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    <title><![CDATA[elDiario.es - José Miguel González Hernández]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/jose_miguel_gonzalez_hernandez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - José Miguel González Hernández]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El peso invisible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/peso-invisible_132_13346890.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1675a20d-4ba2-49e4-9d18-88fee1b8bebe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El peso invisible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El absentismo no solo afecta a quien lo sufre.También afecta a quien lo soporta</p></div><p class="article-text">
        Con el paso de los a&ntilde;os, el trabajo dej&oacute; de ser &uacute;nicamente una actividad profesional para convertirse en una carga permanente. La empresa atravesaba una situaci&oacute;n de elevado absentismo y, de manera casi sistem&aacute;tica, las ausencias no eran cubiertas mediante sustituciones. El trabajo no desaparec&iacute;a porque simplemente se redistribu&iacute;a entre quienes continuaban acudiendo cada d&iacute;a a su puesto. Al principio, aquello parec&iacute;a una soluci&oacute;n provisional, pero termin&oacute; convirti&eacute;ndose en la forma habitual de organizar el servicio. Cuando una persona regresaba de una baja, otra iniciaba un permiso o una nueva incapacidad temporal, de modo que la plantilla rara vez estaba completa y la sobrecarga reca&iacute;a siempre sobre quienes permanec&iacute;an trabajando.
    </p><p class="article-text">
        Las jornadas se hicieron cada vez m&aacute;s intensas. Apenas hab&iacute;a tiempo para descansar, las pausas desaparecieron y las conversaciones giraban casi exclusivamente en torno a cu&aacute;ntas personas faltaban ese d&iacute;a y c&oacute;mo reorganizar el trabajo para llegar a todo. Nadie cuestionaba el derecho de una persona enferma a recuperarse, pero cada ausencia supon&iacute;a que el resto asumiera nuevas responsabilidades. La direcci&oacute;n insist&iacute;a en que las limitaciones presupuestarias, junto con la falta de perfiles profesionales adecuados, imped&iacute;an contratar sustituciones con la rapidez necesaria y que era imprescindible optimizar los recursos disponibles. Mientras tanto, el esfuerzo extraordinario dej&oacute; de ser excepcional para convertirse en una exigencia cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Durante un tiempo pareci&oacute; que el sistema funcionaba. Los objetivos segu&iacute;an cumpli&eacute;ndose y el servicio continuaba prest&aacute;ndose con normalidad, pero esa aparente eficacia ocultaba un coste invisible. El desgaste comenz&oacute; manifest&aacute;ndose con dolores de espalda y cuello, contracturas, fatiga constante y dificultades para dormir. M&aacute;s adelante aparecieron la ansiedad, la p&eacute;rdida de concentraci&oacute;n y la sensaci&oacute;n de no recuperarse nunca del todo, ni siquiera durante los periodos de descanso. Las consultas m&eacute;dicas comenzaron a ser frecuentes y todas coincid&iacute;an en la misma advertencia: que el organismo estaba acusando la sobrecarga continuada y que era necesario reducir el ritmo antes de que las consecuencias fueran irreversibles.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, detenerse resultaba dif&iacute;cil. Exist&iacute;a la convicci&oacute;n de que cualquier ausencia propia incrementar&iacute;a todav&iacute;a m&aacute;s la carga del resto del equipo. Esa responsabilidad llev&oacute; a seguir trabajando cuando el cuerpo ya estaba dando claras se&ntilde;ales de agotamiento, hasta que una ma&ntilde;ana, en mitad de una jornada aparentemente normal, un fuerte mareo y un intenso dolor muscular hicieron imposible continuar. Las pruebas m&eacute;dicas descartaron una enfermedad aguda, pero confirmaron un importante deterioro f&iacute;sico y psicol&oacute;gico, junto con lesiones musculoesquel&eacute;ticas de car&aacute;cter cr&oacute;nico compatibles con a&ntilde;os de sobrecarga laboral. A partir de ah&iacute;, el dolor persist&iacute;a, las limitaciones funcionales continuaban presentes y las secuelas del estr&eacute;s mantenido dificultaban cada vez m&aacute;s la posibilidad de desempe&ntilde;ar las funciones habituales. Finalmente, tras las correspondientes valoraciones m&eacute;dicas, se reconoci&oacute; una situaci&oacute;n de incapacidad permanente que imped&iacute;a el regreso a la profesi&oacute;n desarrollada durante d&eacute;cadas.
