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    <title><![CDATA[elDiario.es - Ramón González Férriz]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/ramon_gonzalez_ferriz/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Ramón González Férriz]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Viejos pilares de la democracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/nueva_politica/instituciones-inercia_1_4614663.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d7f150d7-160e-41ed-b1da-d9191b97829f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Viejos pilares de la democracia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Seguimos pensando en política y haciendo política como en los tiempos en los que las principales instituciones democráticas eran más fuertes</p></div><p class="article-text">
        Hace unas semanas, <a href="https://twitter.com/jfalbertos" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Jos&eacute; Fern&aacute;ndez-Albertos</a> explicaba en una charla que los partidos pol&iacute;ticos actuales tienen grandes dificultades para adoptar decisiones impopulares porque su base de apoyo es m&aacute;s peque&ntilde;a que en el pasado. No es que hace unas d&eacute;cadas a los partidos les resultara f&aacute;cil o agradable implantar pol&iacute;ticas de austeridad o de otra naturaleza antip&aacute;tica, pero al menos pod&iacute;an contar con que una parte importante de sus bases seguir&iacute;a vot&aacute;ndoles, aunque fuera a rega&ntilde;adientes, por lealtad. Hoy esa lealtad es menor y eso dificulta la toma de decisiones pol&iacute;ticas por parte de los partidos. <a href="https://twitter.com/kanciller" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Pablo Sim&oacute;n</a> ha elaborado esta idea m&aacute;s detenidamente en &ldquo;<a href="http://politikon.es/2014/10/01/gobernar-en-el-vacio/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Gobernar en el vac&iacute;o&rdquo;</a>.
    </p><p class="article-text">
        Sin duda, es dif&iacute;cil identificar todas y cada una de las instituciones que han contribuido a conformar la democracia moderna. Los partidos quiz&aacute; sean las m&aacute;s visibles, y como dec&iacute;a Fern&aacute;ndez-Albertos, hoy tienen menos margen de maniobra que en el pasado y en mucho sentidos est&aacute;n en decadencia. Sin embargo, creo que en la misma situaci&oacute;n que los partidos se encuentran otras muchas de las instituciones gracias a las que naci&oacute; la pol&iacute;tica tal como la hemos entendido durante d&eacute;cadas o siglos: las f&aacute;bricas, los peri&oacute;dicos, los sindicatos, las iglesias e incluso las novelas, los caf&eacute;s o la televisi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo, al menos desde finales del siglo XVIII en algunos casos, estas instituciones eran los lugares en los que la gente socializaba, de una manera particular en el &aacute;mbito de la ideolog&iacute;a: los trabajadores hablaban en las f&aacute;bricas de sus condiciones de trabajo, se agrupaban all&iacute; en sindicatos con los que negociaban sus horarios y sueldos, se informaban en los peri&oacute;dicos de las noticas pol&iacute;ticas nacionales e internacionales, se organizaban en las iglesias para llevar a cabo acciones caritativas o de ayuda a gente que pasaba por un mal momento y discut&iacute;a en los caf&eacute;s de todo esto y m&aacute;s. Seg&uacute;n el libro de <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Lynn_Hunt" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Lynn Hunt</a> <a href="http://www.tusquetseditores.com/titulos/tiempo-de-memoria-la-invencion-de-los-derechos-humanos" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La invenci&oacute;n de los derechos humanos</a>, las novelas permitieron, a finales del siglo XVIII, que mucha gente cobrara consciencia de las penalidades y las ideas de personajes que no pertenec&iacute;an a sus comunidades m&aacute;s cercanas, con lo que se desarroll&oacute; una cierta noci&oacute;n de empat&iacute;a con los desconocidos que fue clave para desarrollar la idea de derechos humanos y, tras ella, la de democracia. La televisi&oacute;n, que durante mucho tiempo ofreci&oacute; a sus espectadores pocas cadenas, establec&iacute;a temas de conversaci&oacute;n que abarcaban a todo el pa&iacute;s y en cierto sentido lo unificaban culturalmente.
