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    <title><![CDATA[elDiario.es - Juan De Sola]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/juan_de_sola/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Juan De Sola]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La supervivencia entre los dedos de 'la peladora de gambas']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/supervivencia-dedos-peladora-gambas_1_5086216.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/feb4214c-2e56-47ca-ab1b-1cb6600d0085_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La supervivencia entre los dedos de &#039;la peladora de gambas&#039;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Así se pelan las gambas a nivel industrial para todo el planeta: "Muy acomodados a costa de la involución humana de otros".</p><p class="subtitle">La historia de la 'peladora de gambas' es uno de los relatos cercanos y humanos que conforman el libro 'La cara más dura de la Esperanza'</p></div><p class="article-text">
        Sus dedos son capaces de soportar quince horas desnudando gambas. Lleva desde los once a&ntilde;os y, ahora, con dieciocho reci&eacute;n cumplidos no valora otra salida que seguir adelante con esta situaci&oacute;n, dominada por la injusticia. Estamos ante uno de esos an&oacute;nimos casos al que le ponemos cara, mirada, voz y, aprovechando la inercia, humanizamos a 'la peladora de gambas'.
    </p><p class="article-text">
        Opera en el puerto de T&aacute;nger. Est&aacute; obligada a sumar entre cinco y seis kilos diarios para cumplir con lo encomendado y, de no ser as&iacute;, deber&aacute; permanecer en su puesto de trabajo hasta aproximarse a la cantidad establecida por los responsables de la cadena de producci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Dif&iacute;cilmente logra ver el sol. Duerme de tarde y el resto del d&iacute;a es para trabajar. Traspasa la puerta de su f&aacute;brica, cuando el resto de los mortales comienzan a conciliar el sue&ntilde;o. Son las dos de la madrugada y los dedos de Noura comienzan a desmenuzar gambas.
    </p><p class="article-text">
        El fr&iacute;o en el h&aacute;bitat laboral se hace notar con malicia porque la materia prima procede de grandes congeladores a decenas de grados bajo cero. Cada kilo recolectado, se traduce en 12 dirhams (cerca de 1 euro) para cada obrera, quien a final de mes logra reunir alrededor de 1100 dh (110 euros). En el caso de Noura, la humilde remuneraci&oacute;n es entregada a su familia para abordar la mensualidad, apoyada en una econom&iacute;a de supervivencia.
    </p><p class="article-text">
        Una y otra vez, repite en &aacute;rabe con acento del norte la palabra cansancio y, en su rostro, resulta f&aacute;cil adivinar el alto grado de agotamiento, despu&eacute;s de quince horas sin tregua. Son las siete de la tarde (hora local) y nos sentimos inc&oacute;modos porque en nuestras mentes pasea el concepto del abuso: &ldquo;habitualmente, a esta hora, ella ya duerme&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Confiesa que no ser&aacute; la &uacute;ltima ocasi&oacute;n en la que se acueste sin cenar, por que su est&oacute;mago est&aacute; m&aacute;s cansado que apetente. De repente, como una aut&eacute;ntica enamorada de la sinceridad, espeta: &ldquo;me siento como una esclava&rdquo;. Ni la traducci&oacute;n fue capaz de rebajar la contudencia y el incalculable peso de la frase. Por un instante, se hizo el silencio en la tarde tangerina. Por segundos, nadie reacciona intentando asumir tal golpe propinado a la conciencia. S&oacute;lo con las miradas fue suficiente.
    </p><p class="article-text">
        Pasada la media hora, la atm&oacute;sfera de aquella habitaci&oacute;n, habilitada de forma improvisada en una sala de entrevistas, lloraba sin cesar. El testimonio asestaba bofetadas, de forma incisiva, a la mentalidad de los acomodados europeos all&iacute; presentes. Durante la conversaci&oacute;n la otra parte del cerebro se formulaba preguntas como: &ldquo;&iquest;d&oacute;nde est&aacute;n las fuerzas sindicales?, &iquest;por qu&eacute; nadie act&uacute;a con decisi&oacute;n?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras, Noura sigue reviviendo su propia historia. Mantiene la mirada con la m&aacute;xima dulzura, a pesar de la aspereza de sus palabras. Pese a que transmite la sensaci&oacute;n de haber hecho esto en m&uacute;ltiples ocasiones, con regularidad, busca la mirada c&oacute;mplice de su amiga que la acompa&ntilde;a para recuperar la seguridad en s&iacute; misma.
