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    <title><![CDATA[elDiario.es - Antonio Pampliega]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/antonio_pampliega/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Antonio Pampliega]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Afganistán, el suicidio desesperado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/afganistan-suicidio-liberacion_1_1667788.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7fe3925f-ff7a-4832-9d3d-4a49fd0e9e80_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Afganistán, el suicidio desesperado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dina, de 17 años, ha tratado de quitarse la vida prendiéndose fuego, como muchas de las mujeres internadas en la unidad de quemados del hospital de Herat</p><p class="subtitle">Los motivos por los que una mujer intenta quitarse a vida en Afganistán son, entre otros, los matrimonios forzosos, la violencia machista, el consumo de opio y los problemas económicos</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Llevo d&iacute;as aqu&iacute; con ella. Duermo a su lado. Hablo con ella. La acaricio para que me sienta. La hago compa&ntilde;&iacute;a para que no crea que est&aacute; sola&hellip; pero cada vez que la miro el coraz&oacute;n se me hace pedazos&rdquo;, confiesa haciendo una pausa para no romper a llorar. &ldquo;Es mi hija, &iquest;sabe?&rdquo;, a&ntilde;ade con dulzura antes de colocar su mano, con extrema delicadeza, sobre su frente. La mira dedic&aacute;ndola una t&iacute;mida sonrisa que esconde una inmensa pena.
    </p><p class="article-text">
        Los ojos de la mujer que yace sobre el camastro me atraviesan. A los pocos segundos, desv&iacute;a la mirada. Tiene el rostro totalmente desfigurado. &ldquo;Estaba cocinando cuando sufri&oacute; un ataque de epilepsia. Cay&oacute; de bruces contra el fuego&hellip; y all&iacute; estuvo hasta que pudieron socorrerla&rdquo;, relata su madre mirando fijamente y tomando la mano de su hija.
    </p><p class="article-text">
        Un largu&iacute;simo suspiro, cargado de pesar, se escapa desde lo m&aacute;s profundo de su alma. Es el &uacute;nico sonido que puede emitir. Lleva m&aacute;s de un mes sin pronunciar una sola palabra. La tristeza se ha apoderado de ella y, cada d&iacute;a, la va sumergiendo m&aacute;s y m&aacute;s en la oscuridad de donde, posiblemente, jam&aacute;s pueda volver a salir. &ldquo;Su marido impidi&oacute; que acudiese a un centro m&eacute;dico. La encerr&oacute; en casa, durante 22 d&iacute;as, sin ning&uacute;n tipo de asistencia. Sufr&iacute;a de terribles dolores por culpa de las quemaduras&rdquo;, confiesa la anciana apretando, ahora con m&aacute;s fuerza, la mano de su hija.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Es su segunda mujer, as&iacute; que no le importaba que sobreviviese. Ten&iacute;a otra m&aacute;s. Adem&aacute;s, siempre puede volver a casarse de nuevo&rdquo;, afirma sin inmutarse. &ldquo;Tuve que ir yo a buscar a mi hija. La saqu&eacute; de aquel lugar donde se estaba muriendo&hellip;&rdquo;, relata estremecida la mujer, despu&eacute;s de pedir la publicaci&oacute;n de la fotograf&iacute;a de su hija, para que el mundo sepa la situaci&oacute;n real de las mujeres en Afganist&aacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mi hija, cuando salga del hospital, vendr&aacute; a casa, conmigo. No permitir&eacute; que vuelva a casa de su marido&rdquo;, confiesa la anciana cuyas palabras, por primera vez, est&aacute;n cargadas de rabia y de odio.
    </p><h3 class="article-text">Las historias escondidas en el hospital de Herat</h3><p class="article-text">
        Mohammad Aref Jalali, el m&eacute;dico que me acompa&ntilde;a, me apremia para continuar con la visita. Tiene una risita nerviosa. Recorremos un largu&iacute;simo pasillo hacia otra de las salas del hospital de Herat, en el oeste de Afganist&aacute;n.<strong> </strong>
    </p><p class="article-text">
        En el mundo, hay lugares sombr&iacute;os y macabros que dejan una huella imborrable. Costurones en el alma que tardan en cicatrizar. Este hospital, y todo lo que representa, es uno de esos sitios.
    </p><p class="article-text">
        Una mujer yace en una camilla. Tiene el cuerpo recubierto con gasas impregnadas en yodo. El l&iacute;quido amarillento resbala por su cuerpo hasta caer en los azulejos del suelo. Gota a gota. Un lamento agudo, capaz de perforar los t&iacute;mpanos, escapa de su boca sin encontrar consuelo.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Las que no lo logran me suplican que termine yo&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Dina, como as&iacute; se llama, tiene s&oacute;lo 17 a&ntilde;os. Ha ingresado hace menos de una hora en este hospital. &ldquo;Ha tratado de quitarse la vida&rdquo;, confiesa el doctor. &ldquo;Es algo habitual. Se roci&oacute; el cuerpo con gasolina y se prendi&oacute; fuego&rdquo;, a&ntilde;ade.
    </p><p class="article-text">
        En Afganist&aacute;n, durante 2012, cerca de 2.500 mujeres se quitaron la vida; lo que equivale al 95% del total de casos de suicidio registrados en el pa&iacute;s, seg&uacute;n datos facilitados por el Ministerio de Salud P&uacute;blica. &ldquo;Cada a&ntilde;o pierdo entre 60 y 70 mujeres j&oacute;venes delante de m&iacute;. &iquest;Por qu&eacute; nadie hace nada para evitar estas muertes?&rdquo;, confiesa Mohammad Aref quien finalmente rompe a llorar.
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        &ldquo;Aquellas que no consiguen su objetivo me suplican que termine yo el trabajo. Que acabe con sus vidas. Pero no soy un talib&aacute;n, no asesino mujeres. Mi funci&oacute;n es salvar vidas, no quitarlas&rdquo;, confiesa.
    </p><h3 class="article-text">Los matrimonios forzosos, entre los motivos</h3><p class="article-text">
        Los motivos por los que una mujer intenta quitarse la vida en Afganist&aacute;n son, fundamentalmente, tres: los matrimonios forzosos, el consumo de opio y los problemas econ&oacute;micos. &ldquo;Pero, en su mayor&iacute;a, son chicas muy j&oacute;venes, de entre 14 y 21 a&ntilde;os, que sufren malos tratos en el seno familiar o se ven obligadas a casarse con un hombre que no desean y, en casi todos los casos 10 o 15 a&ntilde;os mayor que ellas&rdquo;, confiesa.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;He atendido casos de ni&ntilde;as de 11 o 12 a&ntilde;os que ya han intentado quitarse la vida, por estar casadas con hombres much&iacute;simo m&aacute;s mayores de ellas &iquest;Qu&eacute; futuro las espera?&rdquo;. Hace una larga pausa para reflexionar la respuesta. &ldquo;Es usted consciente que esas ni&ntilde;as ser&aacute;n violadas en su noche de bodas, &iquest;verdad? Da igual que sean unas cr&iacute;as. Eso es lo de menos&hellip; Aqu&iacute; la mujer es una propiedad. Si yo fuera mujer, en una situaci&oacute;n as&iacute;, tambi&eacute;n intentar&iacute;a acabar con mi vida&rdquo;, sentencia tajante.
    </p><p class="article-text">
        Dina es un caso m&aacute;s en una largu&iacute;sima estad&iacute;stica. La obligaron a casarse hace cinco a&ntilde;os pero su marido nunca la acept&oacute;. No llegaron a convivir ni una sola noche. Su padre le pregunt&oacute; qu&eacute; hab&iacute;a hecho para que su marido la repudiase de esa manera&hellip; y decidi&oacute; quitarse la vida. &ldquo;Muchas de ellas, cuando llegan a este hospital me suplican que les suministre una inyecci&oacute;n letal. Pero no soy un asesino. Cr&eacute;ame. No puedo hacerlo&hellip;&rdquo;, repite el mismo mantra que me solt&oacute; cuando nos conocimos.
    </p><p class="article-text">
        Nadie sabe, a ciencia cierta, cu&aacute;ntas mujeres se quitan la vida en Afganist&aacute;n cada a&ntilde;o. La mayor&iacute;a de las muertes son registradas como meros accidentes dom&eacute;sticos porque, para las familias de las j&oacute;venes, el suicidio es un deshonor. Tanto es as&iacute; que durante el r&eacute;gimen talib&aacute;n los padres de las j&oacute;venes que hab&iacute;an tratado de quitarse la vida eran encarcelados por considerarlo un pecado. El Islam, al igual que el cristianismo, considera el suicidio una aberraci&oacute;n. Un insulto a Dios. Por lo tanto, a d&iacute;a de hoy, las muertes se siguen ocultado. Por verg&uuml;enza.
