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    <title><![CDATA[elDiario.es - Diana Mandiá]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/diana_mandia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Diana Mandiá]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Los rostros de los gitanos rumanos que el nuevo primer ministro francés no quiere ver]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/rostros-paranoia-rom_1_4942417.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4bb8fc49-82e7-4907-906e-41c601f11916_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los rostros de los gitanos rumanos que el nuevo primer ministro francés no quiere ver"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El recién nombrado primer ministro francés, Manuel Valls, ha dado  prioridad durante su etapa al frente de Interior a las expulsiones de  los poblados</p><p class="subtitle">Una circular firmada por su propio departamento  se compromete a no realizarlas sin alternativa de alojamiento previa</p></div><p class="article-text">
        Costel, Petre-Roman y Zaharia han crecido y estudiado juntos en Urziceni, una ciudad de 17.000 vecinos a 60 kil&oacute;metros de Bucarest. Terminaron el bachillerato y empezaron a trabajar como jornaleros agr&iacute;colas, el mismo empleo de sus padres en las antiguas granjas estatales del comunismo, que ellos ya no recuerdan, y que ahora, privatizadas, reemplazan a los hombres por tractores.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Por cuatro o cinco euros al d&iacute;a. Y las ayudas por hijo, 10 euros cada  uno. Con eso te compras un pollo y cuatro barras de pan&rdquo;, cuenta Costel,  de 21 a&ntilde;os. &ldquo;De seis de la ma&ntilde;ana a seis de la tarde&rdquo;, precisa. E insiste: &ldquo;Por eso, cuatro o cinco euros, &iexcl;al d&iacute;a, no a la hora!&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que hace dos a&ntilde;os decidieron marcharse, los tres juntos tambi&eacute;n, y probar suerte en Francia. Compraron un billete de autob&uacute;s para ellos y para sus mujeres, padres y hermanos, todos en paro, y cruzaron Europa. &ldquo;En total, unas 20 personas, 70 euros cada billete&rdquo;, calcula el chico, que de los tres amigos es el que m&aacute;s soltura tiene con el franc&eacute;s, su segunda lengua en el instituto, y el &uacute;nico soltero.
    </p><p class="article-text">
        Llegaron a Lamanon, cerca de Salon de Provence (sur de Francia) y ocuparon una casa abandonada. Cuando la polic&iacute;a los expuls&oacute; el pasado verano huyeron a Martigues, a una hora de Marsella en tren, y se instalaron en otro edificio vac&iacute;o del barrio de Saint-Jean. Desde entonces esta vieja propiedad del estado &ndash;que alberg&oacute; intermitentemente a familias de trabajadores p&uacute;blicos- es la <em>casa de los roms</em>, el hogar de unas 40 personas, la mayor&iacute;a de etnia gitana, en la que abundan los matrimonios j&oacute;venes y los ni&ntilde;os con chupete.
    </p><p class="article-text">
        Solo dos personas han encontrado trabajo en un restaurante de la ciudad. El resto tira como puede vendiendo chatarra de lavadoras o frigor&iacute;ficos. Todos son ciudadanos europeos de pleno derecho que hasta 2014 tuvieron vetado el acceso al empleo en muchos pa&iacute;ses de Europa Occidental, Francia entre ellos. Conforman tambi&eacute;n el grupo 17.000 personas que, seg&uacute;n el informe de enero de la Ligue des Droits de l&rsquo;Homme, duermen en chabolas o casas vac&iacute;as de todo el pa&iacute;s, cuando no sobre el simple asfalto de la acera o en una furgoneta.