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, sale a relucir el modelo de vida de la mujer que comienza a 14 kil&oacute;metros de aqu&iacute;. Noura se limita a ser categ&oacute;rica: &ldquo;s&oacute;lo con una cuarta parte ser&iacute;a feliz y tendr&iacute;a claro mi fufuro&rdquo;. Esto convierte a la mujer europea en un ejemplo ut&oacute;pico inalcanzable en el presente pero, para esta madurez encarnada en un cuerpo de 18 a&ntilde;os, &ldquo;ma&ntilde;ana puede ser otro d&iacute;a&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan De Sola]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Jan 2014 19:32:59 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Blanco sobre negro: avisando al hombre de un parto reciente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/blanco-negro_1_5136864.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/25ac31be-2602-4621-90d6-f8fc73a497fc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Blanco sobre negro: avisando al hombre de un parto reciente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un punto blanco en la frente indica un parto reciente en las mujeres guineanas que siguen esta tradición</p><p class="subtitle">Algunas comunidades lo utilizan para frenar las posibles ansias de un hombre a mantener relaciones sexuales en las semanas siguientes al parto</p></div><p class="article-text">
        Un punto de color blanco en la frente indicaba un  parto reciente en el vientre de aquella joven guineana. El ni&ntilde;o dorm&iacute;a feliz en los brazos de su madre y tambi&eacute;n &eacute;l luc&iacute;a el mismo s&iacute;mbolo en su  diminuta cabeza. &iquest;Qu&eacute; significado tiene para las mujeres de esa comunidad? 
    </p><p class="article-text">
        Es una tradici&oacute;n popular y sirve para frenar las posibles  ansias de un hombre a mantener relaciones sexuales en las semanas  siguientes al alumbramiento. A ojos  ajenos a la comunidad, esa se&ntilde;al blanca podr&iacute;a asociarse a una curiosa, casi primitiva,  regla para evadir los instintos m&aacute;s primarios. Pero, al escuchar a las mujeres  hablar del tema, ellas consideran y valoran la eficiencia de tal medida:  &ldquo;Entre una cosa u otra, evitamos problemas con nuestros hombres y, a su  vez, presumimos de haber sido madres pint&aacute;ndonos este c&iacute;rculo&rdquo;, confiesa  F&aacute;tima como respuesta a una de nuestras preguntas.
    </p><p class="article-text">
        Sentada  en una rudimentaria silla de madera, F&aacute;tima recibe al visitante a escasos  metros de la puerta de entrada. Sonr&iacute;e con timidez y pierde la mirada en  el rostro de su hijo. El sol aprieta con fuerza a esa hora del  mediod&iacute;a y se cuela por la puerta sin pedir permiso. El  blanco sobre negro brilla de forma involuntaria. La circunferencia es  geom&eacute;tricamente perfecta. Y el culto al cuerpo parece tener m&aacute;s sentido  en este inofensivo c&iacute;rculo que en grabar bajo la piel un bonito tatuaje, por  simple est&eacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        La humilde vivienda est&aacute;  compuesta de una madera caracter&iacute;stica de la zona que procede de &aacute;rboles aut&oacute;ctonos del ecuador. Las puertas han  sido sustituidas por unas cortinas de tela y aseguran una m&iacute;nima privacidad en la estancia. El peque&ntilde;o sal&oacute;n no supera  los quince metros cuadrados. A un lado, una radio sobre una bandera del  pa&iacute;s preside sobre una estanter&iacute;a la habitaci&oacute;n. Al otro, a escasos cent&iacute;metros  de la madre y el beb&eacute;, un p&oacute;ster electoral de Teodoro Obiang viste la pared que, unos metros m&aacute;s adelante, se convierte en  min&uacute;sculo pasillo.
    </p><p class="article-text">
        Para acceder a aquella  comunidad, hubo que buscar la complicidad de los hombres. Entrar en una  casa no est&aacute; autorizado sin haber recibido el visto bueno colectivo.  Al norte del pa&iacute;s, pr&oacute;ximo a la frontera con Camer&uacute;n y a escasos  kil&oacute;metros de la localidad de R&iacute;o Grande, se halla aquella peque&ntilde;a  aldea rural en la que la pesca en cayuco y los productos naturales de la  selva permiten sobrevivir, sin apuros a&ntilde;adidos, en el no siempre f&aacute;cil cometido de  abastecer al cuerpo de agua y alimentos.
    </p><p class="article-text">
        Y,  mientras los ni&ntilde;os juegan al escondite por los frondosos caminos de  tierra, algunos adultos charlan aportando sosiego y tranquilidad al ambiente. Con cierta solemnidad, saludan a las mujeres que salen y  entran de las casas, ocupadas en organizar la vida de la familia, hora  por hora. En su mayor&iacute;a ya son madres. De hecho, hace tiempo que lo  fueron porque la juventud est&aacute; considerada como el mejor y m&aacute;s adecuado  ciclo para comenzar con el proyecto familiar.
    </p><p class="article-text">
        El  blanco sobre negro, ese punto en la frente, debe llegar m&aacute;s pronto que tarde para cumplir con  las obligaciones propias de la cultura materna de la comunidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Juan De Sola]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/blanco-negro_1_5136864.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 03 Dec 2013 19:27:18 +0000]]></pubDate>
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