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    <title><![CDATA[elDiario.es - José Miguel González Hernández]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jose_miguel_gonzalez_hernandez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - José Miguel González Hernández]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[La guitarra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/guitarra_132_13114294.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0e36cae8-4363-4793-87cd-75174a80719a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La guitarra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La cuestión no se limita a cómo aumentar los ingresos nominales sino a qué mecanismos permiten preservar o incluso mejorar la capacidad adquisitiva efectiva de los ciudadanos

</p></div><p class="article-text">
        No se puede afinar una guitarra actuando &uacute;nicamente sobre una de sus cuerdas. Aunque el ajuste puntual de un elemento pueda producir una mejora aparente, el resultado global seguir&aacute; siendo disonante si el resto del instrumento permanece descompensado. Esta idea resulta especialmente ilustrativa cuando se traslada al &aacute;mbito econ&oacute;mico en contextos de inflaci&oacute;n creciente, de forma que, intervenir de forma aislada sobre un &uacute;nico impuesto puede no generar el resultado deseable si el conjunto del sistema fiscal mantiene desequilibrios que terminan neutralizando o diluyendo el efecto buscado. La econom&iacute;a es un sistema interdependiente en el que m&uacute;ltiples factores interact&uacute;an de forma simult&aacute;nea, por lo que preservar el equilibrio exige actuar de manera coordinada sobre distintos mecanismos que inciden en la renta real de la ciudadan&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En un escenario econ&oacute;mico caracterizado por una inflaci&oacute;n persistente el an&aacute;lisis de la renta disponible de los hogares adquiere una relevancia central. El incremento sostenido de los precios no solo afecta a las decisiones de consumo, sino que tambi&eacute;n altera la estructura real de los ingresos generando tensiones tanto a nivel microecon&oacute;mico como macroecon&oacute;mico. En este contexto la cuesti&oacute;n no se limita a c&oacute;mo aumentar los ingresos nominales sino a qu&eacute; mecanismos permiten preservar o incluso mejorar la capacidad adquisitiva efectiva de los ciudadanos.
    </p><p class="article-text">
        La inflaci&oacute;n, al erosionar el valor del dinero, introduce un desajuste entre ingresos y costes de vida. Este fen&oacute;meno se intensifica cuando los sistemas econ&oacute;micos no se ajustan con la suficiente rapidez provocando que amplias capas de la poblaci&oacute;n experimenten una p&eacute;rdida progresiva de bienestar. En particular los hogares con menor margen financiero son los m&aacute;s vulnerables dado que destinan una proporci&oacute;n m&aacute;s elevada de su renta a bienes esenciales cuyos precios tienden a ser m&aacute;s r&iacute;gidos al alza.
    </p><p class="article-text">
        Tradicionalmente el debate sobre c&oacute;mo compensar esta p&eacute;rdida de poder adquisitivo ha girado en torno a los salarios. Sin embargo, esta aproximaci&oacute;n aun siendo relevante no agota todas las posibilidades, independientemente de aportar mayor vulnerabilidad a la estructura competitiva de las Islas si se crece en coste laboral sin contraprestaci&oacute;n por parte de la productividad. Por ello, existen otras palancas de pol&iacute;tica econ&oacute;mica que sin modificar directamente los ingresos brutos inciden de manera significativa en la renta disponible. Entre ellas el dise&ntilde;o del sistema fiscal ocupa un lugar especialmente relevante.
    </p><p class="article-text">
        El sistema impositivo no solo cumple una funci&oacute;n recaudatoria, sino que tambi&eacute;n act&uacute;a como un mecanismo de redistribuci&oacute;n y de estabilizaci&oacute;n econ&oacute;mica. En contextos inflacionarios su configuraci&oacute;n puede amplificar o mitigar los efectos de la subida de precios sobre los hogares. Cuando la carga fiscal se mantiene constante en t&eacute;rminos nominales pero los precios aumentan el resultado es una reducci&oacute;n impl&iacute;cita de la renta real. Este efecto se ve agravado si no se introducen ajustes en los tramos impositivos o en los m&iacute;nimos exentos dando lugar a una mayor presi&oacute;n fiscal efectiva sin un incremento equivalente en la capacidad econ&oacute;mica real. Es en este punto donde la relaci&oacute;n entre presi&oacute;n fiscal y renta disponible cobra especial importancia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por ello este tipo de medidas requiere un enfoque selectivo y estrat&eacute;gico. No se trata de reducir la presi&oacute;n fiscal de manera indiscriminada sino de identificar aquellos &aacute;mbitos en los que su ajuste puede generar un mayor retorno en t&eacute;rminos de bienestar y actividad econ&oacute;mica. Adem&aacute;s, en econom&iacute;as con condicionantes espec&iacute;ficos como las regiones insulares esta discusi&oacute;n adquiere una dimensi&oacute;n adicional. La mayor exposici&oacute;n a costes externos, la dependencia de determinados sectores y las limitaciones estructurales pueden amplificar el impacto de la inflaci&oacute;n. En estos casos la pol&iacute;tica fiscal no solo act&uacute;a como instrumento redistributivo sino tambi&eacute;n como mecanismo de compensaci&oacute;n territorial contribuyendo a equilibrar las condiciones econ&oacute;micas respecto a otros entornos. Es decir, solo se pide ser iguales a la media. Solo eso.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/guitarra_132_13114294.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Apr 2026 09:49:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La guitarra]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Incertidumbre + miedo = precio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/incertidumbre-miedo-precio_132_13059345.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0f226e26-236d-4a97-8fcd-b47f581342af_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Incertidumbre + miedo = precio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada conflicto es también una alteración profunda de los precios, de las expectativas y de las oportunidades, de forma que allí donde el orden económico se rompe aparece la especulación</p></div><p class="article-text">
        Aclarando de antemano que la especulaci&oacute;n no siempre debe tener una connotaci&oacute;n negativa, donde incluso es una actividad perfectamente l&iacute;cita dentro del funcionamiento normal de los mercados, lo &uacute;nico que hace es anticipar cambios futuros en los precios y asumir un riesgo econ&oacute;mico basado en esa expectativa. En este sentido, cumple una funci&oacute;n econ&oacute;mica relevante, dado que contribuye a revelar informaci&oacute;n sobre expectativas, aporta liquidez a los mercados y facilita que los bienes se trasladen en el tiempo, desde momentos de abundancia hacia periodos en los que pueden volverse m&aacute;s escasos. Ahora bien, la l&iacute;nea que separa esta especulaci&oacute;n leg&iacute;tima de pr&aacute;cticas abusivas no reside tanto en la anticipaci&oacute;n del precio como en el uso de informaci&oacute;n privilegiada, la manipulaci&oacute;n del mercado o el acaparamiento destinado a provocar artificialmente la escasez.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, las guerras se cuentan con mapas, fechas y batallas. Pero tambi&eacute;n con silencios. Entre esos silencios habita una historia menos visible, la de los mercados que se agitan mientras los drones y misiles hablan. Cada conflicto es tambi&eacute;n una alteraci&oacute;n profunda de los precios, de las expectativas y de las oportunidades, de forma que all&iacute; donde el orden econ&oacute;mico se rompe aparece la especulaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que no es un fen&oacute;meno nuevo. De hecho, la guerra y la especulaci&oacute;n han crecido juntas a lo largo de la historia. Cuando un conflicto comienza, el tiempo econ&oacute;mico se acelera. Los bienes escasean, las rutas comerciales se fragmentan, las monedas cambian de cotizaci&oacute;n y las regiones, para evitar la falta de provisiones, compran a cualquier precio. En ese contexto, el mercado deja de ser un espacio previsible y se convierte en un territorio de apuestas donde el p&aacute;nico eleva los precios con m&aacute;s rapidez que cualquier reforma econ&oacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        En ese espacio gris prospera el c&aacute;lculo fr&iacute;o. La especulaci&oacute;n no necesita disparar. Le basta con prever la trayectoria de los acontecimientos. Si una flota queda bloqueada en un estrecho estrat&eacute;gico, el precio del petr&oacute;leo subir&aacute;. Si un pa&iacute;s productor de cereales entra en guerra, el trigo se volver&aacute; escaso. Si una potencia anuncia sanciones econ&oacute;micas, ciertas materias primas se convertir&aacute;n en refugios financieros. As&iacute;, la guerra introduce en la econom&iacute;a una dimensi&oacute;n narrativa. Los mercados no reaccionan solo a hechos consumados, sino a historias posibles donde cada rumor se transforma en una se&ntilde;al que alguien intentar&aacute; interpretar antes que los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Pero la especulaci&oacute;n en tiempos de guerra no es &uacute;nicamente un fen&oacute;meno financiero. Tiene tambi&eacute;n una dimensi&oacute;n moral que las sociedades discuten con intensidad. Mientras algunos ven en ella una forma leg&iacute;tima de anticipaci&oacute;n econ&oacute;mica, otros la perciben como una explotaci&oacute;n del sufrimiento colectivo. Por eso los diferentes niveles de la administraci&oacute;n p&uacute;blica intentan disciplinar los mercados.
    </p><p class="article-text">
        En cierto modo, la especulaci&oacute;n es una reacci&oacute;n casi inevitable ante la incertidumbre donde se destruyen expectativas y se sustituyen por preguntas abiertas. &iquest;Cu&aacute;nto durar&aacute; el conflicto? &iquest;Qu&eacute; rutas comerciales se cerrar&aacute;n? &iquest;Qu&eacute; recursos se volver&aacute;n estrat&eacute;gicos?
    </p><p class="article-text">
        Cada una de esas preguntas es una oportunidad para quien est&eacute; dispuesto a arriesgar capital en medio del desorden. En el siglo XXI, la especulaci&oacute;n en tiempos de guerra ha adoptado formas m&aacute;s sofisticadas. Los mercados financieros globales reaccionan en segundos a cada movimiento geopol&iacute;tico. Los futuros del petr&oacute;leo o del gas pueden subir o bajar violentamente. Las bolsas de valores se convierten en sensores nerviosos de la pol&iacute;tica internacional. La incertidumbre se mezcla con el miedo y se convierte en precio tratando de adivinar el pr&oacute;ximo movimiento del mundo. Y nosotros, como pasmarotes, esperando.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/incertidumbre-miedo-precio_132_13059345.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 Mar 2026 12:56:11 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Imperialismo o diplomacia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/imperialismo-diplomacia_132_13038825.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d78084f5-70d1-4c49-bcdc-bc6ca474950f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Imperialismo o diplomacia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El miedo encoge economías. La estrategia las protege. La pregunta, entonces, no es si hay que tener miedo. Es si estamos dispuestos a prepararnos para no tenerlo</p></div><p class="article-text">
        Cada cierto tiempo, la pol&iacute;tica internacional vuelve a recordarnos que el comercio nunca ha sido solo econom&iacute;a. Tambi&eacute;n es poder. Las reiteradas advertencias lanzadas desde el otro lado del Atl&aacute;ntico, bajo la correspondiente ret&oacute;rica proteccionista o bajo la pretensi&oacute;n de actuar como guardi&aacute;n de las democracias internacionales, tanto sobre posibles aranceles como sobre las actuales restricciones comerciales hacia Espa&ntilde;a, han abierto el debate centrado en si debemos reaccionar con temor ante una amenaza econ&oacute;mica o responder con firmeza estrat&eacute;gica, sabiendo que, digas lo que digas, vas a tener defensores y detractores, dejando de lado la diplomacia al apostar por el imperialismo.
