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    <title><![CDATA[elDiario.es - Carles Sirera]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/carles_sirera/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Carles Sirera]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Fútbol, egoísmo y vocación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/futbol-egoismo-vocacion_129_5136169.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fdffecf5-acff-4fdd-9796-d56e818233d4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fútbol, egoísmo y vocación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La obsesión de medir la productividad para individualizar la  recompensa genera una tendencia burocrática que reduce al absurdo el  funcionamiento de las instituciones públicas, que son colectivas y  necesitan de la colaboración, de la transversalidad, de la autonomía y  de la generosidad de sus trabajadores para operar adecuadamente</p></div><p class="article-text">
        Vivimos atrapados en un proyecto de desintegraci&oacute;n social porque personas que son ego&iacute;stas nos han convencido de que el ego&iacute;smo est&aacute; bien y, por esa raz&oacute;n, debemos premiarles. Como afirman los postulados de la econom&iacute;a neocl&aacute;sica, los salarios altos atraen a los mejores y, en consecuencia, pol&iacute;ticos y gerentes deber&iacute;an recibir mayores sueldos con el prop&oacute;sito de que los servicios p&uacute;blicos funcionasen mejor. Del mismo modo, ser&iacute;a necesario introducir los incentivos propios del mercado dentro de la administraci&oacute;n p&uacute;blica para lograr una mayor eficiencia que redundar&iacute;a en el bienestar colectivo. Se trata de verdades cient&iacute;ficas dif&iacute;cilmente refutables como demuestra la contribuci&oacute;n realizada a la sociedad por la banca, sector que, por sus altas remuneraciones, ha sabido atraer a la parte m&aacute;s virtuosa y competente de nuestra sociedad.
    </p><p class="article-text">
        Por lo tanto, las elevad&iacute;simas retribuciones se han ido extendiendo en distintos sectores econ&oacute;micos de forma equilibrada a la contribuci&oacute;n que hac&iacute;an al conjunto de la poblaci&oacute;n. Esto, por ejemplo, explica que los jugadores de f&uacute;tbol hayan disfrutado de salarios millonarios, porque los consumidores as&iacute; lo demandaban. Adem&aacute;s, los mismos futbolistas exig&iacute;an n&oacute;minas m&aacute;s cuantiosas, porque se dedicaron al f&uacute;tbol para ganar mucho dinero. El hecho de que en su infancia les gustase el f&uacute;tbol y se les diese bien ha sido secundario en su decisi&oacute;n racional. Ellos optaron por el f&uacute;tbol porque pod&iacute;an ganar much&iacute;simo m&aacute;s dinero con sus pies que como corredores de bolsa. Esta l&oacute;gica impecable es la raz&oacute;n por la que todo el entorno institucional del f&uacute;tbol ha alentado a los jugadores en esa direcci&oacute;n y ha aplaudido la firma de contratos astron&oacute;micos que estaban santificados por las leyes de la oferta y la demanda. En esta funci&oacute;n, la Hacienda P&uacute;blica ha interpretado el papel de invitado de piedra en el mejor de los casos.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto nos llevar&iacute;a a sentenciar que los futbolistas juegan al f&uacute;tbol por dinero y esto, incluso, podr&iacute;a ayudarnos a explicar el bajo rendimiento de algunos equipos de primera divisi&oacute;n. Esos equipos cuyos deportistas no golpean al bal&oacute;n como se esperaba de la inversi&oacute;n que se hizo por ellos y cuyos seguidores tienden a culpar al entrenador por no saber dirigir el vestuario. La explicaci&oacute;n cient&iacute;fica ser&iacute;a que, si un jugador ha llegado al m&aacute;ximo profesional de su carrera y sabe que en el futuro no podr&aacute; ganar m&aacute;s dinero en otro club, no hay raz&oacute;n para que se esfuerce. De hecho, si el sector vive una recesi&oacute;n, los salarios se deciden a la baja por un exceso de la oferta de mano de obra. Por todo esto, por mucho que se esforzasen, no habr&iacute;a muchas probabilidades de que el a&ntilde;o siguiente incrementasen su n&oacute;mina. En ese caso, desde un punto de vista racional, no tendr&iacute;a sentido sudar la camiseta. La &uacute;nica opci&oacute;n viable ser&iacute;a maximizar las rentas actuales mediante el m&iacute;nimo esfuerzo posible, ya que las rentas futuras ser&aacute;n indefectiblemente menores pese a todos los sacrificios realizados.
