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    <title><![CDATA[elDiario.es - Philip Manow]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/philip_manow/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Philip Manow]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El auge de los partidos female-friendly]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/nueva_politica/auge-partidos-female-friendly_1_5172576.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/479dfb3e-99a7-47cf-ad31-8815e666a42e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El auge de los partidos female-friendly"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Según Patrick Emmenegger y Philip Manow, en paralelo a los decrecientes niveles de religiosidad en Europa Occidental, las mujeres, anteriormente votantes incondicionales de partidos conservadores en base al eje religioso, han devenido votantes condicionales en base a propuestas relacionadas con sus intereses socio-económicos, lo que abre una competición entre partidos por el voto femenino</p></div><p class="article-text">
        <em>Publicado previamente en Policy Network: The rise of the female-friendly party. Traducci&oacute;n de Cristina Rovira Izquierdo.</em><a href="http://www.policy-network.net/pno_detail.aspx?ID=4458&amp;title=The-rise-of-the-female-friendly-party" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">The rise of the female-friendly party</a><a href="http://www.eldiario.es/autores/cristina_rovira_izquierdo/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cristina Rovira Izquierdo</a>
    </p><p class="article-text">
        A lo largo del periodo de posguerra, las mujeres han tendido a votar de manera m&aacute;s conservadora que los hombres. Este diferencial de g&eacute;nero en comportamiento electoral se ha denominado la &lsquo;antigua&rsquo; o &lsquo;tradicional&rsquo; brecha de g&eacute;nero en el voto. Sin embargo, en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas se ha documentado que las mujeres de muchos pa&iacute;ses europeos han apoyado partidos de centro-izquierda e izquierda (fen&oacute;meno que ha sido etiquetado como la &lsquo;nueva&rsquo; o &lsquo;moderna&rsquo; brecha de g&eacute;nero en el voto) en mayor medida que sus cong&eacute;neres masculinos de la misma edad y el mismo poder adquisitivo y nivel educativo. 
    </p><p class="article-text">
        Diversas razones explican el porqu&eacute; de dicho cambio en el comportamiento electoral. En particular, el incremento en la participaci&oacute;n en el mercado laboral, las mayores tasas de divorcio y los logros educativos entre las mujeres han contribuido a modelar sus intereses socio-econ&oacute;micos. &Eacute;stas han pasado a apoyar los generosos programas sociales que prometen permitirles tanto la conciliaci&oacute;n de vida laboral y familiar, as&iacute; como la de familiarizaci&oacute;n de la provisi&oacute;n de servicios sociales, como pueden ser el cuidado de menores y adultos dependientes. Estas nuevas preferencias pol&iacute;ticas frecuentemente se traducen en el voto a partidos de izquierda cuyos programas se posicionan a favor de pol&iacute;ticas de expansi&oacute;n (o, como m&iacute;nimo, prometen evitar las de contracci&oacute;n) de los servicios sociales. Esta es la &lsquo;nueva&rsquo; brecha de g&eacute;nero en el voto.
    </p><p class="article-text">
        Dicho argumento no pretende desmerecer el importante rol que pautas a nivel societal, como son la feminizaci&oacute;n de los mercados laborales o el creciente n&uacute;mero de hogares nucleares, han tenido en la aparici&oacute;n de la &lsquo;nueva&rsquo; brecha de g&eacute;nero en el voto. Sin embargo, argumentamos que las explicaciones que ponen el acento en dichas variables son en el mejor de los casos incompletas, pues ignoran el rol central que la religi&oacute;n y el conflicto religioso han jugado en el desarrollo de la brecha de g&eacute;nero en el voto, dejando dos cuestiones sin resolver.
    </p><p class="article-text">
        Primera, las explicaciones existentes muestran dificultades a la hora de desgranar por qu&eacute; el comportamiento electoral de hombres y mujeres difiri&oacute; a lo largo de la d&eacute;cada de 1950 y 1960 (la llamada &lsquo;vieja&rsquo; brecha de g&eacute;nero en el voto). Teniendo en cuenta las bajas tasas de participaci&oacute;n de las mujeres en el mercado laboral y las bajas tasas de divorcio, se asume que las preferencias pol&iacute;ticas deber&iacute;an haberse forjado predominantemente a nivel dom&eacute;stico. Como consecuencia, dichas preferencias deber&iacute;an haber sido coincidentes entre mujeres y hombres. Sin embargo, no se aporta respuesta alguna ante por qu&eacute; las mujeres tendieron a votar en l&iacute;neas m&aacute;s conservadoras que los hombres.
