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    <title><![CDATA[elDiario.es - Javier Franzé]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/javier_franze/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Javier Franzé]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[“Gobernabilidad” neoliberal o Democracia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/gobernabilidad-neoliberal-democracia_129_2575892.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">En el referéndum griego, la diferencia central entre el No y el Sí no consistía en su evaluación de la propuesta neoliberal de la Unión Europea, sino en la comprensión de la economía como asunto</p><p class="subtitle">político</p><p class="subtitle">y no técnico</p></div><p class="article-text">
        Lo que estaba en juego en el refer&eacute;ndum griego del pasado domingo era el lugar de la soberan&iacute;a popular en las democracias europeas. El triunfo del No recoloca esa voluntad popular en el centro de la democracia. No solo por el rechazo de las pol&iacute;ticas neoliberales de la Uni&oacute;n Europea, sino tambi&eacute;n y especialmente por la repolitizaci&oacute;n de la econom&iacute;a en particular, y de las decisiones pol&iacute;ticas en general, que supuso.
    </p><p class="article-text">
        En efecto, la diferencia central entre la posici&oacute;n del No y la del S&iacute; no consist&iacute;a en su evaluaci&oacute;n de la propuesta neoliberal de la Uni&oacute;n Europea, sino en algo <em>previo</em>: en la comprensi&oacute;n de la econom&iacute;a como asunto <em>pol&iacute;tico</em> y no t&eacute;cnico. Todas las otras diferencias se derivan de esta: precisamente porque la econom&iacute;a es pol&iacute;tica, no es necesaria sino contingente y se puede decidir sobre ella.
    </p><p class="article-text">
        La despolitizaci&oacute;n de la econom&iacute;a comienza por presentarla como un subsistema o &aacute;mbito de la sociedad, t&iacute;picamente opuesto al Estado, regido por unas leyes propias acordes a la naturaleza humana ego&iacute;sta. Dado que el ajuste como &ldquo;soluci&oacute;n&rdquo; se adaptar&iacute;a a esto, pues lo proponen expertos que conocen &ldquo;la&rdquo; econom&iacute;a, es neutral, racional, t&eacute;cnico y, por tanto, eficiente.
    </p><p class="article-text">
        El gran &eacute;xito neoliberal ha sido cultural: despolitizar la vida p&uacute;blica y dirigir los deseos al mundo del consumo. As&iacute;, el ciudadano devino consumidor y la pol&iacute;tica asunto de &eacute;lites &ldquo;que saben de lo que hablan&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Este triunfo cultural neoliberal &mdash;respuesta a la movilizaci&oacute;n de los sesenta y setenta&mdash; agost&oacute; la democracia. Porque si el colectivo que debe ejercer la decisi&oacute;n se representa el objeto de la misma como algo natural solo manejable por expertos, la democracia se retira de los asuntos clave de la vida colectiva.
    </p><p class="article-text">
        Este relato neoliberal comenz&oacute; a edificarse en la d&eacute;cada de 1970, cuando autores como Nozick, Buchanan o Friedman imputaban la crisis de las democracias a la &ldquo;sobrecarga&rdquo; de demandas al Estado. La sociedad, a&ntilde;i&ntilde;ada por un Estado benefactor que todo le conced&iacute;a, violaba con sus infinitos deseos las <em>leyes</em> de la econom&iacute;a, obligando a un crecimiento desmedido del sector p&uacute;blico. Comenzaba la rebeli&oacute;n neoconsevadora contra el Estado de Bienestar.
    </p><p class="article-text">
        Desde los &lsquo;90, un nuevo t&eacute;rmino vino a reactualizar y pofundizar el concepto: &ldquo;gobernabilidad&rdquo;, que en su uso m&aacute;s habitual refiere al no rebasamiento de las demandas ciudadanas de la capacidad de respuesta estatal, enfatizando la estabilidad, previsibilidad y &ldquo;eficiencia&rdquo; de los gobiernos. Su &eacute;xito en los medios, la clase pol&iacute;tica, las elites financieras, los organismos internacionales y la academia ha logrado naturalizarlo como objetivo autoevidente de toda democracia &ldquo;de calidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Jacques Ranci&egrave;re desvel&oacute; el significado de esta mirada neoliberal: para ella, &ldquo;lo que provoca la crisis del gobierno democr&aacute;tico no es otra cosa que la intensidad de la vida democr&aacute;tica&rdquo; (<em>El odio a la democracia</em>, p. 18). En efecto, la perspectiva neoliberal que encierra esta &ldquo;gobernabilidad&rdquo; no significa sino una nueva versi&oacute;n del rechazo de las implicaciones m&aacute;s profundas de la democracia, la capacidad de decidir sobre los asuntos que hacen a la vida colectiva. &ldquo;Gobernabilidad&rdquo; &mdash;bajo este uso&mdash; es el nombre actual de la tradicional exigencia liberal-conservadora de orden, entendido como primac&iacute;a de un saber experto en manos de unas &eacute;lites, a fin de controlar los deseos infantiles de las masas.
