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    <title><![CDATA[elDiario.es - Montero Glez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/montero_glez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Montero Glez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Del Sacromonte a las estrellas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/sacromonte-estrellas_129_13447253.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3ede47ae-06bf-4df5-9633-708800f0ea9d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Del Sacromonte a las estrellas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Pepe Habichuela combinó vanguardia y tradición hasta llegar a los últimos rincones del flamenco, llevándolo a los territorios del jazz o de la música hindú sin perder las raíces, sin extraviar el origen ancestral de una música “demasiado bella para ser ignorada”</p><p class="subtitle">Muere el guitarrista Pepe Habichuela, discreto revolucionario del flamenco, a los 82 años
</p></div><p class="article-text">
        Era <em>chequetito</em> y poquita cosa, pero cuando sub&iacute;a al escenario se convert&iacute;a en un gigante capaz de empeque&ntilde;ecer al m&aacute;s pintado. Se llamaba Pepe Habichuela y con su guitarra combin&oacute; vanguardia y tradici&oacute;n hasta llegar a los &uacute;ltimos rincones del flamenco. Para quien no sepa de lo que hablo, que escuche sus trabajos con Dave Holland o con The Bollywood Strings, un par de muestras de lo que Pepe era capaz de hacer llevando el flamenco a los territorios del jazz o de la m&uacute;sica hind&uacute; sin perder las ra&iacute;ces, sin extraviar el origen ancestral de una m&uacute;sica &ldquo;demasiado bella para ser ignorada&rdquo;, tal y como dec&iacute;a el productor Mario Pacheco para presentarla al mundo.
    </p><p class="article-text">
        Dedic&oacute; su primer disco a Mandeli, su abuelo, Habichuela el Viejo, que se gan&oacute; el jallip&eacute;n con la sonanta por el Sacromonte granadino. Mandeli ser&iacute;a el primero de una saga que, con el tiempo y el camino en cuesta, conquistar&iacute;a el mundo desde la Granada de los sonidos negros; la misma que recorre el Albaic&iacute;n y que encontr&oacute; su voz en Morente; y en Pepe Habichuela su mejor compa&ntilde;&iacute;a. S&eacute; lo que me digo, pues tuve la suerte de frecuentar a Pepe Habichuela, hace a&ntilde;os, cuando iba hasta su casa, en Campamento, a un tiro de piedra del Simago donde a veces entraba con Josemi, su hijo, a ver si ya ten&iacute;an colocadas las casetes de Ketama en el principio de los principios, cuando todav&iacute;a el mundo se resist&iacute;a a escuchar a un grupo que mezclaba flamenco con m&uacute;sica picada por la sal del Caribe. Lleg&aacute;bamos en el Peugeot de Pepe Luis, su primo, y ahora que voy y recuerdo est&aacute;s cosas, veo a Pepe Habichuela con la sonrisa a punto y la sonanta siempre entre las manos, buscando nuevos caminos, acordes y falsetas donde nos ense&ntilde;aba que el arte no consiste en otra cosa que en hacer f&aacute;cil lo dif&iacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        Yo era una sombra que buscaba ser iluminada y el ritmo flamenco me entreg&oacute; su candil, ya digo, a un tiro de piedra del Simago, donde las casetes de los Ketama que apenas se ve&iacute;an mientras en los baretos de Campamento sonaban grupos que daban verdadera lache, que en cal&oacute; quiere decir verg&uuml;enza. Pepe Habichuela contaba con cuarenta y pocos a&ntilde;os; y cuarenta y pocos kil&oacute;metros eran los que hab&iacute;a entre el Simago de Campamento y el aeropuerto de Barajas por la M-40 hacia la Autov&iacute;a del Suroeste tirando en el Peugeot de Pepe Luis por el Paseo de Extremadura y desde all&iacute; a un avi&oacute;n que los dejaba en Par&iacute;s, o en Berl&iacute;n, o m&aacute;s arriba, cuando los Habichuela sal&iacute;an de gira con la bailaora suiza Nina Corti y yo me quedaba en tierra.
    </p><p class="article-text">
        Siempre me dio canguelo volar. Prefer&iacute;a quedarme con los pies en el suelo, leyendo a Fernando del Paso que, por entonces, me ten&iacute;a la cabeza volada, y con su ayuda y armado con el ritmo de los Habichuela, alcanzar&iacute;a la orilla del desastre, desde donde ahora escribo est&aacute;s l&iacute;neas. Vuela alto, Maestro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/sacromonte-estrellas_129_13447253.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Aug 2026 20:04:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Del Sacromonte a las estrellas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Música,Flamenco]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Apocalipsis en el Valle del Tiétar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/apocalipsis-valle-tietar_129_13421652.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d6f0876e-18ba-4809-8590-f9a474cd44b3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Apocalipsis en el Valle del Tiétar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hoy sólo quedan las cenizas, los restos calcinados de lo que un día fue un vergel en el que las higueras alargaban su sombra y ocultaban mi pecado. Ha sido un incendio devastador, una catástrofe donde hasta las llamas se preguntan qué es lo que ha impedido que no se apagaran cuando aún se estaba a tiempo</p><p class="subtitle">¿Qué hacer después del fuego?: “Volver al mismo paisaje no va a ser posible”
</p></div><p class="article-text">
        Todos los fuegos son el mismo fuego, algo parecido nos quiso decir Cort&aacute;zar en uno de sus cuentos, una historia de gladiadores y cigarrillos apagados al borde de la cama. Lo titul&oacute; 'Todos los fuegos el fuego' y, entre otras cosas, Cort&aacute;zar nos vino a decir que el fuego, el amor y la muerte son fen&oacute;menos capaces de ser una cosa y su contraria. Porque el fuego es principio y fin, cocina y apocalipsis, una hormona de la imaginaci&oacute;n y una met&aacute;fora de la ruina cuando del amor s&oacute;lo quedan las cenizas.
    </p><p class="article-text">
        La geometr&iacute;a de los azares revuelve mi memoria en estos d&iacute;as de fuego. Con la can&iacute;cula me traslado hasta el Valle del Ti&eacute;tar, donde le&iacute; a Cort&aacute;zar en tardes de siesta. De un rinc&oacute;n del valle eran mis abuelos y tambi&eacute;n los abuelos de mi padre. Por todo ello me cuelgo del hilo, un cord&oacute;n emocional por el que vuelan las pavesas de largos veranos al sur de la sierra de Gredos, ah&iacute; donde maduraban los higos con los &uacute;ltimos calores mientras yo aprend&iacute;a a besar y a escupir blasfemias; palabras encendidas como las que ahora trago por no ensuciar la hoja. Contengo la ceniza y las ganas de pendencia en la boca, y vuelvo a montar en bicicleta por los caminos de vacas, a llamar por su nombre a las estrellas, a sumergirme en las albercas donde no se hace pie y, sobre todo, a respirar la libertad de la noche con la m&uacute;sica de fondo que traen las orquestas.
    </p><p class="article-text">
        El fuego y el calor son fuentes de recuerdos imperecederos vino a decir Gaston Bachelard, el fil&oacute;sofo de la imaginaci&oacute;n, en un libro tan importante como dif&iacute;cil de conseguir y que bien merecer&iacute;a una reedici&oacute;n; se titula 'Psicoan&aacute;lisis del fuego' y en estos d&iacute;as lo releo. Entre sus p&aacute;ginas me encuentro y me llego a comprender a ratos, en toda su abundancia de elementos. Luego hay otra cosa que apunta Bachelard, y es aqu&iacute; donde quiero llegar, me refiero al car&aacute;cter sexual de las tendencias del pir&oacute;mano, porque hay una atracci&oacute;n primigenia al fuego; el espect&aacute;culo de las llamas como s&iacute;mbolo libidinoso. &ldquo;Come on baby, light my fire&rdquo;, cantaba Jim Morrison en el est&eacute;reo reci&eacute;n estrenado que llevaba a las acampadas; el mundo estaba a&uacute;n por descubrir y el Valle del Ti&eacute;tar se dejaba alcanzar por nuestros pies siempre calientes, pero incapaces de prender fuego a lo que consider&aacute;bamos nuestro origen. Porque somos igual que gusanos; la tierra no nos pertenece, en todo caso, pertenecemos a ella.
    </p><p class="article-text">
        Hoy s&oacute;lo quedan las cenizas, los restos calcinados de lo que un d&iacute;a fue un vergel en el que las higueras alargaban su sombra y ocultaban mi pecado. Ha sido un incendio devastador, una cat&aacute;strofe donde hasta las llamas se preguntan qu&eacute; es lo que ha impedido que no se apagaran cuando a&uacute;n se estaba a tiempo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/apocalipsis-valle-tietar_129_13421652.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 31 Jul 2026 21:31:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Apocalipsis en el Valle del Tiétar]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Interviú, el número de la bestia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/interviu-numero-bestia_129_13385248.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7351bd0e-933a-4455-841c-a668caa2fee8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x393y124.jpg" width="1200" height="675" alt="Interviú, el número de la bestia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Acaba de salir la crónica sentimental de esta revista que consiguió transformar no solo el quiosco, sino también el tejido social y, con ello, influir en ciertos momentos del proceso histórico. El libro se titula Los desnudos y los muertos (Península), lo ha escrito el periodista Jerónimo Andreu y no tiene despojo</p></div><p class="article-text">
        Antes de aprender a fumar, yo ya le&iacute;a Intervi&uacute;. Confieso mi temprana afici&oacute;n a las publicaciones para adultos. Era algo inevitable en una &eacute;poca en la que todo se reduc&iacute;a a Los payasos de la tele y poco m&aacute;s, pues la mayor&iacute;a de las veces aparec&iacute;an los dos rombos del pecado. El nacionalcatolicismo dominaba las alcobas y tambi&eacute;n la doble moral, ah&iacute; donde la puerta del armario reflejaba el reclinatorio, colocado al centro del espejo; los chirridos del somier y el rosario junto al olor a naftalina; la miseria de una Espa&ntilde;a que a&uacute;n se resiste a ser cambiada. No hace tanto de aquello, cuando la ropa interior zurcida ocultaba el fondo de la repisa donde viv&iacute;an las revistas sucias y el cad&aacute;ver de alguna polilla. 
    </p><p class="article-text">
        En esto que lleg&oacute; Intervi&uacute;, una revista que combinaba la carne seg&uacute;n Eros y Tanatos. Se&ntilde;oras desnudas y cr&iacute;menes sin resolver o mal resueltos, como esos crucigramas que se dejan a medias por falta de inter&eacute;s. Luego estaban los titulares, que en Intervi&uacute; fueron un g&eacute;nero period&iacute;stico por s&iacute; mismo y que ten&iacute;an tanto o m&aacute;s valor que el sangriento reportaje. Acaba de salir la cr&oacute;nica sentimental de esta revista que consigui&oacute; transformar no solo el quiosco, sino tambi&eacute;n el tejido social y, con ello, influir en ciertos momentos del proceso hist&oacute;rico. El libro se titula <em>Los desnudos y los muertos</em> (Pen&iacute;nsula), lo ha escrito el periodista Jer&oacute;nimo Andreu y no tiene despojo. Yo me lo he ventilado del tir&oacute;n y, mientras lo hac&iacute;a, he visto pasar mi vida por sus p&aacute;ginas. Desde Marisol desnuda a la entrevista que le hizo Francisco Umbral al violador del Ensanche sin olvidar la masacre de Puerto Hurraco, las manchas de sangre en la caliche abrasada de un pueblo que patearon Avil&eacute;s y Montoro, la pareja de periodistas que mejor han contado los sucesos; el uno a golpe de tecla, el otro a trav&eacute;s del objetivo de su c&aacute;mara r&eacute;flex. 
