<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Nate Silver]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/nate_silver/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Nate Silver]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/511686/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Un error de predicción catastrófico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/economia/error-prediccion-catastrofico_1_4915446.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La mejor forma de analizar la crisis económica  es considerarla un error de juicio, un fatídico error de predicción. Los errores de predicción fueron generalizados y se produjeron  en casi todas las fases, antes, durante y después de la crisis</p><p class="subtitle">Publicamos un extracto del primer capítulo de su libro 'La señal y el ruido', que acaba de publicar Península en español</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li><a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Nate_Silver" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">Nate Silver</a> es un escritor con formaci&oacute;n en econom&iacute;a y estad&iacute;stica que se hizo famoso en EEUU por su an&aacute;lisis de las elecciones presidenciales en el blog <a href="http://fivethirtyeight.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">FiveThirtyEight</a>. Su modelo estad&iacute;stico, basado en todas las encuestas publicadas, obtuvo un alt&iacute;simo porcentaje de acierto en las elecciones de 2012</li>
                            </ul>
            </div><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b387a31d-db66-48da-b966-ecf8776166ef_9-16-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b387a31d-db66-48da-b966-ecf8776166ef_9-16-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b387a31d-db66-48da-b966-ecf8776166ef_9-16-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b387a31d-db66-48da-b966-ecf8776166ef_9-16-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/b387a31d-db66-48da-b966-ecf8776166ef_9-16-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/b387a31d-db66-48da-b966-ecf8776166ef_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/b387a31d-db66-48da-b966-ecf8776166ef_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Era el 23 de octubre de 2008. El mercado burs&aacute;til se hab&iacute;a desplomado casi un 30 por ciento durante las cinco semanas anteriores y se encontraba en ca&iacute;da libre. Empresas en su d&iacute;a valoradas, como Lehman Brothers, se hab&iacute;an arruinado. Los mercados de cr&eacute;dito hab&iacute;an dejado de funcionar. Las propiedades inmobiliarias de Las Vegas hab&iacute;an perdido un 40 por ciento de su valor. El desempleo estaba por las nubes y no dejaba de crecer. Se hab&iacute;an invertido cientos de miles de millones de d&oacute;lares en empresas en quiebra. La confianza en el Gobierno marcaba m&iacute;nimos hist&oacute;ricos. Faltaban menos de dos semanas para las elecciones presidenciales.
    </p><p class="article-text">
        El Congreso, una instituci&oacute;n generalmente en estado latente tan cerca de unas elecciones, era un hervidero de actividad. Los pol&iacute;ticos sab&iacute;an que iban a verse obligados a aprobar una serie de proyectos de ley de rescate financiero desde luego impopulares, y deb&iacute;an crear la impresi&oacute;n de que los malhechores iban a recibir su merecido. El Comit&eacute; de Control y Reforma de la C&aacute;mara de los Representantes hab&iacute;a citado a testificar a los jefes de las tres principales agencias de calificaci&oacute;n de cr&eacute;dito, Standard &amp; Poor&rsquo;s (S&amp;P), Moody&rsquo;s y Fitch Ratings. Dichas agencias de calificaci&oacute;n ten&iacute;an la tarea de evaluar las probabilidades de que miles de millones de d&oacute;lares invertidos en t&iacute;tulos con respaldo hipotecario tuvieran que empezar a afrontar impagos. Y, para decirlo suavemente, todo indicaba que hab&iacute;an faltado a su deber.
    </p><h3 class="article-text">La peor predicci&oacute;n de una serie fat&iacute;dica</h3><p class="article-text">
        La crisis de finales de la d&eacute;cada de 2000 suele considerarse un fracaso de las instituciones pol&iacute;ticas y financieras. Y es evidente que supuso un descalabro econ&oacute;mico de proporciones may&uacute;sculas. En 2011, cuatro a&ntilde;os despu&eacute;s del inicio oficial de la Gran Recesi&oacute;n, la econom&iacute;a estadounidense estaba a&uacute;n 800.000 millones de d&oacute;lares por debajo de su potencial productivo.
    </p><p class="article-text">
        Aun as&iacute;, estoy convencido de que la mejor forma de analizar la crisis econ&oacute;mica es consider&aacute;ndola un error de juicio, un fat&iacute;dico error de predicci&oacute;n. De hecho, los errores de predicci&oacute;n fueron generalizados y se produjeron en casi todas las fases, antes, durante y despu&eacute;s de la crisis; todo el mundo incurri&oacute; en dichos errores, desde los agentes hipotecarios hasta la Casa Blanca.
    </p><p class="article-text">
        A menudo, los errores de predicci&oacute;n m&aacute;s calamitosos tienen muchas cosas en com&uacute;n. Por lo general nos fijamos en las se&ntilde;ales que describen el mundo tal como deber&iacute;a ser, y no como realmente es. Ignoramos los riesgos m&aacute;s dif&iacute;ciles de calcular, aun cuando suponen la mayor amenaza para nuestro bienestar. Nuestras aproximaciones y suposiciones sobre el mundo son mucho m&aacute;s rudimentarias de lo que creemos. Abominamos la incertidumbre, aunque forme parte inextricable del problema que intentamos resolver. Si queremos llegar al fondo de la crisis econ&oacute;mica, debemos empezar por identificar el principal error de predicci&oacute;n que se produjo, un error que desencaden&oacute; el resto.
    </p><p class="article-text">
        Las agencias de calificaci&oacute;n hab&iacute;an dado una AAA (calificaci&oacute;n que se sol&iacute;a reservar para los gobiernos y las empresas m&aacute;s solventes del mundo) a miles de t&iacute;tulos con respaldo hipotecario, unos instrumentos financieros que permit&iacute;an a los inversores apostar sobre las probabilidades de que otras personas no pudieran pagar sus hipotecas. Las calificaciones de las empresas de calificaci&oacute;n pretenden expl&iacute;citamente ser predicciones, estimaciones sobre las probabilidades de que una deuda determinada no se pueda satisfacer. Standard &amp; Poor's, por ejemplo, dijo a sus inversores que cuando daba una AAA a un tipo particularmente complejo de valores conocidos como obligaciones de deuda garantizadas (CDO), hab&iacute;a tan s&oacute;lo un 0,12 por ciento de probabilidades (o, lo que es lo mismo, una entre 850) de que dichos valores no se pudieran pagar durante los siguientes cinco a&ntilde;os. En principio, pues, esos valores eran tan seguros como la acci&oacute;n de una empresa valorada con una AAA, y m&aacute;s seguros de lo que actualmente S&amp;P considera los bonos del Tesoro de Estados Unidos.8 Las agencias de calificaci&oacute;n no ponderan sus valoraciones sobre una curva.