    </p><p class="article-text">
        En un pa&iacute;s de 66 millones de habitantes, la demonizaci&oacute;n de unos cuantos miles - una poblaci&oacute;n estable desde hace a&ntilde;os entre las 15.000 y las 20.000 personas- tiene visos de paranoia. Despreciados ya en los tiempos de Sarkozy, que los acus&oacute; de delincuentes en su c&eacute;lebre discurso de Grenoble en 2010, el hostigamiento a los roms no ces&oacute; con la presidencia de Fran&ccedil;ois Hollande. Manuel Valls, que acaba de ser <a href="http://www.eldiario.es/politica/Hollande-cambio-Gobierno-respuesta-electoral_0_244625580.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><strong>nombrado jefe de gobierno</strong></a> despu&eacute;s de la debacle electoral de marzo, sigui&oacute; azuz&aacute;ndolos desde el Ministerio de Interior &ndash;ese que lo convirti&oacute;, como les gusta decir a los franceses, en el primer polic&iacute;a del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Sus declaraciones a la prensa del a&ntilde;o pasado, en las que aseguraba que los gitanos inmigrantes no tienen inter&eacute;s en quedarse ni integrarse en Francia, a&uacute;n lo persiguen. Ya entonces hac&iacute;a caso omiso de una circular firmada en agosto de 2012 por su ministerio y otros seis m&aacute;s que recomienda no desalojar los poblados chabolista sin antes encontrar una soluci&oacute;n para las familias, especialmente en lo relativo a la vivienda.
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        Las cifras demuestran la irregularidad con la que se aplica la circular: de los 165 sitios, chabolas o casas vac&iacute;as, evacuados por las fuerzas del orden en 2013, en solo 75 hubo alguna propuesta de realojamiento, seg&uacute;n un informe de la ONG Romeurope y del European Roma Rights Center, con sede en Budapest. Adem&aacute;s, el a&ntilde;o pasado se duplic&oacute; el n&uacute;mero total de expulsiones: 21.537 &ndash;una cifra que implica que todos los inmigrantes roms fueron v&iacute;ctimas de una al menos una vez- frente a las 9.404 de 2012.
    </p><p class="article-text">
        En la pr&aacute;ctica, muchos roms abandonan antes del desalojo sus caba&ntilde;as de urgencia. As&iacute; evitan encontrarse con la polic&iacute;a y con las m&aacute;quinas que aplastan sus refugios para impedirles volver. Cuando s&iacute; hay alg&uacute;n intento de realojo, este suele consistir en tres o cuatro noches de hotel para las mujeres y los ni&ntilde;os. Pero las familias con frecuencia se niegan a separarse. Consecuencia: todos a la calle. Unos d&iacute;as despu&eacute;s tienen otra chabola construida a pocos kil&oacute;metros o una nueva vivienda ocupada. El ciclo vuelve a empezar.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Hacemos todo lo posible por quedarnos&rdquo;</h3><p class="article-text">
        <strong>&ldquo;Hacemos todo lo posible por quedarnos&rdquo;</strong>Costel, Petre-Roman y Zaharia han puesto unas sillas en semic&iacute;rculo en el jard&iacute;n y solo han aceptado hablar despu&eacute;s de consultarlo con otro de los inmigrantes, uno de los mayores, que ejerce de autoridad en el grupo. Les preocupa mucho la imagen que la prensa da de ellos, m&aacute;s cuando la Prefectura tiene en sus manos su expulsi&oacute;n desde diciembre: una orden de evacuaci&oacute;n &ldquo;sin plazo&rdquo; que le permite a la polic&iacute;a actuar en cualquier momento. La urgencia es muy relativa. La vivienda ocupa el trazado de una futura autov&iacute;a que rodear&aacute; Martigues, pero las obras no empezar&aacute;n antes de 2018 y ni siquiera est&aacute; muy claro que lo vayan a hacer porque todav&iacute;a no hay financiaci&oacute;n para la infraestructura.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qu&eacute; haremos si nos echan?&rdquo;, se pregunta Costel. &ldquo;Nosotros hacemos todo lo que podemos para quedarnos, no robamos, no molestamos, aqu&iacute; todo est&aacute; tranquilo, no hay fiestas. Cuando llegamos la casa estaba hecha un desastre. Una semana despu&eacute;s, la ten&iacute;amos limpia&rdquo;. La apariencia de la vivienda es, efectivamente, impoluta pese a la precariedad. Las doce habitaciones se han repartido entre las familias y en las cuatro cocinas se guisa por turnos. La luz es un lujo de las ma&ntilde;ana y de las noches &ndash;un vecino les ha prestado un grupo electr&oacute;geno-, y los tendales est&aacute;n repletos de ropa a secar. Los ni&ntilde;os bajan del autob&uacute;s del colegio y se detienen a mirarse en las ventanillas de los coches aparcados a la entrada. Es Carnaval a&uacute;n en Martigues y los chavales traen puestas las m&aacute;scaras hechas en clase.
