia por su nombre: Sois la prueba de que lo p&uacute;blico es lo que nos une.
    </p><p class="article-text">
        A los que llegaron de fuera a recoger la fruta, a cuidar a nuestros mayores o a abrir la tienda de la esquina. Sois vecinos y esta tierra tambi&eacute;n es vuestra.
    </p><p class="article-text">
        Al que se fue y quiere volver. Te esperamos y vamos a trabajar para que haya un sitio para ti.
    </p><p class="article-text">
        Y a los j&oacute;venes que ya no creen en nada. Solo os digo una cosa: os entiendo. Ten&eacute;is motivos. Pero no le regal&eacute;is vuestra rabia a quienes odian la libertad. Os la pido para construir.
    </p><p class="article-text">
        En la puerta de Maricarmen, cientos de personas pasaron la noche al raso y gritaron &ldquo;Maricarmen, no est&aacute;s sola&rdquo;. No la conoc&iacute;an y le dieron su noche. Eso es lo que somos cuando somos lo mejor de nosotros mismos. Yo me comprometo a eso, a dar lo mejor de m&iacute; por vosotros, para vosotras, para nuestros hijos e hijas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Álvaro Sánchez Cotrina]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Sep 2026 15:08:22 +0000]]></pubDate>
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