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    <title><![CDATA[elDiario.es - Adam Hochschild]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/adam_hochschild/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Adam Hochschild]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Para acabar con todas las guerras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/acabar-todas-guerras_129_5716083.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Adam Hochschild, profesor de redacción en la Graduate School of Journalism  de la Universidad de California en Berkeley y colaborador en The New Yorker y The New York  Review of Books, acaba de publicar 'Para acabar con todas las guerras: una historia de lealtad y rebelión, 1914-1918'  (Ediciones Península). A continuación reproducimos la introducción de este libro.</p></div><h3 class="article-text">Choque de sue&ntilde;os</h3><p class="article-text">
        Sopla un aire fresco de principios de oto&ntilde;o mientras la &uacute;ltima hora de la tarde, te&ntilde;ida de oro, se cierne sobre el paisaje ondulado del norte de Francia. All&iacute; donde la tierra desciende entre suaves pendientes, ya ha oscurecido. Salpican los campos las balas empacadas a m&aacute;quina, tan altas como una persona, de la &uacute;ltima cosecha de heno del a&ntilde;o. Enormes tractores arrastran remolques del tama&ntilde;o de vagones cargados de patatas o ma&iacute;z troceados para alimentar al ganado. En lo alto de una colina baja, una arboleda oculta las pruebas de otra clase de cosecha recogida en este lugar hace casi un siglo. Cada l&aacute;pida del peque&ntilde;o cementerio tiene un nombre, un rango y un n&uacute;mero; 162 poseen cruces y una de ellas, una estrella de David. Tambi&eacute;n est&aacute; grabada en la piedra la edad de quienes se conoc&iacute;a: 19, 22, 23, 26, 34, 21, 20. En diez tumbas simplemente se lee: &laquo;Un soldado de la Gran Guerra, solo conocido por Dios&raquo;. Casi todos los muertos pertenec&iacute;an al regimiento Devonshire de Gran Breta&ntilde;a y la fecha grabada en sus l&aacute;pidas, el 1 de julio de 1916, es la del primer d&iacute;a de la batalla del Somme. La mayor&iacute;a fueron v&iacute;ctimas de una &uacute;nica ametralladora alemana emplazada a varios centenares de metros de este lugar y fueron enterrados en un sector del frente de trincheras del que hab&iacute;an salido aquella ma&ntilde;ana. El capit&aacute;n Duncan Martin, de treinta a&ntilde;os, comandante de una compa&ntilde;&iacute;a y artista en la vida civil, hab&iacute;a hecho una maqueta de arcilla del campo de batalla por el que planeaban atacar los brit&aacute;nicos y predijo a sus compa&ntilde;eros oficiales el lugar exacto en el que &eacute;l y sus hombres ser&iacute;an abatidos por la cercana ametralladora alemana cuando salieran a una ladera expuesta. &Eacute;l tambi&eacute;n est&aacute; enterrado aqu&iacute;: es uno de los aproximadamente veinti&uacute;n mil soldados brit&aacute;nicos que murieron o resultaron mortalmente heridos el d&iacute;a en el que se produjo el mayor derramamiento de sangre de la historia anterior o posterior del ej&eacute;rcito de su pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En una placa de piedra cerca de las tumbas se leen las palabras que los supervivientes de aquel regimiento grabaron en un letrero de madera cuando enterraron a sus muertos:
    </p><p class="article-text">
        <em>los Devonshire ocuparon esta trinchera</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>los Devonshire la siguen ocupando</em>
    </p><p class="article-text">
        Casi todos los comentarios anotados en el libro de visitas del cementerio son ingleses: de Bournemouth, Londres, Hampshire, Devon. &laquo;Presentamos nuestros respetos a tres de nuestros ciudadanos&raquo;. &laquo;Descansad, muchachos&raquo;. &laquo;Olvidemos&raquo;. &laquo;Gracias, chavales&raquo;. &laquo;Gracias, t&iacute;o abuelo, descansa en paz&raquo;. &iquest;Por qu&eacute; se forma un nudo en mi garganta al ver palabras como dormir, descansar o sacrificio cuando la raz&oacute;n de que est&eacute; aqu&iacute; es la idea de que esa guerra fue una insensatez y una locura innecesarias? Solo un visitante emplea un tono muy diferente: &laquo;Nunca m&aacute;s&raquo;. En varias p&aacute;ginas, la tinta con la que fueron escritos los nombres y los comentarios se ha corrido a causa de las gotas de lluvia, &iquest;o fueron l&aacute;grimas?
