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    <title><![CDATA[elDiario.es - Marcos Díez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/marcos_diez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Marcos Díez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Fuerzas superiores]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/fuerzas-superiores_132_1718862.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/036f7635-91b1-497f-9c0c-d32e5a00c5fc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Naufragio de la galeaza Gerona. Armada Invencible. Autor: Howard Gerrard."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No es más fuerte el que pelea heroico contra algo que escapa a su control sino el que lo acepta y asume su debilidad.</p></div><p class="article-text">
        Tememos a la naturaleza cuando, fuera de s&iacute;, es capaz de convertir en fr&aacute;gil lo que cre&iacute;amos s&oacute;lido: una carretera se arruga como el papel, un paseo mar&iacute;timo se deshace como si fuera de arena, una farola se retuerce y quiebra. Lo s&oacute;lido se resquebraja y sentimos, a un tiempo, terror y j&uacute;bilo. Terror porque nos asomamos a fuerzas que no podemos controlar y que son capaces de llevarse por delante todo lo que parec&iacute;a estable. J&uacute;bilo, precisamente, porque descubrimos que la estabilidad es un espejismo. Lo incontrolable es un im&aacute;n que nos atrae y repele a la vez. Nos gusta saber que hay cosas que no dependen de nosotros pero, a la vez, esa certeza nos aterroriza. Por eso nos acercamos a los acantilados los d&iacute;as de tormenta pero calculamos, al hacerlo, la distancia adecuada para poder sobrecogernos sin ser arrastrados por el oleaje.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la naturaleza se desata las personas se sienten de pronto muy peque&ntilde;as porque asumen que no tienen el control. El puente de hormig&oacute;n que soportaba el paso de veh&iacute;culos de gran tonelaje aparece partido en dos por la fuerza de un r&iacute;o que sent&iacute;amos inofensivo antes de su crecida. El rascacielos que nos parec&iacute;a inamovible se tambalea y cae cuando entran en juego fuerzas m&aacute;s grandes que la suya. Nos llevamos entonces las manos a la cabeza sorprendidos. Nos sorprendemos porque hemos olvidado que la fortaleza es solo una ilusi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es la fragilidad el &uacute;nico lugar donde encontrar algo que se pueda parecer a una verdadera solidez. Por eso son m&aacute;s resistentes los &aacute;rboles que se doblan. Por eso el agua, acostumbrada a romperse tantas veces, resiste sin inmutarse el ataque de la proa de los barcos. No es m&aacute;s fuerte el que pelea heroico contra algo que escapa a su control sino el que lo acepta y asume su debilidad. No es mayor la fortaleza de quien lucha con todas sus fuerzas contra la enfermedad y la muerte sino la de quien, reconociendo su &iacute;ntimo estremecimiento, se entrega con naturalidad al zarandeo al que lo someten las fuerzas superiores de la naturaleza.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/fuerzas-superiores_132_1718862.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Feb 2019 09:17:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fuerzas superiores]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Marcos Díez,Naturaleza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Barba]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/barba_132_1673389.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c6873e1a-7acc-4fa8-9be6-979c4ce98a07_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Perro."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo que vemos está casi siempre moldeado por la intervención humana: los jardines, los ríos, los bosques, los pastos. Todo está intervenido, domesticado.</p></div><p class="article-text">
        No cepillo a mi perro. No al menos en los &uacute;ltimos tiempos. Su pelo crece y crece y se enreda y se enreda y acaba formando nudos, rastas, masas compactas en las que no puede penetrar ni el sol, ni la lluvia, ni una bala podr&iacute;a atravesarlas, ni un misil. Lo ba&ntilde;o y mis manos no pueden llegar a tocar su piel. Mi perro tiene once a&ntilde;os y me pregunto c&oacute;mo ser&iacute;a hoy si en esos once a&ntilde;os nunca le hubiera cortado el pelo, nunca lo hubiera ba&ntilde;ado o cepillado. Imagino una masa de pelo &aacute;spero, algo como una coraza, y enterrados bajo ese pelo apelmazado y sucio sus ojos tristes. Su estado natural estar&iacute;a muy alejado de su pl&aacute;cido aspecto de mascota un tanto asilvestrada.
    </p><p class="article-text">
        Lo que vemos est&aacute; casi siempre moldeado por la intervenci&oacute;n humana: los jardines, los r&iacute;os, los bosques, los pastos. Todo est&aacute; intervenido, domesticado no porque domar a la naturaleza no es posible aunque tengamos la ilusi&oacute;n de que s&iacute; lo es. Es muy dif&iacute;cil mirar algo en donde no haya huellas de los seres humanos, empezando por nosotros mismos y nuestros rituales de limpieza y acicalamiento. Tal vez esa pureza solo se halle en el cielo cuando no es atravesado por las estelas de los aviones. Tal vez en las estrellas cuya luz nos llega de tan lejos.
    </p><p class="article-text">
        Miro a mi perro, su aspecto un tanto abandonado. Luego me miro en el espejo. La barba cerrada de dos semanas comienza a ocultar mi rostro. Imagino c&oacute;mo ser&iacute;a mi aspecto si nunca hubiese ido a la peluquer&iacute;a, si mi barba hubiese crecido sin que semanalmente una m&aacute;quina el&eacute;ctrica me devolviera la imagen de un hombre civilizado. Cada vez que dejo crecer mi barba me pongo un poco hosco, como si lo salvaje se adue&ntilde;ara de alguna manera de m&iacute;. Me miro y un poco me parece como si acabara de salir de una caverna y me acuerdo de Eduardo Garc&iacute;a, ese poeta estupendo, y de su poema 'Ritual': &ldquo;Esta ma&ntilde;ana me encontr&eacute; / en el espejo al hombre-lobo. / Receloso observaba mis facciones / con destellos de bosque en la mirada, / con aliento de fauces entreabiertas, / conteniendo un aullido, / vigilante&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/barba_132_1673389.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Feb 2019 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Barba]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Marcos Díez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un extraño paseo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/extrano-paseo_132_1742937.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6b41805e-d58b-4683-a2fa-b077eb7054fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un extraño paseo"></p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as di un paseo a mi perro de madrugada. El term&oacute;metro del coche parpadeaba indicando riesgo de hielo: tres grados, dos grados, cero grados. El perro, acomodado a los pies del asiento delantero, llevaba un par de d&iacute;as sin verme. Lo acababa de recoger, al filo de la media noche, y mientras conduc&iacute;a hacia casa me miraba fijamente como dici&eacute;ndome: &ldquo;Venga, no me hagas esto, vamos a correr un poco&rdquo;. Aunque a saber lo que pensaba o esperaba el perro de m&iacute;, si es que pensaba o esperaba algo. El caso es que interpret&eacute; que quer&iacute;a que yo lo pasease y no quise decepcionarlo.
    </p><p class="article-text">
        Estaba muy cansado, s&oacute;lo quer&iacute;a dejar caer mi cuerpo sobre la cama para entregarme seguidamente al sue&ntilde;o, pero ante su insistencia perruna di el intermitente y aparqu&eacute; el coche a los pies de una farola solitaria desde la que nace un camino por el que suelo pasear a plena luz del d&iacute;a. Actu&eacute; movido por el temor a decepcionar a mi perro (sin comentarios). El caso es que &eacute;l se puso muy contento y yo me envolv&iacute; en la bufanda, me abroch&eacute; bien el abrigo, met&iacute; las manos en los bolsillos y me adentr&eacute; en la noche.
    </p><p class="article-text">
        El camino no estaba iluminado. Al principio la oscuridad era absoluta pero mis ojos se fueron acostumbrando y la negritud del principio se convirti&oacute; en una penumbra tolerable un poco despu&eacute;s. No ve&iacute;a mucho pero algo ve&iacute;a, lo suficiente al menos para no desorientarme, para no caer en una zanja o en un arroyo. Camin&eacute; a buen ritmo para entrar en calor. El ejercicio y el fr&iacute;o me desperezaron y el paseo comenz&oacute; a tornarse placentero, as&iacute; que decid&iacute; prolongarlo y caminar un par de kil&oacute;metros m&aacute;s hasta el r&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        El perro iba y ven&iacute;a en la oscuridad orient&aacute;ndose con su o&iacute;do y su olfato. Yo no sab&iacute;a d&oacute;nde estaba &eacute;l pero &eacute;l sab&iacute;a en todo momento en d&oacute;nde estaba yo. El perro no tem&iacute;a alejarse de m&iacute; para explorar los campos oscuros. Correteaba como si estuviese unido a m&iacute; por un Hilo de Ariadna que le indicaba siempre el camino de regreso. A veces, inquieto, yo lo llamaba y unos segundos despu&eacute;s aparec&iacute;a como para decirme: &ldquo;Tranquilo, aqu&iacute; sigo&rdquo;. Y despu&eacute;s volv&iacute;a a desaparecer veloz en la noche. 