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        &ldquo;S&iacute;, ellos hacen todo lo posible. Est&aacute;n inscritos en P&ocirc;le Emploi [el servicio de empleo franc&eacute;s], cosa que no es f&aacute;cil porque aunque es su derecho en las oficinas no siempre les facilitan las cosas y cuando entran los roms no los quieren all&iacute;&rdquo;, asiente Roland Bellan, miembro del Collectif Solidarit&eacute; Roms de Martigues. Creado a partir de asociaciones ciudadanas y grupos pol&iacute;ticos y sindicales &ndash;entre ellos, el Partido de la Izquierda o la ONG religiosa Secours Catholique- sus miembros han hecho frente com&uacute;n para que los inmigrantes puedan quedarse lo m&aacute;ximo posible en la vivienda. Se han reunido con el alcalde, el comunista Gaby Charroux, del que esperan que no acelere la expulsi&oacute;n, aunque por ahora lo &uacute;nico que tienen es la confianza.
    </p><p class="article-text">
        En Martigues no hay proyecto como en la vecina Gardanne, donde las asociaciones lograron convencer al regidor, el tambi&eacute;n comunista Roger M&euml;i, de que era necesario organizar la acogida de los inmigrantes. Perseguidos y expulsados de Marsella y Aix-en-Provence, 79 viven ahora en caravanas en el terreno de una antigua mina, donde reciben orientaci&oacute;n laboral y administrativa. En total, los municipios cuentan con 4.000 millones de euros del Estado y de la Uni&oacute;n Europea destinados a este fin, pero solo reciben presupuesto si redactan una iniciativa de inserci&oacute;n. Hacerlo es una decisi&oacute;n que puede costar votos. &ldquo;El alcalde de Gardanne hizo campa&ntilde;a por los roms y se jug&oacute; el puesto&rdquo;, recuerda Bellan.
    </p><p class="article-text">
        Si Roger M&euml;i sufri&oacute; esta vez para repetir en el cargo, en Martigues la coalici&oacute;n del Frente de Izquierdas gan&oacute; holgadamente &ndash;la ciudad tiene alcaldes comunistas desde finales de los a&ntilde;os 50. Pero hay algo que preocupa y escandaliza al activista aunque la izquierda permanezca imbatible en este enclave obrero del Mediterr&aacute;neo: un Frente Nacional que se llev&oacute; el 21% de los votos y qued&oacute; segundo. Bellan no tiene m&aacute;s remedio que admitir que &ldquo;racismo lo hay&rdquo;, aunque en Martigues &ldquo;no existe un movimiento contra los roms como en otros lugares y hay mucha gente que viene espont&aacute;neamente a ayudarlos&rdquo;. Aun as&iacute;, un vecino lleg&oacute; a recoger firmas para que los echaran bajo el rocambolesco pretexto de que le molestaba el humo de la chimenea y el ruido que hac&iacute;an al cortar le&ntilde;a.
    </p><h3 class="article-text">Un trabajo &ldquo;en lo que sea&rdquo;</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Soy mec&aacute;nico, pero estoy trabajando de cocinero. Me gusta m&aacute;s lo m&iacute;o, pero estoy aprendiendo&rdquo;, dice uno de los dos &uacute;nicos hombres con contrato de trabajo en la casa de los roms. Ha tenido suerte; sus compa&ntilde;eros esperan a&uacute;n que P&ocirc;le Emploi los llame al menos para ofrecerles alg&uacute;n cursillo con el que ganar experiencia. Pensaban que al inscribirse como demandantes de empleo como cualquier otro ciudadano europeo las cosas ir&iacute;an m&aacute;s r&aacute;pido, pero nada se mueve. Hace unos d&iacute;as, una de las familias de la casa hizo las maletas y regres&oacute; a Ruman&iacute;a, harta de esperar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo no quise ir a la Universidad. Es muy caro para m&iacute; y adem&aacute;s eso no te garantiza un trabajo. Tengo amigos, roms como yo, que han hecho una ingenier&iacute;a y que tampoco encuentran nada. Adem&aacute;s, para nosotros es m&aacute;s dif&iacute;cil. Entre un rumano no rom y un rom siempre prefieren al primero&rdquo;, lamenta Costel. Volver&iacute;a &ldquo;encantado&rdquo; a su pa&iacute;s dice, pero solo con un empleo mejor que los que ya tuvo.