    </p><p class="article-text">
        Con todo, me quedo con el n&uacute;mero 666, por ser el de la bestia y por ser el n&uacute;mero que hizo temblar el poder real, el de las finanzas, donde el sexo y los billetes sucios se combinan sobre las s&aacute;banas de sat&eacute;n de los hoteles de lujo. El d&iacute;a que Marta Ch&aacute;varri mostr&oacute; la montera rubia bajo sus medias de cristal, a decir de Ra&uacute;l del Pozo, tuvo su efecto mariposa. Con aquel descuido no solo se agit&oacute; una ruptura matrimonial, sino que se vinieron abajo los planes de fusi&oacute;n del Banco Central con el Banesto.  El n&uacute;mero de marras sali&oacute; un 14 de febrero de 1989 y fue un ejemplo de c&oacute;mo el ide&oacute;logo de la citada revista, Antonio Asensio, llev&oacute; a la pr&aacute;ctica la lectura de Maquiavelo y de su Pr&iacute;ncipe por el lado de Lampedusa, me explico, porque desde el primer n&uacute;mero de la revista, fechado el 22 de mayo de 1976, Asensio alcanz&oacute; la m&aacute;xima literaria que contempla que todo cambie para que todo siga como est&aacute;. 
    </p><p class="article-text">
        De esta manera, con los desnudos se combinaron firmas de caspa y brillantina como las de Yale o las de Emilio Romero, junto a otras que deb&iacute;an su discurso al materialismo hist&oacute;rico, l&eacute;ase V&aacute;zquez Montalb&aacute;n y eso sin dejar a los conversos de &uacute;ltima hora como Jos&eacute; Luis de Vilallonga. Pero las mujeres nunca faltaron, incluso cuando se trataba de simular algo del oficio period&iacute;stico encarnado en Susana Estrada, de rodillas y medio en cueros, para entrevistar a Camilo Jos&eacute; Cela con los mofletes hinchados de exabruptos. El machismo, esa actitud justificadora de la superioridad del macho ante la mujer, no perd&iacute;a un &aacute;pice de toxicidad desde los tiempos franquistas; lo que sucede es que hab&iacute;a salido del fondo de armario y se dejaba fotografiar junto al cad&aacute;ver destripado de alg&uacute;n hombre sin suerte, envuelto en una nube de moscas y polillas. Todo segu&iacute;a igual tras el aparente cambio. 
    </p><p class="article-text">
        Julio Cort&aacute;zar, el autor argentino dio un &ldquo;no&rdquo; tajante cuando le ofrecieron colaborar en la revista; ten&iacute;a un concepto de la mujer m&aacute;s cercano, m&aacute;s de t&uacute; a t&uacute;, m&aacute;s de igual a igual, y aquella publicaci&oacute;n le incomodaba. Cort&aacute;zar conoc&iacute;a el pa&ntilde;o con el que Maquiavelo se cubr&iacute;a, la capa que en noches de juerga hac&iacute;a de tapete para jugar a los dados con los pr&iacute;ncipes de la Iglesia. 
    </p><p class="article-text">
        Porque el poder eclesi&aacute;stico y el poder terrenal llevan toda la vida provocando al demonio de la carne; el Papa Clemente y su Palmar de Troya fueron el ejemplo hecho reportaje en Intervi&uacute;, la revista que forma parte de mi memoria sentimental junto a los cigarrillos que compraba sueltos en el quiosco de la glorieta de Cuatro Caminos. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/interviu-numero-bestia_129_13385248.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Jul 2026 19:41:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Interviú, el número de la bestia]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Cuando la tierra se abre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tierra-abre_129_13353924.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4794aba4-e993-4981-ac06-ed09e8538a9b_16-9-discover-aspect-ratio_default_1104798.jpg" width="3424" height="1926" alt="Cuando la tierra se abre"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Para quien no sepa todavía quién fue esta mujer, hay que decir que hubo un tiempo en que su presencia hizo brillar el movimiento hippie de California; nadie se pudo resistir a su magnetismo</p></div><p class="article-text">
        Se llamaba Eve Babitz y se hizo famosa por convertir el pecado en costumbre. Con estas cosas, un d&iacute;a que iba conduciendo su Volkswagen escarabajo por Los &Aacute;ngeles, tuvo la mala pata de que una cerilla fuese a caer sobre su vestido. Y ardi&oacute; viva con un cigarro en la boca.  
    </p><p class="article-text">
        Fue en 1997 y las quemaduras la llevaron a encerrarse en s&iacute; misma, cayendo en una depresi&oacute;n que le hizo abandonar la escritura, aunque no la costumbre del pecado. Para quien no sepa todav&iacute;a qui&eacute;n fue esta mujer, hay que decir que hubo un tiempo en que su presencia hizo brillar el movimiento hippie de California; nadie se pudo resistir a su magnetismo. Ni Zappa ni Dal&iacute;, a los que junt&oacute; en una cena lis&eacute;rgica, ni tampoco Jim Morrison que fue su amante junto a un joven carpintero que vend&iacute;a marihuana antes de mont&aacute;rselo como Indiana Jones. Porque en aquellos tiempos de porro y flores en el pubis, Harrison Ford se lo hac&iacute;a con el serrucho y el canuto trompetero. 
    </p><p class="article-text">
        Random House ha publicado en castellano su testimonio de aquellos a&ntilde;os, cuando Janis Joplin cantaba al Mercedes Benz y la Babitz dise&ntilde;aba portadas para los discos de Buffalo Springfield. El libro se titula <em>El otro Hollywood </em>y viene traducido por Cruz Rodr&iacute;guez Juiz. Lo leo bajo la sombra de una higuera que refresca el est&iacute;o, a la tarde, mientras me asaltan funestas noticias. La cat&aacute;strofe ocurrida en Venezuela, el terremoto que ha hecho temblar las terminales nerviosas de nuestra lengua, ah&iacute; donde Bolivar dej&oacute; dicho: &ldquo;Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca&rdquo;. Bolivar lo solt&oacute; en 1812, tras el terremoto que devast&oacute; la Guaira. Un remez&oacute;n de tierra que se volvi&oacute; a repetir el otro d&iacute;a, cuando del sue&ntilde;o de Bolivar no quedan ni las cenizas. Ha sido prostituido y mil veces matado y rematado. Ya no quedan banderas de revoluci&oacute;n en Venezuela, sino jirones de un sue&ntilde;o cubierto de polvo y esti&eacute;rcol. 
    </p><p class="article-text">
        En una de sus piezas testimoniales, Eve Babitz habla de temblores de tierra, del suelo abri&eacute;ndose bajo sus pies y de aparatos de televisi&oacute;n bambole&aacute;ndose como marionetas. Ella misma confiesa que, durante mucho tiempo, cuando ni&ntilde;a, pisaba con p&aacute;nico porque tem&iacute;a que la tierra la tragase. El miedo a un terremoto la llev&oacute; a pensar en Dios y en el mism&iacute;simo diablo, en ponerse a salvo con palabras m&aacute;gicas; conjuros de origen antiguo como aqu&eacute;l que consiste en repetir la palabra &ldquo;Yahlway&rdquo; varias veces seguidas. Pero lo m&aacute;s importante para Eve Babitz era estar limpia de pecado para que, si la tierra la tragaba, la vomitase de nuevo, devolvi&eacute;ndola a su sitio, bajo el sol de California, con el viento de Santa Ana enredando sus cabellos mientras pensaba en la jugada de ajedrez perfecta; la misma que pondr&iacute;a en pr&aacute;ctica a&ntilde;os despu&eacute;s, totalmente desnuda frente a Marcel Duchamp, quien tuvo que concentrarse en el tablero sin alzar la vista m&aacute;s all&aacute; de las piezas. Lo contrario era pecado. De esta manera, Duchamp pudo ganar la partida en tres movimientos. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tierra-abre_129_13353924.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Jul 2026 19:34:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuando la tierra se abre]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mar de Marchis y el arte del anonimato]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/mar-marchis-arte-anonimato_129_13316061.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c935c48c-b5ee-49b3-9a51-e8478f676490_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mar de Marchis y el arte del anonimato"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mar de Marchis, la fundadora fantasma de Jot Down que, sin dejarse ver, todo lo veía</p></div><p class="article-text">
        En un mundo donde cualquier persona tiene a su alcance m&aacute;s de quince minutos de fama, lo verdaderamente dif&iacute;cil es lo contrario, me refiero al anonimato. Por eso mismo, lo de Mar de Marchis tiene su m&eacute;rito y su arte, el de una mujer que se col&oacute; por una de esas grietas que quedaron tras el derrumbe de un sistema que lleva oculto el germen de su propia destrucci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        A principios de la d&eacute;cada pasada, la recesi&oacute;n econ&oacute;mica que sufrimos tras la ca&iacute;da de Lehman Brothers nos dej&oacute; a la intemperie, a expensas de encontrar salidas entre el laberinto de escombros. Ella encontr&oacute; un agujero y silb&oacute;. Y como yo fui una de las tantas personas que escuch&oacute; aquel silbido, s&oacute;lo tengo buenas palabras para ella, para Mar de Marchis o como se quisiera llamar, y para su revista, la Jot Down, una publicaci&oacute;n de calidad para tiempos cutres donde los recortes y la groser&iacute;a dominaron la escena. Hoy lo siguen haciendo, lo que sucede es que ya no hay grietas por donde colarse, y Mar est&aacute; muerta, o eso dicen. 
    </p><p class="article-text">
        Por lo que a m&iacute; respecta, pienso que su muerte es algo tan ficticio como lo fue su nombre o como lo fue su vida, una vida que es imposible contener en un libro aunque algunos de sus jirones hayan salido a la luz en estos d&iacute;as bajo el t&iacute;tulo de <em>La bola</em> (Alfaguara). El trabajo &mdash;muy bien escrito&mdash; viene firmado por Daniel Verd&uacute;, y su publicaci&oacute;n no llega libre de pol&eacute;mica. Suele pasar cuando lo vivido por la gente cercana a la persona biografiada no se identifica con lo escrito por una tercera persona que, en este caso, s&oacute;lo la conoci&oacute; de o&iacute;das. Con todo, he le&iacute;do el libro y me ha devuelto hasta aquellos d&iacute;as de hace ahora quince a&ntilde;os, cuando nada era imposible y bail&aacute;bamos sobre los escombros de un sistema que empezaba a hundirse en las heladas aguas del c&aacute;lculo ego&iacute;sta. 
    </p><p class="article-text">
        En estos d&iacute;as de discusiones tuiteras por el libro de marras, recuerdo el cuento de Julio Cort&aacute;zar titulado <em>Reuni&oacute;n</em>, una historia donde el Che Guevara es protagonista. A Cort&aacute;zar se le ocurri&oacute; en un avi&oacute;n, volviendo de Cuba a Europa. Tiempo despu&eacute;s, en otro avi&oacute;n que iba de Argel a Cuba, el Che Guevara lo leer&iacute;a. Y no le gust&oacute;, seg&uacute;n le dijo a su compa&ntilde;ero de viaje, el autor cubano Roberto Fern&aacute;ndez Retamar. 