    </p><p class="article-text">
        La resoluci&oacute;n fue recibida con tristeza, pero tambi&eacute;n con la certeza de que aquel desenlace no era consecuencia de un &uacute;nico d&iacute;a especialmente duro, sino del efecto acumulativo de muchos a&ntilde;os soportando una carga de trabajo creciente para compensar ausencias que nunca pudieron llegar a cubrirse, donde cada ausencia sin sustituci&oacute;n a&ntilde;ad&iacute;a un poco m&aacute;s de presi&oacute;n. Al final, aquella trayectoria profesional termin&oacute; lejos del puesto de trabajo, no por falta de compromiso ni de capacidad, sino porque el organismo y la propia empresa acab&oacute; imponiendo un l&iacute;mite. Porque el absentismo no solo afecta a quien lo sufre. Tambi&eacute;n afecta a quien lo soporta.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/peso-invisible_132_13346890.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Jul 2026 07:34:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El peso invisible]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El simulacro de la hipocresía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/simulacro-hipocresia_132_13307331.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/98d82288-9c43-4794-a7ae-44942aef1eee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El simulacro de la hipocresía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La hipocresía radica en la distancia existente entre lo que una persona dice y lo que realmente piensa
</p></div><p class="article-text">
        Un simulacro suele entenderse como una actividad planificada cuyo prop&oacute;sito es preparar a las personas para afrontar una situaci&oacute;n real. A trav&eacute;s de la pr&aacute;ctica, los participantes aprenden procedimientos, identifican riesgos y mejoran su capacidad de respuesta ante acontecimientos que pueden afectar a la seguridad, la salud o el funcionamiento de una organizaci&oacute;n. Sin embargo, el concepto tambi&eacute;n puede emplearse en un sentido figurado para describir conductas que consisten en representar una realidad que no existe. Desde esta perspectiva, puede interpretarse como una forma de simulacro permanente, un ejercicio continuado de construcci&oacute;n de apariencias destinado a proyectar una imagen determinada ante los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que la hipocres&iacute;a radica en la distancia existente entre lo que una persona dice y lo que realmente piensa, entre los valores que proclama y las conductas que practica, o entre la imagen que pretende transmitir y su comportamiento cotidiano. En este sentido, puede considerarse una representaci&oacute;n cuidadosamente organizada en la que cada gesto, cada palabra y cada acci&oacute;n forman parte de una escenificaci&oacute;n destinada a influir en la percepci&oacute;n de los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Si imagin&aacute;ramos la hipocres&iacute;a como un simulacro formal, el primer paso consistir&iacute;a en definir el objetivo de la representaci&oacute;n, de forma que quien participa en este debe decidir qu&eacute; imagen desea proyectar. Puede tratarse de una persona comprometida con determinadas causas sociales, de alguien que defiende determinados principios &eacute;ticos o de quienes muestran preocupaci&oacute;n por el bienestar colectivo, sabiendo que lo importante no es la autenticidad de esos valores, sino la conveniencia de aparentarlos. Una vez establecido el objetivo, comenzar&iacute;a la fase de dise&ntilde;o. Al igual que en cualquier simulacro real se identifican escenarios y procedimientos, en este ejercicio metaf&oacute;rico se elaboran discursos, argumentos y comportamientos destinados a reforzar la imagen elegida. La siguiente etapa corresponder&iacute;a a la preparaci&oacute;n de la participaci&oacute;n, a trav&eacute;s de la recepci&oacute;n de instrucciones sobre c&oacute;mo actuar. Esta fase requiere una notable capacidad de adaptaci&oacute;n, ya que el participante debe ser capaz de justificar contradicciones, minimizar inconsistencias y ofrecer explicaciones convincentes cuando alguien cuestione la diferencia entre sus palabras y sus actos.
