<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:dcterms="http://purl.org/dc/terms/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"  xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[elDiario.es - Santiago Alba Rico]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/santiago_alba_rico/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Santiago Alba Rico]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <atom:link href="https://www.eldiario.es/rss/category/author/513496/" rel="self" type="application/rss+xml"/>
    <item>
      <title><![CDATA[Elogio de la literatura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/elogio-literatura_129_13172028.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/aa831909-2661-446b-928c-234be4ec8490_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Elogio de la literatura"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El problema hoy no es que se escriba poco (nunca se ha escrito tanto) o que no se lea (probablemente se lee más que nunca) sino que la literatura, como las reuniones vecinales, se inscribe cada vez más en un mundo caracterizado por el “aplanamiento”</p></div><p class="article-text">
        Mis vecinos de Piedralaves, entre los que hay cabreros, reponedoras de supermercado, dependientes de comercio, ganan m&aacute;s dinero que yo, que tengo media casa muy bonita llena de libros. Un malentendido trata de traducir en t&eacute;rminos estrictos de &ldquo;clase&rdquo; lo que en realidad es una diferencia de otro tipo. Los veo raros. Me ven raro. Tres veces al a&ntilde;o compartimos mesa. Ellos me agasajan porque me ven fr&aacute;gil; me cortejan porque les parezco interesante; les gusta sentarse a la mesa con un escritor que se sienta a la mesa con ellos. Yo les agasajo porque me parecen fr&aacute;giles; los cortejo porque me parecen interesantes; me gusta sentarme a la mesa con un cabrero y una cajera de supermercado que se sienten contentos de sentarse a la mesa conmigo. Cuando nos despedimos piensan: &ldquo;no quiero ser como &eacute;l pero quiero que exista&rdquo;. Cuando me despido de ellos pienso: &ldquo;no quiero ser como ellos pero quiero que existan&rdquo;. Un mundo llevadero, civil, es un mundo en el que cada uno de nosotros se gusta razonablemente a s&iacute; mismo mientras piensa del otro: &ldquo;no quiero ser como &eacute;l, pero quiero que exista&rdquo;. El elitismo de izquierdas consiste en mirar al otro y decir: &ldquo;quiero que sea como yo&rdquo;, como si ese &ldquo;yo&rdquo; contuviese el patr&oacute;n universal de una humanidad deseable. La guerra civil estalla cuando miramos al otro y nos decimos: &ldquo;no quiero que exista&rdquo;. Lo primero es narcisismo militante; lo segundo es fascismo.
    </p><p class="article-text">
        Este &ldquo;quiero que existas&rdquo; entre vecinos es una interesante experiencia de &ldquo;ficci&oacute;n&rdquo; antropol&oacute;gica que, en toda su pureza, s&oacute;lo encontramos en la literatura. Ahora que celebramos el D&iacute;a del Libro es un buen momento para recordar que la &ldquo;ficci&oacute;n&rdquo;, ese gran invento de la humanidad (que, a su vez, inventa a la humanidad misma), nos protege del fascismo no porque sea antifascista sino porque crea un h&aacute;bitat concreto en el que nada ni nadie sobra. La f&oacute;rmula con la que san Agust&iacute;n resum&iacute;a el verdadero amor era <em>volo ut sis</em>, que Heidegger traduc&iacute;a como &ldquo;quiero que seas lo que eres&rdquo;, pero que, a mi juicio, se limita a reconocer y conservar la existencia del otro ante nuestros ojos: no sobras, no me sobras, me gusta que existas incluso si no me gusta como eres.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de la propia familia, poblada de t&iacute;os narigudos y abuelas furibundas, este gusto por la existencia ajena s&oacute;lo se revela verdaderamente vinculante en las buenas novelas, de cuyos personajes, buenos o malos, no podemos prescindir. No nos identificamos con John Silver, no, pero queremos que exista; ni con lady Macbeth ni con lady Catherine de Bourgh, por supuesto, pero queremos que existan; ni con los malvados Dodson y Fogg ni con Felic&iacute;simo Carnicero ni con el enano Fitzerle, pero queremos que existan. Cuando situamos los relatos y, en general, la ficci&oacute;n fuera de la realidad, en una nube fantasiosa, estamos olvidando que una reuni&oacute;n de vecinos puede ser a veces una buena novela. Y que es justamente eso que tiene de novelesco nuestra vida cotidiana lo que nos protege del narcisismo y de la guerra civil.
    </p><p class="article-text">
        Por eso es fundamental salvaguardar la autonom&iacute;a de la ficci&oacute;n. Lo he dicho otras veces: ni podemos ni debemos correr riesgos en un hospital falto de recursos ni volviendo borrachas de noche a nuestras casas ni en un trabajo inhumano y sin contrato. Nada ni nadie podr&aacute; garantizarnos una seguridad absoluta, es verdad, pero una sociedad justa tiene que establecer condiciones materiales en las que estos peligros se vean reducidos al m&iacute;nimo. Hay dos &aacute;mbitos, sin embargo, en los que los humanos no s&oacute;lo no podemos evitar todos los riesgos sino a los que debemos proteger, al margen de cualquier intervenci&oacute;n (iglesia, doctrina o partido), como espacios pensados precisamente para correr riesgos. Uno es el amor. El otro el arte. Un enamorado se enamora de la independencia del amado, pero esa independencia es, al mismo tiempo, fuente de belleza y de incertidumbre; no hay ning&uacute;n enamorado que no quiera esas dos cosas juntas o que no acepte su simultaneidad inevitable. En cuanto al arte, es justamente el lugar que nos hemos reservado para ponernos en peligro y poner en peligro a las dem&aacute;s. La literatura debe servir para eso, no como evasi&oacute;n o esparcimiento. Una buena novela sirve de hecho para eso: para ce&ntilde;ir un espacio de autonom&iacute;a en el que nos podemos permitir &mdash;y, a&uacute;n m&aacute;s, debemos&mdash; correr riesgos. Hace a&ntilde;os titul&eacute; una colecci&oacute;n de rese&ntilde;as literarias: <em>Nadie est&aacute; seguro con un libro en las manos</em>. De esa inseguridad &ldquo;local&rdquo; depende nuestra humanidad general.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;De qu&eacute; riesgos hablo? El autor corre el riesgo de crear nuevas reglas sin ninguna certeza, el riesgo de no encontrar las palabras, el riesgo de no gustar. El lector corre un riesgo a&uacute;n mayor: corre el riesgo de que exista el otro. Lo acabo de decir: el otro existe solamente, o sobre todo, en la ficci&oacute;n, y desde all&iacute; a menudo comparece tambi&eacute;n en nuestras vidas. El riesgo que acompa&ntilde;a a la existencia del otro es inmenso: el de que, por ejemplo, cambiemos de idea o de opini&oacute;n. Cuando el otro existe realmente &mdash;para el enamorado o para el lector&mdash; ya no podemos estar seguros de tener raz&oacute;n. No sabemos, no, qui&eacute;nes somos hasta que tropezamos con alguien del que decimos: quiero que existas. Una verdadera reuni&oacute;n de vecinos, porque se parece a una buena novela, conlleva el peligro de una transformaci&oacute;n, para bien o para mal. Por eso las buenas novelas, como los grandes amores, son peligrosos.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;El problema hoy no es que se escriba poco (nunca se ha escrito tanto) o que no se lea (probablemente se lee m&aacute;s que nunca) sino que la literatura, como las reuniones vecinales, se inscribe cada vez m&aacute;s en un mundo caracterizado por el &ldquo;aplanamiento&rdquo;, seg&uacute;n la expresi&oacute;n del fil&oacute;sofo franc&eacute;s Olivier Roy; es decir, en un mundo sin arrugas, sin&nbsp;ambig&uuml;edades, sin matices; un mundo en el que, en la sociedad, queremos tratar s&oacute;lo con afines electivos y en el que, en la literatura, queremos leer s&oacute;lo novelas que nos representen, cuyos personajes podamos identificar como &ldquo;nuestros&rdquo; y con los que podamos identificarnos. A derecha e izquierda, me temo, se sobrevalora el poder axiol&oacute;gico del arte y de la literatura, de manera que unos y otros buscan intervenir en su autonom&iacute;a para apropi&aacute;rsela en favor de sus &ldquo;valores&rdquo;. Pero al querer evitar o monopolizar ese poder sobrestimado, lo que hacen es neutralizar su verdadero poder, inseparable precisamente de su peligrosa indeterminaci&oacute;n frente a la planitud ideol&oacute;gica. Ning&uacute;n ni&ntilde;o se har&aacute; nunca antirracista o feminista leyendo cuentos moralistas cuyo mensaje sea evidente. La literatura, si quiere conservar su poder relativo, no puede ser un manual de instrucciones. Como bien dec&iacute;a Gramsci: &ldquo;el arte es educativo, pero no porque sea educativo sino porque es arte&rdquo;. La novela m&aacute;s antifascista que he le&iacute;do es <em>Viaje al fin de la noche</em>, cuyo autor, el franc&eacute;s Louis-Ferdinand C&eacute;line, fue juzgado por colaboracionismo con los nazis; la&nbsp;m&aacute;s atea es <em>Los hermanos karamazov</em>, escrita por Dostoievski para combatir el ate&iacute;smo; la m&aacute;s sociol&oacute;gicamente reveladora<em> Orgullo y prejuicio</em>, que Austen escribi&oacute; como divertimento.<em> </em>Si existe el otro, ya no sabemos qu&eacute; va a ser de nosotros. Ese es el peligro, esa es la salvaci&oacute;n. No quiero novelas antifascistas ni feministas ni democr&aacute;ticas. Quiero correr riesgos. Al menos ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a el gran poeta Joseph Brodsky que un escritor s&oacute;lo tiene una obligaci&oacute;n: escribir bien; y que la sociedad, por su parte, no tiene nunca ninguna obligaci&oacute;n en relaci&oacute;n con los escritores. Tiene derecho a no leer y, a&uacute;n m&aacute;s, a despreciar a sus artistas. Ahora bien, a&ntilde;ad&iacute;a, una sociedad que no lee y desprecia a sus artistas es una sociedad cuyo lenguaje crecientemente degradado la expone a la tiran&iacute;a y la demagogia. Un mundo aplanado es un mundo en el que los escritores escriben para sus propios afines y en el que los lectores quieren leer libros en los que se sientan confirmados y confortados. Ese aplanamiento ha llegado ya a la pol&iacute;tica, al periodismo, a los tribunales, donde la literalidad, el <em>fake</em> y la prevaricaci&oacute;n se han impuesto como forma rutinaria de negar al otro: &ldquo;no quiero que existas&rdquo;. Cuidemos al menos, por favor, la ficci&oacute;n y su autonom&iacute;a, el &uacute;nico territorio en el que a&uacute;n podemos distinguir el Bien del Mal y desear que existan los dos al mismo tiempo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/elogio-literatura_129_13172028.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Apr 2026 20:30:04 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/aa831909-2661-446b-928c-234be4ec8490_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="953276" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/aa831909-2661-446b-928c-234be4ec8490_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="953276" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Elogio de la literatura]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/aa831909-2661-446b-928c-234be4ec8490_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contra el realismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/realismo_129_13072972.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7f46d16a-1cc5-4283-8b4d-d6c7caa09312_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contra el realismo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El realismo de derechas crea la realidad; el de izquierdas la denuncia. El realismo de izquierdas se alegra de que Trump haya desenmascarado a los hipócritas y haya expuesto el poder desnudo del capitalismo imperial sin velos ni eufemismos. Sus adeptos coquetean con Putin, defienden a Maduro y justifican el régimen iraní</p></div><p class="article-text">
        Contaba el paleont&oacute;logo Stephen Jay Gould que cierta vez una empresa inmobiliaria interesada en talar un bosque se hab&iacute;a apoyado en un pasaje de su obra para refutar a los ecologistas. En uno de sus libros, en efecto, Jay Gould hab&iacute;a recordado que la vida de cualquier especie oscila entre un mill&oacute;n y diez millones de a&ntilde;os; es decir, que tambi&eacute;n las especies acaban extingui&eacute;ndose por su propio impulso darwiniano. Pero si esto es as&iacute;, si en todo caso se van a morir, &iquest;para qu&eacute; proteger a las ardillas rojas? Gould animaba a estos despiadados sofistas a decirles eso a unos padres cuyo hijo est&aacute; enfermo de c&aacute;ncer: &iquest;para qu&eacute; curarlo si tarde o temprano, por muchos a&ntilde;os que sobreviva, va a acabar pereciendo? Es que, diremos, este &ldquo;tarde o temprano&rdquo; cuenta; es lo que llamamos &ldquo;vida&rdquo;. Nadie va a dejar de atender a sus hijos y, a&uacute;n m&aacute;s, nadie va a dejar de comer, de ir al trabajo, de acudir a una cita, de regar las plantas, de cambiar una bombilla alegando su propia mortalidad o, m&aacute;s all&aacute;, la mortalidad humana en general. &iquest;Nadie? Bueno, sabemos que ese fue el argumento que utiliz&oacute; la presidenta de la comunidad de Madrid para justificar la muerte por negligencia de 7.291 ancianos en las residencias de Madrid durante la pandemia: &ldquo;se iban a morir igualmente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, lo que aqu&iacute; me interesa no es eso. Frente a la muerte, hay dos actitudes extremas: la de los que se niegan a aceptarla y movilizan todos los medios a su alcance -tratamientos, operaciones, ba&ntilde;os en sangre de ni&ntilde;os- para vivir eternamente; y la de los que la entronizan de tal modo que consideran la vida una simple sombra pasajera sin sustancia. Los primeros suelen ser muy ricos; los segundos, fan&aacute;ticos religiosos. En medio, est&aacute; la mayor&iacute;a, la de los que sencillamente queremos aplazar la muerte lo m&aacute;s posible y nos tomamos tan en serio este aplazamiento como para intentar llenarlo de sentido, peque&ntilde;o o grande, lo que implica que todos los d&iacute;as nos levantemos <em>haciendo como si</em> tampoco hoy nosotros, ni nuestros hijos ni nuestros amigos, nos fu&eacute;ramos a morir. Ese <em>como si</em> incluye todo lo que nos emociona, nos alegra, nos compromete en nuestras relaciones con el mundo y con los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        No hay, quiero decir, ninguna relaci&oacute;n jer&aacute;rquica entre la vida y la muerte. Son dos hechos sucesivos (primero la vida, despu&eacute;s la muerte), pero de su sucesi&oacute;n no puede deducirse ning&uacute;n tipo de subordinaci&oacute;n axiol&oacute;gica. Ni la muerte es la verdad de la vida ni la vida ostenta ning&uacute;n derecho sobre la muerte. De un hecho no puede extraerse ni una verdad ni un derecho, porque la verdad y el derecho forman parte del <em>como si</em> del aplazamiento: los construimos nosotros para sostenernos mejor en el mundo. No es m&aacute;s verdadero el cuchillo que nos rebana el cuello que los labios que nos lo besan; ni m&aacute;s ilusorio el trino del ruise&ntilde;or que el disparo que lo silencia. La vida no es m&aacute;s falsa, no, que la muerte. Las dos son obra nuestra y tomarse en serio una y otra significa tratar de vivir honestamente y tratar de morir dignamente. Para vivir honestamente y morir dignamente en este mundo precario que los humanos hemos construido como aplazamiento es inevitable hacer pol&iacute;tica. La pol&iacute;tica es, en efecto, la construcci&oacute;n colectiva de las condiciones materiales, institucionales, jur&iacute;dicas, sociales, de todo aplazamiento.
    </p><p class="article-text">
        A la doctrina que considera que lo peor es siempre lo m&aacute;s verdadero, que el mal es inevitable, que la muerte es la verdad de la vida, la llamamos &ldquo;realismo&rdquo;. El realismo suele ser necr&oacute;filo y, como la sed de inmortalidad, es m&aacute;s frecuente entre los ricos; y si se da entre las clases medias, adquiere enseguida un matiz epistemol&oacute;gico elitista. Quiero decir que hay un realismo de derechas y un realismo de izquierdas y que los dos consideran que en pol&iacute;tica (y no digamos en geopol&iacute;tica) el momento verdadero es el de la violencia, el del poder desnudo, el de la guerra como comadrona o motor de la Historia. Como les ocurre a los budistas y a los m&iacute;sticos respecto de la vida, tanto el realismo de derechas como el realismo de izquierdas consideran la democracia y el derecho una simple sombra sin sustancia o, por lo menos, un velo hip&oacute;crita que encubre el monstruo que, sin saberlo nosotros, gobierna siempre nuestra existencia colectiva.
    </p><p class="article-text">
        El realismo de derechas se expresa de dos maneras distintas seg&uacute;n la posici&oacute;n que se ocupe en el organigrama del poder. Est&aacute;n, por un lado, los que lo tienen (el poder) y fabrican la realidad (la verdad verdadera) con mucho dinero, muchas armas, muchos cr&iacute;menes. En la c&uacute;spide de esa pir&aacute;mide est&aacute; hoy Trump, que es naranja y mentiroso, que bailotea y se pavonea y ama los abalorios y que est&aacute; aterrorizado por su propia muerte, pero que hace gala de un realismo implacable cada vez que, secuestrando o matando presidentes, bombardeando escuelas, expulsando inmigrantes, establece una relaci&oacute;n de identidad inmediata, sin mediaciones ni distancias, entre su poder y la realidad. Luego est&aacute;n los que, con menos poder, se acomodan en este mundo afectando lucidez desenga&ntilde;ada. Acomodarse a la realidad fabricada mediante la violencia por un poder superior injusto, en lugar de luchar contra &eacute;l, es lo que llamamos &ldquo;cinismo&rdquo;, que es, por cierto, lo contrario de la &ldquo;hipocres&iacute;a&rdquo;. Ese es el caso, por ejemplo, de nuestra presidenta de la Comisi&oacute;n europea, Ursula von der Leyen, quien hace unos d&iacute;as desencaden&oacute; una pol&eacute;mica con declaraciones de un abominable realismo. Dijo, por ejemplo: &ldquo;Escuchar&aacute;n diferentes puntos de vista sobre si el conflicto en Ir&aacute;n es una guerra elegida o una guerra necesaria.
    </p><p class="article-text">
        Pero creo que este debate, en parte, no capta la esencia. Europa debe centrarse en la realidad de la situaci&oacute;n, para ver el mundo tal como es hoy&ldquo;. <em>Tal como es hoy</em> es tal y como Trump, Putin y Netanyahu lo han hecho, y tal y como ella misma cooper&oacute; a hacerlo apoyando (junto a buena parte de los miembros de la UE) el genocidio israel&iacute; en Gaza. No hay &rdquo;diferentes puntos de vista&ldquo; sobre Ir&aacute;n, indiferentes desde el punto de vista de la verdad verdadera de las bombas arrojadas sobre Teher&aacute;n; hay dos opciones no relativizables: o Derecho internacional o nihilismo universal. Es cierto que, presionada por la opini&oacute;n p&uacute;blica, Von der Leyen luego ha rectificado; es decir, ha regresado desde el nov&iacute;simo cinismo a la vieja hipocres&iacute;a. Yo lo prefiero as&iacute;, pero ahora ya sabemos todos lo que piensa y lo que, en una relaci&oacute;n de fuerzas favorable, podr&iacute;a llegar a hacer con Europa.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto al realismo de izquierdas, se alegra de que Trump haya desenmascarado a los hip&oacute;critas y haya expuesto el poder desnudo del capitalismo imperial sin velos ni eufemismos. Sus adeptos declaran en realidad lo mismo que la presidenta de la Comisi&oacute;n: &ldquo;Esto es lo que hay&rdquo;. Es decir, se burlan de esa media mayor&iacute;a que sigue pensando en t&eacute;rminos de aplazamiento, de manera que reconocen el poder desnudo de Trump (y la realidad que fabrica) sin medios para oponerse a &eacute;l. Como no los tienen, apuestan por los subpoderes que, en esta batalla verdadera, parecen oponer resistencia al imperialismo estadounidense. Se muestran, por tanto, geopol&iacute;ticamente &ldquo;realistas&rdquo;: coquetean con Putin, defienden a Maduro y justifican el r&eacute;gimen iran&iacute;. Est&aacute;n de acuerdo con Trump en que nada de instituciones democr&aacute;ticas y nada de Derecho internacional y nada de Uni&oacute;n Europea: todo debe decidirlo la fuerza (que no tenemos). El realismo de derechas crea la realidad; el de izquierdas la denuncia. El realismo de izquierdas, &iquest;no es igualmente displicente con los pueblos, pero mucho m&aacute;s fantasioso?
    </p><p class="article-text">
        Por eso, frente al realismo necr&oacute;filo debemos defender la idea de aplazamiento, y ello con los medios a nuestro alcance (no con los del proletariado internacional ni con los del ej&eacute;rcito sovi&eacute;tico). Hace unos d&iacute;as, para ilustrar los cambios producidos en el mundo en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas y la debilidad de las izquierdas, pronunci&eacute; en p&uacute;blico una frase que hizo re&iacute;r a los presentes. Dije que &ldquo;hoy Bad Bunny es nuestro Ch&eacute; Guevara, Pedro S&aacute;nchez nuestro Salvador Allende y el Vaticano nuestro komintern&rdquo;. Apenas si exageraba. Podemos lamentar este desplazamiento o no. Lo que no podemos hacer es perder un minuto en sospechar de la frivolidad capitalista de Bad Bunny, en recordar los cr&iacute;menes de la Inquisici&oacute;n o en denunciar las pudibundeces socialdem&oacute;cratas del gobierno espa&ntilde;ol. A estas fuerzas (el gancho de la cultura popular, la voz de un papa antitrumpista y el prestigio internacional de un gobernante europeo contra corriente) hay que sumar esas virtuales mayor&iacute;as sociales anti-realistas que piden vida y no muerte, y paz y no guerra, y mundo y no realismo. Con estos mimbres tendremos que intentar obtener un nuevo aplazamiento: eso que llamamos vida, democracia y derecho, cuya fragilidad no las hace menos verdaderas sino, al contrario, m&aacute;s necesarias y, por eso mismo, m&aacute;s necesitadas de nuestra inteligencia, nuestro compromiso y nuestra audacia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/realismo_129_13072972.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Mar 2026 21:01:47 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/7f46d16a-1cc5-4283-8b4d-d6c7caa09312_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="12117367" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/7f46d16a-1cc5-4283-8b4d-d6c7caa09312_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="12117367" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Contra el realismo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/7f46d16a-1cc5-4283-8b4d-d6c7caa09312_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Donald Trump,Vladímir Putin,Derecha,Izquierda]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Podremos perdonar a Chomsky?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/podremos-perdonar-chomsky_129_12976156.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0f82dce2-ee0a-4f54-bb91-0ed037dbfd4a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Podremos perdonar a Chomsky?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La inteligencia es adicta al poder porque el poder aumenta la inteligencia; el sexo es adicto al poder porque el poder multiplica y somete los objetos del deseo; la codicia es adicta al poder porque el poder reproduce la riqueza. El poder puede y lo puede todo</p><p class="subtitle">La mujer de Chomsky, sobre su relación con Epstein: “Fue un grave error, y pido disculpas por ello en nombre de los dos”</p></div><p class="article-text">
        No tengo ni tino ni fuerzas para abordar los millones de documentos que componen el caso Epstein, pero su propia inabordable dimensi&oacute;n (que deber&iacute;a volvernos m&aacute;s prudentes) ha generado ya un efecto pol&iacute;tico devastador: la idea de una &eacute;lite transversal (empresarios, diplom&aacute;ticos, acad&eacute;micos, cient&iacute;ficos, pr&iacute;ncipes) corrompida por el poder, en una imagen en la que no s&oacute;lo es imposible distinguir a un primer ministro de un profesor sino a un c&oacute;mplice pederasta de un simple comensal. Es la &ldquo;decadencia general de Occidente&rdquo;, noci&oacute;n que s&oacute;lo puede convenir al fascismo y sus estandartes, muchos de los cuales, por cierto, comparecen como protagonistas en una lista que, sin los cr&iacute;menes de Epstein, ser&iacute;a apenas el almanaque de Gotha del siglo XXI.
    </p><p class="article-text">
        Pero no voy a hablar de esto. Confieso que me ha producido una enorme zozobra la revelaci&oacute;n de los v&iacute;nculos -al parecer de confianza- entre Epstein y Chomsky. Insistamos de nuevo: Noam Chomsky no ha cometido ning&uacute;n crimen, se sent&oacute; a la mesa del magnate, se aloj&oacute; en uno de sus apartamentos de Mahattan e intercambi&oacute; con &eacute;l, tras su primera condena, algunos mensajes que nos generan desaz&oacute;n. En una declaraci&oacute;n del pasado 7 de febrero, su esposa Valeria enmarca esta relaci&oacute;n amistosa en el marco de una consulta financiera privada y de una serie de encuentros acad&eacute;micos y atribuye la buena disposici&oacute;n de Chomsky hacia el financiero a su &ldquo;buena fe&rdquo; y su &ldquo;car&aacute;cter confiado&rdquo;, lamentando no haber sabido expresar con m&aacute;s contundencia su solidaridad con las v&iacute;ctimas. No s&eacute;. Ya no tiene remedio. A los 97 a&ntilde;os, sumergido en las tinieblas de un ictus, sin capacidad para defenderse por s&iacute; mismo, el gran ling&uuml;ista y activista es un &iacute;dolo ca&iacute;do. Es injusto e inevitable. Como escrib&iacute;a Manuel Jabois, hay que entender la amistad &ldquo;como pacto fr&aacute;gil entre biograf&iacute;as incompletas&rdquo;, como un roce en la oscuridad entre dos desconocidos. Pero si uno de esos desconocidos comete horrendos cr&iacute;menes en la habitaci&oacute;n de al lado, no hay manera de mantener la puerta cerrada. &iquest;Se puede querer a un monstruo? S&iacute;. &iquest;Te puede caer bien un asesino? Sin duda. Pero ese Chomsky, quiz&aacute;s el m&aacute;s humano, el m&aacute;s fr&aacute;gil, el m&aacute;s parecido a nosotros, no puede ser ya nuestro compa&ntilde;ero intelectual ni nuestro referente moral.
    </p><p class="article-text">
        Esta idea me produce una pena inconsolable, aumentada por la ilusi&oacute;n literaria de &ldquo;conocer&rdquo; a Chomsky. Llevo casi cincuenta a&ntilde;os leyendo, tanto al ling&uuml;ista revolucionario como al intelectual comprometido contra el imperio estadounidense. En los a&ntilde;os 80 del siglo pasado, cuando vi la grabaci&oacute;n del debate que hab&iacute;a mantenido con Foucault en octubre de 1971, el franc&eacute;s me hipnotiz&oacute; con su amoralidad postmoderna, Chomsky me convenci&oacute; con su universalidad ilustrada. Fue esta universalidad contra la irracionalidad, la violencia y el c&aacute;lculo depredador, siempre apoyada en un minucioso conocimiento de los detalles del poder, la que nutri&oacute; el anti-imperialismo de dos generaciones de izquierdistas en todos los rincones del planeta.
    </p><p class="article-text">
        Es verdad que no siempre estuve de acuerdo con &eacute;l; unas veces porque yo era m&aacute;s leninista que anarquista; otras, sobre todo en la &uacute;ltima d&eacute;cada, porque me pareci&oacute; cegado por el poder de Washington, lo que le impidi&oacute; reconocer (como le reprocha Yassin al-Haj Saleh en el caso de la Siria de los Assad) otras fuentes aut&oacute;ctonas de mal y de injusticia. Pero Chomsky, cada vez m&aacute;s viejo, cada vez m&aacute;s combativo, cara incusa, luminosa, del inteligent&iacute;simo y malvad&iacute;simo Kissinger, se hab&iacute;a ganado con su obra y su generosidad militante una muerte limpia y una despedida multitudinaria, sin m&aacute;culas ni reservas.
    </p><p class="article-text">
        Arist&oacute;teles dec&iacute;a con raz&oacute;n que ninguno puede decir que ha tenido una buena vida hasta el momento de su muerte, porque es el &uacute;ltimo gesto el que define y resume toda la existencia; el gesto a partir del cual, por as&iacute; decirlo, se juzga el conjunto de lo vivido. Por eso conviene morir joven, en un momento de plenitud o de belleza; y por eso, a medida que se envejece, el peligro de meter la pata y de arruinar la vida entera aumenta a&ntilde;o tras a&ntilde;o. Arist&oacute;teles no dec&iacute;a que eso fuese justo; dec&iacute;a que es as&iacute; como ocurren las cosas en el mundo sublunar, donde ning&uacute;n humano est&aacute; libre de peligro; y donde hay que estar tanto m&aacute;s atento cuanto m&aacute;s flaquean nuestras fuerzas para, si es posible, elegir ese &uacute;ltimo gesto definitivo antes de morir. Porque nuestra visi&oacute;n del otro funge siempre a modo de &ldquo;entelequia&rdquo;, un concepto tambi&eacute;n aristot&eacute;lico que no define, como se cree, una construcci&oacute;n quim&eacute;rica o fant&aacute;stica sino esa operaci&oacute;n mental en virtud de la cual tratamos un objeto (o una biograf&iacute;a) como si hubiese sido desde el principio lo que s&oacute;lo llegar&aacute; a ser al final: Napol&eacute;on era ya &ldquo;napole&oacute;nico&rdquo; en sus juegos escolares, san Agust&iacute;n era &ldquo;agustiniano&rdquo; entre los pechos de su madre M&oacute;nica. Los sabios quieren morir como S&oacute;crates, no como Epstein. La historia de Chomsky no es, desde luego, la historia del magnate violador, pero &eacute;ste la contamina hacia atr&aacute;s como una epidemia retrospectiva, de tal manera que el sabio estadounidense, por muy grande que haya sido, ya no podr&aacute; morir como S&oacute;crates. &iquest;No es para llorar de tristeza? &iquest;No nos sacude dolorosamente esta derrota inesperada en el tiempo de descuento?
