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    <title><![CDATA[elDiario.es - Jon Cuesta]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jon_cuesta/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Jon Cuesta]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[El dilema de un pueblo de Kenia devastado por la sequía: deforestar o morir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/dilema-mujeres-turkanas-kenia-deforestar_1_3191826.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/872c1d34-4914-4826-a20c-a1b17b3443a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El dilema de un pueblo de Kenia devastado por la sequía: deforestar o morir"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En medio de una dramática sequía, las mujeres del pueblo turkana se aferran a la quema de árboles para obtener carbón</p><p class="subtitle">Esta actividad es una solución a corto plazo, pero contribuirá a acelerar la deforestación y el calentamiento global en África</p><p class="subtitle">La ONU ha alertado este viernes de un repunte del número de personas que pasan hambre como consecuencia del conflicto y los desastres naturales en África</p></div><p class="article-text">
        Una leyenda transmitida de padres a hijos relata que, hace casi 300 a&ntilde;os, varios j&oacute;venes de la etnia jie se adentraron en el valle de Tarash en busca de un buey que hab&iacute;an perdido. All&iacute; encontraron a una anciana que recog&iacute;a fruta de los &aacute;rboles y quedaron impresionados por las riquezas naturales del lugar que acababan de encontrar.&nbsp;De vuelta a su comunidad, comentaron su descubrimiento a otros j&oacute;venes de la zona y decidieron instalarse all&iacute;, atra&iacute;dos por la abundancia de las riquezas de aquel lugar.
    </p><p class="article-text">
        Era el inicio del pueblo turkana, el mismo que hoy se agarra a la vida en una tierra inh&oacute;spita y seca de 68.680&nbsp;kil&oacute;metros cuadrados&nbsp;en el norte de Kenia, en la frontera con Sud&aacute;n del Sur, Uganda y Etiop&iacute;a. Salvando alguna lluvia espor&aacute;dica y corta, la regi&oacute;n ha visto desaparecer sus temporadas de lluvia casi por completo durante los dos &uacute;ltimos a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        En una comunidad semin&oacute;mada&nbsp;&ndash;es el segundo grupo de pastores m&aacute;s grande de Kenia&ndash;&nbsp;y totalmente dependiente del ganado, el cambio clim&aacute;tico ha puesto a este pueblo al borde de la extinci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Los animales han ido muriendo de sed, y los hombres, tradicionalmente al frente de llevar el sustento al hogar, permanecen ahora desocupados, frustrados, testigos de una muerte a c&aacute;mara lenta y rogando a Dios, quien, seg&uacute;n sus creencias, se encuentra detr&aacute;s de este desastre.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Nuestra &uacute;nica opci&oacute;n es&nbsp;vender bolsas de carb&oacute;n&rdquo;</h3><p class="article-text">
        En una zona pr&oacute;xima a Lorengelup, 50 kil&oacute;metros al este de Lodwar, la capital de Turkana, tres mujeres tratan de encender fuego al pie de un &aacute;rbol. Con un cuchillo viejo, se afanan en cortar varias ramas y hierbajos secos para prender una buena fogata que vaya poco a poco deteriorando el tronco de una acacia. Su objetivo, echar el &aacute;rbol abajo y obtener carb&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Por culpa de esta sequ&iacute;a, nuestra &uacute;nica opci&oacute;n de conseguir algo de dinero es vendiendo bolsas de carb&oacute;n en los mercados locales&rdquo;, comenta Ngimoloi Lorot, de 46 a&ntilde;os, que ha llegado hasta aqu&iacute; a primera hora de la ma&ntilde;ana. Tiene siete hijos y, cuando sus animales comenzaron a morir, no le qued&oacute; m&aacute;s remedio que buscar formas de salir adelante. 
    </p><p class="article-text">
        Antes de la sequ&iacute;a, Ngimoloi y su familia ten&iacute;an una veintena de cabras y cinco camellos. Hoy, todos sus camellos han muerto y solo tienen seis ovejas. &ldquo;La gente est&aacute; preocupada y deprimida por la p&eacute;rdida del ganado&rdquo;, asegura&nbsp;en una conversaci&oacute;n con eldiario.es. &ldquo;Antes llov&iacute;a con frecuencia y ten&iacute;amos abundante leche que extra&iacute;amos de los camellos y las ovejas&rdquo;, recuerda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Todos est&aacute;bamos contentos de ver a nuestros animales tan bien alimentados, y cuando ten&iacute;amos mucha hambre mat&aacute;bamos una oveja y com&iacute;amos la carne&rdquo;. Sus hijos peque&ntilde;os sufren malnutrici&oacute;n y los mayores est&aacute;n al borde de dejar el colegio. &ldquo;No tengo dinero para pagarlo&rdquo;, cuenta, mientras trata de avivar la brasa al mismo tiempo que sus vecinas siguen cortando ramas.
    </p><h3 class="article-text">Quemar los &aacute;rboles, una soluci&oacute;n con efectos perversos</h3><p class="article-text">
        Una especie de maldici&oacute;n planetaria ha hecho que &Aacute;frica, que apenas emite gases de efecto invernadero&nbsp;&ndash;solo un 3% del total mundial&ndash;, sea el continente que m&aacute;s sufre las consecuencias del calentamiento global. &ldquo;La situaci&oacute;n es desesperada y quemar los &aacute;rboles es la mejor soluci&oacute;n que han encontrado a corto plazo&rdquo;, comenta Daniel Eloto, activista por el clima.
    </p><p class="article-text">
        Eloto es miembro de Locodein, una organizaci&oacute;n creada por j&oacute;venes turkana para denunciar la dram&aacute;tica situaci&oacute;n de sus hogares y para informar a los lugare&ntilde;os sobre el cambio clim&aacute;tico y sobre los perversos efectos de pr&aacute;cticas como la de quemar los pocos &aacute;rboles que quedan en el lugar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El problema es que aqu&iacute; el 90% de la gente es analfabeta&rdquo;, comenta Daniel. &ldquo;Ellos no saben lo que es el cambio clim&aacute;tico ni las razones que lo provocan, piensan que la falta de lluvias es alg&uacute;n castigo de Dios por los pecados que han podido cometer&rdquo;, a&ntilde;ade.
    </p><p class="article-text">
        La variaci&oacute;n clim&aacute;tica global, cuyas consecuencias sufren en mayor grado los pa&iacute;ses m&aacute;s empobrecidos, ha acelerado la desertificaci&oacute;n y la deforestaci&oacute;n en lugares como Turkana. Pr&aacute;cticas como la tala de &aacute;rboles no hace m&aacute;s que multiplicar el problema de forma exponencial.
    </p><p class="article-text">
        El Cuerno de &Aacute;frica, especialmente castigado por la sequ&iacute;a, sufre adem&aacute;s las consecuencias de varios conflictos interminables en pa&iacute;ses como Somalia o Sud&aacute;n del Sur, que han disparado el n&uacute;mero de desplazados por el doble factor guerra-clima.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n datos del &uacute;ltimo informe de Impacto Humanitario de la Sequ&iacute;a en el Cuerno de &Aacute;frica publicado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinaci&oacute;n de Asuntos Humanitarios (OCHA), la crisis humanitaria ha forzado a casi cuatro millones de personas en Kenia, Somalia y Etiop&iacute;a a dejar sus hogares para sobrevivir.
    </p><p class="article-text">
        En un<a href="http://www.eldiario.es/desalambre/hambre-vuelve-aumentar-millones-personas_0_686981585.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> informe publicado</a> este viernes, Naciones Unidas ha alertado de&nbsp;la seguridad alimentaria&nbsp;ha empeorado gravemente en 2016 en varias zonas del &Aacute;frica subsahariana, y c&oacute;mo el deterioro se ha hecho&nbsp;&ldquo;m&aacute;s evidente en zonas donde los efectos de los conflictos sobre la seguridad alimentaria se vieron agravados por sequ&iacute;as o inundaciones&rdquo;.&nbsp;La situaci&oacute;n es &ldquo;especialmente urgente&rdquo; y al este de&nbsp;&Aacute;frica, donde una tercera parte de la poblaci&oacute;n pasa hambre. El porcentaje aument&oacute; del 31% en 2015 al 34% en 2016.