    </p><p class="article-text">
        Como es obvio, el amor propio, el orgullo profesional, la &eacute;tica, la dignidad, el respeto hacia la afici&oacute;n o el esp&iacute;ritu de superaci&oacute;n ser&iacute;an valores que deber&iacute;an obligarles a dar lo mejor de ellos mismos en cada partido, independientemente de cualquier otra consideraci&oacute;n de car&aacute;cter material. Pero es un poco rid&iacute;culo esperar que se comportasen de ese modo ante un p&uacute;blico, ante una sociedad, que antes aplaud&iacute;a y defend&iacute;a el ego&iacute;smo y los salarios altos para los mejores. Ya reciben un sueldo marcado por el mercado acorde a su calidad y, por eso mismo, no deben demostrar nada, porque tanto ganas tanto eres. Es absurdo pasar de envidiar su forma de vida a exigirles otro modo de vida.
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, el f&uacute;tbol es un deporte de equipo y, por mucho que uno se empe&ntilde;e en entregarse completamente al colectivo, si tus compa&ntilde;eros no te respaldan de poco sirve. Si la mayor&iacute;a de jugadores van a la suyo y todo el entorno social que rodea al equipo premia ese comportamiento, aquellos jugadores cuya motivaci&oacute;n principal es la pasi&oacute;n terminar&aacute;n quemados. Sentir&aacute;n que su esfuerzo es est&eacute;ril e incluso raz&oacute;n de mofa y burla. Llegados a ese punto, es muy dif&iacute;cil lograr un cambio de din&aacute;mica interna, de volver a convencer o recordar a tus compa&ntilde;eros que no est&aacute;n ah&iacute; por el dinero, sino porque decidieron que el f&uacute;tbol fuese su vida. Hubo un momento en que todos olvidamos que, por amor propio o por reconocimiento social, estamos obligados a dar lo mejor de nosotros mismos una vez nos calzamos las botas. Ni tan siquiera se trata de marcar goles, se trata de ser ejemplar ante las personas que demuestran su apoyo y confianza en ti.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto deber&iacute;a ayudarnos a visualizar que las escuelas, los hospitales, las comisar&iacute;as o las universidades son servicios p&uacute;blicos que funcionan como equipos ante sus espectadores. Sus trabajadores optaron por esas profesiones por vocaci&oacute;n, no para maximizar sus salarios. Si se pretende introducir los incentivos por productividad, fijar los salarios mediante la libre concurrencia de factores, monetarizar la prestaci&oacute;n de servicios o cualquier otro dise&ntilde;o propio de la econom&iacute;a de mercado, se est&aacute;n desenfocando cuestiones fundamentales y al mismo tiempo se est&aacute; distorsionando su din&aacute;mica interna. El lucro no puede ser la motivaci&oacute;n del director de una escuela, porque su objetivo es servir a la ciudadan&iacute;a, no satisfacer al consumidor. De hecho, no se pueden aplicar a los servicios p&uacute;blicos unos sistemas de medici&oacute;n de la eficiencia que provienen de una concepci&oacute;n antropol&oacute;gica que niega el altruismo o la misma vocaci&oacute;n de servicio p&uacute;blico en el ser humano.