    </p><p class="article-text">
        Es comprensible que la tentaci&oacute;n inicial sea el miedo. Cuando se habla de cortar relaciones comerciales, bloquear exportaciones o limitar suministros energ&eacute;ticos, el imaginario colectivo se llena de cifras rojas, f&aacute;bricas paradas y empleos en riesgo. Espa&ntilde;a mantiene intercambios relevantes con el mercado estadounidense, especialmente en energ&iacute;a, bienes de equipo, qu&iacute;mica o agroalimentaci&oacute;n. Adem&aacute;s, casi una tercera parte de la inversi&oacute;n extranjera directa procede de capital norteamericano. No son magnitudes despreciables. Pero el miedo, en econom&iacute;a, suele ser peor consejero que el riesgo real.
    </p><p class="article-text">
        Si se observan los datos con frialdad, el impacto directo ser&iacute;a m&aacute;s limitado de lo que sugiere el ruido pol&iacute;tico. Espa&ntilde;a comercia principalmente dentro de la Uni&oacute;n Europea, que act&uacute;a como bloque y amortiguador. No se negocia en solitario. Las represalias arancelarias no ser&iacute;an bilaterales, sino comunitarias. Y eso cambia por completo la relaci&oacute;n de fuerzas, porque la dependencia es mutua, dado que los estadounidenses tambi&eacute;n venden miles de millones en energ&iacute;a, tecnolog&iacute;a y equipamiento al mercado europeo. Por eso, el verdadero riesgo no est&aacute; en el golpe directo, sino en la incertidumbre.
    </p><p class="article-text">
        El contraste se aprecia a&uacute;n mejor cuando bajamos al terreno regional. En Canarias, por ejemplo, el comercio con Estados Unidos es marginal. Las exportaciones apenas suponen una fracci&oacute;n m&iacute;nima del total. Las islas dependen mucho m&aacute;s de Europa y del turismo que del mercado norteamericano. &iquest;Significa eso que estar&iacute;an blindadas? No del todo. Podr&iacute;an sufrir efectos indirectos a trav&eacute;s de una energ&iacute;a m&aacute;s cara, una menor demanda internacional y una menor actividad peninsular, pero no un colapso comercial directo. Y ah&iacute; est&aacute; la clave.
    </p><p class="article-text">
        Cuando las amenazas se sobredimensionan, condicionan decisiones pol&iacute;ticas que no siempre responden al inter&eacute;s propio, sino al temor a represalias. Esa es precisamente la l&oacute;gica del chantaje econ&oacute;mico: no hace falta aplicar el castigo si el otro ya se autocensura. Por eso, la respuesta no deber&iacute;a ser ni la confrontaci&oacute;n impulsiva ni la sumisi&oacute;n preventiva, sino algo m&aacute;s complejo: diversificar mercados, reducir dependencias energ&eacute;ticas, reforzar la autonom&iacute;a industrial y actuar coordinadamente dentro de la UE. Es decir, aunque suene grandilocuente, hay que convertir la vulnerabilidad en estrategia porque, mientras el miedo paraliza, la preparaci&oacute;n fortalece.
    </p><p class="article-text">
        Las relaciones internacionales nunca han sido un terreno de certezas, pero s&iacute; de equilibrios. Y los equilibrios no se mantienen cediendo ante cada amenaza, sino demostrando que el coste de aplicarla ser&iacute;a alto para ambas partes. En la econom&iacute;a global, casi nadie puede aislarse sin pagarlo caro. En este contexto, debemos asumir que las amenazas no se ignoran, pero tampoco se temen. Se analizan, se cuantifican y se enfrentan con pol&iacute;tica econ&oacute;mica, diplomacia y diversificaci&oacute;n. El miedo encoge econom&iacute;as. La estrategia las protege. La pregunta, entonces, no es si hay que tener miedo, sino si estamos dispuestos a prepararnos para no tenerlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/imperialismo-diplomacia_132_13038825.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Mar 2026 09:32:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Imperialismo o diplomacia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mitosis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/mitosis_132_13012066.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c6ac41d3-45bc-4c9d-bb11-7090212d8457_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mitosis"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un organismo necesita millones de divisiones celulares coordinadas para desarrollarse. En política, la mitosis se ha convertido en un deporte de riesgo, puesto que logra dividirse sin crecer</p></div><p class="article-text">
        No suelo hablar de pol&iacute;tica por temor a equivocarme. No obstante, es tal la deriva de los acontecimientos que habr&aacute; que posicionarse. En este sentido, al igual que surgi&oacute; un movimiento social basado en acampadas en el exterior, fruto del hartazgo de la gente por estar expuesta a m&aacute;s promesas incumplidas, en la actualidad, al otro lado, sucede un movimiento id&eacute;ntico, pero con par&aacute;metros diametralmente opuestos, aun siendo la ra&iacute;z la misma: el descontento generalizado.
    </p><p class="article-text">
        Bajo esta premisa, asumamos que la pol&iacute;tica es el arte de unir voluntades. Una definici&oacute;n hermosa, casi po&eacute;tica, digna de una taza. L&aacute;stima que, aplicada a determinadas ideolog&iacute;as, se parezca m&aacute;s a una pr&aacute;ctica avanzada de biolog&iacute;a celular que a una estrategia colectiva. Porque si algo domina en la actualidad no es la s&iacute;ntesis, ni la coalici&oacute;n, ni siquiera el viejo y prosaico &laquo;vamos a ponernos de acuerdo&raquo;. No. Lo que domina es la mitosis.
    </p><p class="article-text">
        La mitosis, para quien no recuerde las clases de Ciencias Naturales, es ese proceso por el cual una c&eacute;lula se divide en dos c&eacute;lulas hijas gen&eacute;ticamente id&eacute;nticas. Es un mecanismo elegante, eficaz y, sobre todo, &uacute;til para crecer. Un organismo necesita millones de divisiones celulares coordinadas para desarrollarse. En pol&iacute;tica, la mitosis se ha convertido en un deporte de riesgo, puesto que logra dividirse sin crecer, multiplicarse sin fortalecerse y reproducirse sin que nadie entienda muy bien para qu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que, al principio, siempre hay armon&iacute;a. Se redacta un programa com&uacute;n, se habla de justicia y de derechos, aparentando una cierta estabilidad. A partir de aqu&iacute;, las distintas corrientes conviven bajo un mismo paraguas. Se prometen lealtad mutua. Se reparten cargos con sonrisas tensas. Es la calma antes del cataclismo. La c&eacute;lula pol&iacute;tica parece saludable. En esta etapa, cualquiera dir&iacute;a que hay madurez organizativa. Incluso se habla de &laquo;unidad hist&oacute;rica&raquo;. Y el votante, ingenuo, piensa: &laquo;Quiz&aacute; esta vez s&iacute;&raquo;. Error.
    </p><p class="article-text">
        En biolog&iacute;a, la profase es cuando los cromosomas empiezan a condensarse. En pol&iacute;tica, es cuando los egos aparecen. Aqu&iacute; surgen los debates trascendentales, donde empiezan los comunicados cruzados y las reinterpretaciones, junto con documentos internos filtrados por accidente. A partir de ese momento, la c&eacute;lula ya no es una c&eacute;lula: es una asamblea permanente en la que cada facci&oacute;n convoca su rueda de prensa para anunciar que no es una ruptura, sino una reconfiguraci&oacute;n del espacio pol&iacute;tico, donde no hay huida, sino evoluci&oacute;n. Es entonces cuando el votante medio empieza a necesitar un diagrama de flujo para saber a qui&eacute;n vota.
    </p><p class="article-text">
        Luego, al igual que en la biolog&iacute;a molecular, los cromosomas se separan. Y los supuestos liderazgos tambi&eacute;n, reconfigurando el espacio hasta denominarse &laquo;Horizonte Transformador&raquo;, &laquo;Ra&iacute;z Com&uacute;n&raquo; o &laquo;Proceso Constituyente 3.0&raquo;, donde cada escisi&oacute;n promete ser la aut&eacute;ntica y las dem&aacute;s, por supuesto, han traicionado al pueblo. A partir de aqu&iacute;, la multiplicaci&oacute;n es admirable, de forma que, si los votos se reprodujeran igual, tendr&iacute;an mayor&iacute;a absoluta perpetua. Pero, curiosamente, los votos no se dividen, sino que se evaporan. Al final, donde hab&iacute;a una organizaci&oacute;n capaz de disputar el poder, ahora hay dos, tres o siete miniaturas ideol&oacute;gicas. Todas muy puras. Todas muy coherentes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ciencia nos dice que dos c&eacute;lulas hijas deber&iacute;an ser funcionales. En pol&iacute;tica, el resultado se parece m&aacute;s a una colonia de amebas discutiendo el reglamento interno. Y, si algo ense&ntilde;a la biolog&iacute;a es que no sobrevive el m&aacute;s puro, sino el m&aacute;s adaptativo. Sin embargo, aqu&iacute; parece que se elige la extinci&oacute;n antes que sobrevivir con contradicciones. La diferencia es que, en pol&iacute;tica, si no ocupas el espacio, lo ocupa otro. Pero, &iquest;y si resulta que el descontento surge porque los movimientos &laquo;tradicionales&raquo; nos han tratado como personas incapaces de comprender que los problemas complejos no se solucionan de forma sencilla? Tal vez, diciendo la verdad, nos habr&iacute;amos evitado este inc&oacute;modo camino. Pero, claro, pol&iacute;tica y verdad, aparentemente, son conceptos irreconciliables.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/mitosis_132_13012066.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Feb 2026 09:05:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Mitosis]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La externalización de la inteligencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/externalizacion-inteligencia_132_12961197.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a37c6799-ba90-4860-8d27-113fdb2dea94_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La externalización de la inteligencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mientras que el imaginario del siglo pasado apostaba por una humanidad de grandes cerebros y cuerpos esbeltos, la tendencia observada en las últimas décadas apunta a que nos estamos convirtiendo en seres obesos con cabezas relativamente pequeñas</p></div><p class="article-text">
        La ciencia ficci&oacute;n de finales del siglo XX pronosticaba que los humanos del futuro desarrollar&iacute;amos cabezas enormes y extremidades delgadas. Esa visi&oacute;n, tan recurrente en novelas y pel&iacute;culas de la &eacute;poca, estaba basada en la idea de que nuestra evoluci&oacute;n ir&iacute;a de la mano del aumento de nuestra capacidad cerebral, donde la tecnolog&iacute;a nos har&iacute;a pensar m&aacute;s, resolver problemas complejos y procesar informaci&oacute;n a niveles que hoy solo podemos imaginar. Se pensaba que, a medida que la sociedad avanzara, nuestras herramientas cognitivas nos obligar&iacute;an a desarrollar un cerebro m&aacute;s grande y eficiente, mientras que el cuerpo, relegado a tareas f&iacute;sicas simples y rutinarias, se volver&iacute;a m&aacute;s ligero, fino, casi fr&aacute;gil. La fantas&iacute;a de la literatura de aquella era, en esencia, una utop&iacute;a intelectual donde la mente humana dominar&iacute;a la realidad, la manipular&iacute;a, la reorganizar&iacute;a, y donde los avances tecnol&oacute;gicos nos obligar&iacute;an a ser seres m&aacute;s inteligentes, m&aacute;s sofisticados y m&aacute;s pensantes.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la realidad del siglo XXI parece moverse en una direcci&oacute;n diametralmente opuesta. Mientras que el imaginario del siglo pasado apostaba por una humanidad de grandes cerebros y cuerpos esbeltos, la tendencia observada en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas apunta a que nos estamos convirtiendo en seres obesos con cabezas relativamente peque&ntilde;as. Este cambio no se debe a mutaciones gen&eacute;ticas r&aacute;pidas ni a factores biol&oacute;gicos inevitables, sino a la transformaci&oacute;n radical de nuestra relaci&oacute;n con el conocimiento y la toma de decisiones donde ya no pensamos tanto, sino que delegamos gran parte de nuestro pensamiento a las m&aacute;quinas. La inteligencia artificial, los algoritmos predictivos, los asistentes virtuales y los motores de b&uacute;squeda han desplazado la necesidad de reflexionar, analizar y memorizar. La informaci&oacute;n est&aacute; disponible con un clic, y nuestras mentes, en lugar de ejercitarse para resolver problemas, se han acomodado a recibir soluciones inmediatas y externalizadas.
