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    <title><![CDATA[elDiario.es - Diego Fonseca]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/diego_fonseca/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Diego Fonseca]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Ideas sueltas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/ideas-sueltas_1_5967982.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e65b25b0-59fa-4ee3-b375-e721ea0863b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ideas sueltas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No sé qué encontraré fuera. El mundo de los últimos tiempos nos dio incertidumbre. Esa sensación de fragilidad, un sillón tan propio como incómodo para quien vive en el mundo de las ideas, se intensificará en los tiempos por vivir. La naturaleza, con uno de sus organismos más insignificantes, nos demostró nuestra vulnerabilidad</p></div><p class="article-text">
        [ 1 ]
    </p><p class="article-text">
        Digo: suspendo mi cumplea&ntilde;os de 2020 por el coronavirus. Mi vida se posdatar&aacute; a 2021, cuando reedite quien era antes de la crisis. Todo yo estoy en suspenso. Lo que hay aqu&iacute;, esto que simula dialogar con ustedes, es un remedo de existencia. Un yo en emergencia confinada. Tapabocado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Era una broma, o no &mdash;toda memoria es autoficci&oacute;n&mdash;, pero en cierto sentido el mundo no empezar&aacute; pronto para casi nadie. Somos perros con bozal rogando por un paseo en el parque. Amo &mdash;presidente, gobernador&mdash;, &iquest;si muevo la cola suficiente me gano el derecho a correr tras una pelota de tenis? Cada rayo de sol que nos toca es un remedo de alg&uacute;n verano. Cada hora fuera, un intento por absorber todo el aire &mdash;y esos cielos, madresanta, esos cielos azules&mdash; de un sorbo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        [ 2 ]&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Algunos, autorizados por las autoridades, regresan al trabajo, que la mayor&iacute;a asocia con volver a la normalidad. Podr&iacute;a detenerme en cualquier teor&iacute;a de la alienaci&oacute;n pero dej&eacute;moslo pasar: convengamos que, para quien logra finalmente salir de casa tras semanas encerrado, marcar tarjeta por salarios de relativa supervivencia equivale a la libertad. <em>Fair enough. &nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Para la mayor&iacute;a, eso es futuro, y el futuro nunca existe. Cuando salgamos indemnes de esto, supongo yo, volver&eacute; a funcionar en tiempo presente, otra inexistencia. Ahora me sostengo en una viscosidad atemporal que comenz&oacute; el d&iacute;a de mi confinamiento y acabar&aacute; no cuando se levanten las restricciones sino cuando yo mismo decida dejar de restringir al mundo. Porque el virus me (nos) envi&oacute; a casa, pero nosotros ponemos a distancia al resto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No puedo quejarme de quien soy. Me he entrenado en la soledad. Gozo de la distancia. No preciso m&aacute;s imb&eacute;cil que yo mismo y si ese comportamiento se multiplica, porque, antes en El Mundo Que Existi&oacute; Antes del Virus de Mierda, coincid&iacute;a con alguien, siempre he tenido la socialmente reprochable habilidad de huir de la manera m&aacute;s presta, as&iacute; no fuera de un modo delicado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        [ 3 ]&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me dicen: estamos encerrados perdiendo el tiempo, o aceptando que lo perdemos. Digo: es que no hay tiempo. Saldremos de esta caverna a algo que ni reconoceremos. La l&iacute;nea temporal que era nuestras vidas <em>normales </em>se acab&oacute; cuando la Covid-19 sali&oacute; en modo <em>stealth</em> de caza. Esta <em>vida que sobrevivimos </em>es una ruptura de esa l&iacute;nea, una reescritura imprevisible de la Historia. Quienes fuimos acab&oacute; el d&iacute;a en que nos confinaron, una o varias semanas despu&eacute;s de que todos supi&eacute;ramos que exist&iacute;an Wuhan, las sopas de murci&eacute;lagos y los acorazadamente bellos pangolines.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Me animo a decir que todo es nuevo ahora? No, pues hay arrastre &mdash;qui&eacute;n pudiera separarse de la conciencia, c&aacute;spita. Nuestros cuerpos, nuestras ideas &mdash;de lo privado y lo p&uacute;blico, lo deseable y posible&mdash;, las relaciones sociales: todas mutaciones en proceso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; qu&eacute; encontrar&eacute; fuera. El mundo de los &uacute;ltimos tiempos nos dio incertidumbre. Esa sensaci&oacute;n de fragilidad, un sill&oacute;n tan propio como inc&oacute;modo para quien vive en el mundo de las ideas, se intensificar&aacute; en los tiempos por vivir. La naturaleza, con uno de sus organismos m&aacute;s insignificantes, nos demostr&oacute; nuestra vulnerabilidad. El Virus de Mierda es un correctivo para nuestra pretensi&oacute;n de dominio total de la t&eacute;cnica y, con ella, de la naturaleza: siempre estuvo all&iacute;, agazapado. Nosotros empujamos la frontera y el salto de especies nos estaba esperando. Ahora sabemos que hay miles como &eacute;l anidando en animales dom&eacute;sticos o salvajes. El miedo, y no alguna &eacute;tica, nos est&aacute; ense&ntilde;ando que debemos pisar con cuidado este planeta. &iquest;Tendremos que apropiarnos del miedo &mdash;sentir el miedo&mdash; para acordar alguna &eacute;tica que nos salve la vida?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        [ 4 ]&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;nica certeza que tengo, y quiz&aacute; esa seguridad sea compartida, es la incerteza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El Virus de Mierda ha puesto en un lugar menos honorable a los profetas del determinismo. PB Preciado, Agamben, Zizek, Bifo entraron a saco a categorizar al virus con certezas incombustibles travestidas como duda filos&oacute;fica. Todos aplicaron categor&iacute;as acartonadas al inicio mismo de la crisis, desesperados por dar una respuesta fastfoodiana &mdash;al cabo, son posmodernos&mdash; a la pandemia. Como son profetas de categor&iacute;as inamovibles, la novedad del virus los dej&oacute; con el culo al norte. La ciencia se encarg&oacute; de destruir en una semana sus apuros por acusar la creaci&oacute;n neoliberal-excepcional de la pandemia o por llamar a una especie de neo-ruralismo desconectado sin m&oacute;viles ni internet. Tal vez encarrilen, tal vez no.
    </p><p class="article-text">
        No creo que sea el momento de aferrarse a demasiados dogmas, supongo. Si no podemos soltar los cuerpos, tal vez sea buena cosa soltar las ideas.
    </p><p class="article-text">
        Pasemos p&aacute;gina de la s&uacute;per-certidumbre. A otra cosa, pangolines.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        [ 5 ]&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;nica verdad irrefutable que defiendo estos d&iacute;as es que no tenemos &mdash;corrijo: no tengo&mdash; demasiada idea de qu&eacute; nos pas&oacute; y menos de qu&eacute; nos espera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi mayor claridad conceptual es voluble y circularmente preocupante: s&eacute; muy bien qu&eacute; futuro tenemos por delante y es uno donde no sabemos muy bien qu&eacute; futuro tenemos por delante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        [ 6 ]&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cada d&iacute;a del confinamiento por el Virus de Mierda es uno solo e inacabable apenas segmentado por las horas de la noche donde ni siquiera descansamos, envueltos en pesadillas irrespirables. En una de ellas, yo escapaba de algo &mdash;invisible pero ominosamente presente, por supuesto&mdash; y mientras lo hac&iacute;a me ve&iacute;a sudar, los ojos desorbitados, el pecho a reventar, las piernas temblando, incapaces de dar un paso m&aacute;s: el miedo que pega hasta la par&aacute;lisis, la suposici&oacute;n de la muerte alrededor. De repente, aparece una puerta y me lanzo sobre ella, abro y cierro en un solo movimiento y me apoyo &mdash;pel&iacute;culamente&mdash; contra la madera para que nadie la abra. Hay un par de golpes y luego silencio. Entonces miro a mi alrededor y todo es oscuro: la misma negritud de la que ven&iacute;a. De inmediato, pasa caminando una persona: soy yo. Ese yo mira hacia donde estoy y luego en derredor, entra en p&aacute;nico en un suspiro, y echa a correr. Cuando me vuelvo a mirar no veo ya mi cuerpo sino que soy parte de la oscuridad persiguiendo a mi yo. De esa circularidad agobiante despert&eacute; sudado, sin ning&uacute;n deseo de suponerme el virus.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;[ 7 ]
    </p><p class="article-text">
        La ausencia de cambio exterior se prolong&oacute; al espacio privado convirtiendo la vida en un mar de sargazos: hemos vivido f&iacute;sicamente estacionados.
    </p><p class="article-text">
        En el parking que son nuestras casas apenas se puede pensar. Un mundo inm&oacute;vil e inapropiado &mdash;en el sentido de que ya no era nuestro&mdash; se nos met&iacute;a por la ventana de casa. El aire que entraba por los pa&ntilde;os abiertos de las ventanas era mejor sin nosotros en las calles. Nos regocijamos en nuestro redescubrimiento: oh humanidad, cu&aacute;nto sanar&iacute;as el mundo si no te moviera <em>das kapital</em>. Nos revolcamos en un caldo eco-rom&aacute;ntico emocionados viendo c&oacute;mo los mismos animales cuyos h&aacute;bitats presionamos &mdash;muchos de los cuales matar&iacute;amos ante su sola aparici&oacute;n amenazante&mdash; ahora ocupaban barrios, catedrales, jardines, lagos, r&iacute;os y plazas de nuestras ciudades.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esos son amores de verano, duran lo que dura el encanto, el artificio que los produce. Nuestras mejores intenciones &mdash;esa algodonada enso&ntilde;aci&oacute;n hecha de videos en YouTube con delfines en Cagliari, canales limpios en Venecia, jabal&iacute;es en Barcelona, c&oacute;ndores y un puma en Santiago, carpinchos en Buenos Aires&mdash; se habr&aacute;n vaciado de sentido apenas alguien apriete ON en la rueda general de la econom&iacute;a. Quemaremos petr&oacute;leo como bestias para ir en busca del tiempo &mdash;<em>das Kapital</em>&mdash; perdido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vivir del deseo es demasiado voluble. <em>No se puede vivir del amor</em>. Cuando despertemos en ese futuro inasible, observaremos que esas esperanzas eran un sue&ntilde;o de papier mach&eacute;: cine mudo, una pel&iacute;cula id&iacute;lica e idealizada. Irrealizable.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        [ 8 ]
    </p><p class="article-text">
        En el confinamiento no somos due&ntilde;os de nuestras vidas, apenas de su fragmento privado. Aceptamos que los gobiernos se hicieran cargo de la parte abierta del par, el p&uacute;blico. Nos ordenaron confinarnos para preservar la vida en s&iacute; &mdash;privatizaron la existencia&mdash;, y enviaron a miles de m&eacute;dicos mal pertrechados a salvarla cuando estuvo en riesgo &mdash;de alguna manera, la muerte se socializ&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que, en ese encierro privado debimos inventarnos una vida p&uacute;blica. No es que no existiera: Twitter ha sido en estos tiempos un caf&eacute; mucho m&aacute;s activo. (Los due&ntilde;os de las redes sociales lo saben: mientras la econom&iacute;a mundial se desmorona, sus ganancias son r&eacute;cord).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando deseaba silenciar el patio virtual &mdash;mi vida p&uacute;blica&mdash; intentaba alguna pausa en la lectura. Para m&iacute; leer fue siempre refugiarme en un no-tiempo y un no-lugar. No conozco mayor suspensi&oacute;n de la f&iacute;sica que hundirme en la borrachera de la ficci&oacute;n o el nervio del non-fiction. Como todo libro es pasado, la lectura opera como una actualizaci&oacute;n de un cad&aacute;ver exquisito. Y como el pasado suele hacer menos da&ntilde;o que la actualidad, pues fui a ellos en busca de una salvaci&oacute;n m&aacute;s firme que los chistes y la simulaci&oacute;n de conversaci&oacute;n que ofrece Twitter.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al inicio, creo, todos hemos encarado el prop&oacute;sito con una urgencia casi infantil, el est&oacute;mago habitado por mariposas multicolores, un reverberar de cosquillas por todo la piel ante la m&iacute;nima idea de plantarnos frente a la biblioteca a elegir. Pero pronto la ansiedad tom&oacute; lugar. Nos introdujimos a toda velocidad en el l&iacute;quido informativo de la enfermedad. Nos atrap&oacute; su viscosidad, acabamos convertidos en esta categor&iacute;a de analfabeto experto que es el Homus Digitalis. D&iacute;a tras d&iacute;a descociendo n&uacute;meros de muertos y contagiados en nuestra ciudad, en el pa&iacute;s, en el mundo. Oh qu&eacute; mal la lleva Espa&ntilde;a. &iquest;Acaso habr&aacute; Italia tras esto? Nueva Zelanda al gobierno, Taiw&aacute;n al poder. En nada nos dimos cuenta de que la potencia que dejar&aacute; de dominar el mundo, Estados Unidos, se despide de su hegemon&iacute;a escorando el barco con un tarado por capit&aacute;n &mdash;<em>Imbecile-in-Chief</em> y sus inauditas teor&iacute;as de la tremenda luz y los desinfectantes intravenosos. Y en un mismo giro nos dimos con que la potencia que pronto querr&aacute; dominar al mundo, China, tiene una oscuridad y malevolencia indignas, superadoras de todo estereotipo orwelliano.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al cabo, dejamos de leer, incapacitados de concentrarnos una hora en nada m&aacute;s demandante que un hilo de tuits, y fuimos por nuevo refugio a otra experiencia del pasado: ver televisi&oacute;n como nuestros abuelos y cocinar como nuestras abuelas. Al cabo: gana el sopor. Volvemos a Twitter a exhibirnos con mordacidad estudiada buscando complicidad y una pizca de amor fraternal en tuits y favs gelotof&iacute;licos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con los d&iacute;as, la din&aacute;mica se ha vuelto tan nerviosa como conocida: unas p&aacute;ginas de lectura, unos minutos largos en la red. M&aacute;s lectura, m&aacute;s tuits. Ambos mundos en coexistencia peleona. Si aceptamos que estamos en suspenso, entonces asumamos que nuestra nueva normalidad ya exist&iacute;a en alguna de sus formas. Somos seres humanos, f&iacute;sicamente gregarios y crecientemente <em>socio-digitales</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        [ 9 ]&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me contradigo: la suspensi&oacute;n no es tal. Es decir, el mundo se nos ha cerrado, pero no hay vac&iacute;o en la Historia. Somos espectadores del nuevo mundo en cocci&oacute;n; en el mejor de los casos, protagonistas privados de una construcci&oacute;n en proceso. Nuestra incidencia en la vida p&uacute;blica es relativa. Volveremos a ser ciudadanos &mdash;incluido el sentido f&iacute;sico&mdash; cuando nos desconfinemos. Quiz&aacute;s sea una curiosa inversi&oacute;n plat&oacute;nica: tras la experiencia ganada en la reclusi&oacute;n &mdash;intelectual, si se quiere&mdash; deberemos adquirir conocimiento sensorial en las calles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Seremos invitados a participar de la Nueva Normalid&aacute; cuando la desescalada del confinamiento &mdash;suena a que bajaremos de una cumbre con poco ox&iacute;geno&mdash; seleccione nuestro n&uacute;mero. Reci&eacute;n entonces la loter&iacute;a nos permitir&aacute; apropiarnos de esa Nueva Normalid&aacute; en proceso. Ergo, construirla. Ya veremos qu&eacute; crear con nuestros m&aacute;s o menos flexibles libertades. Cuando volvamos a ser ciudadanos, menos individuos privados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        [ 10 ]
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Se sienten fatalistas? Yo tengo intriga. Temo, pero, ante el p&aacute;nico, camino cuando puedo. En redondo, en casa, en la oficina, en el balc&oacute;n, en el jard&iacute;n. Cuando sea posible, lo har&eacute; fuera. La Nueva Normalid&aacute; que construyamos debe incorporar una nueva idea del movimiento. En la vieja normalid&aacute;, viv&iacute;amos a la carrera, presurosos y apurados. Quiz&aacute; por eso no nos deten&iacute;amos demasiado a pensar ad&oacute;nde iba nuestra trayectoria de alta velocidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora, en la dizque suspensi&oacute;n, en realidad desaceleramos. Ojal&aacute; podamos ser ciudadanos menos apresurados por las circunstancias, m&aacute;s dedicados a planear que a reaccionar. Caminar me ayud&oacute; en la no-suspensi&oacute;n de estos meses. Me ha asistido siempre. Caminar tranquiliza, pone en marcha, suelta las ideas. <em>Keep walking.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/ideas-sueltas_1_5967982.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 04 May 2020 19:18:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ideas sueltas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus,Pandemia,Covid-19]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Apártate, que lo tapas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/apartate-tapas_1_2256957.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b0c42fc8-596f-4026-9350-3a66ce93f725_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Apártate, que lo tapas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Espero por el sol con una jovialidad irreconocible para mí, búho humano. Naïf, incluso. No podemos salir, así que cuanto entra a casa es bienvenido</p></div><p class="article-text">
        Un amigo vive en un peque&ntilde;o departamento del Eixample de Barcelona. Una habitaci&oacute;n, cocina diminuta, ba&ntilde;o peor. Y una sola ventana. O mejor: ventanita. Y para m&aacute;s INRI: el departamento da al coraz&oacute;n de la manzana, un pulm&oacute;n de cemento gris flanqueado por dos edificios que le han dado a la vida de mi amigo una perspectiva tan sombr&iacute;a como excepcional: cada d&iacute;a, de 15:00 a 15:17, por un hueco nimio que dejan las construcciones entra un rayo de sol que atraviesa la ventana de mi amigo y se clava en un peque&ntilde;o espacio de la pared, a un metro del suelo.
    </p><p class="article-text">
        Mi amigo se prepara para esos momentos. Esta primavera, confinado, apenas lo detect&oacute;, corri&oacute; un librero que le restaba espacio y plant&oacute; una silla plegable de Ikea en la esquina ganada. Cada d&iacute;a, corre la cortina de la ventanita miserable y se sienta all&iacute; a recibir su lamida. Que lleve una copa de vino o un cigarrillo o el libro que lee o el plato de comida da igual: nada m&aacute;s est&aacute; ah&iacute; para que el sol le pinte la cara. Por diecisiete minutos.
    </p><p class="article-text">
        No somos prisioneros, pero jugamos con la idea. Sobre todo ahora, cuando no hay posibilidad de que busquemos en la banca de un parque el mismo sol que antes ten&iacute;amos por seguro. Mi amigo dice que en realidad es un privilegiado. En estos d&iacute;as que nada se puede, &eacute;l se siente el &uacute;ltimo ser vivo sobre la Tierra. Se ha adue&ntilde;ado de su sol. Esos diecisiete minutos son todo cuando no hay nada m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        He escrito por ah&iacute; que no hay peor lugar en una c&aacute;rcel que la celda de aislamiento: no tiene ventanas para inducir depresi&oacute;n, sumisi&oacute;n. La ventana es un espacio de libertad, pero si llueve puede serlo de congoja. Una ventana se realiza m&aacute;s plenamente &ndash;lo experimentamos todos&ndash; cuando el sol chorrea por ella. Es posible que en estos d&iacute;as en que el confinamiento o la cuarentena o el encierro nos han privado del sol labial y el aire fresco, alimentemos la idea del secuestro. De que hemos sido enviados a resguardo por El Orden y un misterioso asesino invisible que flota por los aires.
    </p><p class="article-text">
        Pero estamos lejos de ser seres sin libertades. Nos sobran ventanas. Y cuando el sol se nos da, se nos da la vida. Cuando la primavera entr&oacute; en Europa &ndash;Catalu&ntilde;a suele tener todo tipo de soles, del &iacute;gneo e iridiscente, al lamedor, el cetrino, el tedioso y sigue la colecci&oacute;n de adjetivos&ndash;, el sol no ha tardado en hacernos gui&ntilde;os que hemos tomado muy en serio. Perderse un minuto al sol es un crimen.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a de semana cualquiera con esos rayos como cabellos, los taladros dejan paso a las cortadoras de c&eacute;sped o a no-hago-ni-pienso-hacer-nada-m&aacute;s-que-sentarme-a-ver pasar-el-d&iacute;a. La conversaci&oacute;n a trav&eacute;s de esteras, tapiales de ladrillo, enredaderas y vallados de madera ahora se celebra mientras crepitan terneras o se cuecen potajes. Una de esas tardes de sol, en una casa vecina, Messi, que andar&aacute; por los cinco a&ntilde;os, le meti&oacute; tres goles a un Ter Stegen de m&aacute;s de sesenta. Las aves siempre han estado, gorjeos y trinos han inundando el aire: el sol nos ha devuelto ahora las risas.
    </p><p class="article-text">
        S&iacute;, miro a cuanto me rodea &ndash;miren cuanto los rodea&ndash; y descubro nuestra conversi&oacute;n natural en lagartijas. Historias, microhistorias, vi&ntilde;etas:
    </p><p class="article-text">
        En el &uacute;ltimo balc&oacute;n de un edificio vecino, una madre lee &ndash;o da clases&ndash; a su hija, acodadas sobre una mesilla blanca.
    </p><p class="article-text">
        En el mismo edificio, los habitantes de los pisos 2, 3 y 5 parlotean como cotorras argentinas con las cabezas colgadas de los balcones para que el sol los dore.
    </p><p class="article-text">
        Una esquina m&aacute;s all&aacute;, en un enorme balc&oacute;n atiborrado de plantas, un matrimonio de ancianos dialoga con un vecino unos pisos m&aacute;s abajo. Se escucha: &ldquo;El or&eacute;gano es bueno para&rdquo; y &ldquo;No s&eacute; ustedes pero yo&rdquo; y &ldquo;Qu&eacute; bien, qu&eacute; bueno&rdquo; y &ldquo;&iexcl;Pero mira qu&eacute; guapas estas rosas!&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sigo: al frente, un tipo sale a su balc&oacute;n, arranca malezas de un macet&oacute;n y las arroja a la calle &ndash;mira a ambos lados, el tramposo, pero no me ve a m&iacute;. Sigo: Al otro lado de mi casa, un anciano se ha despanzurrado en una tumbona del patio: duerme al sol con una entrega er&oacute;tica. Sigo: el basurero pas&oacute; esta ma&ntilde;ana y se detuvo un rato con la cara al cielo. Viste de verde, la iguana.