    </p><p class="article-text">
        Petre Roman , padre de un hijo de tres a&ntilde;os y con otro en camino, busca trabajo &ldquo;en lo que sea&rdquo;. El primero de sus ni&ntilde;os naci&oacute; en Ruman&iacute;a, queda ver si el segundo podr&aacute; llegar al mundo en Martigues. Su colega Zaharia, sin embargo, dej&oacute; a los suyos con el resto de la familia en Urziceni. La madre y &eacute;l llevan dos a&ntilde;os sin verlos. Una parte de los ni&ntilde;os que entran y salen de la casa han nacido en Arles o en Montpellier, dos ciudades de la ruta de expulsiones de algunas de las familias.
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        No es el caso de Simona, prima de Costel, que ten&iacute;a ya diez a&ntilde;os cuando lleg&oacute; a Francia. Desde 2010 ha vivido las huidas de Arles y Montpellier, la mendicidad y el abandono de la escuela. Hoy es una adolescente de 14 a&ntilde;os, buena estudiante a pesar de su miedo inicial a volver al colegio despu&eacute;s de a&ntilde;os alejada de las aulas. Sus compa&ntilde;eros de clase le preguntan a menudo por sus condiciones de vida en la casa ocupada. &ldquo;Yo lo explico y ya est&aacute;&rdquo;, asegura, muy t&iacute;mida.
    </p><p class="article-text">
        Como lo explic&oacute;, hace dos semanas, durante una fiesta que el colectivo de vecinos organiz&oacute; en Martigues para reunir a los inmigrantes con el resto de los vecinos. Ella misma escribi&oacute; un texto sobre su vida que ley&oacute; delante de los asistentes:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando llegamos a Francia mi t&iacute;a ya estaba aqu&iacute;. Llegamos a su casa, una casa ocupada. Colocamos las cosas y yo pregunt&eacute;. &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el ba&ntilde;o? No hab&iacute;a. Eso me choc&oacute; mucho porque yo en Ruman&iacute;a ten&iacute;a ba&ntilde;o. All&aacute; mi padre trabajaba y nosotros &iacute;bamos a la escuela. Pero un d&iacute;a mi padre se qued&oacute; sin trabajo. Ten&iacute;amos un cr&eacute;dito y no pudimos pagarlo. El banco se qued&oacute; con nuestra casa. En Arles empec&eacute; a pedir limosna. En Ruman&iacute;a jam&aacute;s lo hab&iacute;a hecho, pero no ten&iacute;amos otra soluci&oacute;n. Me daba mucha verg&uuml;enza. Es dif&iacute;cil pedirle a la gente que pasa delante de ti. A veces te contestan mal, te dicen cosas desagradables&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los ni&ntilde;os como Simona son las grandes v&iacute;ctimas de las expulsiones. No solo por el sufrimiento de perderlo todo en cada una, sino tambi&eacute;n porque a menudo la escuela se acaba para ellos cuando su chabola desaparece. Encontrar una plaza cerca del nuevo refugio no siempre es f&aacute;cil. En el poblado de La Parette, el m&aacute;s grande de la ciudad de Marsella, una asociaci&oacute;n ha construido a principios de a&ntilde;o una peque&ntilde;a escuela entre las chabolas. As&iacute; los ni&ntilde;os que se han quedado descolgados pueden tener al menos una precaria rutina acad&eacute;mica mientras su situaci&oacute;n no se resuelve.
    </p><p class="article-text">
        El colegio protege tambi&eacute;n a los padres porque demuestra su voluntad de construir una vida en Francia. Es, adem&aacute;s, obligatorio para todos los menores de 16 a&ntilde;os independientemente de la situaci&oacute;n familiar y legal de los padres. Cuando en octubre de 2013 el ministerio de Interior de Valls expuls&oacute; a Leonarda a Kosovo en plena actividad acad&eacute;mica, no estaba echando del pa&iacute;s simplemente a una ni&ntilde;a con unos padres en situaci&oacute;n irregular, sino a una estudiante de la escuela republicana.
