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    <title><![CDATA[elDiario.es - Manuel Arias Maldonado]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/manuel_arias_maldonado/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Manuel Arias Maldonado]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[¿Qué posición adoptan los españoles ante el medio ambiente?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/impacto_social/posicion-adoptan-espanoles-medio-ambiente_1_4614043.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/03cf4311-4a4f-403f-b03a-27aed6f34d98_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Qué posición adoptan los españoles ante el medio ambiente?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Teniendo en cuenta los datos de cumplimiento de las obligaciones legales ambientales, así como los están relacionados con un cierto número de virtudes morales y de cómo valoramos el entornos, parece claro que la conciencia medioambiental de los españoles se caracteriza por su debilidad.</p></div><p class="article-text">
        Ahora que mandatarios y delegados de toda la sociedad internacional se re&uacute;nen en Nueva York para intentar dar un nuevo impulso a las pol&iacute;ticas destinadas a mitigar el cambio clim&aacute;tico, es razonable preguntarse por la postura que adoptan los ciudadanos espa&ntilde;oles frente al medio ambiente. Aunque pudiera parecer lo contrario, se trata de datos de dif&iacute;cil sistematizaci&oacute;n, debido a la ausencia de trabajos de campo espec&iacute;ficos y a la discontinuidad en las series temporales correspondientes. No obstante, mediante la combinaci&oacute;n de datos de distinta procedencia es posible hacerse una idea cabal de cu&aacute;l sea la conciencia medioambiental de los espa&ntilde;oles.
    </p><p class="article-text">
        Eso fue precisamente lo que hicimos mis colegas &Aacute;ngel Valencia S&aacute;iz, Rafael V&aacute;zquez y yo, en <a href="http://libreria.cis.es/static/pdf/OyA67e.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">una investigaci&oacute;n que public&oacute; el CIS en el a&ntilde;o 2010</a>. Mucho m&aacute;s concisamente, me propongo ahora presentar un r&aacute;pido retrato-robot del ciudadano ecol&oacute;gico espa&ntilde;ol -o constatar su inexistencia- a trav&eacute;s de cuatro tablas, tres de las cuales han podido ser actualizadas gracias al <a href="http://www.cis.es/cis/export/sites/default/-Archivos/Marginales/2940_2959/2954/ES2954.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">bar&oacute;metro del CIS de septiembre de 2012</a>, que incluye una bater&iacute;a de preguntas sobre el particular.
    </p><p class="article-text">
        Sirva de pr&oacute;logo a esta representaci&oacute;n gr&aacute;fica una observaci&oacute;n general sobre la relaci&oacute;n del ciudadano con los problemas medioambientales. Es caracter&iacute;stica de la misma la existencia de una amplia brecha entre los valores y preferencias declarados, por una parte, y los comportamientos y pr&aacute;cticas sociales. No es lo mismo <em>decir</em> que <em>hacer</em>, tampoco hacer <em>uno mismo</em> que hagan <em>otros</em>. De ah&iacute; que las preferencias medioambientales de los ciudadanos hayan de ser tomadas <em>cum grano salis</em> mientras no se vean refrendadas por sus h&aacute;bitos de vida. Por cierto que el votar es tambi&eacute;n un hacer, siendo reveladora en este sentido el escaso peso de los problemas medioambientales en la agenda pol&iacute;tica espa&ntilde;ola y la ausencia de partidos ecologistas con representaci&oacute;n parlamentaria.
    </p><p class="article-text">
        A este respecto, pues, es conveniente distinguir entre tres distintos tipos de disposici&oacute;n ciudadana hacia el medio ambiente: (a) <em>adhesi&oacute;n moral</em>, o expresi&oacute;n de un grado variable de conciencia medioambiental, sin que esta encuentre expresi&oacute;n directa en su estilo de vida o sus preferencias pol&iacute;ticas; (b) <em>cooperaci&oacute;n voluntaria</em>, consistente en la adopci&oacute;n de conductas sostenibles y medioambientalmente responsables en la vida dom&eacute;stica y el &aacute;mbito privado, con un grado variable de intensidad. No se trata del cumplimiento de las leyes que obligan a todos, sino de acciones voluntarias que implican un cuidado del medio ambiente; y (c) <em>participaci&oacute;n activa</em>, el desarrollo de un compromiso activo con la causa medioambiental, mediante distintas formas de participaci&oacute;n pol&iacute;tica y c&iacute;vica (ya sea formal o informal). Naturalmente, se trata de disposiciones compatibles entre s&iacute;, que admiten distintos grados de implicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sea de ello como fuere, &iquest;cu&aacute;l es el grado de inter&eacute;s de los ciudadanos espa&ntilde;oles hacia el medio ambiente? La Tabla 1 nos se&ntilde;ala la medida en que los ciudadanos espa&ntilde;oles <em>dicen seguir</em> las noticias relacionadas con el medio ambiente.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tabla 1: Grado de inter&eacute;s con el que sigue noticias relacionadas con el medio ambiente</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Las variaciones desde 1996, como puede verse, son muy escasas; algo que, empero, puede tener una lectura positiva si tenemos en cuenta el impacto de la crisis, que, en buena l&oacute;gica, habr&iacute;a debido desplazar el medio ambiente todav&iacute;a m&aacute;s en la lista de las prioridades informativas de los ciudadanos. En este mismo bar&oacute;metro, el aumento de la temperatura de la tierra (algo anticuada forma de referirse al <em>cambio</em> clim&aacute;tico) es el tema medioambiental que m&aacute;s preocupa a los ciudadanos (un 58%). Sin embargo, conviene a&ntilde;adir que el mismo ciudadano que se declara bastante informado (40.1%) obtiene esa informaci&oacute;n masivamente a trav&eacute;s de los medios de comunicaci&oacute;n (84.9%), lo que, a la altura de 2007, significaba sobre todo la televisi&oacute;n (un 68.7%). En cualquier caso, si hablamos de una jerarqu&iacute;a de problemas sociales, el m&aacute;s reciente bar&oacute;metro del CIS de noviembre de 2013 indicaba que los problemas medioambientales constituyen el primer problema del pa&iacute;s solamente para el 0.1% de los ciudadanos, y el segundo para el 0.2%. Aqu&iacute; s&iacute; se nota, mucho, el impacto de la crisis.
