<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Isabel Cadenas Cañón]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/isabel_cadenas_canon/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Isabel Cadenas Cañón]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/512457/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA["Hablamos del aborto no como trauma, sino como una experiencia más"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/instalamos-narrativas-aborto-trauma-experiencia_128_3373534.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/05c6a606-b8ce-41b5-8176-86eb2cde1fe3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&quot;Hablamos del aborto no como trauma, sino como una experiencia más&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dahiana Belfiori forma parte de Socorristas en Red, que lleva cinco años acompañando a mujeres argentinas que interrumpen su embarazo de manera segura en el país</p><p class="subtitle">Se estima que cada año se practican alrededor de 400.000 abortos en Argentina, donde solo es legal en casos de violación o por motivos de salud</p></div><p class="article-text">
        Dahiana Belfiori es escritora&nbsp;y feminista. Y <em>socorrista</em>: desde 2012, forma parte de<a href="http://socorristasenred.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> Socorristas en Red &ndash; Feministas que abortamos,</a> una red de m&aacute;s de 40 colectivos que acompa&ntilde;an a mujeres en Argentina que quieran abortar de manera segura usando un medicamento llamado misoprostol.
    </p><p class="article-text">
        La iniciativa surgi&oacute; de la campa&ntilde;a nacional por el aborto legal, seguro y gratuito. En Argentina, el aborto sigue figurando en el C&oacute;digo Penal, y&nbsp;s&oacute;lo es legal en casos de violaci&oacute;n o por motivos de salud. En 2012, la Corte Suprema de Justicia del pa&iacute;s puntualiz&oacute; el alcance de estas causas, sobre todo la de salud, que se entiende en un sentido amplio que incluye la salud mental. 
    </p><p class="article-text">
        Cualquier mujer que acuda a un centro de salud p&uacute;blico o privado y alegue uno de estos dos motivos deber&iacute;a tener garantizado el derecho a interrumpir su embarazo. Pero esto no siempre ocurre: var&iacute;a seg&uacute;n las zonas del pa&iacute;s y seg&uacute;n la voluntad del propio personal sanitario,&nbsp;que a veces antepone sus creencias personales a la ley.
    </p><p class="article-text">
        Cuando eso falla, o cuando las mujeres deciden interrumpir sus embarazos fuera del sistema de salud oficial, est&aacute;n las socorristas: feministas formadas en la pr&aacute;ctica del aborto seguro que acompa&ntilde;an a las mujeres desde que comienzan a considerar la posibilidad de abortar, mientras lo hacen y en el proceso posterior.
    </p><p class="article-text">
        Se trata, como dice Belfiori, de un activismo &ldquo;cuerpo a cuerpo&rdquo;. Una pr&aacute;ctica con definiciones pol&iacute;ticas claras: que las mujeres puedan elegir c&oacute;mo interrumpir sus embarazos. En 2015, se public&oacute; en Argentina el libro&nbsp;<a href="https://www.facebook.com/codigorosa/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>C&oacute;digo Rosa. Relatos sobre abortos</em></a>.&nbsp;Dahiana Belfiori es su autora y ha pasado&nbsp;por Madrid para presentarlo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Socorristas en Red&nbsp;recuerda a&nbsp;Jane Collective, el grupo clandestino de feministas de Chicago que entre 1969 y 1973 ayud&oacute; a muchas mujeres a abortar de manera segura y se anunciaba en la secci&oacute;n de clasificados de los peri&oacute;dicos: &ldquo;&iquest;Embarazada?&iquest;Necesitas ayuda? Llama a Jane&rdquo;. &iquest;Cu&aacute;l es la genealog&iacute;a de la red?</strong><em>Socorristas en Red&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Cuando decidimos crear la red, fue muy importante para nosotras reconocernos en los grupos feministas que hac&iacute;an acompa&ntilde;amientos de aborto, y no solo de abortos, sino tambi&eacute;n de partos, como el MLAC (Mouvement pour la libert&eacute; de l'avortement et de la contraception), y el Socorro Rosa italiano, del que de hecho tomamos el nombre. Y, sin duda, en Jane. 
    </p><p class="article-text">
        Nos sorprenden mucho las similitudes que hay entre todas nosotras. Tambi&eacute;n el hecho de que 30&nbsp;a&ntilde;os despu&eacute;s sigamos haciendo de alguna manera lo mismo. Es una constataci&oacute;n de que los derechos de las mujeres est&aacute;n siempre en un territorio de disputa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo funciona Socorristas en Red? &iquest;C&oacute;mo se ponen en contacto con ustedes&nbsp;las mujeres que deciden abortar?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres consiguen el tel&eacute;fono en la web o a trav&eacute;s de alguna amiga a la que hayamos acompa&ntilde;ado. A veces, son los propios centros de salud los que les aconsejan que contacten con nosotras. Con la pr&aacute;ctica, tenemos informaci&oacute;n de c&oacute;mo realizar el protocolo de manera segura que, debido a la falta de formaci&oacute;n espec&iacute;fica, el propio colectivo m&eacute;dico a veces no tiene. 
    </p><p class="article-text">
        Nuestros acompa&ntilde;amientos son feministas: garantizamos un acompa&ntilde;amiento de principio a fin, cuidado, entendiendo los contextos y los niveles de autonom&iacute;a de cada mujer. Y propiciamos el paso por el sistema de salud de la manera m&aacute;s amigable posible, con m&eacute;dicos y m&eacute;dicas sensibilizadas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;En qu&eacute; consisten esos acompa&ntilde;amientos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Al tel&eacute;fono les pedimos ciertos datos b&aacute;sicos y despu&eacute;s nos encontramos con ellas en persona. En nuestro colectivo, hacemos una reuni&oacute;n conjunta con las mujeres que hayan llamado esa semana. Lo que ocurre en esas reuniones es muy importante porque se politiza la pr&aacute;ctica del aborto y se vive de otra manera. 
    </p><p class="article-text">
        En ese encuentro compartimos el protocolo sobre c&oacute;mo abortar con medicamentos. Despu&eacute;s cada mujer decide d&oacute;nde y con qui&eacute;n quiere realizar el procedimiento. Y nosotras estamos disponibles al tel&eacute;fono en cada momento para que nos contacten en cuando quieran o cuando lo necesiten. Tambi&eacute;n las apoyamos en los chequeos posteriores en los centros de salud.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo es su&nbsp;relaci&oacute;n con el sector sanitario? &iquest;Hay colectivos que apoyen la despenalizaci&oacute;n del aborto?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Para nosotras, tejer redes con ese sector es una estrategia m&aacute;s para conseguir la despenalizaci&oacute;n y la legalizaci&oacute;n del aborto. En 2015 se conform&oacute; la Red de profesionales de la salud por el derecho a decidir, profesionales sanitarios que garantizan los abortos y sensibilizan a sus colegas. 
    </p><p class="article-text">
        Esta red, a iniciativa de m&eacute;dicas de la ciudad de Rosario, consigui&oacute; que hace pocos d&iacute;as se aprobara una c&aacute;tedra de aborto en la facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario. As&iacute;, cualquier estudiante de medicina puede elegir una materia optativa sobre este tema. El aborto entra directamente en el plan de estudios de Medicina.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/88a4f4fd-df3a-4842-909f-29a634330915_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/88a4f4fd-df3a-4842-909f-29a634330915_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/88a4f4fd-df3a-4842-909f-29a634330915_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/88a4f4fd-df3a-4842-909f-29a634330915_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/88a4f4fd-df3a-4842-909f-29a634330915_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/88a4f4fd-df3a-4842-909f-29a634330915_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/88a4f4fd-df3a-4842-909f-29a634330915_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        <strong>Parece que en los diez &uacute;ltimos a&ntilde;os el aborto ha pasado de ser un tema tab&uacute; en Argentina a ser un tema de gran vigencia en el debate&nbsp;p&uacute;blico.&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        En 2005, la Campa&ntilde;a Nacional por el derecho al aborto instal&oacute; el debate por el derecho al aborto en el pa&iacute;s y desarroll&oacute; un proyecto de ley de interrupci&oacute;n voluntaria del embarazo hasta la semana 14&ordm;. Este proyecto se presenta en el Congreso cada dos a&ntilde;os, pero el Estado argentino nunca lo ha debatido all&iacute;. Es una deuda enorme de la democracia argentina con la vida y la salud de las mujeres. Pero la percepci&oacute;n social ha cambiado, s&iacute;: ahora se habla de aborto. Aun as&iacute;, sigue habiendo muchos mitos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Y una de las maneras de romper esos mitos es el libro que ha venido a presentar en Madrid: C&oacute;digo Rosa. Relatos sobre abortos. &iquest;C&oacute;mo naci&oacute; la idea de escribir&nbsp;un libro&nbsp;de ficci&oacute;n?</strong><em>C&oacute;digo Rosa. Relatos sobre abortos</em>
    </p><p class="article-text">
        Durante 2012, el colectivo La revuelta Colectiva Feminista, en Neuqu&eacute;n, tom&oacute; testimonio a las mujeres que acompa&ntilde;aron, y me propusieron hacer un libro que ficcionalizara esos testimonios. Por una parte, quer&iacute;amos mostrar la diversidad de las mujeres que abortan: mujeres con pareja, sin pareja, en situaci&oacute;n de violencia, j&oacute;venes, mayores, extranjeras, etc. 
    </p><p class="article-text">
        Por otra parte, el uso de la ficci&oacute;n es una decisi&oacute;n &eacute;tica, est&eacute;tica y pol&iacute;tica. Pensamos que a trav&eacute;s del arte se puede ejercer otro tipo de transformaci&oacute;n. Se trata de instalar otras narrativas: que la narrativa sobre el aborto no se centre en el trauma, sino que se entienda como una experiencia m&aacute;s en la vida de una mujer. Es una experiencia sin duda compleja, pero no necesariamente traum&aacute;tica ni de silencio.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Uno de los relatos del libro reflexiona sobre el silencio. Una mujer boliviana responde siempre con frases cort&iacute;simas sobre su experiencia de aborto, y eso genera una reflexi&oacute;n muy profunda sobre la relaci&oacute;n entre la escritura y el feminismo, el silencio y la voz.</strong>
    </p><p class="article-text">
        S&iacute;, una inevitablemente se siente hermana de esa mujer que claramente quiere ser entrevistada y que, en lugar de hablar, dice con el silencio. Para m&iacute;, ser feminista es, tambi&eacute;n, haber salido de un silencio. Por eso para nosotras era tan importante sacar el aborto del marco de lo oculto. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando una puede hablar sobre su experiencia, cuando puede contar con otras mujeres y con personas que le acompa&ntilde;an, el aborto no tiene esa carga moral. Es algo muy cotidiano: en Argentina hay entre 400.000 y 500.000 abortos al a&ntilde;o seg&uacute;n las cifras oficiales de Ministerio de Salud. El aborto puede ser vivido de otra manera. Por eso construimos tambi&eacute;n estos otros dispositivos.
    </p><p class="article-text">
        Y esto tiene que ver tambi&eacute;n con la pr&aacute;ctica feminista. Hay algo importante en acercarnos a la experiencia como posibilidad de contar de otra manera lo que estamos permanente argumentando las feministas: salir de la argumentaci&oacute;n y acercarnos a la experiencia real de las mujeres que est&aacute;n abortando aqu&iacute; y ahora, todos los d&iacute;as.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/instalamos-narrativas-aborto-trauma-experiencia_128_3373534.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 31 May 2017 18:47:57 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/05c6a606-b8ce-41b5-8176-86eb2cde1fe3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="4209791" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/05c6a606-b8ce-41b5-8176-86eb2cde1fe3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="4209791" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA["Hablamos del aborto no como trauma, sino como una experiencia más"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/05c6a606-b8ce-41b5-8176-86eb2cde1fe3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Aborto,Feminismo,Salud sexual,Argentina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los vecinos de la Cañada Real, en pie de guerra ante la posible demolición del 80% de las viviendas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/vecinos-canada-real-planes-comunidad_1_3674328.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b55dd2e2-9a1b-4b3b-bc6f-7929a2b154f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los vecinos de la Cañada Real, en pie de guerra ante la posible demolición del 80% de las viviendas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Según los nuevos planos realizados por técnicos de la Comunidad de Madrid, el 80% de las viviendas de la Cañada cuenta con afecciones graves que conllevan la demolición</p><p class="subtitle">"Nuestros hijos están aterrorizados. No saben si al día siguiente tendrán un techo", dicen algunos de los vecinos</p><p class="subtitle">Desde la Ley de 2011, casi no ha cambiado nada: sigue sin haber agua, asfaltado o enlaces de transporte público</p></div><p class="article-text">
        <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/Canada_Real_Galiana_0_409809224.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los vecinos de la Ca&ntilde;ada Real</a> est&aacute;n en pie de guerra. El nuevo borrador del Pacto Regional anula el esp&iacute;ritu del Acuerdo Marco Social &ndash;firmado en 2014 por Coslada, el Ayuntamiento y la comunidad de Madrid y que Rivas no suscribi&oacute;&ndash;, que pretend&iacute;a legalizar el mayor n&uacute;mero de viviendas posibles censadas antes de 2011. Tras la actualizaci&oacute;n de los planos, la mayor&iacute;a de las viviendas corre el riesgo de ser demolida. 
    </p><p class="article-text">
        Unas 300 personas se concentraron el viernes pasado ante la Asamblea de Madrid para denunciar la situaci&oacute;n de la Ca&ntilde;ada Real Galiana. Hay motivos para la inquietud. Desde 2011, el proceso de la Ca&ntilde;ada se viv&iacute;a con optimismo: la Ley 2/2011, el Acuerdo Marco de 2014 y el primer borrador de Pacto Regional coincid&iacute;an en tratar de legalizar el mayor n&uacute;mero de viviendas que reunieran las condiciones de habitabilidad e higiene. Pero la situaci&oacute;n ha cambiado. 
    </p><p class="article-text">
        En esta l&iacute;nea, se interpretaron tambi&eacute;n los nombramientos de los dos comisionados para la Ca&ntilde;ada Real: Pedro Navarrete, designado por el Ayuntamiento de Madrid; y Jos&eacute; Luis Mart&iacute;nez P&aacute;ramo, escogido por la Comunidad. Durante el pasado a&ntilde;o, los comisionados y las asociaciones de vecinos se han reunido mensualmente para hablar de los avances del proceso.
    </p><p class="article-text">
        En una de esas reuniones, salt&oacute; la voz de alarma: el representante de la Comunidad de Madrid convoc&oacute; a las asociaciones de vecinos para mostrarles los nuevos planos de afecciones confeccionados por t&eacute;cnicos de urbanismo de la regi&oacute;n. Los resultados eran demoledores: seg&uacute;n estos, un 80% de las viviendas de la Ca&ntilde;ada contaban con afecciones graves que conllevar&iacute;an la demolici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cristina Pozas Navarro, vecina del sector 5 y parte de la asociaci&oacute;n de Al-Shorok/Amanecer, explica que tanto el Ayuntamiento como la Comunidad aseguraban hasta el momento que las casas con afecciones salvables se arreglar&iacute;an, porque el derecho de las personas primaba sobre el de las viviendas. El nuevo borrador, asegura Pozas, no recoge una alternativa habitacional clara para las personas que no puedan quedarse con sus viviendas. 
    </p><h3 class="article-text">Mediciones del ruido</h3><p class="article-text">
        De las 2.700 viviendas actuales, solo se quedar&iacute;an 300. Las afecciones eran varias, pero destacaba una que los vecinos no esperaban, o al menos no en los niveles en que aparece en los planos: el ruido. Los vecinos denuncian que estos planos no se han hecho con mediciones reales, sino en base a proyecciones aproximadas.
    </p><p class="article-text">
        Por esta raz&oacute;n, han comenzado a hacer mediciones de manera independiente que, seg&uacute;n se&ntilde;alan, contradicen los resultados de los planos. Ra&uacute;l Camargo, diputado de Podemos en la Asamblea de Madrid, tambi&eacute;n considera que esas mediciones son &ldquo;exageradas&rdquo; y pide la repetici&oacute;n de las mismas. 
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, Mart&iacute;nez P&aacute;ramo -Comunidad- reconoce sentirse sorprendido con el resultado de los planos y llama a la calma. Asegura adem&aacute;s que la EMT ya ha aprobado varias l&iacute;neas de autob&uacute;s para unir la Ca&ntilde;ada y el resto de Madrid y que el asfaltado llegar&aacute; en 2017. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/78268499-30ce-4da3-8ce1-ab4d8e550ff6_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/78268499-30ce-4da3-8ce1-ab4d8e550ff6_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/78268499-30ce-4da3-8ce1-ab4d8e550ff6_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/78268499-30ce-4da3-8ce1-ab4d8e550ff6_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/78268499-30ce-4da3-8ce1-ab4d8e550ff6_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/78268499-30ce-4da3-8ce1-ab4d8e550ff6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/78268499-30ce-4da3-8ce1-ab4d8e550ff6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &Aacute;ngel Garc&iacute;a S&aacute;nchez, arquitecto, vive en la Ca&ntilde;ada desde hace 11 a&ntilde;os. Se mud&oacute; porque la familia de su mujer viv&iacute;a all&iacute;, asegura. &ldquo;No estamos por necesidad, que es lo que le sucede a la mayor parte de la gente&rdquo;, denuncia el hombre, quien tambi&eacute;n se queja de la participaci&oacute;n de los vecinos en el proceso.
    </p><p class="article-text">
        Todos los documentos referentes a la Ca&ntilde;ada hablan de la participaci&oacute;n vecinal, pero las asociaciones manifiestan que esa participaci&oacute;n, en realidad, no existe. Javier Rubio, abogado del CAES (Centro de Asesor&iacute;a y Estudios Sociales) que lleva a&ntilde;os trabajando en la Ca&ntilde;ada, denuncia que el mandato legal de intervenci&oacute;n vecinal ha desaparecido de un plumazo del borrador del acuerdo marco, rebaj&aacute;ndose al nivel de consulta. 