    </p><p class="article-text">
        Y qu&eacute; decir de aquel otro vecino puro en mano, copa de vino en la otra, que r&iacute;e y bromea y vuelve a re&iacute;r y a echarle un cuento y dale que va con su mujer al otro lado de su propia copa, como si estuvieran, qui&eacute;n sabe, en su sue&ntilde;o dorado en un resort de las Maldivas o, tal vez y mejor, en el patio de su casa con un puro en la mano, copa de vino en la otra en un tiempo de mierda al que estrujamos placeres con fruici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Convengamos: el sol siempre est&aacute; ah&iacute;, pero a menudo no lo vemos. En La Normalid&aacute; que nos quit&oacute; el Virus de Mierda &ndash;esa en la que vivimos hace dos mil a&ntilde;os&ndash;, el sol acompa&ntilde;aba pero nada m&aacute;s ten&iacute;a presencia cuando <em>ten&iacute;amos tiempo</em>: almuerzo, la salida del trabajo. En La Normalid&aacute; trabajamos, corremos, nos ocupamos y preocupamos, tenemos obligaciones, nos obligamos. Vamos distra&iacute;dos. Hoy sobra el tiempo y <em>sentir</em> al sol demanda esa pausa contemplativa, literaria si se quiere.
    </p><p class="article-text">
        Desde Hawthorne &ndash;&ldquo;El rayo de sol que atraviesa la celda del prisionero puede ser algo enviado del cielo para mantener el alma viva y alegre dentro de &eacute;l&rdquo;&ndash; a FS Fitzgerald, de Thomas Mann a Dickinson, de Bradbury a este y a aquel, le hemos echado poemas, sonatas, c&aacute;ntigas a sus rayos.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute;, Dickens en <em>Oliver Twist</em>: <em>The sun&ndash;the bright sun, that brings back, not light alone, but new life, and hope, and freshness to man&ndash;burst upon the crowded city in clear and radiant glory.</em>
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute;, Whitman, batiendo una sopa de expectativa, al final de un tiempo oscuro como la Guerra de Secesi&oacute;n &ndash;parte del canto puede retratar estos d&iacute;as:
    </p><p class="article-text">
        <em>O sun of real peace! O hastening light!</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>O free and extatic! O what I here, preparing, warble for!</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>O the sun of the world will ascend, dazzling, and take his height&mdash;and you too, O my Ideal, will surely ascend!</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>O so amazing and broad&mdash;up there resplendent, darting and burning!</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>O vision prophetic, stagger&rsquo;d with weight of light! with pouring glories!</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>O lips of my soul, already becoming powerless!</em>
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute;, el na&iuml;f &ldquo;Solar&rdquo;, de Larkin, exhibiendo al sol como una necesidad primaria, casi pura:
    </p><p class="article-text">
        <em>Suspended lion face</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Spilling at the centre</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Of an unfurnished sky</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>How still you stand,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>And how unaided</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Single stalkless flower</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>You pour unrecompensed.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>The eye sees you</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Simplified by distance</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Into an origin,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Your petalled head of flames</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Continuously exploding.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Heat is the echo of your</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Gold.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Coined there among</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Lonely horizontals</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>You exist openly.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Our needs hourly</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Climb and return like angels.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Unclosing like a hand,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>You give for ever.</em>
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Divago? Qu&eacute; importa: hay sol: sin La Normalid&aacute;, desacelerados y sin mucho por hacer, ha recuperado peso vital. Espero por el sol con una jovialidad irreconocible para m&iacute;, b&uacute;ho humano. Na&iuml;f, incluso. No podemos salir, as&iacute; que cuanto entra a casa es bienvenido. Y en estos d&iacute;as soleados &ndash;a veces cortados por la aparici&oacute;n de lluvias algo malhumoradas&ndash; veo a la gente prodigarse como los verdaderos animales que somos. Me he prodigado yo como el reptil que soy.
    </p><p class="article-text">
        Lo s&eacute;, ya: esta es una fatiga clasemediera. El Virus de Mierda no nos quita el sol: esa suele ser, sobre todo, una tarea econ&oacute;mica: si nosotros podemos celebrar estas luces en parte se debe a que nuestras cuentas bancarias todav&iacute;a aguantan un par de respiros. Ninguno de nosotros est&aacute; fuera, bajo el Sol Productivo, obligado a ingeni&aacute;rselas para poner comida en la mesa de casa sin pescarse el Virus de Mierda. Nuestro Sol Solcito Tan Bonito es una ventaja, quiz&aacute;s un privilegio, como dice mi amigo, y, seguro, una oportunidad para el regodeo existencial &ndash;tal cual esta letrita.
    </p><p class="article-text">
        Pero ma&ntilde;ana, aun con esas diferencias, el sol saldr&aacute; igual. Para todos, como reza el asunto. Y como se aprecia lo que no se posee, all&iacute; me tendr&aacute;n, igual que a mi amigo en sus diecisiete minutos, respirando con tibieza. Ya habr&aacute; tiempo para despegarnos: cuando La Normalid&aacute; vuelva, me reintegrar&eacute; al batall&oacute;n de millones de productivistas que ven el sol sin verlo/sentirlo. Y mientras esa Normalid&aacute; nueva se nos revela a su modo, tratemos al Virus de Mierda como Di&oacute;genes a Alejandro: que se aparte, que tapa el sol.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/apartate-tapas_1_2256957.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Apr 2020 20:45:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Apártate, que lo tapas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Otro Día de la Marmota con wifi]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/dia-marmota-wifi_1_1224373.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d8d4fb2e-c9a5-49eb-9528-9a074f632384_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Otro Día de la Marmota con wifi"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En toda casa es la misma rutina, día sí y día también. Jamás pensé que todos nos volveríamos una línea de montaje fordista donde el menor fallo echa a perder la jornada productiva</p></div><p class="article-text">
        Pas&eacute; frente al parque infantil al que iba mi hija en el 2019 AVM (Antes del Virus de Mierda): est&aacute; precintado de amarillo como si fuera la escena de un crimen. Tambi&eacute;n el parque de toboganes al otro lado de la calle: pl&aacute;stico amarillo del tronco de un &aacute;rbol a otro, de un poste de columpio a otro, de una verja a otra. Igual el parque a la vuelta: otro crimen ha sucedido all&iacute;. Los cuerpos del delito no est&aacute;n, claro. Somos nosotros. V&iacute;ctimas del asesino silencioso, amoral, ubicuo, democr&aacute;tico y, parece, eficiente. Unos muertos vivos.
    </p><p class="article-text">
        Estoy un poco-bastante aburrido del confinamiento*. Es Groundhog Day &mdash;El D&iacute;a de la Marmota&mdash; con wifi. Nos repetimos. Con el agravante de que ninguno es Bill Murray y el Virus de Mierda nos espera fuera como perro con seis bocas. Uno se mira en el espejo procurando entender si sigue dormido, es de d&iacute;a o debe volver a la cama. &iquest;Acaso hoy no es octubre?
    </p><p class="article-text">
        La paciencia es el ejercicio m&aacute;s complicado. Tolstoi &mdash;si no era &eacute;l, da igual&mdash; dec&iacute;a que la paciencia y el tiempo son los guerreros m&aacute;s poderosos. Uno siempre vence al otro. Pues a la paciencia hay que muscularla y ser ladino en el ejercicio <em>contra</em> los impulsos primitivos y liminares. Esta crisis acabar&aacute; con m&aacute;s ni&ntilde;os paridos, m&aacute;s divorcios y m&aacute;s kilos, pero antes alimentar&aacute; tensiones de dif&iacute;cil manejo. Debemos a la agresividad del capitalismo &mdash;el mercado es cada vez m&aacute;s demandante y competitivo&mdash; la supervivencia de muchos matrimonios. Llegamos tarde y cansados a casa y al d&iacute;a siguiente hay que volver al yugo. Discutir es mala inversi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ahora estamos forzados a convivir. A diario. Las 24 horas. El primer asunto de cualquier rutina es lidiar con el otro. Lidiar con uno mismo es imposible, porque todos sabemos que no tenemos arreglo y sabemos vivir con nuestra propias &ntilde;a&ntilde;as, pero es inevitable que la convivencia nos lleve al recurso m&aacute;s usual de nuestro yo-pol&iacute;tico: culpar a la otra administraci&oacute;n por los problemas del presente. De manera que, creo, lo mejor con el otro es firmar un acuerdo de no agresi&oacute;n desde el inicio, como si cada uno fuera propietario de un arsenal nuclear suficiente para acabar con todo. Y no es met&aacute;fora: en las condiciones apropiadas, todos somos propietarios de una capacidad de fuego capaz de acabar con las personas que os rodean.
    </p><p class="article-text">
        Estos son los momentos en que el ba&ntilde;o prueba ser el lugar m&aacute;s importante de la casa. Usualmente, el ba&ntilde;o es el trono de los lectores, de donde s&oacute;lo te sacan la urgencia ajena o los calambres propios. Pero hoy debe ser tambi&eacute;n refugio de los pacientes. Antes de cualquier agitaci&oacute;n de &aacute;nimo, encerrarse en el ba&ntilde;o env&iacute;a un mensaje. Poca gente te persigue dentro, porque todo mundo &mdash;tum-tum-pif&mdash; olfatea los riesgos. Hay un mensaje inmediato de disipaci&oacute;n de tensiones en quien cierra la puerta del espacio m&aacute;s privado de cualquier casa. Un colega que vive en un diminut&iacute;simo departamento de Barcelona acord&oacute; una hora de libre uso del ba&ntilde;o por la tarde para &eacute;l y otra para su pareja. Trabaja sentado en el v&aacute;ter o lee un poco o tuitea mucho. Ese instante personal &mdash;la libertad que antes se experimentaba en un paseo&mdash; es un disipador de tensiones. Elimina gases de combusti&oacute;n, figurativamente hablando. En estos d&iacute;as la m&aacute;xima salvadora es de una preciosa escatolog&iacute;a: caguen, pero no la caguen.
    </p><p class="article-text">
        En toda casa es la misma rutina, d&iacute;a s&iacute; y d&iacute;a tambi&eacute;n. Jam&aacute;s pens&eacute; que todos nos volver&iacute;amos una l&iacute;nea de montaje fordista donde el menor fallo echa a perder la jornada productiva. El recurso de comparar un gobierno con la administraci&oacute;n de una casa es facilista &mdash;preg&uacute;ntele a cualquier presidente c&oacute;mo le va con el bichito metido en casa, sus pa&iacute;ses&mdash;, pero hay algo simple y efectivo en la idea de mantener el carro andando con todos haciendo lo suyo. Basta que un hijo &mdash;o un padre&mdash; no lave los platos o barra el piso para que se desate una reacci&oacute;n en cadena de consecuencias imprevisibles. (Recuerden: el arsenal nuclear.)  
    </p><p class="article-text">
        En casa hemos hecho de nuestra rutina un sinf&iacute;n aceitado. Nos levantamos, desayunamos. Mi pareja pasa dos horas con la ni&ntilde;a, luego yo otras dos, comemos los tres. Repetimos. Cuando la ni&ntilde;a duerme la siesta entramos en <em>sprint</em>. Completamos trabajo con una concentraci&oacute;n especial, como de astronauta que debe encajar la nave en esos cuadraditos que tienen las estaciones espaciales, tan nerviosos como un neurocirujano miope. Un amigo dice que todos debi&eacute;ramos salir del confinamiento con un formulario para la NASA y otro de gesti&oacute;n de crisis y negociaci&oacute;n de secuestros. 
    </p><p class="article-text">
        Nuestro mundo se ha privatizado tanto con el confinamiento sacar al perro son nuestras vacaciones, ir al supermercado es el teatro y un viaje a la farmacia re&uacute;ne tanto agobio, excitaci&oacute;n y nervios como hacer fila para conseguir entradas en el Camp Nou. Jam&aacute;s aprend&iacute; tanto sobre ingredientes de alimentos en las g&oacute;ndolas del Mercadona o el Consum. Paso m&aacute;s tiempo frente al anaquel de chocolates que leyendo a Julian Barnes. Todos somos esp&iacute;as de la Guerra Fr&iacute;a en los pasillos de los supermercados, arriesgando ser sorprendidos por la polic&iacute;a mientras estiramos m&aacute;s de la cuenta la inspecci&oacute;n del territorio prohibido. 
    </p><p class="article-text">
        Oh: he visto gente hacer ejercicios. Se las debo. Un tipo hace flexiones en un balc&oacute;n cercano. Mi padre camina un kil&oacute;metro al d&iacute;a en el garaje de su casa. He visto a los atletas ol&iacute;mpicos seguir su preparaci&oacute;n para Tokio en sus casas y un juez de l&iacute;nea simular sprints para marcar un <em>offside</em> &mdash;hasta levantaba la banderita&mdash; en la sala de su casa. Hay quienes tienen gimnasios acondicionados, pero tambi&eacute;n hay otros que se apa&ntilde;an. Un gracioso &mdash;nada atl&eacute;tico&mdash; ech&oacute; detergente al piso, algo de agua, apoy&oacute; las manos en el lavabo y simul&oacute; una caminadora el&eacute;ctrica. S&eacute; de gente de un gimnasio que hace yoga por Zoom. Uno de mis vecinos baja y sube escaleras seis veces al d&iacute;a exactamente antes de la comida. No s&eacute; cu&aacute;l de ellos es, pero me pone de un humor de perrso: ambos pasan los setenta, y tama&ntilde;a dedicaci&oacute;n por mantenerse en forma &mdash;o, al menos, no explotar&mdash; es odioso. Los entusiastas siempre son un problema.
    </p><p class="article-text">
        Ser odioso, s&iacute;, es otra rutina. Y sana. De alg&uacute;n modo hay que liberar tensi&oacute;n y, si uno quiere mantener la paz interior del condado familiar, Twitter y Facebook est&aacute;n ah&iacute; para cumplir con el cometido para el que (&iquest;no?) fueron creados, que es sacar algo de lo peor que somos. Las redes sociales son, adem&aacute;s, una extensi&oacute;n virtual del escaso espacio f&iacute;sico de un departamento peque&ntilde;o. Estoy seguro de que reducen la tensi&oacute;n del hacinamiento, pues uno no se mete con los dem&aacute;s a los codazos sino a los trompazos virtuales con gente que ni se ve. Tribus, trolls y nietzscheanos andan tan beligerantes estos d&iacute;as como sollozantes de amor vestal los seres de luz que claman por la paz mundial. Yo tengo mi propia tradici&oacute;n, y el confinamiento no la ha cambiado demasiado, s&oacute;lo la especializ&oacute;: los que ven malhumor sempiterno no saben reconocer una dedicaci&oacute;n a&ntilde;eja a ejercer la san&iacute;sima distancia social. Esa rutina lleva a&ntilde;os, y es incansable.
    </p><p class="article-text">
        Ahuequen.
    </p><p class="article-text">
        *Nota diletante: tranquilas, almas encabritadas. No estoy haciendo de esto un reclamo pequeb&uacute;, un llanto miserable. Nada m&aacute;s me burlo de que nos env&iacute;en adentro a esperar que escampe. Nada podemos cambiar. Ninguno de nosotros matar&aacute; al virus; no lo hagamos peor. Relax.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/dia-marmota-wifi_1_1224373.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Apr 2020 05:39:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Otro Día de la Marmota con wifi]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La rubia tosió]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/rubia-tosio_1_1221951.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/02d03529-f5e1-4714-8dc9-864d8ebeb23a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La rubia tosió"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Virus de Mierda está programado para reproducirse sin pensar. Los virus políticos se reproducen a conciencia, con más o menos paciencia; atacan porque quieren</p></div><p class="article-text">
        Fui a la farmacia, tres d&iacute;as atr&aacute;s, por leche para mi hija y volv&iacute; con una lecci&oacute;n de p&aacute;nico y pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        El camino de ida estaba libre: nadie frente a m&iacute;, nadie detr&aacute;s, ni un auto en la calle. Si por dos segundos hubiera querido graficar el instante posterior al fin del mundo y verme como &uacute;ltimo sobreviviente, ser&iacute;a con los p&aacute;jaros a trino suelto y el aire fresco &ndash;suponiendo que ese fin del mundo sucediera como ahora, en los h&aacute;litos finales del invierno.
    </p><p class="article-text">
        Pero el final no es tal. El &uacute;nico apocalipsis sigue siendo literario, marrano y macarramente. En definitiva, todo iba bien &ndash;y eso significa lo que todos entendemos hoy por <em>ir bien</em>: nadie potencialmente estornudador/tosedor en las cercan&iacute;as&ndash; hasta unos metros antes de la farmacia, cuando de la nada apareci&oacute; por la izquierda un tipo de unos cuarenta a&ntilde;os envuelto en un pasamonta&ntilde;as &ndash;sal&iacute;a de un edificio&ndash; y un muchacho con un perro dobl&oacute; la esquina y enfil&oacute; hacia m&iacute;. Por la otra esquina, como si fuera una emboscada, asom&oacute; un hombre mayor llevando un folio contra el pecho, con guantes y tapabocas como el paseador de perros. Tambi&eacute;n encar&oacute; en mi direcci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Han estado en esa situaci&oacute;n, verdad? La situaci&oacute;n <em>me-cago-en-todos-ustedes-por-qu&eacute;-justo-ahora</em>. Pues los cuatro hombres hemos pensado lo mismo, supongo, pues cada uno empez&oacute; a mirar a los dem&aacute;s como calculase sus trayectorias y la velocidad de caminata, trazando l&iacute;neas punteadas invisibles para estimar si nos rozar&iacute;amos o circular&iacute;amos dos metros m&aacute;s all&aacute; del miedo. Un instante de paranoia social en el que parece inevitable que todos confluyamos en el mismo punto en simult&aacute;neo. Pues bien, cada uno hac&iacute;a su parte, yendo y viniendo a los ojos ajenos, y mov&iacute;amos nuestros pasos un poco m&aacute;s a la izquierda o a la derecha atentos al lenguaje corporal del otro, frenando progresivamente a medida que alguien avanzaba, en una danza un poco c&oacute;mica por su improvisaci&oacute;n y falta de plasticidad y otro poco pat&eacute;tica y torpe por las razones que la coreografiaban.
    </p><p class="article-text">
        Pero entonces, mientras los cuatro tipos intent&aacute;bamos evitarnos sin sugerir que intent&aacute;ramos evitarnos, de un auto estacionado sali&oacute; una mujer joven &ndash;treinta, rubia, esbelta: sin tapabocas, sin guantes y colgada del m&oacute;vil en una charla animada. Nadie la supuso, pues nadie la vio venir. La mujer cerr&oacute; la puerta del coche con un golpe seco, despreocupado, propio de una normalidad anterior, esa que ocurr&iacute;a hace quince d&iacute;as-siglos. Y se ech&oacute; a caminar hacia nosotros cuatro.
    </p><p class="article-text">
        Sucedieron entonces tres cosas llamativas. La caminata de la mujer era tan determinada y segura, que los cuatro nos detuvimos en seco como sin un tren fuera a arrollarnos &ndash;un tren con virus, ser&iacute;a la idea. Nadie se movi&oacute; por unos segundos mientras la mujer atravesaba taconeando la calle y luego la acera en la que nosotros fung&iacute;amos de estatuas miedosas y prejuiciosas y se meti&oacute; en el play&oacute;n del estacionamiento de la farmacia.
    </p><p class="article-text">
        Yo creo que en ese instante todos recuperamos el aliento, pero de repente sucedi&oacute; lo inesperado: la mujer tosi&oacute;. En medio de su charla, como si nada: tosi&oacute;. Una vez, dos, luego tres. Detuvo su caminata por un instante para toser mejor, y tosi&oacute; por cuarta vez. Siempre igual: sin cubrirse la boca. Y luego sigui&oacute; hablando por tel&eacute;fono como si nada, como si no hubiera un Virus de Mierda, ni alertas ni cuatro hombres en p&aacute;nico.
    </p><p class="article-text">
        Sobre todo eso: cuatro tipos en p&aacute;nico. Porque la mujer tosi&oacute; &ndash;cof-cof-cof&ndash; a unos s&oacute;lidos seis o siete metros del m&aacute;s cercano de nosotros &ndash;el paseaperros; el segundo era yo&ndash;, pero todos giramos las cabezas al primer estertor, como si nos escupiese en la cara. Esto es: la rubia tosi&oacute; y vimos la muerte en el aire viajar a toda velocidad hacia nosotros. No importaba que nos estuviera dando la espalda cuando la expectoraci&oacute;n: el cof-cof-cof- nos eriz&oacute; las reacciones primitivas.
    </p><p class="article-text">
        Esa fue la segunda acci&oacute;n distintiva: sobrerreaccionamos. La mujer tosi&oacute; lejos, de espaldas, sin viento. Pero nos asustamos. Y lo hicimos por un miedo ya tan enrulado dentro de nuestra psique que parec&iacute;a at&aacute;vico, viejo, demasiado visto. Como si el Virus de Mierda llevase d&eacute;cadas o siglos aqu&iacute; y nosotros, humanos bien educados en el miedo a lo extra&ntilde;o, reaccion&aacute;semos a sus manifestaciones &ndash;cof-cof-cof&ndash; gatillando una respuesta refleja o aprendida.
    </p><p class="article-text">
        El tercer factor fue la par&aacute;lisis. Dicen que estamos instintivamente cableados para actuar ante el peligro con un <em>fly or fight</em>. Pues en nosotros fue <em>freeze</em>. Del mismo modo que los cuatro hombres calculamos las curvas de desplazamiento, las hip&eacute;rboles de trayectoria y las bisectrices de nuestras posibles cercan&iacute;as, y del mismo modo en que redujimos nuestra velocidad de aproximaci&oacute;n e imaginamos los dos metros de seguridad de la peste ajena, y del mismo modo que los cuatro &ndash;o eso creo&ndash; giramos nuestros rostros para protegernos del aliento mortal, los cuatro, tambi&eacute;n, nos quedamos congelados, clavados en el piso tras la tos de la rubia.
