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    <title><![CDATA[elDiario.es - Montero Glez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/montero_glez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Montero Glez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Golpe al corazón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/golpe-corazon_129_13240482.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ff7249b7-5c94-4f69-b5e6-4cbd8507f211_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Golpe al corazón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Todo empezó en un aeropuerto, cuando Coppola fue abordado por un joven con un guion que no era otra historia de amor al uso, sino la historia de amor que el director andaba buscando desde hacía tiempo</p></div><p class="article-text">
        Hay historias de amor que se viven al margen del matrimonio;&nbsp;son historias que tratan el adulterio como un escape, una grieta en el tejido burgu&eacute;s donde la fuerza de la costumbre -y de la gravedad- mata la pasi&oacute;n. En el caso de los hombres, el entusiasmo s&oacute;lo se recupera cuando la pasi&oacute;n se actualiza en la esposa de otro. De esa manera, con el adulterio se regresa al misterio del amor, cuando el apetito ven&eacute;reo se abre con la caza furtiva y su traj&iacute;n carnal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De historias as&iacute; se nutren cientos de pel&iacute;culas y otras tantas canciones. Parejas a punto de romperse que, si no se rompen, es porque el miedo al vac&iacute;o no permite la quiebra; son historias que, llegado el momento, se viven como una pel&iacute;cula. Y es aqu&iacute; donde entra el golpe al coraz&oacute;n de Francis Ford Coppola y su cinta&nbsp;maldita: <em>One from heart</em> que, por estas tierras, se titul&oacute; <em>Corazonada</em>, con una Nastassja Kinski haci&eacute;ndoselo de acr&oacute;bata circense, reci&eacute;n salida de una grieta de la noche, coloreada por la luz viciosa de Las Vegas; un escape para el protagonista tras dejar atr&aacute;s su matrimonio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula se rod&oacute; en los estudios Zoetrope; un despliegue de decorados que llevaron a Coppola a la orilla del desastre donde Tom Waits cant&oacute; el obsceno sabor de la derrota, arrastrando su voz por caminos de polvo que s&oacute;lo la m&uacute;sica pudo levantar. &ldquo;Abr&aacute;zame ni&ntilde;o tonto&rdquo;, le&nbsp;canta Crystal Gayle en una de las canciones, una banda sonora que tiene tanto protagonismo como cualquiera de los personajes que aparecen en la pel&iacute;cula. Alg&uacute;n d&iacute;a de estos&nbsp;hablar&eacute; de Tom Waits y de otro de sus discos, el titulado <em>Rain Dogs,</em> pues la canci&oacute;n que lo abre -Singapore- le sirve al escritor Alfons Cervera para dar nombre a una mujer destruida sobre el paisaje marginal de su &uacute;ltima novela. Una lectura que traspasa, como todo lo escrito por este autor de la Serran&iacute;a valenciana; una firma que merece m&aacute;s reconocimiento del que se le est&aacute; dando. Pero no me quiero despistar. Vine aqu&iacute; a hablar de una pel&iacute;cula condenada a ser maldita.
    </p><p class="article-text">
        Todo empez&oacute; en un aeropuerto, cuando Coppola fue abordado por un joven con un guion que no era otra historia de amor al uso, sino la historia de amor que el director andaba buscando desde hac&iacute;a tiempo. Lo cuenta en su libro <em>El cine en vivo y sus t&eacute;cnicas</em>, (Reservoir Books), un volumen de memorias cinematogr&aacute;ficas donde hace un repaso a la tecnolog&iacute;a audiovisual empleada en algunas de sus pel&iacute;culas. Porque Coppola escribe desde la experiencia, sin escapar de los errores cometidos, con una honestidad que demuestra c&oacute;mo los grandes artistas poseen la categor&iacute;a esencial de la que carecen los fingidores, me refiero a la humildad. Aceptar el fracaso de <em>Corazonada </em>es un ejemplo, pues, seg&uacute;n cuenta &eacute;l mismo, la hizo para asumir lo que esperaba que fuera el estrepitoso descalabro de su pel&iacute;cula anterior: <em>Apocalypse Now</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero cuando se trata de poner en juego la expresi&oacute;n art&iacute;stica, el resultado comercial siempre resulta tan azaroso como la vida de dos amantes que una vez que rompen se enredan en otros amores, sin saber que lo que realmente est&aacute;n buscando es encontrarse de nuevo, como la primera vez, cuando ella se dej&oacute; besar por los labios de un principiante en asuntos de la carne y &eacute;l lat&iacute;a de ganas por rozarlos con algo m&aacute;s que con su boca. De eso va <em>Corazonada</em>, la pel&iacute;cula que Tom Waits canta con la voz abrasada por los tragos. Una obra maestra que no deben perderse.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/golpe-corazon_129_13240482.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 May 2026 20:00:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Golpe al corazón]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Bajo la cicatriz del tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/cicatriz-tiempo_129_13203621.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ad59a4f3-a0cf-43fb-87fd-267b49e2a76b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Bajo la cicatriz del tiempo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Llevado por la lectura de Borges, transformo mi memoria en fábula y lo hago siguiendo el orden solar de los arrabales, con derecho a la equivocación sobre todas las demás cosas</p></div><p class="article-text">
        Leo a Borges en su ensayo biogr&aacute;fico dedicado a Evaristo Carriego, el poeta argentino que retrat&oacute; como nadie el arrabal porte&ntilde;o y al que tanto debe el tango. Y con Borges alcanzo las calles de un Madrid que ya no existe, pero que se deja pasear desde un rinconcito de la memoria; un esquinazo al que me traen las p&aacute;ginas del tejedor del Aleph, amigo de ese otro amigo al que tanto debo; me refiero a Mario Muchnik.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con el espectro de la ceguera a&uacute;n lejano, Borges entreg&oacute; a la imprenta su ensayo en 1932. Todav&iacute;a le quedaba tiempo por delante para transitar laberintos y jugar al error y al p&eacute;ndulo, as&iacute; hasta el d&iacute;a en que se dej&oacute; fotografiar por Mario Muchnik en presencia de una estanter&iacute;a cubierta con libros ciegos. Pero antes de seguir con todo aquello, en el espejo borroso donde se mira el tiempo, me puedo ver entrando en un peque&ntilde;o garito malasa&ntilde;ero donde actuaban Malevaje, el grupo de tangos en el que Antonio Bartrina pon&iacute;a la voz, y una chica de nombre Margot tocaba las casta&ntilde;uelas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me recreo con Borges en este ensayo, uno de tantos que vienen en la antolog&iacute;a que acaba de sacar Alfaguara, y entre l&iacute;neas voy pensando en un tiempo infinito donde los cuerpos se enredan al comp&aacute;s de la m&uacute;sica que los est&aacute; cantando; un laberinto infinito donde se agrega la noche, infinita tambi&eacute;n. El Bartrina canta; se queja el bandone&oacute;n de Osvaldo Larrea, Margot repiquetea los cr&oacute;talos, y yo me dejo envolver por el humo y el sudor que desprende el local. Lo recuerdo bien, la calle Loreto y Chicote, el coraz&oacute;n del tango en un recodo de Madrid. Huele a cerveza y a porros, el aliento se corta con esa hoja de acero que vigila cada tango en la voz del Bartrina. El local rebosa de cuerpos; en la barra destaca la figura de un tipo que huele distinto. Es un habitual y mira con lascivia a Margot, humedeciendo sus labios con la punta de la lengua. Una cicatriz cruza su rostro. Bebe g&uuml;isqui de garraf&oacute;n, como todo el mundo, y fuma rubio americano. Lleva el paquete de Lucky Strike en un bolsillo de la chaqueta, y cada vez que lo saca deja presentir el hierro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una de las noches, en la calle, alguien grita cuando ve una rata. Los latigazos de su cola pelada sacuden los tobillos. Estamos en verano y seguramente haya sido el olor a basura fermentada lo que la ha hecho asomarse. En cualquier caso, el tipo de la cicatriz sale del local. Lleva la pistola en la mano y se acerca a la rata que huele peligro y sale corriendo. Pero la bala es m&aacute;s r&aacute;pida y con su recado la rata estalla ante las ruedas de un coche, aparcado sobre la acera. Est&aacute; borracho, pero tiene buena punter&iacute;a. Se tambalea un poco antes de sacar la placa como diciendo, hagan el favor y no llamen a la polic&iacute;a; soy uno de ellos. &iexcl;Que siga la m&uacute;sica!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llevado por la lectura de Borges, transformo mi memoria en f&aacute;bula y lo hago siguiendo el orden solar de los arrabales, con derecho a la equivocaci&oacute;n sobre todas las dem&aacute;s cosas, sabiendo que bajo aquella cicatriz no hab&iacute;a pendencia ni despecho, sino algo tan profundo en su origen como la justicia po&eacute;tica.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/cicatriz-tiempo_129_13203621.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 May 2026 20:22:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Bajo la cicatriz del tiempo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Oído cocina!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/oido-cocina_129_13169654.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/82ec57ef-b898-478b-bd26-8573dcff2c4e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Oído cocina!"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con una prosa ágil, y siempre al límite de una conducta aceptable, Bourdain escribe con un cuchillo entre los dientes</p></div><p class="article-text">
        Al igual que&nbsp;ocurre con la partitura de una pieza cl&aacute;sica, la melod&iacute;a de las cocinas viene condicionada por el ritmo con el que se&nbsp;ejecuta cada plato. Ya sea el <em>Boeuf Bourguignon</em>, el <em>Confit de Canard</em>&nbsp;o unos simples huevos fritos con chorizo, si un plato est&aacute; para chuparse los dedos, eso se debe al desempe&ntilde;o de <em>unos notas</em> capitaneados por su correspondiente chef, que va a ser el encargado de marcar el comp&aacute;s a golpe de cuchillo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Luego est&aacute; la gram&aacute;tica, el ruido de fondo salpicado por un&nbsp;lenguaje ofensivo, pongamos barriobajero y con el colorido local&nbsp;suficiente para que nunca falte la penetraci&oacute;n anal ni la lista de defectos f&iacute;sicos que se puedan citar de cintura para abajo. Las enfermedades ven&eacute;reas, junto a la posibilidad de que tus padres hayan abusado de animales para traerte al mundo, son algunas de las flores con las que la tropa de los fogones te recibe. Hay que agradecerlo, es la bienvenida a la atm&oacute;sfera carcelaria de una cocina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        S&eacute; de lo que habla Anthony Bourdain en sus memorias cuando cuenta estas y otras cosas; asuntos tan terminales como que uno de los cocineros se presente a trabajar con los zapatos manchados de semen.&nbsp;El libro de Bourdain est&aacute; plagado de cosas as&iacute;, se titula <em>Confesiones de un chef </em>y acaba de ser reeditado por Salamandra. Con una prosa &aacute;gil, y siempre al l&iacute;mite de una conducta aceptable, Bourdain escribe con un cuchillo entre los dientes. Tal y como cuenta, las expresiones groseras son tan &uacute;tiles como habituales en las cocinas de los restaurantes debido a la tensi&oacute;n que se mastica. Por ello, solo cuando se sueltan y disparan, el ambiente se tranquiliza, se relaja y vuelta a empezar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Desternillante, simp&aacute;tico y crudo a ratos, Bourdain nos cuenta su testimonio, el de un chico de buena familia que se engancha a la hero&iacute;na y que da tumbos de una cocina a otra, cortando puerros en juliana y espesando la salsa con mantequilla normanda mientras contiene el tembleque, culpa del mono que no consigue domesticar los d&iacute;as en que el camello le falla. Porque los animalitos siempre est&aacute;n presentes en la vida de todo chef que se precie.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para llegar a ser miembro de una tripulaci&oacute;n pirata con sangre en los mandiles, Bourdain tuvo que trabajar duro y acabar con las manos cubiertas de cicatrices; cortes de cuchillo y quemaduras por descuido, yemas desgarradas y dedos en carne viva, esas cosas que son gajes de un oficio tan hiriente como necesario. Uno de los episodios m&aacute;s sonados de su libro es el que tuvo lugar en el Rockefeller Center; ah&iacute; donde las corbatas m&aacute;s caras deslumbran con lamparones mientras sus due&ntilde;os engullen basura en la cima del mundo, hablando de finanzas con la boca llena.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por decir no quede que Bourdain preparaba verdadera porquer&iacute;a para los est&oacute;magos de los due&ntilde;os de las hambres. S&oacute;lo faltaba gargajear en cada uno de los platos de aquella cocina de apariencia exquisita donde todo ol&iacute;a como si hubiera sido salpicado por las tripas de una rata. <em>&iexcl;Puaaaj!</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/oido-cocina_129_13169654.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Apr 2026 20:09:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¡Oído cocina!]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Haz que pete el sonido!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/haz-pete-sonido_129_13130877.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e8a17ac9-908a-4107-95a4-6407e51401a2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Haz que pete el sonido!"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Suspender la incredulidad de una manera tan valiente merece todos mis respetos. Es más, si no fuera por la música y sus trallazos sincopados, la película de Óliver Laxe hubiera resultado escasa</p></div><p class="article-text">
        Sirat es la t&iacute;pica pel&iacute;cula de la que todo el mundo habla sin haberla visto; un fen&oacute;meno social, como se dice vulgarmente;&nbsp;un prodigio que ha puesto a su director, &Oacute;liver Laxe, en lo m&aacute;s alto de la cuca&ntilde;a, ah&iacute; donde la pata de jam&oacute;n fue bendecida por el gran Capital.