    </p><h3 class="article-text">Los menos queridos</h3><p class="article-text">
        As&iacute; se titula el ep&iacute;grafe sobre los gitanos migrantes del &uacute;ltimo informe de la Comission Nationale Consultative des Droits de l&rsquo;Homme, un repaso anual sobre el racismo en Francia que da la voz de alarma sobre el auge de la islamofobia y del rechazo a los roms migrantes, el &uacute;ltimo escalaf&oacute;n de la lista de despreciados. V&iacute;ctimas de un &ldquo;racismo desacomplejado&rdquo;, percibidos como delincuentes y abusadores de ayudas p&uacute;blicas, el 87% de los franceses los considera, seg&uacute;n este trabajo, un grupo aparte de la sociedad, 21 puntos m&aacute;s que hace dos a&ntilde;os. El informe critica tambi&eacute;n el peligro de asociar a la comunidad gitana con la pobreza y la exclusi&oacute;n de las nuevas chabolas francesas. Si hay entre 350.000 y 500.000 personas de la comunidad z&iacute;ngara en el pa&iacute;s, los roms migrantes son solo una peque&ntilde;a parte.
    </p><p class="article-text">
        El estudio deber&iacute;a haberse hecho p&uacute;blico hace ya unas semanas pero la celebraci&oacute;n de las elecciones municipales lo atras&oacute; a principios de abril. Su destinatario es siempre el primer ministro. La crisis de gobierno francesa ha querido que este sea Manuel Valls, el antiguo jefe de la pol&iacute;tica de expulsi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El informe incluye tambi&eacute;n algunas reflexiones chocantes de algunos ciudadanos entrevistados: &ldquo;Los adultos explotan a los ni&ntilde;os y los obligan a robar para construirse casas en Ruman&iacute;a. Lo han mostrado en la tele la semana pasada&rdquo;, explica una se&ntilde;ora a los investigadores. &ldquo;Roban bolsos, agreden a las se&ntilde;oras, maltratan a sus perros. Yo les doy de comer a los perros, pero no a ellos&rdquo;, afirma otra.
    </p><p class="article-text">
        Aunque no hace falta irse a los estudios para constatar hasta qu&eacute; punto la imagen del inmigrante gitano se degrada y simplifica la pobreza y la delincuencia. Estos d&iacute;as se celebra en Marsella un festival, Latcho Divano, dedicado a la cultura rom en Europa. Erika Boder, investigadora del European Roma Rights Center, present&oacute; en el curso de estas jornadas un proyecto dirigido a las mujeres de poblados chabolistas de Par&iacute;s, Lille y Marsella. En esta &uacute;ltima ciudad, dos inmigrantes roms fueron seleccionadas y contratadas por su buen nivel de franc&eacute;s para hacer de mediadoras y recibir formaci&oacute;n sobre sus derechos y deberes como ciudadanas europeas. Pero cuando al t&eacute;rmino de la conferencia Bodor y una de las asistentes entraron en un supermercado del centro de camino a la parada del tranv&iacute;a, a la &uacute;ltima le cortaron el paso.
    </p><p class="article-text">
        __
    </p><p class="article-text">
        [Los entrevistados que aparecen en este reportaje no quisieron ser fotograf&iacute;ados. Las im&aacute;genes utilizadas son de archivo, cedidas por Collectif Solidarit&eacute; Roms de Martigue]
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diana Mandiá]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/rostros-paranoia-rom_1_4942417.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 07 Apr 2014 18:26:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los rostros de los gitanos rumanos que el nuevo primer ministro francés no quiere ver]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Manuel Valls]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La mujer ruandesa que llama a la puerta del genocida escondido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/ruandesa-llama-puerta-genocida-escondido_1_4973241.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e59db6ef-51db-4ce7-b7a8-0dc6a841fa88_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La mujer ruandesa que llama a la puerta del genocida escondido"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La ruandesa Dafroza Gauthier es la fundadora de una asociación nacida en 2001 para desenmascarar y llevar ante la justicia a los genocidas hutus que disfrutan de un exilio tranquilo en Francia</p><p class="subtitle">Los 	testimonios aportados han sido determinantes en 	la condena a 25 años al capitán ruandés Pascal Simbikangwa por su 	participación en los crímenes de 1994</p><p class="subtitle">En abril se cumplen 20 años del genocidio de Ruanda</p></div><p class="article-text">
        Dafroza Gauthier pasa su mano por la espalda de Jeanne Uwimbabazi cada vez que esta se queda en silencio unos segundos. Enfermera de 36 a&ntilde;os, Jeanne perdi&oacute; a buena parte de su familia a balazos y machetazos en los cien d&iacute;as de la primavera m&aacute;s terrible de Ruanda, los del genocidio de 1994. 
