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    <title><![CDATA[elDiario.es - Manuel Cruz]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/manuel_cruz/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Manuel Cruz]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La guerra como argumento electoral]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/guerra-argumento-electoral_129_13053803.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0c46b2b0-3b3b-48a2-91ab-bdda18884507_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La guerra como argumento electoral"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Al margen de la bochornosa gestión informativa del 11M por parte de José María Aznar, probablemente el vuelco electoral del último momento se produjo porque amplios sectores de la ciudadanía establecieron una relación causa-efecto entre ambos elementos, guerra y atentados</p></div><p class="article-text">
        Uno de los grandes problemas que tiene convocar elecciones en estos tiempos es que los cuarenta d&iacute;as que han de transcurrir entre la fecha de la convocatoria y la de la efectiva celebraci&oacute;n electoral se han convertido en una aut&eacute;ntica eternidad, en la que pueden ocurrir mil cosas que var&iacute;en el signo de lo previsto por el convocante.
    </p><p class="article-text">
        Claro que ese problema admite modulaciones. Elegir como causa justificante para convocarlas el estallido de una guerra (con el claro objeto de reagrupar las propias fuerzas, algo dispersas, y, de paso, descolocar al adversario pol&iacute;tico), tiene m&aacute;s probabilidades de ser un escenario que se mantenga a lo largo de todo el periodo preelectoral que, por poner otro ejemplo, el juicio por unos casos de corrupci&oacute;n que pudieran salpicar al primer partido de la oposici&oacute;n. M&aacute;xime habida cuenta de que &uacute;ltimamente el concepto de &ldquo;guerra breve&rdquo; solo acostumbran a cre&eacute;rselo los que las inician, como el ejemplo de la invasi&oacute;n rusa de Ucrania ha acreditado de manera fehaciente.
    </p><p class="article-text">
        Pero, aun aceptando el acierto de la hipot&eacute;tica elecci&oacute;n de este detonante electoral, valdr&iacute;a la pena introducir alguna matizaci&oacute;n sobre determinados aspectos de lo que parece estar d&aacute;ndose por descontado. Porque quienes jalean semejante planteamiento suelen hacerlo sobre la base de establecer un paralelismo entre dicha situaci&oacute;n y la que tuvo lugar con la guerra de Irak en 2003. En algunos aspectos, el paralelismo es indudable. En ambos casos se trat&oacute; de una guerra que no cont&oacute; con el respaldo de la ONU (ilegal, por tanto), y que fue llevada adelante por presidentes de los EEUU desigualmente impresentables por razones oscuras, que nada ten&iacute;an que ver con las que se hac&iacute;an p&uacute;blicas.
    </p><p class="article-text">
        A partir de ah&iacute; empiezan las diferencias, sobre todo si pensamos en la respuesta que se produjo en nuestro pa&iacute;s. Porque parece estar d&aacute;ndose por descontado que fue el rechazo mayoritario de la ciudadan&iacute;a espa&ntilde;ola a aquella intervenci&oacute;n, representado por la consigna &ldquo;no a la guerra&rdquo; que ahora se pretende resucitar, el que hundi&oacute; electoralmente al PP de Jos&eacute; Mar&iacute;a Aznar y llev&oacute; en volandas a Jos&eacute; Luis Rodr&iacute;guez Zapatero a la Moncloa. Pero semejante reconstrucci&oacute;n, que, por lo visto, algunos esperan que, debidamente actualizada, permita mantener a Pedro S&aacute;nchez en ese mismo palacio, omite algunos elementos insoslayables por completo.
    </p><p class="article-text">
        Porque si alg&uacute;n acontecimiento en particular produjo como efecto el triunfo del PSOE el 14 de marzo de 2004 fue el atentado de Atocha del jueves anterior. Por supuesto que el precedente de la guerra jug&oacute; un papel determinante, pero habr&iacute;a que recordar que, a pesar de &eacute;l, las encuestas de entonces no auguraban la victoria electoral socialista, sino que m&aacute;s bien tend&iacute;an a dar por vencedor, aunque con una escasa ventaja, a Mariano Rajoy. Al margen de la bochornosa gesti&oacute;n informativa del dram&aacute;tico suceso por parte de Jos&eacute; Mar&iacute;a Aznar, probablemente el vuelco electoral del &uacute;ltimo momento se produjo porque amplios sectores de la ciudadan&iacute;a establecieron una relaci&oacute;n causa-efecto entre ambos elementos, guerra y atentados. De hecho, este fue el reproche expl&iacute;cito que en Barcelona, en la manifestaci&oacute;n convocada para expresar la repulsa a los atentados, recibi&oacute; masivamente Josep Piqu&eacute;, por aquel entonces l&iacute;der del PP en Catalu&ntilde;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De aceptar esta reconstrucci&oacute;n, ello significar&iacute;a que el rechazo a la guerra, en tanto no daba lugar a efectos concretos que afectaran a la vida de los ciudadanos, permanec&iacute;a en el plano del reproche moral, sin m&aacute;s trascendencia pol&iacute;tico-electoral. Fue en el momento en el que lo rechazado moralmente pas&oacute; a percibirse como una amenaza real, cuando el apoyo del PP a Bush gener&oacute; una reacci&oacute;n en contra en las urnas. Demos, entonces, el siguiente paso en la argumentaci&oacute;n l&oacute;gica. El actual posicionamiento del gobierno contra la guerra podr&iacute;a parecer a primera vista que nos pone a salvo de lo que era la principal amenaza hace m&aacute;s de dos d&eacute;cadas, esto es, un atentado de signo islamista radical de alguna manera propiciado por el r&eacute;gimen iran&iacute;. Pero eso no significa en modo alguno que nos sit&uacute;e al margen de cualquier consecuencia indeseable.
    </p><p class="article-text">
        Sin necesidad de hacer gala de mucha imaginaci&oacute;n: &iquest;qu&eacute; reacci&oacute;n podr&iacute;a provocar entre amplios sectores de nuestra sociedad el hecho de que fueran precisamente algunas de las represalias econ&oacute;micas anunciadas por Trump contra nuestro pa&iacute;s -y no solo los efectos gen&eacute;ricos de la guerra- las que fueran percibidas por los ciudadanos como la causa primordial de una espec&iacute;fica &ldquo;amenaza real contra la prosperidad de familias y empresas&rdquo;, acerca de la cual ya se habr&iacute;a apresurado a advertir Pedro S&aacute;nchez?<strong> </strong>&iquest;En qu&eacute; medida lo que hab&iacute;a empezado present&aacute;ndose como una opci&oacute;n moral ser&iacute;a percibido como una justificaci&oacute;n suficiente del deterioro de la situaci&oacute;n objetiva de muchas personas, situaci&oacute;n ya de por s&iacute; extremadamente delicada?
