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    <title><![CDATA[elDiario.es - Néstor Kahane]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/nestor_kahane/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Néstor Kahane]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El fotorreportero Javier Rodríguez vuelve a Ruanda 25 años después de la masacre: "La radio decía que había que matarlos a todos, que las fosas no estaban llenas"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/sociedad/javier-rodriguez-ruanda-kigali-africa_1_1597084.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/70395b48-303c-47c1-9da7-c64e557d46a6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Campo de refugiados ruandeses en la República Democrática del Congo hace 25 años. | JAVIER RODRÍGUEZ"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El autor del documental 'Ruanda, 25 años después. Del odio a la reconciliación', señala los avances: "Kigali es la nueva ciudad de negocios y congresos de África"</p><p class="subtitle">La periferia y el entorno rural son otra cosa: un 80% son pobres, las casas son de chapa, cartón o adobe, no hay alumbrado ni saneamiento y el agua corriente no existe</p></div><p class="article-text">
        Cuando el fotorreportero Javier Rodr&iacute;guez lleg&oacute; a Kigali por primera vez en 1994, la Radio Mil Colinas emit&iacute;a a todas horas una orden pavorosa: &ldquo;M&aacute;tenlos a todos, las fosas no est&aacute;n llenas todav&iacute;a&rdquo;. Iba avisado. Una responsable de una ONG ya le hab&iacute;a hablado del horror, de que los hutus obligaban a los ni&ntilde;os tutsis a presenciar la muerte lenta de sus padres tras ser asesinados con un machete o un azad&oacute;n. De mujeres violadas sistem&aacute;ticamente y asesinadas despu&eacute;s. Radio Mil Colinas vociferaba: &ldquo;Las tumbas no est&aacute;n llenas todav&iacute;a, sigan matando, exterminen a las cucarachas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Fundada por extremistas hutus en el poder, la Radio Televisi&oacute;n Libre de las Mil Colinas, RTLM por sus siglas en franc&eacute;s, mantuvo sus transmisiones desde julio de 1993 hasta finales de julio de 1994, siguiendo el 'Dec&aacute;logo hutu' que algunos inductores manejaban desde posiciones gubernamentales y ahondando en las ideas del peri&oacute;dico Kangura, un medio af&iacute;n que ya escrib&iacute;a sobre la necesidad de acabar con todos los tutsis del pa&iacute;s. De sus primeras emisiones musicales para atraer a la juventud hutu, RTML pas&oacute; a tener voz propia e imponer criterios que amplificaron su violencia&rdquo;, explica&nbsp;Javier Rodr&iacute;guez, que visit&oacute; el pa&iacute;s en aquella&nbsp;&eacute;poca de horror.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n comenta el reportero, desde RTML se daban instrucciones y coordenadas precisas de d&oacute;nde se encontraban escondidas las familias tutsis. En escuelas, iglesias, ayuntamientos&hellip; &ldquo;No cabe la menor duda de que la radio se utiliz&oacute; para incitar al miedo y la violencia. Los discursos iban todos dirigidos a multiplicar el rencor e intensificar el odio. Las locuciones eran expl&iacute;citas: 'Las tumbas no est&aacute;n llenas todav&iacute;a, &iexcl;sigan ustedes matando!'. Y mataban, s&iacute;. Mataban en grupo porque radio Mil Co&shy;linas as&iacute; se lo exig&iacute;a. La emisora que comenz&oacute; a ser co&shy;nocida por 'radio odio' acab&oacute; sus d&iacute;as con el seud&oacute;&shy;nimo de 'radio machete'. Miles de sentencias de muerte se ejecutaron desde su carta parrilla de emisi&oacute;n&rdquo;, subraya Rodr&iacute;guez.