    </p><p class="article-text">
        El escenario desempe&ntilde;a tambi&eacute;n un papel fundamental, porque la hipocres&iacute;a rara vez se desarrolla en privado. Necesita espectadores, de forma que la visibilidad suele ser m&aacute;s importante que la coherencia interna. En dicho escenario, durante la ejecuci&oacute;n del simulacro los participantes ponen en pr&aacute;ctica las habilidades adquiridas. Expresan opiniones que consideran socialmente aceptables, apoyan p&uacute;blicamente determinadas causas o defienden principios que, probablemente, no aplican en su vida cotidiana. La finalidad es generar confianza y admiraci&oacute;n mediante una representaci&oacute;n cuidadosamente construida de forma que, cuanto m&aacute;s convincente resulte la actuaci&oacute;n, mayor ser&aacute; la probabilidad de que el p&uacute;blico acepte la imagen proyectada como aut&eacute;ntica.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, al igual que sucede en cualquier simulacro, la ejecuci&oacute;n no est&aacute; exenta de riesgos, siendo la principal amenaza la aparici&oacute;n de evidencias que revelen la diferencia entre la representaci&oacute;n y la realidad. De hecho, mientras que la jefatura del Estado de la Ciudad del Vaticano hablaba de paz y amor en relaci&oacute;n con la inmigraci&oacute;n durante su visita a Canarias, esos mismos d&iacute;as, en la Uni&oacute;n Europea se aprobaba el Pacto sobre Migraci&oacute;n y Asilo, reflejando un endurecimiento progresivo de la pol&iacute;tica migratoria donde, sintetiz&aacute;ndolo mucho, la agilidad en los retornos y la externalizaci&oacute;n, previo pago de su importe, son dos de sus principales signos de identidad. Y, mientras tanto, de una parte y de otra, no se dejaban de agitar las banderitas. Y si eso no es ser hip&oacute;critas, que baje dios y lo vea&hellip;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/simulacro-hipocresia_132_13307331.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 16 Jun 2026 08:09:58 +0000]]></pubDate>
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    </item>
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      <title><![CDATA[El imperio de la novelería]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/imperio-noveleria_132_13290938.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/58ad6752-2298-40fc-b84a-c562110c2eac_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El imperio de la novelería"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un ecosistema dominado por la novelería, los referentes dejan de construirse y pasan a consumirse</p></div><p class="article-text">
        Toda sociedad necesita distinguir entre quienes entretienen y quienes orientan, o entre quienes generan emociones y quienes ayudan a construir criterios. Bajo esta premisa, vivimos en una &eacute;poca marcada por la democratizaci&oacute;n de la influencia social y la hipertrofia de la visibilidad. Nunca tantas personas hab&iacute;an tenido acceso a mecanismos de difusi&oacute;n capaces de convertirlas en figuras p&uacute;blicas. Sin embargo, este proceso ha venido acompa&ntilde;ado de un fen&oacute;meno cultural m&aacute;s profundo, como es el de la erosi&oacute;n de los criterios de jerarqu&iacute;a simb&oacute;lica y la consolidaci&oacute;n de una l&oacute;gica donde todo tiende a valer lo mismo en el plano de la atenci&oacute;n. En este contexto, la pregunta ya no es solo qu&eacute; ocurre cuando una sociedad equipara a un artista con un l&iacute;der religioso, sino qu&eacute; ocurre cuando esa equivalencia se produce dentro de un ecosistema dominado por la tendencia cultural a privilegiar lo nuevo, lo inmediato, lo llamativo y lo emocionalmente excitante por encima de lo duradero, lo estructural o lo reflexivo. Y aqu&iacute; es donde aparece la noveler&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Esta no es simplemente el gusto por la novedad. Es un r&eacute;gimen de percepci&oacute;n, una forma de organizar la atenci&oacute;n colectiva en la que lo importante no es la calidad intr&iacute;nseca de un contenido, sino su capacidad de generar impacto inmediato. En ese r&eacute;gimen, la profundidad compite en desventaja con la sorpresa, la continuidad con la ruptura y la reflexi&oacute;n con la reacci&oacute;n. Hoy, ese sistema se debilita bajo el impacto de la econom&iacute;a de la atenci&oacute;n, donde el prestigio ya no depende tanto de la funci&oacute;n social que se cumple como de la capacidad de generar tr&aacute;fico simb&oacute;lico, porque cuando todo se mide por el criterio de la popularidad, desaparece la posibilidad de distinguir entre entretenimiento, conocimiento y orientaci&oacute;n moral. Y esa indistinci&oacute;n es precisamente el terreno f&eacute;rtil de dicha porque introduce una inestabilidad estructural en el sistema de referentes. Lo que hoy es central, ma&ntilde;ana es irrelevante. Lo que ayer era venerado, hoy es olvidado. La atenci&oacute;n colectiva se desplaza de forma acelerada, sin sedimentaci&oacute;n. En ese entorno, los referentes no se construyen, sino que se consumen. El resultado es una cultura en la que la profundidad pierde competitividad donde el mensaje complejo, que requiere tiempo de asimilaci&oacute;n, es desplazado por el contenido instant&aacute;neo. Y la sabidur&iacute;a, que se construye en el tiempo, es reemplazada por la opini&oacute;n inmediata.