    </p><p class="article-text">
        A nuestro alrededor los animales nocturnos se comunicaban en sus idiomas secretos, quiz&aacute;s inform&aacute;ndose los unos a los otros de nuestra llegada. Estaba helando y una niebla muy cerrada ca&iacute;a sobre los campos m&aacute;s cercanos al r&iacute;o. Me sumerg&iacute; en ella y, casi a tientas, logr&eacute; alcanzar la orilla. Me qued&eacute; all&iacute; unos minutos, mientras el calor de mi cuerpo comenzaba a abandonarme, escuchando el estruendo de un agua que no pod&iacute;a ver. No pude evitar sentir en ese momento un estremecimiento, algo como un temor irracional a que ese caudal invisible y oscuro me arrastrara. Decid&iacute; silbar para romper ese miedo extra&ntilde;o y el perro vino a m&iacute; jadeando. Lo acarici&eacute; o me acarici&oacute;, yo ya no s&eacute;. Me mir&oacute; sac&aacute;ndome la lengua, como burl&aacute;ndose de m&iacute;, y sent&iacute; que me dec&iacute;a: &ldquo;Venga, ya est&aacute; bien, hace fr&iacute;o, v&aacute;monos a casa&rdquo;. As&iacute; que, apretando nuevamente el paso para dejar de tiritar, me alej&eacute; de aquella corriente, de su v&eacute;rtigo, de su profundidad, de su escalofr&iacute;o.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/extrano-paseo_132_1742937.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Jan 2019 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un extraño paseo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre los cuerpos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/cuerpos_132_1753573.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f73a74b4-ac8c-4378-a8ef-15e462641302_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="La obra de arte Embrace (lovers ll)."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De la soledad inevitable de nuestros cuerpos queremos salir, desesperadamente, para encontrarnos con los otros.</p></div><p class="article-text">
        A un perro le resulta indiferente que alguien est&eacute; vestido o desnudo a su lado. Todas las personas que han convivido con un perro saben a qu&eacute; me refiero. El animal nos mira imperturbable porque no le dice nada nuestro cuerpo, lo &uacute;nico que le importa es nuestra presencia, lo que hacemos, c&oacute;mo ocupamos el espacio e interactuamos con &eacute;l. A los ni&ntilde;os muy peque&ntilde;os les pasa algo parecido: no sienten extra&ntilde;eza ante sus padres sin ropa. A un perro o a una ni&ntilde;a muy peque&ntilde;a les da igual el grado de definici&oacute;n de mis m&uacute;sculos, si tengo m&aacute;s o menos vello corporal, las arrugas, la sequedad de mis rodillas, las canas, las primeras se&ntilde;ales de mi inevitable decadencia.
    </p><p class="article-text">
        Crecemos y vamos llenando la carne de significado y al hacerlo dejamos de verla. Estamos tan llenos de im&aacute;genes de lo que debe ser un cuerpo que somos incapaces de mirarnos con limpieza incluso cuando en la soledad de nuestra habitaci&oacute;n, al salir de una ducha placentera, nos situamos despojados de adornos y artificios ante el espejo. Lo que es bello y lo que no est&aacute; mediatizado por unos aprendizajes que nos se&ntilde;alan de qu&eacute; debemos avergonzarnos, qu&eacute; debe de atraernos, qu&eacute; tiene que causarnos rechazo en los dem&aacute;s y en nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
        Somos un conjunto de &oacute;rganos ensamblados entre s&iacute; que palpitan sin descanso de forma misteriosa. Somos piel conteniendo y expulsando a la vez una rara energ&iacute;a que late adentro de nosotros. Es esa energ&iacute;a la que ven los ni&ntilde;os y los perros, la &uacute;nica que les importa. Voces, movimientos, miradas, formas de tocar, formas de decir, formas de callar, maneras de estar presentes. La atracci&oacute;n, el magnetismo y la belleza descansan, sobre todo, en esas cosas. De la soledad inevitable de nuestros cuerpos queremos salir, desesperadamente, para encontrarnos con los otros. Y no hay encuentro mayor que el que se produce cuando dos cuerpos libres de prejuicios intiman y entran en contacto. Por eso los amantes que fusionan sus cuerpos buscando la energ&iacute;a que hay en el otro no envejecen nunca. Por eso los abrazos de los ni&ntilde;os nos desarman.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/cuerpos_132_1753573.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 11 Jan 2019 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sobre los cuerpos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre lo virtual]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/virtual_132_1769209.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/22fe0507-9cfa-40e7-9d4a-f35eb1888800_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Cartas de amor, 1950 Stanley Spencer (Inglaterra, 1891-1959)."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo virtual, con todos sus trucos, se quiere hacer pasar por lo mejor de la vida pero no es la vida.</p></div><p class="article-text">
        Los tel&eacute;fonos m&oacute;viles, con todas sus aplicaciones al servicio de la comunicaci&oacute;n, nos permiten estar conectados a todas horas con casi todo el mundo. Los sistemas de mensajer&iacute;a instant&aacute;nea promueven con sus di&aacute;logos escritos inmediatos una forma de conversar que tiene algo de omnipresente y que est&aacute; atravesada casi siempre por el malentendido, la imprecisi&oacute;n y la prisa. Conversamos con otro, s&iacute;, pero el otro no est&aacute;. No lo vemos, no lo escuchamos, no sabemos qu&eacute; hace mientras habla con nosotros. Y ni siquiera tenemos la ventaja de la comunicaci&oacute;n epistolar en la que lo escrito da lugar a reflexiones hondas y de calado, a una forma de decir hermosa porque se cuida y no es precipitada. 
    </p><p class="article-text">
        La palabra escrita vale m&aacute;s cuanto m&aacute;s se piensa porque es en ese detenernos a pensar en lo que escribimos cuando se abre paso un pensamiento distinto. Por eso el arte de la correspondencia nos eleva. Las palabras que escribimos desde los teclados t&aacute;ctiles al ritmo vertiginoso de una conversaci&oacute;n hablada nos conducen, sin embargo, al desastre y la frustraci&oacute;n. Dialogar a trav&eacute;s de estas aplicaciones de mensajer&iacute;a instant&aacute;nea acaba siendo casi siempre agotador. Porque cuando uno tiene verdaderamente ganas de hablar con otra persona lo virtual es siempre una carencia que nos recuerda que la otra persona no est&aacute; porque nos falta su cuerpo con sus ojos encendidos que tambi&eacute;n nos dicen cosas.
    </p><p class="article-text">
        Busca el emoticono, con sus caricaturas, suplir la ausencia de los cuerpos para hacer m&aacute;s carnal la comunicaci&oacute;n y expresar, as&iacute;, emociones que escapan al poder de la palabra. Pero es in&uacute;til porque los emoticonos (aunque palpiten, se animen y traten de incorporar todos los matices posibles) tienen esa tristeza de las marionetas, que sonr&iacute;en con sus rostros inertes. Las largas comunicaciones virtuales, cuando van m&aacute;s all&aacute; de mensajes concretos (&iquest;a qu&eacute; hora quedamos? &iquest;d&oacute;nde nos vemos?) solo sirven para recordarnos que en realidad no estamos acompa&ntilde;ados en ese momento en el que tenemos la ilusi&oacute;n de tener alguien a nuestro lado. Lo virtual es un suced&aacute;neo que nos acerca al vac&iacute;o m&aacute;s que a la plenitud. Lo virtual, con todos sus trucos, se quiere hacer pasar por lo mejor de la vida pero no es la vida. Lo virtual nos crea la ilusi&oacute;n de que bebemos pero en realidad no lo hacemos y as&iacute;, con esa simulaci&oacute;n, lo &uacute;nico que conseguimos es multiplicar la magnitud de la sed.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/virtual_132_1769209.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Dec 2018 08:59:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sobre lo virtual]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Marcos Díez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fitipaldi]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/fitipaldi_132_1776168.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f36a41ff-a153-4ebd-8d21-a48747c58c53_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="El piloto brasileño Emmerson Fittipaldi."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay personas que simbolizan cosas. Sus nombres y apellidos se convierten entonces en adjetivos que tienen un significado.</p></div><p class="article-text">
        Hay personas que simbolizan cosas. Sus nombres y apellidos se convierten entonces en adjetivos que tienen un significado. Es lo que le sucedi&oacute; a Emmerson Fittipaldi, piloto de carreras de los a&ntilde;os setenta cuyo apellido se utiliza desde hace d&eacute;cadas en nuestra lengua para denominar a quienes van por la vida veloces, alegres y un tanto alocados. &iquest;Por qu&eacute; de entre todos los pilotos de F&oacute;rmula 1 fue Fittipaldi el elegido a pesar de no ser el m&aacute;s laureado, quiz&aacute;s tampoco el m&aacute;s r&aacute;pido? &iquest;Por qu&eacute; Fittipaldi y no Senna o Prost o Fangio o Brabham?