    </p><h3 class="article-text">Los vecinos exigen m&aacute;s informaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        Antes de verano, se pidieron aportaciones para la confecci&oacute;n del primer borrador, pero los vecinos aseguran desconocer qu&eacute; ha sido de ellas, ya que no se han integrado en este documento. Por eso, algunas de las consignas m&aacute;s escuchadas en la concentraci&oacute;n celebrada el pasado viernes mencionaba la falta de transparencia: &ldquo;Informaci&oacute;n como al principio&rdquo;, &ldquo;por qu&eacute; antes s&iacute; y ahora no&rdquo;, gritaban las decenas de asistentes. 
    </p><p class="article-text">
        Entre la multitud de la concentraci&oacute;n estaba Mar&iacute;a, quien accede a ser entrevistada pero no quiere su nombre ni, mucho menos, aparecer en fotograf&iacute;as: est&aacute; en paro y teme que si alguien la ve aparecer en esta concentraci&oacute;n sus opciones de encontrar trabajo disminuyan.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando alguien ve en tu curr&iacute;culum que vives en la Ca&ntilde;ada Real tienes muy pocas posibilidades de que te contraten&rdquo;, justifica. Al hablar con las asistentes a la concentraci&oacute;n, se entiende que manifestarse es tambi&eacute;n una manera de denunciar esa estigmatizaci&oacute;n constante que sufren quienes viven en la Ca&ntilde;ada. De ah&iacute; la insistencia en las respuestas de la mayor&iacute;a de entrevistados: somos gente normal, vivimos en casas normales, tenemos hijos que nacieron aqu&iacute;. Sus lemas y pancartas completan su mensaje: &ldquo;Nuestros hijos son de Ca&ntilde;ada&rdquo;; &ldquo;Nuestros hijos est&aacute;n aterrorizados. No saben si al d&iacute;a siguiente tendr&aacute;n un techo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Agust&iacute;n Rodr&iacute;guez, cura de la Parroquia Santo Domingo de la Calzada -situada en el sector 6, la zona de la Ca&ntilde;ada afectada por la venta de droga- entiende que los vecinos est&eacute;n &ldquo;cada vez m&aacute;s cansados&rdquo; de la estigmatizaci&oacute;n y del retraso en la llegada de alternativas. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/db6d3347-78c9-4f7c-a4db-4c56dad44992_9-16-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/db6d3347-78c9-4f7c-a4db-4c56dad44992_9-16-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/db6d3347-78c9-4f7c-a4db-4c56dad44992_9-16-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/db6d3347-78c9-4f7c-a4db-4c56dad44992_9-16-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/db6d3347-78c9-4f7c-a4db-4c56dad44992_9-16-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/db6d3347-78c9-4f7c-a4db-4c56dad44992_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/db6d3347-78c9-4f7c-a4db-4c56dad44992_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Desde la Ley de 2011, pr&aacute;cticamente no ha cambiado nada en la Ca&ntilde;ada: sigue sin haber agua, servicio de correos, asfaltado, o enlaces de transporte p&uacute;blico con el resto de Madrid, recuerda el abogado Javier Rubio.
    </p><p class="article-text">
        Rodr&iacute;guez cree que el cambio del esp&iacute;ritu del borrador se debe, ante todo, a que &ldquo;la Ca&ntilde;ada es tan compleja que desborda cualquier principio de realidad&rdquo; y que ante cada paso adelante aparecen nuevos escollos que no se hab&iacute;an previsto. Para &eacute;l, los planos han sido un ba&ntilde;o de realidad: entiende el susto, pero ahora hay que seguir trabajando en un proceso que, asegura, &ldquo;est&aacute; abocado a tener un resultado luminoso&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; ese futuro empiece a escribirse el 13 de enero: ante la presi&oacute;n de la concentraci&oacute;n, la Comisi&oacute;n ha convocado una reuni&oacute;n con representantes de las asociaciones vecinales de la Ca&ntilde;ada.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/vecinos-canada-real-planes-comunidad_1_3674328.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 Dec 2016 19:45:44 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/b55dd2e2-9a1b-4b3b-bc6f-7929a2b154f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="4041043" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/b55dd2e2-9a1b-4b3b-bc6f-7929a2b154f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="4041043" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Los vecinos de la Cañada Real, en pie de guerra ante la posible demolición del 80% de las viviendas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/b55dd2e2-9a1b-4b3b-bc6f-7929a2b154f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Cañada Real,Ayuntamiento de Madrid,Madrid,Comunidad de Madrid]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["Mientras los jóvenes africanos no hacíamos política, la política se hacía a nuestra costa"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/jovenes-africanos-haciamos-politica-costa_128_3692616.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1cffb0e0-4383-44f7-93ef-90f67c935353_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&quot;Mientras los jóvenes africanos no hacíamos política, la política se hacía a nuestra costa&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Entrevista a Smockey, cantante y fundador del movimiento ciudadano Balai Citoyen en Burkina Faso</p><p class="subtitle">El movimiento tomó las calles del país para impedir que el presidente Blaise Compaore modificara la Constitución para perpetuarse en el poder</p><p class="subtitle">"Al ver la infraestructura de Francia, y al ver todo lo que debe a África, me impresionó el desinterés de Europa hacia África"</p></div><p class="article-text">
        Es la primera vez que el cantante burkin&eacute;s Smockey canta en Espa&ntilde;a. &ldquo;La verdad es que es raro, s&iacute;&rdquo;, dice, como si se acabara de dar cuenta. Es raro porque Smockey (apodo de Serge Bambara) lleva a&ntilde;os cantando por todo el mundo. Pero es raro, sobre todo, porque &eacute;l es uno de los iniciadores del Balai Citoyen (&ldquo;la escoba ciudadana&rdquo;), el movimiento ciudadano que en 2014 tom&oacute; las calles del pa&iacute;s para impedir que el presidente Blaise Compaore, que llevaba gobernando el pa&iacute;s desde hac&iacute;a 27 a&ntilde;os, modificara la Constituci&oacute;n para perpetuarse en el poder.
    </p><p class="article-text">
        El 30 de octubre de 2014, el d&iacute;a en que Compaore present&oacute; su proyecto de refer&eacute;ndum, cientos de cibals y cibelles (acr&oacute;nimo de <em>citoyen balayeur</em>: ciudadano que barre) y otros grupos de la sociedad civil marcharon hasta el Parlamento y lo incendiaron. Hicieron lo mismo con la sede del partido de Compaore, el CDP (Congr&egrave;s pour la Democratice et le Progr&egrave;s). Compaore tuvo que huir del pa&iacute;s: lo hizo en un avi&oacute;n del Gobierno franc&eacute;s, rumbo a Costa de Marfil.
    </p><p class="article-text">
        El pa&iacute;s estuvo bajo un Gobierno de transici&oacute;n durante un a&ntilde;o, hasta las elecciones de noviembre de 2015 que estuvieron a punto de no celebrarse: el 16 de septiembre, militares del RSP (&ldquo;R&eacute;giment de S&eacute;curit&eacute; Pr&eacute;sidentielle&rdquo;, la secci&oacute;n de &eacute;lite del Ej&eacute;rcito que Compaore cre&oacute; en 1995 para su protecci&oacute;n personal) trataron de realizar un golpe de estado que la ciudadan&iacute;a par&oacute; en las calles.
    </p><p class="article-text">
        Durante esos d&iacute;as, bombardearon Abazon, el estudio de grabaci&oacute;n de Smockey. El Balai Citoyen fue clave en la preservaci&oacute;n de la democracia durante esos meses. Su campa&ntilde;a 'Apr&egrave;s ta r&eacute;volte', ton vote (tras tu revuelta, tu voto) anim&oacute; a la poblaci&oacute;n a salir a votar en las elecciones de noviembre y, ese d&iacute;a, cientos de personas&nbsp;se quedaron en los centros electorales para estar presentes durante el recuento; respond&iacute;an a otra campa&ntilde;a del Balai Citoyen: &ldquo;Je vote et je reste&rdquo; (voto y me quedo), un llamamiento a la poblaci&oacute;n para que estuviera presente en los recuentos y certificara que las elecciones hab&iacute;an sido limpias. 
    </p><p class="article-text">
        La escoba que da nombre y que sirve de s&iacute;mbolo del grupo se refiere a limpiar las instituciones de corrupci&oacute;n. Pero es tambi&eacute;n una clara referencia al padre ideol&oacute;gico del Balai Citoyen: a las limpiezas semanales de calles que organiz&oacute; Thomas Sankara, presidente del pa&iacute;s entre 1982 y 1987. 
    </p><p class="article-text">
        Durante su gobierno, Burkina Faso fue punta de lanza en temas como la ecolog&iacute;a (con su lucha contra la desertificaci&oacute;n), los derechos de las mujeres (abolici&oacute;n de la ablaci&oacute;n), y la sanidad (grandes campa&ntilde;as de vacunaci&oacute;n), pero su influencia fue clave sobre todo en la cr&iacute;tica de la dependencia de los pa&iacute;ses africanos y en las medidas que tom&oacute; para fomentar la autosuficiencia de Burkina Faso. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy, la estela de Sankara est&aacute; m&aacute;s viva que nunca, hasta el punto de que sus restos han sido exhumados para esclarecer, de una vez por todas, el secreto a gritos de que fue asesinado por su antiguo mejor amigo: Blaise Compaore. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Parece un acto de justicia: que una revoluci&oacute;n inspirada en los ideales de Sankara consiga que su cuerpo sea exhumado para conocer la verdad sobre su muerte. &iquest;En qu&eacute; estado se encuentra la investigaci&oacute;n sobre el cuerpo de Sankara? </strong>
    </p><p class="article-text">
        Hay gente que cree que su cuerpo no debe ser exhumado por razones &eacute;ticas, pero otros pensamos que hay que hacerlo para tener la conciencia en paz. Hay quienes dudan incluso de que el cuerpo que est&aacute; en esa tumba junto con doce&nbsp;m&aacute;s sea el cuerpo de Sankara y piensan que fue sacado de all&iacute;. De momento, estamos esperando los resultados de la segunda autopsia. Los resultados de la primera no fueron muy fiables, as&iacute; que se ha encargado una segunda, y estamos esperando los resultados. 
    </p><p class="article-text">
        Pero lo que nos importa, m&aacute;s all&aacute; del cuerpo de Sankara, es su legado espiritual y filos&oacute;fico. Y en ese sentido, s&iacute; que hay una nueva generaci&oacute;n de juventud burkinesa que ha tomado el relevo de su pensamiento. Porque sobre todo est&aacute;n sus huellas espirituales: sus discursos, sus v&iacute;deos, sus escritos. Y una gran parte de la juventud que no vivi&oacute; la &eacute;poca de Sankara ha sublimado su figura gracias a esas huellas. A pesar de la gran campa&ntilde;a de propaganda que se llev&oacute; a cabo para desprestigiar su figura y presentarlo como un traidor, su mensaje ha llegado hasta esta generaci&oacute;n de ahora. La juventud est&aacute; volviendo a conocer la historia de Sankara
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;C&oacute;mo ha ocurrido ese cambio?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Nosotros nunca hemos dejado de cantar a Sankara. Nunca hemos dejado de hablar de &eacute;l. Una de sus frases m&aacute;s conocidas fue &ldquo;matadme y nacer&aacute;n millones de Sankaras&rdquo;. Nosotros tuvimos la suerte de conocer la revoluci&oacute;n, yo me manifest&eacute; para pedir su liberaci&oacute;n mientras estaba en el instituto. Esa &eacute;poca nos marc&oacute; y como artistas ten&iacute;amos el deber de preservar su legado. Y eso era mucho m&aacute;s f&aacute;cil con un sistema tan claramente est&uacute;pido y represivo como el de Blaise Compaore, que ten&iacute;a en su haber m&aacute;s de un centenar de cr&iacute;menes de sangre, por no hablar de sus cr&iacute;menes econ&oacute;micos. 
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que era f&aacute;cil demostrar que Compaore hab&iacute;a sido el victimario, y no la v&iacute;ctima, como &eacute;l trataba de presentarse. Durante muchos a&ntilde;os nuestra labor fue la de predicar la verdad, y creo que funcion&oacute;. Cuando cantas una canci&oacute;n sobre Sankara, cuando dices que Compaore es culpable, ciertos j&oacute;venes ir&aacute;n a los libros a conocer su verdadera historia. Me parece que es justo que la historia regrese as&iacute;. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Qu&eacute; queda hoy de la insurrecci&oacute;n de 2014?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Una vez que Campaore dimiti&oacute; y sali&oacute; del pa&iacute;s (en un avi&oacute;n del gobierno franc&eacute;s que lo traslad&oacute; a Costa de Marfil), lo que nos toc&oacute; fue gestionar el momento postCompaore y postinsurrecci&oacute;n. No era una tarea f&aacute;cil. Se cre&oacute; un gobierno de transici&oacute;n con diputados que en teor&iacute;a representaban a todas las sensibilidades de la sociedad y es cierto que muchas personas de la sociedad civil se implicaron en ese gobierno; nosotros (el Balai Citoyen) no. 
    </p><p class="article-text">
        Como &eacute;ramos casi los &uacute;nicos que no form&aacute;bamos parte de ese gobierno, tuvimos que asumir la funci&oacute;n del contrapoder. Conseguimos que dos ministros dimitieran, que los diputados se bajaran unos sueldos que nos parec&iacute;an a todas luces indecentes (los sueldos eran de 3.000.000 CFA, unos 4.500 euros), pedimos la disoluci&oacute;n de la RSP, pero no nos hicieron caso, hasta que pas&oacute; lo que todos sab&iacute;amos que iba a pasar: el intento de golpe de Estado, en plena transici&oacute;n, solo un mes antes de las elecciones. Ah&iacute;, una vez m&aacute;s, los miembros del Balai Citoyen salimos a la calle contra los golpistas. 
    </p><p class="article-text">
        Una vez m&aacute;s, el pueblo burkin&eacute;s consigui&oacute; detener el golpe y que se celebraran las elecciones. Y ahora, por primera vez desde 1966, tenemos un gobierno completamente civil. Nos guste o no ese gobierno, no hay duda de que se ha respetado la voluntad del pueblo burkin&eacute;s. Nuestro papel, hoy, es ejercer la misma presi&oacute;n sobre el gobierno: denunciar todo lo que va mal. Hace tiempo que, cuando hacemos ruedas de prensa, algo cambia en el gobierno. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Me gustar&iacute;a que me hablara sobre su&nbsp;negativa a entrar en la pol&iacute;tica institucional.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Somos conscientes de que la pol&iacute;tica institucional es necesaria para conseguir cambios: para hacer reformas, etc. Est&aacute; claro que la presi&oacute;n por s&iacute; sola no basta. Pero para nosotros es evidente que no se puede ser juez y parte, y hemos tenido que elegir. Y nos seguimos sintiendo &uacute;tiles en ese papel de centinelas de la democracia. Pero lo que s&iacute; podemos hacer es animar a la juventud a que se implique en la pol&iacute;tica: desmitificarla. Como dec&iacute;a Sankara, si el problema es pol&iacute;tico, la soluci&oacute;n debe ser pol&iacute;tica. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Cree que veremos pronto un nuevo partido inspirado por Sankara y protagonizado por esa generaci&oacute;n de gente joven?</strong>
    </p><p class="article-text">
        No le quepa duda de que estamos haciendo todo lo posible para que as&iacute; sea. Tenemos varias iniciativas y tenemos encuentros con j&oacute;venes, no ya en la universidad, sino en los institutos. Quedan cuatro a&ntilde;os de legislatura, y estoy seguro de que ese nuevo partido se presentar&aacute; a las pr&oacute;ximas elecciones. Y que se presentar&aacute; con un programa creado de manera participativa, con propuestas y enmiendas de la sociedad civil en todas las &aacute;reas. 
    </p><p class="article-text">
        Una vez que se presente, ese partido joven tendr&aacute; que responder por ese programa y nosotros seguiremos ah&iacute;, en esta posici&oacute;n de contrapoder. Nuestra labor seguir&aacute; siendo estar ah&iacute;, controlando, canalizando ese poder para que no se desborde. Incluso en el gobierno de Sankara hubo ese desborde, pero fue porque no hab&iacute;a una fuerza externa que controlara, que propusiera, que estuviera fuera. 
    </p><p class="article-text">
        <span id="1968737_1481151563797"></span>
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <iframe id="1968737_1481151563797" width="643" height="362" src="http://widget.smartycenter.com/webservice/embed/9354/1968737/643/362/0/0/0/100/1/1" frameborder="0" allowfullscreen="true" webkitallowfullscreen="true" mozallowfullscreen="true" scrolling="no"></iframe>
    </figure><p class="article-text">
        <strong>Hablemos sobre el papel de las mujeres. Sankara fue tambi&eacute;n pionero en la lucha por la igualdad de las mujeres, pero tengo la impresi&oacute;n de que en las revueltas ciudadanas de 2014, y en el propio Balais Citoyen, hab&iacute;a muy poca presencia femenina. </strong>
    </p><p class="article-text">
        S&iacute;, es cierto. El lugar de las mujeres en la sociedad est&aacute; por reconquistar. El gobierno de Compaore destruy&oacute; todo el progreso que la revoluci&oacute;n hab&iacute;a llevado a cabo en esta materia. S&iacute; ha habido manifestaciones exclusivas de mujeres durante la insurrecci&oacute;n de 2014: el 29 de noviembre, el d&iacute;a antes de la gran insurrecci&oacute;n, hubo una manifestaci&oacute;n de mujeres que llevaban esp&aacute;tulas como signo de protesta, y por supuesto las ayudamos y las acompa&ntilde;amos.
    </p><p class="article-text">
         El gobierno no se atrevi&oacute; a prohibir aquella manifestaci&oacute;n porque eran mujeres, y la verdad es que aquel acto tuvo mucho impacto en lo que pasar&iacute;a el d&iacute;a despu&eacute;s: si las mujeres sal&iacute;an a manifestarse, quer&iacute;a decir que Compaore estaba acabado. Pero es cierto que hoy el pa&iacute;s ha retrocedido mucho en este sentido y hay que luchar para deshacer esos 27 a&ntilde;os en los que no se ha hecho nada para el avance de las mujeres en la sociedad. 