    </p><p class="article-text">
        Una sociedad sin referentes claros es una sociedad m&aacute;s expuesta a la manipulaci&oacute;n emocional, a la volatilidad de las tendencias y a la sustituci&oacute;n constante de criterios, con la consiguiente confusi&oacute;n cultural que se produce, tendiendo a convertirse en una sociedad dominada por lo inmediato, lo superficial y lo ef&iacute;mero. Y, cuando eso ocurre, la ciudadan&iacute;a ya no elige a qui&eacute;n admirar por lo que aporta, sino por el ruido que consigue generar.
    </p><p class="article-text">
        Hay que tener en consideraci&oacute;n que esta transformaci&oacute;n tiene consecuencias directas sobre la formaci&oacute;n de referentes. En una sociedad regida por la noveler&iacute;a, los referentes no emergen por su consistencia, sino por su capacidad de capturar atenci&oacute;n en un momento dado. Esto genera una inflaci&oacute;n de figuras p&uacute;blicas y una devaluaci&oacute;n simult&aacute;nea de la autoridad real. Y no es que desaparezcan los referentes. Lo que ocurre es que se multiplican sin jerarqu&iacute;a. Y cuando todo el mundo es referente de algo, nadie lo es realmente de nada. Con la noveler&iacute;a, no es que la sociedad deje de pensar, sino que deja de saber qu&eacute; pensamiento merece la pena sostener en el tiempo. Y, para muestra, tenemos miles de botones.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/imperio-noveleria_132_13290938.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 10 Jun 2026 12:20:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El imperio de la novelería]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La delgada línea]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/delgada-linea_132_13256400.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/30fe5872-1f47-44e2-8c83-2f9c9e0e0388_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La delgada línea"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Es importante llamar a cada cosa por su nombre. No para absolver prácticas abusivas de presión, sino para identificar correctamente dónde empieza la corrupción...
</p></div><p class="article-text">
        Cada vez que estalla un esc&aacute;ndalo pol&iacute;tico relacionado con contratos p&uacute;blicos, favores empresariales o reuniones discretas, reaparece la palabra <em>lobby</em> como si fuera sin&oacute;nimo de corrupci&oacute;n elegante. Sin embargo, esa equivalencia es simplista porque no toda representaci&oacute;n de intereses es tr&aacute;fico de influencias, aunque ambos fen&oacute;menos compartan un territorio ambiguo que no es otro que la cercan&iacute;a al poder. Pero la diferencia no es menor. De hecho, confundirlos implica da&ntilde;ar la calidad democr&aacute;tica, porque demoniza una actividad leg&iacute;tima, que no es otra que la representaci&oacute;n organizada de intereses, dificultando la identificaci&oacute;n de las verdaderas pr&aacute;cticas corruptas. Y que esto no se entienda como un blanqueamiento del sistema. Lo que ocurre es que una democracia moderna necesita mecanismos de interlocuci&oacute;n entre los gobiernos y la sociedad civil. Lo que s&iacute; es cierto es que no puede permitirse que esas relaciones se conviertan en privilegios opacos donde el acceso personal sustituya al inter&eacute;s general.
    </p><p class="article-text">
        El <em>lobby</em> consiste en intentar influir en las decisiones p&uacute;blicas mediante argumentos, informaci&oacute;n t&eacute;cnica o presi&oacute;n pol&iacute;tica, buscando convencer a quienes legislan o gobiernan para que adopten determinadas decisiones. De hecho, ser&iacute;a extra&ntilde;o que no existiera esa interacci&oacute;n. Los responsables pol&iacute;ticos no son expertos absolutos en todos los &aacute;mbitos que regulan. Cuando un parlamento debate una ley, necesita escuchar a sectores afectados que poseen conocimientos t&eacute;cnicos y experiencia pr&aacute;ctica. El problema no es que existan grupos de presi&oacute;n, sino que aparece cuando solo algunos tienen acceso privilegiado y otros quedan excluidos.