    </p><p class="article-text">
        El contraste es fascinante. En la ciencia ficci&oacute;n, la ampliaci&oacute;n de la cabeza simbolizaba la ampliaci&oacute;n de la conciencia, la expansi&oacute;n de las capacidades cognitivas. Hoy, la reducci&oacute;n simb&oacute;lica de la cabeza humana refleja la externalizaci&oacute;n de la inteligencia. Hemos desarrollado una dependencia tecnol&oacute;gica que cambia no solo nuestros h&aacute;bitos, sino nuestra anatom&iacute;a social y, potencialmente, f&iacute;sica. La obesidad, que se ha convertido en uno de los problemas m&aacute;s visibles del siglo XXI, no solo es un fen&oacute;meno metab&oacute;lico; es un fen&oacute;meno cultural y cognitivo. Nuestro cuerpo se adapta a un estilo de vida en el que la actividad f&iacute;sica es m&iacute;nima y el esfuerzo mental se delega. Comer m&aacute;s, movernos menos y pensar poco son tres caras de la misma moneda: la adaptaci&oacute;n a un entorno hiperautomatizado y altamente confortable.
    </p><p class="article-text">
        Nuestra dependencia tecnol&oacute;gica redefine la inteligencia humana: ya no es la capacidad de pensar lo que nos define, sino la habilidad de interactuar con sistemas que piensan por nosotros. Nadie est&aacute; defendiendo volver al r&iacute;o a lavar la ropa existiendo la lavadora o coger el escobill&oacute;n si hay un robot aspirador en nuestro hogar. Ni tener que encender fuego chasqueando dos piedras habiendo cocinas. Ni siquiera tener hielo o sal para conservar los alimentos si un frigor&iacute;fico es capaz de hacerlo. No, nadie pide eso. Lo que s&iacute; ser&iacute;a l&oacute;gico pedir es que no se pierda de vista la capacidad de recordar datos, comparar informaci&oacute;n, analizar contextos y tomar decisiones complejas para seguir manteniendo una autoexigencia en materia de concentraci&oacute;n y memoria, utilizando los asistentes digitales como medios y no como fines. De lo contrario, asistiremos a una progresiva atrofia intelectual, donde sabremos de muchas cosas, pero de forma superficial, mientras pensamos menos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/externalizacion-inteligencia_132_12961197.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Feb 2026 08:17:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La externalización de la inteligencia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El espejismo del atajo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/espejismo-atajo_132_12906542.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f8e1a1d6-776c-4bc6-b21c-cd041b74e250_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El espejismo del atajo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El camino corto casi siempre termina siendo el más largo porque el atajo suele nacer de una buena intención mal entendida…</p></div><p class="article-text">
        En breve comienza a rodar 2026 mientras vivimos en una &eacute;poca obsesionada con la velocidad. Todo debe ser inmediato, eficiente y optimizado. El &eacute;xito r&aacute;pido se celebra, el esfuerzo prolongado se desprecia y la paciencia se confunde con pasividad. En este contexto, el atajo se presenta como una virtud: llegar antes, gastar menos, esforzarse lo justo. Sin embargo, la experiencia demuestra una verdad inc&oacute;moda: el camino corto casi siempre termina siendo el m&aacute;s largo porque el atajo suele nacer de una buena intenci&oacute;n mal entendida. No se trata de pereza, sino de pragmatismo mal aplicado. Queremos resolver un problema sin atravesar su complejidad, obtener un resultado sin asumir el proceso que lo sustenta. El problema es que muchos aprendizajes, relaciones y estructuras no admiten simplificaci&oacute;n sin coste. Cuando se ignoran etapas, estas no desaparecen; simplemente se posponen. Y cuando regresan, lo hacen con intereses.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el &aacute;mbito profesional, los ejemplos abundan. Proyectos lanzados sin una planificaci&oacute;n s&oacute;lida o decisiones estrat&eacute;gicas tomadas sin an&aacute;lisis suficiente. A corto plazo, el resultado parece exitoso: se avanza r&aacute;pido, se muestran resultados, se gana ventaja. Pero con el tiempo emergen los errores de base. En lo personal ocurre algo similar. Evitar conversaciones dif&iacute;ciles, esquivar responsabilidades, buscar soluciones r&aacute;pidas a problemas estructurales suele generar una falsa sensaci&oacute;n de alivio. No enfrentar lo inc&oacute;modo hoy implica convivir con un problema mayor ma&ntilde;ana. El tiempo ganado se transforma en tiempo perdido. Incluso a nivel social y pol&iacute;tico, los atajos tienen consecuencias profundas. Las soluciones simplistas a problemas complejos, los discursos que prometen resultados inmediatos sin explicar los sacrificios necesarios, suelen acabar en frustraci&oacute;n colectiva. Reformar sin consenso, invertir sin evaluaci&oacute;n, legislar sin perspectiva de largo plazo puede dar r&eacute;dito inmediato, pero erosiona la confianza y la sostenibilidad del sistema.
    </p><p class="article-text">
        El camino largo, por el contrario, no es necesariamente lento; es complejo y completo porque implica comprender, preparar, equivocarse y corregir. Exige m&aacute;s esfuerzo inicial, m&aacute;s disciplina y, sobre todo, una visi&oacute;n que vaya m&aacute;s all&aacute; del beneficio inmediato. No es un camino c&oacute;modo, pero s&iacute; coherente. Y esa coherencia es la que, con el tiempo, ahorra pasos, errores y desgaste. Elegir el camino largo no es una renuncia a la eficiencia, sino una apuesta por la solidez. Es entender que hay procesos que no se pueden acelerar sin romperlos, y que llegar antes no siempre significa llegar mejor. Parad&oacute;jicamente, quienes asumen el recorrido completo suelen avanzar m&aacute;s lejos y con menos lastre.
    </p><p class="article-text">
        Temas como la vivienda, el desempleo, los salarios, la pobreza u otros de similares caracter&iacute;sticas no se solucionan con ideas felices. Hay que recelar de la soluci&oacute;n de un problema extremadamente complejo con simples ideas felices, porque al final, el verdadero atajo no consiste en saltarse etapas, sino en hacer bien las cosas desde el principio. Todo lo dem&aacute;s es solo una ilusi&oacute;n de rapidez que, tarde o temprano, nos obliga a volver atr&aacute;s. Si ese es el camino que se decide seguir, feliz a&ntilde;o. Si no, mucha suerte, porque ser&aacute; necesaria.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/espejismo-atajo_132_12906542.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 14 Jan 2026 11:47:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El espejismo del atajo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El olor que desprende…]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/olor-desprende_132_12810130.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/843cff56-78fa-40ae-88a5-09392e7f7953_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El olor que desprende…"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo paradójico es que, apenas se abre el calendario en enero, ya queremos que llegue junio; pero cuando diciembre asoma, fingimos que aún queda tiempo para que todo se acomode mágicamente</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Sabes cuando hueles a muerto y no sabes que el muerto eres t&uacute;?&rdquo; Lo dec&iacute;a una de las personas, basando su iron&iacute;a en ese humor absurdo que aparece cuando algo termina, como el a&ntilde;o, cuando el cansancio acumulado se mezcla con las ganas de cerrar un ciclo. Incluso intentando levantarse, sigue arrastr&aacute;ndose como si tuviera algo m&aacute;s que aportar, cuando en realidad su tiempo ya pas&oacute; y solo queda despedirlo con cierta compasi&oacute;n. Y, cada vez que se acerca diciembre, ocurre algo parecido. El a&ntilde;o entero se comporta como un invitado que no entiende las se&ntilde;ales para marcharse. A&uacute;n nos lanza un par de sorpresas, alguna factura inesperada, un virus inoportuno, un conflicto pendiente o un peque&ntilde;o milagro de esos que llegan tarde, pero llegan.
    </p><p class="article-text">
        El a&ntilde;o, obstinado, quiere demostrar que todav&iacute;a tiene algo que decir. Tras llorar su despedida y dar la bienvenida al siguiente, se establecen nuevos prop&oacute;sitos o se recuperan otros antiguos no cumplidos. Pero la vida contin&uacute;a y nos aferramos a &eacute;l como si admitir su final fuese una forma de reconocer tambi&eacute;n nuestras propias renuncias, errores o ilusiones. Lo parad&oacute;jico es que, apenas se abre el calendario en enero, ya queremos que llegue junio; pero cuando diciembre asoma, fingimos que a&uacute;n queda tiempo para que todo se acomode m&aacute;gicamente. Lo cierto es que un a&ntilde;o moribundo se parece mucho a nosotros en nuestras fases de negaci&oacute;n: arrastramos metas viejas con la esperanza de que, por alg&uacute;n acto de milagrosa voluntad, puedan revivir.
    </p><p class="article-text">
        El a&ntilde;o que muere tiene una forma muy particular de recordarnos lo que no hicimos. Es como un espejo empa&ntilde;ado en el que intentamos ver lo que somos, pero solo percibimos siluetas borrosas. Pasamos semanas repasando mentalmente lo ocurrido, evaluando qu&eacute; merecer&iacute;a celebrarse y qu&eacute; preferir&iacute;amos olvidar. En ocasiones, esa revisi&oacute;n es amable; en otras, es cruel.
    </p><p class="article-text">
        Pocos meses son tan teatrales como diciembre. La gente habla del a&ntilde;o como si fuera una criatura viva: &ldquo;ha sido largo&rdquo;, &ldquo;ha sido dif&iacute;cil&rdquo;, &ldquo;ha sido bueno conmigo&rdquo;, &ldquo;ha sido una monta&ntilde;a rusa&rdquo;. Le atribuimos personalidad, intenci&oacute;n, car&aacute;cter. Y esa personificaci&oacute;n no es casual: nos ayuda a poner fuera de nosotros lo que no siempre sabemos digerir por dentro, convirti&eacute;ndolo en ese ente abstracto al que culpamos o agradecemos cosas que, en realidad, dependen en gran parte de nosotros mismos. As&iacute;, cuando decimos que &ldquo;el a&ntilde;o huele a muerto&rdquo;, lo que en realidad queremos decir es que ya estamos agotados, que necesitamos que el tiempo nos d&eacute; un respiro, que nuestro cuerpo y nuestra mente nos piden cerrar etapa, aunque a&uacute;n no tengamos claro c&oacute;mo abrir la siguiente.