    </p><p class="article-text">
        A Julio Cort&aacute;zar no le pareci&oacute; mal la opini&oacute;n del Che, todo lo contrario. Seg&uacute;n el autor argentino, el Che estaba en su derecho de no gustarle desde el instante en que lo vivido por &eacute;l hab&iacute;a sido escrito por otra persona. &ldquo;La distancia que va de la imaginaci&oacute;n al documento exacto de la realidad, es siempre muy grande&rdquo; vino a decir Cort&aacute;zar. Tanto es as&iacute; que dicha distancia nunca se llega a alcanzar y, para las personas que no se sientan identificadas, llega a ser dolorosa. 
    </p><p class="article-text">
        En lo que a m&iacute; me toca, he de decir que nunca conoc&iacute; en persona a Mar, pero no me hizo falta para descubrir el bocado triste en su voz, siempre al otro lado del tel&eacute;fono. Era juguetona y buscaba cari&ntilde;o haci&eacute;ndose pasar por otra y, desde esa otra, tambi&eacute;n lo daba. A m&iacute; me ayud&oacute; en un tiempo dif&iacute;cil, adem&aacute;s me pag&oacute; mejor que nadie hasta entonces. A veces pienso que cosas as&iacute;, azares como los que me llevaron a escuchar su silbido, s&oacute;lo pasan una vez en la vida. Y yo tuve esa suerte. Hoy lo recuerdo mientras buceo con el ox&iacute;geno contado bajo las heladas aguas del c&aacute;lculo ego&iacute;sta, ah&iacute; donde fueron a parar tantos sue&ntilde;os. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/mar-marchis-arte-anonimato_129_13316061.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jun 2026 19:33:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mar de Marchis y el arte del anonimato]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Noventa años después]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/noventa-anos-despues_129_13278649.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f2689810-4895-4ba2-bbd9-e2bb83107e01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Noventa años después"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Alfredo González Ruibal es arqueólogo, como él mismo dice: un tipo capaz de convertir el síndrome de Diógenes en ciencia. Excavando el basurero moral de nuestra historia más sangrienta, ha ido recomponiendo el catálogo de obscenidades secretas que subyace bajo el tejido de nuestra reciente memoria bélica.</p></div><p class="article-text">
        En uno de sus ensayos, W. G. Sebald&nbsp;dej&oacute; escrito lo dif&iacute;cil que resulta hacerse una idea de las dimensiones que alcanz&oacute; la destrucci&oacute;n de las ciudades alemanas en la Segunda Guerra Mundial,&nbsp;as&iacute; como los horrores que acompa&ntilde;aron dicha destrucci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De igual manera, podemos extrapolar lo dicho por Sebald y traerlo hasta nuestra guerra civil, donde, por muchas p&aacute;ginas que se hayan escrito al respecto, resulta dif&iacute;cil hacerse a la idea del horror vivido durante los a&ntilde;os que dur&oacute; la guerra y, m&aacute;s a&uacute;n, su posguerra.&nbsp;Con todo, el reciente trabajo de Alfredo Gonz&aacute;lez Ruibal, publicado bajo el t&iacute;tulo <em>Pa&iacute;s en ruinas</em> (Cr&iacute;tica), revive el conflicto como hasta ahora no se hab&iacute;a hecho: con base cient&iacute;fica, lo que supone una cercan&iacute;a al mismo sin parang&oacute;n hasta la fecha.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para ponernos en antecedentes, hay que decir que Alfredo Gonz&aacute;lez Ruibal es arque&oacute;logo, como &eacute;l mismo dice: un tipo capaz de convertir el s&iacute;ndrome de Di&oacute;genes en ciencia. Excavando el basurero moral de nuestra historia m&aacute;s sangrienta, ha ido recomponiendo el cat&aacute;logo de obscenidades secretas que subyace bajo el tejido de nuestra reciente memoria b&eacute;lica. Porque reconstruir la vida cotidiana en la guerra civil espa&ntilde;ola es asunto de narices, nunca mejor dicho; se necesita una picota fuerte para respirar el olor a v&oacute;mito, sudor y excremento que despide nuestra historia cuando se trata de encontrar residuos materiales para recomponerla de manera cient&iacute;fica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De su inmersi&oacute;n en las cloacas de nuestro pasado, Gonz&aacute;lez Ruibal ha dado a la imprenta un libro repleto de muestras arqueol&oacute;gicas que van desde medallas de fusilados hasta sonajeros cargados de m&uacute;sica y tristeza. Pero tambi&eacute;n hay botellas de vidrio y cuencos de barro, cepillos de dientes y abridores de latas que los presos empleaban para suavizar el estre&ntilde;imiento, uno de tantos males que sufr&iacute;an en su confinamiento; barracones sin luz ni agua, plagados de chinches y piojos de los que traen el tifus. Con los hallazgos, Gonz&aacute;lez Ruibal pone de manifiesto la brecha social entre los distintos bandos, las abarcas con suela de neum&aacute;tico y una dieta pobre en prote&iacute;nas, frente a botas de cuero, dieta equilibrada y los buenos vinos para calentar la sangre que se trasegaban en el bando ileg&iacute;timo. Una bodega bien surtida como la que ten&iacute;an montada en el Bar de la Bandera, un local subterr&aacute;neo y de la Legi&oacute;n, que bien parece el t&iacute;tulo de una novela de Pierre Mac Orlan. El bareto se encontraba por el Cerro del Pimiento, la colina donde hoy se levanta el Hospital Cl&iacute;nico de Madrid, en cuya ladera estaba el Asilo de Santa Cristina, donde se realizaron las excavaciones que llevaron al et&iacute;lico hallazgo.
    </p><p class="article-text">
        Es posible imaginar las melod&iacute;as b&aacute;rbaras que se aporreaban en dicho piano. Un <em>Cara al sol</em> entonado con gusto beodo, por ejemplo, o esa otra de peor gusto todav&iacute;a, y titulada <em>El novio de la muerte, </em>una aberraci&oacute;n cantada con voz bronca y todo el sabor agrio del v&oacute;mito reciente. Y claro, no podr&iacute;a faltar la <em>Marcha Real</em> con letra de Jos&eacute; Mar&iacute;a Pem&aacute;n, un agitado hombre de letras que escrib&iacute;a al comp&aacute;s del militarismo m&aacute;s rancio y carpetovet&oacute;nico.
    </p><p class="article-text">
        <em>Gloria a la Patria que supo seguir</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>sobre el azul del mar el caminar del sol.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Ya ven ustedes c&oacute;mo eran aquellos tiempos de miseria donde se mezclaba la cursiler&iacute;a del barroco falangista con la costra infecta del discurso franquista, dando lugar a un estilo de vida que, m&aacute;s que estilo de vida, lo fue de muerte. El arque&oacute;logo Gonz&aacute;lez Ruibal nos lo trae hasta el presente con la base cient&iacute;fica de los hallazgos con los que nunca se escribir&aacute; la historia y que, sin embargo, revelan toda la historia. Un libro, como ya dije, que nos ayuda a hacernos una idea de c&oacute;mo fue la vida cotidiana durante un conflicto que hoy, noventa a&ntilde;os despu&eacute;s,&nbsp;sigue dando guerra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/noventa-anos-despues_129_13278649.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Jun 2026 20:29:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Noventa años después]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Golpe al corazón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/golpe-corazon_129_13240482.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ff7249b7-5c94-4f69-b5e6-4cbd8507f211_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Golpe al corazón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Todo empezó en un aeropuerto, cuando Coppola fue abordado por un joven con un guion que no era otra historia de amor al uso, sino la historia de amor que el director andaba buscando desde hacía tiempo</p></div><p class="article-text">
        Hay historias de amor que se viven al margen del matrimonio;&nbsp;son historias que tratan el adulterio como un escape, una grieta en el tejido burgu&eacute;s donde la fuerza de la costumbre -y de la gravedad- mata la pasi&oacute;n. En el caso de los hombres, el entusiasmo s&oacute;lo se recupera cuando la pasi&oacute;n se actualiza en la esposa de otro. De esa manera, con el adulterio se regresa al misterio del amor, cuando el apetito ven&eacute;reo se abre con la caza furtiva y su traj&iacute;n carnal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De historias as&iacute; se nutren cientos de pel&iacute;culas y otras tantas canciones. Parejas a punto de romperse que, si no se rompen, es porque el miedo al vac&iacute;o no permite la quiebra; son historias que, llegado el momento, se viven como una pel&iacute;cula. Y es aqu&iacute; donde entra el golpe al coraz&oacute;n de Francis Ford Coppola y su cinta&nbsp;maldita: <em>One from heart</em> que, por estas tierras, se titul&oacute; <em>Corazonada</em>, con una Nastassja Kinski haci&eacute;ndoselo de acr&oacute;bata circense, reci&eacute;n salida de una grieta de la noche, coloreada por la luz viciosa de Las Vegas; un escape para el protagonista tras dejar atr&aacute;s su matrimonio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula se rod&oacute; en los estudios Zoetrope; un despliegue de decorados que llevaron a Coppola a la orilla del desastre donde Tom Waits cant&oacute; el obsceno sabor de la derrota, arrastrando su voz por caminos de polvo que s&oacute;lo la m&uacute;sica pudo levantar. &ldquo;Abr&aacute;zame ni&ntilde;o tonto&rdquo;, le&nbsp;canta Crystal Gayle en una de las canciones, una banda sonora que tiene tanto protagonismo como cualquiera de los personajes que aparecen en la pel&iacute;cula. Alg&uacute;n d&iacute;a de estos&nbsp;hablar&eacute; de Tom Waits y de otro de sus discos, el titulado <em>Rain Dogs,</em> pues la canci&oacute;n que lo abre -Singapore- le sirve al escritor Alfons Cervera para dar nombre a una mujer destruida sobre el paisaje marginal de su &uacute;ltima novela. Una lectura que traspasa, como todo lo escrito por este autor de la Serran&iacute;a valenciana; una firma que merece m&aacute;s reconocimiento del que se le est&aacute; dando. Pero no me quiero despistar. Vine aqu&iacute; a hablar de una pel&iacute;cula condenada a ser maldita.