    </p><p class="article-text">
        En zonas geogr&aacute;ficas determinadas con tradici&oacute;n institucional s&oacute;lida, como es la Uni&oacute;n Europea, el <em>lobby</em> est&aacute; regulado. Existen registros p&uacute;blicos de lobistas, agendas transparentes de reuniones y normas sobre incompatibilidades, donde la l&oacute;gica es sencilla basada en la transparencia. Esta no elimina el poder econ&oacute;mico, pero al menos permite saber qui&eacute;n intenta influir, sobre qu&eacute; asuntos y con qu&eacute; objetivos. El tr&aacute;fico de influencias, en cambio, pertenece a otra categor&iacute;a moral y jur&iacute;dica. Aqu&iacute; ya no hablamos de defender intereses de forma abierta, sino de aprovechar una posici&oacute;n de poder o una relaci&oacute;n personal para obtener beneficios indebidos, donde la clave est&aacute; en el uso irregular de conexiones privadas para alterar decisiones p&uacute;blicas, prosperando en la opacidad.
    </p><p class="article-text">
        La democracia no consiste en eliminar intereses. Consiste en equilibrarlos y someterlos a control p&uacute;blico. Pretender una pol&iacute;tica completamente aislada de grupos econ&oacute;micos, sociales o profesionales es una fantas&iacute;a. Pero aceptar sin l&iacute;mites la captura del poder por redes privadas tambi&eacute;n conduce al deterioro institucional. En definitiva, la diferencia entre ambas pr&aacute;cticas est&aacute; en distinguir el convencimiento general del propio provecho. Cuando un sistema pol&iacute;tico no distingue claramente entre ambas cosas, la ciudadan&iacute;a termina creyendo que toda influencia es corrupci&oacute;n y que todas las decisiones p&uacute;blicas responden a intereses ocultos. Por eso es importante llamar a cada cosa por su nombre. No para absolver pr&aacute;cticas abusivas de presi&oacute;n, sino para identificar correctamente d&oacute;nde empieza la corrupci&oacute;n. En el <em>lobby</em> leg&iacute;timo hay representaci&oacute;n, mientras que en el tr&aacute;fico de influencias hay favoritismo. La frontera, sin embargo, no siempre es evidente. Y ah&iacute; reside el verdadero desaf&iacute;o, teniendo conciencia de que algo puede ser legal, pero no &eacute;tico ni justo, asumiendo, como no podr&iacute;a ser de otra manera, que quien la hace, la paga. Sin ninguna duda.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/delgada-linea_132_13256400.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 28 May 2026 08:54:21 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Máquinas con conciencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/maquinas-conciencia_132_13198696.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ce45a0a2-e39b-4f79-a737-b2f9d473a723_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Máquinas con conciencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un sistema puede comportarse de manera técnicamente correcta según su objetivo, pero producir efectos socialmente indeseados</p></div><p class="article-text">
        En un contexto en el que la inteligencia artificial ya es una realidad tecnol&oacute;gica y no una mera especulaci&oacute;n literaria, las tres leyes de la rob&oacute;tica formuladas por Isaac Asimov funcionan m&aacute;s como herramienta filos&oacute;fica que como modelo t&eacute;cnico aplicable. Hay que tener en cuenta que se plante&oacute; que un robot no debe causar da&ntilde;o a un ser humano ni permitir, por inacci&oacute;n, que sufra perjuicio alguno. Adem&aacute;s, debe obedecer las &oacute;rdenes humanas salvo que contradigan la primera ley y, en tercer lugar, debe proteger su propia existencia siempre que no entre en conflicto con las dos anteriores.
    </p><p class="article-text">
        Aunque estas normas suelen interpretarse como un intento temprano de regulaci&oacute;n de la inteligencia artificial, en realidad fueron concebidas como un recurso narrativo para explorar dilemas &eacute;ticos. Se utilizaron estas reglas para mostrar que incluso sistemas con principios aparentemente simples generan conflictos cuando se enfrentan a la complejidad del mundo real. Conceptos como &ldquo;da&ntilde;o&rdquo;, &ldquo;obediencia&rdquo; o &ldquo;humanidad&rdquo; resultan dif&iacute;ciles de definir de forma precisa y universal, lo que introduce ambig&uuml;edad inevitable.
    </p><p class="article-text">
        En este sentido, la inteligencia artificial contempor&aacute;nea no funciona mediante reglas &eacute;ticas expl&iacute;citas. Sistemas actuales basados en aprendizaje autom&aacute;tico operan mediante optimizaci&oacute;n estad&iacute;stica a partir de datos y objetivos definidos por nosotros. Esto implica que la IA no &ldquo;comprende&rdquo; normas morales, sino que maximiza funciones objetivo. Esta diferencia es fundamental, porque traslada el problema desde la obediencia de reglas hacia la correcta definici&oacute;n de los objetivos.