    </p><p class="article-text">
        A la hora de la verdad, y seg&uacute;n datos internos de S&amp;P, alrededor de un 28 por ciento de las CDO resultaron insolventes. (Algunas estimaciones independientes son a&uacute;n m&aacute;s altas.). Eso significa que la tasa de insolvencia de las CDO fue m&aacute;s de doscientas veces superior de lo que S&amp;P hab&iacute;a pronosticado.
    </p><p class="article-text">
        Se trata de un fracaso de predicci&oacute;n absoluto: miles de millones de d&oacute;lares en inversiones valorados como completamente seguros resultaron ser casi completamente inseguros. Fue como si la predicci&oacute;n meteorol&oacute;gica anunciara 35 grados y cielos despejados y a la hora de la verdad se produjera una ventisca de nieve.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d666d626-e571-4b9c-8186-791a0fb0352e_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d666d626-e571-4b9c-8186-791a0fb0352e_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d666d626-e571-4b9c-8186-791a0fb0352e_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d666d626-e571-4b9c-8186-791a0fb0352e_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d666d626-e571-4b9c-8186-791a0fb0352e_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d666d626-e571-4b9c-8186-791a0fb0352e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d666d626-e571-4b9c-8186-791a0fb0352e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Cuando uno realiza una predicci&oacute;n que fracasa de forma tan estrepitosa, tiene la opci&oacute;n de elegir c&oacute;mo explica el fracaso. Una opci&oacute;n es aducir circunstancias externas; se trata de lo que denominar&iacute;amos mala suerte. A veces se trata de una opci&oacute;n razonable o incluso correcta. Cuando el Servicio Meteorol&oacute;gico Nacional de Estados Unidos anuncia un 90 por ciento de probabilidades de cielos despejados pero a la hora de la verdad la lluvia arruina la excursi&oacute;n que hab&iacute;amos planeado, en realidad no se puede echar la culpar a los meteor&oacute;logos. D&eacute;cadas de datos hist&oacute;ricos acumulados muestran que cuando el Servicio Meteorol&oacute;gico dice que existe una probabilidad entre diez de que llueva, a largo plazo suele llover aproximadamente el 10 por ciento de las veces.
    </p><p class="article-text">
        Esta explicaci&oacute;n, sin embargo, resulta menos cre&iacute;ble cuando la organizaci&oacute;n que realiza la predicci&oacute;n no tiene un historial de predicciones acertadas, o cuando la magnitud del error es mayor. En esos casos, es mucho m&aacute;s probable que el problema radique en el modelo de quienes realizan una predicci&oacute;n sobre el mundo, m&aacute;s que en el mundo en s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        En el caso concreto de las CDO, las agencias de calificaci&oacute;n no dispon&iacute;an de ning&uacute;n historial fiable: constitu&iacute;an un sistema de garant&iacute;a muy reciente y las tasas de insolvencia de S&amp;P no se basaban en datos hist&oacute;ricos, sino en suposiciones realizadas a partir de unos modelos estad&iacute;sticos imperfectos. Al mismo tiempo, la magnitud de sus errores fue enorme: las CDO valoradas con AAA ten&iacute;an doscientas veces m&aacute;s probabilidades de acabar siendo insolventes de lo que se supon&iacute;a te&oacute;ricamente.
    </p><p class="article-text">
        Las agencias de calificaci&oacute;n podr&iacute;an haber intentado redimirse admitiendo que sus modelos estaban equivocados y que el error hab&iacute;a sido suyo. Sin embargo, en su comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos se sacudieron cualquier responsabilidad y aseguraron que hab&iacute;an tenido mala suerte. Y echaron la culpa a una contingencia externa: la burbuja inmobiliaria.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;S&amp;P no ha sido la &uacute;nica empresa a la que el exagerado declive de los mercados inmobiliarios e hipotecarios ha cogido por sorpresa&rdquo;, declar&oacute; Deven Sharma, director de Standard &amp; Poor&rsquo;s ante el Congreso ese mes de octubre. &ldquo;Pr&aacute;cticamente nadie, ni los propietarios, ni las instituciones financieras, ni las agencias de calificaci&oacute;n, ni los reguladores, ni los inversores supieron prever lo que sucedi&oacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nadie lo vio venir&rdquo;. Si no puedes demostrar tu inocencia, esc&uacute;date en tu ignorancia: &eacute;sa suele ser la primera l&iacute;nea de defensa ante un error de predicci&oacute;n. Y, no obstante, la afirmaci&oacute;n de Sharma fue una mentira que viene a alimentar una larga tradici&oacute;n en el Congreso de Estados Unidos junto al &ldquo;yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer&rdquo; o &ldquo;nunca he tomado esteroides&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lo que sorprende de la burbuja inmobiliaria es precisamente la gran cantidad de gente que no solo la hab&iacute;a visto venir, sino que llevaba a&ntilde;os advirtiendo de sus riesgos. Robert Shiller, economista de Yale, hab&iacute;a apuntado ya su nacimiento en el lejano a&ntilde;o 2000, en su libro <em>Exuberancia irracional.</em> Dean Baker, un c&aacute;ustico economista del Centro de Investigaciones Econ&oacute;micas y Pol&iacute;ticas, hab&iacute;a escrito acerca de la burbuja inmobiliaria en agosto de 2002. Un corresponsal de la revista <em>The Economist,</em> famoso por la sobriedad de sus art&iacute;culos, se hab&iacute;a referido a &ldquo;la mayor burbuja de la historia&rdquo; en junio de 2005. Paul Krugman, ganador del Premio Nobel de Econom&iacute;a, escribi&oacute; sobre la burbuja y su inevitable final en agosto de 2005. &ldquo;Estaba incorporada al sistema&rdquo;, me dijo Krugman m&aacute;s tarde. &ldquo;El crac inmobiliario no era un cisne negro, sino m&aacute;s bien el elefante en la habitaci&oacute;n que todo el mundo se negaba a ver&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero tambi&eacute;n los estadounidenses de a pie estaban cada vez m&aacute;s preocupados. La b&uacute;squeda del t&eacute;rmino &ldquo;burbuja inmobiliaria&rdquo; en Google pr&aacute;cticamente se decuplic&oacute; entre enero de 2004 y el verano de 2005. El inter&eacute;s por el t&eacute;rmino era mayor en los estados que, como California, hab&iacute;an experimentado un incremento m&aacute;s acusado en los precios de la vivienda y que estaban a punto de sufrir el mayor declive. De hecho, el debate sobre la burbuja inmobiliaria estaba considerablemente extendido. El t&eacute;rmino &ldquo;burbuja inmobiliaria&rdquo; hab&iacute;a aparecido en solo ocho noticias en lengua inglesa en el a&ntilde;o 2001, pero lleg&oacute; a las 3.447 referencias en 2005. En otras palabras, la burbuja inmobiliaria aparec&iacute;a unas diez veces al d&iacute;a en revistas y peri&oacute;dicos acreditados.