    </p><p class="article-text">
        Pero lo primero que el fotoperiodista c&aacute;ntabro vio tras aterrizar en el aeropuerto super&oacute; todos sus miedos: un joven miliciano cortaba con su machete las piernas a una mujer tutsi evitando mirarla a los ojos. Cortar las piernas supon&iacute;a una pr&aacute;ctica habitual, ya que los hutus, m&aacute;s bajos, entend&iacute;an que era la manera de ponerse a la altura de los tutsis, de mayor estatura. Con dos hijos de la v&iacute;ctima como testigos, a esta la acabar&iacute;an rematando para acabar con su vida lentamente. Luego, el asesino se acerc&oacute; a su c&aacute;mara en un intento de justificar lo que hab&iacute;a hecho. Llevaba el machete en una mano y un transistor en la otra. Los hijos de la mujer estaban presentes. En lugar de asesinarlos, como &ldquo;deb&iacute;a hacerse por norma&rdquo;, fueron llevados a un campo de f&uacute;tbol pr&oacute;ximo junto a otros ni&ntilde;os y ni&ntilde;as hu&eacute;rfanos gracias a la mediaci&oacute;n de una ONG.
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                </figure><p class="article-text">
        &ldquo;El general canadiense Romeo Dallaire, que vivi&oacute; las primeras matanzas del conflicto, se&ntilde;ala en su libro 'Estrechando la mano del diablo' que &eacute;l cree en Dios porque en Ruanda le dio la mano al diablo. Lo vio, lo oli&oacute; y lo toc&oacute;. Se refiere a la masacre cometida por los hutus durante los cien d&iacute;as de los machetes largos que acabaron con la vida de cerca de un mill&oacute;n de tutsis y hutus moderados. El general, que lider&oacute; la misi&oacute;n de paz de Ruanda durante el genocidio de 1994, qued&oacute; abandonado a su suerte con apenas 200 soldados en el pa&iacute;s&rdquo;, recuerda.
    </p><p class="article-text">
        A su juicio, lo que muy pocos medios se atreven a publicar son las presuntas matanzas cometidas por el ej&eacute;rcito tutsi que recoge la resoluci&oacute;n Mapping de Naciones Unidas de 2010, donde quedan reflejados posibles casos de genocidio cometidos por &eacute;stos en su avance hacia la liberaci&oacute;n de la capital ruandesa en 1993 as&iacute; como en los campos de refugiados para hutus en la Rep&uacute;blica Democr&aacute;tica&nbsp;del Congo entre 1996 y 2003.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &ldquo;No sabr&iacute;a decir qui&eacute;nes pierden primero la paciencia y son m&aacute;s dados a empu&ntilde;ar las armas. Si atendemos al recuento de los n&uacute;meros que han dejado las masacres, los hutus, pero no deber&iacute;amos perder la perspectiva de que &eacute;stos, que representan a la inmensa mayor&iacute;a, el 85%, vivieron durante siglos subyugados a una monarqu&iacute;a tutsi minoritaria que siempre control&oacute; el poder pol&iacute;tico, militar y econ&oacute;mico del pa&iacute;s y que les vieron siempre como ciudadanos de segunda&rdquo;, asegura el autor&nbsp;del documental 'Ruanda, 25 a&ntilde;os despu&eacute;s. Del odio a la reconciliaci&oacute;n', que recientemente se exhibi&oacute; en Santander.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y es que el periodismo de compromiso ha llevado a Rodr&iacute;guez a Ruanda 25 a&ntilde;os despu&eacute;s para certificar si ha cambiado aquel escenario atroz. Se ha encontrado con una capital muy diferente, una urbe que se ofrece a los inversores como la &ldquo;Singapur africana&rdquo; en la que las zanjas atestadas de cad&aacute;veres han dejado paso a cientos de vallas comerciales. El gobierno de Paul Kagame, amparado por Estados Unidos, ha prohibido por ley que se vuelva a hablar de hutus y tutsis.
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        &ldquo;Nada tiene que ver la Kigali que dej&eacute; atr&aacute;s hace 25 a&ntilde;os con la actual. No se parecen en nada. Tampoco a ninguna otra urbe africana. La capital se ofrece al visitante como una ciudad limpia, ordenada y segura. A los inversores, como un centro de desarrollo e innovaci&oacute;n. Kigali es la nueva ciudad de negocios y congresos para toda &Aacute;frica. El Ayuntamiento est&aacute; propiciando sustituir el trabajo de las tardes de los viernes por la pr&aacute;ctica deportiva, a los j&oacute;venes universitarios el Estado les ha cambiado la lengua francesa por la de Shakespeare y las telenovelas de producci&oacute;n nacional transmiten los ideales de una nueva Ruanda&rdquo;, enumera.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Si la seguridad vial se respeta al m&aacute;ximo, el orden y la est&eacute;tica parecen sacados de una maqueta. Kigali no solo es la envidia de &Aacute;frica, tambi&eacute;n de algunas ciudades europeas. Las bolsas de pl&aacute;stico est&aacute;n prohibidas por todo el pa&iacute;s, tambi&eacute;n fumar en lugares p&uacute;blicos o tirar una simple colilla en sus calles. Kigali es hoy un referente para cualquier capital, para muchos organismos internacionales y una franquicia que parece mirarse solo a ella misma&rdquo;, opina.