    </p><p class="article-text">
        Tenemos, por una parte, la sonoridad. Fittipaldi est&aacute; cargado de &iacute;es que asoman afiladas, veloces, de nuestros labios. Schumacher pesa como un tanque cada vez que lo pronunciamos, Vettel tiene algo de funeral. Fittipaldi, en cambio, es una palabra que sale disparada con su forma de flecha. Fittipaldi se dice como si se acelerara porque cabalga a lomos de su propia velocidad.
    </p><p class="article-text">
        La sonoridad fue importante, s&iacute;, pero no s&oacute;lo. &iquest;Qui&eacute;n era el Emmerson Fittipaldi de los a&ntilde;os setenta? Era un piloto veloz como tantos pero era, adem&aacute;s, un joven que sonre&iacute;a. Frente a la gravedad de otros pilotos Fittipaldi ten&iacute;a una sonrisa grande, contagiosa, franca, que atravesaba su cara enmarcada por dos patillas prodigiosas. Su risa parec&iacute;a hecha a la medida de un apellido que suena a celebraci&oacute;n y a fiesta. Se lo pasaba bien Fittipaldi. Escuchas Fittipalti y te entran ganas de irte de vacaciones con &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Por todo ello ser un <em>fitipaldi</em> es algo m&aacute;s que un mero ir deprisa. El fitipaldi va r&aacute;pido pero va feliz y alocado y es inofensivo y disfruta. Fitipaldi, en estos tiempos en los que las imprudencias al volante (menos mal) est&aacute;n penalizadas a nivel social, no es despectivo. Fitipaldi tiene algo de lagartija. Fitipaldi va m&aacute;s all&aacute; de las carreteras y los motores y los volantes. Fitipaldi est&aacute; cargado de cari&ntilde;o, significa velocidad pero tambi&eacute;n lo mejor de la diversi&oacute;n, la travesura y la inocencia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/fitipaldi_132_1776168.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Dec 2018 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fitipaldi]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un hombre y una cueva]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/hombre-cueva_132_1788896.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f696c1d4-0426-40ac-b0bc-21e2abceb798_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="El cuadro &#039;Las estancias del capitán&#039; de Emilio González Sainz."></p><p class="article-text">
        Hay en Santander un hombre que vive en una cueva. No dir&eacute; d&oacute;nde, para qu&eacute;. No he entrado en esa cueva aunque ganas de hacerlo s&iacute; he tenido. Afuera de su caverna hay una mesa, unas sillas, una bombona de butano y un tendal. No conozco a ese hombre pero estoy tentado de irme a pasear por los alrededores de la gruta en la que vive a ver si me lo encuentro y me invita a entrar. Me han dicho que su cueva es alargada, que tiene una buena orientaci&oacute;n y que cuenta, incluso, con una ventana desde la que se puede ver el mar. Me lo ha dicho una persona que conoce a alguien que conoce a alguien que dice que ha estado dentro de esa cueva en una ocasi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; si ese hombre ser&aacute; feliz, si estar&aacute; loco, si ser&aacute; desdichado, si pasar&aacute; hambre, si estar&aacute; satisfecho, si tendr&aacute; fr&iacute;o, si le doler&aacute;n los huesos por la humedad. Desconozco si se despertar&aacute; en medio de la noche y le invadir&aacute; una tristeza hecha ya piedra o si le crecer&aacute; dentro la alegr&iacute;a al oler el salitre del mar y escuchar el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados.
    </p><p class="article-text">
        Vivir con poco y en contacto con la naturaleza es una fantas&iacute;a que muchos hemos tenido en alguna ocasi&oacute;n. Leemos 'Walden' y fantaseamos con una caba&ntilde;a escondida en el bosque. Cobijo, alimento, combustible y poco m&aacute;s. Una existencia austera para alcanzar algo que se parezca a la libertad. &iquest;El hombre de la cueva es un Thoreau de Santander o s&oacute;lo una persona que no tiene un lugar digno en el que poder vivir? &iquest;Estar&aacute; s&oacute;lo o tendr&aacute; a veces compa&ntilde;&iacute;a?  Repasemos de nuevo los detalles: fuera de la cueva hay una bombona de butano, un tendal, una mesa de pl&aacute;stico y unas sillas. Unas sillas, s&iacute;, como si esperase a alguien, como si recibiera visita alguna vez.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/hombre-cueva_132_1788896.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Dec 2018 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un hombre y una cueva]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Marcos Díez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre la permanencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/permanencia_132_1800783.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/50c0e601-d9d2-40bc-bc72-03c51088dc70_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Sobre la permanencia. | Marcos Díez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un poema escrito en un papel tiene algo de piedra capaz de soportar inmutable el paso de los siglos. Frente al omnipresente vapor de lo virtual los álbumes o los cuadernos son resistentes, pétreos, guardan en su interior el don de la paciencia</p></div><p class="article-text">
        La imagen digital no ocupa, no pesa, es vaporosa. Uno guarda cientos o miles de fotograf&iacute;as en su tel&eacute;fono m&oacute;vil. Se mezcla todo all&iacute;: lo que merece ser guardado (que es lo menos casi siempre) y lo que deber&iacute;a ser eliminado. Pero hacer esa selecci&oacute;n lleva un trabajo, as&iacute; que finalmente las fotograf&iacute;as se descargan como el que descarga un volquete lleno de tierra en el ordenador. En sus entra&ntilde;as electr&oacute;nicas se acumulan desordenadas las im&aacute;genes en carpetas. Cada fotograf&iacute;a tiene un nombre, que es en realidad un n&uacute;mero que no nos dice nada. Los archivos son cada vez m&aacute;s, pero la computadora pesa lo mismo. Por eso guardamos, guardamos, guardamos instant&aacute;neas como si quisi&eacute;semos atrapar con ellas, en ellas, la vida que se nos va. Pero cuantas m&aacute;s fotograf&iacute;as tenemos menos posibilidades hay de que volvamos alg&uacute;n d&iacute;a a ver aquello que en su d&iacute;a retratamos.
    </p><p class="article-text">
        Un amigo que trabaja en temas tecnol&oacute;gicos asegura que nuestros nietos tendr&aacute;n menos posibilidades de ver fotograf&iacute;as nuestras que nosotros de nuestros abuelos. Todos los ordenadores se apagar&aacute;n un d&iacute;a para no ser encendidos nunca m&aacute;s, los discos duros en alg&uacute;n momento dejar&aacute;n de conectarse, las contrase&ntilde;as se olvidan, los formatos cambian. Todo lo que haya dentro de una computadora que permanezca apagada treinta a&ntilde;os no podr&aacute; ser recuperado. Un disco duro no podr&aacute; resistir un siglo en un desv&aacute;n. Un archivo digital es m&aacute;s fr&aacute;gil que un &aacute;lbum.
