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    <title><![CDATA[elDiario.es - Miguel Ángel Chica]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/miguel_angel_chica/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Miguel Ángel Chica]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[La ciudad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-8-ciudad_1_10793064.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/423dcb19-8591-4a24-a7b3-09810eb73bb3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ciudad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 3 de noviembre de 1893 el vapor 'Cabo Machichaco' atracó en el puerto de Santander con 51 toneladas de dinamita a bordo. Un incendio provocó una explosión que arrasó todo un barrio y costó la vida de más de medio millar de personas. Fue una tragedia que cambió para siempre a la ciudad y a sus habitantes. Reconstruimos de forma novelada la historia del mayor accidente civil del siglo XIX en España.

</p></div><p class="article-text">
        No durmi&oacute; nadie. Los supervivientes deambulaban por los alrededores del puerto con los ojos hundidos. Cuando se asent&oacute; el polvo qued&oacute; el dolor agudo por la p&eacute;rdida simult&aacute;nea de tantas vidas. Santander ten&iacute;a entonces 50.000 habitantes. Muy pocos escaparon a la tragedia sin contar un familiar o un conocido entre los desaparecidos. Una muchedumbre silenciosa se congreg&oacute; ante el hospital de San Rafael, en espera de noticias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>-&nbsp; Se lo llev&oacute; el mar, yo lo vi. Estaba en el muelle, donde los municipales. La corriente los arrastr&oacute; a todos. No te apures, muchacho. Tal vez sali&oacute; a flote y lo tienen en la casa de socorro, con los heridos.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Se publicaron las primeras listas de v&iacute;ctimas. Hubo angustia, incredulidad, una tensi&oacute;n insoportable que contra&iacute;a los rostros. Las campanas de las iglesias doblaban por la ciudad moribunda. Ciudad de viudas y hu&eacute;rfanos. Muchos cuerpos no se encontraron o se encontraron incompletos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Muri&oacute; en mis brazos, se&ntilde;ora. Se apretaba aqu&iacute;, en la barriga, para impedir que todo aquello&hellip; En fin, no merece la pena. Yo estoy seguro de que no sufri&oacute;. Por el shock y la p&eacute;rdida de sangre. Estaba p&aacute;lido, murmuraba. Parec&iacute;a tranquilo. Dios nos pide resignaci&oacute;n, se&ntilde;ora. Entereza.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Marina, la muchacha de la taberna del puerto, ten&iacute;a los ojos hinchados por el polvo y las l&aacute;grimas. Le dol&iacute;an much&iacute;simo los pies. Apenas recordaba la carrera enloquecida previa a la explosi&oacute;n. Le parec&iacute;a que todo aquello le hab&iacute;a sucedido a otra persona. El crujido, el golpe seco que la detuvo en su carrera, cuando la tierra tembl&oacute; y cay&oacute; al suelo, incapaz de dominar su cuerpo que parec&iacute;a de papel. Y a pesar de todo fue capaz de levantarse y sigui&oacute; corriendo, siempre en direcci&oacute;n opuesta al mar, tal y como le hab&iacute;a rogado Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez, a quien no volver&iacute;a a ver nunca, corri&oacute; impulsada por el miedo, llevada en volandas por el trueno, mientras a su alrededor el aire se endurec&iacute;a y los escombros ca&iacute;an del cielo, como llovidos de una nube de metal, corri&oacute; hasta que se qued&oacute; sin aliento y hubo de sentarse en la escalinata de la catedral, exhausta. Permaneci&oacute; all&iacute; varias horas, con los m&uacute;sculos entumecidos y un dolor pulsante que irradiaba desde sus pies hinchados y deformes. No se quit&oacute; los zapatos. Sab&iacute;a que si lo hac&iacute;a no ser&iacute;a capaz de volver a calzarse.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al atardecer camin&oacute; en direcci&oacute;n al puerto. Se cruz&oacute; con hombres l&iacute;vidos, con mujeres sin expresi&oacute;n. Iban y ven&iacute;an con andares inseguros, temblorosos, como si reci&eacute;n despertar&aacute;n de un sue&ntilde;o intranquilo. La taberna donde hab&iacute;a trabajado durante m&aacute;s de la mitad de su vida ya no exist&iacute;a. Reconoci&oacute; a muchos de los muertos tendidos sobre la explanada. Sus ojos oscur&iacute;simos brillaban h&uacute;medos. Encontr&oacute; al pr&aacute;ctico Zacar&iacute;as Bustamante en el espacio t&eacute;trico de su defunci&oacute;n, en el centro de un charco de sangre coagulada. Marina le cerr&oacute; los ojos y rez&oacute; una oraci&oacute;n. Sinti&oacute; una presencia a su espalda. Se gir&oacute;. Vio a un hombre en un uniforme militar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        -<em> &iquest;Lo conoc&iacute;a&nbsp;usted?- </em>pregunt&oacute; el hombre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- A &eacute;l y a muchos otros. Ven&iacute;an a la taberna. Yo serv&iacute;a las mesas. Hab&iacute;a de todo. Unos buenos y otros no tanto. Este era de los buenos.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Es usted muy joven. No deber&iacute;a estar aqu&iacute;.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Nadie deber&iacute;a estar aqu&iacute;. Y sin embargo&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Vaya al hospital. Ser&iacute;a usted de mucha utilidad all&iacute;. Con las identificaciones.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Marina obedeci&oacute;. Se alej&oacute; del puerto cojeando. Llego a San Rafael guiada por el resplandor de los edificios que ard&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        El hombre del uniforme era el coronel de ingenieros Ramiro de Bruna y Garc&iacute;a. A diferencia del resto de autoridades civiles y militares, Bruna no se encontraba en las inmediaciones del puerto en el momento de la explosi&oacute;n. Hab&iacute;a permanecido en su puesto y esa decisi&oacute;n le hab&iacute;a conservado la vida para asignarle una responsabilidad inc&oacute;moda que acept&oacute; con aplomo. Se hab&iacute;a presentado ante la &uacute;nica autoridad operativa en la ciudad, el presidente de la Diputaci&oacute;n, Francisco S&aacute;inz-Tr&aacute;paga, y le hab&iacute;a ofrecido sus servicios. S&aacute;inz-Tr&aacute;paga, desbordado, acept&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la noche del 4 de noviembre Bruna organiz&oacute; una brigada de cinco hombres, formada por uno de los pocos bomberos que quedaban en la ciudad y cuatro voluntarios, para intentar detener el fuego. Sus esfuerzos resultaron in&uacute;tiles. En los d&iacute;as siguientes llegaron refuerzos desde el resto de la provincia, Bilbao y San Sebasti&aacute;n. Bruna y sus hombres no consiguieron apagar los incendios, pero impidieron que se extendieran hacia las casas adyacentes. Los edificios afectados ardieron hasta los cimientos y se extinguieron consumidos en su propia destrucci&oacute;n. La ciudad se salv&oacute; del fuego.
    </p><p class="article-text">
        El ministro de Hacienda, don Germ&aacute;n Gamazo, lleg&oacute; desde Madrid para hacerse cargo de la situaci&oacute;n. Se nombr&oacute; a un nuevo gobernador civil y a un nuevo comandante del puerto. El obispo de Santander, Vicente Santiago S&aacute;nchez de Castro, exhort&oacute; a los fieles en la catedral, donde las consecuencias de la explosi&oacute;n fueron visibles durante semanas.
    </p><p class="article-text">
        <em>- La imprevisi&oacute;n y la codicia han podido tener no peque&ntilde;a parte en la desgracia que ha sacudido nuestra ciudad y nuestras vidas. Sabed que est&aacute; escrito que no caer&aacute; un cabello de nuestra cabeza sin la permisi&oacute;n de nuestro padre celestial. Por eso yo os invito a examinar vuestras conciencias. Advertid si acaso las blasfemias, la profanaci&oacute;n de las fiestas y tantos otros pecados p&uacute;blicos que se consienten no pueden haber provocado el justo enojo de Dios&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        Seis d&iacute;as despu&eacute;s de la tragedia se inform&oacute; de que el buque hundido conservaba todav&iacute;a parte de su carga explosiva intacta. Cuando las autoridades, con Gamazo a la cabeza, decidieron extraer la dinamita, hubo p&aacute;nico entre los ciudadanos. Muchos decidieron abandonar la ciudad. Para calmar los &aacute;nimos, Gamazo se paseaba por los muelles acompa&ntilde;ado del presidente de la Diputaci&oacute;n, del alcalde, los concejales y las nuevas autoridades portuarias y civiles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La situaci&oacute;n era macabra. Despu&eacute;s de una explosi&oacute;n que hab&iacute;a dejado casi seiscientos muertos y miles de heridos, la bodega n&uacute;mero tres del buque guardaba todav&iacute;a once toneladas de dinamita, parte de la cual se hab&iacute;a liberado en forma de nitroglicerina por efecto del agua. 
    </p><p class="article-text">
        El invierno transcurri&oacute; en tensi&oacute;n. Los hombres y mujeres que escuchaban las homil&iacute;as del obispo y atend&iacute;an a las indicaciones de las autoridades, que enterraban a los muertos y desesperaban de encontrar a los desparecidos, que limpiaban las calles de escombros y barr&iacute;an la ceniza, sab&iacute;an que el <em>Machichaco</em>, en su tumba, todav&iacute;a no hab&iacute;a dicho su &uacute;ltima palabra y que la muerte segu&iacute;a acechando bajo el agua, en el puerto.
    </p><p class="article-text">
        El 19 de febrero de 1894 comenzaron los trabajos de extracci&oacute;n. La pr&aacute;ctica totalidad de la dinamita fue rescatada sin contratiempos. Se utiliz&oacute; una bomba para sacar la nitroglicerina, pero cuando la temperatura del agua descendi&oacute; a 13 grados la nitroglicerina se congel&oacute; y se tuvo que interrumpir el trabajo. 
    </p><p class="article-text">
        El 15 de marzo una Junta T&eacute;cnica compuesta por el director de la Escuela de Torpedos, el inspector general del Cuerpo de Minas y el subdirector general de Obras P&uacute;blicas lleg&oacute; a Santander para hacerse cargo de la situaci&oacute;n. Los tres miembros de la Junta fueron recibidos por una multitud y escoltados hasta el puerto, donde reconocieron los restos del buque y tomaron la decisi&oacute;n de reanudar la extracci&oacute;n de la carga. El 18 de marzo se empez&oacute; a extraer la nitroglicerina congelada utilizando agua caliente. Los trabajos avanzaban a buen ritmo. Se tom&oacute; la decisi&oacute;n de retirar planchas del casco. Y en alg&uacute;n momento alguien dio una orden inconcebible.
    </p><p class="article-text">
        <em>- Traed martillos y cortafr&iacute;os. &iexcl;Botad los remaches!</em>
    </p><p class="article-text">
        El 21 de marzo, alrededor de las nueve de la noche, un buzo descendi&oacute; hasta la bodega con una l&aacute;mpara de cien buj&iacute;as. Momentos despu&eacute;s la nitroglicerina estall&oacute; matando a 15 personas e hiriendo a otras nueve.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta vez no hubo horror, sino indignaci&oacute;n. Los vecinos intentaron asaltar el Gobierno Civil y las oficinas de la naviera Ybarra, &nbsp;hastiados por la incompetencia de las autoridades, aturdidos todav&iacute;a por el dolor de la primera explosi&oacute;n, endurecidos por las p&eacute;rdidas humanas y materiales. La tensi&oacute;n acumulada durante meses cristaliz&oacute; en una violencia espont&aacute;nea que amenaz&oacute; el puerto, germen de la desgracia, y carg&oacute; a pedradas contra la Guardia Civil, que disolvi&oacute; la concentraci&oacute;n con disparos al aire.
    </p><p class="article-text">
        En vista de la situaci&oacute;n las autoridades decidieron utilizar m&eacute;todos expeditivos: evacuaron Santander y el d&iacute;a 30 de marzo de 1894 los restos del vapor <em>Cabo</em> <em>Machichaco </em>fueron desintegrados con varias cargas explosivas detonadas desde un buque de la Armada, el <em>C&oacute;ndor</em>. Los ciudadanos contemplaron la explosi&oacute;n desde las alturas cercanas. Cuando la columna de espuma se alz&oacute; sobre el agua muchos evocaron el 3 de noviembre y se tentaron la ropa, primero con recelo y despu&eacute;s con alivio. En el silencio posterior a la detonaci&oacute;n, cauto como una flor que se abre, comenz&oacute; a sanar la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        ---
    </p><p class="article-text">
        <em>[La cronolog&iacute;a de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosi&oacute;n del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander].</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-8-ciudad_1_10793064.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Dec 2023 19:23:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La ciudad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Santander]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El mar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-7-mar_1_10765738.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1468d349-c36c-4da8-8bf1-fd6babf2842b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El mar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 3 de noviembre de 1893 el vapor Cabo Machichaco atracó en el puerto de Santander con 51 toneladas de dinamita a bordo. Un incendio provocó una explosión que arrasó todo un barrio y costó la vida de más de medio millar de personas. Fue una tragedia que cambió para siempre a la ciudad y a sus habitantes. Reconstruimos de forma novelada la historia del mayor accidente civil del siglo XIX en España.</p></div><p class="article-text">
        La explosi&oacute;n tuvo lugar alrededor de las 16.45 horas. En ese momento, seg&uacute;n la certeza del agente de aduanas Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez y seg&uacute;n una de las principales hip&oacute;tesis que se manej&oacute; m&aacute;s tarde, durante la investigaci&oacute;n llevada a cabo por las autoridades, uno de los cientos de golpes sobre el casco del buque acab&oacute; desestabilizando la nitroglicerina de las bodegas. La proa y los entrepuentes se desintegraron en una columna de hierro, fuego, gas y agua que ascendi&oacute; irradiando destrucci&oacute;n desde el <em>Machichaco</em> a la ciudad. La onda expansiva sacudi&oacute; la bah&iacute;a. La tierra tembl&oacute;. En Malia&ntilde;o una ermita medieval colaps&oacute; sobre sus cimientos. El barco se levant&oacute; sobre la superficie del agua, ingr&aacute;vido, como hecho de papel. La popa se hundi&oacute;, liberada del contrapeso de la proa, que ya no exist&iacute;a. Los fragmentos del buque siguieron una trayectoria parab&oacute;lica y cayeron sobre calles y tejados en un radio de centenares de metros. 
    </p><p class="article-text">
        En Pe&ntilde;acastillo, a ocho kil&oacute;metros de la explosi&oacute;n, se encontr&oacute; uno de los calabrotes del buque.
    </p><p class="article-text">
        En una fracci&oacute;n de segundo murieron los capitanes Facundo L&eacute;niz, del <em>Cabo Machichaco</em>, y Francisco de Jaureguizar, del <em>Alfonso XIII</em>; el comandante del puerto, Pedro Domengue; el gobernador civil, Manuel Somoza de la Pe&ntilde;a; el marqu&eacute;s de Pombo, los concejales, los jueces, los fiscales, los secretarios, los ayudantes, los marineros, los bomberos, todo el que se encontraba en las barcas abarloadas contra las amuras, el agente de aduanas Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez, abandonado a su clarividencia, los marineros Maz&oacute;n y Ord&oacute;&ntilde;ez y el resto de la tripulaci&oacute;n asignada a las tareas de extinci&oacute;n del incendio en la proa del buque. Ninguno de ellos lleg&oacute; a tener conciencia del horror que se abat&iacute;a sobre la ciudad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El bast&oacute;n de mando del gobernador civil apareci&oacute; d&iacute;as despu&eacute;s en la playa de San Mart&iacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Los hombres que se encontraban en la popa del <em>Machichaco</em> fueron v&iacute;ctimas de la onda expansiva, arrojados a la muerte con los t&iacute;mpanos perforados, los pulmones rotos, las aortas quebradas, destruidos por dentro debido al aumento brusco de la presi&oacute;n de los gases en las v&iacute;sceras, trizados por la metralla y arrastrados por la tromba de agua que la deflagraci&oacute;n levant&oacute; contra la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        En el tejado de unos almacenes fueron halladas dos piernas humanas ligeramente carbonizadas.
    </p><p class="article-text">
        Las tripulaciones &iacute;ntegras del <em>Cabo Machichaco</em>, el <em>Alfonso XIII</em> y el <em>Vizcaya </em>se contaron as&iacute; entre los primeros n&aacute;ufragos de la pesadilla. Un centenar de hombres que solo unos minutos antes iban y ven&iacute;an por la cubierta del buque concentrados en sus tareas, en sus intimidades y sus futuros diversos, desaparecieron en un arrebato de violencia inconcebible que no les concedi&oacute; la m&iacute;nima oportunidad de salvar la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde la explanada del puerto la explosi&oacute;n se experiment&oacute; como una tiniebla s&uacute;bita seguida de un estruendo ensordecedor. La multitud vio como el espacio alrededor del <em>Machichaco</em> se alzaba como una criatura viva reduciendo la realidad a una nube de polvo y metal que era todo cuanto parec&iacute;a existir en el mundo, un demonio furioso que se levant&oacute; sobre el agua recorriendo en un parpadeo la distancia entre el buque y los muelles. 
    </p><p class="article-text">
        El sonido de la detonaci&oacute;n lleg&oacute; casi al mismo tiempo que sus consecuencias. Algunos, muy pocos, murieron como resultado del encuentro con la onda expansiva, que hizo temblar los edificios y quebr&oacute; los cristales de las ventanas. Otros, la mayor&iacute;a, fueron despedazados por los miles de fragmentos de metal que barrieron el espacio colmado de cuerpos. El trueno que envolvi&oacute; a la muchedumbre convirti&oacute; a los espectadores del incendio en parte central de la tragedia. Los arroj&oacute; contra los edificios, como gui&ntilde;apos. En la incredulidad, la desesperaci&oacute;n y la angustia muchos se arrojaron al mar y perecieron ahogados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los que corr&iacute;an para ponerse a salvo tropezaban una y otra vez a consecuencia del temblor de tierra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al intentar levantarse despu&eacute;s de una ca&iacute;da el pr&aacute;ctico Zacar&iacute;as Bustamante encontr&oacute; que ya no le quedaban fuerzas para separarse del suelo. Se tendi&oacute; sobre la espalda, mir&oacute; hacia sus pies y descubri&oacute; que su pierna derecha pend&iacute;a de un delgado filamento de m&uacute;sculo. Muri&oacute; murmurando oraciones, p&aacute;lido por la p&eacute;rdida de sangre, sucio de lodo, convencido de que los extra&ntilde;os de buena voluntad que se acercaron para socorrerlo eran diablos que ven&iacute;an para retenerlo en los infiernos. 
    </p><p class="article-text">
        La carga de los entrepuentes destaz&oacute; huesos, desencaj&oacute; extremidades, el hierro candente entr&oacute; sin oposici&oacute;n en los cuerpos. Los heridos se desangraban sin pronunciar palabra, conmocionados, con los labios apretados y fr&iacute;os.
    </p><p class="article-text">
        Quienes alcanzaron a sobrevivir habr&iacute;an de recordar la escena por el resto de sus vidas. Los cad&aacute;veres, la sangre, los miembros mutilados, los gritos de los que agonizaban, el p&aacute;nico, el terror, el mar anegando la explanada, entregando a la tierra m&aacute;s muertos, la impotencia, las invocaciones, los desmayos, la nube de polvo y escombros que ocultaba la luz del sol, el destrozo inaudito, la penumbra, el calor intenso, el sudor, la herida inmensa.
    </p><p class="article-text">
        La desgracia se extendi&oacute; espoleada por casualidades truculentas. Parte de los restos del barco fueron a caer sobre un tren que sal&iacute;a de la estaci&oacute;n en direcci&oacute;n a Solares, provocando numerosas v&iacute;ctimas imprevistas. En las inmediaciones de la catedral cayeron varias decenas de vigas de trescientos kilos cada una que hab&iacute;an estado almacenadas en los entrepuentes del buque.
    </p><p class="article-text">
        La sacudida y los temblores de tierra duraron apenas unos minutos. Para los que se encontraban en la explanada y quedaron en pie cuando se asent&oacute; el polvo la explosi&oacute;n fue un intermedio eterno en vidas que nunca volvieron a recuperar la inocencia previa a la visi&oacute;n del horror en su destilaci&oacute;n m&aacute;s pura y dolorosa.
    </p><p class="article-text">
        En las calles cercanas al puerto se amontonaban los escombros, testigos silenciosos de la tragedia: anclas, escotillas, mamparos y planchas que horas antes formaban parte del casco del buque, carromatos reducidos a astillas, cristales rotos, ropa ensangrentada, ceniza, barro. A la salida de los muelles un enorme caballo muerto imped&iacute;a el paso de quienes buscaban refugio en las iglesias, en los portales, en cualquier hueco que ofreciera protecci&oacute;n contra el cataclismo.
    </p><p class="article-text">
        Varios edificios de la calle M&eacute;ndez N&uacute;&ntilde;ez se vinieron abajo como consecuencia de la explosi&oacute;n. Otros ardieron. Tambi&eacute;n en la calle Calder&oacute;n de la Barca se declararon numerosos incendios. El Dep&oacute;sito de Tabacos, la Audiencia y el convento de San Francisco se quemaron junto a otros sesenta edificios. El fuego ardi&oacute; durante una semana.
    </p><p class="article-text">
        Cuando los supervivientes abandonaron la explanada y los muertos quedaron solos en el espacio de su &uacute;ltimo aliento se empez&oacute; a conocer el alcance de la cat&aacute;strofe. Los peri&oacute;dicos publicaron cifras estremecedoras: 590 personas perdieron la vida y m&aacute;s de 2.000 resultaron heridas en los sucesos que siguieron a la explosi&oacute;n del vapor <em>Cabo Machichaco</em> el 3 de noviembre de 1893. Se calcula que al menos 300 de las v&iacute;ctimas murieron en el acto y el resto lo hicieron durante los d&iacute;as siguientes, a consecuencia de las heridas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las llamas en la noche del 4 de noviembre apuntalaban el horror con su luz macilenta. Los carromatos transportaban a los muertos hasta la casa de socorro y el hospital de San Rafael. Los supervivientes buscaban a los desaparecidos. Los llamaban por sus nombres y en el precipicio de la madrugada los nombres se perd&iacute;an sin respuesta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ---
    </p><p class="article-text">
        <em>[La cronolog&iacute;a de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosi&oacute;n del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander].</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-7-mar_1_10765738.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 Dec 2023 22:59:53 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cubierta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-6-la-cubierta_1_10753700.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7539623a-f7b7-4b6e-9441-985795f19085_16-9-discover-aspect-ratio_default_1086158.jpg" width="909" height="512" alt="La cubierta"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 3 de noviembre de 1893 el vapor Cabo Machichaco atracó en el puerto de Santander con 51 toneladas de dinamita a bordo. Un incendio provocó una explosión que arrasó todo un barrio y costó la vida de más de medio millar de personas. Fue una tragedia que cambió para siempre a la ciudad y a sus habitantes. Reconstruimos de forma novelada la historia del mayor accidente civil del siglo XIX en España.</p></div><p class="article-text">
        Un centenar de hombres trabajaban en el <em>Cabo Machichaco</em>, sobre la cubierta que chirriaba y cruj&iacute;a, en los entrepuentes donde apenas llegaba la luz, en compartimentos diminutos donde el calor les hac&iacute;a sudar y el humo les hac&iacute;a toser y el escaso espacio les hac&iacute;a tropezar y maldecir, medio asfixiados, la suerte esquiva que les obligaba a abrir v&iacute;as para que el agua del mar entrara en las bodegas a trav&eacute;s de la sala de m&aacute;quinas y la sentina, los unos, siguiendo las indicaciones del capit&aacute;n Facundo L&eacute;niz y del ingeniero en jefe y a sacar tanta mercanc&iacute;a como les permit&iacute;an el tiempo y los calambres, los otros, cajas de madera que arrojaban en el pantal&aacute;n, donde se hab&iacute;an congregado las autoridades, encabezadas por el gobernador civil y el comandante del Puerto, don Pedro Domengue, que se manten&iacute;a tranquilo, casi pl&aacute;cido, ingr&aacute;vido mientras observaba a los marineros que iban y ven&iacute;an de las entra&ntilde;as del vapor a la borda, hombres llenos de tizne que se apoyaban en las amuras para tomar aire y vomitar, intoxicados por el humo y los vapores que emanaban de las bodegas, hombres valientes, pensaba Domengue, como all&aacute; en el Callao veinte a&ntilde;os atr&aacute;s, tambi&eacute;n all&iacute; se desmenuzaban los barcos y permanec&iacute;an los hombres, impasibles, en sus puestos, concentrados &uacute;nicamente en la tarea que les hab&iacute;a sido encomendada, de eso se trata, se&ntilde;or Somoza, le dijo al gobernador civil, que hac&iacute;a esfuerzos por contener la carraspera, de reducirse uno mismo a una tarea puramente mec&aacute;nica, como hacen esos marinos, para que la sangre fluya y no se hiele&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Eran cerca de las cuatro de la tarde y el sol, que pronto empezar&iacute;a a declinar, luc&iacute;a todav&iacute;a esplendoroso en el cielo y nadie parec&iacute;a inquieto en la explanada del puerto, nadie recordaba ya a los agoreros de la cat&aacute;strofe ni los pregones del anciano que advert&iacute;a de la dinamita bajo la l&iacute;nea de flotaci&oacute;n del buque ni del rostro desencajado de aquel otro tipo que se hab&iacute;a abierto paso a codazos hasta los municipales y despu&eacute;s, seg&uacute;n testigos de confianza, se hab&iacute;a arrojado al agua y se hab&iacute;a alejado nadando en direcci&oacute;n al buque, siguiendo la l&iacute;nea del pantal&aacute;n, tragando agua y gritando incoherencias sin que nadie le prestase atenci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el <em>Machichaco</em> las llamas que sal&iacute;an por las escotillas de proa alcanzaban varios metros de altura, pero el buque se resist&iacute;a a irse al fondo. La tripulaci&oacute;n pasaba junto al fuego con familiaridad, casi con desprecio. Para entonces muchos hab&iacute;an perdido la noci&oacute;n del tiempo y la excitaci&oacute;n los volv&iacute;a temerarios. La realidad, en momentos as&iacute;, se vuelve inestable. El buque, las llamas, el humo, el mar y el cielo se integraban en una imagen que pose&iacute;a la viscosidad de los sue&ntilde;os. En la resbaladiza cubierta cada vez resultaba m&aacute;s dif&iacute;cil mantener el equilibrio. Los marineros Maz&oacute;n y Ord&oacute;&ntilde;ez, que cargaban una pesada caja de madera hacia la popa, dejaron caer la carga cuando el m&aacute;s joven de los dos perdi&oacute; el equilibrio junto al saltillo.
