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    <title><![CDATA[elDiario.es - Manuel Delgado]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/manuel_delgado/]]></link>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Ciudadanismo: el fetichismo del espacio público]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/politica/ciudadanismo-fetichismo-espacio-publico_1_3824196.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/46c2fd06-7f55-4a72-a1cb-bcf2848972ac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ciudadanismo: el fetichismo del espacio público"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Puedes leer ya un fragmento del primer capítulo de 'Ciudadanismo' (editorial Catarata) de Manuel Delgado que sale a la venta a esta semana</p></div><p class="article-text">
        Algo deber&iacute;a llamarnos la atenci&oacute;n en lo que fueron las grandes movilizaciones que, en diferentes pa&iacute;ses en la primera mitad de la d&eacute;cada de 2010, consistieron en la ocupaci&oacute;n prolongada de lugares emblem&aacute;ticos de centros urbanos: el papel de sujeto pol&iacute;tico que asumieron las propias ubicaciones f&iacute;sicas de los asentamientos de protesta. Los campamentos levantados por los indignados y otros movimientos an&aacute;logos se ganaron el papel de aut&eacute;nticas entidades pol&iacute;ticas independientes, con vocaci&oacute;n incluso constituyente y que pod&iacute;an desarrollar funciones interlocutoras a trav&eacute;s del sistema asambleario de que se dotaban. La plaza Tahrir en El Cairo, la Puerta del Sol en Madrid, la plaza Habima de Tel Aviv, la plaza Taksim en Estambul, Zuccotti Park en Chicago o Causeway Bay en Hong Kong no eran meros recept&aacute;culos o contenedores de una contestaci&oacute;n social, sino entidades s&uacute;bitamente vivificadas, que convert&iacute;an a sus ocupantes en instrumentos al servicio de una indignaci&oacute;n que ya no era de los ciudadanos, sino de la ciudad misma, como si no fueran los manifestantes&nbsp;quienes emplearan las plazas para expresarse, sino los escenarios de la protesta, aquellas plazas, las que encontraran en los cuerpos y voces de los acampados un veh&iacute;culo a trav&eacute;s del cual hacerse presentes como actores del drama pol&iacute;tico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta emancipaci&oacute;n de las plazas, que las hac&iacute;a pasar de meros marcos de la acci&oacute;n colectiva a sujetos de la vida pol&iacute;tica, es indesligable del idealismo del espacio p&uacute;blico que conlleva el desarrollo de lo que se ha dado en llamar postpol&iacute;tica, con su proyecto de superaci&oacute;n de la lucha de clases y de abandono de las divisiones ideol&oacute;gicas cl&aacute;sicas en funci&oacute;n de nuevos lenguajes y nuevos paradigmas. Uno de los ejes de esa revisi&oacute;n doctrinal de los debates p&uacute;blicos es el ciudadanismo, que en el fondo, m&aacute;s all&aacute; de su aspecto novedoso, no deja de ser una nueva expresi&oacute;n del viejo republicanismo, restaurado por Philip Pettit (1999) o Chantal Mouffe (2013 [1999]; 2007), para el que el espacio p&uacute;blico no ser&iacute;a otra cosa que la espacializaci&oacute;n f&iacute;sica de uno de sus derivados conceptuales: la llamada sociedad civil&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ideolog&iacute;a ciudadanista es objeto de diversas interpretaciones, algunas de las cuales aparecer&iacute;an en la base de movimientos y movilizaciones hipercr&iacute;ticas, puesto que bien podr&iacute;a decirse que ha acabado incorpor&aacute;ndose al instrumental te&oacute;rico de los restos de la izquierda hist&oacute;rica e incluso de los sectores radicales que los medios oficiales han etiquetado como &ldquo;antisistema&rdquo; (Dom&iacute;nguez, 2010). Pero tambi&eacute;n el ciudadanismo est&aacute; siendo la doctrina oficial en que se sustentan pol&iacute;ticas tanto socialdem&oacute;cratas como conservadoras que hacen el elogio del tercer sector, la labor de las ONG o las virtudes de una definici&oacute;n bien particular del capital social. Esas dos lecturas en que se podr&iacute;a esquematizar hoy el uso del ciudadanismo como ideolog&iacute;a de referencia se corresponden con las dos&nbsp;versiones que Mary Kaldor (2005: 21-24) reconoc&iacute;a de la noci&oacute;n de &ldquo;sociedad civil&rdquo;: la neoliberal y la militante, aplicada esta &uacute;ltima a las corrientes postmarxistas que