    </p><p class="article-text">
        Oxfam cifra en casi 23 millones las personas afectadas por la sequ&iacute;a en la regi&oacute;n y 15 millones se enfrentan a una situaci&oacute;n de inseguridad alimentaria. En terreno, la vida cotidiana se complica cada vez m&aacute;s para las mujeres turkana, que recorren de media 11 kil&oacute;metros al d&iacute;a para encontrar r&iacute;os secos donde excavar y obtener agua.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">La&nbsp;mujer, encargada del sustento familiar</h3><p class="article-text">
         &ldquo;Nuestras mujeres son aut&eacute;nticas hero&iacute;nas&rdquo;, comenta Daniel. &ldquo;Adem&aacute;s de llevar el peso de la casa, de los ni&ntilde;os y la responsabilidad de conseguir agua, ahora tambi&eacute;n se encargan del sustento a trav&eacute;s de la venta de carb&oacute;n mientras los hombres se quedan en casa frustrados viendo c&oacute;mo muere su ganado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Alice Eyanae da algunas indicaciones a uno de sus hijos, que permanece dentro de un peque&ntilde;o agujero en la tierra. El peque&ntilde;o utiliza un peque&ntilde;o vaso de pl&aacute;stico para extraer el agua e introducirla en un bid&oacute;n amarillo sin que entren restos de tierra. Solo dos de sus hijos est&aacute;n en la escuela porque no puede permitirse enviar a los cinco. Su marido muri&oacute;, y como las dem&aacute;s mujeres, su futuro depende de la quema de &aacute;rboles y la venta de carb&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Antes de la sequ&iacute;a ten&iacute;amos 100 cabras, pero la falta de lluvia se llev&oacute; a casi todos nuestros animales&rdquo;, comenta. &ldquo;Doy gracias a Dios por permitirnos sacar algo de dinero vendiendo carb&oacute;n&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Su rutina consiste en acudir a este punto de agua &ndash;a una hora de su casa caminando&ndash; dos veces al d&iacute;a, temprano por la ma&ntilde;ana y al atardecer. El resto del tiempo, Alice queda con otras vecinas para talar &aacute;rboles y poder producir algo de carb&oacute;n que vender en los mercados locales. &ldquo;El dinero lo invierto en tratar de educar a mis hijos y comprar algo que comer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esa anciana que recog&iacute;a frutos de aquellos &aacute;rboles frondosos en aquella regi&oacute;n tan verde y llena de vida no podr&iacute;a creerse que prender fuego a las pocas acacias que quedan en pie sea la &uacute;nica salida que encuentran hoy las mujeres turkana para sobrevivir.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jon Cuesta]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/dilema-mujeres-turkanas-kenia-deforestar_1_3191826.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 Sep 2017 17:36:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Medio ambiente,Kenia,África,Deforestación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["Cuando vi que era una niña lloré; no quería que fuese mutilada"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/nina-llore-iba-esperar-vida_1_4499879.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La mutilación genital multiplica por cuatro las complicaciones en el parto: "Las víctimas tienen partos obstruidos porque el niño no tiene espacio por dónde salir"</p><p class="subtitle">La somalí Asha Ismail es una más de las 140 millones de mujeres que según la OMS han sufrido esta agresión</p><p class="subtitle">"Cuando nació mi hija decidí que ella jamás pasaría por lo mismo", dice Asha, fundadora de una ONG que conciencia a las mujeres sobre la ablación</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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        Lucky. Afortunada. Un nombre significativo para una ni&ntilde;a que el azar quiso que naciera en Espa&ntilde;a. Su madre, Asmahaan, viv&iacute;a hasta hace poco atemorizada por una guerra interminable, la de Somalia. Resid&iacute;a en Merka, una ciudad portuaria a unos 100 kil&oacute;metros de Mogadiscio hasta el a&ntilde;o pasado en manos de los extremistas de Al Shabab. Asmahaan consigui&oacute; huir, y las carambolas del destino la situaron en Madrid, donde recientemente ha pedido protecci&oacute;n internacional.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Asmahaan se puso de parto, los m&eacute;dicos del Hospital Infanta Sof&iacute;a de Alcobendas no pod&iacute;an creerse lo que estaban viendo. &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n te ha hecho esto?&rdquo;, le preguntaron a la joven madre. Con tan solo 6 a&ntilde;os, Asmahaan hab&iacute;a sido v&iacute;ctima del peor tipo de <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/valentia-ablacion-nina-va-mutilada_0_225728300.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">mutilaci&oacute;n genital</a>, la infibulaci&oacute;n, que consiste en la extirpaci&oacute;n del cl&iacute;toris, los labios mayores y menores y el cosido posterior de la vagina mediante agujas o m&eacute;todos tradicionales. &ldquo;Por pura l&oacute;gica, las v&iacute;ctimas de mutilaci&oacute;n genital tienen partos obstruidos porque el ni&ntilde;o no tiene el espacio por donde salir&rdquo;, explica Patricia Lled&oacute;, referente de Ginecolog&iacute;a de M&eacute;dico de M&eacute;dicos Sin Fronteras y con amplia experiencia en pa&iacute;ses como Somalia, Kenia, Sierra Leona o Sud&aacute;n, donde estas pr&aacute;cticas est&aacute;n culturalmente muy extendidas. &ldquo;La madre corre el riesgo de sufrir desgarros y hemorragias, porque por el orificio vaginal apenas cabe un dedo me&ntilde;ique&rdquo;, dice. &ldquo;Imag&iacute;nate un ni&ntilde;o&rdquo;.
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        Finalmente, Lucky naci&oacute; mediante ces&aacute;rea, en un parto largo y complicado debido a las consecuencias de la mutilaci&oacute;n genital. A veces no hay tanta suerte. Seg&uacute;n un estudio liderado por la Universitat Aut&oacute;noma de Barcelona (UAB), en colaboraci&oacute;n con la ONG Wassu Gambia Kafo y la Obra Social La Caixa, la ablaci&oacute;n multiplica por cuatro las complicaciones en el parto. Otras fuentes como el Banco Mundial son a&uacute;n m&aacute;s devastadoras: mientras que en pa&iacute;ses desarrollados como Espa&ntilde;a la tasa de mortalidad materna es de cuatro mujeres fallecidas cada 100.000 nacidos vivos (apenas un 0,004%), en Somalia son 850 las mujeres que pierden la vida (0,85%). 
    </p><p class="article-text">
        Tan solo el a&ntilde;o pasado, la ONU calcula que 300.000 mujeres murieron por causas relacionadas con el embarazo o el parto. Pr&aacute;cticas como la mutilaci&oacute;n genital femenina ayudan a mantener estas terribles cifras, y a pesar de la preocupaci&oacute;n te&oacute;rica -uno de los Objetivos del Milenio se compromet&iacute;a expl&iacute;citamente a mejorar la salud materna-, <a href="http://www.eldiario.es/agendapublica/impacto_social/Mutilacion-genital-femenina-justicia-universal_0_317768620.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">apenas se han experimentado avances</a> significativos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><h3 class="article-text"> &ldquo;No olvidar&eacute; el sonido de la cuchilla sobre mi piel&rdquo;</h3><p class="article-text">
        La somal&iacute; Asha Ismail es una m&aacute;s de las 140 millones de mujeres que seg&uacute;n la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud han sido v&iacute;ctimas de la mutilaci&oacute;n genital femenina. Su propia madre le mand&oacute; ir al mercado a por las cuchillas con las cortar&iacute;an para siempre una parte esencial de su ser. &ldquo;Me dijo que me iba a purificar, y yo estaba muy feliz&rdquo;. Sobre el suelo de barro de la cocina de su abuela, pronto descubri&oacute; que lo que estaba ocurriendo no era nada bueno. &ldquo;Nunca se me olvidar&aacute; el sonido de la cuchilla cortando mi piel&rdquo;. Los primeros d&iacute;as, Asha sangr&oacute; much&iacute;simo y sobrevivi&oacute; sin asistencia m&eacute;dica. Despu&eacute;s, el terror fue manifest&aacute;ndose en distintas fases de su crecimiento. &ldquo;Cuando me cur&eacute;, el simple hecho de ir al cuarto de ba&ntilde;o era lo peor del mundo, porque no sal&iacute;an m&aacute;s que gotitas&rdquo;. Despu&eacute;s, en la adolescencia, la menstruaci&oacute;n tampoco pod&iacute;a salir de forma normal, y las relaciones sexuales con su primer marido fueron una pesadilla de dolor. &ldquo;Llegu&eacute; a odiar el sexo&rdquo;, comenta.
    </p><p class="article-text">
        El nacimiento de su hija marc&oacute; un punto de inflexi&oacute;n en su vida. Los sufrimientos por los que ella hab&iacute;a pasado le hab&iacute;an hecho desear con todas sus fuerzas que esa criatura que estaba creciendo en su interior fuera un ni&ntilde;o. As&iacute;, no pasar&iacute;a por todos los maltratos infligidos a las ni&ntilde;as en su comunidad. En Mogadiscio, capital de Somalia, la peque&ntilde;a Hayat decidi&oacute; salir al mundo antes incluso de que aquel taxi llegara al hospital de Banadir. El parto fue dram&aacute;tico. La fuerza del beb&eacute; queriendo salir al exterior hizo saltar las cicatrices de Asha, aunque ya en esos momentos ella pensaba m&aacute;s all&aacute; que en su propio dolor. &ldquo;Cuando me la pusieron en brazos y vi que era una ni&ntilde;a llor&eacute; much&iacute;simo por todo lo que le podr&iacute;a esperar en su vida&rdquo;, recuerda emocionada. &ldquo;En ese momento decid&iacute; que ella <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/se-mueven/matrimonio_infantil-infancia-derechos_humanos-educacion_0_193180686.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">jam&aacute;s pasar&iacute;a por lo mismo que yo pas&eacute;</a>&rdquo;.