    </p><p class="article-text">
        Pero la periferia de la ciudad y la Ruanda rural son otra cosa: un ochenta por ciento de los vecinos son pobres, las casas son de chapa, cart&oacute;n o adobe, no hay alumbrado ni saneamiento y, por supuesto, el agua corriente no existe. Javier Rodr&iacute;guez acaba de presentar su documental 'Ruanda, 25 a&ntilde;os despu&eacute;s. Del odio a la reconciliaci&oacute;n', que recoge fotograf&iacute;as suyas de entonces y de ahora. No hay sangre, solo miradas y sensaciones.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &ldquo;Un rostro, una mirada, un gesto&hellip; A veces nos ponen m&aacute;s en contexto y nos dejan participar m&aacute;s si cabe del fotograma, nos hace part&iacute;cipes de &eacute;l. Poner el foco en una imagen que aflore sentimientos y emociones es mucho m&aacute;s productiva si partimos de que toda acci&oacute;n provoca una reacci&oacute;n. La imagen period&iacute;stica social nos debe llevar al encuentro &iacute;ntimo con la v&iacute;ctima. A esta la tenemos que poner a la misma altura que al espectador para que haya una comunicaci&oacute;n entre ambos, sin intermediarios. Si algo he aprendido en mi carrera period&iacute;stica es que conciencia mucho m&aacute;s un titular que ponga el acento en historias concretas, posibles de acometer por la ciudadan&iacute;a, que esos titulares que hablan de millones de personas y que el lector suele ver como inabordables dentro de sus escasas posibilidades&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Néstor Kahane]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/sociedad/javier-rodriguez-ruanda-kigali-africa_1_1597084.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Apr 2019 18:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El fotorreportero Javier Rodríguez vuelve a Ruanda 25 años después de la masacre: "La radio decía que había que matarlos a todos, que las fosas no estaban llenas"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ruanda,África,Javier Rodríguez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Santander]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/santander_132_3254225.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/95ca2096-271a-4054-9538-146bc8ea105f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Santander"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nada es lo que parece, sí, pero qué bello es mientras creemos que es cierto.</p></div><p class="article-text">
        Amo esta ciudad porque guarda todos mis recuerdos. Bajo este cielo tan gris de hoy, aislado del calor del cambio clim&aacute;tico, recupero el feliz aburrimiento de aquellos d&iacute;as, que sol&iacute;an acabar al abrigo de las dunas de Somo bajo la atm&oacute;sfera hipn&oacute;tica de 'Shine on you crazy diamonds'.
    </p><p class="article-text">
        En nuestra cuadrilla destacaba un chico de aspecto n&oacute;rdico al que le encantaba fumar marihuana y que presum&iacute;a de haberse le&iacute;do, a sus 16 a&ntilde;os, toda la biblioteca de cl&aacute;sicos rusos. Quer&iacute;a que le llam&aacute;ramos Louis (pronunciado &ldquo;Lu&iacute;&rdquo;) , as&iacute;, con la o intercalada para exhibir un aire beat que nunca nos explic&oacute;. Era un tipo fascinante y pronto se nos hicieron imprescindibles las tardes de verano frente a Isla Marina, en corro alrededor de &eacute;l, mientras observ&aacute;bamos c&oacute;mo achinaba los ojos y re&iacute;a a tontas y a locas tras aspirar y retener calada tras calada del canuto.