    </p><p class="article-text">
        S&oacute;lo a partir de all&iacute; se puede afirmar, como se ha escuchado en los medios espa&ntilde;oles, que lamentablemente ahora Grecia se va a sentir con derecho a hablar sobre la deuda, o que la victoria del No produce un embrollo democr&aacute;tico enorme, el de encajar la voluntad de los griegos con la del resto de los socios europeos. Como si fuera m&aacute;s democr&aacute;tico que Grecia no tuviera &mdash;ni sintiera poseerlo&mdash; el derecho a hablar sobre su futuro, y que prevaleciera la voluntad de la troika sobre la del pueblo griego. En la misma l&iacute;nea, el l&iacute;der de Ciudadanos lleg&oacute; a afirmar en un tuit que &ldquo;los extremos celebran el No griego al Euro, Syriza, Le Pen y Podemos. Necesitamos pol&iacute;tica de altura y sensata en la UE&rdquo;, contraponiendo el 61% del pueblo griego a una presunta racionalidad pol&iacute;tica ausente.
    </p><p class="article-text">
        La disputa por la reconstrucci&oacute;n de Grecia y de la Uni&oacute;n Europea enfrenta a aquellos que quieren gobernabilidad como subordinaci&oacute;n de la soberan&iacute;a popular al orden del capital y los que buscan la democracia como soberan&iacute;a popular. Por eso lo de domingo pasado en Grecia ha sido un peque&ntilde;o gran paso en favor del retorno de la pol&iacute;tica. M&aacute;s concretamente, de la pol&iacute;tica democr&aacute;tica.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Franzé]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/gobernabilidad-neoliberal-democracia_129_2575892.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Jul 2015 17:07:14 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[“Gobernabilidad” neoliberal o Democracia]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[UE - Unión Europea,Referéndum Grecia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Saber y desear: sobre la actualidad de Podemos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/saber-desear-actualidad-podemos_129_2705781.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La actual conmoción del discurso de la Transición no viene a demostrar su eterna falsedad: es un síntoma de su historicidad, de la posibilidad de su fin de ciclo</p></div><p class="article-text">
        En las &uacute;ltimas semanas, los an&aacute;lisis pol&iacute;ticos parecen coincidir en afirmar que la trayectoria ascendente de Podemos se ha &ldquo;estancado&rdquo; y que Ciudadanos ha comenzado a disputarle seriamente el lugar de &ldquo;partido del cambio&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Este panorama ha generado varios tipos de respuesta. Algunas destacan que esto no hace m&aacute;s que confirmar que la estrategia de Podemos desde su constituci&oacute;n como partido es errada. Otras proponen cambios discursivos que permitir&iacute;an recuperar el terreno perdido.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de las buenas intenciones y la legitimidad con que se realizan estas propuestas y an&aacute;lisis, valdr&iacute;a la pena reflexionar sobre algo previo: la posibilidad misma de conocer ahora si el &ldquo;estancamiento&rdquo; es tal y las causas del mismo.
