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    <title><![CDATA[elDiario.es - Octavio Salazar]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/octavio_salazar/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Octavio Salazar]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Sí, todos los hombres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/si-hombres_129_11651969.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d5c04ec8-7797-4fcb-a6d2-c91dbff9c2c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sí, todos los hombres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Perdura en nosotros la necesidad de demostrar que nos ajustamos al mandato de masculinidad, para lo cual son fundamentales los grupos de iguales y la apelación permanente a prácticas que avalan nuestra virilidad</p></div><p class="article-text">
        Llevo a&ntilde;os trabajando con hombres j&oacute;venes y no tan j&oacute;venes en cuestiones relacionadas con igualdad, y muy especialmente en tratar de hacerles ver la conexi&oacute;n que existe entre la cultura machista y la violencia. La violencia en general y, de manera m&aacute;s singular, las que sufren las mujeres. En la mayor&iacute;a de los casos siempre me he encontrado con una tendencia a enfocar esta realidad como si fuera algo externo a ellos, algo que les pasa a otros. Esos &ldquo;otros&rdquo;, no ellos, que son los machistas y no digamos los violentos. Salvo excepciones, les cuesta admitir que a diario todos reproducimos machismo y que hemos sido socializados de tal manera que nuestra identidad se ha construido sobre una cultura de dominio, de relevancia p&uacute;blica y de subjetividad y autonom&iacute;a incontestables. Un paradigma que, a su vez, necesita del que concibe a las mujeres con un estatus inferior al nuestro, adem&aacute;s de como&nbsp; permanentemente disponibles para satisfacer nuestros deseos y necesidades. Justamente esa relaciones jer&aacute;rquicas, de poder, son las que el feminismo, con la ayuda de la herramienta cr&iacute;tica que supone el g&eacute;nero, ha ido desvelando y sometiendo a cr&iacute;tica. Unas jerarqu&iacute;as sobre las que, no lo olvidemos, construimos unas democracias incompletas y unos sistemas constitucionales hechos a imagen y semejanza de los varones.
    </p><p class="article-text">
        Lo expuesto no implica que todos los hombres seamos agresores sexuales o maltratadores de nuestras parejas, pero s&iacute; que todos llevamos en nuestro interior un largo y complejo proceso de socializaci&oacute;n que nos ha preparado para sentirnos los dominantes y protagonistas, para normalizar el uso de la violencia, para negar la voz de aquellas a las que no estimamos equivalentes a nosotros y para sentirnos parte de una fratr&iacute;a que nos permite reafirmarnos en nuestras fantas&iacute;as de omnipotencia. Bastar&iacute;a con repasar, por ejemplo, los imaginarios colectivos que durante siglos han ido construyendo las referencias asim&eacute;tricas que han definido el estatus de hombres y mujeres. Desde la mitolog&iacute;a cl&aacute;sica a Instagram, pasando por el cine o por la obra de ilustres escritores, tenemos un largu&iacute;simo repertorio que avala eso que el feminismo ha identificado con la &ldquo;cultura de la violaci&oacute;n&rdquo;, la cual, lejos de desaparecer, no ha hecho sino adquirir nuevas formas y ropajes en las sociedades &ldquo;pornificadas&rdquo; que habitamos. 
    </p><p class="article-text">
        Hemos sido educados pues en unos esquemas que han prorrogado y justificado no solo la subordinaci&oacute;n de las mujeres sino tambi&eacute;n su deshumanizaci&oacute;n. O, lo que es lo mismo, su concepci&oacute;n como instrumentos de los que nos valemos para hacer reales nuestros sue&ntilde;os de grandeza o para dar rienda suelta a esa, seg&uacute;n algunos, incontrolable fuerza animal que es nuestra sexualidad. Justamente la manifestaci&oacute;n m&aacute;s extrema y contundente de c&oacute;mo ser hombre implica con frecuencia convertirte en un depredador, tal y como por otra parte avalan los sistemas pol&iacute;ticos y jur&iacute;dicos surgidos de la racionalidad masculina. 
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad, adem&aacute;s, uno de los pocos escenarios en que muchos hombres siguen encontrando la posibilidad de ser dominantes y de seguir creyendo que la mujer con la que comparte intimidad no es un sujeto con deseos sino m&aacute;s bien un objeto de usar y tirar. Desde estas claves, es f&aacute;cil desconectar &eacute;ticamente de la mujer convertida en v&iacute;ctima y as&iacute; lograr ese nivel de falta de responsabilidad que una parte importante de hombres evidencian con respecto a las violencias que sufre la mitad de la Humanidad. En el mejor de los casos, nos apuntamos a din&aacute;micas paternalistas y proteccionistas que, de nuevo, nos sit&uacute;an a nosotros fuera del tablero. Piensen si no en cu&aacute;ntas advertencias de cuidado hacen los padres a sus hijas cuando salen de noche y las escasas que, me temo, reciben sus hijos con respecto a comportamientos abusivos en fiestas y alrededores.&nbsp; Es evidente, o deber&iacute;a serlo, que mientras ellas siguen sufriendo miedos en el espacio p&uacute;blico, nosotros, como m&iacute;nimo, estamos a salvo de sufrirlos.&nbsp; Esta diferencia, pi&eacute;nsenlo bien, colegas, es ya un privilegio del que no somos conscientes y que se suma a la larga lista que deriva de entenderlas a ellas como unas eternas menores de edad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Del contexto descrito deber&iacute;amos extraer algunas lecciones sobre c&oacute;mo estamos mirando el horrible caso de Dominique P&eacute;licot.&nbsp; De entrada, la concepci&oacute;n de los agresores sexuales o en general de los hombres machistas como una suerte de monstruos, tal y como muchos medios por ejemplo lo han definido, desenfoca absolutamente la ra&iacute;z del problema que no es individual sino colectiva. Los agresores sexuales suelen ser tipos absolutamente &ldquo;normales&rdquo; en sus vidas diarias, incluso reconocidos y queridos por la comunidad, tal y como por ejemplo hemos visto magn&iacute;ficamente retratado en la serie francesa &ldquo;El caso del Sambre&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Con car&aacute;cter general no son seres t&oacute;xicos, ni tienen una patolog&iacute;a que merezca una suerte de tratamiento m&eacute;dico, ni constituyen una suerte de excepciones raras en medio de un colectivo de &aacute;ngeles.&nbsp; Son el producto m&aacute;s extremo de la cultura machista que todos compartimos y que habita en cada uno de los espacios en que desenvolvemos nuestras vidas. En algunos casos, ligeramente erosionada gracias a la fuerza transformadora del feminismo y en muchos hombres, claro, limitada o bien atada por la asunci&oacute;n &eacute;tica del reconocimiento de las mujeres como seres equivalentes.&nbsp; Pero incluso en el caso de los m&aacute;s concienciados, yo el primero, son frecuentes los ejemplos de actitudes y comportamientos que, sin llegar al extremo de una agresi&oacute;n, evidencian nuestro lugar dominante y el espacio de lucha que sigue siendo la vida para la mayor&iacute;a de las mujeres. Pensemos, por ejemplo, con cuanta frecuencia les negamos la voz o la autoridad, en cu&aacute;ntas intentamos quedar por encima porque somos los importantes o en de qu&eacute; forma tan frecuente las reducimos a ese lugar de &ldquo;seres para otros&rdquo; que les niega capacidad de autodeterminaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ligado a lo anterior, perdura en nosotros la necesidad de demostrar que nos ajustamos al mandato de masculinidad, para lo cual son fundamentales los grupos de iguales y la apelaci&oacute;n permanente a pr&aacute;cticas que avalan nuestra virilidad. Todo ello sumado a esos silencios, abrumadores silencios, con los que amparamos los comportamientos machistas de colegas a los que, incluso, con frecuencia, les re&iacute;mos las gracias. 
    </p><p class="article-text">
        Deber&iacute;a ser para todos evidente que cuando hablamos de violencias tan brutales como las que representa una violaci&oacute;n, el silencio, como nos ha mostrado tambi&eacute;n el caso de Avignon, es un ejercicio m&aacute;s de aval y casi me atrever&iacute;a a decir de complicidad. O, como m&iacute;nimo, pone de manifiesto que el&nbsp; <em>#NotAllMen</em>, convertido en pancarta de machos agraviados, se equivoca al no tener en cuenta que #YesAllMen, por acci&oacute;n u omisi&oacute;n, formamos parte de esa cadena brutal que constituye el machismo. En nuestras manos est&aacute; pues romperla, hacer saltar por los aires los pactos &ndash; incluidos los no escritos &ndash; que sostienen nuestro poder y empezar a dar muestras de que la discriminaci&oacute;n sist&eacute;mica que sufren las mujeres, y no digamos las violencias ligadas a ella, nos interpelan en cuanto ciudadanos que, se supone, creemos en la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos. Situarnos en el lado del agravio es darle alas al machismo. Continuar en la comodidad del silencio es amparar que todo siga igual. Empezar por desmontar al machista que todos llevamos dentro es el primer paso para construir otro proyecto de humanidad.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/si-hombres_129_11651969.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Sep 2024 04:00:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sí, todos los hombres]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mujeres, hombres y viceversa: el Supremo británico y el sistema género-sexo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/mujeres-hombres-viceversa-supremo-britanico-sistema-genero-sexo_129_12244918.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">El horizonte no es borrar a las mujeres, en el sentido de negarles su estatus jurídico ni mucho menos de erradicar las políticas todavía necesarias contra la “subordiscriminación” que sufren, de la misma manera que sería absurdo pensar que en términos médico-sanitarios deberíamos prescindir de nuestra realidad corporal, sino que lo que deberíamos es abrir las puertas a un progresivo reconocimiento de la complejidad humana</p></div><p class="article-text">
        El Derecho es una ficci&oacute;n y se nutre de ficciones. Es un producto de la racionalidad humana, aunque a veces nos cueste reconocerlo como tal, mediante el cual organizamos la convivencia de manera pac&iacute;fica, para lo que se sirve de normas e instituciones que limitan nuestras libertades al tiempo que articulan derechos y obligaciones. El Derecho se sirve de muchas categor&iacute;as &ndash; en nuestro caso, procedentes muchas de ellas del Derecho Romano &ndash; para clasificarnos en cuanto individuos, las cuales son fruto de convenciones y reflejo, en definitiva, del marco cultural y de poder en que fueron engendradas. Pensemos por ejemplo en una categor&iacute;a tan evanescente como la edad, y no solo porque el paso del tiempo la vaya modelando, sino porque est&aacute; sometida a permanentes debates en torno a qu&eacute; madurez entendemos suficiente para el ejercicio de determinados derechos. En este sentido, los ordenamientos jur&iacute;dicos modernos han ido reconociendo un cada vez m&aacute;s amplio margen de actuaci&oacute;n a las personas menores de edad en cuanto a cuestiones relacionadas con su salud, su vida privada o su identidad (recordemos la pol&eacute;mica en nuestro pa&iacute;s en torno al acceso a la interrupci&oacute;n voluntaria del embarazo de las mujeres entre 16 y 18 a&ntilde;os). En el otro extremo de la vida, uno de los grandes debates del presente siglo ser&aacute; c&oacute;mo entendemos la ciudadan&iacute;a de las personas de edad avanzada, hoy por hoy lastradas por un orden edadista ligado a la percepci&oacute;n del sujeto de derecho como un individuo productor y activo en t&eacute;rminos economicistas. Una consecuencia l&oacute;gica, entre otras muchas, de un sistema que no es solo pol&iacute;tico o econ&oacute;mico, sino que tambi&eacute;n se proyecta en lo jur&iacute;dico, y que no deja de prorrogar las alianzas perversas de patriarcado y&nbsp; capitalismo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una de las categor&iacute;as usadas por el Derecho para clasificarnos en cuanto sujetos es la derivada de un sistema <em>g&eacute;nero-sexo</em> que parte de una construcci&oacute;n dualista y&nbsp; oposicional no solo de los seres humanos sino tambi&eacute;n de nuestra manera de pensar (nos). Y digo bien sistema <em>g&eacute;nero-sexo</em>, porque como explica la fil&oacute;sofa y bi&oacute;loga Anne Fausto Sterling, el contexto cultural y las relaciones de poder que ampara son decisivas en c&oacute;mo leemos las realidades puramente biol&oacute;gicas y, por tanto, para el significado social que le damos a los cuerpos. Un entendimiento social, que es tambi&eacute;n jur&iacute;dico, en el que&nbsp; nunca tuvieron cabida las personas intersexuales: la prueba m&aacute;s contundente de que ni siquiera la biolog&iacute;a, en sentido estricto, responde al binarismo convertido en eje esencial no solo para organizar nuestros esquemas mentales sino tambi&eacute;n para distribuir los escenarios productivos y pol&iacute;ticos. En esta l&iacute;nea, el reciente pronunciamiento del Tribunal Supremo brit&aacute;nico con respecto a la definici&oacute;n de &ldquo;mujer&rdquo; no hace sino confirmar que a efectos de la aplicaci&oacute;n de una determinada normativa, la <em>Equality Act</em> de 2010, la mayor&iacute;a de la Corte ha decidido identificar con el sexo biol&oacute;gico la categor&iacute;a que sirve de referencia para la aplicaci&oacute;n de las medidas legislativas antidiscriminatorias. Una decisi&oacute;n, pues, fruto de un proceso deliberativo judicial y de la aplicaci&oacute;n de un determinado marco interpretativo.&nbsp; O sea, Derecho, En fin, ficci&oacute;n. Algo de lo que por cierto sabe mucho, o deber&iacute;a, J.K. Rowling.
    </p><p class="article-text">
        La pol&eacute;mica desatada en torno a la consideraci&oacute;n legal de las mujeres trans como mujeres, la cual ha dado lugar a una de las olas de odio m&aacute;s insoportables que nunca imagin&eacute; encontraran cobijo en el feminismo, tiene que ver justamente con las categor&iacute;as que la cultura patriarcal y el Derecho surgido a su amparo han usado para clasificar lo humano. Unas categor&iacute;as que no han sido centrales en la lucha feminista, al menos durante un largo tiempo en el que lo prioritario, y con raz&oacute;n, era acabar con las jerarqu&iacute;as. Ello, sin embargo, no ha permitido desmontar un binarismo que, adem&aacute;s de esencialista, no hace sino afirmar el orden de g&eacute;nero que pens&eacute; que era lo que pretend&iacute;amos superar. Desde este punto de vista, y ante decisiones tan cuestionables como la reciente del Tribunal Supremo brit&aacute;nico, entiendo que la clave no est&aacute; tanto en la condici&oacute;n biol&oacute;gica del sexo sino en la cobertura jur&iacute;dica que el Derecho usa para permitir que cada cual desarrolle libremente su personalidad y despliegue al m&aacute;ximo todas sus capacidades. Por lo tanto, el horizonte no es borrar a las mujeres, en el sentido de negarles su estatus jur&iacute;dico ni mucho menos de erradicar las pol&iacute;ticas todav&iacute;a necesarias contra la &ldquo;subordiscriminaci&oacute;n&rdquo; que sufren, de la misma manera que ser&iacute;a absurdo pensar que en t&eacute;rminos m&eacute;dico-sanitarios deber&iacute;amos prescindir de nuestra realidad corporal, sino que lo que deber&iacute;amos es abrir las puertas a un progresivo reconocimiento de la complejidad humana, que en poco se parece al binomio masculino y femenino y por la que, por cierto, poco hizo la reciente y fallida a mi parecer&nbsp; <em>Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garant&iacute;a de los derechos de las personas LGTBI</em>, que, a diferencia de lo que ya hacen otros pa&iacute;ses europeos, no reconoce a las personas no binarias. De esta manera, se perdi&oacute; una magn&iacute;fica oportunidad para ir haciendo saltar las costuras de un ordenamiento todav&iacute;a deudor de dos extremos sexogen&eacute;ricos que no hacen sino mantener unas insoportables relaciones de poder. Este proceso habr&aacute; de suponer la progresiva superaci&oacute;n de una serie de paradigmas que hoy ya no nos permiten leernos como sujetos y asumir la complejidad que supone reconocernos como seres en permanente devenir, &ldquo;n&oacute;mades&rdquo; en palabras de Rosi Braidotti y, en consecuencia, ansiosos por liberarnos de unos espacios demasiados estrechos para el amparo de la pluralista realidad de los cuerpos. Un proyecto radical que habr&iacute;a de llevarnos a superar la categor&iacute;a g&eacute;nero-sexo como marca jur&iacute;dica que nos ubica en un determinado horizonte de expectativas y posibilidades. En definitiva, una transformaci&oacute;n radical de los esquemas cognitivos pero tambi&eacute;n jur&iacute;dicos, basados al fin en el principio de autonom&iacute;a, entendida como capacidad de autonormaci&oacute;n, fundamento de una democracia en la que al fin todas las personas disfrutemos de un estatus&nbsp; equivalente. La esperanza de un proyecto civilizatorio alternativo que hoy m&aacute;s que nunca corre el riesgo de sucumbir ante la oleada reaccionaria que niega la igualdad, las diferencias y la otredad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/mujeres-hombres-viceversa-supremo-britanico-sistema-genero-sexo_129_12244918.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 28 Apr 2025 21:23:52 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Mujeres, hombres y viceversa: el Supremo británico y el sistema género-sexo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La deseable revisión feminista de la Constitución]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/deseable-revision-feminista-constitucion_129_10745138.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2de8e6c8-27c6-4c02-859c-a4ceabd45a65_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La deseable revisión feminista de la Constitución"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ahora que celebramos los 45 años de nuestra Constitución, es necesario que nos planteemos hasta qué punto seguimos siendo deudores de unos esquemas que dificultan que la nuestra sea una democracia paritaria, o sea, completa</p></div><p class="article-text">
        Todav&iacute;a a mi madre le toc&oacute; vivir la Espa&ntilde;a en la que la mujer casada era una especie de menor de edad y en cuyo DNI se la identificaba por la dedicaci&oacute;n a sus labores. Hoy su nieta, que acaba de cumplir 19 a&ntilde;os, estudia en la universidad, asiste a cursos y jornadas sobre igualdad y no duda en posicionarse como feminista. La primera abandon&oacute; sus estudios tras terminar el bachillerato y se volc&oacute; en su papel de esposa y madre. La segunda tiene clar&iacute;simo que por encima de todo est&aacute; su proyecto profesional.
    </p><p class="article-text">
        Ellas dos son el mejor ejemplo de todo lo que ha cambiado este pa&iacute;s en los &uacute;ltimos cuarenta a&ntilde;os. Sin ir m&aacute;s lejos, el reciente &iacute;ndice de igualdad del Instituto Europeo de Igualdad de G&eacute;nero sit&uacute;a a nuestro pa&iacute;s en el puesto n&uacute;mero cuarto, solo superado por Suecia, Pa&iacute;ses Bajos y Dinamarca.&nbsp;Nadie puede dudar de que los avances en pol&iacute;ticas de igualdad y en instrumentos normativos han sido espectaculares muy especialmente en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, los datos de la realidad, empezando por los m&aacute;s dram&aacute;ticos que son los relacionados con las violencias machistas, nos siguen indicando que no basta con habitar una sociedad formalmente igual. Que seguimos teniendo estructuras resistentes al cambio y un orden cultural en el que solo hemos erosionado muy ligeramente el eje dominio masculino/subordinaci&oacute;n femenina. Todo ello en el marco de un pacto de convivencia que contin&uacute;a respondiendo a las condiciones negociadas mayoritariamente por hombres y de acuerdo con una l&oacute;gica parcial: la nuestra.
    </p><p class="article-text">
        En este sentido, y ahora que celebramos los 45 a&ntilde;os de nuestra Constituci&oacute;n, es necesario que nos planteemos hasta qu&eacute; punto seguimos siendo deudores de unos esquemas que dificultan que la nuestra sea una democracia paritaria, o sea, completa. Un principio, el de paridad, que no solo tiene que ver con la presencia equilibrada de mujeres y hombres en las instituciones, sino que implica una revisi&oacute;n de las cl&aacute;usulas del contrato de manera que a &eacute;l se incorporen las necesidades, expectativas y realidades de las que hist&oacute;ricamente no estuvieron legitimadas para la negociaci&oacute;n. Es decir, de las que, como ocurri&oacute; en el 78, no disfrutaron de condiciones de igualdad, y no me refiero a las formales, para intervenir en el poder constituyente. Es por lo que nuestro sistema constitucional naci&oacute; incompleto, con un pecado original, por m&aacute;s que el principio de igualdad, tanto en su dimensi&oacute;n formal como material, haya servido en estos a&ntilde;os de palanca transformadora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La subsanaci&oacute;n de esa debilidad originaria, que no es peque&ntilde;a cosa ya que tiene que ver con la mitad de la ciudadan&iacute;a, pasar&iacute;a por una revisi&oacute;n constitucional que tendr&iacute;a que partir de una l&oacute;gica paritaria tanto en el procedimiento como en los contenidos a desarrollar. Ello supondr&iacute;a no solo la presencia de mujeres, con poder y autoridad, en los procesos de redefinici&oacute;n del pacto, sino tambi&eacute;n, y sobre todo, la incorporaci&oacute;n de contenidos que todav&iacute;a hoy siguen en las afueras. Por tanto, no se tratar&iacute;a solo de partir de la paridad como principio fundador del Estado, y en consecuencia de c&oacute;mo se proyectar&iacute;a en todos los poderes e instituciones, sino de incorporar al pacto todas esas dimensiones de la vida que, por haber estado conectadas a las mujeres y lo femenino, no se entendieron como relevantes.