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;C&oacute;mo es posible que no se vaya a pique? Lleva dos horas ardiendo y hace una hora que le est&aacute; entrando agua&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Es un barco, Maz&oacute;n. Est&aacute; hecho con la idea de que flote </em>-dijo Ord&oacute;&ntilde;ez, con cierto orgullo en la voz- <em>Si quieres saber mi opini&oacute;n, soy de la idea de que no se le han hecho los agujeros suficientes.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Agarrados a los cabrestantes los hombres escup&iacute;an gargajos negros y juraban contra las circunstancias que se hab&iacute;an conjurado para ponerlos en una situaci&oacute;n que los incomodaba. En los marineros que se ven obligados a hundir su propio barco hay sentimientos contradictorios: la obligaci&oacute;n de salvarse les averg&uuml;enza, la sombra del parricidio les vela los ojos.
    </p><p class="article-text">
        El comandante del Puerto no compart&iacute;a los escr&uacute;pulos de los hombres del <em>Machichaco</em> y al t&eacute;rmino de sus reflexiones, como activado por un resorte, chasque&oacute; los dedos e hizo llamar a uno de sus ayudantes. Con la intrepidez de sus d&iacute;as en la marina de guerra, Domengue orden&oacute; botar varias barcas y encabez&oacute; una expedici&oacute;n para inspeccionar el casco del buque. En las inmediaciones del <em>Machichaco</em> el aire era m&aacute;s pesado que en el pantal&aacute;n e irritaba la garganta. En la d&eacute;bil corriente de agua flotaban toda serie de objetos abandonados a su suerte. Domengue vio botellas de licor, hatos de ropa, maromas, instrumentos n&aacute;uticos ya in&uacute;tiles. Maniobr&oacute; su embarcaci&oacute;n entre la broza para abarloarla contra la proa del buque. Como el marinero Ord&oacute;&ntilde;ez, el comandante del puerto era partidario de m&eacute;todos expeditivos y as&iacute; se lo hizo saber al gobernador civil y al resto de bur&oacute;cratas. 
    </p><p class="article-text">
        <em>- Se me ha ocultado una carga de 1.700 cajas de dinamita, que a estas horas ya debe de estar chamuscada e inservible, no se apuren, y no se escuch&oacute; mi parecer cuando aconsej&eacute; alejar el buque aguas adentro. Sea. Me resigno como cristiano que no se enga&ntilde;a a s&iacute; mismo acerca de sus imperfecciones. Pero para todo hay un l&iacute;mite. Y si esos pelagatos de capitanes de la marina mercante no saben hundir un barco yo les ense&ntilde;ar&eacute; c&oacute;mo se hacen las cosas en la Armada. Que todos los hombres disponibles se provean de herramientas. Se&ntilde;ores, boten los remaches. In nomine patris, etc&eacute;tera. Y tanta gloria lleve como paz deja.</em>
    </p><p class="article-text">
        El gobernador civil asinti&oacute; y en su consentimiento qued&oacute; afirmada la validez del procedimiento. El trabajo qued&oacute; asignado a una partida de bomberos a la que se provey&oacute; de martillos y cortafr&iacute;os para hacer saltar los remaches.
    </p><p class="article-text">
        Los golpes contra la amura de chapa alertaron al capit&aacute;n Facundo L&eacute;niz, que termin&oacute; de perder la paciencia cuando vio a unos hombres que no eran sus hombres aporrear el casco de la embarcaci&oacute;n bajo su mando. L&eacute;niz sab&iacute;a que su carrera quedar&iacute;a en entredicho cuando la investigaci&oacute;n que habr&iacute;a de llevarse a cabo en los pr&oacute;ximos d&iacute;as revelara el asunto de la dinamita y se somet&iacute;a estoico a sus errores, pero conservaba el orgullo de su oficio y no estaba dispuesto a dejar que el comandante del puerto se lo arrebatara a martillazos. Con el uniforme calado de agua y los ojos irritados por el humo, enfurecido con su barco como un padre con el hijo que le desobedece, el capit&aacute;n hizo llamar al ingeniero en jefe.
    </p><p class="article-text">
        <em>- Abra un boquete en la amura de babor, Ort&uacute;zar. &iexcl;Diantre de buque, y c&oacute;mo resiste! &iquest;Habr&aacute; que meterle los cuatro oc&eacute;anos dentro para que se rinda?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Entendido, se&ntilde;or</em> -dijo Ort&uacute;zar, que carraspe&oacute; acto seguido, inc&oacute;modo- <em>No s&eacute; si es consciente de que se est&aacute;n botando los remaches. No ha sido idea m&iacute;a. Son hombres de la comandancia del Puerto.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Lo s&eacute;, y no me gusta. Ponga tambi&eacute;n a nuestros hombres a ello. Nadie que no sea yo mismo va a hundir mi barco sin mi consentimiento.</em>
    </p><p class="article-text">
        Entre los marineros que se descolgaron del <em>Machichaco</em> para punzar la amura se encontraban Maz&oacute;n y Ord&oacute;&ntilde;ez, que fue el primero en advertir que un extra&ntilde;o se acercaba a nado, entre las barcas, intentando hacerse escuchar en el ruido ensordecedor de los impactos, los crujidos y las imprecaciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Mira, Maz&oacute;n, por ah&iacute; viene un paisano dando voces. &iquest;Lo ves t&uacute; tambi&eacute;n, como chapotea en el agua? Maz&oacute;n, yo debo de haber perdido la cabeza. &iquest;Qu&eacute; clase de alucinaci&oacute;n es esta?</em>
    </p><p class="article-text">
        Maz&oacute;n mir&oacute; en la direcci&oacute;n que le se&ntilde;alaba su compa&ntilde;ero y vio, en efecto, a un hombre que chapoteaba en la distancia. No era f&aacute;cil discernir si avanzaba o retroced&iacute;a, si se manten&iacute;a a flote o se ahogaba. Era Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez, el agente de aduanas que, con las escasas fuerzas que le quedaban, apartaba la escoria que le dificultaba el paso mientras pugnaba por mantener la boca fuera del agua. Gritaba, pero el mar se tragaba sus gritos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- No golpeen el casco, por el amor de Dios. No golpeen el casco.&nbsp;</em>&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero ya el agua entraba por los huecos de los remaches arrancados. Y la amura se abr&iacute;a como un corte en la piel tensa de una mano joven. Espoleados por el &eacute;xito los hombres redoblaron sus esfuerzos y Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez se rindi&oacute; a la pesadilla: la misi&oacute;n que se hab&iacute;a autoimpuesto sobrepasaba las capacidades de un simple agente de aduanas, qu&iacute;mico de profesi&oacute;n, sin autoridad y que desconoc&iacute;a los secretos del mar y de sus criaturas. Se dej&oacute; arrastrar por la corriente hasta la barca del comandante del Puerto. No golpeen el buque, dijo, o crey&oacute; decir. Apenas le quedaba ya aliento. Domengue lo tom&oacute; por un marinero extraviado y orden&oacute; que lo sacaran del agua. Ben&iacute;tez se dej&oacute; conducir, manso, hasta un rinc&oacute;n de la embarcaci&oacute;n, que se mec&iacute;a apacible junto a la amura, mientras escuchaba el crepitar de los cortafr&iacute;os contra la chapa. Tal vez se equivocaba y las bodegas del buque no conten&iacute;an, despu&eacute;s de todo, un estanque de nitroglicerina; quiz&aacute;s la diatomea no se hab&iacute;a disuelto en el agua y la dinamita aguantaba incorrupta. &iquest;C&oacute;mo explicar si no que el buque no hubiera saltado por los aires a pesar de los cientos de golpes que a&uacute;n segu&iacute;an resonando contra el casco met&aacute;lico? El agente de aduanas cerr&oacute; los ojos, exhausto. Se dio cuenta de que sus sentidos perd&iacute;an contacto con la realidad. Desde muy lejos, desde las nubes o desde la orilla opuesta del mar, le lleg&oacute; una voz tenebrosa, un eco que atraves&oacute; la oquedad de su conciencia como un recuerdo de la infancia: &iexcl;Golpead, gandules, golpead m&aacute;s fuerte, piojos t&iacute;sicos, y que el diablo nos lleve a todos si alguna vez volvemos a atracar en este Puerto!&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hubo un ligero cambio de presi&oacute;n en el espacio que conten&iacute;a el buque, como si el aire se hubiera vuelto de cristal s&uacute;bitamente.
    </p><p class="article-text">
        Todos los hombres en las barcas junto a las amuras y en la proa del <em>Machichaco</em> murieron en el acto. Ninguno de ellos lleg&oacute; a escuchar la detonaci&oacute;n y solo uno hubiera podido explicar a los dem&aacute;s qu&eacute; fuerza era aquella que los cercenaba del mundo.
    </p><p class="article-text">
        ---
    </p><p class="article-text">
        <em>[La cronolog&iacute;a de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosi&oacute;n del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander]</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-6-la-cubierta_1_10753700.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Dec 2023 20:00:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La cubierta]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/7539623a-f7b7-4b6e-9441-985795f19085_16-9-discover-aspect-ratio_default_1086158.jpg" width="909" height="512"/>
      <media:keywords><![CDATA[Santander]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La explanada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-explanada_1_10731422.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2030efe6-56a2-4776-9393-a9c8dd60b10b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La explanada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 3 de noviembre de 1893 el vapor Cabo Machichaco atracó en el puerto de Santander con 51 toneladas de dinamita a bordo. Un incendio provocó una explosión que arrasó todo un barrio y costó la vida de más de medio millar de personas. Fue una tragedia que cambió para siempre a la ciudad y a sus habitantes. Reconstruimos de forma novelada la historia del mayor accidente civil del siglo XIX en España.</p></div><p class="article-text">
        Bajo un sol en extremo agradable, en aquel d&iacute;a de noviembre que parec&iacute;a un regalo cortes&iacute;a del capricho de las estaciones, hombres y mujeres en n&uacute;mero nunca visto en la ciudad de Santander se aglomeraban en la explanada del puerto, se&ntilde;alando al buque que ard&iacute;a, fascinados por la naturaleza ambigua que poseen siempre los accidentes, por el abismo morboso donde se asoman quienes se sienten a salvo y conjuran, en silencio, la cat&aacute;strofe que contar a los nietos, dentro de muchos a&ntilde;os, yo estaba all&iacute; el d&iacute;a en que aquel pobre buque se quem&oacute; hasta la sentina y se fue al fondo y los marineros saltaron al agua y emergieron en la explanada con la cara negra y los ojos h&uacute;medos, no sab&iacute;amos si de agua o l&aacute;grimas&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Hombres y mujeres, estibadores, pilotos, rederas, sobordistas, pescadores, amarradores y todos los que a aquella hora transitaban por las cercan&iacute;as del puerto, todos fueron atra&iacute;dos por el revuelo, embrujados por la m&aacute;quina que se consum&iacute;a en la distancia. La multitud no paraba de crecer. Llegaron fot&oacute;grafos y periodistas. La culpa, se dec&iacute;an los unos a los otros, es de los marineros, que fuman como si los fueran a ejecutar al alba y arrojan los cigarros a medio apagar en cualquier sitio, y de los armadores avariciosos que calzan los barcos hasta reventar los cascos, y de los in&uacute;tiles del puerto, que lo miran todo y no ven nada, y de los astilleros ingleses, que parece que hicieran los barcos de yesca&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Llegaron las autoridades. Los agentes del orden abrieron brecha en el tumulto para conducir a primera l&iacute;nea a las fuerzas vivas de la ciudad y formaron un cord&oacute;n de seguridad para separarlos de los miles que se hacinaban a su alrededor. Nadie quer&iacute;a perderse aquel espect&aacute;culo dispuesto por la mala estrella del <em>Machichaco</em>. Todo el que pudo se acerc&oacute; a contemplar la desgracia: el Gobernador Civil, don Manuel Somoza de la Pe&ntilde;a; el marqu&eacute;s de Casa Pombo; el fiscal de la Audiencia, Don Ruperto del R&iacute;o; el juez municipal, don Miguel Fern&aacute;ndez Cavadas, varios concejales y una legi&oacute;n de secretarios, ayudantes y correveidiles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al mando de las operaciones estaba un hombre con una hoja de servicios impecable, el comandante del puerto, don Pedro Domengue y Rosell&oacute;, veterano de la Armada, condecorado dos veces por sus m&eacute;ritos en la batalla de Callao y en la insurrecci&oacute;n de El Ferrol, un teniente de nav&iacute;o al que le faltaba una semana para cumplir los 47 a&ntilde;os y que se hab&iacute;a visto en m&aacute;s de una situaci&oacute;n apurada a lo largo de su carrera: ning&uacute;n buque ardiendo en un muelle bajo su jurisdicci&oacute;n iba a hacerle pesta&ntilde;ear m&aacute;s r&aacute;pido de lo habitual. As&iacute; se lo hizo saber al gobernador civil, con quien mantuvo una discreta conferencia.
    </p><p class="article-text">
        <em>- Hay 1.500 cajas de dinamita en el buque, se&ntilde;or Somoza, me lo ha confirmado el capit&aacute;n, don Facundo L&eacute;niz, que en estos momentos est&aacute; en cubierta quem&aacute;ndose las pesta&ntilde;as mientras intenta apagar el fuego junto a su hombres, unos valientes, huelga se&ntilde;alar.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- En ese caso, &iquest;no ser&iacute;a prudente desalojar a toda esta gente?&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- No hay de qu&eacute; preocuparse. Sepa usted que una carga de dinamita, ese invento maravilloso de un sueco, esa gente extra&ntilde;a, protestante y hacendosa, es tan segura como una carga de harina. En ausencia de fulminante, la dinamita, que como usted sin duda sabe est&aacute; compuesta de nitroglicerina y un mineral cuyo nombre ignoro, usted me dispensar&aacute;, no explota al contacto con el fuego. Se chamusca, eso es todo.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Si usted lo dice yo sigo su consejo. Tampoco es f&aacute;cil, sepa usted, desalojar una multitud como esta. A veces es peor el remedio que la enfermedad. Yo soy partidario de escribir despacio y con buena letra.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Cuando a uno le han pasado las balas de ca&ntilde;&oacute;n a un palmo de la nariz uno aprende a tomarse las cosas con calma. En un par de horas las bodegas se inundar&aacute;n por completo, el buque se ir&aacute; al fondo de la bah&iacute;a y nosotros podremos irnos a comer con la conciencia satisfecha.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Mientras Domengue explicaba la situaci&oacute;n del <em>Machichaco </em>al gobernador civil, el agente de aduanas Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez, con los pulmones en el paladar despu&eacute;s de cubrir la distancia entre Malia&ntilde;o y Santander en 40 minutos siguiendo la l&iacute;nea de la costa, intentaba abrirse paso entre la multitud de curiosos, algunos de los cuales, incitados por el pr&aacute;ctico del puerto Zacar&iacute;as Bustamante, empezaban a abandonar la explanada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Hay un hombre ah&iacute; que dice que el buque en llamas est&aacute; cargado de dinamita.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Qu&eacute; ha de estar? &iquest;Qu&eacute; tonter&iacute;as son esas?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Es un pr&aacute;ctico, asegura que lo sabe por cauces oficiales de confianza. Aunque es verdad que le huele un poco el aliento a vino.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Le parece a usted, hombre de Dios, que si ese barco estuviera cargado de explosivos, como asegura su pr&aacute;ctico, que habr&aacute; que saber por otro lado si no es un simple borrach&iacute;n del muelle, que si ese barco, digo, cargara dinamita, iban a estar ah&iacute; delante el gobernador, el juez, el fiscal, el comandante del puerto y todo el resto de vividores? Si ese barco fuera remotamente da&ntilde;ino todos esos infructuosos estaban a esta hora en Torrelavega. O en Burgos. Pero bien lejos de la costa, &iquest;me entiende?&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Fue una argumentaci&oacute;n parecida la que retuvo a la mayor&iacute;a de los observadores en la explanada. Qui&eacute;n m&aacute;s qui&eacute;n menos, todos se hicieron la misma pregunta y obtuvieron similar respuesta: si hubiera peligro en el buque las autoridades ya habr&iacute;an ordenado desalojar el puerto. Como aparentemente el <em>Machichaco </em>no corr&iacute;a peligro a Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez le result&oacute; penoso llegar hasta el cord&oacute;n de seguridad con el que se proteg&iacute;an las autoridades. Cuando por fin se par&oacute; frente a un agente municipal que le cerraba el paso apenas pod&iacute;a mantenerse en pie. Intent&oacute; hablar y a punto estuvo de desmayarse. El agente lo juzg&oacute; inofensivo y lo mir&oacute; con curiosidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez cogi&oacute; aire, tanto como le fue posible, y forz&oacute; sus pulmones hasta que algo parecido a una voz audible sali&oacute; al exterior y lleg&oacute; hasta el agente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- D&eacute;jeme usted pasar, buen hombre, es importante. Tengo que hablar con el comandante del puerto, con el gobernador civil, con el capit&aacute;n del barco. Es necesario evitar una desgracia.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Una desgracia, dice usted? </em>-pregunt&oacute; el agente municipal se&ntilde;alando al buque que ard&iacute;a a su espalda-.<em> Debe de ser que eso de ah&iacute; le parece a usted una excursi&oacute;n a Covadonga&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- La nitroglicerina </em>-Ben&iacute;tez apenas era capaz de articular una frase coherente y era consciente que el agente municipal deb&iacute;a tomarlo por loco- <em>&iquest;No se da usted cuenta de que est&aacute;n inundando las bodegas? &iexcl;D&eacute;jeme pasar! Est&aacute;n disolviendo los cartuchos. Soy qu&iacute;mico. S&eacute; c&oacute;mo funciona. Las diatomeas se expanden. Soy agente de aduanas, trabajo en el puerto. &iexcl;D&eacute;jeme pasar!</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Acaba de decir que es qu&iacute;mico. &iquest;C&oacute;mo es que trabaja usted en la aduana?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Eso no tiene importancia. Las diatomeas, &iquest;entiende? El papel de parafina se disuelve. Todo se disuelve. Demasiada agua. Est&aacute;n liberando la nitroglicerina.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- C&aacute;lmese, sobre todo no se me ponga usted hist&eacute;rico. Por lo que yo s&eacute; est&aacute;n abriendo nuevas v&iacute;as de agua en las bodegas. El barquito de marras estar&aacute; hundido en una hora. Y a otra cosa. Hace un d&iacute;a estupendo. &iquest;Por qu&eacute; no se va a usted a dar un paseo? Coma algo, b&eacute;base un vaso de vino. Tiene usted muy mal color.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Ben&iacute;tez mir&oacute; a su alrededor. Se sent&iacute;a mareado. La angustia se apoder&oacute; de su &aacute;nimo, vaci&aacute;ndolo de cualquier otro sentimiento. Miedo. N&aacute;useas. Respiraci&oacute;n acelerada y superficial. Taquicardia. Cerr&oacute; los ojos y vio una llamarada inmensa. En la oscuridad escuchaba carcajadas que se tornaban lamentos, llantos, gritos de desesperaci&oacute;n. Abri&oacute; los ojos. Entre los centenares de personas que lo rodeaban le pareci&oacute; distinguir a Marina, la tabernera. Pero quiz&aacute;s deliraba. Se aproxim&oacute; nuevamente al guardia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Oiga, &iquest;acaba usted de decir que est&aacute;n abriendo v&iacute;as de agua en la bodega?&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- En efecto.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Y c&oacute;mo las est&aacute;n abriendo?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iexcl;Diantre con la pregunta! &iquest;C&oacute;mo quiere usted que las abran, a soplidos? &iexcl;A golpes, se&ntilde;or m&iacute;o! A martillazos y patadas y porrazos. Ac&eacute;pteme el consejo y v&aacute;yase usted a casa. &iexcl;Por Dios que tiene usted una cara como para asustar a la muerte!</em>
    </p><p class="article-text">
        Cuando Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez supo que en aquellos momentos los hombres a bordo del <em>Machichaco </em>aporreaban el buque perdi&oacute; pie y cay&oacute; al suelo, exhausto. Sinti&oacute; que perd&iacute;a la cordura. La mujer que se acerc&oacute; a auxiliarlo era, en efecto, Marina, la de la taberna. Ben&iacute;tez se dej&oacute; levantar. En los ojos oscur&iacute;simos de la muchacha vio una revelaci&oacute;n, una responsabilidad &uacute;ltima como una luz que cegaba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Corre, Marina, corre.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Me duelen demasiado los pies, Nicol&aacute;s. Ven conmigo. Te llevar&eacute; a casa. Pero iremos despacito. &iexcl;Me duelen tanto los pies!</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Corre hasta que llegues a la catedral y sigue corriendo. Corre hasta la calle Alta, Marina </em>-mientras hablaba Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez se fue quitando la chaqueta, los zapatos-<em> y cuando llegues a la calle Alta sigue corriendo, corre hasta que te sangren los pies, corre hasta el fin de la tierra&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        ---
    </p><p class="article-text">
        <em>[La cronolog&iacute;a de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosi&oacute;n del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander]</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-explanada_1_10731422.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Nov 2023 12:19:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La explanada]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Santander]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El pantalán]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-4-pantalan_1_10713958.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/be01f340-4052-4518-bebd-2ba52dc57c78_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El pantalán"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 3 de noviembre de 1893 el vapor Cabo Machichaco atracó en el puerto de Santander con 51 toneladas de dinamita a bordo. Un incendio provocó una explosión que arrasó todo un barrio y costó la vida de más de medio millar de personas. Fue una tragedia que cambió para siempre a la ciudad y a sus habitantes. Reconstruimos de forma novelada la historia del mayor accidente civil del siglo XIX en España.</p><p class="subtitle">Capítulo 1  - El muelle</p><p class="subtitle">Capítulo 2  - El barco</p><p class="subtitle">Capítulo 3 - La taberna</p></div><p class="article-text">
        Sobre el pantal&aacute;n de madera h&uacute;meda, a los pies de la embarcaci&oacute;n que le hab&iacute;a sido confiada, con el humo a la espalda y el rostro tiznado, con el aplomo que deb&iacute;a a su oficio, sabedor de que un m&iacute;nimo gesto de nerviosismo pod&iacute;a ser tomado como un augurio funesto por la tripulaci&oacute;n, el capit&aacute;n del vapor <em>Cabo Machichaco</em>, don Facundo L&eacute;niz Maza, miraba hacia tierra, hacia la explanada donde miles de personas se hab&iacute;an congregado atra&iacute;das por el accidente, una multitud irritante que le imped&iacute;a ver aquello que m&aacute;s anhelaba. Esperaba la llegada de los bomberos, que ya hab&iacute;an sido avisados, y se resignaba a la aparici&oacute;n de las autoridades que, con su af&aacute;n de ponerlo todo por escrito antes de actuar, sus &oacute;rdenes y sus contra&oacute;rdenes, convertir&iacute;an la operaci&oacute;n en un galimat&iacute;as y, lo peor de todo, le obligar&iacute;an a dar unas explicaciones que manchar&iacute;an su orgullo y su expediente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Facundo L&eacute;niz se sinti&oacute; viejo y cansado. Todo hab&iacute;a empezado de manera trivial, casi inofensiva. En alg&uacute;n momento alrededor de la dos de la tarde uno de los marineros hab&iacute;a advertido una peque&ntilde;a humareda que sub&iacute;a desde la sentina. Cuando se abrieron los cuarteles de la bodega para comprobar qu&eacute; ocurr&iacute;a el ox&iacute;geno aviv&oacute; las llamas. En un parpadeo la bodega n&uacute;mero dos ard&iacute;a y el fuego amenazaba con extenderse al resto del barco. El foco del incendio resultaba pr&aacute;cticamente inaccesible. Tal vez por eso L&eacute;niz se hab&iacute;a negado a conducir el buque aguas adentro. Sab&iacute;a que se necesitaba un esfuerzo conjunto, desde el buque y desde tierra, para salvar al <em>Machichaco</em> y su carga. 
