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    <title><![CDATA[elDiario.es - Alba Muñoz]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/alba_munoz/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Alba Muñoz]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Creer a Greta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/creer-greta_129_1478523.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6ccc1ea1-e98f-4e60-93fe-91b28fab07f9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mientras los medios escenifican la gran decepción con la niña activista, muchos usuarios de las redes sociales han empezado a jugar a lo contrario: ellos ya lo sabían</p><p class="subtitle">Aunque Greta Thunberg fuera una heroína de Marvel tendría sentido apoyarla: representa la acción ante la pasividad generalizada, la utopía frente a la distopía</p></div><p class="article-text">
        Debo reconocer que la campa&ntilde;a de desprestigio contra Greta Thunberg est&aacute; resultando muy entretenida. El choque entre fans y <em>haters</em> de la activista sueca contiene todos los ingredientes de lo que hoy consideramos una buena serie: nada es lo que parece y t&uacute;, espectador, formas parte del juego.
    </p><p class="article-text">
        Hablemos, pues, de <em>Desmontando a Greta</em>. Ya tengo algunos personajes preferidos. Por ejemplo, los medios de comunicaci&oacute;n que tratan de ensombrecer la imagen de Thunberg sin negar el calentamiento global, es decir, sin perder la compostura. Ellos son mis favoritos: &ldquo;La huelga escolar estuvo coordinada&rdquo;, &ldquo;Hay un entramado de multinacionales ecol&oacute;gicas apoy&aacute;ndola&rdquo;, &ldquo;&iexcl;Al Gore!&rdquo;, &ldquo;Ese barco no es tan ecol&oacute;gico como parece&rdquo;. Candor puro. 2019 y a&uacute;n hay quien se sorprende de que detr&aacute;s de una l&iacute;der global de diecis&eacute;is a&ntilde;os haya inversi&oacute;n, estrategia e intereses.
    </p><p class="article-text">
        En el fondo, lo que estos medios tratan de decirnos es que un movimiento ecologista y progresista &mdash;<em>hippie</em>&mdash; no puede tener inversores, estrategia ni intereses. Dicho de otro modo: una ni&ntilde;a con dos trenzas que quiere salvar la tierra no puede tener v&iacute;nculos con un empresario que quiere forrarse a base de alternativas a los combustibles f&oacute;siles. Debe ir sola, ser humilde y sobre todo, pura. Una l&iacute;der ecologista como ella deber&iacute;a ganarse el poder de influencia al estilo Jesucristo. Anda, Greta, d&iacute;selo t&uacute;: madurad un poco, t&iacute;os. We are in capitalismo.
    </p><p class="article-text">
        Una de las cosas m&aacute;s divertidas de <em>Desmontando a Greta</em> es la inversi&oacute;n de roles. Mientras los medios escenifican la gran decepci&oacute;n con la ni&ntilde;a activista, muchos usuarios de las redes sociales han empezado a jugar a lo contrario: ellos ya lo sab&iacute;an. &ldquo;Todo es marketing. Me pinchas y no sangro&rdquo;, &ldquo;La ni&ntilde;a es una v&iacute;ctima desde el principio&rdquo;, &ldquo;&iquest;De verdad alguien pensaba que era espont&aacute;nea?&rdquo;. En internet hay una m&aacute;xima: el desconfiado parece siempre m&aacute;s inteligente. Hay que desconfiar de todo porque vivimos en la era de las <em>fake news</em>, nos vigilan y nos manipulan. Vale, de acuerdo, nosotros permitimos que nos hagan todo eso, pero en las redes sociales debemos parecer muy cr&iacute;ticos y muy esc&eacute;pticos. Aunque eso implique caer en una trama conocida: la del &aacute;rbol que no deja ver el bosque. Y s&iacute;: el bosque es el futuro de la vida en este planeta.
    </p><p class="article-text">
        Supongamos que muchas de las informaciones negativas o realistas &mdash;seg&uacute;n se mire&mdash; sobre el equipo y los aliados de Thunberg se han llevado a cabo por simple criterio period&iacute;stico: ella es una figura relevante a la que hay que investigar, como se hace con todas. Estoy de acuerdo. Pero tambi&eacute;n puedo decir que nada de lo publicado es realmente grave o sorprendente. Otro asunto son los titulares o el <em>framing</em> de esas informaciones: nos hacen creer que se ha desenmascarado a la ni&ntilde;a marioneta, nos hacen sentir, incluso, que tiene objetivos mal&eacute;ficos &mdash;&iquest;es que no hab&eacute;is visto la cara de p&eacute;rfida que tiene en esta foto?&mdash;. En lo que estos art&iacute;culos son realmente efectivos es en crear un debate paralelo &mdash;&iquest;Es Greta una gran mentira?&mdash; para desviar la atenci&oacute;n sobre la urgencia de presionar a nuestros l&iacute;deres y conseguir paliar los efectos del calentamiento global. Y este es, en esencia, el cometido de Greta Thunberg.
    </p><p class="article-text">
        Dudar de todo es una actitud interesante. En tiempos de sobreinformaci&oacute;n y redes sociales, la hiperconciencia sobre nuestra propia manipulaci&oacute;n&mdash;con mayor o menor grado de postureo&mdash; no es infalible a la hora de ayudarnos a discernir lo importante o formar nuestro propio criterio. Al parecer, mucha gente piensa que no creerse nada y desconfiar de todo en internet es un no-posicionamiento, algo as&iacute; como el voto en blanco, un mantenerse al margen del sistema. Bueno, pues malas noticias: no es as&iacute;. De hecho, los usuarios ultraesc&eacute;pticos son un caramelo para ciertos grupos de poder reaccionarios aficionados a intervenir en elecciones democr&aacute;ticas. Buscan usuarios dispuestos a decir que dudan de todo excepto de las teor&iacute;as conspirativas.
    </p><p class="article-text">
        <em>Desmontando a Greta</em> es canela fina. Yo creo que est&aacute; a punto de adentrarse en el terreno de la metaficci&oacute;n y que nos va a involucrar a&uacute;n m&aacute;s como espectadores. Si dos cosas hemos aprendido durante la segunda d&eacute;cada del siglo XXI, esas son: 1. Hemos sido enga&ntilde;ados y 2. El relato es importante. Una mente conspiranoica de alt&iacute;simo nivel tuitear&iacute;a hoy mismo lo siguiente: &ldquo;Ya ver&aacute;s como Netflix acaba sacando un documental sobre c&oacute;mo nos tragamos la historia de la ni&ntilde;a ecologista&rdquo;. Pi&eacute;nsalo bien. Es posible que Greta tuviera m&aacute;s fans y menos <em>haters</em> si fuera un personaje de ficci&oacute;n. Se hablar&iacute;a mucho m&aacute;s de la ni&ntilde;a con s&iacute;ndrome de Asperger que cruz&oacute; el Atl&aacute;ntico para avergonzar a decenas de pol&iacute;ticos y entregarles un dossier con cientos de datos cient&iacute;ficos tan sombr&iacute;os como incuestionables. Dir&iacute;amos: ojal&aacute; tuvi&eacute;ramos l&iacute;deres como Greta.
    </p><p class="article-text">
        Lo que quiero decir es que aunque Greta Thunberg fuera una hero&iacute;na de Marvel tendr&iacute;a sentido apoyarla. Representa la acci&oacute;n ante la pasividad generalizada, la utop&iacute;a frente a la distop&iacute;a, o algo mucho m&aacute;s sencillo: que a&uacute;n deseamos algo, que a&uacute;n estamos vivos. Que queremos vivir.
    </p><p class="article-text">
        Para pasar a la acci&oacute;n necesitamos, entre otras cosas, datos fiables y necesitamos un relato. Pues bien, Greta Thunberg es una opci&oacute;n. Una de muchas. No debemos verla como una mes&iacute;as: solo es una ni&ntilde;a valiente e inteligente que soporta una gran atenci&oacute;n medi&aacute;tica. Tampoco debemos creer que los j&oacute;venes activistas contra el cambio clim&aacute;tico son los nuevos <em>hippies</em> buenistas abraza-&aacute;rboles, solo que m&aacute;s depresivos y con purpurina esparcida por la cara. No lo son. Greta y los chicos y chicas de su generaci&oacute;n saben perfectamente que ya no estamos a tiempo. Son conscientes de que no habr&aacute; salvaci&oacute;n y que solo habr&aacute; adaptaci&oacute;n. Y si son realistas es porque ellos y ellas ser&aacute;n quienes vivan aqu&iacute;. Muchos luchar&aacute;n por ganar el m&aacute;ximo de tiempo posible.
    </p><p class="article-text">
        La aventura de Greta Thunberg empez&oacute; hace unos tres a&ntilde;os, en su casa de Estocolmo. Greta ve&iacute;a las noticias sobre el deshielo del &Aacute;rtico y pasaba d&iacute;as devastada. Su s&iacute;ndrome de Asperger la impuls&oacute; a buscar compulsivamente toda clase de art&iacute;culos e informes cient&iacute;ficos y, como ella dice, a &ldquo;no creerse las mentiras&rdquo;. Puede que Thunberg sea una ni&ntilde;a adorable con dos trenzas y un chubasquero amarillo, pero desde luego ha visto la oscuridad que se aproxima. Creer a Greta es cosa tuya.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/creer-greta_129_1478523.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 05 Sep 2019 20:11:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Creer a Greta]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Greta Thunberg,Crisis climática]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Galanes de chat]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/galanes-chat_129_1708791.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cc2b2d29-4064-41e0-9647-7e29414d633d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Galanes de chat"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En los últimos días, cinco desconocidos han irrumpido en mi chat con la intención de iniciar una conversación estéril</p><p class="subtitle">¿Por qué debería tener paciencia y sentir compasión por estos señores tan pesados?</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Hola guapa como estas&rdquo;. &ldquo;Hola buenos d&iacute;as como estas&rdquo;. &ldquo;Hola vive en Barcelona?&rdquo;. &ldquo;Hola gracias por aceptar mi solicitud. Eres guapa&rdquo;. En los &uacute;ltimos d&iacute;as, cinco desconocidos han irrumpido en mi chat con la intenci&oacute;n de iniciar una conversaci&oacute;n est&eacute;ril. Cinco son muchos, m&aacute;s de lo habitual, pero dudo que sea culpa del algoritmo. Que yo sepa, el algoritmo de Facebook no hace esas cosas: no muestra fotos en las que aparezco sonriente a perfiles masculinos de todo el mundo con el fin de frenar el envejecimiento de la poblaci&oacute;n. As&iacute; que debe tratarse de otro algoritmo, uno viej&iacute;simo, hecho pupila y sudor fr&iacute;o, el que otorga a los hombres la seguridad necesaria para tantear a una desconocida como forma de entretenimiento, y sin miedo a represalias.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y el quinto? El quinto desconocido, Vicente, me abri&oacute; el chat hace unos d&iacute;as con la siguiente frase: &ldquo;HOLA ME VES MAYOR&rdquo;. Era un se&ntilde;or mayor. &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n eres?, &iquest;a qu&eacute; viene esta pregunta?&rdquo;, respond&iacute;. &ldquo;NADA ME INTERESA VUESTRA OPINION NADA MAS&rdquo;. &ldquo;&iquest;La m&iacute;a y la de qui&eacute;n m&aacute;s?&rdquo;, inquir&iacute;, rabiosa. &ldquo;LAS QUE ESTAIS EN EL GRUPO LAS GUERRERAS&rdquo;. Eran las diez de la ma&ntilde;ana y s&oacute;lo hab&iacute;a dado un sorbo al caf&eacute;. No quise comprobar si estoy en ese maldito grupo. As&iacute; que respir&eacute; hondo y le clav&eacute; mi respuesta m&aacute;s sincera: &ldquo;Por la foto, se ve usted mayor&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; qu&eacute; hacer con los galanes de chat. No s&eacute; si deber&iacute;a bloquear sus saludos de teletubbie jubilado <em>ipso facto</em>, o si debo preguntarles qu&eacute; se les ofrece, y perder mi tiempo. Ignorarlos, para m&iacute;, no es una soluci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los llamo galanes de chat porque me los imagino descubriendo mi luz verde de conectada (muchacha bebiendo sola en la barra), haciendo sonar las espuelas a cada paso y dibujando su mejor sonrisa torcida (suelen escribir con faltas de ortograf&iacute;a). La mayor&iacute;a no dominan los c&oacute;digos de internet, o eso creo. No saben diferenciar los usos entre las distintas redes sociales y desde luego no son conscientes de que trabajo en esta pesta&ntilde;a de mi pantalla: para m&iacute;, es como si se sentaran en tanga sobre mi mesa de oficina a las diez de la ma&ntilde;ana. Para ellos, el ciberespacio es un gran chat para ligar. Es gratis. No pierden nada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El gal&aacute;n de chat es un cowboy trasnochado en la gran ciudad, un Jon Voight en Manhattan, pero en vez de mascar chicle y pasearse con botas vaqueras frente al escaparate de Tiffany en busca de se&ntilde;oras pudientes, se corta las u&ntilde;as de los pies en un balc&oacute;n de Terrassa mientras vigila el m&oacute;vil apoyado en un tiesto. O manda el mismo saludo a tres mujeres distintas desde una parada de autob&uacute;s de Fuenterrab&iacute;a, como quien compra un cup&oacute;n. O se le acelera el coraz&oacute;n cuando le da a enviar su saludo bajo el porche de un bar de Medell&iacute;n, ya que justo en ese momento ha empezado a sonar la canci&oacute;n que le recuerda a su ex. Todo esto me lo imagino cuando miro los perfiles de los hombres que me escriben desde lugares tan inconexos. Trato de unir las chinchetas con un hilo rojo pero no aparece ning&uacute;n pentagrama, ning&uacute;n significado oculto que explique este comportamiento taladrante e ingenuo. No existe ning&uacute;n patr&oacute;n. El siguiente en escribir podr&iacute;a ser un esquimal viudo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Debe de existir alguna gu&iacute;a para evitarlos, un cortafuegos, un manual, pero nunca me pongo a buscarlo porque me intriga m&aacute;s saber por qu&eacute; piensan que tengo tiempo y ganas de charlar &iquest;Es que no saben que estamos cansadas de comentarios e interacciones no deseadas? Podr&iacute;a ser que no lo supieran. &iquest;Es que no recuerdan el tiempo es un mineral escaso que s&oacute;lo gastamos con nuestro c&iacute;rculo &iacute;ntimo de desconocidos, siempre <em>afterwork</em>, siempre en un estado que oscila entre la celebraci&oacute;n de la vida y la extenuaci&oacute;n total? Es posible que no lo recuerden, no.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estaba pensando en esto y me acord&eacute; de un&nbsp;<a href="https://twitter.com/rocionoseque/status/1036616506241634304" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">v&iacute;deo</a> de la feroz retratista de nuestro tiempo Roc&iacute;o Quillahuaman. Se titula &ldquo;Barcelona&rdquo; y se sit&uacute;a en un evento cultural cualquiera de la ciudad condal. Dos desconocidas inician una conversaci&oacute;n que deriva en un hist&eacute;rico mon&oacute;logo productivista: &ldquo;Por favor, dime que eres creativa. Si no trabajas en algo creativo c&oacute;mo me vas a dar trabajo, joder. &iexcl;&iexcl;&iquest;No te das cuenta de que s&oacute;lo te hablo para que me des trabajo?!!&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; haya algo peor que los galanes de chat, pens&eacute;, y son esos tipos que te mandan su &uacute;ltimo poemario, su podcast, su blog, sus galeradas, su p&aacute;gina personal. No quieren ligar contigo, sino que te hagas su fan. En este segundo grupo de invasores de chat se halla la fusi&oacute;n perfecta entre capitalismo y patriarcado: t&iacute;os que te interrumpen para venderse a s&iacute; mismos con el <em>packaging</em> de la nueva masculinidad (no pretendo ligar contigo, tranquila, <em>follow me</em>).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ayer volv&iacute; a ver Cowboy de Medianoche, de John Schlesinger, y volv&iacute; a llorar. Pens&eacute; que hay algo triste y tierno en un pat&aacute;n que se agarra como puede a un presente que no consigue descifrar. Hay algo sincero en su torpeza. En la pel&iacute;cula, Jon Voight es un tejano que intenta hacerse gigol&oacute;, y para ello trata de seducir sin &eacute;xito a muchas neoyorquinas ricas. En un acto de desesperaci&oacute;n se abalanza sobre una de ellas y lo echan a patadas de un edificio. Mientras me secaba las l&aacute;grimas, me di a m&iacute; misma una cachetada un poco absurda para despertar. &iquest;Por qu&eacute; deber&iacute;a tener paciencia &mdash;m&aacute;s&mdash; y sentir compasi&oacute;n por estos se&ntilde;ores tan pesados?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace menos de un a&ntilde;o, la periodista Jia Tolentino public&oacute; en The New Yorker un&nbsp;<a href="https://www.newyorker.com/culture/cultural-comment/the-rage-of-the-incels" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ensayo</a> sobre los <em>incel</em> (c&eacute;libes involuntarios), un movimiento violento de hombres heterosexuales que defienden su derecho a tener sexo con mujeres j&oacute;venes y bellas. Al final de su texto, Tolentino explica que lleg&oacute; a encontrar &ldquo;trazas de humanidad&rdquo; en foros llenos de comentarios aberrantes y mis&oacute;ginos, en medio de fantas&iacute;as de asesinato y violaci&oacute;n. &ldquo;A pesar de todo&rdquo;, escribi&oacute;, &ldquo;las mujeres estamos m&aacute;s dispuestas a buscar humanidad en los <em>incels</em> que ellos en nosotras&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sigo trabajando.
    </p><p class="article-text">
        Vicente te est&aacute; saludando.
    </p><p class="article-text">
        Magid te est&aacute; saludando.
    </p><p class="article-text">
        Juan Miguel te est&aacute; saludando.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/galanes-chat_129_1708791.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 07 Feb 2019 20:56:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Galanes de chat]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Quiénes creéis que somos, quiénes creéis que sois]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/creeis_129_1720663.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a28e4e90-8991-4698-ac22-703cb64bf120_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quiénes creéis que somos, quiénes creéis que sois"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Detrás de muchas de las celebraciones por el ERE de PlayGround y el cierre de Buzzfed España se oye un rebuzno sideral</p><p class="subtitle">Somos periodistas del futuro sin futuro, y siempre lo hemos sido</p></div><p class="article-text">
        Roza la treintena y tiene restos de purpurina en la piel. Sus dedos mulliditos repican sobre un teclado blanco de Mac. Dedica el d&iacute;a entero a buscar ri&ntilde;oneras veganas y tribus feministas amaz&oacute;nicas en internet. Cobra por ello. Es caprichosa, ag&eacute;nero, ortor&eacute;xico, <em>dramaqueen</em>.
    </p><p class="article-text">
        Este ser&iacute;a un retrato robot de los profesionales afectados por el ERE en PlayGround y por el cierre de Buzzfeed Espa&ntilde;a y Buzzfeed Lola. Esta ser&iacute;a yo despu&eacute;s leer decenas de tweets y posts que celebran el ocaso de estos medios digitales de habla hispana. Somos gente &ldquo;con bilis lila que vive del cuento&rdquo;, &ldquo;gays millennials&rdquo;, defensores del &ldquo;feminismo divinity&rdquo;, &ldquo;miserables pseudo periodistas&rdquo; y &ldquo;Beyonc&eacute;s sin conciencia de clase&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No es preciso enlazar aqu&iacute; los art&iacute;culos basura que publica semanalmente la prensa seria, tampoco dejar constancia de los contenidos de calidad que han aparecido en ambas plataformas durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os. No es necesario porque considero leg&iacute;timo aborrecer un medio de comunicaci&oacute;n y alegrarse de su cierre. Sin embargo, detr&aacute;s de muchas de estas celebraciones puedo o&iacute;r, a lo lejos, un rebuzno sideral. Percibo cierto esp&iacute;ritu de venganza. Como si a los j&oacute;venes que trabajamos en estos medios nos fuera a venir bien una patada en la boca. Nos imaginan extra&ntilde;os pero tambi&eacute;n nos imaginan ricos.
    </p><p class="article-text">
        No importa que nuestros cuerpos &mdash;y no es una forma de hablar&mdash; sufran el martillo hidr&aacute;ulico del capitalismo creativo, ni que a final de mes a muchos no les llegue para alquilar una habitaci&oacute;n con ventana o ir al dentista. La mayor&iacute;a de millennials &mdash;quiz&aacute; sea este un nombre con demasiado <em>brilli brilli</em> para lo que en realidad entra&ntilde;a&mdash;vivimos adaptados a la incertidumbre, a la precariedad cr&oacute;nica, a los eufemismos m&aacute;gicos y a los aleccionamientos diarios. Mi experiencia es que aguantamos el peso de un cami&oacute;n pero por alg&uacute;n motivo insisten en vernos como bailarines contempor&aacute;neos, ligeros y despreocupados. Somos periodistas del futuro sin futuro, y siempre lo hemos sido.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo hay algo que distingue a la trabajadora de un medio viral de un teleoperador o una repartidora de comida a domicilio. Y no tiene que ver con sus condiciones de vida, sino precisamente con el hecho de ignorarlas con motivo de su actividad: si escribes un art&iacute;culo sobre veganismo, hombres trans o feministas amaz&oacute;nicas no eres una obrera real. Eres un unicornio obsesionado con la identidad que no sabe lo que es trabajar duro.
    </p><p class="article-text">
        La inestabilidad tridimensional en la que flotamos la mayor&iacute;a de j&oacute;venes espa&ntilde;oles, documentada hasta la saciedad en <a href="https://verne.elpais.com/verne/2019/01/25/articulo/1548430895_760650.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">terribles gr&aacute;ficos que a nadie le importan</a>, carece de relevancia si nuestros intereses son percibidos como &ldquo;elitistas&rdquo;. De alg&uacute;n modo, el prejuicio siempre consigue subirse a hombros de la realidad y va repitiendo la misma idea: tus desastrosas condiciones materiales de vida no son veros&iacute;miles si eres lo que se entiende por una &ldquo;moderna&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Es una sensaci&oacute;n incre&iacute;ble vivir en la mierda y que te tachen de privilegiada, como si un nuevo marco mental impidiera imaginar a feministas o a personas LGTBI en la cola del paro. Qu&eacute; disociaci&oacute;n asombrosa. Qu&eacute; manera de negar el presente de miles de trabajadores y trabajadoras. Me pregunto: &iquest;no es este un tipo de clasismo muy raro y muy rancio? &iquest;Por qu&eacute; negar la diversidad de los individuos que sufren los excesos del capitalismo? Quiz&aacute; tenga que ver con proteger una identidad que no es precisamente la de los unicornios.
    </p><p class="article-text">
        A menudo nos preguntan en qu&eacute; planeta vivimos y nosotros tratamos de imaginar el lugar en el que viven aquellos que creen que nos resbalan nuestros derechos laborales. Precisamente, cientos de j&oacute;venes de nuestro pa&iacute;s podr&iacute;an dar ponencias sobre las m&aacute;s novedosas y sofisticadas formas de explotaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Si sonre&iacute;mos es porque no conocemos otra cosa. Qui&eacute;nes cre&eacute;is que somos y qui&eacute;nes cre&eacute;is que sois.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/creeis_129_1720663.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 29 Jan 2019 20:24:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Quiénes creéis que somos, quiénes creéis que sois]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Interlocutoras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/interlocutoras_129_1891321.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Sobre 'De Putas. Un Ensayo sobre la masculinidad', el último trabajo de Núria Güell</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-youtube ratio">
    
                    
                            
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            </figure><p class="article-text">
        Desde que conoc&iacute; a&nbsp;<a href="http://www.nuriaguell.net/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">N&uacute;ria G&uuml;ell</a> en Beirut, la considero mi or&aacute;culo. Hace tres a&ntilde;os &nbsp;nos citamos en una calle muy fiestera de la capital del L&iacute;bano. Recuerdo que era de noche y que nos sentamos en una mesa coja bajo una luz verde de ne&oacute;n. Yo apenas sab&iacute;a nada sobre sus obras de arte pol&iacute;tico, ni de su melena cardada o sus ojos de pitonisa. Mientras N&uacute;ria mord&iacute;a un bocadillo chorreante, me cont&oacute; en lo que estaba trabajando, algo relacionado con los v&iacute;nculos entre las casas de subastas m&aacute;s prestigiosas de Londres y las ruinas de los templos Sirios destruidos por el ISIS. Me dije que aquello parec&iacute;a peligroso, ilegal. Que podr&iacute;a ganar un Pulitzer.