    </p><p class="article-text">
        Hoy todas estas instituciones est&aacute;n en crisis o, abiertamente, en decadencia. Occidente est&aacute; cada vez m&aacute;s desindustrializado y su econom&iacute;a depende m&aacute;s del sector servicios, donde la socializaci&oacute;n ideol&oacute;gica es esencialmente distinta y la afiliaci&oacute;n a sindicatos, menor. Los peri&oacute;dicos cada vez tienen menos compradores y disponen de una menor capacidad para establecer de una manera rotunda la agenda pol&iacute;tica. Las iglesias se vac&iacute;an. Los caf&eacute;s, los bares y los pubs han dejado de ser el lugar por excelencia de intercambio de noticias y opiniones pol&iacute;ticas. Las novelas han abandonado el centro de la cultura que ocuparon durante dos siglos. Y la televisi&oacute;n, al menos en Estados Unidos, como explica muy bien <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Tim_Wu" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Tim Wu</a> en &ldquo;<a href="http://www.letraslibres.com/revista/dossier/netflix-contra-la-cultura-de-masas" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Netflix contra la cultura de masas&rdquo;</a>, se ha ido fragmentado paulatinamente en cada vez m&aacute;s canales y formas de consumo, de tal modo que ya no ejerce como pegamento nacional con la fuerza con que lo hac&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Esto no tiene por qu&eacute; ser malo. Dir&iacute;a que es un proceso desordenado pero con cierta coherencia hacia una mayor capacidad de elecci&oacute;n -en qu&eacute; leemos, en qu&eacute; creemos, en qu&eacute; hacemos con nuestro tiempo de ocio- y un mayor desapego hacia los grandes generadores de ideolog&iacute;a -mayor, ni mucho menos total- que lleva a&ntilde;os en marcha. A algunos les puede parecer puro neoliberalismo, a otros un aumento de la autonom&iacute;a individual frente a los grandes poderes. Pero sea como sea, lo m&aacute;s llamativo es que, en buena medida, seguimos pensando en pol&iacute;tica y haciendo pol&iacute;tica como en los tiempos en los que estas instituciones eran m&aacute;s fuertes. Naturalmente, se han producido cambios ideol&oacute;gicos importantes, pero de todos modos a&uacute;n no sabemos c&oacute;mo hacer una socialdemocracia con pocos obreros, un conservadurismo sin una mayor&iacute;a de seguidores de la doctrina moral de la iglesia, un periodismo con lectores poco comprometidos y con menor identificaci&oacute;n sentimental con su medio de cabecera o una cultura en la que los g&eacute;neros antes masivos son ahora minoritarios.
    </p><p class="article-text">
        Hay un argumento que puede hacer que esta preocupaci&oacute;n se quede en nada. Es un argumento habitual &uacute;ltimamente ante todas las incertidumbres: internet. La socializaci&oacute;n ideol&oacute;gica que todas estas instituciones establec&iacute;a, dice, ahora se produce en internet. No necesitamos partidos, porque nos podemos articular pol&iacute;ticamente en Facebook. Los sindicatos se han vendido a tal punto al sistema que la lucha real est&aacute; hoy en otra parte, del <em>copyleft</em> a la neutralidad de la red. Somos una sociedad postreligiosa, por lo que si queremos hacer obras de caridad o donaciones, ah&iacute; est&aacute; el <em>crowdfunding</em>, que aparentemente no nos exige creer cosas raras ni ir a reuniones, y adem&aacute;s dispone de un c&oacute;modo PayPal. El peri&oacute;dico es irrelevante porque ahora podemos informarnos picoteando en distintos medios y as&iacute; escoger lo mejor que cada uno de ellos puede ofrecernos. Por lo que respecta a las novelas, los caf&eacute;s y la televisi&oacute;n... &iquest;qui&eacute;n demonios sigue necesitando esas cosas?
    </p><p class="article-text">
        Es posible que todas estas nuevas instituciones internetc&eacute;ntricas puedan sustituir a las anteriores. No pueden saberlo a&uacute;n ni los ciberentusiastas ni los ciberesc&eacute;pticos. Pero lo cierto es que produce cierto v&eacute;rtigo constatar que las columnas que han soportado culturalmente durante siglos el edificio democr&aacute;tico hoy est&aacute;n entre un poco carcomidas y cay&eacute;ndose a pedazos. &iquest;Encontraremos recambios? Puede ser, pero ahora mismo nuestra pol&iacute;tica es un poco como el Coyote, que sigue corriendo sin querer bajar la mirada para comprobar si la tierra sigue s&oacute;lida bajo sus pies o ya no hay debajo de ellos m&aacute;s que inercia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ramón González Férriz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/nueva_politica/instituciones-inercia_1_4614663.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Oct 2014 18:13:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Viejos pilares de la democracia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Nueva Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una vieja historia de jóvenes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/vieja-historia-jovenes_132_5526464.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Una vez más, esa amenaza revolucionaria no cambió el sistema político, aunque sí supuso un terremoto cultural</p><p class="subtitle">Los revolucionarios, con razón, se exasperan: ¿de veras no hay manera de romper ese círculo?</p><p class="subtitle">Todo ha cambiado increíblemente, pero la política sigue muy parecida a sí misma, y la hacen las instituciones</p></div><p class="article-text">