    </p><p class="article-text">
        Ahora s&eacute; que lo inventaba todo, pero entonces nos gustaban mucho sus fabulaciones sobre ej&eacute;rcitos de h&uacute;sares destripados por las lanzas de los jen&iacute;zaros turcos, historias con cierta base real que combinaba, sabi&eacute;ndonos ignorantes, con delirios lis&eacute;rgicos de Jack Kerouak sobre la Am&eacute;rica profunda: no le importaban ni el tiempo ni el espacio. Y a nosotros tampoco.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez con m&aacute;s frecuencia, Louis comenz&oacute; a faltar a las citas. En las entonces h&uacute;medas tardes de la Plaza de Velarde, mientras le esper&aacute;bamos sabiendo que no iba a llegar, consum&iacute;amos una maravillosa combinaci&oacute;n de sabores nada cara: Celtas sin filtro y pipas de girasol. Y cuando la ausencia se confirmaba, &iacute;bamos al bar de un ex combatiente falangista que respond&igrave;a por &ldquo;teto&rdquo;, en donde iban cayendo cubalibres que dejaban embarradas las mesas de f&oacute;rmica verde.
    </p><p class="article-text">
        Tard&oacute; mucho en volver. Al cabo de unos meses, mucho m&aacute;s delgado y p&aacute;lido, nos explic&oacute; que sus padres ten&iacute;an por costumbre castigarle a dormir en el tejado encaden&aacute;ndole a una cama que sub&iacute;an all&iacute; solo para torturarle. Sus padres, mala gente seg&uacute;n Louis.
    </p><p class="article-text">
        Sentado hoy en este banco flamante, bajo el encapsulado cielo panza de burra de entonces, viendo de lejos a las mariscadoras en el sable, un amigo com&uacute;n de aquellos, a&ntilde;os me ha vuelto a hablar de &ldquo;Louis&rdquo;: muri&oacute; de sobredosis tras salir de una de sus prolongadas temporadas en un centro de salud mental. Lejos de aqu&iacute;.
    </p><p class="article-text">
         Nada es lo que parece, pero a&uacute;n puedo percibir el fresco olor de la tierra reci&eacute;n mojada o de las rabas que sale de las ventanas traseras de los bares de barrio. Siguen cruzando la bah&iacute;a algunos gasolinos que van a pescar y las mulatas contin&uacute;an zigzagueando bajo las rocas de la marisma para esconderse cuando se sienten amenazadas.
    </p><p class="article-text">
        Es lo que nos queda a aquella &uacute;ltima generaci&oacute;n de nost&aacute;lgicos. No vivimos la guerra, pero a&uacute;n quedaban muchos para cont&aacute;rnosla, entre ellos nuestros padres, que nunca nos permitieron excesos. Llegamos a las tecnolog&iacute;as ni pronto ni tarde, con el suficiente margen de recuerdos para preferir el sonido l&iacute;mpido de las cosas en un d&iacute;a de sur al exasperante manual de instrucciones de cualquier aparato electr&oacute;nico. Nada es lo que parece, s&iacute;, pero qu&eacute; bello es mientras creemos que es cierto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Néstor Kahane]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/primera-pagina/santander_132_3254225.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 01 Aug 2017 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Placebo Panero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/ultimas-noticias/placebo-panero_1_3520869.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/02121cec-bc5a-4546-9d0c-c0e2ccf8b513_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Alejandro Panero Sánchez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Casi 400 personas se renunieron este sábado para homenajear a Alejandro Panero, médico de familia en Marina de Cudeyo durante casi dos décadas</p><p class="subtitle">Por sus manos han pasado muchas personas conocidas, como Severiano Ballesteros, y ha intercambiado opiniones con otras, como Felipe González</p></div><p class="article-text">