    </p><p class="article-text">
        A menudo, N&uacute;ria G&uuml;ell llega m&aacute;s lejos y m&aacute;s hondo que buena parte del ensayismo y del periodismo patrio. Precisamente porque excava en los asuntos que se deslizan por las portadas de medio mundo, y porque su arte no es nunca un objeto ni una instalaci&oacute;n, sino que sucede &minus;lo que vemos expuesto solamente es una fotograf&iacute;a o resumen de lo que ella provoc&oacute;&minus;, la artista catalana aparece poco por aqu&iacute;. Cuando lo hace, me siento como una ni&ntilde;a que ve llegar la carroza de la vidente a lo lejos. Es una sabia que no responde preguntas, sino que desvela las preguntas que me asaltar&aacute;n en el futuro.
    </p><p class="article-text">
        Hace poco pude ver el &uacute;ltimo trabajo de N&uacute;ria G&uuml;ell, la pieza audiovisual <em>De Putas. Un Ensayo sobre la masculinidad</em>. La artista pag&oacute; a nueve prostitutas de Girona y de Le&oacute;n para que dedicaran su tiempo a reflexionar sobre los mandatos de la masculinidad hegem&oacute;nica, describiendo los patrones de comportamiento, los miedos y anhelos de los hombres que cada d&iacute;a pagan por sus servicios. La mitad de las entrevistadas trabajan solas en la carretera, y la otra mitad, en pisos alquilados por su cuenta.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En la calle no s&eacute; por qu&eacute; se hacen los machos, porque aqu&iacute; son totalmente distintos&rdquo;. &ldquo;Desde mi punto de vista, el machismo que la mujer sufre en su vida diaria, en su pareja, en su trabajo, en esta profesi&oacute;n se sufre much&iacute;simo menos. El hombre que viene aqu&iacute; es muy raro que exija nada&rdquo;. &ldquo;A los clubes van los que se creen machos. [&hellip;] Les gusta ir con los amigos a lucirse, tocarle el culo a una, y a lo mejor no follan ni nada&rdquo;. &ldquo;La mayor&iacute;a de las veces es desahogo personal. A veces pienso: &iexcl;Madre m&iacute;a!, &iexcl;se gasta el dinero y s&oacute;lo esta hablando!&rdquo;.&nbsp;&ldquo;Tienen verg&uuml;enza a quedar mal, de que no te guste. M&aacute;s que poder yo lo veo como algo infantil, porque si yo pago me da igual si te gusta o no. Sin embargo, ellos quieren&nbsp;que te guste&rdquo;. &ldquo;El hombre es un ser humano igual que la mujer, con las mismas debilidades e incluso a veces m&aacute;s, porque tiene que desarrollar un rol. Tienen que ser importantes, poderosos, y creo que muchos est&aacute;n muy cansados&rdquo;. &ldquo;Para m&iacute; es mucho m&aacute;s f&aacute;cil echar un polvo que aguantar a un se&ntilde;or, porque mientras echo un polvo voy pensando en&nbsp;qu&eacute; voy a poner ma&ntilde;ana de comer. Pero si estoy hablando con &eacute;l, ah&iacute; entra ya mi persona, no es mi cuerpo. Tengo que escucharle, tengo que atenderle. Eso ya tiene otro precio&rdquo;. &ldquo;El hombre perfecto, masculino, no existe. Es un farsante. Tiene otra vida. Es un hombre falso. La verdad es otra&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Estas son solo algunas de las reflexiones estas nueve mujeres contaron frente a la c&aacute;mara. En la pieza discurren las digresiones tristes, divertidas, llenas de matices, propias de conferenciantes o de ponentes de Ted Talks. Escuch&aacute;ndolas, es f&aacute;cil caer en la cuenta de que las trabajadoras sexuales son expertas en masculinidad, en virilidad, en hombr&iacute;a. G&uuml;ell afirma que est&aacute;n legitimadas por su experiencia laboral, por la estad&iacute;stica (entre todas las entrevistadas, calculan haber estado con 9.000 hombres) y porque los clientes de prostituci&oacute;n no responden a un perfil de clase ni a una franja de edad concreta. Pero por encima de todo, la artista convoca a las prostitutas como expertas, porque se relacionan con los hombres cuando ellos est&aacute;n lejos de la mirada de los dem&aacute;s: &ldquo;Ven comportamientos que nadie m&aacute;s ve&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me est&aacute; gustando esta entrevista&rdquo;, le dijo una de las mujeres a G&uuml;ell. Cuando o&iacute; esta frase, pens&eacute; que la artista nos reta doblemente con esta pieza. Por un lado, nos presenta un ensayo sobre la masculinidad que dif&iacute;cilmente puede ser m&aacute;s verdadero, cuidadoso y fiel. Las putas no hablan con odio de sus clientes, ni siquiera en un tono de burla. Hablan como mujeres con parejas y ex maridos que han vivido y viven una hombr&iacute;a con dos caras.
    </p><p class="article-text">
        Conocen la masculinidad p&uacute;blica &minus;agonizante, y que ellas mismas resucitan a cambio de dinero&minus;, y otra &iacute;ntima y secreta, caleidosc&oacute;pica, que se oculta a la mirada de otros hombres y mujeres. Las entrevistadas hablan de una realidad paralela, de un mundo de vulnerabilidad confidencial, de subversi&oacute;n de roles, de hombr&iacute;a como performance; hablan del hombre agresivo y t&oacute;xico como personaje que siempre exige ox&iacute;geno y espectadores, que se da en la esfera p&uacute;blica de la vida &minus;el hogar es esfera p&uacute;blica&minus;, y en los burdeles. De modo que las personas menos sospechosas de poder revisar la masculinidad hegem&oacute;nica y normativa se revelan como conocedoras de todos sus engranajes, y las &uacute;nicas con un acceso privilegiado a las masculinidades alternativas, a una verdad subyacente. G&uuml;ell incluso asegura que conocimiento de las prostitutas &ldquo;subvierte totalmente la idea de un estado heterosexual&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero, como las mismas protagonistas explican en el v&iacute;deo, todo este conocimiento se debe a que sus clientes, incluso los m&aacute;s amistosos y educados, las consideran solamente putas: seres que nunca hablan y que nunca son preguntados. Con este ensayo a nueve voces, G&uuml;ell propone escuchar a estas mujeres como a unas catedr&aacute;ticas de silla de pl&aacute;stico y de cama reci&eacute;n hecha, nos las presenta como voces ineludibles a la hora de abordar uno de los grandes temas del presente &minus;las nuevas masculinidades, el rol del hombre respecto al avance del feminismo&minus;, y tambi&eacute;n sobre otros grandes debates como el machismo, la violencia sexual e incluso el trabajo emocional remunerado.
    </p><p class="article-text">
        Y entonces, pens&eacute;, entonces ah&iacute; contin&uacute;a la ecuaci&oacute;n. &iquest;C&oacute;mo negar el habla a las trabajadoras sexuales en otros &aacute;mbitos de la vida? Como periodista feminista siempre me ha interesado la prostituci&oacute;n. Me he adentrado en ella en la medida en que he podido y desde distintos &aacute;ngulos. He convivido con v&iacute;ctimas de trata, he conversado con mujeres que ejercen y no querr&iacute;an, y he conocido a prostitutas que aman su trabajo, seres sensuales y sexuales a quienes les gusta comunicarse con su cuerpo y con pieles desconocidas. Existen. Algunas de ellas est&aacute;n actuando, ofreciendo herramientas legales y sanitarias a sus compa&ntilde;eras, ense&ntilde;ando a otras mujeres a sopesar los riesgos de esta actividad, a protegerse y a moverse al margen de los burdeles, los chulos y las grandes plataformas digitales. Algunas desear&iacute;an ser escuchadas y sindicarse.
    </p><p class="article-text">
        Todas ellas &minus;v&iacute;ctimas, resignadas y dominatrix del trabajo sexual&minus; son criaturas del capitalismo, todas son vecinas de un edificio depredador que nos est&aacute; dejando cada vez m&aacute;s en la intemperie y contra el que todos los lunes se nos agotan las respuestas. S&iacute;, es complejo. El mundo lo es, ya lo sab&iacute;amos. Pero me pregunto si no son la escucha y la uni&oacute;n entre semejantes algunas de las pocas herramientas que a&uacute;n nos quedan frente a la explotaci&oacute;n, la pobreza y el retroceso de derechos. Me pregunto a ad&oacute;nde nos conduce seguir enmudeciendo de forma tajante a parte de un colectivo que aporta conocimiento directo y complejidad. Supongo que aqu&iacute; mismo, donde siempre, hacia donde nunca queremos mirar. &iquest;Por qu&eacute; estas mujeres no pueden ser interlocutoras? Esa es la pregunta que me desvel&oacute; el or&aacute;culo.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2">De Putas. Un Ensayo sobre la masculinidad puede verse en el MUSAC de León hasta el 14 de octubre, en el marco de la muestra "Patria y Patriarcado". La pieza también se proyectará en el festival LOOP de Barcelona, el próximo 17 de noviembre a las 19 horas.<br/><br/></blockquote>
    </figure>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/interlocutoras_129_1891321.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Oct 2018 20:23:06 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Interlocutoras]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Malotes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/malotes_129_1988665.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/94e64fb8-696e-4e7a-8df7-999fd5383049_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Matteo Salvini"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada vez más medios de comunicación se sueltan el cinturón y juegan a retratar a políticos reaccionarios como si fueran los rebeldes de clase</p><p class="subtitle">Los malotes no solo dan que hablar, también despiertan deseo y fascinación</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Dejad de pintar a los fascistas como si fueran malotes&rdquo;. Hace d&iacute;as que tengo este <a href="https://twitter.com/noelceballos_/status/1023284753297010689" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">tuit de Noel Ceballos</a> incrustado en la cabeza. El escritor hac&iacute;a referencia a un art&iacute;culo que contaba c&oacute;mo Matteo Salvini, ministro de interior italiano, hab&iacute;a &ldquo;troleado a Mallorca&rdquo; despu&eacute;s de que en la isla le declararan persona non grata. Salvini, ya saben, el pol&iacute;tico fascista que quiere echar a los gitanos de Italia; el mismo que rechaz&oacute; al barco Aquarius y despu&eacute;s se burl&oacute; de Espa&ntilde;a por salvar la vida de m&aacute;s de 600 personas.
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; me gustan los malotes. Me han gustado siempre. Yo era la t&iacute;pica chica, empollona para m&aacute;s escarnio, a la que todo el mundo hac&iacute;a el mismo reproche: &ldquo;Mucho bla bla pero luego te vas con ellos&rdquo;. A lo largo de mi juventud me he sentido atra&iacute;da por capullos y maravillada por toda clase de cabestros y liantes. He sufrido lo m&iacute;o, no lo voy a negar. Me asquea que se identifique a se&ntilde;ores de la Alt Right como malotes, y que Trump, Farage, Wilders e incluso Casado sean vistos como tipos atrevidos que prefieren decir la verdad a dar la respuesta correcta.
    </p><p class="article-text">
        Hace un par de semanas, el dominical <em>XL Semanal</em> convirti&oacute; la cama revuelta de Matteo Salvini en su portada. Nos invit&oacute; a acercarnos a sus sobacos enmara&ntilde;ados y a su sonrisa de granuja que acaba de echar un polvo y quiere m&aacute;s: &ldquo;Matteo Salvini: el hombre que se r&iacute;e de Europa&rdquo;. Cada vez m&aacute;s medios se sueltan el cintur&oacute;n y juegan a retratar a pol&iacute;ticos reaccionarios como si fueran los rebeldes de clase. A simple vista, parece una estrategia para conseguir clics a base de cabreo y provocaci&oacute;n. Me pregunto si en las redacciones de esos medios saben que la figura del chico malo nos hace bascular entre el amor y el odio. En la revista <em>S&uacute;per Pop</em>, por ejemplo, lo ten&iacute;an clar&iacute;simo, por eso de vez en cuando nos provocaban con p&aacute;ginas enteras sobre los personajes descarriados de las series. Los malotes no solo dan que hablar, tambi&eacute;n despiertan deseo y fascinaci&oacute;n. Tras darle vueltas al asunto, he hallado algunos vasos comunicantes en el que fue uno de mis canallas favoritos y el auge de la ultraderecha en Occidente.
    </p><p class="article-text">
        Nada m&aacute;s llegar al aula de segundo de ESO, Kike escupi&oacute; un perdig&oacute;n de espuma blanca en el suelo. Piernas largas, peinado mullett, zapatillas ensanchadas a punto de reventar. De Kike me fascinaba su capacidad para interrumpir la vida, para liarla.
    </p><p class="article-text">
        El instituto no dejaba de ser una c&aacute;rcel en la que se nos repet&iacute;a lo libres que &eacute;ramos. &Eacute;l consegu&iacute;a entorpecer su funcionamiento con muy poco, usando la mesa como caj&oacute;n o montando shows a partir de c&aacute;scaras de pipa. He aqu&iacute; un primer paralelismo entre Kike y los pol&iacute;ticos fascistas europeos: el instituto funcionaba como la Uni&oacute;n Europea o cualquier parlamento; representaba la correcci&oacute;n pol&iacute;tica aburrida y opresora. Mediante trucos circenses, Kike era capaz de interrumpir el debate pol&iacute;tico -la clase-, y darnos respiros de nuestra aburrida vida estudiantil.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo el d&iacute;a en que Kike lanz&oacute; por los aires la pila de ex&aacute;menes sorpresa de qu&iacute;mica. O cuando le solt&oacute; al jefe de estudios, un ser despiadado, que ol&iacute;a a alcohol. Kike sol&iacute;a aferrarse a las injusticias sociales que ten&iacute;a a mano. Con sus discursos populistas -&ldquo;a ver si los profes empez&aacute;is a dar ejemplo&rdquo;-, consegu&iacute;a que le admir&aacute;ramos por su compromiso. Los profesores nos advert&iacute;an: &ldquo;No le ri&aacute;is las gracias porque as&iacute; le dais poder&rdquo;, o &ldquo;sin vosotros no es nadie&rdquo;, pero los profes eran la autoridad, y a Kike nadie pod&iacute;a negarle lo valiente que era. Se me hac&iacute;a imposible verle como a un ser d&eacute;bil cuando era el &uacute;nico que se expon&iacute;a. Hac&iacute;a falta tener arrojo para ser maleducado, suspender y ser castigado. Kike, como los pol&iacute;ticos que nos ocupan, pod&iacute;a ser un chulo y un demagogo, pero a mis diecis&eacute;is a&ntilde;os me parec&iacute;a alguien muy osado.
    </p><p class="article-text">
        Kike despertaba muchas emociones en m&iacute;. Admiraba su indomabilidad, me atra&iacute;a su virilidad de atleta callejero, pero tambi&eacute;n hac&iacute;a que me sintiera como una privilegiada. Por el simple hecho de atender en clase, de ser creativos o generosos, por tener aspiraciones y recibir reconocimiento, buena parte de la clase nos cre&iacute;amos una especie de &eacute;lite despreciable. Recuerdo la verg&uuml;enza que sent&iacute;a cada vez que recib&iacute;a un premio literario en Sant Jordi, la rosa y las espigas temblando bajo los focos del auditorio. Pues bien, esta sensaci&oacute;n de privilegio era un espejismo: en mi clase hab&iacute;a chicos y chicas en situaciones mucho m&aacute;s jodidas que las de Kike, pero &eacute;l siempre parec&iacute;a reci&eacute;n salido de la c&aacute;rcel.
    </p><p class="article-text">
        Entre los malotes de instituto y los pol&iacute;ticos de ultraderecha existen paralelismos, pero las diferencias resultan m&aacute;s interesantes. La principal fuente de poder de Kike era la fuerza bruta y la humillaci&oacute;n a los &ldquo;marginados&rdquo; -feos, gordos, homosexuales, empollones, repipis o alumnos con un marcado acento catal&aacute;n-. Sin embargo, a diferencia de los pol&iacute;ticos racistas, algunos magreb&iacute;es y gitanos eran sus aliados, tambi&eacute;n eran malotes, circulaban en moto con el casco encajado en la frente y dominaban el arte del derrape y las navajas. El miedo que me provocaba Kike era muy distinto del que me generan estos se&ntilde;ores. En aquella &eacute;poca, lo que m&aacute;s me aterraba era la frase: &ldquo;Nos vemos fuera&rdquo;. Recuerdo duelos bajo la autopista, yo abrazada a mi carpeta desde la &uacute;ltima fila, temiendo la muerte inminente de uno de los dos combatientes. Los malotes ejerc&iacute;an violencia gratuita hacia colectivos que consideraban d&eacute;biles y tambi&eacute;n se peleaban entre ellos, pero no lograban que nos pele&aacute;ramos entre nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Para Kike hubo un punto de no retorno, y fue la crueldad extrema. Un d&iacute;a, le dio por intentar robarle la dentadura a Santiago, el sexagenario que nos daba clase de educaci&oacute;n f&iacute;sica. Se enzarzaron. Santiago se march&oacute; a los vestuarios enrojecido y tembloroso. Ya no volvi&oacute;. &ldquo;Te has pasado&rdquo;, sentenci&oacute; la clase. Despu&eacute;s de aquello, Kike no tard&oacute; mucho en pasar a formar parte de mantenimiento, un escuadr&oacute;n de alumnos dados por imposibles que se dedicaban a pintar radiadores. Pol&iacute;ticos como Salvini han logrado ser extremadamente crueles e inhumanos sin terminar de parecerse a grupos de hooligans neonazis, o a freaks como Josep Anglada, que no deja de ser un paleto con los ojos inyectados en sangre.
    </p><p class="article-text">
        Kike fue un rebelde sin causa, un adolescente rebotado con la vida, pero tambi&eacute;n fue un outsider. En el instituto de mi barrio, para ser un verdadero malote ten&iacute;as que desprenderte del bienestar, abandonar toda esperanza y romper con todo. Si quer&iacute;as disfrutar de una libertad salvaje y de la emoci&oacute;n de los peque&ntilde;os delitos, ten&iacute;as que estar dispuesto a sufrir, y a da&ntilde;ar, desde las sombras. Los pol&iacute;ticos que hoy nos asustan con selfies no pretenden ser marginales, sino ejemplares. Ans&iacute;an ser los h&eacute;roes de la patria modernos, sue&ntilde;an con que los nombren con una espada y les den likes de Instagram. Aupados por su supuesta incorrecci&oacute;n pol&iacute;tica, la ultraderecha actual construye una nueva autenticidad y orgullo. O lo que es lo mismo, la Europa fea se vuelve guapa. A Salvini, Kike como m&iacute;nimo le reventaba el retrovisor.
    </p><p class="article-text">
        Por mucho que lo dij&eacute;ramos, ninguno de nosotros quer&iacute;a quemar el instituto. Si re&iacute;amos las gracias de Kike, o no le combat&iacute;amos, era por miedo a ser agredidos o ridiculizados. La mayor&iacute;a de los alumnos ocup&aacute;bamos una posici&oacute;n muy c&oacute;moda: sin sufrir las consecuencias de sus actos, disfrut&aacute;bamos de sus servicios de caos y contrapoder. Kike nos sirvi&oacute; de v&iacute;a de escape, fue un juglar. Intu&iacute;amos que en el fondo &eacute;l era el marginado. Quienes alentamos a Kike fuimos los estudiantes de ESO de un instituto del extrarradio de Barcelona. Sucumbiendo a su actitud agresiva con fines recaudatorios, pint&aacute;ndolos de malotes, quienes alientan a estos pol&iacute;ticos son los medios de comunicaci&oacute;n, los adultos. Son los profesores.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/malotes_129_1988665.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 08 Aug 2018 17:57:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Malotes]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Suicidio fake]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/suicidio-fake_129_2138299.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a664edd7-cd3a-44e8-a09c-04bcf27d0393_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Suicidio fake"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un acto de desesperación, Eme fingió su muerte voluntaria en Facebook</p></div><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a le&iacute; una esquela en Facebook que result&oacute; ser una nota de suicidio. De un falso suicidio. En el muro de Eme, desde su perfil, se public&oacute; un texto que parec&iacute;a escrito por una tercera persona con la intenci&oacute;n de dar de baja su alma de Internet: &ldquo;Comunicamos a todas las personas que alguna vez han estimado a Eme su deceso. Por su propio deseo, Eme ha muerto&rdquo;. Al parecer, Eme no hab&iacute;a podido soportar &ldquo;tanta mezquindad, ruindad y ego&iacute;smo&rdquo; en el mundo. El <em>post</em> terminaba con su nombre completo escrito en may&uacute;sculas, su a&ntilde;o de nacimiento y defunci&oacute;n, y un epitafio: &ldquo;Su mayor deseo fue vivir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Las esquelas se parecen mucho a diplomas, quiz&aacute; por eso nos las creemos sin rechistar. Pero en las redes sociales los comunicados funerarios carecen de esa est&eacute;tica solemne y enmarcada, y las interpretaciones &nbsp;posibles se multiplican.
    </p><p class="article-text">
        Mi primera reacci&oacute;n tras leer la esquela de Eme fue abrir su chat y preguntar si lo que hab&iacute;a le&iacute;do era real. Inmediatamente alguien respondi&oacute; &ldquo;s&iacute;&rdquo; y sent&iacute; un escalofr&iacute;o. Eme suicid&aacute;ndose: era veros&iacute;mil. Me asust&eacute;, me ergu&iacute; en la silla y empec&eacute; a preguntarme qui&eacute;n era entonces la persona que hab&iacute;a otro lado del chat y por qu&eacute; me hab&iacute;a contestado tan r&aacute;pido. &ldquo;&iquest;Puedo preguntar qu&eacute; ha ocurrido?&rdquo;, escrib&iacute; con un temblor. Hab&iacute;an encontrado a Eme en su casa. &ldquo;Soy su albacea. S&oacute;lo necesitaba amistad, cari&ntilde;o. Estaba muy solo. Le hubiera gustado conocerte mejor&rdquo;. Esa &uacute;ltima frase me son&oacute; a lobo feroz y sospech&eacute; como sospech&oacute; Caperucita justo antes de ser devorada.
    </p><p class="article-text">
        Conoc&iacute; a Eme hace casi diez a&ntilde;os. Yo empezaba en la universidad, &eacute;l era mayor y parec&iacute;a muy revolucionario y muy atormentado. Recuerdo que siempre ten&iacute;a los ojos demasiado abiertos, unos ojos &aacute;rticos &mdash;as&iacute; los hubiera descrito entonces&mdash;. Llegu&eacute; a pensar que me miraba tan fijamente para que pudiera apreciar la belleza de su iris azul claro, para hipnotizarme. Durante algunos a&ntilde;os Eme quiso acercarse a m&iacute; pero me fui alejando.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lo siento mucho&rdquo;, tecle&eacute;, &ldquo;gracias por la informaci&oacute;n&rdquo;. Mi amago de huida funcion&oacute; como cebo y el lobo finalmente contest&oacute;: &ldquo;A &eacute;l todav&iacute;a le gustar&iacute;a verte. S&oacute;lo hay que leer entre l&iacute;neas. Es duro tener que morir para encontrar a alguien&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En un acto de desesperaci&oacute;n, Eme hab&iacute;a fingido su muerte voluntaria en Facebook. Di un manotazo en la mesa y le insult&eacute;, le llam&eacute; loco. &iquest;Qui&eacute;n pod&iacute;a aparentar su suicidio y alargar la mentira de ese modo? Tras un silencio, se disculp&oacute;: &ldquo;Ha sido un experimento tonto. Estoy vivo, f&iacute;sicamente por lo menos&rdquo;. En ese instante podr&iacute;a haberle perdonado o bloqueado para siempre por un enga&ntilde;o que me parec&iacute;a est&uacute;pido y cruel, pero en vez de eso empec&eacute; a sentir curiosidad. Quer&iacute;a saber en qu&eacute; estaba pensando Eme cuando decidi&oacute; morir en la mayor red social del mundo. Intu&iacute;a que hab&iacute;a jugado con algo sagrado, pero sab&iacute;a si era su propia vida o la verdad. Quiz&aacute; una mezcla de ambas.
    </p><p class="article-text">
        Al final me atrev&iacute; preguntarle si le apetec&iacute;a conversar sobre su experimento. Accedi&oacute; y empez&oacute; a hablarme de Lorazepam, agotamiento y soledad.