    </p><p class="article-text">
        En los or&iacute;genes de los &ldquo;clubs cibal&rdquo; (las agrupaciones del Balai Citoyen en las distintas partes del pa&iacute;s), tratamos de imponer una cuota del 50% de mujeres, pero pronto nos dimos cuenta de que iba a ser imposible. As&iacute; que ahora no tenemos cuotas, pero s&iacute; que pedimos que cada club fomente la presencia de las militantes femeninas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Hace a&ntilde;os que es amigo de Didier Awadi (el m&uacute;sico senegal&eacute;s), y las similitudes entre Y&rsquo;en a marre (movimiento que &eacute;l contribuy&oacute; a fundar), y el Balai Citoyen son enormes, como tambi&eacute;n lo son con Lucha, el movimiento ciudadano de la Rep&uacute;blica Democr&aacute;tica del Congo: la no-violencia, la lucha contra presidentes corruptos, etc. &iquest;Podemos hablar de un nuevo panafricanismo?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Exactamente. Hace tiempo que pienso que aquel <em>renacimiento africano</em> del que hablaban todos, desde Sheikh Anta Diop hasta Senghor y C&eacute;saire, es lo que est&aacute; pasando ahora. Porque ning&uacute;n renacimiento africano ser&aacute; posible sin los viejos pol&iacute;ticos. Los movimientos sociales de hoy afirman su compromiso pol&iacute;tico sin complejos, despu&eacute;s de mucho tiempo de estigmatizaci&oacute;n de la pol&iacute;tica. 
    </p><p class="article-text">
        Durante ese tiempo en que los j&oacute;venes no hac&iacute;amos pol&iacute;tica, la pol&iacute;tica se hac&iacute;a a nuestra costa. Ahora hay toda una generaci&oacute;n de j&oacute;venes que ha comprendido que nos toca a nosotros llevar a cabo esa lucha, porque si tenemos que esperar a que lleguen nuevos h&eacute;roes como Lubumba o Sankara, vamos a tener que esperar mucho. Los pa&iacute;ses africanos nunca hemos sido tan dependientes como despu&eacute;s de nuestras independencias de los a&ntilde;os 60.
    </p><p class="article-text">
         Mira lo que pasa con el franco CFA, por ejemplo: el 85% de nuestras reservas nacionales est&aacute;n en el Banco de Francia y nuestros gobiernos son incapaces de hacer nada contra ello. Y es evidente que no har&aacute;n nada por nosotros hasta que nosotros no estemos en su lugar. Y eso es lo que vamos a hacer. Ese es el renacimiento africano. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Y por qu&eacute; cree que este renacimiento se est&aacute; dando ahora?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Creo que ahora nuestros relojes se han sincronizado. Hemos tenido ejemplos: la primavera &aacute;rabe nos hizo ver que s&iacute;, que era posible destronar a un dictador que lleva cuarenta a&ntilde;os en el poder. Y despu&eacute;s est&aacute;n las nuevas tecnolog&iacute;as: gracias a internet nos comunicamos mejor y las llamadas &ldquo;artes rebeldes&rdquo; llegan a mucha m&aacute;s gente. Y ahora, tambi&eacute;n, contamos con m&aacute;s medios: puedes montarte en el coche y parar en cualquier pueblo para hablar con la gente, para decirles &ldquo;nos est&aacute;n enga&ntilde;ando&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Usted es hijo de francesa y fue a estudiar a Francia varios a&ntilde;os. &iquest;Qu&eacute; pas&oacute; all&iacute; con su&nbsp;toma de conciencia pol&iacute;tica?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Yo soy un hijo de la revoluci&oacute;n, pero es cierto que hab&iacute;a muchas cosas que no entend&iacute;a entonces. Yo era un adolescente, e ir a Francia me hizo reflexionar mucho. Al ver la infraestructura de Francia, y al ver todo lo que le debe a &Aacute;frica, me impresion&oacute; su desinter&eacute;s: el desinter&eacute;s de Europa hacia &Aacute;frica, a pesar de lo dependientes que son de nosotros. Pero tambi&eacute;n hubo cosas positivas: por ejemplo, lo importante que es para Francia su propio desarrollo, por encima de todo. 
    </p><p class="article-text">
        Si para ello tienen que aniquilar a poblaciones enteras, convertirlas en esclavas, explotarlas, saquear su materia prima, no les tiembla la mano. Tienen que creer mucho en su propio desarrollo para llegar a hacer eso. Digo que es positivo en comparaci&oacute;n con el estado de nuestros Estados.
    </p><p class="article-text">
         Tambi&eacute;n en nuestro caso se trata de voluntad pol&iacute;tica, y esa voluntad pol&iacute;tica falta. Nuestros pol&iacute;ticos se pasan las cumbres y los encuentros internacionales mendigando programas de ayuda al desarrollo, que no son m&aacute;s que falsa ayuda. &iquest;Y por qu&eacute; lo hacen? Porque han gastado el 80% del dinero de nuestros pa&iacute;ses en su propio beneficio, as&iacute; que tienen que buscar ese dinero fuera. 
    </p><p class="article-text">
        Tenemos que mirar por qu&eacute; Occidente ha llegado a ser el Occidente opulento que es hoy. E invertir la relaci&oacute;n de fuerzas. Quiz&aacute; nosotros no tengamos que llegar a esa opulencia, pero deber&iacute;amos tener un m&iacute;nimo. Y eso est&aacute; en nuestras manos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Su&nbsp;&uacute;ltimo disco se titula Pr&eacute;-volution: una mezcla de las palabras &ldquo;premonici&oacute;n&rdquo;, &ldquo;revoluci&oacute;n&rdquo; y &ldquo;evoluci&oacute;n&rdquo;. Cada uno corresponde, tambi&eacute;n a un color de la bandera de su&nbsp;pa&iacute;s: amarillo, rojo y verde. &iquest;Qu&eacute; significa cada uno de estos t&eacute;rminos en la realidad de Burkina Faso?</strong><em>Pr&eacute;-volution</em><em>:</em>
    </p><p class="article-text">
        La premonici&oacute;n, el amarillo, se refiere a prever las cosas antes de que lleguen: tratar de imaginar los problemas que van a venir antes de que lleguen. As&iacute; que, en realidad, se trata de organizarse. Cuando todo el mundo pensaba que Compaor&eacute; no iba a atreverse a modificar la Constituci&oacute;n para presentarse una vez m&aacute;s a las elecciones, nosotros previmos que s&iacute; lo iba a hacer, y por eso empezamos a organizarnos para impedirle que la modificara. Pero nos movilizamos tambi&eacute;n m&aacute;s all&aacute; para que, en caso de que consiguiera cambiarla, pudi&eacute;ramos votar para impedir que fuera presidente. 
    </p><p class="article-text">
        La revoluci&oacute;n se refiere a la acci&oacute;n en s&iacute; misma. Es lo que pas&oacute; en 2014 y la resistencia al intento de golpe de estado un a&ntilde;o despu&eacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Y la evoluci&oacute;n es, claro, la parte m&aacute;s delicada, que es la etapa en la que nos encontramos ahora: si lo hacemos mal en esta parte, es como tirar por la borda todos los esfuerzos de las fases anteriores, porque volver&iacute;amos al viejo sistema. Por eso miramos al largo plazo, y estamos preparados para largos a&ntilde;os de batalla que nos lleven al cambio definitivo. Y eso toma mucho m&aacute;s tiempo. Es la parte verde: el verde no se obtiene sin esfuerzos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/jovenes-africanos-haciamos-politica-costa_128_3692616.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 08 Dec 2016 17:57:37 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/1cffb0e0-4383-44f7-93ef-90f67c935353_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="3370321" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/1cffb0e0-4383-44f7-93ef-90f67c935353_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="3370321" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA["Mientras los jóvenes africanos no hacíamos política, la política se hacía a nuestra costa"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/1cffb0e0-4383-44f7-93ef-90f67c935353_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Movimientos sociales,África,Música]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Adolescentes sirias cogen las cámaras para contar su vida en un campo de refugiados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/jovenes-camaras-contar-refugiados-libano_1_4179727.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e72b0b07-cb0e-4936-8235-b38c6d9a1e5d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Algunas de las jóvenes sirias del campamento de Za&#039;atari que participaron en el taller de vídeo de la cineasta Laura Doggett posan con sus cámaras. | Foto cedida a eldiario.es.  "></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Rafif, Walaa, Marah, Khaldiya, Raghad, Mona y Bushra han creado siete cortos sobre su día a día en el campo de Za'atari (Jordania), estrenados en el Festival de Cine Documental de Navarra Punto de Vista</p><p class="subtitle">"No me gusta hablar de mí. Pero me gusta grabar"; "la gente tiene que saber lo que está pasando", dicen las autoras, que recibieron un taller de la cineasta Laura Doggett</p><p class="subtitle">"Vivo en el campo, soy parte de él. Cualquiera puede grabarlo, pero se pierden matices si no vive aquí", dice Khaldiya</p></div><p class="article-text">
        Cuando Laura Doggett lleg&oacute; al campo de refugiados Zaa'tari, en Jordania, hab&iacute;an pasado por all&iacute; 3.500 periodistas. Viajaba al segundo campo de refugiados m&aacute;s grande del mundo para desarrollar un proyecto de recogida de testimonios de la poblaci&oacute;n refugiada, pero hizo lo contrario: en lugar de recolectarlos desde fuera, decidi&oacute; conseguir que las propias refugiadas escogiesen c&oacute;mo quer&iacute;an contarse al mundo. 
    </p><p class="article-text">
        El primer paso era ense&ntilde;arles la t&eacute;cnica. Entonces, comenzaron los talleres. Durante tres meses, Doggett y la artista jordana Tasneem Toghoj mantuvieron encuentros semanales con un grupo de chicas de entre 14 y 18 a&ntilde;os. Las sesiones del taller comenzaron con ejercicios para romper el hielo. &ldquo;Las chicas llegaban al taller y estaban heladas, casi no se mov&iacute;an&rdquo;, cuenta Doggett. &ldquo;Lo importante era crear un espacio seguro, que supieran que pod&iacute;an sentirse en confianza. Empezamos con ejercicios de movimiento, y de ah&iacute; pasamos a trabajar la creatividad&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Son los retratos de una vida diaria en la que la c&aacute;mara representa una excepci&oacute;n en sus vidas de &ldquo;barrer, rezar, cocinar&rdquo;, como dice una de ellas. O &ldquo;acostarse, levantarse, acostarse&rdquo;, como describe otra de las j&oacute;venes. Rafif, Walaa, Marah, Khaldiya, Raghad, Mona y Bushra son conscientes del poder que tienen con una c&aacute;mara en las manos, y lo ejercen: &ldquo;No me gusta hablar de m&iacute;. Pero me gusta grabar&rdquo;, dice Bushra. &ldquo;La gente tiene que saber lo que est&aacute; pasando&rdquo;, a&ntilde;ade Walaa. 
    </p><p class="article-text">
        Los siete cortos creados por las j&oacute;venes sobre su d&iacute;a a d&iacute;a en el campo de Za'atari se han estrenado en el Festival de Cine Documental de Navarra Punto de Vista. No hay ingenuidad en las pel&iacute;culas de esas siete mujeres sirias. Algunos elementos se repiten en muchos de los cortometrajes: la c&aacute;mara hacia arriba enfoca la luna, los ni&ntilde;os que corren por las calles, las sombras proyectadas sobre las paredes y sobre todo eso: la vida observada desde una puerta, o desde una ventana, &uacute;nicos sitios donde estas mujeres pueden estar en libertad, sin necesitar la compa&ntilde;&iacute;a de otra persona.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d8a68996-ee9a-4f80-a059-7a970f3519c4_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d8a68996-ee9a-4f80-a059-7a970f3519c4_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d8a68996-ee9a-4f80-a059-7a970f3519c4_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d8a68996-ee9a-4f80-a059-7a970f3519c4_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/d8a68996-ee9a-4f80-a059-7a970f3519c4_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/d8a68996-ee9a-4f80-a059-7a970f3519c4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/d8a68996-ee9a-4f80-a059-7a970f3519c4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Khaldiya cuenta que siempre va por el campo con la c&aacute;mara, y que cuando se topa con una escena que cree que a la gente le interesar&iacute;a ver, la graba: &ldquo;Grabo en primera persona. Vivo en el campo, soy parte de &eacute;l. Lo conozco y s&eacute; c&oacute;mo es la vida aqu&iacute;, la veo de manera diferente a como la ve alguien que viene de fuera. Cualquiera puede grabar el campo, pero se pierden muchos matices cuando no se vive aqu&iacute;&rdquo;. El campo de refugiados de Za'atari se cre&oacute; en 2012, un a&ntilde;o despu&eacute;s de que estallara la guerra en Siria. Hoy es la cuarta ciudad m&aacute;s grande de Jordania: hay unos 3.000 negocios y la poblaci&oacute;n asciende a 80.000 personas.
    </p><p class="article-text">
        Hace apenas unas semanas, el filme dirigido por Khaldiya, 'Another Kind of Girl', fue seleccionado para competir en la secci&oacute;n oficial de cortos documentales del festival de Sundance. La pel&iacute;cula empieza con la autora, Khaldiya, de 17 a&ntilde;os, en el quicio de una puerta, mientras una voz le pregunta qu&eacute; hace ah&iacute; fuera, sola. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/df04ab8d-b792-4719-9b6c-940423a0d36b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/df04ab8d-b792-4719-9b6c-940423a0d36b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/df04ab8d-b792-4719-9b6c-940423a0d36b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/df04ab8d-b792-4719-9b6c-940423a0d36b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/df04ab8d-b792-4719-9b6c-940423a0d36b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/df04ab8d-b792-4719-9b6c-940423a0d36b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/df04ab8d-b792-4719-9b6c-940423a0d36b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Ella responde: simplemente mirar a la gente pasar. Es la antesala de lo que ser&aacute; su pel&iacute;cula: una meditaci&oacute;n sobre la vida en un lugar que a&uacute;n no comprende, pero que se niega a reducir a su parte negativa. Cuando la voz en off valora la capacidad de sus hermanos de jugar con las manos. &ldquo;Antes necesitaban juguetes para divertirse, pero vivir en el campo los ha cambiado completamente&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Su pr&oacute;xima pel&iacute;cula pondr&aacute; su foco en los ancianos del campo. &ldquo;Esta no es la primera guerra que han vivido. Cuando la gente viene al campo, se centra en los ni&ntilde;os y en c&oacute;mo la guerra les ha afectado, pero nadie se para a pensar en las personas ancianas, que han vivido m&aacute;s guerras. Quiero hablar de c&oacute;mo es su vida en el campo, y de c&oacute;mo son sus historias. Quiero saber en qu&eacute; se diferencia cada guerra para ellas, y c&oacute;mo su vida cambi&oacute; con cada una de ellas&rdquo;, describe la joven.
    </p><h3 class="article-text">El enfado del &eacute;xodo sirio</h3><p class="article-text">
        La cineasta encargada del proyecto, Laura Doggett, cuenta cu&aacute;l era su principal objetivo en los talleres: que las j&oacute;venes definiesen aquello que quer&iacute;a comunicar con sus pel&iacute;culas. &ldquo;Ellas respond&iacute;an que buscaban mostrar valent&iacute;a y creatividad. Todas, menos Raghad. Lo que Raghad quer&iacute;a transmitir es su enfado. &rdquo;Lo que quiero que se sepa es que estoy enfadada y triste, y que estamos viviendo una situaci&oacute;n igual de triste&ldquo;, admite en conversaci&oacute;n con eldiario.es desde Irbid, donde vive desde 2013. Dice que el taller cambi&oacute; su vida. Aunque lo que m&aacute;s la transform&oacute; es aquello que la llena de rabia: irse de su pa&iacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Se lo dijo a Dogget el primer d&iacute;a del taller: que estaba enfadada, y que estaban perdiendo el tiempo con ella, que no entend&iacute;a por qu&eacute; ten&iacute;a que hacer ese curso. Pero que al d&iacute;a siguiente, Raghad sali&oacute; a la calle con la c&aacute;mara y film&oacute;. Dirigi&oacute; a toda su familia e incluso a algunos vendedores de los puestos del mercado. Su corto, 'The Barriers of Parting', es el m&aacute;s arriesgado. Una de las primeras escenas muestra a tres ni&ntilde;os tap&aacute;ndose, respectivamente, los ojos, la boca y los o&iacute;dos. &ldquo;No puedo expresar lo que est&aacute; dentro de m&iacute; a la gente, as&iacute; que lo explico con estos gestos&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c29e0bb9-1be8-437b-8d2e-fe29960526cc_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c29e0bb9-1be8-437b-8d2e-fe29960526cc_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c29e0bb9-1be8-437b-8d2e-fe29960526cc_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c29e0bb9-1be8-437b-8d2e-fe29960526cc_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c29e0bb9-1be8-437b-8d2e-fe29960526cc_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c29e0bb9-1be8-437b-8d2e-fe29960526cc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/c29e0bb9-1be8-437b-8d2e-fe29960526cc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Sabe que es su responsabilidad cambiar el imaginario colectivo sobre el campo donde residi&oacute;. &ldquo;Quiero ense&ntilde;ar las presiones que vivimos en un campo de refugiados, y c&oacute;mo nos afectan. Quiero que la gente comprenda lo que estamos pasando y que sepan c&oacute;mo ayudarnos a cambiar la situaci&oacute;n&rdquo;, dice al otro lado del tel&eacute;fono. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Las personas refugiadas no pueden ayudar a las personas refugiadas, necesitamos la ayuda del mundo exterior: puede ser con dinero, pero tambi&eacute;n haci&eacute;ndonos saber que hay gente ah&iacute; fuera que nos escucha&rdquo;, sostiene.
