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    <title><![CDATA[elDiario.es - David Barreiro]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/david_barreiro/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - David Barreiro]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[24 horas en el corazón de un barrio del PP]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/corazon-barrio-popular_1_4258011.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1c045f4b-bb8d-4d25-a1a5-810b1e296f2d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La jornada electoral en una mesa del barrio Salamanca, de Madrid, da para muchas sorpresas</p></div><p class="article-text">
        Son las ocho menos cinco de la ma&ntilde;ana del 20 de diciembre de 2015. A&uacute;n no ha amanecido en Madrid. Me subo los cuellos de la cazadora y me arrebujo para espantar el fr&iacute;o de la madrugada que no parece afectar a un grupo de chavales que, en camisa, estiran la borrachera hablando de f&uacute;tbol en un banco de la esquina de Castell&oacute; con Ayala. Unos metros m&aacute;s all&aacute;, un corrillo de unas cuarenta personas esperan a que se abran las puertas del Colegio de Nuestra Se&ntilde;ora del Pilar. Huele a niebla y champ&uacute;. Se contagian risas nerviosas, bostezos y lamentaciones. &ldquo;Era mi &uacute;nico d&iacute;a libre&rdquo;, dice una chica joven a una se&ntilde;ora mayor que la consuela con un par de toquecitos en el hombro. La puerta se abre y una mujer se despide de su marido con un beso. &ldquo;Al menos hacemos barrio, dice&rdquo;. Tiemblo. Llevo dos a&ntilde;os viviendo en la zona, la m&aacute;s cara de Madrid, a la que llegamos aprovechando la oportunidad de alquileres razonables que surgieron en plena crisis y huyendo de los precios desorbitados de Malasa&ntilde;a, el barrio hipster del centro de la capital en el que hab&iacute;a pasado los &uacute;ltimos ocho a&ntilde;os, m&aacute;s all&aacute; de la barrera f&iacute;sica y mental que conforma la Castellana.
    </p><p class="article-text">
        Nos adentramos en el patio mirando las vidrieras de un colegio en el que la lista de ex alumnos c&eacute;lebres es tan larga como las del Congreso de los Diputados de los partidos que unas horas m&aacute;s tarde las ovejas de este reba&ntilde;o habr&aacute;n de contar.
    </p><p class="article-text">
        No ser&aacute; mi caso. Voy de suplente, as&iacute; que saludar&eacute;, firmar&eacute; donde haga falta y volver&eacute; a casa con la bolsa de churros calientes que merece la g&eacute;lida ma&ntilde;ana que comienza a desperezarse en Madrid.
    </p><p class="article-text">
        Media hora m&aacute;s tarde, estoy sentenciado. Los titulares de mi mesa no se presentan, as&iacute; que me veo junto a mis dos nuevos compa&ntilde;eros, tambi&eacute;n presuntos suplentes, abriendo sobres y tratando de aclararme con la procelosa burocracia. Por fortuna no me ha tocado la presidencia de la mesa, dudoso honor que recae en Javier, un licenciado en Derecho que cursa un M&aacute;ster y maldice su suerte aunque, pasados unos minutos, no puede ocultar su entusiasmo por el papel que le ha tocado desempe&ntilde;ar. Yo, primer vocal, ser&eacute; su fiel escudero junto a Vicente, un profesor universitario que ha llegado elegantemente vestido para la ocasi&oacute;n: traje, corbata y pin en la solapa.
    </p><p class="article-text">
        A las nueve en punto estamos los tres sentados ante las urnas escudados por una representante de la Administraci&oacute;n que nos ayudar&aacute; en los tr&aacute;mites y una apoderada del Partido Popular. Los interventores no han aparecido. Los apoderados del resto de partidos merodean por all&iacute;, s&oacute;lo el PP tiene uno en cada mesa anotando los votos en un listado con el censo. Es su territorio y lo defienden con vigor. Tenemos un ordenador port&aacute;til, una impresora, bol&iacute;grafos, reglas, rotuladores fluorescentes y l&aacute;pices que rezan: niceday.
    </p><p class="article-text">
        Ya lo veremos.
    </p><p class="article-text">
        Se abren las urnas y el goteo de gente es continuo. Aunque el proceso est&aacute; informatizado, decidimos anotar a mano los votantes por si se cae el sistema, labor tediosa donde las haya que recae en un servidor. Genial.