    </p><p class="article-text">
        Un poema en el escritorio de un ordenador puede multiplicarse con solo pulsar un bot&oacute;n, con maniobras no mucho m&aacute;s complejas ese poema podr&aacute; ser enviado a cualquier lugar del planeta en d&eacute;cimas de segundo. Todo eso es verdad y es fascinante. Pero es verdad tambi&eacute;n que un poema escrito en un papel tiene algo de piedra capaz de soportar inmutable el paso de los siglos. Frente al omnipresente vapor de lo virtual los &aacute;lbumes o los cuadernos son resistentes, p&eacute;treos, guardan en su interior el don de la paciencia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/permanencia_132_1800783.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 07 Dec 2018 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sobre la permanencia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Fotografía,Tecnología,Poemas,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El crematorio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/crematorio_132_1837970.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5e123c62-05ce-4ca1-9df1-f10a14e64ccf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Los amantes de Pompeya."></p><p class="article-text">
        Manuel Vilas, en su poema 'El crematorio', habla con el hombre que maneja el horno de gasoil en el que van a incinerar a su padre. El hombre le dice: &ldquo;Dura dos o tres horas, depende del peso del difunto&rdquo;. Vilas comenta: &ldquo;Mi padre s&oacute;lo pesaba setenta kilos&rdquo;. &ldquo;Bueno, entonces costar&aacute; mucho menos tiempo&rdquo;, responde el hombre.
    </p><p class="article-text">
        Me he acordado del poema al leer que la Consejer&iacute;a de Sanidad de Valencia se ha llegado a plantear la prohibici&oacute;n de incinerar a personas con obesidad m&oacute;rbida, porque contaminan demasiado. El hombre del poema de Vilas ya lo dejaba caer: &ldquo;Antes hemos quemado a un se&ntilde;or de ciento veinte kilos, y ha tardado un rato largo&rdquo;. Los que redactaron esa propuesta de Valencia quiz&aacute; leyeron el poema de Vilas y se vieron invadidos por una repentina lucidez. Argumentaban que incinerar un cuerpo de ese volumen &ldquo;necesita una cantidad muy elevada de combustible&rdquo;, lo que conlleva un aumento &ldquo;considerable de contaminaci&oacute;n sobrepasando el umbral de lo permitido&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Quemar a personas obesas no es recomendable porque hace falta mucho gasoil. Hay que estar delgado hasta para morirse y poder elegir con libertad qu&eacute; queremos que hagan con nuestro cuerpo. &iquest;D&oacute;nde quer&iacute;an poner el l&iacute;mite? &iquest;En cien kilos? &iquest;En ciento veinte? &iquest;En ciento cincuenta kilos? Al fin y al cabo una persona de ciento cincuenta kilos contaminar&aacute; lo mismo que dos de setenta y cinco. Tal vez la soluci&oacute;n m&aacute;s justa sea poner un l&iacute;mite diario a las incineraciones, como se hace con los coches que pueden entrar o no al centro de las grandes ciudades.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; fuera esa la soluci&oacute;n, calcular los kilos que suman todos los difuntos que tendr&aacute;n que ser incinerados esa jornada y poner un l&iacute;mite de carne que podr&aacute; ser quemada. Pasada esa frontera la incineraci&oacute;n tendr&aacute; que esperar al d&iacute;a siguiente. Si hay carne de m&aacute;s se podr&iacute;an tomar decisiones por orden de llegada, o ech&aacute;ndolo a suertes en una t&oacute;mbola final, o en funci&oacute;n de la primera letra del primer apellido: de la L a la Z tendr&aacute;n que esperar. El problema de estas normativas (o tentativas de normativas) es que se despoja a la muerte de todo su misterio y se reduce a las personas muertas a kilos de carne cuya desaparici&oacute;n tiene que ser procesada con criterios industriales, t&eacute;cnicos, fr&iacute;os, despojados de la humanidad.
    </p><p class="article-text">
        Lo peor de todo es que si la incineraci&oacute;n se calcula al peso habr&aacute; que olvidarse ya definitivamente de que dos amantes, si as&iacute; lo desearan, eligiesen que los incineraran abrazados, como la pareja de Pompeya que entrelaz&oacute; sus cuerpos huyendo de la soledad ante la inminente llegada de la muerte.  
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/crematorio_132_1837970.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Nov 2018 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El crematorio]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Gafas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/gafas_132_1869845.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0cf0ecc6-655b-4258-b85a-550543bac7b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Personaje Mister Potato de &#039;Toy Story&#039;."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Sólo hay una cosa que no entiendo: no sé cómo la gente que ve con nitidez no va mostrando su júbilo por la calle</p></div><p class="article-text">
        Perd&iacute; las gafas de sol y el sol no dejaba de molestarme, se pon&iacute;a delante de mi parabrisas a primera hora de la ma&ntilde;ana o &uacute;ltima de la tarde y me cegaba y yo me acordaba de mis gafas de sol y las echaba de menos. Eran horribles pero hac&iacute;an su funci&oacute;n. As&iacute; que fui a la &oacute;ptica para comprarme unas y me graduaron la vista. Llevaba cinco a&ntilde;os sin hacerlo y mi miop&iacute;a hab&iacute;a aumentado un poco en el ojo izquierdo y considerablemente en el derecho. El &oacute;ptico me explic&oacute; que el ojo est&aacute; dise&ntilde;ado para mirar a lo lejos, para localizar bisontes o gacelas desde lo alto de una colina, y no para enfocar una letra del cuerpo doce en un tel&eacute;fono m&oacute;vil, en un libro o en un ordenador. As&iacute; que tuve que comprarme unas gafas normales tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        No me resulta f&aacute;cil escoger unas gafas. Llevaba cinco a&ntilde;os con las anteriores y cambiarlas era como ponerme otras cejas, otros ojos, otra boca u otra nariz. Con todas me ve&iacute;a raro. Me probaba unas y otras y me sent&iacute;a Mister Potato quit&aacute;ndome y poni&eacute;ndome cosas de la cara; me miraba inseguro al espejo de la &oacute;ptica y como las gafas de prueba no est&aacute;n graduadas me ten&iacute;a que pegar al espejo para poder ver algo con unos ojillos que vistos de cerca me parecieron tristes. Prob&eacute; a hacerme fotos con el tel&eacute;fono m&oacute;vil para verme desde una perspectiva m&aacute;s adecuada. El &oacute;ptico me miraba con una mezcla de ternura y desesperaci&oacute;n mientras yo estiraba mi brazo y miraba a la c&aacute;mara un tanto inc&oacute;modo. Al final escog&iacute; unas sin estar demasiado convencido.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a que las recog&iacute; me las puse, me mir&eacute; en el espejo y no me vi demasiado mal: una mezcla entre Harry Potter y John Lennon. De las de sol prefiero no hablar aqu&iacute;&hellip; Luego sal&iacute; a la calle con mis cristales limpios y sin rayar, con la vista bien afilada, y era como si el mundo hubiese pasado de reproducirse en un viejo v&iacute;deo VHS a un aparato de alta definici&oacute;n. De pronto, los contornos estaban definidos, las luces al atardecer no se dispersaban. Yo, que normalmente tiendo a ver un milagro en todo lo que miro, ando emocionado desde entonces. Si me quito las gafas la realidad se vuelve un cuadro impresionista, si me las pongo me invade el gozo de ver tan bien todo lo que veo. Todo lo miro y por mucho que lo mire nada se desgasta. S&oacute;lo hay una cosa que no entiendo: no s&eacute; c&oacute;mo la gente que ve con nitidez no va mostrando su j&uacute;bilo por la calle, no s&eacute; c&oacute;mo no van dando saltos de alegr&iacute;a ante el espect&aacute;culo que se despliega incansablemente ante nosotros.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/gafas_132_1869845.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Oct 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Gafas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una historia mínima]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/historia-minima_132_2747762.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/eb768765-9984-4eb6-9cb3-579cd3dc5678_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Bahía de Santander. | MARCOS DÍEZ"></p><p class="article-text">
        Hace unas semanas me sent&eacute; en un banco junto a la bah&iacute;a. El aire estaba limpio y mi vista se deslizaba como una patinadora por un paisaje antiguo y cristalino. La luz iba cayendo. El cielo, en esas &uacute;ltimas horas de la tarde, cambiaba cada minuto y, m&aacute;s que un lienzo est&aacute;tico, era una danza de luces y colores que se enredaban entre el mar y las monta&ntilde;as.