    </p><p class="article-text">
        Antes de hablar con eldiario.es, Raghad se ha levantado, ha limpiado la casa, ha cuidado a sus hermanos peque&ntilde;os y a su t&iacute;a, que vive sobre una silla de ruedas. Mientras lo hac&iacute;a, ha tenido tiempo de filmar una escena: su t&iacute;a inm&oacute;vil, en medio del sal&oacute;n, y el contraste con los ni&ntilde;os corriendo a su alrededor. &ldquo;Es la escena que m&aacute;s me gusta de lo que he filmado hoy. Filmo todos los d&iacute;as&rdquo;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/jovenes-camaras-contar-refugiados-libano_1_4179727.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Feb 2016 19:15:07 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/e72b0b07-cb0e-4936-8235-b38c6d9a1e5d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="720274" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/e72b0b07-cb0e-4936-8235-b38c6d9a1e5d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="720274" width="880" height="495"/>
      <media:title><![CDATA[Adolescentes sirias cogen las cámaras para contar su vida en un campo de refugiados]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/e72b0b07-cb0e-4936-8235-b38c6d9a1e5d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495"/>
      <media:keywords><![CDATA[Refugiados,Líbano,Cine,Siria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Así es la vida en Holot, el centro de detención de refugiados de Israel]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/holot-centro-detencion-extranjeros-israel_1_4227224.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1b4a0b0d-7522-4a02-9d84-83354fda439b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Así es la vida en Holot, el centro de detención de refugiados de Israel"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El centro de detención está en medio del desierto, aislado del resto de Israel, y los refugiados tienen prohibido trabajar y estudiar hebreo</p><p class="subtitle">Cada vez más refugiados están firmando deportaciones voluntarias a países donde sus derechos no están garantizados: tres de ellos fueron decapitados por ISIS el año pasado</p></div><p class="article-text">
        Holot emerge descomunal entre la arena: barracones y barracones de colores rodeados por un per&iacute;metro de vallas con alambres de p&uacute;as. El gobierno israel&iacute; lo llama &ldquo;centro de detenci&oacute;n abierto&rdquo; para dejar claro que no se trata de una prisi&oacute;n: exceptuando las noches y un recuento diario, quienes est&aacute;n detenidos all&iacute; pueden salir cuando quieran, aseguran. 
    </p><p class="article-text">
        Solo que Holot est&aacute; en medio del desierto del N&eacute;guev, casi en la frontera con Egipto. Solo que la ciudad m&aacute;s cercana, Be&rsquo;er Sheva, est&aacute; a una hora en coche y la &uacute;nica l&iacute;nea de autobuses que une los dos lugares tiene poqu&iacute;sima frecuencia. Solo que los guardas que se encargan de custodiarla pertenecen al Shabas, el sistema penitenciario israel&iacute;. Y solo que, si alguien falta al recuento diario o se salta alguna de las normas, es transferido de inmediato al edificio de enfrente: la prisi&oacute;n de Saharonim. 
    </p><p class="article-text">
        En Holot se espera. &ldquo;Aqu&iacute; duermes, caminas, caminas m&aacute;s, te cansas de dormir&rdquo;, dice Ali, que lleg&oacute; huyendo del genocidio en Darfur a principios de 2012 y que lleva en Holot desde octubre. &ldquo;Es lo &uacute;nico que hacemos, esperar&rdquo;. A finales de diciembre, el centro se llen&oacute; por primera vez: desde entonces est&aacute;n detenidos all&iacute; 3.360 eritreos y sudaneses. Duermen en literas, diez personas por barrac&oacute;n, un solo ba&ntilde;o. El gobierno les da 480 s&eacute;queles por mes (100 euros), pero les impide trabajar. Seg&uacute;n la&nbsp;<a href="http://www.eldiario.es/desalambre/Refugiados-sudaneses-eritreos-parias-Israel_0_473853447.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;Ley para la prevenci&oacute;n de la infiltraci&oacute;n&rdquo;</a>, deber&aacute;n pasar all&iacute; 12 meses. Pero esa ley puede cambiar en cualquier momento: el Tribunal Supremo ya la ha considerado desproporcionada e inconstitucional dos veces y Netanyahu se las ha ingeniado para pasar nuevas enmiendas que mantengan a sudaneses y eritreos retenidos el mayor tiempo posible.
    </p><p class="article-text">
         As&iacute; que lo que esperan tiene poco que ver con el pa&iacute;s en el que est&aacute;n. &ldquo;La &uacute;nica esperanza para nosotros en Israel es que nuestros gobiernos cambien y podamos volver a nuestros pa&iacute;ses&rdquo;, sentencia. Es raro escuchar estas palabras en boca de Ali: &eacute;l es uno de los m&aacute;s activos en la comunidad y lleva a&ntilde;os colaborando con ONG en Israel. 
    </p><p class="article-text">
        Hoy, por ejemplo: un autob&uacute;s de Amnist&iacute;a Internacional llega al centro y Ali sale a recibirlos. No lo han tenido f&aacute;cil para llegar hasta Holot. Unos d&iacute;as antes, un grupo anti-inmigraci&oacute;n public&oacute; en Facebook los nombres de las y los activistas que iban a ir al centro y tambi&eacute;n la hora a la que hab&iacute;an quedado, y d&oacute;nde. Iban a ir a intimidarlos. 
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute; lo hacen: al lado del autob&uacute;s, en el parque Levinsky, en el barrio de South Tel Aviv, varias personas con camisetas negras esperan a los y las activistas. Apenas gritan, apenas les hablan, sobre todo les miran y les sacan fotos para demostrar su presencia, para demostrar que &eacute;ste es su barrio. Sus camisetas dicen &ldquo;Frente para la liberaci&oacute;n de South Tel Aviv&rdquo;, en ir&oacute;nica referencia al Frente popular para la liberaci&oacute;n de Palestina. South Tel Aviv, el &aacute;rea alrededor de la estaci&oacute;n central de autobuses, es la zona de Israel donde m&aacute;s refugiados viven. Algunos vecinos se quejan de que las tasas de criminalidad han subido desde entonces y dicen que no se sienten seguros en sus barrios. 
    </p><p class="article-text">
        Las voluntarias y los voluntarios vienen a ayudar a los refugiados a rellenar sus formularios de petici&oacute;n de asilo, los RSD (Refugee Status Determination forms). Durante varios a&ntilde;os, el gobierno israel&iacute; no contempl&oacute; la posibilidad de que los refugiados rellenaran peticiones de asilo individuales, alegando que ya les otorgaba el estatus de &ldquo;protecci&oacute;n grupal&rdquo;, pero muchas organizaciones de derechos humanos se quejaron: si no hay peticiones individuales, tampoco existe la posibilidad de que el gobierno reconozca estatus de refugiado a alguno de ellos.
    </p><p class="article-text">
        A finales de 2013, el gobierno empez&oacute; a admitir formularios individuales, pero, como no lo anunci&oacute;, la mayor&iacute;a de los refugiados sigue sin saberlo. Y adem&aacute;s los formularios son largos y complejos y solo se pueden rellenar en ingl&eacute;s, un idioma que muchos de ellos desconocen. Por eso hay que organizarse. Ali llama a algunos compa&ntilde;eros y se van formando tr&iacute;os: un voluntario o voluntaria de Amnist&iacute;a Internacional, un refugiado que quiere completar su formulario y otro que habla ingl&eacute;s o hebreo y que ejerce de traductor. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/166a8660-ad17-425f-aa50-e8ad076c94ae_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/166a8660-ad17-425f-aa50-e8ad076c94ae_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/166a8660-ad17-425f-aa50-e8ad076c94ae_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/166a8660-ad17-425f-aa50-e8ad076c94ae_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/166a8660-ad17-425f-aa50-e8ad076c94ae_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/166a8660-ad17-425f-aa50-e8ad076c94ae_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/166a8660-ad17-425f-aa50-e8ad076c94ae_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">La vida diaria en Holot</h3><p class="article-text">
        Los visitantes no pueden entrar en el centro de detenci&oacute;n, as&iacute; que todo transcurre fuera, en una especie de mercado al aire libre que los refugiados han montado y donde pasan el tiempo que les queda en Holot. Hay sillas y mesas y diferentes puestos &mdash;de comida, de bebida y de juegos&mdash;. El mercado va cambiando de una semana a otra; con la llegada del fr&iacute;o, a las casetas hechas con lonas de camiones se les incorporan toldos y la mayor&iacute;a de las sillas que antes estaban fuera ahora est&aacute;n dentro de esas construcciones precarias, al abrigo del viento del desierto.
    </p><p class="article-text">
        El exterior del campo cambia, pero la vida es siempre la misma: por la ma&ntilde;ana, algunos de los refugiados viajan hasta Be&rsquo;er Sheva en autob&uacute;s y compran alimentos que despu&eacute;s cocinan y venden a sus compa&ntilde;eros: pollo a la brasa, aseeda -la crema de ma&iacute;z sudanesa- o taita, el pan eritreo. Otros juegan al billar, o al domin&oacute;, otros apuestan. Otros toman cerveza o fuman narguile. Es como una inmensa sala de espera al aire libre. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Y sobre todo caminan. Por la carretera que bordea Holot apenas pasan coches, as&iacute; que los refugiados hacen idas y vueltas, en parejas o en peque&ntilde;os grupos. Russom Kidane va solo. Lleg&oacute; hace diez d&iacute;as, es uno de los nuevos. Pas&oacute; un a&ntilde;o secuestrado en el Sina&iacute; y lleg&oacute; a Israel en 2011. Cuando se cur&oacute; de las secuelas que le dej&oacute; la tortura a la que le sometieron sus captores mientras su familia consegu&iacute;a reunir los 20.000 d&oacute;lares que ped&iacute;an para liberarlo, encontr&oacute; trabajo en un restaurante de Modi&rsquo;&iacute;n, en el centro del pa&iacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        A pesar de que el Estado israel&iacute; no les otorga permisos de trabajo, muchos de los refugiados eritreos y sudaneses sobreviven gracias a la hosteler&iacute;a y a la construcci&oacute;n. Estos puestos estaban antes en manos de palestinos venidos de Gaza y de Cisjordania, pero con la segunda intifada las cosas cambiaron. Ahora el Estado importa trabajadores extranjeros &mdash;principalmente de Ruman&iacute;a, de Filipinas y de Tailandia&mdash; para cumplir esas tareas. 
    </p><p class="article-text">
        Hay unas 120 empresas de trabajo temporal que se encargan de traerlos al pa&iacute;s por un tiempo determinado y asegurarse de que se van una vez vencidos sus visados. Hay quienes se preguntan por qu&eacute;, en lugar de importar trabajadores de otros pa&iacute;ses, no se permite trabajar a los eritreos y sudaneses que ya est&aacute;n en Israel. Y hay quienes aseguran que el gobierno no quiere darles permisos de trabajo precisamente por la presi&oacute;n que ejercen estas empresas de trabajo temporal, que funcionan como verdaderos lobbys &mdash;y que cobran 1.000 d&oacute;lares por cada trabajador que importan&mdash;. 
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;&iquest;He robado, he matado a alguien?&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Pero lo cierto es que en la actualidad el sector hostelero israel&iacute; no ser&iacute;a capaz de sobrevivir sin la mano de obra &mdash;precaria, barata y sin derechos&mdash; de los refugiados. Hace dos a&ntilde;os, organizaron una huelga general de tres d&iacute;as y muchos establecimientos tuvieron que cerrar por falta de personal. La huelga, organizada por los propios sudaneses y eritreos, dio visibilidad a su situaci&oacute;n en el pa&iacute;s y consigui&oacute; cambiar una parte de la opini&oacute;n p&uacute;blica: los organizadores hablaban ante los medios de comunicaci&oacute;n en perfecto hebreo y ped&iacute;an lago tan simple <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/Israel-frustrado-Eldorado-subsaharianos_0_216628905.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">como derechos b&aacute;sicos</a>. 
    </p><p class="article-text">
        En la manifestaci&oacute;n final, en la plaza Rabin, se juntaron 25.000 personas: la mitad de todos los refugiados del pa&iacute;s. Unos d&iacute;as antes, otros refugiados retenidos en Holot hab&iacute;an realizado un gran acto de desobediencia civil: 150 de ellos salieron del centro y simplemente siguieron andando, camino a Jerusal&eacute;n, por esta misma carretera en la que ahora est&aacute; Russom. Se llam&oacute; &ldquo;la marcha de la libertad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero aquellos tiempos no son estos y en las palabras de Russom se oye sobre todo rabia. No entiende por qu&eacute; est&aacute; detenido, y por supuesto que ninguna autoridad israel&iacute; se lo ha explicado, a pesar de que &eacute;l lo ha preguntado varias veces: &ldquo;&iquest;He robado, he matado a alguien? Yo s&eacute; que soy joven y que a&uacute;n tengo tiempo, pero no comprendo por qu&eacute; quieren matar el tiempo que tengo. &iquest;Qu&eacute; delito he cometido?&rdquo;. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/126bc937-3ebf-4df9-acf8-26ec113fbdff_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/126bc937-3ebf-4df9-acf8-26ec113fbdff_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/126bc937-3ebf-4df9-acf8-26ec113fbdff_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/126bc937-3ebf-4df9-acf8-26ec113fbdff_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/126bc937-3ebf-4df9-acf8-26ec113fbdff_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/126bc937-3ebf-4df9-acf8-26ec113fbdff_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/126bc937-3ebf-4df9-acf8-26ec113fbdff_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
         Estudi&oacute; biolog&iacute;a en Eritrea, pero no le gusta hablar de gen&eacute;tica: &ldquo;Este es el pa&iacute;s de los jud&iacute;os&rdquo; -dice en hebreo- &ldquo;pero yo no lo entiendo. Si nos pusi&eacute;ramos a hablar de gen&eacute;tica, &iquest;cu&aacute;nta gente quedar&iacute;a en el mundo?&rdquo;. Russom llevaba un a&ntilde;o trabajando en Modi&rsquo;&iacute;n y tard&oacute; un mes en poder viajar a Tel Aviv para renovar su visado: entonces lo mandaron a la prisi&oacute;n de Saharonim. Estuvo all&iacute; 45 d&iacute;as. De all&iacute; lo transfirieron a Holot. Le quedan once meses y veinti&uacute;n d&iacute;as de detenci&oacute;n. &ldquo;Este es un pa&iacute;s insolidario&rdquo;, dice, pero despu&eacute;s se le nublan los ojos al hablar de su jefe y de sus amigos israel&iacute;es en Modi&rsquo;&igrave;n: &ldquo;all&iacute; todo el mundo me quer&iacute;a&rdquo;. 
    </p><h3 class="article-text">Minar la esperanza de los refugiados</h3><p class="article-text">
        Una ma&ntilde;ana de diciembre, un grupo de personas recorre el campamento. Algunos son polic&iacute;as, el resto viste con colores oscuros: es una delegaci&oacute;n gubernamental, los acompa&ntilde;a el director del centro. Caminan como si los hombres que est&aacute;n all&iacute; no existieran, como si esa tierra les perteneciera. Miran con desd&eacute;n. No responden a preguntas. Ali dice que no hace falta, que ellos ya saben a qu&eacute; vienen: han destruido el campamento dos veces, y ahora planean la tercera. 
    </p><p class="article-text">
        Las dos veces anteriores, los polic&iacute;as llegaron con una orden y les obligaron a desmantelarlo en una semana. Al cabo de ese tiempo, lo destruyeron con excavadoras. Dos semanas despu&eacute;s, la informaci&oacute;n de Ali se confirma: el consejo regional de Ramat Hanegev, donde se encuentra Holot, expide &oacute;rdenes de demolici&oacute;n del &ldquo;complejo de restaurantes&rdquo; situado fuera del centro. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0adc316c-5c5b-4898-88bf-5710af5bad06_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0adc316c-5c5b-4898-88bf-5710af5bad06_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0adc316c-5c5b-4898-88bf-5710af5bad06_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0adc316c-5c5b-4898-88bf-5710af5bad06_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/0adc316c-5c5b-4898-88bf-5710af5bad06_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/0adc316c-5c5b-4898-88bf-5710af5bad06_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/0adc316c-5c5b-4898-88bf-5710af5bad06_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Los refugiados volver&aacute;n a levantar el campamento, y las autoridades volver&aacute;n a demolerlo. Ese es el objetivo de Holot y de la pol&iacute;tica hacia los refugiados en general: minar la esperanza de estos hombres, romper los lazos que hayan podido desarrollar con el pa&iacute;s. Por eso, por ejemplo, en el centro est&aacute; prohibido dar clases de hebreo, o introducir manuales para aprender el idioma: todo lo que sea posible para que sudaneses y eritreos no se enra&iacute;cen en una tierra que no es la suya. Aun as&iacute;, el hebreo es, ya, uno de los idiomas de comunicaci&oacute;n entre sudaneses y eritreos. 
    </p><h3 class="article-text">Deportaciones &ldquo;voluntarias&rdquo; sin garant&iacute;as</h3><p class="article-text">
        Cuando los liberan de Holot, tienen prohibido instalarse en Tel Aviv o en Eilat &mdash;las ciudades con m&aacute;s oferta laboral del pa&iacute;s&mdash;. Por eso, y porque la desesperanza apremia, cada vez m&aacute;s refugiados est&aacute;n aceptando la &uacute;nica alternativa que les ofrece el gobierno israel&iacute;: la de aceptar 3.500 d&oacute;lares y deportarse, de manera voluntaria, a sus propios pa&iacute;ses -donde se enfrentan a penas de c&aacute;rcel e incluso a la posibilidad de ser asesinados- o a un &ldquo;tercer pa&iacute;s&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Aunque el gobierno israel&iacute; no ha dicho cu&aacute;les son esos pa&iacute;ses, se sabe, por testimonios de <a href="http://hotline.org.il/en/deported-to-the-unknown-a-new-report-from-the-hotline/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aquellos refugiados que han aceptado marcharse</a>, que se trata de Uganda y Ruanda, y que una vez que llegan all&iacute;, sus derechos siguen sin estar garantizados: el a&ntilde;o pasado, ISIS ejecut&oacute; en Libia a tres refugiados que <a href="http://972mag.com/isis-executes-three-asylum-seekers-previously-deported-by-israel/105758/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">hab&iacute;an aceptado marcharse a uno de esos terceros pa&iacute;ses</a>. 
    </p><p class="article-text">
        Se sabe tambi&eacute;n que el Ministerio del Interior cada vez presiona m&aacute;s a los refugiados para que firmen declaraciones de deportaci&oacute;n voluntarias: ya se han marchado del pa&iacute;s unas 10.000 personas. Es posible que a Russom no le quede m&aacute;s remedio que hacerlo tambi&eacute;n. Lo confirma su miedo: &ldquo;antes s&oacute;lo ten&iacute;a miedo de dios. Ahora tengo miedo del gobierno israel&iacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras, 10.571 formularios de <a href="/content/edit/%5Bhttp:/www.haaretz.com/israel-news/1.696646" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">petici&oacute;n de asilo</a> seguir&aacute;n esperando una respuesta que ser&aacute;, con toda probabilidad, negativa. 