    </p><p class="article-text">
        Depende de la provincia del pa&iacute;s, las j&oacute;venes optan por un m&eacute;todo u otro para quitarse la vida. &ldquo;El m&aacute;s popular es rociarse el cuerpo con alg&uacute;n l&iacute;quido inflamable y, despu&eacute;s, prenderse fuego. En otros sitios prefieren la ingesta masiva de pastillas o cortarse las venas&rdquo;, describe el doctor mientras me conduce hacia otra habitaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Neima Ahmadid sumerge las gasas en un cuenco a rebosar de yodo. Lo escurre un par de veces para que no gotee. Comienza a vendar la mano, en carne viva, de una mujer. La enfermera lleva a&ntilde;o y medio trabajando en este hospital de quemados. &ldquo;Un trabajo tan gratificante como duro&rdquo;, confiesa sin detenerse un segundo. &ldquo;Todos los d&iacute;as notas el sufrimiento de estas mujeres. Escuchas sus lamentos. Sus sollozos. Y, al final, es inevitable que te acabes rompiendo. S&iacute;, claro que lloro. Ser&iacute;a inhumano no hacerlo pero lo hago en mi casa. Nunca delante de ellas&hellip; Tengo que transmitirlas fe, esperanza, fuerza&hellip;&rdquo;, se sincera la joven, de 25 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Cada d&iacute;a viene a este hospital a realizar el mismo trabajo. Posiblemente el m&aacute;s duro. Tiene que cambiar las gasas y los vendajes de media docena de mujeres. &ldquo;Cuando las desvistes y se ven sus cuerpos abrasados es&hellip; terrible. Alguna llora. Otros gritan. En este lugar hay much&iacute;simo sufrimiento. No puedes, ni siquiera, imagin&aacute;rtelo&rdquo;, confiesa.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Muchas veces me dicen, entre lamentos, que preferir&iacute;an estar muertas a vivir as&iacute;. Y tienen raz&oacute;n. Para vivir as&iacute;, con el cuerpo destrozado y se&ntilde;aladas por la sociedad, hubiese sido mejor haber muerto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Una mujer, cuya cara est&aacute; completamente vendada se recuesta. Espera pacientemente, y sin protestar, a que Neima vaya retirando los vendajes. Finalmente muestra su rostro. Est&aacute; desfigurado por las llamas. &ldquo;Dice que fue un accidente cocinando&hellip; No tengo porque dudar de su testimonio&rdquo;, afirma mientras impregna unas gasas en el yodo y va limpiando toda la superficie. Para desinfectar las heridas y evitar que supuren o se infecten.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Casi no tenemos materiales. El hospital s&oacute;lo proporciona los calmantes, los antibi&oacute;ticos y las medicinas. El resto&hellip; corre por cuenta de los pacientes. El yodo. Las gasas. Los vendajes. Todo. El problema es que muchas de estas mujeres pertenecen a familias extremadamente pobres y no pueden afrontar los costos. As&iacute; que somos los empleados del hospital quienes los compramos para d&aacute;rselos&rdquo;, denuncia la enfermera.
    </p><p class="article-text">
        Desde 2014, coincidiendo con la retirada de las tropas internacionales, muchas de las organizaciones de ayuda humanitaria tambi&eacute;n decidieron marcharse del pa&iacute;s dejando a hospitales como este completamente desamparados. &ldquo;En nuestro caso, depend&iacute;amos de la cooperaci&oacute;n italiana. Cuando las tropas se fueron tambi&eacute;n lo hicieron los cooperantes. Y, desde entonces, nos hemos visto obligados a prescindir de uno de los dos quir&oacute;fanos que tenemos porque no hay material suficiente para que est&eacute; operativo&rdquo;, se queja Mohammad Aref.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Nos detenemos ante una cama. Una mujer se oculta bajo una s&aacute;bana. Oculta su rostro. No quiere hablar conmigo. &ldquo;Lleva dos meses ingresada. Tiene 23 a&ntilde;os y m&aacute;s del 42% de su cuerpo quemado. Ha sufrido tres operaciones, hasta el momento. Y necesitar&aacute; una m&aacute;s&hellip;&rdquo;, relata el doctor repasando su ficha, que estaba situada a los pies del camastro. &ldquo;Ten&iacute;a problemas con la familia de su marido. Posiblemente la golpeasen y la humillasen. Aqu&iacute; es habitual. La esposa se muda casa del hombre y all&iacute; se convierte en la sirvienta&hellip; y la tratan como tal&rdquo;, revela Mohammad Aref. &ldquo;As&iacute; que, cansada del trato denigrante, decidi&oacute; quemarse viva.
    </p><p class="article-text">
        La familia del marido consigui&oacute; sofocar las llamas antes de que pereciese y la trajeron al hospital&hellip; Cuando salga de aqu&iacute; el marido la repudiar&aacute;&ldquo;, sentencia dejando la ficha, de nuevo, en su lugar correspondiente y encamin&aacute;ndose hacia la salida.
    </p><h3 class="article-text">Shakiba visibiliz&oacute; en 2012 los suicidios de las afganas</h3><p class="article-text">
        El suicidio de las mujeres, y en ocasiones ni&ntilde;as, siempre ha sido un tab&uacute; en Afganist&aacute;n. Un secreto a voces. Todo el mundo lo sab&iacute;a. Pero que nadie se atrev&iacute;a a hacerlo p&uacute;blico. A denunciarlo. Los trapos sucios se guardan en casa. No se airean. Pero, al final, hay quien decide dar un golpe en la mesa. Quitarse la careta y pegar cuatro gritos. Y Shakiba fue pionera en eso. Con 19 a&ntilde;os empap&oacute; su burka con gasolina y se prendi&oacute; fuego con una cerilla.
    </p><p class="article-text">
        Era agosto de 2002. Y el mundo se conmocion&oacute;. La joven agonizante, en el hospital, relat&oacute;, a una televisi&oacute;n local, su drama. Su familia hab&iacute;a decidido subastarla al mejor postor. Tras una puja, un hombre, 10 a&ntilde;os mayor que ella, la 'compr&oacute;' por algo m&aacute;s de 7.500 euros, para convertirla en su segunda esposa. Los padres de Shakiba la obligaron a aceptar la uni&oacute;n. En Afganist&aacute;n, la gran mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n vive con poco m&aacute;s de un euro al d&iacute;a, as&iacute; que aquello era una aut&eacute;ntica fortuna. Cuando la boda estaba a punto de celebrarse la joven decidi&oacute; acabar con su vida.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mi familia me estaba vendiendo y no sab&iacute;a qu&eacute; hacer, no ten&iacute;a otra opci&oacute;n&rdquo;, fueron sus &uacute;ltimas palabras. Su padre estaba presente. Avergonzado, s&oacute;lo pudo bajar la cabeza. D&iacute;as despu&eacute;s Shakiba, quien ten&iacute;a m&aacute;s del 50% de su cuerpo quemado, fallec&iacute;a en el hospital de Herat visibilizando a miles de mujeres afganas que hab&iacute;an recurrir&iexcl;do al suicidio para quitarse de en medio.
    </p><p class="article-text">
        La violencia machista es otra de las opresiones de las que intentan escapar las mujeres en Afganist&aacute;n. &ldquo;Cada mes recibimos entre cinco o seis casos en lo que el marido ha tratado de matar a su esposa. La roc&iacute;an con gasolina y despu&eacute;s las prenden fuego o las echan &aacute;cido en el rostro para desfigurarlas. Se conocen como cr&iacute;menes de honor. Y el marido se creen en todo su derecho de acabar con la vida de su esposa porque cree que le est&aacute; siendo infiel o porque ha pasado la noche fuera de casa o a tratado de escapar huyendo de las palizas&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Pampliega]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/afganistan-suicidio-liberacion_1_1667788.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 07 Mar 2019 20:38:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Afganistán,Violencia machista,Suicidio]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los menores perdidos del Mediterráneo: "Si me deportan volveré a intentar llegar a Europa"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/ninos-perdidos-mediterraneo_1_3393047.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5b20f515-9316-4810-a062-a28b82b31185_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los menores perdidos del Mediterráneo: &quot;Si me deportan volveré a intentar llegar a Europa&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En 2016, nueve de cada diez niños que cruzaron el Mediterráneo viajaron solos y el 75% fue víctima de abusos en el camino, según Unicef</p><p class="subtitle">Varios menores migrantes relatan las razones que les empujan a emprender la ruta y el trato que han recibido en su intento de llegar a Europa</p><p class="subtitle">"Me obligaron a llamar a mi padre para que escuchase cómo me golpeaban", recuerda un joven de 14 años que fue encarcelado en Libia</p></div><p class="article-text">
        Amanece. Los primeros rayos de sol recortan las siluetas de las fr&aacute;giles figuras. Los brazos de sal mecen con suavidad la balsa de goma que navega a la deriva. Un silencio l&uacute;gubre y siniestro embarga la atm&oacute;sfera. Gestos de cansancio y hartazgo cincelan sus duras facciones. Rostros p&eacute;treos. Ojos penetrantes que apu&ntilde;alan. En definitiva, miedo a lo desconocido.