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, la Tabla 2 explora las percepciones ciudadanas de la relaci&oacute;n entre crecimiento econ&oacute;mico y protecci&oacute;n medioambiental, evidenciando algo acaso imprevisible, a saber, que una mayor&iacute;a de ciudadanos descarta la existencia de un v&iacute;nculo necesariamente negativo entre crecimiento y sostenibilidad. Entre corchetes aparece la actualizaci&oacute;n, a fecha de 2012, de la &uacute;nica pregunta de las tres que el CIS ha incluido en su bar&oacute;metro de 2012.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tabla 2. </strong><strong>Econom&iacute;a vs. medio ambiente (In-compatibilidades)</strong>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Si pasamos al m&aacute;s espinoso terreno de los sacrificios que el ciudadano est&aacute; dispuesto a hacer en favor de la sostenibilidad medioambiental, presentados en una Tabla 3 que incluye separadamente las respuestas en 2004 y 2012 (repiti&eacute;ndose literalmente s&oacute;lo una de ellas en los bar&oacute;metros correspondientes), resulta sobre todo significativo que el sacrificio m&aacute;s aceptado sea el m&aacute;s vago (&ldquo;dedicar m&aacute;s recursos al medio ambiente&rdquo;), reduci&eacute;ndose el apoyo cuando aqu&eacute;l se concreta (por ejemplo, pagando precios mucho m&aacute;s elevados o muchos m&aacute;s impuestos). Cabe a&ntilde;adir aqu&iacute; que los ciudadanos han venido apoyando con claridad (en torno al 74% en 1996 y 2005) la noci&oacute;n de que ni los gobiernos ni los ciudadanos son responsables en exclusiva de la protecci&oacute;n medioambiental, sino que es una responsabilidad compartida entre ambos y el resto de los agentes sociales.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tabla 3: Sacrificios concretos 2004-2012</strong>
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        Finalmente, la Tabla 4 trata de ofrecer un dibujo de los esfuerzos concretos que hacen los ciudadanos en perspectiva comparada europea. Previsiblemente, Espa&ntilde;a se sit&uacute;a ligeramente por debajo de la media y muy lejos de los pa&iacute;ses medioambientalmente m&aacute;s virtuosos, algunos de los cuales, como Eslovenia o Malta, resultan acaso inesperados. Si completamos estos datos con <a href="http://datos.cis.es/pdf/Es3005mar_A.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">los que ofrece el referido bar&oacute;metro del CIS de 2012</a>, comprobamos que las pr&aacute;cticas concretas de los ciudadanos espa&ntilde;oles en favor de la sostenibilidad medioambiental son bien escasas: mientras el 96% nunca ha pertenecido a una asociaci&oacute;n ecologista y s&oacute;lo el 2.5%% ha trabajado como voluntario medioambiental, a cambio el 21.8% de los ciudadanos ha comprado bienes -o dice haberlo hecho- pensando en el medio ambiente y el 18.2% los ha dejado de comprar por la misma raz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tabla 4. Conductas individuales pro-ambientales en Europa</strong>
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        En este contexto, no es de extra&ntilde;ar que un grupo de notables, entre los que se cuentan ex-primeros ministros y acad&eacute;micos tan relevantes como Nicholas Stern o Daniel Kahneman hayan impulsado una suerte de manifiesto titulado <a href="http://newclimateeconomy.report/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Better Growth, Better Climate&rdquo;</a> que, abandonando el catastrofismo clim&aacute;tico, apuestan por impulsar el crecimiento a trav&eacute;s de pol&iacute;ticas orientadas a mitigar el cambio clim&aacute;tico o facilitar la adaptaci&oacute;n al mismo, y viceversa. A la vista de las preferencias ciudadanas y de su verdadera disposici&oacute;n hacia la sostenibilidad medioambiental, quiz&aacute; sea la &uacute;nica forma de lograr el suficiente apoyo global a la lucha contra el cambio clim&aacute;tico cuando se trata de pasar de las grandes declaraciones a la letra peque&ntilde;a de las medidas necesarias para preservarlo.