    </p><p class="article-text">
        Los medios masivos imponen a la vida pol&iacute;tica un ritmo que es, sencillamente, incompatible con la reflexi&oacute;n rigurosa y fundamentada. La voracidad con que exigen &ldquo;respuestas&rdquo; a los pol&iacute;ticos y analistas es antidemocr&aacute;tica, porque impide toda deliberaci&oacute;n. Como muestra, basta el bot&oacute;n de los tertulianos, que tanto opinan de unas elecciones en Am&eacute;rica Latina como de una guerra en Oriente Medio, pasando por la pol&iacute;tica agr&iacute;cola europea. Cualquier investigador m&iacute;nimamente riguroso sabe el tiempo y la cantidad de variables que demanda ensayar una hip&oacute;tesis acerca de los fen&oacute;menos sociales, siempre en el marco de una especializaci&oacute;n que impone a&ntilde;os de dedicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Nadie previ&oacute; el 15M, ni el surgimiento de Podemos. Ni siquiera los resultados que obtendr&iacute;a en las elecciones europeas. Tampoco su trayectoria posterior. Apenas podemos conocer, y mediado por la insustituible interpretaci&oacute;n, su porcentaje de intenci&oacute;n de voto directo y la&nbsp; trayectoria del mismo en distintas encuestas de una &ldquo;serie&rdquo; temporal por definici&oacute;n escasa. Tambi&eacute;n tenemos alguna informaci&oacute;n sobre la proveniencia ideol&oacute;gico-partidaria de esos ciudadanos que dicen preferir a Podemos. Todo en un panorama pol&iacute;tico in&eacute;dito, cuyo protagonista es un partido sin antecedentes electorales, y merced a unas encuestas que &#8213;tras la famosa &ldquo;cocina&rdquo;, por no hablar del condicionamiento producido por su encargo&#8213; daban hace una semana una diferencia entre el primer partido y el cuarto de un 2,4%, esto es, menor que el porcentaje de error propio de cualquier an&aacute;lisis demosc&oacute;pico (+ - 3,5%).
    </p><p class="article-text">
        Esto no significa que no se pueda conocer qu&eacute; est&aacute; ocurriendo. Significa que no se puede conocer ahora, cuando los actores y la ciudadan&iacute;a desean saberlo.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, algo podemos saber. Y es que uno de los problemas que enfrenta cualquier reflexi&oacute;n sistem&aacute;tica es sustituir la interpretaci&oacute;n rigurosa por el deseo, m&aacute;xime en el &aacute;mbito del saber social. Tambi&eacute;n conocemos que un rasgo central de la tradici&oacute;n occidental de pensamiento es presuponer que &ldquo;la&rdquo; sociedad y &ldquo;la&rdquo; historia tienen un sentido inherente, un modo de funcionamiento que, una vez &ldquo;descubierto&rdquo;, dar&iacute;a la clave de c&oacute;mo hay que actuar. Algunas soluciones que se plantean al &ldquo;estancamiento&rdquo; de Podemos parecen descansar en este rasgo cl&aacute;sico, en tanto proponen adaptar la forma organizativa a &ldquo;la&rdquo; realidad social, lo cual garantizar&iacute;a salir del impasse. Esta propuesta deduce del presunto fracaso pol&iacute;tico actual la confirmaci&oacute;n de que la estrategia era err&oacute;nea, como si hubiera un saber correcto que evitara todo traspi&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Otra respuesta propone modificar ciertas l&iacute;neas program&aacute;ticas y discursivas. El problema no est&aacute; en la propuesta en s&iacute;, sino en otro lado: en que esa propuesta se realiza dando por descontado su eficacia pol&iacute;tica. &iquest;Por qu&eacute; ser&iacute;a eficaz? &iquest;Porque su contenido nos resulta deseable? Otra vez: deducir la eficacia de la bondad de la propuesta es otro rasgo de identidad de la esencialista tradici&oacute;n de pensamiento occidental, que supone religiosamente que tarde o temprano lo bueno triunfa.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; el problema de fondo aqu&iacute; sea el conocimiento mismo de la pol&iacute;tica. La pol&iacute;tica no trata con un objeto dado de antemano, regido por &ldquo;leyes&rdquo; y por tanto previsible, mensurable, predictible. Esto es lo que crey&oacute;, fundamentalmente, la tradici&oacute;n occidental hegem&oacute;nica, desde perspectivas ideol&oacute;gicamente diversas, pero epistemol&oacute;gicamente hermanas, del platonismo al positivismo, pasando por la Ilustraci&oacute;n y el marxismo ortodoxo. Por eso vieron a la pol&iacute;tica como expresi&oacute;n de otras instancias realmente determinantes (la Econom&iacute;a, la Historia, la Naturaleza, la Raz&oacute;n) y no como creaci&oacute;n radical de la propia comunidad y de los sujetos.