    </p><p class="article-text">
        Sin perder tiempo, L&eacute;niz hab&iacute;a ordenado que se conectara una bomba de agua a la caldereta para remojar las llamas desde cubierta, pero la medida pronto se revel&oacute; ineficiente: el entrepuente, cargado de viguer&iacute;a y ferralla, imped&iacute;a que los ya de por s&iacute; d&eacute;biles chorros de agua de las mangueras llegaran con el &iacute;mpetu requerido hasta la bodega. Los hombres iban y ven&iacute;an por la cubierta, entraban y sal&iacute;an por las escotillas, juraban y maldec&iacute;an. A las 14.45 horas se sumaron a los trabajos en el <em>Machichaco </em>los siete tripulantes y el capit&aacute;n del vapor <em>Vizcaya</em>.<em> </em>Para entonces la bodega ard&iacute;a sin control y el capit&aacute;n Facundo L&eacute;niz comenzaba a aceptar lo inevitable: el barco era insalvable.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un hombre se abri&oacute; paso entre el tumulto de la explanada y se dirigi&oacute; hacia el buque en llamas. A medida que se aproximaba por el pantal&aacute;n Facundo L&eacute;niz reconoci&oacute; al capit&aacute;n Francisco Jaureguizar y Cagigal, que acababa de llegar de Cuba en el correo <em>Alfonso XIII</em>. Los dos hombres se conoc&iacute;an bien.
    </p><p class="article-text">
        <em>-&nbsp;Esperaba encontrarle en una situaci&oacute;n m&aacute;s agradable, L&eacute;niz&ndash; salud&oacute; Jaureguizar.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- En manos del mar me dej&oacute; la &uacute;ltima vez que nos vimos y en manos del mar me encuentra, capit&aacute;n.</em>
    </p><p class="article-text">
        Facundo L&eacute;niz y Francisco Jaureguizar se abrazaron con la concisi&oacute;n que la situaci&oacute;n demandaba y una vez cumplido el protocolo de los saludos, abordaron la crisis del <em>Machichaco</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>- El fuego est&aacute; en las bodegas, hacia la popa. Es imposible acceder.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Hunda el barco, L&eacute;niz.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Este barco es el sustento de treinta y cinco familias.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- No, los hombres que tripulan el barco son el sustento de sus familias. Salve cuanta carga pueda y no ponga a la tripulaci&oacute;n en peligro de manera innecesaria.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Marinos somos, Jaureguizar.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- D&iacute;game la verdad, L&eacute;niz. &iquest;Hay dinamita en esas bodegas?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- La que hab&iacute;a ha sido desembarcada.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- No me trate como a un vulgar agente de aduanas, L&eacute;niz. S&eacute; que en Sevilla hay escasez de explosivos por la epidemia.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Lo que se declar&oacute; es lo que hay, Jaureguizar, los dos nos conocemos lo suficiente, entienda lo que quiera entender y ah&oacute;rrele preguntas innecesarias a un compa&ntilde;ero abrumado. &iquest;Quiere hacerme el honor de subir a bordo para echar un vistazo al asunto?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Le ofrezco conforme mi ayuda y la de mis hombres, que esperan una orden suya para unirse a la faena.</em>
    </p><p class="article-text">
        Los dos capitanes subieron al buque. En el &aacute;nimo de L&eacute;niz se mezclaban la aprensi&oacute;n, la duda y la esperanza al comprobar que todo el mundo se manten&iacute;a en sus puestos; en el traj&iacute;n de las &oacute;rdenes, los gritos y las carreras los marineros del <em>Machichaco</em> y el <em>Vizcaya</em> trabajaban manteniendo el orden y la sincron&iacute;a. Aquellos hombres, hechos a las galernas y a los naufragios, a la tempestad y al desastre imprevisto, acostumbrados a valerse por s&iacute; mismos en el m&aacute;s hostil de los escenarios posibles, el mar, actuaban con decisi&oacute;n, siguiendo las indicaciones de los oficiales, con las caras negras y las manos quemadas, afirmando su existencia en la resistencia ciega a la adversidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como dos cirujanos que se disponen a amputar una extremidad L&eacute;niz y Jaureguizar examinaron el buque con tanta atenci&oacute;n que se les hubiera juzgado capaces de escuchar las quejas y los lamentos del casco de hierro. Estudiaron crujidos, ecos, interpretaron los espacios vac&iacute;os del buque, analizaron sus v&iacute;sceras de metal y madera, sus ca&ntilde;er&iacute;as, su &aacute;nima solo accesible a quienes se saben extranjeros en tierra firme y llegaron a una conclusi&oacute;n inapelable.
    </p><p class="article-text">
        <em>- Hunda el buque, L&eacute;niz. Hunda al menos esta bodega que ya no tiene salvaci&oacute;n&ndash;dijo Jaureguizar.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        El capit&aacute;n Facundo L&eacute;niz mir&oacute; al cielo, como quien invoca a un testigo en las alturas, murmur&oacute; unas palabras que nadie alcanz&oacute; a entender e hizo llamar al ingeniero jefe y al primer oficial.
    </p><p class="article-text">
        <em>- Abra una v&iacute;a de agua a trav&eacute;s de la sentina e in&uacute;ndeme usted la bodega n&uacute;mero dos, Ort&uacute;zar&ndash; orden&oacute; L&eacute;niz al ingeniero jefe&ndash; Disponga de cu&aacute;ntos hombres necesite.</em>
    </p><p class="article-text">
        El ingeniero jefe Ort&uacute;zar, un hombre meticuloso al que la mayor&iacute;a de los marineros consideraban m&aacute;s apto para el trabajo en una oficina que en un buque mercante, desapareci&oacute; &aacute;gil por una de las escotillas que daban acceso a la sala de m&aacute;quinas para organizar el operativo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Usted, Zabala, sustraiga a todo marinero que no sea imprescindible para la extinci&oacute;n del fuego y salve tanta mercanc&iacute;a como la fatalidad permita. Considere que el tiempo apremia. El buque se va a pique.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        El primer oficial asinti&oacute; y march&oacute; a redimir el buen nombre de la compa&ntilde;&iacute;a Ybarra entre los comerciantes del pa&iacute;s. El capit&aacute;n Jaureguizar estrech&oacute; la mano de L&eacute;niz. 
    </p><p class="article-text">
        Poco despu&eacute;s los cerca de cuarenta tripulantes del <em>Alfonso XIII</em> y la dotaci&oacute;n completa de los bomberos de Santander se unieron a los trabajos de extinci&oacute;n del fuego y salvamento de la carga. En total, m&aacute;s de cien hombres se bat&iacute;an contra la calamidad desde el buque y el pantal&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El casco cruji&oacute; cuando el agua comenz&oacute; por fin a inundar las bodegas. Un quejido como de criatura herida hel&oacute; la voluntad de los hombres, que solo con un esfuerzo de la raz&oacute;n lograron desatender aquella advertencia sobrenatural. Por un instante el humo pareci&oacute; desvanecerse, como si el incendio se hubiera quedado sin aliento, pero no tard&oacute; en reaparecer, m&aacute;s oscuro, denso y amenazante.
    </p><p class="article-text">
        Desde su peque&ntilde;a oficina en Malia&ntilde;o el agente de aduanas Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez, qu&iacute;mico de profesi&oacute;n, segu&iacute;a con atenci&oacute;n y cierto malestar en la conciencia el incendio del <em>Machichaco</em>. Cuando vio que el buque exhalaba aquella negr&iacute;sima bocanada de humo comprendi&oacute; inmediatamente lo que estaba ocurriendo. Dej&oacute; la oficina sin dar aviso a nadie ni proveer sustituto y corri&oacute; hacia el puerto de Santander siguiendo la l&iacute;nea de los muelles hasta que una punzada en el pecho le oblig&oacute; a detenerse para recuperar el resuello. Se desaboton&oacute; la camisa, como si de aquella manera pudiera obligar al aire a entrar en sus pulmones. Advirti&oacute; que sudaba y su piel estaba fr&iacute;a, casi helada. Se encomend&oacute; a Santa B&aacute;rbara y sigui&oacute; corriendo.
    </p><p class="article-text">
        ---
    </p><p class="article-text">
        <em>[La cronolog&iacute;a de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosi&oacute;n del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander]</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-4-pantalan_1_10713958.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Nov 2023 21:42:53 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El pantalán]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Santander,Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La taberna]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-3-taberna_1_10694062.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5d09eb76-da94-4a2d-a809-64b170feb888_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La taberna"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 3 de noviembre de 1893 el vapor Cabo Machichaco atracó en el puerto de Santander con 51 toneladas de dinamita a bordo. Un incendio provocó una explosión que arrasó todo un barrio y costó la vida de más de medio millar de personas. Fue una tragedia que cambió para siempre a la ciudad y a sus habitantes. Reconstruimos de forma novelada la historia del mayor accidente civil del siglo XIX en España.</p><p class="subtitle">Capítulo 1 - El muelle</p><p class="subtitle">Capítulo 2 - El barco</p></div><p class="article-text">
        Un pantal&aacute;n de 50 metros permit&iacute;a el acceso al vapor <em>Cabo Machichaco</em> desde el muelle, donde los habituales del puerto iban y ven&iacute;an seg&uacute;n sus oficios y los curiosos se deten&iacute;an a observar las tareas de descarga del buque. A estos &uacute;ltimos el buen tiempo los sustra&iacute;a de las calles que daban la espalda al mar. Existe un v&eacute;rtigo en el barco amarrado al puerto que excita la imaginaci&oacute;n de los hombres de tierra: la nave que descansa antes de partir hacia lugares remotos es la huida, la aventura, la posibilidad irresistible de una vida nueva. He ah&iacute; el poder evocador del barco, piedra im&aacute;n de los so&ntilde;adores.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los marineros, que conocen el percal, saben que la realidad es mucho m&aacute;s inc&oacute;moda y llevan escrito el desenga&ntilde;o en las pieles curtidas y los huesos reum&aacute;ticos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de seis horas de trabajo los hombres del <em>Machichaco </em>suspiraban por las tabernas del puerto y sus alrededores, pero el primer oficial no parec&iacute;a dispuesto a concederles el beneficio de una mesa con mantel mientras quedara una caja por descargar en las bodegas del buque.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En una de aquellas tabernas, algo m&aacute;s angosta y antigua que las dem&aacute;s, donde sol&iacute;an ir a comer los pr&aacute;cticos del puerto y por afinidad los capitanes, oficiales y marineros de paso, serv&iacute;a las mesas una muchacha menuda que ten&iacute;a unos ojos muy oscuros, en los que resultaba casi imposible distinguir el iris de la pupila, unos ojos que pose&iacute;an la cualidad misteriosa de los espacios sin fondo. Se llamaba Marina y hab&iacute;a pasado toda su vida en la media docena de calles que separaban el puerto de la catedral. Conoc&iacute;a su oficio desde los 14 a&ntilde;os y cuando los marineros, sobreexcitados por la estancia en tierra y la bebida, formaban alboroto, a ella le bastaba su voz suave y su mirada, que hund&iacute;a un peso en el coraz&oacute;n de los endemoniados para conjurar el peligro y los vasos rotos. 
    </p><p class="article-text">
        En la estancia mal iluminada donde se mezclaban los olores del serr&iacute;n, los salazones y las ristras de ajos, Marina iba y ven&iacute;a diligente, capitana, piloto y grumete de su barco sin velamen. Trataba con la misma delicadeza c&aacute;lida a los habituales y a los desconocidos. Toleraba al ciego que recitaba poemas por unas monedas y serv&iacute;a gaseosas a cuenta de la casa al boticario jubilado que le&iacute;a los peri&oacute;dicos en voz alta. 
    </p><p class="article-text">
        En una de las mesas uno de los hombres, un pr&aacute;ctico que se llamaba Zacar&iacute;as Bustamante, contertulio frecuente y bebedor de licores franceses, alz&oacute; la mano para requerir la presencia de la muchacha que, conocedora del personaje, se llev&oacute; consigo la botella de Pernod Ricard. Despu&eacute;s de una breve conversaci&oacute;n anodina el pr&aacute;ctico se&ntilde;al&oacute; al <em>Machichaco</em>, atracado en la distancia.
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Ves ese vapor de all&iacute;, el que est&aacute;n descargando?&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Y no he de verlo? &iquest;Acaso no tengo ojos?&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Pues es un barco de mal ag&uuml;ero y acabar&aacute; mal. Igual o peor que el 'Cabo Mayor', que embarranc&oacute; ah&iacute; detr&aacute;s hace siete a&ntilde;os. T&uacute; a lo mejor eres muy joven y no lo recuerdas, pero pertenec&iacute;a a la misma compa&ntilde;&iacute;a, hac&iacute;a la misma ruta y era igualito que ese otro de ah&iacute; delante. Todo los hermana, hasta la maldici&oacute;n que los caza.&nbsp;&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Marina recordaba perfectamente el accidente del <em>Cabo Mayor</em> que, por una simetr&iacute;a caprichosa, fue a deshacerse, precisamente, en el mismo accidente geogr&aacute;fico del que hab&iacute;a tomado su nombre. Era un vapor de dos palos, id&eacute;ntico al <em>Machichaco</em>, fabricado como este en Newcastle y como este bautizado con un nombre franc&eacute;s, en este caso <em>Lavrion</em>. Ven&iacute;a de Bilbao y embarranc&oacute; a cuatro millas del faro en un d&iacute;a de niebla, con cuatro pasajeros que se salvaron y una carga que se perdi&oacute; para siempre.
    </p><p class="article-text">
        <em>- Debe de llevar arriba de mil toneladas de carga y me juego el puesto, y no lo pierdo, a que ni siquiera una d&eacute;cima parte se ha declarado en forma a las autoridades.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Es la norma, no se haga usted sangre.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Bien lo s&eacute;, pero da la casualidad de que yo tengo la certeza, como la tienen muchos, de que ese buque bastardo carga dinamita. &iexcl;Y ah&iacute; enfrente lo tienen como si lloviera!&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Nunca pasa nada. Los barcos entran, cargan, descargan y zarpan. As&iacute; se hizo siempre. Y aqu&iacute; seguimos. Y esas cosas del nombre, don Zacar&iacute;as, son brujer&iacute;a de marineros. No me dir&aacute; usted que no ser&iacute;an estrafalarios unos buques vizca&iacute;nos con nombres de Par&iacute;s&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Pero hay unas reglas, chiquilla, unos procedimientos. Lo que ocurre es que todos se encogen de hombros. Trileros, eso es lo que son. Se comprende viendo el ejemplo de Madrid. F&iacute;jate que dicen las malas lenguas que don Antonio C&aacute;novas del Castillo conspira con los ingleses para entregarles los planos de la m&aacute;quina de don Isaac Peral.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Y qu&eacute; m&aacute;quina es esa?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Un submarino.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Como el del capit&aacute;n Nemo? Usted delira. No deber&iacute;a beber m&aacute;s.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Exacto, como el de la novela. Pero este es de verdad. &iquest;T&uacute; te imaginas tener semejante cachivache en la Armada? Ir por debajo del agua y 'pum', hundir las fragatas a los franceses o a los americanos o a los p&eacute;rfidos como quien le dice zape al gato? Pues el viejo puto prefiere regal&aacute;rselo al enemigo. A partir de ah&iacute;, &iquest;a qui&eacute;n le importa lo que se declare o se deje de declarar en los puertos viendo c&oacute;mo se comporta el Gobierno? A nadie le interesan las reglas, ni las formas, ni el fondo, ni el pliego de condiciones, ni el honor. Y ese barco, Marina, se ir&aacute; un d&iacute;a a pique como se van a pique todos los barcos a los que se les usurpa el nombre, y nadie ser&aacute; responsable, como nadie fue responsable cuando se fue al guano el 'Cabo Mayor', porque esto nos hemos vuelto: luciferes, &aacute;ngeles ca&iacute;dos. Es la molicie, que lo pudre todo&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        Marina dej&oacute; la botella en la mesa del pr&aacute;ctico, que no deb&iacute;a de tener muchos buques que maniobrar en lo que quedaba de d&iacute;a, a juzgar por el ritmo con que vaciaba los vasos, y sali&oacute; a la calle para respirar el aire fresco que ven&iacute;a del mar y descalzarse. Hab&iacute;a comenzado su turno casi a la misma hora en que los hombres del <em>Machichaco </em>se dispon&iacute;an a descargar el buque y todav&iacute;a le quedaban por delante dos horas. Para entonces el dolor en los pies ser&iacute;a insoportable. Regresar&iacute;a al d&iacute;a siguiente. Y al otro. A diferencia de los marineros que en aquellos momentos se afanaban en las bodegas y en la cubierta del vapor ella no dejar&iacute;a la ciudad en la siguiente pleamar. 
    </p><p class="article-text">
        Volvi&oacute; a la taberna al rebufo de dos desconocidos que entraron en la taberna al tiempo que ella se calzaba y se adentr&oacute; en la penumbra de la cocina ignorando las voces y los gestos que la reclamaban desde las mesas. Se entretuvo bromeando con la cocinera, una viuda que pasaba de los 40 y no terminaba de decidirse a contraer segundas nupcias con un remend&oacute;n viej&iacute;simo, vecino suyo, que la pretend&iacute;a. En d&iacute;as as&iacute; le gustaba retrasarse a prop&oacute;sito. Los a&ntilde;os de experiencia le hab&iacute;an ense&ntilde;ado que el exceso de diligencia provoca insomnio, taquicardias y ralentiza el paso ya de por s&iacute; cansino del tiempo. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando regres&oacute; al comedor dispuesta a lidiar con una tormenta de quejas encontr&oacute; las mesas vac&iacute;as. Se abri&oacute; paso hasta la calle haciendo uso de los codos, aprovechando su cuerpo menudo y escurridizo. Hab&iacute;a quejas, lamentos, indignaci&oacute;n, arrebato. Algunos hombres se persignaban. 
    </p><p class="article-text">
        El pr&aacute;ctico Zacar&iacute;as, tan p&aacute;lido que parec&iacute;a irradiar luz, como una luna llena, la sac&oacute; del tumulto.
    </p><p class="article-text">
        <em>- Es el barco condenado. Yo ya lo dije.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Marina mir&oacute; hacia el lugar donde permanec&iacute;a atracado el <em>Machichaco</em>. Una humareda oscura se elevaba desde la cubierta y al menos una docena de hombres corr&iacute;an por el pantal&aacute;n en direcci&oacute;n al buque.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ---
    </p><p class="article-text">
        <em>[La cronolog&iacute;a de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosi&oacute;n del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander]</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/130-aniversario-explosion-vapor-cabo-machichaco-santander-capitulo-3-taberna_1_10694062.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Nov 2023 20:18:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La taberna]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Santander,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El barco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/barco-cabo-machichaco-130-aniversario-explosion-santander_1_10672840.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7bd51a49-b503-4aa5-8c85-b4d9630e9085_16-9-discover-aspect-ratio_default_1084397.jpg" width="654" height="368" alt="El barco"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 3 de noviembre de 1893 el vapor Cabo Machichaco atracó en el puerto de Santander con 51 toneladas de dinamita a bordo. Un incendio provocó una explosión que arrasó todo un barrio y costó la vida de más de medio millar de personas. Fue una tragedia que cambió para siempre a la ciudad y a sus habitantes. Reconstruimos de forma novelada la historia del mayor accidente civil del siglo XIX en España.</p><p class="subtitle">Capítulo 1 - El muelle</p></div><p class="article-text">
        Nadie sabe a ciencia cierta qui&eacute;n estaba al tanto y qui&eacute;n no, pero los hechos son que un d&iacute;a despu&eacute;s de la festividad de los difuntos, con las flores todav&iacute;a frescas en los cementerios, el vapor <em>Cabo Machichaco</em> fonde&oacute; en el muelle n&uacute;mero 1 del puerto de Santander con m&aacute;s de 50 toneladas de dinamita a bordo.
    </p><p class="article-text">
        Eran alrededor de las ocho de la ma&ntilde;ana.
    </p><p class="article-text">
        El <em>Cabo Machichaco</em> era un buque robusto y cumplidor, pero el ojo caprichoso del marinero lo juzgaba de inmediato vulgar y sin gracia. El pesado casco de hierro le daba un aire aparatoso. Hab&iacute;a sido construido solo unos a&ntilde;os antes de que el progreso industrial pusiera el acero al alcance de los armadores. Sus dos palos ten&iacute;an aparejo de goleta para compensar la falta de potencia de sus dos calderas de carb&oacute;n. Era un h&iacute;brido de velero y vapor, pero carec&iacute;a de la elegancia de los primeros y de la funcionalidad de los segundos. Med&iacute;a 78 metros de eslora y 10 de manga y pod&iacute;a alcanzar una velocidad de 8 nudos -unos 15 kil&oacute;metros por hora- con las calderas a pleno funcionamiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando sali&oacute; del astillero Schlesinger, Davis &amp; Co, de Newcastle, en marzo de 1882, para ser entregado al armador franc&eacute;s Jules Mesnier, el <em>Cabo Machichaco</em> se llamaba <em>Benisaf</em>. La compa&ntilde;&iacute;a Ybarra lo rebautiz&oacute; cuando lo adquiri&oacute; en un &uacute;nico paquete junto a otros tres buques de caracter&iacute;sticas parecidas por un precio total de 49.500 libras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Existe una vieja superstici&oacute;n marinera que recela de las embarcaciones que cambian de nombre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La tripulaci&oacute;n del <em>Machichaco</em>, sin embargo, no ten&iacute;a motivos para sospechar de la fatalidad que se les ven&iacute;a encima, a ellos y a la ciudad que los acog&iacute;a, en la ma&ntilde;ana en que, por fin, concluida la cuarentena en Pedrosa, el buque atrac&oacute; en el puerto y se les permiti&oacute; bajar a tierra antes de dar comienzo a las tareas de estiba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El consignatario Beg&iacute;jar fue uno de los primeros en perderse por las tabernas del puerto. Su trabajo estaba concluido y no hab&iacute;a mucho de lo que preocuparse hasta que el buque volviera a tocar tierra. Entonces tendr&iacute;a que desplegar otra vez sus habilidades para resolver trabas administrativas. Beg&iacute;jar conoc&iacute;a la ciudad y no tard&oacute; en encontrar acomodo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los marineros descendieron en grupos, fumaron de espalda a la brisa, pusieron como no digan due&ntilde;as a las autoridades portuarias, alabaron las vistas de la bah&iacute;a, se felicitaron por el buen tiempo que auguraba una traves&iacute;a tranquila durante los pr&oacute;ximos d&iacute;as, se escupieron en las manos y regresaron a bordo para comenzar la descarga del buque.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los hombres deb&iacute;an acarrear casi 300 bultos asignados a la ciudad de Santander, unas 40 toneladas de material diverso: barras y flejes de hierro, lingotes, tuber&iacute;as, clavos, harina, tabaco, vino, madera, licores, pinturas y veintinueve toneladas de papel con las que se comenzaron los trabajos.&nbsp;El primer oficial del buque coordinaba la descarga. Los hombres iban y ven&iacute;an. En alg&uacute;n momento de la ma&ntilde;ana el primer oficial detuvo a uno de los marineros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>-&nbsp;Faltan dos bobinas.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Imposible, se&ntilde;or, hemos sacado todo el papel de la bodega n&uacute;mero dos.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Que las busquen en la bodega n&uacute;mero uno.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Ah&iacute; est&aacute; lo otro...&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        El primer oficial consult&oacute; sus papeles. Era un hombre tranquilo que casi nunca perd&iacute;a la calma. De otra forma, &iquest;c&oacute;mo lidiar con un trabajo semejante? Carga y descarga. Toneladas de g&eacute;nero de todo tipo. A&ntilde;os de experiencia. Albaranes. Tormentas. Problemas como para llenar una docena de libros de cuentas. Mir&oacute; al marinero, que se llamaba Ord&oacute;&ntilde;ez y ten&iacute;a casi tantos a&ntilde;os como &eacute;l y lo miraba a su vez con el resuello perdido de tanto ajetreo, esperando una respuesta que se demoraba.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Han descargado ya las veinticinco cajas?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- S&iacute;, se&ntilde;or. Se las hemos endilgado a un municipal que se ha ido la mar de contento con ellas.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Estupendo. Un problema menos. En cuanto a lo otro, m&iacute;reme usted en la bodega n&uacute;mero tres, Ord&oacute;&ntilde;ez. A ver si son capaces de localizar las dichosas bobinas. Son del tama&ntilde;o de una rueda de molino y pesan tres quintales cada una. Mande a alguien que tenga buena vista.</em>
    </p><p class="article-text">
        Ord&oacute;&ntilde;ez, que estaba convencido de que todas las bobinas de papel hab&iacute;an sido descargadas en tiempo y forma, se dirigi&oacute; de mal humor a la bodega n&uacute;mero tres para cerciorarse por s&iacute; mismo de que el primer oficial era un cretino al que habr&iacute;a que pasar por la quilla. Not&oacute; que le faltaba el aire cuando vio a un muchacho que no deb&iacute;a de tener 20 a&ntilde;os apoyado contra el saltillo de popa. El muchacho fumaba, despreocupado, con las manos en los bolsillos, mientras el resto de la tripulaci&oacute;n iba y ven&iacute;a y &eacute;l, Ord&oacute;&ntilde;ez, no solo iba y ven&iacute;a, sino que adem&aacute;s ten&iacute;a que aguantar quejas y reconvenciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;C&oacute;mo te llamas, ni&ntilde;o?&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        El muchacho se sobresalt&oacute;, pero recuper&oacute; r&aacute;pidamente la compostura. Sin dejar caer el cigarro de la boca se recoloc&oacute; con parsimonia las solapas de la chaqueta que el viento le levantaba una y otra vez y respondi&oacute; con voz serena:&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Alberto Maz&oacute;n.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Te deg&uuml;ello, Maz&oacute;n. Te deg&uuml;ello y te tiro por la borda para que te coman las sardinas. Te tengo poco visto. T&uacute; debes de ser nuevo y a lo mejor te crees que el barco se descarga solo.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Rel&aacute;jese, hombre. En todos los trabajos se fuma. &iquest;Qu&eacute; adelantamos con partirnos el espinazo? Mire usted al primer oficial. Toda la ma&ntilde;ana paseando con el l&aacute;piz en la oreja. No se desloma, &eacute;se&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Vete ahora mismo a la bodega n&uacute;mero tres y m&iacute;rame bien a ver si encuentras dos bobinas de papel. Vuela.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        El muchacho march&oacute; a cumplir con la orden arrastrando los pies. Ord&oacute;&ntilde;ez se qued&oacute; esperando junto al saltillo, pregunt&aacute;ndose si no se estaba haciendo muy viejo para un trabajo tan poco agradecido. Mir&oacute; hacia el sol protegi&eacute;ndose los ojos con una mano curtida de sujetar cabos y sufrir tormentas. Deb&iacute;an de ser cerca de las once. El muchacho Maz&oacute;n regres&oacute; con una sonrisa aviesa. Parec&iacute;a avispado. Tal vez lo hab&iacute;a juzgado mal.