    </p><p class="article-text">
        Pensemos en los derechos sexuales y reproductivos, en los derechos/deberes de corresponsabilidad, en los trabajos de cuidado o en el derecho a una vida libre de violencia. Un proyecto pol&iacute;tico que deber&iacute;a ir de la mano de la centralidad de los derechos sociales y, en general, de todos aquellos que son fundamentales para sostener nuestras vidas, lo cual supondr&iacute;a, entre otros retos, darle valor constitucional a los bienes comunes y establecer en la medida de lo posible mecanismos de sometimiento de los poderes privados a la l&oacute;gica del Derecho y los derechos. Nada m&aacute;s urgente, entiendo, que la superaci&oacute;n del binomio privado-p&uacute;blico que ha tenido consecuencias tan lamentables para la autonom&iacute;a de las mujeres y, en general, de los sujetos m&aacute;s vulnerables.
    </p><p class="article-text">
        Ser&iacute;a adem&aacute;s aconsejable que los derechos que hemos ido conquistando por v&iacute;a legal se incorporaran a la Constituci&oacute;n como garant&iacute;a frente a derivas reaccionarias. Al mismo tiempo, ser&iacute;a esencial, porque tambi&eacute;n lo es para el reconocimiento de la igualdad y la diversidad, que nuestra Constituci&oacute;n consagrara de una vez por todas un Estado laico, que definiera en t&eacute;rminos inclusivos el derecho a la educaci&oacute;n como ra&iacute;z de la que brota una &eacute;tica c&iacute;vica y una ciudadan&iacute;a responsable, y que tuviera en cuenta la progresiva ampliaci&oacute;n de las subjetividades que hoy desbordan las categor&iacute;as tradicionales. Todo ello acompa&ntilde;ado de un lenguaje que al fin dejara de identificar a lo masculino con lo universal, subsanando as&iacute; una hist&oacute;rica injusticia que no solo tiene que ver con las palabras sino tambi&eacute;n con las mentes.
    </p><p class="article-text">
        En paralelo, tendr&iacute;amos que revisar muchas de las claves institucionales para desarrollar un modelo m&aacute;s deliberativo de democracia y en el que se dispusiera de mecanismos eficaces de cooperaci&oacute;n entre los distintos niveles territoriales. Nada es m&aacute;s necesario para la garant&iacute;a de los derechos, y en especial de la igualdad, que la inteligencia del sistema, que es la &uacute;nica que nos puede mantener a salvo de las penosas consecuencias de que el mismo sea ocupado por individuos torpes.&nbsp;Y es evidente que nuestra Constituci&oacute;n, tan r&iacute;gida y resistente al cambio, es demasiado esclava de paradigmas, herramientas y dise&ntilde;os institucionales m&aacute;s propios de hace siglos que de un contexto, el del siglo XXI, en el que tanto han cambiado las variables espaciales, temporales y humanas. Mientras que no afrontemos esta evidencia seguiremos atrapados en el c&iacute;rculo vicioso al que nos lleva una defensa formalista y acr&iacute;tica de la Constituci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Este proyecto, tan ambicioso y radical, porque pretende justamente ir a los fundamentos del sistema, requerir&iacute;a no solo un compromiso generoso y arriesgado de nuestros representantes, sino tambi&eacute;n el impulso de una ciudadan&iacute;a capaz de mirar a largo plazo y de una Ciencia Jur&iacute;dica que, hoy por hoy, sigue sin reconocer y dar autoridad cient&iacute;fica a todo lo que el feminismo lleva argumentando y proponiendo desde hace siglos.
    </p><p class="article-text">
        Mientras que en el &aacute;mbito acad&eacute;mico, as&iacute; como en el institucional, el feminismo, y m&aacute;s en concreto, el feminismo jur&iacute;dico, siga contempl&aacute;ndose como una hermana menor del Derecho con may&uacute;sculas, al estilo de como el C&oacute;digo civil contemplaba a mi madre, ser&aacute; complicado, por no decir imposible, imaginar una Constituci&oacute;n en la que al fin las ciudadanas puedan verse plenamente reconocidas. Una facultad, por cierto, la imaginaci&oacute;n, que no estar&iacute;a nada mal que los hombres en general, y los juristas en particular, desarroll&aacute;ramos en clave pol&iacute;tica. Ser&iacute;a, sin duda, una de las mejores defensas frente a tanta fantas&iacute;a de omnipotencia que pretende entender la Constituci&oacute;n como un pacto de caballeros. Esos que seguimos teniendo el privilegio de otorgar, en ocasiones,&nbsp;la gracia de que algunas mujeres accedan a las mesas en las que nosotros continuamos disponiendo de voto de calidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/deseable-revision-feminista-constitucion_129_10745138.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 Dec 2023 21:39:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La deseable revisión feminista de la Constitución]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Feminismo,Constitución]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La transición de las mujeres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/transicion-mujeres_129_10495949.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2ea4d3e8-b244-43b8-9a97-6169c988fcc3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La transición de las mujeres"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En permanente diálogo con los patrones que mayoritariamente seguía reproduciendo el cine español de los 70 y 80, Nieves González nos explica cómo Bartolomé se atrevió a romper moldes y a ofrecernos un retrato de ese concreto momento histórico a través de las vivencias de las mujeres</p></div><p class="article-text">
        Hasta hace relativamente poco tiempo, el relato que hemos recibido acerca de la transici&oacute;n espa&ntilde;ola ha respondido a un extra&ntilde;o consenso y a una complaciente mirada que dejaba fuera muchos errores, fragilidades y carencias del proceso. Afortunadamente ya escuchamos muchas voces cr&iacute;ticas que cuestionan algunos de los paradigmas con los que, pol&iacute;tica y culturalmente, se consolid&oacute; una narrativa en la que quedaron invisibles los claroscuros&nbsp;y que, parad&oacute;jicamente, prescindi&oacute; de una herramienta b&aacute;sica en los ejercicios retrospectivos: la memoria. La que en el caso concreto de la historia espa&ntilde;ola tiene que ver adem&aacute;s con una de las grandes cuestiones pendientes de una transici&oacute;n a la que hay que reconocer sin duda logros incuestionables, pero que tambi&eacute;n permiti&oacute; la continuidad de poderes, imaginarios y estructuras procedentes de la dictadura. 
    </p><p class="article-text">
        En estos ejercicios de revisi&oacute;n, sigue faltando sin embargo una mirada que ponga el foco en c&oacute;mo vivieron las espa&ntilde;olas, nada m&aacute;s y nada menos que la mitad de la ciudadan&iacute;a, unos a&ntilde;os que para ellas hubieron de ser m&aacute;s decisivos que para nadie ya que el tr&aacute;nsito a la democracia supuso el inicio de su acceso a la plena ciudadan&iacute;a.&nbsp;Sin embargo, tambi&eacute;n en este caso la Historia se nos sigue contando en masculino, a partir de la voz y la experiencia de los &ldquo;padres&rdquo; y sin que las mujeres ocupen mucho m&aacute;s que una nota a pie de p&aacute;gina.&nbsp;&nbsp;Una vez m&aacute;s, y como ha sido lo habitual en el largo recorrido hist&oacute;rico del patriarcado, se parieron y gestaron desde una Constituci&oacute;n hasta reformas legales, pasando por cambios sociales y culturales iniciados antes de la muerte de Franco, como si ellas no hubieran sido necesarias. Como si nosotros, los que seguimos en aquellos a&ntilde;os ocupando las posiciones de poder en el pa&iacute;s del destape y de la movida, nos sobr&aacute;ramos a nosotros mismos para cualquier empresa. Tal y como nos hemos encargado de constatar a trav&eacute;s de la gloria que con la Cultura hemos siempre tratado de que se conjugue siempre en masculino.
    </p><p class="article-text">
        Quienes nos dedicamos el estudio y la ense&ntilde;anza de la Constituci&oacute;n, de su contenido pero tambi&eacute;n de sus or&iacute;genes, de sus luces y al mismo tiempo de sus sombras, estamos faltos de materiales que quiebren los discursos archisabidos y que iluminen todos esos espacios que, casi cincuenta a&ntilde;os despu&eacute;s, contin&uacute;an en la sombra de lo pol&iacute;ticamente correcto. En este sentido son fundamentales los estudios que se est&aacute;n haciendo sobre la Cultura de la Transici&oacute;n y que ponen el foco en c&oacute;mo se articularon discursos e imaginarios en aquellas d&eacute;cadas de las que somos herederos. Unos estudios que necesitan de la perspectiva de g&eacute;nero y feminista para no seguir insistiendo en el flagrante error de confundir los ojos de los varones espa&ntilde;oles con los de toda la ciudadan&iacute;a. Solo as&iacute; podremos subsanar carencias tan evidentes como todo lo que el movimiento feminista pudo remover en aquellos a&ntilde;os o el papel que tuvieron las mujeres que, con nombre propio, y no sin obst&aacute;culos enormes, empezaban a tener un protagonismo en lo p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        Por todo lo anterior, es tan de agradecer la publicaci&oacute;n del libro&nbsp;<em>No, hija, esta vez no. Una mirada feminista al cine de Cecilia Bartolom&eacute; y de la Transici&oacute;n,&nbsp;</em>en el que Nieves Gonz&aacute;lez Fuentes no solo recupera y da valor a una autora esencial de nuestra cinematograf&iacute;a, sino que tambi&eacute;n realiza un an&aacute;lisis cr&iacute;tico y feminista de unos a&ntilde;os decisivos para las espa&ntilde;olas.&nbsp;A trav&eacute;s del estudio de su mediometraje <em>Margarita y el lobo</em> (1969) y de su largo <em>V&aacute;monos, B&aacute;rbara</em>, cuya fecha de producci&oacute;n es el constitucional 1978, la profesora Gonz&aacute;lez Fuentes lleva a cabo una exhaustiva y completa disecci&oacute;n de c&oacute;mo la cultura de ese per&iacute;odo configur&oacute; un determinado imaginario sobre las mujeres y lo femenino, en una tensi&oacute;n permanente entre la resistencia al cambio, la continuidad de roles y estereotipos procedentes del franquismo y la lenta y complicada evoluci&oacute;n del estatus de las espa&ntilde;olas en un tiempo en el que, aunque empez&aacute;bamos a ser una sociedad formalmente igual, perduraban lastres insoportables del sexismo anterior. 
    </p><p class="article-text">
        En permanente di&aacute;logo con los patrones que mayoritariamente segu&iacute;a reproduciendo el cine espa&ntilde;ol de los 70 y los 80,&nbsp;la autora nos explica c&oacute;mo Bartolom&eacute; se atrevi&oacute; a romper moldes y a ofrecernos justamente un retrato de ese concreto momento hist&oacute;rico a trav&eacute;s de las vivencias de las mujeres. De sus luchas, de sus contradicciones, de sus c&aacute;rceles, de sus aspiraciones, de sus cuerpos sin autodeterminar. Todo ello, insisto, en un momento en el que si bien las normas empezaban a acomodarse al mandato constitucional de igualdad, la Cultura, y con ella la sociedad, segu&iacute;a empe&ntilde;ada en mantener una cierta continuidad con los patrones de la Espa&ntilde;a franquista y cat&oacute;lica, eso s&iacute;, bajo el revestimiento de una supuesta modernidad que, de hecho, supon&iacute;a una liberaci&oacute;n&nbsp;&nbsp;- por ejemplo, en el terreno sexual &ndash; solo para los varones. Las apuestas en cuanto al relato, pero tambi&eacute;n en cuanto a las formas, de Cecilia Bartolom&eacute; suponen una ruptura de los esquemas dominantes en el cine de la &eacute;poca. Pensemos en c&oacute;mo&nbsp;<em>V&aacute;monos B&aacute;rbara&nbsp;</em>es una road movie en la que les da la vuelta a los patrones cl&aacute;sicos de un g&eacute;nero muy masculino justamente para plantearnos el proceso de emancipaci&oacute;n de una mujer. De la misma manera que en ese largometraje o en &ldquo;Margarita y el lobo&rdquo; pone el foco en las estructuras familiares para hacer que salten por los aires los resortes que durante siglos sirvieron para mantener domesticadas a las mujeres.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;<em>No, hija, esta vez no,&nbsp;</em>que es un libro trazado con el rigor y la profundidad de una tesis doctoral pero que se lee con la facilidad de un texto no sujeto a los mandatos acad&eacute;micos, no solo recupera el valor de una cineasta hoy por hoy escasamente reconocida, como es Cecilia Bartolom&eacute;, sino que tambi&eacute;n plantea un recorrido con mirada feminista por unos a&ntilde;os que se siguen contando mal. En este sentido, es libro supone una enmienda a la totalidad de un relato que prescinde de lo vivido por una mitad, y sobre los que nos siguen faltando estudios culturales con perspectiva de g&eacute;nero. En este sentido, se explica c&oacute;mo lo que el pa&iacute;s vend&iacute;a entonces como modernidad, desarrollo y bienestar, segu&iacute;a manteniendo a las mujeres como &ldquo;sujeto subalterno&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nieves Gonz&aacute;lez, que a lo largo de todo el libro pone a dialogar a Bartolom&eacute; con otras dos cineastas clave de aquellos a&ntilde;os, Josefina Molina y Pilar Mir&oacute;, sobre las que adem&aacute;s promete futuros an&aacute;lisis, nos ofrece todo un fresco imprescindible para quienes a estas alturas ya no nos conformamos con la historia escrita en masculino y para quienes entendemos que el cine es columna vertebral de la memoria colectiva. Un volumen editado por La Moderna que agrieta el discurso hegem&oacute;nico patriarcal sobre la transici&oacute;n, que apunta los hilos cinematogr&aacute;ficos de un &ldquo;nosotras&rdquo; y que contribuye a que las mujeres sean sujeto hist&oacute;rico, con voz propia, y que nos recuerda que la Transici&oacute;n fue &ldquo;un proceso sexuado sin final feliz para las mujeres&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/transicion-mujeres_129_10495949.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Sep 2023 04:00:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La transición de las mujeres]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La euforia de Alana S. Portero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/euforia-alana-s-portero_129_10231426.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2d04e5ba-99fe-41d3-8840-59fe7d767df4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La euforia de Alana S. Portero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">'La mala costumbre', que es uno de esos libros que te abren pequeñas heridas como cuando te cortas la yema de un dedo con el filo de un papel, le pone carne y ojos, vientre y pecho, a quienes desde los márgenes no dejan de decirnos que ya está bien de paradigmas hechos a la medida de quienes estuvieron siempre a cobijo de la norma</p><p class="subtitle"> 'El ángel caído', un fragmento de la esperada novela de Alana Portero </p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Descubrí que, aunque era esquiva y breve, la euforia de género existía y me estalló por todas partes. En aquella habitación, durante aquel encuentro, no quise ser otra que yo misma por primera vez en mi vida</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Alana S. Portero</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Lynn Hunt, autora de <em>La invenci&oacute;n de los derechos</em>, uno de esos libros imprescindibles que cualquier dem&oacute;crata deber&iacute;a leer,&nbsp;usa un concepto para explicar el importante papel que tuvieron las novelas en el momento hist&oacute;rico, finales del siglo XVIII, en el que se pusieron jur&iacute;dicamente las bases para el reconocimiento moderno de la dignidad y los derechos humanos. Ella habla de la &ldquo;empat&iacute;a imaginada&rdquo; para explicar c&oacute;mo a trav&eacute;s de la lectura de otros mundos generamos la capacidad de ponernos en la piel de otros, de entender sus soledades y miserias, de reconocer en fin en ellos la misma humanidad que compartimos. La literatura, como tambi&eacute;n el cine desde el siglo pasado, tiene la enorme virtud de tender puentes entre la habitaci&oacute;n propia que habitamos y esos otros espacios en los que viven seres con los que, pese a las distancias, compartimos la misma fragilidad. La de los cuerpos n&oacute;madas, la de los destinos en construcci&oacute;n, la de sabernos y sentirnos necesitados de cuidados.