    </p><p class="article-text">
        Rep&aacute;rese en que estamos anticipando situaciones por completo veros&iacute;miles, anunciadas de hecho ya como posibilidades reales por no pocos economistas. Pero no cabe descartar que tambi&eacute;n pudieran producirse otros efectos negativos sobre nuestro pa&iacute;s -m&aacute;s dif&iacute;ciles de anticipar, habida cuenta del peculiar talante del actual inquilino de la Casa Blanca, pero no por ello menos da&ntilde;inos- que pudieran terminar haciendo que amplios sectores de la ciudadan&iacute;a espa&ntilde;ola, adem&aacute;s de censurar la actitud de su gobierno central, incluso acabaran por preferir que Donald Trump consiguiera dar por terminada la guerra cuanto antes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Del pasado conviene extraer lecciones, y tal vez una de las m&aacute;s importantes sea la de la imposibilidad de tomar cualquiera de sus momentos, que desde la perspectiva del presente juzgamos favorable, como un modelo susceptible de ser repetido tal cual. Otra lecci&oacute;n (que tal vez sea en el fondo la misma, solo que formulada desde otro &aacute;ngulo) es la de que, valga la paradoja, hemos de aprender de la incertidumbre. En 2003 no ocurri&oacute; el desenlace electoral previsto, en aquella ocasi&oacute;n para bien de la izquierda. Pero que no nos confunda el signo que adopt&oacute; lo imprevisto. La &uacute;nica lecci&oacute;n susceptible de extraer de dicha experiencia es precisamente que de ninguna manera podemos dar por descontado ese mismo resultado, por m&aacute;s que algunos se empe&ntilde;en en comportarse exactamente igual que entonces.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Cruz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/guerra-argumento-electoral_129_13053803.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Mar 2026 21:02:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La guerra como argumento electoral]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Decepcionantes argumentos contra la corrupción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/decepcionantes-argumentos-corrupcion_129_13008468.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c0e63e1b-d64a-410a-b070-59c9055be304_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Decepcionantes argumentos contra la corrupción"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se está reconociendo la responsabilidad por los comportamientos reprochables, pero se intenta aliviar el reproche con el argumento, ciertamente insatisfactorio, de que se ha reaccionado algo mejor que otros que se habían comportado más o menos igual de mal</p></div><p class="article-text">
        A estas alturas, y a la vista de la deriva que est&aacute;n adoptando gran parte de nuestras sociedades en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, con el auge de fuerzas dudosamente democr&aacute;ticas en lugar muy destacado, se puede afirmar con casi nulo margen de equivocaci&oacute;n que defender la democracia debe considerarse como una tarea ineludible, por no decir una de las m&aacute;s urgentes, para la izquierda. Ello implica, claro est&aacute;, intentar entender la situaci&oacute;n, con una especial atenci&oacute;n al an&aacute;lisis de las causas que deber&iacute;an explicarnos c&oacute;mo hemos podido terminar desembocando aqu&iacute;. Ello, a su vez, obliga a plantearse muy seriamente cu&aacute;les han sido las flaquezas y los errores que dicha izquierda ha cometido y que han permitido que las fuerzas que quieren apropiarse de la democracia en su exclusivo provecho -en estos d&iacute;as, Trump y sus siniestros socios- hayan ido ganando terreno.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de resultar una tarea urgente, dadas las presentes circunstancias, hay que a&ntilde;adir que llevamos un considerable retraso en emprenderla. En el caso de nuestro pa&iacute;s, quienes deber&iacute;an haberse puesto a ello, esto es, los responsables de las principales formaciones pol&iacute;ticas, lo han ido aplazando una y otra vez casi siempre con el mismo o parecido argumento de oportunidad. Cuando dichas formaciones estaban pr&oacute;ximas a alcanzar el poder, dec&iacute;an que no era el momento de distraerse con autocr&iacute;ticas que pod&iacute;an contribuir a frustrar el objetivo ya al alcance de la mano. Cuando se hab&iacute;an visto derrotadas, afirmaban que no hab&iacute;a que hacer le&ntilde;a del &aacute;rbol ca&iacute;do y que lo que tocaba en ese momento era reagrupar fuerzas para regresar cuanto antes al gobierno. En resumen: siempre <em>era la hora de</em> otra cosa. Con tales premisas, nada tiene de sorprendente el resultado. Desde el temprano desencanto, puesto en escena por los Panero en la pel&iacute;cula del mismo t&iacute;tulo, a la desafecci&oacute;n posterior y a la profunda frustraci&oacute;n en que termin&oacute; desembocando el entusiasmo indignado con que se inici&oacute; el 15M (Rufi&aacute;n anda en estos d&iacute;as intentando hacer algo con los restos del naufragio), lo que ha habido ha sido un largo rosario de decepciones que han seguido, indefectiblemente, a los fugaces momentos de relativa ilusi&oacute;n colectiva.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los lugares comunes a la hora de analizar las causas de la situaci&oacute;n en la que hemos desembocado consiste en endosar al declinante nivel de nuestros representantes p&uacute;blicos la completa responsabilidad por dicha desembocadura. No parece que semejante endose explique de manera satisfactoria y convincente la realidad, porque, incluso aceptando esa atribuci&oacute;n de responsabilidad, la misma no deber&iacute;a detenerse en este punto, sino que deber&iacute;a ir m&aacute;s all&aacute; y abordar muy seriamente la cuesti&oacute;n del funcionamiento interno de los partidos pol&iacute;ticos, tan deficiente en los mecanismos de selecci&oacute;n de sus cuadros.
    </p><p class="article-text">
        Pero desplazar el foco de la atenci&oacute;n y ponerlo, m&aacute;s que en las personas, en las estructuras que propician determinadas situaciones tiene m&aacute;s implicaciones. Una ser&iacute;a la de que, precisamente por lo se&ntilde;alado, hoy resulta mucho m&aacute;s urgente la regeneraci&oacute;n de las instituciones que la de la propia clase pol&iacute;tica, que, en todo caso, se deber&iacute;a derivar de los cambios estructurales. En el fondo, es este convencimiento el que est&aacute; a la base de mi sensaci&oacute;n particular, seg&uacute;n la cual va a tener que pasar mucho tiempo antes de que nuestra sociedad se vuelva a ilusionar con nuevos pol&iacute;ticos solo por el hecho de que se presenten como nuevos rostros, m&aacute;s j&oacute;venes y con un lenguaje en apariencia m&aacute;s fresco y desenvuelto. Como si tales cosas constituyeran una garant&iacute;a de una manera completamente diferente de hacer pol&iacute;tica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y a la vista est&aacute; que no. Por algunas argumentaciones parece que no pasa el tiempo. Baste con constatar la forma en la que se sigue reaccionando ante un determinado tipo de acusaciones. As&iacute;, no faltan, entre los l&iacute;deres pol&iacute;ticos actuales, los que a menudo, cuando se les reprochan los esc&aacute;ndalos&nbsp;protagonizados por alg&uacute;n miembro de la formaci&oacute;n que lideran (siendo indiferente, a los efectos de lo que estamos planteando ahora, que se trate de episodios de corrupci&oacute;n econ&oacute;mica o de &iacute;ndole sexual: hemos tenido en los &uacute;ltimos tiempos sobrada oportunidad de ver que en muchas ocasiones vienen de la mano), pasan al ataque y argumentan que, frente a como suelen comportarse sus adversarios, intentando echar tierra sobre el asunto en cuanto les estalla alg&uacute;n caso, ellos han reaccionado &ldquo;de inmediato y con contundencia&rdquo;. Lo que casi siempre suele significar que han apartado del partido al acusado de manera fulminante, expulsi&oacute;n que viene completada con la informaci&oacute;n de que absolutamente nadie del entorno pol&iacute;tico ten&iacute;a la menor idea de las andanzas, sea econ&oacute;micas sea sexuales, de la persona en cuesti&oacute;n (&ldquo;&hellip;de la que usted me habla&rdquo;, se termina diciendo).