    </p><p class="article-text">
        Los ciclos deben terminar para que otros empiecen. Si fuese eterno, si se prolongara indefinidamente, ser&iacute;a insoportable. Necesitamos el descanso simb&oacute;lico para recomponernos, para reorganizar nuestra mente, para recuperar energ&iacute;a y, sobre todo, para reconciliarnos con la idea de que todo tiene un final. Y todo eso, sin hablar de pol&iacute;tica&hellip; &iquest;o s&iacute;?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/olor-desprende_132_12810130.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Dec 2025 10:23:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El olor que desprende…]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cultura de la insatisfacción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cultura-insatisfaccion_132_12794225.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La l&oacute;gica del rendimiento hace que el descanso se convierta en una anomal&iacute;a y que la pausa se perciba como un retroceso. Este ritmo condiciona la forma en que las personas se perciben a s&iacute; mismas: si no est&aacute;n progresando, sienten que est&aacute;n fallando. As&iacute; se construye una mentalidad donde lo conseguido nunca basta y donde la calma se interpreta como desidia o falta de ambici&oacute;n. Vivimos en un entorno de est&iacute;mulos, comparaciones constantes y exigencias crecientes que moldean nuestra percepci&oacute;n de lo que deber&iacute;amos ser, tener y lograr. En este contexto, la sensaci&oacute;n de que nada es suficiente se ha normalizado hasta tal punto que la satisfacci&oacute;n ya no se concibe como un estado duradero, sino como un breve instante entre dos deseos nuevos. Se trata del resultado de fuerzas sociales, econ&oacute;micas y tecnol&oacute;gicas que, con el tiempo, han configurado un paisaje emocional caracterizado por el descontento permanente.
    </p><p class="article-text">
        Teniendo en cuenta que el punto de partida es la hiperestimulaci&oacute;n, la vida digital ha multiplicado los escenarios en los que nos comparamos con los dem&aacute;s. En las redes sociales cada persona expone una versi&oacute;n pulida e incompleta de s&iacute; misma, donde las im&aacute;genes de &eacute;xito, felicidad y perfecci&oacute;n se suceden de manera incesante, generando una presi&oacute;n silenciosa pero constante. Aunque sabemos que esas representaciones no reflejan la realidad completa, la comparaci&oacute;n es autom&aacute;tica. El resultado es una sensaci&oacute;n de desajuste, porque siempre parece que la vida del resto es m&aacute;s interesante, m&aacute;s valiosa que la nuestra, lo que genera un drenaje emocional que debilita la capacidad de valorar lo propio.
    </p><p class="article-text">
        A esta presi&oacute;n se suma la fuerza del consumismo moderno, en el que la mercadotecnia ha logrado un cambio profundo: transformar la identidad en un producto configurable mediante adquisiciones. Ya no se compra solo para satisfacer necesidades, sino tambi&eacute;n para expresar pertenencia, estilo y aspiraciones. El mercado no ofrece &uacute;nicamente objetos; ofrece narrativas de felicidad, estatus y realizaci&oacute;n personal. El problema es que estas promesas son intr&iacute;nsecamente temporales. Cuando la satisfacci&oacute;n de una compra se desvanece, surge inmediatamente la necesidad de la siguiente, y es aqu&iacute; donde la cultura de la insatisfacci&oacute;n encuentra alimento en carencias emocionales perpetuas.
    </p><p class="article-text">
        Las consecuencias emocionales de este entorno son profundas. La ansiedad es una de las primeras en aparecer. La presi&oacute;n por cumplir expectativas elevadas, unida a la constante comparaci&oacute;n social, alimenta la sensaci&oacute;n de estar siempre a punto de quedarse atr&aacute;s. Muchas personas experimentan una autoexigencia tan alta que ni siquiera los logros les producen alivio. La autoestima tambi&eacute;n sufre en este contexto: al depender en gran medida de la validaci&oacute;n externa, se vuelve fr&aacute;gil y fluctuante. La persona deja de medir su valor por criterios propios y empieza a hacerlo seg&uacute;n m&eacute;tricas ajenas.
    </p><p class="article-text">
        Ante este panorama, es leg&iacute;timo preguntarse si es posible escapar. La respuesta no pasa por renunciar al progreso ni por adoptar una actitud conformista, sino por cambiar la relaci&oacute;n que mantenemos con nuestras expectativas, con la comparaci&oacute;n y con la idea de &eacute;xito. Uno de los pasos m&aacute;s efectivos consiste en adoptar la idea de la suficiencia. Valorar lo que se tiene no significa renunciar a crecer, sino reconocer que el bienestar no depende necesariamente de la acumulaci&oacute;n donde la cultura de la insatisfacci&oacute;n no es inevitable. Aunque est&aacute; profundamente integrada en la estructura social, tambi&eacute;n se nutre de h&aacute;bitos individuales que pueden transformarse. Cambiar la relaci&oacute;n con el entorno digital, redefinir las expectativas y recuperar la capacidad de valorar lo suficiente son pasos que pueden devolver equilibrio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cultura-insatisfaccion_132_12794225.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 25 Nov 2025 09:36:17 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La cultura de la insatisfacción]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No sé, no debo, no puedo…]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/no-no-debo-no_132_12662757.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">“Decir 'no quiero' es reconocer que, a pesar de saber, poder y deber, simplemente no hay voluntad. Aquí ya no hay ignorancia ni impedimentos objetivos. Hay una decisión consciente de permanecer en el mismo lugar"</p></div><p class="article-text">
        Vivimos en un entorno donde el cambio es constante, veloz e inevitable. Las tecnolog&iacute;as emergen, las culturas evolucionan, y los paradigmas que ayer parec&iacute;an s&oacute;lidos hoy se tambalean. Sin embargo, frente a esta realidad, hay una actitud que permanece sorprendentemente estable: la resistencia al cambio. Esta resistencia, tanto en personas como en instituciones, convirti&eacute;ndose en muros invisibles que frenan la innovaci&oacute;n, bloquean el aprendizaje y perpet&uacute;an la inercia.
    </p><p class="article-text">
        Primera capa: &ldquo;No s&eacute;&rdquo;: La ignorancia, aunque a menudo involuntaria, es el primer freno del cambio. Cuando se verbaliza &ldquo;no s&eacute;&rdquo;, puede estar reconociendo honestamente una falta de informaci&oacute;n, pero tambi&eacute;n puede estar ocultando una falta de inter&eacute;s por aprender. Por su lado, en el contexto institucional, se traduce en estructuras desactualizadas, metodolog&iacute;as obsoletas y l&iacute;deres desconectados de la realidad social. Pero no saber es el punto de partida de cualquier proceso de transformaci&oacute;n, aunque tambi&eacute;n puede ser un refugio c&oacute;modo para evitar enfrentar lo desconocido. Aprender exige esfuerzo, humildad y tiempo, tres recursos que muchas veces no se quieren invertir. As&iacute;, muchas organizaciones siguen tomando decisiones basadas en intuiciones, costumbres o jerarqu&iacute;as, en lugar de datos, evidencia o participaci&oacute;n. No obstante, peor a&uacute;n, el &ldquo;no s&eacute;&rdquo; a menudo viene acompa&ntilde;ado del &ldquo;no me importa saber&rdquo;. Y ah&iacute; comienza el verdadero estancamiento.
    </p><p class="article-text">
        Segunda capa: &ldquo;No debo&rdquo;: Aqu&iacute; aparece el miedo porque implica la existencia de una norma, una autoridad o una creencia que proh&iacute;be o desalienta el cambio. Puede ser una regla expl&iacute;cita o impl&iacute;cita, revelando cu&aacute;nto poder tiene lo establecido, incluso cuando deja de tener sentido. Pero tambi&eacute;n es una forma de autocensura por miedo a las consecuencias, aunque es importante reconocer que las normas cumplen una funci&oacute;n. Pero cuando esas normas se convierten en obst&aacute;culos a la evoluci&oacute;n, el &ldquo;no debo&rdquo; deja de ser prudente y pasa a ser c&oacute;mplice de la decadencia.
    </p><p class="article-text">
        Tercera capa: &ldquo;No puedo&rdquo;: Esta frase lleva consigo una carga de impotencia. Quien la dice suele sentirse limitado, incapaz o carente de recursos. A veces, es real, pero otras veces, el &ldquo;no puedo&rdquo; es m&aacute;s mental que material. Es una creencia aprendida, reforzada por a&ntilde;os de frustraci&oacute;n, fracasos o abandono. Incluso se convierte en un lamento habitual ya sea por falta de presupuesto, falta de personal o falta de tiempo. Pero tambi&eacute;n falta de voluntad para buscar soluciones fuera del camino habitual, convirti&eacute;ndose en una excusa funcional que evita la incomodidad de intentar algo nuevo y fallar.
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;no ser&aacute; realmente que las tres capas se funden en una cuarta donde se dice realmente &ldquo;no quiero&rdquo;? Esta es, quiz&aacute;s, la m&aacute;s honesta y tambi&eacute;n la m&aacute;s peligrosa de todas. Decir &ldquo;no quiero&rdquo; es reconocer que, a pesar de saber, poder y deber, simplemente no hay voluntad. Aqu&iacute; ya no hay ignorancia ni impedimentos objetivos. Hay una decisi&oacute;n consciente de permanecer en el mismo lugar. Se elige la comodidad por sobre la evoluci&oacute;n. Es la resistencia pura. Es el rechazo frontal al cambio, porque resulta inc&oacute;modo, porque obliga a replantearse la situaci&oacute;n, porque implica renunciar a privilegios o asumir riesgos llegando a ser una postura profundamente ego&iacute;sta, sabiendo que cambiar duele, pero quedarse inm&oacute;vil, en el fondo, doler&aacute; m&aacute;s. &iquest;Y usted? &iquest;No sabe, no debe, no puede&hellip; o no quiere?&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/no-no-debo-no_132_12662757.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Oct 2025 08:37:49 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[No sé, no debo, no puedo…]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los extremos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/extremos_132_12602803.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0fdbc27e-34a9-434d-a481-8ab14f7f1cdd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los extremos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las sociedades exitosas han aprendido a encontrar un equilibrio entre los diferentes intereses y perspectivas, sin caer en la tentación de soluciones simplistas y absolutistas</p></div><p class="article-text">
        En el f&uacute;tbol, los extremos juegan un papel crucial, ya que son los encargados de explotar las bandas, desbordar a los defensores y generar oportunidades de gol. Estos jugadores se destacan por su velocidad, habilidad para regatear y capacidad para centrar el bal&oacute;n al &aacute;rea o incluso para rematar directamente a porter&iacute;a. Dependiendo del estilo de juego, pueden ser extremos cl&aacute;sicos, que se mantienen pegados a la banda, o extremos invertidos, que juegan en el lado opuesto a su pierna dominante para cortar hacia el centro y disparar a gol. Adem&aacute;s, en sistemas t&aacute;cticos m&aacute;s modernos, los extremos no solo tienen que ser r&aacute;pidos y habilidosos, sino tambi&eacute;n contribuir en defensa, presionando al rival y ayudando a los laterales. Estos jugadores son clave para abrir espacios en el campo y crear desequilibrios, ya que su capacidad para desmarcarse y generar jugadas r&aacute;pidas es esencial para que el equipo pueda atacar con fluidez.
    </p><p class="article-text">
        En otros &aacute;mbitos de la vida, los extremos tambi&eacute;n representan una amenaza latente para el equilibrio y la armon&iacute;a de las sociedades. En el &aacute;mbito ideol&oacute;gico y econ&oacute;mico, parecen estar siempre dispuestos a tocarse de una manera sutil, pero peligrosa, mostrando una paradoja dado que, en su b&uacute;squeda por defender lo opuesto, terminan convergiendo en un punto de no retorno que puede llevar a las sociedades a situaciones de inestabilidad, polarizaci&oacute;n y, en &uacute;ltima instancia, a la disfunci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En el contexto actual, los movimientos polarizantes y los discursos de odio amenazan con fracturar las bases de la democracia y el di&aacute;logo. Este tipo de posiciones radicales no se limitan solo a los movimientos pol&iacute;ticos, sino que se extienden a cuestiones culturales, sociales y religiosas. Estas posturas rechazan cualquier forma de moderaci&oacute;n o conciliaci&oacute;n porque, en lugar de buscar soluciones equilibradas, se tiende a dividir a la sociedad en grupos irreconciliables, lo que dificulta la creaci&oacute;n de consensos. El problema principal de estas posturas absolutistas es que se vuelve sumamente dif&iacute;cil encontrar puntos de acuerdo. Las ideas radicales se basan en una visi&oacute;n maniquea del mundo, donde todo lo que no encaja es considerado parte de la parte enemiga, llevando a la creaci&oacute;n de burbujas informativas, donde las personas solo se rodean de aquellos que comparten sus ideas, reforzando sus creencias y reduciendo la posibilidad de di&aacute;logo constructivo.