    </p><p class="article-text">
        Para m&iacute; es justamente ese criterio, es decir, la capacidad para despertar en m&iacute; lo que Hunt llama empat&iacute;a imaginada, el que me lleva a distinguir entre las novelas que se quedan conmigo para siempre y aquellas otras que se diluyen como ese olor fugaz a tierra mojada tras una lluvia de primavera. <em>La mala costumbre</em>, de <a href="https://www.eldiario.es/autores/alana-portero/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Alana S. Portero</a>, es una de las primeras, supongo que porque gracias a ella no solo he sido capaz de sentir como propias las alas quebradas de un &aacute;ngel ca&iacute;do sino tambi&eacute;n porque en ella he descubierto mucho de m&iacute;. De lo que supone vivir en un precipicio constante de preguntas y miedos, de soledades y de palabras que no nos sirven. En fin, las heridas que supone saberse n&oacute;mada pero tambi&eacute;n los senderos siempre abiertos que nos permite la autonom&iacute;a. Nuestra capacidad de autodeterminaci&oacute;n.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Gracias a &#039;La mala costumbre&#039; de de Alana S. Portero no solo he sido capaz de sentir como propias las alas quebradas de un ángel caído sino también porque en ella he descubierto mucho de mí</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Leer la primera novela de Portero ha sido adem&aacute;s un ejercicio de pacificaci&oacute;n, de reconciliaci&oacute;n con renglones que me han devuelto la confianza en todo lo que suma, de superaci&oacute;n de ese inevitable fango que en estos a&ntilde;os de iras y pulsos nos ha acabado por salpicar a todas. A todas las personas a las que tal vez nos falten vocales para escribir qui&eacute;nes somos. Con una prosa que tiene mucho de f&aacute;bula, al tiempo que de cirujano que deja abiertos los &oacute;rganos del cuerpo social, <em>La mala costumbre</em> nos sit&uacute;a dentro y fuera, en la protagonista que se est&aacute; (re)haciendo y en quienes alrededor son tambi&eacute;n parte de su itinerario. El contexto de un determinado momento de nuestro pa&iacute;s, salpicado de referencias pop y de situaciones que se nos transmiten con ternura pero sin nostalgia, nos permite adem&aacute;s darle un vuelo colectivo al relato. De alguna manera, Portero consigue encajar una pieza m&aacute;s en ese puzle siempre incompleto que es la historia reciente de una democracia a la que tanto le ha costado, y le cuesta, asumir que la diferencia es el sustrato &uacute;ltimo de la igualdad. Los ochenta con tantas v&iacute;ctimas, los noventa con tantas puertas a medio abrir. Ese Madrid de belleza disf&oacute;rica y que mira hacia abajo, retorcida y acogedora, donde habita el demonio en un rinc&oacute;n del Retiro. La autora lo hace con una saludable perspectiva de clase, sin la que ser&iacute;a imposible vivir lo que nos cuenta desde las entra&ntilde;as del barrio, de las miserias y de las solidaridades que se respiran abajo y de los seres que nos demuestran que eso de la igualdad de oportunidades no es sino una patra&ntilde;a a beneficio de los poderosos. Una perspectiva de clase que tambi&eacute;n es feminista, o sea, emancipadora. La emancipaci&oacute;n de todos y de todas, y tambi&eacute;n la de quienes rebasan los estrechos l&iacute;mites de la &ldquo;o&rdquo; y de la &ldquo;a&rdquo;, tan acostumbradas a encerrar en los armarios al resto de vocales. El feminismo como batalla contra las violencias que mantienen las jerarqu&iacute;as construidas en torno a la masculinidad. El adi&oacute;s definitivo a un mundo de machotes instruidos en la virilidad: ser y parecer (yo tampoco quise ser como El Cordob&eacute;s) A la ejemplaridad femenina convertida en sumisi&oacute;n. La bendici&oacute;n de una sororidad salada y dulce. En cascada. Abejas en busca de m&uacute;ltiples n&eacute;ctares que multiplican. Todas las mujeres al ritmo de Rafaella Carr&aacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>La mala costumbre</em>, que es uno de esos libros que te abren peque&ntilde;as heridas como cuando te cortas la yema de un dedo con el filo de un papel, le pone carne y ojos, vientre y pecho, a quienes desde los m&aacute;rgenes no dejan de decirnos que ya est&aacute; bien de paradigmas hechos a la medida de quienes estuvieron siempre a cobijo de la norma. La novela de Alana S. Portero, que he le&iacute;do como una celebraci&oacute;n de la euforia, es, deber&iacute;a ser, una lectura recomendable para quienes se burlan de ella y de tantas como ella cuando hablan de las dificultades de habitar un cuerpo. Quienes se empe&ntilde;an en alimentar la maldici&oacute;n en lugar de reconocer el don. Algo muy f&aacute;cil de entender si nos situamos en ese plano de extrema vulnerabilidad que supone reconocernos como seres siempre en tr&aacute;nsito. Tan necesitados de una revoluci&oacute;n &eacute;tica, epistemol&oacute;gica y pol&iacute;tica que al fin nos libere de un mundo dividido en dos. Que se lleve para siempre la culpabilidad de los espejos y nos permita habitar la bella y diversa imperfecci&oacute;n de nuestros cuerpos vivientes.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/euforia-alana-s-portero_129_10231426.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jun 2023 20:48:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La euforia de Alana S. Portero]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Transgénero]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Jesús y John Wayne: la masculinidad blanca y sagrada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/jesus-john-wayne-masculinidad-blanca-sagrada_129_9992218.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2357711b-0275-45c8-856b-4523a56d5b55_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jesús y John Wayne: la masculinidad blanca y sagrada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A través de un trabajo minucioso, plagado de datos y referencias documentales, Kobes nos explica cómo los evangélicos norteamericanos han trabajado en los últimos 75 años para convertir en uno de los ejes de su proyecto de restauración del país la apuesta por una masculinidad ruda, heroica, violenta y, por supuesto, blanca</p><p class="subtitle">Kristin du Mez, historiadora: “El evangelicalismo blanco conservador acaba apoyando el autoritarismo”</p></div><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Jesús puede salvarte el alma, pero John Wayne será quien te salve el pescuezo</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Alan Bean</span>
                                        <span>—</span> Académico bautista
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Cuando el a&ntilde;o pasado pens&eacute; en titular mi libro de rese&ntilde;as cinematogr&aacute;ficas centradas en la masculinidad <em>John Wayne que est&aacute;s en los cielos </em>(La Moderna, 2022), no era del todo consciente del peso que el actor ten&iacute;a en una de las corrientes pol&iacute;ticas m&aacute;s reactivas y peligrosas del siglo XX.&nbsp;Eleg&iacute; el t&iacute;tulo, adem&aacute;s de en recuerdo de la imprescindible Pilar Mir&oacute;, por la fascinaci&oacute;n que el protagonista de tantos westerns ejerc&iacute;a en el personaje que Ricardo Dar&iacute;n interpreta en <em>Una pistola en cada mano</em>, la pel&iacute;cula de Cesc Gay que nos muestra una galer&iacute;a de masculinidades desubicadas. Ahora que acabo de leer el impresionante <em>Jes&uacute;s y John Wayne. C&oacute;mo los evang&eacute;licos blancos corrompieron una fe y fracturaron una naci&oacute;n (</em>Capit&aacute;n Swing, 2022), de la historiadora y experta en estudios de g&eacute;nero Kristin Kobes Du Mez, acabo de cerrar el c&iacute;rculo y de certificar hasta qu&eacute; punto el protagonista de <em>Boinas verdes</em> ha sido y es un modelo a seguir por quienes se resisten a dejarse seducir por la igualdad. Por m&aacute;s que en los &uacute;ltimos a&ntilde;os el mismo g&eacute;nero del western nos haya ofrecido relatos de &ldquo;otras&rdquo; masculinidades en pel&iacute;culas como <em>Brokeback Mountain</em>, <em>The rider o First cow.</em>
    </p><p class="article-text">
        A trav&eacute;s de un trabajo minucioso, plagado de datos y referencias documentales, Kobes nos explica c&oacute;mo los evang&eacute;licos norteamericanos han trabajado en los &uacute;ltimos 75 a&ntilde;os para convertir en uno de los ejes de su proyecto de restauraci&oacute;n del pa&iacute;s la apuesta por una masculinidad ruda, heroica, violenta y, por supuesto, blanca. La que hemos ido viendo traducida en la carne y los huesos de personajes como Oliver North, Ronald Reagan y, claro, el inefable Trump. En la reacci&oacute;n frente a un mundo en el que progresivamente, y no sin obst&aacute;culos, se han ido conquistando espacios de autonom&iacute;a por parte de las mujeres y de colectivos que hist&oacute;ricamente estuvieron en los m&aacute;rgenes, esta alianza entre intereses religiosos, pol&iacute;ticos y econ&oacute;micos se apoya en una vindicaci&oacute;n del tradicional orden de g&eacute;nero. Es decir, la familia&nbsp;de siempre donde las mujeres deb&iacute;an de continuar siendo los &aacute;ngeles del hogar y sus esposos los proveedores y detentadores de autoridad. En un intento de borrar, entre otras cosas, el progresivo estatus de igual ciudadan&iacute;a que ellas han tenido que pelear durante siglos. En el programa de los evang&eacute;licos, es fundamental recuperar la tradicional virilidad estadounidense, remasculinizar el cristianismo e incluso desmontar el imaginario de un Jesucristo excesivamente piadoso y &ldquo;feminizado&rdquo;. La ira del Dios hombre frente a la compasi&oacute;n del hombre que es sacrificado. Un l&iacute;der revolucionario, en el que casi podr&iacute;amos adivinar los precedentes de la &eacute;tica del cuidado, que deber&iacute;a ser sustituido por algo m&aacute;s parecido a la corporalidad &ldquo;de h&eacute;roe de guerra&rdquo; que nos mostraba <em>La Pasi&oacute;n</em> de Mel Gibson. Recordemos, otro de esos hombres de cine con el que podr&iacute;amos hacer un ciclo de masculinidades negativas: desde William Wallace de <em>Braveheart</em>&nbsp; a <em>El patriota</em>. La clave ha sido restaurar una masculinidad heroica y combativa, nacionalista, que salve a la patria de la contaminaci&oacute;n que supone &ldquo;el otro&rdquo;. Como si estuvi&eacute;ramos en una eterna pel&iacute;cula del Oeste y los presidentes fueran una especie de cowboys, de esos que caminan como si llevaran una pistola en cada mano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El libro revela las estrechas conexiones entre la Casa Blanca y ese movimiento religioso y reactivo, el cual se ha servido durante d&eacute;cadas de un potente aparato propagand&iacute;stico a trav&eacute;s de radios, publicaciones y m&aacute;s recientemente redes sociales. Todo ello al hilo de los acontecimientos, internos y externos, que han definido la pol&iacute;tica estadounidense en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas. Unas d&eacute;cadas en las que hemos asistido a luchas y movilizaciones que han cuestionado el orden patriarcal, blanco y heteronormativo, las cuales han sido percibidas por el sector m&aacute;s conservador de la derecha como una amenaza para la integridad del pa&iacute;s. De ah&iacute;, la permanente vindicaci&oacute;n de la autoridad patriarcal como la base de una sociedad ordenada y pr&oacute;spera. Esa que parece imposible sin hombres machos, heroicos y rudos. Los &uacute;nicos que pueden salvarnos de los peligros de la feminizaci&oacute;n del mundo. Un programa pol&iacute;tico sostenido por autoridades eclesi&aacute;sticas, que hemos visto c&oacute;mo se extiende tambi&eacute;n por pa&iacute;ses latinoamericanos, en los que hemos asistido en los &uacute;ltimos a&ntilde;os a una deriva alarmante hacia eso que el te&oacute;logo Juan Jos&eacute; Tamayo denomina &ldquo;cristofascismo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La lectura de <em>Jes&uacute;s y John Wayne</em> provoca mucho desasosiego y malestar porque nos revela toda una corriente de agravios, malestar y odio que vemos c&oacute;mo tambi&eacute;n se extiende por Europa y c&oacute;mo llega a las viejas democracias del continente en forma de opciones pol&iacute;ticas que pretenden ganar en el r&iacute;o revuelto de las m&uacute;ltiples crisis que tienen a tantos y a tantas desesperanzadas. El relato que la autora nos ofrece de c&oacute;mo diversos poderes se al&iacute;an para frenar las conquistas de igualdad y de c&oacute;mo los discursos pol&iacute;ticos &ndash; en los parlamentos, en las redes, en los medios de comunicaci&oacute;n &ndash; se nutren de propuestas, tambi&eacute;n en lo simb&oacute;lico, que nos retrotraen a ese mundo que se sosten&iacute;a, para desgracia de tantos y de tantas, sobre las fantas&iacute;as masculinas de poder. Todo lo que nos cuenta Kristin Kobes deber&iacute;as servirnos pues de advertencia en una Europa en la que empiezan a expandirse los nost&aacute;lgicos de una masculinidad a lo John Wayne, los que no entienden que la igualdad implica reconocer las diferencias y los que pregonan la libertad pero siempre que sea administrada por quienes controlan los recursos y las oportunidades. Un ejemplo m&aacute;s de c&oacute;mo el patriarcado lejos de desaparecer se reinventa y se adapta a los tiempos. Y una llamada de atenci&oacute;n m&aacute;s que urgente para que no bajemos la guardia y nos planteemos, como tarea prioritaria, desmontar un orden cultural y simb&oacute;lico, y por supuesto tambi&eacute;n pol&iacute;tico, que se apoya en la masculinidad &ndash; blanca, heterosexual, burguesa, etnoc&eacute;ntrica &ndash; como referencia de un mundo en el que quienes no encajan en ese modelo est&aacute;n condenados y condenadas a la explotaci&oacute;n, la servidumbre y, en el mejor de los casos, a una eterna minor&iacute;a de edad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/jesus-john-wayne-masculinidad-blanca-sagrada_129_9992218.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Mar 2023 05:00:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Jesús y John Wayne: la masculinidad blanca y sagrada]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los placeres de la igualdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/placeres-igualdad_129_9838012.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/12aeddb5-5f28-424b-9232-d7dc883ebd59_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los placeres de la igualdad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay que despojar el amor, el sexo o los cuerpos de las lógicas de la dominación, dándoles un valor subversivo, político, lejos de los mandatos utilitaristas</p></div><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de un a&ntilde;o tan (in)tenso pol&iacute;tica y jur&iacute;dicamente, en el que varias disposiciones normativas relacionadas con la igualdad han generado debates que hubieran requerido pensar m&aacute;s despacio, como reclama Remedios Zafra, deber&iacute;amos hacer un ejercicio de autocr&iacute;tica. Algo que me temo ser&aacute; complicado en un a&ntilde;o electoral donde las din&aacute;micas son las propias de quien defiende o conquista territorios. Sin embargo, no estar&iacute;a mal que muy especialmente la izquierda se planteara algunas revisiones. No le ir&iacute;a mal, por ejemplo, leer el revelador libro del franc&eacute;s Micha&euml;l Foessel, <em>Quartier rouge, </em>cuyo subt&iacute;tulo, <em>Le plaisir et la gauche, </em>nos da muchas claves sobre c&oacute;mo deber&iacute;amos enfocar determinadas cuestiones en este siglo de incertidumbres. Su lectura, a la que llegu&eacute; gracias a la recomendaci&oacute;n de uno de mis pensadores de cabecera, Daniel Innerarity,&nbsp;fue una de las m&aacute;s reveladoras del 2022 e hizo que me interrogara, por ejemplo, sobre la manera en que,&nbsp;en cuanto var&oacute;n antipatriarcal, insisto en contagiar a otros hombres el valor de la igualdad.
    </p><p class="article-text">
        El libro de Foessel nos plantea c&oacute;mo desde la izquierda es posible plantear una alternativa al discurso de la derecha que insiste en la bondad de la libertad individual, que se rebela contra restricciones y sanciones, por m&aacute;s que estas respondan a las exigencias de un orden com&uacute;n, y que exalta como valor supremo nuestra supuesta capacidad para elegir. Todo ello se ajusta como un guante a un modelo, ese que autoras como Eva Illouz denominan tecnocapitalismo, en el que el protagonista es un sujeto narcisista, que lo mismo consume bienes que personas: el ego depredador que, no es casual, tiene tanto que ver con las referencias androc&eacute;ntricas desde las que construimos las democracias y el constitucionalismo contempor&aacute;neo. El sujeto &ldquo;supuestamente&rdquo; aut&oacute;nomo, adulto, propietario, proveedor y heteronormativo. Vamos, el machote de toda la vida. Una construcci&oacute;n ficticia y parcial que eludi&oacute; un presupuesto ontol&oacute;gico b&aacute;sico: nuestra com&uacute;n y humana vulnerabilidad. Ese modelo, que nunca tuvo en cuenta qui&eacute;n le hac&iacute;a la cena a Adam Smith, ha encontrado sus m&aacute;ximas posibilidades de realizaci&oacute;n en el contexto neoliberal y tecnol&oacute;gico donde cada cual, con apenas el movimiento de un dedo de la mano, puede hacer realidad sus sue&ntilde;os. Eso s&iacute;, en funci&oacute;n de los recursos que solo a algunos nos permiten poder elegir entre la comida basura como placer culpable y la dieta san&iacute;sima que nos garantiza unos cuerpos a prueba de eternidad. Todas y todos cuerpos mercantilizados, maleables, en un espacio sin fronteras donde hasta el amor y el sexo se han convertido en cuestiones de validaci&oacute;n, no de reconocimiento.
    </p><p class="article-text">
        Es en este contexto, donde el a&ntilde;orado Estado social languidece, en el que la izquierda, y con ella los proyectos pol&iacute;ticos relacionados con la igualdad, no est&aacute; siendo capaz de encontrar acomodo en este siglo XXI tan esclavo de identidades y ombligos. As&iacute; lo estamos comprobado por ejemplo en todas sus sin duda necesarias propuestas relacionadas con la libertad sexual o, en general, con los cuerpos, esos artefactos que durante siglos han estado ausentes de la l&oacute;gica democr&aacute;tica en funci&oacute;n de la disciplina de las religiones, la medicina o el Derecho. Junto a una peligrosa deriva punitivista &ndash;las sanciones no remueven los sistemas de dominio y opresi&oacute;n-, se multiplican propuestas y sobre todo discursos que acaban siendo moralizantes, que la ciudadan&iacute;a percibe como restrictivos de su autonom&iacute;a, y que adem&aacute;s se explican m&aacute;s porque parecen no salir del bucle amigo/enemigo. Todo ello suma para que las posiciones reactivas se vean alentadas y creen imaginarios, de manera muy peligrosa entre los m&aacute;s j&oacute;venes, ante la ausencia de propuestas que conecten con su aqu&iacute; y ahora.
    </p><p class="article-text">
        Es aqu&iacute; donde acierta Foessel al plantear la necesidad de que la izquierda recupere el valor de los placeres, despojados de su instrumentalizaci&oacute;n mercantilista, y en el marco de una propuesta emancipadora. Esta pasa necesariamente por lo com&uacute;n, por lo compartido, por las energ&iacute;as que derivan de la empat&iacute;a y el reconocimiento. Por liberarnos de las din&aacute;micas del rendimiento, de los miedos y la verg&uuml;enza. De todas esas representaciones que nos hacen creer due&ntilde;os cuando seguimos siendo esclavos. Se tratar&iacute;a, nada m&aacute;s y nada menos, que de &ldquo;reconciliar a los ciudadanos con el placer de hacer la sociedad m&aacute;s igualitaria&rdquo;. Lo cual pasa, entre otras cosas, por despojar el amor, el sexo o los cuerpos de las l&oacute;gicas de la dominaci&oacute;n, d&aacute;ndoles un valor subversivo, pol&iacute;tico, lejos de los mandatos utilitaristas que nos convierte no solo en consumidores sino tambi&eacute;n en objetos consumibles. Resignificando &ldquo;lo perverso&rdquo; como puerta a otra manera de relaciones en y con el mundo. Reivindicando, a lo Audre Lorde, la fuerza transformadora del erotismo, la consciencia feliz de la risa y el potencial de encuentro democr&aacute;tico del juego. En definitiva, se tratar&iacute;a de subrayar la dimensi&oacute;n emancipadora del placer, lo cual pasa por no renunciar a la imaginaci&oacute;n y por clausurar la melancol&iacute;a. La &uacute;nica v&iacute;a, en fin, para &ldquo;realizar el para&iacute;so en las condiciones del infierno&rdquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/placeres-igualdad_129_9838012.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Jan 2023 21:16:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los placeres de la igualdad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Igualdad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por qué la boda de 'mi ex' fue uno de los días más felices de mi vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/nidos/boda-ex-dias-felices-vida_129_9780492.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/caafdd57-0389-43f6-a8eb-0e676215b639_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por qué la boda de &#039;mi ex&#039; fue uno de los días más felices de mi vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La madre de mi hijo, a la que me niego a llamar 'mi ex', y yo nos hemos equivocado, hemos rectificado y sobre todo nos hemos cuidado. Cuidar: gracias a la conjugación de ese verbo, nuestros mundos no se han divorciado y sigue habiendo pasarelas entre nuestras casas</p><p class="subtitle">Mi ex tiene nueva esposa y mi hijo adora a su nueva familia: de cómo pasé de la traición a la sororidad
</p></div><p class="article-text">
        Fui uno de esos hombres educados en la idea de que la vida ha de seguir un itinerario en el que vamos cubriendo etapas sucesivas. Entre ellas, firmar una hipoteca, casarse y formar una familia. Despu&eacute;s, supon&iacute;amos, los d&iacute;as entraban en una din&aacute;mica c&oacute;moda y hasta placentera. Tras una adolescencia confusa y cat&oacute;licamente represora, decid&iacute; ajustarme al seguro y relativamente c&oacute;modo marco heteronormativo. Iluso y cobarde. Con bendiciones can&oacute;nicas, como deb&iacute;a ser. Y s&iacute;, me cas&eacute; con dudas y temores, pero tambi&eacute;n enamorado. Ahora que miro hacia atr&aacute;s sin iras hacia m&iacute; mismo, puedo afirmar que hubo amor y un proyecto conjunto, ilusiones compartidas y, lo mejor de todo, un hijo que ha sido siempre una especie de puente, a veces sobre aguas turbulentas, y un espejo en el que descubrir y asumir nuestras fragilidades.
    </p><p class="article-text">
        Enga&ntilde;ar&iacute;a a quien dijera que la separaci&oacute;n de mi compa&ntilde;era fue f&aacute;cil. Ninguna lo es. Pero la nuestra, como m&iacute;nimo, no provoc&oacute; ning&uacute;n terremoto que nos dejara con el suelo abierto en canal. En nuestro caso, la complejidad tuvo que ver con mi cruzada personal contra mis fantasmas. Con mi reconocimiento como hombre que, igual que se hab&iacute;a enamorado de una mujer, pod&iacute;a hacerlo de otro hombre. En este proceso, mi compa&ntilde;era, que hoy por hoy lo sigue siendo aunque no tenga un calificativo consensuado socialmente para nombrarla, nunca adopt&oacute; el papel de justiciera o despechada. Al contrario, fue la que m&aacute;s me ayud&oacute; a abrir ventanas, la que m&aacute;s y mejor me escuch&oacute;, la que siempre me anim&oacute; a no traicionarme. Ella, que siempre ha peleado contra un mundo no hecho a medida de las mujeres aut&oacute;nomas, me ense&ntilde;&oacute; entonces como nunca antes nadie lo hab&iacute;a hecho el arte de la generosidad. Gracias a ella, empec&eacute; a desarmar mi masculinidad. 
    </p><p class="article-text">
        Fue as&iacute; como empec&eacute; a escribir una novela de la que me quedan todav&iacute;a muchos cap&iacute;tulos pendientes. Desde aquella Navidad en la que en nuestra casa parec&iacute;a haber un cable de alta tensi&oacute;n recorriendo las habitaciones, empezamos, en vez de a destruir, a construir lo que ahora tenemos. Tal vez sin ser muy conscientes, a tientas, con inseguridades y congojas, nos empe&ntilde;amos en aprovechar las ruinas para construir otro edificio. Quiz&aacute;s porque la casa no se hab&iacute;a destruido del todo, sino que m&aacute;s bien solo hab&iacute;a sido atravesada por rayos que hab&iacute;an dejado muchas grietas en las paredes. En este devenir, la madre de mi hijo siempre tuvo y tiene un papel central, ya que ella siempre ha sido, adem&aacute;s de m&aacute;s valiente que yo, m&aacute;s capaz de gestionar las emociones, de buscar salidas a los laberintos y de aplicar su filosof&iacute;a de entrenadora a las cosas m&aacute;s cotidianas. 