    </p><p class="article-text">
        Los cad&aacute;veres de los soldados del Imperio brit&aacute;nico reposan en 400 cementerios solo en la regi&oacute;n del campo de batalla del Somme, un terreno accidentado en forma de media luna de menos de 32 kil&oacute;metros de longitud, aunque las tumbas no son las &uacute;nicas marcas que la guerra ha dejado en la tierra. Aqu&iacute; y all&aacute; ha perdurado una parcela de terreno surcada por miles de cr&aacute;teres de proyectiles; decenios de erosi&oacute;n han atenuado las cicatrices, pero lo que antes era un campo llano parece ahora una sucesi&oacute;n de dunas escarpadas cubiertas de hierba. En los campos que han vuelto a allanar, como los que rodean el cementerio de los Devonshire, algunos tractores llevan un blindaje debajo del asiento del conductor, ya que las cosechadoras no pueden distinguir entre patatas, remolachas y proyectiles sin explotar. M&aacute;s de 700 millones de proyectiles de artiller&iacute;a y mortero fueron disparados en el frente occidental entre 1914 y 1918, y se calcula que un 15 por 100 no lleg&oacute; a explotar. Estos proyectiles matan todos los a&ntilde;os a alguna persona (a 36 solo en 1991, por ejemplo, cuando Francia excavaba el terreno para tender una nueva l&iacute;nea ferroviaria de alta velocidad). Por todas partes en la regi&oacute;n hay zonas de bosque o matorrales sin despejar rodeadas de se&ntilde;ales de peligro amarillas que advierten a los excursionistas, en franc&eacute;s e ingl&eacute;s, de que deben alejarse. El Gobierno franc&eacute;s emplea equipos de <em>d&eacute;mineurs</em>, especialistas itinerantes en la desactivaci&oacute;n de bombas, que responden a las llamadas cuando los lugare&ntilde;os descubren proyectiles, y cada a&ntilde;o recogen y destruyen 900 toneladas de munici&oacute;n sin explotar. M&aacute;s de 630 <em>d&eacute;mineurs</em> franceses han muerto en el cumplimiento de su deber desde 1946. La propia Primera Guerra Mundial, al igual que aquellos proyectiles, ha perdurado en nuestras vidas, por debajo de la superficie, porque vivimos en un mundo que est&aacute; en gran medida conformado por ella y por la guerra industrializada y total que inaugur&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Aunque nac&iacute; mucho despu&eacute;s de que hubiera terminado, la guerra siempre estuvo presente en nuestra familia. Mi madre me hablaba del desenfrenado entusiasmo de las multitudes en los desfiles militares cuando, &iexcl;por fin!, Estados Unidos se uni&oacute; a los Aliados. Un querido primo carnal suyo parti&oacute; al son de aquellos v&iacute;tores para acabar muriendo en las &uacute;ltimas semanas de la contienda; ella nunca olvidar&iacute;a la conmoci&oacute;n y la decepci&oacute;n. Y a nadie de mi familia paterna le parec&iacute;a absurdo que dos de sus parientes hubieran luchado en bandos contrarios en la Primera Guerra Mundial, uno en el ej&eacute;rcito franc&eacute;s y otro en el alem&aacute;n. Si tu pa&iacute;s te llamaba, ibas.
    </p><p class="article-text">
        La hermana de mi padre se cas&oacute; con un hombre que combati&oacute; a favor de Rusia en la guerra y deb&iacute;amos su presencia en nuestras vidas a acontecimientos desencadenados por la misma: la Revoluci&oacute;n rusa y la enconada guerra civil que le suceder&iacute;a. Tras estas, al estar en el bando perdedor, se march&oacute; a Estados Unidos. Compartimos una casa de verano con esa t&iacute;a y ese t&iacute;o, y amigos suyos que tambi&eacute;n eran veteranos de 1914- 1918 eran asiduos visitantes. Recuerdo v&iacute;vidamente estar, siendo un ni&ntilde;o, al lado de uno de ellos, todos vestidos con ba&ntilde;adores y a punto de ir a nadar, y despu&eacute;s mirar hacia abajo y ver el pie del hombre: la bala de una ametralladora alemana le hab&iacute;a cercenado todos los dedos en alg&uacute;n lugar del frente oriental.