    </p><p class="article-text">
        La pol&iacute;tica, en ese sentido, se parece m&aacute;s al arte: crea aquello que imagina, por lo que tiene un elemento de radical imprevisibilidad. Aunque, como en el f&uacute;tbol cada lunes, abunden las explicaciones retrospectivas acerca de las &ldquo;condiciones&rdquo; que &ldquo;explicaban&rdquo; la &ldquo;necesidad&rdquo; de que ocurriera lo que sucedi&oacute;. Prefiero la sugerente interrogaci&oacute;n de Isaiah Berlin: &ldquo;&iquest;D&oacute;nde estaba la Quinta Sinfon&iacute;a antes de ser creada?&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        La pol&iacute;tica es creaci&oacute;n, s&iacute;, pero de voluntades colectivas. Por eso no basta con enunciar el valor de la meta deseada, sino que hay que volverlo valioso para los dem&aacute;s, sobre todo en democracia. De ah&iacute; que la eficacia dependa no exclusivamente del valor en s&iacute;, sino de c&oacute;mo les suene a aquellos a los que les habla, en c&oacute;mo se inscriba en el contexto y la tradici&oacute;n particulares en que aparece e intenta cuajar.
    </p><p class="article-text">
        La contracara del discurso que deduce la eficacia de la deseabilidad es dar por descontado que lo indeseable no puede ser eficaz. Esto ha llevado a cierta izquierda espa&ntilde;ola a minusvalorar la potencia pol&iacute;tica de la Transici&oacute;n y de sus partidos clave.
    </p><p class="article-text">
        El discurso de la Transici&oacute;n ha creado un imaginario, una cultura pol&iacute;tica, una subjetividad y un modo de reconocerse para una inmensa mayor&iacute;a de espa&ntilde;oles. Su potencia yace en su capacidad de encarnarse en millones de miradas e interpretaciones del pasado de Espa&ntilde;a y de su presente. Eso es un relato, una narrativa, con su impalpable capacidad de hacerse biograf&iacute;a personal, de anudar viejas fotos familiares con la historia de un pa&iacute;s. Un modo de vida de cuatro d&eacute;cadas no se sustenta solo en el carisma, en el miedo, en los medios masivos, en el dinero europeo o en la tutela armada. No estamos ante un poder de arriba abajo que domina una sociedad adormecida, independientemente de la valoraci&oacute;n pol&iacute;tica que nos merezca la etapa hist&oacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        Si esto no se comprende, no se entiende la envergadura de la lucha que ha lanzado Podemos y las probabilidad y avatares de la misma. Podemos se ha levantado contra un imaginario que no es de cart&oacute;n-piedra. La actual conmoci&oacute;n del discurso de la Transici&oacute;n no viene a demostrar su eterna falsedad: es un s&iacute;ntoma de su historicidad, de la posibilidad de su fin de ciclo.
    </p><p class="article-text">
        Toda esta imprecisi&oacute;n y ambig&uuml;edad del escenario inmediato no hace m&aacute;s que multiplicar el rasgo de apuesta en el vac&iacute;o que la pol&iacute;tica tiene de por s&iacute;. Su conocimiento no es un llamado ni al inmovilismo, ni al espontane&iacute;smo, sino a intentar saber mejor las condiciones de la acci&oacute;n pol&iacute;tica. En especial, a reconocer la imposibilidad de conocer ahora lo que necesitar&iacute;amos, lo cual nos condena a apostar en la sombra, huyendo de las trampas del deseo para, con Weber, asumir que &ldquo;la pol&iacute;tica consiste en&nbsp; horadar lenta y profundamente unas tablas duras con pasi&oacute;n y distanciamiento al mismo tiempo&rdquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Franzé]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/saber-desear-actualidad-podemos_129_2705781.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2015 16:57:25 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Saber y desear: sobre la actualidad de Podemos]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Todos somos agonistas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/agonistas_129_4342084.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">El poder, el conflicto, la diferencia y la hegemonía constituyen elementos inerradicables de la política, sobre todo y especialmente de la democrática</p></div><p class="article-text">
        Desde su aparici&oacute;n, s&oacute;lo sobre Podemos se hacen determinadas preguntas. Por ejemplo, c&oacute;mo construye hegemon&iacute;a, c&oacute;mo establece un nosotros y un ellos, c&oacute;mo se apropia de las palabras. El efecto de sentido de estas preguntas <em>ad hoc</em> es reforzar la autoimagen de la pol&iacute;tica hegem&oacute;nica &ndash;el bipartidismo&ndash; mostrando la novedad que introducen en ella &ndash;o contra ella&ndash; ciertas formaciones.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;l es el origen de esta despolitizaci&oacute;n de la cultura pol&iacute;tica dominante en la actual democracia espa&ntilde;ola? La hegemon&iacute;a de la democracia como consenso, su presunta indisputabilidad como concepto. Veamos.