    </p><p class="article-text">
        Sin ella habr&iacute;a sido mucho m&aacute;s dif&iacute;cil, por ejemplo, gestionar la comunicaci&oacute;n a nuestro hijo de lo que estaba pasando entre nosotros. Ella fue la principal comunicadora y yo, como fiel reproductor de los mandatos de g&eacute;nero, me qued&eacute; en un segundo plano. Eso s&iacute;, nunca olvidar&eacute; una conversaci&oacute;n cortita pero rotunda que tuve con &eacute;l, los dos metidos en la cama, y yo tratando, ante todo, de explicarle que todo iba a discurrir sin problemas para &eacute;l. Tal vez uno de los aciertos fue ir haci&eacute;ndolo parte de un proceso que tuvo sus d&iacute;as y hasta sus meses, de manera que en ning&uacute;n caso sintiera que estaba viviendo una mudanza radical. Juntos, y sin aspavientos, fuimos recorriendo los distintos cap&iacute;tulos, sin que nos llegara a empachar una bola de acontecimientos.
    </p><p class="article-text">
        Cuando alguien me pregunta por el secreto de esta aventura, o por una especie de manual de instrucciones, me cuesta responder. Solo percibo, en la distancia de los a&ntilde;os transcurridos desde entonces, que siempre hemos sabido mantener el equilibrio entre la autonom&iacute;a de cada uno y el espacio compartido, en el que nunca nos hemos movido como extra&ntilde;os sino como esos amigos que conocen bien sus debilidades y riquezas. Hemos ido resolviendo las organizaciones rutinarias, pero fundamentales, en el uso de los tiempos, de nuestros espacios y de nuestros propios proyectos, en permanente di&aacute;logo. Sin tener un plan preestablecido. De hecho, estuvimos varios a&ntilde;os sin formalizar el divorcio, en el que optamos por la custodia compartida, y de hecho le llevamos las tareas hechas a nuestro abogado que se limit&oacute; a plasmar por escrito nuestra praxis previa. 
    </p><p class="article-text">
        Procuramos siempre atender como prioritario el bienestar de nuestro hijo pero sin olvidar la importancia tambi&eacute;n de nuestros tiempos de trabajo, de ocio o de inquietudes personales. La madre de mi hijo, volcada desde siempre en el mundo de atletismo y por tanto con duras exigencias de horas de entrenamiento o de viajes los fines de semana, fue la que en muchos casos me dio pautas para tratar de hacer compatibles las vidas de dos adultos muy ocupados con la responsabilidad que supon&iacute;a atender a nuestro hijo. Bendito m&oacute;vil y benditas aplicaciones que nos han permitido ir modificando agendas sobre la marcha, ir apagando incendios e ir cambiando de planes con una cierta tranquilidad. Mi hijo vivi&oacute; tan directamente esta forma de organizarnos que, cuando ya alcanz&oacute; una cierta madurez, fue &eacute;l quien tambi&eacute;n se convirti&oacute; en part&iacute;cipe de algunas decisiones y cuando lleg&oacute; a la adolescencia vivi&oacute; incluso con alegr&iacute;a, y como un mundo de posibilidades, la realidad de tener dos casas y dos mundos en los que, entiendo, &eacute;l nunca se sinti&oacute; un extra&ntilde;o. 
    </p><p class="article-text">
        De hecho, desde hace apenas un a&ntilde;o, su madre y yo somos casi vecinos y vivimos a escasos metros a pie, como si el destino nos estuviera llevando a un singular punto de partida. En ning&uacute;n caso, adem&aacute;s, sentimos que nuestro hijo usara esta situaci&oacute;n para hacernos chantaje emocional, m&aacute;s all&aacute; de hechos puntuales en la turbulenta adolescencia, pero nada serio que nos hiciera saltar las alertas. 
    </p><p class="article-text">
        Nos hemos equivocado, hemos rectificado y sobre todo nos hemos cuidado. Cuidar: ese verbo que ahora parece la muletilla imprescindible en cualquier discurso igualitario y que a m&iacute; me remite, insisto, desde la pr&aacute;ctica, no desde la mera teor&iacute;a, a la escucha y la conversaci&oacute;n, a los buenos tratos, a la delicadeza y a la alegr&iacute;a. Gracias a la conjugaci&oacute;n de ese verbo, siempre en presente imperfecto, nuestros mundos no se han divorciado y sigue habiendo pasarelas entre nuestras casas. Todo ello al tiempo que hemos procurado que quienes nos rodean, y nos quieren bien, sean conscientes y part&iacute;cipes de ese escenario. Algo que, por cierto, no ha dejado de provocar en muchas ocasiones la incomprensi&oacute;n, como m&iacute;nimo, desconfianza de quienes viven instalados en el rencor.
    </p><p class="article-text">
        En estos a&ntilde;os de reajustes y descubrimientos, la madre de mi hijo, a la que me niego llamar &ldquo;mi ex&rdquo;, porque siento que as&iacute; la estoy expulsando de mi vida, hemos compartido confidencias y dudas, soledades y conquistas, y hemos disfrutado al m&aacute;ximo del crecimiento de esa personita a quien nunca mantuvimos en la inopia de la fantas&iacute;a. Por todo ello, creo que sobran las explicaciones de por qu&eacute; yo me sent&iacute; tan feliz hace unos meses cuando ella decidi&oacute; formalizar la relaci&oacute;n que ahora tiene con un tipo estupendo, al que siempre saludo con un abrazo sincero. Verla tan radiante, como si lo tuviera todo por descubrir, del brazo de nuestro hijo, y haci&eacute;ndome parte esencial de la fiesta, de su fiesta, fue uno de los momentos m&aacute;s emocionantes de mi vida. 
    </p><p class="article-text">
        Entonces asum&iacute;, con m&aacute;s claridad que nunca, que hab&iacute;amos elegido el camino correcto, que hab&iacute;an merecido la pena los insomnios y las rebeld&iacute;as. No ser&eacute; yo quien afirme que nuestra experiencia sea mod&eacute;lica, ni que ni ella ni yo seamos ejemplares, pero s&iacute; que me gusta reivindicarla como una alternativa que procura sosiego y que hace m&aacute;s anchas las vidas. Que suma y hasta multiplica. Y que supone una apuesta revolucionaria por el amor que ya quisieran muchos poliamorosos y otras tribus deconstruidas. Un amor que se parece, a ratos al menos, a ese &ldquo;amor camarader&iacute;a&rdquo; que reclamaba Alejandra Kollontai en los a&ntilde;os 20 del pasado siglo. Siempre en construcci&oacute;n, como alegremente demuestra el gerundio, ese tiempo verbal en el que tal vez resida el secreto de una vida buena y de esa siempre inestable felicidad que alcanzamos a vivir en este jodido mundo que nos ha tocado en suerte.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/nidos/boda-ex-dias-felices-vida_129_9780492.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 Dec 2022 21:18:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Por qué la boda de 'mi ex' fue uno de los días más felices de mi vida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[familias,Matrimonio,Crianza,Divorcios]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La lección]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/leccion_129_9612130.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3a0398cf-dbb2-4828-b94c-2202a55f1756_16-9-discover-aspect-ratio_default_1057847.jpg" width="720" height="405" alt="La lección"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Está narrada sin concesiones al melodrama y es de esos productos audiovisuales que nos ofrecen un retrato perfecto del lugar en el que estamos y del momento que nos define</p><p class="subtitle">Los ángulos ciegos del consentimiento</p></div><p class="article-text">
        Empiezo a leer '<em>Ense&ntilde;ar pensamiento c</em>r&iacute;tico', de la siempre apasionada bell hooks (ed. Rayo Verde), despu&eacute;s de haber visto la miniserie <em>La lecci&oacute;n</em>, y justo cuando apenas llevo unas semanas del nuevo curso. Como cada septiembre, he vuelto a sentir cosquilleo en el est&oacute;mago, muchas dudas e incertidumbres y, sobre todo, la enorme emoci&oacute;n y responsabilidad, que supone ser profesor con un grupo de reci&eacute;n llegados y llegadas a la mayor&iacute;a de edad. Leo y subrayo las sugerencias de hooks, despu&eacute;s de haberme aprendido casi de memoria su '<em>Ense&ntilde;ar a transgredir' (</em>ed. Capit&aacute;n Swing<em>), </em>y trato de llevar al aula sus ense&ntilde;anzas sobre c&oacute;mo generar una conversaci&oacute;n democr&aacute;tica con el alumnado. Una tarea cada vez m&aacute;s complicada en un mundo en el que ellos y ellas usan un lenguaje muy distinto al m&iacute;o, tan condicionadas por un espacio, el de las redes sociales, que para bien y para mal les ofrece unos relatos y unos imaginarios en los que con frecuencia es complicado equilibrar racionalidad y emoci&oacute;n. Me siento ahora m&aacute;s que nunca como ese aprendiz del que habla Marina Garc&eacute;s y que me obliga a echar mano constantemente de la imaginaci&oacute;n, esa virtud tan despreciada por las burocracias educativas, as&iacute; como a reconciliarme con la fragilidad que con frecuencia me hace sentirme totalmente desnudo ante mi alumnado.
    </p><p class="article-text">
        <em>La lecci&oacute;n, </em>una miniserie israel&iacute; que puede verse en Filmin y que deber&iacute;a ser de visionado obligatorio para cualquiera que se dedique o que se preocupe por la ense&ntilde;anza, me ha removido mis entra&ntilde;as de docente y me ha enfrentado a muchas de las contradicciones que me provoca mi funci&oacute;n justo en el momento presente. M&aacute;s all&aacute; del contexto en el que se sit&uacute;a la historia, y del conflicto de fondo, el que enfrenta a jud&iacute;os y &aacute;rabes en el Estado de Israel,&nbsp; sobre el que pivotan las tensiones que sacuden a los protagonistas, lo que m&aacute;s me ha conmovido de la historia son las dificultades a las que se enfrenta un profesor, Amir, interpretado magistralmente por Doron Ben-David,&nbsp; cuando trata de forjar una determinada &eacute;tica entre su alumnado. Los dilemas que inevitablemente se generan cuando, en un contexto de supuestas libertades, es necesario establecer l&iacute;mites, encontrar matices y superar las trincheras que solo generan ira. Una tarea cada vez m&aacute;s complicada en un mundo en el que las redes sociales, y de su manos los medios de comunicaci&oacute;n construyen relatos desde el frentismo, sobre la l&iacute;nea m&aacute;s superficial de las sacudidas emocionales y sin que haya espacio ni tiempo justamente para lo que reclama bell hooks, la conversaci&oacute;n. Si a todo ello sumamos el conjunto de frustraciones e inseguridades que sacuden especialmente a las nuevas generaciones, plasmadas con toda su crudeza en el personaje de Lian, la alumna que genera el conflicto, interpretada por Maya Landsman con una fuerza desgarradora,&nbsp;el resultado no puede ser m&aacute;s turbulento y en ocasiones hasta violento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin llegar a la situaci&oacute;n extrema que vive el protagonista de <em>La lecci&oacute;n</em>, que tambi&eacute;n es padre de hijos adolescentes y que suma a sus dilemas como docente los propios de una paternidad que pretende ser responsable y que se equivoca con frecuencia, yo tambi&eacute;n he vivido y vivo en el aula ese caminar por el desfiladero. Esa angustia que supone tratar de ser equilibrado entre el respeto de la diversidad, y por tanto del di&aacute;logo, y la necesidad de marcar unas fronteras que impidan que actitudes que solo generan violencias se extiendan entre los m&aacute;s j&oacute;venes. Cada d&iacute;a me cuesta m&aacute;s cuanto entro en mi aula universitaria mantenerme &iacute;ntegro, no dejarme llevar yo tambi&eacute;n por mis pasiones, no encender la mecha que mis alumnos y mis alumnas con frecuencia me ponen sobre la mesa. Me faltan herramientas para responder a la realidad tan compleja que habitamos y que nos habita, y en la que, por ejemplo, son cruciales las vivencias personales y familiares de quienes en sus asientos nos miran en ocasiones como si fu&eacute;ramos capaces de tener respuesta para todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>La lecci&oacute;n, </em>que est&aacute; narrada sin concesiones al melodrama, es de esos productos audiovisuales que nos ofrecen un retrato perfecto del lugar en el que estamos y del momento que nos define. Con la capacidad, adem&aacute;s, de ir m&aacute;s all&aacute; del contexto singular en el que se desarrolla la historia, y que l&oacute;gicamente amplifica las heridas y los miedos, para enfrentarnos como espectadores a algunos de los que deber&iacute;an ser retos m&aacute;s importantes del siglo XXI. Entre ellos, c&oacute;mo articulamos una educaci&oacute;n desde y para la democracia, de qu&eacute; manera hacemos de la ira una energ&iacute;a pol&iacute;tica transformadora y no un pretexto para la violencia, o c&oacute;mo somos capaces de conciliar nuestras vidas p&uacute;blicas con unas privadas en las que cada vez m&aacute;s nos encontramos pisando suelos que resbalan. Es evidente que el primer paso para encontrar respuestas es saber plantearse las preguntas. Ver <em>La Lecci&oacute;n</em>, y por supuesto leer a bell hooks, nos ayuda a ello. Despu&eacute;s solo faltar&iacute;a ponerse mano a la obra. Sin hero&iacute;smos. Con responsabilidad. Dispuestos en &uacute;ltima instancia a darnos un abrazo como el que piden a gritos Amir y Lian.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/leccion_129_9612130.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 12 Oct 2022 20:25:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La lección]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Enseñanza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los ángulos ciegos del consentimiento]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/angulos-ciegos-consentimiento_129_9310946.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b3e6cc95-eb49-4c10-9534-30a7058dfd7b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0." width="1200" height="675" alt="Los ángulos ciegos del consentimiento"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">'Consentimiento' es un término que deberíamos superar porque parece indicar que en una relación siempre hay quien propone y quien consiente, cuando deberíamos estar hablando de reciprocidad y de reconocimiento, de empatía y de sexualidad compartida</p></div><p class="article-text">
        Como cada curso, este a&ntilde;o empezar&eacute; las clases explic&aacute;ndole a mi alumnado que en Derecho dos y dos nunca, o casi nunca, suman cuatro. Que por muy tasado que est&eacute; un comportamiento en una norma, los hechos, y por supuesto tambi&eacute;n la misma norma, son siempre objeto de interpretaci&oacute;n. Y que el gran dilema al que nos enfrenta el sistema es que al final siempre necesitamos una &ldquo;verdad judicial&rdquo; que resuelva el conflicto, pero que no necesariamente coincide con la verdad vivida, sentida o intuida por los sujetos que han sido parte o por quienes desde fuera han observado los hechos. 
    </p><p class="article-text">
        Este juego de permanente malabarismo en el que nos movemos los juristas, y mucho m&aacute;s quienes tienen la funci&oacute;n de administrar justicia, nos enfrenta a permanentes dilemas, por otro lado, inevitables porque el Derecho no se ocupa sino de nuestros vicios y miserias, de nuestras pasiones y de todo aquello que genera o puede generar inevitables tensiones en la convivencia democr&aacute;tica. En este sentido, nada m&aacute;s complejo de regular, e interpretar jur&iacute;dicamente, que todo lo relacionado con la sexualidad, con los deseos, con esos espacios de intimidad en los que habitualmente no hay testigos y en los que todos y todas, con frecuencia, jugamos con el animal que llevamos dentro. Por ello, entiendo que nunca ser&aacute; satisfactoria del todo una ley dirigida a garantizar la libertad sexual de las mujeres, como la que recientemente ha entrado en vigor en nuestro pa&iacute;s, por m&aacute;s que est&eacute; llena de buenas intenciones con respecto a la necesaria protecci&oacute;n de quienes habitualmente, en el contexto de relaciones de poder que siguen marcando los universos masculino y femenino, son v&iacute;ctimas de usos y abusos. 
    </p><p class="article-text">
        Y no lo ser&aacute;, porque por m&aacute;s que como hace la Ley Org&aacute;nica 10/2022, de 6 de septiembre, de garant&iacute;a integral de la libertad sexual, se trate de precisar al m&aacute;ximo que habr&aacute; una violaci&oacute;n cuando no haya consentimiento, e incluso se aporte una definici&oacute;n extremadamente descriptiva de lo que debemos entender por tal, en la pr&aacute;ctica habr&aacute; de ser cada tribunal quien valore testimonios, hechos y pruebas, sin renunciar a las garant&iacute;as propias de un Estado de Derecho. En este sentido, mucho me temo que el nuevo art. 174 de nuestro C&oacute;digo Penal, en el que de forma tajante se afirma que &ldquo;s&oacute;lo se entender&aacute; que hay consentimiento cuando se haya manifestado libremente mediante actos que, en atenci&oacute;n a las circunstancias del caso, expresen de manera clara la voluntad de la persona&rdquo;, traslada a los tribunales unas responsabilidades interpretativas que nunca ser&aacute;n f&aacute;ciles y que, por supuesto, requerir&iacute;an una formaci&oacute;n y sensibilizaci&oacute;n en perspectiva de g&eacute;nero de la que siguen careciendo, en general,&nbsp; los operadores jur&iacute;dicos.