    </p><p class="article-text">
        Y, aun as&iacute;, a las agencias de calificaci&oacute;n (cuyo trabajo consiste ni m&aacute;s ni menos que en calcular el riesgo de los mercados financieros) se les pas&oacute; por alto. El hecho de que consideraran que &eacute;sa era su mejor l&iacute;nea de defensa habla por s. solo. Los problemas de sus predicciones eran realmente serios.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;No creo que quisieran que se acabara la m&uacute;sica&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Ninguno de los economistas con los que habl&eacute;. para redactar este capitulo ten&iacute;a una opini&oacute;n favorable de las agencias de calificaci&oacute;n. Sin embargo, todos ellos se podr&iacute;an dividir en funci&oacute;n de si consideraban que los errores de calificaci&oacute;n se produjeron por codicia o por ignorancia. Pero &iquest;hasta qu&eacute; punto son v&aacute;lidas sus opiniones?
    </p><p class="article-text">
        Posiblemente Jules Kroll est&eacute; mejor calificado que nadie para emitir un juicio sobre este asunto, pues &eacute;l mismo dirige una agencia de calificaci&oacute;n. Fundada en 2009, Kroll Bond Ratings acababa de publicar su primera calificaci&oacute;n (sobre un pr&eacute;stamo hipotecario contra&iacute;do por la constructora de un centro comercial gigantesco en Arlington, Virginia) cuando me reun&iacute; con Kroll en su oficina de Nueva York en 2011. Kroll acusa a las agencias de calificaci&oacute;n fundamentalmente de no haber tenido una actitud lo bastante &ldquo;vigilante&rdquo;. Se trata de un t&eacute;rmino ir&oacute;nico en boca de Kroll, que antes de dar el salto al mundo de las calificaciones hab&iacute;a obtenido una modesta fama (a la par que una fortuna indecente) gracias a su empresa original, Kroll Inc., que actuaba como si fuera una especie de agencia de detectives encargada de controlar el fraude empresarial. Su empresa era experta en destapar estafas, como hizo en el caso de los secuestradores de un multimillonario propietario de un fondo de alto riesgo que se delataron a s. mismos pagando una pizza con la tarjeta de cr&eacute;dito del secuestrado. Cuando lo conoc&iacute;, Kroll era ya un hombre de sesenta y nueve a&ntilde;os, pero conservaba su instinto de sabueso bien afilado y se puso en alerta en cuanto empez&oacute;. a examinar lo que hab&iacute;an hecho las agencias de calificaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En el mundo de las industrias de calificaci&oacute;n, la expresi&oacute;n &rdquo;actitud vigilante&ldquo; hace referencia a la obligaci&oacute;n de mantener a los inversores informados de las cosas que observas&rdquo;, me explic&oacute;. Kroll. &ldquo;Cada mes recibes una gran cantidad de informes sobre cosas muy diversas, desde declaraciones de insolvencia hipotecaria hasta abonos hipotecarios prematuros. Dispones de much&iacute;sima informaci&oacute;n que debe servir para ponerte sobre aviso y decidir si las cosas est&aacute;n mejorando o empeorando. Y el mundo espera que lo mantengas al d&iacute;a de lo que sabes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En otras palabras, las agencias de calificaci&oacute;n deber&iacute;an haber sido las primeras en detectar los problemas del mercado inmobiliario, pues dispon&iacute;an de mejor informaci&oacute;n que nadie: datos frescos sobre si miles y miles de personas con hipotecas realizaban los pagos a tiempo o no. Y, sin embargo, no empezaron a rebajar las calificaciones de grandes series de t&iacute;tulos con respaldo hipotecario hasta 2007, en un momento en que los problemas eran ya una evidencia y los &iacute;ndices de apertura de juicios hipotecarios se hab&iacute;an doblado.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No estamos hablando de personas est&uacute;pidas&rdquo;, me dijo Kroll. &ldquo;Sab&iacute;an lo que pasaba, pero no creo que quisieran que se acabara la m&uacute;sica&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Kroll Bond Ratings es una de las diez NRSRO registradas en Estados Unidos. Las NRSRO son organizaciones de calificaci&oacute;n estad&iacute;stica reconocidas por el Gobierno estadounidense, empresas que cuentan con la licencia de la Comisi&oacute;n del Mercado de Valores de Estados Unidos (Securities and Exchange Commission) para calificar t&iacute;tulos con respaldo hipotecario. PeroMoody&rsquo;s, S&amp;P y Fitch son tres de las otras, y copan casi toda la cuota de mercado. Entre S&amp;P y Moody&rsquo;s emitieron las calificaciones de casi el 97 por ciento de todas las CDO emitidas antes de la crisis econ&oacute;mica mundial.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los motivos por los que S&amp;P y Moody&rsquo;s gozan de una presencia de mercado tan preeminente es simplemente porque hace mucho tiempo que forman parte del negocio, un oligopolio legal, de una industria regulada por el Gobierno. De hecho, la mayor&iacute;a de los grandes fondos de pensiones requieren el sello de aprobaci&oacute;n de S&amp;P y Moody&rsquo;s por contrato, aproximadamente dos tercios de los cuales mencionan de manera expl&iacute;cita S&amp;P, Moody&rsquo;s o ambas; eso significa que para que el fondo de pensiones pueda adquirir un producto de deuda, dichas empresas deben calificarlo antes.