    </p><p class="article-text">
        Durante varios d&iacute;as Eme y yo chateamos sobre el uso de las redes sociales por parte de quien vive aislado. Hac&iacute;a tiempo que ten&iacute;a la necesidad de despertar reacciones entre sus contactos, del tipo que fueran &mdash; una acusaci&oacute;n, el emoticono de la l&aacute;grima, una llamada&mdash;. La estrategia del &lsquo;suicidio fake&rsquo; se le hab&iacute;a ocurrido estando borracho: todo depend&iacute;a de la respuesta de los dem&aacute;s. Al comunicar que hab&iacute;a muerto, Eme podr&iacute;a averiguar si a&uacute;n segu&iacute;a vivo.
    </p><p class="article-text">
        Entonces estall&oacute; el esc&aacute;ndalo de Cambridge Analytica. La compa&ntilde;&iacute;a estadounidense hab&iacute;a accedido a los datos de 87 millones de usuarios de Facebook y esos datos hab&iacute;an sido utilizados por varios consultores de Donald Trump durante la campa&ntilde;a electoral. Nadie sab&iacute;a decir hasta qu&eacute; punto la red social hab&iacute;a podido influir en las elecciones de Estados Unidos. El clima era de hecatombe, pero ninguno sac&oacute; el tema en el chat. Eme prefer&iacute;a contarme c&oacute;mo su dolor ahuyentaba a los dem&aacute;s y yo sent&iacute;a que eso mismo me estaba pasando. Su mentira a&uacute;n palpitaba en mi cuerpo pero las noticias sobre la filtraci&oacute;n no me provocaban ninguna inquietud, y eso empez&oacute; a intrigarme.
    </p><p class="article-text">
        Por un lado, Facebook era un inmenso contenedor de sentimientos agazapados y de toneladas de verdad, pero por otro &mdash;y esto era m&aacute;s evidente que nunca&mdash;, su ingenier&iacute;a oculta iba mucho m&aacute;s all&aacute; de la publicidad personalizada. Estaban en juego las &ldquo;bases de la democracia&rdquo;, un control milim&eacute;trico de los instintos y respuestas de la poblaci&oacute;n que pod&iacute;a dar lugar a una manipulaci&oacute;n masiva. Pero no: eso no me inquietaba. Le&iacute; decenas de noticias que me hac&iacute;an comprender la gravedad de la situaci&oacute;n, pero no me pregunt&eacute; por qu&eacute; no abandon&aacute;bamos Facebook en masa. Todo era indignante, pero no estaba indignada. En realidad, no estaba sintiendo nada. Solamente un cansancio lejano.
    </p><p class="article-text">
        Si al principio me hab&iacute;a perturbado imaginar a Eme frente a la pantalla, saboreando las primeras consecuencias de su muerte virtual, ahora su <em>performance</em> me parec&iacute;a extrema pero muy humana. Al fin y al cabo, todos hemos fantaseado alguna vez con nuestro propio entierro. Lo verdaderamente angustioso era mi mansedumbre, la calma generalizada ante las &uacute;ltimas noticias. Aquellos d&iacute;as compart&iacute;amos los titulares sobre el esc&aacute;ndalo de Cambridge Analytica con la sonrisa nihilista de un mu&ntilde;eco envasado: nos re&iacute;amos del tonto de Zuckerberg en su propia casa, a sabiendas de que nuestras risas se almacenan para ser vendidas. Es decir, &eacute;ramos conscientes, ten&iacute;amos la informaci&oacute;n, pero eso no era el detonante de nada.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a tuve la siguiente visi&oacute;n: los usuarios de Facebook &eacute;ramos como los vecinos de un antiguo barrio residencial de los Estados Unidos, de esos que esconden la verdad en el relleno de las tartas, y Eme era un chiflado que hab&iacute;a llegado a la comunidad para cometer peque&ntilde;os actos violentos y pornogr&aacute;ficos que terminar&iacute;an por enfrentarnos a nuestra propia locura.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n es capaz de jugar as&iacute; con su vida?&rdquo;, me hab&iacute;a preguntado como una buena feligresa de brazos cruzados y cabeza oscilante (&ldquo;&iquest;es que nadie piensa en los ni&ntilde;os?&rdquo;). A base de charlas con Eme fui encontrando mis respuestas. Alguien capaz de informar sobre su propio suicidio en Facebook a la espera de las reacciones de sus contactos era, por ejemplo, la artista Marina Abramovic, o un individuo sumido en una depresi&oacute;n que dura a&ntilde;os, como Eme. &Eacute;l me hab&iacute;a ofendido y pens&eacute; en mandarlo a la mierda. Facebook llevaba tiempo d&aacute;ndome motivos para cerrar mi cuenta &mdash;es obvio que sus pr&aacute;cticas comerciales son mucho peores, tanto por su escala como por su inflamabilidad&mdash;, pero en realidad me daba m&aacute;s miedo lo que pudiera pasar con mis ahorros que lo que una multinacional hiciese con mis fotos y conversaciones privadas. Quer&iacute;a que me afectase de verdad, sentirme enfadada, pero comprend&iacute; que me faltaba un ingrediente importante: la sensaci&oacute;n de peligro. Dicen que vivimos en la indignaci&oacute;n permanente, pero pocas cosas nos asustan o nos hacen llorar. Y Facebook no es una de ellas.
    </p><p class="article-text">
        Todo se reduce a la experiencia del usuario. Ya no se trata solamente de estar informados sobre las pr&aacute;cticas de las grandes tecnol&oacute;gicas, ni de comparar lo que Facebook nos quita con lo que nos da. Pueden decirnos que Facebook es la Isla de la Basura pero seguir&aacute; oliendo a limpio y la percepci&oacute;n es tozuda.
    </p><p class="article-text">
        Probablemente ese sea uno de los hitos de Facebook y de otras tecnolog&iacute;as aplicadas a las relaciones humanas: han logrado ser mediadores y ejercer el m&aacute;ximo control mientras nos ofrecen una sensaci&oacute;n de libertad y verdad. Intuyo que ese espacio flotante entre lo que sabemos y lo que experimentamos se ensancha cada vez m&aacute;s. Puede que sea un terreno &oacute;ptimo para la construcci&oacute;n de ciudades futuras.
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;ltimo d&iacute;a que Eme y yo chateamos le cont&eacute; que hab&iacute;a le&iacute;do que dentro de unos a&ntilde;os elegiremos las redes sociales seg&uacute;n nuestra ideolog&iacute;a, y que tener una cuenta en Facebook es equivalente a que nuestras vidas est&eacute;n patrocinadas por Coca-Cola, aunque no lo percibamos como tal. &ldquo;Facebook s&oacute;lo es una parte de la mentira que vivimos&rdquo;, respondi&oacute; &eacute;l. Cuando le pregunt&eacute; por qu&eacute; no abandonaba la red social, dijo: &ldquo;En mi situaci&oacute;n ya no me sirve para nada, si exceptuamos que t&uacute; est&aacute;s aqu&iacute;&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/suicidio-fake_129_2138299.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 May 2018 18:50:28 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Suicidio fake]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Facebook]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un 'mail' para Mary Beard]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mail-mary-beard_129_2795673.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ab0d60e7-b518-41ef-9b65-fecf69326b9a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Sería verdad que las feministas estábamos trayendo una ola de frío puritano? ¿Y si habíamos provocado las primeras víctimas inocentes? Entonces se me ocurrió: iba a invocar al oráculo, iba a escribir un mail a Mary Beard.</p></div><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a llegu&eacute; a casa a media tarde y mi cabeza y mi m&oacute;vil ard&iacute;an. Durante el trayecto en metro hab&iacute;a estado leyendo dos columnas de opini&oacute;n en las que se afirmaba que las feministas dese&aacute;bamos lanzar a Woody Allen desde un campanario y que, por culpa de nuestro vocer&iacute;o en las redes sociales, el sexo ya no era divertido. Pens&eacute; que todo era agotador. Me desnud&eacute;, me quit&eacute; toda la ropa excepto las bragas y los calcetines y mir&eacute; mis pechos, los acarici&eacute;. &iquest;Ser&iacute;a verdad que las feministas est&aacute;bamos trayendo una ola de fr&iacute;o puritano? &iquest;Est&aacute;bamos creando el clima propicio para el levantamiento de campos de concentraci&oacute;n donde fueran a parar las mujeres afrancesadas seductoras y los hombres rom&aacute;nticos e insistentes? Todo me parec&iacute;a un disparate, pero entonces eso significaba que llev&aacute;bamos semanas leyendo a gente seria decir disparates en los medios de comunicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Entonces se me ocurri&oacute;: iba a invocar al or&aacute;culo, iba a escribir un mail a Mary Beard. Acad&eacute;mica en Cambridge, experta en historia cultural de Occidente y en la Roma cl&aacute;sica, Beard es una giganta de melena mitol&oacute;gica que nos observa desde las alturas. En cada instante crucial para nosotros, ella ve un &aacute;tomo insignificante de la Historia. Sabe que somos sanguinarios. Beard sabr&iacute;a si est&aacute;bamos siendo sanguinarias nosotras tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Escrib&iacute;: &ldquo;&iquest;Cree usted que la sociedad occidental se est&aacute; volviendo m&aacute;s puritana &mdash;empezando por el mundo del arte&mdash; por culpa de los movimientos feministas en internet?&rdquo;. Me tumb&eacute; en la cama, acomod&eacute; el m&oacute;vil en mi monte de venus y cerr&eacute; los ojos. Si Mary contestaba, la vibraci&oacute;n se adentrar&iacute;a en mi sistema nervioso y enviar&iacute;a se&ntilde;ales a mis neuronas del placer. Un minuto despu&eacute;s, lleg&oacute; su respuesta: &ldquo;I don&rsquo;t think so!!&rdquo; (&iexcl;&iexcl;no lo creo!!). Respir&eacute; aliviada. Si Mary Beard despachaba todas esas suposiciones apocal&iacute;pticas, yo tambi&eacute;n pod&iacute;a hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        El intento de descolgar a Th&eacute;r&egrave;se, la ni&ntilde;a pensativa pintada por Balthus a la que se ven las bragas, del Met de Nueva York; el veto de Alemania y Gran Breta&ntilde;a a las pinturas de Egon Schiele para una campa&ntilde;a de turismo de la ciudad de Viena o la &ldquo;performance censora&rdquo; de la Manchester Art Gallery con el cuadro de Hilas y las ninfas, de John William Waterhouse. Hac&iacute;a solamente unas horas hab&iacute;a trascendido otro caso aparentemente similar: la National Gallery de Washington hab&iacute;a pospuesto una exposici&oacute;n del pintor Chuck Close porque unas modelos le hab&iacute;an acusado de propasarse. Estas y otras noticias relacionadas con el mundo del arte se hab&iacute;an difundido como si fueran casos sospechosos de grupo masivo de asesinas en serie: las inquisidoras a favor de la liberaci&oacute;n femenina, el #metoo. 
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;de d&oacute;nde surge la idea de que el movimiento feminista quiere convertir los museos en cementerios? No hace falta viajar al pasado ni mirar hacia la alta cultura para encontrar ejemplos de representaci&oacute;n sumisa de la mujer: basta con poner la tele un rato o pasear por la ciudad prestando atenci&oacute;n a las marquesinas. Por otro lado, doy fe de que en los eventos feministas no se reza ni se promueve la castidad, m&aacute;s bien hay afici&oacute;n al despechugue. Adem&aacute;s, hace a&ntilde;os que desde los feminismos se apuesta por profundizar en nuestra propia sexualidad y en una b&uacute;squeda del placer. Hablo de libros y conferencias, pero tambi&eacute;n de talleres abiertos de eyaculaci&oacute;n femenina. En resumen, parece que lo que las feministas queremos no es dejar de follar, sino dejar de fingir orgasmos. &iquest;Por qu&eacute; insisten en relacionarnos con una mirada conservadora y atrasada?
    </p><p class="article-text">
        Supongo que lo que queremos la mayor&iacute;a de nosotras es ver a m&aacute;s mujeres artistas en esos museos, m&aacute;s reflexi&oacute;n cr&iacute;tica sobre nuestra ausencia y sobre la representaci&oacute;n femenina en el arte, lo cual, por cierto, dista mucho de ser una novedad. Somos feministas, pero tambi&eacute;n somos hijas del patriarcado. Y no somos idiotas, sino conscientes de que no podemos borrar la cultura en la que hemos crecido &mdash; batallamos con nosotras mismas a diario&mdash;, pero s&iacute; podemos trocear, sofre&iacute;r y hacer lo que nos venga en gana con ella. Eso, en s&iacute; mismo, tambi&eacute;n es cultura. La necesidad de abordarlo todo desde perspectiva de g&eacute;nero ha dado lugar a decenas de obras esenciales, y seguir&aacute; haci&eacute;ndolo. De nuevo, ninguna novedad.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, &iquest;d&oacute;nde est&aacute; el conflicto? En la asunci&oacute;n de que las iniciativas &ldquo;censuradoras&rdquo; &mdash;procedan de particulares, gobiernos o instituciones&mdash;, forman parte de una ofensiva compartida por todas las feministas del planeta. Eso no solo es tramposo, sino que reproduce esa &ldquo;indignaci&oacute;n autom&aacute;tica&rdquo; que tanto se no achaca a las internautas. En nombre de una supuesta caza de brujas se acalla un alzamiento necesario y justo. Dir&iacute;a que aquellos que leen estos acontecimientos como parte de una ola represora est&aacute;n interesados en el mantenimiento del statu quo patriarcal, sean conscientes o no de ello.
    </p><p class="article-text">
        Si cierro los ojos y trato de crecer como Mary Beard, de elevarme para verlo todo desde las alturas, veo a mujeres sufriendo el puritanismo en sus propias carnes, siendo quemadas por brujas, como eternas musas pac&iacute;ficas. &iquest;De qu&eacute; co&ntilde;o est&aacute;n hablando?
    </p><p class="article-text">
        Creo que el debate se orienta hacia c&oacute;mo reinterpretamos y convivimos con la producci&oacute;n cultural del pasado y las obras maestras de algunos genios monstruosos. Como dice al respecto Mary Beard, &ldquo;hay que hallar la manera de lidiar con alguien que es brillante y horrible. C&oacute;mo manifestar nuestra desaprobaci&oacute;n de algunos aspectos de la vida de alguien, mientras reconocemos otros&rdquo;. Este debate tampoco es nuevo. Pero crece y es en s&iacute; mismo bello, importante, indica progreso. Sirve para poder contar c&oacute;mo fuimos y para pensar los or&iacute;genes de un presente igualitario que a&uacute;n no existe.
    </p><p class="article-text">
        Mientras escribo esto, mi m&oacute;vil vibra sin parar. Todos los medios se afanan en publicar que el director Michael Haneke cree que el movimiento #metoo se ha convertido en &ldquo;una caza de brujas&rdquo;. Suspiro, se me contrae el cuerpo. En el fondo, sospecho que muchas personas que se sienten sobrepasadas por &ldquo;el tema del a&ntilde;o&rdquo; est&aacute;n, en realidad, empachadas de internet. Yo misma me he hartado de ciertos debates y eso no significa que haya desaparecido la desigualdad. Pero mi cuerpo sigue contra&iacute;do por un titular, a muchas nos pasa y de esto no se habla.
    </p><p class="article-text">
        Por si no se hab&iacute;a advertido a&uacute;n, internet no es una burbuja al margen de la realidad, sino el latido histri&oacute;nico de una parte de esa realidad. Internet se hace carne y para muchas de nosotras, el combate feminista en la red es algo m&aacute;s que agotador.
    </p><p class="article-text">
        Es en la red, y no en las calles, donde se est&aacute; produciendo un combate veloz que no solo nos incumbe, sino que es nuestra entra&ntilde;a. De pronto todo el pa&iacute;s est&aacute; opinando sobre los l&iacute;mites del consentimiento y t&uacute; recuerdas la risa de cierto t&iacute;o tumbado encima de ti. Pero la revoluci&oacute;n ha adquirido forma de conversaci&oacute;n y ocurre que te quedas fuera, que no puedes gritar ni lanzar una piedra, porque participar significa leerlo todo, escribir. Producir.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres tenemos dos formas de defender nuestras posiciones en el debate virtual: el testimonio y el argumento, exh&iacute;bete o demu&eacute;stralo. A menudo nos esforzamos por conceptualizar posicionamientos que son fruto de vivencias humillantes, desgarradoras, pero tambi&eacute;n de heridas aparentemente nimias o dif&iacute;ciles de justificar. Por ejemplo, por qu&eacute; terminamos haciendo cosas que no queremos en la cama, o callando ante al jefe maltratador. Por qu&eacute; dudamos tanto. Al mismo tiempo, estas experiencias &ldquo;contradictorias&rdquo;, &ldquo;complejas&rdquo;, &ldquo;zonas grises&rdquo; enmara&ntilde;adas son compartidas masivamente por las mujeres. No son menos verdad. 
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; muchas convertimos en adictas a discusiones sobre nosotras mismas dirigidas por otros, aceleradas por el capitalismo de la identidad que propugnan las redes, contaminadas por una &ldquo;sororidad bot&rdquo;. Me he visto leyendo detr&aacute;s de las puertas, bajo las s&aacute;banas, ansiosa por decir algo, por existir. El momento lo exige, es importante: se supone que de esos debates y pol&eacute;micas depende nuestra voz, nuestra percepci&oacute;n y la posibilidad de un futuro distinto. Pero a veces caemos rendidas, con los ojos secos, haciendo scroll.
    </p><p class="article-text">
        Si escrib&iacute; un mail a Mary Beard fue porque dud&eacute; de mi propia percepci&oacute;n despu&eacute;s de leer montones de noticias y columnas alarmantes sobre v&iacute;ctimas de una supuesta censura, con sus respectivos hilos de Twitter y posts en Facebook. No escrib&iacute; a Mary Beard porque sea una sabia feminista, sino porque es acad&eacute;mica en Cambridge y forma parte de una instituci&oacute;n &ldquo;respetada y objetiva&rdquo;. Ansiaba que me regalara un argumento atronador e irrefutable, es decir, lejos de mi experiencia.
    </p><p class="article-text">
        En bragas y con los calcetines puestos, el m&oacute;vil ardiendo en la mano. As&iacute; asum&iacute; que ahora mismo mis principales armas para una lucha por la igualdad son precisamente esas: mi cuerpo y una conexi&oacute;n a internet. Y que a pesar de los cortocircuitos alienantes que produce, tantos y de nuevo pasando inadvertidos, la batalla virtual no puede alejarse de nuestra piel. Lidiaremos entre gritos virales y silencios multitudinarios, para no convertirnos en las hero&iacute;nas que nunca saborearon la victoria.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mail-mary-beard_129_2795673.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 13 Feb 2018 19:39:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Un 'mail' para Mary Beard]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Feminismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Del aullido al poder]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/aullido-poder_129_3049555.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7ffd1e96-97c8-43d8-a54d-361b7bcf0a63_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Del aullido al poder"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Algo ocurrió en las manifestaciones contra la justicia patriarcal del pasado viernes. Muchas y muchos lo notamos</p><p class="subtitle">Patsilí Toledo, doctora en Derecho y experta en el sesgo patriarcal de la judicatura, advierte: nos estamos escandalizando por una práctica habitual en España</p></div><p class="article-text">
        Un m&eacute;dico forense examina el cuerpo de una mujer que denuncia haber sido v&iacute;ctima de violencia sexual. Durante la exploraci&oacute;n, no se sabe si por los nervios o a las cosquillas, a ella se le escapa la risa. El forense decide que ese impulso resta credibilidad a su testimonio, y as&iacute; lo hace constar durante la exposici&oacute;n de sus conclusiones en el posterior juicio. Finalmente, el juez secunda esa apreciaci&oacute;n en la sentencia:<strong> por haberse re&iacute;do, la demandante ya no resulta tan cre&iacute;ble.</strong> Este es un caso real documentado en Espa&ntilde;a el a&ntilde;o 2014.
    </p><p class="article-text">
        Algo ocurri&oacute; durante las concentraciones del pasado viernes en varias ciudades espa&ntilde;olas. Muchas y muchos lo notamos. Fue una especie de agitaci&oacute;n premonitoria, la misma sensaci&oacute;n que me empuj&oacute; a contactar a Patsil&iacute; Toledo, doctora en Derecho, <a href="https://www.casadellibro.com/libro-femicidiofeminicidio/9789873620010/2355357" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">experta en feminicidio</a> y profesora de Criminolog&iacute;a en la Universidad Pompeu Fabra. 
    </p><p class="article-text">
        Ella me habl&oacute; de la mujer que se ri&oacute; con el forense, y tambi&eacute;n de otros casos espa&ntilde;oles en los que la v&iacute;ctima parece haber sido la parte juzgada. Toledo me lanz&oacute; una advertencia: nos estamos escandalizando ante algo habitual. <strong>El tratamiento de la denunciante y de los acusados en el caso de los Sanfermines no es una excepci&oacute;n en nuestro pa&iacute;s, sino que es lo com&uacute;n en los casos de violencia sexual. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Permitidme que os lo cuente todo con mi mejor sonrisa torcida. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Aqu&iacute; no hay ni dios &#9785;&rdquo;. Tecle&eacute; esta frase el pasado viernes, nada m&aacute;s llegar a la sede Conselleria de Just&iacute;cia de Barcelona. Le contaba por Whatsapp a una amiga que casi nadie se hab&iacute;a acercado para protestar contra la violencia sexual y el caso de La Manada. Result&oacute; que yo hab&iacute;a llegado demasiado pronto, y que mis habituales despistes hab&iacute;an alcanzado una nueva cima. La convocatoria de Twitter dec&iacute;a &ldquo;17N 18:30&rdquo;. Pues bien, yo entend&iacute; que la concentraci&oacute;n durar&iacute;a hora y media. Efectivamente, asum&iacute; que la protesta por el tratamiento judicial de una joven que hab&iacute;a denunciado ser v&iacute;ctima de una violaci&oacute;n grupal de la cual existen grabaciones, una protesta por las agresiones sexistas, por los asesinatos &mdash;por todo&mdash;, deb&iacute;a terminar puntualmente a las 18:30. <strong>Curioso marco mental. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Para cuando me di cuenta de mi confusi&oacute;n, el chafl&aacute;n ya estaba lleno de gente. Lleg&oacute; Berta, periodista, con cara de des&aacute;nimo. Dijo &ldquo;es demasiado&rdquo; y &ldquo;frustraci&oacute;n&rdquo;. Dijo que ella protestar&iacute;a hasta el fin de sus d&iacute;as, pero que sent&iacute;a que &ldquo;as&iacute;&rdquo;, nada iba a cambiar. <strong>Le dije a Berta que es f&iacute;sicamente imposible se&ntilde;alar y corregir todo el machismo que nos rodea, que quiz&aacute; los feminismos tendr&iacute;an que cambiar de estrategia.</strong> De pronto se hizo el silencio. Desde el portal de la Conselleria, una mujer trataba de hablar con un meg&aacute;fono rid&iacute;culamente peque&ntilde;o, que incluso apagaba a&uacute;n m&aacute;s su voz. Todas call&aacute;bamos por respeto, pero la mayor&iacute;a no o&iacute;amos nada. 
    </p><p class="article-text">
        Cortamos la calle Pau Clar&iacute;s con cierta pesadumbre, arrastrando un poco los pies. Pero nos dispusimos en corro y empezamos a cantar consignas ley&eacute;ndonos las pancartas, vi&eacute;ndonos las caras.<strong> Entonces ocurri&oacute; algo asombroso: una energ&iacute;a empez&oacute; a recorrernos, un ritmo.</strong> <strong>Grit&aacute;bamos cada vez m&aacute;s.</strong> Alrededor del c&iacute;rculo de asfalto sobresal&iacute;an las mand&iacute;bulas abiertas, bailaban algunos pies. Entonces un chico empez&oacute; a golpear un contenedor a modo de tambor y alguien ulul&oacute;. Muchas respondimos instintivamente con un aullido. Nos sonre&iacute;mos porque algunas hab&iacute;an imitado el c&aacute;ntico nativo americano y otras hab&iacute;an elegido ser mujeres bereberes. T&iacute;midamente empezamos a disfrutar. <strong>Grit&aacute;bamos en medio de la ciudad como si se tratara de un clamor propio y antiguo.</strong> Una de la organizadoras cerr&oacute; los ojos y se llev&oacute; las manos a la cara. Luego mir&oacute; al cielo. No pod&iacute;a creer el esc&aacute;ndalo que est&aacute;bamos armando. No pod&iacute;a creer que, de pronto, fu&eacute;ramos as&iacute; de poderosas. 