    </p><p class="article-text">
        Es pernicioso pretender lograr una correcta y &oacute;ptima gesti&oacute;n de los bienes p&uacute;blicos mediante la aplicaci&oacute;n de doctrinas que afirman la imposibilidad de tomar decisiones colectivas de forma racional porque son matem&aacute;ticamente inconsistentes. Si se parte del hecho que las &uacute;nicas decisiones racionales posibles son las individuales, es imposible construir una din&aacute;mica de equipo que funcione. Un grupo de gente yendo a lo suyo no es un equipo, por mucho que el jefe sepa premiar y castigar el esfuerzo individual. La obsesi&oacute;n taylorista de medir la productividad para individualizar la recompensa genera una tendencia burocr&aacute;tica que reduce al absurdo el funcionamiento de las instituciones p&uacute;blicas, que son colectivas y necesitan de la colaboraci&oacute;n, de la transversalidad, de la autonom&iacute;a y de la generosidad de sus trabajadores para operar adecuadamente. Se trabaja para alguien, para una sociedad que dota de sentido ese esfuerzo y esa vocaci&oacute;n, una sociedad que es la &uacute;nica que puede otorgar valor a ese trabajo, un valor anclado en principios &eacute;ticos de ciudadan&iacute;a y no en la productividad del trabajo. Por el contrario, si la misma sociedad es indiferente o ap&aacute;tica hacia sus escuelas u hospitales, porque ha aceptado como propio el credo del individualismo ego&iacute;sta maximizador del propio placer, no tiene ning&uacute;n sentido desempe&ntilde;ar ese trabajo. La vocaci&oacute;n es imposible porque no hay funci&oacute;n social, no hay servicio p&uacute;blico. Simplemente, no hay sociedad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carles Sirera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/futbol-egoismo-vocacion_129_5136169.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 31 Jan 2014 19:51:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fútbol, egoísmo y vocación]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Servicios públicos,Recortes sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un rey no rinde cuentas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/rey-rinde-cuentas_129_4835534.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La monarquía es ese espacio de poder libre de toda crítica, fuera de todo  control y, por esa razón, todos nuestros políticos y empresarios han  querido cobijarse cerca de su sombra</p></div><p class="article-text">
        Una oleada de acad&eacute;micos expertos en vislumbrar el progreso nos informa de la futilidad de la Rep&uacute;blica, as&iacute; como de los riesgos que entra&ntilde;a. Sus argumentos cient&iacute;ficos tienen la pretensi&oacute;n de que el debate sobre la sucesi&oacute;n din&aacute;stica se descarte por intranscendente y quede relegado a ambientes marginales repletos de <em>freaks</em> indignados. Sorprende este comportamiento, porque, hasta la victoria de Franco en la Guerra Civil, la gran lucha pol&iacute;tica fue rep&uacute;blica frente monarqu&iacute;a; es decir, democracia contra despotismo.
    </p><p class="article-text">
        La monarqu&iacute;a representa el principio de autoridad externo a la comunidad pol&iacute;tica que limita su soberan&iacute;a. La monarqu&iacute;a es el Estado, por eso, es el s&iacute;mbolo m&aacute;ximo del poder de coacci&oacute;n de las instituciones sobre la poblaci&oacute;n, sobre sus s&uacute;bditos. El rey es una figura paterna que tutela nuestra libertad pol&iacute;tica y ese es su significado. En consecuencia, es inviolable, es inmune a cualquier acci&oacute;n legislativa o judicial: disfruta de total impunidad, porque el poder, si est&aacute; limitado y sometido a control, deja realmente de ser poder. Este principio de autoridad se combina en nuestro ordenamiento jur&iacute;dico con el principio democr&aacute;tico de Voluntad General expresada mediante nuestros representantes en el parlamento, pero se trata de un equilibrio imposible y conflictivo desde hace m&aacute;s de dos siglos. Es m&aacute;s, jam&aacute;s se solucionar&aacute; tal conflicto, porque es irresoluble: si el principio de autoridad prevalece la comunidad pol&iacute;tica siempre estar&aacute; limitada por un marco institucional r&iacute;gido que protege a sus responsables de la fiscalizaci&oacute;n ciudadana. Por el contrario, si el principio democr&aacute;tico se impone no puede existir una figura externa que fije los l&iacute;mites de la soberan&iacute;a. Esto significa que el legislativo, la sede de la soberan&iacute;a popular, adquiere la primac&iacute;a y termina por domesticar al poder judicial que pierde su te&oacute;rica independencia.