    </p><p class="article-text">
        La inteligencia es adicta al poder porque el poder aumenta la inteligencia; el sexo es adicto al poder porque el poder multiplica y somete los objetos del deseo; la codicia es adicta al poder porque el poder reproduce la riqueza. El poder puede y lo puede todo. De hecho, muchas veces la inteligencia, el deseo y la codicia no se anticipan a &eacute;l sino que son uno de sus productos, de los que luego se retroalimenta. Siempre tendemos a identificar el poder con la violencia y la intimidaci&oacute;n, ante los que nos inclinar&iacute;amos asustados y complacientes. Ese es s&oacute;lo el poder m&aacute;s d&eacute;bil. En su m&aacute;xima expresi&oacute;n, el poder absorbe con tanta naturalidad en los cuerpos sus propiedades que los poderosos son objetivamente m&aacute;s guapos y sus amantes se enamoran sinceramente de ellos; y son objetivamente m&aacute;s ingeniosos y hacen re&iacute;r sin hipocres&iacute;a; y son objetivamente m&aacute;s generosos y sus regalos nos doblegan afectivamente. Son tambi&eacute;n objetivamente m&aacute;s cultos y la inteligencia se rinde a sus encantos. No estoy seguro, la verdad, de que nosotros no nos hubi&eacute;semos dejado seducir tambi&eacute;n por Epstein si &eacute;l hubiese sentido el menor inter&eacute;s por conquistarnos. Seamos honestos. Tuvimos suerte: nos salv&oacute; ese desinter&eacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Dejemos ahora a un lado la sexualidad y la codicia, dos pasiones que no parece posible reprochar a Chomsky. Chomsky siempre tuvo una virtud: su extraordinaria capacidad para el pensamiento. Y siempre tuvo un defecto: su enorme inteligencia. La inteligencia es abstracta y, por tanto, siempre artificial; une datos, conecta sinapsis, resuelve dilemas l&oacute;gicos y acaba cautiva de s&iacute; misma. Est&aacute; separada de la tierra y de su &eacute;tica pedestre. Por ejemplo: en el famoso debate de 1971 entre Foucault y Chomsky sobre la &ldquo;naturaleza humana&rdquo;, Foucault encarnaba la inteligencia pura, Chomsky el pensamiento com&uacute;n. Pensamiento e inteligencia, en efecto, no son facultades contiguas sino a veces opuestas; por eso Hannah Arendt insist&iacute;a en la facultad de pensar como la &uacute;nica capaz de desactivar las virtudes cegadoras del poder, incluida la de la propia inteligencia, que busca satisfacerse por cualquier v&iacute;a. Chomsky, que pens&oacute; mucho contra el poder, cedi&oacute; a veces a la tentaci&oacute;n de la inteligencia, cuyo mayor acopio, como el de la riqueza, lo detentan los poderosos. A otros, mucho m&aacute;s tontos, nos ha tentado (y cegado) tambi&eacute;n alguna vez. Ahora bien, el pensamiento (inscrito, como la &ldquo;gram&aacute;tica universal&rdquo; chomskiana, en la m&eacute;dula de la condici&oacute;n humana) es, sin embargo, en los hechos, una de las facultades que m&aacute;s raramente se ejercen. Los pobres y subalternos no tienen ni tiempo ni fuerzas; a los ricos y poderosos se lo suele impedir la inteligencia misma, que es un se&ntilde;uelo tan irresistible como el sexo o el dinero y que, al igual que el sexo y el dinero, se concibe a s&iacute; misma aut&oacute;ctona e ilimitada. Es terrible pensar que algunas intermitencias de inteligencia (tangentes, por casualidad, a la vida infame de un criminal carism&aacute;tico) han podido da&ntilde;ar de manera irreparable toda una vida de pensamiento.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Podemos perdonar a Chomsky? S&iacute;, debemos hacerlo. &iquest;Lo podemos admirar? Ya no, y esto es lo que m&aacute;s piedad nos produce; por &eacute;l, s&iacute;, pero sobre todo piedad por nosotros mismos, obligados a medirnos con nuestra propia fragilidad. En todo caso, este desenlace inesperado de una existencia ejemplar nos deja dos aprendizajes fundamentales para los tiempos que corren: debemos ser m&aacute;s compasivos, debemos ser menos admirativos. Cuanto m&aacute;s admiramos m&aacute;s odiamos. Compasi&oacute;n siempre y en todas direcciones; admiraci&oacute;n s&oacute;lo hacia algunas madres valientes y hacia la muerte de S&oacute;crates.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/podremos-perdonar-chomsky_129_12976156.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 09 Feb 2026 20:30:25 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/0f82dce2-ee0a-4f54-bb91-0ed037dbfd4a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="482657" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/0f82dce2-ee0a-4f54-bb91-0ed037dbfd4a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="482657" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[¿Podremos perdonar a Chomsky?]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/0f82dce2-ee0a-4f54-bb91-0ed037dbfd4a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Jeffrey Epstein,Noam Chomsky]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Su moral y la nuestra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/moral_129_12915521.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7463421f-75a3-4b86-b870-a5a93cf6d14d_16-9-discover-aspect-ratio_default_1134503.jpg" width="274" height="154" alt="Su moral y la nuestra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nunca ha sido más necesario que hoy encontrar ese lugar. Porque “situarse” puede querer decir, sí, que “yo me sitúe en el lugar del otro”, donde no suelo estar, pero puede querer decir también que “todos nos situemos en un lugar común”</p></div><p class="article-text">
        Recuerdo que cuando empec&eacute; a volver con regularidad a mi pueblo de adopci&oacute;n, Piedralaves, no me parec&iacute;a bonito. Es verdad que en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, como en tantas otras ciudades de Espa&ntilde;a, tanto los vecinos como el propio Ayuntamiento han puesto especial atenci&oacute;n en la conservaci&oacute;n y reforma de las casas m&aacute;s antiguas, pero lo cierto es que ni siquiera las monta&ntilde;as de Gredos, inalterables desde hace miles de a&ntilde;os, me impresionaban. No era culpa suya. Es que todo lo ve&iacute;a con mis propios ojos, forjados en largas estancias infantiles que hab&iacute;an sedimentado un velo de costumbre. Tuve que recorrer m&aacute;s tarde el pueblo y la sierra en compa&ntilde;&iacute;a de mi mujer, de amigos y visitantes, para sacar a la luz bellezas que siempre hab&iacute;an estado all&iacute;. Tuve que ver el pueblo &mdash;es decir&mdash; con otros ojos para verlo tal y como es.
    </p><p class="article-text">
        Creo que es importante, en general, ver el mundo con otros ojos. &iquest;No es eso lo que queremos decir cuando hablamos de &ldquo;pensamiento situado&rdquo;? Nos situamos en el cuerpo del otro para tratar de ver las cosas como las ve &eacute;l. Sin ning&uacute;n &aacute;nimo caricaturesco, podr&iacute;amos seguir con nuestro ejemplo: Piedralaves en los ojos de un extranjero, Piedralaves en los ojos de un homosexual, Piedralaves en los ojos de un joven parado, Piedralaves en los ojos de una viuda, Piedralaves en los ojos de una camarera. &iquest;Habr&aacute; algo com&uacute;n entre todos estos Piedralaves cu&aacute;nticos y anam&oacute;rficos? &iquest;Habr&aacute; una cierta distancia compartida respecto de la cual los sillares de las casas del barrio del Venero y los piornos amarillos de la Sierra comparezcan con general e indubitable belleza? Recuerdo una escena maravillosa de una pel&iacute;cula de Kurosawa, <em>El perro rabioso</em>, en la que una prostituta de vida asendereada, atrapada en su cuerpo fatal, se ve forzada por las circunstancias a levantar una noche la cabeza, de manera que descubre con sorpresa las estrellas, para las que nunca hab&iacute;a tenido ni tiempo ni mirada; y ese breve &eacute;xtasis le hace reconsiderar su existencia entera. Luego, claro, su &ldquo;situaci&oacute;n&rdquo; se apoderar&aacute; de nuevo de ella, pero en esa grieta ha visto el lugar (tambi&eacute;n lo era para Kant) desde el que una vida vale tanto como otra y desde el que, por tanto, su vida concreta, devaluada y s&oacute;rdida, resultaba insoportable. Al final de <em>Guerra y paz</em>, en una escena muy parecida, un soldado ruso y otro franc&eacute;s, reunidos ante una improvisada hoguera, &ldquo;se ponen de acuerdo&rdquo; cuando levantan al mismo tiempo la cabeza, por encima del hielo blanco, hacia la noche estrellada.
    </p><p class="article-text">
        Nunca ha sido m&aacute;s necesario que hoy encontrar ese lugar. Porque &ldquo;situarse&rdquo; puede querer decir, s&iacute;, que &ldquo;yo me sit&uacute;e en el lugar del otro&rdquo;, donde no suelo estar, pero puede querer decir tambi&eacute;n que &ldquo;todos nos situemos en un lugar com&uacute;n&rdquo;. Carlos Fern&aacute;ndez Liria me corregir&iacute;a: &ldquo;En el lugar de nadie&rdquo;. Y yo estar&iacute;a de acuerdo a condici&oacute;n de que el verbo &ldquo;situarse&rdquo; no perdiera por eso todo su peso corporal. &ldquo;Situarse&rdquo; quiere decir dejar de mirar con los propios ojos, pero no, como Edipo, para quedarse ciego; ni tampoco para mirar con los ojos del otro concreto que tengo delante, cosa necesaria y casi moralmente imperativa. &ldquo;Situarse&rdquo; quiere decir colocar el cuerpo entre todos los cuerpos; pero no en una raz&oacute;n abstracta, cuya imparcialidad se ha revelado tantas veces implacablemente interesada (clasista, racista y patriarcal) sino en un cuerpo com&uacute;n o, si se prefiere, en lo que el cuerpo tiene de com&uacute;n cuando se lo despoja de todas sus particularidades: lo que sienten por igual la prostituta de Kurosawa, el soldado de T&oacute;lstoi y el sujeto racional de Kant cuando contemplan las estrellas: un estremecimiento de humildad radical. Sobre ese estremecimiento debe fundarse una y otra vez eso que yo he llamado &ldquo;&eacute;tica terrestre&rdquo;, contraria al mismo tiempo al identitarismo reaccionario, con sus supremacismos fascistas, y a los delirios del posthumanismo y sus utop&iacute;as de desencarnaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Un momento. &iquest;Todos sentimos lo mismo ante el parpadeo distante de las estrellas en el cielo nocturno? Seg&uacute;n cuenta Hannah Arendt en <em>Los or&iacute;genes del totalitarismo</em>, el imperialista Cecil Rhodes, primer ministro ingl&eacute;s cuyo nombre llev&oacute; durante a&ntilde;os la actual Zimbabue, s&oacute;lo ve&iacute;a en ellas un se&ntilde;uelo para su codicia: cuando levantaba la cabeza sent&iacute;a toda la rabia de no poder conquistarlas tambi&eacute;n. &iquest;Hasta d&oacute;nde o hasta qui&eacute;n debemos &ldquo;situarnos&rdquo;? Dec&iacute;amos: &ldquo;Piedralaves en los ojos de un homosexual&rdquo; o &ldquo;Piedralaves en los ojos de un parado&rdquo; o &ldquo;Piedralaves en los ojos de una viuda con diabetes&rdquo;. Y desde luego: &ldquo;las estrellas en los ojos de una prostituta y en los ojos de Kant&rdquo;, como un lugar de encuentro &ldquo;universal&rdquo;. Pero podr&iacute;amos tambi&eacute;n decir: las estrellas en los ojos de Rhodes. O Marte en los ojos de Musk. O Groenlandia en los ojos de Trump. Esa es la cuesti&oacute;n. Cuando nos &ldquo;situamos&rdquo; en el cuerpo com&uacute;n comprendemos de pronto que tambi&eacute;n &eacute;l est&aacute; hoy en disputa geof&iacute;sica; que tambi&eacute;n el lugar que todos compartimos y desde el que podr&iacute;amos elaborar una &eacute;tica terrestre &ldquo;universal&rdquo; es objeto de codicia particular. Eso significa, a mi juicio, dos cosas. La primera: que ese lugar existe y que hay que defenderlo. La segunda y m&aacute;s terrible: que est&aacute; siendo atacado por tierra, mar y aire y que para defenderlo, me temo, no bastar&aacute; con nombrar la verdad, el bien y la belleza.
    </p><p class="article-text">
        Pese a que se me describ&iacute;a de esa manera en una entrada antigua de la Wikipedia, no soy trotskista. Siento una gran simpat&iacute;a por el antiestalinismo de los trostkistas y por su solidaridad internacionalista, pero siempre me irrit&oacute; el t&iacute;tulo de una de las obras de Trotsky: &ldquo;Su moral y la nuestra&rdquo;, en la que, denunciando muy justamente el &ldquo;farise&iacute;smo burgu&eacute;s&rdquo;, acaba &ldquo;situando&rdquo; la &uacute;nica moral&nbsp;reivindicable en los cuerpos de la clase obrera. No, no hay &ldquo;su&rdquo; moral y la &ldquo;nuestra&rdquo;. Si es &ldquo;su&rdquo; moral, no es moral; si es la &ldquo;nuestra&rdquo;, es igualmente inmoral. Hemos o&iacute;do estos d&iacute;as al trotskista Trump jactarse de su criminal acci&oacute;n en Venezuela con una frase muy &ldquo;situacionista&rdquo;: mis &uacute;nicos l&iacute;mites, ha declarado, son &ldquo;mi mente&rdquo; y &ldquo;mi moral&rdquo;. Es decir, la verdadera v&iacute;ctima de las tropel&iacute;as de Trump (y de Putin y Netanyahu, entre otros) no son Venezuela, Ir&aacute;n o Groenlandia: es el cuerpo com&uacute;n de la humanidad, nuestra &uacute;nica y &uacute;ltima defensa.
    </p><p class="article-text">
        Nadie deber&iacute;a seguir a los monstruos por ese camino de relativismo elitista. Hay una distancia respecto de la cual, en compa&ntilde;&iacute;a de otros, las piedras de Piedralaves y los piornos de su Sierra son siempre bellos. Y hay un cuerpo com&uacute;n desde el cual el dolor de un trabajador, de un homosexual, de una mujer maltratada, de un ucraniano, de un palestino, son intolerables para la &eacute;tica terrestre. Ese es el lugar que los nuevos imperialistas quieren realmente colonizar y destruir, como condici&oacute;n para poder apropiarse tambi&eacute;n del petr&oacute;leo y de las tierras raras. La batalla contra el fascismo es la batalla contra los que son incapaces de sentir y pensar ante las estrellas lo mismo que una prostituta, un soldado raso y un fil&oacute;sofo. La batalla contra el fascismo es la batalla contra los que nos quieren encerrar, como al ciego Edipo, en nuestros propios cuerpos. Esa batalla ya no se puede evitar; y nadie se puede escamotear. Parafraseando un t&iacute;tulo de Howard Zinn: nadie es neutral frente a un cielo estrellado.
    </p><p class="article-text">
        O Rhodes o todos los dem&aacute;s.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/moral_129_12915521.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Jan 2026 21:49:41 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/7463421f-75a3-4b86-b870-a5a93cf6d14d_16-9-discover-aspect-ratio_default_1134503.jpg" length="79657" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/7463421f-75a3-4b86-b870-a5a93cf6d14d_16-9-discover-aspect-ratio_default_1134503.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79657" width="274" height="154"/>
      <media:title><![CDATA[Su moral y la nuestra]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/7463421f-75a3-4b86-b870-a5a93cf6d14d_16-9-discover-aspect-ratio_default_1134503.jpg" width="274" height="154"/>
      <media:keywords><![CDATA[Donald Trump,Estados Unidos,Filosofía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Legalizar la corrupción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/legalizar-corrupcion_129_12840579.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/011ff2c3-afea-4f60-a01e-d566e519f789_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Legalizar la corrupción"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Es corrupto el grupo sanitario Ribera, que selecciona a los pacientes pensando en sus beneficios? ¿Es corrupta la empresa que fabrica electrodomésticos de obsolescencia programada? Estas prácticas nos parecen tan normales que llamamos “corrupción” solamente al cumplimiento chapucero del imperativo del máximo beneficio; es decir, a la falta de discreción</p><p class="subtitle">Corrupción</p></div><p class="article-text">
        La corrupci&oacute;n, &iquest;es buena o mala? Depende. En sociedades donde el mercado es d&eacute;bil y el poder pol&iacute;tico fuerte, puede ser una forma alternativa de ejercer la ciudadan&iacute;a. Hannah Arendt dec&iacute;a, por ejemplo, que la corrupci&oacute;n era el &uacute;nico factor humano en la mastod&oacute;ntica, abstrusa e impersonal burocracia sovi&eacute;tica: lo que no se consegu&iacute;a por las v&iacute;as legales se alcanzaba mediante una negociaci&oacute;n personal, cuerpo a cuerpo, con el funcionario de turno, v&iacute;ctima tambi&eacute;n del sistema, el cual pod&iacute;a incluso acabar despertando nuestra simpat&iacute;a, y ello hasta el punto de asistir a nuestra boda o apadrinar a nuestros hijos. En sociedades desguarnecidas, la humanidad solo encuentra refugio en la irregularidad: la &ldquo;mordida&rdquo;, el &ldquo;baksheesh&rdquo;, el &ldquo;<em>pot-de-vin</em>&rdquo; limitan por abajo el poder absoluto del Estado.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;amos decir entonces que, frente a ese modelo, all&iacute; donde el mercado est&aacute; desarrollado y el poder es democr&aacute;tico, la corrupci&oacute;n tender&iacute;a a desaparecer o a presentarse solo como un fen&oacute;meno residual que acusar&iacute;a menos al sistema que a individuos aislados de moral degradada. As&iacute; deber&iacute;a ser. Ahora bien, el problema es que no hay muchos pa&iacute;ses donde esta ecuaci&oacute;n funcione de verdad. Hemos dejado felizmente atr&aacute;s el modelo sovi&eacute;tico (mercado d&eacute;bil y poder dictatorial), pero para consagrar otro en el que mercado y poder sencillamente se funden y en el que, por eso mismo, la corrupci&oacute;n no tiende a desaparecer sino a legalizarse. Ese modelo no se llama democracia; se llama capitalismo, cuya expresi&oacute;n neoliberal consiste justamente en formalizar una relaci&oacute;n directa, sin apenas intermediarios, no entre seres humanos situados en posiciones desiguales, no, sino entre una minor&iacute;a poderosa y la riqueza colectiva.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En una sociedad capitalista de mercado, la corrupci&oacute;n se inscribe, pues, en el horizonte de los valores vigentes; es decir, es de car&aacute;cter espont&aacute;neamente econ&oacute;mico. Todo el mundo acepta, en efecto, la funcionalidad mercantil de esa corrupci&oacute;n estructural. &iquest;Es corrupto el grupo sanitario Ribera, que selecciona a los pacientes pensando en sus beneficios? &iquest;Es corrupta una farmac&eacute;utica que grava legalmente los precios de una vacuna o de un tratamiento contra la malaria en un pa&iacute;s pobre? &iquest;Es corrupta la empresa que fabrica electrodom&eacute;sticos de obsolescencia programada? &iquest;O la f&aacute;brica de armas que reparte cad&aacute;veres entre sus accionistas? Estas pr&aacute;cticas nos parecen tan normales que llamamos &ldquo;corrupci&oacute;n&rdquo; solamente al cumplimiento <em>chapucero</em> del imperativo del m&aacute;ximo beneficio; es decir, a la falta de discreci&oacute;n. En el orden pol&iacute;tico, por eso mismo, forma parte de estos valores comunes considerar la corrupci&oacute;n con un cierto fatalismo resignado y destructivo: todos los poderosos lo hacen, de lo que se trata es de que no les pillen. A casi nadie le ha parecido mal, por ejemplo, que Pablo Gallart, el CEO del Hospital de Torrej&oacute;n, se dedicara a hacer su escandaloso trabajo; lo escandaloso es la conversaci&oacute;n grabada que lo desvel&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la Espa&ntilde;a de 2025, esta traducci&oacute;n de la l&oacute;gica del mercado al juego pol&iacute;tico es muy evidente: no nos preocupa el enriquecimiento il&iacute;cito sino el enriquecimiento il&iacute;cito de nuestros rivales pol&iacute;ticos y no porque sea il&iacute;cito sino porque son nuestros rivales pol&iacute;ticos: lo que es moralmente disculpable en los &ldquo;nuestros&rdquo; es moralmente imperdonable en los &ldquo;vuestros&rdquo;. Que estos son nuestros valores lo demuestra el hecho de que el desplazamiento del voto por esta causa ha sido siempre muy escaso en nuestro pa&iacute;s. Los dos grandes partidos han perdido pocas elecciones como consecuencia de la corrupci&oacute;n o, en todo caso, si las han perdido ha sido por los pelos y solo provisionalmente. En Espa&ntilde;a, s&iacute;, los ciudadanos penalizamos poco una corrupci&oacute;n que es end&eacute;mica y, m&aacute;s a&uacute;n, sist&eacute;mica. Est&aacute; inscrita en el ADN del r&eacute;gimen del 82 fundado por Felipe Gonz&aacute;lez y en la Transici&oacute;n pol&iacute;tica hacia el neoliberalismo que &eacute;l capitane&oacute;. Eso que llamamos neoliberalismo, de hecho, no es otra cosa que la legalizaci&oacute;n de la picaresca espa&ntilde;ola (que en nuestro pa&iacute;s fue siempre cosa de &eacute;lites y no de clases populares) a trav&eacute;s de la privatizaci&oacute;n de los recursos p&uacute;blicos. No nos equivoquemos: la corrupci&oacute;n es compatible con la democracia, como lo son todos los pecados (y todos los cr&iacute;menes) humanos; lo que no es compatible es esta forma de corrupci&oacute;n. Como estamos viendo, la manipulaci&oacute;n pol&iacute;tica de la fusi&oacute;n entre mercado y poder, en efecto, acaba por resquebrajar la c&uacute;pula institucional que cubre las verg&uuml;enzas del mercado.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto a las privatizaciones, insisto, son el instrumento mediante el cual se garantiza la relaci&oacute;n directa entre las &eacute;lites y la riqueza general. La corrupci&oacute;n en la asfixiante URSS era sin duda m&aacute;s democr&aacute;tica y m&aacute;s humana. Bajo el capitalismo neoliberal la corrupci&oacute;n se ha desplazado del &aacute;mbito del intercambio, propio del modelo sovi&eacute;tico, al de las finanzas, donde uno se puede enriquecer convirtiendo legalmente a un enfermo de c&aacute;ncer en una vaca lechera. Sea como fuere, al igual que en la vieja URSS, la corrupci&oacute;n ahorra burocracia. En la URSS se la ahorraba a los ciudadanos; en las sociedades de mercado a los poderosos. En la URSS la burocracia era el enemigo de los ciudadanos; en democracia es el enemigo de nuestras &eacute;lites.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo grave de las privatizaciones, en todo caso, no es la corrupci&oacute;n econ&oacute;mica, sino la moral o, si se quiere, la antropol&oacute;gica. Porque, como en la antigua URSS, afecta a toda la poblaci&oacute;n. Lo que el neoliberalismo corrompe, s&iacute;, y de la manera m&aacute;s radical, hasta el mism&iacute;simo tu&eacute;tano, es el concepto mismo de &ldquo;valor&rdquo;. La mayor degradaci&oacute;n imaginable que pueden sufrir ciertas cosas, ciertos bienes, ciertas criaturas, es su conversi&oacute;n en mercanc&iacute;as. Recordemos una vez m&aacute;s la consabida oposici&oacute;n entre valor y precio: si se pone precio a un r&iacute;o, a un &aacute;rbol, a un cuerpo humano, pierden inmediatamente su valor. Y se vuelven, por eso mismo, vulnerables. Hace unos d&iacute;as le&iacute;a una interesante conversaci&oacute;n entre Thomas Picketty, el conocido profesor de la escuela de Econom&iacute;a de Par&iacute;s, gran estudioso de la desigualdad, y Michael Sandel, profesor de filosof&iacute;a pol&iacute;tica de la universidad de Harvard y autor de un famoso libro contra la meritocracia. Los dos, obviamente, est&aacute;n de acuerdo en la necesaria desmercantilizaci&oacute;n de ciertos sectores nucleares (sanidad y educaci&oacute;n, por ejemplo), pero mientras que Picketty insiste en el hecho de que esa desmercantilizaci&oacute;n, por el momento vigente en Europa, es econ&oacute;micamente m&aacute;s eficaz, Sandel a&ntilde;ade un elemento, si se quiere, &eacute;tico y cultural: mercantilizar la salud y la educaci&oacute;n, dice, implica desvalorizar radicalmente la vida humana y el saber universal; y desvalorizar, por tanto, el trabajo -y la vocaci&oacute;n- de m&eacute;dicos y profesores.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una sociedad democr&aacute;tica puede sobrevivir a incendios, danas, matanzas; y hasta a la G&uuml;rtel y a &Aacute;balos. A lo que no puede sobrevivir es a la desvalorizaci&oacute;n de los ciudadanos. Ni a la politizaci&oacute;n de la justicia, que es m&aacute;s o menos lo mismo.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/legalizar-corrupcion_129_12840579.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Dec 2025 20:33:39 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/011ff2c3-afea-4f60-a01e-d566e519f789_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="8629526" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/011ff2c3-afea-4f60-a01e-d566e519f789_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="8629526" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Legalizar la corrupción]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/011ff2c3-afea-4f60-a01e-d566e519f789_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Corrupción,Privatizaciones,Felipe González,Capitalismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En torno a una frase de MAR]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/torno-frase-mar_129_12752485.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bfde83fb-a8d4-4def-8db4-88f7e2d702ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1388y550.jpg" width="1200" height="675" alt="En torno a una frase de MAR"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"No es un delincuente. Es un español que ha querido llegar a un acuerdo con Hacienda y Hacienda no se lo ha permitido”. Mediante esta contrariedad entre delincuencia y españolidad, la frase convoca una vez más el fantasma de la anti-España, una de las señas de identidad de nuestro trumpismo nacional</p><p class="subtitle">La verdad, un obstáculo para el dogma</p></div><p class="article-text">
        En su reciente comparecencia como testigo ante el Tribunal Supremo, Miguel &Aacute;ngel Rodr&iacute;guez, jefe de gabinete de D&iacute;az Ayuso, pronunci&oacute; estas frases memorables: &ldquo;No es un delincuente. No es un defraudador. Es un espa&ntilde;ol que ha querido llegar a un acuerdo con Hacienda y Hacienda no se lo ha permitido&rdquo;. Se refer&iacute;a a Alberto Gonz&aacute;lez Amador, compa&ntilde;ero sentimental de la presidenta de Madrid, promotor de la denuncia contra el fiscal general e imputado, a su vez, por varios delitos contra la Hacienda p&uacute;blica &mdash;causa indisociable de la trampa judicial tendida a &Aacute;lvaro Garc&iacute;a Ortiz&mdash;.
    </p><p class="article-text">
        Esta frase, como bien <a href="https://www.eldiario.es/escolar/mentiras-miguel-angel-rodriguez-gonzalez-amador-juicio-fiscal-general_132_12741938.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ha explicado Ignacio Escolar</a> en este mismo diario, contiene una mentira flagrante. Pero dice tambi&eacute;n algunas verdades sobre el perfil ideol&oacute;gico de MAR y sobre la &eacute;poca en que vivimos.