    </p><p class="article-text">
        En cualquier caso, tal como conclu&iacute;amos en aquel trabajo tras examinar los datos disponibles, parece claro que la conciencia medioambiental de los espa&ntilde;oles se caracteriza por su debilidad. Y de hecho, si consideramos como tal aqu&eacute;l en quien concurren no s&oacute;lo el cumplimiento de las obligaciones legales ambientales, sino tambi&eacute;n un cierto n&uacute;mero de virtudes morales y disposiciones pr&aacute;cticas hacia el entorno, puede afirmarse que el ciudadano ecol&oacute;gico espa&ntilde;ol &ndash;todav&iacute;a&ndash; no existe. Ausencia que constituye un evidente obst&aacute;culo para la transici&oacute;n de la sociedad espa&ntilde;ola hacia la sostenibilidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Arias Maldonado]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/impacto_social/posicion-adoptan-espanoles-medio-ambiente_1_4614043.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Oct 2014 19:02:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Qué posición adoptan los españoles ante el medio ambiente?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Impacto social]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Legitimidad y legalidad en Cataluña]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/reforma_constitucional/legitimidad-legalidad-cataluna_1_4621633.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0999e9be-49d2-40a7-8d5c-da186697bd4a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Legitimidad y legalidad en Cataluña"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Resulta difícil estar de acuerdo con la idea de que presenciamos un "choque de legitimidades" entre dos presuntas legitimidades, la española y la catalana</p></div><p class="article-text">
        La promulgaci&oacute;n del decreto que convoca la llamada consulta sobre la independencia catalana, que el gobierno espa&ntilde;ol se apresurar&aacute; a recurrir ante el Tribunal Constitucional por raz&oacute;n de su falta de encaje en nuestro sistema constitucional, resume a las claras el conflicto que plantea la vocaci&oacute;n separatista de una parte de la sociedad catalana: una recusaci&oacute;n de la legalidad (espa&ntilde;ola) en nombre de una presunta legitimidad diferenciada (catalana), que es tambi&eacute;n, simult&aacute;neamente, una denegaci&oacute;n de legitimidad (la del Estado espa&ntilde;ol) que aspira a constituir una legalidad propia (la de un hipot&eacute;tico Estado catal&aacute;n). Este conflicto hab&iacute;a quedado asimismo explicitado en el llamamiento de Oriol Junqueras, l&iacute;der de Esquerra Republicana, a la desobediencia civil, as&iacute; como en la afirmaci&oacute;n de que el Tribunal Constitucional carec&iacute;a de legitimidad para decidir sobre el Estatuto de Autonom&iacute;a una vez que el 'pueblo' catal&aacute;n lo hab&iacute;a sancionado en refer&eacute;ndum.
    </p><p class="article-text">
        Lo mismo sucede con los dirigentes de Podemos y una buena parte de sus bases cuando descalifican el r&eacute;gimen pol&iacute;tico salido de la Transici&oacute;n a la democracia en virtud de su falta de legitimidad -de origen y de ejercicio- y la consiguiente necesidad de fundar una nueva legitimidad.
    </p><p class="article-text">
        De modo que, acaso inadvertidamente, la sociedad espa&ntilde;ola se encuentra &uacute;ltimamente embebida en un debate permanente sobre asuntos fundamentales de la filosof&iacute;a y la teor&iacute;a pol&iacute;ticas. S&oacute;lo as&iacute; cabe calificar el problema de la legitimidad del poder, la relaci&oacute;n entre legitimidad y legalidad, la definici&oacute;n de qu&eacute; sea justo o la licitud de la desobediencia civil en un contexto democr&aacute;tico. Eso no quiere decir que el secesionismo catal&aacute;n plantee <em>solamente</em> esos problemas, ni que sea &eacute;ste el &uacute;nico &aacute;ngulo desde el que deba contempl&aacute;rselo. Pero s&iacute; parece &uacute;til detenerse un momento a pensar en esos t&eacute;rminos, pertrechados con algunas de las herramientas conceptuales que proporciona la teor&iacute;a pol&iacute;tica.
    </p><h4 class="article-text">Individuo y autoridad</h4><p class="article-text">
        <strong>Individuo y autoridad</strong>&iquest;Cu&aacute;ndo es leg&iacute;timo un r&eacute;gimen pol&iacute;tico, cu&aacute;ndo lo son sus mandatos? &iquest;Cu&aacute;ndo est&aacute; obligado el ciudadano a obedecerlos y cu&aacute;ndo es permisible la desobediencia? &iquest;Basta la legalidad como criterio para la legitimidad? &iquest;Y cu&aacute;l es el contenido de la legitimidad, de qu&eacute; depende &eacute;sta?
    </p><p class="article-text">
        En &uacute;ltima instancia, subyace aqu&iacute; un problema sencillamente insoluble, que es la conciliaci&oacute;n de los &oacute;rdenes individual y colectivo. La legitimidad se convierte en un tema sustantivo en la filosof&iacute;a pol&iacute;tica a partir del siglo XVII, una vez afirmados los derechos naturales de los s&uacute;bditos, que, andando el tiempo, se convertir&iacute;an en los modernos derechos civiles y pol&iacute;ticos de los ciudadanos de los reg&iacute;menes democr&aacute;ticos. <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fen.wikipedia.org%2Fwiki%2FRichard_E._Flathman&amp;ei=mMYmVOSIFNTB7Ab3wYGIDg&amp;usg=AFQjCNFI4UwjpuwTk2L7-D1I0auUlSINHA&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Richard Flathman</a> ha escrito que, en este nuevo contexto, &ldquo;la &uacute;nica autoridad no problem&aacute;tica es la que ejerce cada persona sobre s&iacute; misma. Los gobiernos de cualquier clase, y desde luego los gobiernos con una autoridad que no depende del contenido [particular de sus leyes], demandan justificaci&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nada sorprendente si pensamos en la dificultad de conciliar el principio de autonom&iacute;a individual con el sometimiento de ese mismo individuo auto-normado a un orden colectivo. Y as&iacute;, basta con que un individuo recuse <em>su</em> organizaci&oacute;n pol&iacute;tica, no importa cu&aacute;n democr&aacute;tica sea, para que el consentimiento del que depende la legitimidad plena del Estado -y con ello la obligaci&oacute;n pol&iacute;tica de obedecer sus mandatos- se vea resquebrajado. Se objetar&aacute; a esto que los Estados democr&aacute;ticos sobreviven a las disidencias individuales. Y as&iacute; es. De hecho, la obligaci&oacute;n pol&iacute;tica funciona en la pr&aacute;ctica mejor que en la teor&iacute;a. Pero eso no empece el hecho de que ninguna teor&iacute;a del consentimiento sea, en sentido estricto, impecable.