    </p><p class="article-text">
        Todav&iacute;a le cuesta volver a aquellas horas de horror vividas en la Escuela T&eacute;cnica Oficial de Kigali. Los suyos buscaron refugio en este colegio salesiano pensando que la presencia de Cascos Azules en el recinto los proteger&iacute;a, pero las tropas internacionales fueron evacuadas y a los pocos d&iacute;as los fugitivos estaban a solas con sus asesinos.
    </p><p class="article-text">
        No es la primera vez que Dafroza Gauthier (Butare, Ruanda, 1954), tambi&eacute;n hija, amiga y vecina de decenas de v&iacute;ctimas de la masacre de Ruanda, escucha un testimonio as&iacute;. Parte de su vida consiste en registrar los recuerdos de los supervivientes para intentar llevar ante la justicia a los que 20 a&ntilde;os despu&eacute;s jam&aacute;s han rendido cuentas de sus actos y viven un exilio sin sobresaltos en Francia. 
    </p><p class="article-text">
        A las dos las han invitado a un acto en el Camp des Milles, una vieja f&aacute;brica de tejas de Aix-en-Provence con su propia historia negra: fue campo de internamiento, concentraci&oacute;n y deportaci&oacute;n durante la Segunda Guerra Mundial, y hoy es el &uacute;nico intacto y visitable en Francia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La justicia es algo solitario pero noble&rdquo;, afirma Gauthier, de 60 a&ntilde;os, que no aparenta; alta y due&ntilde;a de una sonrisa amigable que en cuesti&oacute;n de segundos puede convertirse en el gesto m&aacute;s triste. Junto a su marido, franc&eacute;s, Alain Gauthier, cre&oacute; en 2001 el <a href="http://www.collectifpartiescivilesrwanda.fr/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Collectif des parties civiles pour le Rwanda</a> (CPCR), una asociaci&oacute;n que desde entonces ha interpuesto 24 denuncias contra presuntos genocidas ruandeses refugiados en Francia.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el matrimonio Gauthier inici&oacute; su b&uacute;squeda hace 13 a&ntilde;os, B&eacute;lgica acababa de condenar a cuatro criminales hutus escondidos dentro de sus fronteras. En Francia exist&iacute;an ya denuncias de este tipo desde 1995, pero nunca llegaban a buen puerto. Faltaban pruebas, testimonios y, a juicio de Dafroza Gauthier, tambi&eacute;n mucha voluntad.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No, el papel de Francia en todo esto no fue muy bonito&rdquo;, reprocha, esbozando una media sonrisa. &ldquo;Los pol&iacute;ticos de entonces fueron c&oacute;mplices de lo que sucedi&oacute; en Ruanda, el Estado franc&eacute;s dio armas y apoyo pol&iacute;tico y financiero. La justicia francesa ha hecho todo lo posible por ganar tiempo. Los jueces no han buscado testimonios durante a&ntilde;os, aunque era su trabajo, y lo hemos tenido que hacer nosotros&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Un planificador de masacres</h3><p class="article-text">
        <strong>Un planificador de masacres</strong>Desde 2001, el Collectif des parties civiles pour le Rwanda ha denunciado a dudosos refugiados, unas veces en solitario y otras acompa&ntilde;ado por otras asociaciones: el sacerdote Wenceslas Munyeshyaka, que sigui&oacute; oficiando misa en varios pueblos franceses a la vez que era acusado de entregar a sus feligreses de la iglesia de la Sainte-Famille a los excitados milicianos que los esperaban con machetes; el m&eacute;dico Sosth&egrave;ne Munyemana, apaciblemente instalado con su familia en Burdeos; o a Callixte Mbarushimana, que consigui&oacute; pasaporte de refugiado a pesar de las investigaciones abiertas contra &eacute;l por la Corte Penal Internacional por haber dejado supuestamente a sus compa&ntilde;eros tutsis empleados como &eacute;l en Naciones Unidas a merced de los genocidas.