    </p><p class="article-text">
        Segunda, los estudios existentes esclarecen por qu&eacute; la direcci&oacute;n de la brecha de g&eacute;nero en el voto vir&oacute; en ciertos pa&iacute;ses (como, por ejemplo, Dinamarca) con anterioridad a otros (como Italia), pese a mantener diferencias en cuanto a la persistencia de modelos familiares de tipo <em>male breadwinner</em><em>. </em>Es aqu&iacute; donde se admite cierto peso de la religi&oacute;n como variable explicativa y, en particular, de la mayor influencia de concepciones cat&oacute;licas conservadoras en torno al matrimonio y la familia, dado que los diferentes roles de g&eacute;nero en Italia y Dinamarca no pueden ser explicados por las peque&ntilde;as y eventualmente universales diferencias entre hombres y mujeres respecto al cuidado del reci&eacute;n nacido.
    </p><p class="article-text">
         Sin embargo, este argumento elimina cualquier influencia que la religi&oacute;n pueda tener en el comportamiento electoral de manera independiente, m&aacute;s all&aacute; de su impacto en la econom&iacute;a pol&iacute;tica y modelos familiares de dichos pa&iacute;ses. As&iacute;, se asume que el espacio pol&iacute;tico en Europa Occidental es uni-dimensional y exclusivamente definido por intereses socio-econ&oacute;micos. Pero es conocida la fuerte influencia que las dimensiones secundarias de cuestiones morales tiene sobre votantes y partidos en dichos sistemas pol&iacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        Precisamente,  argumentamos que las variables religiosas se hallan en el origen de las  diferencias observadas en el comportamiento electoral por raz&oacute;n de  g&eacute;nero. En particular, mantenemos que en los pa&iacute;ses donde el <em>clivaje </em>
    </p><p class="article-text">
        religioso modela prominentemente el sistema de partidos, la competici&oacute;n por los votantes religiosos queda restringida.
    </p><p class="article-text">
         Los <em>clivajes</em> son l&iacute;neas de conflicto pol&iacute;tico que estructuran la competici&oacute;n entre partidos. Por ejemplo, el <em>clivaje</em> capital-trabajo dio lugar a la aparici&oacute;n de partidos laboristas o social-dem&oacute;cratas en la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses europeos. El <em>clivaje</em> religioso tiene sus or&iacute;genes en conflictos entre la Iglesia y el modernizador Estado en el marco de la formaci&oacute;n de Estados-Naci&oacute;n, particularmente en los pa&iacute;ses cat&oacute;licos, en temas como el control sobre la educaci&oacute;n o la seguridad social. En muchos pa&iacute;ses, el <em>clivaje</em> religioso dio lugar a partidos cristiano-dem&oacute;cratas, as&iacute; como tambi&eacute;n contribuy&oacute; a cambiar el perfil ideol&oacute;gico de los partidos de izquierda. Primordialmente, el <em>clivaje</em> religioso transform&oacute; los partidos de izquierda en partidos expl&iacute;citamente anticlericales.
    </p><p class="article-text">
        Dicho conflicto entre partidos pro y anticlericales repercute de manera vital sobre el comportamiento electoral. Los partidos de izquierda anticlericales, simplemente, dejan de ser una opci&oacute;n electoral para votantes con fuerte apego a la Iglesia. Consecuentemente, los partidos religiosos no necesitan prestar atenci&oacute;n a los intereses socio-econ&oacute;micos de votantes religiosos incondicionales (o <em>core voters)</em>, pues no tienen alternativa posible al voto a partidos religiosos. De manera similar, los partidos de izquierda ni se molestan en competir por los votantes religiosos, dado que &eacute;stos no votar&aacute;n por un partido anticlerical bajo ning&uacute;n concepto. Como consecuencia, la competici&oacute;n partidista por dichos votantes queda restringida.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, &iquest;c&oacute;mo es que la competici&oacute;n partidista restringida se traduce en una brecha de g&eacute;nero en el voto? La respuesta a dicho enigma recae en las diferencias de g&eacute;nero en cuanto a niveles de religiosidad. A lo largo del tiempo y entre pa&iacute;ses, las encuestas muestran de manera constante un mayor grado de religiosidad entre las mujeres en comparaci&oacute;n al de los hombres. La uni&oacute;n de estos dos factores permite una explicaci&oacute;n completa de la &lsquo;antigua&rsquo; brecha de g&eacute;nero en el voto. El fuerte efecto negativo de la religiosidad en la probabilidad de votar por partidos de izquierda, combinado con los mayores niveles de religiosidad entre las mujeres, lleva al siguiente resultado agregado: las mujeres, como grupo, eran m&aacute;s propicias a votar a partidos conservadores.