    </p><p class="article-text">
        Nadie movi&oacute; un dedo. Ni el perro, dir&eacute;, que pareci&oacute; perder toda ansiedad vagabunda. Fue como si todos esper&aacute;semos que las min&uacute;sculas gotas del estertor de la mujer cayeran al suelo arenoso del estacionamiento. Como si todos aguard&aacute;semos los diez, veinte, treinta segundos necesarios para que el virus se confunda con el polvo del piso, los restos de caca de perro, nuestras bacterias usuales, y sea incapaz de <em>volar</em>. De volar hasta nuestras narices dando un giro m&aacute;s espectacular que la famosa bala zigzaguante de JFK.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; ya qui&eacute;n dio el primer paso para salir de la aton&iacute;a, pero cuando reiniciamos la marcha nadie mir&oacute; a los dem&aacute;s &ndash;o al menos yo no tuve la cara para hacerlo. La verg&uuml;enza ajena es muy mala carta de presentaci&oacute;n en sociedad, sobre todo cuando cada uno de nosotros &ndash;excluida la mujer, que actu&oacute; con la naturalidad distra&iacute;da de quien no tiene nada que temer&ndash;se comport&oacute; como si el otro fuera un portador de muerte.
    </p><p class="article-text">
        Ese miedo cag&oacute;n y blandengue es el que me preocupa: cuando lo &uacute;nico que importa es uno. Ese es el triunfo de los miedos fundacionales de las distop&iacute;as: convencernos de que el otro nos puede &ndash;y va&ndash; a hacer da&ntilde;o. Convertimos al portador del virus, alguien que fue contagiado contra su voluntad por una entidad microsc&oacute;pica invisible, en el virus mismo. El portador vuelvo <em>agente</em> o <em>actor</em> de contagio. Alguien que trastoca nuestro &ndash;mi&ndash; derecho a vivir tranquilo.
    </p><p class="article-text">
        Esos miedos son tan vir&oacute;sicos que contaminan nuestra comprensi&oacute;n del mundo. Ese virus que hace del otro un enfermo &ndash;de lo que sea&ndash; se entiende como una amenaza para nuestro status quo. No es casual que en la ret&oacute;rica de los extremismos <em>el otro</em> traiga consigo maldad &ndash;una cultura distinta, una religi&oacute;n diferente&ndash; o sea esencialmente malo &ndash;empezando por su color. Esos miedos crean &ndash;o cierran&ndash; fronteras con facilidad y rapidez, fracturan sociedades entre iguales y no-iguales, procrean ideolog&iacute;as de caca, nacionalismos pedorros, odios varios. No exagero: el Virus de Mierda nos ha inoculado temores que cre&iacute;amos no presentes. De esta crisis los nacionalismos buscar&aacute;n salir m&aacute;s seguros de s&iacute; blandiendo banderas de victoria localista contra un virus que, para empezar, no era suyo.
    </p><p class="article-text">
        Ese Virus de Mierda ha marcado a la gente. Los italianos fueron vistos por un tiempo breve &ndash;hasta que contagios y muertes comenzaron a crecer a una velocidad mayor en Espa&ntilde;a&ndash; como los apestados de Europa. La ameba que ha logrado hacernos creer que es un ser humano que responde al nombre de Donald Trump ha hecho escuela machacando que el virus es, primero, &ldquo;extranjero&rdquo; y, segundo y espec&iacute;ficamente, &ldquo;chino&rdquo;. Muchos han seguido su ejemplo. En la Argentina que crec&iacute; incluso he o&iacute;do decir a personas queridas &ndash;ellos mismos hijos y nietos de inmigrantes que bajaron de barcos&ndash; decir que &ldquo;est&aacute;bamos bien hasta que bajaron los franceses y los italianos de los cruceros y trajeron el virus&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No es nuevo. En un pasado no tan distante como 1910, cuando un inmigrante irland&eacute;s &ndash;un europeo, no un africano o un latino&ndash; desembarcaba en Ellis Island, a la entrada de New York, era recibido con carteles que reclamaban que se llevara sus enfermedades a su maldito pa&iacute;s de origen. En un pasado no tan distante como 2019, dec&iacute;an lo mismo de refugiados y migrantes sirios, afganos, africanos o latinos en media Europa y Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        El Virus de Mierda le ha dado un pasaporte franco y sutil a los mecanismos de control &ndash;nadie sabe qu&eacute; tan democr&aacute;ticos saldremos de esto, qu&eacute; tan civilizada ser&aacute; nuestra convivencia, qu&eacute; tan polic&iacute;acos nos volveremos&ndash;, y ese mismo pasaporte franco y sutil reforzar&aacute; los discursos de rechazo al otro.
    </p><p class="article-text">
        El miedo al distinto &ndash;el miedo xen&oacute;fobo&ndash; no viene codificado en el ARN del Virus de Mierda. El miedo al enfermo <em>es el miedo al otro que puede contagiarme a m&iacute;</em>. No importa que esa persona est&eacute; infectada porque el virus no discrimina, yo puedo perder la vida <em>por culpa de ese otro</em>. El virus de otros me vulnera. <em>A m&iacute;</em>. No es tan dif&iacute;cil hacer de esta pandemia una enfermedad pol&iacute;tica. Lo har&aacute;n, lo est&aacute;n haciendo. Miren siempre a Trump, que es el paciente cero de mucha de la contaminaci&oacute;n vir&oacute;sica de odio y rechazo: &eacute;l ya dijo que con su <em>beautiful</em> muro la enfermedad no habr&iacute;a entrado a Estados Unidos. Ergo, la enfermedad viene con los otros. Est&aacute; en los otros.
    </p><p class="article-text">
        No me malinterpreten: mantener dos metros de distancia est&aacute; bien, confinarnos est&aacute; m&aacute;s que bien. Cuidarnos unos a otros es lo que debemos hacer. Convivir con el miedo es algo que debemos hacer. Vivir con la loter&iacute;a negra de una muerte posible es algo que debemos hacer. Pero transformar eso en paranoia activa, militarismo de balc&oacute;n, segregaci&oacute;n es otro cuento. Esos virus contaminan de otro modo. El Virus de Mierda est&aacute; programado para reproducirse sin pensar. Los virus pol&iacute;ticos se reproducen a conciencia, con m&aacute;s o menos paciencia; atacan porque quieren. Pueden acabar con la humanidad de toda una sociedad y, a&uacute;n as&iacute;, hacerle creer a esa gente que todav&iacute;a sigue viva.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/rubia-tosio_1_1221951.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 30 Mar 2020 20:31:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La rubia tosió]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Han visto esos arcoíris tan bellamente bobos?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/arcoiris_1_1106949.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/967fd717-933e-4df0-b042-1806f851a557_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Han visto esos arcoíris tan bellamente bobos?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los primeros arcoíris, dicen, aparecieron por Barcelona a mediados de marzo. Ahora están en todas partes</p></div><p class="article-text">
        Hoy sal&iacute; a tirar la basura y me encontr&eacute; con el arco&iacute;ris. No en el cielo &mdash;ha llovido y el sol mete fuerza para colarse entre las nubes, pero el cabr&oacute;n viene perdiendo por agotamiento, y es su maldita primavera, for Christ sake. Estaba colgado con broches para ropa del balc&oacute;n de un edificio.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s bien: los arco&iacute;ris estaban en el edificio, porque eran dos. Un piso alto, cruzando la calle delante de los basureros comunitarios de nuestra calle. Les tom&eacute; una foto para poder verlos de cerca. Uno, en un fondo de cielo celest&oacute;n y con dos nubes al pie en las que nac&iacute;a y conclu&iacute;a el arco iris, dec&iacute;a &ldquo;Qu&eacute;date en casa, por favor&rdquo; y &ldquo;Juntos lo conseguiremos&rdquo;. El otro, en papel blanco y plantado sobre nubes rosadas, algo como &ldquo;Nosotros tambi&eacute;n nos quedamos en casa. &Aacute;nimo, esto pasar&aacute;&rdquo;. Debajo del arco, el segundo remataba: &ldquo;Todo estar&aacute; bien&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cuando di media vuelta para regresar a casa, vi un tercero. M&aacute;s grande que los anteriores, m&aacute;s elaborado &mdash;las bandas de colores parec&iacute;an ser de papel pegado con esmero de estudiante de 9 o 10&mdash; y con unas enormes letras negras pegadas con decisi&oacute;n que difund&iacute;an el lema extraoficial de la pulseada humana contra el Virus de Mierda: &ldquo;Unidos ganaremos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Bien, lindo. Genial. Ahora. en esos arco&iacute;ris tan amables e inocentes, tan candorosos y tiernos, yo podr&iacute;a embuchar una met&aacute;fora facilona, amorosa, de p&oacute;ster Pagsa. Algo como <em>Aun en la oscuridad hay luz</em>. (Awww.) O: <em>En los peores momentos siempre habr&aacute; esperanza.</em> (Sweetie!) O quiz&aacute;s <em>Cuando saques fuera lo peor de ti, encontrar&aacute;s que los dem&aacute;s siempre tienen algo bueno para dar</em>. (Atento, Pagsa: hay crisis. Call me.) Da igual. Lo que queda es que tir&eacute; la basura y el arco&iacute;ris estaba frente a m&iacute;. (En serio, Pagsa: viene una crisis.)
    </p><p class="article-text">
        En concreto: no s&eacute; si me entusiasmaron, pero s&iacute; me alegraron. Los p&oacute;sters eran obra de ni&ntilde;os, quiz&aacute;s con padres demasiado cansados de tenerlos dentro o verdaderos entusiastas, gente de bien, ocupada y preocupada por enviar un mensaje &iquest;de esperanza? en medio de la desaz&oacute;n. Como para no entenderlo. Estos son d&iacute;as muy malos en Espa&ntilde;a. R&eacute;cord de muertes, r&eacute;cord de enfermos. Una curva de transmisi&oacute;n que se eleva con una verticalidad pavorosa hasta dejar al pa&iacute;s en peor situaci&oacute;n que la ya <em>envirosicada</em> Italia. Aqu&iacute;, en Igualada, donde estamos confinados con mi pareja y mi hija de dieciocho meses, son d&iacute;as todav&iacute;a m&aacute;s asquerosos que la primavera lluviosa y oto&ntilde;al que nos ha tocado. Los muertos son una goleada funesta y la ciudad, la primera confinada en Espa&ntilde;a con su comarca, viste el nada honroso maillot amarillo de tener la tasa m&aacute;s elevada de fallecidos por habitantes de todo el pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que, nada: arco&iacute;ris y alegr&iacute;a. Cortita, pero alegr&iacute;a. Un rato despu&eacute;s, ya en casa y como no me pod&iacute;a sacar la sonrisa tontona de la cara, me puse a averiguar qu&eacute; era lo que hab&iacute;a visto. Los arco&iacute;ris vienen de Italia, la primera gran ca&iacute;da europea del Virus de Mierda. Un espa&ntilde;ol los vio all&iacute; por internet o en un noticiero y empez&oacute; a encadenar mensajes por Whatsapp invitando a madres y padres a poner a sus hijos a hacer manualidades escolares sin escuela y con dedicaci&oacute;n, que es algo que no sucede a menudo en la escuela. Y los padres aceptaron con esa &mdash;creo yo&mdash; astuta mezcla de solidaridad, esp&iacute;ritu comunitario y necesidad oportunidad de sacarse de encima a los cr&iacute;os por dos horas. Y fueron cientos o miles, parece. Los primeros arco&iacute;ris, dicen, aparecieron por Barcelona a mediados de marzo. Ahora est&aacute;n en todas partes. He visto algunos, incluso, en fotograf&iacute;as que vienen de Londres. No tardar&aacute;n en ser replicados en Washington, Ciudad de M&eacute;xico o Buenos Aires. El amor todo lo puede, ya saben.
    </p><p class="article-text">
        Miren, a m&iacute; me est&aacute; costando cada vez m&aacute;s mantener el caparaz&oacute;n c&iacute;nico sin fisuras. El muy tonto se quiebra por nada. S&eacute; las razones &mdash;la peque&ntilde;a Mila, que me parte en casa, y el gran Matteo, a nueve mil kil&oacute;metros de distancia, que me quiebra por ausencia&mdash;, as&iacute; que si ma&ntilde;ana tienen planes de soltar globos multicolores o con forma de corazones con mensajes para las personas enfermas; si Christo se emborracha y pinta medio oc&eacute;ano de fucsia; si resuenan <em>flash mobs</em> de Mahler y Haydn en los balcones; o si incluso aparecen insoportables unicornios rosados de <em>My Little Pony</em> montados por ni&ntilde;itas rubias Sarah Kay, pues, carajo, capaz que me emociono otro poco.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s a ustedes les suceda lo mismo (aflojen, carcamanes, o no peguen tan duro), pero en estos tiempos, a medida que la coraza c&iacute;nica deja ver el ser de luz que me habita y bailo canciones de<em> The Carpenters</em> vestido en lino blanco, los dos extremos de la existencia me tienen a los cachetazos. Ni&ntilde;os y viejos. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy supe de la muerte del padre de un conocido. Coronavirus. Un se&ntilde;or apenas por encima de los setenta y pocos, la edad de mi propio padre. Y he visto c&oacute;mo cercanos y desconocidos anuncian por las redes que hoy o ayer o pasado el Virus de Mierda les arrebat&oacute; un abuelo o un padre o un t&iacute;o mayor. Son anuncios intempestivos para los que jam&aacute;s est&aacute;s preparado, porque, lo sabemos todos, esto no deb&iacute;a ocurrir. Pero es la que nos toca: una muerte que flota por todas partes y aterriza por sorpresa. Pasa. Viene el virus y se lleva a gente querida en d&iacute;as, como si alguien hubiera seleccionado sus n&uacute;meros en una loter&iacute;a negra. La naturaleza carece de raz&oacute;n o inteligencia pero a sus muertes igual les pondremos el vestido de lo macabro.
    </p><p class="article-text">
        Pues eso: la p&eacute;rdida de los viejos y la vitalidad de los ni&ntilde;os se me est&aacute;n metiendo como agua por la grieta. Y si uno ata esos dos extremos &mdash;la vida que empieza, la que termina; la m&aacute;s simple infancia y la m&aacute;s compleja senectud&mdash; puede verse tentado a hallar la metaforita Pagsa del puente del arco&iacute;ris celestial, espiritualoso, medio religios&oacute;n. Que alguien &mdash;le suelen decir dios&mdash; los llam&oacute;. Que con &eacute;l &mdash;tambi&eacute;n le suelen decir dios&mdash; han alcanzado la puta vida entera. O que hay algo et&eacute;reo, no escrito e inasible para nosotros que se llama camino de la vida, y en el que algo debe morir para que algo nuevo prospere.
    </p><p class="article-text">
        Al puto quinto cielo con eso. Hay quienes hacen de esa idea una secta, una novela, un poema, un discurso o un perverso acto pol&iacute;tico. (Digresi&oacute;n. No me detendr&eacute; en &eacute;l, pero el vicegobernador de Texas dijo esta semana que &eacute;l, abuelo de seis ni&ntilde;os, gustoso morir&iacute;a para que la econom&iacute;a de Estados Unidos no se da&ntilde;e por la crisis del Virus de Mierda, pues la supervivencia de unos pocos viejos no podr&iacute;a hacerse a costa del sufrimiento de millones. Pero lo que esa carcasa humana dec&iacute;a en realidad era que a &eacute;l no le importar&iacute;a dejar morir a otros para salvar al pa&iacute;s, God Bless America. Fin de la digresi&oacute;n.) 
    </p><p class="article-text">
        No pertenezco a esas cofrad&iacute;as. No estamos en guerra. No hay enemigo. Ni bando, ni solados aqu&iacute; ni del otro lado. No hay raz&oacute;n divina para las muertes &mdash;no hay oraci&oacute;n, rezo, credo ni milagro que detenga al puto bicho m&aacute;s que cient&iacute;ficos doblando la espalda y clavando el culo en la ciencia hasta dar con cura o tratamiento. No. No est&aacute; escrito que deban morir &mdash;y morir&aacute;n&mdash; decenas de miles para controlar al virus. Tampoco lo mataremos a balazos; no debemos enviar a nadie al cadalso porque s&iacute;. No y no. 
    </p><p class="article-text">
        De manera que no, cuando vi esos arco&iacute;ris en las calles, esas peque&ntilde;as obras sencillas de los ni&ntilde;os, no pens&eacute; que pudieran conectar, en un lado, la vida, y en el otro, la muerte, nuestro &uacute;nico absoluto. 
    </p><p class="article-text">
        Yo vi lo que deb&iacute;a ver: un muy necesario arco&iacute;ris Pagsa que no necesitaba de la redundancia de una met&aacute;fora meliflua. No vi un puente de esperanza, expectativa, militancia infantil. Vi a ni&ntilde;os a quienes sus pap&aacute;s pidieron que hicieran algo, que enviaran un mensaje en el que ellos, con m&aacute;s seguridad, cre&iacute;an. Ni&ntilde;os que obedecieron. Ni&ntilde;os siendo adiestrados en ciertos valores, tengan o no un dios en la c&uacute;spide. Y est&aacute; bien que as&iacute; sea. Este collage que somos como sociedad, este engrudo, requiere tambi&eacute;n de actos de empalagamiento, pues a algunos los mantiene vivos en la creencia y a otros nos desarma un poco la caparaz&oacute;n. Por un rato.
    </p><p class="article-text">
        Pues nada, y sepan disculpar: esto es personal, y es personal para m&iacute; y una gavilla que ha pasado por esto. Yo no he querido tener hijos por d&eacute;cadas, y al final soy el padre de dos gigantes que me mantienen en pie. Los extra&ntilde;o, cerca y lejos, cada d&iacute;a. Y tengo padres que se est&aacute;n poniendo cada d&iacute;a m&aacute;s viejos y a los que el Virus de Mierda les puede acertar con una punter&iacute;a que ya desear&iacute;a el m&aacute;s firme francotirador. 
    </p><p class="article-text">
        Que me contrate Pagsa: no s&eacute; por cu&aacute;nto tiempo me durar&aacute; la apertura en la coraza &mdash;oh ser de luz&mdash; pero quiero seguir viendo arco&iacute;ris. Tengo miedo. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/arcoiris_1_1106949.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Mar 2020 06:44:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Han visto esos arcoíris tan bellamente bobos?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una (r)evolución en cada ventana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/revolucion-ventana_1_1003813.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/113aad7d-5075-4fcb-b037-f1ef0098d384_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una (r)evolución en cada ventana"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las ventanas tienen una importancia estética y funcional en la arquitectura, pero ambas son precedidas por su condición filosófica</p></div><p class="article-text">
        El mundo ahora es un zool&oacute;gico protegido. Cada uno de nosotros, en nuestras casas, tiene ticket libre para ver qu&eacute; sucede en las calles sin correr el riesgo de las calles. Fuera de nuestras casas, a tiro de ojo desde la cocina, el comedor, la oficina y la biblioteca, el cuarto o la sala, la reducida fauna que somos se exhibe para ser catalogada, admirada, eviscerada por nuestras tirrias. Envidio hoy a los due&ntilde;os de grandes ventanales en casonas con parques de reyes o en las alturas de los edificios: sus zool&oacute;gicos tienen un rango visual que les permite definir un universo mayor. Entre los confinados, las ventanas son ahora una dimensi&oacute;n de la riqueza vivencial.
    </p><p class="article-text">
        Las ventanas tienen una importancia est&eacute;tica y funcional en la arquitectura, pero ambas son precedidas por su condici&oacute;n filos&oacute;fica: el due&ntilde;o de casa quiere conectar con el mundo de manera controlada, ser capaz de observarlo todo, pero permanecer ajeno, privado, de la mirada indiscreta. Me han dicho que los japoneses tienen una ventana &ndash;la Yukimi Shoji&ndash; dise&ntilde;ada para ver la nieve: la ventana est&aacute; dise&ntilde;ada para dificultarnos la vista al cielo de manera de enfocarla s&oacute;lo en la ca&iacute;da de los copos sobre el paisaje. Es cinematogr&aacute;fica: un espacio est&aacute;tico creado para admirar movimiento. Tambi&eacute;n me han contado que en la filosof&iacute;a zen, el c&iacute;rculo es inocente  &ndash;carece de &aacute;ngulos, cortes, fracturas&ndash; y por ello la ventana redonda es conocida como un ojo de iluminaci&oacute;n espiritual. La rectangular, en tanto, es una muy humana ventana del desconcierto: las cuatro esquinas son dolores inevitables &ndash;nacer, envejecer, enfermar, morir. Todos tenemos estas ventanas.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, imaginen a los presos, que en parte algo as&iacute; somos hoy. Leslie Fairweather y Sean McConville cuentan en <em>Prison Architecture</em> que las ventanas son m&aacute;s que un lujo en las c&aacute;rceles: son un gui&ntilde;o a la humanidad. En condiciones de confinamiento, la ausencia de contacto con el exterior eleva el estr&eacute;s y la depresi&oacute;n, por esolas &aacute;reas m&aacute;s tensas de una c&aacute;rcel son las celdas de aislamiento: no tienen ventanas. &ldquo;En situaciones mon&oacute;tonas y restringidas&rdquo;, escriben Fairweather y MConville, como si hablasen de nosotros, &ldquo;una vista al exterior es una necesidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Paso &ndash;pasamos&ndash; largo tiempo mirando por las ventanas ahora, convertidas en nuestro periscopio al mundo f&iacute;sico. All&iacute; conformamos el universo de lo existente m&aacute;s all&aacute; de nosotros mismos. Recluirse tiene una doble faz, contradictoria: protege a la vez que priva. Dentro de casa, cada uno de nosotros es el &uacute;ltimo de la especie, salvado de la peste por cemento, madera y vidrios. Pero tambi&eacute;n somos los prisioneros de esa salvaci&oacute;n, una existencia eunuca, contemplativa por fuerza no por elecci&oacute;n, incapaz de asociarse. Fuera caminan quienes pueden y quienes arriesgan.(Arriesgar es un t&eacute;rmino importante aqu&iacute;: pone sangre en el cuerpo, mueve neuronas y mete octanos a la adrenalina. No por algo cuando corremos riesgos sentimos que estamos vivos. En este caso, la ventana es una condena: vivir en suspensi&oacute;n, en pausa, tras un cristal, como criaturas d&eacute;biles.)