    </p><p class="article-text">
        Pero ninguno de estos casos ha llegado por ahora tan lejos en Francia como el de <a href="http://www.collectifpartiescivilesrwanda.fr/nos-actions/actions-en-justice/pascal-simbikangwa/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Pascal Simbikangwa</a>, excapit&aacute;n ruand&eacute;s y jefe de los servicios secretos hutus, condenado el viernes 14 de marzo en Par&iacute;s a 25 a&ntilde;os de c&aacute;rcel por su instigaci&oacute;n a las matanzas de 1994. Refugiado en la isla francesa de Mayotte, en el oc&eacute;ano &Iacute;ndico, y arrestado casualmente por falsificaci&oacute;n de documentos en 2008, es la primera persona juzgada en suelo franc&eacute;s por el genocidio ruand&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el Tribunal de lo Criminal de Par&iacute;s, el condenado fue uno de los planificadores del genocidio desde su condici&oacute;n de alto funcionario. Unas 800.000 personas, la mayor&iacute;a tutsis, perecieron en tres meses. Los testigos que declararon a lo largo de las seis semanas de juicio lo acusaron de participar en los escuadrones de la muerte, de repartir armas entre los milicianos hutus y de haber financiado y participado en el nacimiento de los siniestros medios de comunicaci&oacute;n que alentaban las masacres: el diario <em>Kangura</em> y la <a href="http://www.genocidearchiverwanda.org.rw/index.php?title=Radio_T%C3%A9l%C3%A9vision_Libre_des_Mille_Collines" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Radio T&eacute;l&eacute;vision Libre des Mille Collines</a> (RTLM), desde la que se difund&iacute;an las listas de <em>inyenzi</em> (insectos, cucarachas) que hab&iacute;a que eliminar.
    </p><p class="article-text">
        La denuncia contra Simbikangwa se present&oacute; en 2009, pero el trabajo de Dafroza y Alain Gauthier empez&oacute; mucho antes. S&oacute;lo la recopilaci&oacute;n de los 30 testimonios contra este sospechoso les llev&oacute; cuatro a&ntilde;os. Ella, qu&iacute;mica. &Eacute;l, profesor. Usan sus vacaciones para viajar a Ruanda con sus abogados y encontrarse con las v&iacute;ctimas.
    </p><p class="article-text">
        En ocasiones tambi&eacute;n visitan a presos &ldquo;arrepentidos&rdquo;<em> </em>que cuentan lo que saben a cambio de una rebaja en sus penas. &ldquo;Ellos nos dan los mejores testimonios. Han trabajado para los criminales y han visto lo sucedido. No suelen ser los grandes planificadores, sino los ejecutantes, gente de la Administraci&oacute;n&rdquo;, explica Gauthier.
    </p><p class="article-text">
        Con el tiempo, Dafroza ha aprendido hasta qu&eacute; punto los recuerdos de las v&iacute;ctimas pueden ser material delicado. &ldquo;No podemos usar todos los testimonios. Yo soy la traductora, porque hablo kinyarwanda, y veo que hay personas muy cansadas. Tenemos que ver si el testimonio est&aacute; bien construido. Hay gente muy traumatizada y no se pueden usar sus palabras. Es una desgracia pero en estos casos la justicia s&oacute;lo puede llegarles a trav&eacute;s de otros&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Muchas de las v&iacute;ctimas que ha conocido durante su b&uacute;squeda de testigos son mujeres, como las supervivientes de Gisagara, claves en la denuncia contra el subprefecto Dominique Ntawukuriryayo en 2007. El colectivo dio con &eacute;l en Carcassonne, donde hab&iacute;a rehecho su vida despu&eacute;s de las masacres y colaboraba con una ONG de ayuda a ni&ntilde;os ruandeses. Fue extraditado finalmente a Arusha (Tanzania) y condenado por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda a 20 a&ntilde;os de c&aacute;rcel.