    </p><p class="article-text">
        Decidimos echar a andar e interrumpir el tr&aacute;fico a nuestro paso. &Iacute;bamos seguras, prendidas. Como si fu&eacute;ramos la chispa de un 15M feminista. Bajamos por V&iacute;a Laietana y terminamos en Plaza Sant Jaume, hicimos una sentada y otra vez se produjo un silencio fuerte y poderoso. Finalmente, se convoc&oacute; una manifestaci&oacute;n para el pr&oacute;ximo 25 de noviembre. <strong>Volv&iacute; a casa con la sensaci&oacute;n de que algo acababa de ocurrir. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Pese a que en mi entorno digital ha habido una condena casi un&aacute;nime a la admisi&oacute;n del informe de un detective privado sobre la vida de la v&iacute;ctima despu&eacute;s de la agresi&oacute;n, tambi&eacute;n es cierto que he le&iacute;do que decirle a un juez c&oacute;mo deber&iacute;a actuar y condenar sin sentencia es propio de una manada. Que las feministas no deber&iacute;amos actuar como una manada. 
    </p><p class="article-text">
        Si bien de forma mayoritaria la indignaci&oacute;n se ha manifestado por la naturaleza feroz del caso &mdash;uno m&aacute;s&mdash; y por las decisiones acerca de las pruebas, en estos mantras tan utilizados hay al menos una suposici&oacute;n cuestionable y una consecuencia devastadora. Es cuestionable la idea de que la ley es neutral y que los jueces utilizan herramientas quir&uacute;rgicas, desinfectadas de prejuicios, a la hora de tomar un caso. <strong>La consecuencia devastadora del mantra es que muchas mujeres dudamos autom&aacute;ticamente de nuestra percepci&oacute;n,</strong> que no suele estar auspiciada por los pilares del sistema, ni por las togas, ni por los birretes, ni por las batas blancas. 
    </p><p class="article-text">
        Por ese motivo llam&eacute; a Patsil&iacute; Toledo. Adem&aacute;s de haber estudiado en profundidad el sustento patriarcal de la judicatura espa&ntilde;ola y de la de otros muchos pa&iacute;ses, especialmente latinoamericanos, fue consultora de las Naciones Unidas en este &aacute;mbito. 
    </p><p class="article-text">
        Toledo ha estado observando el caso de los Sanfermines. Ten&iacute;a la esperanza de que la atenci&oacute;n medi&aacute;tica sobre el caso frenara la reiteraci&oacute;n de los estereotipos m&aacute;s persistentes en materia de violencia sexual. Se equivocaba, y el caso de Pamplona podr&iacute;a engrosar el <a href="http://dones.gencat.cat/web/.content/03_ambits/docs/vm_abordatge_violenciessexuals_2.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&uacute;ltimo estudio</a> en el que ha participado como miembro del grupo de investigaci&oacute;n Ant&iacute;gona, en el cual se tomaron casos de la jurisprudencia catalana. 
    </p><p class="article-text">
        Dicho estudio demuestra que <strong>sigue existiendo una v&iacute;ctima ideal, &ldquo;a la que se le exigen ciertas caracter&iacute;sticas y cuyo trauma debe expresarse de una determinada forma&rdquo;.</strong> Si finalmente el juez valorara las pruebas del detective, &ldquo;supondr&iacute;a una deslegitimaci&oacute;n del sufrimiento de la v&iacute;ctima&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Resulta que no estamos ante una decisi&oacute;n procesal repulsiva, sino ante una pr&aacute;ctica censurada en el derecho penal internacional.<strong> &ldquo;En el estatuto de la Corte Penal Internacional no est&aacute; permitido presentar pruebas sobre la conducta previa de la v&iacute;ctima, ni tampoco posterior a la agresi&oacute;n porque considera irrelevante&rdquo;.</strong><a href="https://drive.google.com/file/d/10knIXXnd4o3wP1lw9cwChwDAfbQn-qa7/view?usp=sharing" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">estatuto</a> 
    </p><p class="article-text">
        Por el contrario, en el derecho penal espa&ntilde;ol esta pr&aacute;ctica contin&uacute;a plenamente vigente. &ldquo;El desconocimiento del marco jur&iacute;dico internacional por parte de la judicatura espa&ntilde;ola es flagrante&rdquo;, cuenta Toledo. &ldquo;Dudo que se conozca el Estatuto de Roma, ni las recomendaciones de organismos como la CEDAW, tampoco los tratados internacionales de derechos humanos que, si bien no son de aplicaci&oacute;n directa, se debieran conocer y aplicar&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n Toledo, en la mayor&iacute;a de pa&iacute;ses del mundo la violencia sexual es la piedra de toque en el acceso de las mujeres a la justicia.<strong> &ldquo;Los estereotipos son prejuicios, y estos prejuicios, en un sistema de justicia que se supone imparcial, impiden a las mujeres el acceso a un juicio justo&rdquo;.</strong> Es un atentado grav&iacute;simo al que nadie parece prestar atenci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;y el sentido com&uacute;n?, le pregunto a Toledo. Hasta el hombre m&aacute;s machista sabe que vivimos en un mundo que agrede a las mujeres constantemente. Pero al parecer, los delitos sexuales tienen una historia muy particular. 
    </p><p class="article-text">
        Durante siglos, lo que se ha protegido no ha sido la integridad de las mujeres y ni&ntilde;as, sino la honestidad y el honor. Esos valores no han sido eliminados de nuestra cultura, lo cual provoca que se juzgue la conducta de las mujeres en situaciones en las que ellas son las receptoras de la violencia.<strong> &ldquo;Solo cuando ellas han tenido una buena conducta son merecedoras de una protecci&oacute;n penal&rdquo;.  </strong>
    </p><p class="article-text">
        Nuestra sociedad empieza a comprender que las mujeres no son culpables de ser agredidas, pero en el sistema judicial las sentencias siguen argumentando &ldquo;en base a unos c&oacute;digos totalmente patriarcales&rdquo;. Por ejemplo, <strong>es muy habitual que se cuestione a las v&iacute;ctimas por no haber denunciado inmediatamente despu&eacute;s de la agresi&oacute;n,</strong> &ldquo;cuando lo que se sabe por las investigaciones sobre la conducta de las v&iacute;ctimas es que tardan much&iacute;simo tiempo, incluso a&ntilde;os, en hacerlo. En cambio, se asume que si una mujer ha tardado en denunciar es que est&aacute; mintiendo&rdquo;. Todo ello nace de la creencia mitol&oacute;gica de la maldad de las mujeres, de la idea de que provocamos y que tratamos de someter al var&oacute;n con falsedades. De hecho, si ley&eacute;ramos sentencias de casos de violaci&oacute;n del siglo XV, nos sorprender&iacute;a la similitud con las sentencias actuales. Para quien est&eacute; interesado, Toledo recomienda <a href="https://www.casadellibro.com/libro-historia-de-la-violacion/9788437617664/678786" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Historia de la Violaci&oacute;n</a> de Geoges Vigarello. 
    </p><p class="article-text">
        Toledo apunta otro caso reciente. Hace poco se tomaron fotograf&iacute;as de supuestas v&iacute;ctimas de trata en un bar, y se argument&oacute; que como aparec&iacute;an sonriendo, no era posible que estuvieran siendo v&iacute;ctimas de algo tan terrible. Quien piense as&iacute;, sencillamente es que no sabe lo que significa ser mujer en este mundo. <strong>&ldquo;Las mujeres, desde ni&ntilde;as sufrimos diversas formas de violencia sexual y de g&eacute;nero y convivimos de forma natural con ella.</strong> Pero cuanta m&aacute;s sensibilizaci&oacute;n hay sobre el da&ntilde;o que causan las violencias de g&eacute;nero, m&aacute;s se exige acreditar un nivel de trauma y de sufrimiento permanente&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Me desped&iacute; de Patsil&iacute; Toledo dici&eacute;ndole que resulta incre&iacute;ble que toda esta cultura patriarcal se pueda sostener en los juzgados, que se hagan tan pocos esfuerzos para analizar la realidad desde una perspectiva de g&eacute;nero. Nada m&aacute;s colgar pens&eacute; que, en realidad, lo que resulta incre&iacute;ble es que las mujeres podamos sostener tantas agresiones y acoso durante tanto tiempo. <strong>Lo que asusta es c&oacute;mo hemos llegado a normalizar determinados grados de violencia y discriminaci&oacute;n para, sencillamente, vivir en paz. </strong>
    </p><p class="article-text">
        Eso se ha filtrado tan adentro que incluso siendo feministas observamos con incredulidad &mdash;mirando al cielo&mdash; la protesta vehemente de un grupo de mujeres en pleno 2017. E incluso creemos por unos momentos que esa protesta tiene un horario.
    </p><p class="article-text">
        Por eso creo que es necesario cambiar de estrategia. Sin menospreciar cada conquista del espacio medi&aacute;tico, cada denuncia p&uacute;blica en las redes, creo que <strong>estamos en una persecuci&oacute;n que promete dejarnos exhaustas y sin premio.</strong> Las batallas digitales son el nuevo sustento de los medios, y creo que muchas intuimos que ha llegado el momento de invertir menos tiempo y energ&iacute;a en las trincheras digitales porque es hora de empezar a construir poder. Social, pol&iacute;tico. Poder.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/aullido-poder_129_3049555.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Nov 2017 19:20:25 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Del aullido al poder]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Machismo,Abusos sexuales,La Manada]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Catalunya en miniatura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/catalunya-miniatura_129_3166528.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b50abb05-76bf-4df0-a69e-b981c31a93f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Catalunya en miniatura"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No tengo ni idea de lo que haré el 1-O. Creo que estaré buscando grietas</p></div><p class="article-text">
        Yo quer&iacute;a escribir una columna sobre la situaci&oacute;n pol&iacute;tica entre Catalunya y Espa&ntilde;a, pero como hay tantas plumas certeras analizando la situaci&oacute;n, <a href="https://twitter.com/hashtag/HayMujeresColumnistas?src=hash" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">tantos se&ntilde;ores con las ideas claras</a>, diccionario y Constituci&oacute;n, prefiero sortear las arenas peligrosas y escribir algo m&aacute;s &ldquo;femenino&rdquo;. Ya saben, esa forma obcecadamente <a href="http://www.elmundo.es/opinion/2017/09/25/59c80cd022601dd2398b4582.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">irrelevante</a> e inofensiva de desentra&ntilde;ar y hablar de los asuntos serios. Una historieta protagonizada por mujeres, vaya. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Desobedecer.</strong> Ten&iacute;a ocho a&ntilde;os cuando mi profesora anunci&oacute; que ir&iacute;amos de excursi&oacute;n a Catalunya en Miniatura, un parque tem&aacute;tico al aire libre en el que a&uacute;n hoy se exhiben maquetas de los lugares m&aacute;s destacados de las tierras catalanas. El lugar sigue siendo una simplificaci&oacute;n de Catalunya en la que cualquier persona puede sentirse como King Kong. Ahora le han a&ntilde;adido tirolinas para darle un poquito m&aacute;s de emoci&oacute;n. Yo no me sent&iacute;a como King Kong porque era una ni&ntilde;a escu&aacute;lida y atenta, demasiado seria para su edad &mdash;eso dec&iacute;an los adultos que me pellizcaban el ment&oacute;n&mdash;, sin embargo aquella excusi&oacute;n se convirti&oacute; en un acontecimiento crucial. Carles, el ni&ntilde;o que me gustaba, hab&iacute;a estado antes ese lugar con sus padres. Preso de la emoci&oacute;n por el anuncio de la profesora, hab&iacute;a dicho que iba a mostrarme una maravilla oculta del parque: un edificio roto del que pod&iacute;a verse el interior. Recuerdo el olor de Carles, un fuerte aroma a jab&oacute;n para la ropa que parec&iacute;a mucho m&aacute;s sofisticado, mejor, que el que us&aacute;bamos en casa. Recuerdo su olor porque nuestros anoraks se rozaban mientras la profesora hablaba junto a una Casa Batll&oacute; que le llegaba por la cintura. De pronto Carles me tir&oacute; de la manga y me condujo hacia la zona trasera del grupo, donde habitaban los ni&ntilde;os que quer&iacute;an portarse mal. Sigui&oacute; tir&aacute;ndome de la manga y nos adentramos entre la Seu Vella de L&eacute;rida y la Vall de Bo&iacute;. Desobedec&iacute;. Descubr&iacute; que un ni&ntilde;o tambi&eacute;n pod&iacute;a saber cosas sobre edificios. Comprob&eacute; que los l&iacute;mites de lo prohibido estaban mucho m&aacute;s lejos de lo que yo pensaba. Ser libre no ten&iacute;a por qu&eacute; ser malo ni hacer enfadar a nadie. Desobedec&iacute; y crec&iacute;. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Bandera.</strong> Carles y yo siempre nos hemos hablado en catal&aacute;n. Con Esteban, nuestro amigo y tercer miembro del grupo, siempre en castellano. Con mi madre y con mi abuela hablo catal&aacute;n, pero entre ellas se comunican en castellano. La familia de Carles pon&iacute;a banderas el d&iacute;a de la Diada y en mi casa solo por Sant Jord, y solo alguna vez. Nunca llev&eacute; &mdash;ni llevar&eacute; &mdash;una bandera como capa. Las mujeres de mi familia siempre han bailado sardanas. 
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; me gusta mucho que Catalunya no se entienda, que sea como un reto matem&aacute;tico que se hereda sin perder complejidad. Por eso me da miedo que la tensi&oacute;n de las &uacute;ltimas semanas nos obligue a simplificarnos. Una de las cosas que temo estos d&iacute;as, adem&aacute;s de chocarme con un Guardia Civil o con Carme Forcadell, adem&aacute;s de que me esp&iacute;en el Whatsapp o que las bater&iacute;as de Montjuic apunten hacia mi tendedero, es que Catalunya se vuelva una miniatura intolerante. Y comprensible, para aquellos que nunca han querido conocernos de verdad. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Insumisi&oacute;n.</strong> Mi abuela, cuyos or&iacute;genes est&aacute;n en Ja&eacute;n y que prefiere que le hablemos en catal&aacute;n, nos miraba con su &ldquo;cara de posguerra&rdquo; hace un par de semanas. Se trata de una expresi&oacute;n dram&aacute;tica, un gesto de preocupaci&oacute;n desproporcionada y al mismo tiempo enciclop&eacute;dica que busca despertar en sus nietos una obediencia preventiva. Siempre dice que tiene que intentar que desistamos de los peligros (coger un avi&oacute;n, salir de noche, manifestarnos) porque eso es lo que hace una buena abuela. Pero despu&eacute;s, ella hace lo que le viene en gana y se r&iacute;e de forma muy traviesa, como reproch&aacute;ndonos la sorpresa. En las &uacute;ltimas semanas, mi abuela nos ha ido preguntando, con cara de posguerra, si iba a haber una guerra civil. Nos pidi&oacute; que no fu&eacute;ramos a votar en el refer&eacute;ndum, que lo hici&eacute;ramos por ella. El pasado fin de semana, cuando empez&oacute; el desembarco de polic&iacute;as en Barcelona, las detenciones y redadas, mi abuela le dijo a mi madre, en privado, que ella hab&iacute;a decidido esconderse la papeleta entre las tetas. Dir&aacute;n que mi abuela es masa manipulable, que se deja llevar por lo que se dice en los medios de comunicaci&oacute;n. Yo creo que mi abuela es una ciudadana imprevisible porque refrenda su opini&oacute;n con su entorno inmediato. Digo yo que ella, que vivi&oacute; la posguerra y cri&oacute; sola a sus hijas, sabe bien lo que hace. Puede que sepa &mdash;m&aacute;s que yo&mdash; lo que se pierde con la represi&oacute;n violenta y desproporcionada, lo que significan las demandas aberrantes contra periodistas, imprentas y clonadores de webs. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Libertad.</strong> Mi padre dec&iacute;a que lo m&aacute;s importante es no perder nunca la libertad. &iquest;Qu&eacute; significa, estos d&iacute;as, libertad? Represi&oacute;n violenta no es libertad. Declaraci&oacute;n unilateral no es libertad. La eterna espera a ser escuchados, considerados &mdash;no rentabilizados&mdash; como sujeto pol&iacute;tico, tampoco es libertad. &iquest;Y desobedecer? &iquest;A qui&eacute;n, para qui&eacute;nes? Los partidos pol&iacute;ticos desobedecen a sus propios votantes, a las leyes nacionales e internacionales, cada dos por tres. Y ahora Puigdemont se desmarca del concepto desobediencia. 
    </p><p class="article-text">
        Del mismo modo que muchos catalanes nos sentimos lejos del <em>proc&eacute;s</em> de Mas, ahora nos vemos agraviados ante el despliegue de fuerza para evitar un acto pac&iacute;fico. Porque, dicen por ah&iacute;, el refer&eacute;ndum ya es m&aacute;s un acto de protesta que un refer&eacute;ndum.
    </p><p class="article-text">
        Asfixiados con tanto an&aacute;lisis de la ley, tanta propaganda, art&iacute;culo y hoja de ruta, creo que al final quedar&aacute; el relato, ese razonamiento individual previo a salir, o no, a la calle. Los gobiernos han dejado la pol&iacute;tica y el di&aacute;logo a los ciudadanos como tarea. Ser&aacute; un examen individual y con cron&oacute;metro, as&iacute; que se har&aacute; lo que se pueda. Resolveremos con una decisi&oacute;n sentimental. Eso a m&iacute; no me parece tan preocupante como muchos se&ntilde;ores dicen. Dudaremos y decidiremos seg&uacute;n nuestros principios e intuici&oacute;n. Equivocarse ser&aacute;, me temo, mejor que lo que nos han dejado. Al fin y al cabo, durante el 15-M un sentimiento de indignaci&oacute;n nos impuls&oacute; a conquistar las plazas sin horizonte alguno, pero no voy a comparar sentimientos. Solo tengo en cuenta que ello nos condujo a un nuevo marco interpretativo compartido, mucho m&aacute;s justo y real. Nos apalearon y malinterpretaron, pero algo aprendimos. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Calle.</strong> Mi madre tiene una obsesi&oacute;n por ventilar. Es de esas personas que abre todas las ventanas de la casa, en pleno enero, durante horas. Como trajinaba, su cuerpo de vikinga bombeaba suficiente sangre como para olvidar que sus pobres hijos se criogenizaban en sus camas. Anteayer mi madre dijo: &ldquo;Yo no creo que el refer&eacute;ndum se haya hecho bien, pero creo que al menos puede servir para que nos escuchen&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n la teor&iacute;a de mi madre, pasar un poco de fr&iacute;o despeja las ideas y nos hace m&aacute;s fuertes. Cortar calles servir&iacute;a para ventilar la ciudad, y expresarse puede ser una forma de respirar aire fresco. 
    </p><p class="article-text">
        No somos los &uacute;nicos que queremos m&aacute;s soberan&iacute;a sobre nuestras vidas, ni los &uacute;nicos que creen que Espa&ntilde;a huele a cerrado. Pero me temo que la normalidad podrida en la que vivimos, la de los bancos rescatados, la que nos llama radicales por defender el catal&aacute;n, la de la corrupci&oacute;n, las cloacas y los desahucios, no tiene mucho que ofrecernos. Tambi&eacute;n habr&iacute;a que poner en valor lo que se aprende con un poco de agitaci&oacute;n: vemos c&oacute;mo act&uacute;a el Estado, c&oacute;mo es el presidente de la Generalitat, c&oacute;mo son los medios de comunicaci&oacute;n. Autodeterminaci&oacute;n tambi&eacute;n podr&iacute;a ser eso: agitarnos para medirnos las miserias, los l&iacute;mites y miedos. Aprender m&aacute;s sobre qui&eacute;nes somos &mdash;informaci&oacute;n m&aacute;s all&aacute; de la instituci&oacute;n&mdash; para, a trompicones, seguir avanzando al margen de los partidos. 
    </p><p class="article-text">
        <strong>Choque de trenes.</strong> Han sido d&iacute;as de comparaciones f&aacute;licas, de imaginar c&oacute;mo mujeres pol&iacute;ticas &mdash;o una pol&iacute;tica m&aacute;s feminizada&mdash; hubiera gestionado esta crisis. Como resultado de ese ejercicio de fantas&iacute;a, he o&iacute;do conjeturas muy variadas, como que habr&iacute;a habido m&aacute;s di&aacute;logo y autocr&iacute;tica, menos enroque y represi&oacute;n. Tambi&eacute;n se percibe que las mujeres tendr&iacute;an un mayor respeto por lo p&uacute;blico, el bien com&uacute;n. Por alusiones, me figuro. 
    </p><p class="article-text">
        Habr&iacute;a que empezar a estudiar la testosterona como una ideolog&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En el acto de inauguraci&oacute;n de las fiestas de la Merc&egrave;, la pregonera Marina Garc&eacute;s, fue combativa y bals&aacute;mica al mismo tiempo. En un momento de m&aacute;xima tensi&oacute;n y sensibilidad, insisti&oacute; en el di&aacute;logo. Hablar es pensar, y pensar, supongo, hay que quererlo. &ldquo;A m&iacute; me gustan m&aacute;s los mapas geogr&aacute;ficos, donde se ve la forma real de los valles, las monta&ntilde;as y los r&iacute;os, que no se detienen a ninguna frontera&rdquo;, dijo Garc&eacute;s en su preg&oacute;n. &ldquo;Creo en un mundo com&uacute;n, hecho del ir y venir libre de la gente, pero ante un estado que convierte una pregunta leg&iacute;tima en una acci&oacute;n ilegal, ahora mismo s&oacute;lo queda espacio para una respuesta colectiva contundente que transforme, de ra&iacute;z y sin complejos, este estado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Siguiendo con las analog&iacute;as f&aacute;licas, le dir&iacute;a al gobierno estatal que puede violarme, pero que mi mente ser&aacute; siempre libre. Al gobierno de la Generalitat que ahora dice amarme tanto, le responder&iacute;a que s&eacute; que no es verdad, que s&oacute;lo me dice cosas bonitas cuando le sigo la corriente. 
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto qu&eacute; voy a hacer el 1 de octubre y me digo que no tengo ni idea. Papeletas o cacerolas, vigilancia o represi&oacute;n violenta, simulacro o desbordamiento. S&eacute; que saldr&eacute; a la calle. Solo puedo decir que estar&eacute; escondi&eacute;ndome en Catalunya en Miniatura, buscando grietas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/catalunya-miniatura_129_3166528.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 26 Sep 2017 17:26:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Referéndum 1-O,Cataluña]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Notas de una turista en tránsito]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/notas-turista-transito_129_3237068.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/51b42900-f053-4ed0-872f-caa9f2271f1b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Notas de una turista en tránsito"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Empiezo a escribir estas notas mientras hago la maleta, aún en Barcelona. Termino en la diminuta habitación de un</p><p class="subtitle">hostel</p><p class="subtitle">de Tokio</p></div><p class="article-text">
        <em>Barcelona, 19.30 horas</em>
    </p><p class="article-text">
        Por primera vez en mi vida me siento un poco mal al irme de vacaciones. Hay dos cuestiones que me preocupan. Bueno, tres: &ldquo;En Jap&oacute;n, &iquest;bikini o ba&ntilde;ador entero?&rdquo;, &ldquo;&iquest;cruzaremos a tiempo el control de seguridad de El Prat?&rdquo;. Y por &uacute;ltimo, &ldquo;&iquest;c&oacute;mo se supone que debe sentirse una barcelonesa que odia el turismo en su ciudad, cuando es ella quien se convierte en turista?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>Barcelona, 4.00 horas</em>
    </p><p class="article-text">
        Estoy preparada, una vez m&aacute;s, para desaparecer de la silla del trabajo, de los ojos de mi gato. Es un poco espeluznante acostumbrarse a desaparecer, ser&aacute; porque en realidad nunca terminamos de hacerlo del todo. Si irse de vacaciones consistiera en &ldquo;desconectar de todo&rdquo; de verdad, Booking tendr&iacute;a un departamento de secuestros y en Instagram solo ver&iacute;amos fotograf&iacute;as de ca&ntilde;as despu&eacute;s del trabajo, siestas y playas cercanas.