        Si miras por la ventana ves jirafas. V&iacute;ctor Maz&oacute;n, exconcejal de Marina de Cudeyo y tenaz organizador de esta macrodespedida solo ha podido encontrar un restaurante que asegure sitio para 400 comensales: est&aacute; en el Parque de Cab&aacute;rceno. De los previstos s&oacute;lo han faltado diez y todos lo han justificado: &ldquo;Si fuera una pel&iacute;cula aparecer&iacute;a su fonendo antes que &eacute;l&rdquo;, asegura gr&aacute;ficamente un vecino. &ldquo;Muchos, dice V&iacute;ctor, me han pedido intervenir para dedicarle una poes&iacute;a, recordar alguna an&eacute;cdota o, simplemente, agradecerle sus desvelos, pero es que entonces esto hubiera sido largu&iacute;simo y no lo habr&iacute;a aguantado nadie&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En el amplio sal&oacute;n, la media de edad supera de largo los 60 a&ntilde;os y eso que los abuelos han venido con sus hijos y en algunos casos hasta con sus nietos. En la mesa presidencial est&aacute; Alejandro Panero S&aacute;nchez, 65 a&ntilde;os, m&eacute;dico de familia de Marina de Cudeyo desde hace 16, capaz de atender a cinco pacientes al mismo tiempo y de hablar por el m&oacute;vil con un sexto mientras escruta de reojo los resultados de los an&aacute;lisis y los flujos de las tensiones arteriales: &ldquo;18 horas al d&iacute;a, 7 d&iacute;as a la semana&rdquo;, asegura la enfermera, Ana Estand&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &Aacute;ngel, un vecino de Pontejos, recuerda el primer d&iacute;a de Panero: &ldquo;Se ape&oacute; de su Mitsubishi todoterreno con un mont&oacute;n de papeles en la mano. Yo sal&iacute;a del bar y le vi con la mirada perdida, como si estuviera buscando algo. Era el listado de pacientes, los quer&iacute;a visitar a todos&hellip; &rdquo;&iquest;Por cu&aacute;l quiere que empecemos?&ldquo; Le pregunt&eacute;, y pas&eacute; con &eacute;l los tres d&iacute;as siguientes de casa en casa&rdquo;. Unos a&ntilde;os despu&eacute;s, &Aacute;ngel sufri&oacute; un infarto y Alejandro le llev&oacute; en su coche hasta el hospital: &ldquo;Aqu&iacute; est&aacute;s seguro&rdquo;, recuerda que le dijo.
    </p><p class="article-text">
        El Mitsubishi azul oscuro del doctor Panero, un veh&iacute;culo que lo mismo le serv&iacute;a de comedor que de lugar para afeitarse, de ambulancia o de taxi y con el que, seg&uacute;n aseguran muchos pacientes, &ldquo;era capaz de andar marcha atr&aacute;s a toda velocidad el tiempo y el espacio que fueran necesarios&rdquo;. Lo compr&oacute; cuando se traslad&oacute; a Espinilla, en Camp&oacute;o, su primer destino c&aacute;ntabro. All&iacute; hab&iacute;a llegado desde su Castilla natal, un trayecto que parte de Fontihoyuelo, un pueblo en mitad de tierra de campos en el que Alejandro Panero S&aacute;nchez hab&iacute;a visto la luz por primera vez. All&iacute; aprendi&oacute; a&nbsp; callejear en bicicleta, una costumbre que le sirvi&oacute; de referencia para ejercer despu&eacute;s su profesi&oacute;n. Su t&iacute;o, Mart&iacute;n Panero Mancebo, le meti&oacute; en los Maristas y posteriormente le aconsej&oacute; estudiar Medicina, carrera que finaliz&oacute; en la Universidad de Valladolid. Despu&eacute;s vino la primera consulta en Melgar de Fernamental y luego la de Villadiego.
    </p><h3 class="article-text">Cela, Ballesteros, Felipe Gonz&aacute;lez...</h3><p class="article-text">
        Fue por aquellos a&ntilde;os cuando el mismo t&iacute;o que le llev&oacute; a ser m&eacute;dico, ya acad&eacute;mico de la RAE, comenz&oacute; una relaci&oacute;n epistolar con el escritor Camilo Jos&eacute; Cela, que le hab&iacute;a pedido material de documentaci&oacute;n para incorporar a su 'Viaje a La Alcarria'. De aquella relaci&oacute;n fue testigo involuntario Alejandro: &ldquo;Mi madre ley&oacute; un primer texto del Diccionario Secreto en el que se alud&iacute;a a ciertas mujeres con un tono que no le gust&oacute; y mand&oacute; la carta a la chimenea. Solidario con ella, mi padre, mand&oacute; una carta a Cela reproch&aacute;ndole que escribiera esas cosas y entonces, el autor de 'La familia de Pascual Duarte' le contest&oacute; (y aqu&iacute;, Alejandro achina los ojos esforz&aacute;ndose en recordar): &rdquo;Mi querido amigo, las mujeres castellanas hacen bien en ser beatas y su se&ntilde;ora no iba a ser una excepci&oacute;n. D&eacute; usted gracias a todos los dioses conocidos de que le haya salido as&iacute;, porque lo contrario hubiera sido mucho peor. A m&iacute;, que soy un patriota, me basta con que puteen las francesas mientras las espa&ntilde;olas siguen haciendo novenas a los santos para que sus maridos sentemos cabeza (que debe ser posici&oacute;n bastante inc&oacute;moda, ya que para sentarnos solemos usar las ambas cachas del culo)&ldquo;. &rdquo;Cela, en estado puro&ldquo;, sentencia Panero riendo con ganas.