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        En la actualidad, Asha compagina su trabajo con las actividades de Save a Girl Save a Generation, una organizaci&oacute;n que ella misma fund&oacute; y que comenz&oacute; a gestarse &ldquo;el mismo d&iacute;a en que naci&oacute; su hija&rdquo;. Desde Espa&ntilde;a, a trav&eacute;s de su propia experiencia, lleva tiempo tratando de concienciar a la poblaci&oacute;n sobre el drama de la mutilaci&oacute;n genital femenina y otras lacras de las que las mujeres son v&iacute;ctima en el mundo.
    </p><h3 class="article-text">Luchar contra la tradici&oacute;n</h3><p class="article-text">
        Seg&uacute;n la OMS, la mutilaci&oacute;n genital femenina comprende &ldquo;todos los procedimientos que, de forma intencional y por motivos no m&eacute;dicos, alteran o lesionan los &oacute;rganos genitales femeninos&rdquo;. Esos motivos pueden ser culturales, religiosos o sociales. Muchas comunidades lo practican porque <a href="http://www.eldiario.es/catalunya/diarisolidaritat/mutilacion-femenina-violacion-tolerada-cotidiana_6_98400161.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">creen que purifica</a>, otros por la falsa creencia de que lo dicta el Islam, porque evita el deseo sexual de la mujer o simplemente por garantizar que la ni&ntilde;a pueda encontrar un marido y no sea <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/infancia/lucha-ablacion_0_225728301.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">repudiada </a>en su entorno. La unanimidad social de esta pr&aacute;ctica en muchos pa&iacute;ses -se calcula que est&aacute; presente en 29 pa&iacute;ses de &Aacute;frica y Oriente Medio- complica el trabajo en terreno. 
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        &ldquo;Es dif&iacute;cil atender los casos e intentar arreglarlos de forma que la persona entienda qu&eacute; est&aacute; ocurriendo y explic&aacute;rselo a las familias&rdquo;, afirma Patricia Lled&oacute;, referente de Ginecolog&iacute;a de M&eacute;dicos Sin Fronteras en Espa&ntilde;a. &ldquo;Nosotros ponemos mucho esfuerzo en explicar bien por qu&eacute; hacemos ciertas cosas, por qu&eacute; vamos a abrir la abertura de la vagina y por qu&eacute; no la vamos a recoser despu&eacute;s&rdquo;, explica. &ldquo;Adem&aacute;s de reparar en el d&iacute;a a d&iacute;a, intentamos impulsar el cambio en la educaci&oacute;n, en la cultura y en la sensibilizaci&oacute;n del problema a trav&eacute;s de mensajes a la comunidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La prohibici&oacute;n expresa de la ablaci&oacute;n en la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses africanos apenas ha solucionado el problema, que ha pasado a la clandestinidad. &ldquo;Las mutilaciones se llevan a cabo en secreto, en peores lugares y sin posibilidad de asistencia sanitaria&rdquo;, se&ntilde;ala Asha Ismail, que tuvo recientemente la oportunidad de comprobar c&oacute;mo esta pr&aacute;ctica sigue siendo generalizada incluso en la propia capital de Kenia, Nairobi, en barrios marginales donde no se cumplen las condiciones m&iacute;nimas de higiene. &ldquo;Muchas ni&ntilde;as mueren desangradas y ni siquiera hay constancia de su existencia ni de su muerte&rdquo;, se lamenta. &ldquo;Se convierten en ni&ntilde;as fantasma&rdquo;. La v&iacute;a penal, seg&uacute;n Asha, debe ser s&oacute;lo un complemento a algo mucho m&aacute;s eficaz: la educaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jon Cuesta]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/nina-llore-iba-esperar-vida_1_4499879.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Nov 2014 19:55:43 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA["Cuando vi que era una niña lloré; no quería que fuese mutilada"]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Ablación,Kenia,Somalia,Salud,Maternidad,Mutilación genital femenina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ser homosexual en África:  "Decían que iban a librarse del diablo con nuestra muerte"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/patrick-ugandes-decian-librarse-muerte_1_4793044.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3a4774e2-bf68-4231-b9a0-e699301eb3a4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Varios asistentes a una misa clandestina gay bailan al ritmo de la música en Nairobi, Kenia. \ Jon Cuesta"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">38 de los 54 países del continente criminalizan la homosexualidad en su legislación</p><p class="subtitle">Uganda, que aprobó en febrero la conocida como ley antigay, es uno de los peores países para ser homosexual por la persecución política y social</p><p class="subtitle">Cientos de ugandeses han huido del país desde comienzo de año y muchos de ellos recalan en el campo de refugiados de Kakuma, al noroeste de Kenia, donde su situación no es mucho mejor</p></div><p class="article-text">
        Patrick disfrutaba del d&iacute;a en compa&ntilde;&iacute;a de su novio en el interior de su peque&ntilde;o apartamento de una habitaci&oacute;n en Kampala, la capital de Uganda. Todo era perfecto hasta que un amigo suyo entr&oacute; por sorpresa en su casa sin avisar y se encontr&oacute; a la pareja en situaci&oacute;n cari&ntilde;osa e &iacute;ntima. &ldquo;A partir de ah&iacute; se desat&oacute; el infierno para nosotros&rdquo;, recuerda Patrick &ndash;nombre ficticio para proteger su seguridad&ndash;. El que era su amigo comenz&oacute; a gritar y a alertar a sus vecinos de la situaci&oacute;n. &ldquo;Dec&iacute;a que yo era el mismo diablo y que merec&iacute;a ser linchado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El bullicio atrajo al lugar al propietario de la casa, que viv&iacute;a en la zona, mientras muchos residentes del barrio se acercaban y le insultaban por haber alquilado su propiedad a un homosexual. &ldquo;Para intentar limpiar su nombre, el due&ntilde;o se justific&oacute; diciendo que nunca hab&iacute;a sabido que &eacute;ramos gays y que pod&iacute;an prendernos fuego, pero lejos de su apartamento&rdquo;. La multitud, contagiada por un ataque de ira colectivo, forz&oacute; a la pareja a quitarse la ropa hasta dejarles completamente desnudos. &ldquo;Nos ataron juntos, espalda con espalda, y nos arrojaron un l&iacute;quido que por su olor enseguida identifiqu&eacute; como queroseno&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Patrick, consciente de su destino, comenz&oacute; a rezar a la espera de que el odio de sus vecinos acabara con su vida y tambi&eacute;n con la de su chico. Entonces, uno de los l&iacute;deres del espont&aacute;neo grupo les prendi&oacute; fuego. &ldquo;La gente gritaba que iban a librarse del diablo con nuestra muerte&rdquo;, relata. Una patrulla de la polic&iacute;a que pasaba por all&iacute; se acerc&oacute; al ver el alboroto y ayud&oacute; a apagar las llamas que se extend&iacute;an r&aacute;pidamente por los cuerpos desnudos de las v&iacute;ctimas. Parad&oacute;jicamente, las fuerzas del orden no ten&iacute;an intenci&oacute;n de detener a los agresores. Los polic&iacute;as arrojaron a Patrick y a su pareja a la parte trasera del veh&iacute;culo policial. Estaban arrestados, pero al menos segu&iacute;an vivos.
    </p><p class="article-text">
        Ambos fueron trasladados al cuartel militar de Mbuya, situado en una colina al sureste de Kampala, donde fueron interrogados y torturados durante dos meses. &ldquo;Una noche, un soldado me sac&oacute; de la celda y me at&oacute; los test&iacute;culos a un ladrillo&rdquo;, recuerda. &ldquo;Me dijo que nos los necesitar&iacute;a m&aacute;s porque iba a morir pronto&rdquo;. D&iacute;as despu&eacute;s, Patrick observ&oacute; que un conocido de su misma tribu trabajaba como vigilante en el cuartel y consigui&oacute; idear un plan para escapar de all&iacute; y llegar a Kenia. Hoy d&iacute;a sobrevive en el campo de refugiados de Kakuma, aunque busca la manera de ser reubicado en otro lugar. &ldquo;Aqu&iacute; he sufrido ya varios ataques porque todos saben que soy gay&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Peligro legal y social</h3><p class="article-text">
        En &Aacute;frica, 38 de los 54 pa&iacute;ses del continente castigan penalmente la homosexualidad y la pena de muerte es aplicada en pa&iacute;ses como Mauritania, Sud&aacute;n, Somalia y algunos estados de Nigeria. Los gobiernos nigeriano y ugand&eacute;s han sido recientemente los &uacute;ltimos en aprobar leyes represivas y hom&oacute;fobas contra este colectivo. En Nigeria, ser gay o lesbiana puede llevarte a la c&aacute;rcel durante 14 a&ntilde;os y en Uganda puede incluso suponer la cadena perpetua. 