    </p><p class="article-text">
        Manos desesperadas se alzan en busca de un chaleco salvavidas. Tensi&oacute;n, angustia, nerviosismo, desesperaci&oacute;n&hellip; En este popurr&iacute; de sentimientos, un rostro llama poderosamente la atenci&oacute;n. Permanece sereno e imperturbable. El miedo atenaza los m&uacute;sculos de su cara ani&ntilde;ada. Bokar Sissoho tiene 14 a&ntilde;os pero muestra una madurez impropia de su edad. Mira a su alrededor sin perder la calma. Espera pacientemente su turno para recibir uno de los chalecos que reparten los socorristas de la ONG espa&ntilde;ola ProActiva Open Arms.
    </p><p class="article-text">
        El muchacho, de ojos vivarachos, mira al cielo y da gracias a Al&aacute;. &ldquo;El agua empez&oacute; a llenar el fondo del bote lleg&aacute;ndome por los tobillos. Pens&eacute; que iba a morir porque no s&eacute; nadar&rdquo;, se sincera el joven. Una enorme sonrisa muestra sus dientes perlados. Es afortunado y lo sabe. Una de cada 37 personas que cruzan el Mediterr&aacute;neo central rumbo a Italia perecen durante la traves&iacute;a. En 2016 m&aacute;s de 5.000 migrantes se dejaron la vida tratando de llegar a Europa.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;No quiero volver a Mali porque all&iacute; no tengo nada&rdquo;</h3><p class="article-text">
        El viaje de Bokar comenz&oacute; meses atr&aacute;s cuando, junto con su mejor amigo &ndash;tambi&eacute;n menor de edad&ndash;, decidi&oacute; abandonar la peque&ntilde;a aldea maliense en la que viv&iacute;a junto a su madre para emprender un viaje de miles de kil&oacute;metros. &ldquo;Me march&eacute; por la noche, sin decir nada a mi madre. Ella no quer&iacute;a que lo hiciera porque es muy peligroso pero, &iquest;qu&eacute; futuro me espera en Mali?&rdquo;, se pregunta.
    </p><p class="article-text">
        La revoluci&oacute;n en Libia desencaden&oacute; el golpe de Estado de los tuaregs en Mali. Miles de mercenarios provistos de un arsenal y dispuestos a luchar por el mejor postor desestabilizaron el pa&iacute;s. La aparici&oacute;n de facciones afines a Al Qaeda y al autoproclamado Estado Isl&aacute;mico, la pobreza end&eacute;mica&hellip; Mali es uno de los pa&iacute;ses m&aacute;s pobres&nbsp;del mundo. &ldquo;&iquest;No huir&iacute;as t&uacute; de un lugar as&iacute;?&rdquo;, pregunta tratando de encontrar una aprobaci&oacute;n que no necesita. &ldquo;Si me deportan volver&eacute; a tratar de llegar a Europa cruzando el r&iacute;o &ndash;Bokar no sabe que el Mediterr&aacute;neo es un mar&ndash;. No quiero volver a Mali nunca m&aacute;s porque all&iacute; no tengo absolutamente nada&rdquo;, lamenta.
    </p><p class="article-text">
        El joven, en su huida al viejo continente, <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/Prefiero-morir-agua-regresar-Libia_0_626788010.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">depar&oacute; en una c&aacute;rcel libia </a>donde le pegaron y torturaron. &ldquo;Me obligaron a llamar a mi padre, que vive en Francia, para que escuchase c&oacute;mo me golpeaban. Le pidieron dinero y cuando les lleg&oacute; me dejaron libre&rdquo;, revela el muchacho, quien recuerda con horror los dos meses que pas&oacute; encarcelado.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Ve&iacute;a como hac&iacute;an lo mismo a otras personas para financiarse. Pas&eacute; mucho miedo porque no sab&iacute;a si me iban a matar. Pero volver&iacute;a a pasar lo mismo si esa es la puerta que abre Europa&rdquo;, sentencia con firmeza mientras se&ntilde;ala que su &uacute;nico sue&ntilde;o es poder &ldquo;volver a la escuela y terminar sus estudios&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Emoran Sivene cubre su cuerpo espigado con una manta de color verde. Est&aacute; acurrucado en uno de los costados del barco Golfo Azzurro. El fr&iacute;o del Mediterr&aacute;neo cala los huesos. Trata de entrar en calor dando peque&ntilde;os sorbos a un vaso de t&eacute;. Es la primera vez, en horas, que ingiere alg&uacute;n tipo de alimento. Los traficantes lo empujaron, junto con otras 125 personas, al mar sin ning&uacute;n tipo de comida o agua. A su suerte.
    </p><p class="article-text">
        Tiene 16 a&ntilde;os y procede de Costa de Marfil. Su familia reuni&oacute;, durante a&ntilde;os, los 2.200 euros que cuesta el pasaje en uno de esos endebles botes de goma para que pudiese alcanzar Europa. &ldquo;&iexcl;No puedo volver atr&aacute;s, no puedo! &iquest;C&oacute;mo voy a explicar a mi familia que todo ese dinero no sirvi&oacute; para nada? Antes prefiero morir ahogado que cargar con esa verg&uuml;enza&rdquo;, se sincera para terminar a&ntilde;adiendo que &ldquo;no puedo volver a pagar el dinero que cuesta el billete&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Este joven marfile&ntilde;o pas&oacute; seis meses en una prisi&oacute;n en la ciudad de Tr&iacute;poli de donde consigui&oacute; escapar junto con otros 200 secuestrados. En ese presidio ubicado en la capital libia conoci&oacute; a Suleiman Colubali, tambi&eacute;n de 16 a&ntilde;os. &ldquo;Mi padre es pescador y vendi&oacute; su barca para poder pagarme un pasaje hasta Europa&rdquo;, revela este muchacho quien viaja hasta con una sola idea en la cabeza. &ldquo;Jugar en un equipo de f&uacute;tbol y poder continuar con mis estudios. En mi pa&iacute;s, si no tienes dinero no puedes seguir estudiando&rdquo;, asevera.
    </p><h3 class="article-text">9 de cada 10 menores&nbsp;cruzan solos el Mediterr&aacute;neo</h3><p class="article-text">
        Tanto Bokar como Emoran y Suleiman son menores de edad y viajan solos. Esta es la t&oacute;nica habitual en la ruta del Mediterr&aacute;neo central. Cerca del 20% de los migrantes que usan esta v&iacute;a para tratar de llegar a Europa no cumplen 18 a&ntilde;os; 9 de cada 10 viajan sin compa&ntilde;&iacute;a, seg&uacute;n los datos de Save The Children.
    </p><p class="article-text">
        Unicef denuncia que m&aacute;s de 25.800 menores en esas circunstancias llegaron a las costas de Italia solo en 2016; una cifra que duplica la registrada en 2015. <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/Unicef-G7-resolver-migratoria-infantil_0_644985506.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">En su &uacute;ltimo informe, el organismo de la ONU concluye</a>&nbsp;que &ldquo;sin v&iacute;as seguras y legales&rdquo;, el viaje de los ni&ntilde;os est&aacute; marcado por los riesgos y los abusos:&nbsp;el 75% de los migrantes&nbsp;de entre 14 y 19 a&ntilde;os que llegaron a Italia en 2016 se vieron obligados a trabajar sin remuneraci&oacute;n y permanecieron retenidos en contra de su voluntad, seg&uacute;n el estudio.
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        &ldquo;No se puede evitar que traten de cruzar hac&iacute;a Europa. En sus pa&iacute;ses de origen no tienen nada que ganar. A pesar del peligro que entra&ntilde;a el viaje tienen m&aacute;s posibilidades de mejorar su vida en Europa que qued&aacute;ndose&rdquo;, denuncia Riccardo Gatti, jefe de misi&oacute;n de ProActiva.
    </p><p class="article-text">
        Huyen de guerras, violencia, pobreza... &ldquo;Su perspectiva de futuro es cero. No viven, sobreviven. Hay quienes buscan el sue&ntilde;o europeo y quienes huyen de atrocidades y de situaciones brutales&rdquo;, asegura este cooperante. &ldquo;No se plantean llegar a un pa&iacute;s en concreto, solo escapan. Son supervivientes y algunos llevan tanto tiempo viajando que ya no saben en qu&eacute; lugar del planeta se encuentran&rdquo;, afirma.