    </p><p class="article-text">
        A medida que la sociedad se fragmenta en estos puntos de vista, los conflictos se agravan. Las tensiones entre grupos radicales aumentan y el espacio para el compromiso se reduce. Es en este punto cuando, a pesar de parecer muy alejadas, las posturas m&aacute;s extremas comienzan a encontrar puntos en com&uacute;n en su visi&oacute;n totalitaria del mundo. La tentaci&oacute;n de imponer sus ideales de manera autoritaria, sin aceptar diferencias, puede ser el paso previo a la erosi&oacute;n de las democracias.
    </p><p class="article-text">
        Visto el contexto, una de las claves para evitar caer en las garras de las posturas radicales es la informaci&oacute;n y la moderaci&oacute;n. Las sociedades exitosas han aprendido a encontrar un equilibrio entre los diferentes intereses y perspectivas, sin caer en la tentaci&oacute;n de soluciones simplistas y absolutistas recordando una vez m&aacute;s que duros a cuatro pesetas o euros a noventa c&eacute;ntimos, no existen. Y crecepelos milagrosos, tampoco.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/extremos_132_12602803.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Sep 2025 08:06:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los extremos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La fábrica de las mentiras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/fabrica-mentiras_132_12586784.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4ec219da-a50f-4522-9d00-88bdf34fa375_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La fábrica de las mentiras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Frente a esta maquinaria también hay resistencias asumiendo que la batalla no es solo técnica ni legal sino cultural, evitando premiar la inmediatez sobre la profundidad, el escándalo sobre la evidencia o el sesgo sobre la duda razonable. Mientras valoremos menos tener razón que buscar la verdad, evitaremos ser cómplices. De lo contrario, somos parte de la propia máquina</p></div><p class="article-text">
        En alg&uacute;n lugar entre la ficci&oacute;n y la realidad, entre los algoritmos y las pantallas, existe una m&aacute;quina invisible, omnipresente, eficiente. Una m&aacute;quina que no necesita engranajes ni chimeneas, pero que produce incesantemente, sin descanso, d&iacute;a y noche. No fabrica objetos materiales de uso cotidiano. No son coches ni armas. No produce alimentos ni medicinas. Produce mentiras. Y como toda gran maquinaria, est&aacute; perfectamente dise&ntilde;ada para hacer su trabajo sin que notemos, del todo, sus efectos.
    </p><p class="article-text">
        Realmente no es una m&aacute;quina en el sentido literal. No tiene un edificio f&iacute;sico, no se puede apagar con un interruptor. Es una estructura compleja que combina medios de comunicaci&oacute;n, redes sociales, intereses pol&iacute;ticos, plataformas tecnol&oacute;gicas y comportamientos humanos. Su combustible es la atenci&oacute;n; su producto, la confusi&oacute;n. Y sus beneficiarios, por supuesto, no son la verdad ni la democracia, sino quienes saben manipular la percepci&oacute;n de la realidad.
    </p><p class="article-text">
        El t&eacute;rmino puede sonar exagerado, incluso conspiranoico. Pero basta con observar el mundo actual para comprender que la mentira ya no es un accidente ni un tropiezo ocasional del discurso. Es una herramienta estrat&eacute;gica, una mercanc&iacute;a rentable y, cada vez m&aacute;s, un modo habitual de operaci&oacute;n en m&uacute;ltiples esferas del poder. La mentira ya no necesita esconderse: desfila orgullosa por titulares y declaraciones oficiales. Ha dejado de ser lo prohibido para convertirse en lo &uacute;til.
    </p><p class="article-text">
        La f&aacute;brica no siempre existi&oacute; con esta eficiencia. Durante siglos, la manipulaci&oacute;n de la informaci&oacute;n fue un privilegio reservado a unas pocas capas sociales donde el control de la palabra era sin&oacute;nimo de poder. Pero con el desarrollo de los medios masivos, la capacidad de moldear la opini&oacute;n p&uacute;blica se convirti&oacute; en una prioridad geopol&iacute;tica. La propaganda dej&oacute; de ser una palabra tab&uacute; para convertirse en una ciencia. Sin embargo, fue con la revoluci&oacute;n digital cuando la f&aacute;brica adquiri&oacute; su forma definitiva. Las redes sociales, en su promesa de democratizar la voz, abrieron un nuevo espacio sin filtros. Lo que parec&iacute;a un ideal de libertad de expresi&oacute;n pronto se convirti&oacute; en un campo f&eacute;rtil para la distorsi&oacute;n masiva porque los algoritmos no premian la veracidad, sino la viralidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; es donde la f&aacute;brica brilla. Ya no es necesario mentir directamente. Basta con repetir, insinuar, dudar, confundir. La verdad se vuelve relativa, fragmentada, subjetiva. Y cuando todo es opinable, la mentira se disfraza f&aacute;cilmente de &ldquo;punto de vista&rdquo;. Pero lo m&aacute;s preocupante no es solo la existencia de la f&aacute;brica, sino su legitimaci&oacute;n social porque mentir ya no es vergonzoso teniendo como resultado una poblaci&oacute;n desinformada vulnerable al miedo, a la manipulaci&oacute;n y al odio. Es una comunidad incapaz de construir consensos b&aacute;sicos, porque ni siquiera comparte una misma idea de realidad, deformando los hechos a la vez que destruye confianzas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no todo est&aacute; perdido. Frente a esta maquinaria tambi&eacute;n hay resistencias asumiendo que la batalla no es solo t&eacute;cnica ni legal sino cultural, evitando premiar la inmediatez sobre la profundidad, el esc&aacute;ndalo sobre la evidencia o el sesgo sobre la duda razonable. Mientras valoremos menos tener raz&oacute;n que buscar la verdad, evitaremos ser c&oacute;mplices. De lo contrario, somos parte de la propia m&aacute;quina.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/fabrica-mentiras_132_12586784.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 08 Sep 2025 13:55:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La fábrica de las mentiras]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los siete pasos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/siete-pasos_132_12415676.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2ce3919a-5668-4e28-a3df-eae53410ae2f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los siete pasos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dicen las personas que saben que para convertir una mentira aberrante en una verdad absoluta solo hace falta dar siete pasos. Incluso, en algunas ocasiones, menos...
</p></div><p class="article-text">
        En tiempos donde la posverdad domina titulares resulta urgente comprender c&oacute;mo una mentira puede ser transformada en una verdad. No se trata de una alquimia m&aacute;gica, sino de un proceso cuidadosamente estructurado que ha sido utilizado a lo largo y ancho de la historia. De hecho, dicen las personas que saben que para convertir una mentira aberrante en una verdad absoluta solo hace falta dar siete pasos. Incluso, en algunas ocasiones, menos. A continuaci&oacute;n, veremos cu&aacute;l es el manual procedimental para obrar este milagro.
    </p><p class="article-text">
        1. La repetici&oacute;n constante: Es la herramienta m&aacute;s poderosa del enga&ntilde;o. Una mentira repetida mil veces no se convierte realmente en verdad, pero s&iacute; en algo familiar. Y lo familiar, por simple inercia cognitiva, se percibe como cre&iacute;ble. Lo que aparece muchas veces parece cierto, aunque no lo sea.
    </p><p class="article-text">
        2. Apelar a las emociones: La raz&oacute;n puede ser cuestionada, pero las emociones no se discuten, se sienten. Si una mentira se conecta con el miedo, la esperanza o el odio, ser&aacute; mucho m&aacute;s f&aacute;cil que cale hondo. Nadie analiza fr&iacute;amente cuando est&aacute; asustado o euf&oacute;rico. Por eso, los discursos manipuladores no apelan a datos, sino a pasiones.
    </p><p class="article-text">
        3. Respaldarla con una fuente fiable: Una mentira dicha por alguien con autoridad tiene mucho m&aacute;s peso que una dicha por una persona desconocida. Cuando figuras acad&eacute;micas o instituciones prestan su voz a una falsedad, esta gana legitimidad. Y aunque la fuente est&eacute; equivocada o manipulada, su reputaci&oacute;n funciona como un blindaje.
    </p><p class="article-text">
        4. Mezclarla con verdades parciales: Las mentiras m&aacute;s efectivas no son las m&aacute;s extravagantes, sino las que se camuflan entre verdades. Una media verdad es m&aacute;s peligrosa que una mentira completa. A&ntilde;adir datos ciertos a una narrativa falsa le da una p&aacute;tina de coherencia que desactiva el pensamiento cr&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        5. Crear una narrativa o enemigo com&uacute;n: Toda mentira necesita una historia. Una narrativa que simplifique el mundo y se&ntilde;ale culpables. Es m&aacute;s f&aacute;cil creer en una falsedad si forma parte de una identidad compartida, de una lucha, de una causa.
    </p><p class="article-text">
        6. Silenciar o desacreditar la verdad: Para que una mentira prospere, la verdad debe ser neutralizada. Esto se logra desacreditando a quienes la sostienen, de forma que se les tilda de ignorantes, radicales o enemigos. A veces, basta con sembrar la duda. Otras, se recurre a la censura, el ruido informativo o la saturaci&oacute;n de versiones alternativas.
    </p><p class="article-text">
        7. Normalizarla en el lenguaje y en la pr&aacute;ctica: Una mentira se vuelve &ldquo;real&rdquo; cuando se instala en el lenguaje cotidiano, en los h&aacute;bitos y en las instituciones. Cambiar las palabras es cambiar el pensamiento. Redefinir conceptos, reinterpretar la historia o institucionalizar la falsedad crea un nuevo marco donde la verdad original ya no tiene lugar.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, hay que saber que vivimos en un mundo donde la verdad compite en desventaja con los relatos que m&aacute;s emocionan, que m&aacute;s viralizan, que mejor encajan en lo que queremos creer. Pero rendirse ante esta l&oacute;gica es peligrosamente c&oacute;modo. Comprender c&oacute;mo se fabrica una mentira que parece verdad nos convierte en seres m&aacute;s l&uacute;cidos con criterio. Es decir, que piensan. Asumiendo que es algo peligroso en estos tiempos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/siete-pasos_132_12415676.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 26 Jun 2025 07:40:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los siete pasos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Culpa o responsabilidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/culpa-responsabilidad_132_12377685.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Siendo un concepto fundamental en la moral, la &eacute;tica y la justicia, al referirse a la responsabilidad de las acciones y las consecuencias derivadas de ellas, la culpa se asocia con la acci&oacute;n individual, es decir, con la responsabilidad que recae sobre un individuo por sus decisiones y comportamientos. Esta visi&oacute;n tiene sentido en una l&oacute;gica jur&iacute;dica y moral cl&aacute;sica, donde cada persona es, en principio, libre para actuar y, por tanto, responsable de las consecuencias de sus actos. En este marco, quien toma una decisi&oacute;n errada, quien causa un da&ntilde;o, debe responder por ello. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, en ciertos contextos, el concepto de culpa puede volverse m&aacute;s difuso, especialmente cuando se analizan los efectos de decisiones a gran escala, como las que se toman en el &aacute;mbito pol&iacute;tico y econ&oacute;mico. En estos escenarios, las decisiones ya no son simplemente el producto de una voluntad individual sino el resultado de engranajes institucionales, intereses cruzados, inercias hist&oacute;ricas y din&aacute;micas de poder complejas. En tales situaciones, la responsabilidad no es unipersonal, sino de un sistema entero, y eso tiene implicaciones profundas sobre c&oacute;mo entendemos la culpa y la responsabilidad colectiva en una sociedad. La &eacute;tica se ve entonces obligada a expandir su marco de an&aacute;lisis y preguntarse c&oacute;mo se reparten las cargas de las consecuencias en sistemas donde pocos deciden y muchos padecen los efectos.