    </p><p class="article-text">
        Es la fiesta de la democracia, pero aquello parece un velorio hasta que Javier comienza a entrar en combusti&oacute;n. Le encanta, como &eacute;l lo llama, &ldquo;el procedimiento&rdquo;: solicitar el DNI, comprobar si los elesctores est&aacute;n en la mesa adecuada, pedirles que le dejen tocar los sobres para devolv&eacute;rselos al instante, descubrir la ranura de la urna y decir: &ldquo;Vote&rdquo;. Cuando el votante, embelesado ante el espect&aacute;culo de prestidigitaci&oacute;n de nuestro presidente, introduce el sobre en la urna, Javier remata: &ldquo;Usted ha votado&rdquo;. Yo anoto todo con pulcra caligraf&iacute;a &ndash;que se ir&aacute; deteriorando con las horas&ndash;&nbsp;y a eso de las diez menos veinte veo entrar en la estancia &ndash;un sal&oacute;n de actos envejecido e iluminado por una mortecina luz de tubos fluorescentes y paredes color vainilla que necesitan una mano de pintura&ndash; al poeta Luis Alberto de Cuenca, antiguo alumno de la instituci&oacute;n que nos acoge. Nadie repara en &eacute;l y se va con la misma prisa que hab&iacute;a llegado. Los minutos pasan y los votantes llegan por oleadas. &ldquo;&iexcl;Qu&eacute; curioso!&rdquo; le digo a la apoderada del PP, que me responde sonriendo: &ldquo;Es el final de la misa&rdquo;. Efectivamente, as&iacute; es, las horas punta de votantes coinciden con la salida de las iglesias de la zona. La senectud es evidente. Muchos llegan acompa&ntilde;ados de familiares m&aacute;s j&oacute;venes que los ayudan a llegar hasta la urna para votar. En la mesa de enfrente vota una mujer de ciento tres a&ntilde;os. Repaso nuestra lista: no llegamos a tanto, nos quedamos en un hombre de noventa y ocho a quien esperaremos durante todo el d&iacute;a, pero no vendr&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Quien si viene es Miguel &Aacute;ngel Fern&aacute;ndez Ord&oacute;&ntilde;ez, ex gobernador del Banco de Espa&ntilde;a. Tan s&oacute;lo la apoderada del PP y un servidor lo reconocemos. A Jaime de Armi&ntilde;&aacute;n, ni eso. S&oacute;lo cuando estoy anotando su nombre caigo en la cuenta de que se trata del hombre que perge&ntilde;&oacute; Juncal, entre otras muchas pel&iacute;culas y obras para televisi&oacute;n, Medalla de Oro al M&eacute;rito en las Bellas Artes. Llega sonriente y atribulado, sin las papeletas. Javier, ya engrandado en su papel, le reconviene y el Goya de Honor en 2014 vuelve a por ellas a la sala adyacente. Regresa al cabo y me pide sentarse a mi lado. &ldquo;Claro&rdquo;, le digo &ldquo;es usted una celebridad&rdquo;. Me sonr&iacute;e antes de responder: &ldquo;Luego, si quieres, hablamos de cine&rdquo;. Claro que quiero. Se hace un l&iacute;o entre los sobres de color blanco del Congreso y los de color sepia, del Senado, y deja sobre la mesa sus papeletas arrugadas. Finalmente, vota y mi compa&ntilde;ero Vicente, a quien le he recordado qui&eacute;n es, le dice que quiere un aut&oacute;grafo suyo. El artista le mira, le sonr&iacute;e, asiente con la cabeza y se va sin firmar nada. Hasta otra, maestro.
    </p><p class="article-text">
        Su marcha coincide con otra marea procedente de la misa de doce a quienes Javier capea con desenvoltura. Muchos vienen con nietos y &eacute;l invita a los m&aacute;s peque&ntilde;os a meter el sobre en la urna, una especie de &ldquo;Juguemos a la democracia&rdquo; que a todos alegra. A continuaci&oacute;n, una chica llega con su pasaporte, &eacute;l lo mira, se lo devuelve y dice: &ldquo;Puede pasar&rdquo;. Es feliz y el resto agradecemos su humor b&aacute;sico pero eficaz porque lo necesitamos: la jornada ser&aacute; larga.