    </p><p class="article-text">
        Todo empez&oacute; en un aeropuerto, cuando Coppola fue abordado por un joven con un guion que no era otra historia de amor al uso, sino la historia de amor que el director andaba buscando desde hac&iacute;a tiempo. Lo cuenta en su libro <em>El cine en vivo y sus t&eacute;cnicas</em>, (Reservoir Books), un volumen de memorias cinematogr&aacute;ficas donde hace un repaso a la tecnolog&iacute;a audiovisual empleada en algunas de sus pel&iacute;culas. Porque Coppola escribe desde la experiencia, sin escapar de los errores cometidos, con una honestidad que demuestra c&oacute;mo los grandes artistas poseen la categor&iacute;a esencial de la que carecen los fingidores, me refiero a la humildad. Aceptar el fracaso de <em>Corazonada </em>es un ejemplo, pues, seg&uacute;n cuenta &eacute;l mismo, la hizo para asumir lo que esperaba que fuera el estrepitoso descalabro de su pel&iacute;cula anterior: <em>Apocalypse Now</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero cuando se trata de poner en juego la expresi&oacute;n art&iacute;stica, el resultado comercial siempre resulta tan azaroso como la vida de dos amantes que una vez que rompen se enredan en otros amores, sin saber que lo que realmente est&aacute;n buscando es encontrarse de nuevo, como la primera vez, cuando ella se dej&oacute; besar por los labios de un principiante en asuntos de la carne y &eacute;l lat&iacute;a de ganas por rozarlos con algo m&aacute;s que con su boca. De eso va <em>Corazonada</em>, la pel&iacute;cula que Tom Waits canta con la voz abrasada por los tragos. Una obra maestra que no deben perderse.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/golpe-corazon_129_13240482.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 May 2026 20:00:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Golpe al corazón]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Bajo la cicatriz del tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/cicatriz-tiempo_129_13203621.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ad59a4f3-a0cf-43fb-87fd-267b49e2a76b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Bajo la cicatriz del tiempo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Llevado por la lectura de Borges, transformo mi memoria en fábula y lo hago siguiendo el orden solar de los arrabales, con derecho a la equivocación sobre todas las demás cosas</p></div><p class="article-text">
        Leo a Borges en su ensayo biogr&aacute;fico dedicado a Evaristo Carriego, el poeta argentino que retrat&oacute; como nadie el arrabal porte&ntilde;o y al que tanto debe el tango. Y con Borges alcanzo las calles de un Madrid que ya no existe, pero que se deja pasear desde un rinconcito de la memoria; un esquinazo al que me traen las p&aacute;ginas del tejedor del Aleph, amigo de ese otro amigo al que tanto debo; me refiero a Mario Muchnik.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el espectro de la ceguera a&uacute;n lejano, Borges entreg&oacute; a la imprenta su ensayo en 1932. Todav&iacute;a le quedaba tiempo por delante para transitar laberintos y jugar al error y al p&eacute;ndulo, as&iacute; hasta el d&iacute;a en que se dej&oacute; fotografiar por Mario Muchnik en presencia de una estanter&iacute;a cubierta con libros ciegos. Pero antes de seguir con todo aquello, en el espejo borroso donde se mira el tiempo, me puedo ver entrando en un peque&ntilde;o garito malasa&ntilde;ero donde actuaban Malevaje, el grupo de tangos en el que Antonio Bartrina pon&iacute;a la voz, y una chica de nombre Margot tocaba las casta&ntilde;uelas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me recreo con Borges en este ensayo, uno de tantos que vienen en la antolog&iacute;a que acaba de sacar Alfaguara, y entre l&iacute;neas voy pensando en un tiempo infinito donde los cuerpos se enredan al comp&aacute;s de la m&uacute;sica que los est&aacute; cantando; un laberinto infinito donde se agrega la noche, infinita tambi&eacute;n. El Bartrina canta; se queja el bandone&oacute;n de Osvaldo Larrea, Margot repiquetea los cr&oacute;talos, y yo me dejo envolver por el humo y el sudor que desprende el local. Lo recuerdo bien, la calle Loreto y Chicote, el coraz&oacute;n del tango en un recodo de Madrid. Huele a cerveza y a porros, el aliento se corta con esa hoja de acero que vigila cada tango en la voz del Bartrina. El local rebosa de cuerpos; en la barra destaca la figura de un tipo que huele distinto. Es un habitual y mira con lascivia a Margot, humedeciendo sus labios con la punta de la lengua. Una cicatriz cruza su rostro. Bebe g&uuml;isqui de garraf&oacute;n, como todo el mundo, y fuma rubio americano. Lleva el paquete de Lucky Strike en un bolsillo de la chaqueta, y cada vez que lo saca deja presentir el hierro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una de las noches, en la calle, alguien grita cuando ve una rata. Los latigazos de su cola pelada sacuden los tobillos. Estamos en verano y seguramente haya sido el olor a basura fermentada lo que la ha hecho asomarse. En cualquier caso, el tipo de la cicatriz sale del local. Lleva la pistola en la mano y se acerca a la rata que huele peligro y sale corriendo. Pero la bala es m&aacute;s r&aacute;pida y con su recado la rata estalla ante las ruedas de un coche, aparcado sobre la acera. Est&aacute; borracho, pero tiene buena punter&iacute;a. Se tambalea un poco antes de sacar la placa como diciendo, hagan el favor y no llamen a la polic&iacute;a; soy uno de ellos. &iexcl;Que siga la m&uacute;sica!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llevado por la lectura de Borges, transformo mi memoria en f&aacute;bula y lo hago siguiendo el orden solar de los arrabales, con derecho a la equivocaci&oacute;n sobre todas las dem&aacute;s cosas, sabiendo que bajo aquella cicatriz no hab&iacute;a pendencia ni despecho, sino algo tan profundo en su origen como la justicia po&eacute;tica.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/cicatriz-tiempo_129_13203621.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 May 2026 20:22:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Bajo la cicatriz del tiempo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Oído cocina!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/oido-cocina_129_13169654.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/82ec57ef-b898-478b-bd26-8573dcff2c4e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Oído cocina!"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con una prosa ágil, y siempre al límite de una conducta aceptable, Bourdain escribe con un cuchillo entre los dientes</p></div><p class="article-text">
        Al igual que&nbsp;ocurre con la partitura de una pieza cl&aacute;sica, la melod&iacute;a de las cocinas viene condicionada por el ritmo con el que se&nbsp;ejecuta cada plato. Ya sea el <em>Boeuf Bourguignon</em>, el <em>Confit de Canard</em>&nbsp;o unos simples huevos fritos con chorizo, si un plato est&aacute; para chuparse los dedos, eso se debe al desempe&ntilde;o de <em>unos notas</em> capitaneados por su correspondiente chef, que va a ser el encargado de marcar el comp&aacute;s a golpe de cuchillo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Luego est&aacute; la gram&aacute;tica, el ruido de fondo salpicado por un&nbsp;lenguaje ofensivo, pongamos barriobajero y con el colorido local&nbsp;suficiente para que nunca falte la penetraci&oacute;n anal ni la lista de defectos f&iacute;sicos que se puedan citar de cintura para abajo. Las enfermedades ven&eacute;reas, junto a la posibilidad de que tus padres hayan abusado de animales para traerte al mundo, son algunas de las flores con las que la tropa de los fogones te recibe. Hay que agradecerlo, es la bienvenida a la atm&oacute;sfera carcelaria de una cocina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        S&eacute; de lo que habla Anthony Bourdain en sus memorias cuando cuenta estas y otras cosas; asuntos tan terminales como que uno de los cocineros se presente a trabajar con los zapatos manchados de semen.&nbsp;El libro de Bourdain est&aacute; plagado de cosas as&iacute;, se titula <em>Confesiones de un chef </em>y acaba de ser reeditado por Salamandra. Con una prosa &aacute;gil, y siempre al l&iacute;mite de una conducta aceptable, Bourdain escribe con un cuchillo entre los dientes. Tal y como cuenta, las expresiones groseras son tan &uacute;tiles como habituales en las cocinas de los restaurantes debido a la tensi&oacute;n que se mastica. Por ello, solo cuando se sueltan y disparan, el ambiente se tranquiliza, se relaja y vuelta a empezar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Desternillante, simp&aacute;tico y crudo a ratos, Bourdain nos cuenta su testimonio, el de un chico de buena familia que se engancha a la hero&iacute;na y que da tumbos de una cocina a otra, cortando puerros en juliana y espesando la salsa con mantequilla normanda mientras contiene el tembleque, culpa del mono que no consigue domesticar los d&iacute;as en que el camello le falla. Porque los animalitos siempre est&aacute;n presentes en la vida de todo chef que se precie.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para llegar a ser miembro de una tripulaci&oacute;n pirata con sangre en los mandiles, Bourdain tuvo que trabajar duro y acabar con las manos cubiertas de cicatrices; cortes de cuchillo y quemaduras por descuido, yemas desgarradas y dedos en carne viva, esas cosas que son gajes de un oficio tan hiriente como necesario. Uno de los episodios m&aacute;s sonados de su libro es el que tuvo lugar en el Rockefeller Center; ah&iacute; donde las corbatas m&aacute;s caras deslumbran con lamparones mientras sus due&ntilde;os engullen basura en la cima del mundo, hablando de finanzas con la boca llena.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por decir no quede que Bourdain preparaba verdadera porquer&iacute;a para los est&oacute;magos de los due&ntilde;os de las hambres. S&oacute;lo faltaba gargajear en cada uno de los platos de aquella cocina de apariencia exquisita donde todo ol&iacute;a como si hubiera sido salpicado por las tripas de una rata. <em>&iexcl;Puaaaj!</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/oido-cocina_129_13169654.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Apr 2026 20:09:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¡Oído cocina!]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Haz que pete el sonido!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/haz-pete-sonido_129_13130877.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e8a17ac9-908a-4107-95a4-6407e51401a2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Haz que pete el sonido!"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Suspender la incredulidad de una manera tan valiente merece todos mis respetos. Es más, si no fuera por la música y sus trallazos sincopados, la película de Óliver Laxe hubiera resultado escasa</p></div><p class="article-text">
        Sirat es la t&iacute;pica pel&iacute;cula de la que todo el mundo habla sin haberla visto; un fen&oacute;meno social, como se dice vulgarmente;&nbsp;un prodigio que ha puesto a su director, &Oacute;liver Laxe, en lo m&aacute;s alto de la cuca&ntilde;a, ah&iacute; donde la pata de jam&oacute;n fue bendecida por el gran Capital.