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; la peli me ha gustado. Es una interpretaci&oacute;n de La Odisea a ritmo de m&uacute;sica electr&oacute;nica con gui&ntilde;os al John Ford de La Diligencia, a Easy Rider y, por qu&eacute; no, a Pink Floyd en Pompeya. Con Sirat, el director &Oacute;liver Laxe se ha planteado atravesar el desierto con una caravana de frikis bajo el influjo pernicioso de los astros. Y lo ha conseguido igual que si hubiese estado inmerso en una tragedia oscura donde la muerte desentona y la vida es un trago de t&eacute; con ayahuasca. Suspender la incredulidad de una manera tan valiente merece todos mis respetos. Es m&aacute;s, si no fuera por la m&uacute;sica y sus trallazos sincopados, la pel&iacute;cula de &Oacute;liver Laxe hubiera resultado escasa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A bombo fijo y con la escala musical sampleada de una canci&oacute;n &aacute;rabe de cuna, me sumerjo en la biograf&iacute;a de <em>The Chemical Brothers</em>, lujosamente editada por Sexto Piso. Entre sus p&aacute;ginas reconozco el dueto que revolucion&oacute; la m&uacute;sica electr&oacute;nica en su momento, cuando las brasas del &ldquo;Verano del amor&rdquo; se estaban extinguiendo. Hablamos de la resaca que sigui&oacute; a <em>Back to the Future</em>, la rave celebrada el 12 de agosto de 1989 en Longwick, una pradera brit&aacute;nica donde se reunieron m&aacute;s de veinticinco mil personas. A partir de aquel momento,&nbsp;el acid house rod&oacute; hasta el glamour de la m&uacute;sica disco con los disc jockeys como estrellotas del firmamento qu&iacute;mico mientras que, por otro lado,&nbsp;el tecno fue tomando derroteros de cuarto oscuro. Esa fue la situaci&oacute;n que hizo que The Dust Brothers -as&iacute; se llamaban los <em>Chemical</em>-&nbsp;&ldquo;crearan su propio espacio &uacute;nico entre la grieta que empez&oacute; a abrirse entre esas escenas&rdquo;. As&iacute; lo cuenta este libro profusamente ilustrado con fotograf&iacute;as del duo en sus distintas etapas, as&iacute; como de las cubiertas de sus discos y carteles; un trabajo que me sirve de gu&iacute;a para adentrarme en una m&uacute;sica que tuvo su origen en la &oacute;pera de motores que dej&oacute; inacabada el norteamericano <em>George Carl Johann Antheil</em> en plena crisis del 29.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por seguir con Sirat y con su banda sonora firmada por <em>Kangding Ray</em>, he de decir que me ha devuelto a mis primeras incursiones en las fiestas qu&iacute;micas, cuando iba a acompa&ntilde;ar a mi hermana peque&ntilde;a y <em>The</em> <em>Chemical Brothers</em> sonaban en las raves de entonces junto a la artiller&iacute;a pesada de los <em>Prodigy</em>, y yo me sent&iacute;a viejuno con mis pasos de baile de sal&oacute;n&nbsp;mientras las chicas se entonaban con pastis como si fueran Lacasitos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No encontr&eacute; a alguna que quisiese bailar conmigo; era como si yo no existiese, como si les fuese a contagiar mi edad y bailasen en defensa propia. Tal vez sea por eso que me he identificado tanto con Luis, el personaje encarnado por Sergi L&oacute;pez, que a veces he llegado a creer que era yo mismo atravesando la soledad del desierto con los ojos cargados de arena.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/haz-pete-sonido_129_13130877.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Apr 2026 20:21:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¡Haz que pete el sonido!]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una bala con nombre de mujer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/bala-nombre-mujer_129_13104035.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/12d433ff-ccef-43fd-8b7e-d6a9bf92ad88_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una bala con nombre de mujer"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Canciones como Sapore di sale, Il cielo in una stanza o Una lunga storia d'amore sonaban en los bailongos de entonces, cuando yo aún no había nacido y mis padres se acababan de casar</p></div><p class="article-text">
        Nunca un artista aspir&oacute; a un epitafio tan desgarrador como el que dej&oacute; escrito Gino Paoli cuando intent&oacute; suicidarse y, por un error de c&aacute;lculo, la patata le sigui&oacute; latiendo hasta hace un rato. A veces, la realidad trae esos inconvenientes en los que uno tiene que seguir viviendo con el peso de una bala en su coraz&oacute;n, a sabiendas de que cada latido es un recuerdo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eso mismo es lo que sucede cuando el tiempo empieza a correr en tu contra, y bordeas la muerte con la esperanza de que la muerte sea una experiencia que vale la pena ser vivida. Algo parecido pensaba Gino Paoli cuando sub&iacute;a a escena y el plomo de su pecho acusaba las palpitaciones de una mujer que le susurraba al o&iacute;do palabras con el aliento fr&iacute;o de una tumba abierta. &ldquo;El suicidio es el &uacute;nico medio para poder elegir entre la vida y la muerte. Las cosas importantes, como el amor, no las podemos elegir&rdquo;, dej&oacute; dicho el artista italiano con esa ca&iacute;da sentimental que le pon&iacute;a a sus melod&iacute;as lapidarias. O viceversa.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque hay canciones que nos asaltan a deshoras; vienen impregnadas en el perfume de las despedidas y dejan el pecho cosido de tetilla a tetilla. A m&iacute; me ocurre con las de Gino Paoli. Cualquiera de ellas me devuelve a los tiempos en los que se bailaba pegado y las luces de la verbena encend&iacute;an el final del&nbsp;verano. De aquello hace ya tiempo, cuando las chicas dejaban su n&uacute;mero de tel&eacute;fono apuntado en una caja de cerillas, y el tabaco se pod&iacute;a comprar suelto. Canciones como <em>Sapore di sale</em>, <em>Il cielo in una stanza</em> o <em>Una lunga storia d'amore</em> sonaban en los bailongos de entonces, cuando yo a&uacute;n no hab&iacute;a nacido y mis padres se acababan de casar. El olor de las sardinas espetadas al borde de la playa, un 600 comprado a plazos y el transistor a pilas son cosas que forman parte de mi memoria sentimental; fotos a blanco y negro de un verano que no viv&iacute;, pero que recuerdo como si lo hubiese vivido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las canciones de Gino Paoli me ayudan; trajes a medida que vest&iacute;an una &eacute;poca que ya no se deja acariciar y que, a veces, echo de menos, de la misma manera que se puede echar en falta un tiempo que s&oacute;lo llegu&eacute; a imaginar con los primeros cigarrillos, tosiendo el humo furtivo desde un tejado de pueblo, a la sombra de una vieja antena de televisi&oacute;n.&nbsp;Qu&eacute; quieren que les cuente, si no renuncio a imaginar lo que nunca he podido vivir en persona.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por ello, vuelvo hasta&nbsp;aquellos tiempos que ya exist&iacute;an antes de yo nacer, y lo hago en este preciso momento en el que acabo de recibir la noticia de la muerte de Gino Paoli, el cantautor italiano que vivi&oacute; con una bala de plomo alojada en su coraz&oacute;n. El proyectil ten&iacute;a nombre de mujer y se llamaba Stefania Sandrelli, con la que se ve&iacute;a a escondidas, pues &eacute;l era casado y ella era menor de edad.&nbsp;Cosas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/bala-nombre-mujer_129_13104035.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Mar 2026 21:05:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una bala con nombre de mujer]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los tres usos del bardeo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tres-usos-bardeo_129_13068386.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f4bd5d33-0842-4503-b758-f05c5f22cb0d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x671y201.jpg" width="1200" height="675" alt="Los tres usos del bardeo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Iñaki Domínguez lo vuelve a hacer, y esta vez al estilo de Truman Capote de visita a la Prisión estatal de Kansas, enredándose en el infierno de un delincuente poco habitual; un tipo complejo con sombras y luces suficientes para hacer que su contraste resulte atractivo</p></div><p class="article-text">
        Naci&oacute; en una plantaci&oacute;n cerca de la frontera tejana, y se dedic&oacute; a cantar blues por bares de mala nota, entre coristas, matones y chulos con olor a pescado. Hablamos de los primeros a&ntilde;os del siglo XX, cuando los hombres como Leadbelly&nbsp;no eran m&aacute;s que 'negratas' condenados al barro y al desprecio. En una de sus canciones, Leadbelly cant&oacute; la historia triste y cruel de su navaja;&nbsp;la misma navaja que le serv&iacute;a para cortar el pan del almuerzo, y con la que se afeitaba,&nbsp;la utiliz&oacute; para asesinar a la mujer que le hab&iacute;a sido infiel. Por asuntos as&iacute;, por convertir la navaja en instrumento de su crimen, Leadbelly fue a dar con los&nbsp;huesos en el trullo, donde, un buen d&iacute;a, se presentaron los Lomax; padre e hijo.