    </p><p class="article-text">
        En el concreto &aacute;mbito pol&iacute;tico y econ&oacute;mico, las decisiones tomadas por los liderazgos e instituciones no solo afectan a aquellos que las implementan, sino que tienen repercusiones a nivel global. Un cambio de pol&iacute;tica monetaria, una reforma estructural o una estrategia de endeudamiento pueden alterar la vida de millones de personas, modificar patrones de consumo, redefinir sectores productivos o incluso empujar a generaciones enteras a situaciones de exclusi&oacute;n o precariedad. Sin embargo, en muchos casos, las estructuras que respaldan estas decisiones son tan vastas y complejas que la responsabilidad parece diluirse. El poder se reparte entre actores visibles e invisibles: gobiernos, organismos internacionales, corporaciones, medios de comunicaci&oacute;n o lobbies, donde todas las partes son miembros del entramado, aunque no todos en igualdad de condiciones ni con el mismo grado de agencia.
    </p><p class="article-text">
        El reconocer que la culpa es an&oacute;nima, nos permite ver que la responsabilidad no puede ser atribuida a un solo individuo o grupo, sino que es el resultado de un sistema en el que todos somos actores, de alguna manera, aunque no todos de la misma manera. Esta distinci&oacute;n es fundamental: no todos cargamos con la misma cuota de culpa, ni todos tenemos el mismo margen de acci&oacute;n. Pero todos participamos &mdash;por acci&oacute;n, por omisi&oacute;n, por conveniencia, por ignorancia&mdash; en la reproducci&oacute;n de un modelo que, en sus fundamentos, tiende a excluir y a concentrar privilegios.
    </p><p class="article-text">
        La soluci&oacute;n, por tanto, requiere una respuesta colectiva, donde la sociedad en su conjunto asuma la responsabilidad de cambiar las estructuras, lo que implica revisar no solo las decisiones de los gobiernos, sino tambi&eacute;n los valores que organizan nuestras econom&iacute;as, las reglas que rigen nuestros mercados y las narrativas que justifican las condiciones existentes. Y supone, adem&aacute;s, abandonar la falsa comodidad de pensar que los problemas complejos tienen culpables simples. Solo as&iacute; podremos asumir, con honestidad que, cuando la culpa no es de nadie, la culpa es de todos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/culpa-responsabilidad_132_12377685.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 20 May 2025 19:06:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Culpa o responsabilidad]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Culpa o responsabilidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/culpa-responsabilidad_132_12311638.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">"...Cuando la culpa no es de nadie, la culpa es de todos..."</p></div><p class="article-text">
        Siendo un concepto fundamental en la moral, la &eacute;tica y la justicia, al referirse a la responsabilidad de las acciones y las consecuencias derivadas de ellas, la culpa se asocia con la acci&oacute;n individual, es decir, con la responsabilidad que recae sobre un individuo por sus decisiones y comportamientos. Esta visi&oacute;n tiene sentido en una l&oacute;gica jur&iacute;dica y moral cl&aacute;sica, donde cada persona es, en principio, libre para actuar y, por tanto, responsable de las consecuencias de sus actos. En este marco, quien toma una decisi&oacute;n errada, quien causa un da&ntilde;o, debe responder por ello.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, en ciertos contextos, el concepto de culpa puede volverse m&aacute;s difuso, especialmente cuando se analizan los efectos de decisiones a gran escala, como las que se toman en el &aacute;mbito pol&iacute;tico y econ&oacute;mico. En estos escenarios, las decisiones ya no son simplemente el producto de una voluntad individual sino el resultado de engranajes institucionales, intereses cruzados, inercias hist&oacute;ricas y din&aacute;micas de poder complejas. En tales situaciones, la responsabilidad no es unipersonal, sino de un sistema entero, y eso tiene implicaciones profundas sobre c&oacute;mo entendemos la culpa y la responsabilidad colectiva en una sociedad. La &eacute;tica se ve entonces obligada a expandir su marco de an&aacute;lisis y preguntarse c&oacute;mo se reparten las cargas de las consecuencias en sistemas donde pocos deciden y muchos padecen los efectos.
    </p><p class="article-text">
        En el concreto &aacute;mbito pol&iacute;tico y econ&oacute;mico, las decisiones tomadas por los liderazgos e instituciones no solo afectan a aquellos que las implementan, sino que tienen repercusiones a nivel global. Un cambio de pol&iacute;tica monetaria, una reforma estructural o una estrategia de endeudamiento pueden alterar la vida de millones de personas, modificar patrones de consumo, redefinir sectores productivos o incluso empujar a generaciones enteras a situaciones de exclusi&oacute;n o precariedad. Sin embargo, en muchos casos, las estructuras que respaldan estas decisiones son tan vastas y complejas que la responsabilidad parece diluirse. El poder se reparte entre actores visibles e invisibles: gobiernos, organismos internacionales, corporaciones, medios de comunicaci&oacute;n o lobbies, donde todas las partes son miembros del entramado, aunque no todos en igualdad de condiciones ni con el mismo grado de agencia.
    </p><p class="article-text">
        El reconocer que la culpa es an&oacute;nima, nos permite ver que la responsabilidad no puede ser atribuida a un solo individuo o grupo, sino que es el resultado de un sistema en el que todos somos actores, de alguna manera, aunque no todos de la misma manera. Esta distinci&oacute;n es fundamental: no todos cargamos con la misma cuota de culpa, ni todos tenemos el mismo margen de acci&oacute;n. Pero todos participamos &mdash;por acci&oacute;n, por omisi&oacute;n, por conveniencia, por ignorancia&mdash; en la reproducci&oacute;n de un modelo que, en sus fundamentos, tiende a excluir y a concentrar privilegios.
    </p><p class="article-text">
        La soluci&oacute;n, por tanto, requiere una respuesta colectiva, donde la sociedad en su conjunto asuma la responsabilidad de cambiar las estructuras, lo que implica revisar no solo las decisiones de los gobiernos, sino tambi&eacute;n los valores que organizan nuestras econom&iacute;as, las reglas que rigen nuestros mercados y las narrativas que justifican las condiciones existentes. Y supone, adem&aacute;s, abandonar la falsa comodidad de pensar que los problemas complejos tienen culpables simples. Solo as&iacute; podremos asumir, con honestidad que, cuando la culpa no es de nadie, la culpa es de todos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/culpa-responsabilidad_132_12311638.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 19 May 2025 14:45:53 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Culpa o responsabilidad]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Qué prefieres?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/prefieres_132_12253617.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9736dc15-086a-4676-8f18-69617c32641f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Qué prefieres?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">“… el miedo reemplaza a la creatividad, y los equipos dejan de colaborar para competir…”</p></div><p class="article-text">
        En el &aacute;mbito profesional, una pregunta aparentemente simple puede convertirse en el centro de los mayores conflictos, los mejores liderazgos y las decisiones m&aacute;s sabias: &iquest;Prefieres tener la raz&oacute;n o prefieres solucionar el problema? Esta disyuntiva, que puede parecer banal a primera vista, encierra una profunda tensi&oacute;n entre el ego y la eficacia, entre el reconocimiento individual y el bien colectivo. Elegir entre una y otra postura no solo configura la cultura de una organizaci&oacute;n, sino que tambi&eacute;n revela la madurez emocional y filos&oacute;fica de quienes la componen.
    </p><p class="article-text">
        Todas las personas, en mayor o menor medida, han sentido el impulso de demostrar que llevaban raz&oacute;n. Se trata de un reflejo profundamente humano porque tener la raz&oacute;n valida nuestra inteligencia, fortalece nuestra autoestima y nos da un sentido de control. En el entorno laboral, donde las din&aacute;micas de poder, competencia y reconocimiento est&aacute;n siempre presentes, tener la raz&oacute;n puede percibirse como un s&iacute;mbolo de estatus, como una se&ntilde;al de que nuestra voz importa m&aacute;s que la de los dem&aacute;s. Sin embargo, cuando ese impulso se convierte en h&aacute;bito, o peor a&uacute;n, en una necesidad, comenzamos a ver la realidad a trav&eacute;s de un prisma deformado. La conversaci&oacute;n se convierte en un combate. El objetivo deja de ser el progreso del proyecto o la soluci&oacute;n del conflicto, y se convierte en una lucha de posiciones. En este escenario, la verdad objetiva pierde importancia frente a la necesidad subjetiva de imponerse. Pero tengamos en cuenta que, muchas veces, el deseo de tener raz&oacute;n no surge del conocimiento, sino del miedo a la duda y a la vulnerabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Resolver un problema, por el contrario, implica una forma de pensar mucho m&aacute;s compleja y madura. Significa desplazar el foco de uno mismo hacia la situaci&oacute;n. Requiere reconocer que no importa tanto qui&eacute;n tiene raz&oacute;n, sino qu&eacute; soluci&oacute;n es &uacute;til, viable y sostenible para el grupo. Este tipo de pensamiento es caracter&iacute;stico de los equipos funcionales y de las culturas organizacionales que valoran la cooperaci&oacute;n por encima del conflicto. Resolver implica escuchar, adaptar, empatizar. Significa, muchas veces, renunciar a tener raz&oacute;n para permitir que una idea mejor, ya sea nuestra o no, salga adelante. Es, en el fondo, un ejercicio de humildad, inteligencia emocional y compromiso colectivo.
    </p><p class="article-text">
        En el seno de las organizaciones, cuando se valora m&aacute;s a quienes imponen su raz&oacute;n que a quienes resuelven problemas, se crean entornos laborales t&oacute;xicos porque se premia el narcisismo, se desalienta la innovaci&oacute;n y se castiga el error como si fuera una amenaza al estatus. Poco a poco, el miedo reemplaza a la creatividad, y los equipos dejan de colaborar para competir. Por el contrario, cuando se premia la resoluci&oacute;n efectiva de los problemas, se cultiva una cultura de confianza, de responsabilidad compartida y de pensamiento abierto. Las decisiones se vuelven m&aacute;s eficientes, las reuniones m&aacute;s productivas, y las plantillas m&aacute;s comprometidas.