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f00dc94d-13da-472f-aff2-530eb3b7ca71_9-16-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f00dc94d-13da-472f-aff2-530eb3b7ca71_9-16-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f00dc94d-13da-472f-aff2-530eb3b7ca71_9-16-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f00dc94d-13da-472f-aff2-530eb3b7ca71_9-16-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/f00dc94d-13da-472f-aff2-530eb3b7ca71_9-16-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/f00dc94d-13da-472f-aff2-530eb3b7ca71_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/f00dc94d-13da-472f-aff2-530eb3b7ca71_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/holot-centro-detencion-extranjeros-israel_1_4227224.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Jan 2016 17:56:35 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/1b4a0b0d-7522-4a02-9d84-83354fda439b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="350338" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/1b4a0b0d-7522-4a02-9d84-83354fda439b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="350338" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Así es la vida en Holot, el centro de detención de refugiados de Israel]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/1b4a0b0d-7522-4a02-9d84-83354fda439b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Israel,Refugiados]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Refugiados sudaneses y eritreos: los otros parias de Israel]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/refugiados-sudaneses-eritreos-parias-israel_1_4238294.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Russom Kidane, de Eritrea, estuvo un año secuestrado en un campo de tortura en el Sinaí. | Foto: Isabel Cadenas Cañón."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Israel se ha blindado, con vallas y con leyes, para reducir el número de refugiados sudaneses y eritreos que comenzaron a llegar a la región a partir de 2005</p><p class="subtitle">En 2010 entraron en el país 14.715 refugiados; en 2011, 17.298. Cuando las autoridades terminaron de construir una valla con Egipto, en 2013, solo consiguieron entrar 36</p><p class="subtitle">Cuando las cifras de demandantes de asilo empezaron a crecer, Israel endureció leyes y la retórica cambió: en el discurso público pasaron de ser refugiados a "infiltrados"</p></div><p class="article-text">
        Hay pocas cosas que definan a Israel mejor que las fronteras. En su guerra por conseguir cada vez m&aacute;s territorio, las fronteras se vuelven armas privilegiadas: movi&eacute;ndolas se avanza, cre&aacute;ndolas se asedia y, blind&aacute;ndolas, se garantiza que el territorio ganado no se vuelva a perder. Su fortificaci&oacute;n m&aacute;s famosa es el muro que Ariel Sharon mand&oacute; construir alrededor de Cisjordania en plena segunda intifada, ese monstruo de hormig&oacute;n que invade, en muchos de sus trayectos, el territorio palestino. Pero hay m&aacute;s muros, m&aacute;s verjas, m&aacute;s alambradas: hoy en d&iacute;a, casi la totalidad de las fronteras del pa&iacute;s est&aacute;n cercadas y el plan de Benjam&iacute;n Netanyahu es fortificar los tramos que a&uacute;n no lo est&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Todo lo justifica la seguridad nacional. Adem&aacute;s del muro de Cisjordania, al este del pa&iacute;s, una valla sella el norte en los territorios ocupados de los Altos del Gol&aacute;n. En el sur, la barrera que divide el pa&iacute;s de Egipto es una construcci&oacute;n fara&oacute;nica de 230 kil&oacute;metros de largo y 5 metros de alto &ndash;el doble del muro de Cisjordania&ndash; con alambres de p&uacute;as, c&aacute;maras, sensores y radares. Lo &uacute;ltimo en tecnolog&iacute;a. Por eso Israel est&aacute; camino de hacer de las fronteras no solo un arma, sino tambi&eacute;n una mercanc&iacute;a: con la llegada de numerosas personas refugiadas de Siria, varios pa&iacute;ses europeos han visitado la zona y varias empresas israel&iacute;es aseguran que Hungr&iacute;a y Polonia ya les han consultado sobre la posibilidad de importar un modelo de vallado id&eacute;ntico al que sella el sur del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Esa valla del sur es especial por su tecnolog&iacute;a, pero tambi&eacute;n por lo que trata de contener: el proyecto se inici&oacute; en 2011, en medio de la revoluci&oacute;n de Egipto, para evitar ataques como los que ocurrieron en agosto de aquel a&ntilde;o, en los que varios palestinos de los Comit&eacute;s de resistencia popular mataron a ocho israel&iacute;es. Pero pronto su objetivo vir&oacute;: la valla servir&iacute;a, ante todo, para detener el flujo de personas africanas que, desde finales de los 2000, trataban de entrar al pa&iacute;s en busca de asilo. La mayor&iacute;a ven&iacute;an de Eritrea y de Sud&aacute;n. La mayor&iacute;a eran hombres. La mayor&iacute;a eran refugiados: <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/Eritrea-Corea-Norte-africana_0_193531323.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">los eritreos hu&iacute;an de un estado policial conocido como &ldquo;la Corea del Norte africana&rdquo;</a>; los sudaneses ven&iacute;an, principalmente, de Darfur.
    </p><p class="article-text">
        La valla cumpli&oacute; su prop&oacute;sito: en 2010 entraron en el pa&iacute;s 14.715 refugiados; en 2011, 17.298; en 2012, 10.440. Cuando la valla termin&oacute; de construirse, en 2013, solo consiguieron entrar 36. Pero eso no solucion&oacute; la situaci&oacute;n. 45.000 de ellos siguen en Israel y suponen una de las mayores disyuntivas para el pa&iacute;s: la de elegir entre ser un pa&iacute;s de mayor&iacute;a jud&iacute;a o un pa&iacute;s democr&aacute;tico.
    </p><h3 class="article-text">Los or&iacute;genes de la migraci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        La historia de la inmigraci&oacute;n sudanesa y eritrea a Israel empieza con una masacre en Egipto, en 2005. En octubre de aquel a&ntilde;o, unos 2.000 refugiados sudaneses hab&iacute;an acampado frente a la delegaci&oacute;n de Acnur en el Cairo. El 30 de diciembre, la polic&iacute;a dispers&oacute; violentamente a los manifestantes: murieron al menos 28. La masacre hizo que un millar de sudaneses decidieran cruzar el Sina&iacute; a pie para llegar a Israel. Fueron los primeros, les siguieron muchos m&aacute;s. La mayor&iacute;a llegaron entre 2009 y 2012, cuando se termin&oacute; de construir la valla.
    </p><p class="article-text">
        Ali es uno de ellos. Estaba en el instituto cuando empez&oacute; el genocidio en Darfur, en 2003, y el grupo paramilitar Yanyauid quem&oacute; su aldea. Asesinaron a algunos de sus familiares y otros tuvieron que irse a campamentos para desplazados internos. Ali pas&oacute; los a&ntilde;os siguientes tratando de retomar su educaci&oacute;n y trabajando con organizaciones humanitarias. Fue detenido varias veces, encarcelado, torturado con descargas el&eacute;ctricas. Cuando, en 2011, Sud&aacute;n del Sur se separ&oacute; de Sud&aacute;n y la universidad a la que hab&iacute;a sido admitido desapareci&oacute;, fue uno de los impulsores de las protestas estudiantiles. La polic&iacute;a empez&oacute; a reprimirlos y Ali supo que su activismo y trabajo humanitario anterior iban a costarle caros: ten&iacute;a que irse del pa&iacute;s.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b03d6cb-c98a-4cca-acf2-d3285b23bf6f_9-16-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b03d6cb-c98a-4cca-acf2-d3285b23bf6f_9-16-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b03d6cb-c98a-4cca-acf2-d3285b23bf6f_9-16-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b03d6cb-c98a-4cca-acf2-d3285b23bf6f_9-16-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b03d6cb-c98a-4cca-acf2-d3285b23bf6f_9-16-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/5b03d6cb-c98a-4cca-acf2-d3285b23bf6f_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/5b03d6cb-c98a-4cca-acf2-d3285b23bf6f_9-16-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Russom lo hab&iacute;a hecho unos a&ntilde;os antes, en 2009. A pie, cruz&oacute; la frontera que separa su pa&iacute;s, Eritrea, de Etiop&iacute;a. All&iacute; pag&oacute; 200 d&oacute;lares para que lo cruzaran a Sud&aacute;n. De all&iacute; fue a Egipto. No tiene las fechas claras, puede que pasara un a&ntilde;o en Sud&aacute;n, o quiz&aacute; unos meses. Hu&iacute;a de una dictadura basada en ejecuciones extrajudiciales, desapariciones, censura, tortura, represi&oacute;n. Hu&iacute;a de lo que huyen todos los eritreos que est&aacute;n en Israel: del reclutamiento forzado para formar ese ej&eacute;rcito descomunal que representa, hoy, el mayor ej&eacute;rcito por poblaci&oacute;n en el mundo despu&eacute;s del de Corea del Norte.
    </p><p class="article-text">
        Algunos de los que han escapado cuentan cosas como estas: Mechile dice que, en el a&ntilde;o 2000, le hirieron en la pierna en primera l&iacute;nea de batalla y qued&oacute; cojo y que su comandante le oblig&oacute; a seguir luchando, siempre en primera l&iacute;nea, durante diez a&ntilde;os. Afwerki pas&oacute; dos a&ntilde;os luchando en Sawa y cobraba 145 nakfa (5 d&oacute;lares) al mes. El per&iacute;odo de reclutamiento es indefinido y la mayor parte de las veces los soldados son mano de obra esclava que trabaja al antojo de sus superiores. El pa&iacute;s considera desertores a quienes escapan: si vuelven, se enfrentan a penas de prisi&oacute;n de por vida o, incluso, a la muerte. Despu&eacute;s de Siria, los eritreos fueron el grupo m&aacute;s numeroso de demandantes de asilo en Europa en 2014.
    </p><p class="article-text">
        Ali y Russom pasaron por el Sina&iacute; en las mismas fechas, pero no corrieron la misma suerte. El trayecto por el Sina&iacute; hasta Israel estaba en manos de los grupos de beduinos de la regi&oacute;n. Ali pag&oacute; unos 3.000 d&oacute;lares y cruz&oacute;. A Russom lo secuestraron y lo internaron en uno de los campos de torturas de la regi&oacute;n. Ped&iacute;an 20.000 d&oacute;lares para liberarlo. Pas&oacute; un a&ntilde;o maniatado y con los ojos vendados. Mientras lo cuenta muestra su cuerpo lleno de quemaduras: son las marcas de la tortura, del pl&aacute;stico quemado que los torturadores derramaban, cada d&iacute;a, sobre su cuerpo. Vio a muchos morir a su alrededor.
    </p><p class="article-text">
        Se calcula que 10.000 eritreos que est&aacute;n hoy en Israel fueron secuestrados y torturados en el Sina&iacute; entre 2009 y 2013, siempre con el mismo mecanismo: los captores les daban tel&eacute;fonos m&oacute;viles para que llamaran a sus familias mientras los estaban torturando. Un amigo le dio a Russom el n&uacute;mero de Meron Estefanos: desde Estocolmo, Meron, eritrea nacionalizada sueca, conduce un programa de radio al que llaman en directo aquellos que est&aacute;n siendo torturados. Meron les ayuda a recaudar los fondos para su liberaci&oacute;n: 4.000 d&oacute;lares del rescate de Russom vinieron de su programa de radio. Los 16.000 d&oacute;lares restantes proven&iacute;an de su familia, que vendi&oacute; todo que ten&iacute;a y se endeud&oacute; de por vida para poder liberarlo. Russom lleg&oacute; a Israel en 2011, dos a&ntilde;os despu&eacute;s de salir de Eritrea. Pas&oacute; un a&ntilde;o sin poder trabajar por las secuelas de la tortura.
    </p><h3 class="article-text">La vida del refugiado en Israel</h3><p class="article-text">
        Algunos de los demandantes de asilo cuentan que llegaron a Israel porque, una vez en Egipto, no ten&iacute;an m&aacute;s remedio. Entrar en Europa era casi imposible. Pero la mayor&iacute;a admite que Israel sonaba como una buena alternativa: un pa&iacute;s democr&aacute;tico y mucho m&aacute;s rico que sus vecinos de la regi&oacute;n. Y tambi&eacute;n: un pa&iacute;s fundado por y para refugiados ser&iacute;a m&aacute;s comprensivo con otros refugiados, pensaban. Se equivocaban. Al principio, el recibimiento fue tibio, pero cuando las cifras de demandantes de asilo empezaron a crecer, Israel endureci&oacute; leyes y la ret&oacute;rica cambi&oacute;. En el discurso p&uacute;blico pasaron de ser refugiados a ser considerados &ldquo;infiltrados&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Infiltrado&rdquo; es un palabra cargada en Israel. En 1954 el pa&iacute;s aprob&oacute; la Ley para la Prevenci&oacute;n de la Infiltraci&oacute;n, que trataba de impedir que los refugiados palestinos de la <em>nakba</em> (<a href="http://www.eldiario.es/desalambre/huida-exodo-historias-Nahkba-palestina_0_387761808.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;la cat&aacute;strofe&rdquo; que da nombre al &eacute;xodo palestino de 1948</a>) volvieran a entrar en el pa&iacute;s y se reunieran con sus familias o recuperaran las propiedades que hab&iacute;an quedado en manos israel&iacute;es. Cualquier palestino que tratara de entrar en el pa&iacute;s se consideraba un &ldquo;infiltrado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cincuenta a&ntilde;os despu&eacute;s, Israel solo tuvo que enmendar aquella ley para usarla contra los demandantes de asilo. Al fin y al cabo, tanto palestinos como africanos planteaban el mismo problema al pa&iacute;s: es dif&iacute;cil conservar una mayor&iacute;a jud&iacute;a si no se criminaliza a quienes no lo son. En 2012, la parlamentaria del Likud Miri Regev dijo, en una manifestaci&oacute;n anti-inmigraci&oacute;n, que los refugiados africanos eran &ldquo;un c&aacute;ncer en el cuerpo de Israel&rdquo;. <a href="http://www.timesofisrael.com/most-israeli-jews-agree-africans-are-a-cancer/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Una encuesta posterior</a> aseguraba que el 52% de la poblaci&oacute;n israel&iacute; estaba de acuerdo con ella.
    </p><p class="article-text">
        Hoy la situaci&oacute;n es as&iacute;: el Estado israel&iacute; confiere a eritreos y sudaneses &ldquo;protecci&oacute;n grupal&rdquo;, un estatus que garantiza que no ser&aacute;n expulsados del pa&iacute;s. Si los deportara, Israel estar&iacute;a infringiendo el principio de no-devoluci&oacute;n, b&aacute;sico en la Convenci&oacute;n de Ginebra, que proh&iacute;be a un Estado expulsar a alguien a un pa&iacute;s donde su vida o libertad est&eacute;n en peligro por razones de raza, religi&oacute;n, opiniones pol&iacute;ticas o nacionalidad. Y esto ocurre con la dictadura militar eritrea, pero tambi&eacute;n con Sud&aacute;n: el gobierno sudan&eacute;s proh&iacute;be a sus ciudadanos entrar en Israel, al que considera Estado enemigo, por lo que, cuando un sudan&eacute;s pone un pie en suelo israel&iacute;, sabe que no podr&aacute; regresar a su pa&iacute;s y es, autom&aacute;ticamente, un refugiado. O deber&iacute;a serlo.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n <a href="http://hotline.org.il/en/about-us/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Hotline</a>, una ONG israel&iacute; que defiende los derechos de migrantes y demandantes de asilo en Israel, desde 2013, solo tres eritreos (y ning&uacute;n sudan&eacute;s) han recibido estatus de refugiado y el pa&iacute;s tiene la tasa de reconocimiento de refugiados m&aacute;s baja del &ldquo;mundo occidental&rdquo;: un 0,15%, comparado con el 66% de Estados Unidos, el 28% de Alemania y el 45% de Canad&aacute;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9eb7a505-ef93-4e97-9c4f-265527b84829_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9eb7a505-ef93-4e97-9c4f-265527b84829_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9eb7a505-ef93-4e97-9c4f-265527b84829_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9eb7a505-ef93-4e97-9c4f-265527b84829_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/9eb7a505-ef93-4e97-9c4f-265527b84829_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/9eb7a505-ef93-4e97-9c4f-265527b84829_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/9eb7a505-ef93-4e97-9c4f-265527b84829_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        El principio de no-devoluci&oacute;n es el &uacute;nico que parece respetar la pol&iacute;tica migratoria israel&iacute; hacia los africanos no jud&iacute;os. Los demandantes de asilo tienen visados temporales que tienen que renovar cada dos o tres meses y que no les otorgan ning&uacute;n derecho b&aacute;sico: ni a la sanidad, ni al trabajo. Las sucesivas enmiendas a la Ley para la Prevenci&oacute;n de la Infiltraci&oacute;n prescriben que cualquier demandante de asilo puede ser enviado a Holot: un &ldquo;campo de detenci&oacute;n al aire libre&rdquo; con capacidad para hasta 3.000 personas construido exclusivamente para eritreos y sudaneses en medio del desierto del N&eacute;guev, en la frontera con Egipto, al lado de la prisi&oacute;n de Saharonim. Es el CIE de Israel.
    </p><p class="article-text">
        El Tribunal Supremo consider&oacute; inconstitucionales las enmiendas de 2012 y de 2013, que prescrib&iacute;an que los demandantes de asilo pod&iacute;an ser retenidos hasta tres a&ntilde;os (siete en el caso de aquellos que provinieran de &ldquo;Estados enemigos&rdquo;). La enmienda en vigor en la actualidad los obliga a permanecer en el campo durante un a&ntilde;o. El mecanismo para enviarlos all&iacute; parece totalmente arbitrario: cuando van a renovar sus visados, pueden otorgarles uno nuevo o informarles de que, en el plazo de unos d&iacute;as, tienen que presentarse en Holot.