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Has encontrado las bobinas?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- S&iacute;, se&ntilde;or. As&iacute; de grandes son. Como para no verlas.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Estupendo. Vete a decirle al primer oficial que puede venir &eacute;l mismo en persona a sacarlas de ah&iacute; abajo porque yo no me tengo de pie.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- No hace falta. Se lo puede decir usted mismo. Por ah&iacute; viene.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        En efecto. Por ah&iacute; ven&iacute;a, con el l&aacute;piz en la oreja y resoplando tal que hubiera descargado &eacute;l solo las 29 toneladas de papel.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Habemus bobinas, Ord&oacute;&ntilde;ez?&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Estaban donde dijo usted, se&ntilde;or.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Maravilloso. &iquest;Lo ve? En un par de horas estamos todos en la taberna con el malnacido de Beg&iacute;jar, que debe de estar a estas alturas macerado en orujo. Ande, dese usted una vuelta a ver si me encuentra dos toneladas de harina que no aparecen por ning&uacute;n sitio. Deben de estar en uno de los entrepuentes&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>---</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>[La cronolog&iacute;a de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosi&oacute;n del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander]</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/barco-cabo-machichaco-130-aniversario-explosion-santander_1_10672840.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Nov 2023 20:20:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El barco]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Santander,Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El muelle]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/ultimas-noticias/muelle_1_10652988.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d8098e44-94a5-4d4d-8573-c7c967a1d37c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El vapor Cabo Machicaco atracado en el puerto de Santander."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El 3 de noviembre de 1893 el vapor Cabo Machichaco atracó en el puerto de Santander con 51 toneladas de dinamita a bordo. Un incendio provocó una explosión que arrasó todo un barrio y costó la vida de más de medio millar de personas. Fue una tragedia que cambió para siempre a la ciudad y a sus habitantes. Reconstruimos de forma novelada la historia del mayor accidente civil del siglo XIX en España.</p></div><p class="article-text">
        En la ma&ntilde;ana del 3 de noviembre de 1893 dos hombres estuvieron cerca de llegar a las manos en el muelle de Malia&ntilde;o a cuenta de la carga de un vapor que ven&iacute;a de pasar la cuarentena del c&oacute;lera en el lazareto de la isla de Pedrosa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los dos hombres se encontraban en la peque&ntilde;a oficina de la autoridad portuaria. El que ejerc&iacute;a de anfitri&oacute;n era un joven de 22 a&ntilde;os, qu&iacute;mico de profesi&oacute;n, que lo desconoc&iacute;a casi todo de los barcos pero se aplicaba en sus tareas con tanto celo que terminaba irremediablemente por enervar a los marinos a quienes, como es sabido, les sube la fiebre en la proximidad de la tierra firme. Su visitante le doblaba cuanto menos la edad. Era un hombre grande, de rostro de color ceniza, ojos oscuros y un poco juntos, manos &aacute;giles en el soborno y la letra peque&ntilde;a y unos modales suaves que le abandonaban por momentos. En su calidad de representante del buque deb&iacute;a convencer a su interlocutor, es decir, a la administraci&oacute;n, de que todo estaba en regla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>-&nbsp;Expl&iacute;queme otra vez cu&aacute;l es el problema. Y por el amor de Dios, cierre usted la ventana.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Ya le he dicho que est&aacute; rota. No hay caso.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        El hombre de la autoridad portuaria se llamaba Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez. Ten&iacute;a voz de asm&aacute;tico y un hermano en Cuba que hab&iacute;a hecho un capital comerciando en ca&ntilde;a de az&uacute;car. Todos los meses sin falta Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez recib&iacute;a una carta de su hermano en la que se le recriminaba su incomprensible actitud: emb&aacute;rcate en el primer buque con rumbo a La Habana, no seas cretino, etc&eacute;tera. Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez le&iacute;a la carta con inter&eacute;s y despu&eacute;s la doblaba con cuidado, siguiendo las marcas ya hechas en el papel, y la introduc&iacute;a de nuevo en el sobre, repitiendo la operaci&oacute;n de su hermano al otro lado del oc&eacute;ano, pero en vez de aventarla al correo la guardaba en un caj&oacute;n mientras se le llenaba la cabeza de preguntas y las dudas le sobrevolaban como los sombreros de los transe&uacute;ntes en las tardes de viento sur.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como Nicol&aacute;s Ben&iacute;tez sab&iacute;a hacer su trabajo estaba al tanto de que las autoridades portuarias esperaban por aquellos d&iacute;as un cargamento de dinamita cuyos usos no hab&iacute;an trascendido a trav&eacute;s de los cauces habituales de informaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por en&eacute;sima vez repiti&oacute; que los buques con mercanc&iacute;as peligrosas a bordo no pod&iacute;an acceder al puerto de Santander y exigi&oacute; examinar la bodega del barco. Hab&iacute;a que aclarar tambi&eacute;n el asunto de la cuarentena. &iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;an permanecido en el lazareto el tiempo que establecen las normativas?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El consignatario del buque levant&oacute; una ceja. Midi&oacute; durante un silencio inc&oacute;modo al bur&oacute;crata que ten&iacute;a enfrente, decidi&oacute; que no pod&iacute;a estar al tanto del asunto y sin pedir permiso se acerc&oacute; a la ventana para intentar encajarla en el marco comido de salitre. No lo consigui&oacute; y se entretuvo mirando durante unos instantes la ciudad en la que &eacute;l y el resto de la tripulaci&oacute;n del buque pretend&iacute;an atracar para despiojarse de los d&iacute;as de hast&iacute;o y cuarentena.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Por &uacute;ltima vez, salimos de Bilbao cuando todav&iacute;a hac&iacute;a buen tiempo, rumbo a Sevilla, y al poco se nos puso amarillo un compa&ntilde;ero y nos han tenido dos semanas en ese islote de all&iacute; -se&ntilde;al&oacute; en la direcci&oacute;n del sol- dejados de la mano de Dios y aqu&iacute; estamos, tantos d&iacute;as despu&eacute;s, cansados, muy cansados, perdiendo el tiempo en tr&aacute;mites burocr&aacute;ticos. Ya deber&iacute;amos haber dejado atr&aacute;s Lisboa, el fr&iacute;o y los temporales. Le repito por &uacute;ltima vez que este buque transporta harina, manufacturas de los altos hornos, papel, madera y unas garrafas que contienen &aacute;cido sulf&uacute;rico y que puede usted ver all&iacute;, en la cubierta. Yo no s&eacute; qui&eacute;n ha sido el cornudo que le ha hecho creer que cargamos dinamita, pero h&aacute;game caso cuando le digo que en este barco lo &uacute;nico susceptible de reventar son sus narices de usted si sigue poni&eacute;ndote puntilloso.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- En ese caso, d&eacute;jeme examinar la bodega.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- D&iacute;game una cosa: &iquest;Alguna vez le han roto un hueso?</em>
    </p><p class="article-text">
        De esta manera lo que deb&iacute;a de ser un mera formalidad administrativa se enquist&oacute; primero en discusi&oacute;n y m&aacute;s tarde en trifulca.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y tal vez los dos hombres hubieran llegado a las manos de no haber sido por la afortunada aparici&oacute;n de Rafael Ant&uacute;nez, tercer v&eacute;rtice del diminuto drama que se desarrollaba en la escasa oficina en la que Ben&iacute;tez acababa de perder el mando de los acontecimientos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- Gracias a Dios, se&ntilde;or Ant&uacute;nez. Estaba a punto de descascarillar a este mostrenco que han puesto ustedes aqu&iacute; de guardia.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Ant&uacute;nez mir&oacute; a su subordinado con condescendencia y estrech&oacute; la mano del consignatario, viejo conocido suyo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- La palabra del se&ntilde;or Beg&iacute;jar no se pone en cuesti&oacute;n en estos muelles. Entienda usted, Ben&iacute;tez, que este noble amigo m&iacute;o lleva dos semanas varado en Pedrosa y que &eacute;l y el resto de marineros est&aacute;n deseando tomarse unos blancos en la taberna. Firme los papeles.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s, dirigi&eacute;ndose al consignatario Beg&iacute;jar, pregunt&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Lo de siempre?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Lo de siempre, se&ntilde;or Ant&uacute;nez. Harina, ferralla. Pierda cuidado.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Y de lo otro?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Veinticinco cajas. Todo el mundo est&aacute; al tanto. </em>
    </p><p class="article-text">
        Ant&uacute;nez no pudo evitar que le subiera al rostro una sonrisa p&iacute;cara.
    </p><p class="article-text">
        <em>- La &uacute;ltima vez tambi&eacute;n fueron veinticinco cajas y la dinamita sal&iacute;a por las junturas del casco.</em>
    </p><p class="article-text">
        El se&ntilde;or Beg&iacute;jar se encogi&oacute; de hombros, haciendo ver que &eacute;l no era responsable de semejante tropel&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        <em>- Ya sabe usted que los Ybarra no perdonan un real. Y mi capit&aacute;n de bueno es tonto.</em>
    </p><p class="article-text">
        Cuando el tr&aacute;mite qued&oacute; cumplimentado y el consignatario del buque abandon&oacute; la oficina, Ben&iacute;tez, con el rubor subido a pesar del fr&iacute;o, anunci&oacute; con su vocecilla de t&iacute;sico que elevar&iacute;a una queja por los cauces oficiales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>-&nbsp;No es asunto suyo. D&eacute;jelo estar- respondi&oacute; secamente Ant&uacute;nez.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- No puede fondear en la bah&iacute;a. Es un riesgo innecesario. Si me hubiera dejado al menos inspeccionar la bodega&hellip;&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- Si yo le hubiera dejado subir a ese barco usted no habr&iacute;a sido capaz de diferenciar la bodega del cuarto de las escobas. D&eacute;jelo estar. Est&aacute; usted aqu&iacute; por exigencia de qui&eacute;n todos sabemos y bien sabe el cielo que alguien en su situaci&oacute;n no est&aacute; para ir cacareando reclamaciones por los cauces oficiales.&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        En el silencio que sigui&oacute; Ant&uacute;nez se acerc&oacute; a la ventana abierta. La examin&oacute; con atenci&oacute;n, como un cirujano, la alz&oacute; ligeramente y, con una fuerza que nadie hubiera imaginado en un hombre de su edad y complexi&oacute;n, la desencaj&oacute; por completo de los goznes. La manipul&oacute; con destreza y se ayud&oacute; de un cortaplumas para volver a colocarla.
    </p><p class="article-text">
        A salvo por fin de las corrientes de aire los dos hombres de la autoridad portuaria vieron como el vapor <em>Cabo Machichaco</em>, construido en los astilleros de Newcastle en 1882 y adquirido en 1885 por la compa&ntilde;&iacute;a Ybarra, pon&iacute;a proa hacia el puerto de Santander.
    </p><p class="article-text">
        <em>---</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>[La cronolog&iacute;a de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosi&oacute;n del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander]</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/ultimas-noticias/muelle_1_10652988.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Nov 2023 20:55:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El muelle]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En el país de la incertidumbre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/pais-incertidumbre_132_1260153.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7b0bd718-ed2f-435b-ac4e-cdb96af25118_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Sánchez: Esta vez sí o sí vamos a conseguir un gobierno progresista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La incertidumbre es un elemento incómodo en una cultura política como la española, refractaria a coaliciones a nivel nacional. La legislatura que comienza será una legislatura de entendimiento o no será.</p></div><p class="article-text">
        Son las segundas elecciones de 2019 y el pa&iacute;s se asoma a un espacio desconocido: la construcci&oacute;n de un Gobierno progresista sigue siendo tan compleja como lo era hace seis meses en un Congreso in&eacute;dito donde la extrema derecha dobla esca&ntilde;os y supera los cincuenta diputados. El resultado de Vox es s&iacute;ntoma y tambi&eacute;n amenaza: la frustraci&oacute;n del electorado ante una situaci&oacute;n de bloqueo institucional que se demora ya demasiado tiempo, la sensaci&oacute;n de que el marco nacional empieza a cobrar mayor peso en una agenda pol&iacute;tica marcada por el conflicto en Catalu&ntilde;a, el recuerdo de que hubo tiempos peores que siempre son susceptibles de regresar. 
    </p><p class="article-text">
        De qu&eacute; podr&aacute; hacer Vox con esos diputados empezaremos a saber en los pr&oacute;ximos meses. La extrema derecha, de momento, se ha hecho con un valioso altavoz desde donde verter propaganda y envenenar la frustraci&oacute;n con mensajes que dif&iacute;cilmente encajan en una democracia moderna. A la izquierda, por su parte, le conviene hacer autocr&iacute;tica si quiere situarse como una opci&oacute;n &uacute;til en un escenario pol&iacute;tico cada vez m&aacute;s viciado por banderas y soberan&iacute;as solapadas. El hundimiento de Ciudadanos es una aviso para todos: en tiempos vol&aacute;tiles los votos se esfuman r&aacute;pido. 
    </p><p class="article-text">
        El resultado de este domingo demuestra que los asesores y los soci&oacute;logos no siempre tienen respuestas para todo. Descifrar un pa&iacute;s es un trabajo complejo y los c&aacute;lculos partidistas conducen a escenarios de doble filo. La incertidumbre es un elemento inc&oacute;modo en una cultura pol&iacute;tica como la espa&ntilde;ola, refractaria a coaliciones a nivel nacional. La fragmentaci&oacute;n del espectro pol&iacute;tico que sigui&oacute; al 15M impide desde entonces las mayor&iacute;as amplias de la &eacute;poca del bipartidismo aunque los dos grandes partidos tradicionales sigan obcecados en abstenciones y sumas que ya no conducen a ning&uacute;n sitio. La legislatura que comienza ser&aacute; una legislatura de entendimiento, est&aacute; por ver entre quienes, o no ser&aacute;. Unas terceras elecciones en seis meses llevar&iacute;an a Espa&ntilde;a m&aacute;s all&aacute; de la incertidumbre, la situar&iacute;an en lo desconocido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/pais-incertidumbre_132_1260153.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 11 Nov 2019 00:22:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[En el país de la incertidumbre]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Miguel Ángel Chica,Elecciones Generales 2019]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Rafael Barrett, el anarquista errante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/rafael-barrett-anarquista-errante_132_1947666.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8129838c-e248-42ec-8aec-551b3469cf4d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Rafael Barrett nació en Torrelavega, de padre inglés y madre española. Se educó en Francia y en Madrid, donde fue conocido por su carácter pendenciero y bohemio."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El escritor y periodista Rafael Barrett (Torrelavega, 1876 - Arcachón, 1910) se convirtió, a pesar de su escasa producción literaria, en una de las figuras de referencia de las letras sudamericanas de principios del siglo XX.</p><p class="subtitle">Antiguo dandi reconvertido en anarquista, su obra ha tenido mucha más influencia en América que en España, país que abandonó en 1903 para establecerse primero en Argentina y posteriormente en Paraguay, donde desarrolló la mayor parte de su carrera.</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2">Yo sé que huiré al confín de la tierra, buscando corazones sencillos y nobles, y que allí, como siempre, habrá una mano sin cuerpo que me apuñale por la espalda.<br/><br/>(Rafael Barrett)<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        Contrajo la tuberculosis en 1906 y muri&oacute; en 1910. En ese breve lapso de cuatro a&ntilde;os compuso la mayor parte de una obra fecunda en muertes imprevistas y asumidas. En sus cuentos breves traz&oacute; biograf&iacute;as completas de seres prendidos a una prosa como la atm&oacute;sfera de un sue&ntilde;o. En di&aacute;logos de fiebre alta hizo conversar a reyes y a desheredados, a enamorados y a hu&eacute;rfanos. Fue el primer modernista del Cono Sur y qui&eacute;n sabe si tambi&eacute;n el primer anarquista. O quiz&aacute; el &uacute;ltimo.
    </p><p class="article-text">
        Rafael Barrett naci&oacute; en Torrelavega en 1876, mestizo de padre ingl&eacute;s y madre espa&ntilde;ola, con dos nacionalidades, ojos expresivos y rictus de pasmo. Fue joven a la moda y bohemio duelista en el Madrid del desastre del 98, estudiante en el Par&iacute;s que cambiaba de siglo y presencia habitual en los salones de la alta burgues&iacute;a, en los casinos y en los callejones.
    </p><p class="article-text">
        En Madrid, donde se hizo ingeniero, conoci&oacute; a Valle Incl&aacute;n y a Ramiro de Maetzu, a tantos y tantos j&oacute;venes envarados que quer&iacute;an ser artistas y so&ntilde;aban con seducir duquesas. Ten&iacute;a apenas veinticinco a&ntilde;os y fama de pendenciero, de vitalista feroz y fil&oacute;sofo a la madrugada. Era todo cuanto se pod&iacute;a ser, un guapo provocador educado en Francia, noct&iacute;vago bebedor de absenta, de di&aacute;logo f&aacute;cil, encantador de serpientes, amante de todas, un hu&eacute;rfano de barba bien cuidada que se divert&iacute;a apostando la herencia de sus padres muertos mientras aprend&iacute;a la geograf&iacute;a sinuosa de la suerte.
    </p><p class="article-text">
        Barrett actuaba como un enfant terrible en una sociedad superficial que le permit&iacute;an sus arrebatos en atenci&oacute;n a su buena cuna, un divertimento m&aacute;s, un esc&aacute;ndalo inofensivo. Pero su sangre caliente no estaba hecha para los disimulos. Hab&iacute;a algo verdadero en aquel hombre de mirada de vidrio que en 1902, en una funci&oacute;n del Circo Parish, apale&oacute; al duque de Ari&oacute;n, presidente del Tribunal del Honor que le hab&iacute;a impedido batirse en duelo con el abogado Jos&eacute; Mar&iacute;a Azopardo. El esc&aacute;ndalo fue inasumible. Barrett apareci&oacute; en los peri&oacute;dicos y los esp&iacute;ritus velados que lo hab&iacute;an acogido con condescendencia le dieron la espalda horrorizados. En aquel ambiente fingido e hip&oacute;crita Barrett era un <em>outsider</em> que med&iacute;a el peso de cada palabra que pronunciaba. Como una estrella del rock ca&iacute;da en desgracia perdi&oacute; la entrada a los salones y a las tertulias. La prensa public&oacute; su suicidio.
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;os m&aacute;s tarde, en Am&eacute;rica, recordaba: &ldquo;Cuando mi alma era una herida sola y los hombres moscas cobardes que me chupaban la sangre, empec&eacute; a comprender la vida&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Lleg&oacute; a Argentina navegando sobre su fama de dandi europeo en decadencia. En Buenos Aires fue por primera vez periodista, un oficio que le acarrear&iacute;a la c&aacute;rcel y el destierro. Pero eso llegar&iacute;a despu&eacute;s, con la militancia y el compromiso. Am&eacute;rica acogi&oacute; a Barrett con desconfianza y Barrett entr&oacute; en Am&eacute;rica con la guardia alta de un boxeador a la defensiva. En el Hotel Imperial de Buenos Aires le dio una paliza a un tal se&ntilde;or Pom&eacute;s al que confundi&oacute; con un periodista llamado Juan de Urqu&iacute;a que le hab&iacute;a rechazado un duelo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De nuevo el esc&aacute;ndalo y la huida. Barrett era un hombre perdido que en 1904 se traslad&oacute; a Paraguay como corresponsal de guerra. No ten&iacute;a expectativas, carec&iacute;a de futuro. Se intern&oacute; tierra adentro, confes&oacute; m&aacute;s tarde, buscando una bala que lo matara, una bala que no encontr&oacute;. Y en Paraguay, un pa&iacute;s joven que renac&iacute;a de la guerra, renaci&oacute; Rafael Barrett. De las cenizas del bohemio que le&iacute;a a Nietzsche se levant&oacute; el anarquista que escrib&iacute;a cuentos. Se cas&oacute;, tuvo un hijo. Su trabajo de agrimensor le acerc&oacute; al sufrimiento de los que hab&iacute;an nacido sin suerte, hombres y mujeres que se deb&iacute;an a la tierra que trabajaban y perec&iacute;an bajo las suelas de los grandes propietarios.
    </p><p class="article-text">
        En julio de 1908, en Asunci&oacute;n, Barrett organiz&oacute; la atenci&oacute;n a los heridos durante el golpe militar del mayor Albino Jara. En octubre lo detuvieron por denunciar p&uacute;blicamente los abusos y torturas del r&eacute;gimen en el peri&oacute;dico anarquista Germinal, que &eacute;l mismo hab&iacute;a fundado. Lo liberaron gracias a las gestiones del c&oacute;nsul ingl&eacute;s y lo desterraron en el Matto Grosso brasile&ntilde;o, donde permaneci&oacute; hasta febrero de 1909, cuando la situaci&oacute;n pol&iacute;tica en Paraguay - se levant&oacute; el estado de sitio y Barrett recibi&oacute; garant&iacute;as de que no ser&iacute;a detenido- permiti&oacute; su regreso al pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Bajo la acci&oacute;n pol&iacute;tica del periodista rebelde lat&iacute;a la amenaza de la enfermedad que lo consum&iacute;a. Barrett fue siempre consciente de que su tiempo se terminaba y escribi&oacute;, con la fiebre y la tos como compa&ntilde;eros, peque&ntilde;os relatos de orfebre, di&aacute;logos, aforismos a los que denominaba epifonemas -&ldquo;Si el cielo no tiene fin, la imbecilidad humana no tiene fondo&rdquo;- y art&iacute;culos de opini&oacute;n en los que defini&oacute; sus ideas pol&iacute;ticas y filos&oacute;ficas. Toda su obra literaria apareci&oacute; en revistas y peri&oacute;dicos, en Asunci&oacute;n, Buenos Aires y Montevideo. Sus cuentos mezclan g&eacute;neros y transitan por la tenue frontera entre lo real y lo on&iacute;rico. Consciente del valor de las palabras su estilo es preciso, sus l&iacute;neas evocadoras. En los relatos de Barrett late un coraz&oacute;n f&uacute;nebre que contempla la vida con iron&iacute;a y no desprecia el valor narrativo de la muerte. T&iacute;sicos, bohemios, pr&iacute;ncipes destronados, campesinos, v&iacute;rgenes, amantes, ni&ntilde;os condenados, todos transitan por el espacio que el peri&oacute;dico asigna a Barrett con un aliento de verdad profunda. D&eacute;cadas despu&eacute;s de su muerte j&oacute;venes escritores como Augusto Roa Bastos o Jorge Luis Borges reclamar&aacute;n el valor de su obra y extraer&aacute;n del olvido al gran anarquista p&oacute;stumo.