    </p><h4 class="article-text">Legitimidad, legalidad, consenso</h4><p class="article-text">
        <strong>Legitimidad, legalidad, consenso</strong>Hay varias formas de abordar el problema de la legitimidad. <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FMax_Weber&amp;ei=W8gmVOjBELOM7AbDm4HwBA&amp;usg=AFQjCNG5ThKx-RzLGkg4g-4xHmKC8SeL3A&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Max Weber</a>, cl&aacute;sico del pensamiento pol&iacute;tico, lo redujo a su esencia cuando constat&oacute; que es leg&iacute;timo aquello que las personas creen leg&iacute;timo. Pero en los reg&iacute;menes democr&aacute;ticos ni la legitimidad tradicional ni la carism&aacute;tica que el autor alem&aacute;n identificaba constituyen un fundamento v&aacute;lido para la legitimaci&oacute;n del poder: las sociedades son pluralistas y contienen distintas concepciones del bien, que hacen imposible la sola apelaci&oacute;n a las tradiciones, mientras que el sometimiento de los ciudadanos al l&iacute;der carism&aacute;tico es incompatible con la esencia misma de la democracia (a&uacute;n cuando el carisma siga jugando su papel en la contienda electoral o sirva para generar consensos alrededor de determinadas leyes: ata&ntilde;e m&aacute;s al <em>gobierno</em> que al <em>Estado </em>en nuestros d&iacute;as). En una democracia, la legitimidad legal-racional, donde es el respeto a los procedimientos racionales que dan luz a las leyes lo que viene a legitimarlas, parecer&iacute;a ser la &uacute;nica posible. Y desde luego, la legalidad es un elemento esencial de la democracia constitucional y el Estado de Derecho. Sin embargo, se plantea aqu&iacute; un problema evidente, que es la potencial reducci&oacute;n de la legitimidad a la legalidad: ser&iacute;a leg&iacute;timo aquello que es legal <em>con independencia </em>de su contenido.
    </p><p class="article-text">
        Hace falta, pues, algo m&aacute;s. De acuerdo con la teor&iacute;a del consentimiento -que va de <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FThomas_Hobbes&amp;ei=S8gmVMbFI-GC7ga1r4GIDQ&amp;usg=AFQjCNFiLcln0dqPD6gvTpdTrgfYkkqWzw&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Hobbes</a> a <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FHans_Kelsen&amp;ei=JMgmVNeUCO7d7QbN1ICoAQ&amp;usg=AFQjCNHEROentfudHo-6EheN0Noe1G2GhA&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Kelsen</a> y <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FMichael_Oakeshott&amp;ei=KcgmVIraLbSu7Aa1rYG4CA&amp;usg=AFQjCNFa23J9KAsxFk7gKjHYiZTSRTyu3A&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Oakeshott</a>- el gobierno debe basarse en el consentimiento de los gobernados. Se trata de un consenso t&aacute;cito, renovado a diario en la normal aceptaci&oacute;n del marco legal estatal. Pero el gobierno, investido <em>de</em> autoridad, no es <em>la </em>autoridad: el ciudadano conserva el derecho de resistirse a ella en caso de grave violaci&oacute;n de sus derechos. La desobediencia civil que responde a una tal violaci&oacute;n, por ejemplo la auspiciada por el movimiento en favor de los derechos civiles en la Norteam&eacute;rica de los 50 y 60, encaja en esa descripci&oacute;n. M&aacute;s dudoso es que lo haga la reclamada por el l&iacute;der de ERC, porque no se ve bien cu&aacute;l sea esa violaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sucede que la combinaci&oacute;n de procedimentalismo legal y consenso t&aacute;cito puede ser tambi&eacute;n insuficiente. Para autores como <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FJohn_Rawls&amp;ei=dsgmVIbGDIbW7Qaxs4GwDw&amp;usg=AFQjCNFWXLZXDpLP1GuUSQGF_ajmQiP3Cg&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Rawls</a> o <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FRonald_Dworkin&amp;ei=e8gmVK7tKcaf7gbA9YCgDg&amp;usg=AFQjCNFA9Eo-MRRxXvlrkblDrWcj9mMghw&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Dworkin</a>, la legitimidad del gobierno no puede desligarse de la justicia o bondad de la sociedad en su conjunto. Si la sociedad se encuentra desfigurada por desigualdades injustificables u otras formas de injusticia y el gobierno no las combate, su legitimidad entra en cuesti&oacute;n. Naturalmente, se abre aqu&iacute; una segunda puerta para el disenso: &iquest;qui&eacute;n decide cu&aacute;l es el programa de justicia para una sociedad? Dicho de otra manera, si las leyes no se obedecen porque posean autoridad (nos gusten o no: ah&iacute; est&aacute; la ley antitabaco para un fumador empedernido, la ley del aborto para una persona religiosa, etc.), sino seg&uacute;n si sean apropiadas o no para cumplir un programa sustantivo, la autoridad corre el riesgo de desaparecer como tal. As&iacute;, la legalidad espa&ntilde;ola podr&iacute;a ser conculcada por aquellos ciudadanos catalanes que entendiesen que la independencia es un fin que esa legalidad obstaculiza, sin entrar en mayores consideraciones.