    </p><p class="article-text">
        S&amp;P y Moody&rsquo;s hab&iacute;an aprovechado la posici&oacute;n ventajosa que les conced&iacute;a su selecto estatus para amasar unos beneficios extraordinarios, a pesar de llenar sus oficinas pescando de entre los curriculums que las empresas de Wall Street rechazaban.
    </p><p class="article-text">
        Los ingresos de Moody&rsquo;s  procedentes de las llamadas calificaciones financieras estructuradas aumentaron m&aacute;s de un 800 por ciento entre 1997 y 2007, y constituyeron la parte fundamental del negocio de calificaci&oacute;n de la empresa durante los a&ntilde;os de la burbuja financiera. Esos productos ayudaron a Moody&rsquo;s a encabezar la lista de empresas con el mayor margen de beneficio de todas las que compon&iacute;an el S&amp;P 500 durante cinco a&ntilde;os consecutivos, mientras dur&oacute;. la burbuja. (En 2010, incluso despu&eacute;s de que la burbuja financiera hubiera estallado y los problemas de las agencias de calificaci&oacute;n se hicieran evidentes, Moody&rsquo;s obtuvo a&uacute;n unos beneficios del 25 por ciento).
    </p><p class="article-text">
        Con esos elevados beneficios garantizados mientras se siguieran emitiendo nuevas CDO, y conscientes de que los inversores no tendr&iacute;an forma de contrastar la precisi&oacute;n de sus calificaciones hasta que fuera ya demasiado tarde, las agencias ten&iacute;an muy pocos incentivos para competir bas&aacute;ndose en la calidad. El director general de Moody&rsquo;s, Raymond McDaniel, dijo expl&iacute;citamente a sus directivos que la calidad de las calificaciones era el factor menos importante a la hora de potenciar los beneficios de la empresa.
    </p><p class="article-text">
        De hecho, la ecuaci&oacute;n era muy sencilla: las agencias de calificaci&oacute;n cobraban de la entidad que emit&iacute;a una CDO cada vez que realizaban una calificaci&oacute;n: cuantas m&aacute;s CDO se emitieran, mayor ser&iacute;a el beneficio. En la pr&aacute;ctica se pod&iacute;a crear un n&uacute;mero infinito de CDO combinando diferentes tipos de hipoteca o, cuando se aburrieron de ese sistema, combinando diferentes tipos de CDO para obtener productos derivados. As&iacute;, las agencias de calificaci&oacute;n rara vez dejaban pasar una oportunidad de calificar un producto. m&aacute;s tarde, una investigaci&oacute;n gubernamental desvel&oacute;. un mensaje de m&oacute;vil entre dos altos directivos de Moody&rsquo;s en el que uno aseguraba que aunque un t&iacute;tulo de deuda &ldquo;lo elaborara una vaca&rdquo;, Moody&rsquo;s la calificar&iacute;a igualmente. En algunos casos, las agencias de calificaci&oacute;n llegaron a&uacute;n m&aacute;s lejos e incitaron a las entidades emisoras de deuda a manipular las calificaciones. Apelando a una supuesta transparencia, S&amp;P proporci&oacute;n&oacute; a las entidades emisoras de deuda una copia del software que utilizaban para determinar sus calificaciones, de modo que las entidades sab&iacute;an exactamente cu&aacute;ntas hipotecas defectuosas pod&iacute;an incluir en un producto concreto sin que eso provocara una disminuci&oacute;n de la calificaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por todo ello, la posibilidad de que la burbuja inmobiliaria existiera y pudiera estallar supon&iacute;a una amenaza para el dinero f&aacute;cil de las agencias de calificaci&oacute;n. Los seres humanos tienen una extraordinaria capacidad para ignorar los riesgos que amenazan su existencia, como si con ello pudieran hacerlos desaparecer. En ese sentido, la afirmaci&oacute;n de Deven Sharma puede parecer plausible: a lo mejor a las agencias de calificaci&oacute;n les pas&oacute;. Por alto la burbuja inmobiliaria, a pesar de que muchas otras personas la anticiparan con creces.
    </p><p class="article-text">
        S&oacute;lo que en realidad las agencias de calificaci&oacute;n consideraron expl&iacute;citamente la posibilidad de que existiera una burbuja inmobiliaria. Y, por incre&iacute;ble que parezca, llegaron a la conclusi&oacute;n de que no tendr&iacute;a demasiada importancia. Un memorando que me entreg&oacute; una portavoz de S&amp;P, Catherine Mathis, detalla que S&amp;P hab&iacute;a realizado una simulaci&oacute;n en 2005 que anticipaba un descenso del 20 por ciento en los precios de la vivienda en Estados Unidos durante un periodo de dos a&ntilde;os, algo nada alejado del descenso del 30 por ciento que registraron los precios de la vivienda entre 2006 y 2008. El memorando conclu&iacute;a que los modelos existentes de S&amp;P&rsquo;s .contemplaban el riesgo de un deterioro . de forma adecuada, y que sus valores mejor calificados &ldquo;soportar&iacute;an un descenso de la actividad inmobiliaria sin sufrir por ello una rebaja en la valoraci&oacute;n del cr&eacute;dito&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En cierto modo, eso resulta a&uacute;n m&aacute;s preocupante que la posibilidad de que a las agencias de calificaci&oacute;n se les pasara completamente por alto la burbuja inmobiliaria. En este libro abordar&eacute; el peligro de los &ldquo;desconocidos&rdquo;: los riesgos de los que ni siquiera somos conscientes. Tal vez la &uacute;nica amenaza a&uacute;n peor sean los riesgos que creemos tener controlados cuando no es as&iacute;. En esos casos no solo nos enga&ntilde;amos a nosotros mismos, sino que nuestra confianza injustificada puede resultar contagiosa. En el caso de las agencias de calificaci&oacute;n, el exceso de confianza infect&oacute; &ldquo;el resto del sistema financiero&rdquo;. &ldquo;La principal diferencia entre algo que puede salir mal y algo que no puede salir mal es que cuando algo que no puede salir mal sale mal, generalmente luego es imposible resolverlo o repararlo&rdquo;, escribi&oacute; Douglas Adams en la <em>Gu&iacute;a del autoestopista gal&aacute;ctico.</em>
    </p><p class="article-text">
        Pero &iquest;c&oacute;mo es posible que los modelos de las agencias de calificaci&oacute;n, bajo los mejores auspicios de precisi&oacute;n cient&iacute;fica, fracasaran tan estrepitosamente a la hora de describir la realidad?