    </p><p class="article-text">
        La guerra tambi&eacute;n perduraba en los relatos de aventuras ilustrados que mis primos brit&aacute;nicos me enviaban por Navidad. El joven Tim, Tom o Trevor, pese a ser un simple adolescente al que el coronel hab&iacute;a declarado demasiado joven para combatir, esquivar&iacute;a con valent&iacute;a la lluvia de metralla para trasladar a aquel mismo coronel herido hasta un lugar seguro despu&eacute;s de que el regimiento, tocando la gaita, se hubiera &laquo;lanzado al ataque&raquo; en la tierra de nadie. En episodios posteriores, siempre consegu&iacute;a hallar la manera (como esp&iacute;a o aviador, o gracias a la simple audacia) de sortear el estancamiento de la guerra de trincheras.
    </p><p class="article-text">
        Cuando crec&iacute; y aprend&iacute; m&aacute;s historia, descubr&iacute; que ese estancamiento ejerc&iacute;a su propia fascinaci&oacute;n. Durante m&aacute;s de tres a&ntilde;os los ej&eacute;rcitos del frente occidental estuvieron pr&aacute;cticamente paralizados en el mismo lugar, enterrados en trincheras con refugios situados a veces a 12 metros bajo tierra, de las que sal&iacute;an peri&oacute;dicamente para librar terribles batallas en las que ganaban, en el mejor de los casos, unos pocos kil&oacute;metros de un yermo embarrado y repleto de cr&aacute;teres de los proyectiles. La capacidad destructora de aquellas batallas sigue pareciendo incre&iacute;ble. Adem&aacute;s de los muertos, en el primer d&iacute;a de la ofensiva del Somme resultaron heridos 36.000 soldados brit&aacute;nicos. La magnitud de la matanza durante todo el periodo que dur&oacute; la guerra no ten&iacute;a precedentes en la historia de Europa: por ejemplo, m&aacute;s del 35 por 100 de todos los hombres alemanes con edades comprendidas entre los diecinueve y los veintid&oacute;s a&ntilde;os cuando se iniciaron los combates muri&oacute; en los cuatro a&ntilde;os y medio siguientes y muchos de los supervivientes resultaron gravemente heridos. En el caso de Francia, la cifra de v&iacute;ctimas fue, proporcionalmente, a&uacute;n mayor: la mitad de todos los franceses con edades comprendidas entre los veinte y los treinta y dos a&ntilde;os cuando estall&oacute; la guerra hab&iacute;an muerto cuando termin&oacute;. &laquo;La Gran Guerra de 1914-1918 perdura como una franja de tierra quemada que separa aquella &eacute;poca de nosotros&raquo;, escribi&oacute; la historiadora Barbara Tuchman. Los canteros brit&aacute;nicos desplazados a B&eacute;lgica a&uacute;n segu&iacute;an trabajando grabando los nombres de los desaparecidos de su naci&oacute;n en monumentos conmemorativos cuando los alemanes la invadieron en la siguiente guerra, m&aacute;s de veinte a&ntilde;os despu&eacute;s. Las ciudades y los pueblos por los que pasaron los ej&eacute;rcitos quedaron reducidos a montones de escombros, y los bosques y granjas, a ruinas carbonizadas. &laquo;Esto no es una guerra. Esto es el fin del mundo&raquo;, escribi&oacute; a su pa&iacute;s desde Europa un soldado de las tropas indias de Gran Breta&ntilde;a que hab&iacute;a resultado herido.