    </p><p class="article-text">
        Dicho de otro modo, desligar la legitimidad de la legalidad <em>tambi&eacute;n</em> plantea problemas: En el fondo, son los problemas contenidos en la afirmaci&oacute;n weberiana de que la legitimidad depende de la creencia en la legitimidad. Si un gran n&uacute;mero de ciudadanos catalanes percibe la legalidad espa&ntilde;ola como ileg&iacute;tima, con independencia de (i) las razones que explican la generalizaci&oacute;n de esa percepci&oacute;n y (ii) de la legitimidad de origen de esa legalidad, se plantea un problema aparentemente insoluble. O quiz&aacute; no.
    </p><h4 class="article-text">La legitimidad democr&aacute;tica en el Estado de Derecho</h4><p class="article-text">
        <strong>La legitimidad democr&aacute;tica en el Estado de Derecho</strong>Dos son, llegados a este punto, las soluciones disponibles, que a su vez pueden resumirse en una: la combinaci&oacute;n de elementos democr&aacute;ticos y liberales en el proceso pol&iacute;tico de creaci&oacute;n de las leyes.
    </p><p class="article-text">
        Cabe as&iacute; apelar por un lado, como hac&iacute;a el malogrado <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Rafael_del_%C3%81guila" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Rafael del &Aacute;guila</a>, a la concepci&oacute;n deliberativa del poder propia de autores como <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FHannah_Arendt&amp;ei=zsgmVIO_OYTW7Qao3YHYAg&amp;usg=AFQjCNGmudRU4XVn9pNfgbTvCrzKVI2M_A&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Hannah Arendt</a> y <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FJ%25C3%25BCrgen_Habermas&amp;ei=08gmVLmsH_TY7AbAn4GYDQ&amp;usg=AFQjCNEOuirkZrqAXrsmB8p6kIPXCf2RHQ&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">J&uuml;rgen Habermas</a>. De modo que una acci&oacute;n, norma o instituci&oacute;n ser&aacute; leg&iacute;tima si ha sido justificada como tal en un procedimiento de deliberaci&oacute;n p&uacute;blica que se rija por reglas tales como la libertad e igualdad de las partes, la ausencia de coacci&oacute;n y el principio del mejor argumento. Se trata, obviamente, de un ideal cuya consecuci&oacute;n pr&aacute;ctica no resulta sencilla, pero que subraya las virtudes del marco liberal-democr&aacute;tico como espacio para una conversaci&oacute;n p&uacute;blica de la que emana la legitimidad de las normas.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, la configuraci&oacute;n democr&aacute;tica de la legitimidad no es suficiente por s&iacute; sola. &iquest;Qu&eacute; sucede si los ciudadanos acuerdan, mediante un procedimiento democr&aacute;tico impecable, limitar o vulnerar los derechos de las minor&iacute;as? &iquest;Est&aacute; la voluntad de los ciudadanos catalanes expresada en refer&eacute;ndum (dejemos al margen el porcentaje de participaci&oacute;n) por encima del Tribunal Constitucional? <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FGiovanni_Sartori&amp;ei=C8kmVKK4D87e7Abqm4DoBQ&amp;usg=AFQjCNENR6I-2xevUV93VXoggIp8yChPKg&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Sartori</a> es contundente al respecto: &ldquo;Quien dice <em>regla de la mayor&iacute;a</em> olvid&aacute;ndose de los <em>derechos de las minor&iacute;as</em> no promueve la democracia, la sepulta&rdquo;. Y cita a Kelsen, quien suger&iacute;a que la veracidad de esta afirmaci&oacute;n la comprobaba inmediatamente quien, habiendo votado con la mayor&iacute;a, cambia de opini&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es aqu&iacute; donde entran en juego los contrapesos liberales presentes en autores como <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCMQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FImmanuel_Kant&amp;ei=NckmVJ3DNaef7gbZ4oHYCA&amp;usg=AFQjCNHfnXM82ZzTu1mXHo9kAtMtX3_UwQ&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Kant</a>, Rawls o <a href="http://www.google.es/url?sa=t&amp;rct=j&amp;q=&amp;esrc=s&amp;source=web&amp;cd=1&amp;cad=rja&amp;uact=8&amp;ved=0CCEQFjAA&amp;url=http%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FJoseph_Raz&amp;ei=KMkmVJmUMaif7gb6k4GICA&amp;usg=AFQjCNEhrLp_oBczvPGwGAIiDTHTOaSinA&amp;bvm=bv.76247554,d.ZGU" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Raz</a>. Desde este punto de vista, un componente de la legitimidad es la neutralidad del gobierno en relaci&oacute;n a las concepciones sustantivas del bien en sociedades posmetaf&iacute;sicas y por ello plurales. De hecho, esta pluralidad de concepciones del bien explica en gran medida la necesidad de autoridad y gobierno: defensores y cr&iacute;ticos del derecho al aborto nunca se pondr&aacute;n de acuerdo. De ah&iacute; tambi&eacute;n la necesidad de un conjunto de limitaciones institucionalizadas a la autoridad: la primac&iacute;a de la Constituci&oacute;n, los derechos fundamentales, el imperio de la ley, la democracia representativa.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; pues, la legitimidad democr&aacute;tica depende del respeto a un conjunto de principios, normas y procedimientos que garantizan las condiciones en que se desarrolla el proceso pol&iacute;tico y regulan su desarrollo. Naturalmente, hay un elemento tautol&oacute;gico en esta conclusi&oacute;n, porque esa legitimidad democr&aacute;tica no deja de depender de la creencia de la mayor&iacute;a en la mayor razonabilidad o justicia de la misma por encima de otras concepciones -tradicional, carism&aacute;tica, legal- de la legitimidad. Y esto, a su vez, debe llevarnos a pensar en algo que, en el caso catal&aacute;n, parece tener su importancia: el hecho de que la creencia en la legitimidad o ilegitimidad no es independiente de las condiciones de surgimiento de esa misma creencia; porque los contextos sociales cuentan. Es aqu&iacute; donde se ve reforzada la importancia de los contrapesos descritos, porque dif&iacute;cilmente podr&iacute;a considerarse leg&iacute;tima una &ldquo;voluntad popular&rdquo; que emane de un marco social cuyas instituciones no respeten el principio de neutralidad, incluida la necesaria pluralidad de la esfera p&uacute;blica.