    </p><p class="article-text">
        ProActiva lleva trabajando en el Mediterr&aacute;neo central desde junio de 2016. En ese periodo de tiempo, una cuarta parta de las personas a las que han rescatado de morir ahogadas en el mar son menores de edad. &ldquo;Hay familias que invierten todos sus ahorros en un viaje para que sus hijos puedan llegar hasta Europa. Ellos se convierten en la &uacute;nica esperanza que tienen para poder salir de la pobreza extrema&rdquo;, comenta.
    </p><p class="article-text">
        El 80% de los menores que son auxiliados&nbsp;por la ONG espa&ntilde;ola son de origen subsahariano pero tambi&eacute;n rescatan palestinos, sirios, iraqu&iacute;es, afganos, marroqu&iacute;es o banglades&iacute;es. &ldquo;Nosotros tratamos de detectar las redes que traen a estos cr&iacute;os hasta Europa porque muchos de ellos acabar&aacute;n siendo prostituidos, trabajar&aacute;n como esclavos o ser&aacute;n usados en redes de tr&aacute;fico de &oacute;rganos&rdquo;, denuncia Gatti.
    </p><h3 class="article-text">El sue&ntilde;o europeo</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Los libios odian a los africanos negros&rdquo;, asevera Ibrahim, senegal&eacute;s de 17 a&ntilde;os, quien fue secuestrado por un taxista y, posteriormente, vendido a un grupo de traficantes de personas a quienes acab&oacute; comprando su libertad por unos pocos euros. &ldquo;Con dinero se pueden comprar muchas cosas en Libia&rdquo;, denuncia el joven.
    </p><p class="article-text">
        Ibrahim abandon&oacute; su pa&iacute;s huyendo de la pobreza y buscando un futuro que se le resist&iacute;a en Senegal. &ldquo;Mi madre tiene que cuidar a otros dos hijos y en mi casa somos muy pobres. Viajo a Europa en busca de trabajo y dinero para poder enviarles algo y hacer feliz a mi madre&rdquo;, afirma este joven, quien espera no ser deportado desde Italia.
    </p><p class="article-text">
        Abraham Yalu es otro de estos ni&ntilde;os perdidos del Mediterr&aacute;neo. Dej&oacute; Guinea Conakry, su pa&iacute;s de origen, y recorri&oacute; Mali, Burkina Faso, N&iacute;ger hasta que lleg&oacute; a Libia, meses despu&eacute;s de su partida. &ldquo;En mi aldea jugaba de delantero centro y espero que alg&uacute;n equipo europeo quiera ficharme para jugar con ellos, as&iacute; podr&eacute; mandar dinero a mis padres&rdquo;, sentencia.
    </p><p class="article-text">
        Yalu, con una enorme sonrisa, sue&ntilde;a con un futuro de gloria alejado de la pobreza. Quiz&aacute; lo consiga, en esta u otra ocasi&oacute;n. &ldquo;Si me deportan lo intentar&eacute; otra vez&rdquo;, advierte. Europa contin&uacute;a empe&ntilde;ada en levantar muros sin darse cuenta de que los sue&ntilde;os de estos chavales vuelan muy, muy alto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Pampliega]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/ninos-perdidos-mediterraneo_1_3393047.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 18 May 2017 19:04:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los menores perdidos del Mediterráneo: "Si me deportan volveré a intentar llegar a Europa"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Proactiva Open Arms,Libia,UNICEF,Mediterráneo,Menas - Menores Extranjeros No Acompañados]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["He visto a compañeros lanzarse al agua porque no querían ser devueltos a Libia"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/prefiero-morir-agua-regresar-libia_1_3501390.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58c4f95e-8395-4ef3-969b-eef270e204ce_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&quot;He visto a compañeros lanzarse al agua porque no querían ser devueltos a Libia&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En los dos primeros meses de 2017 el número de llegadas por el Mediterráneo Central se ha elevado un 40%, según la OIM</p><p class="subtitle">Varios migrantes relatan los abusos sufridos a su paso por Libia mientras la UE trata de cerrar la ruta a través de un acuerdo con el país de tránsito</p><p class="subtitle">"Prefiero morir en el agua a regresar a Libia", dice un joven guineano tras ser rescatado en el Mediterráneo</p></div><p class="article-text">
        Piel de &eacute;bano. Rostro serio. Mirada triste y vac&iacute;a. Sus ojos almendrados miran al infinito. Permanece cabizbajo y en absoluto silencio. Se siente inc&oacute;modo y fuera de lugar. Juguetea con sus dedos espigados mientras el reloj devora unos segundos que parecen eternos. Acaba de ser rescatado del mar Mediterr&aacute;neo que ya <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/ONG-muerte-personas-naufragios-Mediterraneo_0_625388629.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">se ha tragado 593 vidas este&nbsp;a&ntilde;o,</a>&nbsp;seg&uacute;n Acnur.
    </p><p class="article-text">
        Se llama Mamadee Kamara. S&oacute;lo tiene 18 a&ntilde;os pero su mirada es la de un anciano; la de alguien que ha visto y vivido cosas que ning&uacute;n ser humano deber&iacute;a de haber experimentado, la de una v&iacute;ctima pero tambi&eacute;n la de un superviviente. Su timidez, esconde una historia de torturas, violencia y humillaciones.
    </p><p class="article-text">
        El silencio que le rodea es envolvente y pesado. Todos los que est&aacute;n sentados a su alrededor le observan con gesto triste pero ninguno se atreve a hablar. No hace falta. Todos han pasado por lo mismo que el joven guineano. Lo han sufrido en carne propia y lo &uacute;nico que quieren es olvidar lo antes posible la pesadilla que han vivido.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Le ataron los pies y lo colgaron del techo. Cinco libios, provistos de estacas de madera, lo rodearon. Le pidieron que llamara a su familia en Guinea y cuando respondi&oacute; su madre comenzaron a golpearle todo el cuerpo. Su madre escuchaba los llantos y los golpes. Uno de ellos le dijo que ten&iacute;an a su hijo secuestrado y que&nbsp;su libertad costaba 200 euros. Pero la familia de mi amigo es pobre y no pudo afrontar el pago&rdquo;, afirma haciendo una larga pausa que parece eterna hasta que, por fin, la rompe con contundencia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mi amigo est&aacute; muerto&rdquo;, dice avergonz&aacute;ndose de s&iacute; mismo porque, aunque no lo dice, sabe que si est&aacute; vivo es porque su familia s&iacute; que pudo reunir los 200 euros exigidos para comprar su libertad. El silencio vuelve.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Prefiero morir en el agua a regresar a Libia&rdquo;, responde al fin. Las palabras salen de manera atropellada de su boca. &ldquo;No quiero volver all&iacute; nunca m&aacute;s&rdquo;, reitera de nuevo,&nbsp;por si no hab&iacute;a quedado claro la primera vez.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Torturas y muerte en las c&aacute;rceles</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Perd&iacute; a dos de mis mejores amigos en una c&aacute;rcel libia. Les dispararon en el pecho cuando trataban de huir despu&eacute;s de abrir un hueco entre los barrotes de su celda. Murieron en mis brazos&rdquo;, a&ntilde;ade Lami, sum&aacute;ndose a la conversaci&oacute;n y dejando a Mamadee sumido en sus pensamientos y atormentado por sus fantasmas.
    </p><p class="article-text">
        Este joven gambiano, de 24 a&ntilde;os, estuvo secuestrado m&aacute;s de cinco meses en Libia. En ese tiempo pas&oacute; por tres c&aacute;rceles hasta que sus familiares pudieron reunir los 300 euros que le devolvieran la libertad. En ese tiempo sus ojos fueron testigos de m&uacute;ltiples atrocidades. &ldquo;Te pegan, te torturan y, si tratas de escapar, te disparan. Los libios odian a los negros y nos tratan peor que a animales. Hab&iacute;a quien llevaba meses all&iacute; encerrado esperando a que alguien pagase por ellos. En Libia si tienes dinero eres un hombre libre&rdquo;, denuncia Lami. Advierte que si regresa a Libia se quitar&aacute; la vida. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No volver&eacute; a pasar por aquello. He visto c&oacute;mo rociaban con gasolina a algunos presos y luego les prend&iacute;an fuego. En las c&aacute;rceles mueren subsaharianos todos los d&iacute;as&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las historias de horror se repiten como si fuera un bucle macabro. Quien m&aacute;s y quien menos ha sido torturado o golpeado por las mafias. &ldquo;Libia es el infierno para el &Aacute;frica negra&rdquo;, apunta Gibriselle quien tambi&eacute;n pas&oacute; su particular calvario por una c&aacute;rcel en Libia. &ldquo;Te dan un trozo de pan por la ma&ntilde;ana y un vaso de agua. Te golpean simplemente por diversi&oacute;n. Yo estuve un d&iacute;a inconsciente despu&eacute;s de que me golpeasen en la cabeza. Lo &uacute;nico que hice fue preguntarles si pod&iacute;a ir al ba&ntilde;o&rdquo;, denuncia.