    </p><p class="article-text">
        La primera <em>verdad</em> salta a la vista: es la contenida en la oposici&oacute;n entre &ldquo;delincuencia&rdquo; y &ldquo;espa&ntilde;olidad&rdquo;. &ldquo;No es un delincuente&rdquo;, dice MAR, &ldquo;es un espa&ntilde;ol&rdquo;, como si todos los delincuentes fueran extranjeros y, aun m&aacute;s, como si ser espa&ntilde;ol fuese una garant&iacute;a de honestidad, decencia y virginidad penal. Esta oposici&oacute;n, se entender&aacute;, implica un racimo de silogismos concomitantes: si s&oacute;lo los extranjeros delinquen, el gobierno que impide negociar a un nativo espa&ntilde;ol, inocente por definici&oacute;n, es un gobierno delictivo y, por lo tanto, extranjero; o &mdash;al rev&eacute;s&mdash; es un gobierno extranjero y, por lo tanto, delictivo. O por lo menos ileg&iacute;timo. As&iacute; que mediante esta contrariedad entre delincuencia y espa&ntilde;olidad la frase convoca una vez m&aacute;s el fantasma de la anti-Espa&ntilde;a, una de las se&ntilde;as de identidad de nuestro trumpismo nacional. El tropo de MAR opera, pues, en varios niveles: como apolog&iacute;a de Gonz&aacute;lez Amador, como acusaci&oacute;n a Garc&iacute;a Ortiz, como denuncia del Gobierno mismo y, si se me apura, como advertencia: contra una izquierda que no es &ldquo;espa&ntilde;ola&rdquo; y que ha cometido el imperdonable delito de querer gobernar, viene a decir MAR, todo est&aacute; permitido, incluso &mdash;o sobre todo&mdash; la mentira.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero la declaraci&oacute;n citada contiene otra <em>verdad</em> m&aacute;s sutilmente amenazadora. Veamos. Ning&uacute;n lector ignora lo que el propio MAR sabe: que se puede ser espa&ntilde;ol y cometer un delito; y que se puede cometer un delito sin dejar de ser espa&ntilde;ol. Aun m&aacute;s, se puede cometer un delito sin <em>ser</em> un delincuente. De hecho, esta sutileza es la que sostiene todo el armaz&oacute;n del derecho penal democr&aacute;tico. En castellano tenemos dos verbos cuya diferencia se expresa en otras lenguas por otras v&iacute;as: &ldquo;ser&rdquo; y &ldquo;estar&rdquo;, con los que nombramos la distinci&oacute;n entre una condici&oacute;n y un estado o, si se prefiere, entre una identidad y una situaci&oacute;n. Es verdad que la vida es un &ldquo;estado&rdquo;, pero dura lo suficiente como para que nos empe&ntilde;emos en introducir en ella el &ldquo;ser&rdquo;: &ldquo;estamos&rdquo; vivos, pero &ldquo;somos&rdquo; humanos. Ling&uuml;&iacute;sticamente tendemos a esencializar nuestras peripecias, para tratar as&iacute; de detener la inestabilidad un poco angustiosa de la existencia; de ah&iacute; que procuremos una y otra vez separar lo que nos define de lo que sencillamente nos ocurre. Se &ldquo;es&rdquo; espa&ntilde;ol y se &ldquo;est&aacute;&rdquo; de pie o sentado; se &ldquo;es&rdquo; alegre y se &ldquo;est&aacute;&rdquo; hoy de mal humor. La ambig&uuml;edad, sin embargo, es tan grande que el lenguaje coloquial muchas veces duda. &iquest;&ldquo;Somos&rdquo; calvos o &ldquo;estamos&rdquo; calvos? &iquest;&ldquo;Somos&rdquo; o &ldquo;estamos&rdquo; solteros? Por eso conviene mantenerse alerta y, en caso de vacilaci&oacute;n, apostar siempre por los verbos de estado para recordar de ese modo la mutabilidad y perfectibilidad del ser humano. La diferencia entre la derecha y la izquierda tiene que ver tambi&eacute;n con la inclinaci&oacute;n mayor o menor a usar el verbo &ldquo;ser&rdquo;; cabe decir que parte del malestar de la extrema derecha se fundamenta, en realidad, en su rechazo del verbo &ldquo;estar&rdquo;: &iquest;se &ldquo;es&rdquo; o se &ldquo;est&aacute;&rdquo; mujer? &iquest;Se &ldquo;es&rdquo; o se &ldquo;est&aacute;&rdquo; espa&ntilde;ol? &iquest;Se &ldquo;es&rdquo; o se &ldquo;est&aacute;&rdquo; pobre?
    </p><p class="article-text">
        En el caso del Derecho, esta apuesta por el verbo &ldquo;estar&rdquo; es crucial. La frase de MAR habr&iacute;a sido excelente desde todos los puntos de vista si se hubiese formulado de esta manera: &ldquo;Gonz&aacute;lez Amador no es un delincuente, es un hombre que ha cometido un delito&rdquo;. Extranjero o espa&ntilde;ol, nadie &ldquo;es&rdquo; un delincuente. Podr&iacute;amos decir que &ldquo;estamos&rdquo; delincuentes en el acto de violar la ley, pero nunca antes o despu&eacute;s del delito. &ldquo;Antes&rdquo; del delito no &ldquo;somos&rdquo; delincuentes porque no estamos predeterminados a delinquir; es la llamada &ldquo;presunci&oacute;n de inocencia&rdquo;, una ficci&oacute;n protectora que exige que nadie pueda ser prejuzgado en virtud de una condici&oacute;n o identidad anterior o, valga decir, que obliga a presentar pruebas del delito, renunciando a valorar nuestros actos a partir de las cosas que &ldquo;somos&rdquo; (espa&ntilde;oles o chinos, blancos o negros, hombres o mujeres). Ahora bien, &ldquo;despu&eacute;s&rdquo; del delito tampoco &ldquo;somos&rdquo; delincuentes porque, incluso si se prueba nuestra culpabilidad y se nos condena, la pena no est&aacute; concebida, o no deber&iacute;a estarlo, como castigo sino como v&iacute;a de rehabilitaci&oacute;n y reinserci&oacute;n social: si no estoy condenado a cometer un primer delito, mi primer delito no me condena tampoco a reincidir (salvo porque muchas veces, como ocurre en EEUU, los tribunales y las c&aacute;rceles est&aacute;n pensadas precisamente para eso).
    </p><p class="article-text">
        Nadie &ldquo;es&rdquo; delincuente, ni siquiera a fuerza de reincidir. Es cierto que el castellano esencializa las profesiones (&ldquo;soy escritor&rdquo; o &ldquo;soy soldador&rdquo;, como si uno estuviese, en efecto, soldado a su soplete) y no menos cierto que podr&iacute;a ocurrir, por ejemplo, que un alunicero detenido muchas veces por la polic&iacute;a acabe interiorizando con orgullo sus transgresiones al modo de un oficio, como es el caso del famoso Ni&ntilde;o Juan, arrestado ciento veinte veces y al que podemos imaginar imprimiendo una tarjeta en la que figure bajo su nombre su vocaci&oacute;n: &ldquo;maestro alunicero&rdquo;. Pero incluso al Ni&ntilde;o Juan habr&aacute; que concederle una oportunidad m&aacute;s si es que queremos proteger nuestra inocencia de la arbitrariedad y la dictadura. No nos hagamos ilusiones: el Mal sin duda existe, m&aacute;s entre los ricos que entre los aluniceros, pero el Derecho no se ha inventado para evitar o castigar el Mal (dos cosas imposibles) sino para proteger la normalidad. Y para eso &mdash;para no acabar siendo v&iacute;ctimas de un poder totalitario&mdash; hay que tratar el Mal <em>como si fuese</em> tambi&eacute;n &eacute;l reparable. El Derecho entra&ntilde;a, s&iacute;, un riesgo grande: el de dejar escapar a un malvado. Pero su abolici&oacute;n entra&ntilde;a uno mucho mayor,&nbsp;pues sin &eacute;l todos podemos ser tratados como malvados por igual.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        MAR, hombre inteligent&iacute;simo que no da puntada sin hilo, sab&iacute;a muy bien que la oposici&oacute;n delincuencia/espa&ntilde;olidad ten&iacute;a que formularse as&iacute;, en t&eacute;rminos esencialistas. No pod&iacute;a decir &ldquo;Alberto no ha cometido ning&uacute;n delito&rdquo; porque s&iacute; lo ha cometido (seg&uacute;n &eacute;l mismo ha reconocido) y porque s&iacute; cabe imaginarse a Alberto (o a cualquier otro) cometiendo un delito. Es m&aacute;s dif&iacute;cil imaginarse, en cambio, a un hombre blanco, joven, bien trajeado, rico, &ldquo;siendo&rdquo; un delincuente. Un consagrado imaginario clasista y racista, en efecto, asocia la delincuencia &mdash;y el verbo &ldquo;ser&rdquo;&mdash; con ciertos rasgos, ciertas etnias y cierta situaci&oacute;n social: el Ni&ntilde;o Juan, por ejemplo, encaja mejor en ese rubro, como los inmigrantes o los musulmanes. En la frase de MAR todo concurre, pues, a este efecto ret&oacute;rico: el de evocar un mundo en el que, haga lo que haga, un tipo como Gonz&aacute;lez Amador no puede &ldquo;ser&rdquo; jam&aacute;s un delincuente y en el que los que s&iacute; lo &ldquo;son&rdquo; deben ser tratados sin derecho y sin compasi&oacute;n, incluidos los miembros y partidarios del gobierno &ldquo;social-comunista&rdquo; de Pedro S&aacute;nchez.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que por debajo de la mentira de MAR asoma al menos la puntita de algo a&uacute;n m&aacute;s peligroso para la democracia: la sombra del as&iacute; llamado &ldquo;derecho penal del enemigo&rdquo;. Es lo propio de los reg&iacute;menes dictatoriales. Es el modelo de Trump en el Caribe. De Netanyahu en Gaza. De Putin en Rusia. De Bukele en El Salvador. De Erdogan en Turqu&iacute;a. Etc&eacute;tera, etc&eacute;tera, etc&eacute;tera.
    </p><p class="article-text">
        En esa peque&ntilde;a, riqu&iacute;sima frase de MAR est&aacute; contenida, ay, la nueva Espa&ntilde;a y el nuevo mundo al que quiere conducirnos el trumpismo global.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/torno-frase-mar_129_12752485.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 08 Nov 2025 20:56:09 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/bfde83fb-a8d4-4def-8db4-88f7e2d702ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1388y550.jpg" length="342735" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/bfde83fb-a8d4-4def-8db4-88f7e2d702ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1388y550.jpg" type="image/jpeg" fileSize="342735" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[En torno a una frase de MAR]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/bfde83fb-a8d4-4def-8db4-88f7e2d702ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1388y550.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Miguel Ángel Rodríguez,Fiscal General del Estado,Juicios,Justicia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Batalla cultural y guerra de religión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/batalla-cultural-guerra-religion_129_12681913.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/788024ff-d54d-4442-97b1-f596720d793a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Batalla cultural y guerra de religión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué podemos hacer los ateos de izquierdas? Dos cosas. Una, tener razón, declarar que ésa no es nuestra batalla y abandonar el mundo que queremos transformar o, al menos, conservar. La otra, aceptar un campo de batalla que ni deseamos ni predijimos </p></div><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as le&iacute;a una larga entrevista a Douglas Wilson, un evangelista presbiteriano que defiende la teocracia como esa forma natural de gobierno que EEUU habr&iacute;a abandonado bajo las corruptoras presiones liberales (woke) y a la que tendr&iacute;a que volver ahora para &ldquo;no enojar a Dios&rdquo;. Eso implicar&iacute;a, claro, sustituir la Constituci&oacute;n por la Biblia y los Diez Mandamientos y redactar leyes en contra del aborto (&ldquo;peor que la esclavitud&rdquo;), los cambios de sexo, el adulterio y la homosexualidad, tal y como reclamar&iacute;a, seg&uacute;n &eacute;l, la mayor&iacute;a entusiasta del pueblo estadounidense. Vale la pena <a href="https://www.nytimes.com/2025/10/09/opinion/doug-wilson-america-religion-theocracy.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">leer el texto</a> entero por tres motivos. El primero porque Wilson argumenta con desenvoltura sus disparates, mucho m&aacute;s elaborados de lo que el caricaturesco resumen anterior puede hacer creer. Los otros dos son a&uacute;n m&aacute;s decisivos. El inter&eacute;s de la entrevista, en efecto, reside en que se ha publicado en <em>The New York Times</em>, el medio liberal m&aacute;s prestigioso del mundo; y en que su contraparte es Ross Douthat, un conocido columnista que, en este caso, aborda a su interlocutor en su condici&oacute;n de cat&oacute;lico. Es decir, <em>The New York Times </em>da visibilidad a un pastor fan&aacute;tico cuya existencia ni siquiera habr&iacute;a nombrado hace diez a&ntilde;os, pero al que reconoce ahora una &ldquo;influencia creciente&rdquo; en la nueva dirigencia trumpista; y decide, adem&aacute;s, enfocar el encuentro en el marco discursivo del invitado, no como un debate entre laicismo y religi&oacute;n, no, sino como un conflicto entre dos versiones diferentes de la doctrina cristiana o, si se prefiere, como una &ldquo;batalla religiosa&rdquo;. Estas dos concesiones dicen mucho acerca del nuevo esp&iacute;ritu de la &eacute;poca.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;Es acertado y leg&iacute;timo definir la Historia como &ldquo;la historia de la lucha de clases&rdquo;, a condici&oacute;n de a&ntilde;adir que las clases -y los individuos- nunca se presentan a la batalla completamente desnudos. Es absurdo se&ntilde;alar la &ldquo;batalla cultural&rdquo; como la novedad de nuestro tiempo. Todas las batallas han sido siempre &ldquo;culturales&rdquo;: no nos matamos por los recursos sino por los nombres que esos recursos reciben. Una de las maldiciones maravillosas de nuestra condici&oacute;n es que los humanos no distinguimos bien entre las palabras y las cosas. Por eso, las palabras no son s&oacute;lo coberturas o fundas enga&ntilde;osas que nos separar&iacute;an de la materialidad de la existencia; son, por as&iacute; decirlo, <em>nuestras </em>cosas y no hay, por tanto, nada abstracto o ilusorio en disputarlas. Las palabras forman parte tambi&eacute;n de nuestras cosas de comer, de nuestros recursos materiales, de esa tierra nutricia sin la cual no podemos sostenernos en pie. Todas las guerras y revoluciones revelan enseguida esta dimensi&oacute;n simb&oacute;lica, como lo prueba la obsesi&oacute;n semi&oacute;tica por renombrar las cosas (o conservar sus nombres) desde el poder o contra el poder. Puede decirse, s&iacute;, que todas las batallas materiales son en s&iacute; mismas batallas culturales y, en consecuencia, contienen por eso mismo una potencial vertiente religiosa. La novedad hoy es que esa vertiente religiosa ha pasado a dominarlo todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace veinte a&ntilde;os, por ejemplo, Charles Taylor pod&iacute;a escribir un libro titulado '<em>A secular age'</em> ('Una era secular'), en el que se describ&iacute;a una sociedad occidental regida por instituciones y pr&aacute;cticas completamente laicas: &ldquo;En nuestras sociedades &rdquo;seculares&ldquo;, uno puede participar plenamente en la pol&iacute;tica sin encontrarse jam&aacute;s con Dios&rdquo;, escribe, y ello hasta el punto de que, al contrario de lo que ocurr&iacute;a en siglos anteriores, ese encuentro ni siquiera se produce en &ldquo;los escasos momentos asociados a los rituales supervivientes&rdquo;: las fiestas, las bodas, las ceremonias habr&iacute;an quedado, en efecto, desacralizadas para siempre. Pocos libros, me temo, han envejecido tan deprisa. Porque el desprestigio creciente de la democracia, en la &uacute;ltima d&eacute;cada, ha sido correlativo a un represtigio de la religi&oacute;n (y, a&uacute;n peor, de las supercher&iacute;as complotistas y los negacionismos cient&iacute;ficos).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De este proceso inesperado se ocupa el &uacute;ltimo, brillante y turbador documental de la cineasta brasile&ntilde;a Petra Costa, '<a href="https://filemoon.to/e/q47p0r7bxrgl/2024_Apocalipse_nos_Tr_picos.mp4" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Apocalipsis en los tr&oacute;picos</a>', que comienza con el fervor democr&aacute;tico volcado en la fundaci&oacute;n de Brasilia en los a&ntilde;os 60 del siglo pasado y acaba con la tentativa de golpe de Estado de Bolsonaro en enero de 2023. &iquest;Qu&eacute; ha pasado en estos a&ntilde;os en Brasil y en el mundo? Algo muy extra&ntilde;o, dice Costa: antes las revoluciones se hac&iacute;an para que nadie, ni siquiera Dios, gobernase en lugar del pueblo; ahora los pueblos se rebelan para que Dios gobierne en su lugar. En Brasil son los evangelistas, que constituyen el 30% de la poblaci&oacute;n, los que auparon a Bolsonaro a la presidencia; en Israel los jud&iacute;os supremacistas mesi&aacute;nicos ,los que sostienen a Netanyahu; en EEUU, una alianza de evangelistas libertarianos y cat&oacute;licos reaccionarios, los que moldean el triunfo de Trump. Los tres (pero tambi&eacute;n Putin en Rusia o Modi en la India) fundamentan su legitimidad, y la de sus cr&iacute;menes, en discursos abiertamente religiosos. Cre&iacute;amos que los islamismos radicales del mundo musulm&aacute;n de finales del siglo XX eran supervivencias nefastas del pasado; eran, en realidad, la vanguardia de la nov&iacute;sima &ldquo;batalla cultural&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Podemos relacionar esta batalla religiosa, sin duda, con la lucha de clases, comprenderla como inseparable de las desigualdades del capitalismo, los terrores apocal&iacute;pticos del cambio clim&aacute;tico y la inseguridad tecnol&oacute;gica, pero eso no nos exime de darla. Es muy triste ese momento de la pel&iacute;cula de Costa en el que Lula (que ha reprochado al socialismo hist&oacute;rico su desprecio de la religi&oacute;n, pero que no se muestra dispuesto a hacer concesiones) se da cuenta de que est&aacute; a punto de perder la segunda vuelta de las elecciones y se resigna, contra sus principios, a utilizar un lenguaje religioso, a dirigir una carta a la comunidad evangelista e incluso a acudir a una iglesia pentecostalista en busca del apoyo de los creyentes. &ldquo;Hace veinte a&ntilde;os&rdquo;, dice Costa, &ldquo;Lula se dirigi&oacute; a los banqueros; ahora a los evangelistas&rdquo;. La &uacute;nica otra alternativa era dejar Brasil en manos de Silas Malafaia y sus secuaces antivacunas, hom&oacute;fobos y neoliberales.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; podemos hacer los ateos de izquierdas? Dos cosas. Una, tener raz&oacute;n, declarar que &eacute;sa no es nuestra batalla y abandonar el mundo que queremos transformar o, al menos, conservar. La otra, aceptar un campo de batalla que ni deseamos ni predijimos y tratar de apoyarnos en -y apoyar a- los que siguen luchando en favor de un poco de democracia y un poco de igualdad, aunque crean en Dios y se casen por la Iglesia. La elecci&oacute;n no es hoy entre socialismo o barbarie (el Che Guevara y, digamos, Kissinger) ni tampoco entre revoluci&oacute;n o reforma (el Che Guevara y Allende); es, si se me apura, entre supervivencia y fascismo. La elecci&oacute;n es entre Douglas Wilson y Ross Douthat, entre Silas Malafaia y Henrique Vieira, entre Carlo Mar&iacute;a Vigan&oacute; y el papa Prevost. Si algo retrata el estado del mundo y los estrechos m&aacute;rgenes en los que tenemos que movernos es la paradoja de que el actual Gobierno espa&ntilde;ol sea objetivamente uno de los mejores del planeta y la religi&oacute;n m&aacute;s progresista resida en el Vaticano, donde la herencia de Francisco, seg&uacute;n hemos visto estos d&iacute;as, sigue viva, al menos en materia de inmigraci&oacute;n, derechos sociales y derechos humanos.
    </p><p class="article-text">
        La buena noticia es que en esa batalla cultural tambi&eacute;n tenemos c&oacute;mplices y compa&ntilde;eros. La mala es que, del mismo modo que vamos perdiendo la lucha de clases, vamos perdiendo tambi&eacute;n la guerra de religi&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/batalla-cultural-guerra-religion_129_12681913.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Oct 2025 20:23:58 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/788024ff-d54d-4442-97b1-f596720d793a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="879193" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/788024ff-d54d-4442-97b1-f596720d793a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="879193" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Batalla cultural y guerra de religión]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/788024ff-d54d-4442-97b1-f596720d793a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Religión,Iglesia,Ultracatólicos,evangélicos,Donald Trump]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Gaza gana La Vuelta a España]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/gaza-gana-vuelta-espana_129_12605136.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5d39eab2-3569-4b45-9742-4bb4ab846457_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Gaza gana La Vuelta a España"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El domingo pasado muchos –muchos– españoles de izquierdas nos acostamos, por primera vez en mucho tiempo, muy contentos. Tuvimos la sensación de que esa pequeña victoria cambiaba el “tono vital”, profundamente depresivo y paralizador, de los últimos años</p><p class="subtitle">Una lección de dignidad en La Vuelta</p></div><p class="article-text">
        Confieso que siempre me ha gustado el ciclismo. Sigue siendo, de hecho, uno de mis deportes favoritos. En el Tour de Francia segu&iacute; la nueva batalla entre el eslovenio Poga&ccedil;ar, siempre extravagante e imprevisible, y el dan&eacute;s Vingegaard, dos veces ganador de la carrera francesa, m&aacute;s fr&iacute;o y calculador. Tambi&eacute;n he seguido la Vuelta; me he emocionado con la victoria en Cerler de Ayuso (el ciclista, no la presidenta despiadada) y la rivalidad entablada entre el propio Vingegaard, finalmente vencedor, y el valiente portugu&eacute;s Almeida (el ciclista, no el alcalde sionista). 
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que todos los d&iacute;as arrancaba un ratito a la siesta y al trabajo para ver el final de la etapa. A partir de la de Figueres, cuando cinco personas (entre ellas una amiga m&iacute;a), interrumpieron el paso de los corredores en protesta por la politizaci&oacute;n israel&iacute; de la Vuelta, empez&oacute; a ocurrirme una cosa extra&ntilde;a. O, mejor, dicho, una cosa normal. Todas las sobremesas acud&iacute;a a la pantalla con el deseo de ver un brillante duelo cicl&iacute;stico y con el deseo, mucho mayor, de no llegar a verlo. Con ganas de carrera y con ganas m&aacute;s intensas de que de nuevo la interrumpiesen. Yo mismo acud&iacute; a Robledo de Chavela el pasado d&iacute;a 13, a la salida de la pen&uacute;ltima etapa, con una bandera palestina y este doble &aacute;nimo: el de ver pasar por primera vez en mi vida al pelot&oacute;n y el de parar la carrera. Al d&iacute;a siguiente, en Madrid, eso es lo que hicieron miles de ciudadanos a los que les gustaba sin duda el ciclismo, que admiraban a Vingegaard y a Almeida, pero que consideraron que a veces hay que renunciar a un peque&ntilde;o placer para tratar de aplacar un dolor inmenso.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es tan dif&iacute;cil de entender? &iquest;No se puede amar el ciclismo y odiar el genocidio? El d&iacute;a 27 de agosto, en la quinta etapa, cinco personas valientes pusieron en marcha una contagiosa cascada de conciencia que veinte jornadas m&aacute;s tarde, enhebrando Galicia, Asturias, Cantabria, el Pa&iacute;s Vasco y Castilla y Le&oacute;n, llev&oacute; a una afirmaci&oacute;n multitudinaria de dignidad ciudadana. Lo explica muy bien mi amigo Curb en su &uacute;ltima entrega: no sabemos qu&eacute; peque&ntilde;o gesto de coraje puede sacudir una impotencia colectiva de a&ntilde;os, pero alguien ten&iacute;a que atreverse para que fuera deseable, normal y necesario sumarse despu&eacute;s a las protestas.
    </p><p class="article-text">
        No se puede decir nada nuevo sobre la relaci&oacute;n entre la pol&iacute;tica y el deporte. Podemos hablar, claro, del doble rasero de las instituciones deportivas internacionales que excluyen la participaci&oacute;n de los deportistas rusos en las competiciones mientras imponen (&iexcl;imponen, s&iacute;!) la de los israel&iacute;es. Ya sabemos cu&aacute;n &iacute;ntimamente se enredan la pureza deportiva y los intereses espurios, pol&iacute;ticos o econ&oacute;micos. Pero en este caso, me parece, las protestas contra el genocidio israel&iacute;, en realidad, estaban orientadas menos a boicotear un espect&aacute;culo deportivo que a ponerlo a salvo de las injerencias pol&iacute;ticas de Israel. Lo que le est&aacute;bamos diciendo a los organizadores de la Vuelta era: no politic&eacute;is el ciclismo; no lo mezcl&eacute;is, por favor, con el asesinato de 18.000 ni&ntilde;os. Y le est&aacute;bamos diciendo a Netanyahu y a su compinche Sylvan Adams: no met&aacute;is vuestras sucias manos manchadas de sangre entre las ruedas de las bicis de nuestros campeones favoritos; no quer&aacute;is hacernos c&oacute;mplices, mientras admiramos el trabajoso ascenso al Angliru, de vuestros cr&iacute;menes intolerables. En realidad, nuestras protestas no han pretendido politizar el deporte; todo lo contrario: han tratado de preservar la limpieza de la Vuelta a Espa&ntilde;a y de sus esforzados corredores.
    </p><p class="article-text">
        Otra cuesti&oacute;n es la que tiene que ver precisamente con los &ldquo;esforzados corredores&rdquo;. Algunos, como Vingegaard, comprendieron las protestas, pero ninguno, en todo caso, abandon&oacute; el pelot&oacute;n. Nunca reprochar&iacute;a a ninguno de ellos no haber hecho ese gesto. Lo que no me gusta es que se use como argumento, de manera parad&oacute;jica, su &eacute;xito y su dinero. Quiero decir que, en los &uacute;ltimos meses, de manera recurrente, ha surgido la pol&eacute;mica: &iquest;debe un cantante famoso, una actriz famosa, un deportista famoso comprometerse en defensa de los ni&ntilde;os palestinos? &ldquo;Yo solo canto&rdquo;, &ldquo;yo solo hago televisi&oacute;n&rdquo;, &ldquo;yo solo pedaleo&rdquo;, como si hubiese alg&uacute;n oficio que nos eximiese del ejercicio de la ciudadan&iacute;a com&uacute;n. Miento. Hay s&oacute;lo dos: ni los jueces ni los militares deben hacer pol&iacute;tica en el ejercicio de sus funciones. Pero, &iquest;por qu&eacute; pedirle menos a un personaje p&uacute;blico que a un fontanero, a un contable, a un alba&ntilde;il o a un traductor? &iquest;No habr&iacute;a, al contrario, que pedirles m&aacute;s? No voy a reprochar a los ciclistas de la Vuelta que no abandonaran la carrera en solidaridad con Gaza; se tienen que ganar, es verdad, la vida, y est&aacute;n maniatados por contratos a veces leoninos. Ahora bien, &iexcl;cu&aacute;nto m&aacute;s los habr&iacute;a admirado si hubiesen sido capaces de hacer ese gesto que, a lo largo de la historia, tantas veces han hecho los peque&ntilde;os, los pobres, los vencidos!
    </p><p class="article-text">
        La Vuelta, dir&iacute;a, no la ha ganado Vingegaard. Vingegaard ha sido s&oacute;lo el tercero. La ha ganado Gaza; despu&eacute;s todos los espa&ntilde;oles que repudiamos los cr&iacute;menes de Israel. Pero, &iquest;ha servido realmente de algo parar la Vuelta? Esta tarde, mientras escribo estas l&iacute;neas, otros veinte ni&ntilde;os han muerto bombardeados en Gaza; y m&aacute;s bien hay que temer que Netanyahu apueste por bombardear tambi&eacute;n la Moncloa que por detener el genocidio. &iquest;Ha servido, pues, para algo?
    </p><p class="article-text">
        Lo he dicho otras veces: llevamos dos a&ntilde;os grabando v&iacute;deos, poniendo tuits, escribiendo art&iacute;culos en favor de los palestinos, con una sensaci&oacute;n humillante y descorazonadora de inutilidad total. O incluso de utilidad s&oacute;lo personal. A una amiga muy querida que me planteaba este dilema (el de participar o no en una performance contra el genocidio) yo le respond&iacute;a, con ganas de justificar de alg&uacute;n modo mi propia impotencia, que los gazat&iacute;es est&aacute;n muriendo en un mundo paralelo al que no tienen acceso ni los periodistas ni la ayuda alimentaria, pero en el que s&iacute; entran las noticias. Ninguna noticia exterior salvar&aacute; la vida de un palestino ni evitar&aacute; un nuevo bombardeo o una nueva expulsi&oacute;n. Pero el &uacute;nico asidero moral que les resta a los palestinos (y esos asideros morales, en una situaci&oacute;n desesperada, son tan materiales como un trozo de pan), el &uacute;nico asidero moral que les resta a los palestinos, digo, es la atenci&oacute;n solidaria del mundo. Saber en camino a una Flotilla que nunca llegar&aacute; a su destino o enterarse de la interrupci&oacute;n de una carrera ciclista en Espa&ntilde;a de la que los gazat&iacute;es no ten&iacute;an ni idea hasta ayer, no es una cosa balad&iacute;. Ser&iacute;a terrible que los palestinos, en la tregua entre dos bombas, tendiesen el o&iacute;do al mundo y s&oacute;lo escuchasen, como los muertos, un silencio atronador. 
    </p><p class="article-text">
        En el caso de la Vuelta, adem&aacute;s, esta peque&ntilde;a victoria refleja y determina un doble giro, institucional y colectivo. Sin duda da p&aacute;bulo a la violencia pol&iacute;tica de la derecha, que ya est&aacute; tratando de identificar, una vez m&aacute;s, al Gobierno de S&aacute;nchez con el &ldquo;terrorismo&rdquo; de Ham&aacute;s y de ETA), pero tambi&eacute;n refuerza la tendencia cada vez m&aacute;s valiente de la Moncloa, que ha encontrado en la denuncia del genocidio un respiradero y una batalla de car&aacute;cter &ldquo;universal&rdquo;. Las protestas en favor de los palestinos durante La Vuelta, que S&aacute;nchez apoy&oacute; p&uacute;blicamente, le obligan ahora a tomar m&aacute;s medidas contra Israel y a presionar tambi&eacute;n a sus socios europeos.