    </p><p class="article-text">
        En el banco de al lado una pareja, o lo que a m&iacute; me parec&iacute;a una pareja, hablaba de sus cosas. Ella crey&oacute; reconocer un velero que regresaba a casa tras volver de no sab&iacute;a d&oacute;nde pero luego se fij&oacute; bien y dijo que no, que no era ese el velero que ella conoc&iacute;a. Comenzaron a fantasear en ese momento con la posibilidad de navegar juntos. Poco despu&eacute;s sus enso&ntilde;aciones se centraron en hacer un viaje, o varios viajes, o muchos viajes. Ella propon&iacute;a lugares muy lejanos en los que &eacute;l no hab&iacute;a estado. &Eacute;l parec&iacute;a triste y era como si ella lo intentara sacar de un lugar en el que andaba sumergido. Los mir&eacute; un poco de reojo y vi que no se tocaban pero que se mov&iacute;an como si tuviesen muchas ganas de hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        La noche ca&iacute;a ya, comenzaba a hacer fr&iacute;o. Me march&eacute; de all&iacute; tiritando. Dej&eacute; a aquella pareja, o lo que a m&iacute; me parec&iacute;a una pareja, mientras la oscuridad los envolv&iacute;a y yo me preguntaba qu&eacute; ser&iacute;a de esa historia &iacute;ntima, m&iacute;nima, a la que me hab&iacute;a asomado igual que un poliz&oacute;n; una peque&ntilde;a historia, invisible e insignificante para el mundo pero grande para las dos personas que la protagonizaban.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/historia-minima_132_2747762.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Oct 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una historia mínima]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Marcos Díez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tirachinas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/tirachinas_132_1891398.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b64ef334-d513-43fd-b877-5b05425a12c7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Niño con tirachinas."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La memoria es un laberinto, un vertedero, un álbum, una biblioteca desordenada con las páginas de sus libros un tanto emborronadas, un lugar donde se entremezclan la realidad y la ficción.</p></div><p class="article-text">
        Hasta los siete a&ntilde;os crec&iacute; en el barrio de Castilla Hermida, junto a la antigua lonja de pescado, y fui al colegio del Barrio Pesquero. El patio del recreo era la calle y, tambi&eacute;n, una nave portuaria en la que se almacenaban gigantescas monta&ntilde;as de piedras que ten&iacute;an cristales incrustados que brillaban como tesoros muy peque&ntilde;os cuando las acariciaba la luz del sol. El timbre que anunciaba que hab&iacute;a que regresar a clase era el pu&ntilde;o del maestro golpeando una puerta met&aacute;lica. No s&eacute; si alguien nos vigilaba mientras, entre clase y clase, jug&aacute;bamos con los minerales como el que juega con la arena de la playa.
    </p><p class="article-text">
        La memoria de la primera infancia es, al menos en mi caso, un tanto d&eacute;bil. Pero la memoria funciona un poco como esas mu&ntilde;ecas rusas que, si las abres, encuentras una nueva mu&ntilde;eca m&aacute;s peque&ntilde;a en su interior. Fijas tu mente en un recuerdo y, si logras sostener esa atenci&oacute;n en un acontecimiento, es f&aacute;cil que acabe apareciendo en ese recuerdo una trampilla que nos lleva a un acontecimiento distinto de nuestro pasado que descansa, sin que nosotros lo sepamos, enterrado en alg&uacute;n lugar de la memoria. Trampilla a trampilla vamos accediendo a una compleja galer&iacute;a llena de recovecos, simas, grandes cavidades con estalactitas, r&iacute;os subterr&aacute;neos, espacios oscuros o sin ventilar. 
    </p><p class="article-text">
        Si pienso en el colegio del Barrio Pesquero aparece en mi mente, por ejemplo, c&oacute;mo era el aula, o que un d&iacute;a aguard&eacute; impaciente a que acabaran las clases porque mi madre me hab&iacute;a prometido comprarme un tirachinas. Tengo una impresi&oacute;n v&iacute;vida de aquella impaciencia dentro de m&iacute;. Recuerdo el tirachinas, el deseo de poseer aquel tirachinas, pero no lo que hice con &eacute;l. Supongo que la sociedad de consumo funciona por eso. Porque un ni&ntilde;o de cinco a&ntilde;os puede desear tener algo que no necesita y recordar ese deseo casi cuarenta a&ntilde;os despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        La memoria es un laberinto, un vertedero, un &aacute;lbum, una biblioteca desordenada con las p&aacute;ginas de sus libros un tanto emborronadas, un lugar donde se entremezclan la realidad y la ficci&oacute;n. De la memoria tiramos porque en ella descansa nuestra experiencia, nuestra biograf&iacute;a,  y porque en ella encontramos las piezas, los retales, de nuestra identidad. Una identidad que vamos cosiendo poco a poco, narraci&oacute;n a narraci&oacute;n. Se va as&iacute; construyendo el relato de nuestra vida. Pero es una construcci&oacute;n en la que, casi siempre, nos hacemos trampas para que ese relato que nos contamos de nosotros mismos nos complazca. Basta una mirada un poco objetiva sobre nuestro pasado para que ese relato salte a veces por los aires. A la memoria se vuelve como vuelve el salm&oacute;n a las aguas cristalinas en las que aprendi&oacute; a nadar: con esfuerzo. Remontar el cauce de lo vivido es fatigoso, no es como ponerte a ver la amable pel&iacute;cula de tu vida en un televisor. Recordar es adentrarse en un laberinto que tiene la extensi&oacute;n de nuestra vida. Recordar, a partes iguales, ilumina y duele porque es la memoria un lugar complejo en el que cualquier persona puede perderse y encontrarse a la vez. 
    </p><p class="article-text">
        Si pienso de nuevo en el tirachinas que me compr&oacute; mi madre en un quiosco, hallo una trampilla que me conduce a otro tirachinas distinto construido por mi padre con madera y goma sacada de la c&aacute;mara de un viejo neum&aacute;tico de autom&oacute;vil. Era un tirachinas del que las piedras sal&iacute;an con violencia. Jugaba con &eacute;l en un pueblo en el norte de Palencia. Y, ay, recuerdo de pronto con nitidez lo que hice un d&iacute;a con ese tirachinas y con unos peque&ntilde;os rodamientos met&aacute;licos que utilic&eacute; como munici&oacute;n. Ay, ay, ay. Mejor no lo voy a contar aqu&iacute; porque ese recuerdo al que me acabo de asomar ya no me gusta tanto. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/tirachinas_132_1891398.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Oct 2018 08:36:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tirachinas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Literatura y salvación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/literatura-salvacion_132_1927204.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c98cf7cd-660c-4738-b9e4-595b69971f20_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Fotograma de &#039;La historia interminable&#039;."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No se puede vivir siempre dentro de la literatura pero la literatura ayuda a desbrozar los caminos de la vida que están enmarañados.</p></div><p class="article-text">
        Si se abre ligeramente un libro y se coloca con el lomo mirando hacia el cielo se crea, en ese momento, algo como una tienda de campa&ntilde;a. Quiz&aacute; por eso, por complicada que sea la situaci&oacute;n en la que me encuentre, hallo siempre una guarida en la literatura.  Es la literatura un lugar parecido a la vida pero que no es exactamente la vida. All&iacute; uno coge fuerzas, perspectiva, visi&oacute;n, para arrojarse a vivir de nuevo otra vez con m&aacute;s arrojo, con m&aacute;s inteligencia.
    </p><p class="article-text">
        No se puede vivir siempre dentro de la literatura pero la literatura ayuda a desbrozar los caminos de la vida que est&aacute;n enmara&ntilde;ados. Escribir cura y salva. Leer, cura y salva m&aacute;s todav&iacute;a. Muchos escritores realizan afirmaciones parecidas, es casi un mantra que se repite. La literatura me ha salvado. La literatura me ha salvado. La literatura me ha salvado. De tanto repetirse puede parecer una frase hecha. Pero no.