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como tantas otras cosas en esta vida, el argumento funciona mientras no se abuse de &eacute;l. Porque la primera vez que se esgrime, el supuesto impl&iacute;cito es que nos encontramos ante un caso aislado que no tiene por qu&eacute; salpicar al conjunto de la organizaci&oacute;n. Pero cuando los casos empiezan a repetirse, y no digamos cuando llegan a convertirse casi en costumbre, lo l&oacute;gico es que la ciudadan&iacute;a deje de preguntarse: &iquest;qu&eacute; vais a hacer con los corruptos?, para pasar a preguntarse &iquest;c&oacute;mo puede ser que haya tantos en vuestra organizaci&oacute;n? El desplazamiento de la pregunta hace que decaiga autom&aacute;ticamente el argumento con el que antes sacaban pecho los l&iacute;deres (&ldquo;hemos actuado de inmediato y con contundencia&rdquo;), argumento que a los m&aacute;s esc&eacute;pticos y malpensados les recordar&aacute; la advertencia que, en pel&iacute;culas y series sobre espionaje, los altos mandos de las agencias de inteligencia les hacen a sus agentes secretos cuando les env&iacute;an a una operaci&oacute;n de alto riesgo: &ldquo;si le detienen -suele decir el alto mando con voz grave y expresi&oacute;n adusta- negaremos que tenga alg&uacute;n v&iacute;nculo con nuestra organizaci&oacute;n&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Acaso lo m&aacute;s desolador de este tipo de argumentos sea que, en el fondo, no deja de constituir una variante, apenas levemente desplazada, del tambi&eacute;n desolador argumento conocido como el del &ldquo;y t&uacute; m&aacute;s&rdquo;. Tambi&eacute;n ahora, de manera impl&iacute;cita, se est&aacute; reconociendo la responsabilidad por los comportamientos reprochables, pero se intenta aliviar el reproche con el argumento, ciertamente insatisfactorio, de que se ha reaccionado algo mejor que otros que se hab&iacute;an comportado m&aacute;s o menos igual de mal. Parecer&iacute;a que el mensaje subyacente de semejante planteamiento se podr&iacute;a resumir en la respuesta imaginaria que muy probablemente este tipo de pol&iacute;ticos le dar&iacute;an a un ciudadano irritado por todo lo que est&aacute; pasando: &ldquo;no se me queje usted tanto, que con los otros ser&iacute;a mucho peor&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Cruz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/decepcionantes-argumentos-corrupcion_129_13008468.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Feb 2026 21:26:42 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las metáforas las carga el diablo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/metaforas-carga-diablo_129_12910754.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/635de18b-863f-410b-881b-1971da7a1abf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las metáforas las carga el diablo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La prescripción de no airear los problemas internos de una organización sería perfectamente legítima si fuera cierto que en el seno de la misma existen espacios para el debate en profundidad y preferiblemente a calzón quitado. Pero, ¿es esto así en la práctica? </p></div><p class="article-text">
        A algunos les abandonan las ideas como a otros, anta&ntilde;o, les abandonaba su desodorante. En el espacio p&uacute;blico esto se hace particularmente evidente en tiempos como los actuales, de acentuada penuria discursiva, en los que no son pocos los que, sometidos a la insoportable prueba de estr&eacute;s de tener que defender hoy una cosa y ma&ntilde;ana la contrar&iacute;a (&iquest;hacen falta ejemplos?), renuncian por completo a la argumentaci&oacute;n racional. Eso no significa que se refugien en un discreto silencio &ndash;lo que les pondr&iacute;a en serio peligro de ser olvidados, cosa por completo contraria a sus intereses&ndash; sino que se acogen a un recurso ret&oacute;rico francamente enga&ntilde;oso. Me refiero al recurso a las met&aacute;foras. De tal manera que la nueva consigna bien podr&iacute;a quedar formulada as&iacute;: a falta de argumentos, hagamos uso de las met&aacute;foras. 
    </p><p class="article-text">
        Como es sabido, met&aacute;foras las hay para todos los gustos, de acuerdo con la situaci&oacute;n con la que se trate. As&iacute;, por ejemplo, en momentos de crisis de una organizaci&oacute;n pol&iacute;tica acostumbran a proliferar los voluntarios entusiastas que defienden a sus responsables m&aacute;ximos con el marinero argumento de que en medio de la tempestad no es el momento de cuestionar las &oacute;rdenes del capit&aacute;n del barco. Otra met&aacute;fora de parecida funci&oacute;n es la que apela a lavar en casa los trapos sucios en vez de darle cuartos al pregonero de modo que &ldquo;los de fuera&rdquo; puedan enterarse de las disensiones dom&eacute;sticas. Son met&aacute;foras finalmente coincidentes en su objetivo &uacute;ltimo. Para quienes utilizan la primera, el reproche hacia los cr&iacute;ticos es que no es el momento, mientras que para quienes se sirven de la segunda, que la plaza p&uacute;blica no es el lugar.  
    </p><p class="article-text">
        Ninguno de los dos reproches resiste la confrontaci&oacute;n con lo real. Para empezar, es cosa sobradamente contrastada que los que censuran la inoportunidad del momento en el que se est&aacute;n planteando las cr&iacute;ticas nunca consiguen encontrar el momento oportuno. Porque cuando aquellas se exponen <em>ex ante</em>, ya sabemos lo que suelen afirmar: ahora, que estamos tan cerca de la victoria, no es el momento de la desuni&oacute;n. Y si se plantean <em>ex post</em>, tambi&eacute;n lo sabemos: no es cuesti&oacute;n en este momento de hacer le&ntilde;a del &aacute;rbol ca&iacute;do. El segundo reproche, el de lo inapropiado del lugar, tambi&eacute;n ofrece un escaso recorrido. Porque la prescripci&oacute;n de no airear los problemas internos de una organizaci&oacute;n ser&iacute;a perfectamente leg&iacute;tima si fuera cierto que en el seno de la misma existen espacios para el debate en profundidad y preferiblemente a calz&oacute;n quitado. Pero, &iquest;es esto as&iacute; en la pr&aacute;ctica? &iquest;Es el caso que, por ejemplo, en el seno de los grupos parlamentarios en las diversas c&aacute;maras legislativas de este pa&iacute;s se discuta m&iacute;nimamente acerca de las grandes (y no tan grandes) orientaciones pol&iacute;ticas? &iquest;Recuerdan en efecto tales espacios a unas mini&aacute;goras de debate o m&aacute;s bien a unas gestor&iacute;as donde se reparten las diversas tareas a desarrollar en los plenos, de acuerdo con el orden del d&iacute;a? &iquest;Y ocurre algo distinto en el seno de las agrupaciones de los partidos? &iquest;Y qu&eacute; decir de los congresos de esos mismos partidos, en los que el mensaje que indefectiblemente termina transmiti&eacute;ndosele a la ciudadan&iacute;a es el de la m&aacute;s vac&iacute;a, aunque &ndash;eso siempre&ndash; entusiasta, aclamaci&oacute;n al l&iacute;der? 
    </p><p class="article-text">
        Siendo importante, no es esta fr&aacute;gil relaci&oacute;n con los hechos el mayor problema que presenta el recurso a las met&aacute;foras como sustitutivos de los argumentos. Hay m&aacute;s. Las met&aacute;foras no pueden aspirar a presentarse como la quintaesencia de la sabidur&iacute;a popular, como el sedimento de un sentido com&uacute;n acumulado a lo largo de los siglos. Porque el hecho de que, como coment&aacute;bamos, las haya para todos los gustos, las emparenta con los refranes, donde adem&aacute;s queda claro que los hay incluso para los gustos m&aacute;s contradictorios, lo que les convierte en rigurosamente in&uacute;tiles para el m&aacute;s m&iacute;nimo debate. As&iacute;, si a alguien no le gusta un refr&aacute;n cualquiera, tiene bien f&aacute;cil encontrar otro, de signo contrario, a su disposici&oacute;n. En efecto, de la misma forma que el madrugador cree poder defender su preferencia horaria apelando al cl&aacute;sico &ldquo;a quien madruga, Dios le ayuda&rdquo;, tambi&eacute;n el trasnochador puede hacer lo propio evocando el no menos cl&aacute;sico &ldquo;no por mucho madrugar amanece m&aacute;s temprano&rdquo;, y as&iacute; sucesivamente con la mayor&iacute;a de refranes. 	
    </p><p class="article-text">
        Con todo, convendr&iacute;a no menospreciar la eficacia comunicativa del recurso a lo metaf&oacute;rico. Entre otras cosas, le permite a quien lo utiliza vehicular valoraciones subyacentes que, formuladas de modo expl&iacute;cito, resultar&iacute;an de muy dif&iacute;cil justificaci&oacute;n. Qu&eacute; duda cabe que la met&aacute;fora del barco en medio de la tormenta guarda un parentesco no del todo remoto con aquella otra, francamente desagradable, acerca de quienes son los primeros que abandonan el barco cuando este se hunde. Pero si no nos distrae la asimilaci&oacute;n de quienes se apean tempranamente de la embarcaci&oacute;n con los roedores, se hace evidente la argucia argumentativa que se desliza en ambas met&aacute;foras marineras. Que no es otra que la de soslayar el an&aacute;lisis del contenido del asunto que se est&eacute; tratando y convertirlo todo en un juicio de intenciones. Intenciones que el partidario de las met&aacute;foras distribuye a su antojo, claro est&aacute;, reserv&aacute;ndose de manera invariable para s&iacute; las m&aacute;s nobles (resistir heroicamente en el puente de mando al lado del capit&aacute;n) y atribuyendo al adversario las m&aacute;s espurias (huir cobardemente como una rata a la menor se&ntilde;al de peligro).