    </p><p class="article-text">
        Para quien no lo sepa, John y Alan Lomax eran folcloristas, busqueros de canciones enterradas en la memoria de los caminos; sonidos negros que acabar&iacute;an formando parte de la&nbsp;Library Of The Congress. Cuando los Lomax llegaron a la c&aacute;rcel de Lousiana&nbsp;quedaron totalmente seducidos por Leadbelly quien, all&iacute; mismo, entre barrotes, se marc&oacute; un tema suplicando perd&oacute;n; un desgarro arrepentido que abland&oacute; el coraz&oacute;n del gobernador y con el que se gan&oacute; la libertad.
    </p><p class="article-text">
        De una manera parecida a la que practicaron los Lomax, el amigo I&ntilde;aki Dom&iacute;nguez -antrop&oacute;logo doctorado en Macarrolog&iacute;a- ha visitado la c&aacute;rcel de Estremera durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os. Entre choris y algodoneros patrios, se ha marcado un trabajo de campo recogiendo la experiencia vital de Jos&eacute; Manuel Cifuentes, alias el Panam&aacute;, una figura legendaria en la historia del hampa que se inici&oacute; entre los quinquis de los ochenta; fue atracador de sucursales bancarias y guitarrista de rock duro,&nbsp;extorsionador de narcos, traficante de pirulas en la Ruta del Bacalao y habitual de las c&aacute;rceles de nuestro pa&iacute;s, siendo respetado por los m&aacute;s <em>kie</em> del trullo, los mismos que saben dar los tres usos al bardeo. Profesiones liberales que llaman.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        I&ntilde;aki Dom&iacute;nguez nos lo presenta en crudo con este trabajo cumbre del periodismo testimonial que, a su vez, es una cr&oacute;nica de la delincuencia espa&ntilde;ola durante la Transici&oacute;n hasta nuestros d&iacute;as; un latido subterr&aacute;neo que nos habla de lo que sucede bajo la superficie, cuando el Estado muestra su debilidad ante un capitalismo zamp&oacute;n semejante a rata hambrienta. Reducido a los huesos, permite que florezcan pobres diablos en sus m&aacute;rgenes; hombres y mujeres que son carne de ca&ntilde;&oacute;n; trabajo para polic&iacute;as, fiscales y forenses. Beneficio para el capital, con may&uacute;scula.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        I&ntilde;aki Dom&iacute;nguez lo vuelve a hacer, y esta vez al estilo de Truman Capote de visita a la Prisi&oacute;n estatal de Kansas,&nbsp;enred&aacute;ndose en el infierno de un delincuente poco habitual; un tipo complejo con sombras y luces suficientes para hacer que su contraste resulte atractivo. El libro se titula <em>El Panam&aacute;: Vida de un fuera de la ley,</em> y viene publicado por Ariel.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tres-usos-bardeo_129_13068386.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Mar 2026 13:03:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los tres usos del bardeo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Huellas en el polvo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/huellas-polvo_129_13024088.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/510d908a-ab4f-461c-b8ae-dbd6ba38cf54_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Huellas en el polvo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">David González escribía con el sabor de la sangre pegado al paladar. Con esa rabia contenida del que ha visto pasar la vida por delante, riéndose a carcajadas de él y de toda la fauna que habita en los márgenes; estribillo cruel que preña el resentimiento de clase</p></div><p class="article-text">
        Las drogas y el trullo fueron parte s&oacute;lida en su biograf&iacute;a. Pero, como ocurre con la gente de talento, sus escritos superaron todo, incluyendo los a&ntilde;os de presidio y las tiritonas de la abstinencia. Es m&aacute;s, me atrevo a decir que si no hubiera sido por su experiencia vital, sus escritos ser&iacute;an de otra manera o no ser&iacute;an.&nbsp;Porque la memoria de David Gonz&aacute;lez era igual a una madeja caliente que soltaba cada vez que se pon&iacute;a a relatar su perra vida. Y es aqu&iacute;, en este lado de la hoja, donde se med&iacute;a con los m&aacute;s grandes de su especie. Y hablo de C&eacute;line y de su hijo bastardo, Bukowski, y tambi&eacute;n hablo de Hamsun, de Henry Miller, de John Fante y de Fran&ccedil;ois Villon, aunque David bien podr&iacute;a dejar atr&aacute;s a cualquiera de ellos.
    </p><p class="article-text">
        David Gonz&aacute;lez escrib&iacute;a con el sabor de la sangre pegado al paladar. Con esa rabia contenida del que ha visto pasar la vida por delante, ri&eacute;ndose a carcajadas de &eacute;l y de toda la fauna que habita en los m&aacute;rgenes; estribillo cruel que pre&ntilde;a el resentimiento de clase.&nbsp;De ah&iacute; que su prosa sea tan despojada de ro&ntilde;a y de fuegos de artificio, un hueso duro de roer pero con la chicha suficiente para tatuarse en ella el epitafio. Si nos ponemos cr&iacute;ticos, el secreto de su escritura reside no ya en sus palabras, sino en lo que hay entre ellas, que es lo mismo que decir entre sus silencios. Dicho de otra manera: en la escritura de David Gonz&aacute;lez encontramos el eco de un ritmo at&aacute;vico y oscuro que nace en las tripas y que encuentra en el silencio el verdadero significado de las palabras.&nbsp;Por eso resulta tan acertado que sea&nbsp;la editorial Efe Eme la que haya dado el paso y publique ahora su narrativa completa. Se titula <em>Huellas en el polvo,</em> y es una de las alegr&iacute;as editoriales de los &uacute;ltimos tiempos.
    </p><p class="article-text">
        Entre sus p&aacute;ginas descubrimos la experiencia vital de un tipo duro, curtido en la calle y en el presidio, pero con la suficiente sensibilidad para contarnos su relaci&oacute;n con la droga, con las rejas de la prisi&oacute;n, con su padre y si, nos apuramos, con la mujer que le desvirg&oacute;; una manera de escribir que te conquista con su golpe seco, una forma de ser que te atrapa y que no te deja.&nbsp;As&iacute; era David Gonz&aacute;lez, el autor m&aacute;s puro que he conocido y al que m&aacute;s admiro de todos los que ha parido este pa&iacute;s tan grosero con sus artistas. Su prosa, cargada de silencios, resuena en lo m&aacute;s profundo de m&iacute; una vez terminado cualquiera de sus relatos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo quiero que ustedes hagan la prueba, que busquen un rinc&oacute;n y unos minutos, que cojan al buen tunt&uacute;n cualquier historia de las muchas que contiene este libro, y que se sumerjan en la literatura de alta graduaci&oacute;n que destila David Gonz&aacute;lez. Seguro que me dar&aacute;n la raz&oacute;n cuando digo que era el mejor de todos; con diferencia.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/huellas-polvo_129_13024088.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Feb 2026 21:19:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Huellas en el polvo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Inspiración y locura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/inspiracion-locura_129_12985975.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f598ec51-3e6e-4c91-914a-8104e9447aa4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x897y1000.jpg" width="1200" height="675" alt="Inspiración y locura"></p><p class="article-text">
        Fueron arrancados de Triana por las mismas manos que trazan la especulaci&oacute;n inmobiliaria. Una vez desahuciados, los desperdigaron por la orilla de la ciudad en una sucesi&oacute;n de bolsas con nombre propio: Pol&iacute;gono del Sur.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegados aqu&iacute;, es curioso comprobar c&oacute;mo la misma ciudad que un d&iacute;a conquist&oacute; el h&eacute;roe paso a paso, cuando a&uacute;n era llamado por su primer nombre, Melkart, hoy se conquista desde los despachos; torreones blindados donde los nuevos h&eacute;roes lucen corbatas de Herm&egrave;s y se echan colonias cuyas marcas remiten a la mitolog&iacute;a cl&aacute;sica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero ni los factores de segregaci&oacute;n ni el dise&ntilde;o de n&uacute;cleos chabolistas con su eco de latas vac&iacute;as y de lumbre encendida, nada de todo aquello pudo acabar con la espontaneidad de los hermanos Rafael y Raimundo Amador; dos gitanos que se meaban sobre las hogueras que calientan los m&aacute;rgenes. El chisporroteo de sus guitarras se escuch&oacute; por primera vez en el disco de Veneno, un trabajo que se presentaba con una portada que era un placote de polen rubio, de ese que se fuma y que entra dulz&oacute;n a los pulmones. A&ntilde;o 1977. Hab&iacute;a pasado la &eacute;poca de la psicodelia y ahora, una nueva corriente sexual, m&aacute;s dura y vestida con la severidad del cuero, se estaba convirtiendo en fen&oacute;meno sociol&oacute;gico: el punk-rock.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Envueltos en v&oacute;mito y gargajo, tan escatol&oacute;gicos como desafinados, los grupos de punk arrasaban el mundo occidental. De hecho, hasta Franco hab&iacute;a muerto hac&iacute;a poco, en la cama, con heces sangrientas en forma de melena. Mir&aacute;ndolo por el lado po&eacute;tico, ning&uacute;n miembro de grupo punkarra consigui&oacute; un cad&aacute;ver con tanta pl&aacute;stica. Pero no me quiero despistar, no vengo aqu&iacute; a hablar de pol&iacute;tica, tampoco de m&uacute;sica, sino de mitolog&iacute;a; de una mitolog&iacute;a amasada desde los m&aacute;rgenes de Sevilla con levadura hebrea, gitana y morisca, y que fue llevada al horno del <em>rhythm and blues</em> por obra y gracia del grupo Veneno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El grupo de marras lo formaban los hermanos Amador y un payo catal&aacute;n de nombre Kiko, un p&aacute;jaro inquieto y cantor que tuvo que viajar a Estados Unidos para descubrir el flamenco. As&iacute; lo cuenta &eacute;l mismo, cuando confes&oacute; que all&iacute; veneraban a un tal Diego del Gastor, guitarrista afincado en Mor&oacute;n y cuyas falsetas ten&iacute;an una ca&iacute;da sentimental cercana al blues. Luego vino la parte contratada de la parte contratante, o sea la producci&oacute;n, que corri&oacute; a cargo de Ricardo Pach&oacute;n, introductor del LSD y tambi&eacute;n del marxismo en el estudio de grabaci&oacute;n. Ricardo consigui&oacute; que un palmero cobrase lo mismo que una primera figura. Y despu&eacute;s vino la portada de Santiago Monforte que se censur&oacute;, cambi&aacute;ndola por una a&uacute;n m&aacute;s expl&iacute;cita. Cosas que pasaban entonces y que hoy ya no cuelan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no vine aqu&iacute; a decir que cualquier tiempo pasado fue mejor sino todo lo contrario, aunque ya no ande entre nosotros Rafael Amador -Rafalillo- quien nos dej&oacute; la otra noche; un pr&iacute;ncipe gitano que cantaba a la vida desde paisajes de desolaci&oacute;n. Con los pies sobre los m&aacute;rgenes m&aacute;s castigados, alumbr&oacute; junto a su hermano Raimundo el grupo Pata Negra y un par de discos o tres cargados de iconos y de rabia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como me niego a que Rafael Amador sea un discreto cad&aacute;ver m&aacute;s, me tomo la osad&iacute;a de emborronar estas hojas para firmar una necrol&oacute;gica cercana a la sombra de un incendio. Y tambi&eacute;n para mandar mi abrazo a su hermano Raimundo, la otra pata del mejor jam&oacute;n flamenco.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/inspiracion-locura_129_12985975.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Feb 2026 21:00:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Inspiración y locura]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Peluqueros y otras especies]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/peluqueros-especies_129_12949928.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b123a027-e567-48a2-8ad5-acb346b4c855_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Peluqueros y otras especies"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El libro de Víctor Coyote se abre con un recuerdo a su amigo Poch, el guitarrista ácido, líder de aquél movimiento que se vino a llamar “Las hornadas irritantes”. La sublimación química daría lugar a un sonido chirriante, de esos que te hacían apretar la dentadura. ¿Diseñas o trabajas? Esa era la cuestión de los tiempos. Y diseñadores y peluqueros de entonces se convirtieron en especies protegidas de la fauna urbana</p></div><p class="article-text">
        Fuimos gente acorralada, j&oacute;venes que compart&iacute;amos nuestra inocencia con lobos. As&iacute; nos enga&ntilde;aron en el 92, cuando las Olimpiadas, con la flecha de fuego que traz&oacute; una par&aacute;bola y encendi&oacute; el pebetero. Fue un truco de prestidigitador. Con los a&ntilde;os, supimos que se trataba de un simulacro, un montaje donde el pebetero estaba encendido con el gas al m&iacute;nimo, a la espera de la flecha. El enga&ntilde;o fue servido con euforia; una tarta de cumplea&ntilde;os rellena con embuste y crema pastelera que nos tragamos sin rechistar.