    </p><p class="article-text">
        Y de hecho, es interesante constatar que -salvo que tuviese lugar una proclamaci&oacute;n unilateral de la independencia que fundase <em>ex novo</em> una legitimidad espec&iacute;ficamente catalana, dif&iacute;cilmente democr&aacute;tica a la vista de la pluralidad que todav&iacute;a exhibe esa sociedad- una concepci&oacute;n democr&aacute;tica de la legitimidad abre la posibilidad de que los ciudadanos <em>crean</em> leg&iacute;timo aquello que no lo <em>es</em>, contraviniendo as&iacute; la intuici&oacute;n weberiana sobre el origen de la legitimidad.
    </p><h4 class="article-text">Conclusi&oacute;n</h4><p class="article-text">
        <strong>Conclusi&oacute;n</strong>En definitiva, si empleamos estas herramientas conceptuales para interpretar el caso catal&aacute;n, resulta dif&iacute;cil estar de acuerdo con la idea de que presenciamos un &ldquo;choque de legitimidades&rdquo; entre dos presuntas legitimidades, la espa&ntilde;ola y la catalana, que la legalidad espa&ntilde;ola posea un d&eacute;ficit de legitimidad, o que la desobediencia civil de los ciudadanos catalanes pueda estar justificada. Hay procedimientos a la vez legales y democr&aacute;ticos para la modificaci&oacute;n de las normas leg&iacute;timas que los espa&ntilde;oles -catalanes incluidos- se han dado a s&iacute; mismos. M&aacute;s a&uacute;n, el debate al respecto deber&iacute;a llevarse a cabo en un marco que garantizase la neutralidad institucional y el respeto a las voces de las minor&iacute;as. Siempre y cuando sigamos prefiriendo la legitimaci&oacute;n democr&aacute;tica de nuestra organizaci&oacute;n pol&iacute;tica a la ficci&oacute;n rousseaniana de una un&aacute;nime voluntad general legitimada en el propio acto de su enunciaci&oacute;n m&iacute;stica.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Arias Maldonado]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/reforma_constitucional/legitimidad-legalidad-cataluna_1_4621633.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Sep 2014 18:35:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Legitimidad y legalidad en Cataluña]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Reforma constitucional,Consulta 9N Cataluña]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Está informado y conectado el votante de Podemos?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/nueva_politica/informado-conectado-votante-podemos_1_4687580.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/662084b8-0f29-4d0f-9f10-8ff40d5e6be4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Está informado y conectado el votante de Podemos?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Que un votante se perciba a sí mismo como bien informado no nos dice nada sobre su verdadero grado de información; tampoco sobre la calidad de esa información</p></div><p class="article-text">
        Siempre media una cierta distancia entre los titulares period&iacute;sticos y la realidad; el peligro es que esa distancia sea tal que provoque una distorsi&oacute;n de esa misma realidad. Algo de eso suced&iacute;a hace unas semanas, cuando, al hilo de la &uacute;ltima encuesta del CIS, <a href="http://www.eldiario.es/agendapublica/nueva-politica/apuntes-vuelapluma-irrupcion-Podemos_0_281722568.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">vino a subrayarse que los votantes declarados de Podemos est&aacute;n &ldquo;informados y conectados&rdquo;</a>, aludi&eacute;ndose as&iacute; con ello impl&iacute;citamente a su <em>calidad</em> superior frente a otros menos sofisticados. Pero, &iquest;es el caso? Y sobre todo, desde un punto de vista m&aacute;s general, &iquest;qu&eacute; significa exactamente estar informado y conectado?
    </p><p class="article-text">
        Sin duda, la premisa te&oacute;rica relaciona la calidad de la informaci&oacute;n que manejan los votantes con la calidad de la democracia correspondiente parece sostenerse sin mayores dificultades. As&iacute; como un p&uacute;blico desinformado es m&aacute;s f&aacute;cilmente manipulable, otro que posea elevados &iacute;ndices de informaci&oacute;n pol&iacute;tica tender&aacute; a ponderar m&aacute;s serenamente sus preferencias electorales y contribuir&aacute; de manera m&aacute;s razonable -al argumentar de forma m&aacute;s razonada- al debate p&uacute;blico. Esto &uacute;ltimo es importante, porque, si bien hasta hace bien poco el ciudadano de a pie no era m&aacute;s que un receptor pasivo de informaci&oacute;n, ahora, a trav&eacute;s de las redes sociales, ese mismo ciudadano puede emitir su opini&oacute;n sobre los asuntos p&uacute;blicos. Y la calidad del intercambio correspondiente incide tambi&eacute;n sobre la calidad de la democracia en la que se inscribe.