    </p><p class="article-text">
        Esa aparente arbitrariedad es clave en pol&iacute;tica de disuasi&oacute;n del gobierno israel&iacute;: desalentar a los demandantes de asilo, romper cualquier lazo que hayan establecido con el pa&iacute;s de tal manera que tengan m&aacute;s remedio que firmar &oacute;rdenes voluntarias de deportaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/refugiados-sudaneses-eritreos-parias-israel_1_4238294.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 18 Jan 2016 19:20:05 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="270229" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="270229" width="880" height="495"/>
      <media:title><![CDATA[Refugiados sudaneses y eritreos: los otros parias de Israel]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/5da7c566-4894-4356-9f3f-77fed5656685_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495"/>
      <media:keywords><![CDATA[Israel,Refugiados]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[“Paramos el racismo”: Marchas árabe-israelíes contra la ocupación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/paramos-manifestaciones-arabe-israelies-discriminacion-palestinos_1_2403939.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/adbbc742-a38c-4633-ace4-14002bc9c576_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="“Paramos el racismo”: Marchas árabe-israelíes contra la ocupación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un contexto de enorme tensión, con 57 palestinos muertos a manos de las fuerzas israelíes y 8 israelíes fallecidos por apuñalamientos, surgen marchas semanales árabe-israelíes contra la ocupación y la discriminación</p><p class="subtitle">"Con lo debilitada que está la izquierda aquí, 2.000 personas manifestándose contra la ocupación son muchas personas", cuentan a eldiario.es</p><p class="subtitle">Hace semanas se agotaron las existencias de gas pimienta en Israel y siguen las colas para comprar armas. El Gobierno ha relajado los requisitos para adquirir armamento</p></div><p class="article-text">
        Jerusal&eacute;n. La cabeza de la manifestaci&oacute;n comienza a avanzar hacia Kikar Hahatulot, la &ldquo;plaza de los gatos&rdquo;. Un hombre se para a leer la pancarta; despu&eacute;s escupe en el suelo mirando a los ojos a quienes la portan, desafiante, con desprecio m&aacute;ximo. Una mujer embarazada grita y va directa hacia quienes se manifiestan; la polic&iacute;a la detiene, la calma, se va. La calle es estrecha y acaba de anochecer. Eso a&ntilde;ade a&uacute;n m&aacute;s intensidad a esta sensaci&oacute;n de ahogo y de excepcionalidad. Todo ocurre despacio, el sonido y los movimientos est&aacute;n como apelmazados.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;La escalada de violencia (la &ldquo;ola de terror&rdquo;, para la opini&oacute;n p&uacute;blica israel&iacute;) comenz&oacute; a principios de octubre. Seg&uacute;n datos de Al Jazeera, desde entonces han muerto 57 personas palestinas, 8 israel&iacute;es y un soliciante de asilo eritreo. La polic&iacute;a israel&iacute; sigue &oacute;rdenes estrictas de disparar a <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/orden-Israel-disparar-matar_0_442706074.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">matar a cualquier presunto</a>&nbsp;atacante palestino. El periodista de Haaretz Gideon L&eacute;vy ha <a href="http://www.haaretz.com/opinion/1.679781" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">denunciado</a>&nbsp;que se trata de &ldquo;penas de muerte fuera de la ley&rdquo;, pero la gran mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n israel&iacute; apoya esta pol&iacute;tica, que considera necesaria en este clima.
    </p><p class="article-text">
        De hecho, no basta con la supuesta defensa que el estado les garantice, sino que muchas personas en el pa&iacute;s han decidido tomarse la justicia por su cuenta. Hace unas semanas se agotaron las existencias de gas pimienta en el pa&iacute;s. El mi&eacute;rcoles anterior a la manifestaci&oacute;n, el ministro de seguridad p&uacute;blica, Gilad Erdan, cambi&oacute; la legislaci&oacute;n para que obtener una licencia de armas fuera m&aacute;s f&aacute;cil, y desde entonces hay colas diarias fuera de las tiendas de armas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02296183-50e4-4ebc-abe8-ddf9a7a6c68f_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02296183-50e4-4ebc-abe8-ddf9a7a6c68f_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02296183-50e4-4ebc-abe8-ddf9a7a6c68f_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02296183-50e4-4ebc-abe8-ddf9a7a6c68f_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/02296183-50e4-4ebc-abe8-ddf9a7a6c68f_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/02296183-50e4-4ebc-abe8-ddf9a7a6c68f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/02296183-50e4-4ebc-abe8-ddf9a7a6c68f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Ahora, a las metralletas de militares adolescentes que ya eran parte del paisaje urbano, se suman las pistolas de viandantes que no tienen ning&uacute;n reparo en llevarlas a la vista. Y eso ocurre, sobre todo, en Jerusal&eacute;n, por cuyas calles marchan ahora unas 2000 personas, tras la controvertida pancarta. Su lema: &ldquo;Paramos el racismo&rdquo;. No dicen &ldquo;paremos&rdquo;, en subjuntivo, como un deseo, sino &ldquo;paramos&rdquo;,&nbsp; en indicativo, como una realidad de la que la propia manifestaci&oacute;n es prueba: personas &aacute;rabes y jud&iacute;as que caminan, juntas, &ldquo;sin miedo ni odio&rdquo;, como dice la consigna m&aacute;s coreada durante el recorrido. Y eso es, de por s&iacute;, entendido como una provocaci&oacute;n por mucha gente en Israel.
    </p><p class="article-text">
        La segregaci&oacute;n es una de las claves de la pol&iacute;tica israel&iacute;, una herramienta necesaria y eficaz para perpetuar la ocupaci&oacute;n de Palestina. En este pa&iacute;s, romper filas respecto a esa pol&iacute;tica ha sido siempre un gesto que conduc&iacute;a a la marginalidad; ahora, en este tiempo de preintifada, es, adem&aacute;s, peligroso.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;El t&eacute;rmino &ldquo;preintifada&rdquo; es de Hadas Pe&rsquo;ery, una de las portadoras de la pancarta. Hadas lleva d&iacute;as nerviosa. Es profesora de m&uacute;sica en una escuela para ni&ntilde;os y ni&ntilde;as &aacute;rabes y jud&iacute;os y, varias veces por semana, toma clases de &aacute;rabe en Jaffa, la parte m&aacute;s antigua de Tel Aviv, mayoritariamente &aacute;rabe. Pertenece a Hadash, el &ldquo;Frente democr&aacute;tico por la paz y la justicia&rdquo;, creado en 1976 por el Partido Comunista israel&iacute; (Maki), una coalici&oacute;n &aacute;rabe-jud&iacute;a cuya base es el fin de la ocupaci&oacute;n y la creaci&oacute;n de un Estado Palestino con capital en Jerusal&eacute;n Este.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/87ee3ac6-8c23-4de8-9a99-265c95e5aa90_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/87ee3ac6-8c23-4de8-9a99-265c95e5aa90_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/87ee3ac6-8c23-4de8-9a99-265c95e5aa90_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/87ee3ac6-8c23-4de8-9a99-265c95e5aa90_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/87ee3ac6-8c23-4de8-9a99-265c95e5aa90_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/87ee3ac6-8c23-4de8-9a99-265c95e5aa90_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/87ee3ac6-8c23-4de8-9a99-265c95e5aa90_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">&ldquo;Nos negamos a ser enemigos&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Hadash es una de las organizaciones que, el domingo pasado, cre&oacute; la plataforma Omdim Beyajad (Estamos juntos), un grupo formado por personas &aacute;rabes y jud&iacute;as que, en lugar de quedarse en una denuncia de la violencia de las &uacute;ltimas semanas, apunta a su ra&iacute;z: la ocupaci&oacute;n. Para quienes la han impulsado, la plataforma ha sido posible gracias a un acuerdo de m&iacute;nimos de dos puntos: la unidad palestino-israel&iacute; y la exigencia del fin de la ocupaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Eso ha permitido que ahora marchen juntos, juntas, militantes de Meretz (un partido que tambi&eacute;n defiende la soluci&oacute;n de los dos estados y tambi&eacute;n est&aacute; contra la ocupaci&oacute;n, pero que, al contrario de Hadash, se declara socialdem&oacute;crata y sionista), Lehamim Leshalom (combatientes por la paz, un grupo de ex soldados y soldadas israel&iacute;es y combatientes de Palestina en contra la ocupaci&oacute;n), Women Wage Peace (el grupo de mujeres que, este verano, en el aniversario de la guerra de Gaza, hizo un ayuno de 50 d&iacute;as frente a la residencia de Netanyahu para exigir negociaciones de paz), Shatil (la iniciativa del fondo israel&iacute; por el cambio social) y Palestinian-Israeli Bereaved Families for Peace (una organizaci&oacute;n de m&aacute;s de 600 familias palestinas e israel&iacute;es que han perdido a familiares en el conflicto).
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No a la escalada, no queremos otra Guerra&rdquo;; &ldquo;Jerusal&eacute;n no se callar&aacute;&rdquo;; &ldquo;&Aacute;rabes y jud&iacute;os nos negamos a ser enemigos&rdquo;; &ldquo;Netanyahu, dimite, la paz es m&aacute;s importante&rdquo;; &ldquo;La respuesta a la derecha: Israel y Palestina&rdquo;. Consignas as&iacute; se oyen. Se ve en muchas caras la excepcionalidad mezclada con el orgullo de estar ah&iacute;, en la calle, mientras el pa&iacute;s sigue virando a la derecha.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/25230101-bbba-49df-8c11-02bcd2dafa33_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/25230101-bbba-49df-8c11-02bcd2dafa33_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/25230101-bbba-49df-8c11-02bcd2dafa33_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/25230101-bbba-49df-8c11-02bcd2dafa33_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/25230101-bbba-49df-8c11-02bcd2dafa33_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/25230101-bbba-49df-8c11-02bcd2dafa33_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/25230101-bbba-49df-8c11-02bcd2dafa33_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Mishy Hartman, un productor de radio israel&iacute;, se siente confundido:&ldquo;Esto es emocionante y, a la vez, pat&eacute;tico&rdquo;, dice refiri&eacute;ndose a la cantidad de gente y compar&aacute;ndola con la gran manifestaci&oacute;n que, el a&ntilde;o pasado, reuni&oacute; a 10.000 personas en Tel Aviv para denunciar la ofensiva israel&iacute; en Gaza y exigir el fin de la ocupaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; son, en realidad, 2000 personas para una manifestaci&oacute;n a nivel nacional? Para Hadas, son muchas: la izquierda en el pa&iacute;s est&aacute; debilitada, y la gente tiene miedo de exponerse ante el clima de violencia, sobre todo en esta ciudad. Junto a ella, Adam Maor, uno de sus mejores amigos, que tambi&eacute;n lleva la pancarta, asiente. Adam tambi&eacute;n pertenece a Hadash, tambi&eacute;n es compositor y tambi&eacute;n volvi&oacute; a Israel hace dos a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Hadas viv&iacute;a en Par&iacute;s; Adam, en Ginebra. El mundo de la m&uacute;sica contempor&aacute;nea es peque&ntilde;o: uno hab&iacute;a o&iacute;do hablar de la otra durante varios a&ntilde;os, pero no se conocieron hasta mucho tiempo despu&eacute;s. No se cayeron especialmente bien. Pero luego fue la vuelta a Israel y la gran paradoja de estar en tu pa&iacute;s y que ese mismo pa&iacute;s niegue sistem&aacute;ticamente la existencia de otro. Entonces se volvieron a encontrar, en una cafeter&iacute;a de Jaffa.
    </p><p class="article-text">
        El tiempo y su cadencia tienen esas cosas: Hadas hab&iacute;a vivido durante mucho tiempo en el extranjero: estudi&oacute; en Nueva York, vivi&oacute; en Par&iacute;s y en Berl&iacute;n. Antes de irse de Israel, dice, &ldquo;yo era una nacionalista convencida: el adoctrinamiento aqu&iacute; empieza desde la infancia&rdquo;. Recuerda c&oacute;mo les inculcaban la narrativa del pa&iacute;s v&iacute;ctima y del pa&iacute;s anhelado y del pa&iacute;s por fin creado por medio de canciones. Tararea algunas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Sabes que Yerushalayim Shel Zahav (Jerusal&eacute;n de oro, una especie de segundo himno de Israel, despu&eacute;s del oficial, Hatikvah) es un plagio de una canci&oacute;n tradicional vasca?&rdquo;, pregunta. La compositora, Naomi Shemer, confes&oacute; en 2005 que se hab&iacute;a basado en una canci&oacute;n de Xenpelar -y que se la hab&iacute;a o&iacute;do tocar a Paco Ib&aacute;&ntilde;ez, en una visita que hizo a Israel en 1962. Shemer tambi&eacute;n hizo otras cosas: la canci&oacute;n se convirti&oacute; en el himno del ej&eacute;rcito israel&iacute; en la Guerra de los seis d&iacute;as, y ella misma se la cant&oacute; a los soldados como arenga.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2719f145-5899-4ea9-adfa-f2cf6dae2b5d_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2719f145-5899-4ea9-adfa-f2cf6dae2b5d_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2719f145-5899-4ea9-adfa-f2cf6dae2b5d_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2719f145-5899-4ea9-adfa-f2cf6dae2b5d_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2719f145-5899-4ea9-adfa-f2cf6dae2b5d_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2719f145-5899-4ea9-adfa-f2cf6dae2b5d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/2719f145-5899-4ea9-adfa-f2cf6dae2b5d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><h3 class="article-text">La historia de dos amigos israel&iacute;es, Hadas y Adam</h3><p class="article-text">
        Hadas se march&oacute; de Israel con s&oacute;lo 10 a&ntilde;os, y en el extranjero empez&oacute;, en cierto modo, a construirse un pa&iacute;s basado en esas canciones. Hasta que un d&iacute;a, ya adolescente, empez&oacute; a pensar en lo que dec&iacute;an: Jerusal&eacute;n de oro, por ejemplo, proyectaba la imagen de una Jerusal&eacute;n que esperaba la llegada de los jud&iacute;os, las calles vac&iacute;as, el viento. Como si all&iacute; no hubiera habido otro pueblo antes, dice.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se mud&oacute; a Par&iacute;s, despu&eacute;s de terminar la carrera de m&uacute;sica, ya estaba en contra de la ocupaci&oacute;n, pero a&uacute;n sent&iacute;a que ten&iacute;a que defender a Israel de las cr&iacute;ticas en el extranjero. Adam nunca sinti&oacute; eso, porque fue precisamente criticar a su pa&iacute;s lo que le hizo marcharse de &eacute;l. Adam es uno de &ldquo;los 5 refuseniks&rdquo;, aquellos j&oacute;venes que, en 2004, fueron condenados a entrar en prisi&oacute;n por una corte marcial. Su crimen: haberse negado a hacer el servicio militar. Pasaron casi dos a&ntilde;os en la c&aacute;rcel.
    </p><p class="article-text">
        Para Adam, todo empez&oacute; con un panfleto; no recuerda d&oacute;nde lo encontr&oacute;, se titulaba &ldquo;80 razones por las que Arafat no hubiera aceptado el acuerdo de Barak&rdquo;. Recuerda a Ehud Barak ante la c&aacute;mara, diciendo que hab&iacute;a prometido al pa&iacute;s que remover&iacute;a todas las piedras para conseguir la paz, pero que no lo hab&iacute;a logrado. Recuerda el principio de la Segunda Intifada. Recuerda el impacto; no estaba preparado ideol&oacute;gicamente para hacer frente a esa violencia, dice.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c1361bf5-8410-40df-bbfb-b79247963318_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c1361bf5-8410-40df-bbfb-b79247963318_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c1361bf5-8410-40df-bbfb-b79247963318_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c1361bf5-8410-40df-bbfb-b79247963318_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/c1361bf5-8410-40df-bbfb-b79247963318_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/c1361bf5-8410-40df-bbfb-b79247963318_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/c1361bf5-8410-40df-bbfb-b79247963318_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Cuenta todo esto despacio, con m&aacute;xima precisi&oacute;n, como si lo contara por primera vez, como si por primera vez lo recordara. Ten&iacute;a 17 a&ntilde;os, y poco despu&eacute;s le tocaba hacer el servicio militar. Pas&oacute; semanas pensando sobre su ideolog&iacute;a; se dio cuenta de que le hab&iacute;an mentido. Entonces rompi&oacute; &ldquo;con la izquierda biempensante&rdquo;. Por aquel entonces, 62 shministim (j&oacute;venes en el &uacute;ltimo a&ntilde;o de instituto) hab&iacute;an enviado una carta a Ariel Sharon: denunciaban la pol&iacute;tica violenta y racista de su gobierno y las consiguientes violaciones de derechos humanos: las expropiaciones de tierras, demoliciones, ejecuciones sumarias, torturas. Y se declaraban objetores de conciencia:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Obedeceremos a nuestra conciencia y rechazaremos ser parte de acciones de opresi&oacute;n contra el pueblo palestino, actos que deber&iacute;an ser calificados de terroristas&rdquo;, dec&iacute;a la carta, que desat&oacute; una verdadera pol&eacute;mica en el pa&iacute;s. Poco despu&eacute;s, ya hab&iacute;a 400 firmantes: Adam era uno de ellos. El d&iacute;a de su juicio (un juicio conjunto a &ldquo;los 5 refuseniks&rdquo;), no cab&iacute;a nadie en la sala: familiares y amigos, pero tambi&eacute;n medios de comunicaci&oacute;n y muchas personas que fueron a mostrarles su apoyo. Cada uno de los cinco tuvo dos horas para explicar por qu&eacute; se negaban a hacer el servicio militar.
    </p><p class="article-text">
        Los discursos de esos 5 adolescentes fueron un verdadero manifiesto contra la ocupaci&oacute;n, y hasta se hizo un libro con ellos. Cuando el fiscal &ndash;el Capit&aacute;n Yaron Costelitz&ndash; le pregunt&oacute; si estaba a favor de que los palestinos mataran a soldados israel&iacute;es, Adam respondi&oacute;:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La verdad es que si un ej&eacute;rcito extranjero ocupara Haifa, la ciudad donde vivo, si hubiera cortes de carreteras que nos impidieran la libertad de movimiento m&aacute;s b&aacute;sica, si hubi&eacute;ramos crecido viendo a nuestros padres humillados por soldados extranjeros, honestamente, no s&eacute; lo que hubiera hecho.&rdquo; Cuando sali&oacute; de la c&aacute;rcel, supo que se ten&iacute;a que ir, porque no soportaba la presi&oacute;n: de los medios de comunicaci&oacute;n, de la gente en la calle.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8afcbbbd-3e6d-4d25-8040-458a726e1d79_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8afcbbbd-3e6d-4d25-8040-458a726e1d79_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8afcbbbd-3e6d-4d25-8040-458a726e1d79_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8afcbbbd-3e6d-4d25-8040-458a726e1d79_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/8afcbbbd-3e6d-4d25-8040-458a726e1d79_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/8afcbbbd-3e6d-4d25-8040-458a726e1d79_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/8afcbbbd-3e6d-4d25-8040-458a726e1d79_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        &nbsp;Adam y Hadas recogen la pancarta con premura. La manifestaci&oacute;n ha llegado a Kikar Hahatulot y ahora tienen otra funci&oacute;n: situarse en los extremos de la plaza donde la gente escucha los discursos finales y asegurarse de que ning&uacute;n simpatizante de la extrema derecha los ataque.