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                </figure><h3 class="article-text">Libia: la ruta hacia Europa</h3><p class="article-text">
        Desde el derrocamiento de Muamar el Gadafi, en octubre de 2011, Libia se ha convertido en un vergel para los traficantes de seres humanos. El pa&iacute;s africano re&uacute;ne las condiciones propicias para que este negocio&nbsp;&ndash;que en 2015 dio un r&eacute;dito de 4.000 millones de euros, seg&uacute;n Frontex&ndash; est&eacute; en alza. Un gobierno d&eacute;bil e inestable.&nbsp;Facciones tribales que luchan por el poder, presencia de grupos afines al autoproclamado Estado Isl&aacute;mico&hellip;
    </p><p class="article-text">
        A este c&oacute;ctel, ya de por s&iacute; jugoso para las mafias, hay que a&ntilde;adir el acuerdo firmado hace justo un a&ntilde;o entre la Uni&oacute;n Europea (UE) y Turqu&iacute;a, por el que todos los migrantes y refugiados que lleguen a Grecia ser&aacute;n devueltos al pa&iacute;s otomano. Esto ha convertido la ruta Libia-Italia en una de las pocas v&iacute;as viables de&nbsp;los migrantes para alcanzar suelo europeo.
    </p><p class="article-text">
        Este trayecto, de apenas 300 kil&oacute;metros, es el m&aacute;s peligroso y mort&iacute;fero de cuantos llevan al viejo continente. Las muertes han aumentado un 36% en el &uacute;ltimo a&ntilde;o pero ni siquiera esto frena el flujo. En 2015, 154.000 personas cruzaron el Mediterr&aacute;neo Central desde Libia mientras que en 2016 la cifra ascendi&oacute; a 181.436. 
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n la Organizaci&oacute;n Internacional para las Migraciones (OIM), en los dos primeros meses de 2017 el n&uacute;mero se ha elevado un 40% respecto a a&ntilde;os anteriores y advierte que en Libia hay entre 700.000 y un mill&oacute;n de personas esperando para cruzar.
    </p><p class="article-text">
        El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) recuerda&nbsp;que hay una&nbsp;entre 23 posibilidades de morir tratando de cruzar el Mediterr&aacute;neo Central.
    </p><p class="article-text">
        La&nbsp;UE ha anunciado su intenci&oacute;n de prorrogar un a&ntilde;o la Operaci&oacute;n Sophia, que tiene como objetivo acabar con el tr&aacute;fico de personas en el Mediterr&aacute;neo y formar a la guardia costera libia, mejorando su operatividad y su implicaci&oacute;n en la lucha contra la inmigraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Desde la entrada en&nbsp;vigor de esta operaci&oacute;n, en 2015, s&oacute;lo han sido interceptadas 100 pateras. &ldquo;Los guardacostas libios trabajan para las mafias. Los botes que interceptan los remolcan hasta la playa y una vez all&iacute; nos dejan en manos de las mafias para que nos vuelvan a encarcelar&rdquo;, denuncia Lami quien vio c&oacute;mo una patrullera frustraba su primer intento de llegar a Europa. &ldquo;He visto a compa&ntilde;eros de embarcaci&oacute;n lanzarse al agua, desesperados. No quer&iacute;an volver a la c&aacute;rcel&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Estuvimos varios d&iacute;as encerrados en una casa&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Las mafias han comenzado a diversificar su negocio. Ya no s&oacute;lo ofrecen plazas en las pateras sino que ahora ofertan viajes 'organizados' a los migrantes desde sus pa&iacute;ses de origen por precios que oscilan entre los 2.000 y 2.500 euros. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Salimos de Guinea Conakry 200 personas repartidas en dos autobuses. Cruzamos Mal&iacute;, Burkina Faso y N&iacute;ger antes de llegar a Libia. Una vez all&iacute;, estuvimos varios d&iacute;as encerrados en una casa hasta el d&iacute;a de la partida&rdquo;, afirma Abraham Yalu, de 17 a&ntilde;os, quien viaja a Europa con la esperanza de que alg&uacute;n club europeo le fiche como delantero centro.
    </p><p class="article-text">
        Contratar este tipo de viajes garantiza a los migrantes dos cosas: un mejor lugar en las barcas y no acabar en una c&aacute;rcel libia. &ldquo;A nosotros no nos detuvieron ni nos hicieron absolutamente nada porque hab&iacute;amos contratado el viaje directamente con la mafia&rdquo;, a&ntilde;ade el joven.
    </p><p class="article-text">
        El color de piel tambi&eacute;n influye a la hora de cruzar el Mediterr&aacute;neo Central. Mientras que los negros son relegados a las cubiertas m&aacute;s bajas de los barcos de madera &ndash;donde son encerrados con candados para impedir que puedan subir a las cubiertas superiores&ndash; los afganos, paquistan&iacute;es, sirios, libios, magreb&iacute;es o banglades&iacute;es tienen un estatus superior y reciben un trato preferencial.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;A alguno de nosotros nos dieron una suerte de chaleco salvavidas. En ning&uacute;n momento fuimos golpeados ni tampoco sufrimos el robo de nuestras pertenencias&rdquo;, relata Tayssir Al-Kojak, periodista sirio que navegaba a la deriva junto con otras 55 personas cuando fue rescatado por un equipo de la ONG espa&ntilde;ola ProActiva Open Arms.
    </p><h3 class="article-text">Un viaje de mentiras y enga&ntilde;os</h3><p class="article-text">
        Los traficantes suelen aprovechar la noche para embarcar a los migrantes, quienes son conducidos hasta las playas en contenedores o con los ojos vendados para impedirles ubicar los puntos de partida de las pateras. La mayor&iacute;a de las salidas de la ruta Libia-Italia se producen en las ciudades costeras de Zuwara&nbsp;&ndash;Amnist&iacute;a Internacional la considera el reino de las mafias&ndash;, Sabrat&aacute; y Garabulli.
    </p><p class="article-text">
        Una vez all&iacute;, los migrantes vuelven a sufrir robos&nbsp;&ndash;si es que a&uacute;n conservan alguna pertenencia&ndash; y son golpeados con l&aacute;tigos, cinturones o con las culatas de los rifles para aligerar el embarque antes de lanzarlos al mar sin comida ni agua, sin chalecos salvavidas&ndash; muchos de ellos no saben nadar&ndash; y con s&oacute;lo un par de bidones de gasolina. 
    </p><p class="article-text">
        Los migrantes, en su sue&ntilde;o por llegar a las costas europeas, se f&iacute;an de la palabra de los traficantes sin poner en duda las instrucciones. &ldquo;Nos dijeron que la costa italiana estaba a menos de cinco horas de navegaci&oacute;n&rdquo;, denuncia Omar Darami, quien pag&oacute; cerca de 400 euros por un sitio en un bote hinchable de goma en el que viajaba junto a otras 150 personas entre ellos varias mujeres y ni&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Pero la realidad es que los motores de las embarcaciones tienen una potencia que no supera los 40 caballos y navegan a cuatro nudos, por lo que tardar&iacute;an cerca de una semana en recorrer los 300 kil&oacute;metros que separan las dos orillas del Mediterr&aacute;neo. Muchos de los migrantes, como es el caso de Omar, piensan que est&aacute;n cruzando un r&iacute;o y se sorprenden al descubrir que, en realidad, est&aacute;n cruzando el mar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;A las cuatro horas de viaje se acab&oacute; el combustible y naveg&aacute;bamos a la deriva cuando nos rescataron (la ONG ProActiva). Pensamos que &iacute;bamos a morir todos. Nadie nos hab&iacute;a dicho en qu&eacute; consist&iacute;a realmente el viaje. De haberlo sabido, la verdad jam&aacute;s hubiese escogido esta ruta para cruzar porque es un suicidio&rdquo;, se sincera este guineano.