    </p><p class="article-text">
        <em>Barcelona, 7.00 horas</em>
    </p><p class="article-text">
        Tanto Barcelona como Jap&oacute;n aparecen en rankings de medios digitales como lugares donde se odia a los turistas. Nosotros no odiamos a los turistas, sino al modelo de negocio que est&aacute; transformando nuestra ciudad y empeorando de forma patente nuestras vidas. Por lo que he le&iacute;do, para los japoneses los turistas son m&aacute;s bien como mosquitos: seres poco higi&eacute;nicos y molestos, propios de esta &eacute;poca. Los espantan con paciencia y amabilidad puesto que son &mdash;somos&mdash; una plaga controlada.
    </p><p class="article-text">
        <em>Barcelona, 10.00 horas</em>
    </p><p class="article-text">
        Imagino un di&aacute;logo de turista a turista con un japon&eacute;s. &ldquo;&iquest;Qu&eacute; busca usted en Barcelona?&rdquo;, le preguntar&iacute;a yo. Imagino una posible respuesta: &ldquo;Quiero conocer la gastronom&iacute;a espa&ntilde;ola y visitar los edificios de Gaud&iacute;. Me atrae la pasi&oacute;n de tu pa&iacute;s, sus grandes artistas&rdquo;. Si el tokiota me preguntara qu&eacute; busco yo en su ciudad, le responder&iacute;a, a grandes rasgos, lo mismo: &ldquo;Deseo degustar las delicias de su pa&iacute;s, seguir las huellas de algunos artistas, sentir los neones en mi piel. En definitiva, me gustar&iacute;a nadar como una rana en la vasija milenaria en la que, al parecer, ustedes mezclan el futuro y su propia espiritualidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Dejando a un lado el hecho de que estoy haci&eacute;ndole la pelota a un japon&eacute;s imaginario, &iquest;qu&eacute; nos diferencia como turistas, si es hay algo que lo haga?
    </p><p class="article-text">
        <em>Helsinki, 11.30 horas</em>
    </p><p class="article-text">
        En la cola para el vuelo de escala en Finlandia destaca un grupo de cinco hombres j&oacute;venes. Son colegas y est&aacute;n nerviosos. Tres de ellos parecen mellizos. El m&aacute;s mayor, moreno&nbsp;y de pelo cano, se pasa todo el tiempo callado con las manos a la espalda, excepto cuando bromea con encenderse un pitillo &ldquo;aqu&iacute; mismo&rdquo;. Les acompa&ntilde;a un chico calvo, sin cejas y con gafas, que les indica a sus compa&ntilde;eros que no se mezclen con la fila VIP, &ldquo;a ver si la van a liar&rdquo;. Tartamudea. Levanta un pie y el otro como si bailara m&uacute;sica <em>country.</em> Descubro que el grupo se dirige a Bangkok y que media cola se est&aacute; riendo de ellos, de su excitaci&oacute;n y su inexperiencia. Algunos les miran por encima del hombro. Yo les entiendo. Esos nervios son los que se sienten cuando vas de excursi&oacute;n por primera vez con el colegio. Los que sigues experimentando, de alg&uacute;n modo, si te gusta viajar.
    </p><p class="article-text">
        <em>Espacio a&eacute;reo ruso, 13.46 horas</em>
    </p><p class="article-text">
        El turismo es una industria global que no va a parar de crecer debido al abaratamiento de sus costes. Precisamente, imagino que el futuro del tr&aacute;fico a&eacute;reo precisar&aacute; de sem&aacute;foros entre las nubes, capaces de regular los atascos circulares de aviones comerciales en suspensi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El negocio del traslado de personas que buscan placer y aventuras tiene un gran impacto ambiental, y la riqueza que genera no siempre trae prosperidad.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Deber&iacute;a sentirme culpable por viajar? &iquest;O deber&iacute;a defender el derecho de los ciudadanos de pa&iacute;ses hasta pobres y explotados por las potencias coloniales a hacer turismo?
    </p><p class="article-text">
        <em>Espacio a&eacute;reo ruso, hora indeterminada</em>
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute; de moda la comparaci&oacute;n del viajero con el turista. Algunos defienden la idea de que a diferencia de este &uacute;ltimo, el viajero consciente crea v&iacute;nculos entre pueblos y culturas, es solidario, nutre la econom&iacute;a social. He viajado lo suficiente como para saber que eso es una ingenuidad. He visto exploradores <em>low cost</em> m&aacute;s explotadores, ego&iacute;stas e irrespetuosos que una pareja de mediana edad que se marcha cinco d&iacute;as al extranjero en busca de un merecido descanso.
    </p><p class="article-text">
        El inter&eacute;s de cada uno de nosotros por buscar un di&aacute;logo, y no un mon&oacute;logo, con el destino del viaje, y por analizar de forma cr&iacute;tica la industria tur&iacute;stica del pa&iacute;s en cuesti&oacute;n, es muy importante, pero en absoluto disipa nuestro impacto. Este existe siempre. Tambi&eacute;n si se va al extranjero a trabajar como periodista.
    </p><p class="article-text">
        <em>Espacio a&eacute;reo indeterminado</em>
    </p><p class="article-text">
        No dejar&eacute; de viajar porque no amo viajar, amo a la gente, las situaciones y a los lugares que he encontrado y que sigo encontrando a&ntilde;o tras a&ntilde;o. No todos son buenos.
    </p><p class="article-text">
        <em>Espacio a&eacute;reo indeterminado. Una azafata le da a un bot&oacute;n y crea la noche en cabina</em>
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; buscamos, en realidad, cuando hacemos turismo? Adem&aacute;s de descanso, cultura y gastronom&iacute;a, ahora tambi&eacute;n se buscan &ldquo;experiencias&rdquo;, como si estas pudieran rastrearse a trav&eacute;s de Google Maps. Estas vivencias, sensaciones, son percibidos como tesoros que deben guiarnos en la vida, mejorarnos en realidad. &Uacute;ltimamente parece que todo asueto que se precie debe incluir un &ldquo;momento aut&eacute;ntico&rdquo;. Por ejemplo, una vieja desdentada y adorable que nos lea la mano y nos diga que debemos creer en nuestra fuerza interior. Las experiencias, una vez que son comunicadas a los dem&aacute;s, se convierten en un mecanismo de ascensi&oacute;n social ampliamente aceptado. Destilan pureza y humanidad. Muchos acumulan experiencias del mismo modo que se llenan los bolsillos de conchas y caracoles.
    </p><p class="article-text">
        <em>Espacio a&eacute;reo indeterminado. Noche</em>
    </p><p class="article-text">
        A mi alrededor los pasajeros duermen. Imagino el dolor de sus cervicales y lumbares en forma de c&iacute;rculos rojos sobre sus cuerpos, como en los anuncios de antiinflamatorios, cuando me doy cuenta de que estoy deslizando el pulgar por el interior de mi dedo anular izquierdo.
    </p><p class="article-text">
        Hace meses que perd&iacute; mi &ldquo;anillo imperdible&rdquo;, el que palpaba siempre con este gesto. Lo compr&eacute; en Sarajevo hace una d&eacute;cada y lo perd&iacute; infinitas veces, pero el aro irregular de plata sucia siempre hallaba la forma de volver a mi dedo. Llegu&eacute; a pensar que entre el anillo y yo hab&iacute;a una especie de tensi&oacute;n magn&eacute;tica y por eso me despreocupaba, visualizando se arrastraba lentamente, hasta alcanzarme. Me sorprende que sea ahora, meses despu&eacute;s, cuando este gesto perdido haya vuelto a mi mano.
    </p><p class="article-text">
        Cuando todos duermen, siempre pienso que el avi&oacute;n es una cuna inmensa llena de beb&eacute;s adultos. Eso activa una gl&aacute;ndula infantil en mi estern&oacute;n. Recuerdo a mi padre y lloro en silencio. Desde hace poco m&aacute;s de un a&ntilde;o, aprovecho para llorar en los vuelos nocturnos.
    </p><p class="article-text">
        <em>Tokio, 13.00.</em>
    </p><p class="article-text">
        Puede que viajemos para visitarnos a nosotros mismos, aunque sea por contraste. Defiendo la sensaci&oacute;n de pertenencia hacia el anonimato y la de dejar que la intimidad nos cace en un paisaje que, para nosotros, no es m&aacute;s que un decorado. Quiz&aacute; necesitemos movernos para conmovernos, lo cual no deja en muy buen sitio a nuestro propio hogar. Solo s&eacute; que estoy sola en una plaza elevada, entre rascacielos llenos de oficinistas. Que por primera vez Airbnb no tiene lugar en mi viaje, y que este lunes en Tokio trae silencio y llovizna.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/notas-turista-transito_129_3237068.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 14 Aug 2017 18:22:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Notas de una turista en tránsito]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Turismo,Turismofobia,Tokio,Barcelona]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lección de una señora racista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/leccion-senora-racista_129_3274792.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2df92912-4950-4bf9-9291-b8f4b5fa982e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lección de una señora racista"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un caso de racismo aleatorio en el metro de Barcelona, un giro de guión que señala los agujeros negros de la vida en la gran ciudad</p></div><p class="article-text">
        Hace poco una mujer racista me dio una lecci&oacute;n. &Iacute;bamos en el mismo vag&oacute;n de metro cuando un acordeonista empez&oacute; a tocar. A ese hombre le he visto en varias ocasiones, le recuerdo bien porque lleva unos mocasines de charol que no parecen tener suela y porque cuando toca siempre sonr&iacute;e con elegancia, con el ment&oacute;n hacia arriba, con las pesta&ntilde;as desmayadas sobre sus profundas ojeras. Suele empezar con temas cl&aacute;sicos del cine popular, como la banda sonora de <em>El Padrino</em>, luego pasa a piezas como el <em>Vals sobre las Olas</em> de Juventino Rosas, y termina con el <em>Vals de las Flores</em> de Tchaikovski.
    </p><p class="article-text">
        Cuando llega ese punto, si a&uacute;n estoy en el vag&oacute;n, suelo imagin&aacute;rmelo con esmoquin en un gran sal&oacute;n austroh&uacute;ngaro, rodeado de mujeres con vestidos vaporosos, y pienso que, en realidad, el dinero no le importa porque su sensibilidad e incluso su linaje est&aacute;n por encima del de quienes le rodeamos en el t&uacute;nel, en ese instante. Luego me digo que mi reflexi&oacute;n es rom&aacute;ntica y mezquina, propia de una tataranieta de Disney que asocia la sonrisa o la elegancia de un personaje con su nobleza, bondad y recompensa final.
    </p><p class="article-text">
        El caso es que mientras escuchaba al acordeonista, y sin reparar en la mujer enjuta que hab&iacute;a al otro lado del vag&oacute;n, cuatro chicos negros subieron al tren. Iban cargados con tambores, c&aacute;scaras reconvertidas en maracas y un instrumento alargado de una sola cuerda.
    </p><p class="article-text">
        Dos de los chicos ocuparon los asientos libres que hab&iacute;a justo enfrente del acordeonista. Uno de ellos sac&oacute; un monedero en forma de saquito, tir&oacute; del cordel y empez&oacute; a contar monedas. Pero pronto su compa&ntilde;ero le hizo un gesto con la mano. Quer&iacute;a escuchar al m&uacute;sico. Avis&oacute; tambi&eacute;n al resto de compa&ntilde;eros para que prestaran atenci&oacute;n. Ahora los m&uacute;sicos callejeros africanos eran el p&uacute;blico del acordeonista del metro. El hombre los estudi&oacute; durante un segundo, con los dedos sobre los peque&ntilde;os botones, y empez&oacute; a tocar temas del Este.
    </p><p class="article-text">
        En pleno subid&oacute;n de una polka agitad&iacute;sima, los cuatro africanos empezaron a zapatear, a mover los hombros como t&iacute;teres sorprendidos por la nueva fuerza que los gobernaba. Sonre&iacute;an influidos por la aceleraci&oacute;n, como si nunca hubieran escuchado las notas agudas e insistentes de la m&uacute;sica del Este. Yo gozaba con la escena, me los imaginaba bailando la <em>kalinka</em> con un gran cintur&oacute;n, botas brillantes y peque&ntilde;os sombreros peludos. El acordeonista hac&iacute;a reverencias y volv&iacute;a a tocar con m&aacute;s fuerza, en una ceremonia de apareamiento entre las cadencias de la marihuana y el <em>speed</em>.
    </p><p class="article-text">
        Al rato, la mujer cruz&oacute; la plataforma y me susurr&oacute;:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Estos mucho aplaudir, pero luego no le dan nada.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Algo le han dado &mdash;ment&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Ah s&iacute;? &mdash;dijo extra&ntilde;ada.
    </p><p class="article-text">
        La mujer tendr&iacute;a unos sesenta y pico, muy delgada, ol&iacute;a a colonia e iba vestida con unos pantalones oscuros, unas alpargatas y una camiseta de manga corta. No llevaba bolso.
    </p><p class="article-text">
        Confi&eacute; en que la mentira servir&iacute;a para que la se&ntilde;ora se esfumara, sin necesidad de explicarle por qu&eacute; me parec&iacute;a injusto que exigiera a los m&uacute;sicos que le dieran una moneda al acordeonista. Pero no.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es que los negros son mejores que los moros.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Qu&eacute; quiere que le diga, yo creo que hay buenos y malos en todos lados.
    </p><p class="article-text">
        La se&ntilde;ora pareci&oacute; decepcionada con mi respuesta. Lo cierto es que era una respuesta de mierda. Solo quer&iacute;a que la se&ntilde;ora me dejara en paz sin entrar en una discusi&oacute;n, quer&iacute;a impedir la complicidad que ella buscaba.
    </p><p class="article-text">
        De pronto un asiento qued&oacute; libre junto a un hombre negro que no pertenec&iacute;a al grupo de m&uacute;sicos. La mujer no dud&oacute;, ocup&oacute; el lugar y se inclin&oacute; hacia &eacute;l con confianza, d&aacute;ndole incluso un toque en el brazo: &ldquo;&iexcl;Hay que ver la que est&aacute; montando este! &iquest;Usted cree que hay derecho?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Le llam&oacute; de usted y a m&iacute; me dej&oacute; perpleja.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n mi interpretaci&oacute;n de los hechos, la se&ntilde;ora hab&iacute;a utilizado comentarios racistas sin ton ni son, sobre negros y despu&eacute;s sobre moros, como excusa para entablar una conversaci&oacute;n entre blancas. Luego hab&iacute;a dado un giro de guion y se hab&iacute;a metido con el acordeonista susurr&aacute;ndole a un viajero negro. La mujer, por lo tanto, era una racista aleatoria, alguien sin criterio xen&oacute;fobo propio.
    </p><p class="article-text">
        Me pareci&oacute; evidente que la se&ntilde;ora utilizaba sus sentimientos de rechazo a otras culturas y etnias para sentirse menos sola, como una maniobra social b&aacute;sica que le permit&iacute;a ejercitar el sentido de pertenencia. Eso no justificaba su actitud ni la convert&iacute;a en alguien adorable.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de los ide&oacute;logos del nuevo racismo europeo basado en los discursos de la seguridad, la escasez del trabajo y la tradici&oacute;n que han aflorado &ndash;si es que eso tiene algo de nuevo&ndash;, me pregunto cu&aacute;nta necesidad de pertenencia contiene el racismo cotidiano, el que bebe de los estereotipos y los rumores para se&ntilde;alar al otro y para poder hacer pi&ntilde;a, para poder juntarse con la tribu.
    </p><p class="article-text">
        Es probable que el rechazo y la violencia hacia los extranjeros pudiera entenderse mejor hace algunas d&eacute;cadas, no tanto en las grandes urbes de hoy con su autoproclamado multiculturalismo. Pero nuestras ciudades, tan atestadas, son propicias para un tipo de soledad de masas ruidosa, m&aacute;s hiriente tal vez.
    </p><p class="article-text">
        Me pregunto cu&aacute;nta es la necesidad de charlar, y por qu&eacute; cort&eacute; de ra&iacute;z la conversaci&oacute;n con aquella desagradable se&ntilde;ora. Porque uno siempre se&ntilde;ala al &ldquo;otro&rdquo; para que el semejante lo vea. A solas no se se&ntilde;ala tanto, la gracia est&aacute; en compartirlo.
    </p><p class="article-text">
        Lo que la se&ntilde;ora racista vendr&iacute;a a decir es que el semejante tambi&eacute;n puede ser negro. Para ella el color de la piel era lo de menos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/leccion-senora-racista_129_3274792.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 17 Jul 2017 18:36:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lección de una señora racista]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Racismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Bola de dragón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/bola-dragon-educacion-sociedad-capitalismo_129_3298022.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f9e94f38-8c07-4394-95dc-aa83848c0419_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Bola de dragón"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Es posible conocer a alguien sin saber a qué se dedica? Mi tío abuelo ha fallecido dejando una incógnita inexplicable: el trabajo que le ocupó la mayor parte de su vida.</p></div><p class="article-text">
        Tendido en su ata&uacute;d, el <em>tiet</em> Pere ten&iacute;a la misma expresi&oacute;n de siempre, la de un cr&aacute;pula que trata de disimular ante su mujer. <strong>A sus 94 a&ntilde;os mi t&iacute;o abuelo consigui&oacute; que otros desobedecieran por &eacute;l en el mismo d&iacute;a de su velatorio.</strong> Sucedi&oacute; de la siguiente manera. En cuanto mi t&iacute;a Mar&iacute;a apart&oacute; sus ojos miopes y llorosos del cuerpo de su marido, una de sus hijas reemplaz&oacute; la corbata elegante por la que el difunto hab&iacute;a elegido para el d&iacute;a de su entierro: la de estampado de condones.
    </p><p class="article-text">
        Horas antes, Pere hab&iacute;a ido a cenar al restaurante chino con la familia y, como de costumbre, pidi&oacute; un plato aparte lleno de salsa. <strong>Aunque los m&eacute;dicos advert&iacute;an de que iba reventar desde hac&iacute;a al menos una d&eacute;cada, &eacute;l manten&iacute;a intactos sus h&aacute;bitos insalubres y su cuerpo de peonza.</strong>
    </p><p class="article-text">
        A <em>tiet</em> Pere yo solo le ve&iacute;a una vez al a&ntilde;o, durante una comida navide&ntilde;a. Intercambi&aacute;bamos unas palabras entre los dos besos y el posado para la foto familiar. Despu&eacute;s del saludo &eacute;l me atra&iacute;a con sus dedos rollizos y yo acercaba la oreja. Aunque te&oacute;ricamente le costaba diferenciarme de mis primas &ndash;seg&uacute;n dec&iacute;a, estaba ciego&ndash;, Pere siempre sab&iacute;a cu&aacute;l hab&iacute;a sido mi &uacute;ltimo viaje y lanzaba un dato certero &ndash;&ldquo;all&iacute; no son musulmanes. Tienen esmeraldas&rdquo;&mdash;, para despu&eacute;s volver inmediatamente a su postura cabizbaja, como un cuco que se esconde en su reloj.
    </p><p class="article-text">
        Fue precisamente en el tanatorio, cuando le contaba a alguien que mi t&iacute;o abuelo destilaba licores, y que era fan&aacute;tico de una pel&iacute;cula porno en la que el protagonista va disfrazado de King Kong, cuando alguien formul&oacute; una pregunta que me call&oacute; en seco: <strong>&ldquo;&iquest;A qu&eacute; se dedicaba el tiet Pere?&rdquo;.</strong><em>tiet</em>
    </p><p class="article-text">
        Fui incapaz de responder y sent&iacute; verg&uuml;enza inmediata. <strong>Sab&iacute;a an&eacute;cdotas fascinantes y curiosidades sobre el difunto, le quer&iacute;a, pero no ten&iacute;a ni idea de cu&aacute;l hab&iacute;a sido su ocupaci&oacute;n a lo largo de su vida.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Con cari&ntilde;o pregunt&eacute; a dos familiares, que me respondieron vaguedades como &ldquo;algo sobre mosaicos&rdquo;, as&iacute; que llegu&eacute; a la conclusi&oacute;n de que Pere era Pere al margen de su profesi&oacute;n u oficio. &iquest;Es eso posible hoy en d&iacute;a?
    </p><p class="article-text">
        Se me ocurren muy pocas maneras de conocer a alguien sin saber cu&aacute;l es su profesi&oacute;n. Es as&iacute;, explicando qu&eacute; hemos estudiado y a qu&eacute; nos dedicamos, como nos presentamos ante los dem&aacute;s. De hecho, la omisi&oacute;n de ese dato puede llegar a convertirse en un motivo de sospecha.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De todas las an&eacute;cdotas que he conocido sobre la juventud de Pere, ninguna versaba sobre su trabajo, y puedo asegurar que no estamos precisamente ante un caso de discreci&oacute;n familiar. Mi t&iacute;a abuela no est&aacute; tratando de ocultar algo vergonzoso o ilegal. Simplemente, si de lo que se trataba era de hablar del <em>tiet</em> Pere, el &aacute;mbito laboral se omit&iacute;a por irrelevante, hasta el punto de que las generaciones m&aacute;s j&oacute;venes de la familia ignoramos cu&aacute;l fue la profesi&oacute;n del patriarca. <strong>En cambio, todos podemos contar decenas de historias sobre &eacute;l.</strong>
    </p><p class="article-text">
        La pregunta que me atrapa es cu&aacute;ntas probabilidades hay de que eso pueda volver a suceder. Es decir, en qu&eacute; medida el trabajo conforma hoy nuestra identidad, y c&oacute;mo los conceptos de vocaci&oacute;n, &eacute;xito o realizaci&oacute;n personal nos influyen.
    </p><p class="article-text">
        Por una parte es l&oacute;gico que quiera convertir aquello me gusta en un trabajo: es una forma inteligente de subsistir en el sistema capitalista. Pero al convertir aquello que m&aacute;s me llena una labor diaria, &iquest;qu&eacute; queda fuera de ella?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Puede el trabajo llegar a colonizar nuestra vida, puesto que resulta ineludible avanzar en un &aacute;rea que tanto nos llena? O dicho de otro modo, <strong>&iquest;hasta qu&eacute; punto est&aacute; permitido el fracaso, o ser mediocres, si lo que est&aacute; en juego es aquello que llaman nuestra &ldquo;esencia personal&rdquo;?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Hace tiempo una ni&ntilde;a me pregunt&oacute; cu&aacute;les eran mis actividades extraescolares. No recuerdo qu&eacute; chorrada le contest&eacute;: la cuesti&oacute;n es que ahora la pregunta de esa ni&ntilde;a me parece fundamental, porque parte de unos supuestos dif&iacute;cilmente trasladables a la vida adulta.
    </p><p class="article-text">
        El colegio es un espacio restringido y estandarizado al que todos los ni&ntilde;os se ven obligados a asistir. Es un trabajo ante el que no tienen posibilidad de elecci&oacute;n ni rescisi&oacute;n, pues forma parte de un contrato social.
    </p><p class="article-text">
        Por el contrario, muchos trabajadores actuales conciben la oficina, taller, redacci&oacute;n o <em>coworking</em> como un espacio en el que afilar su porvenir, en el que pulirse. Creo que es por eso que muchos obreros de las industrias creativas est&aacute;n confundidos:<strong> tienen deseo de escapar, de prenderle fuego a sus propios sue&ntilde;os, pero intuyen que no podr&iacute;an soportar el calor que estos podr&iacute;an desprender.</strong>
    </p><p class="article-text">
        Semanas despu&eacute;s del fallecimiento de Pere, le doy vueltas a la pregunta que me dej&oacute; debajo de la lengua: &iquest;qu&eacute; soy m&aacute;s all&aacute; de mi vida profesional?
    </p><p class="article-text">
        Fantaseo con un mundo en el que los androides se ocuparan de todas las tareas productivas, en el que los humanos nos dedicar&iacute;amos esencialmente a tres actividades: ser&iacute;amos artistas, deportistas y coleccionistas. En ese horizonte futurible, los trabajos volver&iacute;an a ser lo que eran cuando &eacute;ramos ni&ntilde;os, meros disfraces o juegos de rol. Y la inversa: la ficci&oacute;n podr&iacute;a llegar a identificarnos con fidelidad ante los dem&aacute;s. Pere me permite imaginarlo, puesto que sus cenizas descansan hoy dentro de una Bola de Drag&oacute;n, al pie de un limonero.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/bola-dragon-educacion-sociedad-capitalismo_129_3298022.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 03 Jul 2017 18:36:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Bola de dragón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Capitalismo,Trabajo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Te impresiona más si sabes que es real?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/impresiona-sabes-real_129_3369740.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d77088d5-6633-423d-aec2-597249ba8905_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un fotógrafo me hizo esta pregunta, y yo le contesté con posverdad</p></div><p class="article-text">
        El pasado marzo visit&eacute; una feria de fotograf&iacute;a llamada Utop&iacute;a Photo Market. No es mi intenci&oacute;n promocionarla en esta columna, porque de hecho, lo que voy a contar me sucedi&oacute; en cuanto empec&eacute; a deambular por puro aburrimiento.