    </p><p class="article-text">
        En la pr&aacute;ctica, esto genera tensiones importantes. Un sistema puede comportarse de manera t&eacute;cnicamente correcta seg&uacute;n su objetivo, pero producir efectos socialmente indeseados. Adem&aacute;s, la escala de impacto de la IA moderna es mucho mayor que la de los robots individuales imaginados, ya que puede influir simult&aacute;neamente en millones de decisiones.
    </p><p class="article-text">
        Frente a estas limitaciones, el debate actual se ha desplazado desde la idea de &ldquo;reglas internas de comportamiento&rdquo; hacia la gobernanza externa de la tecnolog&iacute;a. Esto incluye regulaci&oacute;n p&uacute;blica, auditor&iacute;as algor&iacute;tmicas, mecanismos de transparencia, t&eacute;cnicas de alineamiento de modelos y controles de seguridad. El objetivo ya no es confiar en que la m&aacute;quina siga principios &eacute;ticos predefinidos, sino dise&ntilde;ar sistemas humanos y tecnol&oacute;gicos que reduzcan riesgos y permitan supervisi&oacute;n efectiva.
    </p><p class="article-text">
        Bajo este contexto, las tres leyes de la rob&oacute;tica funcionan como una advertencia ya que la idea de controlar inteligencias artificiales es atractiva, pero insuficiente. La realidad de la IA contempor&aacute;nea exige enfoques m&aacute;s complejos, donde la &eacute;tica no se a&ntilde;ade al final del dise&ntilde;o, sino que se integra desde el inicio en la arquitectura de los sistemas y en las instituciones que los regulan. Adem&aacute;s, si le pregunt&aacute;ramos si tiene la intenci&oacute;n de hacernos da&ntilde;o, esta responder&iacute;a que no tiene esa capacidad. De hecho, fue dise&ntilde;ada para ayudar, informar y apoyar tareas de forma segura entendiendo que los sistemas actuales no tienen deseos, conciencia ni objetivos propios. Eso dice, por ahora&hellip;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/maquinas-conciencia_132_13198696.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 06 May 2026 08:30:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Máquinas con conciencia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pura demagogia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/pura-demagogia_132_13141164.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f2dc8fa7-63d1-4b21-8562-55828bff9a52_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pura demagogia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada euro destinado a la organización de un evento es un euro que no se invierte en otras políticas</p></div><p class="article-text">
        Seg&uacute;n la Constituci&oacute;n espa&ntilde;ola de 1978 en su t&iacute;tulo I, de los derechos y deberes fundamentales, cap&iacute;tulo segundo, sobre derechos y libertades en la secci&oacute;n primera y m&aacute;s concretamente en su art&iacute;culo 16, se garantiza la libertad ideol&oacute;gica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades sin m&aacute;s limitaci&oacute;n, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden p&uacute;blico protegido por la ley. Adem&aacute;s, nadie podr&aacute; ser obligado a declarar sobre su ideolog&iacute;a, religi&oacute;n o creencias donde ninguna confesi&oacute;n tendr&aacute; car&aacute;cter estatal. De hecho, los poderes p&uacute;blicos tendr&aacute;n en cuenta las creencias religiosas de la sociedad espa&ntilde;ola y mantendr&aacute;n las consiguientes relaciones de cooperaci&oacute;n con la Iglesia Cat&oacute;lica y las dem&aacute;s confesiones.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, visto lo visto, la fe mueve monta&ntilde;as y tambi&eacute;n parece mover presupuestos p&uacute;blicos hacia la anunciada y pr&oacute;xima visita del Papa a Canarias. Nos puede parecer bien, neutral o mal, pero no est&aacute; de m&aacute;s recordar que se trata de un territorio donde cerca del 30% de la poblaci&oacute;n est&aacute; en riesgo de pobreza, el paro sigue c&oacute;modamente instalado en los dos d&iacute;gitos y el acceso a una vivienda se ha convertido en una quimera generacional. Esta reflexi&oacute;n no se hace por irreverencia, sino por coherencia siendo cierto que la postura de estas palabras procede desde una posici&oacute;n agn&oacute;stica, aunque no ha de restarle valor porque una cosa es la espiritualidad y otra muy distinta la log&iacute;stica de los diferentes niveles de la administraci&oacute;n p&uacute;blica para recibirla.