    </p><p class="article-text">
        A nuestro lado se coloca un equipo de Antena 3. La redactora, Angie Rigueiro, nos dice que estar&aacute;n con nosotros todo el d&iacute;a. Despu&eacute;s se pone de cara a la pared descascarillada para practicar su intervenci&oacute;n. Lo repetir&aacute; varias veces a lo largo de la jornada y todos nos entretendremos mirando los ensayos. Saldremos en el informativo de mediod&iacute;a y en el especial de la noche haciendo el recuento. A Javier le ir&aacute;n pasando sus amigos los v&iacute;deos por Whatsapp, en uno de ellos, un colega le apunta &ldquo;Aqu&iacute; es donde le diste la vuelta a ese viejo&rdquo;. &ldquo;No sabe que era un cineasta&rdquo; le disculpa Javier.
    </p><p class="article-text">
        La media de edad es, ya lo hemos dicho, muy avanzada, pero de cuando en cuando llegan votantes j&oacute;venes, algunos que incluso se estrenan, a pesar de un a&ntilde;o cargado de citas electorales. Un chaval con los dieciocho reci&eacute;n cumplidos pide a su padre que le haga una foto. &ldquo;Me he dejado el m&oacute;vil&rdquo;, le contesta. Reclama entonces a su hermana. &ldquo;No tengo espacio en la c&aacute;mara&rdquo;, responde ella. &ldquo;&iexcl;Pues a tomar por culo!&rdquo; grita antes de meter los sobres. Los de la mesa nos re&iacute;mos, pero &eacute;l se va enfurecido. No es el &uacute;nico que quiere retratarse en el momento de ejercer el derecho al sufragio. Javier espera durante estos momentos con exquisita profesionalidad. Una vez tomada la fotograf&iacute;a, sonr&iacute;e y dice: &ldquo;Usted ha votado. Siguiente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, llega la hora de comer.
    </p><p class="article-text">
        Acordamos cuarenta minutos para cada uno de par&oacute;n y Javier es el primero en irse por lo que Vicente y yo nos quedamos mano a mano al mando de las operadciones. Ocupo la silla presidencial y me sorprendo recibiendo a la gente con las maneras de mi antecesor. &ldquo;Es el procedimiento&rdquo;, informo a una mujer que se pregunta por qu&eacute; he de tocar los sobres antes de que los deposite en las urnas. &ldquo;Vote&rdquo;, le digo a continuaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Durante todo el tiempo, la apoderada del PP nos acompa&ntilde;a anotando en su lista los votantes y apunt&aacute;ndome en alto, junto a Vicente, su n&uacute;mero en el censo electoral. Cuando regreso de comer, es su turno para irse y me encargo yo de seguir puntuando su listado. Obviamente, no tendr&iacute;a por qu&eacute; hacerlo, pero ha brotado un esp&iacute;ritu de compa&ntilde;erismo que no me atrevo a talar por m&aacute;s que se trate de un partido en las ant&iacute;podas de mi ideolog&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        A primera hora de la tarde, apoltronados por el sopor de la siesta dominguera que no hemos podido echar, el empleado de una empresa de seguridad nos entrega a cada uno un sobre grapado con nuestra dieta. Lo abrimos sin recato alguno y volcamos el contenido sobre la mesa: 62,61 euros.
    </p><p class="article-text">
        No es una fortuna, pero consuela.
    </p><p class="article-text">
        La jornada vespertina trae a familias completas. La familia que vota unida, permanece unida. Abundan los nombres y apellidos compuestos, muchos precedidos de preposiciones. De Jove, De Blas, De Cominges, De la Hoz, De Toledo&hellip; estirpes de noble linaje que han crecido en el barrio y que, en los claros en que nadie viene a votar, buscamos en Wikipedia. Ninguno duda de que el Partido Popular va a arrasar en este feudo, aunque hay un dato que nos hace pensar que muchos apostar&aacute;n por Ciudadanos: varios no votan al Senado y, otros que lo hacen, meten en la urna sobres vac&iacute;os. &ldquo;Es muy fuerte&rdquo; dice Javier, que toca con delicadeza cada sobre antes de devolv&eacute;rselo al votante.
    </p><p class="article-text">
        Cerca de las siete llega el temido repunte de &uacute;ltima hora. &ldquo;La gente que baja de pasar el fin de semana en la sierra&rdquo;, apunta alguien. Ser&aacute; el titular que escoja Angie Rigueiro para su intervenci&oacute;n de las ocho de la tarde, la hora del cierre de las urnas. Se lo repite compulsivamente a la desconchada pared durante un buen rato, pero no le responde.
    </p><p class="article-text">
        Llegan las ocho y se cierra el colegio electoral. Empieza lo bueno.