    </p><p class="article-text">
        Hay muchos conceptos de democracia. Pero desde la Segunda posguerra, la noci&oacute;n dominante &ndash;en la ciencia pol&iacute;tica y en la pr&aacute;ctica pol&iacute;tica&ndash; es la que entiende la democracia como consenso. En esta visi&oacute;n, una sociedad es m&aacute;s democr&aacute;tica cuando sus actores pol&iacute;ticos y sociales son capaces de llegar a acuerdos sobre asuntos fundamentales. En esta perspectiva, lo democr&aacute;tico radica en la capacidad de ceder y negociar las propias posiciones.
    </p><p class="article-text">
        La concepci&oacute;n de la democracia como consenso se volvi&oacute; dominante en un contexto hist&oacute;rico preciso, el de salida del aplastamiento de las llamadas minor&iacute;as por parte del fascismo y del nacionalsocialismo, y que se asomaba a la Guerra Fr&iacute;a. Conecta por tanto con una sensibilidad democr&aacute;tica comprensible, aunque no librada de ciertas paradojas: el consenso acaba sobre-representando a las minor&iacute;as y alimentando indirectamente un unanimismo propio de los totalitarismos. Niega as&iacute; en parte un&nbsp; principio b&aacute;sico de la democracia, el gobierno de las mayor&iacute;as. &Eacute;ste solo pudo parecer una amenaza para el respeto a las minor&iacute;as en aquel imaginario de la segunda posguerra.
    </p><p class="article-text">
        El agonismo &ndash;cuya referencia intelectual es Chantal Mouffe&ndash; es la teor&iacute;a de la democracia como conflicto. No casualmente, su aparici&oacute;n se dio tras d&eacute;cadas de auge de la democracia consensual. El agonismo parte de que no hay fines objetivos y universales, evidentes y buenos para todos, sobre los cuales edificar la democracia. M&aacute;s bien, entiende que la democracia es el sistema que mejor pone de manifiesto la irreductible pluralidad de las sociedades contempor&aacute;neas. Para el agonismo, una sociedad es m&aacute;s democr&aacute;tica cuando permite la lucha entre proyectos alternativos que, no obstante, comparten unas reglas del juego.
    </p><p class="article-text">
        Para el agonismo, la pol&iacute;tica vive en la tensi&oacute;n entre lo particular y lo general: es una lucha entre valores particulares para gobernar lo general, el conjunto de la sociedad.&nbsp; El &uacute;nico modo de que esta ecuaci&oacute;n sea posible es la hegemon&iacute;a, que una parte encarne al todo. S&oacute;lo la comuni&oacute;n de unos marcos interpretativos y cognitivos permite la existencia pol&iacute;tica de una sociedad.
    </p><p class="article-text">
        Por lo tanto, para el agonismo, quien hace pol&iacute;tica no puede escapar a luchar por la hegemon&iacute;a, ni a distinguir entre un &ldquo;nosotros&rdquo; y un &ldquo;ellos&rdquo;, ni a luchar por el sentido de las palabaras. Toda fuerza pol&iacute;tica defiende unos valores y por tanto rechaza otros:&nbsp; no se puede ser amigo de todo el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Cabe decir entonces que los defensores de la democracia como consenso son tambi&eacute;n ellos agonistas. El problema no est&aacute; en ser agonista o no, ni en decidir buscar la hegemon&iacute;a o no, sino en explicitarlo o no. En comprender la l&oacute;gica de la pol&iacute;tica o no.
    </p><p class="article-text">
        Un elemento decisivo para ejercer la hegemon&iacute;a es negar que se la ejerce: negar que el punto de vista propio sea uno m&aacute;s entre otros, y mostrarlo en cambio como la forma natural de ser de las cosas. Y, en consecuencia, presentarse como un actor que no ha hecho m&aacute;s que descubrir o entender (que no crear) el Bien Com&uacute;n y desinteresadamente trabaja para realizarlo en favor de todos. De este modo, quien est&eacute; en contra, en el mejor de los casos es un bienintencionado que ignora &ldquo;la realidad&rdquo;, y en el peor un malintencionado que lo sabe pero por oscuros motivos quiere imponer su verdad.