    </p><p class="article-text">
        Aunque, seg&uacute;n Eric Gitari, abogado especializado en derechos humanos y director de la Comisi&oacute;n Nacional de los Derechos Humanos de Gays y Lesbianas en Kenia, las leyes no son lo m&aacute;s peligroso. &ldquo;Los mayores riesgos no son los ataques por parte del Estado ni los arrestos, sino la violencia, el acoso y la discriminaci&oacute;n de la propia sociedad&rdquo;, explica Gitari. &ldquo;Est&aacute;n justificados por una ley inexistente que dice que somos criminales, y por una clase pol&iacute;tica que decide utilizar su tiempo en el Parlamento para discutir lo que la gente puede y no puede hacer en la privacidad de sus dormitorios&rdquo;.
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        En Kenia, la homosexualidad no est&aacute; aceptada, aunque gays y lesbianas viven m&aacute;s tranquilos que en su vecina Uganda. Por ello, antes incluso de que el presidente de Uganda, Yoweri Museveni, promulgara en febrero de este a&ntilde;o la ley antigay, el clima hostil hab&iacute;a forzado ya a muchos ugandeses a abandonar su pa&iacute;s y buscar en Kenia un lugar seguro como refugiado por orientaci&oacute;n sexual. Es el caso de Nick, un joven de 28 a&ntilde;os cuyo nombre apareci&oacute; en las famosas listas negras de homosexuales publicadas por los peri&oacute;dicos ugandeses con el objetivo de estigmatizar y perseguir al colectivo. &ldquo;Mi propia familia me denunci&oacute; por ser gay&rdquo;, recuerda. &ldquo;Fui acosado, detenido y la polic&iacute;a me viol&oacute; dentro de la c&aacute;rcel&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Como muchos, Nick consigui&oacute; llegar a Nairobi con el objetivo de pedir asilo en alg&uacute;n pa&iacute;s occidental y escapar del horror. Desde marzo de 2013 pasa sus d&iacute;as en el campo de refugiados de Kakuma, un &aacute;rido territorio al noroeste de Kenia. All&iacute;, m&aacute;s de 150.000 refugiados &ndash;la mayor&iacute;a procedentes de las guerras de Somalia y Sud&aacute;n del Sur&ndash; sobreviven a las duras condiciones y al hambre. Pero, para quienes est&aacute;n all&iacute; por motivos de orientaci&oacute;n sexual, a todos esos ingredientes hay que sumar el acoso y la violencia del resto de refugiados. &ldquo;Las condiciones no son distintas a las de mi pa&iacute;s&rdquo;, comenta Nick. &ldquo;La gente aqu&iacute; es muy hom&oacute;foba y sufro ataques continuos tanto de los refugiados como de la propia polic&iacute;a&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Eric Gitari, director de la Comisi&oacute;n Nacional de los Derechos Humanos de Gays y Lesbianas en Kenia, pudo comprobar en primera persona la situaci&oacute;n del colectivo de refugiados por orientaci&oacute;n  sexual en Kakuma en una reciente visita al lugar. &ldquo;En los campos, la polic&iacute;a acosa sexualmente y viola a los homosexuales. El a&ntilde;o pasado hubo tres muertes no investigadas, y cuando yo estuve en el campo uno m&aacute;s fue envenenado y muri&oacute;&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Iglesia y homosexualidad</h3><p class="article-text">
        La presi&oacute;n eclesi&aacute;stica ha sido uno de los principales puntos de apoyo del presidente ugand&eacute;s a la hora de impulsar esta renovada presi&oacute;n hacia los homosexuales. Buen conocedor de ello es el padre Anthony Musaala, un famoso saderdote ugand&eacute;s que fue expulsado de la Iglesia Cat&oacute;lica de su pa&iacute;s el a&ntilde;o pasado por escribir una carta p&uacute;blica en la que destapaba esc&aacute;ndalos en el seno de la Iglesia. Entre ellos, Musaala hablaba de hijos secretos de sacerdotes, abusos sexuales a menores y de su propia experiencia personal: con 16 a&ntilde;os, sufri&oacute; abusos mientras viv&iacute;a interno en un colegio cat&oacute;lico en Uganda.
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                </figure><p class="article-text">
        El padre Musaala fue denostado en su pa&iacute;s y acusado de homosexual. Su fotograf&iacute;a fue publicada junto a la de otras tres personas en portada del peri&oacute;dico ugand&eacute;s Red Pepper d&iacute;as despu&eacute;s de la promulgaci&oacute;n de la ley antigay, en febrero de este a&ntilde;o. &ldquo;Soy una de las personas m&aacute;s buscadas en Uganda y he tenido que huir porque mi vida corre peligro&rdquo;, comenta. 
    </p><p class="article-text">
        Es domingo, y nos lo encontramos celebrando una misa clandestina a las afueras de Nairobi, capital de Kenia. No es una ceremonia cualquiera. La m&uacute;sica no para de sonar y los participantes bailan y cantan al ritmo de las indicaciones del padre Musaala. La mayor&iacute;a de los asistentes son refugiados gays que han huido de Uganda y necesitan compartir sus problemas e inquietudes. &ldquo;Son gente rechazada por la sociedad y por su propia familia, y trato de darles &aacute;nimos, consejos y toda la ayuda que necesitan&rdquo;, dice Musaala. La misa, que tiene lugar en una peque&ntilde;a habitaci&oacute;n de un viejo edificio, es un espacio de libertad donde los asistentes pueden ser ellos mismos sin tener que esconderse.
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                </figure><p class="article-text">
        Yassin Senyonga tiene 31 a&ntilde;os y acude a la cita dominical con el padre Musaala y el resto de colegas, que, como &eacute;l, se refugian por el mero hecho de querer a una persona de su mismo sexo. En Uganda, Yassin ten&iacute;a su vida encarrilada. Tranquilidad, un buen trabajo como dise&ntilde;ador de interiores en una empresa de Kampala y su pareja, Eric, con el que llevaba saliendo cuatro a&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        Un buen d&iacute;a, en el trabajo le avisaron de que Eric hab&iacute;a sido agredido y detenido por la polic&iacute;a, y que tambi&eacute;n le buscaban a &eacute;l. Sin poder hacer las maletas, Yassin corri&oacute; a un lugar seguro para esconderse. En su hu&iacute;da llam&oacute; a su madre, pero tuvo que cortar la llamada antes de tiempo. &ldquo;Me dijo que era un marginado social y el culpable de traer la enfermedad a la familia&rdquo;. Ahora malvive en Nairobi con una peque&ntilde;a paga que le proporciona ACNUR, la agencia de Naciones Unidas para los Refugiados. Su sue&ntilde;o es pedir asilo en Canad&aacute; o alg&uacute;n pa&iacute;s europeo, aunque su destino, como el de tantos y tantos como &eacute;l, es totalmente incierto. &ldquo;Solo deseo recuperar mi vida&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jon Cuesta]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/patrick-ugandes-decian-librarse-muerte_1_4793044.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Jun 2014 19:12:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ser homosexual en África:  "Decían que iban a librarse del diablo con nuestra muerte"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Homosexualidad,LGTBI]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Laetitia, la tutsi secuestrada que no supo durante años que el genocidio había acabado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/laetitia-tutsi-secuestrada-anos-ruanda_1_4822885.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4735b5c5-d509-4eb6-8755-749fd600108e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Laetitia, la tutsi secuestrada que no supo durante años que el genocidio había acabado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tenía 7 años cuando comenzó el genocidio y huyó de su pueblo al sur del país tras el asesinato de sus padres y sus once hermanos</p><p class="subtitle">Durante las matanzas de 1994, fue secuestrada por un hutu y estuvo retenida durante 10 años en los que fue violada y tuvo tres hijos con su captor</p><p class="subtitle">"Me resulta muy difícil pensar en la manera de explicar a mis hijos la historia"</p></div><p class="article-text">
        La encontramos sentada en una silla. Se muestra sosegada, tranquila, aliviada. Sabe que la vida ya no puede maltratarla m&aacute;s. El destino ser&aacute; incapaz de deparar m&aacute;s sufrimiento que el de sus propios recuerdos. Sus ojos, cansados quiz&aacute; de ver tanto horror, dejaron hace tiempo de funcionar, como un mecanismo de protecci&oacute;n ante la realidad. Ella se empe&ntilde;a en seguir viendo, aunque sea a trav&eacute;s del tacto, y tras pedirme que me acerque, pasa sus manos lentamente por mi cara. &ldquo;Pareces un chico guapo&rdquo;, me dice. Enciendo la grabadora. Ambos estamos ya listos para conversar.