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a decir &ndash;porque lo he visto&ndash; que nos hemos convertido en un cuadro de Hopper: solitarios, aletargados, buscando con los ojos algo que no est&aacute;, rodeados de nada, colgados de la expectativa. Algo de eso hay, pero creo que tambi&eacute;n hemos aprendido a romper los vidrios de la introspecci&oacute;n. All&iacute; est&aacute;n las redes. Hemos multiplicado las ventanas con Internet, abriendo planos a un di&aacute;logo inexistente para otras humanidades que nos precedieron. No muchas d&eacute;cadas atr&aacute;s, la ventana al mundo del recluido y confinado era la carta, siempre revestida &ndash;por su unicidad e incertidumbre&ndash; de un peso hoy enviado a la irrelevancia. Pero ya nadie est&aacute; condenado a ser un dramaturgo ruso del siglo XIX por obra de una Siberia del aislamiento y la incomunicaci&oacute;n. Nuestro intercambio por esas ventanas &ndash;Whatsapp, Twitter, Facebook, Zoom, Hangouts, Skype: un edificio inagotable de posibilidades de conexi&oacute;n y escape&ndash; ha arrinconado a la nostalgia. Hoy la nostalgia como condici&oacute;n de vida parece quedar s&oacute;lo para aquellos que ya no est&aacute;n m&aacute;s. No hay saudade con los vivos; las ventanas a los dem&aacute;s est&aacute;n siempre abiertas.
    </p><p class="article-text">
        En la normalidad que fue nuestra vida, cien a&ntilde;os antes de ser confinados por el Virus de Mierda, yo recorr&iacute;a las ciudades eligiendo las ventanas que espiar desde la calle como si fueran la grilla de la TV por cable. &iquest;Observo la pelea matrimonial, el gordo hiponotizando ante la tele, esas curvas desnudas? Hoy la elecci&oacute;n del voyeur ya no es tan libre: no se puede salir y, cuando lo haces, crece la furtividad. Hay poco tiempo para contemplar y no quieres, adem&aacute;s, que te caiga encima la furia del planeta.
    </p><p class="article-text">
        Porque, s&iacute;, la ventana de estos d&iacute;as es tambi&eacute;n un pan&oacute;ptico. Somos la polic&iacute;a civil de las buenas costumbres y la sanidad p&uacute;blica detr&aacute;s de nuestros cristales dobles. Pilatos de manos lavadas, ajusticiamos al mundo desde el marco con dedo tribunalicio, pero como la ventana no permite cercan&iacute;a &ndash;y ofrece un recorte de lo real&ndash;, a menudo erramos en el juicio sumario de lo visible. Ya sabemos de personas que desde sus ventanas la emprenden a gritos e insultos contra alguien que a diario sale de su casa para sentenciar su irresponsabilidad criminal sin saber que se trata de m&eacute;dicas y enfermeros rumbo a un hospital. Hace d&iacute;as, a una amiga le gritaron &ldquo;privilegiada abusadora&rdquo; porque sac&oacute; a dar vueltas por la calle a sus dos perros.
    </p><p class="article-text">
        Por eso quiz&aacute;s uno no debiera pensar en las ventanas como un espacio para el correctivo moral. Qui&eacute;n m&aacute;s que el chismoso y el turbio se acoda en el alf&eacute;izar para notariar la intimidad vecinal. El Virus de Mierda podr&iacute;a convertirnos en ese sujeto indeseable en un abrir y cerrar de persianas, un viejo verde que gasta el d&iacute;a clavado en la ventana buscando qui&eacute;n sabe qu&eacute; en la vida ajena que sube y baja las aceras en vez de hacer lo que dios manda en la cerraz&oacute;n, que para algo Netflix est&aacute; en oferta y Amazon Prime a bajo precio. &iquest;Qui&eacute;n es uno a los ojos del otro?
    </p><p class="article-text">
        Cazadores cazados, no estamos siempre del mismo lado de la ventana. Intercambiamos posiciones en la dualidad &ndash;la contradicci&oacute;n entre el afuera y el adentro, entre contemplaci&oacute;n y espionaje imp&uacute;dico, sociabilidad y reserva; entre la protecci&oacute;n y una vida reducida, confinada. Hemos debido organizar una vida privada y privatizada, por ejemplo, escondidos del aire que podr&iacute;a ser venenoso y de los abrazos mortales, pero el temor ha cedido paso a la comprensi&oacute;n de que la reclusi&oacute;n no significa la muerte social.
    </p><p class="article-text">
        La renuncia al espacio p&uacute;blico es un acto pol&iacute;tico &ndash;aparcar nuestros derechos individuales para ayudar a las autoridades a proteger al colectivo&ndash; como tambi&eacute;n lo ha sido convertir en pol&iacute;tica y social la &uacute;nica abertura de nuestras casas destinada a mirar al mundo. Las ventanas &ndash;y los balcones, que son ventanas sin vidrios, y las puertas, ventanas a pie de calle&ndash; han sido en estos d&iacute;as vectores de socializaci&oacute;n. Canzonettas a voz en cuello en los barrios de las ciudades de Italia, conversaciones de casa a casa, intercambios vecinales &ndash;como Oliveira y Gregorovious, con amistad y tensi&oacute;n&ndash;, cacerolas para un rey, aplausos para m&eacute;dicos y enfermeras que intentan mantener abierta la ventana a la vida de los m&aacute;s enfermos.
    </p><p class="article-text">
        Me atrever&iacute;a a decir que, aun con las ventanas cerradas, igual entra aire fresco.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/revolucion-ventana_1_1003813.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 25 Mar 2020 21:38:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una (r)evolución en cada ventana]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Esa mujer que siempre estuvo, y ya no]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/mujer-siempre_1_1004547.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5c1bb526-039c-46c0-b3e8-847941c2ae59_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Esa mujer que siempre estuvo, y ya no"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Perdemos a las personas en este silencio al que estamos condenados como materia que se desintegra en el aire, como esa mujer que siempre estuvo, y ya no</p></div><p class="article-text">
        Justo frente a casa, al otro lado de la calle, vive una se&ntilde;ora muy mayor. Cuando uno se muda, de inmediato empieza a construir un catastro vecinal. En mi mapa, esta se&ntilde;ora siempre ha sido un interrogante. S&oacute;lo la ve&iacute;a en camis&oacute;n claro a trav&eacute;s de su ventana, su persiana a medio abrir, como quien necesita dejar entrar el sol (la vida) pero es renuente a que el mundo sepa demasiado (de su vida).
    </p><p class="article-text">
        Su rutina era m&iacute;nima, tan recurrente que parec&iacute;a irremediable: cada d&iacute;a a media ma&ntilde;ana aparec&iacute;a por el cuarto; por la tarde, se sentaba en la cama, inm&oacute;vil: las manos sobre el regazo. Permanec&iacute;a media hora, luego se incorporaba y desaparec&iacute;a. No s&eacute; qu&eacute; hac&iacute;a de noche o el resto del d&iacute;a. Desconozco su nombre o nada de ella. Jam&aacute;s vi su rostro.
    </p><p class="article-text">
        Por ensayo y error, aprend&iacute; a hacer de la espera un m&eacute;todo. Luego apareci&oacute; Rilke y le dio forma literaria a esa vigilia por dar certeza a lo incierto &ndash;ten paciencia con todo lo que permanezca irresuelto en tu coraz&oacute;n, le escrib&iacute;a a su joven poeta. Ya adulto, dejo a los sucesos atreverse (o no) porque s&eacute; que es vano perseguir a un r&iacute;o. Lo que deba revelarse, lo har&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        De manera que con la se&ntilde;ora, nada m&aacute;s decid&iacute; aguardar a que algo sucediera. No me impuse el desvelo: el azar podr&iacute;a darme lo que buscaba, y eso tambi&eacute;n inclu&iacute;a la posibilidad de jam&aacute;s saber. &iquest;Qu&eacute; esperaba yo? Me mov&iacute;an dos ideas: conocer su rostro &mdash;la ausencia de identidad deshumaniza&mdash; y la raz&oacute;n de esa espera por algo m&aacute;s de un cuarto de hora sentada en la cama. &iquest;Oraba, observaba algo? &iquest;Alguien atra&iacute;a su conversaci&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Todos construimos las vidas ajenas del mismo modo que fantaseamos con las propias. Seleccionamos segmentos y los realzamos: mitificamos lo m&iacute;nimo, escondemos los escombros de nosotros mismos. La historia ajena, como la propia, es una permanente ficci&oacute;n entrelazada por las imperfecciones de nuestra observaci&oacute;n, la vacuidad de los recuerdos, esa aleatoria m&aacute;quina de producir relatos incompletos que es la memoria, la necesidad de autonarrarnos. Mentirnos y creernos, enmascararnos: vivir.
    </p><p class="article-text">
        Al cabo, mientras esperaba porque ella se revele, hice eso con la se&ntilde;ora: le constru&iacute; un mundo &iacute;nfimo, manipulable; obediente y sumiso, porque nada m&aacute;s depend&iacute;a de mi elecci&oacute;n y no estaba sujeto a ser corroborado por mucho m&aacute;s que los destellos de la vida de esa mujer.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, por alg&uacute;n tiempo supuse que la mujer viv&iacute;a con un marido mayor, el hombre de toda su vida, m&aacute;s gastado, derruido hasta el desahucio: ella fung&iacute;a all&iacute; de espalda, hombro, hero&iacute;na domiciliaria. Si ese hombre viv&iacute;a &ndash;m&aacute;s bien, si sobreviv&iacute;a algo de &eacute;l&ndash; todo nac&iacute;a de la mujer extra&ntilde;a.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Luego decid&iacute; que viv&iacute;a sola, porque nadie m&aacute;s parec&iacute;a moverse en esa casa en semipenumbra &ndash;tras la ventana s&oacute;lo se distingu&iacute;a el costado de una cama baja cubierta por una colcha de color tenue, sin arrugas&ndash;, y que su vida ya hab&iacute;a sido vivida. Se levantaba, desayunaba con frugalidad de canario viejo, se mov&iacute;a como una sombra por la casa, quiz&aacute;s ve&iacute;a TV todo el d&iacute;a, tal vez nada m&aacute;s se sentaba a gastar las horas en un &uacute;nico pensamiento circular. No pod&iacute;a dotarla de escatolog&iacute;a; no me interesaba. Si algo era la mujer era un &aacute;nima vestida, dos piernas que a menudo asomaban por la ventana, medio cuerpo envuelto en un c&aacute;rdigan blanco, sin cabeza ni rostro, manos en un regazo.
    </p><p class="article-text">
        En todo caso, la soledad sola (la mujer, sin nadie) o la soledad acompa&ntilde;ada (la mujer con el anciano) acabaron siendo mi relato elegido. Un tiempo atr&aacute;s, dej&eacute; de hacerme preguntas sobre ella. La imperfecci&oacute;n es m&aacute;s f&aacute;cil de tolerar en peque&ntilde;as dosis, dijo una gran poeta.
    </p><p class="article-text">
        Pero en estos d&iacute;as, de repente, he estado pregunt&aacute;ndome por la mujer. Hace semanas que no la veo. Ni por la ma&ntilde;ana ni durante la oraci&oacute;n o la conversaci&oacute;n o la evocaci&oacute;n. La ventana sigue igual: inm&oacute;vil a medio camino. No s&eacute; qu&eacute; ha sido de ella.
    </p><p class="article-text">
        Sencillamente, no s&eacute;. Y he enmarcado esa incertidumbre en el miedo que nos corroe a diario porque la muerte se le haya metido por las narices.
    </p><p class="article-text">
        Su ausencia me provoc&oacute; una molestia medio ag&oacute;nica, jodida. Hoy leemos c&oacute;mo familias &ndash;amores&ndash; deben dejar ir a sus muertos arrebatados por el Virus de Mierda sin despedirse. Quiz&aacute;s apenas abrazar &ndash;por un instante&ndash; un caj&oacute;n sellado que acabar&aacute; incinerado en una morgue. Nada estaba escrito para que las cosas sucedieran as&iacute;. Hace quince d&iacute;as todo era normal. Nos abraz&aacute;bamos.
    </p><p class="article-text">
        Hay un poema de Emily Dickinson, <em>The bustle in a house</em>, que dice:
    </p><p class="article-text">
        <em>The bustle in a house</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>The morning after death</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Is solemnest of industries</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Enacted upon earth,--</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>The sweeping up the heart,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>And putting love away</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>We shall not want to use again</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Until eternity.</em>
    </p><p class="article-text">
        El poema habla de la actividad ingente que hay en un hogar despu&eacute;s de una muerte. Toda esa actividad para hundir la pena en el movimiento. Todos actuando, limpiando el cuerpo de emociones, guardando el amor que no se necesitar&aacute; m&aacute;s por el resto de la vida.
    </p><p class="article-text">
        Demasiadas personas est&aacute;n perdiendo sus amores sin poder decirles sus &uacute;ltima palabras, sin saber m&aacute;s de ellos, sin hacerles preguntas que hubieran deseado. Perdemos a las personas en este silencio al que estamos condenados como materia que se desintegra en el aire, como esa mujer que siempre estuvo, y ya no.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/mujer-siempre_1_1004547.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 24 Mar 2020 21:37:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Esa mujer que siempre estuvo, y ya no]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El cuervo ya no vuelve]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/cuervo-vuelve_1_1008437.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/04d4b8f3-e3d4-448d-a4b6-f7b3106b9072_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El cuervo ya no vuelve"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El bicho les ha puesto en su lista negra, los primeros a quienes disparar, pero a los ancianos con los que he conversado no parece haberles cambiado el tono</p></div><p class="article-text">
        La mujer ya debe doblar los ochenta. Es baja, la espalda va curva. No dir&iacute;a que camina: m&aacute;s bien lanza los pies adelante para ver si se mueven y la llevan con ellos.
    </p><p class="article-text">
        La mujer est&aacute; en el patio interior de una comunidad. Circunvala la piscina cubierta por un protector pl&aacute;stico. Lleva veinte minutos de giros. Cada vuelta le toma sesenta segundos. Ha caminado hasta aplanar un poco el pasto, largo por la ausencia de los jardineros. Viste un pantal&oacute;n oscuro, el pecho cubierto por un <em>sweater</em> grueso y una bufanda; zapatillas de suela mullida.
    </p><p class="article-text">
        La mujer no levanta demasiado la cabeza. De cuando en cuando la atrae un sonido &mdash;una puerta que cierra estent&oacute;rea, el bramido de un auto apurado en la calle, un ni&ntilde;o que llora a la distancia. Pero sobre todo, creo yo, el graznido del cuervo africano que se ha adue&ntilde;ado del patio. Es un p&aacute;jaro magn&iacute;fico; negro y blanco, como si vistiese un frac de plumas, no cabe en la mano. Tiene la mirada lista de sus primos negros y la elegancia de c&oacute;ctel que en los otros es mortuoria. La mujer se detiene en alguna ocasi&oacute;n para atender al cuervo; lo observa hasta que la bestia calla o vuela, como si entre los dos hubiera una batalla vieja.
    </p><p class="article-text">
        Pronto reemprende la marcha, otra vez lanzando los pies adelante, dejando que la gu&iacute;en adonde pueden con esa independencia que adquieren despu&eacute;s de cierta edad. Lo m&aacute;s curioso en ella es su capacidad para volver al centro de todo: no hay mayor ocupaci&oacute;n para la mujer que el paseo. En estos d&iacute;as veo a los ancianos con otros ojos. A menudo, mi mirada de los viejos es finalista: les descuento las horas, me pregunto qu&eacute; habr&aacute;n sido y, sobre todo, qu&eacute; les queda esperar. No veo nunca en sus ojos expectativa: todo eso queda detr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Pero ahora no. No tengo certeza alguna de que el Virus de Mierda haya cambiado la manera en que los viejos se dan con el mundo. El bicho les ha puesto en su lista negra, los primeros a quienes disparar, pero a los ancianos con los que he conversado no parece haberles cambiado el tono. Como si todos supieran que el bicho nada m&aacute;s ser&aacute; capaz de adelantar el minutero de una hora ya cercana.
    </p><p class="article-text">
        Pero yo quiero creer que es distinto. Que la mujer que camina por el patio alrededor de la piscina &mdash;una anciana l&aacute;nguida, tal vez cansada de ayer o de siempre&mdash; ahora mira el siguiente paso delante de ella con una perspectiva distinta. Como si cada paso contase, como si hubiera adquirido un significado que hab&iacute;a sido abandonado. No por la certeza de que la muerte vaya a venir por ella, sino porque la posibilidad de la muerte le ha metido m&aacute;s vida en las venas. 
    </p><p class="article-text">
        El cuervo africano ha vuelto a graznar, y la mujer se detiene por otro instante. Est&aacute; en el techo firme de un ligustro. El p&aacute;jaro parece notarla. Por un instante detiene el graznido y se acomoda, en dos saltitos, como si quisiera observarla. Ahora los dos guardan silencio; el p&aacute;jaro inerme, la mujer con la mirada torva, buscando entender qu&eacute; es o qu&eacute; hace esa ave all&iacute;. Un segundo despu&eacute;s, el cuervo vuela otra vez. La mujer le sigue con la mirada hasta que se pierde entre los &aacute;rboles. Se queda un instante all&iacute;, con la mirada sostenida en el aire, como si viera el cuervo llevarse con &eacute;l una de sus memorias.
    </p><p class="article-text">
        Luego regresa a echar a andar los pies, los ojos otra vez sobre el suelo verde. Esa es la mirada de los buenos caminadores, me digo mientras la veo marchar. Recuperen las fotos de Robert Walser o alguna imagen de Wittgenstein. Rousseau cre&iacute;a que uno deb&iacute;a caminar solo. Igual, creo, Thoreau. Uno no debe distraerse cuando anda, porque en esos pasos la conversaci&oacute;n es con nuestra propia vida. Tal vez por eso el pensador jam&aacute;s mira demasiado alto: clava los ojos en el vac&iacute;o delante de los pasos. Aun as&iacute;, rara vez tropieza. Quiz&aacute;s sea la prueba de que el camino, que jam&aacute;s est&aacute; escrito, se revela a quien dialoga con &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        El cuervo ya no vuelve. La mujer concluye al fin su rutina.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/cuervo-vuelve_1_1008437.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Mar 2020 21:03:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El cuervo ya no vuelve]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El virus más estúpido del planeta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/virus-estupido-planeta_1_1011373.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/340d2503-9f5c-4092-8141-a894e7ad2f91_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Decenas de personas cargadas con provisiones esperan para poder pagar en un supermercado en Madrid."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Me temo que nuestra propia estupidez va a acabar antes con nosotros que la cosa más estúpida del planeta; o de otro modo, tal vez el virus no se merezca una calificación que podríamos disputarle</p></div><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as presenci&eacute; un evento donde el Virus de Mierda nada m&aacute;s arbitraba una discusi&oacute;n antigua. Un muchacho y un anciano se peleaban en la acera por un asunto vecinal. Ambos presid&iacute;an las respectivas asociaciones de sus condominios. El chico reprochaba al anciano que desde hac&iacute;a tiempo las aguas sucias de su edificio se colaban en el suyo. El olor nauseabundo ya no era la parte cr&iacute;tica; tampoco los riesgos sanitarios existentes desde siempre: el virus presid&iacute;a la charla. Por alguna raz&oacute;n, la mugre de la caca de unos vecinos habr&iacute;a de acabar contagiando a los habitantes del otro edificio. La respuesta del anciano eliminaba al virus de cuajo: dec&iacute;a que si no se hac&iacute;an las obras era porque ellos &ndash;el edificio del joven&ndash; se hab&iacute;an siempre negado a cofinanciarlas porque no era un programa &uacute;nico, sino conjunto.
    </p><p class="article-text">
        La discusi&oacute;n se extend&iacute;a, crec&iacute;a, incorporaba nuevos reproches. De cuando en cuando, cada uno tironeaba el virus para su lado. El bicho incluso participaba de la pelea como si fuera una entidad f&iacute;sica: el anciano y el muchacho estaban irritados y se levantaban las voces y los dedos pero sin romper &ndash;jam&aacute;s&ndash; los dos metros de distancia. Al final, el virus era una excusa: la discusi&oacute;n de fondo eran los l&iacute;mites de los derechos propios y ajenos, la convivencia entre distintos, el derecho o el privilegio.
    </p><p class="article-text">
        Una pandemia no tiene buenos modales. Una de sus peores costumbres es entrometerse en la vida regular de la gente. &iquest;C&oacute;mo se le ocurre a un Virus de Mierda venir a molestar nuestras d&eacute;cadas de prejuicios, comportamientos adquiridos, taras, traumas y complejos? Cualquier ser m&aacute;s o menos consciente se evita el problema de ser juzgado. Pero vaya, es un virus: ni est&aacute; vivo ni est&aacute; muerto y hasta ya se gan&oacute; la atenci&oacute;n de &#381;i&#382;ek, que ha dicho que es la cosa m&aacute;s est&uacute;pida del planeta.
    </p><p class="article-text">
        Esta inconsciencia tiene el severo problema de haberse metido con el ser m&aacute;s consciente que habita esta roca espacial. Nada se mete con la humanidad y sale indemne. Preg&uacute;ntenle al planeta, que no suele tener palabras pero nos responde con tormentas de cat&aacute;strofe, polos convertidos en cubitos para whisky o miserables mutaciones gen&eacute;ticas que acaban de presidente de Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        El Virus de Mierda es un engorro, no hay dudas. Nos trastoca nuestra existencia de una manera tan indeseable que debemos recalcular el presupuesto de gastos del mes u olvidarnos del derecho adquirido de perder el tiempo en el bar con la pandilla de siempre.