    </p><p class="article-text">
        No solo Cela. Por sus manos han pasado muchas personas conocidas y se ha dirigido a otras con opini&oacute;n propia en su condici&oacute;n de m&eacute;dico de familia. Asisti&oacute; en sus &uacute;ltimas horas al golfista Severiano Ballesteros, mand&oacute; una carta al expresidente Felipe Gonz&aacute;lez en la que defend&iacute;a su pol&iacute;tica frente a los GAL y a la que Gonz&aacute;lez le respondi&oacute; agradecido reconociendo que pasaba &ldquo; muy malos momentos&rdquo;. Incluso a los postres de la comida homenaje, Miguel &Aacute;ngel Revilla desvel&oacute; que tras una de sus intervenciones de los viernes en 'La Sexta Noche', el doctor Panero le hab&iacute;a llamado para decirle &ldquo;que vigilase esa tos&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Un sanador&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Cristina, de Pontejos, cree tener la clave: &ldquo;En realidad, Panero es un placebo. Sus pacientes asumen todo lo que les dice, le adoran. Su presencia ya les calma. La mayor&iacute;a de los mayores lo que necesitan es un poco de charla y alguien que les comprenda. Y &eacute;l lo hace muy bien. Las medicinas y la atenci&oacute;n m&eacute;dica, aunque necesarios, pasan a segundo plano. Alejandro es un sanador, cuando &eacute;l no est&aacute;, en la consulta hay un 30% de pacientes. Si &eacute;l atiende, sube a un 70%&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras Pilar, otra vecina, le pregunta si le gust&oacute; el chorizo y el vino que le trajo desde el Bierzo, Alegr&iacute;a le contesta que ya no tiene dolores en los brazos y Joaqu&iacute;n le recuerda aquella ocasi&oacute;n en que Panero subi&oacute; a pi&eacute; los escalones de trece pisos de La Residencia Cantabria para visitarle a causa de la claustrofobia que sufre en los ascensores&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Hace unos diez d&iacute;as lleg&oacute; al austero Centro de Atenci&oacute;n Primaria de Rubayo Luis, el nuevo m&eacute;dico. Se traslada desde Santander porque tiene casa en Somo y cree que as&iacute; podr&aacute; disfrutar m&aacute;s de ella. Conoce a Panero y est&aacute; convencido de que asumir sus cupos ser&aacute; dif&iacute;cil. En el aparcamiento hay un Mitsubishi azul oscuro.&nbsp;
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      <dc:creator><![CDATA[Néstor Kahane]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/ultimas-noticias/placebo-panero_1_3520869.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Mar 2017 01:05:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Placebo Panero]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Santiago se olvida de Güemes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/sociedad/santiago-olvida-guemes_1_4397299.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ebed1ab8-616f-480a-b0df-8e05a7513989_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Santiago se olvida de Güemes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A sus 78 años, el clérigo Ernesto Bustio no está dispuesto a aceptar la decisión de excluir al albergue de Güemes de la ruta del Camino de Santiago.</p><p class="subtitle">Para exigir su retorno acaba de nacer la Plataforma en Defensa del Espíritu del Camino. Su primer logro, conseguir que lleguen a la mesa del consejero de Cultura más de 1.200 cartas a favor de la iniciativa.</p></div><p class="article-text">
        Miguel &Aacute;ngel Serna tiene sobre la mesa m&aacute;s de un millar de cartas, algunas con remites procedentes de Alemania, Austria o Noruega. Todas ellas protestan por la decisi&oacute;n de excluir a G&uuml;emes de la ruta c&aacute;ntabra del Camino de Santiago. En ese peque&ntilde;o n&uacute;cleo rural cercano al Cubas se encuentra uno de los albergues m&aacute;s visitados de la senda jacobea.