    </p><p class="article-text">
        Poco antes, el 14 de abril de 1992, los reyes de entonces &mdash;Juan Carlos y Sof&iacute;a&mdash; practicaron el exorcismo con el almanaque subi&eacute;ndose al primer tren de alta velocidad. Con ello, inauguraron la modernidad. El AVE iba a ser el s&iacute;mbolo de un pa&iacute;s en v&iacute;as de subdesarrollo. Ahora nos damos cuenta: perdimos el dinero, la vida y el tiempo, pero lo peor de todo es que adem&aacute;s perdimos la inocencia. Y con estas cosas rond&aacute;ndome la cabeza viajo en un tren vac&iacute;o, de madrugada, destino a Madrid, mientras me distraigo con el libro de V&iacute;ctor Coyote; una recopilaci&oacute;n de piezas que acaba de salir con el t&iacute;tulo <em>Cruce de perras</em> (Autsaider), donde el m&uacute;sico cuenta el tiempo aqu&eacute;l que nos comimos a <em>pu&ntilde;aos</em>, cuando los ochenta llegaron a las calles con sus pelos de colores y sus guitarras mal tocadas; el ruido y la bronca, las litronas y esa raya de jaco que atraves&oacute; el pa&iacute;s de punta a punta, trazando la l&iacute;nea por donde luego circular&iacute;a un tren destinado a hacer descarrilar al gobierno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El libro de V&iacute;ctor Coyote se abre con un recuerdo a su amigo Poch, el guitarrista &aacute;cido, l&iacute;der de aqu&eacute;l movimiento que se vino a llamar &ldquo;Las hornadas irritantes&rdquo;. La sublimaci&oacute;n qu&iacute;mica&nbsp;dar&iacute;a lugar a un sonido chirriante, de esos que te hac&iacute;an apretar la dentadura. &iquest;Dise&ntilde;as o trabajas? Esa era la cuesti&oacute;n de los tiempos. Y dise&ntilde;adores y peluqueros de entonces se convirtieron en especies protegidas de la fauna urbana. Cosas. Leo a V&iacute;ctor Coyote y viajo en un tren fantasma. Cargo el peso de la memoria en cada parada y vuelvo a recorrer los pasillos que llevan al &uacute;ltimo vag&oacute;n; salen a mi encuentro presuntos difuntos que me miran como si yo tambi&eacute;n fuera uno de ellos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces pienso que todo lo que est&aacute; ocurriendo no es m&aacute;s que un mal sue&ntilde;o, y que pronto acudir&aacute; al rescate el silbido de la cafetera, igual a una vieja locomotora que parte la noche en dos mitades. Y me levantar&eacute; dispuesto a cargar mi walkman con la &uacute;ltima casete de Los Enemigos, el grupo de Josele Santiago que se toma los vinos en el bareto que hay frente a <em>La V&iacute;a L&aacute;ctea</em>, donde trabaja la camarera que a todos nos vuelve locos. A veces pienso que despertar&eacute; y que los tiempos volver&aacute;n a pasar a una velocidad razonable, lo suficiente para poder asimilarlos mientras los lobos y los peluqueros esperan al acecho, mientras la flecha del tiempo pasa sin prisa por encima de mi cabeza, y la llave de la imaginaci&oacute;n se abre a tope.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/peluqueros-especies_129_12949928.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Jan 2026 21:30:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Peluqueros y otras especies]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Venezuela, patriotas y macarras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/venezuela-patriotas-macarras_129_12895884.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/36cf0c22-78aa-425b-a221-e52bc3d2395a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Venezuela, patriotas y macarras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El que fuera integrante de Pink Floyd siempre se posicionó en el lado legítimo de la historia, y esta vez no iba a ser menos. No nos sorprende su discurso. Lo que nos sorprende no es otra cosa que la falta de sensibilidad de los mal llamados patriotas venezolanos celebrando un bombardeo a su propio país</p></div><p class="article-text">
        Si definimos terrorismo como violencia indiscriminada contra la poblaci&oacute;n civil, bien podr&iacute;amos se&ntilde;alar el bombardeo de Caracas como un acto terrorista. Visto as&iacute;, con la crudeza del momento,&nbsp;un hecho de este calado nos da la medida exacta de la agresividad que se gasta el capitalismo cuando entra en crisis, cuando el estancamiento econ&oacute;mico paraliza la espiral de beneficios. Y eso mismo, con otras palabras, nos vino a decir Roger Waters el otro d&iacute;a cuando se asom&oacute; a las redes sociales condenando el &ldquo;salvaje acto de agresi&oacute;n contra Venezuela&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El que fuera integrante de Pink Floyd siempre se posicion&oacute; en el lado leg&iacute;timo de la historia, y esta vez no iba a ser menos. No nos sorprende su discurso. Lo que nos sorprende no es otra cosa que la falta de sensibilidad de los mal llamados patriotas venezolanos celebrando un bombardeo a su propio pa&iacute;s. Me recuerda a nuestros patriotas, los mismos que ensalzan la figura de Franco quien, como sabemos, se carg&oacute; Espa&ntilde;a con ayuda de los italianos, los alemanes y los moros. Pero qu&eacute; se puede pedir cuando la premio Nobel de la Paz pide la intervenci&oacute;n de los gringos en su propio pa&iacute;s, llamando al diablo del terrorismo imperialista. Como dir&iacute;a Eduardo Galeano, el plomo flota y el corcho se hunde.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La imagen de Maduro, secuestrado y con los ojos cubiertos le ha servido a Donald Trump para lanzar su propaganda de escarnio; una burla que se ha convertido en vileza ejemplarizante igual a aquellas otras que dieron la vuelta al mundo desde la prisi&oacute;n de Abu Ghraib, en Irak, donde aparec&iacute;an cuerpos cubiertos de heces, encapuchados y conectados a la corriente el&eacute;ctrica, amontonados unos encima de otros, desnudos y humillados, llevados a rastras con collares de perro, como si hubiese un placer est&eacute;tico, una morbosidad escondida en alg&uacute;n rinc&oacute;n de la mente de sus verdugos. La imagen de Maduro con los ojos tapados y esposas en las mu&ntilde;ecas mientras sostiene un botell&iacute;n de agua sirve de mofa al mundo. Ese es el mensaje. Tras la agresi&oacute;n que sufri&oacute; el pueblo venezolano, el historiador de arte Manu Mart&iacute;n desarrollaba el asunto en un hilo, sin desperdicio, de la red social X.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El capital manda sobre el tablero de un juego sucio donde el petr&oacute;leo tizna las manos del croupier. Donald Trump, que es el gerente del casino, ha decidido convertir Venezuela en un manicomio. Aunque el peso del mundo tire hacia el otro lado del mapa y Occidente manifieste&nbsp;su estado terminal, Venezuela ha sido la v&iacute;ctima expiatoria de un pecado que es sin&oacute;nimo de crisis econ&oacute;mica. De eso no hay duda. La imagen del disco <em>&nbsp;Wish You Were Here de Pink Floyd</em> nos ilustra acerca de ello.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aparecen dos hombres de negocios que se estrechan la mano en plena calle; uno de ellos arde llamas. Es una se&ntilde;al. Porque&nbsp;la cortes&iacute;a aparente no puede ocultar qui&eacute;n de ellos ha salido perdiendo. Es lo que tiene tratar con capitalistas, que al final acabas quemado como el cielo de Caracas. Pero los patriotas que celebran la &ldquo;liberaci&oacute;n&rdquo; de su pa&iacute;s no lo perciben, ciegos por el salpic&oacute;n de petr&oacute;leo robado. Cuando se quieran dar cuenta ser&aacute;n las siguientes v&iacute;ctimas. Y llegar&aacute; un momento en el que el c&aacute;lculo de sus beneficios&nbsp;pasar&aacute; a ser el tacto fr&iacute;o de la limosna en la mano.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/venezuela-patriotas-macarras_129_12895884.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 09 Jan 2026 21:11:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Venezuela, patriotas y macarras]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El alma secreta del Johnny]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/alma-secreta-johnny_129_12871870.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/00207326-1846-4688-b64e-e76a43d15f18_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x917y791.jpg" width="1200" height="675" alt="El alma secreta del Johnny"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Chet Baker tenía prisa por fijarse un pico que le devolviera la calma. Lo recuerdo bien. Fue en un portal detrás de Gran Vía; unos billetes cobrados por adelantado y unas escaleras que descendían al infierno</p></div><p class="article-text">
        La muerte se encarg&oacute; de darme la noticia con una necrol&oacute;gica. Se llamaba Alejandro Reyes y en los &uacute;ltimos tiempos nos comunic&aacute;bamos por aqu&iacute;, por los Interneles. A &eacute;l le debo veladas musicales cuyo recuerdo me acompa&ntilde;ar&aacute; para los restos. Como molde, sirva la noche que Chet Baker lleg&oacute; al concierto tiritando, con la sonrisa descolgada y los picores en los tobillos que se gastan los yonquis cuando les falta. Por motivos que ahora no vienen al caso, me vi en un taxi con el trompetista americano, rumbo a una de esas calles donde las mujeres p&aacute;lidas fuman hero&iacute;na en papel de plata.