    </p><p class="article-text">
        De estos dilemas se ocupa la recientemente estrenada <em>El acusado</em>, una extraordinaria pel&iacute;cula francesa que justamente nos coloca frente al enjuiciamiento de una &ldquo;presunta violaci&oacute;n&rdquo; &ndash; un hecho que nunca veremos en pantalla &ndash; y que hace que nos convirtamos en una especie de jurado que ha de valorar las dos versiones, las dos verdades, la de la chica que, aterrorizada, cuenta c&oacute;mo hizo algo que no quer&iacute;a hacer y la del chico que insiste en que en todo caso &eacute;l percibi&oacute; que hubo consentimiento por parte de ella. Lo m&aacute;s inteligente de la pel&iacute;cula es que no toma partido, sino que nos plantea en cuanto espectadores los interrogantes que siempre surgen en eso que podr&iacute;amos llamar los &aacute;ngulos ciegos del Derecho. Y frente a los cuales el tribunal en cuesti&oacute;n tiene que tomar una decisi&oacute;n en forma de sentencia, mediante la que se procura no solo reparar el da&ntilde;o producido a la v&iacute;ctima - &iquest;es eso posible? -, sino que tambi&eacute;n se lanza un mensaje a la sociedad entera y se abre el camino para que el condenado pueda ser reinsertado en la sociedad - &iquest;c&oacute;mo se articula la reinserci&oacute;n de un sujeto que ha abusado sexualmente de una mujer?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La pel&iacute;cula dirigida por Yvan Attal,&nbsp;que cuenta con un elenco de actores y actrices absolutamente brillantes, y entre los que se encuentran su mujer - Charlotte Gainsbourg &ndash; y su propio hijo, Ben Attal, tiene adem&aacute;s la gran virtud de situar la historia en el contexto &ldquo;post MeToo&rdquo; y de convertir en protagonistas a unos hombres y mujeres en los que vemos retratadas buena parte de las posiciones que hoy est&aacute;n enmarcando los debates relacionados con los derechos y libertades de las mujeres. Unos debates que, con frecuencia, muy especialmente en las redes sociales, se atrincheran en el manique&iacute;smo. Desde la madre del joven acusado, que es una ensayista feminista y que se ve en la tesitura de quitarse el peso de la teor&iacute;a y enfrentarse a la realidad del hijo que educ&oacute; en igualdad, a la madre de la v&iacute;ctima, que es una jud&iacute;a ortodoxa para la que es esencial que las mujeres sean virtuosas desde el punto de&nbsp; vista sexual, pasando por el padre del presunto violador que representa todos los arquetipos del macho poderoso y dominante &ndash; el que siempre entendi&oacute; el sexo como una forma m&aacute;s de poder sobre las mujeres sometidas &ndash;, o el padre desconcertado de la v&iacute;ctima que es la pareja de la madre del chico. El gran acierto de &ldquo;<em>El acusado</em>&rdquo; es que con estos elementos huye de lo panfletario y de esa posici&oacute;n comodona que nos obliga a optar entre el blanco o el negro. Nos trata como espectadores inteligentes y por tanto dilem&aacute;ticos, y por supuesto con frecuencia contradictorios. Y nos pone de manifiesto, insisto, la inevitable fragilidad de un sistema penal garantista como mecanismo de castigo, pero sobre todo de prevenci&oacute;n de la violencia sexual.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque, m&aacute;s all&aacute; de las dudas sobre lo que pas&oacute; esa noche cuando el chico y la chica salieron de una fiesta y se metieron solos en una caba&ntilde;a, lo que s&iacute; vemos rotundamente claro es que &eacute;l y ella viven en mundos distintos. Y no solo porque su estatus social sea diverso o porque, como le sucede a ella, est&eacute; marcada por una cultura religiosa, sino porque, y eso s&iacute; que lo deja bien claro la pel&iacute;cula, &eacute;l pertenece a un mundo en el que el sexo sigue contempl&aacute;ndose como un ejercicio de poder, en el que los hombres se refugian en fratr&iacute;as que usan a las mujeres para reafirmar su virilidad y en el que por supuesto nunca fueron educados para tener presentes los deseos de ellas, socializadas todav&iacute;a hoy&nbsp; en una cultura del agrado, la culpa y el miedo. Es justamente esta cultura en donde reside la piedra angular de lo que a veces muy alegremente analizamos como &ldquo;consentimiento&rdquo;. Un t&eacute;rmino que deber&iacute;amos superar porque parece indicar que en una relaci&oacute;n siempre hay quien propone y quien consiente, cuando deber&iacute;amos estar hablando de reciprocidad y de reconocimiento, de empat&iacute;a y de sexualidad compartida. Un horizonte que, como nos demuestra la pel&iacute;cula, dif&iacute;cilmente se alcanza con procesos penales que, de entrada, habr&aacute;n destruido las vidas de todas las partes, muy especialmente claro de las v&iacute;ctimas, sino a trav&eacute;s de procesos de socializaci&oacute;n y educativos que vayan haciendo que, al fin, los hombres dejemos de entender la sexualidad como ese territorio en el que, como en otros muchos espacios, nos excita el ejercicio del poder. Algo que, por cierto, tambi&eacute;n est&aacute; previsto en la recientemente aprobada ley espa&ntilde;ola, previsiones que requerir&aacute;n recursos, personales y materiales, suficientes sin los cuales ser&aacute; imposible avanzar hacia la superaci&oacute;n de una cultura en el que sigue siendo habitual que un chico exhiba, como parte del &ldquo;jolgorio&rdquo; que dir&iacute;a alg&uacute;n juez,&nbsp; las bragas de una chica como conquista.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/angulos-ciegos-consentimiento_129_9310946.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 13 Sep 2022 21:30:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los ángulos ciegos del consentimiento]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[28J: alianzas para la igualdad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/28j-alianzas-igualdad_129_9116772.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8539bf28-b2a5-4837-8dce-c303f46c0b7f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="28J: alianzas para la igualdad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las virtudes democráticas no son posibles desde los púlpitos o las torres de cristal sino que requieren las arenas siempre movedizas de quien sabe que él mismo y sus ideas están siempre haciéndose</p></div><p class="article-text">
        La democracia es un r&eacute;gimen complejo y que, a su vez, tiene que enfrentarse a la complejidad. Y lo es porque parte de un presupuesto que inevitablemente genera tensiones y que no es otro que el juego siempre inestable entre igualdad y pluralismo. O lo que es lo mismo, entre la igual dignidad que como humanos compartimos y las diferencias que a su vez nos singularizan.&nbsp; Los Estados constitucionales han ido creando distintos instrumentos normativos para hacer posible ese equilibrio, como por ejemplo todos los relacionados con un Derecho antidiscriminatorio que prev&eacute;n y persiguen todos los comportamientos que tratan de obstaculizar el libre desarrollo de nuestra personalidad en funci&oacute;n de alguna circunstancia personal o social. Sin embargo, mucho m&aacute;s eficaz que las normas, y sobre todo mucho m&aacute;s que las de car&aacute;cter punitivo, lo son los h&aacute;bitos c&iacute;vicos que nos permiten convivir desde el di&aacute;logo y el reconocimiento del otro y la otra. Unos h&aacute;bitos que requieren un esfuerzo singular desde el punto de vista educativo y que exigen a su vez un compromiso f&eacute;rreo, cotidiano, de todos y de todas, con la conversaci&oacute;n democr&aacute;tica. Y, claro, conversar exige en primer lugar la capacidad de escuchar y, para ello, no es posible partir de nuestras convicciones como si fueran dogmas de fe. Es decir, las virtudes democr&aacute;ticas no son posibles desde los p&uacute;lpitos o las torres de cristal sino que requieren las arenas siempre movedizas de quien sabe que &eacute;l mismo y sus ideas est&aacute;n siempre haci&eacute;ndose.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os estos h&aacute;bitos, con la ayuda singular de los espacios tecnol&oacute;gicos en los que con tanta frecuencia se alimentan los p&aacute;nicos morales y la ira, se han ido debilitando y han ido dejando cada vez m&aacute;s protagonismo a las trincheras. Esta confrontaci&oacute;n ha alcanzado en los &uacute;ltimos a&ntilde;os unos niveles insoportables, al menos en determinadas redes sociales y en algunos espacios p&uacute;blicos que deber&iacute;an responder a una l&oacute;gica democr&aacute;tica, gracias a la disparidad de criterios de una parte del feminismo y las personas que reclaman el reconocimiento del derecho a su identidad sexual. Nunca antes, y eso que en el feminismo siempre he sido part&iacute;cipe de dilemas con respecto a cuestiones como la prostituci&oacute;n o la misma incorporaci&oacute;n de los hombres a sus filas, hab&iacute;a asistido a tal nivel de tensi&oacute;n y de rechazo a cualquier forma de di&aacute;logo, reconociendo que ha habido actitudes intolerables por &ldquo;ambas partes&rdquo;. Todo ello alentado, no nos enga&ntilde;emos, por uno de los peores males que pueden afectarle a un movimiento social: los intentos de apropiaci&oacute;n por parte de los partidos pol&iacute;ticos, y por tanto por parte de sus esquemas r&iacute;gidos de organizaci&oacute;n y frentismo, as&iacute; como por parte de una Academia que siempre suele, solemos, contemplar la realidad desde unas atalayas privilegiadas que poco saben de lo que bulle en las calles. 
    </p><p class="article-text">
        Lo que m&aacute;s me ha sorprendido en todo caso son las personas que parecen tenerlo todo clar&iacute;simo, sin fisuras, como si sus convicciones estuvieran m&aacute;s cerca de un credo religioso que de una teor&iacute;a que siempre est&aacute; en movimiento y como si existieran instancias, al estilo de las autoridades religiosas, que extendieran certificados de buena conducta. Nada m&aacute;s lejos, entiendo yo, que lo que deber&iacute;a ser no solo el &aacute;nimo intelectual, sino tambi&eacute;n dem&oacute;crata, de cualquier persona que mire la realidad con el objetivo de reconocer un problema e intentar buscar soluciones desde el presupuesto imprescindible de la dignidad y los derechos humanos. La duda, como dec&iacute;a Norberto Bobbio, es la virtud intelectual por excelencia y la &ldquo;filosof&iacute;a de la sospecha&rdquo;, como tantas veces le he le&iacute;do a Amelia Valc&aacute;rcel, son las mejores herramientas para avanzar en el siempre tortuoso camino de la emancipaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por todo ello, y ante un 28 de junio en el que se insistir&aacute; en que se cumplan las promesas incumplidas, se desatasquen los procesos legislativos que corren el riesgo de naufragar y en el que, como cada a&ntilde;o, asistiremos al cinismo de unos cuantos que aprovechan el orgullo para vender y venderse, a m&iacute; me bastar&iacute;a con que hici&eacute;ramos el esfuerzo de recuperar el talante y el talento democr&aacute;tico que deber&iacute;a tenernos unidas y unidos en un objetivo com&uacute;n: la superaci&oacute;n del orden patriarcal y la cultura machista, el desmantelamiento del orden de g&eacute;nero y, al fin, la conquista de la autonom&iacute;a como eje de una ciudadan&iacute;a basada en la igualdad como reconocimiento de las diferencias. Una autonom&iacute;a que en t&eacute;rminos democr&aacute;ticos siempre es relacional y que requiere, claro est&aacute;, una igualdad de condiciones sociales y econ&oacute;micas imprescindibles para que cada sujeto pueda hacer su proyecto de vida. Una reivindicaci&oacute;n, la que tiene que ver con la desigualdad de recursos, que por cierto con frecuencia se olvida en la &ldquo;guerra de identidades&rdquo; capitaneada habitualmente por sujetos y sujetas privilegiadas. 
    </p><p class="article-text">
        Dif&iacute;cilmente alcanzaremos este objetivo, y mucho menos en esta &eacute;poca de reacciones conservadoras y patriarcales, si no somos capaces de establecer alianzas, de crear redes, de sumar en vez de restar. Y para ello,&nbsp; como siempre que se inicia un juego democr&aacute;tico, es necesario despojarse de las corazas y estar dispuestos incluso a que lo que piensa y vindica el otro o la otra pueda llegar a modificar nuestros puntos de partida. Algo que hace unos d&iacute;as Carmen Ruiz, una de esas mujeres mayores que representa lo mejor del feminismo hist&oacute;rico de mi ciudad, miembra de la Asamblea de Mujeres de C&oacute;rdoba Yerbabuena, manifestaba con lucidez y ternura de sabia en una reuni&oacute;n en la que participaron distintos colectivos con el objetivo de implicar a los hombres en la igualdad. Unas palabras que me recordaron mucho a Emma Goldman y que insist&iacute;an en que ella siempre ha entendido el feminismo&nbsp; como un baile en el que deber&iacute;an participar todas las personas, sin que para ella fuera relevante lo que cada cual tenga debajo de la falda o el pantal&oacute;n. En fin, la obviedad, o no tanto, de un proyecto de transformaci&oacute;n que nos lleve a un mundo donde alcancemos la equivalencia de todos los seres humanos, lo cual es un escal&oacute;n superior a la igualdad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/28j-alianzas-igualdad_129_9116772.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 28 Jun 2022 04:01:10 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El voto de mi hijo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/voto-hijo_129_9055460.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/33b50415-9bac-42f8-bfda-b83cb8420671_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El voto de mi hijo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Viviré ilusionado la jornada del 19J, pero también con miedos e incertidumbres. Porque siento cercano el riesgo de que muchas conquistas igualitarias sufran un serio retroceso y tengamos que volver casi a empezar de cero</p></div><p class="article-text">
        El pr&oacute;ximo 19 de junio ser&aacute; la primera vez que mi hijo ejerza, una vez alcanzada su mayor&iacute;a de edad, el derecho al voto. El destino y los calendarios electorales han querido que su estreno en las urnas sea en los comicios andaluces. Para m&iacute;, que llevo d&eacute;cadas explicando a mi alumnado la importancia del sufragio y el valor de la democracia, ser&aacute; un d&iacute;a emocionante, casi una especie de ritual laico que confirmar&aacute; que Abel, al que hace nada cuidaba con los mimos de un padre imperfecto, es todo un ciudadano. Seguro que recorrer&aacute; mi cuerpo un ligero cosquilleo cuando lo acompa&ntilde;e al colegio electoral y lo vea hacer uso de esa porci&oacute;n de soberan&iacute;a que, aunque nos creamos que es insignificante, tiene tanto peso en la definici&oacute;n qui&eacute;nes ocupar&aacute;n las instituciones en representaci&oacute;n nuestra. Durante muchos a&ntilde;os &eacute;l vino en muchas ocasiones conmigo a votar y le expliqu&eacute; c&oacute;mo hab&iacute;a que hacerlo, para qu&eacute; serv&iacute;an las urnas o por qu&eacute; hab&iacute;a tantas papeletas sobre una mesa. Ahora, me toca quedarme unos pasos hacia atr&aacute;s y dejar que &eacute;l, desde sus convicciones y conciencia, y no s&eacute; si con m&aacute;s dudas que certezas, escoja y se acostumbre a vivir la democracia de manera responsable. Consciente de lo valiosos que son los derechos, de lo que ha costado conseguirlos y tambi&eacute;n, claro, de lo f&aacute;cilmente que nos pueden ser arrebatados. Ser&aacute; pues un domingo de celebraci&oacute;n familiar y pol&iacute;tica, de recuperaci&oacute;n del sentido de utop&iacute;a que tiene la democracia pero tambi&eacute;n de la memoria que la hace posible. En mi emoci&oacute;n estar&aacute;n, sin duda, mi abuela que siempre vot&oacute; militante por Felipe Gonz&aacute;lez, aquella otra a la que hab&iacute;a que leer las candidaturas porque no la llevaron al colegio, o sus madres que nunca pudieron ejercer la ciudadan&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Vivir&eacute; ilusionado la jornada del 19J, pero tambi&eacute;n con miedos e incertidumbres. Porque me preocupa el retroceso que estamos viviendo con relaci&oacute;n a todo lo que me ocupa y preocupa desde hace a&ntilde;os como constitucionalista y feminista. Porque siento cercano el riesgo de que muchas conquistas igualitarias sufran un serio retroceso y tengamos que volver casi a empezar de cero. Porque me apena que la izquierda no est&eacute; siendo capaz de armar un proyecto y unas estrategias capaces de afrontar la complejidad del siglo presente y las necesidades de una ciudadan&iacute;a que, en medio de tanta crisis, acaba dej&aacute;ndose llevar por las propuestas m&aacute;s emocionales y populistas. Porque en este contexto de ola conservadora, y de negaci&oacute;n de tantas evidencias, me preocupa especialmente c&oacute;mo una buena parte de la juventud est&aacute; comprando el discurso reaccionario, como si ahora lo rompedor fuera proclamarse machista, criticar a las feministas y exhibir una hipervirilidad que en realidad tanto nos jode a los hombres. Porque no tengo m&aacute;s remedio que hacer autocr&iacute;tica y plantearme si no lo hemos hecho como m&iacute;nimo regular a la hora de explicar y comunicar d&oacute;nde est&aacute;n las ra&iacute;ces de la desigualdad y cu&aacute;les son las llaves para superarla. Porque tambi&eacute;n yo he sido en muchos momentos parte de debates airados y que m&aacute;s que aportar ideas positivas al personal, no han hecho sino generar confusi&oacute;n, enredos y frentismos. Porque tal vez nos hemos quedado en las nubes de los conceptos y no hemos descendido a las &ldquo;cosas del comer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No me gustar&iacute;a caer, sin embargo, en la improductiva melancol&iacute;a que con frecuencia convierte a la izquierda de este pa&iacute;s, muy especialmente a su electorado, en un alma en pena que sustituye la vindicaci&oacute;n por la queja. Preferir&iacute;a poner todas mis energ&iacute;as justo ahora, aunque quiz&aacute;s sea demasiado tarde, en poner de relieve c&oacute;mo cuando votamos no solo deber&iacute;amos hacerlo pensando en lo que est&aacute; por construir sino tambi&eacute;n, y aunque pueda parecer muy conservador, en lo que podemos perder. Una referencia que nunca deber&iacute;amos olvidar si pensamos que los derechos nunca son conquistas definitivas sino que hay que estar permanentemente luchando por ellos.&nbsp; Un proceso ante el que no todas las ofertas pol&iacute;ticas son lo mismo, por m&aacute;s carencias y debilidades que detectemos en todas ellas.&nbsp; Tendr&iacute;amos pues como electores y como electoras que saber diferenciar muy bien entre quienes est&aacute;n por la labor de avanzar en derechos, de corregir desigualdades y de reconocer la memoria, frente a quienes nos plantean un escenario de restricciones, supuestas libertades sacrosantas y confianza en los mecanismos reguladores del dios mercado. Entre quienes son capaces de valorar todo lo construido durante d&eacute;cadas en este pa&iacute;s tan dado a autoinmolarse y quienes se nos presentan como salvadores. Entre quienes son capaces de atisbar, al menos atisbar, los escenarios de incertidumbre y complejidad, frente a quienes los niegan en nombre de recetas archisabidas. No se trata pues de hacer solo una lectura atenta de los programas electorales, o un an&aacute;lisis sesudo de las competencias y habilidades de candidatos y candidatas, sino tambi&eacute;n del recorrido previo, de las genealog&iacute;as de cada cual y de la capacidad de cada fuerza pol&iacute;tica para situarse y situarnos en las tesituras de este jodido siglo XXI.
    </p><p class="article-text">
        Me gustar&iacute;a, en fin, que el voto de mi hijo, y el de tantos j&oacute;venes como &eacute;l, no fuera el resultado de la desesperaci&oacute;n, o de la moda reaccionaria que la <em>machosfera</em> convierte en seductora, o de esa pasividad que acabo entendiendo porque tampoco es que le estemos dejando un mundo muy habitable que digamos. Hace ya tiempo le le&iacute; a la sabia Bel&eacute;n Gopegui que los padres y las madres solo podemos vivir hacia la ideolog&iacute;a que de nosotros recibir&aacute;n nuestros hijos. Ello supone un permanente toque de alerta y una mirada necesariamente proyectada hacia el futuro. No s&eacute; qu&eacute; papeleta depositar&aacute; mi hijo el pr&oacute;ximo 19J, pero s&iacute; s&eacute; que yo votar&eacute; pensando en la Andaluc&iacute;a que me gustar&iacute;a dejarle a su generaci&oacute;n. En esa utop&iacute;a que ojal&aacute; &eacute;l pueda vivir de manera m&aacute;s pr&oacute;xima a la realidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/voto-hijo_129_9055460.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Jun 2022 20:51:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El voto de mi hijo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Elecciones Andalucía 2022,Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Flee: el hombre sin hogar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/flee-hombre-hogar_129_8790787.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f765f792-c843-4e68-b490-ae3f7e47c65f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Flee: el hombre sin hogar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Flee demuestra que cuando una historia es potente y está bien contada, da igual la forma y el lenguaje. La narración está tan bien hilvanada que es imposible no sentir como propio el dolor de Amin y de su familia, su infatigable búsqueda de identidad</p></div><p class="article-text">
        Uno de los mayores errores que cometemos cuando analizamos cr&iacute;ticamente la masculinidad es partir de un modelo de referencia - que suele coincidir con el hombre burgu&eacute;s, occidental, heteronormativo y en plena edad productiva &ndash; y no tener en cuenta c&oacute;mo en nosotros tambi&eacute;n se entrecruzan circunstancias personales y sociales que inciden en nuestra subjetivad y en nuestro estatus. De ah&iacute; la necesidad de hablar en plural, de masculinidades, y de tener presentes otros contextos, otras miradas, otros perfiles, que vayan m&aacute;s all&aacute; desde la comodidad que nos otorga nuestro ombligo. Cuando planteamos la urgencia de encontrar otros referentes de hombres, tendr&iacute;amos tambi&eacute;n que ampliar el foco y adem&aacute;s dejar que sean esas otras voces las que tomaran la palabra. Para no volver a caer en el error de hablar por los otros o de tratarlos de manera paternalista. Para no reducir el mundo al campo de acci&oacute;n que nos permite la pantalla del m&oacute;vil desde la que nos creemos los m&aacute;s listos y los m&aacute;s comprometidos incluso. Para no olvidar nunca que estamos frente a historias personales que por supuesto son pol&iacute;ticas.
    </p><p class="article-text">
        <em>Flee</em>, que es una de esas pel&iacute;culas maravillosamente inclasificables &ndash; un documental de animaci&oacute;n, un drama basado en una historia real, un ejercicio de terapia con un collage de formatos -, nos ofrece un magn&iacute;fico ejemplo de &ldquo;otra&rdquo; masculinidad. En este caso, es la historia de un refugiado afgano que vive en Dinamarca, Amin, que adem&aacute;s es homosexual, la que nos sit&uacute;a frente a la dolorosa realidad de quien vive sin hogar y de quien, en paralelo, se siente desde peque&ntilde;o diferente y lucha por reconocerse y aceptarse sin complejos. A trav&eacute;s del testimonio de un hombre que se ha pasado buena parte de su vida huyendo del horror, que ha visto c&oacute;mo se resquebrajaban sus ra&iacute;ces familiares, que se ha visto obligado durante a&ntilde;os a guardar silencio sobre s&iacute; mismo, la pel&iacute;cula de&nbsp;Jonas Poher Rasmussen nos emociona con un relato que nos advierte de las heridas de un siglo que pensamos ser&iacute;a el fin de la democracia cosmopolita. Amin, como todas las personas refugiadas, se nos presenta como esa &uacute;ltima frontera, como uno m&aacute;s de cientos, de miles, millones incluso, que viven en una especie de &ldquo;agujero negro&rdquo; en el que no caben ni la dignidad ni los derechos humanos. Los y las que piden a gritos que se les reconozca, en t&eacute;rminos de Hannah Arendt, el &ldquo;derecho a tener derechos&rdquo;. Amin, al que le ponemos nombre, como tantos otros y tantas otras que ni siquiera podemos individualizar con un nombre, nos demuestra que habitamos un planeta en el que, como dice Judith Butler, no todas las vidas merecen ser lloradas y en el que hay p&eacute;rdidas que parecen no merecer duelo. La &ldquo;necropol&iacute;tica&rdquo;, que denuncia el fil&oacute;sofo camerun&eacute;s Achille Mbembe, como ant&iacute;tesis de la compasi&oacute;n que deber&iacute;amos convertir en virtud &eacute;tica, &iquest;verdad, Juan Jos&eacute; Tamayo?