    </p><p class="article-text">
        Pero tal vez la prueba m&aacute;s contundente de que las met&aacute;foras, m&aacute;s all&aacute; de la ocasional eficacia comunicativa que puedan tener, no pueden constituirse en sustitutos del argumento sea la posibilidad que ellas mismas ofrecen de ser refutadas, incluso en su propia condici&oacute;n figurada. As&iacute;, a los partidarios de la met&aacute;fora marinera f&aacute;cilmente se les podr&iacute;a plantear una sencilla pregunta concerniente a su contenido: &iquest;qu&eacute; se debe hacer cuando una embarcaci&oacute;n, por la raz&oacute;n que sea, se dirige directamente hacia las rocas, hacia un iceberg (cual Titanic) o se encuentra en rumbo de colisi&oacute;n con otra? &iquest;Tambi&eacute;n entonces se deben poner en suspenso las cr&iacute;ticas e ir, todos juntos formando una pi&ntilde;a sin fisuras, hacia el naufragio? &iquest;No parece m&aacute;s razonable dar preferencia a la necesidad de poner a salvo el barco y, con &eacute;l, a todos los pasajeros? O, por no abandonar este lenguaje figurado, &iquest;no procede, en semejante tipo de circunstancias, proponer un cambio de rumbo? 
    </p><p class="article-text">
        Regresemos al principio para poder dar por concluida la presente reflexi&oacute;n. La argumentaci&oacute;n en el espacio p&uacute;blico, abandonada por estos metaf&oacute;ricos, hu&eacute;rfanos de buenas razones, m&aacute;s que una reivindicaci&oacute;n deber&iacute;a constituir una se&ntilde;a de identidad de la izquierda. Era precisamente un l&iacute;der de este sector, el expresidente chileno Gabriel Boric, quien, en una reciente entrevista publicada en el suplemento dominical del diario <em>El Pa&iacute;s</em>, lo se&ntilde;alaba: &ldquo;Uno tiene que estar permanentemente poniendo a prueba ante buenos argumentos sus propias razones&rdquo;. Y con la autoridad que le conced&iacute;a haber sido desalojado del poder hace bien poco, reivindicaba en los siguientes t&eacute;rminos la necesidad insoslayable de la autocr&iacute;tica: &ldquo;La izquierda que solamente le echa la culpa al adversario est&aacute; condenada a diluirse&rdquo;. Igual todav&iacute;a estamos a tiempo&hellip;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Cruz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/metaforas-carga-diablo_129_12910754.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 15 Jan 2026 21:31:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las metáforas las carga el diablo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Política,Partidos Políticos,Crítica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando ellas son más]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/son_129_12867565.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/507d7108-1558-452d-a69e-eb5a9042b8d5_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando ellas son más"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tal vez la lección de lecciones que más convenga extraer sea la de que escaso favor le han hecho al feminismo aquellas formaciones y sectores que lo han arrastrado a las confrontaciones partidarias, forzándolo a participar, en ausencia de mejores causas que defender, de la lógica de la polarización</p></div><p class="article-text">
        Si en otro lugar ('<a href="https://elpais.com/opinion/2025-12-12/y-despues-de-la-justicia-que.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Y despu&eacute;s de la justicia, &iquest;qu&eacute;?</a>', <em>El Pa&iacute;s)</em> hemos se&ntilde;alado que la estrategia argumentativa del &ldquo;y t&uacute; m&aacute;s&rdquo; implica un reconocimiento impl&iacute;cito de culpa, apenas atenuado por la atribuci&oacute;n al adversario de lo mismo pero en mayor grado, ahora habr&iacute;a que se&ntilde;alar la profunda contradicci&oacute;n que implican algunos aparentes reconocimientos expl&iacute;citos de culpabilidad. Pensemos, en concreto, en el que tiene lugar en el debate pol&iacute;tico actual, caracterizado a este respecto precisamente por su notable polarizaci&oacute;n. Puede sorprender un poco, a primera vista, que en un contexto en el que el adversario es considerado como enemigo, esto es, como representante del mal sin fisuras, se pueda producir semejante reconocimiento de la propia culpa. En realidad, se trata de un reconocimiento con truco. En efecto, si damos por descontado que en el enemigo en cuesti&oacute;n no podemos encontrar rastro de bondad alguna, el mal que admitamos haber encontrado en nosotros mismos no podr&aacute; redundar en su beneficio, sino que deber&aacute; ser forzosamente compartido.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tal actitud tiene poco de extra&ntilde;a desde el punto de vista de la l&oacute;gica de la argumentaci&oacute;n. Aceptar que el adversario pudiera acertar en algo en lo que nosotros estuvi&eacute;ramos equivocados nos abocar&iacute;a a admitir la conveniencia de dialogar con &eacute;l, incluso de aprender de sus aciertos. Aunque dejemos dicho de pasada que, a poco que se piense, ser&iacute;a esta &uacute;ltima una posici&oacute;n m&aacute;s sensata que la del supuesto, por completo insostenible desde una m&iacute;nima racionalidad, de que alguien puede estar equivocado absolutamente en todo (hasta el reloj parado da bien la hora dos veces al d&iacute;a), tan insostenible, por cierto, como el de que alguien pueda estar acertado siempre y en cualquier cuesti&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Pues bien, es para sortear el amargo trago que, seg&uacute;n parece, constituye el tener que reconocer que quiz&aacute; el adversario pudiera tener raz&oacute;n en algo, o que se haya podido equivocar menos que nosotros en alg&uacute;n asunto, para lo que se recurre a lo que bien podr&iacute;amos denominar el recurso universalizador. Ello sucede cuando, con el objeto de no tener que asumir por completo la carga de la culpa por un determinado comportamiento -pongamos por caso, machista- y poder as&iacute; aligerar en alguna medida el peso de la propia responsabilidad, se alude a que dicho comportamiento no afecta en exclusiva a un grupo, sector o formaci&oacute;n pol&iacute;tica determinados, sino que es <em>transversal.</em> Para explicar el origen y naturaleza de dicha transversalidad el argumento complementario suele ser atribuir un car&aacute;cter <em>sist&eacute;mico</em> o<em> estructural</em> a aquello que se est&aacute; censurando. <strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        No es esta devaluaci&oacute;n de la culpabilidad el &uacute;nico beneficio que se obtiene de plantear en la forma se&ntilde;alada los comportamientos reprobables. Porque el car&aacute;cter estructural o sist&eacute;mico que se le atribuye a la transversalidad implica, adem&aacute;s, presentar dichos comportamientos en t&eacute;rminos de un problema que no quedar&aacute; realmente resuelto hasta que no se cambie de manera radical la sociedad en su conjunto. Como es obvio, entretanto ello no suceda, el hecho de reincidir en ellos presenta una menor gravedad y puede ser juzgado con una mayor benevolencia, dada la profundidad de las ra&iacute;ces que en buena medida los explican. Porque ninguna tendencia ideol&oacute;gica o sector pol&iacute;tico o profesional parece salvarse de la quema, de Adolfo Su&aacute;rez a I&ntilde;igo Errej&oacute;n, pasando por Carlos Vermut o Pl&aacute;cido Domingo, en Espa&ntilde;a o, en los USA de Epstein, del Pr&iacute;ncipe Andr&eacute;s de Inglaterra a Noam Chomsky, pasando por Bill Gates, Woody Allen o, c&oacute;mo no, Bill Clinton.<strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, se reparar&aacute; en el hecho de que aceptar este planteamiento da lugar a consecuencias no banales y probablemente indeseadas por parte de quien lo presenta. Porque de atribuir a determinado tipo de comportamientos un car&aacute;cter estructural o sist&eacute;mico -por no decir prepol&iacute;tico sin m&aacute;s- se desprende la inexorable consecuencia de liberar al adversario pol&iacute;tico de la responsabilidad por los mismos, ya que se est&aacute; aceptando que la cosa viene de m&aacute;s atr&aacute;s (o de m&aacute;s hondo). Pero si ello es as&iacute;, no hay raz&oacute;n para rechazar que en un momento dado dicho adversario pueda alinearse con nuestras posiciones y estar tambi&eacute;n a favor de la superaci&oacute;n de semejante estado de cosas, al respecto de las cuales se est&aacute; reconociendo que en modo alguno forman parte de sus se&ntilde;as de identidad. O, planteada la cuesti&oacute;n con mayor verticalidad y refiri&eacute;ndonos a nuestro particular contexto pol&iacute;tico, queda desactivado el c&oacute;modo reproche que en tantas ocasiones ha utilizado la izquierda, seg&uacute;n el cual el machismo viene inscrito en el ADN de la derecha.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde esta perspectiva, de una afirmaci&oacute;n como la de que &ldquo;el feminismo nos da lecciones a todos a cada momento&rdquo;, hecha en sede parlamentaria y que podr&iacute;a ser considerada uno de esos reconocimientos expl&iacute;citos de culpa aludidos al principio, acaso quepa se&ntilde;alar que, por m&aacute;s que la podamos considerar una afirmaci&oacute;n bienintencionada, no parece ayudar en exceso a la clarificaci&oacute;n de estos asuntos. Por supuesto que del feminismo hay mucho que aprender, sobre todo si damos por descontado que de los errores tambi&eacute;n se aprende. Decimos esto porque resulta evidente, no solo que el feminismo se dice de diversas maneras, sino que cada una de ellas con frecuencia imputa a las otras severos errores, de los que aconseja que extraigamos las pertinentes lecciones. Tal vez la lecci&oacute;n de lecciones (o la metalecci&oacute;n, si se prefiere formular as&iacute;) que m&aacute;s convenga extraer sea la de que escaso favor le han hecho al feminismo aquellas formaciones y sectores que lo han arrastrado a las confrontaciones partidarias, forz&aacute;ndolo a participar, en ausencia de mejores causas que defender, de la l&oacute;gica de la polarizaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El problema radica en que, aplicado al asunto del que estamos hablando, dicha l&oacute;gica muestra una notable inconsistencia. Porque ya hemos visto que la polarizaci&oacute;n actual da por supuesto que lo &uacute;nico que se considera universalizable, esto es, susceptible de ser predicado de todos sin excepci&oacute;n, es el mal (o el vicio, si se quiere contraponer a la virtud), como queda claro al adjetivar alguna de sus manifestaciones como transversal, estructural o sist&eacute;mica. La flagrante inconsistencia de esta tesis, el ostentoso <em>non sequitur</em> en el que incurre, es que, a diferencia del mal o el vicio, el bien o la virtud se consideran, sin m&aacute;s respaldo que la profesi&oacute;n de fe maniquea, monopolio de una de las partes en estricta aplicaci&oacute;n del principio seg&uacute;n el cual &ldquo;al enemigo, ni agua&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Habr&aacute; que a&ntilde;adir, para concluir, que semejante inconsistencia tiene algo de inevitable, especialmente a la vista de las graves consecuencias que tendr&iacute;a que afrontar quien se atreviera a cuestionar un principio tan rotundo. A la consecuencia m&aacute;s general ya se hizo una fugaz referencia en lo anterior. En efecto, si nadie es de una pieza (ni siquiera los malos), no queda otra que dejar abierta la posibilidad, que sin duda repugna al polarizador, de que haya algo en las propuestas te&oacute;ricas o en los comportamientos pr&aacute;cticos de su adversario que resulta susceptible de elogio o incluso (&iquest;en nombre de qu&eacute; no cabe aceptar en abstracto tal posibilidad?) digno de imitaci&oacute;n. De id&eacute;ntica forma que nada garantiza que la acrisolada bondad de nuestros prop&oacute;sitos asegure el acierto a la hora de la verdad, esto es, a la de su materializaci&oacute;n pr&aacute;ctica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Respecto, en fin, a las consecuencias particulares de cuestionar el manique&iacute;smo polarizador, quiz&aacute; la m&aacute;s importante en relaci&oacute;n con lo planteado ser&iacute;a la de que dejar&iacute;an de resultar aceptables los argumentos por lo general utilizados para excluir de la lucha feminista a los sectores pol&iacute;ticos conservadores, por m&aacute;s dispuestos a sumarse a ella que se puedan mostrar. Sin duda, se trata de una intransigencia reveladora. Porque probablemente constituya la mayor de las contradicciones de este excluyente planteamiento el hecho de que quienes han acreditado tener escasos remilgos a la hora de los pactos, pongan ahora este veto, precisamente en unos momentos en los que aquel lejano grito de guerra &ldquo;&iexcl;somos m&aacute;s!&rdquo; tendr&iacute;a, aqu&iacute; aplicado, pleno sentido.<strong>&nbsp;&nbsp;</strong>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Cruz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/son_129_12867565.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 23 Dec 2025 20:53:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuando ellas son más]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando el liberalismo daba en el clavo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/liberalismo-daba-clavo_129_8783120.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/30738337-e4a5-4fc4-9b76-388e4311bf95_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando el liberalismo daba en el clavo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La derecha está intentando imponer su interpretación de la libertad en términos de una aparente libertad para todos, como la presidenta de la Comunidad de Madrid ya ensayó en su última campaña. Sin que la izquierda pareciera atinar, o atinar con la suficiente contundencia, en la respuesta</p></div><p class="article-text">
        Si la democracia se limitara a ser tan solo un conjunto de procedimientos y normas destinados a ordenar la gesti&oacute;n de los asuntos p&uacute;blicos, con toda probabilidad no utilizar&iacute;amos la expresi&oacute;n &ldquo;cultura democr&aacute;tica&rdquo;, como con frecuencia solemos hacer. Si la utilizamos con tanta desenvoltura es porque -a veces sin ser plenamente conscientes de ello, tambi&eacute;n es cierto- damos por descontado que la democracia es mucho m&aacute;s que una mera formalidad cuya existencia dependa de la simple decisi&oacute;n de instaurarla (y de mantenerla). Para empezar, si nos referimos a ella en t&eacute;rminos de cultura es porque incluye, de manera inesquivable, valores. Pero es que adem&aacute;s requiere, para su materializaci&oacute;n (y persistencia), de determinadas condiciones objetivas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Empecemos por lo primero. En el caso de las democracias modernas hay un cierto consenso en aceptar que los valores en los que se deben basar son los que la Revoluci&oacute;n Francesa dej&oacute; fijados en su famosa tr&iacute;ada libertad-igualdad-fraternidad, todo lo debidamente actualizados y desarrollados que sea menester. No es esta &uacute;ltima, apresur&eacute;monos a advertirlo, una apostilla convencional o de tr&aacute;mite. Las enormes transformaciones que en la realidad de nuestras sociedades se han venido produciendo a lo largo de los m&aacute;s de dos siglos que nos separan de aquel momento fundacional nos obligan a ello.