    </p><p class="article-text">
        La polic&iacute;a tambi&eacute;n trata de sellar la plaza: impresiona su agudeza visual para reconocer a los miembros de Lehava que tratan de pasar de inc&oacute;gnito. Lehava significa &ldquo;Organizaci&oacute;n contra la asimilaci&oacute;n en Tierra Santa&rdquo;. Su tarea es impedir las relaciones de cualquier tipo entre personas jud&iacute;as y no jud&iacute;as, desde sentimentales hasta laborales. Hace unos a&ntilde;os que expiden un certificado especial a los negocios que solo empleen mano de obra jud&iacute;a, por ejemplo. O reparten flyers en los que advierten a los hombres &aacute;rabes de lo que les espera si salen con chicas jud&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        El propietario de un bar que queda a un lado de la plaza sube el volumen de la m&uacute;sica. Son canciones religiosas que anuncian la llegada del mes&iacute;as. Poco a poco se congregan all&iacute; decenas de jud&iacute;os ortodoxos, vestidos de estricto blanco y negro, mezclados con los jovenc&iacute;simos y las jovenc&iacute;simas integrantes de Lehava y muchas, muchas banderas israel&iacute;es.
    </p><p class="article-text">
        Algunas personas que han participado en la marcha se suben a un murito y los miran, en silencio. Pero son las menos; la mayor&iacute;a est&aacute; escuchando los discursos del final de la manifestaci&oacute;n, tristemente acostumbrada a estas escenas cada vez que sale a la calle. Volver a este pa&iacute;s, como lo hicieron Hadas y Adam, despu&eacute;s de haberse dado cuenta de lo que este pa&iacute;s hace en su nombre, es precipitarse en la tierra de la contradicci&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bade4652-c5f7-452d-a46b-6b4d50ed156b_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bade4652-c5f7-452d-a46b-6b4d50ed156b_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bade4652-c5f7-452d-a46b-6b4d50ed156b_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bade4652-c5f7-452d-a46b-6b4d50ed156b_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/bade4652-c5f7-452d-a46b-6b4d50ed156b_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/bade4652-c5f7-452d-a46b-6b4d50ed156b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/bade4652-c5f7-452d-a46b-6b4d50ed156b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo, Hadas se pregunt&oacute; si esta necesidad de volver a Israel no ser&iacute;a una idea que el sionismo le inculc&oacute; en la infancia y que se le hab&iacute;a grabado a fuego. Cuando por fin regres&oacute;, la discriminaci&oacute;n que sufren las palestinas y los palestinos a diario se le hizo insoportable: desde las calles de Jaffa -muchas llevan nombres de rabinos, etc.- hasta el tratamiento que reciben en las instituciones estatales. En el extranjero, dice, siempre &ldquo;te enfrentas a leyes que dificultan la vida, pero siempre puedes volver a tu casa; los palestinos no pueden: son un pueblo sin derechos en su propia tierra&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Hadas y Adam se encontraron en esa cafeter&iacute;a, ella se sent&iacute;a sol&iacute;sima: ninguno de sus amigos compart&iacute;a su cr&iacute;tica a la ocupaci&oacute;n, su denuncia de la pol&iacute;tica racista y asesina de su gobierno. Adam hab&iacute;a regresado a las amistades que dej&oacute; antes de marcharse -los y las refuseniks, activistas propalestina y miembros de Hadash-, pero no estaba especialmente contento con su situaci&oacute;n profesional: no ten&iacute;a ning&uacute;n contacto en el mundo de la m&uacute;sica contempor&aacute;nea israel&iacute;. Hadas los ten&iacute;a casi todos.
    </p><p class="article-text">
        Por separado, los dos cuentan la historia del intercambio con las mismas palabras: decidieron que ella le presentar&iacute;a a gente del mundo de la m&uacute;sica contempor&aacute;nea, y &eacute;l la introducir&iacute;a en los c&iacute;rculos de activistas. En el autob&uacute;s de vuelta a Tel Aviv, les pregunto si se sienten c&oacute;mplices de su gobierno, c&oacute;mo viven la contradicci&oacute;n, si tienen esperanza. Adam dice que, aunque viviera en Suiza, seguir&iacute;a siendo igual de responsable de la opresi&oacute;n del pueblo palestino, solo que estar&iacute;a m&aacute;s lejos, y podr&iacute;a hacer menos cosas.
    </p><p class="article-text">
        Hadas dice que lo siente como una responsabilidad: que todos, que todas, se hacen constantemente la pregunta de si deber&iacute;an irse, pero que si quienes est&aacute;n contra la ocupaci&oacute;n se fueran, entonces s&iacute; que no habr&iacute;a posibilidad de cambiar nada. Sobre la esperanza: &ldquo;No nos queda m&aacute;s remedio que tenerla&rdquo;, responde Hadas. Y Adam cuenta la historia de un activista italiano que, tras la Segunda Guerra Mundial, quemaba su carn&eacute; del partido fascista para hacerse miembro del comunista: &ldquo;las cosas pueden cambiar muy r&aacute;pido&rdquo;, sonr&iacute;e, casi c&oacute;mplice.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/paramos-manifestaciones-arabe-israelies-discriminacion-palestinos_1_2403939.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 Oct 2015 18:49:44 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/adbbc742-a38c-4633-ace4-14002bc9c576_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="139850" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/adbbc742-a38c-4633-ace4-14002bc9c576_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="139850" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[“Paramos el racismo”: Marchas árabe-israelíes contra la ocupación]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/adbbc742-a38c-4633-ace4-14002bc9c576_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Israel,Palestina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Paredes que hablan demasiado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/paredes-hablan-demasiado_1_2416498.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/86930e2c-4952-42cf-9ff7-f4ddb7dea079_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Paredes que hablan demasiado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El director de cine iraní Keywan Karimi, condenado a seis años de cárcel y 223 latigazos por “insultar al islam” en una película sobre el uso político de los graffitis en Teherán.</p><p class="subtitle">eldiario.es conversa con él: "No me esperaba seis años de cárcel. Es una locura y no puedo aceptarlo. Pero no puedo irme de Irán, es mi país y si me fuera estaría haciendo lo que ellos quieren"</p><p class="subtitle">Karimi añade: “No creo que Europa o EEUU sean lugares de libertad tampoco. Es el mismo control, sólo que en EEUU o en Europa usan más vaselina.”</p></div><p class="article-text">
        Keywan Karimi es r&aacute;pido con los emails. Manda mucha informaci&oacute;n, responde a todas las preguntas y, a la hora acordada, se conecta a skype y responde con voz de amigo al que no has visto en mucho tiempo: cauteloso y c&aacute;lido al mismo tiempo, est&aacute; de muy buen humor. Lo contrario que se esperar&iacute;a de alguien a quien acaban de condenar a seis a&ntilde;os de c&aacute;rcel. Y a 223 latigazos.
    </p><p class="article-text">
        En diciembre de 2013, cinco hombres armados entraron en su casa. Pertenec&iacute;an a la Sepah, el cuerpo de la guardia revolucionaria isl&aacute;mica, y ten&iacute;an una orden de registro; se llevaron su ordenador, fotograf&iacute;as, documentos y sus discos duros. Pas&oacute; doce d&iacute;as en la c&aacute;rcel, en r&eacute;gimen de aislamiento. &Eacute;l dice que no se lo esperaba, pero en realidad no era la primera vez que lo deten&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Keywan acaba de cumplir treinta a&ntilde;os y la c&aacute;rcel parece una rutina m&aacute;s en su carrera cinematogr&aacute;fica: lo arrestaron -y pas&oacute; dos d&iacute;as en prisi&oacute;n- cuando estren&oacute; su primera pel&iacute;cula, sobre los juicios a menores; lo arrestaron -y, otra vez, pas&oacute; dos d&iacute;as en prisi&oacute;n- cuando estren&oacute; <em>Broken Border,</em> un corto documental sobre el contrabando de gasolina en la frontera entre Irak e Ir&aacute;n, una mirada sutil y po&eacute;tica sobre la vida en Kurdist&aacute;n en la que los hombres trabajan, en silencio, y el cineasta registra, en silencio.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/80882880-e615-4d21-9dd8-9582456a1887_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/80882880-e615-4d21-9dd8-9582456a1887_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/80882880-e615-4d21-9dd8-9582456a1887_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/80882880-e615-4d21-9dd8-9582456a1887_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/80882880-e615-4d21-9dd8-9582456a1887_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/80882880-e615-4d21-9dd8-9582456a1887_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/80882880-e615-4d21-9dd8-9582456a1887_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Con esas pel&iacute;culas, y con su &uacute;ltimo corto,<em> The Adventure of a Married Couple</em>, una cinta en blanco y negro sobre el fracaso de la comunicaci&oacute;n de una pareja en el capitalismo postindustrial, Keywan ha recorrido decenas de festivales internacionales, entre ellos el de San Sebasti&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Visto su historial de detenciones, lo extra&ntilde;o de esa &uacute;ltima entrada en prisi&oacute;n en 2013 es que no respond&iacute;a al estreno de ninguna pel&iacute;cula, sino a un proyecto del que, entonces, s&oacute;lo hab&iacute;a circulado <a href="http://www.youtube.com/watch?v=3laaKrp5ebE" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un tr&aacute;iler</a>: se trata de <em>Writing on the City</em>, su primer largo documental, una historia del graffiti en Teher&aacute;n desde la revoluci&oacute;n hasta hoy.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
<script src="https://www.youtube.com/iframe_api"></script>
<script type="module">
    window.marfeel.cmd.push(['multimedia', function(multimedia) {
        multimedia.initializeItem('yt-3laaKrp5ebE-2977', 'youtube', '3laaKrp5ebE', document.getElementById('yt-3laaKrp5ebE-2977'));
    }]);
</script>

<iframe id=yt-3laaKrp5ebE-2977 src="https://www.youtube.com/embed/3laaKrp5ebE?enablejsapi=1" frameborder="0"></iframe>
            </figure><p class="article-text">
        Keywan sali&oacute; de esa estancia en la c&aacute;rcel en libertad con cargos y, tres meses despu&eacute;s, lo llamaron para que fuera a recoger el material que le hab&iacute;an quitado. Le devolvieron todo, incluidos los discos duros; solo que estaban vac&iacute;os. Si esa es la gran pesadilla de nuestra contemporaneidad, lo es a&uacute;n m&aacute;s para un director de cine.
    </p><p class="article-text">
        Keywan perdi&oacute; todos los archivos de sus pel&iacute;culas -ahora solo tengo copias en dvd, me dice- y todas sus grabaciones. De su pr&oacute;ximo proyecto, una pel&iacute;cula construida solamente con material de archivo, no queda nada. Desde entonces, ha tenido que declarar hasta ocho veces delante del tribunal, en un proceso lleno de irregularidades.
    </p><p class="article-text">
        El 11 de octubre su abogado lo llam&oacute; para comunicarle la sentencia: seis a&ntilde;os de c&aacute;rcel, 223 latigazos. &ldquo;Cuando me lo dijo por tel&eacute;fono, me re&iacute;. Sab&iacute;a que me iban a condenar, pero esperaba como mucho una condena ejemplar de seis meses. &iquest;Pero seis a&ntilde;os? Es una locura, y simplemente no puedo aceptarlo&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/63c87142-f9a7-456d-bd3b-55fec485d6ca_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/63c87142-f9a7-456d-bd3b-55fec485d6ca_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/63c87142-f9a7-456d-bd3b-55fec485d6ca_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/63c87142-f9a7-456d-bd3b-55fec485d6ca_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/63c87142-f9a7-456d-bd3b-55fec485d6ca_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/63c87142-f9a7-456d-bd3b-55fec485d6ca_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/63c87142-f9a7-456d-bd3b-55fec485d6ca_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        El &uacute;ltimo recurso es dentro de un mes. Keywan no solo tiene esperanza, sino que la contagia y, al hablar con &eacute;l, es dif&iacute;cil imaginar que vaya a pisar la c&aacute;rcel un d&iacute;a m&aacute;s. Pero no es tan f&aacute;cil; el proceso parece tan arbitrario. Los latigazos, por ejemplo, &iquest;por qu&eacute; 223? &iquest;C&oacute;mo se calcula cu&aacute;ntas veces hay que linchar a una persona?
    </p><p class="article-text">
        Para la ley isl&aacute;mica que rige en Ir&aacute;n, este tipo de castigo es moneda com&uacute;n: el a&ntilde;o pasado, la actriz Leila Hatami fue condenada a a 50 latigazos por no rechazar <a href="http://www.telegraph.co.uk/news/worldnews/middleeast/iran/10850212/Iranian-actress-Leila-Hatami-faces-public-flogging.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el beso </a>en la mejilla que, a modo de saludo, le dio el director del festival de Cannes.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Para estar condenado a 223, tengo que haber besado mucho&rdquo;, se r&iacute;e, de nuevo, Keywan. La pregunta, claro, es qu&eacute; tiene <em>Writing on the City</em> para asustar tanto al r&eacute;gimen. A pesar de que se presenta como una historia del graffiti en Teher&aacute;n, la pel&iacute;cula es, en realidad, una indagaci&oacute;n sobre el poder y sobre el control de la poblaci&oacute;n, y sobre c&oacute;mo esa poblaci&oacute;n trata de usar los mismos m&eacute;todos con que la alienan para rebelarse.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Al igual que [Agn&egrave;s] Varda en Mur murs o _[Chris] Marker en Chats perch&eacute;s (sobre Los &Aacute;ngeles y Par&iacute;s, respectivamente), Karimi hab&iacute;a comprendido que los graffitis conforman una suerte de subconsciente de una ciudad. &Eacute;se era el territorio que Karimi quer&iacute;a comprender y analizar, pero el gobierno de su pa&iacute;s, al que no le gustan los acertijos, quiere castigar su curiosidad&rdquo;, dice Guillermo Peydr&oacute;, cineasta que conoci&oacute; al iran&iacute; en la 54 edici&oacute;n del Zinebi, en 2012.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d29d787-bcec-4f30-ba13-85716a53c4b5_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d29d787-bcec-4f30-ba13-85716a53c4b5_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d29d787-bcec-4f30-ba13-85716a53c4b5_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d29d787-bcec-4f30-ba13-85716a53c4b5_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d29d787-bcec-4f30-ba13-85716a53c4b5_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/2d29d787-bcec-4f30-ba13-85716a53c4b5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/2d29d787-bcec-4f30-ba13-85716a53c4b5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Karimi mezcla material de archivo y sus propias grabaciones para tejer una historia escrita, literalmente, sobre las paredes. Con la revoluci&oacute;n del 79, Teher&aacute;n empez&oacute; a poblarse de frases escritas en los muros que reforzaban el esp&iacute;ritu de la revoluci&oacute;n: &ldquo;el Shah muri&oacute; baj&oacute; los colores de los sprays&rdquo;, nos dice la voz en off.
    </p><p class="article-text">
        Tras su partida, los iran&iacute;es no se f&iacute;an de los medios de comunicaci&oacute;n y recurren a las paredes: las im&aacute;genes nos muestran a cientos de personas escribiendo las &uacute;ltimas noticias en papeles improvisados que despu&eacute;s pegan en los muros. Son espacios cr&iacute;ticos, espacios en disputa que el poder trata de neutralizar: en 1979, el nuevo gobierno aprueba una ley para que los teheran&iacute;es blanqueen su ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Dos a&ntilde;os despu&eacute;s, las paredes se homegeneizan de otro modo: empiezan a mostrar a un enemigo com&uacute;n, el Ir&aacute;n de Sadam Hussein, con el que el pa&iacute;s est&aacute; en guerra. Pero hay algo que va m&aacute;s all&aacute; de fechas y de acontecimientos hist&oacute;ricos en <em>Writing on the Wall</em>: porque la pel&iacute;cula muestra la implantaci&oacute;n del capitalismo en el pa&iacute;s, el paso de una sociedad que venera a los m&aacute;rtires a una sociedad que quiere conquistar a los consumidores.
    </p><p class="article-text">
        Con la llegada de Ali Jameini al poder, &ldquo;la pol&iacute;tica encuentra a su aliado hist&oacute;rico: el mercado&rdquo;. Entonces las palabras dejan lugar a las im&aacute;genes de una sociedad que avanza hacia el muy ansiado desarrollo: &ldquo;consumir era la nueva forma de luchar&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e411ea80-d146-4e1c-9d7e-d18cabb89d56_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e411ea80-d146-4e1c-9d7e-d18cabb89d56_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e411ea80-d146-4e1c-9d7e-d18cabb89d56_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e411ea80-d146-4e1c-9d7e-d18cabb89d56_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/e411ea80-d146-4e1c-9d7e-d18cabb89d56_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/e411ea80-d146-4e1c-9d7e-d18cabb89d56_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/e411ea80-d146-4e1c-9d7e-d18cabb89d56_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Las paredes de Teher&aacute;n se mueven entre esas im&aacute;genes consumistas y otras de paisajes y dibujos amables: fachadas enteras de casas imposibles donde solo hay una medianera, escaleras que suben hacia el tejado, &aacute;rboles que parecen dar sombra. Son realmente hermosas, espectaculares. Pero est&aacute;n vac&iacute;as: &ldquo;los dibujos, claramente, mienten. Propagan el vac&iacute;o, la nada&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El t&iacute;tulo, de hecho, es un homenaje a Henri Lefebvre, el soci&oacute;logo franc&eacute;s que inspir&oacute; al movimiento situacionista. Karimi se entronca as&iacute; con una cr&iacute;tica de la alienaci&oacute;n de la sociedad capitalista mediante las im&aacute;genes que empieza con la modernidad. El cine en Karimi es, en el sentido m&aacute;s godardiano, una forma que piensa.