    </p><p class="article-text">
        Pero no sabe bien con qui&eacute;n se mete, en verdad. Este planeta no ha llegado donde est&aacute; &ndash;y eso es al borde del colapso&ndash; porque qued&oacute; en manos de los monos menos desarrollados. Si estamos aqu&iacute; es porque hemos tenido la capacidad de pervivir. A todo.
    </p><p class="article-text">
        No tengo claro si el virus saca quienes somos o nada m&aacute;s es un correctivo gregario. Quiero decir, la capacidad que tenemos de vivir en sociedad es producto del ejercicio tolerado de la hipocres&iacute;a. Uno no se pelea todo el tiempo con todo el mundo, porque ser&iacute;a un sinvivir. Por m&aacute;s raz&oacute;n que tuviese, acabar&iacute;a se&ntilde;alado como Mr Big Problem. La pi&ntilde;a es m&aacute;s poderosa que la verdad y nuestro deseo de pertenecer nos hace torcer la espalda, doblar las manos y propagandizar que nos gust&oacute; el Ulises cuando no entendimos ni la primera p&aacute;gina.
    </p><p class="article-text">
        V&eacute;anse, nada m&aacute;s. Acelerando para llevarse el &uacute;ltimo rollo de papel higi&eacute;nico. Sobrecargando el carro del supermercado con quince bandejas de butifarra para aguantar el fin del mundo &ndash;Consum de la Vila Olimpica, Barcelona, marzo 10; se&ntilde;or hosco, m&aacute;s de cincuenta. Reclamando para ti los dos &uacute;ltimos kilos de las mairas por las que pregunt&oacute; antes una mam&aacute; con su ni&ntilde;a peque&ntilde;a &ndash;mismo Consum, mismo d&iacute;a; mujer de treinta.
    </p><p class="article-text">
        El fin del mundo no nos acabar&aacute;; quiz&aacute;s antes nosotros hagamos un buen trabajo diezm&aacute;ndonos para sobrevivir hasta que el &uacute;ltimo haz de luz nos ciegue. Mientras, el virus nada m&aacute;s se entromete en nuestras miserias. No creo que salgamos mejores de esto. El miedo nada m&aacute;s nos baj&oacute; las defensas. Pero me temo que apenas se relajen las barreras los comportamientos m&aacute;s torpes, la vileza y las bajezas convivir&aacute;n en p&uacute;blico con nuestras mejores cartas.
    </p><p class="article-text">
        Desconozco c&oacute;mo termin&oacute; aquella batallita de los encargados del edificio &ndash;me cansaron cuando ya recordaban eventos de quince a&ntilde;os atr&aacute;s y me temo que acabar&iacute;an reproch&aacute;ndose el momento de sus nacimientos&ndash;, pero estoy seguro que el resultado fue el de siempre: no resolvieron nada. No estaba all&iacute; para arreglar el l&iacute;o, sino para ventilar. El virus no activ&oacute; un camino para cambiar las cosas; apenas fue un motivo para recuperar una disputa soterrada. El olor despert&oacute; a unos y el temor sanitario hizo lo dem&aacute;s. Puede que en muchas cosas el Virus de Mierda s&iacute; modifique comportamientos, modismos y cultura &ndash;no tengo dudas&ndash; pero hay ciertos atavismos que mantendr&aacute;n su inmunidad a las plagas, pues est&aacute;n hechos del tefl&oacute;n de nuestras emociones, prejuicios y traumas, que tienen una prote&iacute;na celular impenetrable para otra cosa que no est&eacute; hecha de su misma materia.
    </p><p class="article-text">
        &#381;i&#382;ek tiene raz&oacute;n en que esa cosa est&uacute;pida, ni viva ni muerta, ni ente ni ser, nos est&aacute; costando la vida. Pero el virus no mata hasta que no encuentra un cuerpo donde reproducirse. Me temo que nuestra propia estupidez va a acabar antes con nosotros que la cosa m&aacute;s est&uacute;pida del planeta. O de otro modo, tal vez el virus no se merezca una calificaci&oacute;n que podr&iacute;amos disputarle.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/virus-estupido-planeta_1_1011373.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Mar 2020 20:10:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El virus más estúpido del planeta]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El adelantado Constantino]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/adelantado-constantino_1_1012126.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ec1eddb8-7f28-4c69-9205-b3ed69befed9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El adelantado Constantino"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Conocí a Constantino cuando él estaba con la mitad del cuerpo dentro del basurero plástico de Resta, adonde los catalanes arrojan todo aquello que sobra en el hogar y no es envase, vidrio, papel o basura orgánica</p></div><p class="article-text">
        No dir&eacute; que somos amigos porque ese plato se come con a&ntilde;os, confianzas y trapisondas compartidas, pero cada vez me siento m&aacute;s c&oacute;modo con el se&ntilde;or de la basura.
    </p><p class="article-text">
        Le llamaremos Constantino porque as&iacute; dice llamarse y dir&eacute; que es rumano no porque lo sepa sino por decisi&oacute;n auditiva. Constantino habla un castellano de acento ruidoso, pero muy prolijo.
    </p><p class="article-text">
        Digo que no es amigo porque apenas nos vimos tres veces &mdash;ser&aacute;n m&aacute;s en breve, presumo&mdash; y en condiciones de prisioneros: yo confinado, &eacute;l mendigando. Nuestros encuentros han sido breves, intercambios de marineros y de facinerosos. Un cruce en la vida. Ambos sabemos que apenas acabe este asunto cada quien seguir&aacute; en lo suyo como si nada hubiera pasado.
    </p><p class="article-text">
        Conoc&iacute; a Constantino cuando &eacute;l estaba con la mitad del cuerpo dentro del basurero pl&aacute;stico de Resta, adonde los catalanes arrojan todo aquello que sobra en el hogar y no es envase, vidrio, papel o basura org&aacute;nica: materiales de construcci&oacute;n, la veladora rota de la nena, los dientes del abuelo, el pa&ntilde;al hediondo de los beb&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        No hay basurero que un buscavidas no revise. La basura siempre tiene un adelantado que reclama propiedad. Ese d&iacute;a, el primer s&aacute;bado del inicio del fin de nuestras vidas &mdash;visca el drama&mdash;, Constantino llevaba una bolsa azul de Ikea abierta de par en par, repleta de restas. Un estante blanco de aglomerado (en el futuro revisar&aacute;n nuestro ADN y habr&aacute; trazas de Ikea), unas zapatillas rojas, dos bolsas pl&aacute;sticas cerradas con suficiente firmeza como para intrigarme, unos cuantos cables enroscados rapi&ntilde;ados qui&eacute;n sabe d&oacute;nde, algunas cajas de cart&oacute;n donde dorm&iacute;an tornillos, clavos y tuercas. Yo iba a tirar envases y, claro, una bolsa de resta: el producido de mi hija de dieciocho meses.
    </p><p class="article-text">
        Deb&iacute; esperar a que Constantino saliera de su encajonamiento &mdash;piensen en cualquier personaje de Looney Tunes enterrado para escapar de algo&mdash; para dejar mis mierdas en su sitio. No tom&oacute; mucho: Constantino sali&oacute; de all&iacute; muy pronto y de un salto y me mir&oacute; con cara de pocos amigos. Alg&uacute;n sentido desarrollado durante los a&ntilde;os de la Securit&#259;&#539;ii Statulu debi&oacute; advertirle un peligro a sus espaldas. Me disculp&eacute;, me dijo algo que son&oacute; como disculpa aceptada.
    </p><p class="article-text">
        No me fui, por supuesto. En estos d&iacute;as de periodismo indirecto &mdash;reportear a la distancia, espiar, escuchar&mdash; ando a la pesca de peque&ntilde;as an&eacute;cdotas del encierro y un tipo al que conoces con la cabeza enterrada en un basurero y los pies colgando en el aire tiene un &aacute;ngulo.
    </p><p class="article-text">
        Constantino se puso a acomodar el nuevo rescate &mdash;creo que eran unos platos o fuentes&mdash; con cuidado. Dej&oacute; de prestarme atenci&oacute;n de inmediato y yo abr&iacute; mi bolsa y, en vez de tirar todo y largarme como har&iacute;a cualquier vida antes del inicio del fin de nuestras vidas &mdash;visca el drama&mdash;, empec&eacute; a lanzar cada sobra de una en una para ganar tiempo y sacar tema mientras observaba el comportamiento de mi, vamos, nuevo amigo.
    </p><p class="article-text">
        Constantino tiene un sentido del orden obsesivo alineado con sus propias formas: nada sobra en &eacute;l. Tiene una nariz de gancho que parece salir de la cara empujada desde la nunca y un cuerpo tan huesudo que la piel es dos talles m&aacute;s grande. Constantino anda en esa edad indefinida entre los cuarenta muy largos y los primeros sesenta pues aun est&aacute;n muy plantado pero su cara es un mapa cuarteado. Con todo, el asombro viene de sus ojos: una infinidad azul que intranquiliza.
    </p><p class="article-text">
        Cuando vio que no me mov&iacute;a mientras ordenaba me pregunt&oacute; si ten&iacute;a algo. Asum&iacute; que no quer&iacute;a echar otra vez medio cuerpo dentro del cubo pl&aacute;stico. No ten&iacute;a, pero promet&iacute; darle algo un d&iacute;a despu&eacute;s &mdash;luego lo olvid&eacute; y Constantino tampoco pas&oacute;. Constantino acomod&oacute; al fondo de la bolsa de Ikea la ropa, luego puso el tabl&oacute;n aglomerado y encima las zapatillas y la bolsa. Los cables fueron a un lado. Tomaba cada objeto como si fuera valioso y no deb&iacute; esforzarme para entender que nuestras miserias suelen tener un valor a&ntilde;adido para los jodidos.
    </p><p class="article-text">
        Le pregunt&eacute; algunas cosas &mdash;supe que estaba solo o eso dijo, que llevaba a&ntilde;os &ldquo;en Barcelona de Espa&ntilde;a&rdquo; o eso dijo, que no ten&iacute;a familia o eso dijo, que antes trabajaba en la construcci&oacute;n o eso dijo y que debe apurarse a recorrer los cubos antes de que lleguen &ldquo;los africanos&rdquo; o eso dijo. Luego levant&oacute; la bolsa con una sola mano y se la calz&oacute; al hombro y me dedic&oacute; su mirada de acero y algo lim&iacute;trofe entre la sonrisa y el mordisco. El semblante le hab&iacute;a cambiado: era estricto y marcial como al inicio pero trasuntaba alguna amabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Las veces que lo ver&iacute;a despu&eacute;s nos saludamos como si fu&eacute;ramos los &uacute;ltimos dos seres vivos en el planeta &mdash;a la distancia, porque nunca sabes qui&eacute;n es el otro. Constantino rumbea por las cercan&iacute;as de casa y no deja cubo por revisar. Papel, pl&aacute;stico y vidrios por si puede venderlos. El de Resta para lo que haga falta. Pero jam&aacute;s lo he visto meter su humanidad en los org&aacute;nicos. Ese cuerpo precisa alimento, pero no nuestro desecho.
    </p><p class="article-text">
        Antes de irse en aquel primer encuentro quise saber si era f&aacute;cil vivir de la basura. Enti&eacute;ndanme: soy periodista: buscaba una gran definici&oacute;n, algo que hablase de &eacute;l, del mundo y su deriva, del Virus de Mierda y nuestros agobios. Un remate. Al cabo, estaba ante Constantino: un hombre que portaba el mismo nombre que aquel que en la antigua Roma cre&oacute; un nuevo imperio sobre los temblores del anterior. Este Constantino se sosten&iacute;a sobre nuestros restos, tambi&eacute;n en una &eacute;poca concluyente. No pod&iacute;a no haber nada.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Normal &mdash;me dijo, y me dej&oacute; seco.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Normal? &iquest;Nada que llame la atenci&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Nada &mdash;dijo sin parpadear, los ojos oce&aacute;nicos perturbadores&mdash;. Nom&aacute;s mucha botella. Toman mucho.
    </p><p class="article-text">
        Claro, le dije, el encierro, todos en casa, nada que hacer. Constantino volvi&oacute; a hacer la mueca de la sonrisa o el mordisco.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, ahora no &mdash;dijo&mdash;. La gente siempre toma mucho.
    </p><p class="article-text">
        Aun no s&eacute; si hablaba del alcohol, nuestras pretensiones de burgueses urbanistas o pol&iacute;tica dom&eacute;stica.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/adelantado-constantino_1_1012126.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Mar 2020 21:23:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El adelantado Constantino]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los lobos bajarán de los bosques]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/lobos-bajaran-bosques_1_1013664.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dad3b285-30ca-4f99-aa39-a2060422309f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los lobos bajarán de los bosques"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En nada caerá la primavera. Nosotros, vegetando al interior de nuestras casas; los árboles y las flores a punto de estallar en brotes y colores</p><p class="subtitle">DATOS | Por qué las cifras de muertes asociadas al coronavirus son más altas en Italia y España que en Corea de Sur</p></div><p class="article-text">
        Solemos revestir a la naturaleza de intenci&oacute;n po&eacute;tica. Las plantas vibran. Los cielos lloran. Los animales adquieren nuestras cualidades. Pero no hay nada m&aacute;s pr&aacute;ctico y amoral que la vida silvestre.
    </p><p class="article-text">
        En nada caer&aacute; la primavera, y la naturaleza ha empezado a acomodarse a su propio ciclo. Nosotros, vegetando al interior de nuestras casas y departamentos; los &aacute;rboles y las flores a punto de estallar en brotes y colores. En el patio de casa ha comenzado a hincharse el &aacute;rbol m&aacute;s alto &mdash;un abeto plateado, creo&mdash;, el olivo ya precisa una poda de los hilos que le crecen desde el piso y la enredadera con la que pretendo ser el mejor vecino &mdash;y eso significa montar una enorme pared verde que me mantenga al margen de todos&mdash; ha empezado a ganar el volumen, altura y determinaci&oacute;n que le exijo.
    </p><p class="article-text">
        Las plantas, digo, saben. La naturaleza sabe. Es inmanente, no nuestra l&oacute;gica. Su programa no se interrumpe por el virus. Donde hay oportunidad, habr&aacute; vida. S&oacute;lo por nuestra presencia menor o la ausencia circunstancial &mdash;quince d&iacute;as, un mes&mdash; ecosistemas bajo presi&oacute;n mostrar&aacute;n alg&uacute;n br&iacute;o. Ustedes ya lo saben: han visto jabal&iacute;es vagar por peque&ntilde;as aldeas del norte de Italia, donde los humanos llevamos tiempo escondidos del bicho mortal. Delfines recorren en este instante el puerto de Cagliari. Un video muestra un ciervo macho &mdash;joven, altivo&mdash; mirando impert&eacute;rrito a un tipo clavado en una cruz en una catedral de qui&eacute;n sabe d&oacute;nde &mdash;me da igual si es actual: la vida sabe moverse m&aacute;s all&aacute; de nosotros. Greta Thunberg debe llorar de amor: los cisnes han vuelto a Venecia, que ahora luce un agua imposible; la gente se conmueve al ver los peque&ntilde;os card&uacute;menes de peces que surcan los canales sin interrupci&oacute;n ni pavor. No me extra&ntilde;ar&aacute; cuando suceda: los lobos bajar&aacute;n de los bosques.
    </p><p class="article-text">
        No ser&eacute; apocal&iacute;ptico, pero la vida puede sobrevivir al b&iacute;pedo m&aacute;s brillante y necio del planeta.
    </p><p class="article-text">
        Y mientras tanto, nosotros tambi&eacute;n procuramos que la vida se exprese en &eacute;pocas aciagas y extraordinarias. Como la naturaleza, que es vieja y pr&aacute;ctica, la mujer que vive frente a casa tiene su propio plan. La se&ntilde;ora se he echado encima del pijama un chaleco rosado y ha salido al balc&oacute;n de su segundo piso a preparar el peque&ntilde;o vivero personal para la primavera. El balc&oacute;n no rebosa de plantas &mdash;he visto selvas en muchas casas&mdash; pero ha comenzado a vibrar con los tonos de la primavera. La mujer lleva con ella una bolsa de pl&aacute;stico, una escoba y un balde.
    </p><p class="article-text">
        Primero va por las plantas a su izquierda, una pi&ntilde;a compacta de hojas verdes que cae derramada por la pared de ladrillos donde concluye su balc&oacute;n. Ha sacado de la bolsa de pl&aacute;stico unas tijeras y comienza a recorrer las ramas con velocidad y mano firme. Sabe qu&eacute; hace. En nada de tiempo desaparecen las hojas mustias. La planta ahora desbrozada exhibe una cabellera menos frondosa pero no ha perdido presencia. Podr&iacute;a jurar que respira, plena.
    </p><p class="article-text">
        Ahora la mujer barre un poco las hojas ca&iacute;das y riega la mata reci&eacute;n peinada. Por un instante se acodar&aacute; en la barra de su balc&oacute;n, mirar&aacute; a la calle, a izquierda y derecha. Supongo &mdash;porque el Virus de Mierda nos ha entrenado en la presunci&oacute;n distante&mdash; que actuar&aacute; el rol de la vecina tradicional: est&aacute; controlando &mdash;me digo, odioso&mdash; que los vecinos no tengan un jard&iacute;n a&eacute;reo que luzca mejor que el suyo. De inmediato, la supongo biliosa con los due&ntilde;os del departamento de abajo, que tiene tambi&eacute;n un peque&ntilde;o balc&oacute;n multicolor, floreado en rosa, rojo y blanco. Asumo que all&iacute; vive su n&eacute;mesis de a&ntilde;os, d&eacute;cadas, una vida.
    </p><p class="article-text">
        Los pr&oacute;ximos pasos de la mujer estar&aacute;n marcados por mi mirada contaminada, vir&oacute;sica: he destruido su apasionamiento. Le he puesto l&oacute;gica humana a un acto sencillo. Por eso, cuando la mujer se agacha ahora para desbrozar una maceta con flores delicadas, peque&ntilde;as como ojos, la supongo verdosa de envidia acus&aacute;ndolas de no tener ni la prestancia ni el empaque ni el aroma ni la luminosidad ni el semblante de la maceta de los vecinos. Y cuando ahora tome la escoba y repase de un lado a otro el piso del balc&oacute;n, ver&eacute; en sus movimientos firmes una furia contenida, su enojo: una derrota humana.
    </p><p class="article-text">
        Nada. Nada de eso sucede. Lo que hay frente a m&iacute; es vida vieja &mdash;la do&ntilde;a&mdash; asegurando vida nueva &mdash;la naturaleza. Hombre: si uno limpia el prejuicio, ve con cristales frescos. Y la mujer se ocupar&aacute; de sacarme del quicio &mdash;es mi enojo por este cenobio obligado el que me hace obtuso&mdash; con gestos suaves. Si se ha agachado a tironear no ha sido para cuestionarle a sus flores su escasa prestancia sino para librarlas de las malas hierbas &mdash;las ha quitado de cuajo&mdash; y si ha sido enf&aacute;tica con la escoba es para limpiar el piso de la tierra que han desparramado las ra&iacute;ces reci&eacute;n extra&iacute;das.
    </p><p class="article-text">
        Vida plena, suelta. Sola. O vida humana dedicada a mantener vida. Busquen la met&aacute;fora que les funcione: Greta con el planeta, la se&ntilde;ora con sus plantas, un m&eacute;dico en cualquier hospital.
    </p><p class="article-text">
        Hay primavera, me digo yo, que vivo en un oto&ntilde;o semipermanente.
    </p><p class="article-text">
        Hay primavera, saben las bestias que bajan adonde ya no estamos jodiendo.
    </p><p class="article-text">
        Hay primavera, sabe la mujer, que antes de dejar el balc&oacute;n pasa su mano con delicadeza por una corona de flores rosadas. Ahora s&iacute;, no me equivoco al suponer su gesto: sonr&iacute;e al salir.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/lobos-bajaran-bosques_1_1013664.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 19 Mar 2020 20:52:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los lobos bajarán de los bosques]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El chihuahua o la rata]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/chihuahua-rata_1_1015367.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/82662637-68af-4f0f-b0ef-a1fe3b3eaa0b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El chihuahua o la rata"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El anciano entonces le dedica unas palabras de amor mínimas, como para premiarlo. Ha de ser difícil ser el chihuahua o la rata del anciano</p></div><p class="article-text">
        El anciano avanza por la acera maldiciendo al perro. Es el due&ntilde;o de un chihuahua o una rata nerviosa que no para de sacudirse y tironear la correa, contrariando al anciano, que quiere hacerlo orinar contra un arbolito enclenque.
    </p><p class="article-text">
        El chihuahua o la rata al final acepta las &oacute;rdenes, quiz&aacute;s nada m&aacute;s porque est&aacute; acostumbrado a dejarse llevar despu&eacute;s de intentar en vano cualquier independencia. Es m&aacute;s que probable que el m&eacute;todo del anciano de combinar unos tirones feroces sobre la correa con unos gritos de padre y se&ntilde;or nuestro despierten una respuesta condicionada en su cerebro, as&iacute; que al cabo de unos minutos el chihuahua o la rata olisquea la base del tronco, levanta la pata hecha con un gris&iacute;n y orina tupido.
    </p><p class="article-text">
        El anciano entonces le dedica unas palabras de amor m&iacute;nimas, como para premiarlo. Ha de ser dif&iacute;cil ser el chihuahua o la rata del anciano. Al hombre se le nota el cansancio de las ocho o casi nueve d&eacute;cadas en el chasis pero todav&iacute;a tiene una voz castrense de Od&iacute;n con catarro. Todo el personaje remueve. Las manos del anciano asustar&iacute;an a Ali &mdash;nudosas, anchas como tortas, dedos como morcillas&mdash; y la cara es un compendio de mensajes: cejas pobladas de pelos como flecos, arqueadas como dos flechas sobre unos ojos peque&ntilde;os y sibilinos, hundidos en una cara que hace juego con el cuerpo &mdash;reseco, cuarteado. Arriesgo: ha de haber sido militar, polic&iacute;a, marinero, campesino del Pened&egrave;s o defensor del Aleti.