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En buena medida han sido tales transformaciones las que han dado lugar a que el debate pol&iacute;tico en torno a la articulaci&oacute;n de los tres valores haya ido a su vez experimentando cambios. La forma m&aacute;s frecuente de plantearlo hasta hace relativamente poco pasaba por se&ntilde;alar las dificultades pr&aacute;cticas que presenta compatibilizar, y ya no digamos llevar hasta sus &uacute;ltimas consecuencias, la libertad y la igualdad. Tend&iacute;a a afirmarse que, mientras la primera era reivindicada fundamentalmente por los sectores conservadores, que la declinaban especialmente en t&eacute;rminos de libertad de empresa, la segunda constitu&iacute;a la bandera fundamental de los sectores progresistas, que pon&iacute;an el acento en la igualdad material por delante de la igualdad de derechos. Conocemos las patolog&iacute;as a las que ambos reduccionismos han dado lugar. En el primer caso, a sostener que lo prioritario, por encima de cualquier otra consideraci&oacute;n, es la libertad de mercado, de la que se desprenden todas las dem&aacute;s (no han faltado quienes han sostenido que el m&aacute;s firme baluarte de la libertad de expresi&oacute;n lo constituye la libertad de creaci&oacute;n de empresas period&iacute;sticas). En el segundo, a interpretar que la igualdad material debe prevalecer sobre cualquier otra, quedando justificadas incluso las restricciones en la igualdad de derechos (no solo de expresi&oacute;n, sino tambi&eacute;n de reuni&oacute;n, de asociaci&oacute;n..) si ello se lleva a cabo en nombre de aquel bien mayor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya no parece que sean estos los t&eacute;rminos en los que se plantea el debate pol&iacute;tico en nuestros d&iacute;as. El final de las utop&iacute;as de car&aacute;cter progresista, que daban por supuesto que aquel bien mayor de la igualdad real para todos estaba al alcance de la mano de la historia, ha comportado tambi&eacute;n la desaparici&oacute;n del segundo tipo de argumentaciones. De id&eacute;ntica manera que tampoco los sectores conservadores lo f&iacute;an ya todo a una defensa acr&iacute;tica de la libertad de mercado que desatienda a otras dimensiones de ese mismo valor. Lo que es como decir que el debate ha cambiado de signo y ya no se plantea como un combate entre diferentes valores, asumidos cada uno de ellos por un determinado sector (tras una simplificaci&oacute;n interesada de su significado, desde luego), sino en el seno de cada uno de ellos, interpretado de distinta forma por unos y por otros. Habr&iacute;amos pasado as&iacute; de un conflicto <em>intervalorativo </em>a un conflicto<em> intravalorativo</em>. O, si se prefiere, estar&iacute;amos ante lo que en la jerga filos&oacute;fica se suele denominar como un conflicto de interpretaciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el caso del valor libertad, el asunto parece claro. La derecha en los &uacute;ltimos tiempos est&aacute; intentando imponer su interpretaci&oacute;n de la libertad en t&eacute;rminos de una aparente libertad para todos, como la presidenta de la Comunidad de Madrid ya ensay&oacute; en su &uacute;ltima campa&ntilde;a electoral. Sin que la izquierda pareciera atinar, o atinar con la suficiente contundencia, en la respuesta, especialmente cuando la planteaba en los t&eacute;rminos, decididamente disparatados, de combate contra el fascismo. Pero en realidad la respuesta correcta ya ven&iacute;a dise&ntilde;ada en el planteamiento que de la libertad hiciera ese gran liberal que fue Isaiah Berlin al distinguir entre libertad negativa y positiva. Como es sabido, la libertad negativa era definida como la ausencia de coerci&oacute;n por parte de otros, especialmente del Estado, para que cada cual pueda desarrollar un curso de acci&oacute;n determinado, en tanto que la libertad positiva se defin&iacute;a como autorrealizaci&oacute;n y refiere a la&nbsp;<em>capacidad</em>&nbsp;de cualquier individuo de ser due&ntilde;o de su&nbsp;<a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Voluntad" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">voluntad</a>, y de controlar y determinar sus propias acciones, as&iacute; como su destino.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con lo que llegamos al segundo requisito para la materializaci&oacute;n y persistencia de la democracia anunciado desde el principio. Es obvio que para que pueda haberla hacen falta determinadas condiciones materiales, en ausencia de las cuales no cabe hablar en sentido propio de una sociedad libre, o con una libertad m&iacute;nimamente aceptable (era el propio Berlin el que escrib&iacute;a: &laquo;si mi libertad o la de mi clase o naci&oacute;n dependen de la miseria de otros seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral&raquo;). De quien carece de lo m&aacute;s m&iacute;nimo no cabe decir, aunque nada le sea formalmente prohibido, que sea libre en sentido propio ya que no puede desarrollar ning&uacute;n plan de vida m&aacute;s all&aacute; de la mera supervivencia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De ah&iacute; que considere que resultar&iacute;a perfectamente coherente que alguien propusiera darle la vuelta a la famosa m&aacute;xima de Indalecio Prieto &ldquo;socialista a fuer de liberal&rdquo;, y reformularla en t&eacute;rminos de &ldquo;liberal a fuer de socialista&rdquo;. Con toda probabilidad, de acuerdo con lo que acabamos de comentar, a J.S. Mill, I. Berlin, J. Shklar y unos cuantos (y cuantas) m&aacute;s no les costar&iacute;a gran cosa estar de acuerdo hoy con la nueva formulaci&oacute;n. Porque eran de los que pensaban, como recientemente recordaba Edmund Fawcet (<em>Sue&ntilde;os y pesadillas liberales en el siglo XXI</em>), que &ldquo;en cierto modo la izquierda y los liberales son aliados naturales&rdquo;. Esta tesis vendr&iacute;a ratificada por los ejemplos de la creaci&oacute;n del National Health Service en el Reino Unido, una idea de pol&iacute;ticos liberales (especialmente Beveridge), o por el establecimiento del Estado de bienestar en Alemania, una creaci&oacute;n de pol&iacute;ticos liberales a finales del siglo XIX. L&aacute;stima que de esta tesis con demasiada frecuencia nuestros liberales de hoy parezcan empe&ntilde;ados en apartarse. &iquest;Ser&aacute; porque no han le&iacute;do a sus propios cl&aacute;sicos?
    </p><p class="article-text">
        Autor del libro <em>Democracia: la &uacute;ltima utop&iacute;a</em> (Espasa).
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Cruz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/liberalismo-daba-clavo_129_8783120.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Feb 2022 22:36:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Cuando el liberalismo daba en el clavo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Manuel Cruz: " Los países de la UE tienen una democracia limitada"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/manuel-cruz-ue-democracia-limitada_1_4391824.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Extracto de 'Democracia movilizativa', una conversación del filósofo Manuel Cruz con Salvador López Arnal (Catarata), de próxima publicación</p><p class="subtitle">"En la medida en la que alguna de las instituciones ha dejado mucho que desear en lo que respecta a su funcionamiento nuestra democracia ha sido más limitada", escribe el autor</p></div><p class="article-text">
        <strong>Salvador L&oacute;pez Arnal: El ser debe seguir dici&eacute;ndose de muchas maneras, pero las acepciones de democracia, seg&uacute;n las &uacute;ltimas estad&iacute;sticas, todas ellas repasadas y comprobadas, superan de largo el g&uacute;gol. &iquest;Cu&aacute;l es tu concepto de democracia? &iquest;Qu&eacute; acepci&oacute;n defiendes?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Manuel Cruz: No soy polit&oacute;logo, por lo que no creo que te pueda proporcionar una respuesta exhaustiva. Me conformar&iacute;a con ser m&iacute;nimamente convincente. Qu&eacute; duda cabe de que mucha gente de izquierda provenimos de una cultura pol&iacute;tica que juzgaba con una cierta displicencia la democracia. Recordar&aacute;s el desd&eacute;n con el que utiliz&aacute;bamos la expresi&oacute;n &ldquo;democracia formal&rdquo;, contraponi&eacute;ndola a una supuesta &ldquo;democracia material&rdquo; cuyo contenido nunca termin&aacute;bamos de especificar.
    </p><p class="article-text">
        Creo que con el tiempo nos hemos ido convenciendo del valor de esa dimensi&oacute;n llamada formal, entre otras cosas porque hemos tenido la oportunidad de comprobar las con- secuencias de no atender y no respetar tales presuntas formalidades. Y a la inversa: hemos comprobado que cosas tales como las libertades o la separaci&oacute;n de poderes tienen efectos beneficiosos, en ocasiones sobre los m&aacute;s desfavorecidos. No quiero parecer demasiado simplista o vertical, pero a veces se nos olvida que amenazas tan graves como la de la privatizaci&oacute;n de la sanidad en Madrid fue parada por los tribunales.