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; la peli me ha gustado. Es una interpretaci&oacute;n de La Odisea a ritmo de m&uacute;sica electr&oacute;nica con gui&ntilde;os al John Ford de La Diligencia, a Easy Rider y, por qu&eacute; no, a Pink Floyd en Pompeya. Con Sirat, el director &Oacute;liver Laxe se ha planteado atravesar el desierto con una caravana de frikis bajo el influjo pernicioso de los astros. Y lo ha conseguido igual que si hubiese estado inmerso en una tragedia oscura donde la muerte desentona y la vida es un trago de t&eacute; con ayahuasca. Suspender la incredulidad de una manera tan valiente merece todos mis respetos. Es m&aacute;s, si no fuera por la m&uacute;sica y sus trallazos sincopados, la pel&iacute;cula de &Oacute;liver Laxe hubiera resultado escasa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A bombo fijo y con la escala musical sampleada de una canci&oacute;n &aacute;rabe de cuna, me sumerjo en la biograf&iacute;a de <em>The Chemical Brothers</em>, lujosamente editada por Sexto Piso. Entre sus p&aacute;ginas reconozco el dueto que revolucion&oacute; la m&uacute;sica electr&oacute;nica en su momento, cuando las brasas del &ldquo;Verano del amor&rdquo; se estaban extinguiendo. Hablamos de la resaca que sigui&oacute; a <em>Back to the Future</em>, la rave celebrada el 12 de agosto de 1989 en Longwick, una pradera brit&aacute;nica donde se reunieron m&aacute;s de veinticinco mil personas. A partir de aquel momento,&nbsp;el acid house rod&oacute; hasta el glamour de la m&uacute;sica disco con los disc jockeys como estrellotas del firmamento qu&iacute;mico mientras que, por otro lado,&nbsp;el tecno fue tomando derroteros de cuarto oscuro. Esa fue la situaci&oacute;n que hizo que The Dust Brothers -as&iacute; se llamaban los <em>Chemical</em>-&nbsp;&ldquo;crearan su propio espacio &uacute;nico entre la grieta que empez&oacute; a abrirse entre esas escenas&rdquo;. As&iacute; lo cuenta este libro profusamente ilustrado con fotograf&iacute;as del duo en sus distintas etapas, as&iacute; como de las cubiertas de sus discos y carteles; un trabajo que me sirve de gu&iacute;a para adentrarme en una m&uacute;sica que tuvo su origen en la &oacute;pera de motores que dej&oacute; inacabada el norteamericano <em>George Carl Johann Antheil</em> en plena crisis del 29.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por seguir con Sirat y con su banda sonora firmada por <em>Kangding Ray</em>, he de decir que me ha devuelto a mis primeras incursiones en las fiestas qu&iacute;micas, cuando iba a acompa&ntilde;ar a mi hermana peque&ntilde;a y <em>The</em> <em>Chemical Brothers</em> sonaban en las raves de entonces junto a la artiller&iacute;a pesada de los <em>Prodigy</em>, y yo me sent&iacute;a viejuno con mis pasos de baile de sal&oacute;n&nbsp;mientras las chicas se entonaban con pastis como si fueran Lacasitos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No encontr&eacute; a alguna que quisiese bailar conmigo; era como si yo no existiese, como si les fuese a contagiar mi edad y bailasen en defensa propia. Tal vez sea por eso que me he identificado tanto con Luis, el personaje encarnado por Sergi L&oacute;pez, que a veces he llegado a creer que era yo mismo atravesando la soledad del desierto con los ojos cargados de arena.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/haz-pete-sonido_129_13130877.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Apr 2026 20:21:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¡Haz que pete el sonido!]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una bala con nombre de mujer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/bala-nombre-mujer_129_13104035.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/12d433ff-ccef-43fd-8b7e-d6a9bf92ad88_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una bala con nombre de mujer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Canciones como Sapore di sale, Il cielo in una stanza o Una lunga storia d'amore sonaban en los bailongos de entonces, cuando yo aún no había nacido y mis padres se acababan de casar</p></div><p class="article-text">
        Nunca un artista aspir&oacute; a un epitafio tan desgarrador como el que dej&oacute; escrito Gino Paoli cuando intent&oacute; suicidarse y, por un error de c&aacute;lculo, la patata le sigui&oacute; latiendo hasta hace un rato. A veces, la realidad trae esos inconvenientes en los que uno tiene que seguir viviendo con el peso de una bala en su coraz&oacute;n, a sabiendas de que cada latido es un recuerdo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso mismo es lo que sucede cuando el tiempo empieza a correr en tu contra, y bordeas la muerte con la esperanza de que la muerte sea una experiencia que vale la pena ser vivida. Algo parecido pensaba Gino Paoli cuando sub&iacute;a a escena y el plomo de su pecho acusaba las palpitaciones de una mujer que le susurraba al o&iacute;do palabras con el aliento fr&iacute;o de una tumba abierta. &ldquo;El suicidio es el &uacute;nico medio para poder elegir entre la vida y la muerte. Las cosas importantes, como el amor, no las podemos elegir&rdquo;, dej&oacute; dicho el artista italiano con esa ca&iacute;da sentimental que le pon&iacute;a a sus melod&iacute;as lapidarias. O viceversa.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque hay canciones que nos asaltan a deshoras; vienen impregnadas en el perfume de las despedidas y dejan el pecho cosido de tetilla a tetilla. A m&iacute; me ocurre con las de Gino Paoli. Cualquiera de ellas me devuelve a los tiempos en los que se bailaba pegado y las luces de la verbena encend&iacute;an el final del&nbsp;verano. De aquello hace ya tiempo, cuando las chicas dejaban su n&uacute;mero de tel&eacute;fono apuntado en una caja de cerillas, y el tabaco se pod&iacute;a comprar suelto. Canciones como <em>Sapore di sale</em>, <em>Il cielo in una stanza</em> o <em>Una lunga storia d'amore</em> sonaban en los bailongos de entonces, cuando yo a&uacute;n no hab&iacute;a nacido y mis padres se acababan de casar. El olor de las sardinas espetadas al borde de la playa, un 600 comprado a plazos y el transistor a pilas son cosas que forman parte de mi memoria sentimental; fotos a blanco y negro de un verano que no viv&iacute;, pero que recuerdo como si lo hubiese vivido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las canciones de Gino Paoli me ayudan; trajes a medida que vest&iacute;an una &eacute;poca que ya no se deja acariciar y que, a veces, echo de menos, de la misma manera que se puede echar en falta un tiempo que s&oacute;lo llegu&eacute; a imaginar con los primeros cigarrillos, tosiendo el humo furtivo desde un tejado de pueblo, a la sombra de una vieja antena de televisi&oacute;n.&nbsp;Qu&eacute; quieren que les cuente, si no renuncio a imaginar lo que nunca he podido vivir en persona.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por ello, vuelvo hasta&nbsp;aquellos tiempos que ya exist&iacute;an antes de yo nacer, y lo hago en este preciso momento en el que acabo de recibir la noticia de la muerte de Gino Paoli, el cantautor italiano que vivi&oacute; con una bala de plomo alojada en su coraz&oacute;n. El proyectil ten&iacute;a nombre de mujer y se llamaba Stefania Sandrelli, con la que se ve&iacute;a a escondidas, pues &eacute;l era casado y ella era menor de edad.&nbsp;Cosas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/bala-nombre-mujer_129_13104035.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Mar 2026 21:05:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una bala con nombre de mujer]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los tres usos del bardeo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tres-usos-bardeo_129_13068386.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f4bd5d33-0842-4503-b758-f05c5f22cb0d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x671y201.jpg" width="1200" height="675" alt="Los tres usos del bardeo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Iñaki Domínguez lo vuelve a hacer, y esta vez al estilo de Truman Capote de visita a la Prisión estatal de Kansas, enredándose en el infierno de un delincuente poco habitual; un tipo complejo con sombras y luces suficientes para hacer que su contraste resulte atractivo</p></div><p class="article-text">
        Naci&oacute; en una plantaci&oacute;n cerca de la frontera tejana, y se dedic&oacute; a cantar blues por bares de mala nota, entre coristas, matones y chulos con olor a pescado. Hablamos de los primeros a&ntilde;os del siglo XX, cuando los hombres como Leadbelly&nbsp;no eran m&aacute;s que 'negratas' condenados al barro y al desprecio. En una de sus canciones, Leadbelly cant&oacute; la historia triste y cruel de su navaja;&nbsp;la misma navaja que le serv&iacute;a para cortar el pan del almuerzo, y con la que se afeitaba,&nbsp;la utiliz&oacute; para asesinar a la mujer que le hab&iacute;a sido infiel. Por asuntos as&iacute;, por convertir la navaja en instrumento de su crimen, Leadbelly fue a dar con los&nbsp;huesos en el trullo, donde, un buen d&iacute;a, se presentaron los Lomax; padre e hijo.
    </p><p class="article-text">
        Para quien no lo sepa, John y Alan Lomax eran folcloristas, busqueros de canciones enterradas en la memoria de los caminos; sonidos negros que acabar&iacute;an formando parte de la&nbsp;Library Of The Congress. Cuando los Lomax llegaron a la c&aacute;rcel de Lousiana&nbsp;quedaron totalmente seducidos por Leadbelly quien, all&iacute; mismo, entre barrotes, se marc&oacute; un tema suplicando perd&oacute;n; un desgarro arrepentido que abland&oacute; el coraz&oacute;n del gobernador y con el que se gan&oacute; la libertad.
    </p><p class="article-text">
        De una manera parecida a la que practicaron los Lomax, el amigo I&ntilde;aki Dom&iacute;nguez -antrop&oacute;logo doctorado en Macarrolog&iacute;a- ha visitado la c&aacute;rcel de Estremera durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os. Entre choris y algodoneros patrios, se ha marcado un trabajo de campo recogiendo la experiencia vital de Jos&eacute; Manuel Cifuentes, alias el Panam&aacute;, una figura legendaria en la historia del hampa que se inici&oacute; entre los quinquis de los ochenta; fue atracador de sucursales bancarias y guitarrista de rock duro,&nbsp;extorsionador de narcos, traficante de pirulas en la Ruta del Bacalao y habitual de las c&aacute;rceles de nuestro pa&iacute;s, siendo respetado por los m&aacute;s <em>kie</em> del trullo, los mismos que saben dar los tres usos al bardeo. Profesiones liberales que llaman.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        I&ntilde;aki Dom&iacute;nguez nos lo presenta en crudo con este trabajo cumbre del periodismo testimonial que, a su vez, es una cr&oacute;nica de la delincuencia espa&ntilde;ola durante la Transici&oacute;n hasta nuestros d&iacute;as; un latido subterr&aacute;neo que nos habla de lo que sucede bajo la superficie, cuando el Estado muestra su debilidad ante un capitalismo zamp&oacute;n semejante a rata hambrienta. Reducido a los huesos, permite que florezcan pobres diablos en sus m&aacute;rgenes; hombres y mujeres que son carne de ca&ntilde;&oacute;n; trabajo para polic&iacute;as, fiscales y forenses. Beneficio para el capital, con may&uacute;scula.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        I&ntilde;aki Dom&iacute;nguez lo vuelve a hacer, y esta vez al estilo de Truman Capote de visita a la Prisi&oacute;n estatal de Kansas,&nbsp;enred&aacute;ndose en el infierno de un delincuente poco habitual; un tipo complejo con sombras y luces suficientes para hacer que su contraste resulte atractivo. El libro se titula <em>El Panam&aacute;: Vida de un fuera de la ley,</em> y viene publicado por Ariel.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tres-usos-bardeo_129_13068386.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Mar 2026 13:03:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los tres usos del bardeo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Huellas en el polvo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/huellas-polvo_129_13024088.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/510d908a-ab4f-461c-b8ae-dbd6ba38cf54_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Huellas en el polvo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">David González escribía con el sabor de la sangre pegado al paladar. Con esa rabia contenida del que ha visto pasar la vida por delante, riéndose a carcajadas de él y de toda la fauna que habita en los márgenes; estribillo cruel que preña el resentimiento de clase</p></div><p class="article-text">
        Las drogas y el trullo fueron parte s&oacute;lida en su biograf&iacute;a. Pero, como ocurre con la gente de talento, sus escritos superaron todo, incluyendo los a&ntilde;os de presidio y las tiritonas de la abstinencia. Es m&aacute;s, me atrevo a decir que si no hubiera sido por su experiencia vital, sus escritos ser&iacute;an de otra manera o no ser&iacute;an.&nbsp;Porque la memoria de David Gonz&aacute;lez era igual a una madeja caliente que soltaba cada vez que se pon&iacute;a a relatar su perra vida. Y es aqu&iacute;, en este lado de la hoja, donde se med&iacute;a con los m&aacute;s grandes de su especie. Y hablo de C&eacute;line y de su hijo bastardo, Bukowski, y tambi&eacute;n hablo de Hamsun, de Henry Miller, de John Fante y de Fran&ccedil;ois Villon, aunque David bien podr&iacute;a dejar atr&aacute;s a cualquiera de ellos.