    </p><p class="article-text">
        Chet Baker ten&iacute;a prisa por fijarse un pico que le devolviera la calma. Lo recuerdo bien. Fue en un portal detr&aacute;s de Gran V&iacute;a; unos billetes cobrados por adelantado y unas escaleras que descend&iacute;an al infierno. Durante aquellos a&ntilde;os me mov&iacute;a por los peores lugares de Madrid, entre hombres y mujeres para los que la vida val&iacute;a lo mismo que cargase tu bolsillo. &ldquo;Salvaste el concierto&rdquo;, me dijo Alejandro Reyes cuando me vio aparecer en camerinos con Chet Baker a punto ya para subirse a escena. Yo poco o nada hice, esa es la verdad. En todo caso, fue la perversidad de la hero&iacute;na cuando se presenta bien cortada. Lo dem&aacute;s se lo pueden imaginar ustedes, aunque la realidad nunca soporte la imaginaci&oacute;n entera cuando se trata de Chet Baker en el Colegio Mayor San Juan Evangelista, <em>el Johnny</em>, como se conoc&iacute;a entre la afici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Fue un 11 de marzo de 1988. Chet Baker vino acompa&ntilde;ado por Marc Johnson y Philip Catherine, contrabajo y guitarra. Para qu&eacute; m&aacute;s, si cuando Chet se arrancaba a cantar y perd&iacute;a la mirada en el brillo de su trompeta, lo hac&iacute;a sobreponi&eacute;ndose a los remordimientos que asaltaban su maltrecha memoria, siempre enredada en caminos oscuros, ah&iacute;&nbsp;donde el silencio se pacta por adelantado. La interpretaci&oacute;n que se marc&oacute; de <em>My Funny Valentine</em> me acompa&ntilde;ar&aacute; siempre. As&iacute; fue c&oacute;mo conoc&iacute; a Chet Baker, camino de la muerte, en uno de sus &uacute;ltimos conciertos antes de acabar tirado en un charco de sangre a la luz p&aacute;lida de la noche de &Aacute;msterdam. Por ese concierto, y por los que vinieron despu&eacute;s, le debo la vida a Alejandro Reyes; eso sin olvidarme del concierto con el que arranc&oacute; todo para m&iacute; con el grupo Gwendal y su grabaci&oacute;n legendaria en <em>el Johnny</em>; m&uacute;sica de campi&ntilde;a y porros. Recuerdo la cola que daba la vuelta; tambi&eacute;n las melenas, las barbas y el humo de <em>jach&iacute;s</em> que conten&iacute;a toda una escena de &eacute;poca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me atrevo a imaginar un universo paralelo donde caben todos los conciertos que viv&iacute; en <em>el Johnny</em> con Alejandro Reyes en su butaca, donde la columna, fum&aacute;ndose un veguero, saboreando la sencillez de las cosas bien hechas; siempre en deuda con una vida que lo acaba de dejar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/alma-secreta-johnny_129_12871870.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Dec 2025 20:26:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El alma secreta del Johnny]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Música,Jazz]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Hola, mamoncete!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/hola-mamoncete_129_12837969.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b180bc09-2d47-465f-8208-fb83b4831b01_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Hola, mamoncete!"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Eran tiempos salvajes, como cantaba Jorge Martínez; un tipo que entregó su vida al rock a sabiendas de que todo tiene un precio, a sabiendas de que, aquí, no es gratis ni la muerte que le ha costado la vida</p></div><p class="article-text">
        El transistor siempre se encend&iacute;a temprano. Era lo primero que hac&iacute;a mi madre cuando se levantaba. Luego, ven&iacute;a la cafetera, el ruido de los platos y de las tazas del desayuno, el traj&iacute;n de todas las ma&ntilde;anas; pero lo primero de todo era el transistor con las noticias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo aquel d&iacute;a en especial, pues el transistor estuvo repitiendo la canci&oacute;n una y otra vez, como un mal presagio. La hab&iacute;a sacado un par de meses antes, y yo la escuchaba desde la cama. Cuando lleg&oacute; la hora de levantarse, mi madre vino con la noticia: John Lennon hab&iacute;a sido asesinado. La d&eacute;cada de los ochenta empez&oacute; aquel d&iacute;a, o la noche antes en Manhattan, en el mismo momento en que un miserable se acerc&oacute; a Lennon con un rev&oacute;lver. Fueron cinco los disparos, cinco detonaciones que dieron la se&ntilde;al de salida; una carrera sin fondo que anticip&oacute; todo lo que se nos iba a venir encima.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque, a partir de ese momento, a partir de aquel instante en el que Lennon cay&oacute; en el portal del edificio Dakota, las cosas se empezaron a poner duras. Fueron tiempos nuevos, tiempos salvajes los que recorrieron occidente con Ronald Reagan y Margaret Thatcher favoreciendo la mano invisible que regula el mercado, tiempos oscuros en los que Juan Pablo II bendec&iacute;a los acuerdos conyugales de la pareja de mandatarios. Fueron tiempos de derrota. Sin llegar m&aacute;s lejos, en Espa&ntilde;a no tardar&iacute;a la reconversi&oacute;n industrial; por decreto ley una montonera de familias se quedar&iacute;an sin pan, a la espera de la caridad de un gobierno que empezaba a jugar sucio desde el primer d&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El transistor, sobre la nevera, segu&iacute;a dando las noticias y el olor a p&oacute;lvora que desprend&iacute;an se mezclaba con el caf&eacute; del desayuno. Tiempos nuevos, tiempos salvajes, cantaba un grupo asturiano cuyo primer disco tra&iacute;a en la portada a un hombre con una pistola en la sien, un retrato coloreado que firmaba Ouka Leele.&nbsp;El grupo se hac&iacute;a llamar Ilegales y, con ese nombre, se dieron a conocer por todo un pa&iacute;s que luchaba contra sus propios monstruos; un bestiario heredado del franquismo cuya banda sonora ven&iacute;a plagada de referencias y tributos a tan subyugante r&eacute;gimen. Alaska y los Pegamoides se dejaban fotografiar en el cementerio de la Almudena junto a la tumba de varios aviadores de la&nbsp;Legi&oacute;n C&oacute;ndor, como si tal cosa. Gabinete Caligari salieron a escena, en el Rock-Ola, anunci&aacute;ndose a s&iacute; mismos como fascistas. Los Motorhead llegaron a Madrid con su avi&oacute;n y sus esv&aacute;sticas nazis, y el grupo asturiano de la portada de Ouka Leele cantaba<em> Heil Hitler!</em>
    </p><p class="article-text">
        El flirteo con el fascismo era evidente, y aqu&iacute; no vale decir que era provocaci&oacute;n o que era no s&eacute; qu&eacute; o no s&eacute; cu&aacute;ntos de esv&aacute;sticas como s&iacute;mbolo hind&uacute;. Porque, cuando algo pasa a formar parte del museo de los horrores, sacarlo de ah&iacute; no deja de ser un horror. No nos enga&ntilde;emos a estas alturas de la noche. Por favor. La herencia gen&eacute;tica del fascismo se manifestaba en la pobreza de la expresi&oacute;n cultural de la &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        Con todo, si hab&iacute;a <em>algo</em> que diferenciaba a Ilegales de los dem&aacute;s grupos, ese <em>algo</em> era su sonido, afinado y limpio, con un toque de guitarra nada previsible en sus punteos. Eran diferentes. Una banda de rock que no ten&iacute;a nada que envidiar a cualquiera de las bandas extranjeras que se sub&iacute;an al escenario del Rock-Ola para ser ba&ntilde;adas en gargajos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Eran tiempos salvajes, como cantaba Jorge Mart&iacute;nez; un tipo que entreg&oacute; su vida al rock a sabiendas de que todo tiene un precio, a sabiendas de que, aqu&iacute;, no es gratis ni la muerte que le ha costado la vida.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/hola-mamoncete_129_12837969.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Dec 2025 20:33:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¡Hola, mamoncete!]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tu parte del pastel]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/parte-pastel_129_12805259.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fb310987-9c8c-4f94-ae2e-0076a0e10c27_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tu parte del pastel"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La primera vez que escuché a Jimmy Cliff fue en un garito del barrio chino de Alicante. La luna flotaba en el cielo y el disco The Harder They Come traía toda la ternura de lo sencillo, el aliento de una música que se deja tocar apurando la colilla con la punta de los dedos</p></div><p class="article-text">
        La primera vez que escuch&eacute; a Jimmy Cliff fue en un garito del barrio chino de Alicante. La luna flotaba en el cielo y el disco <em>The Harder They Come</em> tra&iacute;a toda la ternura de lo sencillo,&nbsp;el aliento de una m&uacute;sica que se deja tocar apurando la colilla con la punta de los dedos. Porque el reggae es la m&uacute;sica que mejor le sienta a la marihuana. Adem&aacute;s, est&aacute; hecha para re&iacute;rse de la muerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo lo dej&eacute; hace a&ntilde;os, pero entonces med&iacute;a mi tiempo por los canutos que ca&iacute;an entre una cosa y la siguiente. Fumaba m&aacute;s que ment&iacute;a, y ment&iacute;a lo suficiente como para dedicarme al oficio m&aacute;s antiguo del mundo: el de contar historias. Luego, tuve ocasi&oacute;n de ver la peli de Jimmy Cliff, lo recuerdo bien; la pusieron en el Covadonga, el cine aqu&eacute;l que quedaba por donde la f&aacute;brica de Danone y que todo el mundo conoc&iacute;a como el Covacha.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fue en una sesi&oacute;n cargadita de litronas y envuelta en el meloso aroma del jach&iacute;s dominguero. El sabor de la resaca me arrastraba hasta Kingston acompa&ntilde;ando a Jimmy Cliff, un muchacho al que la vida golpea con enga&ntilde;os. Tal vez, con esa pel&iacute;cula aprend&iacute; que aunque uno decida escribir a blanco y negro, siempre tiene que estar abierto a dejarse salpicar por el color. La pel&iacute;cula <em>The Harder They Come</em>, que aqu&iacute; se titul&oacute; <em>Caiga quien Caiga,</em> llevaba y tra&iacute;a todo el sol del ritmo africano cuando llega a una tierra esclava y evoluciona, junt&aacute;ndose con otras m&uacute;sicas como el calipso y el rhythm and blues, dando lugar al ska, un estilo de m&uacute;sica festero que vino a ser vampirizado por los hijos de la Gran Breta&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Grupos como Madness o Joe Jackson -en su primer disco- randaron los ritmos de la negritud para alcanzar las listas de &eacute;xito en la Inglaterra de la nueva ola. El ska se convirti&oacute; en una moda cuyo valor de cambio super&oacute; al valor de uso en los escaparates de Carnaby Street. Estamos hablando de finales de los setenta, cuando Sid Vicious era un cad&aacute;ver andante que se dirig&iacute;a al hotel Chelsea armado con un cuchillo. La contracultura tambi&eacute;n puede ser un negocio. Y en esas andaba el mundo mientras yo bailaba en un garito del barrio chino de Alicante, siguiendo los pasos de un ritmo que se dejaba fumar. La luna se mostraba fecunda, y Marx, Engels, Bakunin y Proudhon me estaban esperando a la vuelta del calendario. Pero, hasta ese momento, yo entregaba mi conciencia cr&iacute;tica a una m&uacute;sica que sab&iacute;a rico, que sab&iacute;a a yerba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por lo dem&aacute;s, Sid Vicious acab&oacute; apu&ntilde;alando a Nancy Spungen -su novia rubia- en la ba&ntilde;era de una habitaci&oacute;n del hotel Chelsea. Y Jimmy Cliff sigui&oacute; cantando hasta el otro d&iacute;a, que nos dej&oacute; para siempre. Ahora andar&aacute; comi&eacute;ndose el pastel de marihuana que lo esperaba en el cielo, disfrut&aacute;ndolo con el gusto del que sabe que a la muerte le quedan los d&iacute;as contados.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/parte-pastel_129_12805259.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Nov 2025 20:54:03 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Palabras de lengua negra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/palabras-lengua-negra_129_12768233.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f4badfbd-6f3e-4d86-829e-38eb2169098b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Palabras de lengua negra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De aquel tiempo desatado en moteles y cantinas, Charles Mingus sacó Tijuana Moods, un disco donde se baila al son de la frontera; un disco que contiene lo mejor y lo peor de la negrura cuando nace de dentro</p></div><p class="article-text">