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        &ldquo;Tengo el final delante. Veo la cortadura del camino&hellip; pero me quedan todav&iacute;a algunos pasos. &iquest;Y en qu&eacute; me diferencio del hombre robusto? En que &eacute;l puede dar unos poquitos pasos m&aacute;s que yo, eso es todo. La negra cortadura es la misma, un poco m&aacute;s all&aacute;, un poco m&aacute;s ac&aacute;&hellip; y caminamos siempre, nos empujan&rdquo;. En 1909 Rafael Barrett es un hombre que sabe que ya ha encontrado la bala que lo va a matar. Animado por el doctor Quinton emprende el camino a Francia en busca de un tratamiento que le aplace un tiempo la muerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En Montevideo, donde hace escala, conoce por primera y &uacute;nica vez el &eacute;xito. Su &uacute;nico libro publicado en vida, una colecci&oacute;n de relatos titulada 'Moralidades actuales', tiene un &ldquo;&eacute;xito loco&rdquo;. Decenas de lectores acuden al hotel donde se hospeda y Barrett escribe a su esposa entre la sorpresa y el entusiasmo: &ldquo;Hubo que habilitar dos cuartos (...) para recibir a la gente que acud&iacute;a toda la tarde. Vi a Frugoni, a Falco, a Bertani -que me ha pedido originales para otro libro- a Herrerita, a reporters de toda laya, directores de revistas, fot&oacute;grafos (&iexcl;me retrataron dos veces!), un escultor me quiere hacer el busto, los melenudos del Polo Bamba, y los que m&aacute;s me agradaron, obreros, tip&oacute;grafos, jornaleros que me estrujaban las manos entre las suyas callosas y me llamaban maestro&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fue el ep&iacute;logo de una vida salvaje, la redenci&oacute;n del antiguo mis&aacute;ntropo, el &uacute;ltimo d&iacute;a feliz del escritor fracasado. A Barrett le alcanzar&iacute;a el tiempo para cruzar el oc&eacute;ano de vuelta a Europa y morir en Francia el 17 de diciembre de 1910, en el hotel Regina F&oacute;ret de Arcachon. Ten&iacute;a 34 a&ntilde;os. Desde la ventana de su habitaci&oacute;n ve&iacute;a el mar que lo separaba de Am&eacute;rica. Hab&iacute;a dejado preparada una nueva colecci&oacute;n de relatos, 'Dolor paraguayo'. El resto de su producci&oacute;n literaria se public&oacute; durante la d&eacute;cada posterior a su muerte. Sus obras completas aparecieron en Argentina en 1943, en Paraguay en 1990 y en Espa&ntilde;a en 2010, en una edici&oacute;n a cargo de Francisco Corral.
    </p><p class="article-text">
        Postdata. De Barrett queda el recuerdo de un hombre que atraves&oacute; la existencia con la violencia de un incendio s&uacute;bito. Que muriera en una habitaci&oacute;n de hotel hace justicia a su condici&oacute;n errante. Sus libros, m&aacute;s apreciados en Sudam&eacute;rica que en Espa&ntilde;a, donde nunca ha terminado de ser descubierto, han sobrevivido un siglo a su autor que, ya al final de su vida, en alg&uacute;n lugar de Paraguay, escribi&oacute;: &ldquo;Desde que soy desgraciado, amo a los desgraciados, a los ca&iacute;dos, a los pisados&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/rafael-barrett-anarquista-errante_132_1947666.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Sep 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Rafael Barrett, el anarquista errante]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Historia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Elena Quiroga, de la piel para dentro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/elena-quiroga-piel-dentro_132_1966996.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a9ebdf61-d85a-4b69-8ef6-e8beb50b5a34_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Retrato de Elena Quiroga. | Ana Hoyos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La escritora Elena Quiroga (Santander, 1921 - Madrid, 1995) fue la segunda mujer en entrar en la Real Academia Española de la Lengua</p><p class="subtitle">Autora de una extensa obra narrativa, la autora cántabra perteneció a la generación de los cincuenta junto a nombres como Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite o Ana María Matute</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2">«Elena Quiroga llega a la Academia con el precioso bagaje de una producción novelesca extensa y de muy subido valor. Con un arte muy consciente de sí mismo. Con una generosidad humana vertida con preferencia sobre los humildes. Con un dominio del idioma que garantiza su eficacia como colaboradora en los trabajos de la Academia».<br/><br/>Rafael Lapesa<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        &nbsp;El 8 de abril de 1984 Elena Quiroga entr&oacute; en el edificio de la Real Academia Espa&ntilde;ola de la Lengua para ocupar el sill&oacute;n a min&uacute;scula. Fue la segunda mujer en atravesar el espinoso camino hacia la instituci&oacute;n. Antes que ella, en 1979, lo hab&iacute;a hecho Carmen Conde. Despu&eacute;s lo hicieron otras. Quiroga recibi&oacute; las felicitaciones de los acad&eacute;micos y ley&oacute; un discurso sobre &Aacute;lvaro Cunqueiro. A medida que le&iacute;a erosionaba un muro de prejuicios.
    </p><p class="article-text">
        Quiroga naci&oacute; en Santander en 1921. A los dos a&ntilde;os perdi&oacute; a su madre y la familia emigr&oacute; a Galicia, a la tierra de su padre. El recuerdo de Santander persisti&oacute; en el recuerdo de la madre muerta. Siempre dijo que ten&iacute;a una patria, Galicia, y una matria, Cantabria. En el espacio de sus obras, delimitado por valles y monta&ntilde;as, late una corriente oce&aacute;nica.
    </p><p class="article-text">
        Fue la pen&uacute;ltima de diecisiete hermanos, una hu&eacute;rfana criada por su abuela en un peque&ntilde;o pueblo de Orense. El peso de una infancia y una juventud parasitadas por el sentimiento de p&eacute;rdida inclin&oacute; a la joven hacia la literatura. Fue adolescente en un pa&iacute;s en guerra, madur&oacute; en un pa&iacute;s devastado. Su familia, bien situada, le permiti&oacute; acceder a una educaci&oacute;n que no era frecuente en las mujeres de la posguerra.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En su juventud desarroll&oacute; una disciplina que explot&oacute; m&aacute;s tarde para convertirse en una de las escritoras m&aacute;s prol&iacute;ficas de su generaci&oacute;n. Asist&iacute;a como oyente a la universidad y dedicaba tres horas diarias a escribir. En 1949 public&oacute; La soledad sonora, su primera novela, una obra con tintes autobiogr&aacute;ficos que le permiti&oacute; romper el silencio que encierra a los escritores primerizos.
    </p><p class="article-text">
        La soledad sonora le permiti&oacute; entrar en los c&iacute;rculos intelectuales locales. Una mujer que todav&iacute;a no hab&iacute;a cumplidos los treinta, hija de un conde, escritora de corte intimista, un valor al alza en los ambientes reducidos de provincias. En aquel espacio exclusivo conoci&oacute; a Dalmiro de V&aacute;lgoma, historiador y futuro secretario perpetuo de la Academia de la Historia, con el que se cas&oacute; a principios de los a&ntilde;os cincuenta.
    </p><p class="article-text">
        Tras el matrimonio y durante el resto de su vida Quiroga vivi&oacute; entre Madrid y Galicia. En la capital entr&oacute; en contacto con un grupo de j&oacute;venes escritores que en aquel momento empezaba a experimentar nuevas formas de acometer la novela social que caracteriz&oacute; a la literatura espa&ntilde;ola de los cincuenta y sesenta: Rafael S&aacute;nchez Ferlosio, Carmen Mart&iacute;n Gaite, Ignacio Aldecoa, Ana Mar&iacute;a Matute, Juan Garc&iacute;a Hortelano. En manos de aquellos autores de infancia partida en la guerra la literatura espa&ntilde;ola se revisti&oacute; de una insolencia nueva que revitaliz&oacute; formas en crisis.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Creo que todos nos caracteriz&aacute;bamos por la sensaci&oacute;n de incomunicaci&oacute;n, insolidaridad y soledad. M&aacute;s exactamente: falta de libertad&rdquo;, record&oacute; Quiroga a&ntilde;os despu&eacute;s en una entrevista. Durante la d&eacute;cada de los cincuenta la escritora se impuso un ritmo de trabajo demoledor: public&oacute; ocho novelas en diez a&ntilde;os. Aquel impulso creativo fructific&oacute; en obras como La sangre, Viento del norte - que gan&oacute; el premio Nadal - o Algo pasa en la calle.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En una &eacute;poca dominada por el realismo social Quiroga se alej&oacute; de la tendencia dominante para elaborar una literatura que se adentraba en las intimidades humanas. Con un lenguaje elaborado y una prosa con efectos renovadores retrat&oacute; un pa&iacute;s de posguerra y escarb&oacute; en la psicolog&iacute;a de sus personajes heridos. Siempre defendi&oacute; la libertad de creaci&oacute;n como el &uacute;nico refugio posible del escritor en una &eacute;poca en la que la censura limitada los espacios posibles del arte.
    </p><p class="article-text">
        Sobre la relaci&oacute;n enfermiza del escritor con las trabas del r&eacute;gimen recordaba: &ldquo;la censura la pas&eacute;, y no la pas&eacute;, porque ten&iacute;a un amigo en censura lo bastante noble para decirme &lsquo;ven ma&ntilde;ana, tr&aacute;eme el libro&rsquo;. Y me daba la tarjeta de censura y pon&iacute;a los sellos, y se acab&oacute;. He escrito siempre desde mi libertad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A partir de los a&ntilde;os sesenta decay&oacute; el ritmo de trabajo inhumano que se hab&iacute;a impuesto hasta entonces. En 1960 public&oacute; Tristura, que recibi&oacute; el Premio de la Cr&iacute;tica Catalana y cierra la primera etapa de su producci&oacute;n literaria. Siguieron cinco a&ntilde;os de silencio que terminaron con la publicaci&oacute;n de Escribo tu nombre, premio R&oacute;mulo Gallegos de 1965.
    </p><p class="article-text">
        En 1970 apareci&oacute; Presente profundo, considerada por la cr&iacute;tica como su gran obra de madurez. No hab&iacute;a cumplido cincuenta a&ntilde;os y sumaba una bibliograf&iacute;a de diecis&eacute;is novelas. Presente profundo marca un antes y un despu&eacute;s, casi una renuncia: Quiroga no volver&iacute;a a publicar un libro en los trece a&ntilde;os siguientes. Grandes soledades apareci&oacute; en 1983 para cerrar de manera definitiva la carrera de la autora, que un a&ntilde;o despu&eacute;s pronunci&oacute; su discurso de ingreso en la RAE y se centr&oacute; en su trabajo como acad&eacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        Rafael Lapesa, Carmen Conde y Gonzalo Torrente Ballester promovieron su ingreso en la instituci&oacute;n. Se sent&oacute; durante once a&ntilde;os en el sill&oacute;n que previamente hab&iacute;an ocupado dos novelistas tan prol&iacute;ficos como ella: P&iacute;o Baroja y Juan Antonio de Zunzunegui. Quiroga, que nunca se conform&oacute; con el lenguaje disponible y busc&oacute; ampliarlo a trav&eacute;s de nuevos significados encontr&oacute; en la academia el espacio perfecto para continuar su labor de exploraci&oacute;n literaria, esa que ella misma defini&oacute; de manera exacta con un pu&ntilde;ado de palabras justas: ahondar en la &ldquo;interioridad del hombre, en el hombre de piel para adentro&rdquo;. Muri&oacute; de un fallo hep&aacute;tico en La Coru&ntilde;a en 1995, a los 74 a&ntilde;os de edad.
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      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/elena-quiroga-piel-dentro_132_1966996.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Aug 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Elena Quiroga, de la piel para dentro]]></media:title>
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      <title><![CDATA[María Luisa Gómez Pelayo, la aristócrata que dirigió un hospital]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/maria-luisa-gomez-pelayo-aristocrata_132_1982452.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fa04ccb9-a9c3-4bf3-8d10-4b62e52e066f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ilustración de María Luisa López de Pelayo | Alexandra San Juan"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tuvo un papel importante en la fundación de la Casa de Salud Valdecilla, antecedente del actual Hospital Universitario Marqués de Valdecilla.</p><p class="subtitle">Tras la muerte de su tío, el marqués de Valdecilla, accedió a la presidencia del patronato directivo, un cargo que desempeñó durante veinte años.</p></div><p class="article-text">
        <em>Despu&eacute;s de penosa y larga enfermedad, sobrellevada con ejemplar resignaci&oacute;n cristiana, ha muerto en Madrid, como consecuencia de un colapso, la ilustre dama monta&ntilde;esa do&ntilde;a Mar&iacute;a Luisa G&oacute;mez Pelayo, marquesa de Valdecilla. En el momento de morir le acompa&ntilde;aba su marido, D. Eugenio Rodr&iacute;guez Pascual. Con su desaparici&oacute;n pierde la sociedad espa&ntilde;ola una figura caracter&iacute;stica por su caridad escondida y generosa. Su nombre est&aacute; ligado a una de las mejores instituciones ben&eacute;ficas: la Casa de Salud Valdecilla, de la que&hellip; </em>
    </p><p class="article-text">
        La cursiva pertenece a la necrol&oacute;gica publicada por el diario ABC el mi&eacute;rcoles 4 de abril de 1951. Como todo obituario utiliza eufemismos -penosa y larga enfermedad- y sintagmas de molde -ejemplar resignaci&oacute;n cristiana- para apuntar los motivos por los que la sociedad debe sentir la p&eacute;rdida de la difunta -su caridad escondida y generosa- y se&ntilde;alar a continuaci&oacute;n su obra magna: la Casa de Salud Valdecilla de Santander, un hospital que se adelant&oacute; en varias d&eacute;cadas a su pa&iacute;s.
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         La vida de Mar&iacute;a Luis G&oacute;mez Pelayo Zubeldio y de la Torriente, nacida en Santander en 1870, no puede entenderse sin el centro m&eacute;dico que contribuy&oacute; a fundar junto a su t&iacute;o, el marqu&eacute;s de Valdecilla, a principios de los a&ntilde;os 30 del siglo XX. La historia est&aacute; ligada a una fortuna de indiano en Am&eacute;rica pero tambi&eacute;n a la epidemia de gripe espa&ntilde;ola de 1918 que evidenci&oacute; las carencias del antiguo hospital de San Rafael. La sociedad santanderina exig&iacute;a un nuevo hospital y en esa tierra de nadie que son las demandas populares insatisfechas -ni la diputaci&oacute;n ni la burgues&iacute;a local encontraban fondos para acometer la empresa- emergi&oacute; Ram&oacute;n Gonz&aacute;lez de la Torriente, que se ofreci&oacute; a financiar el proyecto a cambio del control sobre el mismo.
    </p><p class="article-text">
        La idea era ambiciosa y el marqu&eacute;s, que se intu&iacute;a en sus &uacute;ltimos a&ntilde;os de vida, confi&oacute; en su sobrina para crear un hospital moderno homologable en Europa que deb&iacute;a ser, al mismo tiempo, un centro de investigaci&oacute;n y de formaci&oacute;n de profesionales. El marqu&eacute;s encarg&oacute; la construcci&oacute;n del complejo al arquitecto Gonzalo Bringas, que dise&ntilde;&oacute; un conjunto de pabellones comunicados en superficie y a trav&eacute;s de un t&uacute;nel subterr&aacute;neo. Cost&oacute; 16.628.582 pesetas y se inaugur&oacute; el 24 de octubre de 1929.
    </p><p class="article-text">
        El patronato encargado de la gesti&oacute;n del centro contaba con figuras de prestigio como Gregorio Mara&ntilde;&oacute;n y estaba presidido por Gonz&aacute;lez de la Torriente. Desde la constituci&oacute;n del hospital Mar&iacute;a Luisa G&oacute;mez Pelayo figur&oacute; como vocal y tras la muerte de su t&iacute;o, en 1932, se puso al frente de la instituci&oacute;n.
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                </figure><p class="article-text">
        <em>Descendiente de hidalga familia monta&ntilde;esa, do&ntilde;a Mar&iacute;a Luisa G&oacute;mez Pelayo, tuvo como &uacute;nico af&aacute;n proteger al desvalido y dedic&oacute; todas sus actividades a remediar las necesidades de los humildes, con real sacrificio y austeridad personal. Su Majestad el Rey don Alfonso XII concedi&oacute; a su t&iacute;o el t&iacute;tulo de marqu&eacute;s de Valdecilla y a su muerte le fue otorgado a do&ntilde;a Mar&iacute;a Luisa el de marquesa de Pelayo. Complement&oacute; sus...</em>
    </p><p class="article-text">
        La Casa de Salud Valdecilla se hizo cargo de los pacientes que correspond&iacute;an por ley al hospital de San Rafael sin renunciar la atenci&oacute;n a enfermos privados o procedentes de contratos con mutuas, el Ej&eacute;rcito y otras instituciones seleccionadas por el patronato. Fue el primer hospital espa&ntilde;ol que integr&oacute; asistencia, investigaci&oacute;n y docencia, algo com&uacute;n en otros pa&iacute;ses europeos.
    </p><p class="article-text">
        El programa para m&eacute;dicos postgraduados atrajo a los mejores profesionales del pa&iacute;s y confirm&oacute; las idea inicial de los fundadores, plasmada a&ntilde;os antes en un editorial de la <em>Revista M&eacute;dica de Barcelona</em>: &ldquo;All&aacute; donde mejor se ense&ntilde;e y m&aacute;s se investigue, all&aacute; ser&aacute; donde mejor se trate a los enfermos y se obtengan mejores estad&iacute;sticas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La biblioteca fue un empe&ntilde;o personal de Wenceslao L&oacute;pez Albo, primer director m&eacute;dico de la Casa de Salud, que la consideraba imprescindible para el desarrollo de los internos y las investigaciones. La marquesa accedi&oacute; a la petici&oacute;n y financi&oacute; una de las colecciones de literatura m&eacute;dica m&aacute;s completas del pa&iacute;s. Sin embargo, el intervencionismo creciente de G&oacute;mez Pelayo en los asuntos m&eacute;dicos pronto empez&oacute; a afectar al funcionamiento del hospital.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El gran giro en la relaci&oacute;n entre el patronato y el personal m&eacute;dico tuvo lugar en marzo de 1930 a cuenta de la Escuela de Enfermeras. Tras varias dimisiones en la direcci&oacute;n de la escuela, la marquesa impuso a una enfermera de la Cruz Roja como instructora contra el criterio de L&oacute;pez Albo y la direcci&oacute;n m&eacute;dica. Fue el inicio de una reestructuraci&oacute;n que termin&oacute; con las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Pa&uacute;l al frente de la escuela.
    </p><p class="article-text">
        El proyecto del marqu&eacute;s, de corte progresista y regenerador vir&oacute; hacia el conservadurismo en manos de su sobrina. A pesar de poner en marcha el Rinc&oacute;n de Ni&ntilde;os, donde los hijos de los trabajadores del hospital recib&iacute;an educaci&oacute;n y alimento, y promover los viajes de formaci&oacute;n en el extranjero para el personal m&eacute;dico, la marquesa fue disminuyendo sus aportaciones financieras al centro. La guerra civil, la posguerra y una gesti&oacute;n cada vez m&aacute;s austera frenaron las expectativas de un hospital que hab&iacute;a nacido en un contexto muy diferente, en una &eacute;poca en la que la ciencia espa&ntilde;ola parec&iacute;a capaz de mirar de frente a Europa.
    </p><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Luisa G&oacute;mez Pelayo, arist&oacute;crata por una fortuna cubana, sigui&oacute; al frente del hospital hasta su muerte en 1951. La Casa de Salud que fund&oacute; junto a su t&iacute;o es hoy el Hospital Universitario Marqu&eacute;s de Valdecilla que, casi un siglo despu&eacute;s, mantiene el esp&iacute;ritu de asistencia, investigaci&oacute;n y docencia con el que fue fundado en 1929.
    </p><p class="article-text">
        <em>La finada estaba en posesi&oacute;n de la Gran Cruz de Alfonso XIII, que le fue concedida con motivo de una donaci&oacute;n singular&iacute;sima a la Universidad de Madrid para la creaci&oacute;n de la C&aacute;tedra Valdecilla en la Facultad de Medicina. Con la sencillez que corresponde a su vida se verificar&aacute; hoy el traslado de los restos a Valdecilla (Santander), donde&hellip;</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/maria-luisa-gomez-pelayo-aristocrata_132_1982452.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Aug 2018 17:30:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[María Luisa Gómez Pelayo, la aristócrata que dirigió un hospital]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cántabros con historia,Valdecilla]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Todas las vidas de Buenaventura Rodríguez Parets]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/todas-vidas-buenaventura-rodriguez-parets_132_2000113.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5ab83ce7-37dc-4d47-a02c-99cdd6f896ff_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ilustración de Buenaventura Rodríguez Parets. | MAC MAGEX"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fue un jurista, empresario, periodista y escritor responsable de la fundación de El Cantábrico, el periódico más influyente de Cantabria a principios del siglo XX</p><p class="subtitle">Promovió y difundió la cultura cántabra en decenas de artículos y libros, convirtiéndose así en uno de los pioneros del folclorismo y el regionalismo</p></div><p class="article-text">
        A ciertas personas no les basta una vida. Ciertas personas son como un eclipse: se ocultan, reaparecen, y cuando reaparecen no son del todo las mismas personas, un velo los opaca y entonces nos preguntamos si no fueron siempre una m&aacute;scara. Buenaventura Rodr&iacute;guez Parets naci&oacute; en Cienfuegos, Cuba, en 1860. Cuba era entonces una colonia espa&ntilde;ola, una isla de ma&iacute;z, tabaco y ca&ntilde;a de az&uacute;car en posesi&oacute;n de unas pocas familias de la metr&oacute;poli.
    </p><p class="article-text">
        Rodr&iacute;guez Parets pertenec&iacute;a a una de aquellas familias de emigrantes que se establecieron en Am&eacute;rica dejando al otro lado del oc&eacute;ano una vida sin incentivos, hombres y mujeres que cruzaron el Atl&aacute;ntico requeridos por la ambici&oacute;n. &iquest;Qu&eacute; lleva a un hombre, a una mujer, a navegar durante meses hacia el oeste, lejos de la tierra donde ha sepultado a sus muertos? El dinero, los sue&ntilde;os, la apuesta contra la fortuna para ser como aquellos que se marcharon y regresaron ricos y satisfechos. Los llamaban indianos. Se convirtieron en arquetipo. Casi h&eacute;roes literarios. Negociantes de &eacute;xito.
    </p><p class="article-text">
        El padre de Buenaventura Rodr&iacute;guez Parets regentaba en Cienfuegos un comercio al por menor. Era una vida c&oacute;moda, feliz, una de esas vidas que en las novelas decimon&oacute;nicas rompen en tragedia en el cap&iacute;tulo cuarto cuando un suceso imprevisto altera para siempre la vida de los protagonistas. En la familia Rodr&iacute;guez Parets sucedi&oacute; el c&oacute;lera, que se llev&oacute; a la madre en 1870. Buenaventura ten&iacute;a diez a&ntilde;os. Su padre, demasiado viudo para ocuparse al mismo tiempo de sus hijos y sus negocios lo envi&oacute; a Espa&ntilde;a junto a su hermano Manuel.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        As&iacute; lleg&oacute; Buenaventura a Cantabria, donde comenzaba otra vida. Estudi&oacute; primero en Torrelavega y despu&eacute;s en Villacarriedo. Es posible que lejos de la isla la orfandad fuera doble. Qui&eacute;n sabe. Las vidas son instantes y en ellas todo es posible. En la Universidad de Oviedo estudi&oacute; Derecho. Se licenci&oacute; en 1883. Ten&iacute;a 23 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Cuba, como la infancia, era un recuerdo lejano. Regres&oacute; a Cantabria. Se instal&oacute; primero en Torrelavega y despu&eacute;s en Santander, donde iba a morir, muchos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, en 1946, en otro siglo, despu&eacute;s de una guerra, anciano y cansado. Como todos los j&oacute;venes quiso hacer tanto como fuera posible. Fue jurista, escritor, periodista y empresario. Investig&oacute; en las ra&iacute;ces de su familia para recuperar el folclore y las tradiciones de una tierra en la que no hab&iacute;a nacido pero que le pertenec&iacute;a por herencia.
    </p><p class="article-text">
        Santander lo recibi&oacute; como a una visita largo tiempo esperada. La ciudad fue amable con Rodr&iacute;guez Parets y le permiti&oacute; tener &eacute;xito en todas las profesiones que escogi&oacute;. Fue decano del Colegio de Abogados, se carteaba con Men&eacute;ndez Pelayo y Francesc Camb&oacute; y siempre encontr&oacute; apoyos con los que llevar adelante sus proyectos. Fue un regeneracionista seg&uacute;n los usos de la &eacute;poca que particip&oacute; en la fundaci&oacute;n de la Biblioteca Municipal y el Ateneo de Santander y de la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega.
    </p><p class="article-text">
        En 1888 abri&oacute; otra vida, quiz&aacute;s porque la abogac&iacute;a no era suficiente, compr&oacute; una imprenta y fund&oacute; el peri&oacute;dico <em>El Dobra</em>, una toma de contacto primeriza con el periodismo, un negocio pero tambi&eacute;n un aprendizaje que cristaliz&oacute; a&ntilde;os despu&eacute;s, en 1895, en <em>El Cant&aacute;brico</em>, el peri&oacute;dico m&aacute;s le&iacute;do e influyente de la regi&oacute;n entre finales de un siglo y principios de otro.