    </p><p class="article-text">
        En cuanto al giro colectivo, conviene ser prudentes a la hora de valorar el alcance de lo ocurrido, pero el domingo pasado muchos &ndash;muchos&ndash; espa&ntilde;oles de izquierdas nos acostamos, por primera vez en mucho tiempo, muy contentos. Tuvimos la sensaci&oacute;n de que esa peque&ntilde;a victoria cambiaba el &ldquo;tono vital&rdquo;, profundamente depresivo y paralizador, de los &uacute;ltimos a&ntilde;os. La pol&iacute;tica, y m&aacute;s en plena efervescencia del fascismo, se decide siempre por el &ldquo;tono vital&rdquo; de los que la sufren y eventualmente la hacen. Es ese &ldquo;tono vital&rdquo; a lo que ahora hay que darle continuidad, en favor de Gaza y en favor de nuestras propias esperanzas locales. &iquest;Se lograr&aacute; mantener ese latido? Necesitamos &ldquo;minor&iacute;as audaces&rdquo;, como dice Curb, para activar la cascada, pero hay que tener cuidado para que no ocurra, una vez m&aacute;s, que los mismos que, con un gesto disruptivo, cambian el &ldquo;tono vital&rdquo; de mucha gente, acaben &ldquo;sectarizando&rdquo; una causa &eacute;tica y transversal que nos ata&ntilde;e a todos. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/gaza-gana-vuelta-espana_129_12605136.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Sep 2025 20:11:39 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/5d39eab2-3569-4b45-9742-4bb4ab846457_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="2145545" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/5d39eab2-3569-4b45-9742-4bb4ab846457_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="2145545" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Gaza gana La Vuelta a España]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/5d39eab2-3569-4b45-9742-4bb4ab846457_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Vuelta a España]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Arabia Saudí en Jumilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/arabia-saudi-jumilla_129_12534872.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/96f011a5-b4bc-4dee-870c-e97d6e418242_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Arabia Saudí en Jumilla"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Vox y el PP han elegido las únicas tradiciones e identidades que violan los derechos humanos. Son también, por desgracia, tradiciones e identidades muy “españolas”: las expulsiones, los autos de fe, la pureza de sangre, la Inquisición</p></div><p class="article-text">
        La reciente moci&oacute;n del ayuntamiento de Jumilla, presentada por Vox y revisada y apoyada por el PP, no busca defender nuestras &ldquo;tradiciones&rdquo; y nuestra &ldquo;identidad&rdquo;; constituye en s&iacute; misma el ejercicio de una antigua e inquietante &ldquo;tradici&oacute;n&rdquo; espa&ntilde;ola y de una de las m&aacute;s ancestrales y peligrosas &ldquo;identidades&rdquo; nacionales. No pretende preservar &ldquo;nuestro pa&iacute;s&rdquo; de influencias extranjeras; es ya la manifestaci&oacute;n en acto de uno de los pa&iacute;ses &ldquo;aut&eacute;nticos&rdquo; que este pa&iacute;s lleva dentro, un pa&iacute;s que cre&iacute;amos haber dejado atr&aacute;s para siempre y que vuelve ahora, f&uacute;nebre y seco, para meternos el miedo en el alma.
    </p><p class="article-text">
        En 1566, una c&eacute;dula real &ndash;o &ldquo;pragm&aacute;tica&rdquo;&ndash; prohibi&oacute; las expresiones culturales de los moriscos espa&ntilde;oles. Ya en 1499, incumpliendo el compromiso de las Capitulaciones de Granada, Cisneros hab&iacute;a impuesto la conversi&oacute;n forzosa de los musulmanes del reino nazar&iacute; y quemado sus bibliotecas. Luego, durante d&eacute;cadas, la Corona y la Inquisici&oacute;n presionaron sin cesar a los cristianos nuevos, identificando sus pr&aacute;cticas culturales con la traici&oacute;n religiosa y la felon&iacute;a anticastiza. La c&eacute;dula de 1566 fue el colof&oacute;n de una pol&iacute;tica mutiladora orientada a defender la &ldquo;tradici&oacute;n&rdquo; y la &ldquo;identidad&rdquo; cat&oacute;licas, horma de la Castilla imperial que aspiraba a construir una Espa&ntilde;a pura y sin arrugas. A partir de esa fecha, los moriscos tuvieron prohibidas, entre otras cosas, vestir indumentaria &ldquo;ar&aacute;biga&rdquo;, hablar y escribir la lengua &aacute;rabe, celebrar zambras o fiestas tradicionales, usar apellidos o sobrenombres no &ldquo;espa&ntilde;oles&rdquo;, frecuentar los ba&ntilde;os y &ndash;tambi&eacute;n&ndash; cerrar las puertas de sus casas los viernes y los domingos. Esta &uacute;ltima proscripci&oacute;n da toda la medida del fanatismo paranoico de las autoridades, que pretend&iacute;an verificar a ojo desnudo que los moriscos (cuya &ldquo;patria natural&rdquo;, como dec&iacute;a el Ricote cervantino, era Espa&ntilde;a), no observaban en secreto los mandamientos musulmanes y respetaban, en cambio, el d&iacute;a del Dios cristiano. Algunos moriscos, en efecto, fueron denunciados por vecinos vengativos ante la Inquisici&oacute;n por &ldquo;cambiarse de camisa&rdquo; el viernes o por no echar cerdo al cocido el domingo. 
    </p><p class="article-text">
        La c&eacute;dula de 1566 fue una especie de apocalipsis para los moriscos y el umbral de una cat&aacute;strofe sin precedentes para el resto de Espa&ntilde;a. No puede hoy leerse sin un estremecimiento de ternura el Memorial que, en ese a&ntilde;o aciago, elev&oacute; ante el rey Felipe II el morisco Francisco N&uacute;&ntilde;ez Muley. Decano de los moriscos granadinos, N&uacute;&ntilde;ez Muley hab&iacute;a servido en la Corte durante cincuenta a&ntilde;os, tratando siempre de conciliar su fidelidad a la Corona con la defensa de su comunidad de origen, expuesta a crecientes peligros. El Memorial &ndash;que vale la pena leer entero&ndash; hace una apolog&iacute;a muy moderna de la pluralidad y la multiculturalidad, perfectamente compatibles, a su juicio, con &ndash;digamos&ndash; la &ldquo;espa&ntilde;olidad&rdquo; com&uacute;n (que a&uacute;n no exist&iacute;a).
    </p><p class="article-text">
        Usando a veces argumentos relativistas y otros sanitarios, Muley reivindica los usos moriscos, que no da&ntilde;an a nadie y suman su riqueza, viene a decir, a la de los otros pueblos del Reino castellano. Lo que m&aacute;s le duele a Muley es, sin duda, la p&eacute;rdida de su lengua, una lengua, dice, que hablan tambi&eacute;n los cristianos de Egipto, Siria y Malta y que no es, en consecuencia, menos &ldquo;espa&ntilde;ola&rdquo; que el catal&aacute;n o el vascuence; una lengua de la que los moriscos no pueden prescindir sin renunciar a su alma. Este art&iacute;culo de la Ley, dice el morisco, ha sido &ldquo;inventado para nuestra destrucci&oacute;n&rdquo;, con la intenci&oacute;n de provocarnos tantas &ldquo;penas y achaques&rdquo; que &ldquo;de miedo de las penas los naturales dejemos la tierra, y nos vayamos perdidos a otras partes y nos hagamos monf&iacute;es&rdquo; (es decir, ap&aacute;tridas o exiliados). A continuaci&oacute;n, el morisco apela a la empat&iacute;a del cristian&iacute;simo rey: &ldquo;Consid&eacute;rese el segundo mandamiento, y amando al pr&oacute;jimo, no quiera nadie para otro lo que no querr&iacute;a para s&iacute;; que si una sola cosa de tantas como a nosotros se nos ponen por prem&aacute;tica (por ley) se dijese a los cristianos de Castilla o del Andaluc&iacute;a, morir&iacute;an de pesar, y no s&eacute; lo que se har&iacute;an&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Como sabemos, Muley no convenci&oacute; a Felipe II y los moriscos, no pudiendo soportar las &ldquo;penas y achaques&rdquo; de la persecuci&oacute;n, se sublevaron entre 1568 y 1571 en la llamada &ldquo;rebeli&oacute;n de las Alpujarras&rdquo;, que el militar, poeta y humanista Hurtado de Mendoza, encargado de sofocarla, no dud&oacute; en calificar de &ldquo;guerra civil&rdquo; (la primera guerra civil propiamente &ldquo;espa&ntilde;ola&rdquo;). Cuarenta a&ntilde;os despu&eacute;s, ya bajo Felipe III, en 1609, todos los moriscos (en torno a 300.000) fueron expulsados de su &ldquo;patria natural&rdquo; y dispersados por el mundo, una cat&aacute;strofe de la que la pen&iacute;nsula tard&oacute; siglos en recuperarse y de la que Andaluc&iacute;a sigue quiz&aacute;s sin recuperarse; y a la que solo se opusieron las aristocracias terratenientes de Valencia y Arag&oacute;n. Espa&ntilde;a, que hab&iacute;a expulsado a los comerciantes jud&iacute;os, ahora se quedaba sin los &uacute;nicos espa&ntilde;oles que trabajaban la tierra y se precipitaba as&iacute; en una decadencia s&oacute;rdida en la que la pureza de sangre, la cochambre moral y la miseria econ&oacute;mica fueron acompa&ntilde;adas de una violencia permanente contra los otros: ya fueran ind&iacute;genas, herejes o liberales. 
    </p><p class="article-text">
        Esta es la &ldquo;tradici&oacute;n&rdquo; y la &ldquo;identidad&rdquo; que quieren restablecer las derechas espa&ntilde;olas. Vox y el PP quieren expulsar de nuevo a buena parte de los agricultores de Espa&ntilde;a en nombre de la religi&oacute;n. De momento, el ayuntamiento de Jumilla, como hizo la c&eacute;dula real de 1566, les ha prohibido celebrar sus fiestas en los espacios p&uacute;blicos que pagan con sus impuestos. Como se ha se&ntilde;alado, esta medida es grav&iacute;sima porque se&ntilde;ala un precedente del que ser&aacute; dif&iacute;cil volver atr&aacute;s: es el paso &ldquo;cualitativo&rdquo; de la xenofobia latente a la islamofobia oficial; es decir, el paso de la democracia espa&ntilde;ola al casticismo espa&ntilde;ol. La propuesta de Vox era brutalmente expl&iacute;cita; en la redacci&oacute;n final del PP permanecen todos los efectos y sigue respirando la &ldquo;intenci&oacute;n&rdquo;. Se trata de una medida dirigida de forma transparente contra una comunidad; se trata de una medida, verbigracia, &ldquo;religiosa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Es peque&ntilde;a y en apariencia administrativa, pero esta medida, con su radical cambio de l&oacute;gica, contiene ya el embri&oacute;n de un Estado teocr&aacute;tico. Hace a&ntilde;os, cuando Espa&ntilde;a parec&iacute;a relativamente a cubierto de ese peligro (al menos en comparaci&oacute;n con Francia), trat&eacute; de definir en mi libro 'Islamofobia' los materiales de construcci&oacute;n con los que la ultraderecha europea, cada vez m&aacute;s rampante, est&aacute; fabricando el nuevo &ldquo;enemigo interno&rdquo; de Europa (una vez &ldquo;asimilados&rdquo; los jud&iacute;os, en la forma de &ldquo;israel&iacute;es&rdquo;, como colonialistas violentos). All&iacute;, citando al primer liberal de Francia, Benjamin Constant, autor en 1819 de '<em>De la libert&eacute; des Anciens compar&eacute;e &agrave; celle des Modernes</em>', recordaba yo la necesaria identidad org&aacute;nica entre democracia y laicismo. Ahora bien, &iquest;qu&eacute; es un Estado laico o, al menos, aconfesional, como el espa&ntilde;ol? Un Estado que garantiza de manera simult&aacute;nea estas dos cosas: que todas las confesiones religiosas y todas las expresiones culturales pueden expresarse libremente y que ninguna de ellas se apropia y gestiona el aparato del Estado. No se puede perseguir la libre expresi&oacute;n religiosa en nombre de ning&uacute;n valor superior (ni siquiera, como en Francia, en nombre del &ldquo;laicismo&rdquo;), porque, como dec&iacute;a Constant, lo verdaderamente religioso, lo peligrosamente religioso, es siempre la persecuci&oacute;n misma. A escala reducida, la moci&oacute;n del ayuntamiento de Jumilla ha violado las dos condiciones de la democracia y la laicidad: ha emprendido la persecuci&oacute;n de una minor&iacute;a religiosa y lo ha hecho identificando la instituci&oacute;n local con &ldquo;valores&rdquo; e &ldquo;identidades&rdquo; de orden esencialista y religioso. Jumilla es nuestra peque&ntilde;a Arabia Saud&iacute; y Vox, con la complicidad suicida del PP, quiere extender su wahabismo fan&aacute;tico al resto de Espa&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Estoy a favor de todas las tradiciones y todas las identidades compatibles con los Derechos Humanos. Hay muchas donde elegir y todas &ldquo;espa&ntilde;olas&rdquo;: la Misa del Gallo, el futbol&iacute;n, los sanfermines, el adulterio, la hospitalidad, los conflictos vecinales, las verbenas de pueblo, el Orgullo gay, la plurinacionalidad, las despedidas infinitas y un largo etc&eacute;tera. Que cada lector complete la lista a su gusto. Pues bien, Vox y el PP han elegido las &uacute;nicas que s&iacute; los violan (los derechos humanos). Son tambi&eacute;n, por desgracia, tradiciones e identidades muy &ldquo;espa&ntilde;olas&rdquo;: las expulsiones, los autos de fe, la pureza de sangre, la Inquisici&oacute;n. Esa es la batalla que nos toca librar hoy y no, como pretende la ultraderecha, la que distinguir&iacute;a entre una Espa&ntilde;a verdadera y su anti-Espa&ntilde;a; ni siquiera la que enfrentar&iacute;a a dos Espa&ntilde;as eternamente irreconciliables. Nada de eso. Nadie puede decirme en qu&eacute; consiste ser espa&ntilde;ol ni c&oacute;mo se debe vivir en Espa&ntilde;a. Aqu&iacute; lo &uacute;nico que est&aacute; realmente en juego es la diferencia entre democracia y teocracia. 
    </p><p class="article-text">
        Y la democracia, s&iacute;, tiene que ver con esa empat&iacute;a que N&uacute;&ntilde;ez Muley reclamaba al cristian&iacute;simo rey Felipe: imaginad, por favor, las &ldquo;penas y achaques&rdquo; que sentir&iacute;ais si os despojaran de vuestra ropa, de vuestros verbos y de vuestra sopa. La &uacute;nica forma de proteger nuestra diferencia singular y colectiva es proteger la de todos. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/arabia-saudi-jumilla_129_12534872.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 Aug 2025 20:04:29 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/96f011a5-b4bc-4dee-870c-e97d6e418242_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1295982" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/96f011a5-b4bc-4dee-870c-e97d6e418242_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1295982" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Arabia Saudí en Jumilla]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/96f011a5-b4bc-4dee-870c-e97d6e418242_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Islamofobia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Handala]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/handala_129_12495261.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/eed216f9-ee8f-4e4e-942a-926b915bdba7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Handala"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué hacemos esta tarde? Vamos a ver un vídeo de elefantes; vamos a ver la final del Mundial; vamos a ver imágenes de la DANA; vamos a ver morir de hambre a un niño palestino. Miramos y no pasa nada; miramos y no nos pasa nada</p></div><p class="article-text">
        Handala es un ni&ntilde;o palestino de diez a&ntilde;os que desde 1973 da la espalda al mundo adulto que ignora, desprecia o agrava el dolor de su pueblo. Nayi al-Ali, el autor de esta famosa caricatura, ten&iacute;a esa misma edad cuando en 1948 fue expulsado de Al-Shajara, su aldea natal, por los ocupantes sionistas y sus despiadadas pr&aacute;cticas de limpieza &eacute;tnica, resumidas en la ominosa palabra Nakba. Al-Ali muri&oacute; en 1985, en Londres, como suelen morir los palestinos: asesinado. Su personaje, Handala, nombre de una planta de ra&iacute;z dura y amarga, le sobrevivi&oacute; y, en muros, en camisetas, en banderas, en cuadernos escolares, sigue siendo uno de los s&iacute;mbolos m&aacute;s poderosos de la resistencia palestina frente a la violencia israel&iacute; y contra el olvido de los gobiernos, incluidos los de los malditos &ldquo;hermanos&rdquo; &aacute;rabes. 
    </p><p class="article-text">
        En la vi&ntilde;eta Handala est&aacute; vestido, de pie y junta las manos en la espalda en actitud pensativa y compungida. Ya no. Lo veo en una fotograf&iacute;a del 25 de julio sobre un titular que reproduce una declaraci&oacute;n de la ONU: &ldquo;Las personas en Gaza son cad&aacute;veres andantes&rdquo;. En la imagen, Handala est&aacute; todav&iacute;a de espaldas, pero tumbado y desnudo, con los huesos afilados bajo una piel de papel, muerto o a punto de morir de la m&aacute;s lenta y atroz de las muertes: la inanici&oacute;n o, sin ambages, el hambre, contra el que su madre, sentada a su lado, no puede hacer nada. Su muerte no es la consecuencia de una lujosa anorexia o de una cosecha malhadada o de una cat&aacute;strofe natural: es un crimen planificado, premeditado, patol&oacute;gicamente perverso: Israel &ldquo;trabaja&rdquo; a conciencia los cuerpos de los ni&ntilde;os palestinos para que se parezcan a los de las v&iacute;ctimas de Auschwitz. Los &ldquo;trabaja&rdquo;, s&iacute;, y lo hace con esta encarnizada lentitud porque ahora no se trata de matar a Nayi al-Ali (o a una persona concreta o a diez o a mil) sino de hacer desaparecer a Handala mismo o, valga decir, al pueblo palestino.
    </p><p class="article-text">
        Para matar a un ni&ntilde;o hace falta una clase de hero&iacute;smo sobrehumano que casi nadie posee; para matar a un ni&ntilde;o de hambre hay que ser directamente un dios. Matar a un ni&ntilde;o de hambre es matar la ni&ntilde;ez misma, el l&iacute;mite infranqueable donde se salva la humanidad. Hay que ser muy &ndash;muy&ndash; valiente para eso. En 1967, cuando naci&oacute;, Handala a&uacute;n miraba de frente el mundo; tard&oacute; cuatro a&ntilde;os en darse la vuelta, dolido con los mayores que lo hab&iacute;an abandonado. A Handala no le vemos la cara porque no lo merecemos. En el caso del ni&ntilde;o que est&aacute; muriendo de hambre, en cambio, es la madre la que de esa manera protege el &uacute;ltimo aliento de su vida: un ni&ntilde;o enfermo jam&aacute;s debe ser expuesto a la mirada del otro, cuya curiosidad solo puede agravar su mal. Algunas veces he escrito que la verdadera diferencia entre los humanos (pues solapa las dem&aacute;s) es la que los divide entre aquellos que miran y aquellos que son mirados. Occidente siempre ha sido culpable de mirar; es el continente <em>voyeur</em>. Recuerdo el placer malsano, pero comprensible, de un palestino que regresaba una y otra vez en la pantalla del ordenador a las im&aacute;genes del derribo de las Torres Gemelas de Nueva York: &ldquo;por una vez son ellos los que est&aacute;n de ese lado de la pantalla&rdquo;, dec&iacute;a. Pero este caso es una excepci&oacute;n. En general los otros sufren y nosotros miramos. Los habitantes israel&iacute;es de Sderot se llevan la merienda a la colina para ver caer las bombas sobre Gaza, y celebran cada nueva explosi&oacute;n mientras devoran un sandwich pensando gozosamente en el hambre de los gazat&iacute;es. Nuestro nihilismo es menos activo y militante, pero no es irrelevante. &iquest;Qu&eacute; hacemos esta tarde? Vamos a ver un v&iacute;deo de elefantes; vamos a ver la final del Mundial; vamos a ver im&aacute;genes de la DANA; vamos a ver morir de hambre a un ni&ntilde;o palestino. Miramos y no pasa nada; miramos y no nos pasa nada. El mundo antiguo (el de la mitolog&iacute;a griega o hebrea) sab&iacute;a que ciertas miradas merec&iacute;an un castigo: si mirabas la desnudez de los dioses te condenabas. Mirar no deber&iacute;a ser impune. Mirar a un ni&ntilde;o que muere deber&iacute;a costarnos la vida.
    </p><p class="article-text">
        No es verdad que no nos pase nada. Nos pasa. Se nos pudre el alma a todos al mismo tiempo, podredumbre naturalizada que acaba convirti&eacute;ndose en un estado de la civilizaci&oacute;n en el que, por eso mismo, cabe ya &ndash;y aceptamos&ndash; cualquier horror. Para protegernos, a veces decidimos, como Handala, volver la cabeza y no mirarle los andrajos al mundo. No podemos soportar las im&aacute;genes. Pero ese gesto, al contrario que el de Handala, al contrario que el de la madre palestina, no es una acusaci&oacute;n ni una demanda: es sencillamente una claudicaci&oacute;n. As&iacute; que esa es la alternativa de los ciudadanos del continente mir&oacute;n: o el pecado de una mirada impune o el pecado de una ceguera defensiva. 
    </p><p class="article-text">
        Handala es un ni&ntilde;o de 10 a&ntilde;os. Handala es Palestina. <em>Handala</em> es tambi&eacute;n el nombre de un barco que sali&oacute; hace dos semanas de Siracusa con el prop&oacute;sito de romper el bloqueo a Gaza y llevar ayuda a sus habitantes. Fue interceptado este s&aacute;bado en aguas internacionales por el ej&eacute;rcito israel&iacute; y los veinti&uacute;n activistas que viajaban en &eacute;l han sido detenidos y conducidos a Israel. Desde 2010, la llamada Flotilla de la Libertad ha tratado muchas veces de violar el bloqueo impuesto a los gazat&iacute;es; es decir, de hacer valer la ley internacional, que es exactamente lo contrario de &ldquo;violar&rdquo;. La &uacute;ltima, hace apenas un mes, acab&oacute; de la misma manera: el barco <em>Madleen</em>, en el que viajaba Greta Thunberg, fue tambi&eacute;n asaltado y sus pasajeros arrestados y devueltos a sus pa&iacute;ses de origen. Los activistas del <em>Handala </em>ahora detenidos<em> </em>sab&iacute;an, pues, lo que los esperaba; sab&iacute;an que no iban a llegar a puerto; pero sab&iacute;an que, entre el pecado de la mirada impune y el de la ceguera defensiva, hay gestos que surgen de un imperativo &eacute;tico y que, por eso mismo, no resultan jam&aacute;s in&uacute;tiles.
    </p><p class="article-text">
        La madre palestina piensa en su Handala desnudo y hambriento, claro, pero tambi&eacute;n quiz&aacute;s en ese <em>Handala</em> flotante, poblado por extranjeros solidarios que han tratado de llevar comida a su hijo; y quiz&aacute;s se siente un poco menos sola y un poco m&aacute;s humana. Al mismo tiempo, estas iniciativas, no carentes de riesgo (un riesgo desproporcionadamente peque&ntilde;o frente a la atrocidad del genocidio), ponen en dificultad a los gobiernos europeos, c&oacute;mplices mirones que permiten que sus propios ciudadanos sean maltratados por Israel; y a los que hay que exigir que aparten las palabras huecas y, tras garantizar la integridad y libertad de los pasajeros del <em>Handala</em>, interrumpan toda clase de relaciones, comerciales y diplom&aacute;ticas, con el Estado sionista, al que deben imponer adem&aacute;s las sanciones necesarias para aislarlo del mundo civilizado y obligarlo a cumplir la Ley internacional. Entre el pecado de la mirada impune y el de la ceguera funcional, necesitamos muchos <em>Handalas</em>, en el mar y en la tierra, para que los palestinos, en medio de su dolor, se sepan parte del mundo; y para que los gobiernos que pueden  impedir que Israel siga matando se tomen en serio los valores que nombran y patean sin parar.
    </p><p class="article-text">
        No ser&aacute; pronto, pero alg&uacute;n d&iacute;a el peque&ntilde;o Handala de diez a&ntilde;os se dar&aacute; la vuelta de nuevo y no se sentir&aacute; avergonzado de la humanidad. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/handala_129_12495261.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Jul 2025 20:04:48 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/eed216f9-ee8f-4e4e-942a-926b915bdba7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="631419" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/eed216f9-ee8f-4e4e-942a-926b915bdba7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="631419" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Handala]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/eed216f9-ee8f-4e4e-942a-926b915bdba7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Gaza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El selfi nacional]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/selfi-nacional_129_12450343.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9ae7630b-7491-4e59-b54d-20ccbbdbbb25_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El selfi nacional"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Esta España que celebra al mismo tiempo el Rocío, la fiesta del Orgullo LGTBIQA+, el fin del Ramadán y elecciones libres me parece mucho más España que la que quiere imponer Vox con selecciones y expulsiones, a partir de una idea zoológica de la “nación”</p></div><p class="article-text">
        Cada uno de nosotros tiene algo propio <em>(ipse)</em> que, a fuerza de repetirse <em>(idem)</em>, acaba generando una estabilidad en la que nos reconocemos y con la que nos identifican los dem&aacute;s. En l&oacute;gica matem&aacute;tica se llama &ldquo;identidad&rdquo; a la coincidencia del ser consigo mismo: &ldquo;A es igual a A&rdquo;, ecuaci&oacute;n que no es de ninguna manera aplicable a las vidas individuales. Los humanos, en efecto, no somos una idea sino un cuerpo y los cuerpos constituyen en s&iacute; mismos el fracaso cotidiano de la identidad: lo que les es m&aacute;s propio <em>(ipse)</em> es precisamente la analog&iacute;a, el hecho &ndash;es decir&ndash; de que los reconocemos todos los d&iacute;as, pero no son ininterrumpidamente<em> iguales a s&iacute; mismos </em>(porque, por ejemplo, envejecen), y de que, pareci&eacute;ndose los unos a los otros, no pueden, sin embargo, fundirse o resolverse en ning&uacute;n otro cuerpo.
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;nico lugar en el que se puede hablar de &ldquo;identidad individual&rdquo; es el selfi, ese artificio en virtud del cual detenemos el tiempo en el momento en que nos creemos m&aacute;s aut&eacute;nticos y lo convertimos en una imagen (una idea, un <em>idem</em>) que, repetida en las redes, pasa a identificarnos a los ojos de nuestros seguidores y nuestros admiradores. Por eso mismo, una &ldquo;identidad individual&rdquo; apenas es otra cosa que una costra o una pr&oacute;tesis que encubre ese bullicio en el que lo propio y lo ajeno se mezclan sin parar y en el que <em>lo mismo</em> se repite como algo inevitablemente nuevo. En t&eacute;rminos individuales, la identidad es siempre modesta y precaria: lo <em>ipse</em> es el nombre, lo <em>idem</em> la costumbre: &ldquo;me llamo Alfredo y voy al gimnasio dos veces por semana&rdquo;. Mi nombre me inscribe en una historia m&aacute;s larga que mi vida; mis costumbres en una comunidad de afines.
    </p><p class="article-text">
        El concepto de &ldquo;identidad&rdquo; nacional que utiliza en general la derecha (y no digamos el fascismo) no distingue entre <em>ipse</em> e <em>idem</em> ni, por tanto, entre dos cuerpos humanos inscritos en un mismo espacio. Su fuente de inspiraci&oacute;n es la l&oacute;gica (A es igual a A) y, en el terreno de la ciencia, la zoolog&iacute;a. Sirv&aacute;monos de una caricatura un poco antigua. Un entom&oacute;logo provisto de una red persigue una mariposa azul que revolotea sobre los hibiscos; todav&iacute;a no sabe de qu&eacute; especie se trata; para averiguar si es una <em>morpho menelaus</em> o una <em>morpho peleides</em> tiene que atraparla y (seamos un poco crueles) clavarla con un alfiler en un cart&oacute;n. As&iacute;, violentamente detenida en su vuelo, inm&oacute;vil y sin vida, se convierte por fin en ella misma: si su azul es iridiscente, mide 15 cm y posee una larga prob&oacute;scide, estamos ante una <em>menelaus</em>; y el entom&oacute;logo lo sabe precisamente porque estas caracter&iacute;sticas propias se repiten en todos los otros ejemplares que forman parte de la especie. Una <em>menelaus </em>es igual a otra <em>menelaus</em> y, si no es igual, es que no es una <em>menelaus</em> sino, por ejemplo, una <em>peleides</em>, m&aacute;s peque&ntilde;a que la otra y cuyo azul, compuesto de escamas, parpadea en el aire como un espejo. La identidad, digamos, es ese alfiler que atraviesa el cuerpo de una especie, cuyas propiedades (<em>ipse</em>) se repiten de la misma manera (<em>idem</em>) en todos los ejemplares que la componen. Es por eso que podemos reconocerlas y clasificarlas. Es por eso que podemos &ldquo;identificarlas&rdquo;. Las especies tienen &ldquo;identidad&rdquo; porque en ellas, resumamos, lo propio y lo mismo coinciden (casi) plenamente.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Podemos hacer lo mismo con los grupos humanos? Eso es lo que pretenden el racismo, la homofobia y el nacionalismo supremacista; es decir, lo que pretenden los fascistas. Atrapan y clavan en un cart&oacute;n a los racializados y los identifican como <em>negros</em>, id&eacute;nticos entre s&iacute; como lo son todos los ejemplares de <em>melenaus</em> o de <em>peleides</em>; atrapan y clavan en un cart&oacute;n a los homosexuales y los definen en relaci&oacute;n con la naturaleza, como formas patol&oacute;gicas de la humanidad o miembros de otra especie; atrapan y clavan a los espa&ntilde;oles en un cart&oacute;n y les dan una identidad a la que no pueden escapar, so pena de dejar de ser al mismo tiempo humanos y dignos de supervivencia. Lo propio de los negros es la negritud, que produce negros id&eacute;nticos, indiscernibles entre s&iacute;, como lo son dos ejemplares de <em>melenaus</em>; lo propio de los espa&ntilde;oles es la espa&ntilde;olidad, que exige espa&ntilde;oles repetidos, puros y verdaderos, iguales entre s&iacute; e imposibles de confundir con los ingleses o con los <em>peleides, </em>clavados en el cart&oacute;n de al lado. Para reconocer a los espa&ntilde;oles, en todo caso, hace falta atraparlos y clavarlos en un cart&oacute;n: inmovilizarlos y despojarlos de vida. Ese es el gesto fundamental. Los fascistas conciben la identidad como un alfiler o, mejor, como un clavo o, mejor, como un pu&ntilde;al. Clasificar es inmovilizar el revoloteo humano, encima de la mesa, con un golpe de cuchillo.
