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    <title><![CDATA[elDiario.es - Carlos De Vega]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/carlos_de_vega/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Carlos De Vega]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Se alquila Casa Blanca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/alquila-casa-blanca_1_5676333.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4ab75142-f5bc-492a-b54e-905b867bf852_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Se alquila Casa Blanca"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El periodista Carlos de Vega, corresponsal en EEUU de Cuatro y CNN+ entre 2004 y 2011, publica el libro 'Se alquila Casa Blanca' (editado a través de la plataforma de crowdfunding de Libros.com), en el que narra en primera persona anécdotas y entresijos políticos de aquel país. A continuación reproducimos uno de sus capítulos.</p></div><h3 class="article-text">La dama de la primera fila</h3><p class="article-text">
        Hasta hace muy poco tiempo, en la Sala de Prensa de la Casa Blanca solo hab&iacute;a impresos dos nombres. Uno era el de James Brady, portavoz de Ronald Reagan, que estuvo a punto de morir el 30 de marzo de 1981, cuando el desequilibrado John Hinckley intent&oacute; matar al presidente a las puertas del hotel Hilton de Washington.  La Sala de Prensa lleva el nombre de Brady en su honor. El otro estaba escrito en la base de una de las sillas:  Helen Thomas. El asiento central de la primera fila ha  estado reservado durante d&eacute;cadas para esta periodista,  hija de inmigrantes libaneses, que durante su carrera rompi&oacute; todos los moldes posibles. Ha sido la dama de un periodismo que ya no existe, que se escrib&iacute;a en libretas y entre nubes de humo de tabaco. Ella es tambi&eacute;n un buen ejemplo de lo complicada y peculiar que siempre ha sido la vida dentro de esta Sala de Prensa.
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        Cuando se abri&oacute; la puerta del ascensor, una joven secretaria me acompa&ntilde;&oacute; hasta las oficinas que ocupa la empresa de comunicaci&oacute;n Herst en Washington. Caminamos por pasillos, atravesamos una redacci&oacute;n, dejamos a un lado despachos, una cocina y varias salas de 78 reuniones hasta que en una esquina, instalada en un cub&iacute;culo de paneles prefabricados, encorvada y algo temblorosa, apareci&oacute; Helen Thomas. La excusa para encontrarme con ella era escribir un art&iacute;culo sobre los  hijos de los presidentes, aunque mi verdadera intenci&oacute;n era disfrutar de la oportunidad de sentarme con una mujer que se hab&iacute;a convertido ya en un mito. Estaba tan arreglada y coqueta como todas las veces que la hab&iacute;a visto en la Casa Blanca. Intentaba amortiguar las profundas arrugas de su vejez con una ligera capa de maquillaje y extendiendo el carm&iacute;n por encima del l&iacute;mite de sus labios. Mientras ella hablaba, yo analizaba el universo de objetos que la rodeaban. Me extra&ntilde;&oacute; no encontrar im&aacute;genes de sus entrevistas con Kennedy, sus treinta t&iacute;tulos universitarios honor&iacute;ficos o alguno de sus incontables premios. Era la mesa de alguien que no se alimenta con el pasado. Helen trabajaba como deb&iacute;a haberlo hecho durante sus a&ntilde;os gloriosos, rodeada de papeles y sin ning&uacute;n lujo. Al verla recluida en ese rinc&oacute;n, tuve la tentaci&oacute;n de sentir pena. Quiz&aacute;s no hab&iacute;a sabido aprovechar su momento para irse con todos los laureles, quiz&aacute;s merec&iacute;a la tranquilidad de un retiro alejado del ajetreo de una planta de oficinas. Nada de eso era cierto. Escuchando la cordura y la firmeza de sus argumentos me convenc&iacute; de que su mayor placer era mantenerse en activo, continuar siendo una cronista apasionada de la actualidad.