    </p><p class="article-text">
        <em>El Cant&aacute;brico </em>fue la Opus Magna de Rodr&iacute;guez Parets, el trabajo que lo conserva en la memoria de la tierra donde no eligi&oacute; vivir pero donde quiso, en cambio, permanecer y morir. Su hermano Manuel y su hermanastro Mauricio Rodr&iacute;guez Lasso de Vega intervinieron como cofundadores. Jos&eacute; Estra&ntilde;i y Grau fue el primer director. Buenaventura se reserv&oacute; el puesto de redactor jefe. A los seis meses de su fundaci&oacute;n <em>El Cant&aacute;brico </em>vend&iacute;a 4.500 ejemplares diarios.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Era un peri&oacute;dico de informaci&oacute;n general, de tendencia liberal y republicana que muy pronto tuvo que dar cuenta del desastre del 98, de la p&eacute;rdida de Cuba, de que Cienfuegos ya no era espa&ntilde;ol. &iquest;Qu&eacute; sinti&oacute; entonces Rodr&iacute;guez Parets? Como tantos otros noventayochistas quiz&aacute;s la amargura de comprobar que los pa&iacute;ses tambi&eacute;n mueren, que un pa&iacute;s, en realidad, no es nada, y que una vida humana puede sobrevivir a un imperio.
    </p><p class="article-text">
        En 1903 <em>El Cant&aacute;brico </em>inaugur&oacute; una nueva redacci&oacute;n y unos nuevos talleres. En 1905, una nueva rotativa. Aunque siempre se consider&oacute; el peri&oacute;dico de la izquierda santanderina, Estra&ntilde;i insist&iacute;a en que <em>El Cant&aacute;brico </em>era &ldquo;un peri&oacute;dico de informaci&oacute;n, no de combate, ni de propaganda, ni &oacute;rgano de ning&uacute;n partido&rdquo;. En 1916 vend&iacute;a 13.000 ejemplares diarios. En sus p&aacute;ginas se incluyeron siempre art&iacute;culos relacionados con la cultura, la historia y el folclore de Cantabria. Muchos de ellos aparec&iacute;an firmados por V&iacute;ctor Rovira, seud&oacute;nimo de Buenaventura Rodr&iacute;guez Parets, que con el tiempo se convertir&iacute;a en uno de los primeros recopiladores de la identidad y las tradiciones c&aacute;ntabras en libros de t&iacute;tulos inequ&iacute;vocos: <em>Cuentos de la Monta&ntilde;a</em>, <em>Mitos y supersticiones de la Monta&ntilde;a</em>, <em>Biograf&iacute;as de monta&ntilde;eses ilustres</em>, <em>Estudios sobre los refranes y el refranero</em>, <em>Poes&iacute;as populares</em>, <em>Cantares y marzas</em>.
    </p><p class="article-text">
        Francisco Cubr&iacute;a S&aacute;inz, que fue su disc&iacute;pulo, lo llam&oacute; en una ocasi&oacute;n &ldquo;el abuelo de los folcloristas regionales&rdquo;. &iquest;D&oacute;nde encontr&oacute; Rodr&iacute;guez Parets el apego desmedido a la tierra de su padre? Quiz&aacute;s en la p&eacute;rdida de la tierra de su infancia. Quiz&aacute;s, como otros indianos, en la perplejidad que provoca en los hombres que no son de ning&uacute;n sitio el deseo de ser aceptado. O quiz&aacute;s un impulso feliz y sencillo, el descubrimiento del gozo de preservar y compartir.
    </p><p class="article-text">
        Rodr&iacute;guez Parets, que hab&iacute;a sido concejal, juez de paz y abogado, se vio absorbido cada vez m&aacute;s por el periodismo y la literatura. Public&oacute; una novela, <em>Quien mal anda, mal acaba</em>, y un drama, <em>Desenlace de Montiel</em>, y atraves&oacute; sobre <em>El Cant&aacute;brico </em>la monarqu&iacute;a de Alfonso XIII, la primera Guerra Mundial, la dictadura de Primo de Rivera y la II Rep&uacute;blica.
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                </figure><p class="article-text">
        El 28 de mayo de 1936 Antonio Orallo anunci&oacute; en <em>El Cant&aacute;brico </em>la redacci&oacute;n del Estatuto C&aacute;ntabro-Castellano, un primer intento de autonom&iacute;a abortado por la Guerra Civil. Durante la contienda el peri&oacute;dico sigui&oacute; public&aacute;ndose pero debido a la excepcionalidad de la situaci&oacute;n la redacci&oacute;n qued&oacute; bajo control del gobierno republicano, que el 27 de junio de 1937 decret&oacute; el cierre de todos los peri&oacute;dicos salvo <em>La Rep&uacute;blica </em>por la escasez de papel y tinta.
    </p><p class="article-text">
        Fue el final de <em>El Cant&aacute;brico</em>,&nbsp;41 a&ntilde;os despu&eacute;s. El ep&iacute;logo es triste. Cuando el ej&eacute;rcito franquista tom&oacute; Santander en septiembre de 1937 los talleres del peri&oacute;dico fueron incautados. La Delegaci&oacute;n Nacional de Prensa y Propaganda de FET y de las JONS utiliz&oacute; las rotativas para editar el diario <em>Alerta. </em>Rodr&iacute;guez Parets sobrevivi&oacute; a la guerra y continu&oacute; ejerciendo la abogac&iacute;a. Le qued&oacute; la experiencia amarga de la p&eacute;rdida del periodismo, quiz&aacute;s la m&aacute;s querida de todas las vidas que vivi&oacute;. Muri&oacute; a los 86 a&ntilde;os.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/todas-vidas-buenaventura-rodriguez-parets_132_2000113.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Jul 2018 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Todas las vidas de Buenaventura Rodríguez Parets]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cántabros con historia,Cuba]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Leonardo Rucabado, arquitecto de la Montaña]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/leonardo-rucabado-arquitecto-montana_132_2022785.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/01bad080-3845-45bc-b729-cc68d6fff9a7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ilustración del arquitecto Leonardo Rucabado. | EDGAR MIRONES FERNÁNDEZ"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Leonardo Rucabado (Castro Urdiales, 1875 - Castro Urdiales, 1918) fue uno de los arquitectos españoles más destacados de la primera mitad del siglo XX. Evolucionó desde el modernismo hacia un historicismo con gran influencia de la arquitectura tradicional cántabra.</p><p class="subtitle">Responsable de buena parte del ensanche de Indautxu de Bilbao, diseñó la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander y el edificio Allende de la plaza de Canalejas de Madrid.</p></div><p class="article-text">
        La gripe espa&ntilde;ola mat&oacute; a casi 40 millones de personas en 1918. Fue la pandemia m&aacute;s mort&iacute;fera de la historia de la humanidad. Y no se origin&oacute; en Espa&ntilde;a. Pero en plena I Guerra Mundial los peri&oacute;dicos espa&ntilde;oles fueron los &uacute;nicos que publicaron informes sobre la enfermedad y sus consecuencias, de ah&iacute; el nombre con el que pas&oacute; a la historia en los registros internacionales. Se cree que se propag&oacute; desde China y toc&oacute; Europa en Francia, desde donde pas&oacute; a Espa&ntilde;a, uno de los pa&iacute;ses m&aacute;s afectados, con ocho millones de infectados y cerca de 300.000 muertes. Una de las v&iacute;ctimas fue el arquitecto c&aacute;ntabro Leonardo Rucabado, que sucumbi&oacute; el 11 de noviembre de 1918.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se encontr&oacute; con la enfermedad Rucabado ten&iacute;a 43 a&ntilde;os y un buen n&uacute;mero de proyectos entre manos. Nunca lleg&oacute; a ver terminada, por ejemplo, la Biblioteca Men&eacute;ndez Pelayo de Santander, su obra m&aacute;s representativa, finalizada en 1923. En la inauguraci&oacute;n, presidida por Alfonso XIII, falt&oacute; el hombre que para dise&ntilde;ar el edificio hab&iacute;a buscado inspiraci&oacute;n en los trabajos de otro c&aacute;ntabro, Juan de Herrera, jefe de obras y arquitecto de El Escorial, y en la arquitectura tradicional de Cantabria.
    </p><p class="article-text">
        Rucabado pas&oacute; meses recorriendo la geograf&iacute;a de Cantabria, dibujando casonas, torres, viviendas rurales, caligrafiando con letra r&aacute;pida de estudiante, inventariando ornamentos, detalles, matices en la piedra. En su juventud, reci&eacute;n salido de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, hab&iacute;a apostado por el modernismo y el estilo ingl&eacute;s, deslumbrado por las obras de Gaud&iacute; y Berenguer. Pero un art&iacute;culo de Dom&egrave;nech i Montaner titulado 'En busca de una arquitectura nacional' le hizo replantearse sus principios est&eacute;ticos.
    </p><p class="article-text">
        Las ideas de aquel texto maceraron durante a&ntilde;os en el pensamiento de Rucabado, que una vez obtenido el t&iacute;tulo de arquitecto, en el a&ntilde;o 1900, se instal&oacute; en Bilbao para trabajar bajo la tutela de Severino Ach&uacute;carro. La Barcelona que Rucabado dej&oacute; atr&aacute;s era una ciudad fascinada con las teor&iacute;as medievalistas y rom&aacute;nticas de Violet Le Duc, el arquitecto y restaurador franc&eacute;s famoso por sus reinterpretaciones de edificios medievales. En sus restauraciones - Notre Dame o la Sainte Chapelle, entre muchas otras - Le Duc no dudada en a&ntilde;adir elementos de su autor&iacute;a que en ocasiones romp&iacute;an con el esp&iacute;ritu original de la obra y eliminaban elementos originales de valor arqueol&oacute;gico: cuando trabaj&oacute; en la Ciudadela de Carcasona, por ejemplo, Le Duc construy&oacute; tejados de pizarra sobre las torres de la muralla.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Todas las corrientes de la &eacute;poca parec&iacute;an confluir en el joven Rucabado, que en sus primeros a&ntilde;os en Bilbao apostaba de manera natural por un estilo ecl&eacute;ctico, heredero de un modernismo catal&aacute;n que miraba con curiosidad hacia las ideas historicistas que empezaban a abrirse paso en el panorama arquitect&oacute;nico europeo.
    </p><p class="article-text">
        En 1905 obtuvo el t&iacute;tulo de ingeniero industrial. Durante sus a&ntilde;os en Bilbao a las &oacute;rdenes de Ach&uacute;carro construy&oacute; principalmente viviendas en el barrio de Indautxu. Cuando le lleg&oacute; el encargo de la casa de Escauriaza, una de sus obras m&aacute;s relevantes de sus a&ntilde;os de aprendizaje, combin&oacute; los estilos europeos de moda. Buena parte de los edificios del ensanche de Indautxu llevan la firma de Rucabado. Sus clientes eran familias burguesas a las que se adaptaba como un guante el estilo ecl&eacute;ctico del arquitecto c&aacute;ntabro.
    </p><p class="article-text">
        En 1911 la familia Allende le encarg&oacute; la construcci&oacute;n de una iglesia en Indautxu. Rucabado dise&ntilde;&oacute; la Iglesia de Nuestra Se&ntilde;ora del Carmen, mezcla de rom&aacute;nico y g&oacute;tico. La iglesia, demasiado peque&ntilde;a, fue demolida en 1967 para construir un nuevo templo que pudiera dar cabida al n&uacute;mero creciente de feligreses. El edificio marca una frontera en la producci&oacute;n art&iacute;stica de Rucabado, que en adelante dejar&iacute;a atr&aacute;s el modernismo y las influencias inglesas para centrarse en la arquitectura historicista en busca del estilo nacional que defend&iacute;a Dom&egrave;nech i Montaner en aquel art&iacute;culo que nunca le abandon&oacute; del todo.
    </p><p class="article-text">
        El arquitecto ecl&eacute;ctico que hab&iacute;a defendido las corrientes modernistas en el VIII Congreso Internacional de Arquitectos de 1908, abraz&oacute; la corriente nacionalista promovida por Rovira i Rabassa, Dom&egrave;nech i Montaner y Puig i Cadafalch. La premisa era simple: huir de cualquier influencia extranjera. En su segunda y definitiva etapa Rucabado apost&oacute; por un estilo n&oacute;rdico depurado por la influencia de la arquitectura tradicional c&aacute;ntabra, que tomaba elementos de Herrera y sirvi&oacute; de inspiraci&oacute;n para arquitectos como Gonz&aacute;lez de Riancho, que construy&oacute; el palacio de La Magdalena.
    </p><p class="article-text">
        El estilo monta&ntilde;&eacute;s de Rucabado qued&oacute; definido en su Proyecto de Palacio para un Noble en la Monta&ntilde;a, premiado en el I Sal&oacute;n Nacional de Arquitectura de Madrid de 1911. Sus edificios se basan en formas rectangulares, con arcadas, torres cuadradas, grandes entradas y abundantes elementos decorativos como parrillas y escudos de armas. Uno de los dise&ntilde;os que mejor representan la &uacute;ltima etapa de Rucabado es la casa de Allende en la plaza de Canalejas de Madrid, de 1916. El edificio muestra al arquitecto en su mejor momento creativo, en una madurez espl&eacute;ndida que ser&iacute;a tempranamente oscurecida por la muerte.
    </p><p class="article-text">
        Fue enterrado en Castro Urdiales - donde hab&iacute;a construido entre otros, el Edificio de los Chelines y el chalet de Sotileza - en el cementerio de La Ballena, en el pante&oacute;n de su esposa, Enma del Sel, que &eacute;l mismo hab&iacute;a dise&ntilde;ado.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/leonardo-rucabado-arquitecto-montana_132_2022785.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Jul 2018 18:11:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Leonardo Rucabado, arquitecto de la Montaña]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Cántabros con historia,Castro Urdiales,Bilbao,Santander,Arquitectos]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Isabel Torres Salas, la farmacéutica que cambió para siempre los hospitales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/isabel-torres-salas-farmaceutica-hospitales_132_2046187.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0b6d794b-6a6e-4821-8875-ede5ab27b85f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ilustración de Isabel Torres Salas. | MARINA REVILLA ÁLVAREZ"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fue la primera mujer en la plantilla de la Casa de Salud de Valdecilla y formó parte de una generación de científicas pioneras en la historia de España</p><p class="subtitle">Su enorme capacidad de trabajo, su inteligencia y su precisión cambiaron para siempre la forma de entender la alimentación en los hospitales españoles</p><p class="subtitle">Estudió el valor nutricional de los alimentos y los clasificó según su contenido en hidratos de carbono, grasas y proteínas para ofrecer una dieta personalizada</p></div><p class="article-text">
        <em>En los a&ntilde;os treinta del siglo XX la Casa de Salud de Valdecilla era uno de los hospitales m&aacute;s avanzados de Espa&ntilde;a. La historia de su construcci&oacute;n est&aacute; ligada a Ram&oacute;n Gonz&aacute;lez de la Torriente, marqu&eacute;s de Valdecilla, un indiano que hizo su fortuna en Cuba con la venta de az&uacute;car y regres&oacute; a Cantabria poco despu&eacute;s de que la isla obtuviera su independencia. Como otros indianos, el marqu&eacute;s invirti&oacute; parte de su dinero en proyectos filantr&oacute;picos, fundamentalmente colegios y bibliotecas, siguiendo los principios regeneracionistas de la &eacute;poca.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>En Santander la epidemia de gripe de 1918 hab&iacute;a dejado en evidencia las carencias del antiguo hospital de San Rafael -hoy sede del Parlamento auton&oacute;mico- y la necesidad de un nuevo hospital. En esa necesidad apareci&oacute; el marqu&eacute;s, que aport&oacute; el capital necesario a cambio de hacerse con la direcci&oacute;n del proyecto. El arquitecto Gonz&aacute;lez Bringas dise&ntilde;&oacute; el centro constre&ntilde;ido por los planos de un proyecto previo de 1918. Siguiendo el modelo europeo de principios de siglo construy&oacute; un edificio funcional mediante pabellones conectados entre s&iacute; en superficie y unidos a trav&eacute;s de un t&uacute;nel subterr&aacute;neo. El doctor Wenceslao L&oacute;pez Albo fue el primer director del centro, que se inaugur&oacute; en 1929. </em>
    </p><p class="article-text">
        <em>El proyecto naci&oacute; sobre tres l&iacute;neas maestras: la Escuela de Enfermer&iacute;a, la Biblioteca Marquesa de Pelayo y el Instituto M&eacute;dico de Posgraduados, el coraz&oacute;n del hospital, un centro de vanguardia dise&ntilde;ado para cubrir dos frentes, investigaci&oacute;n y docencia, que atrajo desde su puesta en marcha a los mejores profesionales en sus respectivos campos. La plantilla m&eacute;dica ofrec&iacute;a diecisiete servicios y contaba con una &uacute;nica mujer, Isabel Torres Salas, doctora en Farmacia.</em>
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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         Torres Salas naci&oacute; en Cuenca en 1905 y form&oacute; parte de una generaci&oacute;n de cient&iacute;ficos que tom&oacute; Europa como modelo y vio sus expectativas frustradas por la Guerra Civil. Estudi&oacute; en la Residencia de Se&ntilde;oritas siguiendo el programa de la Instituci&oacute;n Libre de Ense&ntilde;anza y de la Junta para la Ampliaci&oacute;n de Estudios, un proyecto que pretend&iacute;a formar -por primera vez, en un marco igualitario- a una &eacute;lite intelectual capaz de situar a Espa&ntilde;a en el primer nivel cient&iacute;fico y cultural de la &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        En 1928 se licenci&oacute; en Farmacia en la Universidad Central de Madrid y un a&ntilde;o despu&eacute;s se instal&oacute; en Santander para formar parte del proyecto de Valdecilla. Era la &uacute;nica mujer en una promoci&oacute;n de setenta m&eacute;dicos y alumnos de posgrado, lo que le impidi&oacute; obtener el t&iacute;tulo de alumna interna, que requer&iacute;a dormir en el hospital, y le proporcion&oacute; en cambio el de m&eacute;dico externo de guardia. Se incorpor&oacute; al departamento de Qu&iacute;mica, donde se le asignaron funciones de investigaci&oacute;n aplicada. Su tarea consist&iacute;a en analizar el valor nutricional de la comida del hospital para asignar a cada paciente una dieta personalizada seg&uacute;n sus necesidades.
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        Aunque Torres Salas nunca ocult&oacute; su inter&eacute;s por la investigaci&oacute;n b&aacute;sica se dedic&oacute; con profesionalidad al encargo recibido. Quienes la conocieron destacaron siempre su enorme capacidad de trabajo, su inteligencia y su precisi&oacute;n. Todo ello lo aplic&oacute; en Valdecilla para desarrollar el Esquema Diet&eacute;tico Puyal-Torres, un sistema pionero en la &eacute;poca que clasificaba los alimentos por su contenido en hidratos de carbono, grasas y prote&iacute;nas -hasta entonces la comida de los enfermos se med&iacute;a simplemente en gramos- y que supuso una revoluci&oacute;n en el tratamiento de la alimentaci&oacute;n hospitalaria.
    </p><p class="article-text">
        Los trabajos de Torres Salas en Valdecilla sirvieron de base a su tesis doctoral de 1932, titulada <em>Contribuci&oacute;n al estudio de la composici&oacute;n qu&iacute;mica de los alimentos espa&ntilde;oles</em>, que fue publicada en la Gaceta M&eacute;dica Espa&ntilde;ola, la revista especializada de mayor tirada de la &eacute;poca. Los resultados de la tesis de Torres Salas sirvieron para corregir un problema end&eacute;mico de los hospitales espa&ntilde;oles que hasta entonces utilizaban tablas nutricionales extranjeras, lo que provocaba desajustes por las diferencias entre alimentos de los distintos pa&iacute;ses.
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         La tesis de Torres Salas y su labor en Valdecilla llamaron la atenci&oacute;n de Gregorio Mara&ntilde;&oacute;n, el gran nombre de la medicina espa&ntilde;ola en los a&ntilde;os treinta, que la incorpor&oacute; al Instituto de Patolog&iacute;a M&eacute;dica de Madrid. All&iacute; se dedic&oacute; al estudio de la estructura de las vitaminas junto al doctor Jos&eacute; Collazo.
    </p><p class="article-text">
        Poco despu&eacute;s solicit&oacute; y obtuvo una beca para ampliar sus estudios en Alemania. Entre 1934 y 1936 trabaj&oacute; con el Premio Nobel de Medicina Otto Meyerhoff en el Kaiser Wilhelm Institut de Heidelberg. Se especializ&oacute; en fisiolog&iacute;a del m&uacute;sculo y metabolismo de los hidratos de carbono. Durante su estancia en Alemania estall&oacute; la Guerra Civil en Espa&ntilde;a. Incapaz de regresar, obtuvo un empleo en el Pathologisches Institut de la Universidad de M&uacute;nich, donde se dedic&oacute; al estudio de la vitamina K a las &oacute;rdenes del doctor H. Dyckerhoff.
    </p><p class="article-text">
        Cuando termin&oacute; la guerra, en 1939, Torres Salas regres&oacute; a Santander para trabajar como investigadora en la Industrial Farmac&eacute;utica C&aacute;ntabra. Ten&iacute;a treinta y cuatro a&ntilde;os y nunca m&aacute;s volver&iacute;a a la investigaci&oacute;n b&aacute;sica, su aut&eacute;ntica vocaci&oacute;n, impracticable en un pa&iacute;s devastado por la guerra que hab&iacute;a perdido en tres a&ntilde;os el esfuerzo de varias generaciones de cient&iacute;ficos. Lleg&oacute; a ser directora t&eacute;cnica del laboratorio, algo inusual para una mujer de la &eacute;poca. All&iacute;, entre formulaciones, controles de calidad y revistas alemanas m&eacute;dicas, se jubil&oacute; en el a&ntilde;o 1966.
    </p><p class="article-text">
        Muri&oacute; en Granada, en 1998. Su trabajo como dietista, farmac&eacute;utica e investigadora fue reconocido en el a&ntilde;o 2004 con la creaci&oacute;n del Aula Interdisciplinar Isabel Torres de Estudio de las Mujeres y del G&eacute;nero de la Universidad de Cantabria. El aula entrega cada dos a&ntilde;os el Premio Isabel Torres a investigaciones relevantes sobre ambas materias. Una calle lleva su nombre en el Parque Cient&iacute;fico y Tecnol&oacute;gico de Cantabria.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/isabel-torres-salas-farmaceutica-hospitales_132_2046187.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Jun 2018 18:59:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Isabel Torres Salas, la farmacéutica que cambió para siempre los hospitales]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Farmacias,Medicina,Ciencia,Cántabros con historia,Valdecilla,Salud]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Jesús Otero, el secreto arrancado a la piedra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/jesus-otero-secreto-arrancado-piedra_132_2765727.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/32ba9170-0578-46af-9262-f79c41cc5925_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ilustración de Jesús Otero. | ANA ARRIOLA"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fue un artista de talento precoz, autor de esculturas inspiradas en la naturaleza ubicadas en ciudades como Santander, Madrid, Miami o Cartagena de Indias</p><p class="subtitle">Durante el franquismo fue encarcelado y condenado a muerte dos veces. Aunque se salvó, su vida nunca fue fácil bajo el régimen de los vencedores</p><p class="subtitle">Poco antes de morir donó más de cincuenta piezas y todo su archivo a la villa de Santillana del Mar, donde hoy puede visitarse un museo con su nombre</p></div><p class="article-text">
        Jes&uacute;s Otero muri&oacute; c&eacute;libe el 23 de agosto de 1994 en la casa donde hab&iacute;a vivido la mayor parte de los d&iacute;as de una vida de 86 a&ntilde;os. La comitiva f&uacute;nebre solo tuvo que recorrer unas pocas calles para llegar a la Colegiata de Santillana del Mar, donde se celebr&oacute; el funeral. Desde su viejo taller, con sus ojos sin pupilas, las esculturas lo vieron partir en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Renunci&oacute; a Par&iacute;s y a Madrid y se qued&oacute; en Santillana del Mar, donde encontr&oacute; una cantera de piedra arenisca que le alej&oacute; de la tentaci&oacute;n de alejarse. En los escudos her&aacute;ldicos que adornaban las fachadas de sus vecinos aprendi&oacute; que la piedra puede retorcerse como la rama de un &aacute;rbol o gotear como un grifo abierto. Era un ni&ntilde;o cuando sostuvo por primera vez un cincel contra la piedra sin forma. La escultura, dijo, fue siempre su &uacute;nica compa&ntilde;era.
    </p><p class="article-text">
        En 1920 retrat&oacute; a su familia siguiendo las ense&ntilde;anzas de los capiteles de la Colegiata que tantas veces visit&oacute; con los ojos despiertos del estudiante autodidacta. Ten&iacute;a 12 a&ntilde;os -cuando unos meses antes de morir le preguntaron cu&aacute;l era su pieza m&aacute;s querida se&ntilde;al&oacute; sin dudar a aquel relieve que conserv&oacute; durante toda su vida y que conten&iacute;a los rostros de sus padres, sus abuelos y sus hermanos- y una vocaci&oacute;n que no lo abandonar&iacute;a nunca.