    </p><p class="article-text">
        Que el formato elegido haya sido la animaci&oacute;n, con la cual, cuenta el director, se salvaguarda mejor el querido anonimato del protagonista, no le resta emoci&oacute;n ni complejidad a la historia. Al contrario, <em>Flee</em> demuestra que cuando una historia es potente y est&aacute; bien contada, da igual la forma y el lenguaje. La narraci&oacute;n est&aacute; tan bien hilvanada que es imposible no sentir como propio el dolor de Amin y de su familia, su infatigable b&uacute;squeda de identidad, su inevitable tristeza aun cuando parece haber encontrado una cierta estabilidad y el amor. Es f&aacute;cil que <em>Flee</em> genere en los espectadores eso que Lynn Hunt denomina &ldquo;empat&iacute;a imaginada&rdquo;, sin la cual no es posible articular m&iacute;nimamente ese concepto a veces tan et&eacute;reo que denominamos dignidad.
    </p><p class="article-text">
        Amin, que podr&iacute;a tener otro nombre, cientos, miles, millones de nombres, encierra en su mirada triste el peso de la vulnerabilidad, la fragilidad de un estatus que le condena a estar en terreno de nadie, recluido en los m&aacute;rgenes y necesitado de recuperar la memoria para ser capaz de afrontar el futuro. Amin, que es uno de esos personajes que deber&iacute;amos encontrar como lecci&oacute;n en los libros de texto que educan a las nuevas generaciones, no es un h&eacute;roe, ni un genio, ni un modelo de hipervirilidad. Al contrario, es un tipo que permanentemente nos habla de la importancia de los v&iacute;nculos emocionales, del sentido no fundamentalista de la patria y de la imperiosa necesidad de cualquier ser humano de tener unas m&iacute;nimas condiciones que le permitan desarrollar libremente su personalidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Flee,</em> que est&aacute; llena de&nbsp;momentos dolorosos pero tambi&eacute;n de otros cargados de magia y luz, consigue lo mejor que puede conseguir una buena pel&iacute;cula: que seamos capaces de reconocer como humana la historia de otro y, de esa manera, que ampliemos el de por s&iacute; estrecho sentido de lo que desde nuestro sof&aacute; entendemos por universalidad de los derechos. <em>Flee</em>, al fin, es un emocionado y emocionante toque de atenci&oacute;n sobre el delgado hilo en el que trenzamos los derechos humanos y sobre las miserias de un mundo cada vez m&aacute;s lejos de la kantiana paz perpetua que permitir&iacute;a la convivencia pac&iacute;fica de los y las diferentes. O, lo que es lo mismo, de la democracia como ese hogar en el que ni la nacionalidad, ni el estatus econ&oacute;mico, ni ninguna ra&iacute;z de pertenencia, ni ninguna opci&oacute;n personal, deber&iacute;an ser obst&aacute;culos para que todas y todos fu&eacute;ramos reconocidos como sujetos de derechos. Ese espacio imperfecto del que nadie quisiera huir.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/flee-hombre-hogar_129_8790787.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Mar 2022 20:50:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Flee: el hombre sin hogar]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La compasión como virtud cívica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/compasion-virtud-civica_129_8597641.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a09ad439-189d-4115-af13-bf4aca722896_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La compasión como virtud cívica"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Leer a Juan José Tamayo es hacer un ejercicio esperanzado de memoria y de futuro. Aprender con él que la ética de la compasión, que es también la del cuidado, y que por tanto no puede entenderse sin la ternura, es un primer paso para tomar conciencia de la urgencia de superar un mundo de masculinidades sagradas</p></div><p class="article-text">
        Llegados a este final de 2020, cuando la pandemia lejos de desaparecer se reinventa y sigue alimentado miedos e incertidumbres, no dejo de preguntarme si efectivamente hemos aprendido alguna de las lecciones que hace ya m&aacute;s de un a&ntilde;o el confinamiento puso sobre la mesa de unos Estados sociales reducidos a la m&iacute;nima expresi&oacute;n y de unos sistemas constitucionales sin el nervio esencial de la &eacute;tica ciudadana de la responsabilidad. Mi natural optimismo decae ante el avance de los discursos reaccionarios y de los odios alimentados por las redes sociales y las burbujas desde las que cada uno, reconcentrado en su ombligo, es incapaz de tender puentes. De escuchar al otro y a la otra, de conversar, de tejer el tapiz plural sin el que las democracias est&aacute;n condenadas a ser un mero simulacro. 
    </p><p class="article-text">
        En plena euforia navide&ntilde;a, en la que m&aacute;s que nunca ciframos la felicidad en la realizaci&oacute;n efectiva de nuestros deseos individuales &ndash;la tan vindicada libertad &ldquo;a la madrile&ntilde;a&rdquo; -, somos ajenos m&aacute;s que nunca a todas las llagas abiertas en un mundo tremendamente injusto y progresivamente desigual. Un mundo en el que el coronavirus ha hecho m&aacute;s grandes las brechas y ha profundizado en la vulnerabilidad de los&nbsp; y las m&aacute;s vulnerables.&nbsp; No hace falta poner ejemplos de c&oacute;mo las mujeres, o sea, la mitad de la Humanidad, vuelven a ser las principales perdedoras de esta crisis, o de c&oacute;mo lo Naturaleza, y los seres vivos que alberga, parece condenada al desastre que alimenta la l&oacute;gica extractivista del <em>homo economicus. </em>Todo ello mientras que, ante las inseguridades y la desconfianza en los mecanismos tradicionales de representaci&oacute;n, crecen las l&oacute;gicas mesi&aacute;nicas, los fascismos recubiertos de un brillo posmoderno, las alianzas despiadadas entre los viejos poderes de siempre que ahora se nos presentan como la salvaci&oacute;n. Ah&iacute; est&aacute;n, como prueba que deber&iacute;a como m&iacute;nimo alarmarnos,&nbsp; los trenzados intereses del neofascismo y los fundamentalismos religiosos como una de las amenazas m&aacute;s ciertas para nuestro r&eacute;gimen de libertades.
    </p><p class="article-text">
        Ante un panorama tan cr&iacute;tico y con frecuencia desolador, necesitamos m&aacute;s que nunca voces que nos gu&iacute;en, faros que nos iluminen y que, a diferencia de quienes pretenden salvarnos, nos ofrezcan pautas y argumentos. El camino racional hacia la concordia, la pr&aacute;ctica deliberativa de la inteligencia emocional, la superaci&oacute;n de las injusticias cognitivas como primer paso hacia la superaci&oacute;n de todo lo que injusto se cuece en el &aacute;mbito social, econ&oacute;mico y cultural. Una de esas voces cr&iacute;ticas, propositivas e iluminadoras es la del te&oacute;logo Juan Jos&eacute; Tamayo que, en una envidiable vejez &ldquo;a lo Anna Freixas&rdquo;, no ceja en su empe&ntilde;o de despertarnos y de remover nuestras conciencias con frecuencia demasiado domesticadas. 
    </p><p class="article-text">
        En su &uacute;ltima obra, <em>La compasi&oacute;n en un mundo injusto </em>(Fragmenta, 2021)<em>, </em>y tras realizar una complet&iacute;sima descripci&oacute;n del complejo momento que nos ha tocado vivir,&nbsp; y en lo que desde el feminismo ser&iacute;a catalogado como un correct&iacute;simo ejercicio de &ldquo;conocimientos situados&rdquo;, Tamayo nos propone rescatar uno de esos t&eacute;rminos tal vez demasiados lastrados por una limitada y superficial mirada religiosa. Una mirada torva y emocional que lo ha desactivado pol&iacute;ticamente hablando. Porque lo que propone el autor de <em>La internacional del odio </em>es que la compasi&oacute;n, que forma parte de la esencia humana, en cuanto que est&aacute; ligada a nuestra vulnerabilidad y necesaria interdependencia, se convierta en &ldquo;un principio ecohumano fundamental, actitud &eacute;tica y praxis solidaria con las v&iacute;ctimas en un mundo desigual e injusto&rdquo;. Tras hacer un recorrido por las religiones y por la historia, el catedr&aacute;tico ya jubilado, pero no silenciado, llega a proponer incluso un ecumenismo de la compasi&oacute;n, en clara sinton&iacute;a con las l&oacute;gicas emancipadoras que han alimentado siempre su visi&oacute;n del hecho religioso y espiritual.&nbsp;Y eleva el principio m&aacute;s all&aacute; de lo moral/religioso para situarlo en el plano de la &eacute;tica, y por tanto de la vida compartida, y en el de la pol&iacute;tica. Porque no hay duda de que la compasi&oacute;n, concebida como una virtud rompedora con el modelo de sujeto autosuficiente que amparan patriarcado y capitalismo, es una poderosa herramienta desde la que construir nuevos pactos y poner las bases para un nuevo constitucionalismo que, entre otras cosas, y siguiendo a nuestro com&uacute;n admirado Boaventura de Sousa Santos, tenga presentes las &ldquo;epistemolog&iacute;as del Sur&rdquo;.&nbsp;Todo ello en un ejercicio, a su vez, de memoria democr&aacute;tica que, como plantea Tamayo, subvierta el olvido de los disidentes y muy, en especial, de las mujeres, tantos siglos esclavas en las religiones y menores de edad en los Estados de Derecho. Cuerpos sobre los que no dejan de escribirse con sangre las reglas feroces de la cultura machista.
    </p><p class="article-text">
        <em>La compasi&oacute;n en un mundo injusto</em> es uno de esos libros que deber&iacute;amos leer justo cuando est&aacute; a punto de iniciarse un nuevo a&ntilde;o y todas y todos, en una suerte de ritual, abrimos agendas nuevas en las que no dejamos de hacernos prop&oacute;sitos de enmienda. Leer a Juan Jos&eacute; Tamayo es hacer un ejercicio esperanzado de memoria y de futuro. Aprender con &eacute;l que la &eacute;tica de la compasi&oacute;n, que es tambi&eacute;n la del cuidado, y que por tanto no puede entenderse sin la ternura, es un primer paso para tomar conciencia de la urgencia de superar un mundo de masculinidades sagradas. Todo ello sumado a la necesidad de&nbsp; empezar a construir otra percepci&oacute;n del tiempo que sit&uacute;e a los otros/las otras, y a la vida en com&uacute;n, en los relojes que marcan nuestras horas. Esas que, como dec&iacute;a Virginia Woolf, solo dios sabe por qu&eacute; las amamos tanto. Quiz&aacute;s porque somos de alguna manera conscientes de que es la &uacute;nica riqueza que podemos compartir y multiplicar. En un ejercicio renovado cada d&iacute;a de esa utop&iacute;a que nos ense&ntilde;a que la igualdad siempre est&aacute; por hacer.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/compasion-virtud-civica_129_8597641.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Dec 2021 20:47:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La compasión como virtud cívica]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tribunal Constitucional: del desprestigio a la irrelevancia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/tribunal-constitucional-desprestigio-irrelevancia_129_8491768.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/80a32db8-f642-4dc5-8658-866ffe3a9277_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tribunal Constitucional: del desprestigio a la irrelevancia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El nombramiento de Enrique Arnaldo ha sido el detonante de críticas, debates y mucho ruido que, me temo, pasados unos días, quedarán sepultados por el siguiente reclamo de atención que fabriquen medios de comunicación y redes sociales. Y así, el círculo vicioso de un régimen constitucional que hace aguas por las costuras que hilvanan los partidos continuará reproduciendo sus vicios y miserias</p></div><p class="article-text">
        Hace d&eacute;cadas que el reparto de las instituciones por cuotas de poder es un tema central en la cr&iacute;tica al funcionamiento, siempre necesariamente imperfecto por otra parte, de las democracias de partidos. Lo que la doctrina italiana bautiz&oacute; como &ldquo;lottizzazione&rdquo; ha dado lugar a cientos y de cientos de p&aacute;ginas de constitucionalistas lamentando no solo la muerte de Montesquieu sino tambi&eacute;n el poder omn&iacute;modo de unos partidos convertidos progresivamente en maquinarias que alimentan y reproducen redes de poder. Es decir, lo que podr&iacute;a ser en t&eacute;rminos jur&iacute;dico-constitucionales la traducci&oacute;n de los &ldquo;pactos juramentados entre varones&rdquo; con los de que de manera tan clarividente Celia Amor&oacute;s nos explica c&oacute;mo funciona el patriarcado. Unos pactos entre caballeros &ndash; lo de caballeros, con frecuencia, es solo un t&eacute;rmino simb&oacute;lico, no &eacute;tico, que se acaba traduciendo, faltar&iacute;a m&aacute;s, en que la paridad en las instituciones, como en el caso que nos ocupa, contin&uacute;e siendo un sue&ntilde;o &ndash; que se vuelven m&aacute;s expl&iacute;citos, y revelan toda su podredumbre, cuando, como ha ocurrido en estas semanas, se procede a la renovaci&oacute;n de alg&uacute;n &oacute;rgano&nbsp; de tanta relevancia para nuestro sistema como es el Tribunal Constitucional.&nbsp;En este caso, el nombramiento de Enrique Arnaldo ha sido el detonante de cr&iacute;ticas, debates y mucho ruido que, me temo, pasados unos d&iacute;as, quedar&aacute;n sepultados por el siguiente reclamo de atenci&oacute;n que fabriquen medios de comunicaci&oacute;n y redes sociales. Y as&iacute;, el c&iacute;rculo vicioso de un r&eacute;gimen constitucional que hace aguas por las costuras que hilvanan los partidos continuar&aacute; reproduciendo sus vicios y miserias.
    </p><p class="article-text">
        El problema de la propuesta de Arnaldo, m&aacute;s all&aacute; de todas las conexiones que lo vinculan al partido proponente, y que es un factor com&uacute;n al de otros muchos miembros del Tribunal nombrados en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, es que pone de manifiesto la deriva en cuanto a los criterios de excelencia que, se supone, deber&iacute;an ser los determinantes para la propuesta y designaci&oacute;n de quienes van a componer el &oacute;rgano encargado, nada m&aacute;s y nada menos,&nbsp;entre otras competencias, de controlar la constitucionalidad de las leyes.&nbsp;Cuando la Constituci&oacute;n espa&ntilde;ola, en su art. 159.2, estableci&oacute; la &ldquo;reconocida competencia&rdquo; como juristas como presupuesto de las personas que integran el TC, y as&iacute; se entendi&oacute; en los primeros nombramientos, se estaba pensando en una trayectoria s&oacute;lida no solo en cuanto al tiempo, 15 a&ntilde;os como m&iacute;nimo, sino que tambi&eacute;n y sobre todo implicara un largo recorrido sustentado en la praxis judicial o en la investigaci&oacute;n en el &aacute;mbito del Derecho. Todo ello, recordemos, ante la desconfianza que generaba en el 78 que fuera el propio poder judicial, heredero del franquismo, el que se ocupara de funciones tan relevantes como la garant&iacute;a de la supremac&iacute;a de la Constituci&oacute;n o la protecci&oacute;n en &uacute;ltima instancia de los derechos fundamentales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La deriva que han propiciado los partidos encargados de legitimar democr&aacute;ticamente al &oacute;rgano en cuesti&oacute;n nos ha llevado a que progresivamente quienes acceden al TC no sean valorados tanto por su trayectoria, en t&eacute;rminos de excelencia jur&iacute;dica, sino m&aacute;s bien por sus proximidades y conexiones, directas o indirectas, a las maquinarias proponentes. Bastar&iacute;a con hacer un an&aacute;lisis del perfil de quienes ocuparon en los primeros a&ntilde;os el &oacute;rgano hoy tan devaluado y quienes en las &uacute;ltimas renovaciones han accedido a &eacute;l. No se trata, como a veces parece deducirse del debate, de que los miembros del TC deban ser una especie de juristas as&eacute;pticos desde el punto de vista pol&iacute;tico, lo cual es imposible, sino que en dicho &oacute;rgano, dadas sus funciones, est&eacute;n presentes distintas miradas y opciones, una pluralidad de convicciones, pero siempre desde el presupuesto de que quienes las sostienen y defienden cuentan con el aval de un prestigio ganado a golpe de trabajo serio y riguroso, y no mediante prebendas y sumisiones al partido que los propuso. Este prestigio deber&iacute;a ser, adem&aacute;s, el que fuera objeto de control y evaluaci&oacute;n en las comparecencias parlamentarias que se introdujeron en el procedimiento de nombramiento, y que en la pr&aacute;ctica han derivado en una bochornosa puesta en escena que deval&uacute;a no solo al Tribunal Constitucional sino tambi&eacute;n al Parlamento que se torna escenario de una farsa.
    </p><p class="article-text">
        Si a todo lo anterior a&ntilde;adimos la tendencia consolidada de usar el acceso al Tribunal Constitucional como una herramienta m&aacute;s de oposici&oacute;n pol&iacute;tica al gobierno, o los retrasos injustificados e injustificables en la resoluci&oacute;n de asuntos de inter&eacute;s social y pol&iacute;tico que llevan en alg&uacute;n caso m&aacute;s de una d&eacute;cada esperando sentencia, es f&aacute;cil deducir no solo el desprestigio del &oacute;rgano sino tambi&eacute;n su progresiva irrelevancia. La p&eacute;rdida, en definitiva,&nbsp; de lo que podr&iacute;amos considerar un estatus de autoridad moral, tan necesario para un Tribunal que no solo act&uacute;a como &ldquo;legislador negativo&rdquo; sino que tambi&eacute;n crea doctrina en torno a c&oacute;mo debemos entender el contenido esencial y los l&iacute;mites de nuestros derechos fundamentales.&nbsp; Una p&eacute;rdida, con la consiguiente debilidad institucional, que salpica a los m&aacute;ximos responsables del entuerto, o sea, unos partidos tan repletos de individuos mediocres y cortoplacistas, y que repercute en la progresiva fragilidad de un r&eacute;gimen, el del 78, que clama a gritos reformas del texto constitucional y, sobre todo, una revoluci&oacute;n &eacute;tica en la cultura pol&iacute;tica que a duras penas hoy lo sostiene.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/tribunal-constitucional-desprestigio-irrelevancia_129_8491768.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 17 Nov 2021 21:51:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tribunal Constitucional: del desprestigio a la irrelevancia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La maternidad según Almodóvar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/maternidad-almodovar_129_8396749.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fbbd7089-da57-47f4-b33f-02e6e18aea93_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La maternidad según Almodóvar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Madres paralelas es, pues, un capítulo más de una larga serie de historias con las que Pedro Almodóvar dota de carne y sufrimiento a los que Marcela Lagarde describe como "cautiverios de las mujeres"</p></div><p class="article-text">
        Hace tiempo que el universo Almod&oacute;var me deja fr&iacute;o, muy especialmente desde que abandon&oacute; su sentido del humor y quiso convencernos de que lo suyo es el drama, e incluso por momentos&nbsp;la tragedia. Pese a ello, espero con inter&eacute;s sus estrenos porque siempre encuentro en sus pel&iacute;culas elementos que, como m&iacute;nimo, me remueven por dentro. Para bien y para mal. Al margen de que como todos sabemos es el mayor experto en vendernos sus productos. Recordemos su inteligente apuesta por el cartel de un pecho del que sal&iacute;a una gota de leche hace unos meses. Un pecho que, por cierto, no est&aacute; en la pel&iacute;cula que se anunciaba, en la que las madres no dan de mamar a sus hijas. 
    </p><p class="article-text">
        <em>Madres paralelas, </em>de la que el director ha dicho que es una pel&iacute;cula pol&iacute;tica y que, a mi parecer, no deja de ser un melodrama excesivo en el que se vuelven a poner de manifiesto sus debilidades como guionista, es un una especie de c&oacute;ctel que, por acumulaci&oacute;n, no genera emoci&oacute;n, sino m&aacute;s bien una cierta distancia y frialdad en quien, como yo, solo se cree lo que ve en la pantalla como una representaci&oacute;n excesiva. Lo que para unos puede ser virtud, en m&iacute; provoca una saturaci&oacute;n que me bloquea emocionalmente. La maternidad, la memoria hist&oacute;rica, las violencias sexuales, las vindicaciones trans, el amor entre mujeres, la voz de Lorca como paradigma de hombre que le da voz a las mujeres, todo se mezcla en una mirada que las observa sin desprenderse del filtro patriarcal. Por m&aacute;s que de nuevo la historia se nos pretenda vender como un paso hacia delante de un director que entiende a las mujeres, que lleva toda la vida retrat&aacute;ndolas y que las ha convertido en el eje narrativo de su cine. De hecho, en la pel&iacute;cula que nos ocupa solo hay un personaje masculino al que ponemos rostro y presencia, sin contar al director del montaje de Do&ntilde;a Rosita y por m&aacute;s que haya otros muchos que, parad&oacute;jicamente, y sin verlos, contin&uacute;an siendo los due&ntilde;os de la funci&oacute;n. Los h&eacute;roes del pasado, el padre con autoridad, los que son manada y campan en libertad por las calles.