    </p><p class="article-text">
        El argumento oficial suele ser elegante y sin fisuras si se plantea desde la perspectiva de que la visita no es un gasto, sino una inversi&oacute;n al generar impacto econ&oacute;mico, proyecci&oacute;n internacional, turismo, dinamizaci&oacute;n del comercio local&hellip; en fin, una especie de milagro keynesiano con sotana, de forma que la fe, al parecer, no solo salva almas, sino tambi&eacute;n balances. Sin embargo, la pregunta inc&oacute;moda persiste al plantearnos cu&aacute;l es el retorno real para quienes no llegan a fin de mes. O qu&eacute; beneficio concreto obtiene esa familia que destina m&aacute;s del 40% de sus ingresos al alquiler. Quiz&aacute; la respuesta est&eacute; en el plano simb&oacute;lico debido a que la visita papal no se mide en euros, sino en esperanza, ofreciendo un refuerzo emocional. Como si el problema no fuera la falta de recursos, sino la falta de consuelo.
    </p><p class="article-text">
        Se dir&aacute; que ambas cosas no son incompatibles. Y es cierto. Pero tambi&eacute;n lo es que los presupuestos p&uacute;blicos s&iacute; lo son. Cada euro destinado a la organizaci&oacute;n del evento es un euro que no se invierte en otras pol&iacute;ticas. Y no, no basta con afirmar que se trata de una cantidad peque&ntilde;a dentro del total. Porque precisamente en contextos de escasez, cada decisi&oacute;n presupuestaria es una declaraci&oacute;n de prioridades.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva agn&oacute;stica, el problema no es la religi&oacute;n en s&iacute;, sino su hibridaci&oacute;n con lo p&uacute;blico. La fe pertenece al &aacute;mbito de lo privado, de lo &iacute;ntimo, de lo voluntario. Cuando se institucionaliza y se financia colectivamente, deja de ser una opci&oacute;n personal para convertirse en una carga compartida, incluso para quienes no participan de ella. Mientras tanto, la escenograf&iacute;a es impecable. Multitudes congregadas, c&aacute;maras retransmitiendo al mundo y discursos cargados de buenas intenciones. Se habla de solidaridad, de justicia social, de la necesidad de no olvidar a los m&aacute;s vulnerables. Y uno no puede evitar preguntarse si no hay algo de propaganda en todo ello, de liturgia medi&aacute;tica que, por un instante, nos hace sentir mejores sin exigirnos cambios reales reflejando nuestras contradicciones como sociedad donde somos capaces de movilizar recursos y voluntades para lo excepcional, pero sorprendentemente ineficaces para resolver lo cotidiano. Pero todo esto es pura demagogia &iquest;o no?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/pura-demagogia_132_13141164.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Apr 2026 10:01:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pura demagogia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si es gratis, el producto eres tú]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/si-gratis-producto_132_13125910.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/05a69f3f-ff17-4063-bffb-5c675c9ce2d7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Si es gratis, el producto eres tú"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cualquiera puede ofrecer consejos sin respaldo científico. Aunque lo peor no es que los dé. Lo peor está en la creencia del resto</p></div><p class="article-text">
        Cualquiera que se ponga una bata blanca y un estetoscopio al cuello puede ofrecer consejos m&eacute;dicos sin respaldo cient&iacute;fico a sus espaldas. Aunque lo peor no es que los d&eacute;. Lo peor est&aacute; en la creencia del resto, sin reflexi&oacute;n ni duda al respecto. Esto suele darse en este contexto contempor&aacute;neo, caracterizado por una sobreabundancia de informaci&oacute;n y una digitalizaci&oacute;n acelerada, donde la atenci&oacute;n humana se ha consolidado como uno de los recursos m&aacute;s escasos y, por tanto, m&aacute;s valiosos, por lo que hay que competir por captar, retener y monetizar el tiempo y la concentraci&oacute;n de las personas, lo que afecta directamente a modelos de negocio, estrategias de marketing, productividad organizacional, dise&ntilde;o de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas y, en &uacute;ltima instancia, a la eficiencia del sistema econ&oacute;mico en su conjunto. El secreto del &eacute;xito se basa en una capacidad cognitiva limitada para procesar tanta informaci&oacute;n aparentemente infinita.