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         Trabajaba como cantero en el Banco de Espa&ntilde;a de Santander cuando entr&oacute; en contacto con otro escultor joven, Daniel Alegre, y con dos pintores, Gerardo de Alvear y Ricardo Bernardo, con los que expuso por primera vez en una muestra colectiva en el Ateneo de Santander. Era 1924. Un muchacho de 16 a&ntilde;os y un talento para extraer la luz que se esconde dentro de una roca com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Las esculturas de Otero, entonces y hasta el final de su vida, dieron vida en piedra a&nbsp; caballos y toros, osos y bisontes, carneros y cristos redentores. Trabajaba con t&eacute;cnicas cl&aacute;sicas porque intu&iacute;a que la &uacute;ltima palabra la tienen siempre las manos del artista. &ldquo;Escultura es lo que se talla a punterazo limpio, como bien sab&iacute;a Miguel &Aacute;ngel&rdquo;, dijo.
    </p><p class="article-text">
        Convencido de que hab&iacute;a futuro -y secretos a los que todav&iacute;a no pod&iacute;a acceder- en la escultura se inscribi&oacute; en la Escuela de Artes y Oficios. Poco despu&eacute;s de terminar sus estudios, en 1929, la Diputaci&oacute;n de Santander le concedi&oacute; una beca para completar su formaci&oacute;n en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
    </p><p class="article-text">
        Pas&oacute; dos a&ntilde;os en Madrid y regres&oacute; a Cantabria en 1931. Para entonces se hab&iacute;a proclamado la II Rep&uacute;blica y Jes&uacute;s Otero frecuentaba los ambientes art&iacute;sticos de Santander y Torrelavega. De Madrid trajo encargos y la influencia de dos escultores que pueden rastrearse en sus trabajos posteriores: Emiliano Barral y Victorio Macho.
    </p><p class="article-text">
        Otero bocetaba cuidadosamente antes de empezar a trabajar y, aunque siempre prioriz&oacute; la piedra, no renunci&oacute; a otros materiales como el bronce y la madera. Se acercaba a ellos con una devoci&oacute;n casi religiosa. La obra nac&iacute;a en el papel y desde el papel se trasladaba a las tres dimensiones. En ese camino del dise&ntilde;o a la realidad el escultor impone su voluntad al material, que solo se doblega cuando la mano renuncia a la perfecci&oacute;n imposible. Otero trabaj&oacute; hasta el final de su vida. Su &uacute;ltimo proyecto, que no cruz&oacute; la frontera del papel, se titulaba <em>Altruismo, paz y ternura a manos llenas. </em>
    </p><p class="article-text">
        Tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936 se alist&oacute; como soldado voluntario para defender la Rep&uacute;blica. Fue nombrado delegado de Bellas Artes de Santillana del Mar con la misi&oacute;n de defender el patrimonio art&iacute;stico de la ciudad y cuando la Rep&uacute;blica cay&oacute; lo condenaron a muerte dos veces. Pas&oacute; m&aacute;s de dos a&ntilde;os de c&aacute;rcel en c&aacute;rcel -Burgos, Santo&ntilde;a, Bilbao, Alcal&aacute; de Henares y Santander- esperando una sentencia que nunca lleg&oacute;. Cuando fue puesto en libertad, en 1941, regres&oacute; a Santillana, a su casa de siempre, con la convicci&oacute;n de que todo hab&iacute;a terminado.
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         La vida no fue f&aacute;cil para Otero bajo el r&eacute;gimen de los vencedores. Como tantos otros republicanos que no marcharon al exilio vivi&oacute; dentro de un espacio de sospecha y desconfianza. Trabaj&oacute;, como hab&iacute;a hecho siempre, con las piedras de la cantera de Santillana y en la hostilidad encontr&oacute; la ayuda inesperada del gobernador civil de Santander, Joaqu&iacute;n Reguera de la Sevilla, que le encarg&oacute; cinco relieves para el pabell&oacute;n de Santander en la Feria de Campo de Madrid y un Cristo para el Ministerio de la Vivienda.
    </p><p class="article-text">
        Consigui&oacute; reincorporarse a la vida art&iacute;stica. A finales de los a&ntilde;os cuarenta se aproxim&oacute; a la escuela de Altamira y al grupo Proel. Recibi&oacute; encargos p&uacute;blicos, como el monumento al nacimiento del Ebro en Fontibre de 1951, pero nunca lleg&oacute; a liberarse de la vigilancia de sus antiguos carceleros. En 1955, mientras realizaba unas excavaciones arqueol&oacute;gicas, fue acusado de cavar refugios para los maquis y obligado a abandonar los trabajos.
    </p><p class="article-text">
        En 1957 gan&oacute; una medalla de la Exposici&oacute;n Nacional de Bellas Artes con su obra <em>Toro</em> y se le permiti&oacute; exponer con mayor frecuencia. Aumentaron los encargos, casi siempre de tem&aacute;tica religiosa. Los relieves <em>Dejad que los ni&ntilde;os se acerquen a m&iacute; </em>-realizado en 1954 para la Iglesia de la Virgen Grande- y <em>Beato de Li&eacute;bana</em> -de 1973, para el Monasterio de Santo Toribio- son los trabajos m&aacute;s representativos de su madurez.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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         Con la democracia llegaron los reconocimientos y las retrospectivas. Otero sigui&oacute; trabajando, con su piedra y sus herramientas de siempre. En diciembre de 1993 don&oacute; la totalidad de sus archivos y m&aacute;s de cincuenta piezas al municipio de Santillana del Mar. Para entonces era un anciano con barba de ermita&ntilde;o que sab&iacute;a que el final se acercaba. Tras su muerte un grupo de amigos y admiradores crearon la Fundaci&oacute;n Jes&uacute;s Otero y, a trav&eacute;s de ella, un museo con las piezas donadas a la villa en el antiguo cuartel de la Guardia Civil.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; del museo, sus obras, con rasgos del rom&aacute;nico, del renacimiento y del arte de los primeros hombres -sus bisontes son los bisontes de Altamira- se encuentran hoy repartidas en ciudades como Santander, Madrid, Miami o Cartagena de Indias. En ellas se guardan los secretos que Otero consigui&oacute; arrancarle a la piedra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/jesus-otero-secreto-arrancado-piedra_132_2765727.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Jun 2018 16:33:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Jesús Otero, el secreto arrancado a la piedra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Esculturas,Cántabros con historia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ángel Alonso, que el arte prescinda del arte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/angel-alonso-arte-prescinda_132_2113942.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/aaac24c2-a907-40f0-9a8d-8580ce808aed_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ángel Alonso. | MARTA LÓPEZ"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Fue un pintor vanguardista que experimentó con materiales de todo tipo para crear una obra que desafía al espectador. Se mantuvo por voluntad propia lejos de los circuitos comerciales y rechazó ofertas de importantes galerías.</p><p class="subtitle">Después de la Guerra Civil fue condenado a muerte y deportado a Fuerteventura, de donde escapó en 1947 para exiliarse en Francia. Vivió en París durante el resto de su vida y solo tras su muerte su obra empezó a ser reconocida en España.</p></div><p class="article-text">
        Es la historia de un hombre que quer&iacute;a estar solo. Que buscaba la soledad, que se alimentaba de ella. Pintaba el color y la luz, en una casa en el campo adonde no llegaban noticias del pa&iacute;s del que hab&iacute;a desistido mucho tiempo atr&aacute;s, cuando cruz&oacute; la frontera. &Aacute;ngel Alonso era un artista emparentado con la filosof&iacute;a. En una ocasi&oacute;n dijo: &ldquo;Haz de la fealdad tu desaf&iacute;o&rdquo;. Y tambi&eacute;n: &ldquo;Necesitamos otros sentimientos que no sean el miedo, el amor, la violencia y la belleza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        De ese abanico se sentimientos posibles donde el arte deb&iacute;a encontrar un camino Alonso escogi&oacute; la soledad. Se lo explic&oacute; a Mar&iacute;a Zambrano en una carta en la que expon&iacute;a su deseo de renunciar a la nacionalidad espa&ntilde;ola. La fil&oacute;sofa le contest&oacute;: &ldquo;Quieres abrazarte a la soledad, apurar la soledad en que Espa&ntilde;a nos deja, sin mezcla, sin paliativos. Soledad es amor&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;ngel Alonso, nacido en Laredo en 1923, se encontr&oacute; con la guerra siendo un adolescente. En el orden roto de los frentes de batalla, las trincheras, la retaguardia, los h&eacute;roes, los traidores y los esp&iacute;as, fue detenido tras la ca&iacute;da de Bilbao y condenado a muerte por el ej&eacute;rcito franquista. Su familia present&oacute; una petici&oacute;n de clemencia -Alonso ten&iacute;a diecis&eacute;is a&ntilde;os- que fue aceptada. Regres&oacute; a casa pero unos meses despu&eacute;s fue arrestado por negarse a cumplir el servicio militar. Lo acusaron de desertor y lo deportaron a Fuerteventura.
    </p><p class="article-text">
        En las playas batidas por el Atl&aacute;ntico reeduc&oacute; su vocaci&oacute;n por la pintura. Aprendi&oacute; de los distintos tonos de la tierra y de la textura de las rocas volc&aacute;nicas. Se acerc&oacute; por primera vez y para siempre a la soledad -la soledad que conoce un muchacho preso en una isla a&nbsp;2.000 kil&oacute;metros del pueblo donde naci&oacute;- y refund&oacute; su futuro de huido del pat&iacute;bulo a partir de un principio que cumplir&iacute;a con devoci&oacute;n religiosa: no pertenecer a nada ni a nadie.
    </p><p class="article-text">
        Escap&oacute; en 1947.
    </p><p class="article-text">
        Se instal&oacute; en Par&iacute;s. Se convirti&oacute; en un pintor -Par&iacute;s estaba lleno de pintores- exiliado -Par&iacute;s estaba lleno de exiliados- y se prometi&oacute; a s&iacute; mismo que nunca volver&iacute;a a Espa&ntilde;a. Estuvo a punto de romper su promesa varias veces, ya al final de su vida, cuando sobre la costra de las heridas de la guerra hab&iacute;a crecido una piel nueva, pero una y otra vez declin&oacute; subir a un tren que lo devolviera a casa.
    </p><p class="article-text">
        En 1950 el Gobierno espa&ntilde;ol reclam&oacute; su entrega a las autoridades francesas.
    </p><p class="article-text">
        Se entablaron negociaciones.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
         Para Alonso el regreso supon&iacute;a el fin de todas las cosas que ya no ser&iacute;an posibles. Fueron sus amigos pintores -Henri Calet, Michel Leiris, Pierre Descargues- quienes impidieron la entrega a trav&eacute;s de un comit&eacute; que consigui&oacute; influir en la decisi&oacute;n del Gobierno franc&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En aquel grupo de rom&aacute;nticos antifascistas, exiliados y artistas se encontraba Mar&iacute;a Zambrano, con la que Alonso mantuvo una estrecha relaci&oacute;n de correspondencia, visitas y amigos comunes. Con la ayuda de Zambrano, Emil Cioran, Viera da Silva y Pierre Tal-Coat, de poetas, pintores y galeristas, Alonso encontr&oacute; un espacio entre los artistas del Par&iacute;s de los a&ntilde;os cincuenta.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de que el Gobierno franc&eacute;s rompiera las conversaciones con el r&eacute;gimen de Franco para su entrega Alonso se instal&oacute; en un estudio de Genainvilliers, a las afueras de Par&iacute;s, y consagr&oacute; el resto de su vida al aislamiento y la soledad.
    </p><p class="article-text">
        Ley&oacute; y ley&oacute; la <em>Carta sobre el Exilio</em> de Mar&iacute;a Zambrano. Muchas veces se detuvo en l&iacute;neas como esta: &ldquo;El exiliado est&aacute; ah&iacute; como si naciera, sin m&aacute;s &uacute;ltima, metaf&iacute;sica, justificaci&oacute;n que esa: tener que nacer como rechazado de la muerte, como superviviente: se siente, pues, casi del todo inocente, puesto que, &iquest;qu&eacute; remedio tiene sino nacer?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Su obra y su vida transcurrieron en un silencio apenas quebrado en apariciones espor&aacute;dicas. Dijo: &ldquo;El sentido de la pintura es la crisis&rdquo;. Por voluntad propia se mantuvo al margen de los circuitos comerciales y rechaz&oacute; ofertas de importantes galer&iacute;as que quisieron mostrar sus cuadros. Otro de sus aforismos: &ldquo;No hay buenos ni malos pintores, solo hay ineptos e imb&eacute;ciles que aplauden&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Genainvilliers era entonces un pueblo con vistas a un paisaje sin urbanizar que espole&oacute; el talento autodidacta de Alonso. Con materiales recogidos en los alrededores de su estudio creaba los colores que despu&eacute;s utilizaba en sus cuadros. Cioran lo describi&oacute; una vez como un &ldquo;monje her&eacute;tico que se matar&iacute;a al instante si lo mandaran exiliado al para&iacute;so&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Experimentaba.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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         En 1982 Pierre Tal-Coat le cedi&oacute; su estudio de Par&iacute;s. Desde entonces, Alonso altern&oacute; Genainvilliers con la ciudad. Pint&oacute; mientras su salud se lo permiti&oacute; y cuando enferm&oacute; sigui&oacute; pintando. Durante sus &uacute;ltimos a&ntilde;os permiti&oacute; exposiciones puntuales. Su obra evolucion&oacute; hacia la juventud. Recuper&oacute; el color de sus primeros a&ntilde;os y dej&oacute; de lado el blanco y negro de su madurez. Para entonces se hab&iacute;a resignado a abandonar Genainvilliers y se hab&iacute;a instalado de forma definitiva en Par&iacute;s, donde muri&oacute; en 1994, lejos del pa&iacute;s al que hab&iacute;a jurado no regresar nunca.
    </p><p class="article-text">
        Su obra es la obra de un pintor sin escuela, un provocador que desaf&iacute;a al espectador con explosiones de color que abandonan el lienzo y manchan el marco, con simetr&iacute;as &aacute;speras y texturas imposibles. En sus cuadros hay tierra, piedras, madera, carb&oacute;n, cualquier material es susceptible de ser incorporado a la pintura, que crece y multiplica sus significados.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a se le apreci&oacute; tarde. La Fundaci&oacute;n Marcelino Bot&iacute;n fue la primera en organizar, en 1996, una retrospectiva de su obra. En 2009 el Centro de Arte Reina Sof&iacute;a adquiri&oacute; buena parte de sus obras y sus archivos -escritos, correspondencia- pasaron a custodia del Estado espa&ntilde;ol.
    </p><p class="article-text">
        Era, seg&uacute;n quienes le conocieron, un hombre de car&aacute;cter fuerte, introspectivo, con un punto c&iacute;nico y vocaci&oacute;n de alquimista. &ldquo;Que el arte prescinda del arte, que la pintura prescinda del color, un poco de soledad le vendr&aacute; muy bien&rdquo;, dijo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/angel-alonso-arte-prescinda_132_2113942.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 May 2018 19:29:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ángel Alonso, que el arte prescinda del arte]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cántabros con historia,Pintura,Guerra Civil Española]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Leonora Carrington, la última surrealista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/leonora-carrington-ultima-surrealista_132_2137576.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/15a5dede-9fa2-41cb-b2bc-1353694dbb56_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ilustración de Leonora Carrington. | CLAUDIA BARROS"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los cuadros de la pintora británica, con una traumática estancia en Cantabria, transportan a un mundo tenebroso de símbolos y significados ocultos</p><p class="subtitle">Durante la II Guerra Mundial estuvo internada en un centro psiquiátrico de Santander, una experiencia que le marcó y quedó reflejada en su obra</p></div><p class="article-text">
        En las pinturas de Leonora Carrington hay figuras grotescas, aquelarres, animales antropomorfos, laberintos, lic&aacute;ntropos, cad&aacute;veres, sombras, cielos estrellados, magnetismo. Tomemos, por ejemplo, <em>The Temptation of St. Anthony,</em> su obra m&aacute;s cara, subastada por la casa Sothebys en 2014 por 2.629.000 euros. La pintura se basa en un cuadro del mismo t&iacute;tulo de Hyeronimus Bosch, El Bosco, y muestra en primer t&eacute;rmino a una figura envuelta en ropajes blancos, con manos y pies diminutos, sin cabeza; en el regazo c&oacute;ncavo de la figura tres ancianos de larga barba contenidos dentro de s&iacute; mismos como mu&ntilde;ecas rusas observan el curso de un r&iacute;o que un hombre arrodillado vierte desde un &aacute;nfora romana. La escena se completa con un reba&ntilde;o de ovejas, un cerdo tendido a los pies del santo, cinco mujeres que extienden el velo de una sexta mujer que toca una trompeta retorcida y una misteriosa figura vestida de rojo que remueve un caldero que burbujea.
    </p><p class="article-text">
        En una &eacute;poca, los a&ntilde;os treinta del siglo XX, en la que el surrealismo se convirti&oacute; en una corriente de vanguardia reconocible  -relojes fundidos, hombres con cabeza de manzana, cosmolog&iacute;as delirantes- muchos se preguntaban de d&oacute;nde sacaba Carrington unas im&aacute;genes tan perturbadoras. Andr&eacute; Bret&oacute;n ten&iacute;a una teor&iacute;a: consideraba a Carrington una embajadora de otro mundo, una bruja y una profetisa, alguien que hab&iacute;a estado al otro lado y regresaba para desvelar paisajes secretos y criaturas terribles.
    </p><p class="article-text">
        Leonora Carrington naci&oacute; en Lancashire en 1917, un a&ntilde;o antes de la firma del armisticio de la Primera Guerra Mundial. De su familia dijo, en una entrevista publicada en <em>El Pa&iacute;s</em> en 1993: &ldquo;Mi padre, protestante, era un hombre de negocios, y mi madre, cat&oacute;lica, era hija de un m&eacute;dico rural y pintaba cajas de galletas para el ropero de la iglesia. En ese ambiente me cri&eacute;. Yo ya dibujaba caballos de ni&ntilde;a, y me sal&iacute;, pese a la oposici&oacute;n de mi casa, con la m&iacute;a. Al final estudi&eacute; arte&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En 1937 conoci&oacute; en Londres a Max Ernst, maestro alem&aacute;n del surrealismo, por entonces uno de los pintores m&aacute;s cotizados del mundo. De aquel primer encuentro surgi&oacute; un segundo, esta vez en Par&iacute;s, definitivo. Ernst, de 47 a&ntilde;os, y Carrington, de 20, se enamoraron y se instalaron juntos en una casa de campo en Saint Martin d&rsquo;Ardeche que todav&iacute;a conserva en la fachada un relieve en el que Ernst aparece representado como un Loplop - un animal mitol&oacute;gico recurrente en su obra - y Carrington como una novia del viento.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Todo termin&oacute; meses despu&eacute;s cuando el r&eacute;gimen de Vichy detuvo a Ernst por su participaci&oacute;n en el movimiento <em>Freier</em> <em>K&uuml;nstlerbund</em>, un grupo de intelectuales antifascistas. Era el a&ntilde;o 1939. Ernst fue internado en el campo de concentraci&oacute;n de Les Milles y Carrington, sola y sobrepasada, viaj&oacute; hasta Espa&ntilde;a en coche a trav&eacute;s de Andorra con la esperanza de conseguir un salvoconducto para su amante en Madrid. Para entonces sufr&iacute;a lo que ella calific&oacute; a&ntilde;os despu&eacute;s como s&iacute;ndrome de guerra: era una joven de 22 a&ntilde;os consumida f&iacute;sicamente, agotada y al borde de la depresi&oacute;n. Las gestiones de Carrington no obtuvieron resultados y en 1940, mientras intentaba dejar Espa&ntilde;a, su padre coordin&oacute; con el c&oacute;nsul brit&aacute;nico en Madrid su internamiento en un centro psiqui&aacute;trico de Santander.
    </p><p class="article-text">
        Carrington fue sedada con luminal y trasladada en coche hasta el sanatorio que dirig&iacute;a el doctor Luis Morales en las inmediaciones de El Sardinero. La artista cont&oacute; sus experiencias en un libro cat&aacute;rtico titulado <em>Memorias de abajo</em>: &ldquo;No s&eacute; cu&aacute;nto tiempo permanec&iacute; atada y desnuda. Yac&iacute; varios d&iacute;as y noches sobre mis propios excrementos, orina y sudor, torturada por los mosquitos, cuyas picaduras me pusieron un cuerpo horrible; cre&iacute; que eran los esp&iacute;ritus de todos los espa&ntilde;oles aplastados, que me echaban en cara mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi sumisi&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En aquella ciudad que no conoc&iacute;a Carrington recibi&oacute; un tratamiento brutal durante medio a&ntilde;o. Pas&oacute; por tres sesiones de terapia mediante <em>cardiazol</em>, un estimulante card&iacute;aco que provocaba convulsiones similares a las de un ataque epil&eacute;ptico. El m&eacute;todo, desarrollado por el m&eacute;dico h&uacute;ngaro Ladislaus von Meduna en 1933, se utilizaba para tratar a pacientes esquizofr&eacute;nicos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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         La estancia de pesadilla en el sanatorio de Morales permaneci&oacute; en la memoria de la artista como ese &ldquo;otro lado&rdquo; del que, seg&uacute;n Bret&oacute;n, Carrington hab&iacute;a tra&iacute;do las im&aacute;genes que plasm&oacute; en sus pinturas. En <em>Memorias de abajo </em>habl&oacute; de abusos sexuales, condiciones insalubres y drogas alucin&oacute;genas. Se ha argumentado que, debido al estado en que la artista se encontraba en el momento de su internamiento, no todas las afirmaciones del libro deben tomarse por ciertas. Hay afirmaciones que se contradicen y los bi&oacute;grafos han encontrado siempre dificultades para trazar una l&iacute;nea clara entre la realidad y el surrealismo, entre verdad y s&iacute;mbolo.
    </p><p class="article-text">
        En 1993, en una tribuna en <em>El Pa&iacute;s</em>, el doctor Morales justificaba el tratamiento de Carrington en su sanatorio. &ldquo;En 1941 Leonora era una paciente de un f&aacute;cil diagn&oacute;stico de psicosis de Kleist o marginal; mas esta enfermedad pod&iacute;a ser sintom&aacute;tica, como protesta de su arte surrealista&rdquo;. Casi sesenta a&ntilde;os despu&eacute;s de tratarla el doctor segu&iacute;a achacando la &ldquo;enfermedad&rdquo; de Carrington a &ldquo;la ansiedad con la que defend&iacute;a su surrealismo&rdquo;. Y conclu&iacute;a: &ldquo;Leonora san&oacute; al adaptarse a la sociedad de entonces&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La &ldquo;sociedad de entonces&rdquo; que juzg&oacute; enferma a Leonora Carrington, encontraba perturbadora la rebeld&iacute;a de una mujer que no concordaba con los roles que se le hab&iacute;an reservado. En la Europa de 1940 una mujer independiente capaz de destacar en una disciplina, el arte, reservada a los hombres, era una anomal&iacute;a que necesitaba ser reintegrada. 
    </p><p class="article-text">
        Escap&oacute; de la pesadilla durante un viaje a Lisboa, donde su padre pretend&iacute;a embarcarla hacia una nueva cl&iacute;nica en Sud&aacute;frica. En un descuido de su acompa&ntilde;ante subi&oacute; a un taxi y pidi&oacute; que la llevaran a la embajada de M&eacute;xico, donde la esperaba el poeta Renato Laduc. Se casaron por mediaci&oacute;n de Picasso para que Carrington pudiera escapar de la tutela de su padre y aprovechar el pasaporte diplom&aacute;tico de Laduc, que trabajaba como secretario en la embajada.
    </p><p class="article-text">
        En Lisboa volvi&oacute; a encontrarse con Ernst, reci&eacute;n escapado de Les Milles y acompa&ntilde;ado por la millonaria estadounidense Peggy Guggenheim, con la que se casar&iacute;a poco despu&eacute;s. Ernst y Guggenheim viajaban acompa&ntilde;ados por sus exparejas y sus hijos y esperaban un barco hacia Estados Unidos. Para entonces la casa compartida en Saint Martin d&rsquo;Ardeche quedaba demasiado lejos, en otra vida. Carrington y Laduc dejaron Lisboa para trasladarse a M&eacute;xico y disolvieron el matrimonio una vez cumplido el objetivo de escapar de Europa.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
         Andr&eacute; Bret&oacute;n sosten&iacute;a que M&eacute;xico era &ldquo;la patria natural del surrealismo&rdquo;. Si Bret&oacute;n estaba en lo cierto Carrington no pudo encontrar un lugar mejor para su exilio. En M&eacute;xico se cas&oacute; con el artista h&uacute;ngaro Chiki Weisz, con el que tuvo dos hijos y frecuent&oacute; la compa&ntilde;&iacute;a de exiliados espa&ntilde;oles y de artistas e intelectuales mexicanos. Su amistad con Remedios Varo, tambi&eacute;n pintora y tambi&eacute;n surrealista, le ayud&oacute; a encontrar nuevos caminos en su obra.