    </p><p class="article-text">
        Es como llegar a casa despu&eacute;s de un largo viaje. Est&aacute;s agotado, pero lo m&aacute;s duro est&aacute; por venir: deshacer la maleta, deshacerse de los buenos momentos vividos, en definitiva.
    </p><p class="article-text">
        En primer lugar toca el recuento del voto por correo y despu&eacute;s la votaci&oacute;n de los tres integrantes de la mesa. Cuando llega mi turno, Javier sigue con el procedimiento. &ldquo;&iquest;DNI por favor?&rdquo; &ldquo;Vote&rdquo; &ldquo;Usted ha votado&rdquo;. No s&eacute; si es un cachondo o un sargento. Por si acaso, obedezco.
    </p><p class="article-text">
        A continuaci&oacute;n, el recuento. Han votado 456 electores, de los 564 censados, un 80,85 % de participaci&oacute;n. El de Salamanca es un barrio fiel. &iquest;A qui&eacute;n? Pronto lo sabremos. El protocolo exige comenzar el escrutinio por el Congreso. Vamos colocando las papeletas en montoncitos por partidos y el del PP se desborda: supera el 50 % de los votos, seguido a distancia por Ciudadanos (25%), Podemos y PSOE, que tienen 33 y 41 votos cada uno. El resto se reparten las migajas. VOX, es el mayor de los minoritarios. Ninguna sorpresa. Estamos en el coraz&oacute;n de la bestia.
    </p><p class="article-text">
        Durante este proceso se suman a la mesa una apoderada de Podemos y otra de Ciudadanos, dos chicas j&oacute;venes, en la veintena, que se lanzan puyas en un ambiente distendido, una camarader&iacute;a similar a la que vivimos los periodistas en momentos de estr&eacute;s durante el cierre de la edici&oacute;n o ante un director, como tambi&eacute;n experimentan los compa&ntilde;eros de Antena 3. Roberto Brasero da la informaci&oacute;n meteorol&oacute;gica a unos metros de nuestra mesa. Termina la pieza, se vuelve y nos dice: &ldquo;Tiempo y votos. Qu&eacute; cosa m&aacute;s rara&rdquo;. Ni que lo digas, Roberto.
    </p><p class="article-text">
        Terminamos pronto con el Congreso y, aunque las fuerzas decaen, Javier lanza unos chistes para que no cunda el des&aacute;nimo ante el recuento de las papeletas del Senado, m&aacute;s complejo al poder escoger hasta tres candidatos en cada voto. En eso estamos cuando se acerca la mujer de Vicente. &ldquo;&iquest;Te falta mucho?&rdquo; le pregunta. &Eacute;l se quita las gafas de leer y la mira. &ldquo;En veinte minutos estamos&rdquo;. Ella niega con la cabeza y todos guardamos silencio y agachamos la cabeza, por lo que habla al grupo &ldquo;Ten&iacute;a que haberse tomado las pastillas. Ha tenido seis infartos&rdquo;. Vicente no quiere darle importancia, pero le obligamos a que se vaya. Obedece a rega&ntilde;adientes y vuelve un cuarto de hora m&aacute;s tarde para firmar los actas y ayudarnos a guardar la documentaci&oacute;n en los sobres seg&uacute;n dicta el manual.
    </p><p class="article-text">
        Terminamos y un Polic&iacute;a Nacional se acerca y pregunta por el presidente. &ldquo;Soy yo&rdquo;, responde Javier, a&uacute;n en&eacute;rgico, cargado de adrenalina. Le informan de que le escoltar&aacute;n hasta el juzgado, situado a un par de calles, y a nuestro jefe, se le ilumina la cara. &ldquo;Escoltado&rdquo;, dice mirando al vac&iacute;o cuando se van.
    </p><p class="article-text">
        Ya est&aacute; todo el pescado vendido. Hemos sido la primera mesa en terminar en todo el colegio y no ocultamos nuestro orgullo por ello. Aun as&iacute;, es cerca de medianoche y cuando llego a casa, exhausto y con dolor de cabeza tras tantas horas all&iacute; metido, en la televisi&oacute;n ya est&aacute;n los l&iacute;deres de los partidos valorando los resultados y los tertulianos no eluden una realidad m&aacute;s que plausible ante la nueva situaci&oacute;n: es posible que haya que convocar unas nuevas elecciones.
    </p><p class="article-text">
        Me alegro por Javier. Ojal&aacute; le toque.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[David Barreiro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/corazon-barrio-popular_1_4258011.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 21 Dec 2015 20:13:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Elecciones Generales 2015,Madrid]]></media:keywords>
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