    </p><p class="article-text">
        En una de las casetas, un hombre conversaba cari&ntilde;osamente con una mujer. Ambos sosten&iacute;an una copa de vino y sus piernas se cruzaban al extenderse desde sus sillas, como un presagio de sexo.
    </p><p class="article-text">
        Primero me fij&eacute; en ellos, claro est&aacute;, pero luego vi la imagen que presid&iacute;a su parada. Entre tres rascacielos de distintas tonalidades de gris, un hombre ca&iacute;a al vac&iacute;o como una losa de carne. La fotograf&iacute;a, en blanco y negro, capturaba la muerte en suspensi&oacute;n de un individuo contempor&aacute;neo en una gran ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Inmediatamente me sent&iacute; atra&iacute;da, irrump&iacute; en la parada y pegu&eacute; la nariz al cristal que proteg&iacute;a aquella silueta, intentando buscar su rostro. Me preguntaba por qu&eacute; me atrae observar de cerca a los que van a morir, y si eso tiene algo que ver con los circos romanos, cuando se me ocurri&oacute; una pregunta mejor.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Me puede decir d&oacute;nde sac&oacute; esta foto?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No te voy a mentir &mdash;contest&oacute; el hombre, algo molesto por mi interrupci&oacute;n&mdash; es una ficci&oacute;n, un montaje. Pero me interesa hacerte una pregunta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ah, un montaje, diga.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Te impresiona m&aacute;s si sabes que es real?
    </p><p class="article-text">
        Me qued&eacute; callada, fingiendo que reflexionaba, cuando en realidad ten&iacute;a muy clara mi respuesta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Recuerda la imagen del hombre cayendo desde una de las Torre Gemelas el d&iacute;a de los atentados? &mdash; el hombre asinti&oacute;&mdash;. Para m&iacute; es imposible de olvidar, as&iacute; que supongo que cualquier versi&oacute;n de esa foto me afecta en igual medida. <strong>Para m&iacute; es real porque tiene un significado</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Un poco abrumada por haber soltado semejante axioma ante un desconocido, pregunt&eacute; el precio de la obra. Para salir de all&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        La imagen a la que me refer&iacute;a se titula <a href="http://time.com/4453467/911-september-11-falling-man-photo/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>The Falling Man</em></a>, fue tomada por el fot&oacute;grafo Richard Drew a las 9:41 de la ma&ntilde;ana del 11 de septiembre de 2001 y muestra a un hombre que salt&oacute; desde la Torre Norte, a unos 400 metros, empujado por las llamas.
    </p><p class="article-text">
        La fotograf&iacute;a es considerada material hist&oacute;rico, por eso tiene la categor&iacute;a de <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/The_Falling_Man#/media/File:The_Falling_Man.jpg" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">fair use</a> en Wikipedia. Para m&iacute;, evoca el v&eacute;rtigo y la locura de una guerra que finalmente lleg&oacute; a nuestras ciudades, el fin de la inmunidad.
    </p><p class="article-text">
        Lo que hoy me resulta curioso es que cuando me puse delante de ese fotomontaje con apariencia de documento, no necesit&eacute; que fuera real para que me recordara lo que un d&iacute;a vi en la televisi&oacute;n a la edad de 16 a&ntilde;os. La imagen real me sigue dejando sin palabras. La ficticia, m&aacute;s est&eacute;tica y visualmente poderosa, me emocion&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Cuando el fot&oacute;grafo me desvel&oacute; la verdad, decid&iacute; que no era relevante</strong>. No era preciso que la escena fuera verdadera para que profundizara en el v&eacute;rtigo que a veces siento, ni para que mi cerebro la vinculara a los &uacute;ltimos ataques terroristas en suelo &ldquo;occidental&rdquo;. En definitiva, una imagen falsa confirmaba mi recuerdo sobre los acontecimientos del 11-S, y hasta mi concepci&oacute;n sobre la paz mundial. &nbsp;Y ahora que recuerdo esta an&eacute;cdota, pienso que tiene mucho que ver con la posverdad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n la definici&oacute;n del diccionario Oxford, posverdad se refiere a las &ldquo;circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formaci&oacute;n de la opini&oacute;n p&uacute;blica que los llamamientos a la emoci&oacute;n y a la creencia personal&rdquo;. Basta con imaginar a un pol&iacute;tico blandiendo el fotomontaje impreso en una cartulina en un plat&oacute; de televisi&oacute;n, con la mand&iacute;bula apretada, recordando a todas las v&iacute;ctimas del yihadismo (s&oacute;lo a las occidentales, claro) y exhortando a la protecci&oacute;n de nuestras fronteras. Un dato falso, una imagen falsa, estar&iacute;a confirmando una percepci&oacute;n muy extendida, y apoyando su tesis e intereses.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Pero la posverdad no me parece algo tan nuevo</strong>. Dir&iacute;a que es un mecanismo interno, una especie de gl&aacute;ndula que todos tenemos en alg&uacute;n rinc&oacute;n del cuerpo, cuya funci&oacute;n es dificultar que los hechos cambien inmediatamente nuestra percepci&oacute;n sobre alguien o algo: es necesaria una digesti&oacute;n despu&eacute;s del <em>shock</em>, la asunci&oacute;n de que est&aacute;bamos equivocados y, finalmente, desprendernos de toda colecci&oacute;n de sentimientos que acomodaban nuestra opini&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n creo que la realidad y la ficci&oacute;n copulan a escondidas desde hace mucho tiempo, si no desde siempre, aunque probablemente con m&aacute;s pasi&oacute;n desde 2001, fecha en la que un atentado &ldquo;de pel&iacute;cula&rdquo; cambi&oacute; nuestra realidad. En muchas ocasiones, la realidad que nos muestran los telediarios nos parece surrealista y absurda, y al mismo tiempo cada vez encontramos m&aacute;s verosimilitud en la ficci&oacute;n. <strong>Alguien dijo que hab&iacute;a m&aacute;s realidad en un cap&iacute;tulo de The Wire que en un informativo de Telecinco</strong><em>The Wire</em>.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; ha cambiado entonces? &iquest;Por qu&eacute; posverdad fuera elegida la palabra del a&ntilde;o 2016?
    </p><p class="article-text">
        Ha cambiado la utilizaci&oacute;n de las mentiras por parte de pol&iacute;ticos como Donald Trump: ahora es desvergonzada, sin tapujos, sin miedo a que el <em>fact checking</em> les expulse de la arena pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Ha cambiado el conformismo social &ndash;creciente&ndash;, con las medias verdades o las falsedades como elementos v&aacute;lidos en la formaci&oacute;n de la opini&oacute;n. Como dijo el fil&oacute;sofo Jos&eacute; Antonio Marina en un recomendable <a href="http://www.ccma.cat/tv3/sense-ficcio/veritats-de-mentida/fitxa/fitxa-programa/27205/117400/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">especial de TV3</a>, m&aacute;s que el triunfo de la mentira, estamos ante un reblandecimiento de la verdad.
    </p><p class="article-text">
        En ello tienen un papel especial las redes sociales como medio informativo, cuyos&nbsp;<a href="http://www.playgroundmag.net/articulos/entrevistas/Cookies-internet_0_1737426241.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">algoritmos filtran los contenidos</a> que percibimos seg&uacute;n nuestras preferencias y entorno ideol&oacute;gico, <strong>ofreci&eacute;ndonos sesgo constante con apariencia de neutralidad</strong>.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Se trata, nada m&aacute;s, de la desverg&uuml;enza de ciertos pol&iacute;ticos ante la ciudadan&iacute;a y de los cambios que internet ha provocado en la producci&oacute;n y consumo de informaci&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Miro atr&aacute;s y recuerdo una &eacute;poca de mentiras sutiles, quir&uacute;rgicas, que desembocaron primero en un sentimiento de confusi&oacute;n, y despu&eacute;s en un sentimiento de traici&oacute;n y abandono.
    </p><p class="article-text">
        Tras el <em>crash</em> financiero de 2008, el <em>establishment</em> &ndash;el sistema financiero, las grandes corporaciones, las fuerzas pol&iacute;ticas tradicionales y medios grandes de comunicaci&oacute;n que, aunque mayoritariamente veraces, protegen el <em>statu quo</em> con sus silencios&ndash;, repiti&oacute; el siguiente mensaje a los ciudadanos: la debacle econ&oacute;mica no es pol&iacute;tica y vuestros representantes se desviven por conservar el bienestar social porque ese es su trabajo. Todo ello mientras algunos de nuestros derechos se desintegraban para no volver a ser los mismos nunca m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Eran mentiras reales, aunque de dif&iacute;ciles de descubrir. Ahora, una vez desenmascaradas, ha emergido la &uacute;nica verdad que siempre estuvo ah&iacute;, la propia, la que creemos pura en contraste con la oficial (&ldquo;sigo sin poder tener un trabajo decente&rdquo;, &ldquo;&iquest;c&oacute;mo pago los cuidados de mi abuela?&rdquo;, &ldquo;sigo sin tener papeles&rdquo;, &ldquo;&iquest;qui&eacute;n juzga a los bancos y a las el&eacute;ctricas?&rdquo;, &ldquo;sigo sin tener un hogar digno&rdquo;).
    </p><p class="article-text">
        En vez de liberarnos, esta ruptura con lo sagrado, con la verdad oficial, ha empezado a atraer moscones que pretenden sacarle partido. As&iacute;, la verdad deja paso a la autenticidad, entendida como la cualidad de alguien fiel a s&iacute; mismo, confiado, que no duda. Una mentira aut&eacute;ntica, expresada con &iacute;mpetu por un individuo medi&aacute;tico y con autoestima, puede resultar m&aacute;s cre&iacute;ble que la transmisi&oacute;n de datos verdaderos por parte de cualquier instituci&oacute;n. <strong>Una mentira bien dicha arranca los aplausos de un hu&eacute;rfano de verdad</strong>.
    </p><p class="article-text">
        Y al fin, &iquest;es esto tan grave? Bueno, dicen es una mala noticia para la democracia, para la ciencia, y es una mala noticia periodismo, al que veo como un h&eacute;roe envejecido a punto de apagar el interruptor de su laboratorio de armas secretas.
    </p><p class="article-text">
        Al periodismo le robaron el traje. Las pseudo informaciones robaron la apariencia de las noticias para camuflarse en internet y ahora cuesta distinguirlas desde nuestros tel&eacute;fonos m&oacute;viles. Al pobre lo suplantaron cuando ya ten&iacute;a una herida de credibilidad ganada a pulso, y ahora est&aacute; desorientado porque dicen que ha perdido la confianza del lector, pero sobre todo las ganas del lector. Yo dir&iacute;a que el periodismo necesita otro traje, uno que aproveche los superpoderes de las historias reales y del rigor, y que le insufle una nueva energ&iacute;a at&oacute;mica. El periodismo no solo necesita <em>fact checking</em>, necesita creatividad.
    </p><p class="article-text">
        Soy periodista, pero cuando recuerdo la fotograf&iacute;a del hombre que nunca cay&oacute; al vac&iacute;o pienso que lo que me da m&aacute;s miedo de la posverdad es que me deja hu&eacute;rfana y sin puntos de referencia. Entonces trato de imaginar la vida como un carnaval divertido y lleno de preguntas; trato de decirme que eso puede ser una oportunidad, como una fiesta sin padres. Sin embargo, en mi imaginaci&oacute;n siempre termina siendo una fiesta oscura y desconcertante, porque en ese baile de m&aacute;scaras la confianza no existe. Y no poder confiar en nada ni en nadie es la soledad &uacute;ltima, la m&aacute;s grande.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/impresiona-sabes-real_129_3369740.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 29 May 2017 18:57:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Te impresiona más si sabes que es real?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Fotografía,11S]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lena Dunham y el Yurupary]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/lena-dunham-yurupary_129_3445476.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a4e70641-ce36-444b-a9b9-49b0d4af3983_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lena Dunham y el Yurupary"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Pensamientos de una adicta al móvil durante unas vacaciones en Colombia (contiene</p><p class="subtitle">spoiler)</p></div><p class="article-text">
        Ol&iacute;a a lombriz. Poco despu&eacute;s de que la buseta saliera del terminal de San Gil, en el departamento colombiano de Santander, las nubes negras consiguieron sortear el cerro de la Cruz. Un grupo de p&aacute;jaros negros volaba en forma de lanza entre las paredes del cielo de la ciudad, ahuyentando del terminal a las vendedoras de pl&aacute;tano frito y man&iacute;, avisando a todos de que comenzaba el invierno.
    </p><p class="article-text">
        El conductor inici&oacute; el descenso por la tortuosa carretera y los &aacute;rboles, las palmeras y toda la vegetaci&oacute;n que las habita y rodea se ensancharon al contacto con el agua, oprimiendo a&uacute;n m&aacute;s el hilo de tr&aacute;fico que atraviesa el valle. Un r&iacute;o marr&oacute;n cog&iacute;a fuerza en la cuneta, empuj&aacute;ndonos hacia abajo. Los habitantes de la carretera nos miraban de pie bajo sus porches. Yo miraba el m&oacute;vil. Todo lo divisaba de forma intermitente, por el rabillo del ojo, mientras repasaba el Instagram Stories de mi gente predilecta, que es gente con la que no hablo. De modo que en plena &eacute;poca de desprendimientos mortales en Colombia, el aguacero compet&iacute;a con fotos oscuras de conciertos, brindis al sol, torrijas y <em>boomerangs</em> de beb&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Me odi&eacute;. Bloque&eacute; el tel&eacute;fono guard&aacute;ndolo en un bolsillito muy a mano y respir&eacute; hondo. Trababa de estar donde realmente estaba, aunque cab&iacute;a la posibilidad de que yo no estuviera all&iacute;, ni siquiera mi cuerpo. Pod&iacute;a no estar inhalando ese olor a tierra quebr&aacute;ndose por exceso de agua, ya que por unos pocos miles de pesos hab&iacute;a conseguido una tarjeta de datos que cubr&iacute;a pr&aacute;cticamente todo el pa&iacute;s, y mi cuerpo se estar&iacute;a pixelando &ndash;qu&eacute; es un cuerpo sin mente&ndash; para despu&eacute;s escurrirse y dispersarse a trav&eacute;s de dos letras en la pantalla: 3G.
    </p><p class="article-text">
        Parad&oacute;jicamente, Bogot&aacute;, la ca&oacute;tica capital, deb&iacute;a servirme desconectar y calzarme los tobillos de nuevo. El lugar en concreto era el Museo del Oro, que posee la colecci&oacute;n de orfebrer&iacute;a prehisp&aacute;nica m&aacute;s grande del mundo. En &eacute;l se exhiben toda clase de ornamentos de oro puro que los caciques de las tribus ind&iacute;genas precolombinas utilizaban para brillar, transformarse en animales, plantas, rocas y otros objetos para poder ver el mundo desde otro punto de vista; pueden conocerse leyendas de las civilizaciones que divinizaban la naturaleza y la honraban con ofrendas y sacrificios. Tambi&eacute;n se muestran los utensilios que los chamanes empleaban para el trance con la coca, el hayo o el yag&eacute;, que era la forma de visitar los otros dos mundos &ndash;superior y el inframundo&ndash; y por tanto la v&iacute;a m&aacute;s profunda de conocimiento y predicci&oacute;n. Las aves simbolizaban el mundo de arriba; la gente, los jaguares y los venados el mundo intermedio, y los niveles inferiores se representaban por murci&eacute;lagos, caimanes y serpientes.
    </p><p class="article-text">
        La primera vez que visit&eacute; esta exposici&oacute;n me result&oacute; desconcertante y afrodis&iacute;aca, ahora acud&iacute;a a ella en busca de una cura para mi adicci&oacute;n mental a internet, a los contenidos y opiniones. Pero esta vez ocultaba un rosario en el bolsillo, en forma de Iphone.
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; a la vitrina de mi pieza favorita, la m&aacute;scara antropomorfa del valle del Cauca, Tierradentro, que data del 200 a.C. Le saqu&eacute; una foto y dej&eacute; que sus ojos vivos me juzgaran y me hablaran. Poco despu&eacute;s estaba en la cola del ba&ntilde;o. Delante de m&iacute;, encaramado al hombro de su madre, un beb&eacute; de ojos negros me sonri&oacute; repentinamente. Yo le sonre&iacute;, conmovida, luego la jovenc&iacute;sima madre me sonri&oacute; a m&iacute; con la placidez que ansiaba. Me encerr&eacute; en el ba&ntilde;o y empec&eacute; a hacerme <em>selfies</em> mientras me aguantaba el pis. No ten&iacute;a ninguna intenci&oacute;n de publicarlas, por eso me pregunt&eacute;: &iquest;Por qu&eacute; me saco fotos anodinas si hay un espejo sobre las pilas? Quiz&aacute; quer&iacute;a comprobar que Colombia hab&iacute;a empezado a borrarme las ojeras, o era posible que, despu&eacute;s de ver la m&aacute;scara de oro, deseara inconscientemente desenterrar la m&iacute;a. Quiz&aacute; se trataba de una manera de tocarme, de buscarme. La alienaci&oacute;n que sent&iacute;a cuando llegu&eacute; era mucho m&aacute;s que estr&eacute;s acumulado y un exceso de internet. Era un desenfoque, un sinsentido que se hab&iacute;a adentrado en mi organismo.
    </p><p class="article-text">
        Fui directa a la tienda de <em>souvenirs</em> para dejar de pensar. All&iacute; encontr&eacute; rid&iacute;culas reproducciones de las joyas milenarias y una secci&oacute;n de libros bastante extra&ntilde;a. S&oacute;lo hab&iacute;a seis, todos distintos. La mayor&iacute;a eran gu&iacute;as arqueol&oacute;gicas t&eacute;cnicas, envueltas en bolsas de pl&aacute;stico polvorientas, excepto uno: <em>Dos mil tres lunas</em>, de Flor Romero. La escritora y periodista colombiana lleva m&aacute;s de 40 a&ntilde;os investigando y adaptando a la literatura mitos, ritos y leyendas de Am&eacute;rica. En mis manos estaba la leyenda de Yurupary, que transcurre en territorios aleda&ntilde;os al r&iacute;o Vaup&eacute;s, cuyos dominios se extienden por las selvas de Colombia y Brasil.
    </p><p class="article-text">
        Yurupary fue un cacique y un h&eacute;roe que naci&oacute; de una virgen, y fue quien arrebat&oacute; el poder a las mujeres en unos tiempos remotos en los que ellas mandaban sobre los hombres. Las primeras p&aacute;ginas del libro abr&iacute;an con la escena siguiente: las mujeres andaban preocupadas por la escasez de hombres y se reunieron en un lago, dentro del lago. Las m&aacute;s j&oacute;venes propusieron rejuvenecer a los viejos, y las mayores quer&iacute;an lanzarlos al r&iacute;o para que los devoraran las pira&ntilde;as. De pronto descubrieron un viejo ladino espiando la asamblea, pero una fuerza inmoviliz&oacute; sus piernas y tuvieron se vieron obligadas a escucharle: &ldquo;Envejec&iacute; buscando a la mujer paciente, discreta, capaz de guardar un secreto. Pero ya veo que se cuentan todo, como si tuvieran un af&aacute;n incontrolable de comunicaci&oacute;n&rdquo;. El viejo las llam&oacute; cotillas, las acus&oacute; de querer exterminar a los ancianos y las conden&oacute; a la pr&oacute;xima generaci&oacute;n femenina a quedarse al margen de todo asunto importante. Y a&ntilde;adi&oacute; el viejo, a&uacute;n en el agua: &ldquo;Dentro de algunas lunas, todas dar&aacute;n a luz, pues est&aacute;n pre&ntilde;adas. Yo las he fecundado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Anunciaron el cierre del museo por megafon&iacute;a. Compr&eacute; el libro y sal&iacute; a la plaza. <em>[SPOILER]</em> Cuando desbloque&eacute; el m&oacute;vil apareci&oacute; la imagen de Lena Dunham en el papel de Hannah Horvath, protagonista de <em>Girls</em>, sosteniendo un beb&eacute;. Me acababan de desvelar el final del &uacute;ltimo cap&iacute;tulo de una serie que adoro, en la que Dunham, creadora y actriz principal, ha hecho mucho por retratar con honestidad y con un discurso propio, a un grupo de j&oacute;venes occidentales, blancas y urbanas. Contra todo pron&oacute;stico, como una muerte anunciada, Hannah hab&iacute;a decidido tener el beb&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        El <em>spoiler</em> me relaj&oacute;. Sin haber visto el cap&iacute;tulo &ndash;en el momento en que se publica este texto, no lo habr&eacute; visto a&uacute;n&ndash; el desenlace me satisfizo solo por la airada opini&oacute;n de un amigo acerca del posible final de la serie: hab&iacute;a gente que, como &eacute;l, opinaba que Hannah ten&iacute;a que abortar. Lo contrario significar&iacute;a tirar por tierra el discurso feminista que se hab&iacute;a mantenido durante todas las temporadas.
    </p><p class="article-text">
        Me sent&eacute; en un banco y busqu&eacute; la <a href="http://www.vanityfair.com/hollywood/2017/03/lena-dunham-girls-pregnancy-plot-line-reaction" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">reacci&oacute;n</a> de Dunham a la decepci&oacute;n de parte de su p&uacute;blico, y la encontr&eacute;: &ldquo;Es casi un test de Litmus que muestra c&oacute;mo la gente se siente en su vida, o qu&eacute; piensan que es apropiado. Es interesante ver que el hecho de tener un beb&eacute; est&aacute; tan politizado, en las sociedades liberales, como abortar. Eso genera debates interesantes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Estuve leyendo todas las opiniones que los medios publicaban sobre este final, las <a href="http://cultura.atresmedia.com/libros/camille-paglia-cuestiona-feminismo-girls-lena-dunham-neurotica-disfrazada-feminista_2017041758f53b050cf2e7235e5cf4c0.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">incendiarias declaraciones</a> de la cr&iacute;tica social Camille Paglia y las opiniones que &eacute;sta hab&iacute;a suscitado. El hipertexto me condujo a un art&iacute;culo sobre eyaculaci&oacute;n femenina (&iquest;?), otro sobre maternidad como esclavitud o poder, que luego iba relacionando con los posts de las madres a las que segu&iacute;a en redes sociales, y con mi lectura de <em>Qui&eacute;n quiere ser madre</em>, de Silvia Nanclares.
    </p><p class="article-text">
        Cuando me di cuenta era casi de noche y estaba agotada, como si hubiera parido, pens&eacute;. Entonces me percat&eacute; de que reflexionar sobre la maternidad me ayudaba a huir de la alienaci&oacute;n. Sin querer yo ser madre, los textos sobre la gestaci&oacute;n y su dimensi&oacute;n pol&iacute;tica y social me ayudaban combatir la tendencia propia y la de los dem&aacute;s a conceptualizarlo todo, a opinar sobre todo. Como con las leyendas ind&iacute;genas, la maternidad como leyenda imaginada, o la de otras mujeres, me aproximaban a mi propio cuerpo. Y eso solo pod&iacute;a significar una cosa, y bien triste, que no ten&iacute;a nada que ver con mi propia fertilidad: a d&iacute;a de hoy, mi cuerpo me queda bastante lejos, y un parto, aunque sea conceptual, se me antoja como el momento m&aacute;s &aacute;lgido de la presencia, la c&uacute;spide de la corporeidad. Por el contrario, yo tengo la permanente sensaci&oacute;n de vivir en mis ojos, entre en mis sienes. En mi cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de la breve visita bogotana volv&iacute; al monte. Anduve por barrizales y caminos escarpados buscando sombras, y en esas sombras, con el coraz&oacute;n a punto de salirse, los labios salados y las picaduras ardiendo, busqu&eacute; de nuevo la pantalla del m&oacute;vil y hall&eacute; nuevos contenidos de inter&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Hasta que lleg&oacute; la tarde del aguacero. Iba en un viejo 4x4, nos dirig&iacute;amos a la finca de un amigo cuando la lluvia empez&oacute; a descontrolarse en el p&aacute;ramo, entre el valle de San Jos&eacute; y San Gil. Ya a la salida de la ciudad las carreteras asfaltadas se estaban convirtiendo en r&iacute;os. El agua no paraba de caer y mi amigo no paraba de decir que nunca hab&iacute;a visto algo semejante, hablaba del invierno y del cambio clim&aacute;tico, mientras por ambas laderas ca&iacute;an enormes cascadas de agua y barro.