    </p><p class="article-text">
        Que los ciudadanos est&eacute;n informados y conectados, en lugar de lo contrario, en una medida suficiente, guarda as&iacute; relaci&oacute;n con el funcionamiento de la democracia representativa. &iexcl;No digamos si la democracia fuese directa! En t&eacute;rminos generales, ese ser&aacute; m&aacute;s probablemente un <em>swing voter</em>, o sea, un votante que no se adscribe a un partido concreto, sino que vota a unos u otros en funci&oacute;n de su desempe&ntilde;o en el gobierno y las pol&iacute;ticas que propone. Este votante estar&iacute;a m&aacute;s inclinado a <em>formarse</em> una opini&oacute;n mediante el contacto con la informaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, este dibujo ideal se complica cuando descendemos a los divinos, acaso malditos, detalles. &iquest;Qu&eacute; grado y tipo de informaci&oacute;n basta para ser considerado un votante <em>informado</em>? &iquest;Cu&aacute;ntas conexiones digitales, usadas de qu&eacute; manera y con qu&eacute; frecuencia?&iquest;Est&aacute; informado un votante que ojea el peri&oacute;dico local en la cafeter&iacute;a de su barrio? &iquest;O quien solamente lee, pero a fondo, ese diario local? &iquest;Y quien consume con avidez el peri&oacute;dico, la cadena de radio y la televisi&oacute;n de un &uacute;nico grupo de comunicaci&oacute;n, pero rechaza el contacto con cualquier otro? &iquest;Es lo mismo leer titulares que noticias completas?
    </p><p class="article-text">
        El giro digital en que estamos inmersos viene a complicar todav&iacute;a m&aacute;s el asunto. Sobre todo, dificulta la medici&oacute;n de los h&aacute;bitos informativos de los ciudadanos, en especial de aquellos, por lo general j&oacute;venes, que se adentran en una mara&ntilde;a de v&iacute;nculos cruzados provinentes de distintas fuentes, sobre cuya lectura y asimilaci&oacute;n resulta dif&iacute;cil sacar conclusiones precisas. No olvidemos que el uso expresivo de las redes sociales, a menudo bajo el disfraz de la argumentaci&oacute;n racional, <a href="http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1083-6101.2009.01475.x/full" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">predomina sobre el informativo</a>. Y mucho se ha hablado de las redes sociales como &ldquo;c&aacute;maras de resonancia&rdquo; donde uno s&oacute;lo escucha el eco de su propia voz, es decir, donde no se accede a opiniones plurales, sino que se traba contacto con las afines.
    </p><p class="article-text">
        Si algo muestran desde siempre los datos estad&iacute;sticos comparados, es que las opiniones p&uacute;blicas de las democracias occidentales se sostienen sobre una gran cantidad de ciudadanos desinformados, <a href="http://statinfo.biz/Geomap.aspx?lang=2&amp;act=6460" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">oscilando entre el 10% y el 20% el n&uacute;mero de los verdaderamente informados</a>. Parafraseando a Cesare Pavese, informarse cansa: tiene un coste de oportunidad que no todo el mundo est&aacute; dispuesto a pagar. M&aacute;s bien, el votante medio busca la informaci&oacute;n m&iacute;nima sobre la que apuntalar su creencia pol&iacute;tica previa; somos, en expresi&oacute;n de Aaron Popkin, &ldquo;avaros cognitivos&rdquo;. M&aacute;s a&uacute;n, el conflicto entre la creencia y la informaci&oacute;n suele decantarse a favor de la primera. Tal como explica Giovanni Sartori, quienes nutren la &ldquo;opini&oacute;n p&uacute;blica en negativo&rdquo; se <em>defienden</em> de la informaci&oacute;n que amenaza a sus creencias, procediendo a recodificarla o rechazarla. As&iacute;, se condena la corrupci&oacute;n en el bando pol&iacute;tico enemigo, mientras se disculpa en el propio; o se buscan razones para justificar que Obama haya expulsado a m&aacute;s inmigrantes ilegales que George Bush.
    </p><p class="article-text">
        A este respecto, &iquest;es el votante de Podemos un votante de calidad? Los datos de la encuesta del CIS plantean un interesante problema al respecto: son los propios votantes los que eval&uacute;an su grado de informaci&oacute;n pol&iacute;tica. Hablamos, en fin, de &ldquo;autopercepci&oacute;n de grado de informaci&oacute;n&rdquo;. Pero que un votante se perciba a s&iacute; mismo como <em>bien informado</em> no nos dice nada sobre su verdadero grado de informaci&oacute;n; tampoco sobre la calidad de esa informaci&oacute;n. Algunos lo estar&aacute;n, su autopercepci&oacute;n ser&aacute; correcta; pero muchos otros ser&aacute;n, como solemos, benevolentes consigo mismos, mayormente por falta de referencias para la comparaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        No en vano, los ciudadanos suelen creer que est&aacute;n suficientemente informados, igual que casi todos creemos salir a la calle bien vestidos cada ma&ntilde;ana. Por otro lado, si cabe suponer que el votante medio de Podemos se adhiere a un ideario pol&iacute;tico m&aacute;s o menos radical, hablamos de ciudadanos que, por estar ya de antemano m&aacute;s politizados, propenden a la b&uacute;squeda de informaci&oacute;n, pero <a href="http://www.vox.com/2014/4/6/5556462/brain-dead-how-politics-makes-us-stupid" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">dif&iacute;cilmente de una informaci&oacute;n plural</a>. Probablemente, de hecho, el votante radical cree que <em>sus</em> medios informan mejor por ser m&aacute;s honestos que los mayoritarios, y, por tanto, que <em>sus</em> hechos con m&aacute;s concluyentes que los de su oponente. Finalmente, por a&ntilde;adidura, estar m&aacute;s informado que la media en un pa&iacute;s como Espa&ntilde;a, <a href="http://ec.europa.eu/public_opinion/archives/eb/eb78/eb78_media_en.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">a la cola europea en la informaci&oacute;n pol&iacute;tica de los ciudadanos</a>, tampoco significa gran cosa.