    </p><p class="article-text">
        Estos migrantes <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/refugiados-sicilia-aislados-campo_0_549795482.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">han conseguido salvar su vida y llegar a Europa</a>&nbsp;pero hay muchos Omar, Lami, Tayysir, Abraham o Mamadee que cada d&iacute;a juegan a la ruleta rusa subi&eacute;ndose a un bote sin saber nadar con la esperanza de alcanzar un sue&ntilde;o.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Pampliega]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/prefiero-morir-agua-regresar-libia_1_3501390.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Mar 2017 18:22:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA["He visto a compañeros lanzarse al agua porque no querían ser devueltos a Libia"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libia,Inmigración,Mediterráneo,Muertes migratorias,UE - Unión Europea]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De jefe de una pandilla a cocinero: "Ahora estaría en la cárcel o bajo tierra"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/cocina-aparecido-vida-carcel-tierra_1_3568380.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0fb5fb34-9793-4b22-a01c-89b72253ae7b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De jefe de una pandilla a cocinero: &quot;Ahora estaría en la cárcel o bajo tierra&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La escuela de hostelería Cesal da clases de cocina a jóvenes en riesgo de exclusión social en Madrid desde hace cinco años</p><p class="subtitle">"Lo más difícil es vivir con todo lo malo que he hecho. Ahora estoy en paz", dice Fernando, exlíder de una de las bandas más peligrosas de Madrid</p><p class="subtitle">Tawa, captada por una red de trata en Nigeria:  "Me pegaba, me torturaba, me amenazaba con matar a mi hijo en Nigeria. Ahora lo único que quiero hacer es aprender a cocinar"</p></div><p class="article-text">
        Tatuajes en los antebrazos. Pa&ntilde;oleta roja anudada en la cabeza. Pendientes que quieren imitar los brillantes que lucen los futbolistas. Un fino bigotito que enmarca sus gruesos labios. M&aacute;s de metro noventa de altura. Corpulento. Andares desgarbados. Mirada dura y desafiante. Su aspecto intimida. De encontrarse con &eacute;l por la calle muchos no dudar&iacute;an en cambiarse de acerca para evitar posibles problemas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Si la cocina no hubiese aparecido en mi vida, estar&iacute;a en la c&aacute;rcel, cumpliendo 30 a&ntilde;os de condena, o bajo tierra, como alguno de mis amigos&rdquo;, confiesa Rafita, antiguo jefe de Los Trinitarios y hoy reconvertido en cocinero.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Pertenec&iacute;a a rollos de bandas latinas, eso me gener&oacute; much&iacute;simos problemas y me desvi&eacute;. Mi vida era muy r&aacute;pida e iba a terminar mal porque iba con gente mala y chunga&rdquo;, comenta mientras se ata el mandil a la espalda.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Decid&iacute; dejar todo ese mundo cuando asesinaron a uno de mis compa&ntilde;eros en un enfrentamiento con una banda rival. En ese momento me di cuenta que el muerto podr&iacute;a haber sido yo&hellip; Sigo teniendo problemas porque hay enemigos que me buscan para hacerme pagar cosas que he hecho&rdquo;, afirma este antiguo pandillero que est&aacute; esperando su primer hijo y tiene una meta en su vida. &ldquo;S&oacute;lo quiero salir de la calle y por eso estoy estudiando cocina. La vida te quita oportunidades pero tambi&eacute;n te las da&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Rafita escucha, en absoluto silencio y con una concentraci&oacute;n m&aacute;xima, las explicaciones del cocinero Chema De Isidro durante la clase de cocina en la Escuela CESAL de Hosteler&iacute;a. El joven dominicano, de 21 a&ntilde;os, asiente con la cabeza cada vez que el chef pregunta a los alumnos si han entendido sus indicaciones.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo soy cocinero y no quiero saber absolutamente nada de mi anterior vida. Que haya pertenecido a una banda latina no significa que sea mala persona&rdquo;, sentencia Rafita quien en se ve, en diez a&ntilde;os, montando su propio restaurante y alejado de las malas influencias que apunto han estado de costarle la vida.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Rafita debe ser un ejemplo para muchos chavales. Si quieren salir de la calle se puede, cuesta pero con esfuerzo se puede lograr una vida alejada de las calles y de la violencia&rdquo;, afirma el cocinero Chema De Isidro quien, desde hace cinco a&ntilde;os, da clases de cocina a chavales en riesgo de exclusi&oacute;n social.
    </p><h3 class="article-text">La cocina como alternativa</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Esto no es un curso de cocina. Esto es el inicio de un futuro laboral&rdquo;, define De Isidro estos cuatro meses de clases en los que tratar&aacute; de ense&ntilde;ar, a la veintena de alumnos que acuden a la escuela de hosteler&iacute;a, el oficio de cocinero. &ldquo;Aqu&iacute; les ense&ntilde;o disciplina, motivaci&oacute;n, convivencia, trabajo en equipo, educaci&oacute;n. Les subo la autoestima, que la tienen por los suelos, y les ayudo a madurar. Y los resultados saltan a la vista&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta es la 11&ordf; promoci&oacute;n que pasa por las manos de este reconocido cocinero madrile&ntilde;o que ha logrado un 82% de inserci&oacute;n laboral entre sus alumnos. &ldquo;Tengo cuatro chavales que actualmente son jefes de cocina&hellip; y ahora son los restaurantes quienes me llaman para que les env&iacute;e a los mejores. Son chavales brillantes que tienen historias muy duras a la espalda. Aqu&iacute; no los juzgo ni los estigmatizo, de eso ya se encarga la sociedad, aqu&iacute; s&oacute;lo les hago ver que no son tan malos y que sirven para algo&rdquo;, comenta De Isidro orgulloso de ver como antiguos pandilleros, narcotraficantes, chavales con problemas de agresividad o que han sido objeto de trata de seres humanos acaban convertidos en maestros de la cocina.
    </p><p class="article-text">
        Harina, una pizca de sal, un par de huevos... Fernando, 22 a&ntilde;os, mezcla todos los ingredientes en un bol de cristal y los bate con un tenedor para ir dando forma a la masa con la que preparar&aacute; pasta fresca. Espolvorea un poco de harina sobre la mesa met&aacute;lica para evitar que la pasa se le quede pegada cuando la extienda con el rodillo.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Lo m&aacute;s dif&iacute;cil es perdonarme a m&iacute; mismo&rdquo;</h3><p class="article-text">
        A primera vista parece uno m&aacute;s. Joven, 22 a&ntilde;os, poco hablador, introvertido, risue&ntilde;o, con ganas de aprender un oficio... Pero Fernando tiene a la espalda una pesada mochila. &ldquo;Lo m&aacute;s dif&iacute;cil es perd&oacute;name a m&iacute; mismo. Vivir con todo lo malo que he hecho&hellip; Sigo con mi lucha interior conmigo mismo; tengo pesadillas porque, por la noche, se me viene todo a la mente. Vivo con mis fantasmas&rdquo;, afirma este joven colombiano en un discurso firme, articulado y sincero. &ldquo;Si no hubiera salido de la banda estar&iacute;a muerto o en la c&aacute;rcel&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Fernando lleg&oacute; a Espa&ntilde;a con 12 a&ntilde;os y a los 14 ya era el l&iacute;der de una de las bandas latinas m&aacute;s importantes de Madrid, de la que no quiere dar el nombre. &ldquo;Luch&eacute; por territorios, consegu&iacute; dinero a trav&eacute;s del narcotr&aacute;fico para financiar a la banda, reclut&eacute; nuevos soldados, expuls&eacute; a bandas rivales para&hellip; He logrado dejar todo ese mundo atr&aacute;s. Tard&eacute; varios a&ntilde;os pero ahora estoy en paz conmigo mismo porque ya no hago da&ntilde;o a la gente&rdquo;, afirma este antiguo pandillero quien lleva un par de a&ntilde;os alejado de todo ese mundo y desde octubre sin consumir coca&iacute;na.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Llegu&eacute; a esnifar hasta 10 gramos diarios&hellip; El d&iacute;a que mi padre me ech&oacute; de casa me cambi&oacute; el chip&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, Fernando se ha reconciliado con la sociedad. Participa en proyectos solidarios y vuelve a tener contacto con su padre. &ldquo;Ahora se siente orgulloso de m&iacute; y del cambio que he dado a m&iacute; vida. Tengo por delante un futuro muy bonito y luchar&eacute; por convertirme en un gran cocinero&rdquo;, finaliza mientras pasa la yema de sus dedos por la cruz que lleva tatuada en la mu&ntilde;eca izquierda.
    </p><h3 class="article-text">El esfuerzo como condimento</h3><p class="article-text">
        La risa de Alejo es contagiosa. El joven, de 25 a&ntilde;os, no pasa desapercibido por sus compa&ntilde;eros. Bromea y vacila con ellos. Prepara un plato de spaghettis que luego dar&aacute; a probar al resto. Es meticuloso. Calcula hasta el m&aacute;s m&iacute;nimo detalle. &ldquo;Me gusta mucho la cocina pero s&eacute; que tengo mis limitaciones&rdquo;, se sincera.