    </p><p class="article-text">
        No logro entender, o mejor dicho, no llega a emocionarme, la pretendida vinculaci&oacute;n que Almod&oacute;var quiere establecer entre la memoria hist&oacute;rica y la maternidad, en lo que podr&iacute;a haber sido una vindicaci&oacute;n de una suerte de matria que habr&iacute;a convertido la pel&iacute;cula en pol&iacute;tica. Me cuesta llegar a esa conexi&oacute;n, entre otras cosas, porque todo lo relativo a la memoria parece metido con calzador, como quien aprovecha los vientos a favor para dejar constancia en la pantalla, sin que lo que vemos sea m&aacute;s que una rutinaria historia que hemos visto ya con m&aacute;s hondura en un documental producido justamente por El Deseo. No hay nada peor que cuando una pel&iacute;cula pretende lanzar un mensaje a la sociedad convierta a sus personajes en una especie de voceros que dan lecciones al respetable. Algo que hace el personaje de Pen&eacute;lope Cruz en una de las escenas m&aacute;s sonrojantes de la pel&iacute;cula, cuando le lanza todo un discurso bien aprendido a la joven Ana. El rostro de Milena Smit, que por cierto se merece todos los premios, incluso m&aacute;s que la entregada Pen&eacute;lope Cruz, acaba siendo el de muchos espectadores que se sentir&aacute;n destinatarios de una rega&ntilde;ina por parte de quien se erige en este caso en bandera de una causa social. Tan obvio y superfluo como la escena en que una mujer trans se congratula de aparecer como portada en una revista femenina, confirmando de esta manera estereotipos y mandatos de g&eacute;nero que flaco favor hacen a la verdadera emancipaci&oacute;n de las que Almod&oacute;var contempla como hero&iacute;nas. Si ser &ldquo;Mujer Ahora&rdquo; es eso, qu&eacute; pena de memoria hist&oacute;rica que no tiene en cuenta c&oacute;mo las mujeres han sido, entre otras servidumbres y dependencias, seres para agradar y para ser miradas por los hombres. Esos que en esta pel&iacute;cula aparecen despojados de toda responsabilidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En todo caso, lo que me genera m&aacute;s inquietud de esta pel&iacute;cula, que el director ha insistido en que es una pel&iacute;cula sobre la maternidad, es c&oacute;mo de nuevo, y siguiendo la estela de sus obras anteriores, Almod&oacute;var vuelve a presentarnos a las mujeres como seres sacrificados, dolientes, entregad&iacute;simos, siempre en lucha. Las perfectas sujetas del melodrama. Unos seres concebidos para otros y que parece que, seg&uacute;n la mirada masculina, encuentran una de sus mayores realizaciones personales en los hijos y en las hijas, por m&aacute;s que como sucede en el caso de Janis sean otras mujeres cuidadoras las que asumen buena parte del trabajo. Unas cuidadoras que la protagonista se puede permitir el lujo de pagar, aunque sea de forma precaria, y que no es la regla general para tantas mujeres, sobre todo madres solas, que carecen de los recursos que tienen las mujeres almodovarianas. Incluso el personaje de Aitana S&aacute;nchez Gij&oacute;n, que pretende ser el reflejo de muchas mujeres profesionales que no est&aacute;n dispuestas a renunciar a sus sue&ntilde;os, acaba siendo tan estereotipado que pierde fuelle y la acabamos viendo no tanto como una trabajadora en lucha sino como una pija, apol&iacute;tica, insoportable. Eso s&iacute;, capaz de poner toda la carne en el asador cuando interpreta a Lorca. Puro teatro.
    </p><p class="article-text">
        <em>Madres paralelas</em> es, pues, un cap&iacute;tulo m&aacute;s de una larga serie de historias con las que Pedro Almod&oacute;var dota de carne y sufrimiento a los que Marcela Lagarde describe como &ldquo;cautiverios de las mujeres&rdquo;. El problema es que el director manchego lo hace regode&aacute;ndose en ellos, encontrando material sensible para el impacto emocional que pretende con sus im&aacute;genes, y no desde lo que podr&iacute;a ser una mirada conscientemente cr&iacute;tica con un estatus, el de las mujeres, que acaba siendo el de la dependencia y el silencio. En este sentido, es dram&aacute;tico, en el sentido pol&iacute;tico del t&eacute;rmino, el silencio que la joven Ana mantiene sobre su violaci&oacute;n y como ni siquiera se plantea la posibilidad de abortar. Todo eso el manchego lo resuelve en cinco minutos, apelando a la autoridad del padre &ndash; ausente &ndash; y a la sumisi&oacute;n de la madre &ndash; sin voz. Como no deja de ser curioso que el &uacute;nico personaje de la pel&iacute;cula siga siendo el h&eacute;roe y el que realmente tiene poder para llevar el tim&oacute;n de su vida. Todo ello mientras que las mujeres contin&uacute;an sufriendo, llorando, enfermas, cautivas, jodidas, prisioneras, medicalizadas. Lejos de ser las due&ntilde;as de su destino, y de, cuando deciden ser madres, no seguir sometidas al mandato social que las convierte en esclavas a las que amenaza permanentemente el sentido de la culpa. En este sentido, no habr&iacute;a estado mal que Almod&oacute;var le echara un vistazo a &ldquo;El salto cu&aacute;ntico de la maternidad&rdquo;, de Adrienne Rich. Es evidente, vista la pel&iacute;cula, y visto el cartel del pecho, que esta lectura falta.
    </p><p class="article-text">
        Dice el personaje que interpreta Clara Sanch&iacute;s en la versi&oacute;n de Ant&iacute;gona que ha escrito y dirigido David Gait&aacute;n, que todas y todos vivimos en el melodrama, y que ese es uno de los factores que explican muchas de las tensiones y decadencias que nos habitan. Desde el momento en que desde el melodrama se despolitiza la vida y se deja todo en manos de los vendavales emocionales.&nbsp; Una apuesta creativa leg&iacute;tima, pero que, no nos enga&ntilde;emos, reduce a m&iacute;nimos el sentido &eacute;tico y pol&iacute;tico que puede tener una historia. Algo de lo que me temo saben mucho las mujeres, durante siglos carne de melodramas y objetos de la mirada de genios masculinos. Las que, como Pen&eacute;lope, saben llorar como nadie mientras que ellos, o sea, nosotros, continuamos tan frescos.&nbsp; Y tan poderosos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/maternidad-almodovar_129_8396749.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Oct 2021 04:00:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La maternidad según Almodóvar]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La revuelta de los puteros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/revuelta-puteros_1_8318592.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/62ce270e-16ca-4d4e-87f4-39941119c243_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La revuelta de los puteros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La pregunta crucial que nos tendríamos que plantear es si el acceso de los hombres al cuerpo de las mujeres, dinero mediante, es un derecho o un privilegio</p></div><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Quienes nos da&ntilde;an profundamente&nbsp; son el brazo ejecutor de este sistema prostitucional: los consumidores. O demandantes. O compradores. Yo los llamo puteros&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Amelia Tiganus</em>
    </p><p class="article-text">
        En su &uacute;ltimo libro, <em>&Eacute;tica para Celia, </em>Ana de Miguel se pregunta cu&aacute;ndo los hombres nos atreveremos a ponernos en lugar de las mujeres como punto de partida para su reconocimiento como sujetos morales y para nuestra toma de conciencia de su estado de subordinaci&oacute;n y dependencia. Un ejercicio de empat&iacute;a que es fundamental, a su vez, para que empecemos a asumir nuestra responsabilidad en la continuidad del orden patriarcal y de la cultura machista en que se asienta.&nbsp;Este ser&iacute;a el primer paso para desmontar las pr&aacute;cticas e instituciones que amparan y reproducen violencia sobre las mujeres. Una de estas instituciones, que lejos de desaparecer ha encontrado en estos tiempos neoliberales un contexto magn&iacute;fico para su multiplicaci&oacute;n, es la prostituci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Esta forma de explotaci&oacute;n y servidumbre de las mujeres, en la que se evidencia con toda su crueldad la regla patriarcal que las sit&uacute;a como siempre disponibles para satisfacer nuestros deseos y necesidades, permite que la masculinidad se reafirme y mantenga una posici&oacute;n de dominio que, hoy por hoy, est&aacute; sometida a permanente impugnaci&oacute;n gracias al feminismo. De ah&iacute; que sea una pieza esencial en un contexto de reacci&oacute;n machista y en el que patriarcado y capitalismo se dan la mano, reinventados y feroces, para inscribir sus din&aacute;micas coloniales sobre el cuerpo de las mujeres. Todo ello perversamente disfrazado con la ret&oacute;rica de la libertad, con la del empoderamiento de las mujeres gracias a su capital er&oacute;tico y con el discurso, con frecuencia respaldado por la autoridad acad&eacute;mica, de que la prostituci&oacute;n puede ser un trabajo, de la misma manera que alquilar un vientre para satisfacer los deseos de paternidad de otros puede ser un acto de generosidad. La eterna generosidad y entrega de las mujeres. O santas o putas.
    </p><p class="article-text">
        La pregunta crucial que nos tendr&iacute;amos que plantear es si el acceso de los hombres al cuerpo de las mujeres, dinero mediante, es un derecho o un privilegio. Si entendemos lo segundo, contextualizado adem&aacute;s en el marco de la explotaci&oacute;n econ&oacute;mica y colonial que conecta &iacute;ntimamente prostituci&oacute;n y trata, parece evidente que solo cabe adoptar una posici&oacute;n abolicionista. Esta supone poner el foco sancionador y deslegitimador de los hombres en cuanto sujetos prostituidores, adem&aacute;s de, por supuesto, los proxenetas y hasta de los mismos Estados que son cooperadores necesarios en la creciente industria del sexo. Todo ello acompa&ntilde;ado de las suficientes medidas y recursos que permitan que las mujeres prostituidas tengan abiertas otras v&iacute;as para su desarrollo personal, su bienestar y, en definitiva, un proyecto de vida alternativo. En todo caso, esta conquista democr&aacute;tica no ser&aacute; posible sin la decidida intervenci&oacute;n de los poderes p&uacute;blicos y sin la superaci&oacute;n de una cultura que nos ha socializado a los hombres para ejercer dominio sobre las mujeres. Hasta el extremo de que ese ejercicio de omnipotencia nos erotiza y nos permite demostrar, en esa performance continua que es la virilidad, que somos hombres de verdad.
    </p><p class="article-text">
        Para empezar el proceso de concienciaci&oacute;n que deber&iacute;a propiciar luego nuestro compromiso y acci&oacute;n contra cualquier forma de violencia machista, no estar&iacute;a mal que los hombres, puteros todos de hecho o en potencia, ley&eacute;ramos el sobrecogedor y valiente libro de Amelia Tiganus. En <em>La revuelta de las putas, </em>esta rumana que ya es medio vasca, nos relata desde su vivencia de mujer prostituida, el horror de los que denomina &ldquo;campos de concentraci&oacute;n exclusivamente para mujeres&rdquo; y nos describe al putero como &ldquo;un hombre machista que hace uso de sus privilegios, el dinero y el poder, para satisfacer sus deseos, sin tener en cuenta la condici&oacute;n humana y la vulnerabilidad de las mujeres prostituidas y sus circunstancias&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Amelia, que rechaza considerarse v&iacute;ctima y reclama su estatus de activista, escribe no solo desde el dolor vivido sino tambi&eacute;n desde su progresiva toma de conciencia feminista. En un ejercicio admirable de honestidad, personal e intelectual, reivindica la necesidad de que, ante una realidad tan dram&aacute;tica como la del sistema prostitucional, los discursos no se queden en la Academia y se tiendan puentes entre el saber, la experiencia y el activismo. Tiganus, que es aprendiz orgullosa de tantas cosas, y que no duda en llamar a las cosas por su nombre, nos revela las heridas y las miserias que la mayor&iacute;a de la sociedad, muy especialmente los hombres, no queremos mirar. Y se&ntilde;ala con el dedo a todos los c&oacute;mplices que, empezando por el Estado, permiten que en las afueras de cualquiera de nuestras ciudades y en muchos pisos invisibles, se produzcan todos los d&iacute;as violaciones de derechos y se atente contra la integridad y la dignidad de quienes parecen no merecer el estatus de ciudadanas.
    </p><p class="article-text">
        La revuelta que reclama esta activista de mirada profunda e inevitablemente triste,&nbsp;no va solo de las putas. &ldquo;Va de todas las mujeres &ndash; unidas en el suelo prostitucional &ndash; contra esta forma de violencia patriarcal&rdquo;. Una revuelta que deber&iacute;a interpelarnos singularmente a los&nbsp;hombres, en cuanto part&iacute;cipes necesarios de un sistema que contin&uacute;a otorg&aacute;ndonos dividendos. Solo cuando nosotros seamos capaces de iniciar una revuelta que nos lleve a desmontar la masculinidad patriarcal, y todas las violencias a ella asociada, la lucha feminista acabar&aacute; encontrando ese horizonte en el que al fin mujeres y hombres seamos sujetos equivalentes. Una revuelta masculina que deslegitime a puteros y violentos y que, al fin, nos permita erradicar nuestra mirada sobre las mujeres como agujeros que penetrar, vientres que alquilar o, en fin, cuerpos sin alma que domar. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/revuelta-puteros_1_8318592.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Sep 2021 20:08:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La revuelta de los puteros]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las mujeres del mundo: a propósito de Afganistán y otros infiernos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mujeres-mundo-proposito-afganistan-infiernos_129_8236700.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/80704fc5-936e-40f9-9185-345472488c87_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las mujeres del mundo: a propósito de Afganistán y otros infiernos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El drama que nos pone delante de nuestros ojos comodones, esos que parecen forzados a no parpadear, como explica Remedios Zafra en 'Frágiles', situaciones como las de Afganistán son del mismo calibre que las de otros contextos, países y culturas en las que las niñas y mujeres carecen de la condición de sujetos</p></div><p class="article-text">
        En estos d&iacute;as de calor que abrasa, en un mundo que cada vez anda m&aacute;s directo a la deriva,&nbsp;no s&eacute; cu&aacute;ntos manifiestos he firmado, he le&iacute;do o simplemente he encontrado en las redes sociales. El horror de los talibanes en Afganist&aacute;n ha despertado nuestra conciencia solidaria, limitada en la mayor&iacute;a de los casos a asumir p&uacute;blicamente un rol benefactor en forma de proclama, sentimiento o eslogan. Ello no quiere decir que bajo esa cobertura medi&aacute;tica no haya convicciones o compromisos aut&eacute;nticos, pero me temo que en la mayor&iacute;a de los casos est&aacute;n limitados a ser una suerte de gaseoso impulso, una especie de conciencia inmediata que en seguida se acomoda, tal vez, en el mejor de los casos, porque bien sabe de nuestra peque&ntilde;ez en cuanto sujetos revolucionarios. En este escenario donde las m&aacute;scaras se imponen &ndash;recordemos el origen de la palabra persona, pensemos en el sentido esc&eacute;nico de la representaci&oacute;n pol&iacute;tica&ndash; asistimos, junto a un derroche de aut&eacute;nticas cruzadas, a esperpentos como los que nos devuelven los y las pol&iacute;ticas que reclaman para otros lugares del mundo lo que aqu&iacute; niegan, o a una utilizaci&oacute;n perversa de t&eacute;rminos como 'feminismo' que ahora parecen valer lo mismo para un roto que para un descosido. Muy especialmente cuando son usados por quienes han dado buena muestra previamente de su nulo o escaso compromiso con la mirada que implica darle la vuelta a un mundo hecho a imagen y semejanza de los varones.
    </p><p class="article-text">
        El drama que nos pone delante de nuestros ojos comodones, esos que parecen forzados a no parpadear, como explica Remedios Zafra en <em>Fr&aacute;giles</em>, situaciones como las de Afganist&aacute;n son del mismo calibre que las de otros contextos, pa&iacute;ses y culturas en las que las ni&ntilde;as y mujeres carecen de la condici&oacute;n de sujetos. Recordemos que en algunos casos incluso tenemos relaciones diplom&aacute;ticas, comerciales y pol&iacute;ticas, con los se&ntilde;ores que las mantienen en un estatus subordinado. De la misma manera que, para completar el c&iacute;rculo patriarcal, las minor&iacute;as sexuales son perseguidas, humilladas y hasta encarceladas o ajusticiadas. No olvidemos que el gran desaf&iacute;o pol&iacute;tico del siglo XXI es la desigualdad creciente,&nbsp;alimentada por factores como el neoliberalismo econ&oacute;mico o la crisis clim&aacute;tica.&nbsp;Una desigualdad que en algunos territorios estalla en sangre, pero que en otros, aparentemente m&aacute;s civilizados, como pueden ser las democracias occidentales, va supurando lenta y progresivamente, como ese l&iacute;quido apenas imperceptible que sale de las heridas y del que solo nos damos cuenta cuando empapa la gasa.&nbsp;El &uacute;nico elemento en com&uacute;n de las m&uacute;ltiples experiencias y contextos que podr&iacute;amos citar aqu&iacute; es que las mujeres son las principales v&iacute;ctimas, las m&aacute;s violentadas, las m&aacute;s negadas, las que siempre se convierten en los cuerpos sobre los que el vencedor esculpe sus reglas.
    </p><p class="article-text">
        Si algo nos pone en evidencia el horror de Afganist&aacute;n, pero tambi&eacute;n el dolor de los cuerpos en fuga en el Mediterr&aacute;neo, la desesperaci&oacute;n de tantos y tantas en Am&eacute;rica del Sur, o la sequedad de los labios que buscan agua en tierras que hemos hundido en la miseria para que unos cuantos creamos tener el mundo en nuestras manos gracias a Amazon, es el fracaso de un modelo civilizatorio, y con &eacute;l, claro, de derechos humanos, articulado sobre tres l&oacute;gicas que se retroalimentan: la patriarcal, la estatal y la occidental (colonial). Sobre ese tri&aacute;ngulo elevamos los edificios constitucionales que, a duras penas, llegan a un siglo XXI en el que las grietas hacen que se desmoronen los pilares hechos a imagen del hombre heterosexual, proveedor, propietario e individualista. El que se situ&oacute; en la base jur&iacute;dica de los Estados naci&oacute;n como referente moral. El que, con vocaci&oacute;n no superada de depredador, fue tejiendo las redes de una econom&iacute;a en la que no fue relevante qui&eacute;n le hac&iacute;a la cena a Adam Smith. 
    </p><p class="article-text">
        Todo este montaje, del que no negar&eacute; ciertos frutos saludables a conservar, hace d&eacute;cadas que hace aguas, tal y como el feminismo, entre otros movimientos sociales y pol&iacute;ticos, ha puesto y pone de manifiesto. Las limitaciones de los Estados naci&oacute;n, la incapacidad del Derecho para controlar a los poderes salvajes, las insuficiencias y perversiones de una comunidad internacional que languidece entre tratados al sol y burocracias que apestan, la Europa so&ntilde;ada y que casi siempre vive m&aacute;s en el sue&ntilde;o que en la realidad, los engranajes de un mundo forjado en las dos guerras mundiales del siglo XX y que no ha sido capaz de reinventarse, son una buena expresi&oacute;n de las carencias con las que intentamos, sin &eacute;xito, claro, abordar los retos que como humanidad, esa palabra tan grande, tenemos en un siglo donde nos limitamos a sobrevivir. El s&aacute;lvese quien pueda que hoy es una mezcla rara de narcisismo compartido y enredado, de deseos elevados a la en&eacute;sima potencia y de carencia de una &eacute;tica compartida desde la que forjar una vida buena. Y mucho me temo que la pandemia, lejos de alimentar nuestro nervio de sujetos fr&aacute;giles e interdependientes, no ha hecho sino engordar nuestro ego adolescente, y con &eacute;l, la deriva suicida, y feliz, en la que estamos instalados.