    </p><p class="article-text">
        Antes del fat&iacute;dico genocidio que arras&oacute; Ruanda en 1994, Laetitia Umuraza era una ni&ntilde;a de 7 a&ntilde;os que viv&iacute;a junto a sus once hermanos en la regi&oacute;n de Nyaruguru, muy cerca de la frontera con Burundi, en una zona muy monta&ntilde;osa y eminentemente agr&iacute;cola. All&iacute;, al sur del pa&iacute;s, la gran parte de la poblaci&oacute;n era tutsi, aunque nunca hab&iacute;an existido conflictos de car&aacute;cter &eacute;tnico. &ldquo;Todos viv&iacute;amos juntos y sin ning&uacute;n problema&rdquo;, recuerda Laetitia. &ldquo;Recuerdo que antes de que empezara el genocidio yo ni siquiera sab&iacute;a si era tutsi o hutu&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Laetitia era la m&aacute;s joven de sus hermanos, y justo antes de desatarse la masacre a gran escala acud&iacute;a a diario a clase de primer curso en la escuela primaria. &ldquo;Siempre estaba feliz, y pensaba que mis padres, mis vecinos y mis amigos estar&iacute;an siempre all&iacute;, conmigo&rdquo;. A pesar de los conflictos espor&aacute;dicos que hab&iacute;an existido hist&oacute;ricamente desde 1959 entre los hutus y los tutsis, la convivencia era pac&iacute;fica y nada hacia presagiar lo que estar&iacute;a por llegar tras el mi&eacute;rcoles 6 de abril de 1994. 
    </p><p class="article-text">
        Esa noche, el presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, regresaba en un avi&oacute;n Dassault Falcon-50, propiedad del gobierno ruand&eacute;s, de firmar los acuerdos de paz de Arusha que supuestamente har&iacute;an compartir el poder a hutus y tutsis para acabar con el conflicto b&eacute;lico de a&ntilde;os atr&aacute;s. Hacia las 8.20 horas, dos proyectiles impactaron en el avi&oacute;n cuando &eacute;ste se dispon&iacute;a a aterrizar en el aeropuerto de Kigali. No hubo supervivientes, y el asesinato fue atribuido a rebeldes del Frente Patri&oacute;tico Ruand&eacute;s. Todos los tutsis de Ruanda deb&iacute;an ser exterminados.
    </p><p class="article-text">
        Las matanzas comenzaron en la capital, Kigali. Decenas de miles murieron durante los primeros d&iacute;as a manos de soldados del Gobierno, milicias de la llamada 'interahamwe' -&ldquo;los que luchan juntos&rdquo;, en kinyaruand&eacute;s- y ciudadanos an&oacute;nimos, jaleados por los discursos incendiarios de la radio RTLM y una locura asesina colectiva.
    </p><p class="article-text">
        En las &aacute;reas rurales, el efecto contagio no tard&oacute; en llegar. En esos primeros d&iacute;as, Laetitia fue a hacer unas compras a la zona de Muyogoro. &ldquo;Cuando volv&iacute; a casa, encontr&eacute; los cad&aacute;veres de toda mi familia en la entrada&rdquo;. Sus padres y todos sus hermanos acababan de ser asesinados por un grupo de unas 30 personas. En su aldea, casi toda la poblaci&oacute;n tutsi hab&iacute;a sido exterminada. Comenzaba su terrible huida hacia ninguna parte.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Sal&iacute; corriendo sin saber a d&oacute;nde ir, tratando de unirme a los pocos supervivientes que trataban de escapar de los asesinos y llegar a la capital, donde cre&iacute;an que estar&iacute;an m&aacute;s seguros&rdquo;. Por el camino, la peque&ntilde;a de siete a&ntilde;os fue violada varias veces. &ldquo;En el camino vi c&oacute;mo tiraban los cuerpos muertos de los tutsis a los r&iacute;os, y yo misma fui golpeada en muchas ocasiones en la espalda y la cabeza&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">La pesadilla paralela</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Cuando lleg&oacute; a Kigali, Laetitia se top&oacute; con un miliciano hutu de unos 50 a&ntilde;os. &ldquo;Me dijo que me iba a ayudar, que &eacute;l me esconder&iacute;a en su casa para que estuviera a salvo&rdquo;. El genocidio segu&iacute;a ah&iacute; fuera su endiablado ritmo de m&aacute;s de 300 asesinatos por hora, 5 cada minuto. Pero Laetitia viv&iacute;a su propia pesadilla, un encierro contra su voluntad en el que el miedo a morir atenazaba sus deseos de escapar. &ldquo;&Eacute;l me dec&iacute;a que si sal&iacute;a de la casa me matar&iacute;an&rdquo;, explica.
    </p><p class="article-text">
        La espiral asesina finaliz&oacute; en junio de 1994, cuando el Frente Patri&oacute;tico Ruand&eacute;s, liderado por el actual presidente de Ruanda, Paul Kagame, alcanz&oacute; la capital y se hizo con el control del pa&iacute;s. Seg&uacute;n c&aacute;lculos de la ONU, entre 800.000 y un mill&oacute;n de personas, la mayor&iacute;a tutsis y hutus moderados, perecieron en el genocidio m&aacute;s sangriento y r&aacute;pido de la historia reciente.
    </p><p class="article-text">
        Pero Laetitia, aislada y retenida en una peque&ntilde;a casa, ignoraba que todo hab&iacute;a terminado y segu&iacute;a sometida al miliciano, su secuestrador. Durante diez terribles a&ntilde;os, la peque&ntilde;a ni&ntilde;a de siete a&ntilde;os apenas vio la luz del sol y creci&oacute; junto a su verdugo hasta alcanzar casi la mayor&iacute;a de edad. No recibi&oacute; educaci&oacute;n. Tuvo que ir aprendiendo seg&uacute;n las circunstancias. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Recuerdo la primera vez que me vino la menstruaci&oacute;n. No sab&iacute;a qu&eacute; era aquello, y me asust&eacute; much&iacute;simo&rdquo;. Las violaciones sexuales eran constantes. Fruto de ello, Laetitia tuvo tres hijos con su captor y contraj&oacute; el virus del VIH. &ldquo;Durante mucho tiempo, s&oacute;lo quer&iacute;a morirme&rdquo;, confiesa. Su primog&eacute;nito naci&oacute; en el sexto a&ntilde;o de secuestro, cuando ella ten&iacute;a 13 a&ntilde;os. Poco despu&eacute;s vendr&iacute;an los otros dos.
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                </figure><h3 class="article-text">&ldquo;No s&eacute; c&oacute;mo contar esta historia a mis hijos&rdquo; </h3><p class="article-text">
        En 2005, el Gobierno estaba estrechando el cerco sobre posibles responsables del genocidio y el secuestrador, asustado, decidi&oacute; huir del pa&iacute;s. Laetitia, que ignoraba que los asesinatos hab&iacute;an finalizado 11 a&ntilde;os antes, estaba aterrorizada. &ldquo;Ten&iacute;a miedo de salir de casa, pero llevaba d&iacute;as sin comer nada y sal&iacute; en busca de comida&rdquo;. En su camino, se encontr&oacute; con un grupo de mujeres que le explicaron que estaba a salvo, que el genocidio hab&iacute;a terminado hac&iacute;a a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        El cautiverio dej&oacute; en Laetitia unas secuelas ps&iacute;quicas y f&iacute;sicas evidentes. Hace poco perdi&oacute; la visi&oacute;n, probablemente debido a su pobre alimentaci&oacute;n durante el secuestro y por los efectos secundarios de la terapia antirretroviral contra el virus del sida. Camina con dificultad y se agota f&aacute;cilmente, pero re&uacute;ne las fuerzas suficientes para cortar unas patatas, echarlas al fuego e invitarnos a comer junto a ella y sus hijos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me resulta muy dif&iacute;cil pensar en la manera de explicar a mis hijos la historia&rdquo;, confiesa. &ldquo;Soy incapaz de explicarles qui&eacute;nes son, no puedo cont&aacute;rselo&rdquo;, reflexiona. &ldquo;Quiz&aacute; cuando sean mayores quieran descubrirlo por ellos mismos&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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      <dc:creator><![CDATA[Jon Cuesta]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/laetitia-tutsi-secuestrada-anos-ruanda_1_4822885.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Jun 2014 18:50:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Laetitia, la tutsi secuestrada que no supo durante años que el genocidio había acabado]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El héroe del genocidio ruandés: "En Ruanda me quieren vivo o muerto"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/paul-rusesabagina-genocidio-ruanda-quieren_1_4886262.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/945321e7-4abb-449a-8c8b-4e66d51abd0a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El héroe del genocidio ruandés: &quot;En Ruanda me quieren vivo o muerto&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Entrevista a Paul Rusesabagina en cuya historia se inspiró la película 'Hotel Ruanda' que, sin embargo, es una de las persona más odiadas del régimen de Kagame</p><p class="subtitle">Durante el genocidio Rusesabagina refugió en el hotel Des Milles Collines a 1.268 personas tutsis que lograron salir vivas de la masacre</p><p class="subtitle">Él era  hutu, aunque estaba casado con una mujer tutsi, lo que le convertía en  un traidor. Después del genocidio, tuvo que huir de Ruanda en 1996 tras haber criticado al Gobierno tutsi y recibir amenazas de muerte</p></div><p class="article-text">