    </p><p class="article-text">
        El selfi, dec&iacute;amos, es el procedimiento mediante el cual el individuo escoge una idea de s&iacute; mismo y se convierte en su propia especie, reuni&oacute;n de lo propio y de lo mismo. Pues bien, el fascismo es el selfi nacional: escoge el momento &ldquo;verdadero&rdquo; de la historia de Espa&ntilde;a y lo convierte en la imagen repetida o identidad permanente a la que debe someterse el conjunto de la poblaci&oacute;n. Esos &ldquo;momentos verdaderos&rdquo; son, claro, la expulsi&oacute;n de los jud&iacute;os y los moriscos, la llamada Reconquista, el imperio espa&ntilde;ol, el fusilamiento de Riego, el golpe de Estado de Franco. Ese es el selfi de los espa&ntilde;oles y el que no quepa en &eacute;l debe ser perseguido, expulsado y eventualmente destruido. Una se&ntilde;ora de apellido De Meer acaba de anunciar el futuro programa de Vox: la expulsi&oacute;n masiva de millones de inmigrantes que &ndash;sostiene&ndash; hacen irreconocible nuestro pa&iacute;s. Lo ha anunciado sin levantar la voz, con sensata naturalidad, como &uacute;nica manera &ndash;ha dicho&ndash; de defender &ldquo;la identidad espa&ntilde;ola&rdquo; y &ldquo;nuestro derecho a sobrevivir como pueblo&rdquo;. Tengo sesenta y cinco a&ntilde;os y, cuando vuelvo la vista atr&aacute;s, no reconozco, en efecto, mi pa&iacute;s y no reconocerlo me produce tanta alegr&iacute;a que a m&iacute;, que soy t&iacute;mido y pacato, me entran ganas de cantar y bailar, ganas que se me pasan cuando, escuchando a De Meer, vuelvo a reconocerlo y se me encoge el coraz&oacute;n. En cuanto a la &ldquo;identidad espa&ntilde;ola&rdquo;, confesemos que es mucho m&aacute;s f&aacute;cil y apetecible ser espa&ntilde;ol sin ese pu&ntilde;al en el pecho.
    </p><p class="article-text">
        La precaria identidad individual est&aacute; compuesta, he dicho, de nombres y costumbres. Salvo que incurramos en una visi&oacute;n entomol&oacute;gica de las naciones, creo que con la Historia pasa lo mismo. La mayor parte de los espa&ntilde;oles, por ejemplo, tienen nombres mucho m&aacute;s antiguos que la propia Espa&ntilde;a: celtas como Fraga, griegos como Eulogio, hebreos como Isabel, cartagineses como An&iacute;bal, visigodos como Rodrigo, romanos como Julio, &aacute;rabes como Almeida, vascos como Maite, catalanes como Jordi, gallegos como Ant&oacute;n. Ahora tenemos incluso Jessicas y Vanesas y Kevines, que hemos tomado del cine y la televisi&oacute;n. Y tenemos un Lamine Yamal, que marca goles con la camiseta espa&ntilde;ola, y hasta una Roc&iacute;o de Meer, que es tambi&eacute;n espa&ntilde;ola y quiere robarnos todo esto. Tenemos adem&aacute;s seis lenguas co-oficiales, que nos recuerdan la maravilla humana de que cuerpos parecidos hablen lenguas diferentes, cada una de ellas de una riqueza inigualable y, sin embargo, traducibles e inteligibles entre s&iacute;. Nada une tanto como el deseo de traducirse; nada desune tanto como la imposici&oacute;n de la unidad. Como identidad, la de Espa&ntilde;a s&oacute;lo puede ser precaria y dif&iacute;cil; y solo se puede simplificar y universalizar, como ha ocurrido tantas veces, a trav&eacute;s de la tiran&iacute;a y la violencia; es decir, a trav&eacute;s del triaje ideol&oacute;gico de los nombres y las costumbres. Espa&ntilde;a puede ser un pa&iacute;s mejor, m&aacute;s justo y m&aacute;s democr&aacute;tico. Pero siempre ser&aacute; una mala &ldquo;idea&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Durante unos a&ntilde;os, s&iacute;, Espa&ntilde;a ha sido un pa&iacute;s irreconocible; y lo ha sido porque ha cambiado de nombres y de costumbres. La democracia, que despu&eacute;s de todo era una costumbre griega, es compatible con mil formas de comer, de vestirse, de bailar y de follar; y en los Derechos Humanos, que fueron una costumbre francesa, cabe una mir&iacute;ada de diferencias personales y colectivas. No tenemos que elegir entre Espa&ntilde;a y la democracia, entre Espa&ntilde;a y los DDHH, como pretende el fascismo. De ninguna manera. &iquest;Costumbres? Los espa&ntilde;oles tienen la costumbre de ir a misa. Los espa&ntilde;oles tienen la costumbre de ir al Orgullo. Algunos tienen incluso la costumbre de ir a los dos sitios. Esta Espa&ntilde;a que celebra al mismo tiempo el Roc&iacute;o, la fiesta del Orgullo LGTBIQA+, el fin del Ramad&aacute;n y elecciones libres me parece mucho m&aacute;s Espa&ntilde;a que la que quiere imponer Vox con selecciones y expulsiones, a partir de una idea zool&oacute;gica de la &ldquo;naci&oacute;n&rdquo;. No quiero reconocer de nuevo Espa&ntilde;a. No quiero vivir clavado en ese cart&oacute;n. No podemos permitir que la ultraderecha nos robe otra vez la Espa&ntilde;a dif&iacute;cil y la sustituya por ese &ldquo;selfi nacional&rdquo;, escueto y puro, en el que no cabr&aacute;n ni moros ni maricones ni putas ni separatistas ni rojos; ni usted, que lee estas l&iacute;neas; ni yo, que las escribo con la nostalgia ya de estos a&ntilde;os duros, complejos, imperfectos, en los que a&uacute;n no gobierna la ultraderecha. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/selfi-nacional_129_12450343.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 09 Jul 2025 20:41:26 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/9ae7630b-7491-4e59-b54d-20ccbbdbbb25_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1945283" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/9ae7630b-7491-4e59-b54d-20ccbbdbbb25_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1945283" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El selfi nacional]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/9ae7630b-7491-4e59-b54d-20ccbbdbbb25_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Vox,Inmigración]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Fascismo o mafia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/fascismo-mafia_129_12381228.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9cf58e9f-678d-40f7-8e56-daaf95f4e514_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fascismo o mafia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No hay ninguna diferencia entre el PSOE turnista de los barones trileros y el de Pedro Sánchez. Sólo una. Que al PSOE de Pedro Sánchez lo necesitamos para contener al fascismo. Ábalos y Cerdán han echado por tierra la posibilidad misma de esa diferencia</p></div><p class="article-text">
        Todo en los casos &Aacute;balos y Cerd&aacute;n recuerda al PSOE del postrero Felipe Gonz&aacute;lez: la chuler&iacute;a, el desprecio por lo p&uacute;blico, el saqueo de la hacienda com&uacute;n. Su infamia no merece sino el oprobio y la condena general; y, por supuesto, el m&aacute;s severo varapalo de la ley. Su conducta moral, con ser ignominiosa, no es lo peor. Lo peor, en t&eacute;rminos pol&iacute;ticos, es que los dos bandidos han actuado como si el bipartidismo siguiese vigente, como si la democracia temblorosa de estos a&ntilde;os se diese por descontada, como si Espa&ntilde;a, al igual que el resto del mundo, no se escorase a velocidad sideral hacia la ultraderecha. De un zarpazo han deshecho ya el empate ajustad&iacute;simo que nos separa del trumpismo. No hay ninguna diferencia entre el PSOE turnista de los barones trileros y el de Pedro S&aacute;nchez. S&oacute;lo una. Que al PSOE de Pedro S&aacute;nchez lo necesitamos para contener al fascismo. &Aacute;balos y Cerd&aacute;n han echado por tierra la posibilidad misma de esa diferencia.
    </p><p class="article-text">
        El eslogan del PP de la manifestaci&oacute;n del pasado domingo era poco atinado. &iquest;Democracia o mafia? Para muchos de los votantes del PP era m&aacute;s bien desconcertante. &iquest;De qu&eacute; lado estamos nosotros? &iquest;Somos democracia o somos la mafia? &iquest;Pero es que acaso no son lo mismo? Durante d&eacute;cadas, en efecto, las dos cosas eran perfectamente compatibles. Cuatro a&ntilde;os me corrompo yo, cuatro a&ntilde;os te corrompes t&uacute;. Como dec&iacute;a el senador de una vieja pel&iacute;cula de Monicelli, interrogado sobre la corrupci&oacute;n: &ldquo;Pero bueno, &iquest;no me hab&iacute;an votado para eso?&rdquo;. Entre la democracia o la mafia, se escoge, claro, la democracia <em>y</em> la mafia, como siempre. 
    </p><p class="article-text">
        Contra esa ecuaci&oacute;n se pronunciaron los espa&ntilde;oles en 2011 y en 2014 (el 15M y el primer Podemos), y contra esa ecuaci&oacute;n lleg&oacute; S&aacute;nchez al poder en 2018, aupado en una Espa&ntilde;a dif&iacute;cil que, gracias a los nacionalismos perif&eacute;ricos, pudo contener, a trompicones, la rampante avenida de una derecha radicalizada, decidida a todo con tal de acabar, a su manera, con la eterna y balbuciente transici&oacute;n democr&aacute;tica. S&aacute;nchez se situ&oacute;, presionado por las circunstancias, a la izquierda del PSOE; el PSOE, en cambio, segu&iacute;a en el mismo sitio, en las sentinas de un bipartidismo que el PP hab&iacute;a abandonado hac&iacute;a ya tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Es verdad que hay una estrategia de derribo del Gobierno de coalici&oacute;n de la que participan pol&iacute;ticos, jueces y medios de comunicaci&oacute;n, estrategia ahora legitimada, entre tantos casos de palmario <em>lawfare</em>, por las tropel&iacute;as no menos palmarias de &Aacute;balos y Cerd&aacute;n. De nada sirve, en este contexto, recitar de nuevo la letan&iacute;a de los casos de corrupci&oacute;n del PP (G&uuml;rtel, B&aacute;rcenas, P&uacute;nica, &ldquo;polic&iacute;a patri&oacute;tica&rdquo; y el infinito etc&eacute;tera de su hip&oacute;crita infamia); nada de eso cuenta cuando se trata de poner fin al bipartidismo por la derecha (extrema); y cuando no se ha tenido ni coraje ni fuerzas para tomar medidas contra las entra&ntilde;as olig&aacute;rquicas y franquistas del Estado.
    </p><p class="article-text">
        En todo caso, no es el PP quien gana. El eslogan del domingo pasado era poco atinado y escasamente comprensible para los votantes del PP. Los dos viejos partidos que se repartieron el poder (de la derecha) en nuestro pa&iacute;s, han dejado abierto en canal el costado de nuestra democracia para el trumpismo virtualmente vencedor. La disyuntiva (esta s&iacute; comprensible para todos) es ahora: mafia o fascismo. Y aqu&iacute; la respuesta s&iacute; es f&aacute;cil, como supo ver bien Mussolini en 1922. No queremos ni mafia ni democracia.
    </p><p class="article-text">
        Las instituciones liberales tienen los d&iacute;as contados en Espa&ntilde;a. Si est&aacute;n contados, mejor que sean 600 que sesenta. Ya est&aacute; claro, sin embargo, que esta vez no bastar&aacute; ese plazo. Necesitamos otro PSOE y otra izquierda. Pero no est&aacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/fascismo-mafia_129_12381228.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Jun 2025 20:25:33 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/9cf58e9f-678d-40f7-8e56-daaf95f4e514_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="2556294" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/9cf58e9f-678d-40f7-8e56-daaf95f4e514_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="2556294" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Fascismo o mafia]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/9cf58e9f-678d-40f7-8e56-daaf95f4e514_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[PSOE,Pedro Sánchez,Santos Cerdán,José Luis Ábalos,Fascismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No estoy hablando de Palestina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/no-hablando-palestina_129_12324360.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e8a5852f-6ce7-4e58-ad0c-b48a03db3530_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No estoy hablando de Palestina"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿El genocidio de Gaza no añade nada nuevo, más allá de la escala? Creo que sí. Porque esa escala no es solo cuantitativa; es también geomoral. Quiero decir que el suplicio público de Gaza ha extendido hoy la degradación moral de los israelíes a toda la población mundial</p></div><p class="article-text">
        En <em>La muerte cansada</em>, una impresionante pel&iacute;cula expresionista de 1921, Fritz Lang glosa un romance alem&aacute;n en el que una joven pareja de enamorados es separada por la Muerte, que se lleva al marido a sus dominios sin retorno. Ella, incapaz de soportar el dolor, ingiere un veneno para seguirlo hasta el M&aacute;s All&aacute; y reclamar su devoluci&oacute;n: &ldquo;el amor&rdquo;, lee en el <em>Cantar de los cantares</em>, &ldquo;es m&aacute;s fuerte que la Muerte&rdquo;. Ante sus s&uacute;plicas, la Muerte, cansada de matar inocentes, le da una oportunidad: le muestra tres cirios de pabilo parpadeante que representan las existencias languidecientes de tres hombres que est&aacute;n a punto de morir: si consigue salvar al menos a uno de ellos -le dice- le devolver&aacute; a su amado. La joven, naturalmente, fracasa y, desesperada de nuevo a los pies de su Enemiga, reanuda sus s&uacute;plicas, y lo hace con tanta pasi&oacute;n, con tanto amor verdadero, que se le concede una &uacute;ltima oportunidad: le tiene que entregar otra vida a cambio de la de su enamorado. Ella entonces recorre el mundo buscando a alguien dispuesto a morir; pregunta a mendigos y a ancianos hastiados de su condici&oacute;n, pero todos protegen su vida con avaricia: no dar&aacute;n &ldquo;ni un d&iacute;a, ni una hora, ni un respiro&rdquo;. De pronto, se encuentra ante una casa en llamas cuyos habitantes escapan de la destrucci&oacute;n mientras cientos de vecinos tratan de sofocar el incendio. La &uacute;ltima en salir, desmayada en los brazos de sus salvadores, es una madre que, al recobrar la conciencia, reclama desconsolada a su beb&eacute;, atrapado en el interior. La joven enamorada se da cuenta y no quiere dejar escapar la ocasi&oacute;n. Entra en la casa, a punto ya de derrumbarse, y llega hasta la cuna del ni&ntilde;o. A su lado est&aacute; la Muerte, esperando la entrega. La mujer coge al ni&ntilde;o, lo mira, mira a la Muerte y repentinamente cambia de idea. No puede. Descuelga a la criatura por la ventana, devolvi&eacute;ndosela as&iacute; a su madre, sana y salva, y afronta su derrota: &ldquo;puedo vencerte&rdquo;, le dice a la Muerte, &ldquo;pero no a ese precio&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nadie que ame o haya amado estar&aacute; jam&aacute;s dispuesto a rescatar su amor a cambio de la muerte de un ni&ntilde;o. El amor, en todo caso, es un bien peque&ntilde;o y terrestre. Quiz&aacute;s hay otros, abstractos y divinos, por los que s&iacute; merece la pena pagar ese precio. O incluso uno m&aacute;s alto. &iquest;Por qu&eacute; un solo ni&ntilde;o? &iquest;Por qu&eacute; no mil? &iquest;Por qu&eacute; no quince mil ni&ntilde;os? La Muerte est&aacute; cansada de matar inocentes; Israel no. &iquest;Est&aacute; dispuesto a matar a treinta mil, a cincuenta mil, a cien mil ni&ntilde;os, contra el Derecho Internacional y la decencia humana? No, est&aacute; dispuesto a matar a treinta mil, a cincuenta mil, a cien mil ni&ntilde;os con tal de acabar con el Derecho Internacional y la decencia humana.
    </p><p class="article-text">
        No estoy hablando de Palestina. &iquest;Es Israel una democracia? Lo es. Hace, por ejemplo, encuestas. El periodista Javier Espinosa citaba ayer una del Canal 13 de la televisi&oacute;n israel&iacute;, seg&uacute;n la cual el 53% de los consultados cree que no hay que dejar entrar ayuda humanitaria en Gaza; es decir, m&aacute;s de la mitad est&aacute; a favor de matar de hambre a los gazat&iacute;es. Cleon y Diodoto convocaron una asamblea en el a&ntilde;o 427 a. de C. para que los atenienses decidieran si hab&iacute;a que matar a todos los hombres y esclavizar a todas las mujeres de Mitilene. Lo que caracteriza a una democracia no es que el pueblo lo decida todo sino que haya decidido siempre y qu&eacute; preguntas no pueden volver a hacerse: eso se llama Derecho y Constituci&oacute;n, una primera decisi&oacute;n mediante la cual la voluntad popular se impide a s&iacute; misma el crimen y el suicidio. No se mata a los hombres, no se esclaviza a las mujeres, no se bombardea a los ni&ntilde;os. Israel no es una democracia. Una democracia &ldquo;jud&iacute;a&rdquo;, que pone el derecho a la &ldquo;judaidad&rdquo; por encima de los DDHH y la &eacute;tica, es lo mismo que una democracia &ldquo;aria&rdquo;. No es una democracia. &ldquo;La preservaci&oacute;n de mi pueblo es m&aacute;s importante que los conceptos universales de moral&rdquo;, escrib&iacute;a en 2002 el historiador israel&iacute; Benny Morris, frase que constituye el principio rector del sionismo hist&oacute;rico, de las pol&iacute;ticas hoy de Netanyahu y del apoyo que recibe por parte de la mayor&iacute;a de los israel&iacute;es (lo que, por cierto, hace a&uacute;n m&aacute;s valiosos y heroicos los disensos internos e internacionales de muchos jud&iacute;os que, al contrario, consideran que el judaismo consiste precisamente en la defensa de &ldquo;los conceptos universales de moral&rdquo;).
    </p><p class="article-text">
        La encuesta del Canal 13, dice Espinosa con raz&oacute;n, demuestra que &ldquo;el problema no es Netanyahu&rdquo;. El problema, digamos, es la degradaci&oacute;n moral. Llevaba semanas aplazando este art&iacute;culo; no quer&iacute;a escribirlo. Leo cada ma&ntilde;ana dos peri&oacute;dicos &aacute;rabes, donde Palestina encabeza todas las noticias, y tenemos en Espa&ntilde;a buenos periodistas que nos recuerdan, como es su deber, la ignominia del genocidio israel&iacute;. Este art&iacute;culo no hace ninguna falta. Israel, digamos, &ldquo;exagera&rdquo;, si nos atenemos al sentido original del t&eacute;rmino latino, que evoca la idea de &ldquo;acumular&rdquo; o &ldquo;amontonar&rdquo; en el exterior la tierra sacada de una fosa: Israel amontona, s&iacute;, cad&aacute;veres ajenos: &ldquo;una monta&ntilde;a de muertos de fuera&rdquo;. Nosotros, por nuestra parte, tambi&eacute;n &ldquo;exageramos&rdquo;, pues acumulamos en paralelo palabras y palabras que apenas ara&ntilde;an la realidad (y que, por cierto, pueden ser contrarrestadas o neutralizadas con facilidad: pensemos en el uso del t&eacute;rmino &ldquo;genocidio&rdquo;, cuyo fundamento jur&iacute;dico es en este caso indudable, pero que queda inservible y en harapos cuando Trump lo utiliza para referirse a un &ldquo;genocidio blanco&rdquo; en Sud&aacute;frica). Lo cierto es que, resignado a &ldquo;exagerar&rdquo; (a acumular palabras in&uacute;tiles), me acord&eacute; de pronto de una cita de Amos Oz recogida en un texto m&iacute;o del a&ntilde;o 2003; la encontr&eacute; y me qued&eacute; perplejo. El problema de la violencia es que es pura actualidad y, por lo tanto, borra las genealog&iacute;as y los procesos hist&oacute;ricos: es otra de las ventajas de matar ni&ntilde;os: el dolor y la indignaci&oacute;n solo tienen presente. Lo que me asombr&oacute; y, al mismo tiempo, me asust&oacute; de ese texto de 2003 es que pod&iacute;a haber sido escrito hoy. En t&eacute;rminos de degradaci&oacute;n moral, en efecto, nada ha cambiado; y que nada haya cambiado en 22 a&ntilde;os quiere decir que todo es mucho peor. &iexcl;Veintid&oacute;s a&ntilde;os peor!
    </p><p class="article-text">
        No estoy hablando de Palestina. La cuesti&oacute;n es la siguiente: lo que los israel&iacute;es no pueden perdonar a los palestinos es su propia degradaci&oacute;n moral. No lo digo yo. Lo dec&iacute;a el aludido Amos Oz, buen escritor y sionista de izquierdas, en 2002, responsabilizando a la resistencia palestina de la renuncia israel&iacute; a la &ldquo;pureza de las armas&rdquo; (mito que Norman Finkelstein, historiador jud&iacute;o descendiente de v&iacute;ctimas del Holocausto, hab&iacute;a desmontado ya en 1995 en su excelente libro <em>Imagen y realidad del conflicto palestino-israel&iacute;</em>). Los israel&iacute;es eran buenos, quer&iacute;an matar con calma, con respeto, con dignidad moral, sin odio ni rabia (el mismo consejo, por cierto, que daba Himmler a los miembros de las SS); quer&iacute;an conservar la decencia en medio de la violencia, pero la necesidad de batallar sin cesar contra los palestinos se lo ha impedido. Dec&iacute;a as&iacute; Amos Oz: &ldquo;&iquest;Se puede usted imaginar viviendo de esa forma y siendo la misma persona, la misma naci&oacute;n, al cabo de unos a&ntilde;os? &iquest;Podremos hacerlo sin que llegue un momento en que simplemente los odiemos? S&oacute;lo odiarlos. No quiero decir que nos complazca matarlos ni que nos volvamos s&aacute;dicos. Simplemente un profundo y amargo odio por habernos obligado a llevar esta vida&rdquo;. Es dif&iacute;cil voltear la realidad con m&aacute;s refinado desprecio por el otro: hasta tal punto Amos Oz considera incuestionable la superioridad &ldquo;jud&iacute;a&rdquo; que no s&oacute;lo culpabiliza a los palestinos por no haber cedido de buena gana su territorio -oblig&aacute;ndoles as&iacute; a ellos, los buenos, los &ldquo;jud&iacute;os&rdquo;, a matar ni&ntilde;os y a volar casas y a arrancar olivos y a &ldquo;llevar esta vida&rdquo; un poco menos moral de lo que les gustar&iacute;a- sino que pasa enteramente por alto el tipo de vida que el colonialismo sionista ha impuesto a los palestinos como posible fuente de un &ldquo;profundo y amargo odio&rdquo; que explicar&iacute;a la transformaci&oacute;n de un pueblo normalmente pac&iacute;fico en una sociedad exhausta y desesperada. La fan&aacute;tica resistencia palestina, dec&iacute;a Oz, estaba convirtiendo al &ldquo;h&eacute;roe m&iacute;stico israel&iacute;&rdquo; en un sujeto inmoral y tambi&eacute;n de eso ten&iacute;an los palestinos la culpa; porque no cabe pensar, viceversa, que la ocupaci&oacute;n israel&iacute; desde 1947, y ahora los bombardeos, los desplazamientos y el hambre en Gaza, puedan convertir al hombre com&uacute;n palestino en un vengativo harapo: sus &ldquo;cr&iacute;menes&rdquo; se deben a que es esencialmente un &ldquo;pueblo enfermo, psic&oacute;tico&rdquo; y eso no es, por supuesto, responsabilidad &ldquo;nuestra&rdquo;. Dig&aacute;moslo con claridad: que no se defiendan, que se vayan, que se mueran, y nosotros volveremos a ser buenos. Los palestinos, dec&iacute;a el mencionado historiador Benny Morris por las mismas fechas, no nos permiten ser una &ldquo;democracia normal&rdquo;, como la &ldquo;gran democracia americana&rdquo;, que &ldquo;tuvo que aniquilar tambi&eacute;n a sus indios&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No estoy hablando de Palestina. Cito a Amos Oz, que era &ndash;he dicho&ndash; un buen escritor y quer&iacute;a ser decente, precisamente por eso: imaginemos lo que, en estos veintid&oacute;s a&ntilde;os, el r&eacute;gimen de Ocupaci&oacute;n ha hecho (no en los cuerpos de los palestinos, no) en las almas de la mayor parte de los israel&iacute;es. Como todos los poderes injustos (imperialismo, esclavismo, colonialismo), los israel&iacute;es lo quieren todo: las tierras ajenas y la virtud, tener esclavos y tener raz&oacute;n, matar ni&ntilde;os y ser <em>los</em> <em>buenos</em>, bombardear casas y hospitales y escuelas y centros de la ONU y ser compadecidos como las verdaderas v&iacute;ctimas. Quieren, en definitiva, que se reconozca la superior civilizaci&oacute;n de sus cr&iacute;menes, y ello a partir de un concepto &ldquo;racial&rdquo;, esencialista, de la &ldquo;civilizaci&oacute;n&rdquo;, definida por la &ldquo;sangre&rdquo; y no por las acciones, como ocurr&iacute;a con los nazis: el civilizado israel&iacute; est&aacute; afirmando la civilizaci&oacute;n cuando mata a quince mil ni&ntilde;os no-arios desde el aire y a otros tantos, quiz&aacute;s, de hambre en la tierra. Por eso nada tiene de extra&ntilde;o que hoy apoye a Israel la misma extrema derecha europea que hace un siglo persegu&iacute;a a los jud&iacute;os y con los mismos argumentos. V&eacute;ase por ejemplo la reciente <a href="https://x.com/TheObjective_es/status/1925215474142339577?t=pPUjd2-cht79NHsMiyw6Rw&amp;s=19" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">declaraci&oacute;n de Silvia Orriols</a>, dirigente del partido racista Alian&ccedil;a Catalana, quien considera que los civilizados no tienen que ajustarse a normas &eacute;ticas o de derecho para proteger la superioridad &ldquo;racial&rdquo; de su naci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;No ha habido entonces ninguna novedad desde 1947? &iquest;El genocidio de Gaza no a&ntilde;ade nada nuevo, m&aacute;s all&aacute; de la escala? Creo que s&iacute;. Porque esa escala no es solo cuantitativa; es tambi&eacute;n geomoral. Quiero decir que el suplicio p&uacute;blico de Gaza ha extendido hoy la degradaci&oacute;n moral de los israel&iacute;es a toda la poblaci&oacute;n mundial y, sobre todo, a la europea y occidental. Estamos ya contaminados y ello de tal manera que, por mucho que nuestra solidaridad con las v&iacute;ctimas se acoja a la socorrida f&oacute;rmula emocional (&ldquo;yo tambi&eacute;n soy gazat&iacute;&rdquo;), de hecho, en los hechos, y contra nuestra repugnancia moral, se nos impone la identificaci&oacute;n no deseada con los victimarios: &ldquo;yo tambi&eacute;n soy israel&iacute;&rdquo;. No estoy hablando de Palestina. Esta degradaci&oacute;n moral del mundo, victoria ya del sionismo genocida, tiene consecuencias pol&iacute;ticas y materiales a nivel global. Bienvenidas sean las t&iacute;midas medidas (60.000 muertos despu&eacute;s) de Espa&ntilde;a, Inglaterra y la UE, pero no s&oacute;lo son cortas sino que llegan, me temo, demasiado tarde. La degradaci&oacute;n moral que nos ha contagiado Israel nos sit&uacute;a en un orden post-Nuremberg despojado completamente de legitimidad. Tendremos quiz&aacute;s fuerza, armas y poder para defendernos de los terroristas, de los rusos, de los fascistas, pero carecemos ya de toda legitimidad. Conviene saberlo si a&uacute;n queremos hacer algo. De otra manera, &iquest;cu&aacute;ntos muertos har&aacute;n falta, no en Gaza sino en Europa y en el resto del mundo, antes de que la l&oacute;gica de la democracia &ldquo;aria&rdquo;, impuesta por Israel y Rusia, jaleada ahora por Trump, aceptada contra sus intereses por la UE, deje paso a un nuevo marco de legitimidad jur&iacute;dica internacional compartida?