    </p><p class="article-text">
        Carmen Mart&iacute;n Gaite dijo: &ldquo;De todos los trances amargos que he pasado en la vida, siempre me ha salvado la palabra. La literatura nos salva la vida&rdquo;. La escritora rumana Herta M&uuml;ller, Premio Nobel,  afirm&oacute;: &ldquo;La literatura me ha salvado de m&iacute; misma y quiz&aacute; del miedo&rdquo;. La poeta uruguaya Piedad Bonnet  asegura: &ldquo;La poes&iacute;a me ha salvado la vida&rdquo; (y lo dice ella que vive con el suicidio de su hijo a cuestas). El autor portugu&eacute;s Ant&oacute;nio Lobo Antunes escribi&oacute;: &ldquo;La literatura me ha salvado de la idea del suicidio que tanto me ronda. Yo lo he volcado todo en las palabras&rdquo;.  El poeta Jes&uacute;s Montiel explica: &ldquo;La escritura para m&iacute; es un puente que me ha salvado. Desde ni&ntilde;o he sido muy introvertido. La escritura me ha salvado de ese aislamiento. Es una extremidad con la que llego a los dem&aacute;s&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Yo no s&eacute; explicar bien c&oacute;mo la literatura me salva pero s&eacute; que lo hace. De peque&ntilde;o, como tantos ni&ntilde;os de mi generaci&oacute;n, me escond&iacute; muchas veces debajo de una manta, acompa&ntilde;ado por una linterna y una manzana, a leer 'La historia interminable'. Creo que no he dejado de hacerlo nunca: cada vez que abro un libro, de alguna manera, me echo una manta encima. Cada vez que escribo me siento adentro de algo que, por muy desnudo que yo est&eacute;, me da cobijo. Da igual que me encuentre en un bar, en una playa, en el banco de una plaza concurrida o en medio de un conflicto personal. La literatura, s&iacute; o s&iacute;, me pone a cubierto de las cosas. Dentro de la literatura hallo, s&iacute; o s&iacute;,  luz y alimento.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/literatura-salvacion_132_1927204.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Sep 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Literatura y salvación]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Marcos Díez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Zánganos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/zanganos_132_1937764.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/07b3686b-7727-4ee5-9f3a-a5bb9cde6f0d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Zánganos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los viejos, que están de vuelta de todo, ven con lucidez desde su atalaya ese error cotidiano de dedicar la mayor parte de la vida a tareas no trascendentes</p></div><p class="article-text">
        Un vecino de noventa a&ntilde;os me dijo hace poco: &ldquo;Ay, si volviese a vivir har&iacute;a las cosas de manera distinta&rdquo;. &ldquo;Qu&eacute; har&iacute;as distinto&rdquo;, pregunt&eacute; yo. Su respuesta fue autom&aacute;tica: &ldquo;&iexcl;Ser&iacute;a un z&aacute;ngano!&rdquo;. Y luego comenz&oacute; a re&iacute;r como si hubiese hecho un corte de mangas a las horas dedicadas a tareas carentes de sentido para &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Los z&aacute;nganos est&aacute;n mal vistos porque parece, y es verdad, que se aprovechan de los que s&iacute; laboran. Pero los z&aacute;nganos son criticados, sobre todo, porque, en lo m&aacute;s hondo, es justo lo que desean hacer los que les critican. El z&aacute;ngano dedica su tiempo a lo que le place y ese es, quiz&aacute;s, el exponente m&aacute;ximo de la libertad: hacer lo que uno quiere cuando quiere en una vida que es limitada y ef&iacute;mera. El z&aacute;ngano tiene el valor y la sabidur&iacute;a de enfrentarse al tiempo abierto como un campo de Castilla. No todo el mundo puede mirar a la cara al tiempo ancho, al tiempo sin el cobijo de una obligaci&oacute;n alrededor de la cual se articule la existencia. Los z&aacute;nganos, casi siempre, son capaces de construir sus propias madrigueras, de sacar de la manga en medio de cualquier p&aacute;ramo siempre una buena sombra. A los z&aacute;nganos se les revela lo mejor de la vida. 
    </p><p class="article-text">
        Ay, pero son muchas las obligaciones, muchas las sogas imperceptibles que nos atan a las cosas que en realidad no queremos, muchos los temores que nos llevan a ser laboriosas y sufridas hormigas. Por eso cuesta tanto ser z&aacute;ngano hoy pese a lo mucho que muchos lo desean.  Los viejos, que est&aacute;n de vuelta de todo, ven con lucidez desde su atalaya ese error cotidiano de dedicar la mayor parte de la vida a tareas no trascendentes.  Por eso mi vecino me dice que si volviera atr&aacute;s ser&iacute;a un z&aacute;ngano. Y por eso yo, que no he llegado a esa atalaya todav&iacute;a, aspiro a ser un z&aacute;ngano pero de momento no lo soy.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/zanganos_132_1937764.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Sep 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Burocracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/burocracia_132_1948763.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1fa29fc3-be12-47ee-bb8a-0e035d31ebf2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Burocracia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las normas son las mismas para todos pero los que tienen más recursos van dopados a la hora de hacer frente a la burocracia</p></div><p class="article-text">
        La burocracia es una tela de ara&ntilde;a muy tupida que nos atrapa y nos inmoviliza, a veces hasta matarnos. Ken Loach habla de ello en 'Yo, Daniel Blake'. El protagonista de la pel&iacute;cula es un carpintero que ha sufrido un infarto y que, seg&uacute;n la recomendaci&oacute;n de sus m&eacute;dicos, debe dejar de trabajar. Pero una funcionaria de la Seguridad Social le dice, tras una entrevista personal, que est&aacute; en condiciones de hacerlo. Para no perder la cobertura como desempleado, porque el subsidio por incapacidad se lo han denegado, se ve obligado a demostrar que busca activamente unos empleos que no puede aceptar porque su m&eacute;dico le dice que tiene que guardar reposo. Mientras tanto, desesperado y humillado porque es visto permanentemente como un sospechoso, vaga de oficina en oficina, de formulario en formulario, de reclamaci&oacute;n en reclamaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La burocracia, de tan disparatada y cruel, empuja en ocasiones a la trampa, sobre todo a los m&aacute;s vulnerables. Porque los recursos (formaci&oacute;n, econom&iacute;a saneada, etc.) facilitan los caminos alternativos (la sanidad privada, por ejemplo) o el afrontar (contratando gente especializada, otro ejemplo) tr&aacute;mites que sin un conocimiento profundo de la administraci&oacute;n son retos equivalentes a subir el Everest sin botellas de ox&iacute;geno y sin la ayuda de los sherpas.
    </p><p class="article-text">
        Para una gran empresa es m&aacute;s f&aacute;cil tener todo el papeleo que para un peque&ntilde;o negocio porque la gran empresa puede contratar los servicios de profesionales que se dedican a abrirse paso entre la maleza de los procedimientos, los formularios, los plazos, la documentaci&oacute;n y las sanciones. Unos amigos van a tardar m&aacute;s de tres a&ntilde;os en tener en regla todos los papeles para una peque&ntilde;a queser&iacute;a artesanal. La administraci&oacute;n les lleva m&aacute;s trabajo, preocupaciones y energ&iacute;a que el cuidado de las cabras o la elaboraci&oacute;n de los quesos. Las normas son las mismas para todos pero los que tienen m&aacute;s recursos van dopados a la hora de hacer frente a la burocracia. El resto acaban agit&aacute;ndose en la tela de ara&ntilde;a como insectos frustrados e indefensos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Kafka adivin&oacute; como nadie el futuro. Ni Julio Verne fue tan preciso. Las personas acaban atrapadas y desorientadas en una mara&ntilde;a de reglas en muchas ocasiones ambiguas, complejas, contradictorias, misteriosas, desconocidas y abiertas a la interpretaci&oacute;n.  Normas a las que uno no puede hacer frente si est&aacute; en desacuerdo. Es la modernidad del hombre administrado. En uno de sus cuentos Kafka escribe: Ante la ley hay un guardi&aacute;n. Un campesino se presenta frente a este guardi&aacute;n, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardi&aacute;n contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si m&aacute;s tarde lo dejar&aacute;n entrar. -Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. En el cuento de Kafka el campesino se pasa toda su vida esperando sin que el guardi&aacute;n, al que termina agasajando y sobornando, le permita entrar a la Ley. El problema, por tanto, ya no es s&oacute;lo la ley sino (quiz&aacute;s sobre todo) quienes la guardan.