    </p><p class="article-text">
        Ella es la &uacute;nica periodista que ha seguido a nueve presidentes de Estados Unidos. Desde Kennedy, todos 79 los inquilinos de la Casa Blanca la han tenido enfrente. Sus preguntas, llenas de sentido com&uacute;n, no fueron amistosas ni con los dem&oacute;cratas ni con los republicanos. La &uacute;nica causa en la que tom&oacute; partido desde el principio fue la de la igualdad de derechos. Cuando comenz&oacute; su carrera, la Asociaci&oacute;n de Corresponsales de la Casa Blanca no admit&iacute;a mujeres en su junta directiva. Helen logr&oacute; acabar con esa discriminaci&oacute;n en 1962, gracias al apoyo de Kennedy, que amenaz&oacute; con no acudir a la cena anual de la asociaci&oacute;n si no cambiaban los reglamentos machistas. Acab&oacute; presidiendo el exclusivo club, fue tambi&eacute;n la &uacute;nica mujer periodista que viaj&oacute; a China con Nixon y tuvo durante a&ntilde;os  el honor de terminar todas las ruedas de prensa con un &ldquo;gracias, se&ntilde;or presidente&rdquo;. Suya era la &uacute;ltima palabra y tambi&eacute;n la primera. Como corresponsal de UPI (United Press International), era la encargada de hacer la pregunta inicial de cada convocatoria. Sus compa&ntilde;eros la bautizaron como &ldquo;la Primera Dama de la Prensa&rdquo;.  Su figura se agigantaba a medida que iban apareciendo  nuevos inquilinos por la Casa Blanca.
    </p><p class="article-text">
        Las cosas comenzaron a cambiar cuando, el 17 de mayo del a&ntilde;o 2000, la secta religiosa Moon compr&oacute; UPI. Despu&eacute;s de cincuenta y siete a&ntilde;os trabajando en la agencia, Thomas pens&oacute; que no ten&iacute;a ninguna gana de soportar a un due&ntilde;o iluminado. Dimiti&oacute; de su puesto para convertirse en columnista del grupo Herst. Cambiaba las noticias por la opini&oacute;n. Nunca ocult&oacute; su simpat&iacute;a por los palestinos, que iba acompa&ntilde;ada de una virulencia tremenda contra el poderoso lobby jud&iacute;o de Washington. Sus columnas empezaron a crearle enemigos. La guerra de Irak la enfrent&oacute; con la Casa Blanca hasta el punto de describir a Bush como &ldquo;el peor presidente de la historia&rdquo;. Su respuesta fue ignorarla durante tres a&ntilde;os en las ruedas de prensa. Cuando, el 21 de marzo de 2006, recuper&oacute; el turno de palabra, no dud&oacute; ni un segundo en volver a tirarse a su yugular con la mejor ret&oacute;rica posible. &ldquo;Todas las razones que nos dio para invadir Irak han resultado ser falsas&rdquo;, le dijo. &ldquo;Si el motivo de la guerra tampoco ha sido el petr&oacute;leo o proteger a Israel, d&iacute;game &iquest;para qu&eacute; hemos hecho est&aacute; guerra?&rdquo;. Bush no respondi&oacute; la pregunta. Recit&oacute; su teor&iacute;a sobre la importancia de la Guerra contra el  Terrorismo y volvi&oacute; a olvidarse de Helen Thomas. Su enfrentamiento constante con los portavoces de la  Casa Blanca le devolvi&oacute; la popularidad de sus mejores a&ntilde;os. Cuando se renov&oacute; la Sala de Prensa en 2007, la Asociaci&oacute;n de Corresponsales decidi&oacute; que Helen Thomas deb&iacute;a conservar su asiento en primera fila de forma permanente. Nadie m&aacute;s se sentar&iacute;a en esa silla.
    </p><p class="article-text">
        Con la victoria de Obama regresaron los piropos y las sonrisas. El presidente la felicit&oacute; en p&uacute;blico por su 89 cumplea&ntilde;os regal&aacute;ndole unas magdalenas y bajando hasta su asiento para hacerse una foto juntos. Pero ni las buenas maneras ni los halagos consiguieron domar la raza period&iacute;stica de Thomas, que sigui&oacute; criticando la falta de empuje de Obama para cerrar Guant&aacute;namo, las muertes de inocentes en Afganist&aacute;n o la obsesi&oacute;n del nuevo gobierno por controlar a la prensa. Una ma&ntilde;ana, en su paseo hacia la Casa Blanca, la abord&oacute; un bloguero con una c&aacute;mara y una pregunta: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; les dir&iacute;a a los jud&iacute;os de Israel?&rdquo; Helen contest&oacute; sin dudarlo: &ldquo;Les dir&iacute;a que se larguen de Palestina porque est&aacute;n ocupando una tierra que no es suya, y les pedir&iacute;a que vuelvan a sus casas en Polonia, Alemania, Estados Unidos o donde sea&rdquo;. Para el lobby jud&iacute;o, la referencia a los dos pa&iacute;ses donde hab&iacute;an sufrido los campos de concentraci&oacute;n nazi fue un insulto imperdonable. Convirtieron el comentario en tema central del debate pol&iacute;tico y consiguieron que todo el mundo, incluidos sus compa&ntilde;eros de la Casa Blanca, se manifestasen p&uacute;blicamente en contra de Helen. Ella lament&oacute; que hubiesen deformado su argumento hasta el rid&iacute;culo, pero no rectific&oacute;. Prefiri&oacute; irse, despu&eacute;s de casi setenta a&ntilde;os en el ejercicio del periodismo. La peque&ntilde;a placa con su nombre en la silla central de la primera fila desaparec&iacute;a para siempre.