    </p><p class="article-text">
        Salvo un breve periodo de tiempo en los a&ntilde;os 60 durante el que se traslad&oacute; a Nueva York -el grupo de los surrealistas hab&iacute;a vuelto a reunirse para descubrir que hab&iacute;an envejecido mientras el mundo, acabada la guerra, volv&iacute;a a ser joven- Carrington vivi&oacute; el resto de su vida en el pa&iacute;s azteca, donde muri&oacute; el 25 de mayo de 2011 a los 94 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Siempre asegur&oacute; que pintaba para ella misma porque no conceb&iacute;a que otros pudieran interesarse en sus obras y fue una de las pocas integrantes del surrealismo que escap&oacute; del influjo del psicoan&aacute;lisis porque nunca quiso leer a Freud. En sus cuadros abundan los s&iacute;mbolos, la magia y el ocultismo. Sus pinturas -sus figuras misteriosas, sus rostros expresivos, su luz y su tenebrismo- contienen la clave de una vida intensa marcada por una estancia de pesadilla en un sanatorio de Santander. Fue la &uacute;ltima surrealista. En cierta ocasi&oacute;n dijo: &ldquo;Nunca tuve tiempo para ser la musa de nadie. Estaba demasiado ocupada rebel&aacute;ndome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/leonora-carrington-ultima-surrealista_132_2137576.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 May 2018 20:04:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Leonora Carrington, la última surrealista]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pintura,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Luis Quintanilla, el republicano que pintó los otros Guernicas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/luis-quintanilla-pinturas-guerra_132_2161939.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9a17d16a-95bf-4d07-8ca6-4577a8a410f4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ilustración del artista Luis Quintanilla. | Dani Fernández."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Luis Quintanilla (Santander, 1893 - Madrid, 1978) fue uno de los pintores españoles más destacados de la primera mitad del siglo XX</p><p class="subtitle">Su obra 'Ama la paz y odia la guerra', encargada por el Gobierno de la República para la Exposición Universal de 1939, muestra los horrores de la Guerra Civil</p><p class="subtitle">La obra, perdida en los años 40, apareció en 1990 en un cine porno de Nueva York y se expone actualmente en el Paraninfo de la Universidad de Cantabria</p></div><p class="article-text">
        En 1912 se instal&oacute; en Montmartre para hacerse pintor. Alquil&oacute; un estudio y se present&oacute; a los vecinos: Luis Quintanilla Isasi, de Santander. Ten&iacute;a 19 a&ntilde;os. Miraba a su alrededor y ve&iacute;a el lugar exacto en el momento adecuado. Hab&iacute;a llegado a Francia escapando de una vida que no le pertenec&iacute;a: era un ni&ntilde;o de 1893 nacido en una familia acomodada que lo quer&iacute;a abogado y respetable; para esquivar los estudios de Derecho se matricul&oacute; en la Escuela de Na&uacute;tica, que no termin&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Par&iacute;s, entonces, era una fiesta que hac&iacute;a justicia a los recuerdos de juventud de quienes sobrevivieron para escribir sus memorias. En los callejones bull&iacute;a una ciudad despreocupada y alegre que nunca frunc&iacute;a el ce&ntilde;o. Era el Par&iacute;s cubista que preparaba una revoluci&oacute;n en v&iacute;speras de la Gran Guerra. En los caf&eacute;s los pintores alternaban con esp&iacute;as, prostitutas y escritores modernistas. Quintanilla se infiltr&oacute; en el ambiente de la mano de Juan Gris y durante un tiempo sobrevivi&oacute; como boxeador, hasta que alguien le convenci&oacute; de que los golpes en la cabeza afectan al pulso y desorientan el pincel.
    </p><p class="article-text">
        Conoci&oacute; a Modigliani, a Degas, a Chagall. Aprendi&oacute; nuevas formas de mirar. Viaj&oacute; a Alemania para estudiar la obra de los maestros expresionistas y complet&oacute; una formaci&oacute;n s&oacute;lida que le ayudar&iacute;a a cruzar las siguientes d&eacute;cadas como un pintor cotizado. Pero entonces mataron a un archiduque en Sarajevo y se abrieron las trincheras. Los soldados marchaban al frente, Europa se preparaba para la guerra. Quintanilla regres&oacute; a Espa&ntilde;a. Hab&iacute;a civilizado su talento natural, se hab&iacute;a convertido en pintor.
    </p><p class="article-text">
        Viaj&oacute; durante meses con un cuaderno de dibujo por el pa&iacute;s que hab&iacute;a perdido para ilustrar un libro que nunca fue publicado. Frecuent&oacute; tertulias art&iacute;sticas y trabaj&oacute; en los decorados de una pel&iacute;cula sobre una obra de Jacinto Benavente. En 1920 regres&oacute; a Par&iacute;s. Altern&oacute; con Hemingway en tardes de caf&eacute; con sabor a ep&iacute;logo. Por el barrio de los pintores, despu&eacute;s de la guerra, planeaban sombras densas. Volvi&oacute; a Berl&iacute;n, al expresionismo pendiente. Aprendi&oacute; nuevas t&eacute;cnicas: el repujado en cuero y el grabado con buril. En 1924 obtuvo una beca para viajar a Italia. En el pa&iacute;s del Renacimiento estudi&oacute; el arte de la pintura al fresco. En aquellas paredes viejas de monasterios, iglesias y palacios Quintanilla encontr&oacute; algo decisivo.
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        Pero Europa parec&iacute;a incapaz de aguantar sin resquebrajarse. Mussolini y los camisas negras marchaban hacia Roma prefigurando climas hostiles, anunciando las guerras que vendr&iacute;an. Del asalto fascista a las instituciones italianas aprendi&oacute; Quintanilla que una sociedad justa, como la felicidad, se construye con esfuerzo y se defiende con las propias manos. Que los enemigos no descansan.
    </p><p class="article-text">
        A su vuelta a Espa&ntilde;a pint&oacute; frescos por encargo en el Palacio de Liria, en el Pabell&oacute;n de la Naci&oacute;n de Buenos Aires en la Exposici&oacute;n de Colonia, en el Consulado de Hendaya y en la Ciudad Universitaria de Madrid. En 1934 expuso su colecci&oacute;n de grabados en la Biblioteca Nacional. Son a&ntilde;os de reconocimiento y consagraci&oacute;n. Tambi&eacute;n de lucha pol&iacute;tica. La experiencia italiana lo mantiene alerta. Comprende que los tiempos requieren acciones concretas.
    </p><p class="article-text">
        En los meses previos a la revuelta de octubre, la polic&iacute;a encontr&oacute; un Comit&eacute; Revolucionario al completo en el estudio de Quintanilla. Durante su estancia en la c&aacute;rcel bocet&oacute; a sus compa&ntilde;eros de celda y cuando recuper&oacute; la libertad public&oacute; el resultado en un libro, <em>La c&aacute;rcel por dentro</em>, que cruz&oacute; la frontera para avisar al mundo de la tensa situaci&oacute;n espa&ntilde;ola. En Nueva York Hemingway y Dos Passos consiguieron exponer parte de los grabados en la galer&iacute;a Pierre Matisse. Lleg&oacute; el a&ntilde;o 1936. Lleg&oacute; julio, lleg&oacute; el verano y lleg&oacute; la guerra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fue soldado y esp&iacute;a en defensa de la Rep&uacute;blica, particip&oacute; en el asalto al cuartel de la Monta&ntilde;a y en el asedio del alc&aacute;zar de Toledo y organiz&oacute; la red Quintanilla, una telara&ntilde;a de esp&iacute;as que oper&oacute; en el Pa&iacute;s Vasco franc&eacute;s. En 1937, siguiendo &oacute;rdenes de Negr&iacute;n, recorri&oacute; el frente atrapando im&aacute;genes. Un a&ntilde;o despu&eacute;s recibi&oacute; el encargo que ejerce como frontera en su biograf&iacute;a: cinco frescos para la Exposici&oacute;n Universal de 1939 en Nueva York.
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        Cuando Quintanilla titul&oacute; la obra <em>Ama la paz, odia la guerra</em> era consciente del peso de las palabras que escog&iacute;a. Viaj&oacute; a Estados Unidos para crear un conjunto que deb&iacute;a denunciar la intromisi&oacute;n fascista en la democracia espa&ntilde;ola. Prepar&oacute; cinco grandes paneles m&oacute;viles sobre los que aplic&oacute; dos estratos a base de cal y polvo de m&aacute;rmol. Eligi&oacute; cinco nombres: hambre, soldados, dolor, destrucci&oacute;n y huida. Y pint&oacute;, durante meses, bas&aacute;ndose en su propia experiencia, la experiencia universal de la humanidad en guerra.
    </p><p class="article-text">
        Pint&oacute; madres desesperadas, ni&ntilde;os detenidos en el tiempo, soldados tristes. Pint&oacute; sobre fondos de color pastel a los muertos desnudos. Pint&oacute; rostros espectrales, ojos cerrados, ciudades rotas. Pint&oacute; el desamparo, el miedo, la angustia y la dignidad de las v&iacute;ctimas, el dolor invencible de los derrotados.
    </p><p class="article-text">
        Era una obra que no pod&iacute;a contemplarse con impunidad. Cuando la guerra termin&oacute; en 1939 los frescos de Quintanilla fueron inutilizados por el Gobierno de Franco, que impidi&oacute; su exhibici&oacute;n en la Exposici&oacute;n Universal para la que hab&iacute;an sido concebidos. Los frescos pasaron al territorio de la memoria y de la memoria al olvido. Quintanilla asegur&oacute; que se hab&iacute;an perdido en una inundaci&oacute;n que derrumb&oacute; el techo del almac&eacute;n donde los guardaba.
    </p><p class="article-text">
        El mundo crey&oacute; la versi&oacute;n del pintor. Comenzaba la Segunda Guerra Mundial y los recuerdos eran un art&iacute;culo de lujo. Quintanilla encontr&oacute; trabajo en Hollywood como escen&oacute;grafo y retratista de estrellas de cine. Durante a&ntilde;os vivi&oacute; de su trabajo en un apartamento de la calle ocho de Nueva York con su esposa y su hijo. El declive empez&oacute; sin hacer ruido, casi imperceptible, hasta que un d&iacute;a dejaron de llegar encargos. La decisi&oacute;n fue dr&aacute;stica, como todas las decisiones meditadas: en 1958, con 65 a&ntilde;os, Quintanilla dio por terminado su matrimonio y se traslad&oacute; a Par&iacute;s en un intento desesperado de recuperar el cr&eacute;dito y la juventud. Pero ni Par&iacute;s ni Quintanilla eran ya los mismos de 1912.
    </p><p class="article-text">
        Hay algo que duele en el hombre casi anciano que se resiste a su destino que nos obliga a seguir mirando. En una escena veros&iacute;mil y por tanto tan real como cualquier otro apunte biogr&aacute;fico Quintanilla recorre el barrio de sus a&ntilde;os de formaci&oacute;n con Ernest Hemingway. El pintor y el escritor, afectados por el mismo tumor de nostalgia, exigen al mundo que se detenga, al tiempo que retroceda. Fuman, recuerdan, se emborrachan, infantiles y vivarachos. Hemingway se pegar&aacute; un tiro pocos meses despu&eacute;s, Quintanilla vivir&aacute; lo suficiente para morir en Madrid en 1978, en el 40 aniversario de su marcha al exilio.
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                </figure><p class="article-text">
        Queda el ep&iacute;logo, el destino de cinco frescos olvidados que aparecieron en 1990 en los pasillos de un cine porno en el 144 de Bleeker Street, en el Village de Nueva York. Quintanilla minti&oacute;, por supuesto. No hubo inundaci&oacute;n, ning&uacute;n derrumbe arruin&oacute; las pinturas. El artista las hab&iacute;a cedido a la Free World House, una organizaci&oacute;n antifascista que cerr&oacute; en 1946 dejando paso a un restaurante. El nuevo due&ntilde;o del local hered&oacute; los frescos y pidi&oacute; al artista Sydney Simon que los repintara. Simon reconoci&oacute; la mano de Quintanilla y se neg&oacute; a cumplir el encargo.
    </p><p class="article-text">
        Las pinturas fueron arrinconadas en un pasillo de emergencias. El restaurante cerr&oacute; en 1962 para mutar en un cine de arte y ensayo que quebr&oacute; sin hacer ruido. Fue adquirido por un empresario llamado John Souto que lo convirti&oacute; en un cine porno gay. Los frescos siguieron acumulando polvo e insectos, ajenos a los movimientos en el registro de la propiedad del inmueble. Cuando el cine cerr&oacute; un periodista de <em>The&nbsp;New York Times</em> encontr&oacute; <em>Ama la paz y odia la guerra</em> entre los despojos de medio siglo de negocios fallidos.
    </p><p class="article-text">
        Los frescos fueron autentificados y adquiridos en 2006 por la Universidad de Cantabria tras a&ntilde;os de negociaciones con Souto y desde el a&ntilde;o 2007 pueden&nbsp; visitarse en el Paraninfo de la Universidad en Santander. Lejos de Nueva York y de 1939 las pinturas de guerra de Luis Quintanilla siguen vivas, tan vigentes como su mensaje de paz.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/luis-quintanilla-pinturas-guerra_132_2161939.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Apr 2018 18:42:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Luis Quintanilla, el republicano que pintó los otros Guernicas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cántabros con historia,Cantabria,Pintura,Memoria Histórica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Juanín, el guerrillero antifranquista que resistió en el monte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/juanin-persistencia-memoria_132_2856626.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3639e5a1-02f6-474d-858d-09a4a041adad_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Ilustración de Juan Fernández Ayala. | MIGUEL MENOCAL"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Juan Fernández Ayala fue uno de los últimos maquis emboscados durante la dictadura franquista. Junto a su compañero Paco Bedoya se convirtió en un mito de la resistencia antifascista</p><p class="subtitle">Juanín pasó a la historia por su increíble capacidad de resistencia, que le permitió sobrevivir en el monte durante más de una década. Su muerte en 1957, abatido por la Guardia Civil, marcó el final del maquis en Cantabria</p></div><p class="article-text">
        Naci&oacute; en Potes, en 1917, un ni&ntilde;o como tantos, un ni&ntilde;o de la pobreza, empez&oacute; a trabajar a los once a&ntilde;os, la vida entonces era un lugar desapacible, se afili&oacute; a las Juventudes Socialistas Unificadas en 1934, que no fue un a&ntilde;o cualquiera, y en julio de 1936, d&iacute;as despu&eacute;s del alzamiento militar, se inscribi&oacute; como voluntario en el ej&eacute;rcito de la Rep&uacute;blica. Lo enviaron al frente, form&oacute; parte del Batall&oacute;n Ochand&iacute;a, se le recuerda valeroso, insistente, hay muchas formas de pelear las guerras y &eacute;l supo siempre cu&aacute;l era la suya, y en agosto de 1937, cuando Santander fue vencida, tambi&eacute;n &eacute;l cay&oacute;, lo apresaron los enemigos victoriosos, que lo sentaron frente a un tribunal militar y lo condenaron a muerte. Se salv&oacute; porque su hermano era un camisa vieja de la Falange con los contactos necesarios para conmutar sentencias. Le cambiaron la muerte por doce a&ntilde;os de prisi&oacute;n, cumpli&oacute; cuatro y qued&oacute; en libertad con la condici&oacute;n de presentarse todas las semanas en el cuartel de la Guardia Civil para que le dieran una paliza, escap&oacute;, se ech&oacute; al monte, se convirti&oacute; en algo parecido a un ser mitol&oacute;gico, una de esas criaturas extra&ntilde;as que acechan en los bosques, que sobreviven desollando conejos y cuidan de los ni&ntilde;os perdidos. Bastaba su nombre, y a los vencidos les brillaban los ojos, como si su nombre fuera una puerta de acceso al pasado, donde se segu&iacute;a librando la guerra, donde la Rep&uacute;blica iba ganando. Se llamaba Juan Fern&aacute;ndez Ayala, pero nadie le llamaba Juan. Era y fue siempre Juan&iacute;n, el &uacute;ltimo guerrillero, abatido por la Guardia Civil un mi&eacute;rcoles de abril de 1957. En una escaramuza qued&oacute; convertido en memoria.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Yo, Juan&iacute;n, tengo el honor...&rdquo;</h3><p class="article-text">
        En el pa&iacute;s franquista que fue Espa&ntilde;a despu&eacute;s de la Guerra Civil hab&iacute;a tres opciones para los derrotados: la c&aacute;rcel, el exilio o el monte. Juan&iacute;n no dud&oacute;. No lo hab&iacute;a hecho en 1936, cuando se enrol&oacute; en el ej&eacute;rcito republicano, y no lo hizo cuando sali&oacute; de la c&aacute;rcel. A trav&eacute;s de un hombre llamado Pepe el Falangista, bien colocado en el r&eacute;gimen y, por los extra&ntilde;os caminos de la vida, tambi&eacute;n su hermano, consigui&oacute; trabajo en el Patronato de Regiones Devastadas. Se instal&oacute; en Potes. La Guardia Civil sospechaba que estaba en contacto con miembros del Socorro Internacional y aprovechando que las condiciones de su puesta en libertad le obligaban a presentarse en el cuartel una vez a la semana, lo torturaban un d&iacute;a de cada siete para sacarle informaci&oacute;n. Pero aquel hombre testarudo no daba nombres y un d&iacute;a de julio de 1943 se perdi&oacute; en el bosque y cruz&oacute; las monta&ntilde;as hacia Asturias para unirse a la Brigada Machado, que no se llamaba as&iacute; en honor del poeta sino en recuerdo de su impulsor, Ceferino Roiz alias Machado. Eran un grupo de hombres que se resist&iacute;a a perder la guerra. En Europa todav&iacute;a se luchaba y estaban convencidos de que una victoria aliada provocar&iacute;a un cambio pol&iacute;tico en Espa&ntilde;a. Cre&iacute;an que la suerte de Franco estaba unida a la de Hitler y que una vez que las potencias del Eje fueran derrotadas las democracias europeas restaurar&iacute;an la Rep&uacute;blica. En aquellos monta&ntilde;eros feroces hab&iacute;a estrategia: hab&iacute;a que mantener encendida la llama que prender&iacute;a el fuego llegado el momento.
    </p><p class="article-text">
        El tiempo pas&oacute;, pesado, caducifolio, termin&oacute; la Segunda Guerra Mundial y Franco segu&iacute;a en El Pardo. En alg&uacute;n momento fantasearon con matarlo aprovechando las estancias del dictador en los Picos de Europa para pescar el campanu. Franco viajaba acompa&ntilde;ado por las c&aacute;maras del No-Do mientras los hombres de la Machado trazaban posibles atentados. Pero la desgracia, cuando llega, llega para quedarse. Franco volv&iacute;a ileso una y otra vez a Madrid y aquellos guerrilleros emboscados fueron cayendo uno a uno, en redadas, disparos por la espalda, algunos, con mejor estrella, consiguieron cruzar a Francia. Juan&iacute;n regres&oacute; a Potes, a los bosques conocidos, el mundo empezaba a cambiar, la geopol&iacute;tica se hab&iacute;a vuelto pragm&aacute;tica, las democracias europeas, con un ojo en la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica, no parec&iacute;an inc&oacute;modas con un dictador fascista en Madrid. Ya no hab&iacute;a pol&iacute;tica, ni estrategia, solo quedaba la resistencia. Y eso hizo Juan&iacute;n, resistir. Cambiaron los t&eacute;rminos. Los guerrilleros se convirtieron en maquis. La palabra convocaba al silencio. Cortaba conversaciones, agitaba la respiraci&oacute;n. Juan&iacute;n fue en Potes mucho m&aacute;s que un nombre. La Guardia Civil, incapaz de capturarlo, recurr&iacute;a a la guerra sucia. Cualquier sospechoso de ayudar al maquis pasaba por los cuarteles. La habilidad para sobrevivir de Juan&iacute;n se hizo legendaria. Catorce veces fue cercado y catorce veces escap&oacute; del cerco. Cuando bajaba al pueblo, de inc&oacute;gnito, dejaba pagado en el bar un caf&eacute; para la Guardia Civil con una nota: &ldquo;Yo, Juan&iacute;n, tengo el honor de invitar a caf&eacute; al capit&aacute;n de la Guardia Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Los hombres del monte</h3><p class="article-text">
        Los guerrilleros no estaban solos. En los pueblos hab&iacute;a redes clandestinas de ayuda. Se entregaban v&iacute;veres, armas, municiones. Eran tan arriesgado como puede imaginarse. La resignaci&oacute;n, sin embargo, tampoco es una compa&ntilde;&iacute;a llevadera. En aquellas rondas en busca de apoyos Juan&iacute;n conoci&oacute; a Paco Bedoya, un muchacho doce a&ntilde;os m&aacute;s joven, corpulento, con fisonom&iacute;a de h&eacute;roe de la antig&uuml;edad, aficionado a la m&uacute;sica, con un hijo reci&eacute;n nacido, incapaz como &eacute;l de resignarse. La madre de Bedoya sol&iacute;a acoger a los maquis en su casa y el muchacho, que apenas ten&iacute;a siete a&ntilde;os cuando empez&oacute; la guerra, se acomod&oacute; desde ni&ntilde;o a la presencia de los hombres del monte. Bedoya fue detenido en 1948 y condenado a doce a&ntilde;os de c&aacute;rcel. Fue trasladado al Destacamento Penitenciario de Fuencarral. Escap&oacute; en 1952, cuando se enter&oacute; que su mujer y su hija hab&iacute;an emigrado a Argentina y su casa hab&iacute;a sido consumida por el fuego. Regres&oacute; a Potes y march&oacute; directo a las monta&ntilde;as, con Juan&iacute;n. Hay simbolismo en su acci&oacute;n: Bedoya fue uno de los &uacute;ltimos, quiz&aacute; el &uacute;ltimo guerrillero en echarse al monte. La dictadura, doce a&ntilde;os despu&eacute;s del 1 de abril de la victoria, estaba tan asentada como el cielo sobre las cabezas de los hombres que todav&iacute;a se resist&iacute;an a entregar las armas.
    </p><p class="article-text">
        En los pueblos con emboscados los ni&ntilde;os jugaban a guardias civiles y maquis. Lo que quedaba era el ep&iacute;logo de una derrota postergada durante m&aacute;s de una d&eacute;cada. Aquellos soldados sin ej&eacute;rcito que se hab&iacute;an resistido a perder la guerra en 1939 se encontraban cada vez m&aacute;s acorralados. La pol&iacute;tica de terror impuesta en los pueblos por la Guardia Civil hac&iacute;a cada vez m&aacute;s complicada su subsistencia. Juan&iacute;n, Bedoya y los que quedaban sobreviv&iacute;an a base de peque&ntilde;os robos y secuestros. En un momento dado el r&eacute;gimen intent&oacute; romper la resistencia del bosque atacando a los familiares de los emboscados. La madre y la hermana de Juan&iacute;n fueron encarceladas, como las madres y las hermanas de tantos otros. Juan&iacute;n y Bedoya se quedaron solos en el monte, convencidos de que solo la resistencia ten&iacute;a salida. La Guardia Civil mont&oacute; entonces un cerco como no se hab&iacute;a visto desde los tiempos de la guerra, una operaci&oacute;n militar que abarcaba Cantabria, Asturias y las provincias de Le&oacute;n, Palencia y Burgos.
    </p><p class="article-text">
        Fue entonces cuando los nombres de Juan&iacute;n y Bedoya se hicieron m&aacute;s grandes que los hombres que los conten&iacute;an. Tardaron a&ntilde;os en dar con ellos. Lo consiguieron en 1957. Se ha especulado durante a&ntilde;os con la posibilidad de que Bedoya traicionara a Juan&iacute;n. La teor&iacute;a es descabellada y hoy, gracias al trabajo de distintos investigadores -Isidro C&iacute;cero, 'Los que se echaron al monte'; Antonio Brevers, 'Juan&iacute;n y Bedoya'- sabemos que es falsa. Los hechos ocurrieron en un lugar conocido como la Curva del Molino. Era mi&eacute;rcoles, un 24 de abril. Juan&iacute;n y Bedoya ven acercarse a la pareja de la Guardia Civil formada por el cabo Leopoldo Roll&aacute;n Arenales y el n&uacute;mero &Aacute;ngel Ag&uuml;eros Rodr&iacute;guez. Atardece. Los guerrilleros descienden en silencio hasta el cementerio. Esperan el momento preciso para cruzar la carretera y escapar en direcci&oacute;n a Vega de Li&eacute;bana. Anochece. Juan&iacute;n se adelanta. La sombra que le pertenece y que est&aacute; a punto de abandonarlo salta la tapia del cementerio y llega a la carretera. A su espalda, el cabo Leopoldo Roll&aacute;n Arenales le apunta con una pistola y tras un seco &ldquo;alto a la Guardia Civil&rdquo; abre fuego sobre el hombre que escapa. Juan&iacute;n muere sobre la carretera con la yugular seccionada por una bala. Bedoya logra huir pero es abatido meses m&aacute;s tarde, en diciembre, en una emboscada en Castro Urdiales. Sus dos muertes pasaron a formar parte del patrimonio de la resistencia contra la dictadura. Naci&oacute; hace 100 a&ntilde;os, Juan Fern&aacute;ndez Ayala, Juan&iacute;n en el monte, y su memoria pervive.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Miguel Ángel Chica]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/cantabros-con-historia/juanin-persistencia-memoria_132_2856626.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Feb 2018 18:40:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Juanín, el guerrillero antifranquista que resistió en el monte]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria,Cántabros con historia,Memoria Histórica,Franquismo,Guerra Civil Española]]></media:keywords>
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