    </p><p class="article-text">
        No estoy hablando de Palestina. La Muerte est&aacute; cansada. Israel no. Nuestro objetivo no deber&iacute;a ser el de convertirnos en palestinos; ni siquiera hace falta que nos identifiquemos con ellos. Nuestro objetivo deber&iacute;a ser sencillamente dejar de ser israel&iacute;es. De ello depende la supervivencia de los pr&oacute;ximos mil ni&ntilde;os gazat&iacute;es (y de sus madres) y, m&aacute;s all&aacute;, la supervivencia misma de Europa. &iexcl;Qu&eacute; de Europa! Del verdadero amor y de la verdadera civilizaci&oacute;n.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/no-hablando-palestina_129_12324360.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 May 2025 20:59:34 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/e8a5852f-6ce7-4e58-ad0c-b48a03db3530_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="110556" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/e8a5852f-6ce7-4e58-ad0c-b48a03db3530_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="110556" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[No estoy hablando de Palestina]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/e8a5852f-6ce7-4e58-ad0c-b48a03db3530_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Genocidio,Gaza,Israel]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Era de izquierdas el papa Francisco?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/izquierdas-papa-francisco_129_12235602.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a7e27e09-46f8-4c1d-9f72-0ef1591ce343_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Era de izquierdas el papa Francisco?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los ateos de izquierdas deberíamos juzgar a Francisco por los efectos que ha introducido en un mundo fragilísimo que declina a toda prisa hacia una combinación explosiva de neoliberalismo económico y autoritarismo político, de desigualdad creciente y de neoimperialismo desnudo</p></div><p class="article-text">
        En una carta de julio de 2024 sobre &ldquo;<a href="https://www.vatican.va/content/francesco/it/letters/2024/documents/20240717-lettera-ruolo-letteratura-formazione.html#_ftn1" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el papel de la literatura en la formaci&oacute;n</a>&rdquo;, el papa Francisco reivindicaba la ficci&oacute;n literaria de un modo sorprendente, no como un instrumento de consolidaci&oacute;n del &ldquo;juicio&rdquo; sino todo lo contrario: como un ant&iacute;doto frente al peligro de los binarismos f&oacute;siles (verdadero/falso, justo/injusto) que suelen traducir el juicio en &ldquo;sentencia de muerte, en cancelaci&oacute;n, en supresi&oacute;n de la humanidad a favor de una &aacute;rida totalizaci&oacute;n de la ley&rdquo;. La literatura, en efecto, dec&iacute;a, &ldquo;impide que el juicio moral se vuelva ciego o superficialmente condenatorio&rdquo;, porque &ldquo;el lector acoge el deber del juicio no como instrumento de dominio sino como invitaci&oacute;n a una escucha incesante y como disposici&oacute;n a enredarse en la extraordinaria riqueza de la historia&rdquo;. La literatura, en definitiva, nos libera de la tentaci&oacute;n de ser jueces, uno de los graves vicios de la Iglesia, tantas veces convertida en perseguidora despiadada de toda forma de heterodoxia. O, a menudo, de toda forma de vida.
    </p><p class="article-text">
        Bergoglio, que era te&oacute;logo, estaba pensando sin duda en dos preceptos evang&eacute;licos de todos conocidos: &ldquo;no juzgu&eacute;is si no quer&eacute;is ser juzgados&rdquo; y &ldquo;el que est&eacute; libre de pecado que tire la primera piedra&rdquo;, recogido en un famoso pasaje de san Juan en el que Jes&uacute;s es apremiado a condenar a una mujer ad&uacute;ltera. Pero Francisco, que fue profesor de literatura en su juventud y que amaba a Dostoievski, pensaba quiz&aacute;s tambi&eacute;n en esa dolorosa y ambigua concreci&oacute;n del otro que a veces solo podemos conocer a trav&eacute;s de los personajes de los relatos. En este sentido, es muy evidente que la dimensi&oacute;n &ldquo;franciscana&rdquo; de su pontificado ten&iacute;a que ver con su rechazo a los que pretenden esquematizar las conductas y encajarlas en un molde judicial definitivo. Bergoglio pod&iacute;a ser en muchos aspectos tan conservador como Juan Pablo II o Benedicto XVI, pero no pod&iacute;a soportar su abstracci&oacute;n teol&oacute;gica y su ceguera ideol&oacute;gica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A muchos nos puede parecer insuficiente, desde luego, su legado en cuestiones de g&eacute;nero, aunque habr&aacute; que reconocer que ning&uacute;n papa anterior hab&iacute;a ido tan lejos en el reconocimiento de la existencia del <em>friki</em> dentro de la Iglesia: del homosexual, del divorciado, de la mujer maltratada o sexualmente explotada. Esta disposici&oacute;n &ldquo;literaria&rdquo; a la escucha lo convirti&oacute;, en todo caso, en un defensor vibrante e insobornable de los m&aacute;s vulnerables: de los pobres, los migrantes, los excluidos, pero tambi&eacute;n del agua, los &aacute;rboles y los p&aacute;jaros.
    </p><p class="article-text">
        En julio de 2016, tras un atentado del Estado Isl&aacute;mico en Francia, Francisco hizo una sorprendente declaraci&oacute;n contra la islamofobia seguida de un firme se&ntilde;alamiento del mal en el mundo. Dijo: &ldquo;S&eacute; que es peligroso decir esto pero el terrorismo crece cuando no hay otra opci&oacute;n y cuando el dinero se transforma en un dios que, en lugar de la persona, es puesto en el centro de la econom&iacute;a mundial&rdquo;. No contento con semejante provocaci&oacute;n, Francisco concluy&oacute;: &ldquo;Esa es la primera forma de terrorismo. Ese es un terrorismo b&aacute;sico en contra de toda la humanidad&rdquo;. Lo es, s&iacute;, porque esa &ldquo;forma de terrorismo&rdquo; destruye al mismo tiempo la Humanidad y la Naturaleza, las almas y los cuerpos, tal y como expres&oacute; con precisi&oacute;n y belleza en sus dos enc&iacute;clicas m&aacute;s famosas: <em>Laudato si</em> y <em>Fratelli tutti</em>. &ldquo;Terrorismo&rdquo; era para Francisco el &ldquo;hambre como guerra de clase&rdquo;; &ldquo;terrorismo&rdquo; era la explotaci&oacute;n sin l&iacute;mites de los recursos naturales y &ldquo;terrorismo&rdquo; era tambi&eacute;n, seg&uacute;n denunci&oacute; poco antes de morir, la masacre cotidiana de Israel en Gaza.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Era el papa Francisco de izquierdas? Era anticapitalista, ecologista, pacifista y anticlerical. &iquest;Era de derechas? Condenaba el aborto como un crimen y, aunque nombr&oacute; algunas religiosas para cargos vaticanos, no fue capaz de establecer, como algunos sectores esperaban, la ordenaci&oacute;n sacerdotal de las mujeres; ni el fin del celibato de los sacerdotes. Era un poeta metido a reformador. Para algunos sectores se qued&oacute; demasiado corto; para otros fue demasiado lejos. No era &ldquo;de izquierdas&rdquo; ni pod&iacute;a &ndash;ni deb&iacute;a&ndash; serlo. Era el papa de Roma, a la cabeza de una instituci&oacute;n de dos mil a&ntilde;os de historia que, a partir de Constantino, en el siglo IV, ha venido disputando o asumiendo o apoyando el poder pol&iacute;tico en Europa y en el mundo y que es, por su propio peso, irreformable, indestructible y decisiva. Nunca dejar&aacute; a Cristo en libertad, es cierto, pero no es indiferente, en definitiva, qui&eacute;n ocupa su c&aacute;tedra ni desde qu&eacute; principios. De ah&iacute; que los ateos de izquierdas, m&aacute;s all&aacute; o m&aacute;s ac&aacute; de nuestras propias diferencias, deber&iacute;amos juzgar a Francisco por los efectos que ha introducido en un mundo fragil&iacute;simo que declina a toda prisa hacia una combinaci&oacute;n explosiva de neoliberalismo econ&oacute;mico y autoritarismo pol&iacute;tico, de desigualdad creciente y de neoimperialismo desnudo, de deterioro ecol&oacute;gico y colapso del Derecho. Deber&iacute;amos juzgarlo tambi&eacute;n a partir de la ferocidad de los sectores cat&oacute;licos que lo han combatido y que, de hecho, llevaban a&ntilde;os intentando apartarlo del solio de san Pedro. Me refiero a esa internacional trumpista que incluye al cardenal Burke, al converso Vance, al reaccionario Bannon y, desde luego, a los l&iacute;deres de la ultraderecha europea: Le Pen, Abascal, Orban o Meloni. Frente a ellos, Bergoglio no ha sido &ldquo;de izquierdas&rdquo;, pero s&iacute; &ldquo;cristiano&rdquo; y, como dec&iacute;a antes, &ldquo;anticlerical&rdquo;, en el sentido de que ha intentado ara&ntilde;ar desde dentro, con parad&oacute;jico jesuitismo maniobrero, la rocosidad &ldquo;curil&rdquo; del poder de la Iglesia. En estos momentos, me parece, el realismo de izquierdas obliga a aliarse con los &ldquo;cristianos&rdquo; en contra de los &ldquo;curas&rdquo; y, a&uacute;n m&aacute;s, a ceder a los &ldquo;cristianos&rdquo; el protagonismo de nuestras luchas centrales. Nos obliga, desde luego, a lamentar la muerte del papa como una p&eacute;rdida catastr&oacute;fica para la causa de la Humanidad y a reconocer que era, como titulaba yo un art&iacute;culo reciente, &ldquo;nuestro papa Francisco&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Porque, como insisten siempre Gorka Larrabeiti y Enric Juliana, eso que llamamos &ldquo;batalla cultural&rdquo; adopta cada vez m&aacute;s la forma de &ldquo;guerra religiosa&rdquo;. En realidad, en todas las grandes encrucijadas hist&oacute;ricas, son las guerras de religi&oacute;n las que convocan las grandes transformaciones sociales o, al rev&eacute;s, las grandes transformaciones sociales s&oacute;lo se pueden expresar a trav&eacute;s de imaginarios eminentemente religiosos. El imperio romano cay&oacute; en parte como consecuencia de una guerra religiosa; las guerras campesinas en Alemania en el siglo XVI fueron guerras religiosas; e incluso la revoluci&oacute;n francesa de 1789 fue en realidad una guerra de religi&oacute;n. El regreso de la religi&oacute;n es en nuestra &eacute;poca claramente reaccionario: el islam wahab&iacute;, el evangelismo supremacista, el catolicismo medieval (sin olvidar las formas m&aacute;s agresivas del hinduismo en la India) est&aacute;n llegando al poder o determin&aacute;ndolo desde sus aleda&ntilde;os. Las iglesias, los templos, las mezquitas, las logias anti-ilustradas est&aacute;n sustituyendo de nuevo a los sindicatos, los parlamentos y los partidos.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, Francisco fue escogido en 2013 para proteger el catolicismo frente a un islam y un evangelismo en expansi&oacute;n. &Eacute;l asumi&oacute; la tarea a su manera, entendiendo que la mejor forma de cumplirla era, en el interior, una reforma institucional; y, hacia el exterior, un nuevo ecumenismo que interpelara al 99% de la Humanidad contra los destructores de la dignidad humana y de la belleza alimenticia del planeta Tierra. El clericalismo de la derecha odi&oacute; a muerte sus reformas; el anticlericalismo de la izquierda las ignor&oacute;. La derecha sab&iacute;a lo que se hac&iacute;a; la izquierda se equivoc&oacute;. Tenemos solo dos opciones. Podemos abandonar el mundo en nombre del materialismo, ese otro dios menor, para refugiarnos en nuestras porci&uacute;nculas ateas. O podemos aceptar los m&aacute;rgenes nuevos que nos impone la realidad y buscar aliados progresistas en esta guerra de religi&oacute;n de la que dependen hoy el derecho, la justicia social y la democracia. El papa Francisco lo era &ndash;un aliado&ndash; y lo vamos a echar mucho de menos. Ten&iacute;a mucho m&aacute;s poder, mucha m&aacute;s autoridad y mucho m&aacute;s predicamento que cualquier Unidad mal cosida de la izquierda.
    </p><p class="article-text">
        Ha fallecido Jorge Mario Bergoglio, nacido en Argentina, muerto en la patria com&uacute;n la madrugada de un lunes de Pascua, casi al mismo tiempo que Cristo resucitaba. &iquest;Ser&aacute; una buena se&ntilde;al? Bergoglio ya no est&aacute;. Era un poeta, un peat&oacute;n de la teolog&iacute;a, un viejo mand&oacute;n, un precursor. No vamos ganando. Del desenlace del pr&oacute;ximo c&oacute;nclave depende ahora el destino de una constelaci&oacute;n democr&aacute;tica en retroceso prendida en el suelo con alfileres.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/izquierdas-papa-francisco_129_12235602.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 21 Apr 2025 20:10:00 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/a7e27e09-46f8-4c1d-9f72-0ef1591ce343_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="554408" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/a7e27e09-46f8-4c1d-9f72-0ef1591ce343_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="554408" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[¿Era de izquierdas el papa Francisco?]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/a7e27e09-46f8-4c1d-9f72-0ef1591ce343_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Qué estamos aprendiendo de la “batalla de los aranceles”?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/aprendiendo-batalla-aranceles_129_12213005.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/51d84bdd-ee3d-4280-86b2-dd2d270ba68a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Qué estamos aprendiendo de la “batalla de los aranceles”?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De pronto nos hemos descubierto (incluso en la izquierda) reivindicando con nostalgia el mundo contra el que hasta ayer protestábamos; deseando, igual que en la pandemia, la “vuelta a la normalidad”, con su libre comercio y su crecimiento ilimitado</p><p class="subtitle">Por qué es poco probable que China sea la primera en ceder en la guerra comercial con EEUU</p></div><p class="article-text">
        Hace dos semanas, el presentador ultraderechista Tucker Carlson <a href="https://legrandcontinent.eu/es/2025/03/24/el-emisario-de-trump-steve-witkoff-se-sincera-con-tucker-carlson-transcripcion-integra-x/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">entrevistaba a Steve Witkoff</a>, enviado especial de Trump para Oriente Medio y Ucrania, en su <em>The Tucker Carlson Show</em>, emisi&oacute;n alojada y difundida en la red X. Witkoff, sin experiencia diplom&aacute;tica, es un empresario del sector inmobiliario que, religiosamente identificado con su <em>boss</em>, revela con desparpajo en sus declaraciones, ante millones de espectadores, el contenido de sus negociaciones y comunica sin inhibici&oacute;n sus chascarrillos sobre los dirigentes mundiales a cuya mesa se ha sentado. La entrevista no tiene desperdicio. La ignorancia, la chismorrer&iacute;a y la arrogancia conviven con una obscena fidelidad a Trump y un nihilismo estremecedor. Citemos dos perlas de un collar infinito. Alabando el pacifismo y flexibilidad negociadora del presidente, dice Witcoff: &ldquo;El presidente es un presidente que no quiere entrar en guerra, y recurrir&aacute; a la acci&oacute;n militar para evitarla&rdquo;. Luego, m&aacute;s adelante, parece demostrar de pronto una repentina sensibilidad hacia los riesgos para la humanidad de las armas nucleares, pero esta ilusi&oacute;n se voltea enseguida en una especie de retru&eacute;cano siniestro: &ldquo;Lo hemos discutido en la administraci&oacute;n&rdquo;, dice. &ldquo;Al final, lo que hay que evitar es el riesgo de una acci&oacute;n nuclear, aunque sea t&aacute;ctica, aunque no sea una gran explosi&oacute;n de bomba, no importa. Una sola bomba nuclear t&aacute;ctica ser&iacute;a suficiente para hacer caer los mercados burs&aacute;tiles de todo el mundo&rdquo;. De la batalla de los aranceles hemos aprendido ya la continuidad moral entre los que ejecutan genocidios o invaden pa&iacute;ses y los que quieren convertir el planeta entero, y al 99% de su poblaci&oacute;n, en un buen negocio.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; estamos aprendiendo de la batalla de los aranceles? Los mercados burs&aacute;tiles de todo el mundo se desplomaron la semana pasada tras el anuncio de la administraci&oacute;n estadounidense de su nueva pol&iacute;tica arancelaria, parcialmente corregida este mi&eacute;rcoles. En la l&oacute;gica de Witcoff, no parece ni met&aacute;fora ni hip&eacute;rbole hablar de &ldquo;guerra comercial&rdquo;; la &ldquo;bomba nuclear t&aacute;ctica&rdquo; la ha lanzado Trump, el gran negociador al que todos los dirigentes del planeta acuden a &ldquo;besar el culo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Estos d&iacute;as los espa&ntilde;oles hemos hecho un curso acelerado de econom&iacute;a en el que hemos aprendido la relaci&oacute;n que existe entre los aranceles, el d&oacute;lar, los tipos de inter&eacute;s y los bonos del tesoro, pero hemos tomado conciencia, sobre todo, del alcance de la globalizaci&oacute;n y de su fragilidad de vidrio. Un tuit puede cambiar y hasta descabalar el cosmos. El lunes 10, en pleno abismo burs&aacute;til, los mercados se recuperaron durante quince minutos tras la difusi&oacute;n de unas declaraciones <em>fake </em>de Kevin Hassett, director del Consejo Econ&oacute;mico de la Casa Blanca. Los inversores no son gente que razone o sienta: est&aacute;n atrapados en un sistema de creencias y pulsiones acelerado por algoritmos desbocados. Las pol&iacute;ticas err&aacute;ticas, saltarinas, de Trump, oculten o no un plan, vuelven loco al capitalismo financiero mundial; nos demuestran, adem&aacute;s, que coexisten ah&iacute; varias clases de capitalismo junto a algo a&uacute;n peor que el capitalismo. Trump expone a la luz del d&iacute;a, en efecto, el estadio superior del sistema global: la mafia, que el capitalismo ha transportado siempre en su seno y que se hace cargo ahora, sin mediaciones pol&iacute;ticas, del gobierno m&aacute;s decisivo del mundo. El despacho oval, digamos, es mitad corte mon&aacute;rquica mitad garito mafioso; y Trump al mismo tiempo rey omnipotente y padrino violento y dadivoso.
    </p><p class="article-text">
        Stephen Miran, el inspirador de la doctrina econ&oacute;mica de Trump, lo dej&oacute; meridianamente claro en un reciente discurso en el Hudson Institute: si el resto del mundo quiere que EEUU se siga ocupando de su seguridad militar y financiera, tendr&aacute; que pagar por ella, como paga el tendero del barrio al navajero para que lo proteja de s&iacute; mismo. Las sospechas ahora de que las veleidades arancelarias de los &uacute;ltimos d&iacute;as podr&iacute;an tener como objetivo, al menos lateral, la <a href="https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/trump-desata-sospechas-manipulacion-bolsas-dar-marcha-aranceles_1_12209727.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">manipulaci&oacute;n de las cotizaciones</a> para el enriquecimiento fulminante de algunos inversores, constituyen otro indicio menor de un orden nuevo que borra todas las fronteras entre la fuerza, la pol&iacute;tica y los negocios.
    </p><p class="article-text">
        Trump se ha limitado, es cierto, a hacer abiertamente lo que sus predecesores hac&iacute;an de manera m&aacute;s sigilosa: ha violado un tab&uacute; y exhibido de manera obscena los dos poderes que otorgan todav&iacute;a a un imperio en decadencia una incontestable hegemon&iacute;a: la superioridad militar encarnada en 800 bases dispersas por todo el planeta y la centralidad comercial del d&oacute;lar. Alguien dir&aacute; (lo he o&iacute;do decir cerca de m&iacute;) que Trump es preferible precisamente por eso: porque ha acabado con una hipocres&iacute;a de d&eacute;cadas: porque es directo, brutal, desnudo: porque se ha &ldquo;quitado la careta&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No estoy seguro de que, en un sistema de creencias y pulsiones sin alternativa colectiva, la &ldquo;verdad&rdquo; del poder reporte ning&uacute;n beneficio. Al contrario: la verdad de ese poder es el ejercicio de su poder de destrucci&oacute;n, hasta ahora retenido en niveles m&aacute;s o menos tolerables por la hipocres&iacute;a de las instituciones internacionales, incluidas las comerciales. Gaza es la verdad; el Derecho Internacional es la mentira. &iquest;Queremos la verdad? &iquest;O queremos m&aacute;s bien obligar a nuestros gobernantes a seguir <em>haciendo</em> mentiras? Lo que la batalla de los aranceles nos ense&ntilde;a precisamente es que el mundo no podr&iacute;a soportar su exposici&oacute;n a la verdad desnuda del poder capitalista en su variante neoimperial y neofascista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por eso mismo nos ense&ntilde;a tambi&eacute;n, es cierto, a desear poco o a desear menos. Quiero decir que de pronto nos hemos descubierto (incluso en la izquierda, al menos en la sensata) reivindicando con nostalgia el mundo contra el que hasta ayer protest&aacute;bamos; deseando, igual que en la pandemia, la &ldquo;vuelta a la normalidad&rdquo;, con su libre comercio y su crecimiento ilimitado. A veces lo hacemos olvidando que esa normalidad, <a href="https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/problema-no-son-aranceles_129_12194523.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">como recuerda Marco Schwartz en un excelente art&iacute;culo</a>, es la del neoliberalismo globalizador, destructivo y desigual; pero tambi&eacute;n porque asumimos con concienzudo realismo que esa &ldquo;normalidad&rdquo;, en parte responsable de las derivas ultraderechistas y trumpistas, es en todo caso un poco m&aacute;s benigna, m&aacute;s potencialmente democr&aacute;tica y m&aacute;s susceptible de transformaci&oacute;n que la verdad desnuda de los negocios imperiales.
    </p><p class="article-text">
        En estos momentos, me parece, deber&iacute;amos excluir &ldquo;la verdad&rdquo; como objeto pol&iacute;ticamente deseable; el que la desea est&aacute; retirando obst&aacute;culos del camino del neofascismo de pronto radicado en Washington. <a href="https://legrandcontinent.eu/es/2025/04/08/las-nuevas-fracturas-de-la-sociedad-espanola-tras-el-regreso-de-trump-10-puntos-sobre-nuestra-encuesta-exclusiva-eurobazuca/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Seg&uacute;n una reciente encuesta</a>, por cierto, este &ldquo;deseo de verdad&rdquo; re&uacute;ne en Espa&ntilde;a a los votantes de Vox y de Podemos contra el gobierno de S&aacute;nchez, cuyas medidas frente al trumpismo desaprueban ambos partidos por igual.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, si la batalla de los aranceles nos ha ense&ntilde;ado a desear menos, nos ha ense&ntilde;ado asimismo a imaginar m&aacute;s. No deja de ser sorprendente la unanimidad europe&iacute;sta que la &ldquo;verdad&rdquo; trumpista ha activado no solo en Espa&ntilde;a, donde la UE nunca ha estado en cuesti&oacute;n, sino en el resto del continente. Decenas de an&aacute;lisis, en la derecha y en la izquierda, convergen en la necesidad de que, as&iacute; como los EEUU se emanciparon del yugo imperial europeo en 1776, hoy Europa se independice del imperio estadounidense. Lo interesante es que todos, de derechas o de izquierdas, nos hemos puesto a invocar valores comunes que &ndash;decimos&ndash; habr&iacute;a que conservar a todo trance cuando la mayor parte de ellos, en realidad, existen de manera muy d&eacute;bil o fueron y siguen siendo violados todos los d&iacute;as: el liberalismo, el socialismo, la tolerancia, la democracia, la igualdad, la libertad, la paz, la rep&uacute;blica, etc. Un ejemplo particularmente se&ntilde;ero y estimulante es la larga apolog&iacute;a europea de Dominique de Villepin, exministro de Jacques Chirac, con la que es muy dif&iacute;cil no estar de acuerdo:<a href="https://legrandcontinent.eu/es/2025/04/07/el-poder-de-decir-no/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> &ldquo;el poder de decir no&rdquo;</a>.
    </p><p class="article-text">
        Nos hemos puesto todos a &ldquo;recordar&rdquo;, en efecto, una Europa que no existi&oacute; o que solo existi&oacute; en las costuras y en los m&aacute;rgenes y que, desde luego, todav&iacute;a no existe, como demuestran, por ejemplo, nuestras pol&iacute;ticas migratorias o de vivienda. Pero es importante y pol&iacute;ticamente bueno que en este contexto, en una encrucijada dif&iacute;cil, frente a Washington y sus quintacolumnistas trumpistas, recordemos precisamente esa Europa y llamemos a protegerla o, lo que es lo mismo, a construirla. No existieron nunca los atenienses o los romanos que &ldquo;recordaban&rdquo; los revolucionarios de 1789, pero les sirvieron para imaginar el derrocamiento del absolutismo.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Es imprescindible, para España y para Europa, conservar y luego renovar el gobierno de coalición. No es tarea fácil: hay que defenderlo al mismo tiempo de Vox, del PP y de nosotros mismos&quot;</p>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Est&aacute; bien, s&iacute;, que Europa se imagine a s&iacute; misma mejor de lo que ha sido, mejor de lo que es, porque esa imaginaci&oacute;n com&uacute;n podr&iacute;a servir para revisar el proyecto europeo, federalizarlo y democratizarlo de veras, y ello frente &ndash;al mismo tiempo&ndash; el &ldquo;deseo de normalidad&rdquo; del neoliberalismo y el &ldquo;deseo de verdad&rdquo; del neofascismo. Esta imaginaci&oacute;n com&uacute;n contra las cuerdas entra&ntilde;a la oportunidad y, a&uacute;n m&aacute;s, el imperativo de desneoliberalizar y redemocratizar el continente. &iquest;Se avanzar&aacute; en esa direcci&oacute;n? No s&eacute; si hay mimbres ni voluntad para ello, pero que todos nombremos al mismo tiempo lo que no existe no es un enga&ntilde;o: es, si se quiere, un proyecto.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; estamos aprendiendo de la batalla de los aranceles? Que tenga o no Trump un plan, la Historia no obedece ninguno y no puede reducirse a leyes o sistemas autorregulados e imperecederos. Margaret Thatcher no ten&iacute;a raz&oacute;n: s&iacute; hay alternativa. Pero cuidado. La alternativa a un sistema malo no tiene por qu&eacute; ser mejor. Esto sirve a peque&ntilde;a y gran escala. En Espa&ntilde;a, la traducci&oacute;n local de este principio de b&aacute;sico realismo, digamos, se formula de manera simple y clara: es imprescindible, para Espa&ntilde;a y para Europa, conservar y luego renovar el gobierno de coalici&oacute;n. No es tarea f&aacute;cil: hay que defenderlo al mismo tiempo de Vox, del PP y de nosotros mismos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/aprendiendo-batalla-aranceles_129_12213005.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 11 Apr 2025 20:20:54 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/51d84bdd-ee3d-4280-86b2-dd2d270ba68a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1536303" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/51d84bdd-ee3d-4280-86b2-dd2d270ba68a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1536303" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[¿Qué estamos aprendiendo de la “batalla de los aranceles”?]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/51d84bdd-ee3d-4280-86b2-dd2d270ba68a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Olvidarse el riñón encima de la mesa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/olvidarse-rinon-mesa_129_11823317.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cc841d96-1a7f-4bea-90ce-c3b163f5ad26_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Olvidarse el riñón encima de la mesa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Nos salimos o no de X? No lo sé. Personalmente, admiro mucho a los que no se rinden y se quedan ahí para seguir colgando buena información o visibilizando heridas que los periódicos desatienden; para seguir luchando hasta el último minuto, en fin, en una habitación asfixiante que se parece cada vez más, en la derecha y en la izquierda, a un mingitorio público y un matadero zombi</p></div><p class="article-text">
        Hace ahora tres semanas dej&eacute; de entrar en la red X, huyendo no de insidiosos bulos y venenosos fakes sino &ndash;dig&aacute;moslo as&iacute;&ndash; de &ldquo;los nuestros&rdquo;, capaces a menudo de crear una atm&oacute;sfera tan irrespirable como las ultraderechas y sus bots explosivos. Ahora me entero de que la degradaci&oacute;n de este espacio virtual, en manos de los algoritmos de Musk y sus huestes de asesinos digitales, ha llevado al diario <em>La Vanguardia</em> a anunciar, a trav&eacute;s de su director, su retirada de la red social; anuncio al que ha seguido una cascada de defecciones de periodistas relevantes y miles de usuarios activos cuya decisi&oacute;n ha generado una l&oacute;gica pol&eacute;mica. &iquest;Hay que salirse o quedarse?
    </p><p class="article-text">
        No lo s&eacute;. Pienso en voz alta. Si X es una casa, sin duda conviene mudarse a otra habitaci&oacute;n m&aacute;s confortable y mejor caldeada donde sea posible mantener una conversaci&oacute;n sosegada entre amigos; y donde sea posible razonar y polemizar sin insultos.