    </p><p class="article-text">
        Este es el miedo a la democracia que mueve a tantos acad&eacute;micos que defienden la monarqu&iacute;a: sin rey caer&iacute;amos en el populismo, en el presidencialismo, en el totalitarismo, en el chavismo&hellip; En definitiva, que legalmente ser&iacute;amos mayores de edad pero, por nuestra inmadurez mental, nos dejar&iacute;amos arrastrar por el primer demagogo que saliese por la tele (las personas que usan estos argumentos suelen pensar que son m&aacute;s listos que el resto de mortales). Por lo tanto, las personas que defienden la monarqu&iacute;a no son dem&oacute;cratas: pueden ser liberales (que es completamente leg&iacute;timo), pueden ser partidarios de una amplia participaci&oacute;n pol&iacute;tica, del sufragio universal, pero, despu&eacute;s de todo, creen que no todos somos iguales. Perd&oacute;n, creen que es imposible que todos podamos ser iguales, porque siempre existir&aacute;n elites que gobiernen el mundo y, en todo caso, s&oacute;lo se trata de escoger a las mejores elites posibles, a las m&aacute;s competentes y bienintencionadas. C&oacute;mo lograr que esas elites gobiernen por el bien de todos y no por el suyo particular es la cuesti&oacute;n que les alienta a escribir muchos art&iacute;culos llenos de estad&iacute;sticas, aunque todav&iacute;a no han encontrado la respuesta. Eso s&iacute;, ni la democracia ni la republica pueden ser jam&aacute;s la soluci&oacute;n, porque, por si no lo sab&iacute;an, s&oacute;lo podemos jugar a la pol&iacute;tica cuando los mayores nos vigilan.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el problema fundamental de Espa&ntilde;a s&iacute; es la monarqu&iacute;a. La monarqu&iacute;a es ese espacio de poder libre de toda cr&iacute;tica, fuera de todo control y, por esa raz&oacute;n, todos nuestros pol&iacute;ticos y empresarios han querido cobijarse cerca de su sombra. Todos saben que cu&aacute;nto m&aacute;s cerca del rey m&aacute;s segura es su posici&oacute;n y mayor su influencia. De hecho, el problema de falta de independencia y madurez de nuestra opini&oacute;n p&uacute;blica est&aacute; relacionado con ese papel tutelar que ejerc&iacute;a la monarqu&iacute;a, de esos tab&uacute;es que han impedido escribir y discutir durante muchos a&ntilde;os de muchos temas porque estaban reservados al entendimiento de los privilegiados. Sufrimos una opini&oacute;n p&uacute;blica minorizada, en aut&eacute;ntica minor&iacute;a de edad, por ese paternalismo institucional de nuestro sistema pol&iacute;tico. Ese paternalismo ilustrado de las personas capaces y serias que s&iacute; saben entender esto, que s&iacute; saben c&oacute;mo funciona esto y que son imprescindibles. Son ellos o el caos, porque si deseamos alcanzar la mayor&iacute;a de edad, librarnos de su tutela, nos terminaremos quemando con el populismo o, peor a&uacute;n, con la Guerra Civil. Todo el imaginario pol&iacute;tico construido por el desarrollismo franquista para pavimentar la transici&oacute;n surge de golpe cuando hablamos de rep&uacute;blica. Ha sido un gran relato, pero se desmorona. No &eacute;ramos una democracia 2.0 a prueba de idiotas, era la Restauraci&oacute;n de siempre con su caciquismo y oligarqu&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Se intentar&aacute;n estrechar los m&aacute;rgenes de discusi&oacute;n en nuestra opini&oacute;n p&uacute;blica, los mensajes del r&eacute;gimen cada vez m&aacute;s desconectados de la realidad se repetir&aacute;n machaconamente e intentar&aacute;n convencernos que debemos darles gracias. Es posible que la generaci&oacute;n que pas&oacute; de una dictadura a un sistema parlamentario pueda dar las gracias, pero el resto no sabemos muy bien qu&eacute; diablos debemos agradecerles. Ellos piensan que el problema es Twitter, pero falla la monarqu&iacute;a y todo lo que representa. En un sistema democr&aacute;tico, la jefatura del Estado deber&iacute;a estar sometida a controles, pero, como esta providencial abdicaci&oacute;n ha visualizado con meridiana claridad, una vez entronicen a Felipe VI no habr&aacute; posibilidad alguna de crear mecanismos de control sobre la jefatura del Estado.