        Paul Rusesabagina conduc&iacute;a por la nacional cuatro camino de Bruselas cuando un coche rojo con cinco africanos en su interior le adelant&oacute; a toda velocidad. Tras ponerse delante de su coche, redujeron bruscamente la marcha. &ldquo;Trat&eacute; de adelantarles, pero cada vez que lo hac&iacute;a cambiaban el sentido para imped&iacute;rmelo&rdquo;. Finalmente, volvieron a disminuir la marcha y le indicaron que pasara. Paul invadi&oacute; el carril contrario para adelantar y el coche rojo volvi&oacute; a acelerar, imposibilitando la maniobra de adelantamiento. &ldquo;Me estrell&eacute; contra un cami&oacute;n y mi coche qued&oacute; totalmente destrozado&rdquo;, recuerda. &ldquo;Escap&eacute; de la muerte de puro milagro&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Han pasado ya 20 a&ntilde;os del genocidio de Ruanda, y tambi&eacute;n se cumplen 20 a&ntilde;os desde que Paul Rusesabagina ha estado esquivando la muerte. La historia de Rusesabagina, que hoy tiene 59 a&ntilde;os, inspir&oacute; &lsquo;Hotel Ruanda&rsquo;, quiz&aacute; la pel&iacute;cula m&aacute;s famosa sobre el genocidio ruand&eacute;s. En el infierno del 94, Paul sali&oacute; vivo de aquella masacre de muerte y destrucci&oacute;n. Dos a&ntilde;os despu&eacute;s, tuvo que hacer las maletas y marcharse de Ruanda por hablar m&aacute;s de la cuenta sobre las actividades del Gobierno. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hubo un genocidio, pero eso no es raz&oacute;n suficiente para no hablar de otras personas que tambi&eacute;n fueron asesinadas&rdquo;, sostiene. &ldquo;Muchos hutus fueron asesinados antes, durante y despu&eacute;s del genocidio. M&aacute;s de 350.000 refugiados hutus fueron asesinados en Congo. Y toda esa gente hoy no tiene ning&uacute;n derecho a recordar y honrar a sus muertos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nos recibe en su residencia de Bruselas junto a su mujer. Es amable, sosegado y conversador, y a pesar de que ha debido contestar las mismas preguntas millones de veces, nos responde como si fuera la primera vez. &ldquo;El ej&eacute;rcito tutsi se escuda en que eran operaciones para eliminar a los responsables del genocidio&rdquo;, le comento. &ldquo;En los campos de refugiados del Congo los soldados tutsis del RPF no mataron a los genocidas, supuestamente j&oacute;venes y fuertes. Mataron ancianos, mujeres, ni&ntilde;os y gente enferma&rdquo;, replica. &ldquo;&Eacute;sos no son los genocidas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tras huir de Ruanda, Rusesabagina lleg&oacute; junto a su familia a Bruselas, donde pidi&oacute; asilo pol&iacute;tico y vivi&oacute; durante 15 a&ntilde;os. En ese tiempo, su casa fue allanada en cinco ocasiones y casi fallece en un extra&ntilde;o accidente de coche. Desde hace unos a&ntilde;os, se refugia en Texas, Estados Unidos. &ldquo;Tenemos un Gobierno que nos persigue en el exilio para matarnos&rdquo;, explica. La lista de asesinatos es larga. La &uacute;ltima v&iacute;ctima se cobr&oacute; a comienzos de a&ntilde;o, cuando Patrick Karegeya, antiguo jefe de los servicios de inteligencia ruandeses, apareci&oacute; estrangulado en su habitaci&oacute;n de hotel en Johannesburgo, Sud&aacute;frica, donde estaba exiliado.
    </p><p class="article-text">
        Tanto Estados Unidos como B&eacute;lgica, entre otros, evidencian la gran contradicci&oacute;n de la comunidad internacional. Por un lado, apoyan al presidente Paul Kagame y cuidan la relaci&oacute;n con el pa&iacute;s. Por el otro, conceden asilo pol&iacute;tico a refugiados que huyen de ese r&eacute;gimen. &ldquo;Los impuestos de los europeos y los norteamericanos est&aacute;n financiando una dictadura&rdquo;, sostiene Rusesabagina. &ldquo;No hay libertad de prensa, ni de expresi&oacute;n, ni espacio pol&iacute;tico. Se vulneran los derechos humanos. Pero la comunidad internacional se siente culpable por lo que ocurri&oacute; en 1994, y Kagame juega con esa culpa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Le preguntamos si cree que Ruanda le conceder&iacute;a un visado en caso de que &eacute;l decidiera volver. &ldquo;Si voy a la embajada ahora mismo y pido un visado, me lo sellar&iacute;an inmediatamente&rdquo;, afirma sin titubear. &ldquo;Me quieren vivo o muerto&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><h3 class="article-text">'Efecto Hollywood'</h3><p class="article-text">
        <strong>'Efecto Hollywood'</strong>Rusesabagina es un hombre extraordinariamente corriente, un h&eacute;roe quiz&aacute; magnificado por Hollywood y la pel&iacute;cula 'Hotel Ruanda' -basada en su historia-, pero un h&eacute;roe, al fin y al cabo, entre tantos hombres y mujeres an&oacute;nimos que tambi&eacute;n trataron de ayudar y cuya historia no se llev&oacute; al cine o simplemente nunca se conoci&oacute; por irse a la tumba junto a sus due&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        'Hotel Ruanda' es s&oacute;lo una pel&iacute;cula, y como tal cuenta una historia basada en hechos reales pero maquillada para adaptarla al molde de largometraje nominado al &Oacute;scar. &ldquo;&iquest;Har&iacute;a falta rodar una segunda parte de la pel&iacute;cula?&rdquo;, le pregunto. &ldquo;Ser&iacute;a necesario hacerla para contar qu&eacute; est&aacute; pasando hoy en Ruanda y tambi&eacute;n en Congo, pero no creo que el Gobierno ruand&eacute;s lo permitiera&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Durante los tres meses que dur&oacute; el genocidio de 1994, Rusesabagina refugi&oacute; en el hotel Des Milles Collines a 1.268 personas. 1.268 seres humanos que se libraron de morir a machetazos gracias a una mezcla de buena suerte, ayuda divina y capacidad negociadora de Paul. Tras el genocidio, en julio de 1994, la bonita historia oficial -tambi&eacute;n reflejada en el famoso largometraje- fue escrita por los rebeldes tutsis, que liberaron Kigali de genocidas y recuperaron el mando del pa&iacute;s rescatando por el camino a los pocos hermanos tutsis que hab&iacute;an sobrevivido. 
    </p><p class="article-text">
        La salvaci&oacute;n, encabezada por un joven de 36 a&ntilde;os llamado Paul Kagame, dej&oacute; miles de muertos hutus, venganza y una feroz dictadura que arras&oacute; a cientos de miles de inocentes refugiados en la antigua Zaire (hoy Rep&uacute;blica Democr&aacute;tica del Congo). &ldquo;En Ruanda siempre hemos aplicado la justicia del ganador&rdquo;, lamenta Paul. &ldquo;Siempre hemos buscado las soluciones a nuestros conflictos mediante las armas&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">El d&iacute;a que cambi&oacute; todo</h3><p class="article-text">
        <strong>El d&iacute;a que cambi&oacute; todo</strong>En la noche del 6 de abril de 1994, Paul Rusesabagina estaba cenando con su cu&ntilde;ado, Thomas, y la mujer de &eacute;ste, en la terraza del hotel Diplomat, en Kigali, donde Paul trabajaba como director. Era un d&iacute;a feliz. Su cu&ntilde;ada se hab&iacute;a graduado en la universidad y acababa de conseguir un empleo como vendedora de coches para una compa&ntilde;&iacute;a holandesa. Taciana, su mujer, no hab&iacute;a podido acudir a la celebraci&oacute;n y estaba en casa. &ldquo;Viv&iacute;amos cerca del aeropuerto, y escuch&oacute; varios misiles impactando en un avi&oacute;n&rdquo;. Inmediatamente, Taciana llam&oacute; a Paul y le pidi&oacute; que volviera a casa enseguida. &ldquo;Dejamos la comida, nos levantamos y nos fuimos hacia el aparcamiento para coger nuestros coches&rdquo;, recuerda Paul. &ldquo;Les dije a mis cu&ntilde;ados que se fueran a casa, que nos ver&iacute;amos el d&iacute;a siguiente. Lamentablemente, el d&iacute;a siguiente nunca lleg&oacute;&rdquo;. Jam&aacute;s volvi&oacute; a verlos y todav&iacute;a hoy no sabe d&oacute;nde quedaron abandonados sus cad&aacute;veres.
    </p><p class="article-text">
        El presidente hutu, Juv&eacute;nal Habyarimana, acababa de ser asesinado momentos antes de que su avi&oacute;n aterrizara en el Aeropuerto Internacional de Kigali. La noticia corri&oacute; como la p&oacute;lvora, y una furia asesina de venganza invadi&oacute; la capital de Ruanda y despu&eacute;s, el resto del pa&iacute;s. Todo hac&iacute;a pensar que los rebeldes tutsis, liderados por Paul Kagame, estaban detr&aacute;s del atentado, y la maquinaria genocida promovida por el poder hutu y la propaganda gubernamental llamaba a todos los ciudadanos hutus a coger los machetes y despedazar a sus vecinos tutsis y sus c&oacute;mplices.