    </p><h3 class="article-text">C&oacute;mo se equivocaron las agencias de calificaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        Para hallar la ra&iacute;z del problema debemos escarbar un poco m&aacute;s. Antes de buscar la respuesta, debemos conocer m&aacute;s detalles sobre c&oacute;mo se estructuran los instrumentos financieros conocidos como CDO, y tambi&eacute;n debemos aprender la diferencia entre incertidumbre y riesgo.
    </p><p class="article-text">
        Las CDO son paquetes de deuda hipotecaria divididos en diferentes tramos (tranches, en ingl&eacute;s). Se considera que algunos suponen cierto riesgo, mientras que otros gozan de una calificaci&oacute;n casi completamente segura. Mi amigo Anil Kashyap, que imparte un curso sobre la crisis financiera en la Universidad de Chicago, ha elaborado un ejemplo simplificado de CDO, que voy a glosar de forma resumida en estas p&aacute;ginas.
    </p><p class="article-text">
        Imagine que tiene cinco hipotecas, y que cada una de ellas presenta un 5 por ciento de probabilidades de impago. Se pueden realizar una serie de apuestas basadas en el estatus de estas hipotecas, algunas m&aacute;s arriesgadas que otras.
    </p><p class="article-text">
        La m&aacute;s segura de dichas apuestas, que denominaremos fondo Alfa, es pagadera a menos que las cinco hipotecas no puedan afrontar los pagos. La m&aacute;s arriesgada, el fondo .Epsilon, te deja colgado si una de las cinco no puede hacer frente a sus obligaciones. Entre una y otra existen varios niveles distintos de riesgo.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; va a preferir un inversor apostar por el fondo Epsilon antes que por el Alfa? Muy f&aacute;cil: porque al ser m&aacute;s arriesgada, la apuesta ser. m&aacute;s barata. Pero pongamos por caso que es usted un inversor reacio al riesgo, como por ejemplo un fondo de pensiones, cuyos estatutos proh&iacute;ben invertir en bonos con una calificaci&oacute;n mala. Si apuesta a algo, ser. al fondo Alfa, que, sin duda, recibir&aacute; una calificaci&oacute;n AAA.
    </p><p class="article-text">
        El fondo Alfa est&aacute; formado por cinco hipotecas y todas ellas tienen un 5 por ciento de probabilidades de no poder afrontar sus pagos. Y pierde usted la apuesta solo si las cinco suspenden esos pagos. &iquest;Cu&aacute;les son las probabilidades de que eso suceda?
    </p><p class="article-text">
        En realidad, esa pregunta no tiene una respuesta sencilla, y ah&iacute; radica el problema. En funci&oacute;n de las suposiciones y las aproximaciones en las que se base, obtendr&aacute; respuestas muy distintas. Y si se basa en suposiciones equivocadas, su modelo puede resultar ser extraordinariamente err&oacute;neo.
    </p><p class="article-text">
        Una suposici&oacute;n es que cada hipoteca es independiente de las dem&aacute;s. En este escenario, sus riesgos est&aacute;n bien diversificados: si un carpintero de Cleveland no puede pagar la hipoteca, eso no tendr&aacute; ning&uacute;n efecto sobre si un dentista de Denver puede pagar la suya o no seg&uacute;n este escenario, el riesgo de perder la apuesta ser&iacute;a extraordinariamente bajo, el equivalente a sacar dos unos con dos dados (lo que se conoce como &ldquo;ojos de serpiente&rdquo;) cinco veces consecutivas. Para ser m&aacute;s concretos, el riesgo ser&iacute;a de un 5 por ciento elevado a la quinta potencia, es decir, una posibilidad entre 3.200.000. Este supuesto milagro de la diversificaci&oacute;n era el argumento de las agencias de calificaci&oacute;n para asegurar que un grupo de hipotecas basura con una calificaci&oacute;n de cr&eacute;dito media de B+ (que generalmente implicar&iacute;a  m&aacute;s de un 20 por ciento de riesgo de impago) no ten&iacute;a pr&aacute;cticamente ninguna posibilidad de resolverse con impago si se combinaban en un mismo fondo.
    </p><p class="article-text">
        El otro extremo es asumir que las hipotecas, en lugar de ser completamente independientes entre s&iacute;, reaccionar&aacute;n todas exactamente del mismo modo. En otras palabras, que o las cinco hipotecas causar&aacute;n impago o no lo har&aacute; ninguna. En ese caso, en lugar de jug&aacute;rsela a cinco tiradas de dado, su apuesta depender&aacute; de una &uacute;nica tirada. Existe un 5 por ciento de probabilidades tanto de sacar ojos de serpiente como de que todas las hipotecas causen impago o, lo que es lo mismo, su apuesta es 160.000 veces m&aacute;s arriesgada de lo que usted cre&iacute;a originalmente.