    </p><p class="article-text">
        El anciano y el chihuahua o la rata han llegado a un entendimiento y est&aacute;n por reiniciar la marcha. La ma&ntilde;ana es fresca y deben llevar unos cuantos minutos de andadura porque no lo reconozco como vecino. En estos d&iacute;as del Virus de Mierda no hay muchos osados en las calles y quienes enfilan por las aceras parecen tener estudiada la circulaci&oacute;n de potenciales amigos, enemigos y estornudadores.
    </p><p class="article-text">
        O tal vez no del todo, porque apenas hacen unos pasos, cuando el anciano todav&iacute;a intenta recoger la correa que afloj&oacute; para que el animal mee, el chihuahua o la rata la emprende con esos ladridos o chillidos propios de su especie, que rompen tanto los o&iacute;dos como la paz mundial. Ha visto un enemigo.
    </p><p class="article-text">
        El enemigo est&aacute; al frente, a unos diez o quince metros, tiene tres a&ntilde;os y es un rubiecito simp&aacute;tico que he visto antes en el parque adonde suelo &mdash;sol&iacute;a, Virus de Mierda&mdash; llevar a jugar a mi hija. Viene junto a su madre, que va un par de pasos detr&aacute;s, algo distra&iacute;da con los ojos dentro de las profundidades abisales de su cartera.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, el colapso. El chihuahua o la rata est&aacute; hist&eacute;rico, saltando con todo lo que tiene por cuerpo jalando la correa del anciano, y el ni&ntilde;o &mdash;lo sabemos ahora&mdash;, tambi&eacute;n: ha roto a llorar, asustado por ese demonio cuadr&uacute;pedo encapsulado. Los gritos convocan entonces la atenci&oacute;n del anciano y de la madre, que se ojean primero uno a otro y luego bajan la mirada a los respectivos n&eacute;mesis de sus amores. La madre, al chihuahua o la rata; el anciano, al ni&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        He aqu&iacute; un momento Sergio Leone. El anciano se detiene, en seco, firme, y no deja de mirar al ni&ntilde;o y a la madre alternativamente. La mirada de ojitos pillos o mal&eacute;ficos se tuerce y el viejo&nbsp;ordena a su bestia que calle, maldito perro, calla de una vez. El chihuahua o la rata no hace ni medio caso y sigue desatado tirando de la correa como esos borrachos que buscan pelea a los gritos mientras se aferran a sus amigos para que nos los suelten. La mam&aacute; no parece entender mucho. Mira al hombre y mira al chihuahua o la rata y mira a su hijo, y le dice, con calma, que ya, que es s&oacute;lo un perrito &mdash;es demasiado bondadosa con el can roedor&mdash;, que ya se ir&aacute;. Entonces mira al viejo, como d&aacute;ndole la clave: <em>ya se ir&aacute;</em> significa <em>v&aacute;yase, siga, tiene v&iacute;a libre</em>.
    </p><p class="article-text">
        Pero el anciano no mueve un dedo. Sigue firme jalando la correa del chihuahua o la rata, que tambi&eacute;n se mantiene en lo suyo, vociferante y tarado. Entonces entiendo el fondo de la situaci&oacute;n. El anciano ha definido el momento como un enfrentamiento generacional: &eacute;l versus el ni&ntilde;o, un anciano en salida de la vida, y un ni&ntilde;ato que, cree &eacute;l, en estos d&iacute;as de Virus de Mierda puede ser su ticket al infierno.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a decir que es el llanto asustado del peque&ntilde;o que no cesa, pero en realidad es la rigidez del anciano, que ha fijado definitivamente la mirada en el cr&iacute;o, lo que acaba por sacar a la madre del sopor. La mujer nota que el anciano no se mover&aacute; hasta que ella saque a su hijo del camino. La acera es grande y ambos podr&iacute;an pasar con dos o tres metros de diferencia entre unos y otros y aun est&aacute;n lejos, a los mismos diez o quince metros del inicio, pero ese catastro de distancia segura no satisface al anciano &mdash;ni al chihuahua o la rata.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que mam&aacute; salvar&aacute; la situaci&oacute;n: toma al peque&ntilde;o en sus brazos, sonr&iacute;e al anciano como si nada pasara y regresa sobre sus pasos. El ni&ntilde;o pronto se calma al ver que el chihuahua o la rata quedan cada vez m&aacute;s lejos. El anciano sigue sin moverse, quiz&aacute;s convencido de que el llanto del ni&ntilde;o ha dejado el aire impregnado del asqueroso bicho mortal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando la mam&aacute; dobla la esquina y se pierde de vista, reci&eacute;n entonces el anciano reinicia la marcha. No suelta el gesto, que sigue torvo, como si hubiera desactivado una amoralidad. El chihuahua o la rata tarda algo m&aacute;s en dejar de chillar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/chihuahua-rata_1_1015367.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Mar 2020 21:11:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El chihuahua o la rata]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Te espero, sí]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/espero_1_1017875.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/db914a4c-4346-4fda-887d-0aad23a6ea0e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Te espero, sí"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Dónde estás? Estoy donde quedamos. (…) No, dije a mis padres que iba al Consum</p></div><p class="article-text">
        La chica &mdash;quince o diecis&eacute;is, el pelo entre caf&eacute; y rojizo, vaporoso&mdash; se remueve nerviosa en la esquina del Passeig Verdaguer y el Carrer de Santa Joaquima de Vedruna. La tarde ha empezado a caer y no es por la nueva frescura sino por otro ambiente que la chica va y viene sobre sus pasos: esto es Igualada, estamos en confinamiento y quien anda por las calles en estos d&iacute;as es visto con ojo fiero. 
    </p><p class="article-text">
        De repente, suena el tel&eacute;fono.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;s? Estoy donde quedamos. (&hellip;) No, dije a mis padres que iba al Consum. (&hellip;) Te espero, s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Cuelga, y vuelve a andar. Mira hacia la izquierda; al frente se extienden los &uacute;ltimos metros del Passeig. Luego a la derecha; all&iacute; est&aacute; casi todo el Passeig, y por el trayecto avanzan algunas personas. Una sola chica viene por el medio, al ritmo veloz de los que llegan tarde o se fugan disimuladamente de algo. 
    </p><p class="article-text">
        Quiero preguntarle a la chica qu&eacute; hace aqu&iacute;, pero estos son d&iacute;as de reporteo a distancia. El sem&aacute;foro cambia a verde, y debo seguir. Consigo doblar y estacionarme al otro lado del Passeig, de cara al tramo largo de donde viene la otra jovencita. Pero a medida que se acerca, la chica del tel&eacute;fono no cesa su nervio y, cuando ya est&aacute;n cerca, est&aacute; claro que la adolescente de la caminata se fuga de otra cosa, pero no hacia ella. Quiz&aacute;s ella tambi&eacute;n dijo a sus padres que iba al Consum; quiz&aacute;s ella s&iacute; va al Consum. 
    </p><p class="article-text">
        Unos segundos despu&eacute;s, por detr&aacute;s de mi auto pasa a la carrera un flaco largo con los pantalones apenas sostenidos a la mitad del culo por alg&uacute;n misterio de la gravedad. La chica del tel&eacute;fono lo ve llegar y se acaba su andadura nerviosa. Le brillan los ojos y la cara le revienta en una sonrisa de dos mil dientes. El flaco la dobla en altura y se curva para abrazarla. Ella se le cuelga de la nuca y ambos se besan con esa fruici&oacute;n que comparten los tramposos que saben actuar lo prohibido como quienes creen que tal vez no haya mucho ma&ntilde;ana.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/espero_1_1017875.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Mar 2020 20:57:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Te espero, sí]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La gente es obediente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/gente-obediente_1_1020861.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5650102d-7913-40f4-8c70-6be492d72d1d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La gente es obediente"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Creo que es la primera vez en mi vida que estoy de acuerdo con un policía, y seré juzgado, pero no puedo oponerme a la idea: si fallo, oblíguenme a comportarme</p><p class="subtitle">Cuatro claves para entender por qué el coronavirus se está extendiendo por el mundo</p></div><p class="article-text">
        Vivimos d&iacute;as en los que la cercan&iacute;a es sospechosa, hasta criminal, quiz&aacute; bioterrorista. Exagero, y no. Pero ayer pas&eacute; por la barricada de control que siega la salida de Igualada a Barcelona por la A-2, y el mosso que la custodiaba &mdash;el otro, pues andan en pares, charlaba con una vecina metros ha&mdash;, me mir&oacute; con inter&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <em>Mirar con inter&eacute;s:</em> de arriba abajo, levantando el ment&oacute;n, acerc&aacute;ndose un poco hacia el borde de la carretera, sin decir nada, pero sugiriendo todo. Y <em>todo</em> era &mdash;supuse, pues hoy vivimos en la anticipaci&oacute;n permanente&mdash; que redujese la velocidad y me detuviera donde estaba.
    </p><p class="article-text">
        Lo hice: el mosso en una banquina y yo en la otra. Cada uno seguro de que nadie saldr&iacute;a mal parado del encuentro, como si fu&eacute;ramos dos malevos de arrabal a punto de pelar una faca para tajear al otro. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo va todo? &mdash;dije con mi mejor tono amistoso procurando no intimidar al fiero var&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Normal. No pasa mucho &mdash;dijo&mdash;. La gente es obediente.
    </p><p class="article-text">
        Al fin, dir&eacute;. A Igualada le tom&oacute; un d&iacute;a ponerse los pantalones: la primera jornada de confinamiento, cuando la comarca fue el cobayo del encierro espa&ntilde;ol, la parroquia anduvo remolona. Los viejos y los j&oacute;venes y las madres y los padres todav&iacute;a se sentaban en los caf&eacute;s a charlar largo, sin mucho afecto por la mentada distancia sanitaria. Demasiados iban a los supermercados sin guantes, tapabocas ni sentido com&uacute;n. Nunca tuve tanto temor de comer una banana. Jam&aacute;s me sent&iacute; tan intimidado por una alcachofa desnuda al alcance de cualquier mano descuidada.
    </p><p class="article-text">
        Pero ya no. Ahora los igualadinos han optado por la obediencia. Desde que toda Catalu&ntilde;a fue enviada a casa, Igualada se guard&oacute; tambi&eacute;n. En la ciudad el silencio es material: se oye y se palpa. Aqu&iacute; gustan las motos y &mdash;diosa fortuna&mdash; hasta esos motores hist&eacute;ricos desaparecieron.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay algo que me intriga. En la salida a Barcelona hay una defensa triple: una hilera de conos anaranjados que cierra el acceso a la rampa y desv&iacute;a los coches hacia el carril izquierdo, otra que cubre el pavimento de banquina a banquina y una tercera de bloques de cemento &mdash;los <em>jersey. </em>
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Parece que temieran que alguien se escape en cami&oacute;n &mdash;le digo se&ntilde;alando los <em>jersey.</em>
    </p><p class="article-text">
        El mosso no se inmuta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La seguridad siempre es necesaria &mdash;me dice, con voz de padre relajado&mdash;. Y a veces es mejor tener mucha.
    </p><p class="article-text">
        Creo que es la primera vez en mi vida que estoy de acuerdo con un polic&iacute;a, y ser&eacute; juzgado, pero no puedo oponerme a la idea: si fallo, obl&iacute;guenme a comportarme. (Dios, ser&eacute; juzgado.) Son circunstancias extraordinarias. Acepto esto, sin dudar: cedo mi individualidad a favor de la seguridad colectiva.
    </p><p class="article-text">
        El mosso ya se relaj&oacute; y su compa&ntilde;ero se acerca cansino despu&eacute;s de ver que su compa&ntilde;ero anda afable &mdash;por ende, no soy un riesgo. Puedo ver que tienen ganas de hablar. Pero yo ac&aacute; pongo la l&iacute;nea. Agradezco, saludo, y parto a casa. Obediente.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/gente-obediente_1_1020861.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Mar 2020 21:34:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La gente es obediente]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La persecución del sueño americano contada a través de un edificio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/persecucion-americano-contada-traves-edificio_1_4545745.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">"Cuando los centroamericanos entran a México con visa de turista, la policía igual pide cuota para dejarlos en paz: saben que su destino no son las playas del país sino las llanuras del otro lado"</p><p class="subtitle">Ofrecemos el primer capítulo,</p><p class="subtitle">¿A esto me vine</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li><a href="http://librosdelko.com/2014/hamsters/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia"><em>Hamsters: una casa con historias que ruedan</em></a><em> </em>(<a href="http://librosdelko.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">Libros del KO</a>) es el &uacute;ltimo libro del escritor y periodista argentino <a href="http://www.diegofonseca.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">Diego Fonseca</a>, un relato a modo de reportaje en el que se tratan temas como la inmigraci&oacute;n, la vida en comunidad o el capitalismo</li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        <em>Sobre poner tu vida a pr&eacute;stamo. </em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Sobre migrar, acto de no mirar atr&aacute;s. </em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Sobre arribar a una ciudad que ser&aacute; tu nueva vida &mdash;y encontrar &aacute;rboles como esqueletos de huesos negros&mdash;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Llegar, a veces, es m&aacute;s dif&iacute;cil que irse. Uno sabe qu&eacute; deja pero no qu&eacute; va a encontrar.
    </p><p class="article-text">
        Adentro del bus de Greyhound Lines no hab&iacute;a espacio para nadie, cada asiento un alma atenta a la ciudad, que era Washington, D. C. Eran las cinco de la tarde del 17 de marzo de 2005. Ingrid Janeth Aquino &mdash;guatemalteca, el cuerpo s&oacute;lido, veintisiete&mdash; sigui&oacute; barriendo la calle a pesta&ntilde;azos buscando una primera impresi&oacute;n saludable. Un cielo enfermizo hab&iacute;a bajado a ras del piso. La mujer supo pronto que el paisaje ser&iacute;a eso, una sucesi&oacute;n de postales cin&eacute;reas.
    </p><p class="article-text">
        La lengua de c&eacute;sped del National Mall a&uacute;n no reverdec&iacute;a y la autov&iacute;a que transita hacia el estadio de los Nationals y el Capitolio viajaba encajonada entre paredes de bloques grises rodeada de edificios graves perfectamente rectos &mdash;e igualmente grises&mdash;. Por esquivarlos, Ingrid volv&iacute;a a poner los ojos en los &aacute;rboles, aferr&aacute;ndose a lo que la memoria emotiva registra, lo conocido y natural.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Pero esos &aacute;rboles eran troncos l&aacute;nguidos con ramas desnutridas, opacas y fr&iacute;as, y la congoja se anud&oacute; en la garganta de la mujer. Su pueblo, su patria, Champas Corrientes, era un bullicio de p&aacute;jaros y monos y motos y gentes y era, sobre todo, un enredo verde. Una selva hirviente negociaba a diario con la aldea. Washington, en cambio, era esa desolaci&oacute;n de edificios ministeriales. El sol actuaba como esos ni&ntilde;os que merodean frente a la aparente frescura del agua de una piscina, amagando hundir los dedos del pie para quitarlos de inmediato.
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;nico ruido de un d&iacute;a ag&oacute;nico y plomizo ven&iacute;a del motor de los autos. En esa ciudad sin gente parec&iacute;a no haber vida.
    </p><p class="article-text">
        El bus atraves&oacute; entonces un puente vial &mdash;m&aacute;s cemento, m&aacute;s gris, m&aacute;s ministerios y &aacute;rboles chuscos&mdash;. Ingrid pens&oacute; con un suspiro.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;A esto me vine?
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        A las seis y media de la ma&ntilde;ana del d&iacute;a de su partida, 5 de marzo de 2005, Ingrid visti&oacute; a su hija Vanessa con una calceta, una blusa y un short y le at&oacute; los zapatos del color del alquitr&aacute;n. No dej&oacute; caer una l&aacute;grima. La pein&oacute; y le at&oacute; los churos por la espalda. La ni&ntilde;a tom&oacute; su mochila y acompa&ntilde;&oacute; a la mam&aacute;. Vanessa ten&iacute;a cinco a&ntilde;os y aquella era la primera ma&ntilde;ana que iba a una escuela y el &uacute;ltimo d&iacute;a en que sus dedos rozar&iacute;an la piel de su madre.
    </p><p class="article-text">
        Toda esa ma&ntilde;ana Ingrid fue y vino como una aut&oacute;mata incapaz de sentir el sudor de aquel pedazo de tierra cocida en caldo de humedades y soles criminales. Ingrid es una ladina de metro sesenta y cinco de espaldas anchas y caderas de comadre. Lleva el cabello lacio y brillantemente oscuro que usa ce&ntilde;ido en una coleta. A la fornida Ingrid parece no haber cimbr&oacute;n que la mueva: se agita sin dudar, toma las cosas con firmeza, si se golpea no se queja y, si algo proyecta, eso es ir siempre: una manada de mujer.
    </p><p class="article-text">
        Con esa determinaci&oacute;n camionera, aquel mediod&iacute;a ensill&oacute; el caballo y lo gui&oacute; hasta la casa de su madre, con Robinson, el ni&ntilde;o, aferrado a la cintura.
    </p><p class="article-text">
        Los abuelos, don Marvin Danilo Hern&aacute;ndez Trejos y do&ntilde;a Eris Margot Aquino Portillo, esperaban bajo la puerta del rancho.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid salt&oacute; del caballo y tom&oacute; al ni&ntilde;o por las axilas, lo abraz&oacute; y se lo pas&oacute; a la abuela. En ese momento, el ni&ntilde;o con nombre de n&aacute;ufrago supo que lo abandonaban: se lanz&oacute; contra la pierna de Ingrid y la rode&oacute; con toda la fuerza que le permit&iacute;an sus brazos de tres a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Mama!
    </p><p class="article-text">
        Ingrid lo despeg&oacute;, la abuela estir&oacute; los brazos y apret&oacute; al ni&ntilde;o contra su regazo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Mama, no, mama!
    </p><p class="article-text">
        Ingrid cerr&oacute; los o&iacute;dos, volvi&oacute; a montar a la bestia, y se fue.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Cuando uno quiere salir de donde est&aacute;, uno tiene el coraz&oacute;n duro &mdash;dice ahora en casa y, como si fuera nada o quiz&aacute; demasiado, se pone a hablar del clima.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Ingrid se convirti&oacute; en otra persona en una caminata de cuarenta minutos, apenas subiendo y bajando la sierra que sirve de l&iacute;mite natural entre Guatemala y Honduras. En los papeles que extender&iacute;a al agente de Migraciones se le&iacute;a el nombre de Silvia Mar&iacute;a D&iacute;az, hondure&ntilde;a, nacida en el barrio de Suyapa, un rancher&iacute;o de perros sueltos, calles poceadas y fincas con cercas de palos torcidos y alambres.
    </p><p class="article-text">
        Los padres de Silvia Mar&iacute;a eran compadres de los suyos y le extendieron la partida de nacimiento de la chica y su permiso de estancia en Estados Unidos. Silvia Mar&iacute;a hab&iacute;a vivido varios a&ntilde;os en el pa&iacute;s pero hab&iacute;a regresado a su pueblo y estaba decidida a no moverse de Honduras. El pase de papeles se arregl&oacute; entre los compadres con apretones de manos, abrazos, deseos de buena suerte para la muchacha de salida.
    </p><p class="article-text">
        El viaje de Ingrid fue un viaje migrante en toda regla, un tr&aacute;nsito inseguro de un mal lugar a una promesa desconocida. Las horas de la espera durmieron toda acci&oacute;n, el miedo se clavaba con u&ntilde;as en la nuca y la ansiedad recorr&iacute;a el cuerpo montada en la sangre. Cada paso fue un movimiento sobre cristal delgado con los sentidos alerta como un gato. Pero si alguien se aventura por caminos y personas en las que puede perder su &uacute;nica posesi&oacute;n &mdash;la vida&mdash; es porque la casa donde vive es cualquier cosa menos un hogar confortable. Los primeros hombres sobre la tierra deambulaban para sobrevivir y millones de familias modernas son trashumantes por las mismas razones.
    </p><p class="article-text">
        El lugar com&uacute;n no es tan vulgar cuando explica una derrota:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;El cambio de mi lugar &mdash;dijo un d&iacute;a Ingrid&mdash; es por el sue&ntilde;o americano.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Una tarde en Champas Corrientes, un hombre llam&oacute; a Ingrid por tel&eacute;fono. Con una voz suave pero castrense inform&oacute; que el viaje a la frontera con M&eacute;xico ser&iacute;a en tres d&iacute;as. Antes de cortar, el hombre dijo que el transporte hasta Estados Unidos costar&iacute;a siete mil d&oacute;lares: Ingrid pagar&iacute;a el valor de un vuelo redondo en primera clase entre Nueva York y Par&iacute;s por una mudanza de la pobreza sin pasaporte, equipaje ni formulario de reclamos.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid repas&oacute; mentalmente sus ahorros &mdash;hab&iacute;a reunido ahorros por cinco mil d&oacute;lares&mdash; y decidi&oacute; moverse a buena velocidad. Estaba convencida del valor indudable de la paradoja: era capaz de dejar a Vanessa y Robinson para darles una mejor vida. Demostrar&iacute;a su amor sin besos a diario pero con dinero cada mes.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid corri&oacute; a su casa, removi&oacute; unas cajas y sac&oacute; de all&iacute; las escrituras de la champa donde viv&iacute;a. Meti&oacute; los papeles en su mochila para abrirlos reci&eacute;n frente al prestamista de la zona.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Don Prudencio, un favor.
    </p><p class="article-text">
        Don Prudencio era un ganadero popular en Champas Corrientes. Rondaba la mitad de los cincuenta pero parec&iacute;a tener dos mil a&ntilde;os. Ten&iacute;a una voz fina, serpentaria; cuando re&iacute;a, despacio, apenas estiraba los labios.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Se lo hago, si se puede.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid habl&oacute; del viaje y del dinero que el coyote ped&iacute;a. Ofreci&oacute; a don Prudencio las escrituras de su casa por un pr&eacute;stamo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Don Prudencio es muy servicial &mdash;dice ahora, y el tono adelanta la iron&iacute;a&mdash; siempre y cuando haiga algo que le devuelva platita.