    </p><h3 class="article-text">Una falsa etnia en el carn&eacute; de identidad</h3><p class="article-text">
        <strong>Una falsa etnia en el carn&eacute; de identidad</strong>La idea de buscar justicia no lleg&oacute; de inmediato. Cuando el 8 de abril de 1994 asesinaron a la madre de Dafroza, Suzanne, la hija se sumi&oacute; en un duelo de a&ntilde;os. Hab&iacute;a estado en Ruanda dos meses antes de la tragedia y durante su estancia apenas hab&iacute;a salido en una ocasi&oacute;n de casa, tanta era la tensi&oacute;n y el medio que se respiraba ya en las calles de Kigali.
    </p><p class="article-text">
        La hoy perseguidora de genocidas estaba exiliada desde 1973; el hostigamiento a los estudiantes tutsis hizo que muchos se marcharan a los pa&iacute;ses fronterizos o a Europa. Dafroza se fue a B&eacute;lgica y un d&iacute;a, de visita en casa de unos amigos en el sur de Francia, coincidi&oacute; con Alain, antiguo seminarista y profesor en Kigali. Se casar&iacute;an en 1977. Reflexionar sobre aquellos a&ntilde;os en los que el genocidio se fue gestando le ensombrece el tono. &ldquo;Mi generaci&oacute;n ha conocido todo, el exilio, la violencia de los a&ntilde;os 60, los campos de refugiados, el retorno&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima vez que vio a su madre, en febrero de 1994, muchas mujeres tutsis vest&iacute;an siempre con pantalones porque pensaban que eso las libraba de ser violadas. En la peque&ntilde;a y monta&ntilde;osa Ruanda, tutsis y hutus viv&iacute;an juntos en los mismos barrios, se casaban entre ellos, usaban el mismo idioma y ten&iacute;an las mismas costumbres y creencias religiosas.
    </p><p class="article-text">
        Pero desde 1931, el colonizador belga impuso la distinci&oacute;n en los carn&eacute;s de identidad y las instituciones empezaron a fichar como etnias a la vieja casta privilegiada tutsi y al campesinado hutu. As&iacute; segu&iacute;a siendo 60 a&ntilde;os despu&eacute;s, pero la buena relaci&oacute;n de los tutsis con los belgas era ya historia; la descolonizaci&oacute;n los coloc&oacute;, a ellos y la Iglesia, del lado de la mayor&iacute;a hutu. Los otros empezaron a ser vistos como extranjeros y traidores,<em> cucaracha</em>s que hab&iacute;a que exterminar, como ordenaba la radio que emit&iacute;a al mismo tiempo amenazantes soflamas racistas y exitosa m&uacute;sica popular.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;S&oacute;lo la justicia puede acercar a v&iacute;ctimas y verdugos&rdquo;</h3><p class="article-text">
        <strong>&ldquo;S&oacute;lo la justicia puede acercar a v&iacute;ctimas y verdugos&rdquo;</strong>Durante seis semanas, los Gauthier asistieron expectantes al proceso en Francia del excapit&aacute;n Simbikangwa. Para ellos, a los que sus detractores acusan de querer suplantar a la justicia o incluso de estar a las &oacute;rdenes del Gobierno actual de Ruanda, ya es una victoria.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Este proceso es muy importante para nosotros. Primero, porque tiene el papel pedag&oacute;gico de mostrar qu&eacute; sucedi&oacute; en Ruanda. Este proceso es para las v&iacute;ctimas. Nuestra lucha es por ellas. Y despu&eacute;s est&aacute;n los supervivientes, como Jeanne, que espera desde hace muchos a&ntilde;os que los asesinos, toda esa gente que nunca ha admitido el genocidio, los organizadores de la m&aacute;quina de matar, sean juzgados. No podemos reconstruir nuestro pa&iacute;s de otra forma. S&oacute;lo la justicia puede acercar a las v&iacute;ctimas y a los victimarios&rdquo;, defiende Gauthier.
    </p><p class="article-text">
        Dafroza conserva la esperanza de que la condena de Simbikangwa sea s&oacute;lo la primera. &ldquo;Hay otros dos acusados en prisi&oacute;n preventiva y espero que sean juzgados pronto, creo que para 2015 ser&aacute; posible&rdquo;, asegura.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diana Mandiá, Diana Mandiá]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Mar 2014 19:31:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La mujer ruandesa que llama a la puerta del genocida escondido]]></media:title>
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