    </p><p class="article-text">
        El adi&oacute;s de Helen Thomas desat&oacute; la disputa sobre qui&eacute;n deb&iacute;a ocupar su puesto. El espacio en la Sala de Prensa es m&iacute;nimo y los medios que reclaman un hueco son cada vez m&aacute;s numerosos. Para lograr un pase permanente hay que superar un examen del Servicio Secreto, demostrar la seriedad del medio para el que uno trabaja y comprometerse a informar de forma habitual sobre las actividades de la Casa Blanca. A&uacute;n as&iacute;, m&aacute;s de dos mil periodistas que tienen ese salvoconducto. A todos estos hay que sumar las decenas de corresponsales, locales o extranjeros que solicitamos permisos especiales para entrar en la sala en d&iacute;as concretos. Es una caja de cerillas.
    </p><p class="article-text">
        La sala se divide en siete filas de siete sillas: cuarenta y nueve asientos para un aforo que puede llegar al centenar del personas. La Asociaci&oacute;n de Corresponsales es la encargada de repartir los asientos entre los medios que lo solicitan. El &uacute;nico asignado a un nombre propio era el de Helen Thomas, los dem&aacute;s se deciden en las juntas directivas de la asociaci&oacute;n, en las que entra en juego el poder de influencia de cada medio para llevarse un buen sitio. Los portavoces de la Casa Blanca conocen la distribuci&oacute;n y saben que los medios m&aacute;s potentes est&aacute;n en las primeras filas. Por ah&iacute; empiezan las preguntas, despu&eacute;s la segunda fila, la tercera, quiz&aacute;s alguien con suerte en la cuarta... y nada m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        La f&eacute;rrea distribuci&oacute;n de los turnos y los espacios tiene un problema para los for&aacute;neos. Jam&aacute;s logramos hacer una pregunta. Puedes agitar un pa&ntilde;uelo con la mano levantada, provocar con la mirada al portavoz, puedes ir vestido de rosa fucsia o llevar regalos para todo el Departamento de Prensa. Nada funcionar&aacute;. No existe la suerte del principiante ni la casualidad. Cuando un periodista extranjero <em>cuela</em> una pregunta es porque antes se ha negociado largo y tendido con la Casa Blanca. Sucede, por ejemplo, cuando alg&uacute;n l&iacute;der extranjero visita Washington y se concede a un medio del pa&iacute;s de origen la posibilidad de pedir una valoraci&oacute;n de la visita. De todas formas, ser un mero espectador en este cuarto azul es ya un regalo para cualquier periodista. El juego no consiste en preguntas preparadas y respuestas aprendidas. Nada se entiende sin un concepto que es todo un g&eacute;nero dentro del periodismo, las <em>follow up questions</em>. Si una respuesta no te deja a gusto, debes saber replicar a la velocidad del rayo, atornillando al portavoz con nuevas preguntas, y lograr que te responda o que pase el aprieto de quedar en evidencia por no querer hacerlo. Solo los mejores llegan a regatear con maestr&iacute;a, lo que explica que alguno de los periodistas m&aacute;s prestigiosos haya crecido en esta sala. Y solo es posible todo esto en pa&iacute;ses sin miedo, que han convivido con la democracia durante siglos.
    </p><p class="article-text">
        Lo peculiar de este lugar ha hecho tambi&eacute;n que sucedan cosas fuera de lo com&uacute;n. Durante muchos a&ntilde;os, los portavoces de Bush convirtieron en estrella de la sala al periodista indio Raghubir Goyal, al que conced&iacute;an la palabra cada vez que quer&iacute;an cortar las implacables cr&iacute;ticas que los dem&aacute;s colegas hac&iacute;an sobre la Guerra de Irak. Goyal enfriaba la situaci&oacute;n formulando preguntas inveros&iacute;miles sobre Cachemira en nombre del India Globe, medio para el que dec&iacute;a trabajar y cuya web est&aacute; completamente vac&iacute;a de contenido. De Bush fue tambi&eacute;n la idea de colar a Jeff Gannon en la sala sin necesidad de que tuviese acreditaci&oacute;n. Gannon ten&iacute;a el encargo de presentarse como un bloguero y hacer preguntas amables con el gobierno. El esc&aacute;ndalo enfureci&oacute; a los m&aacute;s progresistas, que denunciaron la trampa a la vez que desvelaban que el bloguero ultraconservador hab&iacute;a colgado pornograf&iacute;a en Internet y hab&iacute;a trabajado como <em>gigol&oacute;</em> gay.