        Tras un desenga&ntilde;o amoroso, Charles Mingus puso rumbo a Tijuana. Necesitaba fuego para encender sus alas y buenos tragos de mezcal; la salvaje compa&ntilde;&iacute;a de una guitarra mariachi y esa mezcla de violencia y ternura que s&oacute;lo se da a ciertas horas, cuando el cielo va tomando el color de la leche sucia y los gusanos esperan para volver al fondo de las botellas. De aquel tiempo desatado en moteles y cantinas, Charles Mingus sac&oacute; <em>Tijuana Moods</em>, un disco donde se baila al son de la frontera; un disco que contiene lo mejor y lo peor de la negrura cuando nace de dentro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El olor agrio de su vomitona alcanz&oacute; el cementerio de Tijuana.&nbsp;Ya se sabe que lo que cuesta olvidar est&aacute; en relaci&oacute;n directa con el castigo que puede aguantar un h&iacute;gado. Si uno sobrevive al licor de la inspiraci&oacute;n, el resultado art&iacute;stico puede ser monumental. Tal vez, por eso mismo, uno busca inconscientemente que las mujeres lo abandonen, que lo dejen hecho unos zorros, como se dice vulgarmente, que no s&eacute; bien de d&oacute;nde sale la expresi&oacute;n -ni lo voy a mirar ahora-&nbsp;pero que resulta muy apropiada para estos casos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay veces que uno intenta escribir siguiendo el mismo comp&aacute;s del disco de Mingus, estirando los l&iacute;mites del lenguaje hasta cubrir los agujeros de gusano que dejan las botellas cuando se vac&iacute;an. Pero hay cosas imposibles, tanto como ser carne y pescado a la vez cuando uno est&aacute; flaco como un list&oacute;n. Y pongo por caso el libro de Carlos Vel&aacute;zquez, mexicano que retuerce nuestro lenguaje al ritmo de las balas que acabaron con el hombre-lobo; se titula <em>La biblia Vaquera </em>(Sexto Piso) y sigue la estela de Charles Mingus en Tijuana, y la de Ornette Coleman en Interzona. Toda una declaraci&oacute;n de principios desde su arranque, con Don Cherry sacando sonidos a una trompeta de pl&aacute;stico, de las que venden en los quioscos de chuches.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; se abre <em>&nbsp;La Biblia Vaquera</em>, un arrebato que va a dar paso a los <em>disyoqueis</em> que combaten sobre el cuadril&aacute;tero de lucha libre, empachados despu&eacute;s de jalarse los discos sencillos, no s&eacute; ya si de Mecano o de Depeche Mode, pues Carlos Vel&aacute;zquez marca su ritmo igual que si fuese un James Joyce fronterizo, un Ulises Tex Mex que vende su esposa al Diablo a cambio de la inmortalidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si Lester Bowie levantase la cabeza y leyese esta locura, te har&iacute;a un disco en Tijuana soplando botellas de mezcal destilado en el sobaco de&nbsp;William Burroughs. Un pasote. Es la tradici&oacute;n oral llevada a los &uacute;ltimos fuegos; llamas que consiguen quemarte las alas y maldecir a Dios con la lengua negra de un predicador callejero que escupe al cielo su tropiezo. Porque la culpa siempre es de los pies que nos arrastran, nunca del calzado y menos a&uacute;n de los calcetines, aunque piquen m&aacute;s de la cuenta.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/palabras-lengua-negra_129_12768233.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Nov 2025 21:33:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Palabras de lengua negra]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un piño menos en la boca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/pino-boca_129_12731366.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b5ff00db-de6d-4fcb-905f-66a46341808e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un piño menos en la boca"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Además de ser mi amigo, Iñaki es antropólogo y macarrólogo de oficio. Se dio a conocer con su ensayo Macarras interseculares (Melusina), un estudio sociológico acerca de los macarras madrileños a través de los tiempos, y que acaba de ser llevado a la novela gráfica</p></div><p class="article-text">
        Cuando la vida imita al arte por su lado m&aacute;s salvaje, puedes volver a casa con un pi&ntilde;o menos en la boca. Y eso mismo fue lo que pas&oacute; cuando el proceso hist&oacute;rico cambi&oacute; de rumbo y la violencia contenida del franquismo sali&oacute; al escape. El disparo de salida de nuestra cutre vida art&iacute;stica se puede fechar con la visita de Eisenhower; un 21 de diciembre de 1959. A partir de aqu&iacute;, bien puede decirse que termin&oacute; la posguerra de manera oficial y cambi&oacute; el rumbo de nuestra s&oacute;rdida historia.
    </p><p class="article-text">
        De esta manera, Espa&ntilde;a se convirti&oacute; en una sucursal m&aacute;s del imperio yanqui con Franco como vig&iacute;a de Occidente y defensor a ultranza de nuestra civilizaci&oacute;n frente al comunismo. &iexcl;Toma ya, colega! Nos sacaron del fuego para meternos en las brasas. La cosa se ven&iacute;a gestando desde tiempo antes, cuando en 1953, con los llamados Pactos de Madrid, se acord&oacute; la instalaci&oacute;n de una serie de bases militares americanas a cambio de ayuda econ&oacute;mica. Con ello, Espa&ntilde;a inaugurar&iacute;a una nueva fase conocida como &ldquo;&eacute;poca del desarrollismo&rdquo;. Esto traer&iacute;a unos efectos y unas consecuencias sociales indiscutibles en la juventud de entonces, tomando el rock&acute;n roll como banda sonora de la rebeld&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La primera pel&iacute;cula que vino a ser imitada por la vida fue <em>West Side Story</em>, un musical shakesperiano, revisi&oacute;n del mito de <em>Romeo y Julieta </em>con pandilleros que bailan y ri&ntilde;en y se enamoran. De su paso por los cines de Madrid&nbsp;nacieron una montonera de pandillas con nombres tan sonoros como &ldquo;Los L&aacute;tigos&rdquo; de Carabanchel, &ldquo;Los Gatos Negros&rdquo; de San Blas o &ldquo;Los Ojos Negros&rdquo; de Legazpi, esta &uacute;ltima se convertir&iacute;a en una pandilla muy particular, pues, entre sus miembros, se dejaba ver el boxeador Dum Dum Pacheco quien cuenta su experiencia vital a I&ntilde;aki Dom&iacute;nguez, del que ya he hablado en alguna que otra ocasi&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de ser mi amigo, I&ntilde;aki es antrop&oacute;logo y macarr&oacute;logo de oficio. Se dio a conocer con su ensayo <em>Macarras interseculares </em>(Melusina), un estudio sociol&oacute;gico acerca de los macarras madrile&ntilde;os a trav&eacute;s de los tiempos, y que acaba de ser llevado a la novela gr&aacute;fica. Con esto, vi&ntilde;eta a vi&ntilde;eta, la dibujante Marina Cochet va present&aacute;ndonos el Madrid de entonces, desde los a&ntilde;os sesenta hasta las Barranquillas con sus fogatas y su gitana vendiendo droga en la chabola. Entre medias salen los iran&iacute;es, y aqu&iacute; nos vamos a parar pues la historia merece un aparte.
    </p><p class="article-text">
        Fue con la llegada de la Revoluci&oacute;n isl&aacute;mica de los ayatolas, en 1979, cuando la poblaci&oacute;n iran&iacute; sufre un &eacute;xodo que alcanza Europa. Sirvi&eacute;ndose de tapaderas legales, los reci&eacute;n llegados trafican con hero&iacute;na de pureza superior a la que se ven&iacute;a acostumbrando a la &eacute;lite, esa peque&ntilde;a minor&iacute;a de adictos que, por aquel entonces, la consum&iacute;an. Espa&ntilde;a no iba a ser menos y en Madrid, concretamente en el barrio de Malasa&ntilde;a, se dan las primeras trifulcas entre bandas de traficantes; camellos aut&oacute;ctonos e iran&iacute;es. El resultado es sangriento, con cad&aacute;veres en las aceras y otras historias por el estilo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Destaca la historia del Charlie, un adicto que decide en pleno s&iacute;ndrome de abstinencia dar el palo -un vuelco- al proveedor de los iran&iacute;es. La cosa termina mal para el colega, apu&ntilde;alado una docena de veces. En el hospital, el m&eacute;dico que atendi&oacute; al Charlie dijo que lo que le salv&oacute; la vida fueron las ganas de vivir, es decir, &ldquo;el tremendo mono de hero&iacute;na&rdquo; o lo que es lo mismo, las ganas de ponerse un pico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estas y otras historietas crudas las acaba de publicar Astiberri, respetando el t&iacute;tulo y portada de la primera edici&oacute;n de <em>Macarras interseculares,</em> donde sale Dum Dum sentado sobre su buga de entonces, lanzando el pu&ntilde;o ensortijado a c&aacute;mara. Macarreo del fino para este nuevo formato de un cl&aacute;sico de la sociolog&iacute;a urbana. Cosa guapa para leer mientras te sirven una ca&ntilde;a de cerveza con su boquer&oacute;n en vinagre y su papa frita.&nbsp;Todo muy madriles.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/pino-boca_129_12731366.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 31 Oct 2025 21:02:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un piño menos en la boca]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El más pringao de la fiesta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/pringao-fiesta_129_12690034.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8e14fb02-98cf-434a-a1f9-d54ccc69017c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El más pringao de la fiesta"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada vez que bailaba pegado a una chica lo hacía con torpeza, siempre más pendiente de no pisarla que de lo otro. Por eso, hace unos días, cuando me enteré de la muerte de John Lodge, el de los Moody Blues, me vino al recuerdo mi torpedad; aquella época de cuando hacíamos los guateques en una casa abandonada</p></div><p class="article-text">
        Yo era un desastre, lo confieso. Cada vez que bailaba pegado a una chica lo hac&iacute;a con torpeza, siempre m&aacute;s pendiente de no pisarla que de lo otro. Por eso, hace unos d&iacute;as, cuando me enter&eacute; de la muerte de John Lodge, el de los Moody Blues, me vino al recuerdo mi torpedad; aquella &eacute;poca de cuando hac&iacute;amos los guateques en una casa abandonada. Era a finales de los 70, por el barrio de Tetu&aacute;n, en un Madrid que ya no existe.