apuestan por un aumento de la participaci&oacute;n y la autogesti&oacute;n y que reclaman una continua activaci&oacute;n de la ciudadan&iacute;a al margen de la pol&iacute;tica formal y en orden a constituirse en fuente permanentemente de fiscalizaci&oacute;n y cr&iacute;tica de los poderes gubernamentales y econ&oacute;micos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La expresi&oacute;n actual de este ciudadanismo militante la conforman sin duda las grandes movilizaciones que se conocieron a lo largo y ancho del planeta, y cuyo paradigma ser&iacute;a acaso el de los indignados espa&ntilde;oles del 15-M en 2011. No solo como indicativo de una reacci&oacute;n masiva y airada ante unas circunstancias sociales cada vez m&aacute;s inaceptables, sino por lo que ha implicado de recuperaci&oacute;n de la calle como escenario para las luchas civiles y de incorporaci&oacute;n o reincorporaci&oacute;n de miles de personas a la discusi&oacute;n y la acci&oacute;n pol&iacute;ticas. Ahora bien, esa valoraci&oacute;n de la respuesta popular ante los abusos del poder pol&iacute;tico y econ&oacute;mico no debe ser incompatible con una consideraci&oacute;n ponderada de la naturaleza de este tipo de movimientos, que se centran en la vindicaci&oacute;n de una agudizaci&oacute;n de los valores abstractos de la democracia, es decir, en la potenciaci&oacute;n de una imaginaria ec&uacute;mene igualitaria basada en el individuo aut&oacute;nomo, responsable y racional, agente libre y consciente de su capacidad para propiciar todo tipo de cambios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa especie de democraticismo radical se funda en una coordinaci&oacute;n dialogada y dialogante de estrategias de cooperaci&oacute;n, de afinidad o de conflicto, que se articulan en el transcurso mismo de su devenir y que llevan a cabo siempre personas individuales que ejercitan de forma racional su capacidad y su derecho a pronunciarse y actuar en relaci&oacute;n con asuntos que conciernen a todos. Y ello en un escenario &mdash;el espacio p&uacute;blico como marco al mismo tiempo abstracto y concreto&mdash; en el que la pluralidad de presencias e intereses se somete a normas de actuaci&oacute;n pertinentes, racionales y justificables, cuya generaci&oacute;n y mantenimiento no dependen de normas jur&iacute;dicas, sino de la autoorganizaci&oacute;n de pareceres e iniciativas. En ese sistema autogestionado de discusi&oacute;n y acci&oacute;n &mdash;del que las asambleas en las plazas p&uacute;blicas ser&iacute;an dramatizaci&oacute;n&mdash; el individuo alcanza no solo su m&aacute;ximo nivel de institucionalizaci&oacute;n pol&iacute;tica, sino tambi&eacute;n su altura definitiva de su &ldquo;eminente dignidad moral&rdquo;, por plantearlo como hac&iacute;a Louis Rougier (1935: 41-44) al reconocer las ra&iacute;ces de lo que llamaba la &ldquo;m&iacute;stica democr&aacute;tica&rdquo;, aquella de la que depend&iacute;a la resoluci&oacute;n del problema de la obediencia libremente consentida. En efecto, el individuo asambleario, por llamar de alg&uacute;n modo al personaje central de los nuevos movimientos sociales, conduce al individuo a su grado superior de reconocimiento, como n&uacute;cleo indivisible de una vida civil entendida como vida de y entre conciudadanos que generan y controlan cooperativamente esferas en las que queda aparcada cualquier g&eacute;nesis hist&oacute;rica o cualquier constre&ntilde;imiento socioestructural, una especie de limbo de coincidencia cuyos habitantes llegan a acuerdos acerca de qu&eacute; hacer y qu&eacute; decir en y ante cada situaci&oacute;n. Esa tierra de nadie donde reina la comunicaci&oacute;n pura funciona como si los dispositivos de producci&oacute;n, intercambio o distribuci&oacute;n hubieran quedado al margen y como si sectores sociales en conflicto hubieran decido pactar una especie de tregua indefinida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tenemos entonces que al espacio p&uacute;blico se le atribuye la misi&oacute;n de realizar espacialmente las verdades de la democracia como instrumento de mediaci&oacute;n entre lo pol&iacute;tico y lo social y de control de las personas sobre los poderes que administran en su nombre la vida en com&uacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Delgado]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 26 Sep 2016 18:30:39 +0000]]></pubDate>
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