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        La primera vez que entr&eacute; en la Sala de Prensa tuve la sensaci&oacute;n de estar en un vag&oacute;n de metro. Hace calor y no hay espacio para moverse. A los que no tenemos asignado sitio nos toca jugar a las sillas. Nos vamos sentando en los huecos que quedan vac&iacute;os con la esperanza de que su propietario no aparezca ese d&iacute;a. Si hay mala suerte, hay que levantarse y buscar de nuevo. As&iacute; hasta que toda la sala est&aacute; ocupada y la &uacute;nica alternativa es quedarse en los pasillos. En la parte trasera de la habitaci&oacute;n, como sardinas en lata, se amontonan los c&aacute;maras de televisi&oacute;n. Detr&aacute;s de su espacio est&aacute;n las peque&ntilde;as oficinas que ocupan los distintos medios. La sensaci&oacute;n ah&iacute; es mucho m&aacute;s angustiosa. Ya no estamos en el metro, esto es la c&aacute;psula de un submarino. Dos pisos excavados bajo tierra con min&uacute;sculas celdas, sin luz natural, donde se suceden las cabinas de radio y los puestos de los redactores. Obama se atrevi&oacute; a visitar estas catacumbas cuando comenz&oacute; su primer mandato. Nunca m&aacute;s volvi&oacute;. A los pocos minutos de estar ah&iacute; abajo, lo &uacute;nico que uno quiere es respirar aire puro.
    </p><p class="article-text">
        El jard&iacute;n es el mejor alivio durante las ma&ntilde;anas de espera. Para asistir a la rueda de prensa hay que llegar, normalmente, con dos horas de adelanto sobre el horario previsto, as&iacute; que, despu&eacute;s de aprenderse de memoria la distribuci&oacute;n de los puestos y de engatusar a alguien para bajar a los restos de la piscina, sobra tiempo para darse un paseo por el jard&iacute;n. En el exterior est&aacute; el otro espacio del recinto dedicado a la prensa, el lugar donde se amontonan las c&aacute;maras que enfocan a la fachada del edificio. Aqu&iacute; lo conocen como &ldquo;la isla&rdquo;, en referencia al suelo arenoso. Tambi&eacute;n ah&iacute; el terreno est&aacute; repartido con escuadra y cartab&oacute;n. Los &uacute;ltimos a&ntilde;os, las cosas se han complicado porque las televisiones no son ya las &uacute;nicas que tienen c&aacute;maras. Cualquier medio digital que se precie quiere emitir una cr&oacute;nica en directo con la Casa Blanca de fondo.
    </p><p class="article-text">
        ****
    </p><p class="article-text">
        El mundo del periodismo de Helen Thomas dej&oacute; de existir hace ya unos cuantos a&ntilde;os. La m&aacute;quina de la informaci&oacute;n es hoy una gran trituradora que devora las veinticuatro horas del d&iacute;a todo a lo que se acerca, sin tiempo para detenerse a reflexionar. Helen lo sabe bien, unos segundos de v&iacute;deo colgados en un blog provocaron su adi&oacute;s. Se despidi&oacute; de la profesi&oacute;n con un comunicado en el que explicaba: &ldquo;Solo se lograr&aacute; la paz en Oriente Medio cuando todas las partes tengan respeto mutuo y tolerancia. Espero que ese d&iacute;a llegue pronto&rdquo;. Las grandes marcas siguen ah&iacute;, ocupando los mejores sitios de la Sala de Prensa, pero han ido llegando nombres nuevos como Politico, The Huffington Post, Mother Jones o ProPublica. Ganan premios Pulitzer y son la mejor muestra de la transformaci&oacute;n que est&aacute; en marcha. Eso s&iacute;, siempre habr&aacute; historias, gente que sepa contarlas y lugares donde encontrarlas. Uno de ellos, por unos cuantos a&ntilde;os m&aacute;s, seguir&aacute; siendo la Sala de Prensa azul de la Casa Blanca.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carlos De Vega]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/alquila-casa-blanca_1_5676333.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 May 2013 18:31:07 +0000]]></pubDate>
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