    </p><p class="article-text">
        Entonces se llevaban las botas camperas y los ponchos; las faldas largas y los pantalones de campana. Barbas y tabaco negro se alternaban con consignas de tiempos pasados; palabras como &ldquo;autogesti&oacute;n&rdquo; y &ldquo;asamblea&rdquo; iban de boca en boca, entre el humo del Ducados y las citas clandestinas. Pero todo esto todav&iacute;a me quedaba muy lejos. Eran cosas de los m&aacute;s mayores, de la generaci&oacute;n que me preced&iacute;a y que terminar&iacute;a cambiando aquellas consignas por los banderines del campo de golf. La tierra es para quien la trabaja, y la cajetilla de Ducados para los que se rascan el bolsillo. Espa&ntilde;a se convirti&oacute; en un pa&iacute;s donde hacer dinero era m&aacute;s f&aacute;cil que comer con hambre, y quien no lo tuviese era un <em>matao</em>. Discurso racista donde los haya.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El tiempo del cambio lleg&oacute; con la entrada en la OTAN; para que haya paz hay que estar armado, dec&iacute;an los muy hip&oacute;critas, justificando as&iacute; el ingreso en una organizaci&oacute;n que va dejando su rastro de sangre ah&iacute; por donde interviene. Pero me estoy saliendo de tema. Ven&iacute;a a decir que hace unos d&iacute;as nos dej&oacute; John Lodge, del grupo Moody Blues, cuya canci&oacute;n <em>Nights in White Satin </em>daba la se&ntilde;al de salida para que las parejas bailasen muy juntitas en los guateques.
    </p><p class="article-text">
        Eran tiempos en los que el pincha-discos era el menos favorecido de toda la fiesta; nadie quer&iacute;a desempe&ntilde;ar tan ingrato trabajo, pues nunca pillaba cacho. Hoy las cosas han cambiado tanto que el pincha-discos es el rey de la fiesta, el puesto m&aacute;s codiciado y la figura mejor pagada de todo el recinto. Ahora se le llama disc-jockey (dj) y una sesi&oacute;n de un dj se cotiza al alza en la noche can&iacute;bal. La econom&iacute;a casino es lo que tiene, que lo que hoy se pudre como basura, ma&ntilde;ana incrementa su valor. Son las fluctuaciones del mercado, que llaman los entendidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me vienen a la memoria estas cosas, cuando sal&iacute;a a bailar con alguna chica y mis ojos nunca se posaban en los de ella, sino en sus zapatos que siempre acababan pisoteados. Por eso, un buen d&iacute;a decid&iacute; ser el pincha-discos, el m&aacute;s <em>pringao</em> de la fiesta, el que pon&iacute;a la m&uacute;sica cuando tal encargo no estaba cotizado. Y con esto vuelvo a recordar la portada psicod&eacute;lica de aquel disco de los Moody Blues que yo pinchaba en el momento m&aacute;s oportuno, cuando las parejas se convert&iacute;an en una sombra del rinc&oacute;n m&aacute;s oscuro.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/pringao-fiesta_129_12690034.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Oct 2025 20:24:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El más pringao de la fiesta]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[A cañón tocante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/canon-tocante_129_12655353.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fd8a185b-ce9d-42b6-8768-bae99e22d8fe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="A cañón tocante"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Mossad asesinó por error a Ahmed Bouchiki, confundiéndolo con uno de los participantes de la masacre de Munich. Porque Ahmed era un argelino que currelaba en Lillehammer, Noruega, y que se movía por Europa con su hermano, el artista Jalloul Bouchikhi, más conocido como Chico, de los “Gipsy Kings”</p></div><p class="article-text">
        Recuerdo que desplegu&eacute; el p&oacute;ster sobre la cama, a la espera de que llegase mi padre para colgarlo en la pared. Lo hab&iacute;a conseguido abajo, en la tienda de ultramarinos, y en &eacute;l aparec&iacute;an unas vacas con su pastor vestido a la manera tirolesa. Luego hab&iacute;a carreteras, casas de pueblo y camiones que sal&iacute;an y entraban de la f&aacute;brica del Colacao. Tambi&eacute;n, si mal no recuerdo, hab&iacute;a estadios ol&iacute;mpicos donde yo iba pegando los cromos, s&iacute;mbolos de los distintos deportes de los Juegos Ol&iacute;mpicos de Munich 72.
    </p><p class="article-text">
        Hay veces que los recuerdos emergen, despu&eacute;s de haber pasado tiempo bajo los escombros del olvido; y sin previo aviso&nbsp;nos traen un murmullo lejano, a veces traen una sola voz y otras vienen con m&uacute;sica, en este caso de rumba gabacha, pegadiza y seductora como lo son las noches de Marsella cuando el verano se hace carne. Pero yo todav&iacute;a era un micurria pendiente del &aacute;lbum clavado a la pared, beb&iacute;a Colacao y segu&iacute;a por la tele los Juegos Ol&iacute;mpicos de Munich.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras completaba el &aacute;lbum, los cad&aacute;veres de aquellas olimpiadas se cruzaron en nombre de la ira de un dios hecho a imagen y semejanza de las alima&ntilde;as. El nadador Mark Spitz gan&oacute; no s&eacute; cu&aacute;ntas medallas y once atletas israel&iacute;es fueron presentados boca arriba, como una mercanc&iacute;a de sangre que salpic&oacute; la memoria de Europa.&nbsp;Pero yo todav&iacute;a era un chinorri, ya digo, demasiado cr&iacute;o para saber de estas y de otras cosas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La venganza nunca nos hace m&aacute;s fuertes y, por si fuera poco, la debilidad se impone cuando tenemos el acierto de equivocarnos de diana. Y eso fue lo que ocurri&oacute; cuando el Mossad asesin&oacute; por error a Ahmed Bouchiki, confundi&eacute;ndolo con uno de los participantes de la masacre de Munich. Porque Ahmed era un Argelino que currelaba en Lillehammer, Noruega, y que se mov&iacute;a por Europa con su hermano, el artista Jalloul Bouchikhi, m&aacute;s conocido como Chico, de los&nbsp;&ldquo;Gipsy Kings&rdquo;, el grupo rumbero que tanto son&oacute; durante otras olimpiadas, veinte a&ntilde;os despu&eacute;s de las de Munich, cuando la mentira de una flecha de fuego nos hizo creer que hab&iacute;a acertado de lleno en un pebetero encendido tiempo antes. Una maniobra televisiva, un simulacro que inaugur&oacute; la&nbsp;modernidad en Espa&ntilde;a desde el Estadio Ol&iacute;mpico de Montju&iuml;c el 25 de julio de 1992. Ese d&iacute;a aprendimos que la mentira, si es prestigiosa, se convierte en verdad certera. Pero me estoy saliendo del tema.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Iba diciendo que Ahmed Bouchiki y su mujer llegaban a su casa despu&eacute;s de haber estado en el cine la noche del 21 de julio de 1973.&nbsp;En el portal&nbsp;de la vivienda hab&iacute;a dos agentes del Mossad mientras otros dos esperaban&nbsp;dentro de un coche con el motor en marcha. Lo que ocurri&oacute; despu&eacute;s vino muy r&aacute;pido. Fueron doce disparos a ca&ntilde;&oacute;n tocante. Sin tiempo que perder, los asesinos salieron de estampida, quemando rueda. Ni tan siquiera tuvieron el detalle de cerrarle los ojos al bueno de Ahmed, que muri&oacute; en el acto.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/canon-tocante_129_12655353.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Oct 2025 20:44:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[A cañón tocante]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que esconde Linda Ronstadt]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/esconde-linda-ronstadt_129_12616938.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2eaf9cb7-ca70-4906-a6c8-a0bead220008_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que esconde Linda Ronstadt"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El  futuro era un tiempo verbal que se escondía entre los surcos de aquel disco de Linda Ronstadt, con mariachis, jarochos y huapangos; tequila licor de gusano y los latidos de un corazón roto bajo la lluvia</p></div><p class="article-text">
        Siento atracci&oacute;n hacia la literatura popular, la del quiosco de toda la vida. Aprend&iacute; a leer con las novelas del Oeste que firmaban tipos de la talla de Silver Kane, Edward Goodman o don Marcial Lafuente. Con ellos fui descubriendo el mundo, un espacio forrado como un ata&uacute;d donde no hab&iacute;a tiempo para leer frases largas; tampoco para beber algo m&aacute;s flojo que un g&uuml;isqui a palo seco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando consegu&iacute; acabar con los licores del mueble bar del sal&oacute;n, y antes de que mi padre echara en falta algunas botellas, apareci&oacute; Stephen King a rescatarme; y con &eacute;l sigo hasta el d&iacute;a de hoy. Su manera de contar -embauc&aacute;ndome en cada historia como si se me fuese la vida en ella- debe su inspiraci&oacute;n a los c&oacute;mics de terror norteamericano, a la literatura pulposa y al conde Dr&aacute;cula, novelita con la que a Bram Stoker le salieron los dientes. Pero tambi&eacute;n est&aacute;n&nbsp;Hammett y Chandler, sus di&aacute;logos secos como el Martini seco; frases que raspan la garganta igual a un licor &aacute;spero, mal destilado, pero con la suficiente graduaci&oacute;n como para tumbarte sobre la barra de la taberna de la esquina, ah&iacute; donde los marineros juegan a los dados y escupen su suerte al serr&iacute;n del suelo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo &uacute;ltimo que he le&iacute;do de Stephen King se titula <em>Rita Hayworth y la redenci&oacute;n de Shawshank, </em>una novela corta&nbsp;que aparece junto a otras en una colecci&oacute;n titulada <em>Las cuatro estaciones</em> (Debolsillo), y que me ha devuelto el gusto por la literatura popular; la que te lleva a devorar un libro m&aacute;s que a leerlo, como si me hubiese convertido en un can&iacute;bal insaciable ante la carne poco hecha de las historias de King. En este caso, la crudeza de su narrativa nos traslada hasta un presidio, una c&aacute;rcel donde uno de los presos tiene un p&oacute;ster de Linda Ronstadt en la pared de su chabolo. Para quien no lo sepa, Linda Ronstadt es una cantante fronteriza que igual se marcaba un rockata que le cantaba a&nbsp;los vaivenes de un toro mec&aacute;nico. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con su aparici&oacute;n en la novela de Stephen King he vuelto a recordar la m&uacute;sica que me acompa&ntilde;&oacute; durante uno de mis fracasos sentimentales, cuando mi mujer de entonces se larg&oacute; una ma&ntilde;ana de lluvia tras los pasos de otro hombre, un viejo p&aacute;lido y con el ri&ntilde;&oacute;n cubierto que le hizo sitio bajo su paraguas. Pero dej&eacute;mosla ahora y volvamos con la Ronstadt, una chica de Arizona que creci&oacute; entre rancheras&nbsp;mexicanas y que, llegado el momento, se marc&oacute;&nbsp;un disco de mariachis que yo he desempolvado en estos d&iacute;as, gracias al relato de&nbsp;Stephen King. El disco se titula <em>Canciones de mi padre</em> y yo lo escuchaba borracho, desafinando con mi voz por encima de la de la Ronstadt. Porque quer&iacute;a morir cantando como mueren las cigarras.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora, todo aquello qued&oacute; atr&aacute;s, pero entonces ninguna de las cosas que me suced&iacute;an ten&iacute;a futuro, todo era presente y el pasado quedaba tan cerca que todav&iacute;a se pod&iacute;a remediar.&nbsp;Por decirlo de alguna manera, el &nbsp;futuro era un tiempo verbal que se escond&iacute;a entre los surcos de aquel disco de Linda Ronstadt, con mariachis,&nbsp;jarochos y huapangos; tequila licor de gusano y los latidos de un coraz&oacute;n roto bajo la lluvia. Tard&eacute; en darme cuenta de que nada es eterno, y que todo paraguas se cierra con la salida del sol.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/esconde-linda-ronstadt_129_12616938.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Sep 2025 21:03:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo que esconde Linda Ronstadt]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Diego Manrique bajo la lluvia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/diego-manrique-lluvia_129_12581117.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0b64071e-1ebd-49c4-84c5-dc8df4ce8de7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diego Manrique bajo la lluvia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La elegancia del Manrique era algo que nunca asimilaron las radiofórmulas, su galanura es sello propio; una manera de respirar que el Manrique traslada al papel en cada una de sus crónicas, las mismas que ahora nos llegan recopiladas por la editorial Efe Eme bajo el título El mejor oficio del mundo</p></div><p class="article-text">
        Siempre tuve la certeza de que nunca llegar&iacute;a a ser algo en la vida; me refiero a alcanzar ese estatus que diferencia a las personas de clase privilegiada de las que no lo son, entre las que me incluyo. Por ejemplo, cuando todo el mundo a mi alrededor escuchaba <em>Los 40 Principales</em>, yo me lo hac&iacute;a con el Manrique;&nbsp;sintonizaba Radio Nacional y ah&iacute; aparec&iacute;a, siempre con su adjetivo preciso a la hora de presentar los discos. <em>Solo para ellas y El Ambig&uacute; -</em>de<em> </em>igual nombre que el bareto que llevaba con los Ronaldos- eran programas que hoy forman parte de mi memoria sentimental.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces no hab&iacute;a Google ni zarandajas cibern&eacute;ticas, nuestros or&aacute;culos eran los quioscos y las emisoras de radio. Por ello, dependiendo de lo que leyeses y escuchases, as&iacute; te iba en la vida. Recuerdo una ocasi&oacute;n en la que me hicieron una prueba para locutor de <em>Los40</em>. Ten&iacute;a que presentar un disco de Michael Jackson y lo hice con voz pausada, al estilo Manrique, lejos de la estridencia que se marcan los discjockeys que se creen m&aacute;s importantes que la m&uacute;sica que pinchan, <em>&iexcl;Oh yeah!!</em> Y claro, no me cogieron; es m&aacute;s, not&eacute; las risas contenidas al otro lado de la pecera. La elegancia del Manrique era algo que nunca asimilaron las <em>radiof&oacute;rmulas</em>, su galanura es sello propio; una manera de respirar que el Manrique traslada al papel en cada una de sus cr&oacute;nicas, las mismas que ahora nos llegan recopiladas por la editorial Efe Eme bajo el t&iacute;tulo <em>El mejor oficio del mundo</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se trata de un repaso al estrellato y a las estrellotas donde el Manrique cuenta esas cosas que la gente sospecha, pero que nadie se atreve a decir.&nbsp;Un libro jugoso donde aparece Lou Reed, Keith Richards, Dylan, Cohen y toda la pandilla; eso sin olvidar la caterva de guardaespaldas que, con su olor corporal, rodean a los artistas. En lo que respecta a la parte ib&eacute;rica, destaca la historia que cuenta del Sabina, quien lo rescato de la lluvia invit&aacute;ndolo a seguir la juerga en su casa. Ambos sal&iacute;an del fiest&oacute;n de cumplea&ntilde;os de Alejo Stivel y acabaron en Tirso de Molina, viendo amanecer la plaza mientras Charly Garc&iacute;a rallaba una roca de merca con ayuda de un colador y se burlaba del Sabina, arrodillado ante el loco argentino.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Diego Manrique echa de menos aquel Sabina y no creo que sea el &uacute;nico; yo tambi&eacute;n echo de menos su voz rota antes de romperse del todo. Y con aquel Sabina que todav&iacute;a entonaba, vuelve  a nostalgia de un mundo de carne y pecado en el que los turulos se hac&iacute;an con billetes verdes y no exist&iacute;an aplicaciones para reservar sitio en los retretes cuando llegaba la vomitona.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora, que aquellos tiempos pasaron y que vivo lejos de la vida de entonces, me encuentro solo ante el espejo y con m&aacute;s remordimientos que dinero en el bolsillo. Solo espero que alguna noche de lluvia, en una de esas que me da por mover el dial en el viejo transistor, me sorprenda la voz del Manrique anunciando alg&uacute;n disco que convierta el silencio en magia.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/diego-manrique-lluvia_129_12581117.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Sep 2025 20:39:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Diego Manrique bajo la lluvia]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Siempre nos quedará Casablanca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/quedara-casablanca_129_12549155.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/25f5f40f-3b71-42aa-becc-a3afc70f1fe3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Siempre nos quedará Casablanca"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Con el sabor a carmín en la boca, la acompañas a coger el vuelo. Y cuando el avión despega, subes el cuello de tu gabardina y enciendes el último cigarrillo del paquete, sabiendo que la literatura es un fracaso sublime</p></div><p class="article-text">
        Hay un sonido que viene de lejos, del barrio de Halfaouine en T&uacute;nez, pero que suena tan cercano como el latido de mi propia sangre. Escucho a Anouar Brahem y alcanzo un rinc&oacute;n de la memoria; recorro calles antiguas donde perros flacos se acercan a ladrar su hambre, y un viento c&aacute;lido -que llaman chergui- borra mi sombra.
    </p><p class="article-text">
        Es entonces cuando me da por escribir estas cosas atra&iacute;do por los ritmos de una m&uacute;sica tan antigua como el mundo, y con la que Paul Bowles se dej&oacute; arropar en las &uacute;ltimas habitaciones de la sangre. Su obra musical, con voces de inspiraci&oacute;n lorquiana, te enreda y te traslada m&aacute;s all&aacute; de las cagadas de mosca que &eacute;l mismo dibuj&oacute; sobre el pentagrama de una vieja partitura.  Paul Bowles combinaba melod&iacute;as, personajes y tramas, poni&eacute;ndole rostro a un abismo que estira la boca en una reluciente sonrisa. Si te fijas bien,  cada empaste es una pieza de orfebrer&iacute;a. Pero s&oacute;lo si te fijas bien. Porque, si te distraes, puedes resbalar y descender hasta  &uacute;ltimo c&iacute;rculo del infierno. 
    </p><p class="article-text">
        Se trata de un comp&aacute;s que golpea y acaricia y saca a pasear los demonios por las arenas del desierto; ese comp&aacute;s no es otro que el de los ritmos magreb&iacute;es y al que tanto debe nuestro flamenco con su cascabeleo de cabras; ese ir y venir de gargantas y de voces que se pierde entre los rosales perfumados y que se encuentra cerca de la frontera donde castran a los perros. Al final, todo se reduce a lo mismo; la descarga sobre el pellejo de un tambor que te arrastra a las puertas del viejo caf&eacute;, y la mujer que espera al final de la barra para darte un beso a cambio de un pasaporte falsificado. Con el sabor a carm&iacute;n en la boca, la acompa&ntilde;as a coger el vuelo. Y cuando el avi&oacute;n despega, subes el cuello de tu gabardina y enciendes el &uacute;ltimo cigarrillo del paquete, sabiendo que la literatura es un fracaso sublime y que, a pesar de tu vocaci&oacute;n, la suerte no te ha permitido llegar m&aacute;s lejos que donde est&aacute;s ahora, en una playa que se va quedando desierta con la llegada de la noche y de la niebla. 
    </p><p class="article-text">
        Sin haberlo convocado, el recuerdo regresa otra vez de golpe y me vuelvo a ver, de nuevo, en el and&eacute;n de una estaci&oacute;n perdida igual que en el decorado de una pel&iacute;cula donde todo, desde el silbato del tren hasta el &uacute;ltimo beso, parece falso. Pero como vengo de un lugar donde la impostura se convierte en met&aacute;fora, no me lo tomo a mal; es m&aacute;s, hasta me gusta. Por eso mismo agradec&iacute; sus palabras cuando, antes de subir al vag&oacute;n, ella me dijo: &ldquo;Olv&iacute;dame; no has sido m&aacute;s que una mancha en el colch&oacute;n que compartimos anoche, cari&ntilde;o&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        No me lo tom&eacute; a mal, ya digo, amar es lo m&aacute;s parecido a una partida de p&oacute;ker donde el secreto es mentir cuando uno tiene la verdad a mano. As&iacute; que me dej&eacute; convencer aunque ella me estuviese enga&ntilde;ando, aunque en el fondo supiese que no le quedaba otra que mentirme a esas horas en las que la madrugada y los remordimientos se amontonan, y s&oacute;lo nos salva la literatura. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Montero Glez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/quedara-casablanca_129_12549155.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Aug 2025 20:25:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Siempre nos quedará Casablanca]]></media:title>
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