    </p><p class="article-text">
        A medida que avanz&aacute;bamos hacia el camino de tierra empezamos a ver desprendimientos, piedras, reses que se reun&iacute;an y miraban de reojo, aterradas. Suger&iacute; que di&eacute;ramos media vuelta, pero para entonces est&aacute;bamos ya subiendo un estrecho el sendero que se derret&iacute;a bajo las ruedas. De pronto, tras las gotas y el vaho, vimos un mont&oacute;n de piedras grandes cortando el camino. Mi amigo no dud&oacute;: &ldquo;Hay que sacarlas, r&aacute;pido&rdquo;. Salimos del coche y empezamos a hacerlas rodar a lado y lado, las manos se me ennegrecieron, por un segundo me las mir&eacute; y de pronto o&iacute; un movimiento entre unos arbustos, por encima de nuestras cabezas. &ldquo;&iexcl;Cuidado!&rdquo;, grit&eacute;. Una piedra rod&oacute; hacia nosotros desde lo alto de la monta&ntilde;a, pero conseguimos esquivarla. Corrimos de nuevo hacia el coche, empapados, mirando al cielo de la monta&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Cuando llegamos a la finca me sent&iacute;a totalmente plena. El miedo me hab&iacute;a devuelto a mi cuerpo: yo estaba llena de vida y mi m&oacute;vil lleno de barro. De pronto s&oacute;lo era un objeto manchado.
    </p><p class="article-text">
        Esa misma noche me hice algunas fotos desnuda, como si quisiera conservar ese estado para siempre, a sabiendas de que eso no iba a suceder. Y record&eacute; una reflexi&oacute;n del fil&oacute;sofo Santiago Alba Rico: hoy en d&iacute;a nos hacemos muchas fotos, m&aacute;s que nunca, pero casi nunca nos mostramos desnudos ante nadie. Alba Rico cree que el cuerpo est&aacute; dejando de servirnos, ni siquiera nos sirve ya para el deseo y el trabajo: &ldquo;El cuerpo es un dinosaurio o una piedra de s&iacute;lex [&hellip;] y lo seguimos necesitando para nacer y morirnos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta vez sent&iacute; un miedo paralizante. Pronto volver&iacute;a a mi rutina, a mi rosario y a la catequesis de los debates feministas en las redes sociales, a todos los debates a los que me siento obligada a asistir. La aventura colombiana quedar&iacute;a en una sobredosis de ox&iacute;geno y me auto mutilar&iacute;a de nuevo, sin l&iacute;mites, con el surtidor de ideas y comentarios.
    </p><p class="article-text">
        Precisamente sobre c&oacute;mo combatir la adicci&oacute;n al m&oacute;vil y sobre sus consecuencias existen muchos art&iacute;culos interesantes en la red. Sin embargo la fuerza absorbente de las tecnolog&iacute;as, sumada a la del capitalismo de masas y al &eacute;xito laboral como el nuevo dios en un contexto de crisis genera una insatisfacci&oacute;n que creo que tiene que ver con el simple borrado de nuestros cuerpos. Conozco a m&aacute;s mujeres enfermas por no tener tiempo para disfrutar de sus seres queridos y hacer el amor, para ducharse despacio, caminar y oler la fruta que compran, que por el hecho de no ser madres. Por ello cabe preguntarse: &iquest;es posible que las mujeres nos liberemos a trav&eacute;s de los debates?, &iquest;es posible combatir el patriarcado sin un cuerpo? Porque a veces, el patriarcado nos relega al cuerpo y el feminismo deber&iacute;a arrebat&aacute;rselo para devolv&eacute;rnoslo.
    </p><p class="article-text">
        Nueve lunas despu&eacute;s de que el viejo hubiera fecundado a las mujeres, todas parieron. De entre todos los beb&eacute;s sobresal&iacute;a la hermosa Seyuicy, que creci&oacute; sana y fuerte y rodeada de la admiraci&oacute;n y el amor del resto de mujeres. Pronto su madre le explic&oacute; que pod&iacute;a comer todos los frutos de la selva, excepto uno: el fruto almendrado de la piquia, un &aacute;rbol silvestre con poderes para despertar instintos latentes. Seyuicy, obviamente, quiso deleitarse con el dulce fruto, y comi&oacute; tantas piquias que lleg&oacute; &ldquo;dando saltos de alegr&iacute;a por haber cumplido el m&aacute;s grande antojo de su vida&rdquo;. Entonces empez&oacute; a sentirse extra&ntilde;a y vio que su &ldquo;orqu&iacute;dea&rdquo; ya no estaba intacta, y que su vientre empezaba a crecer. &ldquo;Madre, pudo m&aacute;s el antojo. Me intern&eacute; en la selva y cuando encontr&eacute; el &aacute;rbol de piquia baj&eacute; las frutas m&aacute;s maduras [&hellip;] y me sent&eacute; a com&eacute;rmelas feliz. El jugo se me escurr&iacute;a por las comisuras de los labios, y me empap&oacute; el pecho y el est&oacute;mago, hasta llegar a la orqu&iacute;dea en medio de las piernas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Nueve meses despu&eacute;s nac&iacute;a Yurupary, que significa engendrado por la fruta. Era a&uacute;n m&aacute;s bello que su madre y las mujeres de la tribu quisieron que fuera su nuevo cacique. Aunque hubo algunas disidentes que no quer&iacute;an otorgarle todo el poder, Yurupary fue investido, y m&aacute;s tarde promulg&oacute; una ley por la que solo los hombres disfrutar&iacute;an de las fiestas y los secretos, y las mujeres quedar&iacute;a marginadas y lejos del conocimiento. 
    </p><p class="article-text">
        Mientras me dirijo al aeropuerto en un taxi, pienso que a veces lo m&aacute;s liberador es hacer lo que nos salga de la orqu&iacute;dea, que no tiene por qu&eacute; coincidir con lo que nos sale de la cabeza o de internet. Me imagino como una Seyuicy llena de gula, y a mi m&oacute;vil convertido en un traicionero &aacute;rbol de piquia. Hace tiempo que devoro sus frutos y que me siento extra&ntilde;a, hace tiempo que intuyo que no solo me llenan la mente, sino que tienen el poder de transformarme.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/lena-dunham-yurupary_129_3445476.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Apr 2017 18:42:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lena Dunham y el Yurupary]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Lena Dunham,Internet,Feminismo,Maternidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Motivaciones secretas del conductor urbano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/motivaciones-secretas-conductor-urbano_129_3500638.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/817f735b-3560-4ed1-be50-ff340f388a9a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Motivaciones secretas del conductor urbano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si la lógica no explica el uso del vehículo privado en las grandes ciudades, quizá lo hagan las emociones</p></div><p class="article-text">
        Desde hace tiempo duermo fuera de la ciudad un d&iacute;a por semana. El misterio es m&aacute;s bien poco: paso la noche en casa de mis suegros. Ese d&iacute;a salgo a la calle cuando todo es azul y cuando a&uacute;n tengo cicatrices de s&aacute;bana en la mejilla. Me pongo el casco, monto la parte trasera de la moto &ndash;con un pie en el estribo, siempre imagino el lomo de un mulo&ndash; y sigo dormitando agarrada al cintur&oacute;n del caballero. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El primer escalofr&iacute;o siempre despeja m&aacute;s que cualquier caf&eacute;. Precisamente gracias a la rasca matutina he podido observar un fen&oacute;meno que s&iacute; es un misterio para m&iacute;: la gente que va en coche a trabajar a la ciudad. He desarrollado una serie de constataciones imprecisas fruto de cuatro a&ntilde;os de observaci&oacute;n sobre ruedas. Son las que siguen.
    </p><p class="article-text">
        Efectivamente, la recuperaci&oacute;n econ&oacute;mica conlleva un aumento del tr&aacute;fico rodado. En su momento, asumirlo me dio bastante pena porque hab&iacute;a llegado a imaginar que el empobrecimiento de la mayor parte de la poblaci&oacute;n pod&iacute;a tener una consecuencia positiva, como que algunas partes de las grandes ciudades se volvieran salvajes. Un Jumanji, pero para bien: en las fachadas crecer&iacute;a musgo, y entre las tuber&iacute;as rotas y las alcantarillas brollar&iacute;an riachuelos. Luego saldr&iacute;an hongos y flores. En mi imaginaci&oacute;n, la contaminaci&oacute;n pod&iacute;a neutralizarse gracias al clima pantanoso de algunos rincones abandonados de la ciudad, y en un futuro, los ciudadanos avanzados proteger&iacute;an estos espacios como ecosistemas.
    </p><p class="article-text">
        Pero en mi ruta hasta el centro de Barcelona los atascos no solo fueron a m&aacute;s, sino que empezaron a rozar el absurdo. Los autom&oacute;viles avanzaban cuatro o cinco metros, intermitentemente, durante la mayor parte del trayecto. Un d&iacute;a malo y en hora punta, una ruta de 13,6 kil&oacute;metros hasta el lugar de trabajo pod&iacute;a llegar a durar una hora &ndash;45 minutos de media&ndash;. En este caso, el doble que en transporte p&uacute;blico. As&iacute; que empezamos a avanzar entre hileras de coches cada vez m&aacute;s parados y humeantes que me parec&iacute;an lentas manadas de b&uacute;falos atontados.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez sent&iacute;a m&aacute;s curiosidad por las vidas de los conductores, por saber qu&eacute; les motivaba a aceptar semejante tortura. Empec&eacute; a espiarlos desde mi posici&oacute;n de paquete.
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de los conductores son solitarios: utilizan el coche privado y miran al frente impasibles o casi hipnotizados. Algunos llevan gafas de sol, como evitando identificados, o fuman un cigarro, como intentando no pensar en sus propios actos. Otros miran el m&oacute;vil para disimular. Como se puede comprobar, empec&eacute; a percibirlos como villanos: &ldquo;&iquest;Es que no est&aacute;n al tanto de las primeras alertas por contaminaci&oacute;n ni de las muertes prematuras?&rdquo;, &ldquo;este de transportista no tiene nada&rdquo;, &ldquo;&iquest;acaso creen que dentro de su coche su aire es m&aacute;s puro?&rdquo;, &ldquo;no puede haber tantos negacionistas del cambio clim&aacute;tico&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Bajaba mi visera de golpe, indignada con el comportamiento colectivo, absolvi&eacute;ndome de mi propia humareda. Me cabre&eacute;, me obsesion&eacute;. La actitud de los conductores urbanos no solo me parec&iacute;a reprochable, sino incomprensible: no entend&iacute;a por qu&eacute; tantas personas prefieren avanzar en triste procesi&oacute;n hasta el puesto de trabajo mientras de sus tubos de escape gotean monedas de euro. Y encima,&nbsp;despu&eacute;s de semejante tortura, les cobran un dineral por aparcar en parkings subterr&aacute;neos.
    </p><p class="article-text">
        Pero si algo he aprendido de la victoria de Donald Trump es que uno no puede rechazar al enemigo sin m&aacute;s, sin intentar comprender sus razones, porque despu&eacute;s el humo te ahoga y no sabes de d&oacute;nde sale. As&iacute; que me puse a investigar. Para sacar a la gente de los coches, primero hay que comprender por qu&eacute; quieren entrar en ellos.
    </p><p class="article-text">
        Descubr&iacute; que con el transporte ocurre lo mismo que con el consumo en general: los seres humanos no nos caracterizamos precisamente por la toma de decisiones racionales.
    </p><p class="article-text">
        <a href="http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0967070X12001680" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Tras un estudio publicado en Transport Policy en 2013</a>, un grupo de investigadores italianos acu&ntilde;&oacute; el concepto <em>car effect</em> (efecto coche) para explicar el curioso apego de los humanos con los autom&oacute;viles. Su experimento demostr&oacute; que en vez de considerar todas las opciones de transporte y elegir la m&aacute;s r&aacute;pida y barata, la gente prefiere conducir. Y punto.
    </p><p class="article-text">
        Su experimento se basaba en un juego de toma de decisiones. Los participantes deb&iacute;an invertir unas fichas en viajar, y ten&iacute;an que elegir entre ir coche o en metro. Antes, deb&iacute;an calcular el coste del viaje teniendo en cuenta los factores precio y tiempo. La gracia del juego era que el coste del billete del metro era siempre el mismo, pero el coste de viajar en coche variaba en funci&oacute;n del clima, la congesti&oacute;n, los accidentes, el precio de la gasolina o unas obras en la carretera.&nbsp;La prueba penalizaba las decisiones con menos rendimiento, es decir, las menos racionales.
    </p><p class="article-text">
        Tras 50 rondas en las que se cambi&oacute; el metro por el autob&uacute;s, los investigadores esperaban que los humanos aprendiesen del error y fueran en busca de la zanahoria &ndash;el premio&ndash;, pero no fue as&iacute;. Los humanos invirtieron sus fichas con el coche sin arrepentimiento, y terminaron la prueba como hamsters electrocutados. No solo prefirieron el veh&iacute;culo privado cuando de promedio era un 50% m&aacute;s caro, sino que incluso en un marco te&oacute;rico &ndash;es decir, sin necesidad de entrar realmente en un vag&oacute;n de metro&ndash;, los muy tercos prefirieron ponerse a volante.
    </p><p class="article-text">
        Sorprendidos por los resultados, los cient&iacute;ficos italianos se&ntilde;alaron que su experimento ofrec&iacute;a informaci&oacute;n valiosa a las autoridades que tratan de desincentivar el uso del coche: la l&oacute;gica, las evidencias, no son lo m&aacute;s importante aqu&iacute;. Ser&aacute;n necesarios m&aacute;s incentivos de los previstos.
    </p><p class="article-text">
        Tras leer las conclusiones de este estudio me acord&eacute; de mi hermano, tres a&ntilde;os menor que yo. De ni&ntilde;o, jugaba &ldquo;a aparcar&rdquo; un pesado carromato a pedales. Pod&iacute;a entretenerse durante horas. Mi hermano s&oacute;lo ped&iacute;a coches como regalo. Fue de esos chicos que empiezan a hacer pr&aacute;cticas del carn&eacute; de conducir antes de cumplir los dieciocho. Ten&iacute;a, adem&aacute;s otra filia curiosa: cuando &eacute;ramos peque&ntilde;os, en varias ocasiones me cont&oacute; en sus planes de construcci&oacute;n de una vivienda en el lavabo peque&ntilde;o de casa. So&ntilde;aba con un refugio diminuto, un nido protector de menos de un metro cuadrado, un &uacute;tero quiz&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Aunque nunca relacion&eacute; su pasi&oacute;n por los coches con su tendencia a ovillarse en espacios peque&ntilde;os, la profesora de planificaci&oacute;n ambiental Jennifer Kent, de la Universidad Macquaire, s&iacute; lo hizo.
    </p><p class="article-text">
        En 2014, Kent realiz&oacute; un <a href="http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0965856414000962" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">estudio cualitativo</a>&nbsp;en Australia, un pa&iacute;s donde cada ciudadano tiene 1,54 coches de media y donde el 56% de los trayectos urbanos se realizan con veh&iacute;culo privado (fuera de la ciudad alcanzan el 74%). Seg&uacute;n la experta, los australianos saben que existen alternativas, conocen el impacto ambiental y en su salud, notan la presi&oacute;n pol&iacute;tica y cultural para el cambio de h&aacute;bitos, pero no parecen dispuestos a soltar el coche. Simplemente, les gusta conducir.
    </p><p class="article-text">
        La velocidad comparativa, el estatus, la autonom&iacute;a y lo pr&aacute;cticos que resultan para la carga y descarga de los ni&ntilde;os y de la compra son algunos de los principales valores asociados al coche privado, pero Kent apunta a una raz&oacute;n emocional.
    </p><p class="article-text">
        A los participantes en su estudio les gusta escuchar la radio, hacer llamadas telef&oacute;nicas con intimidad, llorar a solas con su rid&iacute;cula canci&oacute;n favorita. Aprecian estar solos ese rato, en un asiento c&oacute;modo y en un ambiente cerrado. Se sienten protegidos del exterior. Est&aacute;n aislados del ruido y de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Kent sostiene que en unas ciudades cada vez m&aacute;s pobladas, en la que estamos siempre obligados a compartir espacios, un habit&aacute;culo m&oacute;vil que ofrece confort y privacidad puede volver a cotizar al alza.
    </p><p class="article-text">
        Parad&oacute;jicamente, uno de los mayores s&iacute;mbolos del capitalismo, el individualismo y la industrializaci&oacute;n puede convertirse en un lugar que nos devuelve la intimidad perdida, la calma y la pausa.
    </p><p class="article-text">
        Un coche puede ser un capullo, una burbuja, un lavabo peque&ntilde;o. Y un vag&oacute;n de metro &ndash;o un t&uacute;nel con hordas de gente adelant&aacute;ndose a toda prisa&ndash;, puede representar una experiencia angustiosa.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de las consecuencias alarmantes de la poluci&oacute;n ambiental, quiz&aacute; deber&iacute;amos pensar en algo parecido a la poluci&oacute;n social. Puede que el cambio clim&aacute;tico y sus efectos devastadores est&eacute;n socavando tambi&eacute;n en el paisaje interior de los habitantes de las ciudades.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/motivaciones-secretas-conductor-urbano_129_3500638.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Mar 2017 22:26:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Motivaciones secretas del conductor urbano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coches,Movilidad urbana,Contaminación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Motivaciones secretas del conductor urbano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/motivaciones-secretas-conductor-urbano_129_3502727.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/817f735b-3560-4ed1-be50-ff340f388a9a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Motivaciones secretas del conductor urbano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si la lógica no explica el uso del vehículo privado en las grandes ciudades, quizá lo hagan las emociones</p></div><p class="article-text">
        Desde hace tiempo duermo fuera de la ciudad un d&iacute;a por semana. El misterio es m&aacute;s bien poco: paso la noche en casa de mis suegros. Ese d&iacute;a salgo a la calle cuando todo es azul y cuando a&uacute;n tengo cicatrices de s&aacute;bana en la mejilla. Me pongo el casco, monto la parte trasera de la moto &ndash;con un pie en el estribo, siempre imagino el lomo de un mulo&ndash; y sigo dormitando agarrada al cintur&oacute;n del caballero.  
    </p><p class="article-text">
        El primer escalofr&iacute;o siempre despeja m&aacute;s que cualquier caf&eacute;. Precisamente gracias a la rasca matutina he podido observar un fen&oacute;meno que s&iacute; es un misterio para m&iacute;: la gente que va en coche a trabajar a la ciudad. He desarrollado una serie de constataciones imprecisas fruto de cuatro a&ntilde;os de observaci&oacute;n sobre ruedas. Son las que siguen.
    </p><p class="article-text">
        Efectivamente, la recuperaci&oacute;n econ&oacute;mica conlleva un aumento del tr&aacute;fico rodado. En su momento, asumirlo me dio bastante pena porque hab&iacute;a llegado a imaginar que el empobrecimiento de la mayor parte de la poblaci&oacute;n pod&iacute;a tener una consecuencia positiva, como que algunas partes de las grandes ciudades se volvieran salvajes. Un Jumanji, pero para bien: en las fachadas crecer&iacute;a musgo, y entre las tuber&iacute;as rotas y las alcantarillas brollar&iacute;an riachuelos. Luego saldr&iacute;an hongos y flores. En mi imaginaci&oacute;n, la contaminaci&oacute;n pod&iacute;a neutralizarse gracias al clima pantanoso de algunos rincones abandonados de la ciudad, y en un futuro, los ciudadanos avanzados proteger&iacute;an estos espacios como ecosistemas.
    </p><p class="article-text">
        Pero en mi ruta hasta el centro de Barcelona los atascos no solo fueron a m&aacute;s, sino que empezaron a rozar el absurdo. Los autom&oacute;viles avanzaban cuatro o cinco metros, intermitentemente, durante la mayor parte del trayecto. Un d&iacute;a malo y en hora punta, una ruta de 13,6 kil&oacute;metros hasta el lugar de trabajo pod&iacute;a llegar a durar una hora &ndash;45 minutos de media&ndash;. En este caso, el doble que en transporte p&uacute;blico. As&iacute; que empezamos a avanzar entre hileras de coches cada vez m&aacute;s parados y humeantes que me parec&iacute;an lentas manadas de b&uacute;falos atontados.
    </p><p class="article-text">
        Cada vez sent&iacute;a m&aacute;s curiosidad por las vidas de los conductores, por saber qu&eacute; les motivaba a aceptar semejante tortura. Empec&eacute; a espiarlos desde mi posici&oacute;n de paquete.
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de los conductores son solitarios: utilizan el coche privado y miran al frente impasibles o casi hipnotizados. Algunos llevan gafas de sol, como evitando identificados, o fuman un cigarro, como intentando no pensar en sus propios actos. Otros miran el m&oacute;vil para disimular. Como se puede comprobar, empec&eacute; a percibirlos como villanos: &ldquo;&iquest;Es que no est&aacute;n al tanto de las primeras alertas por contaminaci&oacute;n ni de las muertes prematuras?&rdquo;, &ldquo;este de transportista no tiene nada&rdquo;, &ldquo;&iquest;acaso creen que dentro de su coche su aire es m&aacute;s puro?&rdquo;, &ldquo;no puede haber tantos negacionistas del cambio clim&aacute;tico&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Bajaba mi visera de golpe, indignada con el comportamiento colectivo, absolvi&eacute;ndome de mi propia humareda. Me cabre&eacute;, me obsesion&eacute;. La actitud de los conductores urbanos no solo me parec&iacute;a reprochable, sino incomprensible: no entend&iacute;a por qu&eacute; tantas personas prefieren avanzar en triste procesi&oacute;n hasta el puesto de trabajo mientras de sus tubos de escape gotean monedas de euro. Y encima, despu&eacute;s de semejante tortura, les cobran un dineral por aparcar en parkings subterr&aacute;neos.
    </p><p class="article-text">
        Pero si algo he aprendido de la victoria de Donald Trump es que uno no puede rechazar al enemigo sin m&aacute;s, sin intentar comprender sus razones, porque despu&eacute;s el humo te ahoga y no sabes de d&oacute;nde sale. As&iacute; que me puse a investigar. Para sacar a la gente de los coches, primero hay que comprender por qu&eacute; quieren entrar en ellos.
    </p><p class="article-text">
        Descubr&iacute; que con el transporte ocurre lo mismo que con el consumo en general: los seres humanos no nos caracterizamos precisamente por la toma de decisiones racionales.
    </p><p class="article-text">
        <a href="http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0967070X12001680" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Tras un estudio publicado en Transport Policy en 2013</a>, un grupo de investigadores italianos acu&ntilde;&oacute; el concepto <em>car effect</em> (efecto coche) para explicar el curioso apego de los humanos con los autom&oacute;viles. Su experimento demostr&oacute; que en vez de considerar todas las opciones de transporte y elegir la m&aacute;s r&aacute;pida y barata, la gente prefiere conducir. Y punto.
    </p><p class="article-text">
        Su experimento se basaba en un juego de toma de decisiones. Los participantes deb&iacute;an invertir unas fichas en viajar, y ten&iacute;an que elegir entre ir coche o en metro. Antes, deb&iacute;an calcular el coste del viaje teniendo en cuenta los factores precio y tiempo. La gracia del juego era que el coste del billete del metro era siempre el mismo, pero el coste de viajar en coche variaba en funci&oacute;n del clima, la congesti&oacute;n, los accidentes, el precio de la gasolina o unas obras en la carretera. La prueba penalizaba las decisiones con menos rendimiento, es decir, las menos racionales.
    </p><p class="article-text">
        Tras 50 rondas en las que se cambi&oacute; el metro por el autob&uacute;s, los investigadores esperaban que los humanos aprendiesen del error y fueran en busca de la zanahoria &ndash;el premio&ndash;, pero no fue as&iacute;. Los humanos invirtieron sus fichas con el coche sin arrepentimiento, y terminaron la prueba como hamsters electrocutados. No solo prefirieron el veh&iacute;culo privado cuando de promedio era un 50% m&aacute;s caro, sino que incluso en un marco te&oacute;rico &ndash;es decir, sin necesidad de entrar realmente en un vag&oacute;n de metro&ndash;, los muy tercos prefirieron ponerse a volante.