        <a href="http://www.megustaleer.com/ficha/C921983/la-revolucion-divertida" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>La revoluci&oacute;n divertida</strong></a><strong>, Ram&oacute;n Gonz&aacute;lez F&eacute;rriz</strong>
    </p><p class="article-text">
        Para empezar, una adivinanza. &iquest;A qu&eacute; &eacute;poca hace referencia este pasaje?:
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote>"El radicalismo de los intelectuales tenía raíces menos profundas [que el de la clase trabajadora]. Se basaba en gran medida en la incapacidad (que resultó ser temporal) de la nueva sociedad burguesa [...] para crear suficientes puestos de trabajo con un estatus a la altura del inédito número de personas educadas que producía, y cuyos logros eran mucho más modestos que sus ambiciones. ¿Qué pasó con todos esos estudiantes radicales [...] en las prósperas [décadas posteriores]? Establecieron un patrón biográfico perfectamente conocido, y de hecho aceptado, en el continente europeo, según el cual los niños burgueses se divertían política y sexualmente en la juventud antes de 'sentar cabeza'."<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        Por contempor&aacute;neo que parezca lo que explica, el p&aacute;rrafo hace referencia a 1848 y las revueltas que en ese a&ntilde;o tuvieron lugar en Par&iacute;s. Como cuenta el autor de esas l&iacute;neas, Eric Hobsbawm, en <em>La era del capital</em>, el empe&ntilde;o revolucionario estaba entonces alimentado en buena medida por j&oacute;venes airados al ver que sus expectativas laborales y de estatus no iban a cumplirse, y en un primer momento pareci&oacute; que, efectivamente, la revoluci&oacute;n pod&iacute;a triunfar. En cierta medida lo hizo, pero un lustro m&aacute;s tarde todo volv&iacute;a a estar como antes. Y muchos de los revolucionarios eran ya burgueses o, al menos, lo que hoy considerar&iacute;amos clase media. La pol&iacute;tica se calm&oacute; por el momento.
    </p><p class="article-text">
        La historia se repiti&oacute;, con todas las evidentes diferencias, en 1968, de nuevo en Par&iacute;s, pero tambi&eacute;n en California y Chicago. Una vez m&aacute;s, los j&oacute;venes, en parte frustrados por sus expectativas, pero en este caso a&uacute;n m&aacute;s por lo que consideraban una sociedad aletargada y autoritaria, quer&iacute;an cambiar las cosas, transformar el sistema regido por viejos corruptos y abrir la puerta a nuevas formas de organizaci&oacute;n pol&iacute;tica y sentimental. Se han escrito toneladas de libros sobre este fen&oacute;meno, y yo me he sumado a ellas recientemente con <em>La revoluci&oacute;n divertida,</em> pero algo parece claro y as&iacute; trato de explicarlo: una vez m&aacute;s, esa amenaza revolucionaria no cambi&oacute; el sistema pol&iacute;tico, aunque s&iacute;  supuso un terremoto cultural, y al cabo de no demasiado muchos de sus protagonistas eran ciudadanos respetables y con bonitas cuentas corrientes, de Bob Dylan a Daniel Cohn-Bendit, de Steve Jobs a Joshka Fischer, y en lo que considero que fue nuestro particular 68, la Movida, de Alaska a Pedro Almod&oacute;var.
    </p><p class="article-text">
        Pero, visto esto, &iquest;fue la suya una lucha est&eacute;ril? Yo dir&iacute;a que no. Se mire por donde se mire, Occidente es hoy mejor que entonces: las mujeres y los homosexuales (y tambi&eacute;n los hombres heterosexuales) son m&aacute;s libres, hay menos racismo, la tolerancia es mucho mayor y la cultura popular ha contribuido enormemente al progreso moral. Y en Espa&ntilde;a, por supuesto, la democracia se ha asentado a pesar de todos sus defectos. Sin embargo, el tan odiado capitalismo sigue aqu&iacute;, m&aacute;s fuerte incluso que entonces a pesar de la crisis en la que nos encontramos y, a diferencia de esos d&iacute;as, sin un adversario cre&iacute;ble. Las formas de consumismo que se establecieron en los sesenta -una identificaci&oacute;n entre <em>ser rebelde</em> y <em>comprar ciertas cosas</em>- son hoy el patr&oacute;n de comportamiento de las masas, e incluso formas de rebeld&iacute;a pol&iacute;tica que pudieron parecer viables -como la antiglobalizaci&oacute;n o el activismo en internet- no han hecho m&aacute;s que impulsar modas de consumo que, en &uacute;ltima instancia, fortalecen al sistema. Las grandes empresas -de coches, de ropa deportiva, de alimentos- han asumido la ret&oacute;rica rebelde, y los rebeldes utilizan para rebelarse los medios que les proporcionan grandes empresas -Facebook, Twitter, las telecos. Los revolucionarios, con raz&oacute;n, se exasperan: &iquest;de veras no hay manera de romper ese c&iacute;rculo?