    </p><p class="article-text">
        David Gonz&aacute;lez escrib&iacute;a con el sabor de la sangre pegado al paladar. Con esa rabia contenida del que ha visto pasar la vida por delante, ri&eacute;ndose a carcajadas de &eacute;l y de toda la fauna que habita en los m&aacute;rgenes; estribillo cruel que pre&ntilde;a el resentimiento de clase.&nbsp;De ah&iacute; que su prosa sea tan despojada de ro&ntilde;a y de fuegos de artificio, un hueso duro de roer pero con la chicha suficiente para tatuarse en ella el epitafio. Si nos ponemos cr&iacute;ticos, el secreto de su escritura reside no ya en sus palabras, sino en lo que hay entre ellas, que es lo mismo que decir entre sus silencios. Dicho de otra manera: en la escritura de David Gonz&aacute;lez encontramos el eco de un ritmo at&aacute;vico y oscuro que nace en las tripas y que encuentra en el silencio el verdadero significado de las palabras.&nbsp;Por eso resulta tan acertado que sea&nbsp;la editorial Efe Eme la que haya dado el paso y publique ahora su narrativa completa. Se titula <em>Huellas en el polvo,</em> y es una de las alegr&iacute;as editoriales de los &uacute;ltimos tiempos.
    </p><p class="article-text">
        Entre sus p&aacute;ginas descubrimos la experiencia vital de un tipo duro, curtido en la calle y en el presidio, pero con la suficiente sensibilidad para contarnos su relaci&oacute;n con la droga, con las rejas de la prisi&oacute;n, con su padre y si, nos apuramos, con la mujer que le desvirg&oacute;; una manera de escribir que te conquista con su golpe seco, una forma de ser que te atrapa y que no te deja.&nbsp;As&iacute; era David Gonz&aacute;lez, el autor m&aacute;s puro que he conocido y al que m&aacute;s admiro de todos los que ha parido este pa&iacute;s tan grosero con sus artistas. Su prosa, cargada de silencios, resuena en lo m&aacute;s profundo de m&iacute; una vez terminado cualquiera de sus relatos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo quiero que ustedes hagan la prueba, que busquen un rinc&oacute;n y unos minutos, que cojan al buen tunt&uacute;n cualquier historia de las muchas que contiene este libro, y que se sumerjan en la literatura de alta graduaci&oacute;n que destila David Gonz&aacute;lez. Seguro que me dar&aacute;n la raz&oacute;n cuando digo que era el mejor de todos; con diferencia.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/huellas-polvo_129_13024088.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Feb 2026 21:19:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Huellas en el polvo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Inspiración y locura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/inspiracion-locura_129_12985975.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f598ec51-3e6e-4c91-914a-8104e9447aa4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x897y1000.jpg" width="1200" height="675" alt="Inspiración y locura"></p><p class="article-text">
        Fueron arrancados de Triana por las mismas manos que trazan la especulaci&oacute;n inmobiliaria. Una vez desahuciados, los desperdigaron por la orilla de la ciudad en una sucesi&oacute;n de bolsas con nombre propio: Pol&iacute;gono del Sur.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegados aqu&iacute;, es curioso comprobar c&oacute;mo la misma ciudad que un d&iacute;a conquist&oacute; el h&eacute;roe paso a paso, cuando a&uacute;n era llamado por su primer nombre, Melkart, hoy se conquista desde los despachos; torreones blindados donde los nuevos h&eacute;roes lucen corbatas de Herm&egrave;s y se echan colonias cuyas marcas remiten a la mitolog&iacute;a cl&aacute;sica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero ni los factores de segregaci&oacute;n ni el dise&ntilde;o de n&uacute;cleos chabolistas con su eco de latas vac&iacute;as y de lumbre encendida, nada de todo aquello pudo acabar con la espontaneidad de los hermanos Rafael y Raimundo Amador; dos gitanos que se meaban sobre las hogueras que calientan los m&aacute;rgenes. El chisporroteo de sus guitarras se escuch&oacute; por primera vez en el disco de Veneno, un trabajo que se presentaba con una portada que era un placote de polen rubio, de ese que se fuma y que entra dulz&oacute;n a los pulmones. A&ntilde;o 1977. Hab&iacute;a pasado la &eacute;poca de la psicodelia y ahora, una nueva corriente sexual, m&aacute;s dura y vestida con la severidad del cuero, se estaba convirtiendo en fen&oacute;meno sociol&oacute;gico: el punk-rock.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Envueltos en v&oacute;mito y gargajo, tan escatol&oacute;gicos como desafinados, los grupos de punk arrasaban el mundo occidental. De hecho, hasta Franco hab&iacute;a muerto hac&iacute;a poco, en la cama, con heces sangrientas en forma de melena. Mir&aacute;ndolo por el lado po&eacute;tico, ning&uacute;n miembro de grupo punkarra consigui&oacute; un cad&aacute;ver con tanta pl&aacute;stica. Pero no me quiero despistar, no vengo aqu&iacute; a hablar de pol&iacute;tica, tampoco de m&uacute;sica, sino de mitolog&iacute;a; de una mitolog&iacute;a amasada desde los m&aacute;rgenes de Sevilla con levadura hebrea, gitana y morisca, y que fue llevada al horno del <em>rhythm and blues</em> por obra y gracia del grupo Veneno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El grupo de marras lo formaban los hermanos Amador y un payo catal&aacute;n de nombre Kiko, un p&aacute;jaro inquieto y cantor que tuvo que viajar a Estados Unidos para descubrir el flamenco. As&iacute; lo cuenta &eacute;l mismo, cuando confes&oacute; que all&iacute; veneraban a un tal Diego del Gastor, guitarrista afincado en Mor&oacute;n y cuyas falsetas ten&iacute;an una ca&iacute;da sentimental cercana al blues. Luego vino la parte contratada de la parte contratante, o sea la producci&oacute;n, que corri&oacute; a cargo de Ricardo Pach&oacute;n, introductor del LSD y tambi&eacute;n del marxismo en el estudio de grabaci&oacute;n. Ricardo consigui&oacute; que un palmero cobrase lo mismo que una primera figura. Y despu&eacute;s vino la portada de Santiago Monforte que se censur&oacute;, cambi&aacute;ndola por una a&uacute;n m&aacute;s expl&iacute;cita. Cosas que pasaban entonces y que hoy ya no cuelan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no vine aqu&iacute; a decir que cualquier tiempo pasado fue mejor sino todo lo contrario, aunque ya no ande entre nosotros Rafael Amador -Rafalillo- quien nos dej&oacute; la otra noche; un pr&iacute;ncipe gitano que cantaba a la vida desde paisajes de desolaci&oacute;n. Con los pies sobre los m&aacute;rgenes m&aacute;s castigados, alumbr&oacute; junto a su hermano Raimundo el grupo Pata Negra y un par de discos o tres cargados de iconos y de rabia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como me niego a que Rafael Amador sea un discreto cad&aacute;ver m&aacute;s, me tomo la osad&iacute;a de emborronar estas hojas para firmar una necrol&oacute;gica cercana a la sombra de un incendio. Y tambi&eacute;n para mandar mi abrazo a su hermano Raimundo, la otra pata del mejor jam&oacute;n flamenco.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/inspiracion-locura_129_12985975.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Feb 2026 21:00:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Inspiración y locura]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Peluqueros y otras especies]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/peluqueros-especies_129_12949928.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b123a027-e567-48a2-8ad5-acb346b4c855_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Peluqueros y otras especies"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El libro de Víctor Coyote se abre con un recuerdo a su amigo Poch, el guitarrista ácido, líder de aquél movimiento que se vino a llamar “Las hornadas irritantes”. La sublimación química daría lugar a un sonido chirriante, de esos que te hacían apretar la dentadura. ¿Diseñas o trabajas? Esa era la cuestión de los tiempos. Y diseñadores y peluqueros de entonces se convirtieron en especies protegidas de la fauna urbana</p></div><p class="article-text">
        Fuimos gente acorralada, j&oacute;venes que compart&iacute;amos nuestra inocencia con lobos. As&iacute; nos enga&ntilde;aron en el 92, cuando las Olimpiadas, con la flecha de fuego que traz&oacute; una par&aacute;bola y encendi&oacute; el pebetero. Fue un truco de prestidigitador. Con los a&ntilde;os, supimos que se trataba de un simulacro, un montaje donde el pebetero estaba encendido con el gas al m&iacute;nimo, a la espera de la flecha. El enga&ntilde;o fue servido con euforia; una tarta de cumplea&ntilde;os rellena con embuste y crema pastelera que nos tragamos sin rechistar.