    </p><p class="article-text">
        Si el rey no debe responder de sus actos, por qu&eacute; deben responder sus familiares, por qu&eacute; deben responder sus amigos, por qu&eacute; deben responder los pol&iacute;ticos que lo sustentan, por qu&eacute; deben responder los militantes de los partidos que lo sustentan&hellip; S&iacute;, el problema es la monarqu&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carles Sirera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/rey-rinde-cuentas_129_4835534.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Jun 2014 21:14:08 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un rey no rinde cuentas]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Monarquía,República,Juan Carlos I]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El enemigo es la cultura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/enemigo-cultura_129_5178168.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Si aceptamos el actual paradigma cientifista de las ciencias sociales,  la cultura no diría nada sobre un ser humano que es esencialmente  individualista y, además, la cultura no sería más que otro falso ídolo  repleto de hipocresía</p></div><p class="article-text">
        Vivimos en un periodo de auge de pseudociencias como la econom&iacute;a que afirman nuestra condici&oacute;n de seres ego&iacute;stas y racionales como un juicio objetivo y contrastado sobre la naturaleza humana. Por esta raz&oacute;n, la econom&iacute;a de mercado es la forma &oacute;ptima de maximizar nuestra felicidad, porque mediante la persecuci&oacute;n de nuestro propio inter&eacute;s competimos entre nosotros y, de este modo, aumenta la producci&oacute;n de riqueza y, por ende, nuestro bienestar general. De hecho, como sostuvo Richard Dawkins en <em>El gen ego&iacute;sta</em>, nuestra naturaleza es esencialmente ego&iacute;sta e independiente de cualquier medici&oacute;n cultural o social que se ejerza sobre los humanos. Estamos predestinados al individualismo ego&iacute;sta y quienes intenten refutar esa verdad cient&iacute;fica fracasar&aacute;n como los planificadores sovi&eacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        Por lo tanto, en este an&aacute;lisis de nuestras sociedades no hay espacio para la cultura, porque la cultura s&oacute;lo puede existir como tal si es social y compartida. Como explicaba Wittgenstein, si un grupo de ni&ntilde;os lanza una pelota a un desconocido con la esperanza de que la devuelva, &eacute;ste s&oacute;lo la devolver&aacute; si conoce el juego y es capaz de entenderlo, pero ese conocimiento s&oacute;lo podr&aacute; existir mediante una cultura compartida. Probablemente, el <em>homo economicus</em> defendido por la econom&iacute;a neocl&aacute;sica optar&iacute;a por guardarse la pelota en el bolsillo y seguir andando para alcanzar el &oacute;ptimo de Pareto, aunque puede que la decisi&oacute;n no fuese del todo racional si el grupo de ni&ntilde;os se enfada ante tanta descortes&iacute;a. Es m&aacute;s, si todos los ni&ntilde;os fuesen <em>homo economicus</em>, es posible que ni el mismo juego existiese.