    </p><p class="article-text">
        Si X es un espacio p&uacute;blico, entonces vale la pena tambi&eacute;n regresar a otros m&aacute;s tradicionales en los que sea posible diferenciar una informaci&oacute;n de una opini&oacute;n de una postura ideol&oacute;gica de una mentira intencionada.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si X es un vicio, quiz&aacute;s conviene refugiarse en los m&aacute;s cl&aacute;sicos: el juego, el sexo, la bebida.
    </p><p class="article-text">
        Si X es un campo de batalla, entonces debemos ser conscientes de que vamos perdiendo.
    </p><p class="article-text">
        Todo parece invitar, pues, a dejar ese recinto ponzo&ntilde;oso. Ahora bien, quiz&aacute;s debamos ampliar el alcance de nuestra cr&iacute;tica para dirigirla al formato mismo de los intercambios digitales. Lo he contado muchas veces as&iacute;. &iquest;Qu&eacute; es un ordenador conectado a la red? &iquest;Es una herramienta como el martillo? &iquest;Una t&eacute;cnica como la escritura? &iquest;Un territorio como lo son Valencia o Am&eacute;rica? &iquest;O es, sobre todo, un &oacute;rgano como lo son el ri&ntilde;&oacute;n o el p&aacute;ncreas? Probablemente, es todas esas cosas a la vez. Puede ser una herramienta de trabajo o de conocimiento muy &uacute;til y hasta un asidero lenitivo para vidas dif&iacute;ciles; es sin duda una t&eacute;cnica basada en una complicada programaci&oacute;n num&eacute;rica cuyos arcanos conocen unos pocos, pero que se pueden aprender; y es asimismo un territorio en el que ocurren acontecimientos y por el que nos movemos a toda velocidad. Pero es sobre todo un &oacute;rgano. Siempre pongo este ejemplo: si tenemos que colgar un cuadro sacamos el martillo de la caja de herramientas y, una vez hemos clavado la alcayata en la pared, lo devolvemos a ella. Un martillo no entra&ntilde;a la obligaci&oacute;n de usarlo; solo en una pesadilla o en un relato dist&oacute;pico (como lo es el cuento de las zapatillas rojas de Andersen) podemos imaginar un objeto que se incorpora de tal manera a nuestro cuerpo que no podemos quit&aacute;rnoslo de encima: un martillo, por ejemplo, que nos obligase a clavar clavos sin parar por el solo hecho de tenerlo en la mano. Las herramientas han salido de nuestros cuerpos y felizmente no pueden volver a ellas: por eso, en alg&uacute;n sentido, ampl&iacute;an nuestra libertad. Eso no ocurre, en cambio, con los &oacute;rganos. No tenemos por qu&eacute; llevar nuestro martillo a la compra, a la universidad o de excursi&oacute;n al campo, pero no podemos decirnos por la ma&ntilde;ana mientras nos vestimos: &ldquo;hoy voy a ir al trabajo sin mi ri&ntilde;&oacute;n derecho&rdquo;. Pues bien, una conexi&oacute;n a internet se parece m&aacute;s a un ri&ntilde;&oacute;n que a un martillo; frente a ella nuestra libertad queda reducida a la decisi&oacute;n negativa de la desconexi&oacute;n, que es tan traum&aacute;tica, en alg&uacute;n sentido, como la de decidir desconectar a un enfermo de la respiraci&oacute;n asistida que lo mantiene con vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta dimensi&oacute;n org&aacute;nica de las nuevas tecnolog&iacute;as se impone a trav&eacute;s de la facilidad y de la velocidad, que impiden las narrativas largas y degradan la atenci&oacute;n. No se nos puede culpar a los usuarios y de nada sirve que se nos aleccione sobre el buen uso de las redes: nadie puede acusarnos de tener un ri&ntilde;&oacute;n y nadie puede ense&ntilde;arnos a utilizar nuestro h&iacute;gado: funcionan &ndash;y por eso estamos vivos&ndash; por su cuenta. Podemos decir, pues, que hay, s&iacute;, una herramienta y una t&eacute;cnica y un territorio encerrados bajo esta vida espont&aacute;nea que se nos impone org&aacute;nicamente, pero que solo podemos reconocerlas y activarlas reprimiendo su dimensi&oacute;n org&aacute;nica. Todo lo que tiene de ventajoso un ordenador conectado a la red se nos revela luchando contra &eacute;l. Ahora bien, una tecnolog&iacute;a que &uacute;nicamente nos descubre sus virtudes cuando se la reprime es una tecnolog&iacute;a fundamentalmente mala, como es fundamentalmente malo el crecimiento de las c&eacute;lulas que llamamos &ldquo;c&aacute;ncer&rdquo;. Algunos usuarios heroicos, particularmente disciplinados, ser&aacute;n quiz&aacute;s capaces de este ejercicio de libre represi&oacute;n: el que permite reducir un &oacute;rgano a herramienta. Pero no se puede juzgar una tecnolog&iacute;a (y a&uacute;n menos a sus usuarios) a partir de algunas victorias individuales tan raras como excepcionales.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que no est&aacute; claro que X sea una casa ni que en otras habitaciones se viva mejor: o que en otras habitaciones no se viva enseguida igual de mal. Tampoco est&aacute; claro que, cuando se llamaba Twitter, fuese sustancialmente m&aacute;s compatible con el pensamiento y la conversaci&oacute;n. En tiempos de velocidad estructural, en los que la nostalgia reivindica pasados cada vez m&aacute;s pr&oacute;ximos, la tendencia a idealizar las redes del a&ntilde;o 2015 dice m&aacute;s acerca de nuestra angustia que del mundo digital. Recordemos, sin ir m&aacute;s lejos, el modo en que el malogrado Mark Fisher caracterizaba el &ldquo;Twitter de izquierdas&rdquo; como una &ldquo;zona miserable y desesperante&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tampoco es evidente que las redes sociales sean &ldquo;espacios p&uacute;blicos&rdquo; y no m&aacute;s bien espacios privados cancerosos que han devorado lo p&uacute;blico. Lo han hecho de tal manera que los espacios pol&iacute;ticos tradicionales (parlamentos, peri&oacute;dicos e incluso tribunales) han pasado a depender de ellas e incluso a configurarse a partir de ellas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Ser&aacute; al menos un vicio? No lo creo. Aunque nuestra relaci&oacute;n org&aacute;nica con ellas remeda muchas de las dependencias de las adicciones, no puede decirse que sea un vicio por el mismo motivo que no puede decirse que vivir lo sea. Beber en exceso puede ser un vicio; segregar colesterol y prote&iacute;nas no. No somos &ldquo;viciosos&rdquo; de internet; vivimos ah&iacute; y vivimos a veces de eso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dicho esto, hay que aceptar al mismo tiempo que, a causa precisamente de su dimensi&oacute;n org&aacute;nica, no podemos salir de sus mallas o al menos no podemos salir de ah&iacute; por el momento, en un contexto de capitalismo neoliberal y ocio proletarizado. En el campo, entre los &aacute;rboles, se vive sin duda mejor, pero entre &aacute;rboles no vive ya casi nadie. Vive mucha m&aacute;s gente en internet. En los barrios, en los bares, en las camas, todav&iacute;a hay gente real, s&iacute;, y habr&aacute; que defender los bares, los barrios y las camas; pero incluso a los bares, los barrios y las camas llevamos ya nuestro ri&ntilde;&oacute;n derecho. Queramos o no, habr&aacute; que dar la batalla all&iacute; donde la batalla se plantee; es decir, en todos los lugares donde se re&uacute;na gente, y ello incluye las redes sociales. Pero no nos hagamos ilusiones, por favor, sobre su car&aacute;cter emancipador. Las redes son un campo de batalla, no un instrumento de liberaci&oacute;n y mucho menos de liberaci&oacute;n antropol&oacute;gica. La liberaci&oacute;n antropol&oacute;gica (y esa es una parte esencial de la batalla) consistir&aacute;, en todo caso, en promover la represi&oacute;n de las redes para apoderarse de la herramienta, la t&eacute;cnica y el territorio que abrigan en su interior; y para desproletarizar el ocio traslad&aacute;ndolo al exterior, donde los cuerpos lentos se frenan los unos a los otros.
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, la pregunta inicial se mantiene: &iquest;nos salimos o no de X? La cuesti&oacute;n no es si hay que abandonar internet; es la de si concretamente la red social de Musk constituye uno de nuestros campos de batalla. Las redes s&iacute;, ya lo hemos dicho, nos gusten m&aacute;s o menos. &iquest;Pero X? No lo s&eacute;. Es probable que ya no sea m&aacute;s que un avispero de bots que se responden unos a otros en un espacio cerrado. Y en el que no queda nadie a quien convencer de nada. O en el que, desde luego, ninguna informaci&oacute;n puede neutralizar un bulo y ninguna opini&oacute;n razonada puede desactivar un insulto. O quiz&aacute;s algunas err&aacute;ticas almas digitales siguen vagando solas por esos campos minados, expuestas al veneno trumpista, y nuestro deber es no abandonarlas. No tengo una respuesta clara; y desde luego no tengo ni valor ni talento como guerrero virtual. Personalmente entiendo muy bien a los que se van para intentar reprimir desde dentro la vida digital y desproletarizar desde fuera el ocio. Pero personalmente admiro mucho a los que no se rinden y se quedan ah&iacute; para seguir colgando buena informaci&oacute;n o visibilizando heridas que los peri&oacute;dicos desatienden; para seguir luchando hasta el &uacute;ltimo minuto, en fin, en una habitaci&oacute;n asfixiante que se parece cada vez m&aacute;s, en la derecha y en la izquierda, a un mingitorio p&uacute;blico y un matadero zombi.
    </p><p class="article-text">
        El dilema mismo ya dice mucho de la relaci&oacute;n de fuerzas. La batalla de las redes hay que darla, escogiendo bien, como en todas las batallas, el terreno m&aacute;s favorable. La batalla de las redes la estamos perdiendo; y la estamos perdiendo porque tenemos menos recursos, claro, pero porque sucumbimos tambi&eacute;n a su dimensi&oacute;n org&aacute;nica, entre el puro coraz&oacute;n y los intestinos sueltos. La batalla de las redes, en cualquier caso, no debe hacernos olvidar que es ah&iacute; afuera, en el mundo, donde la lluvia mata y donde el sol nos seca la ropa.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/olvidarse-rinon-mesa_129_11823317.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Nov 2024 20:50:07 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/cc841d96-1a7f-4bea-90ce-c3b163f5ad26_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1095772" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/cc841d96-1a7f-4bea-90ce-c3b163f5ad26_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1095772" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Olvidarse el riñón encima de la mesa]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/cc841d96-1a7f-4bea-90ce-c3b163f5ad26_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Twitter,Elon Musk,Redes sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Odiar el fútbol]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/odiar-futbol_129_11532121.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e22d0ae7-57eb-40c0-83ca-605feec56080_16-9-discover-aspect-ratio_default_1098936.jpg" width="1920" height="1080" alt="Odiar el fútbol"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El juego y el equipo de la selección española representaban, sí, la diversidad; es decir, la normalidad no ideológica; la celebración posterior, en cambio, ha restablecido, de manera también normal, la ideología “España” y sus cochambres</p><p class="subtitle">La importancia simbólica de Lamine y Nico</p></div><p class="article-text">
        Uno de los problemas que seguimos sin solucionar es este de que Espa&ntilde;a nunca sea del todo un pa&iacute;s y mucho menos una naci&oacute;n. &iquest;Qu&eacute; es entonces? Es sobre todo una ideolog&iacute;a: llam&eacute;mosla &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo;. Pese a los muchos cambios experimentados en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, su nombre no es f&aacute;cilmente separable, en efecto, de una cierta visi&oacute;n del mundo, no mayoritaria, que penetra y se apropia todas las palabras y todos los s&iacute;mbolos, incluida la bandera. No importa lo que realmente ocurra en las calles y en las casas, cu&aacute;nta diversidad abriguen nuestras lenguas y nuestros cuerpos, &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; sigue catalizando una visi&oacute;n particular, interesada y excluyente, del mundo. &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo;, quiero decir, se enorgullece de su pasado imperial, maltrata a los inmigrantes, odia a los m&aacute;s d&eacute;biles, se burla del feminismo, rechaza la democracia; vota a Vox o a Alvise o, en todo caso, a la derecha. Ni siquiera un triunfo deportivo, como el que se acaba de vivir, consigue reunir &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; y los espa&ntilde;oles; enseguida hay un grup&uacute;sculo sectario y viril que deja fuera de &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; a buena parte de sus habitantes.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esa ideolog&iacute;a (que se muestra de nuevo pujante), la respuesta de la izquierda radical solo puede ser igualmente ideol&oacute;gica. Si Alvise, Vito Quiles, Abascal son los espa&ntilde;oles, nosotros no queremos serlo, de manera que reivindicamos con orgullo la condici&oacute;n de Anti-Espa&ntilde;a y de anti-espa&ntilde;oles que el discurso hist&oacute;rico de las derechas excluyentes ha forjado contra la realidad misma de nuestro pa&iacute;s. Durante unos d&iacute;as, salvo para unos cuantos fan&aacute;ticos desinhibidos y unos cuantos independentistas rezongones, en la alegr&iacute;a pura de un vasco negro y un catal&aacute;n moro, que met&iacute;an goles con la camiseta roja, pareci&oacute; caber mucha gente. La izquierda habl&oacute; de la Espa&ntilde;a real, de la Espa&ntilde;a diversa, de la Espa&ntilde;a plurinacional con un entusiasmo ingenuo que olvidaba que la &ldquo;diversidad&rdquo; no es una ideolog&iacute;a sino un hecho y que ese hecho inclu&iacute;a, desde luego, a Nico Williams y Lamine Yamal, pero tambi&eacute;n a los que la niegan ideol&oacute;gicamente. Parte de la decepci&oacute;n posterior, frente a las im&aacute;genes de la celebraci&oacute;n, tiene que ver con esta idea de que la diversidad es &ldquo;de izquierdas&rdquo;: de que constituye el triunfo de una ideolog&iacute;a mejor: de que confirma la superioridad por fin de la Anti-Espa&ntilde;a. No es as&iacute;. Es solo un hecho que se hace visible pocas veces y de cuya visibilidad excepcional debemos alegrarnos sin exaltarnos.
    </p><p class="article-text">
        Esa es la peligrosa confusi&oacute;n. &iquest;Cre&iacute;amos que siete partidos de f&uacute;tbol y dos chavales ejemplares iban a hacer la revoluci&oacute;n pendiente? &iquest;Que un gol de ensue&ntilde;o y una sonrisa gigante iban a acabar con el racismo? &iquest;Que esa reuni&oacute;n fugaz de Espa&ntilde;a y los espa&ntilde;oles iba a deshacer el empate pol&iacute;tico a nuestro favor? El juego y el equipo de la selecci&oacute;n espa&ntilde;ola representaban, s&iacute;, la diversidad; es decir, la normalidad no ideol&oacute;gica; la celebraci&oacute;n posterior, en cambio, ha restablecido, de manera tambi&eacute;n normal, la ideolog&iacute;a &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; y sus cochambres: el <a href="https://www.eldiario.es/politica/gobierno-considera-impensable-saludo-carvajal-sanchez-fuera-falta-respeto-resta-importancia_1_11527638.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">gesto descort&eacute;s de Carvajal,</a> los insultos a Lamine, la <a href="https://www.eldiario.es/andalucia/cadiz/gibraltar-espanol-ma-non-troppo-ardor-patrio-futbolero-dolio-penon-derrota-inglaterra_1_11528761.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">reivindicaci&oacute;n de Gibraltar</a>. 
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;amos decir que la victoria en la Eurocopa ha sido de los espa&ntilde;oles y la celebraci&oacute;n, de &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo;. Parte de la izquierda se complace ahora en este regreso para recordarnos &ndash;a los que nos hemos dejado llevar por la belleza de los partidos y la alegr&iacute;a inocente de Nico y de Lamine&ndash; que no hay m&aacute;s Espa&ntilde;a que &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; y que no se puede resignificar; que Espa&ntilde;a es un lodazal fascista; que est&aacute; perdida para siempre. Pero si no se puede resignificar, &iquest;por qu&eacute; luchamos los espa&ntilde;oles de izquierdas? &iquest;Por la independencia de Euskadi y Catalunya? &iquest;Por la democracia en Colombia? &iquest;Por la soberan&iacute;a econ&oacute;mica de los brasile&ntilde;os? &iquest;Por la justicia social en Chile? &iquest;Por los derechos de los inmigrantes en EEUU? &iquest;Abandonamos entonces a los espa&ntilde;oles en manos de la derecha matona, los jueces prevaricadores, los periodistas trileros y los ricos que defraudan a Hacienda? &iquest;Entregamos a Nico y a Lamine, alegres espa&ntilde;oles, a los racistas?
    </p><p class="article-text">
        Nos gusta mucho eso de &ldquo;dar por perdida Espa&ntilde;a&rdquo;; es muy de izquierdas y, a&uacute;n m&aacute;s, es la forma izquierdista de ser &ldquo;espa&ntilde;ol&rdquo;. Nos produce un oscuro deleite de fatal confirmaci&oacute;n el hecho de que la torpeza de la celebraci&oacute;n haya venido a desmentir la belleza de la victoria: &ldquo;ya os lo hab&iacute;a dicho yo&rdquo;. Ahora bien, si no se debe exagerar su valor pol&iacute;tico, el &eacute;xito de Espa&ntilde;a en la Eurocopa tampoco es balad&iacute;. Al igual que en las vacunas, parasitadas por el capitalismo, tambi&eacute;n hay algo objetivamente bueno, bello y verdadero en el f&uacute;tbol que hemos visto estos d&iacute;as, en el placer desinteresado de los jugadores, en la imagen de Lamine sentado en el cesped con su hermanito en los brazos, en la rara correspondencia, por una vez, entre el juego y los resultados.
    </p><p class="article-text">
        Durante a&ntilde;os me alej&eacute; del f&uacute;tbol por razones ideol&oacute;gicas; reprim&iacute; mi deseo de ver partidos o los vi solo de manera clandestina y casi ad&uacute;ltera, como ese personaje de Alejandro Zambra que no se atrev&iacute;a a contarle a su novia, activista comunista, su pasi&oacute;n por el estadio. El f&uacute;tbol, digamos, re&uacute;ne dos vertientes que lo hacen virtualmente universal. Una es objetiva: la conexi&oacute;n entre la geometr&iacute;a y la carne, la revelaci&oacute;n de los l&iacute;mites en el espacio, la colectivizaci&oacute;n de una peque&ntilde;a esfera en movimiento, el descubrimiento pasmoso de la inteligencia de los pies. Contiene adem&aacute;s una vertiente subjetiva: el placer de la filiaci&oacute;n adventicia, de la identidad provisional y de la disputa autosatisfecha; la tensi&oacute;n de una rivalidad que, como la de los buenos chistes y los buenos poemas, se resuelve (o deber&iacute;a resolverse) en los l&iacute;mites del campo. Una, la vertiente objetiva, es parasitada y corrompida por el capitalismo, que sustituye el juego por el espect&aacute;culo y el mito por el negocio; la otra, la subjetiva, es parasitada y corrompida por pasiones supremacistas y frustraciones sublimadas; en nuestro caso, por la ideolog&iacute;a &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo;, que se filtra en los estadios como se filtra en las escuelas, en las instituciones y en las redes.
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente del gol inolvidable de Lamine contra Francia, estuve tentado de escribir un art&iacute;culo para aconsejarle que se retirara antes de que fuese demasiado tarde, que aprovechara &ldquo;la plenitud del ser&rdquo; (esa que, seg&uacute;n Schelling, captur&oacute; para siempre el disc&oacute;bolo de Mir&oacute;n) para ponerse a cubierto de la corrupci&oacute;n asociada a las estrellas esclavas (la de la Fifa, la de la RFEF, la de los pa&iacute;ses del Golfo) y protegerse del regreso inevitable de &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo;, que no le perdonar&aacute; que un d&iacute;a falle un gol cantado y que le echar&aacute; la culpa, si as&iacute; ocurre, de la derrota en el pr&oacute;ximo Mundial. &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; no sabe ni ganar ni perder; si gana, es un imperio en el que no se pone el sol, arrogante y machirulo; si pierde, el hazmerre&iacute;r del mundo, merecedor de todas las humillaciones y todas las bofetadas. Mientras gane, &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; se sentir&aacute; orgullosa de su &ldquo;diversidad&rdquo;. Cuando pierda, a &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; le gustar&aacute; tener a mano un negro vasco y un moro catal&aacute;n a los que echar la culpa de su &ldquo;decadencia&rdquo;. &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; odia el f&uacute;tbol y ama a &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo;, en la que no caben ni la belleza ni la pluralidad ni la propia Espa&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        El mundo es horrible; el f&uacute;tbol, una fosa s&eacute;ptica. La guerra lame Europa; el genocidio israel&iacute; sigue dejando caer sus bombas sobre ni&ntilde;os que admiran a Lamine; el cambio clim&aacute;tico voltea las estaciones y derrite el &Aacute;rtico. &iquest;Tendremos que sentirnos culpables o avergonzados por gozar de un momento de objetiva belleza colectivizada? El mundo no cambia por eso; no se transforma &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo; despu&eacute;s de eso. &iquest;Habr&aacute; que claudicar entonces y limitarse a enunciar grandes verdades en habitaciones peque&ntilde;as? No me parece una buena idea. A veces con pereza, a veces con asco, a veces tambi&eacute;n con placer, habr&aacute; que disputar todos los conceptos y todos los fen&oacute;menos compatibles con los Derechos Humanos (o que los refuercen) en los que quepa mucha gente: la patria, la democracia, la libertad; la calle, las instituciones, las redes. Tambi&eacute;n el f&uacute;tbol, que siguen millones de personas a las que no podemos reprochar sus emociones objetivas y subjetivas. Y tambi&eacute;n habr&aacute; que disputar, s&iacute;, las celebraciones, porque la risa, el baile y el canto no son ni de izquierdas ni de derechas; son tan universales como el pan que se niega a los m&aacute;s pobres o el agua que embotella la casa Coca-Cola. El placer y la belleza de la victoria de Espa&ntilde;a no puede ser desmentida por la cochambrosa celebraci&oacute;n de &ldquo;Espa&ntilde;a&rdquo;, pero no cambia nada o casi nada. &iquest;Es eso cierto? No cambia nada o casi nada, salvo porque hace deseable, para muchos espa&ntilde;oles sin patria, esa Espa&ntilde;a rara y compleja, republicana y federal, integradora y justa, que no debemos entregar, cargados de raz&oacute;n, a la &ldquo;espa&ntilde;olez&rdquo; y sus delirios excluyentes.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/odiar-futbol_129_11532121.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 18 Jul 2024 20:21:35 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/e22d0ae7-57eb-40c0-83ca-605feec56080_16-9-discover-aspect-ratio_default_1098936.jpg" length="432798" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/e22d0ae7-57eb-40c0-83ca-605feec56080_16-9-discover-aspect-ratio_default_1098936.jpg" type="image/jpeg" fileSize="432798" width="1920" height="1080"/>
      <media:title><![CDATA[Odiar el fútbol]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/e22d0ae7-57eb-40c0-83ca-605feec56080_16-9-discover-aspect-ratio_default_1098936.jpg" width="1920" height="1080"/>
      <media:keywords><![CDATA[Ultraderecha,Eurocopa,Fútbol,Racismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Papeles en blanco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/papeles-blanco_129_8836894.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/461fee2d-4058-4e9f-a514-882e97565a2e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Papeles en blanco"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nuestra rusofobia solo sirve para aislar a los grupos pacifistas activos en las calles de Rusia, para entregárselos esposados a la policía y para exponerlos al rechazo de una mayoría creciente de compatriotas que se sentirá acosada por la intolerancia europea</p><p class="subtitle">Análisis - ¿Era inevitable? Breve historia de la guerra de Rusia en Ucrania</p></div><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a muchos tuvimos ocasi&oacute;n de ver una escena de una violencia estremecedora: en una calle de Mosc&uacute;, un hombre solitario exhib&iacute;a un papel en blanco y, tras negarse a doblarlo, era detenido por la polic&iacute;a. Pocos d&iacute;as antes una mujer hab&iacute;a sufrido la misma suerte por el mismo motivo. La violencia de la escena no estribaba, o no solo, en la brusquedad policial; ten&iacute;a que ver, sobre todo, con la brutal absorci&oacute;n de todos los signos en un campo semi&oacute;tico sin fisuras. Ten&iacute;a que ver, si se quiere, con la consideraci&oacute;n totalitaria de que, en ciertas circunstancias, no existen los papeles en blanco porque hasta el vac&iacute;o es ya un mensaje. Esto es lo que quiere decir &ldquo;guerra&rdquo;: una relaci&oacute;n nueva en la que es imposible no decir nada porque cualquier silencio es ya una declaraci&oacute;n. En Mosc&uacute; hace falta mucho coraje para estar sencillamente en la calle ense&ntilde;ando un papel en blanco. El que lo hace no est&aacute; tratando de burlar con una argucia las nuevas leyes de la autocracia rusa; sabe que, ense&ntilde;e lo que ense&ntilde;e, va a ser detenido. Ahora bien, la idea de manifestarse contra la guerra de Putin mediante un no-signo visible sirve para evidenciar al mismo tiempo la absurda insensatez de la guerra y el car&aacute;cter dictatorial del r&eacute;gimen ruso. Ser detenido por sostener en la calle una pancarta vac&iacute;a es el mejor alegato posible, el m&aacute;s transparente y el m&aacute;s clamoroso, contra los bombardeos en Kiev y contra la censura en Mosc&uacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No hay papeles en blanco en una guerra. Y de hecho puede decirse que una guerra &ndash;alg&uacute;n tipo de guerra&ndash; ha empezado ya cuando de pronto todos los gestos y todas las palabras pasan a significar <em>algo</em> en un mundo cerrado y dividido en dos; y en el que, por tanto, todo lo que no sea una condena expl&iacute;cita constituye un apoyo al &ldquo;enemigo&rdquo;. Esta l&oacute;gica es lo que podemos llamar en rigor &ldquo;belicismo&rdquo;. No es belicismo &ndash;como lo demuestran los pacifistas rusos&ndash; denunciar una invasi&oacute;n criminal; tampoco defenderse leg&iacute;timamente de una agresi&oacute;n, aunque sea dif&iacute;cil prolongar la defensa militar sin propaganda b&eacute;lica. Belicismo es prohibir o reprimir los papeles en blanco. Belicismo es trasladar a todas las esferas &ndash;el deporte, la cultura, la vida cotidiana&ndash; el imperativo de la significaci&oacute;n: en cada casa y cada bar, se dice, estamos librando un combate contra el &ldquo;enemigo&rdquo;; hasta los pensamientos mismos son trincheras. El belicismo es muy peligroso porque no siempre es una consecuencia de la guerra; a veces la antecede y la prepara. Tambi&eacute;n porque es incompatible con la democracia. As&iacute; como una guerra es necesariamente una dictadura, desde una dictadura es m&aacute;s f&aacute;cil preparar a los ciudadanos para la guerra.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, mientras me emociono mucho viendo a rusos exhibir papeles en blanco, me preocupo much&iacute;simo leyendo algunas noticias que llegan del interior de Europa, que no est&aacute; en guerra y que deber&iacute;a dedicar todos sus esfuerzos a evitarla. Leo hoy, por ejemplo, que el gobierno brit&aacute;nico no va a permitir jugar el torneo de Wimbledon al tenista ruso Medvedev, salvo que condene expresamente el r&eacute;gimen de Putin. Le&iacute; hace unos d&iacute;as que la Universidad de Valencia &ldquo;insta&rdquo; a los estudiantes rusos a volver a su pa&iacute;s; y unos d&iacute;as antes que la filmoteca de Andaluc&iacute;a hab&iacute;a anulado una proyecci&oacute;n de <em>Solaris</em>, del gran Tarkovsky; y la semana anterior que la universidad de la Bicocca de Milano hab&iacute;a suspendido un curso sobre <em>Los hermanos Karamazov</em>, del inmenso Dostoievsky, como &ldquo;represalia&rdquo; por la invasi&oacute;n de Ucrania.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todas estas medidas, oficiales o espont&aacute;neas, son peligros&iacute;simas porque aceptan al mismo tiempo la l&oacute;gica de la guerra y la p&eacute;rdida de derechos fundamentales. Hay al menos tres motivos por los que deber&iacute;amos blandir contra ellas nuestros papeles en blanco. El primero es absoluto. Debemos proteger nuestro derecho a &ndash;digamos&ndash; la &ldquo;universalidad rusa&rdquo; en un momento de contracciones nacionalistas. En las guerras del siglo XX siempre se habl&oacute; de internacionalismo obrero frente a los intereses de los capitalistas que separaban y enfrentaban a las clases trabajadoras. Hay tambi&eacute;n un internacionalismo literario y cultural que, en ausencia de una izquierda robusta y transversal, es m&aacute;s necesario que nunca reivindicar. Dostoievsky era ruso, pero sus lectores no. Tarkovsky era ruso, pero los que vemos sus pel&iacute;culas no. Nadie es ruso -o todos los somos por igual- cuando leemos<em> El maestro y Margarita</em> o vemos<em> Cuando vuelan las cig&uuml;e&ntilde;as. </em>El otro d&iacute;a Enric Juliana recomendaba <em>Ivan el terrible</em>, de Eisenstein. Yo recomendar&iacute;a estos d&iacute;as leer <em>Guerra y paz</em>, de Tolstoi, donde la fragilidad com&uacute;n de invasores e invadidos se revela, en una escena memorable, alrededor de una fogata bajo las estrellas. Cualquier censura de autores rusos la considero un ataque contra m&iacute; mismo; contra lo mejor de m&iacute; mismo; contra aquello precisamente que me lleva a emocionarme con los papeles blancos en Mosc&uacute; y a indignarme con los bombardeos en Kiev.