    </p><p class="article-text">
        Poco antes, el 14 de abril de 1992, los reyes de entonces &mdash;Juan Carlos y Sof&iacute;a&mdash; practicaron el exorcismo con el almanaque subi&eacute;ndose al primer tren de alta velocidad. Con ello, inauguraron la modernidad. El AVE iba a ser el s&iacute;mbolo de un pa&iacute;s en v&iacute;as de subdesarrollo. Ahora nos damos cuenta: perdimos el dinero, la vida y el tiempo, pero lo peor de todo es que adem&aacute;s perdimos la inocencia. Y con estas cosas rond&aacute;ndome la cabeza viajo en un tren vac&iacute;o, de madrugada, destino a Madrid, mientras me distraigo con el libro de V&iacute;ctor Coyote; una recopilaci&oacute;n de piezas que acaba de salir con el t&iacute;tulo <em>Cruce de perras</em> (Autsaider), donde el m&uacute;sico cuenta el tiempo aqu&eacute;l que nos comimos a <em>pu&ntilde;aos</em>, cuando los ochenta llegaron a las calles con sus pelos de colores y sus guitarras mal tocadas; el ruido y la bronca, las litronas y esa raya de jaco que atraves&oacute; el pa&iacute;s de punta a punta, trazando la l&iacute;nea por donde luego circular&iacute;a un tren destinado a hacer descarrilar al gobierno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El libro de V&iacute;ctor Coyote se abre con un recuerdo a su amigo Poch, el guitarrista &aacute;cido, l&iacute;der de aqu&eacute;l movimiento que se vino a llamar &ldquo;Las hornadas irritantes&rdquo;. La sublimaci&oacute;n qu&iacute;mica&nbsp;dar&iacute;a lugar a un sonido chirriante, de esos que te hac&iacute;an apretar la dentadura. &iquest;Dise&ntilde;as o trabajas? Esa era la cuesti&oacute;n de los tiempos. Y dise&ntilde;adores y peluqueros de entonces se convirtieron en especies protegidas de la fauna urbana. Cosas. Leo a V&iacute;ctor Coyote y viajo en un tren fantasma. Cargo el peso de la memoria en cada parada y vuelvo a recorrer los pasillos que llevan al &uacute;ltimo vag&oacute;n; salen a mi encuentro presuntos difuntos que me miran como si yo tambi&eacute;n fuera uno de ellos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso que todo lo que est&aacute; ocurriendo no es m&aacute;s que un mal sue&ntilde;o, y que pronto acudir&aacute; al rescate el silbido de la cafetera, igual a una vieja locomotora que parte la noche en dos mitades. Y me levantar&eacute; dispuesto a cargar mi walkman con la &uacute;ltima casete de Los Enemigos, el grupo de Josele Santiago que se toma los vinos en el bareto que hay frente a <em>La V&iacute;a L&aacute;ctea</em>, donde trabaja la camarera que a todos nos vuelve locos. A veces pienso que despertar&eacute; y que los tiempos volver&aacute;n a pasar a una velocidad razonable, lo suficiente para poder asimilarlos mientras los lobos y los peluqueros esperan al acecho, mientras la flecha del tiempo pasa sin prisa por encima de mi cabeza, y la llave de la imaginaci&oacute;n se abre a tope.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/peluqueros-especies_129_12949928.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Jan 2026 21:30:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Peluqueros y otras especies]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Venezuela, patriotas y macarras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/venezuela-patriotas-macarras_129_12895884.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/36cf0c22-78aa-425b-a221-e52bc3d2395a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Venezuela, patriotas y macarras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El que fuera integrante de Pink Floyd siempre se posicionó en el lado legítimo de la historia, y esta vez no iba a ser menos. No nos sorprende su discurso. Lo que nos sorprende no es otra cosa que la falta de sensibilidad de los mal llamados patriotas venezolanos celebrando un bombardeo a su propio país</p></div><p class="article-text">
        Si definimos terrorismo como violencia indiscriminada contra la poblaci&oacute;n civil, bien podr&iacute;amos se&ntilde;alar el bombardeo de Caracas como un acto terrorista. Visto as&iacute;, con la crudeza del momento,&nbsp;un hecho de este calado nos da la medida exacta de la agresividad que se gasta el capitalismo cuando entra en crisis, cuando el estancamiento econ&oacute;mico paraliza la espiral de beneficios. Y eso mismo, con otras palabras, nos vino a decir Roger Waters el otro d&iacute;a cuando se asom&oacute; a las redes sociales condenando el &ldquo;salvaje acto de agresi&oacute;n contra Venezuela&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El que fuera integrante de Pink Floyd siempre se posicion&oacute; en el lado leg&iacute;timo de la historia, y esta vez no iba a ser menos. No nos sorprende su discurso. Lo que nos sorprende no es otra cosa que la falta de sensibilidad de los mal llamados patriotas venezolanos celebrando un bombardeo a su propio pa&iacute;s. Me recuerda a nuestros patriotas, los mismos que ensalzan la figura de Franco quien, como sabemos, se carg&oacute; Espa&ntilde;a con ayuda de los italianos, los alemanes y los moros. Pero qu&eacute; se puede pedir cuando la premio Nobel de la Paz pide la intervenci&oacute;n de los gringos en su propio pa&iacute;s, llamando al diablo del terrorismo imperialista. Como dir&iacute;a Eduardo Galeano, el plomo flota y el corcho se hunde.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La imagen de Maduro, secuestrado y con los ojos cubiertos le ha servido a Donald Trump para lanzar su propaganda de escarnio; una burla que se ha convertido en vileza ejemplarizante igual a aquellas otras que dieron la vuelta al mundo desde la prisi&oacute;n de Abu Ghraib, en Irak, donde aparec&iacute;an cuerpos cubiertos de heces, encapuchados y conectados a la corriente el&eacute;ctrica, amontonados unos encima de otros, desnudos y humillados, llevados a rastras con collares de perro, como si hubiese un placer est&eacute;tico, una morbosidad escondida en alg&uacute;n rinc&oacute;n de la mente de sus verdugos. La imagen de Maduro con los ojos tapados y esposas en las mu&ntilde;ecas mientras sostiene un botell&iacute;n de agua sirve de mofa al mundo. Ese es el mensaje. Tras la agresi&oacute;n que sufri&oacute; el pueblo venezolano, el historiador de arte Manu Mart&iacute;n desarrollaba el asunto en un hilo, sin desperdicio, de la red social X.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El capital manda sobre el tablero de un juego sucio donde el petr&oacute;leo tizna las manos del croupier. Donald Trump, que es el gerente del casino, ha decidido convertir Venezuela en un manicomio. Aunque el peso del mundo tire hacia el otro lado del mapa y Occidente manifieste&nbsp;su estado terminal, Venezuela ha sido la v&iacute;ctima expiatoria de un pecado que es sin&oacute;nimo de crisis econ&oacute;mica. De eso no hay duda. La imagen del disco <em>&nbsp;Wish You Were Here de Pink Floyd</em> nos ilustra acerca de ello.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aparecen dos hombres de negocios que se estrechan la mano en plena calle; uno de ellos arde llamas. Es una se&ntilde;al. Porque&nbsp;la cortes&iacute;a aparente no puede ocultar qui&eacute;n de ellos ha salido perdiendo. Es lo que tiene tratar con capitalistas, que al final acabas quemado como el cielo de Caracas. Pero los patriotas que celebran la &ldquo;liberaci&oacute;n&rdquo; de su pa&iacute;s no lo perciben, ciegos por el salpic&oacute;n de petr&oacute;leo robado. Cuando se quieran dar cuenta ser&aacute;n las siguientes v&iacute;ctimas. Y llegar&aacute; un momento en el que el c&aacute;lculo de sus beneficios&nbsp;pasar&aacute; a ser el tacto fr&iacute;o de la limosna en la mano.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/venezuela-patriotas-macarras_129_12895884.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 09 Jan 2026 21:11:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Venezuela, patriotas y macarras]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El alma secreta del Johnny]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/alma-secreta-johnny_129_12871870.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/00207326-1846-4688-b64e-e76a43d15f18_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x917y791.jpg" width="1200" height="675" alt="El alma secreta del Johnny"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Chet Baker tenía prisa por fijarse un pico que le devolviera la calma. Lo recuerdo bien. Fue en un portal detrás de Gran Vía; unos billetes cobrados por adelantado y unas escaleras que descendían al infierno</p></div><p class="article-text">
        La muerte se encarg&oacute; de darme la noticia con una necrol&oacute;gica. Se llamaba Alejandro Reyes y en los &uacute;ltimos tiempos nos comunic&aacute;bamos por aqu&iacute;, por los Interneles. A &eacute;l le debo veladas musicales cuyo recuerdo me acompa&ntilde;ar&aacute; para los restos. Como molde, sirva la noche que Chet Baker lleg&oacute; al concierto tiritando, con la sonrisa descolgada y los picores en los tobillos que se gastan los yonquis cuando les falta. Por motivos que ahora no vienen al caso, me vi en un taxi con el trompetista americano, rumbo a una de esas calles donde las mujeres p&aacute;lidas fuman hero&iacute;na en papel de plata.
    </p><p class="article-text">
        Chet Baker ten&iacute;a prisa por fijarse un pico que le devolviera la calma. Lo recuerdo bien. Fue en un portal detr&aacute;s de Gran V&iacute;a; unos billetes cobrados por adelantado y unas escaleras que descend&iacute;an al infierno. Durante aquellos a&ntilde;os me mov&iacute;a por los peores lugares de Madrid, entre hombres y mujeres para los que la vida val&iacute;a lo mismo que cargase tu bolsillo. &ldquo;Salvaste el concierto&rdquo;, me dijo Alejandro Reyes cuando me vio aparecer en camerinos con Chet Baker a punto ya para subirse a escena. Yo poco o nada hice, esa es la verdad. En todo caso, fue la perversidad de la hero&iacute;na cuando se presenta bien cortada. Lo dem&aacute;s se lo pueden imaginar ustedes, aunque la realidad nunca soporte la imaginaci&oacute;n entera cuando se trata de Chet Baker en el Colegio Mayor San Juan Evangelista, <em>el Johnny</em>, como se conoc&iacute;a entre la afici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Fue un 11 de marzo de 1988. Chet Baker vino acompa&ntilde;ado por Marc Johnson y Philip Catherine, contrabajo y guitarra. Para qu&eacute; m&aacute;s, si cuando Chet se arrancaba a cantar y perd&iacute;a la mirada en el brillo de su trompeta, lo hac&iacute;a sobreponi&eacute;ndose a los remordimientos que asaltaban su maltrecha memoria, siempre enredada en caminos oscuros, ah&iacute;&nbsp;donde el silencio se pacta por adelantado. La interpretaci&oacute;n que se marc&oacute; de <em>My Funny Valentine</em> me acompa&ntilde;ar&aacute; siempre. As&iacute; fue c&oacute;mo conoc&iacute; a Chet Baker, camino de la muerte, en uno de sus &uacute;ltimos conciertos antes de acabar tirado en un charco de sangre a la luz p&aacute;lida de la noche de &Aacute;msterdam. Por ese concierto, y por los que vinieron despu&eacute;s, le debo la vida a Alejandro Reyes; eso sin olvidarme del concierto con el que arranc&oacute; todo para m&iacute; con el grupo Gwendal y su grabaci&oacute;n legendaria en <em>el Johnny</em>; m&uacute;sica de campi&ntilde;a y porros. Recuerdo la cola que daba la vuelta; tambi&eacute;n las melenas, las barbas y el humo de <em>jach&iacute;s</em> que conten&iacute;a toda una escena de &eacute;poca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me atrevo a imaginar un universo paralelo donde caben todos los conciertos que viv&iacute; en <em>el Johnny</em> con Alejandro Reyes en su butaca, donde la columna, fum&aacute;ndose un veguero, saboreando la sencillez de las cosas bien hechas; siempre en deuda con una vida que lo acaba de dejar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/alma-secreta-johnny_129_12871870.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Dec 2025 20:26:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El alma secreta del Johnny]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Música,Jazz]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Hola, mamoncete!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/hola-mamoncete_129_12837969.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b180bc09-2d47-465f-8208-fb83b4831b01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Hola, mamoncete!"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Eran tiempos salvajes, como cantaba Jorge Martínez; un tipo que entregó su vida al rock a sabiendas de que todo tiene un precio, a sabiendas de que, aquí, no es gratis ni la muerte que le ha costado la vida</p></div><p class="article-text">