    </p><p class="article-text">
        Dicho esto, comparto la necesidad de que la democracia tambi&eacute;n se adentre en otras dimensiones de la vida colectiva, m&aacute;xime en un momento como el actual, en el que la tendencia es a la desregulaci&oacute;n y la externalizaci&oacute;n en todos los &aacute;mbitos sociales.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        <strong>Los pa&iacute;ses que forman la UE de los mercaderes, del euro, del BCE y de Frau Merkel, &iquest;son pa&iacute;ses democr&aacute;ticos seg&uacute;n tu definici&oacute;n?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &#8232;De acuerdo con lo que acabo de decir, tal vez lo m&aacute;s ajustado con mis propias palabras ser&iacute;a decir que tienen una democracia limitada.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Limitada? &iquest;En qu&eacute; sentido? &iquest;Por qui&eacute;n?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Por los poderes econ&oacute;micos sin ninguna duda. Ha habido diversos episodios que ya mostraban esta tendencia a una aparente tutela que en realidad siempre fue f&eacute;rreo control (refer&eacute;ndums que se repiten hasta que se obtiene el resultado esperado, por ejemplo), pero los casos recientes de la forzada dimisi&oacute;n de Berlusconi y su sustituci&oacute;n por un presunto tecn&oacute;crata (que en realidad era un personaje) directamente ligado a la gran banca como Mario Monti o el descarado intervencionismo en Grecia son no ya evidentes, sino directamente obscenos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Y la Espa&ntilde;a de los Borbones, los Blesa, los B&aacute;rcenas, los Pujol y los Millet? &iquest;Es tambi&eacute;n un pa&iacute;s democr&aacute;tico?&#8232;</strong>
    </p><p class="article-text">
        S&iacute;, aunque estar&iacute;a dispuesto a aceptar que, en la medida en la que alguna de sus instituciones ha dejado mucho que desear en lo que respecta a su funcionamiento (la jefatura del Estado con el anterior rey ha sido un caso bastante claro, as&iacute; como los niveles de tolerancia hacia la corrupci&oacute;n de los representantes pol&iacute;ticos, inadmisible en otros pa&iacute;ses de nuestro entorno), nuestra democracia ha sido m&aacute;s limitada.
    </p><p class="article-text">
        <strong>No se me escapa lo del anterior jefe del Estado. Luego hablamos si te parece sobre el actual. Por cierto, &iquest;qu&eacute; deber&iacute;amos decir: Espa&ntilde;a, Reino de Espa&ntilde;a o Estado espa&ntilde;ol? Entre la izquierda catalana, est&aacute; muy mal visto hablar de Espa&ntilde;a.</strong>
    </p><p class="article-text">
        No se me alcanza la raz&oacute;n por la que podemos decir con toda normalidad Andaluc&iacute;a, Catalu&ntilde;a, Galicia, etc. y no podemos hablar de Espa&ntilde;a. El Reino de Espa&ntilde;a existe, claro, igual que existe la Rep&uacute;blica Francesa, pero no por ello dejamos de decir Francia.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Pues, perdona que insista, la izquierda, muchos sectores de la izquierda, han evitado, incluso siguen evitando el uso de la palabra &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo;. Hablan, generalmente, de Estado espa&ntilde;ol. Sus razones: el concepto Espa&ntilde;a arras&shy;tra tras de s&iacute; la reacci&oacute;n, el uniformismo y la opresi&oacute;n de pueblos. Es una palabra usada por el adversario, por los neofranquistas y sus aliados o asimilados.</strong>
    </p><p class="article-text">
        El hecho es evidente, pero observa que por esta v&iacute;a esos mismos sectores de izquierda deber&iacute;an cambiar, por ejemplo, el nombre del Partido Comunista de Espa&ntilde;a y sustituirlo, como propon&iacute;a Paco Frutos con iron&iacute;a hace poco, por el de Partido Comunista del Estado Espa&ntilde;ol. No dudo que las connotaciones de las palabras son importantes, pero si el significado es su uso, como afirmaba el Wittgenstein de las Investigaciones filos&oacute;ficas, de lo que se trata es de alterar su uso de la manera adecuada, conservando una palabra si entendemos que hay en su contenido determinaciones v&aacute;lidas, y no sustituy&eacute;ndola en funci&oacute;n de lo que sugiera un gabinete de comunicaci&oacute;n o, peor a&uacute;n, otras fuerzas pol&iacute;ticas de signo muy distinto.
    </p><p class="article-text">
        En Catalu&ntilde;a fue el nacionalismo quien se empe&ntilde;&oacute; en desterrar la palabra Espa&ntilde;a, llegando al l&iacute;mite de lo grotesco. Yo en alguna ocasi&oacute;n me permit&iacute; hacer la peque&ntilde;a broma (que solo lo es a medias): en TV3 siempre se ha dicho &ldquo;Espa&ntilde;a nos roba&rdquo; y &ldquo;llueve sobre el Estado espa&ntilde;ol&rdquo;, cuan- do en todo caso, lo l&oacute;gico hubiera sido decir: &ldquo;El Estado espa&ntilde;ol nos roba&rdquo; y &ldquo;llueve sobre Espa&ntilde;a&rdquo;. Sin embargo, f&iacute;jate que a ellos no les import&oacute; violentar el uso habitual de las palabras, retorcer el lenguaje, hasta conseguir que los nuevos usos que les conven&iacute;an para transmitir subrepticiamente la idea de que la hasta ahora llamada &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; no es m&aacute;s que una construcci&oacute;n artificiosa y burocr&aacute;tica haya conseguido tomar carta de naturaleza.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Vuelvo a nuestro tema. &iquest;Cu&aacute;l es tu opini&oacute;n de la democracia que algunos llaman participativa oponi&eacute;ndola o complementando la representativa?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hace mucho que se denuncia el hecho de que en nuestras sociedades la participaci&oacute;n democr&aacute;tica haya quedado reducida en muchos momentos al hecho de acudir a las convocatorias electorales. Sin duda es conveniente para la salud democr&aacute;tica de cualquier sociedad una mayor implicaci&oacute;n de los ciudadanos en la cosa p&uacute;blica. Pero, en primer lugar, habr&iacute;a que analizar con cuidado los motivos de su alejamiento. Porque no todos tienen que ver con una decepci&oacute;n ante el comportamiento de sus representantes, sino que a menudo tiene que ver con la falta de disponibilidad material. Hoy los ciudadanos tienen que invertir cada vez m&aacute;s energ&iacute;as en la mera supervivencia. Las condiciones de vida se han endurecido para todo el mundo extraordinariamente.
    </p><p class="article-text">
        <strong>No puedo evitar aplaudirte con entusiasmo en este comentario a&ntilde;adiendo que &ldquo;todo el mundo&rdquo; refiere, como es de toda evidencia, a una parte muy numerosa de la ciudadan&iacute;a, no a las minor&iacute;as privilegiadas que siguen lucr&aacute;ndose. Perdona, te he interrumpido, prosigue por favor.</strong>
    </p><p class="article-text">
        En todo caso, una mayor participaci&oacute;n no tiene por qu&eacute; cuestionar la representaci&oacute;n, rigurosamente inevitable desde muchos puntos de vista, desde ideol&oacute;gico-pol&iacute;ticos (las c&aacute;maras &ndash;y no los plat&oacute;s de televisi&oacute;n, por cierto&ndash; son el lugar en el que se escenifica la deliberaci&oacute;n racional que constituye uno de los nervios de la democracia) hasta t&eacute;cnicos (la enorme complejidad de nuestras sociedades y de los asuntos por tratar hace poco menos que inevitable un cierto grado de delegaci&oacute;n).