    </p><p class="article-text">
        Este chaval, con s&iacute;ndrome de asperger &ndash;un trastorno del espectro autista&ndash;, acude puntualmente a clase todos los d&iacute;as cargado de motivaci&oacute;n y de ganas por aprender un oficio. &ldquo;Antes de venir al curso me pasaba el d&iacute;a en casa tratando de encontrar un trabajo&rdquo;, confiesa Alejo quien reconoce que sus padres est&aacute;n muy contentos &ldquo;al verme disfrutar y cuando les cocino en casa todo lo que he aprendido con Chema&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Alejo tiene una gran habilidad en las manos pero tiene dificultad en el habla y, en ocasiones, se le olvidan cosas, como es normal. Pero yo alucino con la acogida que ha tenido por parte de sus compa&ntilde;eros de promoci&oacute;n. En otro entorno sufrir&iacute;a <em>bullying</em> y ser&iacute;a marginado pero aqu&iacute; lo han acogido como a uno m&aacute;s. Lo que demuestra que la sociedad est&aacute; podrida&rdquo;, se lamenta Chema De Isidro.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Hu&iacute; de la mafia y ahora quiero aprender a cocinar&rdquo;</h3><p class="article-text">
        No lejos de Alejo est&aacute; Tawa. Sus trenzas de colores y su desparpajo la convierten en centro de atenci&oacute;n. R&iacute;e entre dientes mientras chapurrea espa&ntilde;ol con sus compa&ntilde;eros. Su plato de pasta fresca con un toque nigeriano &ndash;su pa&iacute;s de origen&ndash; ha triunfado entre sus compa&ntilde;eros quienes no han dejado absolutamente nada.
    </p><p class="article-text">
        Esta mujer, de 27 a&ntilde;os y madre de un hijo de ocho, fue captada por red de trata de seres humanos en Nigeria y trasladada a Espa&ntilde;a donde fue obligada a ejercer la prostituci&oacute;n. &ldquo;Contraje una deuda de 50,000 euros con la mafia y durante meses tuve que prostituirme para poder abonar ese dinero. S&oacute;lo consegu&iacute; reunir 8,000 euros en los seis meses que estuve haciendo la calle y decid&iacute; huir&rdquo;, confiesa mientras muestra los cortes que le ocasion&oacute; en la nuca el proxeneta para quien trabajaba.
    </p><p class="article-text">
        So&ntilde;aba con dar un futuro mejor a su hijo y con huir de la pobreza que asuela su pa&iacute;s pero sus sue&ntilde;os se convirtieron en su peor pesadilla. &ldquo;Me pegaba, me torturaba, me amenazaba con matar a mi hijo en Nigeria&rdquo;, relata sin poder contener las l&aacute;grimas de la emoci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Pas&eacute; much&iacute;simo miedo porque no sab&iacute;a qu&eacute; hacer&rdquo;, comenta de manera algo m&aacute;s pausada y relajada. Le cuesta relatar su historia; a&uacute;n dolorosa y reciente. &ldquo;Ahora lo &uacute;nico que quiero hacer es aprender a cocinar con Chema y a poder tener un futuro mejor y alejado de las calles y de la prostituci&oacute;n&rdquo;, se sincera.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Son h&eacute;roes. Estos son los verdaderos h&eacute;roes y modelos que tenemos que seguir&rdquo;, confiesa Chema De Isidro orgulloso de sus alumnos. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Pampliega]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/cocina-aparecido-vida-carcel-tierra_1_3568380.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Feb 2017 20:02:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De jefe de una pandilla a cocinero: "Ahora estaría en la cárcel o bajo tierra"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pandillas,Cocina,ONGs,Exclusión social]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La radio que rompe tabús: "Frente al micrófono me olvido de mi enfermedad mental"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/radio-acabar-tabu-enfermedades-mentales_1_4569976.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9a921264-de27-4aa7-89de-6368918c2e94_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La radio que rompe tabús: &quot;Frente al micrófono me olvido de mi enfermedad mental&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En el Día de la Radio, seis enfermos mentales cuentan cómo visibilizan su situación delante de los micrófonos de radio La Barandilla</p><p class="subtitle">Un ingeniero aeronáutico del Ejército del Aire, un reconocido actor de televisión, un abogado relatan cómo les cambia la vida es estigma que pesa sobre su enfermedad</p><p class="subtitle">"Mi entorno piensa que cada mañana voy a trabajar cuando realmente voy a un hospital a tratarme de mis problemas mentales", confiesa Ángel Antonio</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Soy esquizofr&eacute;nico&rdquo;, se sincera &Aacute;ngel Antonio enmarcando una t&iacute;mida mueca de pesar con los labios. &ldquo;En mi familia, salvo mis padres, nadie sabe que sufro una enfermedad mental. Me da miedo hablar abiertamente sobre ella y me da miedo sentirme rechazado por los dem&aacute;s, por eso lo oculto&rdquo;, confiesa este hombre de 49 a&ntilde;os de mirada afable y rasgos fr&aacute;giles.  
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;ngel Antonio se sienta al lado de sus cinco compa&ntilde;eros. Se pone los auriculares y se coloca el micr&oacute;fono a un palmo de distancia. &ldquo;Como hacen los locutores profesionales&rdquo;, afirma este antiguo estudiante de ingenier&iacute;a industrial momentos antes de entrar en directo en el programa Conecta con nosotros.
    </p><p class="article-text">
        El t&eacute;cnico de sonido levanta la mano para prevenir a los seis locutores. Se hace el silencio en el estudio de radio. Caras de tensi&oacute;n y concentraci&oacute;n. El programa est&aacute; a punto de empezar. El piloto rojo se enciende. &ldquo;Buenos d&iacute;as queridos radioyentes e internautas. Estamos en un nuevo programa de La Barandilla. Soy Arturo y hoy est&aacute;n conmigo mis colaboradores de siempre: Francisco, Fernando, Fe, Paquita y &Aacute;ngel Antonio [&hellip;]&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Desde abril de 2016 estos seis enfermos mentales del Hospital de D&iacute;a Lajman se ponen delante de los micr&oacute;fonos de radio La Barandilla para hacer visible la enfermedad que sufren desde hace a&ntilde;os y tratar de romper el estigma que les ha apartado de una sociedad que, en muchas ocasiones, les teme y les rechaza por ser diferentes.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La sociedad tiene ideas preconcebidas sobre los enfermos mentales. Nos tienen miedo&hellip; Pero somos personas como los dem&aacute;s, no somos bichos raros&rdquo;, se lamenta Fe, de 45 a&ntilde;os, quien estuvo ocho a&ntilde;os sin salir de casa. &ldquo;La radio me ha ayudado a relacionarme, a dejar de tener miedo, a hablar sobre mi enfermedad, a perder la verg&uuml;enza. La radio es pura magia&rdquo;, se sincera esta mujer cuyo mayor deseo es poder &ldquo;tener una vida lo m&aacute;s digna posible&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n los datos de la Confederaci&oacute;n de Salud Mental en Espa&ntilde;a una de cada cien personas padece esquizofrenia. Es decir, cerca de 400.000 espa&ntilde;oles sufren esta enfermedad mental; esto significa que, por cada paciente con diabetes Tipo I, hay cuatro con esquizofrenia.
    </p><p class="article-text">
        Las enfermedades mentales ya suponen m&aacute;s del 40% de las enfermedades cr&oacute;nicas diagnosticadas en Espa&ntilde;a y adem&aacute;s son la mayor causa de discapacidad. Por otro lado, las estimaciones apuntan a que, en los pr&oacute;ximos a&ntilde;os, un 1% de la poblaci&oacute;n nacional desarrollar&aacute; alguna forma de esquizofrenia durante su vida y que es posible que estas cifras aumenten.
    </p><h3 class="article-text">La radio como terapia </h3><p class="article-text">
        &ldquo;La radio, dentro de la salud mental, es un instrumento importante porque aporta a los pacientes autoestima, motivaci&oacute;n&hellip; y, por supuesto, les gusta que les escuchen porque para ellos supone un reconocimiento por parte de la sociedad&rdquo;, afirma Ana Lancho, Gerente del Hospital de d&iacute;a Lajman.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cualquiera que escuche La Barandilla no sabr&iacute;a decir si las personas que hacen el programa tienen problemas mentales. Y el resultado son las miles de descargas que hay cada d&iacute;a en la web. Cuando se enciende el piloto rojo dejan de ser enfermos mentales. Ese es el mayor logro&rdquo;, sentencia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me gustar&iacute;a que nuestros oyentes difundan lo que hacemos en la radio para que la enfermedad que sufrimos sea m&aacute;s visible de lo que es y que la sociedad se conciencie de esta guerra que cada uno de nosotros tenemos en nuestro interior&rdquo;, comenta Arturo, presentador del programa Conecta con nosotros.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote>"La sociedad nos arrincona haciéndonos creer que no somos personas. Nosotros luchamos, todos los días, para vivir y para resistir"<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        Este madrile&ntilde;o, de 51 a&ntilde;os y nariz aguile&ntilde;a, ten&iacute;a una brillante carrera en el mundo de la interpretaci&oacute;n cuando, en 2010, su vida se vio truncada a ra&iacute;z de una profunda depresi&oacute;n. &ldquo;La enfermedad me destroz&oacute; la vida. Mis compa&ntilde;eros de profesi&oacute;n me dieron la espalda. Mi pareja me abandon&oacute;&hellip; La sociedad nos arrincona haci&eacute;ndonos creer que no somos personas. Nosotros luchamos, todos los d&iacute;as, para vivir y para resistir&rdquo;, afirma Arturo.