    </p><p class="article-text">
        Las leyes buscan, en teor&iacute;a, la creaci&oacute;n de un escenario civilizado y justo para la vida mediante la imposici&oacute;n de unas reglas comunes para todos. Y eso est&aacute; bien. El problema es que, a veces, se acaban estableciendo tantas normas, reglas y sanciones para asuntos de toda &iacute;ndole que se desnaturaliza el propio ejercicio de vivir o, sencillamente, se convierte por exceso de celo cualquier tr&aacute;mite sensato en una carrera de obst&aacute;culos para la que no todo el mundo est&aacute; igualmente preparado.  La burocracia, densa y enrevesada, hace que muchas personas renuncien a lo que les corresponde y empuja a otros a hacer como que la norma no existe para sacar adelante sus peque&ntilde;os proyectos (arriesg&aacute;ndose a la sanci&oacute;n y el castigo). Lograr la ayuda o el benepl&aacute;cito de la administraci&oacute;n, a veces simplemente conseguir aquello a lo que se tiene derecho, nos introduce casi siempre en un laberinto kafkiano en el que, como dice el poeta Robert Lowell, &ldquo;la luz al final del t&uacute;nel es la del tren que se nos viene encima&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/burocracia_132_1948763.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 07 Sep 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Burocracia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre la navegación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/navegacion_132_1959438.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9d81db7d-9b7e-4420-b5f4-2df49d380860_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sobre la navegación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un mundo entregado a la productividad no están bien vistas las pérdidas de tiempo, ni siquiera cuando uno está descansando</p></div><p class="article-text">
        Desde que uso el navegador GPS llego antes y mejor a los sitios a los que quiero ir pero me oriento peor y, quiz&aacute;s por desgracia, me pierdo menos. Conf&iacute;o en esa m&aacute;quina porque hace las cosas mejor que yo. Pero yo, al entregarme a la m&aacute;quina, hago cada vez peor las cosas que sab&iacute;a hacer. Cuando la m&aacute;quina falla me cuesta el doble llegar a los sitios porque algo en m&iacute; se ha entumecido. Si la m&aacute;quina no funciona tengo que parar en una gasolinera, comprar un mapa y dejar un poco de tiempo a mi mente para que vaya recordando c&oacute;mo era eso de orientarse en el espacio, c&oacute;mo era estar atento a las se&ntilde;ales, c&oacute;mo era preguntar a una persona desconocida, c&oacute;mo era tomar los caminos equivocados sin que una voz programada insista sin descanso en que he cometido un error.
    </p><p class="article-text">
        En un mundo entregado a la productividad no est&aacute;n bien vistas las p&eacute;rdidas de tiempo, ni siquiera cuando uno est&aacute; descansando (el tiempo de descanso se parece sospechosamente al tiempo de trabajo muchas veces). El navegador nos permite optimizar las horas que dedicamos a un viaje pero, al hacerlo, convierte ese viaje en un acto planificado, previsible, seguro. Y de alguna manera, aunque nos desplacemos de un sitio a otro, el viaje deja un poco de existir. Nos pasamos la vida planificando cosas porque existe en nosotros la pulsi&oacute;n de aprovechar al m&aacute;ximo el tiempo limitado que tenemos para vivir. La planificaci&oacute;n se acaba convirtiendo, as&iacute;, en una metodolog&iacute;a al servicio de la optimizaci&oacute;n de la existencia. La vida acaba determinada por la agenda establecida (toda agenda aporta orden y ahogo), los itinerarios se marcan de antemano y se reduce al m&iacute;nimo la posibilidad de la sorpresa. Las sorpresas, cuando llegan, suelen tener m&aacute;s que ver con los accidentes que, para bien o para mal, nos sacuden y hacen que la vitalidad vibre de nuevo.
    </p><p class="article-text">
        Que el navegador se quede sin bater&iacute;a no es, necesariamente, una mala noticia. Tampoco perder la agenda y que salte por los aires lo planificado. El orden es un espejismo aburrido con el que tratamos de echar las riendas a un caballo que es siempre imprevisible, que anda siempre desbocado aunque nos empe&ntilde;emos en hacer como que no. Pensamos que al planificar ordenamos el caos y que sacamos, as&iacute;, m&aacute;s partido a la existencia. Puede que sea cierto pero sospecho que es justo al rev&eacute;s. La vida, pienso, brilla m&aacute;s cuando se desata. No tener claro a d&oacute;nde quiere uno ir hace los caminos m&aacute;s confusos pero, a la vez, nos libera de tener que cumplir objetivos, nos exime de tener que medir nuestro propio rendimiento, esa condena. Crece, as&iacute;, una nueva forma satisfacci&oacute;n que no tiene que ver con lo que producimos o con c&oacute;mo competimos. Perder el tiempo es ganarlo casi siempre.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/navegacion_132_1959438.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 31 Aug 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sobre la navegación]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Escribir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/escribir_132_1968207.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a8935756-3614-4cfc-86b6-d65c481f7c59_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escribir"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A determinadas ideas uno solo puede llegar escribiendo, como determinados lugares solo se pueden alcanzar buceando</p></div><p class="article-text">
        Al escribir, en los d&iacute;as mejores, parece como si el teclado del ordenador fuera de pronto un piano. Tiene el lenguaje su m&uacute;sica, aunque no est&eacute;n demasiado claras sus partituras, que tambi&eacute;n las hay. En la escritura el ritmo es ese algo un tanto misterioso que hace que unas cosas fluyan y otras no. Lo escrito gusta no s&oacute;lo por lo que dice sino, tambi&eacute;n, por c&oacute;mo suena eso que se dice. Cuando leemos bailamos al comp&aacute;s de las palabras que se pronuncian adentro de nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Escribir es un ejercicio fascinante. Uno no escribe como habla y, quiz&aacute;s por eso, la escritura nos ilumina con una forma de pensar distinta. No se piensa igual cuando se escribe que cuando no. Mientras uno escribe el pensamiento avanza de distinta manera por los recovecos de la mente. A determinadas ideas uno solo puede llegar escribiendo, como determinados lugares solo se pueden alcanzar buceando. Escribir es un remolino en el que se entremezcla lo que uno busca de forma premeditada con lo que uno, sin esperarlo, encuentra. Escribir es ir a la caza de palabras en las que hemos pensado pero, tambi&eacute;n, es dejarse sorprender por palabras que salen a buscarnos para anunciarnos cosas de las que no nos hab&iacute;amos percatado.&nbsp; El oficio es elegir con acierto qu&eacute;, en medio de ese torbellino, formar&aacute; parte del texto y qu&eacute; no.
    </p><p class="article-text">
        La escritura est&aacute;, por lo tanto, a medio camino entre la iluminaci&oacute;n y la toma de decisiones racionales y fr&iacute;as. Esa frialdad a la hora de elegir no resta verdad a lo escrito porque la verdad, la verdad literaria sobre todo, no s&oacute;lo est&aacute; en la emoci&oacute;n sino tambi&eacute;n en la inteligencia. Para escribir hay que saber dejar a un lado al apasionamiento. No se escribe arrastrado por las emociones aunque las emociones pueden estar en la base de lo que uno escribe. Hay filtros, muchos, que decantan las cosas que uno siente o piensa antes de que pasen al papel. La escritura es un trabajo que oscila entre la intuici&oacute;n, la sorpresa y el conocimiento. En ese cruce de caminos, algunas veces, vibra de pronto la literatura.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/escribir_132_1968207.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Aug 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sobre la espera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/espera_132_1976597.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1e9c9d0a-a246-4c2f-9df9-023842eb9357_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="&#039;El pescador&#039;, de Emilio González Sainz."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Parece que las fechas que señalamos quedan unidas a nosotros con una cinta elástica, no permanecen estáticas sino que, misteriosamente, se alejan o se acercan.</p></div><p class="article-text">
        &iquest;A qui&eacute;n no le ha ocurrido alguna vez? Nos ponen una fecha o la ponemos nosotros. Cogemos entonces el calendario y se rodea con un bol&iacute;grafo, cuidadosamente, ese d&iacute;a, como para que no se escape. A partir de ese momento se espera con urgencia, si la fecha es deseada, o con inquietud, si el momento que hemos marcado est&aacute; rodeado de incertidumbres, a que ese d&iacute;a llegue. Parece que las fechas que se&ntilde;alamos quedan unidas a nosotros con una cinta el&aacute;stica, no permanecen est&aacute;ticas sino que,&nbsp; misteriosamente, se alejan o se acercan. En unas ocasiones parece que las podemos tocar casi con la punta de los dedos, en otras nos parece que no llegaremos nunca a alcanzarlas. Es como si al marcar la fecha en el calendario at&aacute;ramos la fecha a un anzuelo y lo lanz&aacute;semos al mar, desde ese instante nos sentimos unidos por un fino sedal, casi invisible, a lo que enganchado a ese anzuelo nos espera. La ca&ntilde;a, desde ese momento, est&aacute; viva y nos dice cosas de lo que aguardamos, bien porque se tensa o vibra, bien porque no se percibe nada tirando del sedal en el lado que no vemos.