    </p><p class="article-text">
        Sorprendidos por los resultados, los cient&iacute;ficos italianos se&ntilde;alaron que su experimento ofrec&iacute;a informaci&oacute;n valiosa a las autoridades que tratan de desincentivar el uso del coche: la l&oacute;gica, las evidencias, no son lo m&aacute;s importante aqu&iacute;. Ser&aacute;n necesarios m&aacute;s incentivos de los previstos.
    </p><p class="article-text">
        Tras leer las conclusiones de este estudio me acord&eacute; de mi hermano, tres a&ntilde;os menor que yo. De ni&ntilde;o, jugaba &ldquo;a aparcar&rdquo; un pesado carromato a pedales. Pod&iacute;a entretenerse durante horas. Mi hermano s&oacute;lo ped&iacute;a coches como regalo. Fue de esos chicos que empiezan a hacer pr&aacute;cticas del carn&eacute; de conducir antes de cumplir los dieciocho. Ten&iacute;a, adem&aacute;s otra filia curiosa: cuando &eacute;ramos peque&ntilde;os, en varias ocasiones me cont&oacute; en sus planes de construcci&oacute;n de una vivienda en el lavabo peque&ntilde;o de casa. So&ntilde;aba con un refugio diminuto, un nido protector de menos de un metro cuadrado, un &uacute;tero quiz&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Aunque nunca relacion&eacute; su pasi&oacute;n por los coches con su tendencia a ovillarse en espacios peque&ntilde;os, la profesora de planificaci&oacute;n ambiental Jennifer Kent, de la Universidad Macquaire, s&iacute; lo hizo.
    </p><p class="article-text">
        En 2014, Kent realiz&oacute; un <a href="http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0965856414000962" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">estudio cualitativo</a> en Australia, un pa&iacute;s donde cada ciudadano tiene 1,54 coches de media y donde el 56% de los trayectos urbanos se realizan con veh&iacute;culo privado (fuera de la ciudad alcanzan el 74%). Seg&uacute;n la experta, los australianos saben que existen alternativas, conocen el impacto ambiental y en su salud, notan la presi&oacute;n pol&iacute;tica y cultural para el cambio de h&aacute;bitos, pero no parecen dispuestos a soltar el coche. Simplemente, les gusta conducir.
    </p><p class="article-text">
        La velocidad comparativa, el estatus, la autonom&iacute;a y lo pr&aacute;cticos que resultan para la carga y descarga de los ni&ntilde;os y de la compra son algunos de los principales valores asociados al coche privado, pero Kent apunta a una raz&oacute;n emocional.
    </p><p class="article-text">
        A los participantes en su estudio les gusta escuchar la radio, hacer llamadas telef&oacute;nicas con intimidad, llorar a solas con su rid&iacute;cula canci&oacute;n favorita. Aprecian estar solos ese rato, en un asiento c&oacute;modo y en un ambiente cerrado. Se sienten protegidos del exterior. Est&aacute;n aislados del ruido y de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Kent sostiene que en unas ciudades cada vez m&aacute;s pobladas, en la que estamos siempre obligados a compartir espacios, un habit&aacute;culo m&oacute;vil que ofrece confort y privacidad puede volver a cotizar al alza.
    </p><p class="article-text">
        Parad&oacute;jicamente, uno de los mayores s&iacute;mbolos del capitalismo, el individualismo y la industrializaci&oacute;n puede convertirse en un lugar que nos devuelve la intimidad perdida, la calma y la pausa.
    </p><p class="article-text">
        Un coche puede ser un capullo, una burbuja, un lavabo peque&ntilde;o. Y un vag&oacute;n de metro &ndash;o un t&uacute;nel con hordas de gente adelant&aacute;ndose a toda prisa&ndash;, puede representar una experiencia angustiosa.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de las consecuencias alarmantes de la poluci&oacute;n ambiental, quiz&aacute; deber&iacute;amos pensar en algo parecido a la poluci&oacute;n social. Puede que el cambio clim&aacute;tico y sus efectos devastadores est&eacute;n socavando tambi&eacute;n en el paisaje interior de los habitantes de las ciudades.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/motivaciones-secretas-conductor-urbano_129_3502727.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Mar 2017 20:08:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Motivaciones secretas del conductor urbano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coches,Movilidad urbana,Contaminación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si el caballo vive, la historia muere]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/caballo-vive-historia-muere_129_3541033.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1dd7a862-83d0-4578-8280-a3acac4529a0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Si el caballo vive, la historia muere"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un reportaje fracasado puede ser una gran historia</p></div><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde van los reportajes fracasados? Me hago esta pregunta desde que conoc&iacute; el caso de una historia que muri&oacute;, fue enterrada y sigue teniendo pulso. Quiero contarla hoy por primera vez. Va de un caballo llamado Duke y de un joven fotoperiodista en Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        El octubre pasado Guillem no pod&iacute;a creer que le hubieran becado para el Missouri Photo Workshop, el m&iacute;tico curso que lleva celebr&aacute;ndose desde 1949 y que fund&oacute; el profesor de periodismo Cliff Edom. De Edom se dice que fue el padre del fotoperiodismo porque invent&oacute; la palabra fotoperiodismo. Antes de &eacute;l, a estos profesionales se les llamaba reporteros gr&aacute;ficos o simplemente, fot&oacute;grafos. 
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s que una clase magistral o un congreso, el Missouri Photo Workshop es un campamento de supervivencia en el que los participantes se enfrentan a la Am&eacute;rica rural. All&iacute; donde aparentemente reina el tedio y no ocurre nada, los fotoperiodistas deben encontrar buenas historias y contarlas en im&aacute;genes. Las reglas, adem&aacute;s, son las mismas que en 1949.
    </p><p class="article-text">
        Los participantes del siglo XXI tienen los disparos tan limitados como sus antecesores, que utilizaban carrete. Al final del d&iacute;a deben entregar las tarjetas de memoria sabiendo que si borran una foto, quedar&aacute; registrado. Por &uacute;ltimo, una treintena de editores gr&aacute;ficos de grandes medios norteamericanos vigilan todos sus movimientos. Cualquier intento de manipulaci&oacute;n de la realidad ser&aacute; descubierto. Cualquier trabajo brillante ser&aacute; recordado.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Guillem lleg&oacute; a Cuba, Missouri, ya conoc&iacute;a algunos datos b&aacute;sicos de la ciudad. 3.000 habitantes, blancos casi en su totalidad. Cuba est&aacute; ubicada en la Ruta 66 y es conocida por tener la mecedora m&aacute;s grande del mundo (r&eacute;cord Guiness). Su gente vive del ganado y de la fabricaci&oacute;n de barriles. Destacan los bocadillos de alb&oacute;ndigas del Frisko&rsquo;s y el elevado &iacute;ndice de adictos a la metanfetamina.
    </p><p class="article-text">
        Una tarde Guillem decidi&oacute; visitar la redacci&oacute;n del peri&oacute;dico local. Mientras hablaba con una periodista, se acerc&oacute; Tamara, Tami, la maquetista. Tami coment&oacute; que su marido Chris era <em>cowboy,</em> y que la noche anterior alguien hab&iacute;a atacado a uno de sus caballos. Sugiri&oacute; que, si lo deseaba, Guillem pod&iacute;a hacerle una visita. Pero le advirti&oacute; de que su marido era duro de o&iacute;do y que no era muy avispado. Quiz&aacute; tendr&iacute;an problemas para entenderse.
    </p><p class="article-text">
        Al cabo de una hora Guillem ya viajaba en el asiento de copiloto de la <em>pick up</em> de Chris Spurgeon. El tipo era alto, con gorra, bigote de Hulk Hogan. Las suelas de sus botas estaban llenas de esti&eacute;rcol. Cuando Chris le invit&oacute; a entrar en su establo Guillem vio a Duke, un inmenso caballo de color marr&oacute;n oscuro llamado tendido en el suelo. Resoplaba y parpadeaba con tristeza. Las venas de su vientre y una de sus patas estaban hinchadas.
    </p><p class="article-text">
        Hac&iacute;a dos noches, un intruso hab&iacute;a saltado la valla del racho de Chris y hab&iacute;a perseguido al caballo. El vaquero desconoc&iacute;a el motivo, pero no era la primera vez que los drogadictos de la zona robaban medicaci&oacute;n equina. Duke debi&oacute; entrar en p&aacute;nico y eso le provoc&oacute; una de las lesiones m&aacute;s complicadas para su especie: la rotaci&oacute;n de hueso. Cuando los caballos se estresan, sus tobillos pueden hincharse y el hueso llega a girarse, provoc&aacute;ndoles una grave lesi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Duke no era cualquier caballo y Chris no era cualquier <em>cowboy.</em> A los 10 a&ntilde;os, Chris ya hab&iacute;a montado su primer toro. Tambi&eacute;n hab&iacute;a sido <em>cowboy</em> profesional y payaso de rodeos. Era experto en <em>break a horse</em>, como se conocen las primeras maniobras de acercamiento para domar un caballo. El hombre calcul&oacute; que unos 300 corceles habr&iacute;an pasado por sus manos a lo largo de su vida, pero Duke era &uacute;nico para &eacute;l, lo fue desde el primer momento.
    </p><p class="article-text">
        El caballo naci&oacute; en el mismo establo que ahora le ve&iacute;a agonizar. Tras deshacerse de la placenta, el potro avanz&oacute; torpemente hacia Chris, que estaba de cuclillas observando el parto. Duke empez&oacute; a darle cabezazos en una pierna, dejando a su madre atr&aacute;s. Asombrado, Chris se sent&oacute; en el suelo y el caballo pos&oacute; su cabeza sobre &eacute;l. Esto no solo era inaudito en un caballo reci&eacute;n nacido; Duke, adem&aacute;s, era un semental de <em>stout,</em> una raza rebelde que hab&iacute;a acompa&ntilde;ado a los nativos americanos durante siglos.
    </p><p class="article-text">
        Con la palma abierta sobre su cuello, y delante del fotoperiodista, Chris empez&oacute; a llorar. Duke era su mejor amigo y tendr&iacute;a que sacrificarle. Tendr&iacute;a que llevarlo a un lugar bonito, dispararle un tiro entre los ojos y enterrarle all&iacute; mismo. Lo har&iacute;a con sus propias manos. Si la radiograf&iacute;a confirmaba su temor, tendr&iacute;a que matar a su mejor amigo, repet&iacute;a. Duke no pod&iacute;a ser un caballo lisiado y &eacute;l no se fiaba de los veterinarios. Guillem podr&iacute;a acompa&ntilde;arle a la cl&iacute;nica y podr&iacute;a estar presente en el momento del disparo.
    </p><p class="article-text">
        En cuatro d&iacute;as, el fotoperiodista tendr&iacute;a la oportunidad de documentar un arco narrativo perfecto. Una relaci&oacute;n de amor entre un humano y su caballo, un cl&iacute;max de tensi&oacute;n y un desenlace fatal pero hermoso, sumamente po&eacute;tico. Cuando expuso su tema a los editores de National Geographic, estos se quedaron boquiabiertos. Le dijeron que si lo hac&iacute;a bien, el reportaje perdurar&iacute;a para siempre. Guillem a&uacute;n no hab&iacute;a empezado a hacer fotos y la historia ya estaba viva, ya emocionaba a aquellos que la conoc&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Ser capaz de transmitir tantos sentimientos era un reto, pero tendr&iacute;a que enfrentarse a un riesgo mayor: &iquest;qu&eacute; ocurrir&iacute;a si el diagn&oacute;stico de Duke era favorable?
    </p><p class="article-text">
        Guillem empez&oacute; a acompa&ntilde;ar a Chris a todos lados. A buscar arena con el tractor para esparcirla en el establo, a la gasolinera, a por calmantes, a su casa llena de trofeos y herraduras, al restaurante chino y a su garaje, donde una pegatina rezaba <em>Beware redneck.</em> Supo que Chris fumaba cigarros y tambi&eacute;n mascaba tabaco, que se enorgullec&iacute;a de ser un hombre de campo, que para &eacute;l eso significaba ser autosuficiente y no depender de ayuda del estado. Como mucho, dijo, ped&iacute;a ayuda a sus vecinos. Chris viv&iacute;a con su mujer Tami y su madre, enferma de Alzheimer. Al ver a Guillem, la se&ntilde;ora dijo: &ldquo;&iquest;Qui&eacute;n es ese hombre tan apuesto?&rdquo;. Pero el fotoperiodista se sent&iacute;a inc&oacute;modo, a mascar un dilema.
    </p><p class="article-text">
        Sab&iacute;a que su reportaje depend&iacute;a del sacrificio de Duke. Incluso hab&iacute;a visualizado la fotograf&iacute;a del disparo, y la del entierro. Si el caballo viv&iacute;a, su historia mor&iacute;a. Apenas le quedaban tres d&iacute;as en Missouri: eso no le proporcionaba el tiempo necesario para hacer de su recuperaci&oacute;n un relato interesante, ni para documentar la profunda relaci&oacute;n con Chris.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Qu&eacute; deseas?&rdquo;, se preguntaba. &ldquo;&iquest;Soy tan c&iacute;nico como para preferir que se muera?&rdquo;, &ldquo;no s&eacute; qu&eacute; sentir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Por las noches se debat&iacute;a. Por un lado, ten&iacute;a la oportunidad de acompa&ntilde;ar al vaquero en uno de los trances m&aacute;s dif&iacute;ciles de su vida. Hab&iacute;a conocido a Chris y &eacute;l estaba conforme, incluso le enorgullec&iacute;a que Guillem pudiera retratar los &uacute;ltimos momentos de Duke. Pero al mismo tiempo, era cruel desear que el <em>cowboy</em> perdiera a su mejor amigo. Duke era un animal hermoso y merec&iacute;a volver a correr.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a del diagn&oacute;stico, Chris estaba aterrorizado. Llor&oacute; tras sus gafas de sol, escondido en el remolque donde hab&iacute;a transportado a Duke. Cuando entr&oacute; a la consulta con los pu&ntilde;os cerrados, el veterinario dijo que se recuperar&iacute;a. Chris solt&oacute; aire y empez&oacute; a re&iacute;r.
    </p><p class="article-text">
        Los d&iacute;as siguientes, Guillem sigui&oacute; acompa&ntilde;&aacute;ndoles. Duke reposaba en el establo y Chris, aliviado, volv&iacute;a a sus quehaceres. Su historia hab&iacute;a fracasado y hab&iacute;a perdido una oportunidad. Los editores le dec&iacute;an que no era su culpa y que hab&iacute;a hecho lo que estaba en su mano, pero le escoc&iacute;a, a&uacute;n le escuece.
    </p><p class="article-text">
        El &uacute;ltimo d&iacute;a del taller se celebr&oacute; una gran exposici&oacute;n en un pabell&oacute;n de deportes. Chris vino con su gorra entre las manos, Tami le acompa&ntilde;aba. De pronto, los asistentes identificaron al <em>cowboy</em> y empezaron a preguntarle por la salud de Duke. Chris los atend&iacute;a hinchado de ilusi&oacute;n, contaba la historia se&ntilde;alando una tras otra las fotograf&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Dos meses despu&eacute;s de su vuelta a Espa&ntilde;a, Guillem recibi&oacute; un correo de Tami. Hab&iacute;an sacrificado a Duke ese mismo d&iacute;a. Le agradec&iacute;an las fotos que les hab&iacute;a mandado, y que hubiera estado con ellos durante aquella semana en Cuba.
    </p><p class="article-text">
        En ese momento Guillem se sinti&oacute; devastado, mucho m&aacute;s triste que cuando asumi&oacute; que la beca en Estados Unidos no iba a dar frutos. Oy&oacute; el <em>bang</em> en su cabeza y se estremeci&oacute;, se pregunt&oacute; qu&eacute; hubiera sentido al fotografiar ese sonido, al ver la cara de Chris. Puede que este fotoperiodista no sepa a&uacute;n que su dilema no fue inhumano, sino todo lo contrario, que la realidad es repentina como un caballo a la sombra de un establo. Y que un reportaje fracasado tambi&eacute;n puede ser una gran historia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/caballo-vive-historia-muere_129_3541033.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 06 Mar 2017 19:43:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Caballos,Fotoperiodismo,Periodismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["Nuestro fútbol es un poco más lento, pero igual de emocionante"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/seleccion-espanola-ciegos-paralimpicos-rio_1_3856586.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e1882b8b-aab1-4bc7-bdee-209a60e9da8a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Jugadores de Alicante en el descanso de un partido, durante la final de la Copa de España / Alberto Barba"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La selección española de fútbol para ciegos irá por sorpresa a los Juegos Paralímpicos de Río tras la expulsión de Rusia por el escándalo del dopaje</p><p class="subtitle">"Por suerte los chicos han llegado en buena forma de la playa. No teníamos ninguna esperanza y ahora estamos con una inyección de adrenalina brutal", cuenta el entrenador</p><p class="subtitle">"Es impresionante cuando ves por primera vez la superación del ser humano", cuenta Pedro, que lleva desde 2008 como guardameta –el único que ve– en equipos de ciegos</p></div><p class="article-text">
        Imagina que est&aacute;s de vacaciones en la playa y te dicen que venga, arriba, que te vas a los Juegos Ol&iacute;mpicos. Eso es lo que le ha sucedido a la selecci&oacute;n espa&ntilde;ola de f&uacute;tbol para ciegos. Hace poco m&aacute;s de una semana, el Comit&eacute; Paral&iacute;mpico Espa&ntilde;ol se puso en contacto con el equipo t&eacute;cnico para confirmarles la noticia: &ldquo;<a href="http://www.eldiario.es/sociedad/constata-Rusia-orquesto-sistema-deportistas_0_538596718.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">A ra&iacute;z del informe McLaren sobre dopaje</a>, los rusos hab&iacute;an ca&iacute;do y &eacute;ramos los siguientes. Nos vamos a R&iacute;o&rdquo;, cuenta el portero de la formaci&oacute;n, Pedro Guti&eacute;rrez.
    </p><p class="article-text">
        Desde hace algunos d&iacute;as la selecci&oacute;n est&aacute;n concentrada en Madrid, con todas las acepciones que del verbo &ldquo;concentrar&rdquo;, pues ni siquiera el entrenador pod&iacute;a prever que les convocaran para el mayor acontecimiento deportivo del mundo. Jos&eacute; Carratal&aacute;, que dirige el equipo de ciegos totales, admite que la sorpresa ha sido may&uacute;scula: &ldquo;Por suerte los chicos han llegado en buena forma de la playa. No ten&iacute;amos ninguna esperanza y ahora estamos con una inyecci&oacute;n de adrenalina brutal&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Todos estaban relajados desde agosto del a&ntilde;o pasado, cuando perdieron la oportunidad de clasificarse para los Juegos Paral&iacute;mpicos durante un torneo europeo. Fue tras un empate a cero contra Turqu&iacute;a, en la fase de penaltis. Les metieron el primer gol de toda la competici&oacute;n y sin embargo eso los dej&oacute; fuera, ya que solo hab&iacute;a dos plazas para R&iacute;o: &ldquo;No clasificarnos fue el mayor fracaso deportivo de mi vida. Ahora de la nada nos lo dan todo. Vamos a comernos a quienes se nos ponga delante&rdquo;, asegura el portero, Pedro.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        La selecci&oacute;n espa&ntilde;ola debutar&aacute; el pr&oacute;ximo 9 de septiembre contra China, uno de los equipos m&aacute;s fuertes. Seg&uacute;n Carratal&aacute;, el mayor rival al que podr&iacute;an llegar a enfrentarse es el flamante conjunto anfitri&oacute;n: &ldquo;Desde que el f&uacute;tbol para ciegos es deporte paral&iacute;mpico, Brasil ha ganado todas las paralimpiadas y los mundiales&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En el ranking del entrenador, le sigue Argentina, luego China y Espa&ntilde;a, igualados. Puede que Espa&ntilde;a vaya a R&iacute;o por una carambola, pero eso no significa que no tengan opciones de medalla: &ldquo;Es un regalo, pero nos lo merecemos&rdquo;, advierte Pedro, el portero.
    </p><h3 class="article-text">Ver para creer</h3><p class="article-text">
        Con el f&uacute;tbol para ciegos ocurre algo curioso y parad&oacute;jico: hasta que uno ve un partido no imagina lo que los jugadores son capaces de hacer. Ellos lo cuentan con toda naturalidad, est&aacute;n acostumbrados a que la gente se sorprenda de c&oacute;mo se pasan el bal&oacute;n con los ojos cubiertos, c&oacute;mo hilan jugadas y chutan ca&ntilde;onazos a puerta. En esta modalidad de f&uacute;tbol para invidentes los porteros s&iacute; ven, por eso ya es costumbre que despu&eacute;s de los goles, vengan las bromas. &ldquo;Es impresionante cuando ves por primera vez la superaci&oacute;n del ser humano. Te lo pueden contar, pero no te lo imaginas&rdquo;, cuenta Pedro, que lleva desde 2008 como guardameta en equipos de ciegos.
    </p><p class="article-text">
        Adolfo Acosta, conocido como Fito, es uno de los veteranos de la selecci&oacute;n espa&ntilde;ola. Juega al f&uacute;tbol desde los quince a&ntilde;os. Como casi la totalidad de sus compa&ntilde;eros, actualmente trabaja vendiendo cupones. &ldquo;Nuestro f&uacute;tbol es un poco m&aacute;s lento, pero igual de emocionante&rdquo;, dice. Para Fito, los juegos paral&iacute;mpicos suponen otra dimensi&oacute;n en cuanto a experiencia deportiva: &ldquo;Por los recursos, por la repercusi&oacute;n, sobre todo por el p&uacute;blico&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a hay una decena de equipos de f&uacute;tbol integrados por jugadores invidentes. Los partidos de liga, que se celebran cada quince d&iacute;as, transcurren en silencio, por motivos t&eacute;cnicos pero tambi&eacute;n por falta de p&uacute;blico. Los motivos t&eacute;cnicos tienen que ver con las indicaciones del gu&iacute;a, una figura distintiva de esta modalidad. El gu&iacute;a, que tampoco tiene discapacidad, se coloca detr&aacute;s de la porter&iacute;a contraria. Cuando el bal&oacute;n entra en ese tercio del campo y se aproxima a la meta, tanto el gu&iacute;a como el portero rival pueden empezar a hablar a sus respectivos defensas y atacantes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La selecci&oacute;n espa&ntilde;ola de f&uacute;tbol para ciegos se concentra una vez al mes. Los jugadores, rivales en la liga, son m&aacute;s que compa&ntilde;eros y el entrenador &mdash;que tambi&eacute;n est&aacute; al frente del equipo de Alicante&mdash;, es m&aacute;s que un m&iacute;ster: &ldquo;Desde el punto de vista deportivo hay pocas diferencias con la selecci&oacute;n profesional. Levantarte, desayunar, entreno, sesi&oacute;n de gimnasio, fisio, m&eacute;dico. A nivel de clubes, tengo que pasar a buscar a los jugadores a sus casas, dejarles despu&eacute;s. Es un trato mucho m&aacute;s familiar y cercano, explica Carratal&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        A pesar del esfuerzo de los deportistas con los tres entrenos semanales, los partidos de liga y las citas con la selecci&oacute;n, el f&uacute;tbol no les permite dejar de trabajar. La beca del Consejo Superior de Deportes supone una peque&ntilde;a ayuda mensual en la cuenta de cada uno, pero var&iacute;a en funci&oacute;n de los &eacute;xitos y pueden llegar a perderla.
    </p><p class="article-text">
        Precisamente, la selecci&oacute;n espa&ntilde;ola de f&uacute;tbol para ciegos perdi&oacute; la beca el a&ntilde;o pasado, al no clasificarse para R&iacute;o. Un a&ntilde;o despu&eacute;s, toca recuperarla en este giro de gui&oacute;n. As&iacute; lo ve Carratal&aacute;. &ldquo;Los veteranos pensaban que no iban a poder volver a unas olimpiadas, y los j&oacute;venes nunca han vivido algo as&iacute;. La experiencia de los unos y las ganas de los otros nos hacen ser optimistas, aunque esto haya venido de sopet&oacute;n&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alba Muñoz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/seleccion-espanola-ciegos-paralimpicos-rio_1_3856586.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 30 Aug 2016 18:42:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA["Nuestro fútbol es un poco más lento, pero igual de emocionante"]]></media:title>
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