    </p><p class="article-text">
        Sabe lo importante que es para otros enfermos dar visibilidad a las enfermedades mentales pero, al mismo tiempo, prefiere que la gente no sepa que &eacute;l mismo est&aacute; enfermo. &ldquo;Me da much&iacute;simo respeto hacerlo p&uacute;blico, por eso la radio supone para m&iacute; un aliciente a esta vida de sufrimiento. Ponerme delante de un micr&oacute;fono me ayuda a olvidarme durante una hora al d&iacute;a de mi enfermedad&rdquo;, se sincera.
    </p><p class="article-text">
        La Barandilla tiene como objetivo romper esquemas y dar visibilidad a un problema tab&uacute; en la sociedad. Seg&uacute;n los datos de la Confederaci&oacute;n Espa&ntilde;ola de Agrupaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental m&aacute;s de un mill&oacute;n de espa&ntilde;oles tienen una enfermedad mental grave y menos de la mitad reciben apoyo psicol&oacute;gico y rehabilitaci&oacute;n psicosocial. Las enfermedades mentales representan el 12,5% de todas las patolog&iacute;as, un porcentaje muy superior al c&aacute;ncer y a los trastornos cardiovasculares.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La salud mental da un poco de miedo a la sociedad y esto convierte a los enfermos en personas estigmatizadas. Tiene que haber concienciaci&oacute;n como sociedad para no arrinconarlos y no hacerles de menos, estos pacientes no saben gestionar bien sus emociones y ser rechazados supone fuertes depresiones, frustraci&oacute;n, desconfianza&hellip;&rdquo;, afirma Ana Lancho.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Han boicoteado mi dignidad por ser enfermo mental&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Las personas con enfermedad mental grave tienen grandes dificultades para desarrollar una vida social y esta situaci&oacute;n repercute en su calidad de vida y en su autoestima. Se sienten arrinconados, se&ntilde;alados y menospreciados, lo que les hace aislarse en su peque&ntilde;o mundo del que les cuesta salir. &ldquo;Es muy duro asumir que uno est&aacute; enfermo pero si, adem&aacute;s, se encargan de estigmatizarnos es imposible salir adelante&rdquo;, confiesa Paquita, de 50 a&ntilde;os, quien estuvo mucho tiempo sin querer salir de casa.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Coqueta. Labios pintados de rojo intenso. Sonrisa dulce. Hace 25 a&ntilde;os, mientras estaba en la faculta de derecho, perdi&oacute; la memoria y, desde ese momento, empez&oacute; a caer en picado. Dej&oacute; la carrera, sus amigas la hicieron el vac&iacute;o, abandon&oacute; el Coro en el que cantaba&hellip; &ldquo;La radio puede ser una puerta abierta a un mundo de posibilidad&rdquo;, afirma.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nos hemos convertido en la voz de aquellos enfermos mentales que no pueden hacerlo. Somos los portavoces de un colectivo que sufre y que por culpa de la sociedad tiene unas importantes barreras que no siempre pueden superar&rdquo;, comenta. &ldquo;Nadie est&aacute; libre de esta enfermedad&rdquo;, recuerda esta mujer cuyo sue&ntilde;o ser&iacute;a entrevistar a &ldquo;Montserrat Caball&eacute; o al Papa Francisco&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Todo ser humano tiene derecho a tener dignidad y a m&iacute; me la han boicoteado por ser enfermo mental&rdquo;, afirma Francisco, de 46 a&ntilde;os y a quien le faltan cinco asignaturas para licenciarse en derecho. &ldquo;Estaba estudiando en la Universidad Aut&oacute;noma de Madrid cuando sufr&iacute; un brote psic&oacute;tico y mi mundo se detuvo. Mi padre, que era psiquiatra, nunca acept&oacute; mi enfermedad&rdquo;, se lamenta Francisco, quien confiesa que le hubiese gustado poder estudiar Periodismo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No tengo muchos amigos, pero en la radio me siento libre. Si tengo un d&iacute;a malo me pongo delante del micr&oacute;fono y todo se olvida. La radio me ayuda a sentirme realizado&rdquo;, sentencia.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Fernando, 49 a&ntilde;os, es el m&aacute;s concienzudo de los seis. Meticuloso hasta la m&eacute;dula es quien prepara los perfiles de los entrevistados que cada martes acuden al programa. Este ingeniero aeron&aacute;utico trabajaba en el ej&eacute;rcito del aire cuando comenz&oacute; a tener ataques de p&aacute;nico, paranoias, angustia y depresi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Lleva trat&aacute;ndose desde los 35 a&ntilde;os y no tiene amigos porque todos se alejaron de &eacute;l cuando supieron de su enfermedad. &ldquo;Nosotros somos personas con sentimientos. Necesitamos el cari&ntilde;o y el afecto de la sociedad y muy pocas veces lo tenemos&rdquo;, reconoce.
    </p><p class="article-text">
        La radio se ha convertido en su trampol&iacute;n para tratar de salir a flote. &ldquo;En los primeros programas me sent&iacute;a superado y estuve a punto de dejarlo, pero decid&iacute; afrontarlo y ahora la radio me aporta cosas muy positivas como alegr&iacute;a, algo que cre&iacute;a perdido&rdquo;, sentencia.
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;ngel Antonio. Paquita. Arturo. Francisco. Fe. Fernando. Seis personas con carreras brillantes y prometedoras cuyas vidas cambiaron de la noche a la ma&ntilde;ana. Ahora se han convertido en la voz de los enfermos mentales para pedir, a trav&eacute;s de las ondas, la visibilidad que se merecen.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Pampliega]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/radio-acabar-tabu-enfermedades-mentales_1_4569976.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Feb 2017 19:29:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La radio que rompe tabús: "Frente al micrófono me olvido de mi enfermedad mental"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Enfermedades mentales,Discriminación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Querido Jim]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/querido-jim_129_4694602.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9c19147e-13dc-4502-8e63-803dff37f7f9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Querido Jim"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Jim Foley nos demostró a todos que nuestro trabajo está, incluso, encima de nuestras propias vidas y de nuestros seres queridos</p></div><p class="article-text">
        Hay periodistas que tienen un halo especial, y Jim era uno de ellos. Su compromiso. Su profesionalidad. Su humanidad le hac&iacute;an destacar por encima de muchos otros. En marzo de 2012 entr&oacute; en Siria -ilegalmente y jug&aacute;ndose la vida, como tantas otras veces- para documentar lo que estaba ocurriendo en la revoluci&oacute;n. Lo que all&iacute; vi le llev&oacute; a seguir entrando y entrando una vez tras otra para que el mundo no olvidase el drama que viv&iacute;an los sirios.
    </p><p class="article-text">
        Pero si algo marc&oacute; a Jim, eso fue lo que vi en la ciudad de Alepo. La guerra en toda su inmensidad. El drama de los civiles desamparados. El horror y la crudeza de la barbarie. Su compromiso le llev&oacute; a iniciar, en las redes sociales y entre compa&ntilde;eros periodistas, una campa&ntilde;a de mecenazgo para conseguir una ambulancia que diera servicio a los civiles heridos en la ciudad de Alepo. Hasta ese momento, no hab&iacute;a casi ambulancias y los heridos ten&iacute;an que ser trasladados en taxis o en coches particulares.
    </p><p class="article-text">
        Jim ten&iacute;a un compromiso con Siria y con los sirios. Jim nos demostr&oacute; a todos que nuestro trabajo est&aacute;, incluso, encima de nuestras propias vidas y de nuestros seres queridos. Ese compromiso es el que recordaremos aquellos que lo conocimos. Ese compromiso y su car&aacute;cter afable y su sempiterna sonrisa.  
    </p><p class="article-text">
        Nos ha demostrado, incluso en el momento de su muerte, su infinita dignidad. Una dignidad que no demostraron sus cobardes asesinos. Yo me quedo con la imagen de mi amigo trabajando. Con su imagen descompuesta en el hospital Dar Al-Shifa mientras documentaba las miserias de la guerra. Me quedo con su humanidad y su compromiso.
    </p><p class="article-text">
        Te vamos a echar mucho de menos Jim. Los que te conocimos, no te olvidaremos nunca.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        <em>Peque&ntilde;o video con algunas im&aacute;genes de Jim que grab&eacute; en Alepo (sept. 2012)</em>
    </p><p class="article-text">
        <em><strong>Publicado por Antonio Pampliega en su blog 'Un mundo en guerra'</strong></em><a href="http://unmundoenguerra.wordpress.com/2014/08/20/querido-jim/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">'Un mundo en guerra'</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Antonio Pampliega]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/querido-jim_129_4694602.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Aug 2014 09:45:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Querido Jim]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estado Islámico,Siria,Irak]]></media:keywords>
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