    </p><p class="article-text">
        El hecho de que las mujeres en particular se encontraran entre los votantes incondicionales (<em>core voters) </em>de los partidos religiosos permiti&oacute; a los &uacute;ltimos, en cierta medida, ignorar los intereses socio-econ&oacute;micos de las primeras. La religi&oacute;n, por lo tanto, puede explicar los parad&oacute;jicos hallazgos de la literatura comparada sobre Estados de bienestar; a saber, que las mujeres en reg&iacute;menes continentales y del sur de Europa tend&iacute;an a votar a partidos que eran ciertamente indiferentes a sus intereses socio-econ&oacute;micos. La explicaci&oacute;n ante tal comportamiento electoral es, creemos, que como votantes religiosos incondicionales (<em>core voters) </em>y, ante el expl&iacute;cito anticlericalismo de los partidos de izquierda,<em> </em>las mujeres no ten&iacute;an otra opci&oacute;n salvo votar a partidos conservadores.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, a lo largo del tiempo la brecha de g&eacute;nero en el voto ha virado su direcci&oacute;n. Este cambio no responde al cese del <em>clivaje</em> religioso. De hecho, debates pol&iacute;ticos sobre temas como el matrimonio gay o el aborto todav&iacute;a conllevan acalorados debates en aquellos pa&iacute;ses con una fuerte imprenta del <em>clivaje</em> Estado-Iglesia, como son los casos de Espa&ntilde;a, Italia o Francia. Tampoco se debe a un declive de efecto de la religiosidad en el comportamiento electoral. Hoy en d&iacute;a, los votantes religiosos, con independencia de su g&eacute;nero, no tienden a votar por partidos (anti-clericales) de izquierda. Lo que ha cambiado es el porcentaje de votantes religiosos en el electorado, y en particular, entre las mujeres. Simplemente no hay tantos votantes religiosos en el electorado como anta&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        El declive de los niveles de religiosidad en Europa Occidental conlleva importantes implicaciones para la competici&oacute;n interpartidista. En el pasado, los partidos de izquierda ten&iacute;an pocos motivos para competir por el voto femenino en pa&iacute;ses caracterizados por un fuerte <em>clivaje</em> religioso. En paralelo a los decrecientes niveles de religiosidad en el electorado, las mujeres, anteriormente <em>core</em> <em>voters</em> (votantes incondicionales) en base al eje religioso, han devenido <em>swinger</em> <em>voters</em> (o votantes condicionales) sobre el eje socio-econ&oacute;mico. 
    </p><p class="article-text">
        En consecuencia, los partidos de izquierda han empezado a satisfacer los intereses socio-econ&oacute;micos de las votantes presionando a favor de servicios de guarder&iacute;a asequibles, escolarizaci&oacute;n a lo largo del d&iacute;a y otros programas sociales que prometen &lsquo;de-familiarizar&rsquo; servicios inicialmente cubiertos de manera privada. Las mujeres han respondido a esta nueva situaci&oacute;n adaptando su comportamiento electoral. En la mayor&iacute;a de pa&iacute;ses de Europa Occidental, las mujeres tienden a votar partidos de izquierda en mayor medida que los hombres.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; los hechos, los partidos religiosos se han visto obligados a posicionarse. Mientras que anta&ntilde;o pod&iacute;an asumir como seguro el (desproporcionadamente femenino) voto religioso, hoy en d&iacute;a deben competir con los de izquierda por el voto de las mujeres, atendiendo a los intereses socio-econ&oacute;micos de las votantes. Esta pauta es claramente visible en pa&iacute;ses como Alemania, donde el actual Gobierno, de  corte cristiano-dem&oacute;crata, ha puesto el acento en pol&iacute;ticas familiares. Por ejemplo, ha concedido a los padres y madres el derecho a centros de cuidado de d&iacute;a para ni&ntilde;os y ni&ntilde;as de uno a dos a&ntilde;os en 2013.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, pues, los partidos han empezado a competir por el voto femenino. Los Estados de bienestar de Europa Occidental, por lo tanto, probablemente devengan m&aacute;s pro-mujer  en el futuro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Patrick Emmenegger, Philip Manow]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 13 Nov 2013 19:50:55 +0000]]></pubDate>
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