    </p><p class="article-text">
        Lo que marcar&aacute; la validez de todos esos supuestos ser&aacute;n los condicionantes econ&oacute;micos. Si la econom&iacute;a y el mercado inmobiliario gozan de buena salud, el primer escenario (las cinco hipotecas no tienen ninguna relaci&oacute;n entre s&iacute;) puede ser una aproximaci&oacute;n razonable. Los impagos puntuales no se pueden descartar, pues todo el mundo tiene mala suerte con los dados de vez en cuando: a alguien le cae una factura m&eacute;dica descomunal o pierde el trabajo. Sin embargo, en este escenario los riesgos de impago de una persona no guardan excesiva relaci&oacute;n con los de otra.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, en cambio, supongamos que existe un factor com&uacute;n que une el destino de los titulares de las cinco hipotecas. Por ejemplo, la existencia de una inmensa burbuja inmobiliaria que ha provocado un aumento del 80 por ciento en los precios de la vivienda sin que exista ninguna mejora fundamental tangible. En este caso s&iacute; que tiene un problema, pues si uno de los hipotecados no puede afrontar los pagos, es posible que los dem&aacute;s se encuentren con los mismos problemas. En este caso, el riesgo de perder la apuesta se habr&aacute; incrementado de forma exponencial.
    </p><p class="article-text">
        Ese &uacute;ltimo escenario es el que se produjo en Estados Unidos a principios de 2007 (m&aacute;s adelante, en este mismo cap&iacute;tulo, realizaremos una breve autopsia de la burbuja inmobiliaria). Pero las agencias de calificaci&oacute;n hab&iacute;an apostado por el primer supuesto, en el que no exist&iacute;a ning&uacute;n tipo de relaci&oacute;n entre los riesgos.
    </p><p class="article-text">
        Aunque tanto la bibliograf&iacute;a acad&eacute;mica  como quienes advirtieron de las irregularidades de las agencias de calificaci&oacute;n  pusieron sobre la mesa los peligros inherentes a ese enfoque mucho antes de que estallara la burbuja inmobiliaria, las agencias de calificaci&oacute;n hicieron muy poco por incorporar esas advertencias a sus modelos.
    </p><p class="article-text">
        Por ejemplo, durante un tiempo Moody&rsquo;s estuvo introduciendo ajustes ad hoc en su modelo consistentes en incrementar en un 50 por ciento las probabilidades de impago de los t&iacute;tulos valorados con AAA. Eso puede parecer una decisi&oacute;n prudente: sin duda, un margen del 50 por ciento deber&iacute;a bastar para compensar cualquier error derivado de unos supuestos poco precisos.
    </p><p class="article-text">
        Y habr&iacute;a sido as&iacute; si el potencial de error de sus predicciones hubiera sido lineal, aritm&eacute;tico. Pero el apalancamiento del sistema y las inversiones financiadas con deuda pueden hacer que el error de una predicci&oacute;n se multiplique varias veces, introduciendo as. un potencial de desviaci&oacute;n altamente geom&eacute;trica y no lineal. El ajuste del 50 por ciento de Moody&rsquo;s fue como aplicar crema solar para protegerse de una debacle nuclear: completamente inadecuado para la magnitud del problema. No se trataba de que existiera una posibilidad de que sus estimaciones del riesgo de impago fueran un 50 por ciento demasiado bajas, sino que era muy posible que las hubieran subestimado en un 500 o incluso un 5.000 por ciento. En la pr&aacute;ctica, result&oacute; que los impagos eran doscientas veces m&aacute;s probables de lo que las agencias de calificaci&oacute;n hab&iacute;an previsto, de modo que su modelo sufr&iacute;a una desviaci&oacute;n de un mero 20.000 por ciento.
    </p><p class="article-text">
        En un sentido m&aacute;s amplio, el problema de las agencias de calificaci&oacute;n fue que no supieron o no quisieron comprender la diferencia entre riesgo e incertidumbre. El riesgo, seg&uacute;n lo describi&oacute;. por primera vez el economista Frank H. Knight en 1921, es algo a lo que se le puede poner un precio. Pongamos que uno sabe que va a ganar una mano de p&oacute;quer a menos que su rival saque la carta que le faltaba para tener escalera interna: las probabilidades de que eso suceda son exactamente de una entre once. Nunca es agradable llevarse un rev&eacute;s jugando al p&oacute;quer, pero por lo menos el jugador sabe cu&aacute;les son las probabilidades y puede contar con ello de antemano.
    </p><p class="article-text">
        A la larga, un jugador termina sacando provecho de los rivales que buscan cartas con probabilidades insuficientes de encontrarlas.
    </p><p class="article-text">
        La incertidumbre, en cambio, es un riesgo dif&iacute;cil de calcular. Es posible que uno intuya los demonios que acechan, o que incluso est&eacute; preocupado por ellos, pero no tiene forma de saber cu&aacute;ntos hay ni cu&aacute;ndo piensan atacar. La desviaci&oacute;n de la estimaci&oacute;n aproximada podr&iacute;a ser de un factor 100 o de un factor 1.000, no hay forma de saberlo. La incertidumbre es eso. El riesgo lubrica las ruedas de la econom&iacute;a de libre mercado; la incertidumbre, en cambio, las atranca.
    </p><p class="article-text">
        Las agencias de calificaci&oacute;n obraron una alquimia consistente en hacer que lo que era incertidumbre pareciera riesgo. Tomaron unos t&iacute;tulos nov&iacute;simos, sujetos a una gran dosis de incertidumbre sist&eacute;mica, y aseguraron estar en situaci&oacute;n de cuantificar su nivel de riesgo. No solo eso, sino que, de todas las salidas posibles, llegaron a la asombrosa conclusi&oacute;n de que dichas inversiones carec&iacute;an pr&aacute;cticamente de riesgo.
    </p><p class="article-text">
        A continuaci&oacute;n, un gran n&uacute;mero de inversores confundieron unas conclusiones que eran cuando menos optimistas por conclusiones precisas, y muy pocos se cubrieron las espaldas con planes de seguridad por si la cosa sal&iacute;a mal.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, si bien las agencias de calificaci&oacute;n tienen una responsabilidad sustancial en la crisis econ&oacute;mica, no fueron los &uacute;nicos que cometieron errores. La historia de la crisis econ&oacute;mica mundial en tanto que un error de predicci&oacute;n se puede contar en tres actos.