    </p><p class="article-text">
        El documento de identidad &eacute;tnico de Paul Rusesabagina dec&iacute;a que era hutu, aunque estaba casado con una mujer tutsi, lo que le convert&iacute;a en un traidor y le colocaba en el punto de mira. &ldquo;Nos quedamos en casa esa noche, y la ma&ntilde;ana siguiente muchos de nuestros vecinos hab&iacute;an sido asesinados a machetazos&rdquo;. Rusesabagina orden&oacute; a sus hijos que no salieran de casa, aunque uno de ellos hizo caso omiso y sali&oacute; para visitar a su amigo, que viv&iacute;a cerca. &ldquo;Cuando lleg&oacute;, su amigo acababa de ser asesinado junto a su madre y seis hermanas&rdquo;, cuenta Paul. &ldquo;Mi hijo volvi&oacute;, se meti&oacute; en su habitaci&oacute;n y estuvo muchos d&iacute;as sin decir una sola palabra&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La buena reputaci&oacute;n de Paul y su posici&oacute;n -uno de los pocos directores ruandeses en una gran compa&ntilde;&iacute;a europea- hizo que muchos vecinos acudieran a su casa y le rogaran un sitio donde esconderse. &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; pensaban tus vecinos que estar&iacute;an a salvo en tu casa?&rdquo;, le preguntamos. &ldquo;Esa es una pregunta que nunca he sido capaz de responder&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s siguieron 76 d&iacute;as de atrincheramiento en un hotel convertido en campo de refugiados, acosado por las milicias interahamwe y con falta de alimentos y agua para abastecer a tanta gente. Paul hab&iacute;a agotado todos los contactos, el buen champagne y el dinero con el que convenc&iacute;a una y otra vez a los l&iacute;deres del genocidio de que no tocaran el hotel. &ldquo;Llegu&eacute; a perder la esperanza&rdquo;, recuerda. Pero el milagro se obr&oacute;, y tras el final del genocidio el hotel Des Milles Collines hab&iacute;a sido uno de los pocos lugares del pa&iacute;s donde no hubo asesinatos.
    </p><h3 class="article-text">Falsa reconciliaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        <strong>Falsa reconciliaci&oacute;n</strong>Hoy, Ruanda vive una tensa calma. Todos se llenan la boca con palabras como perd&oacute;n, reconciliaci&oacute;n, convivencia. Es la versi&oacute;n del Gobierno, la &uacute;nica versi&oacute;n moral y legalmente admitida. Es eso o el silencio. &ldquo;Temo a mis compatriotas cuando no hablan, es como un volc&aacute;n a punto de entrar en erupci&oacute;n&rdquo;, comenta. &ldquo;La historia nunca nos ense&ntilde;a las lecciones&rdquo;, afirma mientras retrocede dos d&eacute;cadas hasta el punto de inflexi&oacute;n de la historia ruandesa. &ldquo;En 1994, los hutus concentraban orgullosos el control. Despu&eacute;s del genocidio pas&oacute; a manos de los tutsis, y hoy &eacute;stos mantienen el poder sin compartirlo. Mientras unos y otros no se sienten alrededor de una mesa, lleven all&iacute; todos los problemas y toda la verdad de lo que pas&oacute;, y tras ello apliquen una justicia real e igualitaria, para m&iacute; la reconciliaci&oacute;n ni siquiera habr&aacute; empezado&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jon Cuesta]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/paul-rusesabagina-genocidio-ruanda-quieren_1_4886262.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 13 May 2014 18:21:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El héroe del genocidio ruandés: "En Ruanda me quieren vivo o muerto"]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La voz del genocidio ruandés: "Decíamos que eran los enemigos, que no debíamos vivir con ellos"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/voz-masacre-gesto-traves-radio_1_4917042.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6e408b55-399d-44fe-970c-907acf8e3295_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La voz del genocidio ruandés: &quot;Decíamos que eran los enemigos, que no debíamos vivir con ellos&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Entrevistamos en una prisión ruandesa a Valerie Bemeriki, una de las presentadoras de la radio que incitó al odio en el genocidio de Ruanda, condenada a cadena perpetua</p><p class="subtitle">"En el colegio nos enseñaban a odiar a los tutsis. Nos decían que cuando recuperaran el control del país nos exterminarían"</p><p class="subtitle">"Cuando naces y creces en ese entorno, es difícil distinguir entre el bien y el mal"</p></div><p class="article-text">
        Era un d&iacute;a normal de mayo de 1994 en Kigali. Los cad&aacute;veres se amontonaban con una terror&iacute;fica naturalidad, y la muerte se hab&iacute;a normalizado de tal manera que formaba ya parte del paisaje cotidiano en la capital de Ruanda. Valerie Bemeriki, una de las presentadoras estrella de la Radio Television Libre Des Mille Collines, ten&iacute;a por aquel entonces 38 a&ntilde;os, y fue personalmente a felicitar a un grupo de j&oacute;venes que hab&iacute;an masacrado a toda una familia tutsi. &ldquo;Vuestro trabajo es un ejemplo para la juventud&rdquo;, les dijo. &ldquo;Era necesario matar a esta gente y lo hicisteis&rdquo;. Solamente ten&iacute;a una queja. El padre de la familia hab&iacute;a sido asesinado de un tiro en la cabeza. &ldquo;Deber&iacute;ais haberle cortado en pedazos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, 20 a&ntilde;os despu&eacute;s, una se&ntilde;ora bajita de mal aspecto camina con dificultad por el patio de la prisi&oacute;n central de Kigali, apoyada en un bast&oacute;n. Calza unas zapatillas deportivas y viste un uniforme naranja, el mismo color que llevar&aacute; todos los d&iacute;as de su vida hasta que la muerte le libere de la cadena perpetua. Valerie Bemeriki pasa las horas encerrada en este lugar desde 1999, a&ntilde;o en que fue detenida en el sur de Kivu, en la Rep&uacute;blica Democr&aacute;tica del Congo, y trasladada a Ruanda bajo acusaciones de planificaci&oacute;n de genocidio, incitaci&oacute;n a la violencia y complicidad en varios asesinatos. Bemeriki se escond&iacute;a en el pa&iacute;s vecino desde julio de 1994, cuando se vio obligada a huir de Ruanda despu&eacute;s de que Paul Kagame y las tropas del Frente Patri&oacute;tico Ruand&eacute;s ocuparan el pa&iacute;s y pusieran fin al genocidio. Hasta el momento de su detenci&oacute;n, Bemeriki estaba incluida en la lista 100 personas m&aacute;s buscadas que el Gobierno elabor&oacute; tras el genocidio ruand&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        A pesar de su gesto agrio y de una infecci&oacute;n labial que le dibuja si cabe un aspecto m&aacute;s desagradable, es complicado imagin&aacute;rsela alentando a sus oyentes a coger los machetes. No queda rastro de esa l&iacute;der medi&aacute;tica que interrump&iacute;a los espacios radiof&oacute;nicos de m&uacute;sica moderna de la emisora RTLM para animar a los radioyentes a salir a matar a sus vecinos. No hay se&ntilde;al de esa presentadora que le&iacute;a en antena listados con nombres y apellidos de 'inyenzi' &ndash;'cucarachas', en ruand&eacute;s&ndash; para condenar a cientos de seres humanos a una muerte segura. Que desvelaba direcciones de las v&iacute;ctimas y los lugares donde se escond&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Realmente estabas de acuerdo con los mensajes que dabas a tu audiencia?&rdquo;, preguntamos. Valerie Bemeriki responde r&aacute;pido, como si fuera una respuesta aprendida que ha tenido que responder en mil ocasiones. &ldquo;Desde que ten&iacute;a 4 a&ntilde;os, en el colegio, nos ense&ntilde;aban a odiar a los tutsis. Nos dec&iacute;an que no nos quer&iacute;an, que eran nuestros enemigos y que cuando recuperaran el control del pa&iacute;s nos exterminar&iacute;an&rdquo;, recuerda. &ldquo;A&ntilde;os despu&eacute;s, como presentadora de radio, cre&iacute;a firmemente que estaba haciendo mi trabajo, que ten&iacute;a que defenderme a m&iacute; misma, a mis familiares, a todos los hutus y a mi pa&iacute;s&rdquo;.