        El transistor siempre se encend&iacute;a temprano. Era lo primero que hac&iacute;a mi madre cuando se levantaba. Luego, ven&iacute;a la cafetera, el ruido de los platos y de las tazas del desayuno, el traj&iacute;n de todas las ma&ntilde;anas; pero lo primero de todo era el transistor con las noticias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo aquel d&iacute;a en especial, pues el transistor estuvo repitiendo la canci&oacute;n una y otra vez, como un mal presagio. La hab&iacute;a sacado un par de meses antes, y yo la escuchaba desde la cama. Cuando lleg&oacute; la hora de levantarse, mi madre vino con la noticia: John Lennon hab&iacute;a sido asesinado. La d&eacute;cada de los ochenta empez&oacute; aquel d&iacute;a, o la noche antes en Manhattan, en el mismo momento en que un miserable se acerc&oacute; a Lennon con un rev&oacute;lver. Fueron cinco los disparos, cinco detonaciones que dieron la se&ntilde;al de salida; una carrera sin fondo que anticip&oacute; todo lo que se nos iba a venir encima.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque, a partir de ese momento, a partir de aquel instante en el que Lennon cay&oacute; en el portal del edificio Dakota, las cosas se empezaron a poner duras. Fueron tiempos nuevos, tiempos salvajes los que recorrieron occidente con Ronald Reagan y Margaret Thatcher favoreciendo la mano invisible que regula el mercado, tiempos oscuros en los que Juan Pablo II bendec&iacute;a los acuerdos conyugales de la pareja de mandatarios. Fueron tiempos de derrota. Sin llegar m&aacute;s lejos, en Espa&ntilde;a no tardar&iacute;a la reconversi&oacute;n industrial; por decreto ley una montonera de familias se quedar&iacute;an sin pan, a la espera de la caridad de un gobierno que empezaba a jugar sucio desde el primer d&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El transistor, sobre la nevera, segu&iacute;a dando las noticias y el olor a p&oacute;lvora que desprend&iacute;an se mezclaba con el caf&eacute; del desayuno. Tiempos nuevos, tiempos salvajes, cantaba un grupo asturiano cuyo primer disco tra&iacute;a en la portada a un hombre con una pistola en la sien, un retrato coloreado que firmaba Ouka Leele.&nbsp;El grupo se hac&iacute;a llamar Ilegales y, con ese nombre, se dieron a conocer por todo un pa&iacute;s que luchaba contra sus propios monstruos; un bestiario heredado del franquismo cuya banda sonora ven&iacute;a plagada de referencias y tributos a tan subyugante r&eacute;gimen. Alaska y los Pegamoides se dejaban fotografiar en el cementerio de la Almudena junto a la tumba de varios aviadores de la&nbsp;Legi&oacute;n C&oacute;ndor, como si tal cosa. Gabinete Caligari salieron a escena, en el Rock-Ola, anunci&aacute;ndose a s&iacute; mismos como fascistas. Los Motorhead llegaron a Madrid con su avi&oacute;n y sus esv&aacute;sticas nazis, y el grupo asturiano de la portada de Ouka Leele cantaba<em> Heil Hitler!</em>
    </p><p class="article-text">
        El flirteo con el fascismo era evidente, y aqu&iacute; no vale decir que era provocaci&oacute;n o que era no s&eacute; qu&eacute; o no s&eacute; cu&aacute;ntos de esv&aacute;sticas como s&iacute;mbolo hind&uacute;. Porque, cuando algo pasa a formar parte del museo de los horrores, sacarlo de ah&iacute; no deja de ser un horror. No nos enga&ntilde;emos a estas alturas de la noche. Por favor. La herencia gen&eacute;tica del fascismo se manifestaba en la pobreza de la expresi&oacute;n cultural de la &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        Con todo, si hab&iacute;a <em>algo</em> que diferenciaba a Ilegales de los dem&aacute;s grupos, ese <em>algo</em> era su sonido, afinado y limpio, con un toque de guitarra nada previsible en sus punteos. Eran diferentes. Una banda de rock que no ten&iacute;a nada que envidiar a cualquiera de las bandas extranjeras que se sub&iacute;an al escenario del Rock-Ola para ser ba&ntilde;adas en gargajos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eran tiempos salvajes, como cantaba Jorge Mart&iacute;nez; un tipo que entreg&oacute; su vida al rock a sabiendas de que todo tiene un precio, a sabiendas de que, aqu&iacute;, no es gratis ni la muerte que le ha costado la vida.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/hola-mamoncete_129_12837969.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Dec 2025 20:33:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¡Hola, mamoncete!]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tu parte del pastel]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/parte-pastel_129_12805259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fb310987-9c8c-4f94-ae2e-0076a0e10c27_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1425y515.jpg" width="1200" height="675" alt="Tu parte del pastel"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La primera vez que escuché a Jimmy Cliff fue en un garito del barrio chino de Alicante. La luna flotaba en el cielo y el disco The Harder They Come traía toda la ternura de lo sencillo, el aliento de una música que se deja tocar apurando la colilla con la punta de los dedos</p></div><p class="article-text">
        La primera vez que escuch&eacute; a Jimmy Cliff fue en un garito del barrio chino de Alicante. La luna flotaba en el cielo y el disco <em>The Harder They Come</em> tra&iacute;a toda la ternura de lo sencillo,&nbsp;el aliento de una m&uacute;sica que se deja tocar apurando la colilla con la punta de los dedos. Porque el reggae es la m&uacute;sica que mejor le sienta a la marihuana. Adem&aacute;s, est&aacute; hecha para re&iacute;rse de la muerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo lo dej&eacute; hace a&ntilde;os, pero entonces med&iacute;a mi tiempo por los canutos que ca&iacute;an entre una cosa y la siguiente. Fumaba m&aacute;s que ment&iacute;a, y ment&iacute;a lo suficiente como para dedicarme al oficio m&aacute;s antiguo del mundo: el de contar historias. Luego, tuve ocasi&oacute;n de ver la peli de Jimmy Cliff, lo recuerdo bien; la pusieron en el Covadonga, el cine aqu&eacute;l que quedaba por donde la f&aacute;brica de Danone y que todo el mundo conoc&iacute;a como el Covacha.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fue en una sesi&oacute;n cargadita de litronas y envuelta en el meloso aroma del jach&iacute;s dominguero. El sabor de la resaca me arrastraba hasta Kingston acompa&ntilde;ando a Jimmy Cliff, un muchacho al que la vida golpea con enga&ntilde;os. Tal vez, con esa pel&iacute;cula aprend&iacute; que aunque uno decida escribir a blanco y negro, siempre tiene que estar abierto a dejarse salpicar por el color. La pel&iacute;cula <em>The Harder They Come</em>, que aqu&iacute; se titul&oacute; <em>Caiga quien Caiga,</em> llevaba y tra&iacute;a todo el sol del ritmo africano cuando llega a una tierra esclava y evoluciona, junt&aacute;ndose con otras m&uacute;sicas como el calipso y el rhythm and blues, dando lugar al ska, un estilo de m&uacute;sica festero que vino a ser vampirizado por los hijos de la Gran Breta&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Grupos como Madness o Joe Jackson -en su primer disco- randaron los ritmos de la negritud para alcanzar las listas de &eacute;xito en la Inglaterra de la nueva ola. El ska se convirti&oacute; en una moda cuyo valor de cambio super&oacute; al valor de uso en los escaparates de Carnaby Street. Estamos hablando de finales de los setenta, cuando Sid Vicious era un cad&aacute;ver andante que se dirig&iacute;a al hotel Chelsea armado con un cuchillo. La contracultura tambi&eacute;n puede ser un negocio. Y en esas andaba el mundo mientras yo bailaba en un garito del barrio chino de Alicante, siguiendo los pasos de un ritmo que se dejaba fumar. La luna se mostraba fecunda, y Marx, Engels, Bakunin y Proudhon me estaban esperando a la vuelta del calendario. Pero, hasta ese momento, yo entregaba mi conciencia cr&iacute;tica a una m&uacute;sica que sab&iacute;a rico, que sab&iacute;a a yerba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por lo dem&aacute;s, Sid Vicious acab&oacute; apu&ntilde;alando a Nancy Spungen -su novia rubia- en la ba&ntilde;era de una habitaci&oacute;n del hotel Chelsea. Y Jimmy Cliff sigui&oacute; cantando hasta el otro d&iacute;a, que nos dej&oacute; para siempre. Ahora andar&aacute; comi&eacute;ndose el pastel de marihuana que lo esperaba en el cielo, disfrut&aacute;ndolo con el gusto del que sabe que a la muerte le quedan los d&iacute;as contados.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/parte-pastel_129_12805259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Nov 2025 20:54:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tu parte del pastel]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Palabras de lengua negra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/palabras-lengua-negra_129_12768233.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f4badfbd-6f3e-4d86-829e-38eb2169098b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Palabras de lengua negra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De aquel tiempo desatado en moteles y cantinas, Charles Mingus sacó Tijuana Moods, un disco donde se baila al son de la frontera; un disco que contiene lo mejor y lo peor de la negrura cuando nace de dentro</p></div><p class="article-text">
        Tras un desenga&ntilde;o amoroso, Charles Mingus puso rumbo a Tijuana. Necesitaba fuego para encender sus alas y buenos tragos de mezcal; la salvaje compa&ntilde;&iacute;a de una guitarra mariachi y esa mezcla de violencia y ternura que s&oacute;lo se da a ciertas horas, cuando el cielo va tomando el color de la leche sucia y los gusanos esperan para volver al fondo de las botellas. De aquel tiempo desatado en moteles y cantinas, Charles Mingus sac&oacute; <em>Tijuana Moods</em>, un disco donde se baila al son de la frontera; un disco que contiene lo mejor y lo peor de la negrura cuando nace de dentro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El olor agrio de su vomitona alcanz&oacute; el cementerio de Tijuana.&nbsp;Ya se sabe que lo que cuesta olvidar est&aacute; en relaci&oacute;n directa con el castigo que puede aguantar un h&iacute;gado. Si uno sobrevive al licor de la inspiraci&oacute;n, el resultado art&iacute;stico puede ser monumental. Tal vez, por eso mismo, uno busca inconscientemente que las mujeres lo abandonen, que lo dejen hecho unos zorros, como se dice vulgarmente, que no s&eacute; bien de d&oacute;nde sale la expresi&oacute;n -ni lo voy a mirar ahora-&nbsp;pero que resulta muy apropiada para estos casos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay veces que uno intenta escribir siguiendo el mismo comp&aacute;s del disco de Mingus, estirando los l&iacute;mites del lenguaje hasta cubrir los agujeros de gusano que dejan las botellas cuando se vac&iacute;an. Pero hay cosas imposibles, tanto como ser carne y pescado a la vez cuando uno est&aacute; flaco como un list&oacute;n. Y pongo por caso el libro de Carlos Vel&aacute;zquez, mexicano que retuerce nuestro lenguaje al ritmo de las balas que acabaron con el hombre-lobo; se titula <em>La biblia Vaquera </em>(Sexto Piso) y sigue la estela de Charles Mingus en Tijuana, y la de Ornette Coleman en Interzona. Toda una declaraci&oacute;n de principios desde su arranque, con Don Cherry sacando sonidos a una trompeta de pl&aacute;stico, de las que venden en los quioscos de chuches.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; se abre <em>&nbsp;La Biblia Vaquera</em>, un arrebato que va a dar paso a los <em>disyoqueis</em> que combaten sobre el cuadril&aacute;tero de lucha libre, empachados despu&eacute;s de jalarse los discos sencillos, no s&eacute; ya si de Mecano o de Depeche Mode, pues Carlos Vel&aacute;zquez marca su ritmo igual que si fuese un James Joyce fronterizo, un Ulises Tex Mex que vende su esposa al Diablo a cambio de la inmortalidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si Lester Bowie levantase la cabeza y leyese esta locura, te har&iacute;a un disco en Tijuana soplando botellas de mezcal destilado en el sobaco de&nbsp;William Burroughs. Un pasote. Es la tradici&oacute;n oral llevada a los &uacute;ltimos fuegos; llamas que consiguen quemarte las alas y maldecir a Dios con la lengua negra de un predicador callejero que escupe al cielo su tropiezo. Porque la culpa siempre es de los pies que nos arrastran, nunca del calzado y menos a&uacute;n de los calcetines, aunque piquen m&aacute;s de la cuenta.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/palabras-lengua-negra_129_12768233.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Nov 2025 21:33:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Palabras de lengua negra]]></media:title>
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