    </p><p class="article-text">
        Solo en 2008, con la revoluci&oacute;n verde, las paredes recuperan su poder subversivo: otra vez vuelven las consignas de protesta, los muros como espacios en blanco esperando la escritura de la gente, no de artistas. Entre todas, una: &ldquo;no pod&eacute;is blanquear la historia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El realizador Manuel Jim&eacute;nez N&uacute;&ntilde;ez, que tambi&eacute;n conoci&oacute; a Karimi en el Zinebi, dice que el cine de Keywan &ldquo;tiene la caracter&iacute;stica de mostrar, de mostrar sin explicar, sin dar su opini&oacute;n expresa. Simplemente muestra la realidad, lo que hay, lo que pasa, las conclusiones se las deja al espectador. Y posiblemente eso sea lo peor, lo m&aacute;s injusto de su condena, si es que se le puede buscar una parte peor a tama&ntilde;a injusticia. Keywan ha sido condenado por ense&ntilde;ar una realidad. Ni siquiera por explicarla, ni siquiera por levantar la voz y condenar. &Eacute;l s&oacute;lo muestra. Y es, o deber&iacute;a ser, inconcebible que te puedan condenar por el mero hecho de mostrar algo que est&aacute; pasando.&rdquo;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






    <picture class="news-image">
                                    <!--[if IE 9]>
                <video style="display: none;"><![endif]-->
                                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 576px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/73f9092b-3c7c-4dc7-bbc0-8a1515e02eb0_16-9-aspect-ratio_50p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 576px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/73f9092b-3c7c-4dc7-bbc0-8a1515e02eb0_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg"
                        >
                                                                                                                        
                                                    <source
                                    media="(max-width: 767px)"
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/73f9092b-3c7c-4dc7-bbc0-8a1515e02eb0_16-9-aspect-ratio_75p_0.webp"
                            >
                                                <source
                                media="(max-width: 767px)"
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/73f9092b-3c7c-4dc7-bbc0-8a1515e02eb0_16-9-aspect-ratio_75p_0.jpg"
                        >
                                                                    
                                                    <source
                                    
                                    type="image/webp"
                                    srcset="https://static.eldiario.es/clip/73f9092b-3c7c-4dc7-bbc0-8a1515e02eb0_16-9-aspect-ratio_default_0.webp"
                            >
                                                <source
                                
                                type="image/jpg"
                                srcset="https://static.eldiario.es/clip/73f9092b-3c7c-4dc7-bbc0-8a1515e02eb0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                        >
                                    
                <!--[if IE 9]></video><![endif]-->

                <img
                                        src="https://static.eldiario.es/clip/73f9092b-3c7c-4dc7-bbc0-8a1515e02eb0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg"
                    alt=""
                >

            
            </picture>

            
            
            
                </figure><p class="article-text">
        Una sospecha que lo que realmente incomoda al gobierno iran&iacute; no es que la pel&iacute;cula se interrogue sobre el papel politizado de las frases en los muros, sino precisamente lo contrario: que, al mostrar el uso que el poder hace de los muros para convertir a la ciudadan&iacute;a en clientela, Ir&aacute;n no aparezca, en realidad, como un pa&iacute;s diferente al resto de pa&iacute;ses capitalistas, de esos Estados Unidos contra los que muchos de sus murales se dirigen.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; esa sea en realidad la fuerza de su cine: que su denuncia, por lo delicadamente construida, no puede caer en manique&iacute;smos. Su mirada es profunda y compleja. As&iacute; habla por ejemplo cuando le pregunto si ha pensado en marcharse de Ir&aacute;n:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No creo que Europa o Estados Unidos sean lugares de libertad tampoco. Es el mismo control, s&oacute;lo que en Estados Unidos, o en Europa, usan m&aacute;s vaselina.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Y sigue: &ldquo;No puedo irme de aqu&iacute;. Es mi pa&iacute;s, mis pel&iacute;culas son sobre mi pa&iacute;s, y si me fuera, estar&iacute;a haciendo lo que ellos quieren. Es mi deber, como cineasta y como activista, quedarme aqu&iacute;.&rdquo; El recurso es en noviembre. Es su &uacute;ltima oportunidad de quedarse en su pa&iacute;s, pero fuera de las rejas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/paredes-hablan-demasiado_1_2416498.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 26 Oct 2015 20:30:56 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/86930e2c-4952-42cf-9ff7-f4ddb7dea079_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52385" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/86930e2c-4952-42cf-9ff7-f4ddb7dea079_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52385" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Paredes que hablan demasiado]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/86930e2c-4952-42cf-9ff7-f4ddb7dea079_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Irán,Libertad de expresión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De qué república hablo cuando hablo de la república]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/republica-hablo_129_4278737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Es esperanzador pensar que aún quedan acontecimientos tan poderosos que consiguen asustar al poder, que no los convierte en mercancía</p></div><p class="article-text">
        1. Es fin de semana y pregunto a varias amigas qu&eacute; es para ellas la rep&uacute;blica. En general siempre hay un silencio &ndash;a qui&eacute;n se le ocurre sacar el tema en la sobremesa de un s&aacute;bado de sol&ndash; , despu&eacute;s conceptos generales: derechos, democracia, libertad. A veces, alguien pregunta de qu&eacute; rep&uacute;blica estamos hablando cuando hablamos de la rep&uacute;blica. Ah&iacute; algunas personas dicen que para ellas es una cuesti&oacute;n de memoria, de aquello que pudimos haber sido y no somos. Para otras es algo del futuro, de lo que a&uacute;n no somos pero seremos, algo que cada vez est&aacute; m&aacute;s cerca. Pienso entonces en la rep&uacute;blica como bisagra: uno de esos momentos de la historia capaces de conectar el pasado y el futuro. Una grieta luminosa en el presente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        2. Para m&iacute; el 14 de abril es una cuesti&oacute;n de s&iacute;mbolos. Tambi&eacute;n es cuesti&oacute;n de muchas otras cosas, claro; pero siento hoy cierta impugnaci&oacute;n de lo simb&oacute;lico en el discurso pol&iacute;tico y me da por reivindicarlo. Como buena hija de la democracia, yo despert&eacute; a la pol&iacute;tica con cosas que pasaban fuera: mir&aacute;bamos hacia Am&eacute;rica Latina porque all&iacute; hab&iacute;a habido revoluciones que inspiraron canciones y algunas frases se nos quedaban en la cabeza y de repente un d&iacute;a, como si se prendiera una chispa, entend&iacute;amos con exactitud qu&eacute; era eso que tarare&aacute;bamos sin pensar. Despu&eacute;s una empezaba a extender la mirada hacia casa: &iquest;despu&eacute;s de cu&aacute;ntos libros y pel&iacute;culas sobre Pinochet y Videla preguntaste por primera vez d&oacute;nde hab&iacute;an estado tus familiares durante la guerra y la dictadura? &iquest;cu&aacute;ndo empezaste a sospechar por qu&eacute; nunca lleg&aacute;bamos al s. XX en clase de historia? As&iacute; son los s&iacute;mbolos: cosas que el cuerpo sabe mucho antes que la cabeza. Despu&eacute;s, pero s&oacute;lo despu&eacute;s, una entiende. Los s&iacute;mbolos (esa frase, esa canci&oacute;n, ese gesto con la mano o, s&iacute;, esa bandera) fueron mi entrada irracional a la racionalidad de la pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        3. Vieja pol&iacute;tica y nueva pol&iacute;tica. No puedo concebir una nueva pol&iacute;tica que no se encargue de reivindicar aquello que la vieja pol&iacute;tica se ha afanado en soterrar y sobre lo que cimienta su poder. Soterrar no siempre es esconder; tambi&eacute;n puede ser ridiculizar, cooptar, desactivar pol&iacute;ticamente. La vieja pol&iacute;tica es el portavoz electoral del PP que llama carcas a quienes se acuerdan hoy de &ldquo;la guerra del abuelo, [de] la fosa de no s&eacute; qui&eacute;n&rdquo;. La vieja pol&iacute;tica fue tambi&eacute;n un Carrillo que, como cuenta Gregorio Mor&aacute;n en su libro imprescindible, &ldquo;en menos de seis meses pas[&oacute;] de insultar a una monarqu&iacute;a desprestigiada a apalear a quien osara aparecer en un mitin comunista con una bandera republicana&rdquo;. El desprestigio de todo lo que suene a rep&uacute;blica, hoy, es consecuencia directa de aquel pacto fundador de la democracia presente. La nueva pol&iacute;tica no puede tener miedo a hablar de modelo de Estado, no puede caer en la trampa que nos tienden quienes siguen viviendo de los r&eacute;ditos del pacto del olvido. Se trata de l&iacute;neas de continuidad, pero entendidas de otra manera: lo verdaderamente urgente no es tanto reclamar ese lazo que nos une a aquello que aniquil&oacute; el alzamiento militar del 36, sino denunciar el lazo que une el r&eacute;gimen presente con la dictadura franquista. Recordar, por ejemplo, que Felipe VI est&aacute; en el poder porque su padre, a&uacute;n con el cad&aacute;ver de Franco sin enterrar, jur&oacute; &ldquo;por Dios y sobre los santos evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del Reino y guardar y hacer guardar lealtad a los principios fundamentales del Movimiento Nacional&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        4. Este martes es, otra vez, 14 de abril y una vez m&aacute;s la fecha pasar&aacute; inadvertida en la mayor&iacute;a de portadas y telediarios. Todos los a&ntilde;os, en este mismo d&iacute;a, renuevo mi capacidad de asombro ante un establishment medi&aacute;tico que en este pa&iacute;s ejercita el olvido como un m&uacute;sculo m&aacute;s. Pero ese olvido modelado hasta la saciedad, ese olvido de gimnasio, me anuncia siempre la otra cara de la moneda: &iquest;c&oacute;mo de poderosa es la mera imagen de un gobierno proclamado hace 84 a&ntilde;os para que los medios de comunicaci&oacute;n hegem&oacute;nicos ni siquiera lo nombren? Es esperanzador pensar que a&uacute;n quedan acontecimientos tan poderosos que consiguen asustar al poder, que no los convierte en mercanc&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hacerse adulta es, tambi&eacute;n, ir construyendo calendarios propios. Es rebelarse contra los feriados que se decretan para fundar la genealog&iacute;a de quien gobierna. Definir los tiempos que realmente importan, o que van a importar desde ahora, en la vida de una. Defender el derecho &ndash;&iacute;ntimo, subversivo&ndash; a celebrar nuestra propia historia. Viva la rep&uacute;blica.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/republica-hablo_129_4278737.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Apr 2015 18:47:01 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[De qué república hablo cuando hablo de la república]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[República]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La memoria, ese invento del poder]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/memoria-invento-poder_129_4512357.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La verdadera amenaza de la que debemos salvar nuestra memoria es la de convertirse en un instrumento maleable, al servicio del poder</p></div><p class="article-text">
        Voy a ser bien pensada. Voy a interpretar las <a href="http://www.eldiario.es/cultura/libros/Javier-Cercas-Memoria-Historica-convirtio_0_324068438.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">declaraciones de Javier Cercas</a> sobre &ldquo;el negocio de la memoria hist&oacute;rica&rdquo; () como una cr&iacute;tica a la industria cultural. Voy a pensar que Cercas no se refiere, como Rafael Hernando, a los millares de personas que buscan a sus familiares que desapareci&oacute; la represi&oacute;n franquista. Voy a pensar que Cercas s&oacute;lo dice hoy lo que dice para armar bulla y promocionar su &uacute;ltimo libro. Voy a leer entonces esta frase (&ldquo;Se sustituy&oacute; lo objetivo por lo subjetivo. El problema es que se convirti&oacute; en un negocio&rdquo;) en clave de instituciones culturales.
    </p><p class="article-text">
        Y voy a comenzar d&aacute;ndole la raz&oacute;n: durante muchos a&ntilde;os proliferaron, como si se produjeran por s&iacute; solas, novelas, series, pel&iacute;culas, que hablaban sobre la Guerra Civil &ndash;y, en bastante menor medida, sobre la dictadura&ndash;. Voy a ir incluso m&aacute;s all&aacute;: la mayor&iacute;a de esos productos culturales repet&iacute;an una forma m&aacute;s o menos parecida: eran eminentemente narrativos (con su inicio, su nudo, su final), y promov&iacute;an una versi&oacute;n del tiempo como un espacio cerrado, al que no se pod&iacute;a acceder; y adem&aacute;s sobre ellos volaba siempre un sospechoso esp&iacute;ritu de reconciliaci&oacute;n. Entre esas muchas producciones se encontraba<em>,</em> claro,<em> Soldados de Salamina</em> - novela que, sin duda, constituy&oacute; un negocio, en primer lugar, para el propio Cercas, con m&aacute;s de mill&oacute;n y medio de ejemplares vendidos. Pero no me voy a detener aqu&iacute; en aquel libro; eso ya lo hizo, brillante, Vicen&ccedil; Navarro en un <a href="http://www.vnavarro.org/?p=4439" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">art&iacute;culo</a>. As&iacute; que hubo, s&iacute;, negocio en torno a nuestro pasado reciente. Y lo sigue habiendo. El problema es que Cercas se equivoca en el segundo t&eacute;rmino de su apreciaci&oacute;n: no fue el negocio de la memoria hist&oacute;rica: fue el negocio de la Cultura de la Transici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El mecanismo que impuso la CT es conocido y no es exclusivo de nuestro pa&iacute;s. La historiadora francesa Annette Wieviorka lo llama &ldquo;saturaci&oacute;n&rdquo;: una memoria saturada es aquella en la que el evento que se recuerda se desliga de las condiciones hist&oacute;ricas que lo produjeron. Es una memoria que pierde su efectividad hist&oacute;rica, una memoria despolitizada; y una memoria, adem&aacute;s, que produce el espejismo de estar hablando constantemente de ella. Una memoria, en fin, que pierde el nombre de memoria. Las obras del negocio de la industria cultural a las que, espero, se refiere Cercas -los <em>cu</em><em>&eacute;</em><em>ntamec</em><em>&oacute;</em><em>mopas</em><em>&oacute;</em><em>s</em> y las <em>anatom</em><em>&iacute;</em><em>asdeuninstante</em>- son as&iacute; esos productos aproblem&aacute;ticos a los que nos tiene habituadas la cultura dirigista de lo superficial, lo ahist&oacute;rico, lo buenrollista que se impuso en nuestro pa&iacute;s de la mano del afianzamiento del capitalismo: la saturaci&oacute;n de la memoria es el arma m&aacute;s eficaz que tiene el bando vencedor para hacer largas y sesudas disquisiciones sobre el pasado sin cuestionar los or&iacute;genes totalitarios de su hegemon&iacute;a cultural, pol&iacute;tica, econ&oacute;mica. Pero eso tiene, en realidad, poco que ver con la memoria; es su simulacro.
    </p><p class="article-text">
        En el Konvolut N del <em>Libro de los pasajes</em>, Walter Benjamin nos dice que la historia que muestra las cosas &ldquo;tal y como fueron&rdquo; fue el narc&oacute;tico m&aacute;s poderoso de su siglo. Benjamin se refer&iacute;a, como lo har&iacute;a tambi&eacute;n en sus <em>Tesis sobre la filosof</em><em>&iacute;</em><em>a de la historia</em>, a la historia positivista, a la historia del tiempo homog&eacute;neo y vac&iacute;o, a la historia del punto y final. As&iacute; funciona, exactamente, la versi&oacute;n del pasado que promueve la CT y que puebla las baldas de novedades editoriales &uacute;ltimamente: presentando el pasado como algo pasado, que no nos pertenece, al que no podemos acceder. Y si no podemos acceder al pasado, lo &uacute;nico que podemos hacer, y lo &uacute;nico que nos va a salvar, es mirar hacia el futuro, parece decirnos al o&iacute;do la CT. De nuestro relacionarnos con el pasado en relaci&oacute;n de igualdad nace la rabia, la subversi&oacute;n, la lucha. De nuestra relaci&oacute;n con el futuro, la docilidad.
    </p><p class="article-text">
        Eso a lo que Javier Cercas llama memoria es placebo. La memoria, la que merece llamarse as&iacute;, es, ante todo, dial&eacute;ctica; sea colectiva, sea hist&oacute;rica o sea individual &ndash;que es, en esencia, lo mismo&ndash;. Digo esto porque Cercas parece tener un problema no s&oacute;lo con la industria y el negocio, sino tambi&eacute;n con la subjetividad (&ldquo;una memoria, que era colectiva, se llenara de subjetividad&rdquo;, comienza el art&iacute;culo). Afirmar que la memoria es, en esencia, subjetiva, no es quitarle valor al testigo y defender la labor del historiador. La historia, y parece mentira que haya que repetirlo, es el relato que las clases vencedoras erigen sobre los cuerpos de aquellas personas que su poder ha seputaldo para convertirse en tal: nada m&aacute;s subjetivo que un relato construido para legitimar la opresi&oacute;n. Por eso, la memoria, la que &ndash;repito&ndash; merece llamarse memoria, es un relacionarse de t&uacute; a t&uacute; con el pasado, es, precisamente, devolverle la subjetividad a eso que el poder se encarga de convertir en lugar cerrado, intransitable, inerte; &ldquo;objetivo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Articular el pasado hist&oacute;ricamente no es, nos dice Benjamin en las <em>Tesis</em>, conocerlo &ldquo;tal y como fue&rdquo;, sino apropiarse de un recuerdo que destella en el momento en que est&aacute; en peligro. No se trata solo de cuestionar la versi&oacute;n de la historia que nos han inculcado &ndash;la teor&iacute;a de los dos demonios, el fetiche de la transici&oacute;n&ndash;, sino de desvelar c&oacute;mo sus mecanismos siguen determinando nuestro presente: c&oacute;mo alguien puede hacerse famoso escritor hablando del pasado y despu&eacute;s desestimar la industria que lo alza al estrellato como si estuviera al margen, y decir todo esto con tal impunidad. La memoria, la que merece llamarse memoria, pone en cuesti&oacute;n este ser parte y juez, este servirse de quienes fueron vencidas y vencidos y al mismo tiempo disfrutar de los privilegios que se cimientan sobre los muchos cuerpos que a&uacute;n siguen en las cunetas. &Eacute;sa es la verdadera amenaza de la que debemos salvar nuestra memoria, constantemente: la de convertirse en un instrumento maleable, al servicio del poder.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Isabel Cadenas Cañón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/memoria-invento-poder_129_4512357.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Nov 2014 20:21:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La memoria, ese invento del poder]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Javier Cercas,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