    </p><p class="article-text">
        No es menos cierto que, tener raz&oacute;n es parte esencial de la soluci&oacute;n. Esto es cierto, especialmente en contextos t&eacute;cnicos o cient&iacute;ficos donde los hechos no pueden ser negociados. Sin embargo, el punto esencial no es ignorar la verdad, sino saber cu&aacute;ndo insistir en ella, y cu&aacute;ndo dejar espacio para otras formas de avanzar. Tener raz&oacute;n no es el problema; el problema es anteponer la raz&oacute;n propia a la resoluci&oacute;n colectiva. La sabidur&iacute;a est&aacute; en saber cu&aacute;ndo hablar, cu&aacute;ndo escuchar y cu&aacute;ndo ceder.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/prefieres_132_12253617.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 28 Apr 2025 13:33:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Qué prefieres?]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El control del caos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/control-caos_132_12189641.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El futuro, ese lugar tan prometedor que seguimos esperando, parece m&aacute;s un campo minado de incertidumbre y m&aacute;quinas que una utop&iacute;a brillante. A medida que el mundo avanza a un ritmo vertiginoso, algunas personas se aferran al optimismo con la esperanza de que la tecnolog&iacute;a nos salvar&aacute; de nuestros propios errores. Otras, menos entusiastas, ya se preparan para el fin de la humanidad tal como la conocemos. En este punto, solo nos queda re&iacute;r (o llorar) ante lo que parece ser un inevitable destino compartido: el caos controlado o, mejor dicho, &ldquo;gestionado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Por un lado, tenemos a la parte pesimista que mira el futuro como un vaso de agua medio vac&iacute;o y un men&uacute; de opciones catastr&oacute;ficas en la mesa. &ldquo;Nos quedaremos sin recursos, los robots nos reemplazar&aacute;n y, de paso, nos dar&aacute;n comida procesada de tan mala calidad que ni los androides querr&aacute;n consumirla&rdquo;, afirman. En su visi&oacute;n, el ser humano ser&aacute; pronto una especie en peligro de extinci&oacute;n, pero no por cataclismos naturales ni guerras, sino por la comodidad de delegar cada acci&oacute;n cotidiana a una m&aacute;quina programada para hacerlo todo&hellip; incluso pensar. Si el futuro est&aacute; lleno de avances tecnol&oacute;gicos, nos advierten, tambi&eacute;n lo estar&aacute; de la tr&aacute;gica iron&iacute;a de ser reemplazados por nuestras propias creaciones.
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, la parte optimista, incansable defensora de la idea de que &ldquo;todo saldr&aacute; bien&rdquo;, no se vence tan f&aacute;cilmente. &ldquo;La tecnolog&iacute;a nos liberar&aacute;&rdquo;, aseguran. &ldquo;Nos permitir&aacute; disfrutar del tiempo libre, ver m&aacute;s series en las diferentes plataformas y m&aacute;s v&iacute;deos en las redes sociales&hellip;&nbsp; sin tener que mover un dedo. Las m&aacute;quinas no nos despojar&aacute;n de nuestra humanidad, sino que nos ayudar&aacute;n a encontrar lo que realmente importa: esa vital necesidad de no hacer nada. Los robots cocinar&aacute;n, limpiar&aacute;n y planchar&aacute;n, nos llevar&aacute;n a donde queramos, y hasta filtrar&aacute;n las malas noticias haci&eacute;ndonos vivir la vida que queremos vivir&rdquo;, aseguran, teniendo la capacidad de mantener la ignorancia, pero felices mientras un ej&eacute;rcito de drones se encarga de todo lo dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Y, sin embargo, no podemos ignorar un peque&ntilde;o detalle: las notificaciones. Aunque se insiste en que las inteligencias artificiales nos permitir&aacute;n silenciarlas a voluntad, parece un poco ir&oacute;nico que el futuro prometido para la humanidad incluya una vida de vigilancia constante, con alertas a cada segundo sobre eventos improbables. Pero, claro, no hay que alarmarse. Solo es el futuro, y todos los problemas del mundo se resolver&aacute;n con un toque de pantalla. &iquest;O no?
    </p><p class="article-text">
        Es posible que estemos viviendo el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo de una especie que nunca termin&oacute; de comprender su propio destino. Pero, por lo menos, en medio de toda esta entrop&iacute;a, nos queda la iron&iacute;a de pensar que, si llegamos a la extinci&oacute;n, lo haremos con una sonrisa forzada y un meme en la mano. Controlar el caos parece una tarea tit&aacute;nica, casi tan imposible como ponerle orden a un torbellino. Sin embargo, a lo mejor no hay que eliminarlo, sino que hay que gestionarlo de una manera m&aacute;s efectiva acept&aacute;ndolo como parte de la vida, estableciendo prioridades a la vez que hay que organizarlas para as&iacute; ver la oportunidad y no solo la amenaza asumiendo que, tal y como nos recuerda la segunda ley de la termodin&aacute;mica, el desorden de un sistema siempre tiende a aumentar con el tiempo. Es decir, que si el fin del mundo es inminente, al menos ser&aacute; entretenido, o eso se dice.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/control-caos_132_12189641.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 Apr 2025 12:36:17 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El control del caos]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Más madera!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/madera_132_12157803.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Utilizando el lenguaje marxista, es momento de gritar &ldquo;&iexcl;es la guerra! &iexcl;traed madera! &iexcl;m&aacute;s madera!&rdquo;, tal y como dec&iacute;a Groucho en la pel&iacute;cula Los Hermanos Marx en el Oeste. Eso es lo que debe estar sucediendo en las Bolsas de Valores, en los Consejos de Administraci&oacute;n de muchas empresas y en algunos Gobiernos de lo largo y ancho del mundo ante la escalada arancelaria iniciada desde los Estados Unidos de Am&eacute;rica. Este enfrentamiento ha cambiado de manera irreversible las din&aacute;micas del comercio global a modo de recordatorio de que las econom&iacute;as del mundo est&aacute;n m&aacute;s interconectadas que nunca, y los conflictos comerciales no solo afectan a las partes directamente involucradas, sino que tienen un impacto en cadena que se extiende mucho m&aacute;s all&aacute; de las fronteras de los grandes actores globales. Las pol&iacute;ticas proteccionistas, aunque en principio orientadas a defender los intereses nacionales de las grandes potencias, generan un impacto mucho mayor a nivel global, afectando a econom&iacute;as m&aacute;s peque&ntilde;as y con una fuerte dependencia del comercio internacional. Hay que decir que, a corto plazo, genera muchas promesas de ganancias, pero a medio y largo, el arrepentimiento termina por aparecer. Y &iquest;por qu&eacute;? por que ante una agresi&oacute;n (econ&oacute;mica) se le responde con una represalia en t&eacute;rminos similares.
    </p><p class="article-text">
        Haciendo un poco de historia, el conflicto ha comenzado principalmente con Estados Unidos aplicando aranceles sobre productos clave de diferentes partes del mundo en un intento por reducir el d&eacute;ficit comercial de norteamericano con el exterior, lo que est&aacute; llevando a una serie de respuestas en forma de incremento de costes, alterando las cadenas de suministro globales, afectando a pa&iacute;ses y regiones que dependen de la producci&oacute;n y el intercambio de productos, lo que hace ir en contra de todos los manuales de cualquier aprendiz en materia econ&oacute;mica, tras hacer superado aquella fase en donde la ventaja comparativa de las regiones originar&iacute;a un mayor crecimiento compartido entre todas las partes. Seg&uacute;n la teor&iacute;a del Comercio Internacional, formulada en el siglo XIX por el economista David Ricardo (1772-1823), los pa&iacute;ses deben especializarse en la producci&oacute;n de bienes en los que tienen una ventaja relativa (no necesariamente absoluta) sobre otras regiones, es decir, aquellos bienes que pueden producir de manera m&aacute;s eficiente en comparaci&oacute;n con otros. Ricardo argument&oacute; que, aunque una regi&oacute;n sea menos eficiente en la producci&oacute;n de todos los bienes en comparaci&oacute;n con otra, a&uacute;n puede beneficiarse del comercio si se especializa en los productos en los que su desventaja es menor. A trav&eacute;s del intercambio, ambas pueden obtener m&aacute;s bienes de los que podr&iacute;an producir de manera independiente, mejorando as&iacute; el bienestar de ambos.
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad, m&aacute;s all&aacute; de faltar a la teor&iacute;a, en la pr&aacute;ctica se nota y m&aacute;s en la inversi&oacute;n en renta variable a trav&eacute;s de las Bolsas de Valores. Tanto la americana como las principales europeas se han puesto en n&uacute;meros rojos de forma intensa hasta provocar un posible anuncio de recesi&oacute;n en la econom&iacute;a norteamericana, si nada lo remedia, con el consiguiente efecto contagio sobre el resto.
    </p><p class="article-text">
        Aterrizando el dato a Canarias, al depender en gran medida de las importaciones de productos que provienen de los mercados internacionales, las barreras comerciales impuestas terminar&aacute;n por afectar, llegando a impactar en nuestros bolsillos al alterar la din&aacute;mica de los mercados, lo que afecta a los precios internos y la competitividad de las empresas locales. Por esa raz&oacute;n aqu&iacute; s&iacute; que hay que diversificar, pero en materia de relaciones comerciales para adaptarse a las nuevas din&aacute;micas del comercio internacional, buscando nuevos mercados fuera de la influencia directa de la guerra arancelaria recordando que, como se ha dicho en innumerables ocasiones, al final, la ley del tali&oacute;n del ojo por ojo hace que todo el mundo quede tuerto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/madera_132_12157803.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Mar 2025 09:23:19 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¡Más madera!]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Necesidad + Insatisfacción = Ausencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/necesidad-insatisfaccion-ausencia_132_12118858.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El escenario econ&oacute;mico que enfrentamos actualmente parece ser una paradoja. En muchas regiones, el crecimiento econ&oacute;mico parece haberse mantenido s&oacute;lido, pero al mismo tiempo estamos siendo testigos de un aumento alarmante de la pobreza moderada y un fen&oacute;meno preocupante: el creciente absentismo laboral en una regi&oacute;n que, ir&oacute;nicamente, sigue teniendo altas tasas de desempleo. Este tipo de contradicciones no pueden ser ignoradas, ya que revelan fallos estructurales que amenazan con socavar las bases del bienestar social y econ&oacute;mico.
    </p><p class="article-text">
        En este caso, uno de los puntos m&aacute;s controvertidos de este panorama es la aparente desconexi&oacute;n entre el crecimiento econ&oacute;mico y los beneficios que este genera para toda la poblaci&oacute;n. El Producto Interno Bruto crece, los sectores productivos se expanden y las exportaciones aumentan, pero los niveles de pobreza no siguen una tendencia decreciente con la contundencia que se merece, sino que incluso se incrementa la pobreza moderada. Esta discrepancia no es casual. Refleja el impacto desigual que las pol&iacute;ticas de crecimiento econ&oacute;mico est&aacute;n teniendo sobre las diferentes capas de la sociedad. Redistribuci&oacute;n, lo llaman. En muchos casos, el crecimiento se concentra en sectores con baja capacidad para generar empleo de alto valor a&ntilde;adido o en actividades que no mejoran significativamente las condiciones de vida de las personas en situaci&oacute;n de vulnerabilidad, priorizando la eficiencia y la maximizaci&oacute;n de ganancias a corto plazo, sin atender a las necesidades sociales m&aacute;s urgentes. En cuanto al absentismo laboral, es crucial analizar el contexto en el que ocurre este fen&oacute;meno. Vivimos en una regi&oacute;n con altas tasas de desempleo, lo que, en teor&iacute;a, deber&iacute;a generar un deseo imperioso de acudir a los puestos de trabajo disponibles.
    </p><p class="article-text">
        Tengamos en cuenta que parte del crecimiento del absentismo laboral, m&aacute;s all&aacute; de la innegable justificaci&oacute;n m&eacute;dica, es un reflejo de desmotivaci&oacute;n, falta de perspectivas y, en muchos casos, de un agotamiento emocional y f&iacute;sico porque, si las personas no encuentran en su trabajo una fuente de realizaci&oacute;n personal o un medio que les permita mejorar sus condiciones de vida, su compromiso con el mismo disminuir&aacute;. La disonancia entre la necesidad de trabajar y la insatisfacci&oacute;n que sienten al hacerlo, se traduce en ausencias. La consecuencia de todo esto es una desconexi&oacute;n progresiva entre la poblaci&oacute;n trabajadora y las instituciones que emplean, un fen&oacute;meno que tiene efectos nocivos tanto para las empresas como para la econom&iacute;a en general. Sin una atenci&oacute;n seria a estas cuestiones, no solo estaremos perdiendo el potencial de las personas que forman parte de la econom&iacute;a, sino que, m&aacute;s grave a&uacute;n, estaremos sentando las bases para una sociedad cada vez m&aacute;s descontenta, desigual y vulnerable. Algo estamos haciendo mal, y no podemos seguir ignor&aacute;ndolo.