    </p><p class="article-text">
        Desde hace muchos a&ntilde;os, la pol&iacute;tica bipartidista se ha vuelto esto en Espa&ntilde;a: una competencia entre equipos burocr&aacute;ticos que se critican mutuamente ya no por los programas que defienden, sino por la capacidad t&eacute;cnica de gobernar, por ver si &ldquo;estar&aacute;n o no a la altura&rdquo; de &ldquo;lo que hay que hacer&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La contracara de esta forma dominante de crear hegemon&iacute;a y de alimentar el nosotros/ellos es adjudicar a las fuerzas que desaf&iacute;an el orden del sentido establecido la vocaci&oacute;n de &ldquo;dividir a la sociedad&rdquo;, de crear hegemon&iacute;a, de apropiarse del lenguaje, de construir un pueblo. Porque las fuerzas hegem&oacute;nicas dominantes &ndash;otra vez: en la ciencia pol&iacute;tica y en la pol&iacute;tica pr&aacute;ctica&ndash; no son conservadoras solo por los valores que defienden, sino sobre todo por su concepci&oacute;n de lo real: para ellas, la pol&iacute;tica es un escenario dado, con actores predeterminados, instituciones racionales y reglas de juego l&oacute;gico-formales. El poder no est&aacute; por ning&uacute;n lado, se ha borrado, porque las sociedades contempor&aacute;neas &ndash;o mejor: las del Primer Mundo&ndash; han llegado a ser lo que son gracias a un desarrollo neutral de la civilizaci&oacute;n y la cultura. Es la ilusi&oacute;n de que es posible una pol&iacute;tica sin poder, sin lucha, sin diferencias.
    </p><p class="article-text">
        El consenso es fruto de una hegemon&iacute;a, establece un nosotros y un ellos, construye una comunidad. Toda la crisis de legitimidad de la pol&iacute;tica espa&ntilde;ola hoy se vincula, precisamente, con la hegemon&iacute;a del consenso sobre las pol&iacute;ticas de recortes y reificaci&oacute;n del d&eacute;ficit &ldquo;cero&rdquo;, plasmado ahora en la Constituci&oacute;n; con la identidad de un nosotros&nbsp; vinculado a los pol&iacute;ticos &ldquo;racionales&rdquo; y &ldquo;serios&rdquo;, que conocen &ldquo;lo que hay que hacer&rdquo; y por eso buscan la &ldquo;modernizaci&oacute;n&rdquo; de la &ldquo;democracia espa&ntilde;ola&rdquo;, frente a los &ldquo;populistas&rdquo; y &ldquo;comunistas&rdquo;, inexpertos, aventureros que arruinar&aacute;n el esfuerzo hecho por &ldquo;todos los espa&ntilde;oles&rdquo; para salir de &ldquo;la crisis&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Este discurso del consensualismo espa&ntilde;ol, como todo discurso, prepara el terreno para que lo que no tiene cabida en &eacute;l sea clasificado inmediatamente como un ruido que no habla de lo com&uacute;n sino de su propia anomal&iacute;a. Es el modo de determinar qu&eacute; voces son leg&iacute;timas y cu&aacute;les no. Qu&eacute; se puede y que no se puede hacer, qu&eacute; tiene cabida y qu&eacute; se queda fuera. Es una est&eacute;tica pol&iacute;tica que delimita el campo mismo de lo pol&iacute;tico. Basta ver la ristra ya no de argumentos, sino de ep&iacute;tetos con que los consensualistas de vocaci&oacute;n centrista han obsequiado a Podemos desde su aparici&oacute;n p&uacute;blica.
    </p><p class="article-text">
        La diferencia entre un agonismo impl&iacute;cito y otro expl&iacute;cito radica en que si el primero desconoce la posibilidad misma de exclusi&oacute;n de las voces disidentes, el otro lo lamenta y por ello quiere legitimar el conflicto enmarc&aacute;ndolo en unas reglas de juego democr&aacute;ticas. Si uno busca una hegemon&iacute;a que se desconoce/niega a s&iacute; misma para tener un dominio m&aacute;s completo de la situaci&oacute;n, el otro promueve la discusi&oacute;n p&uacute;blica y por tanto tiende a equiparar el poder de los actores en pugna, siempre que respeten las reglas del juego comunes. Ahora podemos preguntarnos qui&eacute;n tiende al hegemonismo.
    </p><p class="article-text">
        El poder, el conflicto, la diferencia y la hegemon&iacute;a constituyen elementos inerradicables de la pol&iacute;tica, sobre todo y especialmente de la democr&aacute;tica. S&oacute;lo reconociendo su existencia es como aprovechamos sus beneficios y limitamos sus potenciales perjuicios.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Javier Franzé]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/agonistas_129_4342084.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Mar 2015 19:43:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Todos somos agonistas]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Podemos]]></media:keywords>
    </item>
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