    </p><p class="article-text">
        Esto significa que si aceptamos el actual paradigma cientifista de las ciencias sociales, la cultura no dir&iacute;a nada sobre un ser humano que es esencialmente individualista y, adem&aacute;s, la cultura no ser&iacute;a m&aacute;s que otro falso &iacute;dolo repleto de hipocres&iacute;a. En todo caso, existir&iacute;a la industria cultural, un sector de la econom&iacute;a que, movido por el lucro, est&aacute; compuesto por <em>culturetas</em> que intentan maximizar la utilidad marginal de sus capacidades profesionales del mismo modo que lo hace cualquier otro proveedor de servicios. El arte como un elevado ideal que busca conmover mediante la expresi&oacute;n de emociones honestas ser&iacute;a una convenci&oacute;n cursi pasada de moda. Antes se hac&iacute;a caja empleando esa coartada intelectual, pero hoy en d&iacute;a nadie requiere de esa careta para esconder su af&aacute;n de lucro, porque, simplemente, la avaricia ya no es obscena, es el motor de nuestra sociedad.
    </p><p class="article-text">
        El problema es que todas estas afirmaciones carecen de cualquier validez cient&iacute;fica. Estas concepciones antropol&oacute;gicas no han sido sometidas a ninguna prueba de validaci&oacute;n cient&iacute;fica irrefutable y s&oacute;lo expresan la ideolog&iacute;a de quienes las sustentan. El colapso de la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica no prueba que el ser humano sea ego&iacute;sta, eso ser&iacute;a una falacia similar a argumentar que la derrota del Real Madrid ante el F.C. Barcelona demuestra que la independencia de Catalunya es inevitable.
    </p><p class="article-text">
        A pesar de que Greg Mankiw presenta su <em>Principios de Econom&iacute;a</em> como un conjunto de proposiciones positivas sobre el ser humano independientes de la moral, el hecho cierto es que Mankiw sostiene proposiciones normativas sobre c&oacute;mo deben ser los humanos para transformarse en individuos ideales y abstractos. A d&iacute;a de hoy, no se conoce la existencia de ning&uacute;n ser humano que sea un individuo atomizado sin familia, sin localidad de origen, sin idioma materno o sin cultura. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, para construir la veracidad de ese supuesto individuo racional, es necesario borrar cualquier huella que en &eacute;l haya podido dejar la cultura. Por eso, la cultura debe ser desterrada del mundo acad&eacute;mico y el mismo concepto de <em>humanidades</em> negado por acient&iacute;fico. Mankiw y sus palanganeros no est&aacute;n describiendo ninguna realidad emp&iacute;rica, est&aacute;n construyendo socialmente un nuevo hombre totalmente libre de cualquier atadura contingente impuesta por la historia o la comunidad. Un nuevo hombre que tiene su antecesor en el superhombre de Nietzsche y, como &eacute;l, ser&aacute; capaz de comprarse su propia moral, su propia cultura, su propio idioma y su propia familia en el mundo repleto de libertad de elecci&oacute;n que le espera.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, el proyecto es irreal, porque uno es libre de cambiar de peinado, de gustos, de amigos e incluso de ideolog&iacute;a, pero no podemos cambiar qui&eacute;nes fueron nuestros abuelos y qu&eacute; hicieron. Eso s&iacute;, podemos intentar que nadie sepa qui&eacute;nes fueron nuestros abuelos y nadie se interrogue sobre c&oacute;mo se construy&oacute; socialmente la diferencia entre superhombres y el resto de mortales. Ah, esos anhelos tambi&eacute;n son manifestaci&oacute;n de una cultura pol&iacute;tica: el elitismo, que es esencialmente antidemocr&aacute;tico. Por lo tanto, cuando leamos que tenemos un problema con la selecci&oacute;n de nuestras &eacute;lites, deber&iacute;a ser pertinente preguntarnos si el problema no ser&aacute; m&aacute;s bien que tenemos &eacute;lites.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carles Sirera]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/enemigo-cultura_129_5178168.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Nov 2013 20:39:54 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El enemigo es la cultura]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Cultura]]></media:keywords>
    </item>
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