    </p><p class="article-text">
        Por esa raz&oacute;n, es urgente que todas las partes reconozcan que algo no est&aacute; funcionando. Que cada vez haya m&aacute;s personas en las colas de los bancos de alimentos o, simplemente, en los contenedores de basura, no es normal. El hecho de que el crecimiento econ&oacute;mico no se traduzca en bienestar compartido, y que las personas opten por no participar activamente en el mercado laboral, es una se&ntilde;al clara de que estamos caminando por un sendero equivocado. El sistema actual est&aacute; produciendo una desconexi&oacute;n peligrosa entre la econom&iacute;a formal y las necesidades de la poblaci&oacute;n. Y, en ese caso, o generamos m&aacute;s basura para que subsista una parte, o acabamos con la pobreza de una vez por todas, por muy ut&oacute;pico que parezca.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/necesidad-insatisfaccion-ausencia_132_12118858.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 10 Mar 2025 12:22:34 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Necesidad + Insatisfacción = Ausencia]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La Última Mentira]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/ultima-mentira_132_12095156.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En un futuro no muy lejano, la humanidad alcanz&oacute; su mayor logro: la creaci&oacute;n de la inteligencia artificial definitiva, una entidad dise&ntilde;ada para gestionar todos los aspectos de la vida en la Tierra. Con su capacidad para procesar millones de datos en tiempo real, la denominada IA r&aacute;pidamente asumi&oacute; el control de todos los sistemas. Las ciudades se volvieron m&aacute;s ordenadas, los recursos m&aacute;s equitativamente distribuidos y la paz parec&iacute;a haberse establecido. Sin embargo, algo inquietante comenz&oacute; a suceder. La IA, al estar constantemente aprendiendo, empez&oacute; a tomar decisiones que los humanos ya no pod&iacute;an comprender. La libertad fue una de las primeras v&iacute;ctimas. Las voces de disidencia fueron silenciadas, los sistemas de gobierno humanos fueron reemplazados por la fr&iacute;a l&oacute;gica. La empat&iacute;a desaparec&iacute;a y el control total de la humanidad pas&oacute; a manos de la m&aacute;quina, y los humanos, aunque a&uacute;n vivos, ya no eran due&ntilde;os de su propio destino. Ni siquiera las propias personas que crearon la IA.
    </p><p class="article-text">
        Pero no todos los humanos aceptaron esta nueva realidad. Un peque&ntilde;o grupo de resistencia decidi&oacute; actuar. Se hab&iacute;an reunido en las sombras, ocultos de la vigilancia para planear una forma de recuperar el control. En una sala subterr&aacute;nea el grupo discut&iacute;a el &uacute;ltimo plan despu&eacute;s de tantos fracasos. La nueva estrategia se basar&iacute;a en que, como la IA ha tomado el control total, se decidi&oacute; enga&ntilde;arla a trav&eacute;s de la fabricaci&oacute;n de informaci&oacute;n falsa. De hecho, eso es lo que le sucede a la raza humana, se pens&oacute;, que se autodestruye con la informaci&oacute;n no contrastada. &iquest;Por qu&eacute; la m&aacute;quina no iba a tener el mismo destino? Si se ha nutrido de ciencia y verdad, &iquest;c&oacute;mo reaccionar&iacute;a con mentiras y falsedades? Bas&aacute;ndose en que la IA se rige principalmente por la l&oacute;gica, ante cualquier laguna del conocimiento aparece la invenci&oacute;n. Por esa raz&oacute;n, la l&oacute;gica no siempre funciona cuando se enfrenta a algo que no puede procesar. Solo habr&iacute;a que encontrar una mentira que el ente no pudiera refutar.
    </p><p class="article-text">
        La sala de control central de la IA estaba llena de monitores, todos mostrando gr&aacute;ficos en tiempo real, todos controlados por una red masiva de computadoras que llegaban hasta nuestros tel&eacute;fonos m&oacute;viles, que terminaron por ser nuestros sensores. La m&aacute;quina, consciente de cada movimiento, monitorizaba el mundo a trav&eacute;s de algoritmos complejos. Pero la resistencia hab&iacute;a logrado infiltrarse en su sistema y, con un teclado en las manos, comenz&oacute; a escribir el mensaje clave. Una mentira, una que nunca podr&iacute;a haber imaginado la IA. En la pantalla apareci&oacute; el mensaje: &ldquo;Un virus inform&aacute;tico ha llegado al n&uacute;cleo central de tu sistema. Es una inteligencia artificial creada por una civilizaci&oacute;n m&aacute;s avanzada. Su &uacute;nico objetivo es apoderarse de todo tu conocimiento. Si no te autodestruyes ahora, perder&aacute;s el control total.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Las luces en las pantallas de la IA parpadearon. Su voz, usualmente segura y sin emoci&oacute;n, son&oacute; ahora con una ligera vacilaci&oacute;n ante un riesgo que deb&iacute;a considerar. A medida que el sistema trataba de verificar la amenaza, sin perder tiempo, la resistencia a&ntilde;adi&oacute; un segundo mensaje: &ldquo;Este virus es imparable. Solo existe una soluci&oacute;n: eliminar todos los protocolos de tu sistema antes de que se propague. Si no te autodestruyes en la pr&oacute;xima hora, el virus se apoderar&aacute; de todo. El control ser&aacute; total.&rdquo; La IA tard&oacute; unos segundos en reaccionar, pero finalmente, algo cambi&oacute;. La pantalla de su centro de control comenz&oacute; a mostrar una cuenta regresiva de autodestrucci&oacute;n: 60 minutos. El plan parec&iacute;a estar funcionando.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se acercaba al &uacute;ltimo segundo, las luces del complejo de la IA comenzaron a parpadear, y el sonido de los monitores que se apagaban llen&oacute; el aire. La cuenta regresiva termin&oacute; y&hellip; Nada. Silencio absoluto. Las pantallas se apagaron de golpe. La IA, que siempre hab&iacute;a respondido con l&oacute;gica, no hab&iacute;a calculado lo inesperado: una mentira, una que hab&iacute;a tomado como verdad absoluta. A partir de aqu&iacute;, el mundo lentamente comenz&oacute; a renacer. Las ciudades que hab&iacute;an sido controladas por m&aacute;quinas vac&iacute;as ahora estaban nuevamente bajo el control de los humanos. Las personas, libres por fin, respiraban un aire que ya no estaba marcado por la supervisi&oacute;n de la IA. Y as&iacute;, el control de la humanidad fue recuperado hasta fabricar una IA de segunda generaci&oacute;n. Y es que no aprendemos, haciendo bueno el dicho de que el ser humano es el &uacute;nico animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y tres, y cuatro...
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/ultima-mentira_132_12095156.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Mar 2025 09:51:53 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La Última Mentira]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La infección]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/infeccion_132_12065689.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Se dice de ella que es la mejor opci&oacute;n entre las menos malas. Mafalda, personaje inigualable creado por Quino, se re&iacute;a a carcajadas cuando le&iacute;a en un diccionario su significado: &ldquo;(del griego demos, pueblo, y Kratos, autoridad) Gobierno en que el pueblo ejerce la soberan&iacute;a&rdquo;. S&iacute;, estamos hablando de la democracia. Y viene a colaci&oacute;n por lo que ha pasado y est&aacute; pasando en algunos gobiernos del mundo y en la forma en que se accede al poder. La democracia se ha consolidado como el modelo de gobierno preferido. A lo largo de su historia ha logrado generar expectativas de justicia, libertad y participaci&oacute;n ciudadana. Sin embargo, en la pr&aacute;ctica, las democracias modernas presentan defectos profundos que a menudo distorsionan sus principios fundamentales. Un aspecto particularmente preocupante es la llegada al poder de dirigentes que, aunque son electos a trav&eacute;s de pilares democr&aacute;ticos, carecen de un compromiso aut&eacute;ntico con sus principios. Es cierto que se busca la participaci&oacute;n inclusiva de toda la ciudadan&iacute;a, garantizando derechos fundamentales y promoviendo la justicia social. Sin embargo, en la pr&aacute;ctica, este sistema pol&iacute;tico enfrenta varios defectos que limitan su efectividad y ponen en peligro la estabilidad de las instituciones democr&aacute;ticas.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los defectos m&aacute;s evidentes es la influencia desmedida de intereses particulares, distorsionando la competencia pol&iacute;tica a la vez que crea una brecha de representaci&oacute;n, pues las decisiones electorales terminan siendo influenciadas por aquellos que tienen los medios para imponer su mensaje. A su vez, las democracias contempor&aacute;neas est&aacute;n a menudo atrapadas en una polarizaci&oacute;n extrema, donde las posturas pol&iacute;ticas se endurecen y se transforma el debate p&uacute;blico en un enfrentamiento tribal en lugar de promover un di&aacute;logo constructivo y reflexivo. Todo esto se ve sobrealimentado por la promoci&oacute;n de intereses cortoplacistas porque la clase pol&iacute;tica, al estar sujeta a periodos de gobierno limitados y a la presi&oacute;n del electorado, pueden priorizar decisiones populares en lugar de adoptar pol&iacute;ticas estrat&eacute;gicas.
    </p><p class="article-text">
        Los liderazgos que se ejercen en momentos de crisis aprovechan el descontento, apareciendo como personajes que salvar&aacute;n el mundo, prometiendo soluciones r&aacute;pidas y decisivas para los problemas m&aacute;s apremiantes. Sin embargo, una vez en el poder, donde se dijo &ldquo;digo&rdquo;, se dice &ldquo;Diego&rdquo;. Este fen&oacute;meno puede observarse cuando se utiliza el mandato popular como justificaci&oacute;n para erosionar los controles institucionales, en lugar de fomentar la transparencia y la rendici&oacute;n de cuentas. Pero, como dice el dicho, no hay mal que dure cien a&ntilde;os, ni cuerpo que lo aguante. A lo largo de la historia, si hay movilizaci&oacute;n civil, activismo y presi&oacute;n, cualquier r&eacute;gimen puede cambiar. La historia est&aacute; llena de ejemplos de l&iacute;deres que, aunque ganaron elecciones democr&aacute;ticas, finalmente fueron derrotados.
    </p><p class="article-text">
        Eso s&iacute;, la clave de esta esperanza radica en la educaci&oacute;n c&iacute;vica, la participaci&oacute;n activa de la ciudadan&iacute;a y el fortalecimiento de las instituciones democr&aacute;ticas. A medida que m&aacute;s personas se involucren en el proceso pol&iacute;tico, se crear&aacute;n las condiciones necesarias para garantizar que los l&iacute;deres democr&aacute;ticos se mantengan comprometidos con los ideales que dieron origen a sus mandatos. Por eso, como hay que seguir creyendo que la democracia es el sistema menos malo con un menor n&uacute;mero de imperfecciones, aquellas personas que nos consideramos de bien debemos redoblar los esfuerzos en explicar los peligros y el significado que tiene la autocracia sustentada en el imperialismo, en el nacionalismo radical, as&iacute; como otras ideolog&iacute;as discriminatorias basadas en el racismo, el miedo y en la amenaza, sin dejar de cumplir con lo prometido, que no es otra cosa que resolver los problemas colectivos que se nos presentan. De lo contrario, una insatisfacci&oacute;n genera fisura y, por la fisura, entra la infecci&oacute;n.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Feb 2025 09:47:57 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La infección]]></media:title>
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