    </p><p class="article-text">
        [&hellip;]
    </p><h3 class="article-text">Elementos comunes en los errores de predicci&oacute;n </h3><p class="article-text">
        La crisis del sistema financiero lleg&oacute; acompa&ntilde;ada de por lo menos cuatro grandes errores de predicci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &bull; La burbuja inmobiliaria se puede considerar un error de predicci&oacute;n. Propietarios e inversores creyeron que el incremento de los precios significaba que el valor de la vivienda iba a continuar creciendo, cuando en realidad los datos hist&oacute;ricos suger&iacute;an que este factor suele provocar un descenso.
    </p><p class="article-text">
        &bull; Las agencias de calificaci&oacute;n, y tambi&eacute;n muchos bancos, como Lehman Brothers, cometieron un error al no estimar correctamente el riesgo que entra&ntilde;aban los t&iacute;tulos con respaldo hipotecario. Contrariamente a lo que declararon  ante el Congreso, el problema de las agencias de calificaci&oacute;n no fue que no supieran anticipar la burbuja inmobiliaria, sino que sus modelos de predicci&oacute;n estaban llenos de supuestos err&oacute;neos y se basaban en una confianza infundada en la reacci&oacute;n del sistema ante un desplome de los precios.
    </p><p class="article-text">
        &bull; Se produjo un error generalizado a la hora de anticipar hasta qu&eacute; punto la crisis inmobiliaria desencadenar&iacute;a una crisis global del sistema financiero. Dicha crisis se produjo debido al alto nivel de apalancamiento del mercado, que acumulaba cincuenta d&oacute;lares en apuestas adicionales por cada d&oacute;lar que los estadounidenses estaban dispuestos a invertir en una nueva vivienda.
    </p><p class="article-text">
        &bull; Por &uacute;ltimo, en el periodo inmediatamente posterior al estallido de la crisis financiera, se produjo un error a la hora de predecir la amplia diversidad de problemas econ&oacute;micos que &eacute;sta pod&iacute;a generar. Economistas y pol&iacute;ticos hicieron caso omiso de las advertencias de Reinhart y Rogoff en el sentido de que por lo general las crisis financieras provocaban recesiones profundas y duraderas.
    </p><p class="article-text">
        Todos estos errores de predicci&oacute;n tienen un factor en com&uacute;n. En todos los casos, las personas encargadas de evaluar los datos ignoraron una parte clave del contexto. 
    </p><p class="article-text">
        &bull; La confianza de los propietarios en los precios de las viviendas pod&iacute;a deberse al hecho de que en Estados Unidos los precios no hab&iacute;an experimentado descensos sustanciales en el pasado reciente. Sin embargo, Estados Unidos tampoco hab&iacute;a experimentado nunca un incremento de los precios de las viviendas tan generalizado como el que se produjo justo antes de que estallara la crisis.
    </p><p class="article-text">
        &bull; La confianza de los bancos en la capacidad de Moody&rsquo;s y S&amp;P&rsquo;s de evaluar los t&iacute;tulos con respaldo hipotecario pod&iacute;a basarse en el hecho de que dichas agencias hab&iacute;an actuado de forma competente a la hora de evaluar otro tipo de activos financieros. Sin embargo, las agencias de calificaci&oacute;n no hab&iacute;an tenido que evaluar nunca unos t&iacute;tulos tan nuevos y complejos como las obligaciones de deuda garantizada (CDO).
    </p><p class="article-text">
        &bull; La confianza de los economistas en la capacidad del sistema financiero para soportar la crisis inmobiliaria pod&iacute;a deberse a que, en el pasado, las fluctuaciones en el precio de la vivienda generalmente no hab&iacute;an tenido grandes repercusiones en el sistema financiero. Sin embargo, probablemente el sistema financiero no hab&iacute;a registrado nunca un apalancamiento tan extremo y, desde luego, nunca antes hab&iacute;a realizado tantas apuestas adicionales sobre el sector inmobiliario.
    </p><p class="article-text">
        &bull; La confianza de los pol&iacute;ticos en la capacidad de la econom&iacute;a de recuperarse r&aacute;pidamente tras la crisis financiera pod&iacute;a deberse a sus experiencias con recesiones recientes, que por lo general se hab&iacute;an saldado con una r&aacute;pida recuperaci&oacute;n. Sin embargo, dichas recesiones no hab&iacute;an ido acompa&ntilde;adas de una crisis financiera, y las crisis financieras son diferentes.
    </p><p class="article-text">
        Existe un t&eacute;rmino t&eacute;cnico para denominar este tipo de problema: los hechos que los pronosticadores valoraban se encontraban &ldquo;fuera de muestra&rdquo;. Cuando se produce un error grave de predicci&oacute;n, generalmente las huellas del problema resultan visibles por toda la escena del crimen.
    </p><p class="article-text">
        Pero &iquest;qu&eacute; significa ese t&eacute;rmino? Ve&aacute;moslo con un ejemplo sencillo.
    </p><h3 class="article-text">Si la muestra no lo incluye es que no existe: una f&oacute;rmula para errar una predicci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        Imagine que es usted muy buen conductor. Casi todo el mundo se considera un buen conductor, pero usted adem&aacute;s tiene un buen historial al volante que lo avala: apenas dos ara&ntilde;azos en treinta a&ntilde;os durante los que ha realizado veinte mil trayectos en coche.
    </p><p class="article-text">
        Tampoco le gusta demasiado el alcohol y una de las cosas que nunca ha hecho es conducir despu&eacute;s de beber. Pero un d&iacute;a se deja llevar despu&eacute;s de la fiesta de Navidad de su empresa. Un buen amigo suyo deja el trabajo y adem&aacute;s usted lleva un tiempo sufriendo mucho estr&eacute;s: un c&oacute;ctel con vodka se convierte en doce. Termina borracho como una cuba, un d&iacute;a es un d&iacute;a. &iquest;Debe volver a casa en coche o llamar un taxi?