    </p><p class="article-text">
        Estamos acostumbrados a que, en los conflictos actuales, tanto si las v&iacute;ctimas son los ni&ntilde;os soldados de &Aacute;frica como si lo son los estadounidenses provincianos de clase obrera en Irak o Afganist&aacute;n, los pobres constituyan un porcentaje desproporcionado de los muertos. En cambio, entre 1914 y 1918, la guerra fue sorprendentemente letal para las clases dirigentes de todos los pa&iacute;ses que participaron. Hab&iacute;a muchas m&aacute;s probabilidades de que murieran los oficiales de ambos bandos que de que perecieran los hombres que los segu&iacute;an saltando los parapetos de las trincheras para avanzar hacia el fuego de las ametralladoras, y ellos mismos sol&iacute;an pertenecer a las capas m&aacute;s altas de la sociedad. Por ejemplo, aproximadamente el 12 por 100 de todos los soldados brit&aacute;nicos que combatieron en la guerra murieron, pero en el caso de los nobles o hijos de nobles uniformados la cifra ascendi&oacute; al 19 por 100. El 31 por 100 de todos los hombres que se licenciaron en Oxford en 1913 perdi&oacute; la vida en la contienda. El canciller alem&aacute;n, Theobald von Bethmann-Hollweg, perdi&oacute; a su primog&eacute;nito, al igual que el primer ministro brit&aacute;nico Herbert Asquith. Un futuro primer ministro brit&aacute;nico, Andrew Bonar Law, perdi&oacute; dos hijos, y tambi&eacute;n el vizconde de Rothermere, un magnate de la prensa y ministro del Aire durante la guerra. El general Erich Ludendorff, el principal comandante alem&aacute;n de la guerra, perdi&oacute; a dos hijastros y &eacute;l mismo tuvo que identificar el cad&aacute;ver en descomposici&oacute;n de uno de ellos, exhumado de una fosa en el campo de batalla. Herbert Lawrence, jefe del Estado Mayor brit&aacute;nico en el frente occidental, perdi&oacute; dos hijos; su hom&oacute;logo en el ej&eacute;rcito franc&eacute;s, No&euml;l de Castelnau, tres. Al nieto de uno de los hombres m&aacute;s ricos de Inglaterra, el duque de Westminster, le alcanz&oacute; un disparo mortal en la cabeza tres d&iacute;as despu&eacute;s de escribir a su madre: &laquo;Env&iacute;ame calcetines y bombones, que son las dos cosas totalmente indispensables que hay en la vida&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Por lo tanto, parte de lo que nos atrae de esta guerra es la forma en que destruy&oacute; para siempre la Europa segura de s&iacute; misma y luminosa de h&uacute;sares y dragones con cascos con plumas y de emperadores que saludaban desde carruajes descubiertos tirados por caballos. Como lo expres&oacute; el poeta y soldado Edmund Blunden al describir aquel mort&iacute;fero primer d&iacute;a de la batalla del Somme, ning&uacute;n bando &laquo;hab&iacute;a ganado ni pod&iacute;a ganar la guerra. La guerra hab&iacute;a ganado&raquo;. Dos imperios, el austroh&uacute;ngaro y el otomano, desaparecieron por completo bajo la presi&oacute;n de la interminable matanza, el k&aacute;iser alem&aacute;n perdi&oacute; su trono y el zar de Rusia y toda su fotog&eacute;nica familia, con su hijo ataviado de marinero y sus hijas con vestidos blancos, perdieron la vida. Incluso los vencedores fueron perdedores: en Gran Breta&ntilde;a y Francia juntas hubo m&aacute;s de dos millones de muertos y terminaron la guerra fuertemente endeudadas; las protestas desencadenadas por los veteranos de las colonias que regresaron iniciaron la larga descomposici&oacute;n del Imperio brit&aacute;nico y una franja del norte de Francia qued&oacute; reducida a cenizas. El tsunami de destrucci&oacute;n que dur&oacute; cuatro a&ntilde;os y medio ensombreci&oacute; para siempre nuestra visi&oacute;n del mundo. &laquo;&iquest;Humanidad? &iquest;Puede alguien creer realmente en la sensatez de la humanidad despu&eacute;s de la &uacute;ltima guerra, cuando se avecinan guerras nuevas, inevitables y m&aacute;s crueles?&raquo;, preguntaba el poeta ruso Alexander Blok varios a&ntilde;os m&aacute;s tarde.