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        Insistimos en su responsabilidad, en si la educaci&oacute;n y el entorno de aquella &eacute;poca justifican actos criminales tan b&aacute;rbaros. &ldquo;Se planteaba como una cuesti&oacute;n de asesinar o ser asesinado&rdquo;, dice. &ldquo;Instalar el odio en nosotros llev&oacute; much&iacute;simos a&ntilde;os a trav&eacute;s de las instituciones, la escuela, las canciones. Cuando naces y creces en ese entorno, es dif&iacute;cil distinguir entre el bien y el mal&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        15 a&ntilde;os de c&aacute;rcel la han hecho envejecer 30, quiz&aacute; por las deplorables condiciones de una prisi&oacute;n apodada '1930' en referencia al a&ntilde;o en la que se construy&oacute;. Sus instalaciones apenas se han renovado desde entonces. Seguramente por ello, la directora de la prisi&oacute;n nos niega una y otra vez la posibilidad de adentrarnos al interior de sus muros y presenciar la miseria y hacinamiento que ya han denunciado distintos organismos humanitarios en varias ocasiones.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;La radio se cre&oacute; con la idea del genocidio&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Con el nacimiento en 1993 de la RTLM, una emisora financiada por familiares del presidente Juv&eacute;nal Habyarimana y controlada por la facci&oacute;n hutu m&aacute;s extremista del partido en el poder, se inaugur&oacute; la m&aacute;s eficaz de las armas de propaganda del r&eacute;gimen en su prop&oacute;sito de inyectar el odio &eacute;tnico en la poblaci&oacute;n. Por aquel entonces exist&iacute;an ya varios medios impresos como Kangura que incitaban al odio hacia los tutsis, pero el alto grado de analfabetismo y la facilidad de acceso a los transistores coloc&oacute; a la RTLM como referencia medi&aacute;tica y fuente de inspiraci&oacute;n violenta para la poblaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La radio fue creada con el objetivo de implementar la idea del genocidio&rdquo;, comenta Bemeriki. &ldquo;Todas nuestras intervenciones en antena eran discursos de odio en los que dec&iacute;amos que los tutsis no era ruandeses, que eran nuestros enemigos y que no deber&iacute;amos vivir junto a ellos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A principios de los 90, uno de cada trece ruandeses ten&iacute;a un receptor de radio. La Radio Television Libre Des Mille Collines ofrec&iacute;a un modelo radiof&oacute;nico occidental, m&uacute;sica actual y di&aacute;logos informales. Su estilo pronto enganch&oacute; a los j&oacute;venes que posteriormente formar&iacute;an las 'interahamwe' -'aquellos que luchan juntos'-, milicias radicales hutus que protagonizaron algunos de los cap&iacute;tulos m&aacute;s sangrientos del genocidio.
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        &ldquo;Su aspecto es horrible con ese pelo espeso y barbas llenas de pulgas. Se parecen a los animales. En realidad, son animales. Las cucarachas tutsis son asesinos sedientos de sangre. Diseccionan a sus v&iacute;ctimas, extrayendo sus &oacute;rganos vitales. Son bestias feroces. Pido que os levant&eacute;is y que luch&eacute;is usando todo lo que encontr&eacute;is. Coged palos, garrotes y machetes, y evitad la destrucci&oacute;n de nuestro pa&iacute;s&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Con afirmaciones como &eacute;stas, la semilla del odio se hab&iacute;a mutado para el 6 de abril de 1994 en una peligrosa bacteria inoculada en la mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n, de mayor&iacute;a hutu. Esa noche, Valerie Bemeriki hac&iacute;a guardia en la emisora. El pa&iacute;s viv&iacute;a una tensa calma, pero nada hac&iacute;a presagiar la magnitud de la que se avecinaba. A las 8.20 de la noche, cuando el presidente hutu Juv&eacute;nal Habyarimana volv&iacute;a junto con el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, de firmar los acuerdos de paz de Arusha, el avi&oacute;n presidencial fue derribado por dos misiles en las inmediaciones del Aeropuerto Internacional de Kigali. &ldquo;Cuando me lleg&oacute; aquella noche la informaci&oacute;n de lo que hab&iacute;a pasado, pens&eacute; que nosotros [el resto de los hutus] ser&iacute;amos los siguientes en morir y que ten&iacute;amos que defendernos del enemigo que hab&iacute;a matado a nuestro presidente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La maquinaria medi&aacute;tica ya hab&iacute;a hecho un buen trabajo previo meses atr&aacute;s. Ahora s&oacute;lo quedaba pasar a la acci&oacute;n y guiar toda la furia asesina. &ldquo;Utiliz&aacute;bamos nuestra influencia y la capacidad de llegar a la audiencia para orientar a las masas hacia los lugares donde se escond&iacute;an los tutsis&rdquo;, reconoce la ex presentadora. &ldquo;Hac&iacute;amos llamamientos continuos a las milicias callejeras y a los soldaros del Gobierno para que mataran a todos los tutsis&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A pesar de diversas investigaciones, todav&iacute;a hoy no se sabe si fueron hutus radicales o rebeldes tutsis los responsables de aquello, pero fue la se&ntilde;al para llevar a cabo la mayor atrocidad de la historia reciente: el exterminio de alrededor de un mill&oacute;n de personas a machetazos y en tan solo 100 d&iacute;as.
    </p><h3 class="article-text">Reconciliaci&oacute;n obligada</h3><p class="article-text">
        <strong>Reconciliaci&oacute;n obligada</strong>20 a&ntilde;os despu&eacute;s de que el pa&iacute;s quedase totalmente destrozado, Ruanda es un espejismo para el visitante, un ejemplo de reconstrucci&oacute;n en tiempo r&eacute;cord y un caso sin precedentes en el continente negro. Los coches respetan las normas de circulaci&oacute;n, los autobuses salen puntuales, las carreteras se conservan en buenas condiciones y miles de empleados se afanan por mantener limpias todas las calles. Los parques de la capital, Kigali, no tienen nada que envidiar a los parques de cualquier capital europea, la poblaci&oacute;n es respetuosa y apenas hay robos o cr&iacute;menes. Todo ello, junto con el espectacular desarrollo econ&oacute;mico del pa&iacute;s, hace que Ruanda sea seg&uacute;n el informe 'Doing Business 2014' el segundo mejor pa&iacute;s para hacer negocios en &Aacute;frica y est&eacute; incluso por encima de Espa&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        A ojos de la comunidad internacional, todas estas brillantes luces impiden ver la oscuridad pol&iacute;tica de Paul Kagame y la imposici&oacute;n de una versi&oacute;n oficial, la de los vencedores. En Ruanda, la distinci&oacute;n &eacute;tnica sigue siendo una gigantesca realidad. Hay casos de matrimonios mixtos y todos los ni&ntilde;os juegan juntos en el patio del colegio, pero ha pasado muy poco tiempo y aunque existen casos admirables de convivencia, unos y otros a&uacute;n se guardan las distancias.
    </p><p class="article-text">
        Existen leyes que prohiben hablar de las masacres que se cometieron hacia los hutus tras el genocidio, y cualquiera que contradiga al presidente corre el riesgo de ser asesinado, como le pas&oacute; al ex jefe de inteligencia exterior, Patrick Karegeya, cuyo cad&aacute;ver apareci&oacute; a principios de a&ntilde;o estrangulado en Sud&aacute;frica, donde viv&iacute;a exiliado. Gran parte de la oposici&oacute;n pol&iacute;tica est&aacute; refugiada en B&eacute;lgica, Finlandia o Sud&aacute;frica, y la minor&iacute;a tutsi controla los puestos de mayor responsabilidad en el Gobierno, el Ej&eacute;rcito y la empresa privada.
    </p><p class="article-text">
        El miedo a la dictadura de Kagame mantiene una falsa apariencia de reconciliaci&oacute;n, y mensajes oficiales del Gobierno como 'no somos tutsis y hutus, somos s&oacute;lo ruandeses&ldquo;, &rdquo;perdonamos y creemos en la reconciliaci&oacute;n&ldquo; o &rdquo;gracias al liderazgo de nuestro presidente hemos llegado hasta aqu&iacute;&ldquo; son repetidos hasta la saciedad delante de un micr&oacute;fono por supervivientes, asesinos, miembros de organizaciones civiles y pol&iacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        En este punto, Valerie Bemeriki no es una excepci&oacute;n. Cuando la detuvieron, se consider&oacute; a s&iacute; misma una prisionera de guerra y segu&iacute;a manteniendo sus ideas de odio &eacute;tnico. &ldquo;Pens&eacute; que me iban a torturar hasta morir, que me iban a cortar los dedos, las orejas y que me arrancar&iacute;an los ojos&rdquo;, dice. Tiempo despu&eacute;s, fue juzgada, pidi&oacute; perd&oacute;n por sus actos y se libr&oacute; de la pena de muerte a cambio de la cadena perpetua. &ldquo;Acept&eacute; mi responsabilidad, tom&eacute; la decisi&oacute;n de cambiar, y ahora considero a los tutsis como a mis hermanos. Tenemos que luchar por la unidad y la reconciliaci&oacute;n, y construir nuestro pa&iacute;s s&oacute;lo como ruandeses&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Jon Cuesta]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/voz-masacre-gesto-traves-radio_1_4917042.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Apr 2014 18:36:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La voz del genocidio ruandés: "Decíamos que eran los enemigos, que no debíamos vivir con ellos"]]></media:title>
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