    </p><p class="article-text">
        En la Sala de los Caminos, m&aacute;s de 70 excursionistas que han acudido este s&aacute;bado a una comida solidaria le escuchan con&nbsp; atenci&oacute;n. A trav&eacute;s de la ventana empa&ntilde;ada se ve una caba&ntilde;a de cuya chimenea sale una peque&ntilde;a voluta de humo. Hace fr&iacute;o afuera, pero aqu&iacute;, junto al hogar, se est&aacute; muy bien. De las paredes, blancas y austeras, cuelgan un par de cuadros de inspiraci&oacute;n bizantina, pinturas de artistas locales y un collage en el que una letra del alfabeto nip&oacute;n ilustra el inicio de la leyenda: <em>El camino japon&eacute;s</em>.
    </p><p class="article-text">
        Vestido con un poncho ocre, el cura Ernesto Bustio, con el aire de aquel a quien nada asusta, pelo cano, definitivamente recuperado de la hemorragia cerebral que sufri&oacute; hace tres a&ntilde;os, se dirige a los &lsquo;hu&eacute;spedes&rsquo; de hoy como hace cada d&iacute;a con los peregrinos. Les cuenta la historia del albergue, lo que cost&oacute; levantarlo y el empe&ntilde;o en conservarlo a pesar de los enga&ntilde;os que, seg&uacute;n el religioso, protagoniz&oacute; un exconsejero de Cultura: &ldquo;Nos ofreci&oacute; una sustanciosa cantidad para adaptarlo mejor a su uso, pero ese dinero nunca lleg&oacute;. Nos trataba como el burro que va detr&aacute;s de la zanahoria. La gente se hart&oacute; de esperar y entonces decidimos sufragar entre todos un cr&eacute;dito de 40.000 euros. Los colaboradores aportaron cuotas de entre 1.000 y 5.000. Hoy est&aacute; todo devuelto y pagado gracias a que no se pidieron intereses. En ese sentido, fue un enga&ntilde;o del que nos aprovechamos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A Bustio le gustan las aventuras. En 1979 encabez&oacute; un viaje en Land Rover de &lsquo;segund&iacute;sima&rsquo; mano por varios pa&iacute;ses de Europa, &Aacute;frica y Am&eacute;rica. Trabaj&oacute; en una mina de oro, hizo la traves&iacute;a entre Senegal y Puerto Rico enrolado en un barco pirata y &nbsp;comparti&oacute; el sudor de los campesinos del Altiplano antes de caminar hacia Colombia. Tras regresar desde Buenos Aires convirti&oacute; su casa natal de G&uuml;emes en un museo de la &ldquo;universidad de la vida&rdquo; que desde hace 16 a&ntilde;os figura como albergue.
    </p><p class="article-text">
        Un albergue de lujo para los fatigados peregrinos, a quienes obsequia con desayuno, comida y cama a cambio de la voluntad. En la p&aacute;gina web pueden leerse algunos de los comentarios sobre el trato que se dispensa en la Caba&ntilde;a del abuelo Peuto. Los usuarios hablan de &ldquo;la mejor experiencia del camino&rdquo;, &ldquo;compromiso con los desfavorecidos&rdquo;, &ldquo;solidaridad&rdquo; o &ldquo;calidad de los hospitaleros voluntarios&rdquo;. Y es que desde su creaci&oacute;n han pasado por aqu&iacute; cerca de 50.000 caminantes en una continua progresi&oacute;n, desde los primeros 200 hasta los 8.500 del a&ntilde;o pasado.