    </p><p class="article-text">
        Y se avecinaban. &laquo;No puede ser que dos millones de alemanes hayan ca&iacute;do en vano [...]. No, no perdonamos. &iexcl;Exigimos venganza!&raquo;, despotricaba Adolf Hitler menos de cuatro a&ntilde;os despu&eacute;s de que terminara la guerra. La derrota de Alemania y el af&aacute;n de venganza de los Aliados en el acuerdo de paz posterior aceleraron irrevocablemente el ascenso del nazismo y la llegada de una guerra a&uacute;n m&aacute;s destructiva veinte a&ntilde;os m&aacute;s tarde, y tambi&eacute;n del Holocausto. La Primera Guerra Mundial, por supuesto, tambi&eacute;n ayud&oacute; a aupar al poder en Rusia a un r&eacute;gimen cuyos pelotones de ejecuci&oacute;n y el gulag de campos de prisioneros del &Aacute;rtico y Siberia sembrar&iacute;an la muerte y el terror en tiempos de paz a una escala que superaba a la de muchas guerras.
    </p><p class="article-text">
        Como el amigo de mi t&iacute;o sin los dedos de un pie, muchos de los m&aacute;s de 21 millones de heridos de la guerra sobrevivir&iacute;an durante muchos a&ntilde;os. En los a&ntilde;os sesenta visit&eacute; en el norte de Francia un hospital psiqui&aacute;trico de piedra, similar a una fortaleza, y algunos de los ancianos a los que vi sentados como estatuas en los bancos del patio, con sus rostros inexpresivos, eran v&iacute;ctimas de la neurosis de guerra de las trincheras. Millones de veteranos, con el cuerpo y el esp&iacute;ritu mutilados, llenaron este tipo de instituciones durante decenios. La sombra de la guerra tambi&eacute;n se extendi&oacute; a decenas de millones de personas que nacieron despu&eacute;s de que hubiera terminado, los hijos de los supervivientes. Una vez entrevist&eacute; al escritor brit&aacute;nico John Berger, que naci&oacute; en Londres en 1926, y me dijo que a veces ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de que hab&iacute;a nacido &laquo;cerca de Ypres en el frente occidental en 1917. El primer recuerdo que tengo de [mi padre] es el de &eacute;l despert&aacute;ndose gritando en medio de la noche por culpa de una de sus recurrentes pesadillas sobre la guerra&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; esta guerra tan antigua nos sigue fascinando? Seguramente, una de las razones sea el marcado contraste entre aquello por lo que la gente cre&iacute;a estar luchando y el mundo destruido y amargado que la guerra cre&oacute;. Los participantes de ambos bandos cre&iacute;an tener buenas razones para ir a la guerra, y en el bando de los Aliados lo eran realmente. Al fin y al cabo, las tropas alemanas invadieron sin justificaci&oacute;n alguna Francia e, incumpliendo un tratado que garantizaba su neutralidad, tambi&eacute;n ocuparon B&eacute;lgica. La poblaci&oacute;n de otros pa&iacute;ses, como Gran Breta&ntilde;a, consider&oacute;, como era comprensible, que acudir en ayuda de las v&iacute;ctimas de la invasi&oacute;n era una causa noble. &iquest;No ten&iacute;an Francia y B&eacute;lgica derecho a defenderse? Incluso aquellos que nos hemos opuesto ahora a las guerras estadounidenses en Vietnam o Irak a menudo nos apresuramos a a&ntilde;adir que defender&iacute;amos nuestro pa&iacute;s si fuera atacado. Y sin embargo, si los dirigentes de alguna de las grandes potencias europeas hubieran sido capaces de observar el futuro y ver todas las consecuencias, &iquest;habr&iacute;an seguido enviando con tanta prisa a sus soldados al campo de batalla en 1914?