    </p><p class="article-text">
        La mujer puso como &uacute;nica condici&oacute;n que no vendiese la casa pues iba a repagar el cr&eacute;dito. En su cabeza, Ingrid quer&iacute;a que la vivienda estuviera a mano cuando, en un tiempo indefinido, ella decidiese volver. Don Prudencio la escuch&oacute; con la desatenci&oacute;n de quien est&aacute; a punto de caer dormido, ech&oacute; un ojo a&uacute;n m&aacute;s desinteresado a los papeles y los devolvi&oacute; de una vez; dijo que no ten&iacute;a todo el dinero que precisaba.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid no insisti&oacute;, dio media vuelta y sali&oacute; hacia la casa de su hermana menor. La Rubia hab&iacute;a vivido varios a&ntilde;os en Houston y conoc&iacute;a el apremio de liarse con polleros. La Rubia escuch&oacute; a su hermana y accedi&oacute; a prestar el dinero. Cobrar&iacute;a el cinco por ciento mensual y no puso plazo de devoluci&oacute;n, pero Ingrid prometi&oacute; que pagar&iacute;a de inmediato, apenas tuviese empleo y dinero. Era una mujer de palabra y no la defraudar&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Volvi&oacute; relajada a la casa. Los coyotes que la depositar&iacute;an en la orilla de Brownsville saciar&iacute;an el colmillo.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El mediod&iacute;a del 5 de marzo de 2005, una Toyota Hilux detuvo su marcha frente a la casa de Ingrid. En la camioneta cab&iacute;an seis personas pero nada m&aacute;s viajaban una mujer embarazada de ocho meses, dos ni&ntilde;os que no eran sus hijos &mdash;todos hondure&ntilde;os&mdash;, y el conductor, un muchacho guatemalteco silencioso llamado Ronaldo. La embarazada se llamaba Rosa y los ni&ntilde;os ten&iacute;an nueve y siete a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Son&oacute; un bocinazo e Ingrid cerr&oacute; la puerta de casa tras de s&iacute; y subi&oacute; a la Hilux con una mochila y una cartera. En la mochila guardaba una muda de ropa para todo el traslado: pantal&oacute;n, camisa, tres calzones, dos corpi&ntilde;os. En la cartera iban los accesorios imprescindibles: sus papeles para cruzar a Estados Unidos, quinientos d&oacute;lares para usar en caso de emergencia, y un neceser con maquillaje.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Lo primero que ech&eacute; en la cartera fue una crema, el maquillaje y el brillo &mdash;cont&oacute; un d&iacute;a, risita de coqueta.
    </p><p class="article-text">
        La ausencia me sobresalt&oacute;:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;No llevabas fotos de tus hijos?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No.
    </p><p class="article-text">
        Vanessa y Robinson ir&iacute;an con mam&aacute; en un viaje de alto riesgo apenas sostenidos por la fragilidad de la memoria.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Supuestamente, despu&eacute;s uno no se da cuenta de que todo lo deja perdido &mdash;dijo sin un solo brillo de la vanidad que ten&iacute;a el minuto anterior.
    </p><p class="article-text">
        La camioneta vol&oacute; de Champas Corrientes hacia el norte, a Puerto Barrios, donde esperaba don Freddy Donado, el coyote mayor y responsable del grupo. El conductor detuvo el veh&iacute;culo en la calle principal de la ciudad e Ingrid corri&oacute; al banco a retirar el dinero para hacer el primer pago, pero se encontr&oacute; con las puertas cerradas. Insisti&oacute; ante el guardia &mdash;precisaba el dinero, se iba a Estados Unidos, era urgente&mdash;, pero el hombre no corri&oacute; el pasador.
    </p><p class="article-text">
        Don Freddy se acerc&oacute; con el sosiego del rejoneador que sabe al animal nervioso. Su voz era ligera pero son&oacute; indudable.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;T&uacute; tranquila, todav&iacute;a puedes sacar en alg&uacute;n banco en El Pet&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La camioneta lleg&oacute; al norte de Guatemala sobre el final de la tarde y esta vez, en El Pet&eacute;n, Ingrid encontr&oacute; un banco donde retirar los cuatro mil d&oacute;lares del primer pago. Don Freddy repiti&oacute; que sab&iacute;a que era una muchacha responsable, as&iacute; que daba por seguro que depositar&iacute;a el resto del dinero una vez que estuviera en Estados Unidos. El hombre entreg&oacute; a Ingrid una hoja con los n&uacute;meros de sus cuentas en el Banco Industrial y el Banrural de Ciudad de Guatemala. Podr&iacute;a depositarle en cualquiera, dijo.
    </p><p class="article-text">
        La camioneta reinici&oacute; la marcha y vol&oacute; por los suelos de aluviones encharcados de la planicie hasta hundirse en las fosas del bosque. Ronaldo, el conductor, mantuvo el ritmo aun cuando los neum&aacute;ticos iban de rebote en rebote por los pozos de un camino de tierra apisonada.
    </p><p class="article-text">
        Mucho tiempo atr&aacute;s, la regi&oacute;n hab&iacute;a estado en el centro de las guerras internas de Guatemala, pero para el momento del paso de Ingrid comenzaba a ver el arribo de narcotraficantes mexicanos que, repletos de billetes, compraban extensiones cada vez m&aacute;s vastas de tierras. En los territorios controlados, grandes m&aacute;quinas trazaban pistas de aterrizaje clandestinas donde la polic&iacute;a no entraba y los narcos y sus socios levantaban mansiones que convert&iacute;an al rancher&iacute;o en f&oacute;siles de otra era.
    </p><p class="article-text">
        En el tramo m&aacute;s cercano a la frontera entre Guatemala y M&eacute;xico, Ronaldo pis&oacute; el acelerador y los neum&aacute;ticos de la Hilux repiquetearon sobre la calzada pero ninguno de los pasajeros se quej&oacute; por la metralla que atac&oacute; sus ri&ntilde;ones. El miedo puede ser muy silencioso incluso en el barullo de la naturaleza. Ronaldo divis&oacute; el r&iacute;o Usumacinta, la frontera natural con M&eacute;xico y la l&iacute;nea de agua que los pondr&iacute;a del otro lado, y aceler&oacute; todav&iacute;a m&aacute;s. Parec&iacute;a cansado pero m&aacute;s parec&iacute;a apurado por llegar. La Toyota se acerc&oacute; a una curva pronunciada lanzada en velocidad y Ronaldo, sin la presteza de la ma&ntilde;ana, perdi&oacute; el control. La camioneta se fue de lado y derrap&oacute; al final del reviro, golpe&oacute; duro con las llantas contra una protecci&oacute;n y se escurri&oacute; hacia el barranco, donde &mdash;dios, Ronaldo, fortuna o distancia&mdash; se detuvo a unos pocos metros. La trompa qued&oacute; mirando al agua, igual que todos los pasajeros.
    </p><p class="article-text">
        A cent&iacute;metros del barranco, Ronaldo expuls&oacute; un globo de aire por la boca.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Nos pudo ir peor. Ac&aacute; se muri&oacute; mucha gente &mdash;dijo, y no tranquiliz&oacute; a nadie.
    </p><p class="article-text">
        A un costado del camino, un peque&ntilde;o grupo de mujeres y hombres esperaban su bus en un parador junto a un rancho. Los cuatro miraban sin decidirse a auxiliar o irse. En esa zona nunca se sabe qui&eacute;n viaja en los autos japoneses que acuchillan la selva a todo motor.
    </p><p class="article-text">
        Ronaldo se repuso, ech&oacute; reversa y volvi&oacute; a encarrilar la Hilux sobre la huella. Los dem&aacute;s segu&iacute;an clavados a los asientos, entumecidos como si fueran mudos de toda la vida. Unos minutos despu&eacute;s, el ch&oacute;fer estacion&oacute; la camioneta junto a otra Toyota. Todav&iacute;a del lado de Guatemala, Freddy Donado esperaba en ella. No salud&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Por qu&eacute; se tardaron?
    </p><p class="article-text">
        Ronaldo no respondi&oacute; para evitarse el rega&ntilde;o. Era muy nuevo, muy joven, y no quer&iacute;a perder un trabajo que rend&iacute;a. En aquel lugar la vida solo se viv&iacute;a mejor hundi&eacute;ndose en los abismos como coyotero, narco o sicario y dedicarse a lanzar a otros a un desierto criminal era menos riesgoso que el menudeo de drogas o convertirse en un hitman de pueblo chico.
    </p><p class="article-text">
        El ch&oacute;fer quit&oacute; los seguros de la Hilux y las mujeres y los dos ni&ntilde;os caminaron como perros entrenados hacia don Freddy, que inform&oacute; sobre los pasos siguientes. El cruce de la frontera estaba programado. Sin interrupciones llegar&iacute;an pronto al primer destino mexicano, Palenque. Don Freddy los acompa&ntilde;ar&iacute;a durante el trayecto. &Eacute;l, a cargo del segundo tramo, se ocupar&iacute;a tambi&eacute;n de sobornar a los guardias fronterizos mexicanos. A&uacute;n hoy, Ingrid lo llama &laquo;el negociador&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Cuando los centroamericanos entran a M&eacute;xico con visa de turista, la polic&iacute;a igual pide cuota para dejarlos en paz: saben que su destino no son las playas del pa&iacute;s sino las llanuras del otro lado.
    </p><p class="article-text">
        La migraci&oacute;n tiene temporada todo el a&ntilde;o. Como con las putas y las drogas, la red de pateros es s&oacute;lida y est&aacute; protegida por los agentes migratorios y judiciales y las polic&iacute;as municipales, que encuentran en el soborno una ventanilla donde completar el sueldo.
    </p><p class="article-text">
        En el oto&ntilde;o de 1987, una mujer laica que ayudaba a la Casa Monse&ntilde;or &Oacute;scar Arnulfo Romero, una organizaci&oacute;n que integraba la amplia red de organizaciones civiles al otro lado de la frontera, en Texas, cont&oacute; a la prensa que los polic&iacute;as de migraci&oacute;n de Matamoros se pon&iacute;an de acuerdo en la calle sobre cu&aacute;nto iban a pedir de mordida a cada indocumentado: competir por el robo estaba mal visto si hab&iacute;a lugar para que todo cuate cante y baile.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Freddy Donado subi&oacute; a las mujeres y los peque&ntilde;os a un taxi que los deposit&oacute; en la entrada de una casa de dos plantas de concreto en medio de una colonia cualquiera, de las que tienen casas bajas, pintadas en colores ma&iacute;z, verde manzana o revestidas del gris de los cementos.
    </p><p class="article-text">
        La casa era un aguantadero de bereberes centroamericanos indocumentados, pero Ingrid siempre la llam&oacute; &laquo;la pensi&oacute;n&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        La pensi&oacute;n quedaba en Palenque, al norte del estado de Chiapas y a algo m&aacute;s de dos horas de la frontera con Guatemala. All&iacute;, Ingrid y su grupo deber&iacute;an anclarse a tierra &mdash;la contradicci&oacute;n necesaria de los viajes&mdash; hasta que el coyote notificase el tiempo de la partida hacia Estados Unidos. Que el encallamiento involuntario ocurriese en Palenque ten&iacute;a bastante sentido: un palenque es ese poste firme e inamovible que se hunde en los suelos para mantener atados, muy apropiadamente, a los animales.
    </p><p class="article-text">
        La casa era, antes que nada, la ausencia de confort: nadie estaba invitado a quedarse. No hab&iacute;a mesas ni sillas ni sof&aacute;s, la iluminaci&oacute;n ven&iacute;a de un cable descolgado, crudo, del techo. El cable conclu&iacute;a en una bombilla de baja potencia sin campana. No hab&iacute;a cuadros ni decoraci&oacute;n ni tan siquiera pintura en las paredes, rayadas por el caucho de las suelas de cientos de pies an&oacute;nimos. Por no tener, la casa tampoco ten&iacute;a camas o toallas en el ba&ntilde;o, en la cocina casi no hab&iacute;a tenedores ni cuchillos y apenas un botell&oacute;n de agua habitaba el refrigerador. Por tener, s&iacute;, la casa ten&iacute;a postigos: nadie deb&iacute;a ver habitada aquella ausencia absoluta.
    </p><p class="article-text">
        El mismo d&iacute;a que Freddy dej&oacute; a Ingrid, Rosa y los ni&ntilde;os, otras trece personas llegaron al muelle seco de Palenque desde otras partes del sur.
    </p><p class="article-text">
        En aquel lugar no hab&iacute;a tiempo para abrazos o sonrisas largas. El grupo se renovaba con frecuencia de hoteler&iacute;a. Los viajeros dorm&iacute;an en los pisos, acomod&aacute;ndose sobre cartones de galletas y colchones usados. Algunos tambi&eacute;n descansaban contra la pared y a los cabezazos, como esos guardianes en vigilia permanente que se debaten entre rendirse al sue&ntilde;o o a la gravedad.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid fue afortunada. Apenas lleg&oacute;, Estela Salguero, la due&ntilde;a de la casa y cocinera de los pensionados, le ech&oacute; el ojo. Necesitaba una mano de mujer para las labores y Rosa, la compa&ntilde;era de viaje de Ingrid, ser&iacute;a una carga por el embarazo. As&iacute; que de inmediato Estela nombr&oacute; a Ingrid su ayudante de cocina. Las mujeres se entendieron pronto y fueron por v&iacute;veres a una despensa. Al regreso, Estela decidi&oacute; que Ingrid estar&iacute;a m&aacute;s c&oacute;moda en la casa de su familia, en las afueras de la ciudad, que en aquel despojo de hogar, as&iacute; que Ingrid durmi&oacute; sus ocho noches en Palenque en el sof&aacute; de su sala, con ventilador para el calor y un refrigerador lleno contra el hambre.
    </p><p class="article-text">
        A diario, Ingrid y Estela salieron de la pensi&oacute;n como dos vecinas comunes y caminaron las pocas cuadras que las separaban de la tienda. En la tienda se aprovisionaban con cuatro o cinco kilos de tortillas de ma&iacute;z y trigo, frijoles, algo de pollo y cuajada. En el trayecto pasaban cerca del precinto de polic&iacute;a de la zona y en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n se cruzaron con patrulleros. Ambas conversaban con la calma de quien ha vivido en la colonia toda la vida y cuya mayor preocupaci&oacute;n es evitar torcerse un tobillo con las ondulaciones de las aceras cuarteadas. Estela era una mujer algo mayor, de treinta y cinco, de buen car&aacute;cter y comadrona, e Ingrid se entreten&iacute;a con su charla incesante, pero la chica de Guatemala siempre tuvo claro que ella &mdash;que cobrar&iacute;a parte del dinero que ella pagaba a los polleros&mdash; era la jefa a quien deb&iacute;a obedecer.
    </p><p class="article-text">
        Una vez que los pasajeros cumpl&iacute;an con la rutina del desayuno, como a media ma&ntilde;ana llegaba el jefe de la pensi&oacute;n. Era catracho por el acento y coyote por las maneras. Cubr&iacute;a el rol de macho con claridad estereot&iacute;pica. Un portento de esos que llenan bien el hueco de una puerta, propietario de una panza prepotente y un bigote revolucionario. Vest&iacute;a siempre jeans y una camisa de lona, los dos primeros botones sueltos. Usaba botas de vaquero de piel de serpiente.
    </p><p class="article-text">
        Cada d&iacute;a, mientras barr&iacute;a o recog&iacute;a basuras de las salas, Ingrid merode&oacute; al sujeto hasta encontrar el momento para hacerle la pregunta adecuada, casi siempre de manera tangencial, eligiendo las palabras. Todo el grupo quer&iacute;a saber si esa ma&ntilde;ana ser&iacute;a su &uacute;ltima estad&iacute;a atados a Palenque.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tranquilos, hay que esperar &mdash;respond&iacute;a el grandul&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        No sonaba seco ni autoritario pero su voz era siempre determinante y su frase siempre era la misma. Ingrid dice que el tipo no era pedante, pero que corr&iacute;a la fama de que le gustaban mucho las hembritas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hay que esperar.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Dicen que todos los a&ntilde;os ciento sesenta mil migrantes atraviesan sin documentos el estrecho de Tehuantepec: todo el aforo del Camp Nou y la mitad del Bernab&eacute;u, juntos, a lo largo de doce meses. Muchos de ellos son mujeres, y no la pasan bien.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a en su albergue de Ixtepec, un poco m&aacute;s al norte de Chiapas, el sacerdote Alejandro Solalinde dijo que siete de cada diez mujeres &mdash;siete&mdash; son violadas en el tren de sus vidas. El tren se llama la Bestia y es un animal de carga que cruza del sur al norte de M&eacute;xico con mercanc&iacute;as de todo tipo. Maderas nobles, az&uacute;car, cemento, inmigrantes.
    </p><p class="article-text">
        Solalinde, un sacerdote fibroso que ayuda a los pobres de Centro y Sudam&eacute;rica a atravesar el menos pobre M&eacute;xico hacia el m&aacute;s rico Estados Unidos, dijo lo que dijo y, aunque no hay una sola estad&iacute;stica fiable que lo avale, desde entonces las cifras se hicieron carne y nadie pone en duda que siete mujeres &mdash;siete&mdash; de cada diez son sometidas en la Bestia por las bestias.
    </p><p class="article-text">
        Muchas acaban de prostitutas, otras secuestradas por los mareros o por el narco, cuyos bandoleros acechan en los tramos donde el tren se mueve lento. Las familias vuelven a saber de ellas &mdash;si eso sucede&mdash; por una voz en el tel&eacute;fono que les dice que Juana o Mar&iacute;a o Marcela est&aacute;n en su poder y que para volver a verla, por favor, mejor les colaboren con un pago.
    </p><p class="article-text">
        En la Bestia, algunas mujeres toman la iniciativa de ofrecerse a cambio de protecci&oacute;n. El hombre que se las tira pasa a ser el marido sobre ruedas, una defensa que es relativa: si se cruza la mara o el narco, el esposo de ocasi&oacute;n se har&aacute; a un lado y dejar&aacute; que a la mujer le hagan cuanto &eacute;l hizo pero con m&aacute;s brutalidad y entre varios.
    </p><p class="article-text">
        Muchas mujeres se pinchan en las caderas o en los brazos con una inyecci&oacute;n de progesterona sint&eacute;tica, la Depo Provera, para impedir que sus ovarios liberen &oacute;vulos mientras cubren el viaje del sur al norte de M&eacute;xico y por espacio de hasta tres meses. La soluci&oacute;n hace que la cubierta de la cerviz cambie de densidad y los espermatozoides del marero, del narco, del cuidador, de cualquier macho que monte a la desgraciada, mueran. La mujer &mdash;la joven, la adolescente, la ni&ntilde;a&mdash; entrar&aacute; vejada a Estados Unidos, aunque sin un feto de las bestias en el vientre. En apariencia, eso es un consuelo.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid no fue una de las mujeres Depo Provera de la Bestia. Como viaj&oacute; en auto, su vida no corri&oacute; riesgo bajo las ruedas de un tren criminal &mdash;ni sobre ellas&mdash;. Si fue una carga, fue una liviana. Nunca fue una mercanc&iacute;a, sus &oacute;rganos no tuvieron valor de cambio en ning&uacute;n mercado negro, jam&aacute;s debi&oacute; embucharse drogas para hacer de mula; su cuerpo no pas&oacute; lo que otros cuerpos.
    </p><p class="article-text">
        En su propia desgracia, Ingrid tuvo suerte.
    </p><p class="article-text">
        A veces la mierda huele bien.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Durante dos largos d&iacute;as, la camioneta del coyote vol&oacute; otra vez, ahora por las rutas que se extienden como hilos al norte.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Daba miedo lo que corr&iacute;a &mdash;dice Ingrid&mdash;. Iba con el demonio encima.
    </p><p class="article-text">
        Para calmarse, el endemoniado, un muchach&oacute;n de pelo al cuero, compacto como un colch&oacute;n, escuchaba canciones cristianas de Juan Luis Guerra.
    </p><p class="article-text">
        El nuevo tramo fue casi una continuidad del primero. Otra camioneta de doble cabina gris, el conductor treinta&ntilde;ero y parco; Rosita, la embarazada de ocho meses, los ni&ntilde;os de nueve y el otro de siete a quienes el miedo o la excitaci&oacute;n o la angustia manten&iacute;an los ojos abiertos como hornillas; Ingrid. Antes de partir, la chica de Guatemala se despidi&oacute; de Estela Salguero con un abrazo y recibi&oacute; a cambio un deseo de suerte renovado.
    </p><p class="article-text">
        En el camino, Ingrid convoc&oacute; a la suerte como una forma de la memoria y con la expresi&oacute;n del murmullo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ricardo Maduro, Aguas Santas Oca&ntilde;a Navarro. Silvia Mar&iacute;a D&iacute;az. Omoa Cort&eacute;s. Ricardo Maduro, Aguas Santas Oca&ntilde;a Navarro. Silvia Mar&iacute;a D&iacute;az. Omoa Cort&eacute;s. Ricardo&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Cuando Silvia Mar&iacute;a y sus padres le pasaron los papeles de su nueva identidad &mdash;esos papeles: un acta de nacimiento&mdash;, le dijeron que tambi&eacute;n memorizara el nombre del presidente de Honduras y de su esposa: pod&iacute;an pregunt&aacute;rselos al entrar a Estados Unidos. Como en tiempos de castillos y fosos y peste negra, ganarse la vida puede depender de saber bien unos cuantos nombres de feudos, se&ntilde;ores y se&ntilde;oronas. Para ciertas burocracias, conocer el nombre de un presidente y su esposa parece ser un modo de comprobar que alguien es de donde dice ser. Es posible que la l&oacute;gica tras el recuerdo de un presidente sea que uno se acuerda de quien lo jode.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        La camioneta entr&oacute; lentamente a San Juan de los Esteros Hermosos, la Heroica Matamoros, y escal&oacute; la ciudad hacia el extremo norte, hasta las cercan&iacute;as de la divisoria h&uacute;meda del r&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Matamoros, con Nuevo Laredo y Reynosa, son los aguantaderos oficiosos de los centroamericanos en la frontera con Estados Unidos. La Heroica est&aacute; hecha a medida de los guatemaltecos: de todas las ciudades de frontera de M&eacute;xico, es ella, en el estado de Tamaulipas, la m&aacute;s pr&oacute;xima a su pa&iacute;s y funcional a los puntos de destino de quienes se mueven hacia Miami, Houston, Nueva York, Washington y Chicago. Recorrer trayectos mayores aumenta el riesgo de ser descubiertos por los polic&iacute;as o, tal vez peor, por el narco.