    </p><p class="article-text">
        Si, en 2002, 97 de cada mil espa&ntilde;oles le&iacute;an <em>alg&uacute;n</em> peri&oacute;dico, esa cifra hab&iacute;a descendido a 64 de cada mil en 2012, ca&iacute;da que nos sit&uacute;a en el pen&uacute;ltimo lugar de Europa. Pa&iacute;ses como Finlandia (330 por cada mil), Austria (235) o Suecia (228) nos superan ampl&iacute;simamente; de hecho, Espa&ntilde;a ocupa el &uacute;ltimo lugar de entre los pa&iacute;ses europeos en el <a href="http://www.europapress.es/sociedad/noticia-espanoles-dedican-ya-mas-tiempo-leer-prensa-informacion-general-internet-papel-20131208115858.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&iacute;ndice de penetraci&oacute;n de la prensa en la sociedad</a>. Este dato puede correlacionarse f&aacute;cilmente con los relativos a lectura de libros o nivel de competencias, para dibujar una sociedad relativamente atrasada, cognitivamente hablando, en el marco continental. No en vano, Espa&ntilde;a no super&oacute; hasta 1992 la tasa de lectura de prensa que la Unesco considera propia de los pa&iacute;ses desarrollados.
    </p><p class="article-text">
        Digamos entonces que la autopercepci&oacute;n no nos sirve para medir el grado de informaci&oacute;n de un sujeto. Ser&iacute;a necesario cruzar esta evaluaci&oacute;n reflexiva con otros datos, relativos a los h&aacute;bitos concretos de consumo de informaci&oacute;n: qu&eacute; se lee, por cu&aacute;nto tiempo, con qu&eacute; frecuencia. A su vez, aunque la presencia en redes sociales pudiera ser indicio de una mayor conexi&oacute;n con los flujos de informaci&oacute;n, &eacute;sta no puede darse por supuesta, por la misma raz&oacute;n por la que resulta bien poco noticioso que un grupo de votantes situado mayoritariamente entre los 18 y los 54 a&ntilde;os (como es el caso de los de Podemos) est&eacute; conectado digitalmente, ya que, &iquest;qui&eacute;n no lo est&aacute; hoy en d&iacute;a? <a href="http://www.digitalnewsreport.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&iexcl;Si el 73% de los espa&ntilde;oles tiene un smartphone!</a>
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, aunque el paulatino relevo generacional est&eacute; provocando un gradual desplazamiento de los medios tradicionales a los digitales, parece aventurado pensar que ese tr&aacute;nsito pueda comportar una <em>transmutaci&oacute;n</em> del ciudadano medio, que pasar&iacute;a de apenas leer siquiera el peri&oacute;dico a informarse con avidez a trav&eacute;s de las redes sociales. M&aacute;s bien empieza a confirmarse la reproducci&oacute;n digital de los patrones tradicionales de informaci&oacute;n pol&iacute;tica, si no su empeoramiento. Un estudio reciente se&ntilde;alaba que que <a href="http://www.newyorker.com/tech/elements/doesnt-anyone-read-the-news?utm_source=tny&amp;utm_campaign=generalsocial&amp;utm_medium=twitter" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">s&oacute;lo el 4% de los usuarios de internet norteamericanos son activos consumidores de noticias</a>, definidos estos como aquellos que leen al menos diez art&iacute;culos y dos piezas de opini&oacute;n en un per&iacute;odo de tres meses. Y entre nosotros, <a href="http://www.digitalnewsreport.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">s&oacute;lo el 8% de los ciudadanos paga por obtener noticias online</a>. Y as&iacute; como comprar un peri&oacute;dico es, o era, un signo inequ&iacute;voco de tensi&oacute;n p&uacute;blica y de inter&eacute;s por la realidad pol&iacute;tica, entrar varias veces a la web de ese mismo medio es un signo equ&iacute;voco, porque no sabemos qu&eacute; hace exactamente el lector ah&iacute; (aunque, si atendemos a la lista de noticias m&aacute;s le&iacute;das de cada web, podemos hacernos una desoladora idea). Asunto distinto es el valor est&eacute;tico que se atribuye a la conectividad del ciudadano, que parece ser m&aacute;s moderno por el solo hecho de frecuentar las redes sociales, cuando es bien sabido que &eacute;stas pueden emplearse para tratar asuntos estrictamente privados o extrapol&iacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        En suma, hay que ser precavidos ante hip&oacute;tesis como la propagada a ra&iacute;z de la &uacute;ltima encuesta del CIS, donde se presentaba al votante de Podemos como especialmente &ldquo;informado y conectado&rdquo;. Para alcanzar una conclusi&oacute;n as&iacute;, parece necesario hilar mucho m&aacute;s fino, cruzando datos adicionales que nos permitan saber cu&aacute;n plural es la informaci&oacute;n a la que tiene acceso ese ciudadano, con qu&eacute; profundidad la consume, qu&eacute; grado de reflexi&oacute;n acompa&ntilde;a su consumo. Y lo mismo cabe decir de su conectividad, as&iacute; como de la relaci&oacute;n entre conectividad e informaci&oacute;n. Por desgracia, la brecha que describe Sartori entre el votante ideal (informado y reflexivo) y el votante real (poco o mal informado, emocional, ideologizado) de las democracias representativas realmente existentes parece dif&iacute;cil de salvar. Pero en ning&uacute;n caso lo lograremos si preferimos los titulares a la realidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Arias Maldonado]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/agendapublica/nueva_politica/informado-conectado-votante-podemos_1_4687580.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 26 Aug 2014 18:41:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Está informado y conectado el votante de Podemos?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Nueva Política,Podemos]]></media:keywords>
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