    </p><p class="article-text">
        Lo que no previeron reyes y primeros ministros, lo presintieron muchos ciudadanos con m&aacute;s visi&oacute;n de futuro. Desde el principio, decenas de miles de personas de ambos bandos reconocieron en la guerra la cat&aacute;strofe que era. Cre&iacute;an que el inevitable coste en vidas no merec&iacute;a la pena, y algunos de ellos anticiparon con tr&aacute;gica claridad al menos parte de la pesadilla en la que se sumir&iacute;a Europa como consecuencia de la misma y lo expresaron p&uacute;blicamente. Adem&aacute;s, dijeron lo que pensaban en una &eacute;poca en la que era necesario tener mucho valor para hacerlo, ya que el ambiente estaba cargado de un ferviente nacionalismo y un desprecio por los disidentes que a veces se traduc&iacute;a en violencia. Un pu&ntilde;ado de parlamentarios alemanes se opuso con valent&iacute;a a los cr&eacute;ditos para sufragar la guerra, y radicales como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht acabar&iacute;an m&aacute;s tarde en la c&aacute;rcel, al igual que el dirigente socialista estadounidense Eugene V. Debs. Pero fue en Gran Breta&ntilde;a, m&aacute;s que en ning&uacute;n otro lugar, donde un n&uacute;mero importante de intr&eacute;pidos opositores a la guerra obr&oacute; conforme a sus creencias y pag&oacute; un precio por ello. Cuando termin&oacute; el conflicto, m&aacute;s de veinte mil brit&aacute;nicos en edad militar se hab&iacute;an negado a cumplir el servicio militar obligatorio. Muchos tambi&eacute;n se negaron a cumplir el servicio sustitutorio para no combatientes y m&aacute;s de seis mil cumplieron condena en las c&aacute;rceles en condiciones muy duras: trabajos forzados, una dieta muy b&aacute;sica y una estricta &laquo;regla de silencio&raquo; que les prohib&iacute;a hablar los unos con los otros.
    </p><p class="article-text">
        Antes de que se hiciera evidente la cantidad de brit&aacute;nicos que se negar&iacute;an a combatir, unos cincuenta insumisos fueron reclutados a la fuerza en el ej&eacute;rcito y trasladados, algunos de ellos esposados, a Francia a trav&eacute;s del canal de la Mancha. Unas semanas antes del famoso primer d&iacute;a de la batalla del Somme tuvo lugar una escena menos conocida en un campamento del ej&eacute;rcito brit&aacute;nico no muy alejado, desde el que se pod&iacute;a o&iacute;r el sonido del fuego de artiller&iacute;a del frente. Les dijeron a un grupo de antibelicistas que si segu&iacute;an desobedeciendo las &oacute;rdenes, ser&iacute;an condenados a muerte. En un acto de gran valor colectivo, que ha perdurado a trav&eacute;s de los a&ntilde;os, ni un solo hombre flaque&oacute;. Solo en el &uacute;ltimo minuto, gracias a las fren&eacute;ticas presiones en Londres, salvaron sus vidas. Esos insumisos y sus camaradas no lograron detener la guerra y no han obtenido un lugar en los libros de historia convencionales, pero la firmeza de sus convicciones sigue siendo una de las grandezas de una &eacute;poca oscura.
    </p><p class="article-text">
        Entre los que fueron encarcelados por oponerse a la guerra no solo figuraban hombres j&oacute;venes que desobedecieron el llamamiento a filas, sino tambi&eacute;n hombres de m&aacute;s edad y algunas mujeres. Si pudi&eacute;ramos viajar en el tiempo hasta las c&aacute;rceles brit&aacute;nicas de finales de 1917 y principios de 1918, conocer&iacute;amos a algunas personas extraordinarias, entre ellas el periodista de investigaci&oacute;n m&aacute;s importante de la naci&oacute;n, un futuro ganador del Premio Nobel, m&aacute;s de media docena de futuros miembros del Parlamento, un futuro ministro y un exdirector de un diario que publicaba un peri&oacute;dico clandestino para sus compa&ntilde;eros de la prisi&oacute;n en papel higi&eacute;nico. Ser&iacute;a dif&iacute;cil encontrar un espectro de personas m&aacute;s distinguidas encerradas nunca entre rejas en un pa&iacute;s occidental.
    </p><p class="article-text">
        En parte, este libro es la historia de algunos de esos insumisos y del ejemplo que dieron, si no en su propia &eacute;poca, quiz&aacute; para el futuro. Me gustar&iacute;a que la suya fuera una historia de vencedores, pero no lo es. A diferencia, por ejemplo, de la quema de brujas, la esclavitud y el apartheid, que en un tiempo se dieron por sentado y ahora est&aacute;n oficialmente prohibidos, la guerra sigue entre nosotros. Los uniformes, los desfiles y la m&uacute;sica marcial contin&uacute;an cautivando, y a todo ello se ha sumado el atractivo de la alta tecnolog&iacute;a; ni&ntilde;os y hombres de todo el mundo sue&ntilde;an todav&iacute;a con la gloria militar tanto como hace un siglo. Por eso, en mayor medida, este es un libro sobre aquellos que lucharon en la guerra de 1914-1918, para quienes la magn&eacute;tica atracci&oacute;n del combate, o al menos la creencia en que era patri&oacute;tico y necesario, result&oacute; ser m&aacute;s fuerte que la repulsi&oacute;n humana por la muerte en masa o cualquier presentimiento de que, la perdieran o la ganaran, aquella era una guerra que cambiar&iacute;a el mundo a peor.