    </p><p class="article-text">
        La lecci&oacute;n m&aacute;s urgente, y positiva, que deber&iacute;amos estar ya asumiendo como eje de transformaci&oacute;n pol&iacute;tica, y no solo como proclama de manual o encabezado de manifiesto, es la inevitable universalidad de los derechos, de la dignidad, de la igualdad. Lo cual no quiere decir que lo local no sea un espacio clave para los cambios, sino que es imposible avanzar en justicia social, en convivencia pac&iacute;fica y en desarrollo humano, si no alzamos la mirada m&aacute;s all&aacute; de nuestro ombligo, si no somos conscientes y damos un impulso positivo a las redes que nos unen m&aacute;s all&aacute; de las fronteras, si no articulamos pol&iacute;ticas econ&oacute;micas, medioambientales, de todo tipo, que tengan presente nuestra necesaria interconexi&oacute;n. Un reto urgente que pasa por superar la l&oacute;gica estatal de protecci&oacute;n de los derechos, los nacionalismos como bandera pol&iacute;tica y, por supuesto, la concepci&oacute;n patriarcal del ser humano que niega justamente lo que mejor nos define: la vulnerabilidad, la necesidad de cuidados, nuestra interdependencia. 
    </p><p class="article-text">
        Hablamos pues de una revoluci&oacute;n pol&iacute;tica, pero sobre todo &eacute;tica. Desde la que tendr&iacute;amos que abordar un siglo complejo e incierto, m&aacute;s all&aacute; de las respuestas urgentes que necesitan tantos seres humanos que est&aacute;n en el precipicio. Mientras que sigamos pensando a golpe de manifiesto, o haciendo pol&iacute;ticas que solo ponen parches, estaremos condenados a seguir dando vueltas en el mismo c&iacute;rculo vicioso. Un c&iacute;rculo que, no lo olvidemos, expulsa a las afueras a las personas m&aacute;s d&eacute;biles, a las que carecen de poder, a las que acaban siendo siempre moneda de cambio. Algo que saben bien las mujeres del mundo y el feminismo que, como me ense&ntilde;aron mis maestras, o es internacionalista o no es.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mujeres-mundo-proposito-afganistan-infiernos_129_8236700.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Aug 2021 19:50:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las mujeres del mundo: a propósito de Afganistán y otros infiernos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Afganistán,Feminismo,Derechos Humanos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vacunas: la alegría contagiosa de lo público]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/vacunas-alegria-contagiosa-publico_129_7871619.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0a57e79c-8f31-4b7d-b487-7649c79785a9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vacunas: la alegría contagiosa de lo público"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es en la salud y en la enfermedad donde se pone a prueba no solo el amor, sino también la decencia de un sistema que dice basarse en el presupuesto de que todas las vidas son igual de dignas</p></div><p class="article-text">
        La alegr&iacute;a es contagiosa. Cuando la compartimos se multiplica, como si fuera un milagro humano, sin intervenci&oacute;n divina, que nos reconcilia con los rostros esperanzados, con los cuerpos fr&aacute;giles que nos igualan, con el baile que agita nuestra piernas cuando celebramos en comunidad. 
    </p><p class="article-text">
        En estas semanas, en las que empezamos a sentir lentamente que no habr&aacute; otro abril robado, me ha llegado tal vez m&aacute;s que nunca esa energ&iacute;a potenciadora de la alegr&iacute;a, de la que es colectiva y por tanto pol&iacute;tica, de la que nos reconcilia con el sentido &eacute;tico del bien com&uacute;n. Y no solo porque haya sentido como un calambrazo al saber que mis padres se vacunaban, sino porque no dejado de ver en las redes sociales, ese espacio con frecuencia tan airado e inc&oacute;modo, a muchas mujeres y a muchos hombres, la mayor&iacute;a en esas franjas de edad que los sit&uacute;an en las afueras, compartir el entusiasmo que les generaba un simple pinchazo. Ese que para el resto, los que seguimos a la espera, es como una especie de paliativo que nos permite avanzar en la agenda con &aacute;nimos renovados.
    </p><p class="article-text">
        La celebraci&oacute;n de las vacunas, que acaban siendo un pasaporte hacia ese territorio en el que al fin la alarma sea sustituida por los abrazos, y que vemos en estos d&iacute;as dibujada en ojos que est&aacute;n a mitad de camino de las l&aacute;grimas y la sonrisa, ha sido y est&aacute; siendo una celebraci&oacute;n de lo p&uacute;blico. El reconocimiento compartido, m&aacute;s all&aacute; de las posiciones ideol&oacute;gicas de quienes desnudan su brazo ilusionados, del sentido que ha de tener una sanidad p&uacute;blica empe&ntilde;ada en velar por la integridad f&iacute;sica, la salud y el bienestar de la ciudadan&iacute;a. De todos y de todas. Sin que ning&uacute;n privilegio ni sesgo diferenciador dictamine qui&eacute;n merece m&aacute;s dignidad que el resto. Porque es en la salud y en la enfermedad donde se pone a prueba no solo el amor, como dir&iacute;a un cura o un concejal en una boda, sino tambi&eacute;n la decencia de un sistema que dice basarse en el presupuesto de que todas las vidas son igual de dignas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de m&aacute;s de un a&ntilde;o de pandemia, la cual ha dejado al descubierto muchas fracturas de unas democracias solo formalmente avanzadas, deber&iacute;amos haber aprendido como m&iacute;nimo una lecci&oacute;n. La que supone reconocer y valorar la necesidad de un Estado social fuerte, sostenido con suficientes recursos materiales y humanos, apoyado no en hero&iacute;smos singulares sino en profesionales bien pagados y reconocidos socialmente como los m&aacute;s necesarios entre los necesarios. Un valor este, el de su esencialidad en el sost&eacute;n de la vida, que, de hecho, deber&iacute;a convertirlos en los trabajos mejor retribuidos y a los que la sociedad concediera el mayor nivel de prestigio. Porque ellas y ellos son el caudal que mueve las ruedas de todos esos molinos en los que cada d&iacute;a se muelen los ingredientes que hacen sostenible nuestra existencia. La rueda de la educaci&oacute;n, la rueda de la sanidad y, por supuesto, como ahora hemos comprobado con m&aacute;s urgencia que nunca, la rueda de los cuidados. Los tres pilares de un Estado social sin los que la igualdad es imposible y sin los que, como ha puesto de manifiesto este jodido a&ntilde;o, nuestros cuerpos corren el riesgo de precipitarse en el vac&iacute;o. Un peligro que se acrecienta en funci&oacute;n del grado de vulnerabilidad que cada individuo soporta por circunstancias personales o sociales.
    </p><p class="article-text">
        Aunque a algunos les pueda parecer exagerada, la afirmaci&oacute;n del fil&oacute;sofo esloveno Slavoj &#381;i&#382;ek, seg&uacute;n la cual la &uacute;nica salida ante el mundo complejo y progresivamente desigual que habitamos es &ldquo;o la barbarie o alg&uacute;n tipo de comunismo reinventado&rdquo;, no creo que podamos negar certidumbre a su sentencia. Sobre todo si entendemos por ese comunismo reinventado un modelo social, pol&iacute;tico y econ&oacute;mico que entienda lo p&uacute;blico como eje redistribuidor de bienes y recursos, al tiempo que todos y todas situamos los bienes comunes como la referencia &eacute;tica de nuestra vida compartida. Un doble eje desde el que resulta mucho m&aacute;s f&aacute;cil realizar una pedagog&iacute;a que nos permita entender el sistema impositivo, progresivo y transparente, como el mecanismo imprescindible para hacer real el sue&ntilde;o de la igualdad sustantiva. Un proyecto emancipador que nos permitir&aacute;, aun con las imperfecciones de lo humano, celebrar la posibilidad de un mundo en el que vayamos superando cualquier tipo de servidumbre o explotaci&oacute;n. Al fin, la alegr&iacute;a compartida, continuada y sostenible que en estas semanas he inoculado cada vez que ve&iacute;a en Twitter la foto de una persona mayor ofreciendo su brazo a un enfermero o a una enfermera que, pese al agotamiento, quiero pensar que siente la aguja como parte del abrazo que todav&iacute;a no puede dar. Como en una adelantada ma&ntilde;ana de 6 de enero en la que al fin hubi&eacute;ramos descubierto que los Reyes magos no existen, o mejor, que son los padres y las madres, y el Estado, los encargados de hacer posible la magia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/vacunas-alegria-contagiosa-publico_129_7871619.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 28 Apr 2021 20:22:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Vacunas: la alegría contagiosa de lo público]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Vacunación,Vacunas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Identidad sexual y libre desarrollo de la personalidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/identidad-sexual-libre-desarrollo-personalidad_129_7256677.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/abeb0464-bdaa-4374-bfd6-7d3c8844abf9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Identidad sexual y libre desarrollo de la personalidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No debería ser un médico, menos un tratamiento, la llave que permitiera el acceso de una persona a su reconocimiento jurídico como sujeto. Cuestión distinta es que se consideren oportunas determinadas garantías administrativas y/o judiciales</p></div><p class="article-text">
        El libre desarrollo de la personalidad es un principio que ha merecido poca atenci&oacute;n&nbsp;doctrinal y jurisprudencial, a pesar de estar ubicado, junto a la dignidad, en el p&oacute;rtico&nbsp;de la declaraci&oacute;n de derechos de nuestra Constituci&oacute;n (art. 10.1). Es justamente ese&nbsp;mandato de optimizaci&oacute;n la llave que permite actualizar el contenido de todos y cada&nbsp;uno de los derechos fundamentales en t&eacute;rminos de autonom&iacute;a. Si analizamos la&nbsp;historia de los derechos humanos, podemos comprobar como ha sido un proceso,&nbsp;siempre inacabado, de conquista de espacios de autonom&iacute;a proyectados en nuestro&nbsp;cuerpo, en nuestra mente y en nuestras vivencias. 
    </p><p class="article-text">
        Recordemos las pioneras luchas por&nbsp;la libertad de conciencia y por la tolerancia religiosa, como tambi&eacute;n las que han ido&nbsp; procurando el reconocimiento de distintos colectivos y minor&iacute;as. Y, claro, de manera&nbsp;m&aacute;s estructural y radical, la lucha de las mujeres durante siglos por dejar de ser&nbsp;heterodesignadas y por ser al fin las due&ntilde;as de sus cuerpos, de sus deseos y de sus&nbsp;destinos. El todav&iacute;a limitado reconocimiento de sus derechos sexuales y reproductivos&nbsp;es la prueba m&aacute;s evidente de que la autonom&iacute;a de las mujeres ha sido vista como una&nbsp;amenaza por quienes siempre hemos monopolizado los p&uacute;lpitos. Como tambi&eacute;n&nbsp;siempre fue una amenaza para quienes ten&iacute;an una posici&oacute;n dominante el&nbsp;reconocimiento de voz y juicio a quienes estaban en los m&aacute;rgenes. En este sentido, la&nbsp;lucha por la igualdad ha sido siempre una cuesti&oacute;n de poder y ciudadan&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La progresiva conquista de autonom&iacute;a, y la protecci&oacute;n por tanto de la capacidad de&nbsp;cada individuo para definir su proyecto de vida, o lo que es lo mismo, para definirse&nbsp;como sujeto y actuar conforme a esa definici&oacute;n, ha supuesto siempre una dura pugna&nbsp;con un conjunto de poderes. Las religiones, la medicina, el derecho, han sido los&nbsp;artefactos que, en manos de los poderosos, y constituyendo en s&iacute; mismos un poder,&nbsp;han sometido a los humanos y a sus cuerpos a disciplinas y sanciones. La secuencia&nbsp; pecado-delito-enfermedad que ha marcado hist&oacute;ricamente la exclusi&oacute;n de las&nbsp;personas homosexuales es el m&aacute;s claro ejemplo de las cadenas de las que tantas&nbsp;personas han tenido que ir emancip&aacute;ndose. Como tambi&eacute;n lo son el reconocimiento&nbsp;del derecho de las mujeres a interrumpir voluntariamente su embarazo sin ning&uacute;n tipo&nbsp;de tutela o justificaci&oacute;n, o del derecho a poner fin a nuestra vida cuando entendamos&nbsp;que ha dejado de ser digna. De alguna manera, y como bien nos ense&ntilde;a el feminismo, la tutela de la igualdad democr&aacute;tica no es otra cosa que la garant&iacute;a de que cada&nbsp; individuo deje de ser tratado como un discapacitado o un menor necesitado de tutela, salvo en aquellos casos excepcionales en los que la protecci&oacute;n de terceros, de otros&nbsp;bienes jur&iacute;dicos o del mismo sujeto exijan limitaciones, basadas, eso s&iacute;, en el principio&nbsp;de proporcionalidad y en la adecuada ponderaci&oacute;n de los derechos y bienes en&nbsp;conflicto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El reconocimiento legal de la identidad sexual se sit&uacute;a en ese contexto evolutivo de los derechos humanos y del mismo concepto de ciudadan&iacute;a. La necesidad de dotar de un&nbsp;marco que otorgue seguridad jur&iacute;dica a las personas que viven un conflicto entre su&nbsp;sexo biol&oacute;gico y la vivencia que racional y emocionalmente las define, ha sido insistentemente reclamada por todas las instancias internacionales y por nuestro&nbsp;propio Tribunal Constitucional. Ante el desaf&iacute;o que supone esta regulaci&oacute;n, que&nbsp;adem&aacute;s cuenta ya con una abundante legislaci&oacute;n auton&oacute;mica en el &aacute;mbito&nbsp;competencial de cada territorio, no habr&iacute;a que perder de vista, que una ley, y muy&nbsp; especialmente cuando se trata de garantizar derechos, no ha de partir de las&nbsp;situaciones excepcionales que podr&iacute;an cuestionar su oportunidad sino de la situaci&oacute;n&nbsp; general de las personas o colectivo necesitado de tutela. Si no fuera as&iacute;, dif&iacute;cilmente&nbsp; podr&iacute;an haberse aprobado en nuestro pa&iacute;s leyes como la que lucha contra la violencia&nbsp;de g&eacute;nero, la que reconoci&oacute; el matrimonio entre personas del mismo sexo, la que liber&oacute; al aborto de supuestos paternalistas o la que recientemente ha regulado la&nbsp;eutanasia. En todo caso, lo que debe hacer una buena ley es establecer las suficientes&nbsp;garant&iacute;as frente a fraudes y abusos, sin olvidar que el Estado cuenta con el Ministerio&nbsp;Fiscal para vigilar el adecuado cumplimiento de las normas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El borrador de ley que tanto debate ha generado no tiene otro objetivo que ajustar el&nbsp;reconocimiento y protecci&oacute;n de las personas trans a los est&aacute;ndares internacionales en&nbsp;materia de derechos humanos y, muy especialmente, al mandato de despatologizaci&oacute;n&nbsp;de su estatus de ciudadan&iacute;a. Es decir, no deber&iacute;a ser un m&eacute;dico, ni mucho menos un&nbsp;tratamiento, la llave que permitiera el acceso de una persona a su reconocimiento&nbsp;jur&iacute;dico como sujeto. De la misma manera que no se exigen requisitos similares para,&nbsp;por ejemplo, contraer matrimonio, abortar o tener un hijo, aunque s&iacute; se exigen para la&nbsp;adopci&oacute;n en cuanto que lo que se trata de proteger en este caso es el inter&eacute;s superior&nbsp;del menor. 
    </p><p class="article-text">
        Cuesti&oacute;n distinta es que se considere oportuno establecer determinadas&nbsp;garant&iacute;as administrativas y/o judiciales de dicho proceso de reconocimiento, tal y como prev&eacute;n otros ordenamientos. En este sentido, varias opciones son posibles:&nbsp;desde la declaraci&oacute;n notarial hasta la preceptiva comunicaci&oacute;n por el encargado del&nbsp;Registro al Ministerio Fiscal, pasando por limitaciones como la que solo permitir&iacute;a hacer el cambio una vez y solo rectificarlo una segunda con la correspondiente&nbsp; intervenci&oacute;n judicial, adem&aacute;s de que se pudieran arbitrar medidas de informaci&oacute;n de&nbsp;todas las consecuencias del cambio en el Registro o incluso un per&iacute;odo de &ldquo;reflexi&oacute;n&rdquo;&nbsp;entre dos solicitudes que avalaran la &ldquo;seriedad&rdquo; de la petici&oacute;n. M&aacute;s dificultades&nbsp; jur&iacute;dicas plantear&iacute;a, tal y como se ha hecho en algunos pa&iacute;ses, el reconocimiento de un&nbsp;tercer sexo o de una suerte de casilla en blanco para otras opciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con respecto a las personas menores de edad, no habr&iacute;a m&aacute;s que remitirse a las&nbsp;cautelas que establece la normativa que regula la autonom&iacute;a de la ciudadan&iacute;a en&nbsp;materia de tratamientos m&eacute;dicos, sin perder de vista dos principios: el de inter&eacute;s&nbsp; superior del menor y el del reconocimiento progresivo de su madurez. Tal y como, por&nbsp;otra parte, dej&oacute; claro la sentencia del Tribunal Constitucional 99/2019. En todo caso,&nbsp; no habr&iacute;a que olvidar que la misma definici&oacute;n de mayor&iacute;a de edad es una convenci&oacute;n&nbsp;legal, en muchos casos harto discutible, que injustamente en ocasiones establece&nbsp;barreras para el ejercicio de derechos. Algo que bien saben las mujeres de entre 16 y&nbsp;18 a&ntilde;os que, gracias a Gallard&oacute;n, no pueden ejercer el derecho a interrumpir&nbsp;voluntariamente su embarazo sin necesidad de intervenci&oacute;n de sus progenitores. Todo&nbsp;lo anterior, por supuesto, deber&iacute;a ir acompa&ntilde;ado de una ulterior regulaci&oacute;n garantista,&nbsp;uniforme en todo el territorio nacional, de los correspondientes acompa&ntilde;amientos &ndash; m&eacute;dicos, psicol&oacute;gicos, sociales - que entiendo son necesarios en este tipo de procesos&nbsp;que, en cualquier caso, habr&iacute;an de basarse en el &ldquo;consentimiento informado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En cuestiones m&aacute;s espec&iacute;ficas, como pueden ser las competiciones deportivas,&nbsp;entiendo que deber&iacute;an ser las correspondientes federaciones las que establecieran&nbsp;estrictos requisitos y controles. De la misma manera que podr&iacute;an arbitrarse&nbsp;mecanismos correctores en las estad&iacute;sticas y datos oficiales que se siguen basando en el&nbsp;binomio hombre/mujer, adem&aacute;s de recordar, por si alguien tuviera dudas, de que&nbsp;normas como las penales se aplican en funci&oacute;n del momento y circunstancias en que&nbsp;se comente el delito y que, por tanto, nada hay que temer con respecto al posterior&nbsp; cambio de identidad con intenciones fraudulentas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, creo que es posible encontrar soluciones garantistas y con la suficiente&nbsp;seguridad jur&iacute;dica que permitan nada m&aacute;s y nada menos que muchas personas puedan&nbsp;vivir una vida digna de ser vivida, siendo conscientes, claro est&aacute;, de que una ley no&nbsp;hace milagros. En materia de discriminaci&oacute;n son tan, o incluso m&aacute;s fundamentales que&nbsp;las leyes, las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas que luchen contra las exclusiones, que habiliten&nbsp;oportunidades y que permitan superar los obst&aacute;culos que impiden la igualdad real de&nbsp;un colectivo, empezando por las responsabilidades educativas y socializadoras sin las&nbsp;que no es posible alcanzar una sociedad sin brechas ni sesgos asim&eacute;tricos. Un mandato&nbsp;que establece rotundo el art. 9.2 CE y que es clave para la realizaci&oacute;n de la igualdad&nbsp;como principio que supone el reconocimiento de nuestras diferencias. Estas, me temo,&nbsp;no estar&aacute;n suficientemente garantizadas mientras que habitemos la c&aacute;rcel que supone el g&eacute;nero. Ese que todas y todos reproducimos cada d&iacute;a en el marco de una cultura&nbsp;que lo alimenta y que se nutre de &eacute;l. El horizonte es, pues, evidente. Como tambi&eacute;n es,&nbsp;o deber&iacute;a serlo, la necesidad de una ley que permita, aqu&iacute; y ahora, en el siglo XXI que&nbsp;vivimos y en el que los g&eacute;neros no han sido abolidos, que a nadie se le cuestione eso&nbsp;que Hannah Arendt denomin&oacute; el &ldquo;derecho a tener derechos&rdquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Octavio Salazar]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/identidad-sexual-libre-desarrollo-personalidad_129_7256677.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Feb 2021 20:41:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Identidad sexual y libre desarrollo de la personalidad]]></media:title>
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