    </p><p class="article-text">
        El segundo motivo es pragm&aacute;tico. Si queremos apoyar las movilizaciones rusas contra la guerra, fuente decisiva de presi&oacute;n sobre el r&eacute;gimen de Putin, es fundamental no identificar a todos los rusos con &eacute;l. Tenemos que proteger a los ucranianos de los bombardeos y con ese fin tenemos que proteger tambi&eacute;n a los rusos de sus propios dirigentes. La hostilidad hacia la cultura rusa, y hacia los rusos que viven en nuestras ciudades, funciona de hecho como la mejor propaganda imaginable a favor de Putin y de sus pretensiones de representar al pueblo ruso en su conjunto. Nuestra rusofobia solo sirve para aislar a los grupos pacifistas activos en las calles de Rusia, para entreg&aacute;rselos&nbsp;esposados a la polic&iacute;a y para exponerlos al rechazo de una mayor&iacute;a creciente de compatriotas que se sentir&aacute; acosada por la intolerancia europea y, por lo tanto, m&aacute;s dispuesta a dejarse seducir por el belicismo nacionalista de su gobierno. Ahora que es posible informarse en tiempo real y a trav&eacute;s de las redes, la poblaci&oacute;n rusa solo deber&iacute;a recibir de Europa indicios de un modelo diferente, democr&aacute;tico y no belicista, y respetuoso, desde luego, con los grandes logros de una cultura que tambi&eacute;n forma parte de nuestra historia.
    </p><p class="article-text">
        El tercer motivo es de pura supervivencia. El aumento de los nacionalismos identitarios, el crecimiento rampante de la ultraderecha en los &uacute;ltimos a&ntilde;os y, en consecuencia, la desdemocratizaci&oacute;n acelerada de la UE, determina que afrontemos esta crisis desde una Europa en andrajos, sin un proyecto alternativo, ni de izquierdas ni liberal, y en un mundo que la invasi&oacute;n de Ucrania revela cada vez m&aacute;s inclinado al desorden geopol&iacute;tico. Es posible que las democracias liberales sean incompatibles con el nuevo orden global; es seguro que en &eacute;l los intereses de Europa y los de EEUU ya no son los mismos; y es veros&iacute;mil que China sea la &uacute;nica potencia capaz de introducir una nueva estabilidad imperial. Es posible. Es seguro. Es veros&iacute;mil. No estamos, como en la Primera Guerra Mundial, en el umbral de una revoluci&oacute;n anticapitalista y anti-imperialista; ni, como en la Segunda, en v&iacute;speras de una Guerra Fr&iacute;a de car&aacute;cter ideol&oacute;gico. Pero por eso mismo, a mi juicio, la UE no puede renunciar a su &ldquo;diferencia&rdquo; democr&aacute;tica, de la que depender&aacute; no solo el desarrollo econ&oacute;mico y pol&iacute;tico del continente sino su capacidad para intervenir, por la v&iacute;a diplom&aacute;tica, en las luchas geopol&iacute;ticas venideras. La unidad de la UE debe hacerse en torno a la protecci&oacute;n de las clases m&aacute;s desfavorecidas, la defensa de los Derechos Humanos y la independencia&nbsp;estrat&eacute;gica; y no en negativo, a trav&eacute;s de una escalada armament&iacute;stica en clave &ldquo;nacional&rdquo; y vinculada a la OTAN y de un aumento del belicismo discursivo. Protej&aacute;monos de Putin protegiendo nuestros fr&aacute;giles, erosionados y temblorosos valores democr&aacute;ticos. La rusofobia da la raz&oacute;n al aut&oacute;crata ruso y nos deja a&uacute;n m&aacute;s inermes frente a sus partidarios, sigilosos o expl&iacute;citos, instalados desde hace a&ntilde;os en nuestras calles y en nuestras instituciones.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/papeles-blanco_129_8836894.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 16 Mar 2022 21:23:11 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/461fee2d-4058-4e9f-a514-882e97565a2e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="220397" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/461fee2d-4058-4e9f-a514-882e97565a2e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="220397" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Papeles en blanco]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/461fee2d-4058-4e9f-a514-882e97565a2e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Crisis Ucrania,Rusia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Filosofía: una nota a pie de página]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/filosofia-nota-pie-pagina_129_8540452.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/277256af-73d8-4e6e-a688-d71c63f33d6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Filosofía: una nota a pie de página"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La escuela no debe servir ni a la sociedad ni al mercado. Sin embargo, se le pide que responda a las demandas de una sociedad de mercado estratificada y desigual. Esto implica la eliminación o reducción de las asignaturas humanistas como la filosofía, para las que no hay sitio ni tiempo</p></div><p class="article-text">
        De la filosof&iacute;a pueden decirse dos cosas. La primera es que su existencia es muy reciente: tiene apenas 2500 a&ntilde;os. Cosas mucho m&aacute;s antiguas &ndash;los paisajes de nuestra infancia, el rinoceronte blanco, decenas de especies de helechos&ndash;han desaparecido y la humanidad ha sobrevivido. Si la filosof&iacute;a quedase enteramente desplazada no solo de las escuelas, sino de la faz de la tierra &ndash;de su memoria com&uacute;n- seguir&iacute;amos estando vivos, quiz&aacute;s &ldquo;iletrados y cerriles&rdquo;, como sosten&iacute;a Plat&oacute;n en el Cr&aacute;tilo, pero sin ninguna conciencia de nuestra iletradez y nuestro cerrilismo. No pasar&iacute;a nada porque no notar&iacute;amos nada. Al contrario de lo que pretend&iacute;a Hegel, no hay ninguna relaci&oacute;n entre realidad y racionalidad. No todo lo que ocurre es racional, no, pero s&iacute;, en cambio, es normal. Todo lo real &ndash;digamos&ndash; es normal&iacute;simo &iquest;El man&aacute; del cielo? Normal &iquest;Los bombardeos? Normales &iquest;La llegada del hombre a la luna? Normal &iquest;La llegada de los nazis al poder? Normal. &iquest;La desaparici&oacute;n del planeta tierra? Normal tambi&eacute;n. Vivir en la extra&ntilde;eza perpetua, desprendidos de la realidad, ser&iacute;a imposible, desaconsejable y patol&oacute;gico, pero una normalidad sin costuras acabar&iacute;a conduci&eacute;ndonos al precipicio si nuestra vida no fuese rescatada de la rutina por algunos momentos inesperados de extra&ntilde;eza salv&iacute;fica, como a veces ocurre con la belleza y con el amor.
    </p><p class="article-text">
        O lo dir&eacute; de otra manera: vamos cediendo al abismo objetos cuya memoria desaparece inmediatamente de nuestra percepci&oacute;n. Para caer en la cuenta de las cosas que nos faltan, de las que hemos perdido, de las que nos han robado, ser&iacute;a necesario crearlas de nuevo. &iquest;Desaparecen las aves? En su lugar hay aviones &iquest;Desaparecen los r&iacute;os? En su lugar hay un centro comercial. &iquest;Desaparecen los tomates? En su lugar hay &ldquo;tomates&rdquo;. Lo desaparecido, al desaparecer, empeora nuestra existencia, pero nuestra existencia est&aacute; siempre llena de otras cosas y no notamos el empeoramiento. No echamos nada en falta. Cada &eacute;poca de la historia, digamos, es la &eacute;poca m&aacute;s completa de la historia. Hasta que una magdalena de Proust nos recuerda lo que hemos extraviado. Ahora bien, como su propia obra demuestra, una magdalena de Proust es un azar muy improbable en una vida humana. Tendr&iacute;amos que crear de nuevo los &aacute;rboles, reemplazados por cables y postes, para percatarnos de su necesidad; si los cre&aacute;ramos de nuevo, sin embargo, dejar&iacute;amos de notar inmediatamente la mejor&iacute;a que introducen en nuestras vidas como no notamos el empeoramiento que causa su desaparici&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De ah&iacute; la necesidad de la filosof&iacute;a. La &uacute;nica magdalena de Proust &ndash;fuente de extra&ntilde;eza salv&iacute;fica&ndash; que podemos introducir a voluntad en nuestra existencia com&uacute;n es la filosof&iacute;a, que sirve para recordarnos las cosas que nos faltan, las que hemos perdido, las que nos han robado. Sin filosof&iacute;a todo nos parecer&iacute;a igualmente normal. Si desapareciera la filosof&iacute;a de nuestras escuelas &ndash;y, a&uacute;n m&aacute;s, de la memoria de la tierra&ndash;, el color verde, el dolor de los dem&aacute;s, la belleza del amado y la enormidad del cielo estrellado dejar&iacute;an de producirnos asombro; quedar&iacute;an definitivamente absorbidos en la normalidad, que es, de alg&uacute;n modo, la inermidad total frente al poder. La dimensi&oacute;n filos&oacute;fica del color, del dolor, del amor y de las estrellas quiz&aacute;s no precede sino que sucede al descubrimiento de la filosof&iacute;a. No olvidemos, en cualquier caso, que todo empez&oacute; con un tipo llamado Tales que cay&oacute; a un pozo mientras contemplaba el cielo nocturno; y que de &eacute;l sac&oacute; tambi&eacute;n Kant, muchos siglos despu&eacute;s, la ley moral que reside en el alma de los humanos.
    </p><p class="article-text">
        De la filosof&iacute;a podemos decir, pues, que es joven y que podr&iacute;a desaparecer, junto a cosas mucho m&aacute;s antiguas, sin que ocurriese ninguna cat&aacute;strofe inmediata, o sin que percibi&eacute;semos ning&uacute;n cambio a nuestro alrededor, porque nos sirve &ndash;la filosof&iacute;a&ndash; precisamente para que el mundo nos resulte ben&eacute;ficamente extra&ntilde;o y no solo destructivamente normal. Ahora bien, sobre la filosof&iacute;a hay que a&ntilde;adir tambi&eacute;n un segundo dato inquietante: que es la &uacute;nica disciplina que no conoce ning&uacute;n progreso. Podemos decir, no s&eacute;, que Pasteur demostr&oacute; inequ&iacute;vocamente que la teor&iacute;a de la generaci&oacute;n espont&aacute;nea &ndash;de Arist&oacute;teles a van Helmont&ndash; era err&oacute;nea; y que, en t&eacute;rminos cin&eacute;ticos, la navegaci&oacute;n a vela qued&oacute; superada por la m&aacute;quina de vapor, superada a su vez por el motor de explosi&oacute;n. En el campo de la filosof&iacute;a, sin embargo, no hay ning&uacute;n progreso; los fil&oacute;sofos no se superan los unos a los otros. Sus obras, si se quiere, se acumulan y se citan sin negarse. Es verdad que Galileo dej&oacute; atr&aacute;s el uso que la Iglesia hac&iacute;a de la obra aristot&eacute;lica para frenar la ciencia, pero Arist&oacute;teles, que hablaba de animales inexistentes, sigue estando tan vivo -o mucho m&aacute;s- que Sloterdijk o Zizek, por citar dos fil&oacute;sofos contempor&aacute;neos. Como sabemos, el fil&oacute;sofo ingl&eacute;s Whitehead escribi&oacute; en una ocasi&oacute;n que &ldquo;toda la historia de la filosof&iacute;a occidental es una nota a pie de p&aacute;gina de Plat&oacute;n&rdquo;. Puede parecer una provocaci&oacute;n bravucona, pero en realidad con esta frase Whithead viene a decirnos que las grandes preguntas fueron formuladas hace 2500 a&ntilde;os y que seguimos sin encontrarles respuesta. Al parecer, la &uacute;nica respuesta que se nos ocurre ahora es suprimir las preguntas de los curr&iacute;culos escolares.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; nos ense&ntilde;a la filosof&iacute;a? Que los grandes problemas no tienen soluci&oacute;n; solo pueden pensarse. Eso es lo que realmente quiere decir &ldquo;pensamiento&rdquo;: dar la vuelta a un problema, en bucle, en espiral, tocando fugazmente el objeto, como avispas en torno a una tortilla de patata, sin posarnos ni saciarnos jam&aacute;s. &iquest;Y por qu&eacute; querr&iacute;amos enunciar en las escuelas problemas que no tienen soluci&oacute;n, preguntas que no tienen la respuesta al final de ning&uacute;n libro de sudokus? Vivimos en una &ldquo;sociedad de mercado&rdquo;, lo que quiere decir que es por un lado sociedad y por otro mercado, con encajes entreverados entre las dos partes, siempre &ndash;por cierto&ndash; con ventaja para el mercado. Las sociedades y los mercados aman las soluciones. Las sociedades, digamos, son conservadoras; los mercados, digamos, son revolucionarios. Las escuelas &iquest;deben servir a la sociedad? &iquest;O deben servir a los mercados? Se nos olvida que el t&eacute;rmino &ldquo;escuela&rdquo; procede etimol&oacute;gicamente de la palabra &ldquo;skhol&eacute;&rdquo;, que en griego quer&iacute;a decir &ldquo;ocio&rdquo; o &ldquo;tiempo libre&rdquo;, y que remit&iacute;a &ndash;es decir- al tiempo liberado, a un lado y otro, de los trabajos de la reproducci&oacute;n y del peso de la tradici&oacute;n. &ldquo;Escuela&rdquo; es, por tanto, ese espacio que toda sociedad democr&aacute;tica se reserva al margen de la producci&oacute;n y de las respuestas fosilizadas recibidas para hacerse preguntas en libertad; &ldquo;escuela&rdquo; es, pues, sin&oacute;nimo de &ldquo;filosof&iacute;a&rdquo;, como lo es tambi&eacute;n -seg&uacute;n recuerda Carlos Fern&aacute;ndez Liria&ndash; de &ldquo;ciudadan&iacute;a&rdquo;. Una escuela sin filosof&iacute;a es sencillamente un ox&iacute;moron. Por eso mismo, una escuela privada o concertada jam&aacute;s podr&aacute; ser una verdadera &ldquo;escuela&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La escuela no debe servir ni a la sociedad ni al mercado. Debe protegerse y protegernos, al contrario, de las dos fuerzas. En Espa&ntilde;a hay muy poca escuela, y la que queda se conserva gracias al esfuerzo heroico de maestros y profesores que tienen que deslizar el cielo nocturno, por una rendija, en un peque&ntilde;o bancal permanentemente ocupado por los bancos y por la tradici&oacute;n; es decir, por la desigualdad y la doctrina. La ense&ntilde;anza privada y concertada &ndash;no lo olvidemos&ndash; sigue estando en manos de la Iglesia y de las empresas; y nuestros gobiernos, de izquierdas y de derechas, no solo han cedido terreno a la privatizaci&oacute;n del saber &ndash;o, valga decir, a la desescolarizaci&oacute;n de Espa&ntilde;a&ndash; sino que han reducido a harapos la escuela p&uacute;blica mientras &ldquo;privatizaban&rdquo; sus curr&iacute;culos, pensados para satisfacer dos funcionalidades contradictorias entre s&iacute; y las dos ajenas a la definici&oacute;n misma de la &ldquo;escuela&rdquo;. Por un lado, a la escuela se le pide que responda a las demandas de una sociedad de mercado estratificada y desigual. Esto implica, en t&eacute;rminos de curr&iacute;culo, la eliminaci&oacute;n o reducci&oacute;n de las asignaturas humanistas en favor de una nueva materia, &ldquo;econom&iacute;a y emprendimiento&rdquo; (mercado), y de la siempre ineludible &ldquo;religi&oacute;n&rdquo; (tradici&oacute;n); implica el disparate de la escuela biling&uuml;e, que considera la lengua una &ldquo;herramienta econ&oacute;mica&rdquo; y no un regazo cognitivo; e implica la tecnologizaci&oacute;n de la ense&ntilde;anza, vendida como una revoluci&oacute;n pedag&oacute;gica mientras que sus art&iacute;fices &ndash;los magnates de Silicon Valley&ndash; llevan a sus ni&ntilde;os a escuelas tradicionales sin pantallas donde los profesores escriben en pizarras y los alumnos en cuadernos (porque saben que el poder y el conocimiento residen en la relaci&oacute;n entre la mano y la mente).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero a los profesores se les pide m&aacute;s. Una vez ha entrado el mercado en la escuela, como el mar en el casco de un barco bombardeado por debajo de la l&iacute;nea de flotaci&oacute;n, se les pide que dediquen todas las horas de clase y de tutor&iacute;as a achicar el agua. Se les pide que &ldquo;eduquen en valores&rdquo; a los alumnos. Incluso se crea una asignatura con ese nombre: una declaraci&oacute;n de derrota y una burla un poco humillante a maestros y profesores que han dedicado a&ntilde;os a estudiar en la universidad y a prepararse una oposici&oacute;n. Se les pide, pues, que pongan sus conocimientos al servicio del mercado y se les pide al mismo tiempo que corrijan en las aulas los terribles efectos econ&oacute;micos, culturales y &eacute;ticos del mercado; y esto en condiciones materiales cada vez m&aacute;s degradadas. Es evidente que ah&iacute; no hay sitio ni tiempo para la filosof&iacute;a. Ya es bastante con que algunos de ellos, los m&aacute;s fuertes, los m&aacute;s valientes, los m&aacute;s apasionados, consigan no pedir una baja por depresi&oacute;n e incluso deslizar, s&iacute;, un poco de cielo nocturno, de rond&oacute;n, en las cabezas de nuestros ni&ntilde;os, m&aacute;s formateadas que nunca por la clase social de sus padres, el hedonismo de masas y el cepo tecnol&oacute;gico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Contra esto no puede hacer nada la filosof&iacute;a, es verdad, un fr&aacute;gil pie de p&aacute;gina en las costuras del capitalismo. Lo normal es que desaparezca y que desaparezcan con ella la extra&ntilde;eza del color verde, del amor, del dolor ajeno, de las estrellas y del planeta tierra. Seamos conscientes, al menos, de que todas estas extinciones est&aacute;n relacionadas. No, no podemos serlo. Para eso necesitar&iacute;amos precisamente la filosof&iacute;a. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/filosofia-nota-pie-pagina_129_8540452.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Dec 2021 21:30:32 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/277256af-73d8-4e6e-a688-d71c63f33d6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="135345" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/277256af-73d8-4e6e-a688-d71c63f33d6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="135345" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Filosofía: una nota a pie de página]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/277256af-73d8-4e6e-a688-d71c63f33d6b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Educación,Filosofía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El derecho a reparar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/derecho-reparar_129_6490886.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1dd5db0c-7880-49c8-b81d-73a530bb9208_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El derecho a reparar"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay que entenderlo bien. Mediante el reconocimiento del "derecho a reparar" lo que la UE nos devuelve, en realidad, es el "derecho a usar"</p></div><p class="article-text">
        El pasado 26 de noviembre ocurri&oacute; algo importante que pas&oacute; en general desapercibido: el Parlamento de Bruselas aprob&oacute; una ley mediante la cual se garantiza a la nieve el derecho a ser blanca. No. Perd&oacute;n. El pasado 26 de noviembre el Parlamento europeo aprob&oacute; una ley que garantiza a los ciudadanos europeos &ldquo;el derecho a reparar&rdquo;. &iquest;El &ldquo;derecho a reparar&rdquo;? Algo extra&ntilde;o ha tenido que pasar en nuestro mundo, a nuestras espaldas, para que haya que reconocer desde el poder legislativo la ancestral y diminuta batalla humana contra la fungibilidad material, y ello hasta el punto de que la medida &ndash;tan rara es su formulaci&oacute;n&ndash; suena en nuestros o&iacute;dos con timbre po&eacute;tico y casi subversivo: como si se nos concediera &ldquo;el derecho a cosernos un bot&oacute;n&rdquo; o &ldquo;el derecho a peinarnos&rdquo;. La propuesta del &oacute;rgano legislativo de la UE apuesta por limitar los productos de &ldquo;usar y tirar&rdquo;, obligando a los fabricantes a asegurar la reparabilidad de los dispositivos electr&oacute;nicos o, al menos, a informar sobre su vida &uacute;til. Una ley extravagante nos revela, de pronto, la&nbsp;naturalidad con que una sociedad basada en la propiedad privada &ndash;dizque&ndash; hab&iacute;a aceptado no ser due&ntilde;a de los productos que compra en el mercado. Una ley estrafalaria nos revela, de pronto, la mansedumbre con que nos hab&iacute;amos dejado robar, a&uacute;n m&aacute;s, la &ldquo;condici&oacute;n humana&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Derecho a reparar la lavadora? &iquest;Es que estaba prohibido? Estaba, digamos, bloqueado de ra&iacute;z en la producci&oacute;n, en la distribuci&oacute;n y en el consumo. Bloqueado en la producci&oacute;n a trav&eacute;s de la obsolescencia programada, que fabrica silenciosas bombas de relojer&iacute;a con apariencia de tel&eacute;fono o de batidora, sincronizadas para autodestruirse apenas neonatas. Bloqueado en la distribuci&oacute;n mediante la desaparici&oacute;n o encarecimiento de los servicios de reparaci&oacute;n. Y bloqueada en el consumo, donde se ha instalado esta suicida mentalidad anti&ndash;conservadora: &ldquo;no vale la pena arreglarlo&rdquo;. No hace falta mencionar, por consabido, el coste ecol&oacute;gico de este bloqueo, tanto en lo relativo al agotamiento de los recursos como a la multiplicaci&oacute;n de los desechos contaminantes (el 90% de lo que se fabrica hoy dentro de seis meses ha ido a parar a la basura). Me interesa en mayor medida, porque es adem&aacute;s su fuente, la vertiente antropol&oacute;gica de esta locura.
    </p><p class="article-text">
        Hay que entenderlo bien. Mediante el reconocimiento del &ldquo;derecho a reparar&rdquo; lo que la UE nos devuelve, en realidad, es el &ldquo;derecho a usar&rdquo;. O si no nos lo devuelve del todo &ndash;para eso har&iacute;a falta una pol&iacute;tica decididamente anticapitalista&ndash; al menos nos devuelve &ldquo;la idea&rdquo;, perdida en la circulaci&oacute;n mercantil misma. En el mercado capitalista, ya literalmente totalitario, no circulan cosas sino mercanc&iacute;as. La mercanc&iacute;a es, digamos, una entidad semif&iacute;sica que <em>no tiene tiempo </em>de convertirse en cosa. Es f&iacute;sica porque depende materialmente de la naturaleza que desgasta. Pero es solo semif&iacute;sica porque el mercado no le da tiempo suficiente para llegar a ser un objeto; es decir, un dep&oacute;sito de atenci&oacute;n, personalidad y memoria. Si us&aacute;ramos las mercanc&iacute;as, a trav&eacute;s de nuestras manos cobrar&iacute;an vida y dejar&iacute;an de ser mercanc&iacute;as; o lo ser&iacute;an s&oacute;lo porque, conservando en su seno un resto de &ldquo;valor de uso&rdquo;, a&uacute;n podr&iacute;an ser revendidas extramuros del capitalismo, en un mercadillo popular gestionado por cuerpos tambi&eacute;n usados, pero racionales y vivos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La velocidad de la renovaci&oacute;n de las mercanc&iacute;as, asociada a su fungibilidad fulminante, determina esta parad&oacute;jica consecuencia: la de que su sobreproducci&oacute;n y renovaci&oacute;n ininterrumpida genere una &ldquo;sociedad sin cosas&rdquo;: la primera sociedad sin cosas de la historia. El mercado capitalista altamente tecnologizado es mucho m&aacute;s que fetichista: es nihilista. No vende ya nada, ni siquiera falsos relatos o pictogramas fraudulentos, como pretend&iacute;a Marx en el siglo XIX. Ni siquiera propiedades. Somos due&ntilde;os del acto de comprar, pero no del producto comprado. En t&eacute;rminos humanos, la propiedad es simplemente usufructo; y el usufructo presupone la libertad de cuidar, remendar, reparar. En t&eacute;rminos mercantiles, la propiedad ata&ntilde;e asimismo a la posibilidad de la reventa, anulada de hecho por la aniquilaci&oacute;n del car&aacute;cter &ldquo;c&oacute;sico&rdquo; del objeto. La escisi&oacute;n definitiva entre el valor de uso y el valor de cambio hace a las mercanc&iacute;as al mismo tiempo &ldquo;inutilizables&rdquo; e &ldquo;invendibles&rdquo;. De esa escisi&oacute;n, inscrita hoy en la entra&ntilde;a misma de la conciencia, se desprende tambi&eacute;n, por lo dem&aacute;s, un sujeto sin cuerpo, cuya soberan&iacute;a y autoestima se agotan en el &ldquo;punto&rdquo; de compra: en el &ldquo;chute&rdquo; de la compra. S&oacute;lo las cosas que podemos reparar son &ldquo;nuestras&rdquo;, se parecen a nosotros, adquieren un cuerpo como el nuestro en su duraci&oacute;n tangible; s&oacute;lo las cosas que podemos reparar, y con las que tenemos una relaci&oacute;n duradera, nos constituyen en sujetos de una biograf&iacute;a. El mercado vende nada a nadie; y de esa manera, a fuerza de inutilizar las cosas y hacerlas invendibles, niega la humanidad de sus consumidores al tiempo que se niega a s&iacute; mismo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora bien, si prestamos un poco de atenci&oacute;n, nos percatamos de que la paradoja va a&uacute;n m&aacute;s lejos, porque el &ldquo;derecho a reparar&rdquo; invocado ahora por la UE reintroduce en el mundo, con el &ldquo;derecho al uso&rdquo;, el concepto tr&aacute;gico de &ldquo;irreparabilidad&rdquo;; reintroduce, pues, el mundo mismo. El derecho a reparar desliza, s&iacute;, en las condiciones del mercado, la tragedia de la finitud. Fij&eacute;monos. El mec&aacute;nico del servicio de reparaciones al que llevamos nuestra tablet o nuestra batidora, no nos dice: &ldquo;es irreparable&rdquo;. Nos dice &ldquo;no se puede arreglar&rdquo;. Y nos dice &ldquo;no se puede arreglar&rdquo; porque &ldquo;irreparable&rdquo; es un adjetivo catastr&oacute;fico que nos sit&uacute;a fuera del mercado, en esa intemperie donde existen los cuerpos, se les toma cari&ntilde;o y finalmente perecen sin que se los pueda reemplazar en el Carrefour o en Samsung. &ldquo;Irreparable&rdquo; es la muerte. De la nada pasamos, de pronto, a la cosa viva; y de la cosa viva a los l&iacute;mites de la existencia. El &ldquo;derecho a reparar&rdquo;, en la medida en que nos devuelve el valor de uso de los objetos y, por lo tanto, los objetos mismos, nos devuelve tambi&eacute;n su finitud y mortalidad; el hecho, invisible en el mercado, de que las cosas, al contrario que las mercanc&iacute;as, est&aacute;n vivas y por lo tanto se mueren. Por muchas veces que las podamos reparar &ndash;y las podr&iacute;amos reparar m&aacute;s veces si las hubiesen fabricado para eso&ndash; nuestro viejo coche (tan viejo que ya tiene nombre) o nuestro viejo sill&oacute;n (tan viejo que tiene ya la forma de nuestros estados de &aacute;nimo) al final, como nosotros mismos, se vienen abajo y hay que despedirse de ellos. As&iacute; que el derecho a reparar, el derecho a usar, el derecho a mantener relaciones con objetos y no con mercanc&iacute;as nos restituye el espacio real, donde el cuerpo, la acci&oacute;n, el placer, la belleza son inseparables de la conciencia de nuestros l&iacute;mites y, en consecuencia, del dolor de asumir que aquello que no es sustituible ni renovable, <em>precisamente porque se puede reparar</em> deviene tambi&eacute;n irreparable. Todo eso lo hace desaparecer de un plumazo el mercado y sus tecnolog&iacute;as ancilares.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que la ley aprobada por el Parlamento europeo nos recuerda todo lo que ha destruido ya el mercado y todo lo que nos queda por recuperar. Nos recuerda que vivimos en un mundo tan primitivo y magm&aacute;tico que en &eacute;l a&uacute;n no se han formado los objetos, cuyo derecho a la existencia (antes a&uacute;n que el de los animales) hay que defender con infatigable denuedo moral; un mundo tan despiadadamente consumista que nos obliga a reivindicar, como un gran progreso civilizatorio, nuestro derecho a usar nuestra lavadora y nuestros zapatos, pero tambi&eacute;n a ser usados por nuestros hijos, nuestros amantes y nuestros amigos.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/derecho-reparar_129_6490886.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 10 Dec 2020 21:53:23 +0000]]></pubDate>
      <enclosure url="https://static.eldiario.es/clip/1dd5db0c-7880-49c8-b81d-73a530bb9208_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1503620" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.eldiario.es/clip/1dd5db0c-7880-49c8-b81d-73a530bb9208_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1503620" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El derecho a reparar]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.eldiario.es/clip/1dd5db0c-7880-49c8-b81d-73a530bb9208_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Filosofía,Obsolescencia programada]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