    </p><p class="article-text">
        Donde puede que ahora veamos una matanza absurda, muchos de aquellos que fueron responsables de las batallas de la guerra solo ve&iacute;an nobleza y hero&iacute;smo. &laquo;Avanzaron en una hilera tras otra &mdash;anot&oacute; un general brit&aacute;nico sobre sus hombres en el combate aquel fat&iacute;dico 1 de julio de 1916, en el Somme, escribiendo con la afectada tercera persona habitual en los informes oficiales&mdash; [...] y ni un solo hombre trat&oacute; de evitar avanzar a trav&eacute;s del intenso fuego de artiller&iacute;a ni enfrentarse a los disparos de las ametralladoras y los fusiles que finalmente los aniquilaron a todos [...]. Vio las filas que avanzaban en un orden tan admirable desaparecer bajo el fuego. Sin embargo, ni un solo hombre flaque&oacute;, rompi&oacute; filas o intent&oacute; regresar. Nunca ha visto, en realidad nunca podr&iacute;a haber imaginado, una exhibici&oacute;n tan magn&iacute;fica de valent&iacute;a, disciplina y determinaci&oacute;n. Los informes que ha obtenido de los poqu&iacute;simos supervivientes de ese maravilloso avance corroboran lo que vio con sus propios ojos, a saber, que pr&aacute;cticamente ninguno de nuestros hombres lleg&oacute; a la l&iacute;nea del frente alem&aacute;n&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; pensaban aquellos generales? &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;an creer que aquella matanza era admirable o magn&iacute;fica, que ten&iacute;a m&aacute;s valor que la vida de sus propios hijos? Podemos plantearnos la misma pregunta sobre aquellos que se apresuran a defender confrontaciones militares en la actualidad, cuando, como en 1914, las guerras tienen tan a menudo consecuencias imprevistas.
    </p><p class="article-text">
        Normalmente se escribe de una guerra como de un duelo entre bandos. Sin embargo, aqu&iacute; he tratado de evocar aquella guerra mediante las historias de un pa&iacute;s, Gran Breta&ntilde;a, de algunos hombres y mujeres que formaban parte de la gran mayor&iacute;a que cre&iacute;a fervientemente que merec&iacute;a la pena luchar y de algunos de aquellos que estaban igual de convencidos de que no hab&iacute;a que luchar en absoluto. Por lo tanto, en cierto modo, es una historia sobre lealtades. &iquest;A qu&eacute; deber&iacute;a ser m&aacute;s leal un ser humano? &iquest;A un pa&iacute;s? &iquest;Al servicio militar? &iquest;O al ideal de fraternidad internacional? &iquest;Y qu&eacute; ocurre con la lealtad en el seno de una familia si, como sucedi&oacute; en varias de las familias que aparecen en estas p&aacute;ginas, algunos miembros se unen a la lucha mientras un hermano, una hermana o un hijo adopta una postura de oposici&oacute;n que la opini&oacute;n p&uacute;blica considera cobarde o criminal?
    </p><p class="article-text">
        Este es tambi&eacute;n un relato sobre sue&ntilde;os enfrentados. Para algunas de las personas cuya historia narro aqu&iacute;, el sue&ntilde;o era que la guerra revitalizara el esp&iacute;ritu nacional y los v&iacute;nculos del imperio; que fuera corta; que Gran Breta&ntilde;a ganara con los medios tradicionales con los que siempre hab&iacute;a ganado las guerras: el coraje, la disciplina y la carga de la caballer&iacute;a. Para quienes se opon&iacute;an a la guerra, el sue&ntilde;o era que los trabajadores de Europa nunca combatieran entre s&iacute; en el campo de batalla; o que, una vez que estallara la guerra, los soldados de ambos bandos vieran que era una locura y se negaran a continuar luchando; o, por &uacute;ltimo, que la Revoluci&oacute;n rusa, al proclamar que rechazaba la guerra y la explotaci&oacute;n para siempre, se convirtiera en un ejemplo mod&eacute;lico que siguieran pronto otras naciones.