    </p><p class="article-text">
        De cuando en cuando uno va al calendario y mira ese d&iacute;a que ha se&ntilde;alado, como si al mirarlo ese c&iacute;rculo que lo rodea se convirtiera en una mirilla por la que pudi&eacute;ramos asomarnos a lo que va a pasar. Hay personas que mientras esperan tachan, como si fuesen presos, los d&iacute;as que ya han vivido. Quiz&aacute;s porque la espera se vive a veces como una condena. Se tachan los d&iacute;as que van pasando y el tiempo que a&uacute;n tenemos que esperar parece, con ese efecto &oacute;ptico, algo m&aacute;s liviano.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, los d&iacute;as se suceden. Porque vivir es, inevitablemente, eso que pasa mientras esperamos que algo ocurra. En cualquier caso, esperar no es un vac&iacute;o. Las esperas pueden estar llenas de sentido y uno las alimenta como el que da de comer a un animal muy peque&ntilde;o que acaricia secretamente. Algunas de las cosas mejores requieren de paciencia para que germinen y echen ra&iacute;ces de formas que, durante un tiempo, nos parecer&aacute;n imperceptibles. A veces esperar es dar permiso a las cosas para que sucedan. Es dif&iacute;cil cultivar el arte de la espera en los tiempos de la inmediatez y de la urgencia. A las urgencias uno se arroja o cae en ellas, por lo inmediato uno se deja arrastrar. Las esperas, en cambio, se cultivan. El arte de la espera implica una elecci&oacute;n, un querer ir, una decisi&oacute;n de aguardar con paciencia, como los buenos pescadores, sabiendo que no hay ninguna garant&iacute;a de que, al otro lado, algo o alguien nos espere. Ni siquiera nosotros mismos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/espera_132_1976597.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Aug 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Sobre la espera]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Marcos Díez,Calendario]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Madrugar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/madrugar_132_2012782.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0749b759-7b05-4772-8d89-da7fad0dbbf3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Madrugar"></p><p class="article-text">
        Suena mi despertador a las 6:00 de la ma&ntilde;ana con independencia de que sea o no d&iacute;a laboral. Me cuesta poner el cuerpo en marcha al principio. Pero, vencida esa primera tentaci&oacute;n de volver a dormir, salgo de la habitaci&oacute;n y hallo una secreta energ&iacute;a en el silencio de la casa. S&oacute;lo el perro se levanta conmigo, se estira, sale a la calle unos segundos, alivia su vejiga, olisquea perezoso alguna planta y se vuelve a tumbar para seguir descansando en otro sitio.
    </p><p class="article-text">
        Levantarse temprano, cuando es de noche todav&iacute;a, con la mente despejada tras el descanso, solo porque todos duermen, en silencio porque no ha llegado la hora de los ruidos, es una costumbre para m&iacute; vigorizante. Pocos momentos del d&iacute;a me producen un placer tan &iacute;ntimo. Un poco antes de que amanezca comienzan a cantar los p&aacute;jaros, como si estuvieran dando a la claridad que se comienza a intuir la bienvenida. Uno abre la ventana y, mientras comienza clarear, parece que el aire est&aacute; m&aacute;s limpio. Ya s&eacute; que el mundo no se estrena en cada amanecer pero mientras est&aacute; amaneciendo a m&iacute; me lo parece y es como si yo tambi&eacute;n estrenase mi atenci&oacute;n y mis sentidos. Son las mejores horas para el pensamiento, para la lectura, para la contemplaci&oacute;n m&aacute;s n&iacute;tida.
    </p><p class="article-text">
        El poeta valenciano C&eacute;sar Sim&oacute;n recomendaba a los tambi&eacute;n poetas Carlos Marzal y Vicente Gallego, entregados a los noctambulismos y los excesos,  que madrugaran m&aacute;s. Lo cuenta el propio Vicente Gallego en el pr&oacute;logo a la edici&oacute;n de la poes&iacute;a completa de C&eacute;sar Sim&oacute;n en Pre-Textos. Sim&oacute;n les dec&iacute;a: &ldquo;Vosotros sois como las sabandijas, que se arrastran por los rincones de la noche buscando algo que llevarse a la boca. Yo soy como el le&oacute;n, que ejerce su reinado bajo la can&iacute;cula del d&iacute;a&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No puedo evitar cierto malestar si alg&uacute;n d&iacute;a me quedo dormido y me despierto con el sol cayendo ya sobre las cosas. Me lamento, quiz&aacute;s, porque s&eacute; lo que me pierdo. Escribo todo esto mientras  alg&uacute;n perro ladra a lo lejos y ya comienzan a o&iacute;rse los primeros trenes conducidos por otros que tambi&eacute;n han madrugado. El d&iacute;a se va despertando y la energ&iacute;a del que madruga, poco a poco, comienza a diluirse en la ma&ntilde;ana.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/madrugar_132_2012782.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Jul 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Madrugar]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De milagro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/milagro_132_2023998.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6e8d802e-73c8-4b90-ad1e-b75614d08175_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="&#039;El espíritu de la colmena&#039;."></p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a, tendr&iacute;a yo unos cinco a&ntilde;os, salimos a la calle y cerramos sin querer la puerta de la casa con las llaves por dentro. Viv&iacute;amos en un primero as&iacute; que saltamos al patio desde el piso de una vecina. Nuestro ba&ntilde;o ten&iacute;a una de esas ventanas de cristal sujeto con masilla a un marco met&aacute;lico. En la parte de abajo el cristal era fijo y en la parte superior hab&iacute;a una peque&ntilde;a ventana oscilante, que estaba abierta. Mi madre me meti&oacute; por esa ventana y me descolg&oacute; cabeza abajo mientras me sujetaba por las piernas. En un momento dado me solt&oacute; y ca&iacute;, no recuerdo bien c&oacute;mo, sobre la ba&ntilde;era. Despu&eacute;s, sin lesiones aparentes, corr&iacute; orgulloso a abrir la puerta.
    </p><p class="article-text">
        Otro d&iacute;a, siendo muy peque&ntilde;o tambi&eacute;n, entr&eacute; solo en la cocina y, al pasar junto a la olla express, gir&eacute; la llave del gas poniendo el fuego a su m&aacute;xima potencia. Era una cocina estrecha y alargada, con la ventana en uno de sus extremos. Hasta la ventana fui y me asom&eacute; por ella a imaginar que hab&iacute;a una monta&ntilde;a rusa dentro del patio (era algo con lo que fantaseaba algunas veces) y que, subido en uno de los vagones de esa atracci&oacute;n so&ntilde;ada, pasaba por delante de las ventanas de los vecinos del sexto y del tercero a una velocidad vertiginosa. La olla explot&oacute; y llen&oacute; la cocina de vapor, de caldo hirviendo y de fideos. Hab&iacute;a fideos por las paredes, por el techo, en los armarios, por el suelo. Mi madre, como si aquello fuera 'Apocalipsis Now', apareci&oacute; entre el humo gritando mi nombre. Su voz llegaba, como si yo estuviera dentro del agua, a mis o&iacute;dos aturdidos.
    </p><p class="article-text">
        Con un amigo jugaba, con siete a&ntilde;os, en las v&iacute;as del tren del puerto. Pas&aacute;bamos todos los d&iacute;as por all&iacute; al ir y al volver del colegio. Solos, por supuesto. Pon&iacute;amos monedas en las v&iacute;as para ver c&oacute;mo el peso del ferrocarril borraba los rostros y las letras impresas convirtiendo las monedas en un trozo de metal aplastado.&nbsp; A veces coloc&aacute;bamos tambi&eacute;n palos en los ra&iacute;les y nos escond&iacute;amos para ver si el tren descarrilaba.
    </p><p class="article-text">
        No creo los padres de los a&ntilde;os setenta y ochenta del siglo pasado quisieran menos a sus hijos que los padres de los a&ntilde;os diez del presente siglo. Tampoco creo que el mundo de hoy sea m&aacute;s peligroso que el de entonces. S&iacute; creo que nuestros padres viv&iacute;an con menos miedo, con menos necesidad de controlarlo todo, hasta lo que es incontrolable. Desconozco si la sobreprotecci&oacute;n de los ni&ntilde;os de hoy se traduce en una tasa de mortalidad infantil menor, es posible. Es posible tambi&eacute;n que lo ni&ntilde;os de ayer estemos hoy vivos y enteros de milagro. Pero es seguro que si los ni&ntilde;os de hoy llegan vivos y enteros a la edad adulta no ser&aacute; por los esfuerzos protectores y ansiosos de sus padres sino de milagro tambi&eacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Marcos Díez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/milagro_132_2023998.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Jul 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De milagro]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maternidad,Paternidad,Niñez]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