    </p><p class="article-text">
        <strong>Aunque lo hablemos con calma m&aacute;s adelante, &iquest;debo entender que esta formulaci&oacute;n &ldquo;y no los plat&oacute;s de televisi&oacute;n&rdquo; es tu primera cr&iacute;tica a Podemos?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Es una cr&iacute;tica a la tendencia a la espectacularizaci&oacute;n de la pol&iacute;tica, tendencia a la que se ha sumado sin duda, y de manera decidida (por no decir entusiasta) Podemos.
    </p><p class="article-text">
        [...]
    </p><p class="article-text">
        <strong>Y esa representaci&oacute;n a la que aludes, &iquest;es entonces inevitable? &iquest;No es posible la llamada democracia directa? &iquest;Los partidos pol&iacute;ticos u organizaciones afines son imprescindibles para esa representaci&oacute;n? &iquest;No es posible hablar de representaci&oacute;n pol&iacute;tica sin su mediaci&oacute;n?</strong>
    </p><p class="article-text">
        T&uacute; lo has dicho: partidos pol&iacute;ticos &ldquo;u organizaciones afines&rdquo;. El caso es que cumplan adecuadamente la funci&oacute;n de vehicular la representaci&oacute;n popular, organizando y proponiendo cauces no solo de acci&oacute;n sino tambi&eacute;n de pensamiento y de debate. Los t&eacute;rminos pueden ir variando con el tiem- po, pero, lo llamemos como lo llamemos, el componente estrat&eacute;gico, la fijaci&oacute;n de objetivos, incluso, por anacr&oacute;nico que hoy pueda sonar, el modelo de sociedad que se est&aacute; proponiendo, son dimensiones ineludibles, sin las cuales estamos abocados a propuestas que en ning&uacute;n caso sirven para el fin del que hablamos. Enseguida te comento algo sobre la democracia directa.
    </p><p class="article-text">
        <strong>De acuerdo, pero d&eacute;jame insistir en un punto. &iquest;Nuestras democracias son democracias reales? &iquest;T&uacute; ves, t&uacute; sientes en alguna parte y en determinados asuntos el poder del pueblo, de la ciudadan&iacute;a?</strong>
    </p><p class="article-text">
        &#8232;Lo son en alguna medida, claro est&aacute;. No son, en todo caso, democracias irreales. Cuando las instituciones funcionan, cuando una ley corrige una injusticia, cuando la administraci&oacute;n ampara a los m&aacute;s desfavorecidos, cuando se introducen elementos redistributivos, etc., la democracia est&aacute; funcionando. De la misma forma que cuando es colonizada, utilizada o burlada, estamos ante un mero simulacro.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto a la segunda pregunta, me preocupa que podamos antropomorfizar (o personalizar) instancias como &ldquo;pueblo&rdquo; o &ldquo;ciudadan&iacute;a&rdquo; y, por tanto, no s&eacute; en qu&eacute; escenario podr&iacute;a hacerse visible su poder. Lo constatamos de manera fugaz y fragmentaria en algunos momentos: en determinadas luchas, en reivindicaciones sostenidas en el tiempo, pero habr&iacute;a que ser muy prudente a la hora de valorar estos signos. Te doy un mero apunte de mi inquietud: desde hace un tiempo, la derecha en este pa&iacute;s ha llegado al convencimiento de que tambi&eacute;n le conviene sacar las masas a la calle. Con otras palabras, no siempre que veo multitudes en la calle siento el poder de la ciudadan&iacute;a. Incluso a veces me sucede exactamente lo contrario: creo percibir un sordo rugido de tribu.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Creo captar tu inquietud, tenemos ejemplos hist&oacute;ricos en nuestras memo&shy;rias de lo que se&ntilde;alas. Una traducci&oacute;n a un lenguaje menos filos&oacute;fico y una pregunta. La traducci&oacute;n: te preocupa, dices, que podamos antropomorfizar (o personalizar) instancias como &ldquo;pueblo&rdquo; y similares. &iquest;Y eso qu&eacute; significa exactamente? &iquest;Que debemos evitar tratar esas instancias&shy;conceptos como si fueran una entidad singular, un ente individualizado, obviando su com&shy;plejidad y diversidad?&#8232;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Exactamente. Entre otras cosas, porque si obviamos su complejidad y diversidad no estamos reconociendo algo consustancial a nuestras sociedades, que es su pluralidad en todos los &oacute;rdenes, solo vehiculable a trav&eacute;s del necesario pluralismo pol&iacute;tico (tambi&eacute;n religioso, cultural, &eacute;tico, pero todo eso ahora no hace al caso). No es casual la dificultad que tienen algunos discursos pol&iacute;ticos como el nacionalismo (aunque no solo) para pensar esta pluralidad. El artificio del enemigo exterior suele tener la funci&oacute;n de homogeneizar lo que de suyo es diverso, unificar lo que es complejo y unanimizar (si me permites el palabro) lo que es plural.
    </p><p class="article-text">
        [&hellip;]
    </p><p class="article-text">
        <strong>Te recuerdo uno de los lemas m&aacute;s coreados durante el 15&shy;M: &ldquo;Le llaman democracia y no lo es&rdquo;. &iquest;Est&aacute;s de acuerdo? &iquest;Puede haber democracia con tantas desigualdades sociales, con tanto paro y con tanta desesperaci&oacute;n social? Espa&ntilde;a, seg&uacute;n datos de la OCDE, es uno de los pa&iacute;ses del mundo donde se ha generado un mayor incremento de esas desigualdades entre 2007 y 2011.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Estoy de acuerdo en el siguiente sentido. La principal virtud de la democracia es el enorme poder igualitario que contiene. Por eso fue un gran error de una cierta izquierda desde&ntilde;arla y dejar su reivindicaci&oacute;n en manos del pensamiento conservador. Y por eso tambi&eacute;n mi respuesta a la segunda pregunta solo puede ser: ha de haber democracia precisa- mente porque hay tantas injusticias, no a pesar de ellas. Porque nos proporciona instrumentos extremadamente eficaces para luchar contra ellas.
    </p><p class="article-text">
        [&hellip;]
    </p><p class="article-text">
        <strong>Retomo el punto anterior. &iquest;Qu&eacute; papel deber&iacute;an jugar entonces los movi&shy;mientos sociales en las democracias?&#8232;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Me gustar&iacute;a que sirvieran para llegar all&iacute; donde muchas veces las organizaciones pol&iacute;ticas tradicionales &ndash;sea por desidia, por oportunismo o por tacticismo&ndash; no llegan. Su cercan&iacute;a, su inmediatez respecto a muchos de los problemas y situaciones dif&iacute;ciles que viven las personas les habilita para recuperar la dimensi&oacute;n m&aacute;s noble y directa de la pol&iacute;tica. No me gustar&iacute;a, en cambio, que terminaran funcionando como vivero alternativo de promoci&oacute;n pol&iacute;tica, una vez que los partidos han quedado tan sensiblemente desprestigiados como est&aacute;n hoy.
    </p><p class="article-text">
        [&hellip;]
    </p><p class="article-text">
        <strong>Pero, a lo mejor, la forma partido est&aacute; obsoleta para esa funci&oacute;n que apun&shy;tas, y hay que buscar nuevas formas, nuevos procedimientos, que superen los numerosos vicios (luchas por el poder, corrupciones, ambiciones sin l&iacute;mites, servilismo, acriticismo generalizado, deseo de instalarse...) que asolan a la mayor&iacute;a de los partidos, no digo a todos forzosamente y en la misma medida.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Es posible, desde luego. Pero constato que incluso formaciones emergentes, que empezaron alardeando de una estructura inicial asamblearia, sin jerarqu&iacute;a ni centralismo alguno, cuando se plantean dar un salto cualitativo para tener una mayor eficacia, r&aacute;pidamente pasan a formas organizativas de inspiraci&oacute;n inequ&iacute;vocamente leninista. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Cruz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/manuel-cruz-ue-democracia-limitada_1_4391824.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Feb 2015 20:03:41 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Manuel Cruz: " Los países de la UE tienen una democracia limitada"]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Democracia,Europa,Movimientos sociales,UE - Unión Europea]]></media:keywords>
    </item>
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