    </p><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os viejos, Matamoros, la Heroica, era un raro oasis de cultivos y ganado entre las tierras yermas del norte de M&eacute;xico. El capit&aacute;n espa&ntilde;ol Alonso de Le&oacute;n encontr&oacute; en esas pampas tierra para criar animales y un r&iacute;o, el Bravo, ideal para navegar. No hizo falta m&aacute;s y desde el siglo XVII los corrales de los ranchos se extendieron hasta donde los ojos curvaban el horizonte. Las vacas pod&iacute;an pastar con su fundamental ausencia de entusiasmo a la espera de ser bifes. Cuando el mundo se acerc&oacute; a la recta de entrada al siglo XX aquel Matamoros hizo espacio para las industrias. Los latifundios siguieron con vida pero muchos campos fueron apisonados por las aplanadoras para montarles encima las cajas techadas de la maquila. Ahora nac&iacute;an caballos mec&aacute;nicos: General Motors, Ford y Chrysler se volvieron m&aacute;s ubicuos que los cuernos largos de las Texas Longhorn.
    </p><p class="article-text">
        La casa donde alojaron a Ingrid ten&iacute;a una sola ventana, muy peque&ntilde;a: apuntaba hacia Estados Unidos. Era un bloque macizo de una sola planta hecho de paredes crudas sin pintar. No ten&iacute;a refrigerador ni agua ni luz ni colchones ni cocina ni bancos o sillas ni mesa ni cobijas, ni alma. El ba&ntilde;o consist&iacute;a en una taza solitaria dentro de un cubo del tama&ntilde;o de un sumidero qu&iacute;mico callejero. Ingrid pas&oacute; un d&iacute;a entero all&iacute; con Rosita la embarazada, los ni&ntilde;os y el conductor, que hizo de custodio. No comi&oacute;: no hab&iacute;a qu&eacute;. La alguna vez muy f&eacute;rtil Matamoros, la Heroica, fue para ella una casamata. Un hueco frente al r&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La pura pared.
    </p><p class="article-text">
        Aquella noche hizo fr&iacute;o y a&uacute;n quedaba el cruce.
    </p><p class="article-text">
        La frontera representa la &uacute;ltima oportunidad de los b&aacute;rbaros para hacerse con carne fresca. Una vez, agentes de la Naval encargados de patrullar los m&aacute;rgenes del Bravo entre Matamoros y Brownsville, fueron denunciados por una chica de Honduras por violaci&oacute;n. El comandante de los patrulleros dijo que no fue tal cosa, sino &laquo;amor a primera vista&raquo;. Los coyotes se quedan con la plata y abandonan al mojado y hay polleros que entregan su carga a las bandas de delincuentes con la frontera a dos pasos. Los halcones del narco secuestran a hombres y mujeres para luego extorsionar con llamadas telef&oacute;nicas y SMS a sus familiares y amigos. La trata de mujeres y ni&ntilde;os es el nuevo esclavismo de la zona. Hay quien acaba de camello de drogas o halc&oacute;n esp&iacute;a o de mano de obra en los ranchos marihuaneros y los laboratorios de drogas sint&eacute;ticas y coca&iacute;na. Y hay quien se convierte, en s&iacute; mismo, en el laboratorio y la mesa de cirug&iacute;a, sus &oacute;rganos extirpados para la venta en el mercado negro. No hay seguridades en las fronteras sucias, tierra de rapaces y fulleros, tugurio de c&iacute;nicos.
    </p><p class="article-text">
        En aquel mundo, el r&iacute;o Bravo podr&aacute; ser una corriente suave de agua pero es, seguro, un r&iacute;o de despojos.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        A las tres de la tarde del 14 de marzo, Ingrid, Rosita y los chicos caminaron hasta la orilla del r&iacute;o, donde el conductor orden&oacute; que se ocultaran tras ramilletes de maleza. Al otro lado, en Estados Unidos, no se mov&iacute;a nada. La patrulla estar&iacute;a lejos. El r&iacute;o se mov&iacute;a con una corriente calma, oscuro y caf&eacute;. Al rato lleg&oacute; el transportista, un hombre flaco y corto. Parec&iacute;a un tipo com&uacute;n, no tra&iacute;a con &eacute;l nada que lo anunciase. El hombre indic&oacute; con un gesto que siguieran sus pasos. Las mujeres fueron adelante con los ni&ntilde;os a sus lados; el ch&oacute;fer cerr&oacute; la marcha. Ninguno de los hombres parec&iacute;a intranquilo. Cruzar una frontera ten&iacute;a la tensi&oacute;n de un viaje al supermercado.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid ser&iacute;a la primera en cruzar. Las orillas del r&iacute;o estaban cubiertas de basura, bolsas, cajas de cart&oacute;n y botellas, varas de mezquite. La corriente hab&iacute;a logrado arrastrar a la vera los restos de un huizache que se sacud&iacute;a a su ritmo, abrazado por los tallos de los lirios.
    </p><p class="article-text">
        El transportista se agach&oacute; y tir&oacute; de un cordel escondido entre las plantas y de repente, como si emergiera de la nada, al final del hilo apareci&oacute; un neum&aacute;tico enorme, la c&aacute;mara inflada de una rueda de cami&oacute;n: la balsa. El hombre indic&oacute; a Ingrid que subiera y que se aferrase con fuerza mientras &eacute;l se met&iacute;a en el r&iacute;o. Ten&iacute;a la voz cascada y para Ingrid fue el m&aacute;s imperativo de todos los polleros que conoci&oacute;. La mujer de Guatemala estaba tensa, le dol&iacute;an las manos y el cuerpo, pero obedeci&oacute;. El vadeador tom&oacute; la balsa circular por la correa y se lanz&oacute; al cauce con decisi&oacute;n. Parec&iacute;a reconocer un rastro invisible que los dem&aacute;s no intu&iacute;an. A poco de andar, el agua le lleg&oacute; casi al cuello pero no hab&iacute;a una mueca de tensi&oacute;n en su cara ni parec&iacute;a hacer esfuerzo alguno. Sab&iacute;a d&oacute;nde vadear.
    </p><p class="article-text">
        Unir el &uacute;ltimo tramo de M&eacute;xico y Estados Unidos, que a otros toma d&iacute;as en el bruto desierto que puede cobrarles la vida, apenas ocup&oacute; diez minutos de la existencia de Ingrid. La &uacute;nica gran incomodidad fue la humedad: el peso de la mujer hund&iacute;a la c&aacute;mara y el agua de la corriente le mojaba la ropa.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Quieras o no, para cruzar te mojas.
    </p><p class="article-text">
        Cuando llegaron al otro lado, el tipo le orden&oacute; secamente que se cambiara. Ingrid no pens&oacute; que el hombre estaba a unos pasos &mdash;nadie piensa en el pudor cuando huele p&oacute;lvora&mdash; y se desnud&oacute; de pies a cabeza a apenas un metro del agua. Sac&oacute; de la mochila un calz&oacute;n, un corpi&ntilde;o sin uso, la camisa rosada y el pantal&oacute;n celeste. Se puso los mismos tenis blancos que hab&iacute;a calzado durante todo el viaje. El coyote se zambull&oacute; al Bravo para hacer otra vez de taxi acu&aacute;tico. Al otro lado, junto a los lirios, la embarazada Rosita y los ni&ntilde;os esperaban sus turnos. Ingrid les ech&oacute; una mirada; ser&iacute;a la &uacute;ltima vez que los ver&iacute;a. Dio media vuelta y empez&oacute; a dejar el r&iacute;o atr&aacute;s. El pecho se le hinch&oacute;, el coraz&oacute;n se alocaba.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Ingrid vade&oacute; un poco las aguas y luego cruz&oacute; un gran campo controlando, aqu&iacute; y all&aacute;, que no aparecieran patrullas. Despu&eacute;s de unos minutos alcanz&oacute; los galpones que el coyote de la balsa le hab&iacute;a indicado. Ya se ve&iacute;an signos de urbanizaci&oacute;n. Detr&aacute;s estaban las oficinas de la migra, el Servicio de Inmigraci&oacute;n y Control de Aduanas, o, como lo conocen los gringos, el ICE.
    </p><p class="article-text">
        En las oficinas un agente era latino y hablaba espa&ntilde;ol. El otro era un gringo ancho y vest&iacute;a el mismo uniforme azul; parec&iacute;a aburrido, tal vez cansado de tipear en la computadora. Cuando Ingrid lleg&oacute; a la ventanilla, el hispano la mir&oacute; sin ning&uacute;n tipo de inter&eacute;s. Parec&iacute;a darle igual si delante de &eacute;l hab&iacute;a una persona o un tocadiscos viejo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;De d&oacute;nde vienes?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;De Honduras.
    </p><p class="article-text">
        A la mujer le llam&oacute; la atenci&oacute;n que le hablase bien el espa&ntilde;ol. El acento parec&iacute;a mexicano. Quer&iacute;a relajarse, pero estaba demasiado alerta. De inmediato escuch&oacute; otra orden.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tus papeles.
    </p><p class="article-text">
        Extendi&oacute; sus documentos y mir&oacute; al oficial a los ojos, pero el hombre gir&oacute; hacia donde estaba el gringo y empez&oacute; a dictarle frases en ingl&eacute;s. Las teclas de la computadora repicaron mientras el agente latino se volv&iacute;a hacia Ingrid con la misma voz desganada.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;N&oacute;mbrame dos ciudades de Honduras.
    </p><p class="article-text">
        Ella dud&oacute; pero sali&oacute; bien: los ejercicios de memoria.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tegucigalpa. Omoa Cort&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;El presidente?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Don Ricardo Maduro.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo se llama la esposa?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Do&ntilde;a Aguas Santas Oca&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Y ad&oacute;nde vas?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A Washington.
    </p><p class="article-text">
        El agente la mir&oacute; una vez m&aacute;s. Los nervios enraizaban a Ingrid al piso.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Como sab&iacute;a que ten&iacute;a el papel con el permiso para entrar me encomend&eacute; a dios &mdash;contar&iacute;a despu&eacute;s&mdash;. Yo de ah&iacute; iba pa&rsquo;delante, no pa&rsquo;tras.
    </p><p class="article-text">
        El oficial gringo acab&oacute; de teclear y dijo algo al latino, que entonces extendi&oacute; una decena de papeles a Ingrid. Le orden&oacute; firmarlos y, tras eso, los sell&oacute; uno por uno. Se los pas&oacute; y entonces s&iacute; hizo contacto con los ojos y mantuvo la mirada mientras con un cabezazo le indicaba hacia delante. Que siguiera.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;All&aacute;, al frente, est&aacute; la estaci&oacute;n de buses. Bienvenida.
    </p><p class="article-text">
        En el minuto siguiente, Ingrid Janeth Aquino abandonaba a Silvia Mar&iacute;a D&iacute;az. Estados Unidos ten&iacute;a el mismo sol tibio y el aire seco de la vacuna Matamoros.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Lo &uacute;nico que Ingrid conoci&oacute; de Brownsville fue la intersecci&oacute;n de E 13th Street y E Adams Street, la esquina donde est&aacute; montada la central de buses de Greyhound. Su paso subrepticio no llam&oacute; la atenci&oacute;n de nadie: Brownsville est&aacute; en el condado de Cameron, uno de los m&aacute;s pobres de Estados Unidos, pocos de quienes cruzan el r&iacute;o se quedan a vivir all&iacute; y los que lo hacen no preguntan demasiado sobre nada. En Brownsville la poblaci&oacute;n latina es omnipresente.
    </p><p class="article-text">
        La estaci&oacute;n ayudaba a esa idea con su inquietante aire de provisionalidad, como si estuviera construida para no durar. Un largo rect&aacute;ngulo de madera y cemento pintados en tonos pasteles y con un techo volado de metal, m&aacute;s parec&iacute;a un taller para distribuir ganado que un punto de reuni&oacute;n de personas en viaje. Ingrid entr&oacute; a la caseta y pag&oacute; ciento setenta y cinco d&oacute;lares. No recordaba el cansancio; nada importaba m&aacute;s que subir al cami&oacute;n y aguantar otras setenta y dos horas hasta Washington.
    </p><p class="article-text">
        El autob&uacute;s era una carcasa ensamblada con latas de sardinas. Ingrid busc&oacute; su butaca y se abraz&oacute; al bolso. Mientras aguardaba el turno en Migraciones, descubri&oacute; que ya no ten&iacute;a la mochila. En el apuro por desvestirse, vestirse y salir del r&iacute;o, hab&iacute;a dejado el morral sobre la tierra con las mudas de ropa sucia. Llevaba consigo lo b&aacute;sico, lo &uacute;nico que ten&iacute;a de s&iacute; &mdash;los d&oacute;lares y el maquillaje&mdash; y de prestado &mdash;la partida de nacimiento de su alter ego de Honduras y el visado temporal.
    </p><p class="article-text">
        En abril de 2005, Ingrid deb&iacute;a ir a la corte con esos documentos para renovar el estatus de protecci&oacute;n temporal del que gozaba Silvia Mar&iacute;a D&iacute;az, pero dejar&iacute;a pasar la fecha l&iacute;mite de presentaci&oacute;n y Silvia Mar&iacute;a se esfumar&iacute;a en el aire. Ingrid no solo desconoc&iacute;a los procedimientos para renovar el permiso y no hablaba ingl&eacute;s sino que, ante todo y as&iacute; fuese sin documentos, no ten&iacute;a ning&uacute;n inter&eacute;s en ser otra que no fuera ella misma.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Alrededor de las cinco de la tarde del 14 de marzo, el bus de Greyhound dej&oacute; el tinglado de Brownsville South rumbo a Washington. Cuando inici&oacute; el viaje en un bus de Greyhound, a Ingrid a&uacute;n le quedaba m&aacute;s de la mitad del trayecto de 5368 kil&oacute;metros que une Champas Corrientes con Washington, D. C. El tramo m&aacute;s corto &mdash;desde su casa a Matamoros&mdash; fue el m&aacute;s intenso y peligroso, casi 2200 kil&oacute;metros de lentitud y la incertidumbre de atravesar un t&uacute;nel ciego aun a plena luz del d&iacute;a. El segmento m&aacute;s extenso &mdash;de Brownsville a la capital de Estados Unidos&mdash; eliminaba el terror a las bandas de criminales pero manten&iacute;a viva la inquietud por la polic&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El bus ten&iacute;a aire acondicionado y ba&ntilde;o en la cola. Los asientos estaban distribuidos de a pares, eran c&oacute;modos y se pod&iacute;an reclinar. La mujer de Guatemala no llevaba con ella m&uacute;sica ni revistas y el veh&iacute;culo carec&iacute;a de un reproductor de pel&iacute;culas a bordo pero tampoco ten&iacute;a tiempo para ninguna distracci&oacute;n, agarrotada de nervios e impaciente. Esper&oacute; la ca&iacute;da de la noche para apoyar la cabeza en una peque&ntilde;a almohada y dejarse ir en una vigilia al otro lado del sue&ntilde;o. Empez&oacute; a dolerle el cuerpo como nunca, como si estuviera pariendo sus m&uacute;sculos.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid recuerda un viaje que dur&oacute; tres d&iacute;as, que cort&oacute; Texas por el medio &mdash;San Antonio, Austin, Waco, Dallas&mdash; antes de cruzar Arkansas, Tennessee y, finalmente, Virginia. Tres veces cambiaron de bus, pararon en veinticuatro ciudades y en varias de ellas el pasaje baj&oacute; y compr&oacute; comida, fue al ba&ntilde;o, estir&oacute; las piernas, fum&oacute; un cigarro, habl&oacute; de m&aacute;s o de menos, hizo alg&uacute;n amigo de ocasi&oacute;n. Ingrid, en cambio, nada m&aacute;s sigui&oacute; aferrada a la cartera, mir&oacute; por la ventana, sonri&oacute; por cortes&iacute;a, simul&oacute; dormir. Un solo nervio alerta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ten&iacute;a las nalgas pesadas, como si no trajera nada.
    </p><p class="article-text">
        Un salvadore&ntilde;o se ocup&oacute; de ella. Alto, blanco, de pelo ondulado, ten&iacute;a una gran maleta negra. Era su compa&ntilde;ero de asiento y le ofreci&oacute; agua, papas fritas, un s&aacute;ndwich. Ingrid rechaz&oacute; cada oferta con igual delicadeza y firmeza.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No iba al ba&ntilde;o, no com&iacute;a. Nada &mdash;dice&mdash;. En el camino se le pasa el hambre.
    </p><p class="article-text">
        Un solo nervio alerta.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El Greyhound cruz&oacute; ciudad tras ciudad entre Brownsville y la capital. Cuando lleg&oacute; a Washington, tras dejar atr&aacute;s la &uacute;ltima parada en Richmond, Virginia, el bus se zarande&oacute; con parsimonia por las calles de la capital. El destino final era la Greyhound Bus Station, una estructura levantada sobre First Street NE, a cinco minutos de los techos abovedados de la estaci&oacute;n de trenes Union Station.
    </p><p class="article-text">
        Doce d&iacute;as despu&eacute;s de la partida, los nervios ataban m&aacute;s los m&uacute;sculos de Ingrid. Eran mayores que cuando despidi&oacute; a sus hijos en un pa&iacute;s de ni&ntilde;os acostumbrados a ver a sus padres partir. Eran mayores que cuando tacone&oacute; al caballo, que cuando se subi&oacute; al auto en Champas Corrientes, que cuando el coche rebot&oacute; en una curva y el coraz&oacute;n de sus pasajeros presinti&oacute; la muerte en un vuelo al r&iacute;o. Mayores que al llegar a Matamoros, mayores que cuando el gom&oacute;n, que con el polic&iacute;a de inexpresiva cara de pan en la oficina de aduanas de Texas. Mayores que al entrar a un pa&iacute;s hinchado de gente que habla una lengua incomprensible, presa de la extra&ntilde;a impotencia de un mudo con voz. Salir fue un nervio, llegar fue otro.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid vio el cielo gris de marzo, los &aacute;rboles artr&iacute;ticos y repas&oacute; de arriba abajo la arquitectura burocr&aacute;tica de la capital de Estados Unidos, la sede de su nueva vida. Hab&iacute;a algo en la seriedad de la ciudad, en la ausencia de naturaleza bruta, que no le resultaba civilizado. El mismo d&iacute;a en que ella completaba su viaje nervioso hacia esa nueva existencia, en un acelerador de part&iacute;culas de Upton, Nueva York, dicen, el cient&iacute;fico Horatiu Nastase cre&oacute; un agujero negro mientras en las calles de Madrid retiraban la &uacute;ltima estatua de Francisco Franco. La vida, la muerte y las esperanzas van juntas aunque no pegadas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;A esto me vine?
    </p><p class="article-text">
        El autob&uacute;s dio un &uacute;ltimo tir&oacute;n, un gran giro y acomod&oacute; la trompa hacia su plataforma en la estaci&oacute;n. Ingrid sinti&oacute; las ideas &mdash;el miedo, las ganas&mdash; arremolinarse. A las cinco de la tarde, la puerta hizo fsssss.
    </p><p class="article-text">
        Un tiempo despu&eacute;s recordar&iacute;a que el marido no quer&iacute;a traerla a Estados Unidos, pero ella se quer&iacute;a ir de Guatemala.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Lo llam&eacute; desde Villahermosa reci&eacute;n, le dije que estaba en camino. &laquo;Si usted no me quiere ah&iacute;, pues entonces me voy para otro lado&raquo;, le dije. Y &eacute;l como que entendi&oacute;. &laquo;No&raquo;, me dijo, &laquo;pero c&oacute;mo te vas a ir a otro lado&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid baj&oacute; con el grupo, despacio, controlando &mdash;otra vez&mdash; el maldito nervio.
    </p><p class="article-text">
        Eduardo &Aacute;lvarez Cayetano, su pareja, el juntao, un hombre al que no ve&iacute;a desde hac&iacute;a m&aacute;s de dos a&ntilde;os y que casi no conoc&iacute;a a sus hijos, se le apareci&oacute; de frente y de repente. Ella le devolvi&oacute; la mirada y el hombre se larg&oacute; a temblar.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mi hija linda &mdash;dijo, y se ech&oacute; a llorar.
    </p><p class="article-text">
        Ingrid empezaba a confirmar que ser&iacute;a una mujer migrante s&oacute;lida. Una madre a distancia, que llora el remordimiento en el ba&ntilde;o para luego mostrar la sonrisa impecable a los ni&ntilde;os en la pantalla de Skype. Hab&iacute;a dejado a Vanessa y Robinson detr&aacute;s pero, incluso con la nostalgia en el pecho y el coraz&oacute;n roto en la mochila, ten&iacute;a fuerzas para darle cobijo a un tipo maduro.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Lo vi y se me compuso todo &mdash;dice hoy.
    </p><p class="article-text">
        Rode&oacute; a Eduardo con los brazos y lo apret&oacute; contra ella. &Eacute;l llor&oacute; m&aacute;s fuerte.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Diego Fonseca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/persecucion-americano-contada-traves-edificio_1_4545745.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Nov 2014 20:20:12 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La persecución del sueño americano contada a través de un edificio]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Inmigración]]></media:keywords>
    </item>
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