    </p><p class="article-text">
        A priori se trata de una pregunta f&aacute;cil de responder: llame un taxi. Y cancele las reuniones de ma&ntilde;ana por la ma&ntilde;ana. Pero tambi&eacute;n podr&iacute;a construir un ingenioso argumento para volver conduciendo usted mismo, en estos t&eacute;rminos: de una muestra de 20.000 trayectos en coche, tan solo se ha visto involucrado en dos accidentes menores y ha llegado a su destino sin contratiempos en 19.998 ocasiones. Las probabilidades parecen estar de su lado. &iquest;Qu&eacute; necesidad hay de pasar por la incomodidad de llamar un taxi cuando las estad&iacute;sticas son tan claras?
    </p><p class="article-text">
        El problema, naturalmente, es que de esos 20.000 trayectos en coche no realiz&oacute; ninguno borracho, y a&uacute;n menos como una cuba. Su muestra conduciendo borracho no es de 20.000 trayectos sino de cero, de modo que no tiene forma de prever el riesgo de accidentes a partir de su experiencia pasada. He aqu&iacute;. un ejemplo de un problema no incluido en la muestra.
    </p><p class="article-text">
        Por sencillo de evitar que parezca, &eacute;ste fue ni m&aacute;s ni menos el problema que cometieron las agencias de calificaci&oacute;n. Moody&rsquo;s calcul&oacute; el grado de relaci&oacute;n entre los diversos impagos de las hipotecas a partir de un modelo construido con datos del pasado, concretamente, con los datos del mercado inmobiliario en Estados Unidos desde la d&eacute;cada de 1980. El problema es que desde la d&eacute;cada de 1980 hasta mediados de la d&eacute;cada de 2000, los precios de la vivienda en Estados Unidos hab&iacute;an experimentado un crecimiento regular. En esas circunstancias, la premisa de que la hipoteca de un propietario guardaba poca relaci&oacute;n con la de otro propietario seguramente ten&iacute;a mucho m&aacute;s fundamento. Pero los datos del pasado no pod&iacute;an describir lo que sucedi&oacute;. cuando los precios de las viviendas empezaron a caer de forma conjunta. El descalabro inmobiliario era un acontecimiento que se encontraba fuera de muestra, por lo que los modelos que barajaban las agencias no serv&iacute;an para evaluar el riesgo de impago en esas condiciones. 
    </p><h3 class="article-text">Qu&eacute; errores se cometieron y qu&eacute; podemos aprender de ellos</h3><p class="article-text">
        Pero Moody&rsquo;s no estaba del todo indefenso y, de hecho, podr&iacute;a haber obtenido una estimaci&oacute;n un poco m&aacute;s plausible simplemente expandiendo sus horizontes. Estados Unidos no hab&iacute;a experimentado un crac similar en el pasado, pero otros pa&iacute;ses s. que lo hab&iacute;an vivido, siempre con resultados nefastos. Tal vez si Moody&rsquo;s hubiera comprobado los &iacute;ndices de impagados tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en Jap&oacute;n, podr&iacute;a haberse formado una idea m&aacute;s realista de la precariedad de la mayor&iacute;a de t&iacute;tulos con respaldo hipotecario, y no otorgarles una calificaci&oacute;n de AAA.
    </p><p class="article-text">
        Pero a menudo los pronosticadores se resisten a considerar los problemas que quedan fuera de muestra. Cuando expandimos la muestra para incluir acontecimientos que nos tocan de m&aacute;s lejos, sea en el espacio o el tiempo, lo que suele suceder es que en algunos casos las relaciones que estudiamos no son tan coherentes como de costumbre. Y eso hace que el modelo parezca menos s&oacute;lido y que resulte menos contundente en una presentaci&oacute;n en PowerPoint (o en un articulo de prensa o en una entrada de un blog). Eso nos obligar&aacute; a reconocer que sabemos menos cosas sobre el mundo de las que cre&iacute;amos, algo que casi siempre resulta contrario a nuestros incentivos personales y profesionales.
    </p><p class="article-text">
        Olvidamos (o preferimos olvidar) que nuestros modelos son simplificaciones del mundo, y nos convencemos de que si cometemos un error, ser&aacute; marginal.
    </p><p class="article-text">
        Pero en los sistemas complejos, los errores no se miden en grados sino en magnitudes. Y S&amp;P y Moody&rsquo;s subestimaron los riesgos de impago asociados a las obligaciones de deuda garantizada por un factor de doscientos. Los economistas consideraron que exist&iacute;a una posibilidad entre quinientas de que se diera una recesi&oacute;n tan grave como la que se produjo.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los riesgos m&aacute;s generalizados de la era de la informaci&oacute;n, como ya he avanzado en la introducci&oacute;n, es que, a medida que crece la cantidad de conocimiento existente en el mundo, se puede ensanchar la brecha entre lo que sabemos y lo que creemos saber. Este s&iacute;ndrome suele ir asociado con predicciones aparentemente exactas que en realidad no lo son. Moody&rsquo;s ofrec&iacute;a c&aacute;lculos detallados hasta el segundo decimal, pero dichos c&aacute;lculos no guardaban relaci&oacute;n alguna con la realidad. Eso es como decir que uno es un buen tirador porque sus disparos dan siempre en el mismo lugar, aunque est&eacute; lejos del objetivo.
    </p><p class="article-text">
        Las crisis financieras (y la mayor parte de los dem&aacute;s errores de predicci&oacute;n) tienen su origen en una falsa sensaci&oacute;n de confianza. Cuando las previsiones exactas pasan por previsiones precisas, es m&aacute;s f&aacute;cil que nos dejemos enga&ntilde;ar y redoblemos nuestras apuestas. Justamente la creencia de que estamos por encima de los errores de juicio es lo que puede frustrar algo tan poderoso como la econom&iacute;a estadounidense.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nate Silver]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/economia/error-prediccion-catastrofico_1_4915446.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Apr 2014 18:13:55 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Un error de predicción catastrófico]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Crisis económica,Big data]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