    </p><p class="article-text">
        Pedro, uno de los 50 voluntarios que colaboran activamente con Bustio a lo largo del a&ntilde;o, se encarga de la inform&aacute;tica. Ya ha elaborado un perfil del peregrino: &ldquo;Vienen sobre todo personas de entre 41 y 55 a&ntilde;os, s&oacute;lo un cinco por ciento de ellos en bici, y m&aacute;s hombres que mujeres. En cuanto a la recaudaci&oacute;n&hellip; Ernesto siempre dice que &lsquo;la voluntad&rsquo;, pero lo cierto es que gracias a los donativos sufragamos el d&iacute;a a d&iacute;a. El resto lo hacemos los voluntarios&rdquo;. Paco coordina la labor diaria de acogida y manutenci&oacute;n: &ldquo;L&oacute;gicamente, en invierno vienen menos, hay d&iacute;as en que s&oacute;lo uno o dos, pero en verano se llenan las setenta literas disponibles. Lo cierto es que todo el mundo parece encontrarse a gusto aqu&iacute; y que, si pudiera, se quedar&iacute;an m&aacute;s del plazo que se permite. Nunca ha habido problemas.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        El que este albergue se haya convertido en &ldquo;centro humano&rdquo; de la ruta c&aacute;ntabra del camino de Santiago no parece haber sentado bien a una de las pedan&iacute;as de Bareyo, hasta ahora fuera del trazado. Ajo ha reivindicado formar parte de la ruta y la Consejer&iacute;a de Cultura ha resuelto incluir a este pueblo en detrimento de G&uuml;emes. Eso significa, entre otras cosas, que los carteles se&ntilde;alizadores, la significaci&oacute;n del albergue en las gu&iacute;as o los peque&ntilde;os beneficios econ&oacute;micos con &nbsp;los que subsiste esta hospeder&iacute;a tan especial pueden desaparecer: &ldquo;No nos interesan, -dice Bustio-, las rencillas entre partidos. No es bueno que se utilice el camino para cuestiones ideol&oacute;gicas, pero no entendemos que se ubique a Ajo en el camino de la costa y se nos elimine a nosotros, y m&aacute;s cuando el mismo ped&aacute;neo de Ajo desea que sigamos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Para exigir el retorno de G&uuml;emes a la Ruta Jacobea acaba de nacer la Plataforma en defensa del esp&iacute;ritu del Camino. Su primer logro ha sido conseguir que lleguen a la mesa del despacho del actual titular de Cultura y Educaci&oacute;n m&aacute;s de 1.200 cartas a favor de la iniciativa. No s&oacute;lo est&aacute;n escritas en castellano, catal&aacute;n o euskera. Tambi&eacute;n en alem&aacute;n, franc&eacute;s, ingl&eacute;s e, incluso, noruego. El Gobierno regional se defiende argumentando que para declarar Patrimonio de la Humanidad al Camino, como han solicitado las autonom&iacute;as de la cornisa, la UNESCO exige protegerlo y ello supone eliminar algunas trazas secundarias: es el caso de G&uuml;emes.
    </p><p class="article-text">
        A sus 78 a&ntilde;os, Ernesto Bustio, a ratos alba&ntilde;il, a ratos campesino y siempre ferviente admirador de Pedro Casald&aacute;liga y su lucha por los derechos sociales de los m&aacute;s pobres, prepara una nueva aventura, esta vez contra la perplejidad que suscitan las inexplicables decisiones pol&iacute;ticas. No se amilana. &ldquo;Si no quieren conversar y dar marcha atr&aacute;s nos ver&iacute;amos obligados a utilizar todos los medios a nuestro alcance para salvar el paso del Camino por G&uuml;emes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En el piso de arriba del albergue, los excursionistas de El Canchal corean a Man&eacute; y &Aacute;ngeles que, armadas con una guitarra, cantan con ellos estrofas de <em>El Sapo Cancionero</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>Repican tus voces&nbsp;en franca porf&iacute;a,&nbsp;las coplas son vanas&hellip;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>como son tan bellas&hellip;&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&iquest;</em><em>No sabes acaso&nbsp;que la luna es fr&iacute;a&nbsp;</em><em> porque dio su sangre&nbsp;para las estrellas.?</em>
    </p><p class="article-text">
        Afuera graniza.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Néstor Kahane]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/sociedad/santiago-olvida-guemes_1_4397299.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Feb 2015 17:27:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Santiago se olvida de Güemes]]></media:title>
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