    </p><p class="article-text">
        Hay varias respuestas posibles. La primera dice que hay que olvidarse de los arribistas interesados de 1848 y de los falsos revolucionarios de 1968 y optar m&aacute;s bien por versiones actualizadas de los bolcheviques rusos de 1917 o los barbudos cubanos de 1959. Sin embargo, no es una apuesta muy arriesgada afirmar que en Occidente ya no se van a producir esa clase de revoluciones: la clase media occidental es hoy particularmente poco osada pol&iacute;ticamente, la clase obrera est&aacute; en franco declive, y la violencia, cuestiones morales aparte, ha demostrado en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas ser completamente ineficaz desde un punto de vista pol&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Otra opci&oacute;n es perseverar en las t&aacute;cticas fundadas en 1968 y que posteriormente han recogido el movimiento antiglobalizaci&oacute;n, muchos antisistema y formas de pol&iacute;tica alternativa que oscilan de una manera parad&oacute;jica entre el anarquismo y el estatalismo: seguir luchando localmente con grupos de consumo, cooperativas, acampadas y manifestaciones medi&aacute;ticas, organizaci&oacute;n horizontal y asamblearismo, decrecimiento y okupaci&oacute;n. Para ellos hay una buena y una mala noticia. La buena es que, mientras dure la crisis y probablemente m&aacute;s all&aacute;, van a seguir teniendo una gran repercusi&oacute;n en los medios y una gran simpat&iacute;a social, y en consecuencia una importante capacidad de convocatoria en sus actos reivindicativos. La mala: me temo que, si la historia ense&ntilde;a algo, con esos m&eacute;todos no van a conseguir cambiar el sistema. No se ha logrado en cincuenta a&ntilde;os. No lo lograron los <em>hippies </em>ni los <em>yippies </em>estadounidenses, los <em>soixante-huitards</em> parisinos, los <em>provos</em> holandeses, los libertarios catalanes reunidos alrededor de <em>Ajoblanco</em> ni, por supuesto, los antiglobalizadores.
    </p><p class="article-text">
        Naturalmente, hay una tercera opci&oacute;n, infinitamente m&aacute;s latosa, aburrida y cansina que las dos anteriores: &iquest;por qu&eacute; no meterse en el sistema y refomarlo desde dentro? Los cambios culturales y tecnol&oacute;gicos de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas han alentado la idea de que la pol&iacute;tica se ha transformado enormemente y de que son viables nuevas formas de participar en las grandes decisiones. Para bien o para mal, no es as&iacute;: en el plano institucional, una democracia occidental de hoy es casi igual que una democracia occidental de hace cinco d&eacute;cadas: constituci&oacute;n, partidos, separaci&oacute;n de poderes, voto secreto. Todo ha cambiado incre&iacute;blemente, pero la pol&iacute;tica sigue muy parecida a s&iacute; misma, y la hacen las instituciones. Solo entrando en ellas, o presion&aacute;ndolas desde fuera con m&eacute;todos efectivos, se puede lograr algo.
    </p><p class="article-text">
        Como los de 1848, muchos j&oacute;venes de hoy se sienten expulsados del sistema. Tienen raz&oacute;n. Sin embargo -y me temo que no dispongo de bases emp&iacute;ricas para probar esto- dir&iacute;a que muchos de los que se manifiestan ahora en las calles no quieren tanto acabar con el sistema como ser incluidos de nuevo en &eacute;l. Es razonable y justo: la pol&iacute;tica, y en particular la pol&iacute;tica espa&ntilde;ola, les est&aacute; tratando muy mal. Sin embargo, parece evidente que esto se debe, al menos en parte, a que los j&oacute;venes votan poco, se organizan de manera ineficaz y se niegan entrar en los procesos que acaban dando pie a las leyes. Para que se les tenga en cuenta y puedan, como sus predecesores de 1848, ser dentro de poco gente de clase media, o, si tienen suerte y talento, como los de 1968, ser nuevos l&iacute;deres culturales y pol&iacute;ticos, deben cambiar su forma de actuar. Los viejos sistemas de articulaci&oacute;n de la queja ya no sirven. Parad&oacute;jicamente, deben abrazar otros tambi&eacute;n viejos, pero que ahora no parecen tener rival: los de las instituciones.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ramón González Férriz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/vieja-historia-jovenes_132_5526464.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Dec 2012 09:08:50 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Una vieja historia de jóvenes]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Nueva Política]]></media:keywords>
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