    </p><p class="article-text">
        Mientras trataba de entender por qu&eacute; estos dos grupos de personas tan diferentes actuaron como lo hicieron en el calvario de la guerra, me di cuenta de que necesitaba comprender sus vidas en los a&ntilde;os anteriores a la contienda, cuando a menudo tuvieron que enfrentarse a elecciones sobre sus lealtades. Por eso este libro sobre la primera gran guerra de la &eacute;poca moderna no comienza en agosto de 1914, sino varios decenios antes, en una Inglaterra que era bastante diferente del pac&iacute;fico y buc&oacute;lico territorio de haciendas campestres y fiestas de fin de semana en las casas de campo que nos resulta tan familiar gracias a innumerables pel&iacute;culas y telefilmes. De hecho, durante parte de aquel periodo anterior a la guerra, Gran Breta&ntilde;a estaba librando otra contienda que gener&oacute; un movimiento de oposici&oacute;n propio y vigoroso. Y, dentro del pa&iacute;s, estaba sumida en una lucha prolongada y furibunda sobre qui&eacute;n deb&iacute;a tener derecho al voto, un conflicto que desencaden&oacute; enormes manifestaciones, varias muertes, encarcelamientos masivos y una destrucci&oacute;n intencionada de la propiedad como no hab&iacute;a conocido el pa&iacute;s durante la mayor parte de un siglo.
    </p><p class="article-text">
        El siguiente relato no es en modo alguno una historia exhaustiva de la Primera Guerra Mundial y del periodo anterior a ella, ya que he omitido muchas batallas, episodios y dirigentes famosos. Tampoco es una historia sobre personas a las que normalmente se considera un grupo, como los poetas de la guerra o el c&iacute;rculo de Bloomsbury; por lo general, he evitado a personajes tan conocidos. Algunas de las personas cuyas vidas describo aqu&iacute;, pese a haber mantenido alguna vez relaciones muy estrechas, se enemistaron tanto debido a la guerra, que rompieron todo contacto entre s&iacute; y, de estar vivas ahora, se sentir&iacute;an consternadas por encontrarse juntas en un mismo libro. Pero cada una de ellas estaba vinculada a una o m&aacute;s de las otras por lazos familiares o de amistad, por ideas comunes o, en varios casos, por un amor prohibido. Y todas ellas eran ciudadanas de un pa&iacute;s que estaba sufriendo un cataclismo y en el que, al final, el trauma de la guerra superar&iacute;a todo lo dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Los hombres y mujeres que aparecen en las siguientes p&aacute;ginas conforman un elenco que he ido recopilando poco a poco a lo largo de los a&ntilde;os, a medida que encontraba personas cuyas vidas representaban respuestas muy diferentes a las opciones que ten&iacute;an quienes vivieron en una &eacute;poca en la que el mundo estaba en llamas. Entre ellos figuran generales, activistas sindicales, feministas, <em>agents provocateurs,</em> un escritor convertido en propagandista, un domador de leones convertido en revolucionario, un ministro, un periodista de clase obrera militante, tres soldados llevados ante un pelot&oacute;n de fusilamiento al amanecer y un joven idealista de las Midlands inglesas que, mucho despu&eacute;s de que su lucha contra la guerra hubiera terminado, ser&iacute;a asesinado por la polic&iacute;a secreta sovi&eacute;tica. Puede que, al seguir a un grupo variado de personas a trav&eacute;s de una &eacute;poca tumultuosa, la forma de este libro parezca m&aacute;s similar a la ficci&oacute;n que a una obra de historia tradicional. (De hecho, la biograf&iacute;a de una mujer que aparece en este libro inspir&oacute; una de las mejores novelas recientes sobre la guerra). Sin embargo, todo lo que se cuenta en &eacute;l sucedi&oacute; realmente. Porque la historia, cuando se la examina atentamente, siempre descubre a personas, sucesos y dilemas morales m&aacute;s reveladores que los que podr&iacute;an inventar los mejores novelistas.
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      <dc:creator><![CDATA[Adam Hochschild]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Jun 2013 18:32:17 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Para acabar con todas las guerras]]></media:title>
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