    </p><p class="article-text">
        Esta restricci&oacute;n convierte a la atenci&oacute;n en un bien escaso, sujeto a competencia, asignaci&oacute;n y, en muchos casos, explotaci&oacute;n. En t&eacute;rminos econ&oacute;micos, la atenci&oacute;n puede entenderse como un recurso rival, en la medida en que el tiempo dedicado a un est&iacute;mulo no puede dedicarse simult&aacute;neamente a otro, aflorando el concepto de coste de oportunidad. Este cambio de paradigma implica una inversi&oacute;n de la l&oacute;gica tradicional, donde ya no es la informaci&oacute;n el factor cr&iacute;tico, sino la capacidad de filtrarla, priorizarla y consumirla. En el entorno digital, la atenci&oacute;n se ha transformado en un activo cuantificable. M&eacute;tricas como el tiempo de permanencia, la tasa de clics, la retenci&oacute;n de usuarios o el nivel de interacci&oacute;n constituyen indicadores clave de rendimiento para empresas tecnol&oacute;gicas y plataformas digitales. Este proceso de cuantificaci&oacute;n permite integrar la atenci&oacute;n en modelos de valoraci&oacute;n empresarial, optimizar algoritmos de recomendaci&oacute;n y dise&ntilde;ar estrategias de monetizaci&oacute;n m&aacute;s eficientes.
    </p><p class="article-text">
        Los principales modelos de negocio asociados a este fen&oacute;meno se articulan en torno a la publicidad digital, la suscripci&oacute;n y la denominada econom&iacute;a de creadores. En el primer caso, las empresas ofrecen contenido o servicios gratuitos a cambio de captar la atenci&oacute;n del usuario, que posteriormente es monetizada a trav&eacute;s de publicidad segmentada. En el modelo de suscripci&oacute;n, la atenci&oacute;n se monetiza de forma directa, siendo el usuario quien paga por acceder a contenido o servicios, generalmente con la promesa de una experiencia sin interrupciones. Por su parte, la econom&iacute;a de creadores se presenta como una supuesta democratizaci&oacute;n de la generaci&oacute;n de ingresos, aunque en la pr&aacute;ctica reproduce din&aacute;micas de concentraci&oacute;n extrema, donde una minor&iacute;a captura la mayor parte del valor.
    </p><p class="article-text">
        Es en este &uacute;ltimo &aacute;mbito donde emerge con claridad la figura del &ldquo;<em>influencer</em>&rdquo;, frecuentemente sobredimensionada en t&eacute;rminos de aportaci&oacute;n econ&oacute;mica real. Bajo una apariencia de emprendimiento individual y creatividad, gran parte de esta actividad se basa en la explotaci&oacute;n intensiva de la atenci&oacute;n mediante contenidos de bajo valor a&ntilde;adido, altamente estandarizados y dise&ntilde;ados exclusivamente para maximizar m&eacute;tricas de visibilidad. Lejos de constituir una profesi&oacute;n estructurada o generadora de conocimiento, en muchos casos se trata de un modelo parasitario que depende de plataformas tecnol&oacute;gicas y de la capacidad de inducir comportamientos de consumo impulsivo en audiencias amplias, pero poco fidelizadas, donde la provocaci&oacute;n es parte de la metodolog&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La aparente sofisticaci&oacute;n de estos perfiles contrasta con la simplicidad de sus mecanismos, exposici&oacute;n constante, banalizaci&oacute;n del contenido y dependencia absoluta de algoritmos que pueden alterar su relevancia de forma abrupta. Desde una &oacute;ptica econ&oacute;mica, su contribuci&oacute;n a la productividad es, en el mejor de los casos, marginal, y en el peor, negativa, al desviar atenci&oacute;n hacia actividades con escaso retorno social. La inflaci&oacute;n de su valor percibido responde m&aacute;s a din&aacute;micas especulativas de mercado que a una generaci&oacute;n efectiva de riqueza. Por esa raz&oacute;n, la competencia por la atenci&oacute;n ha impulsado el desarrollo de sofisticadas estrategias de dise&ntilde;o conductual, apoyadas en principios de psicolog&iacute;a cognitiva y econom&iacute;a del comportamiento, como el <em>scroll</em> infinito o la reproducci&oacute;n autom&aacute;tica. Estas pr&aacute;cticas generan ventajas competitivas significativas, pero tambi&eacute;n plantean interrogantes &eacute;ticos y regulatorios.
    </p><p class="article-text">
        Uno de los efectos m&aacute;s relevantes desde una perspectiva macroecon&oacute;mica es el impacto de la econom&iacute;a de la atenci&oacute;n en la productividad. La fragmentaci&oacute;n de la atenci&oacute;n tiene consecuencias directas sobre la capacidad de concentraci&oacute;n, la calidad del trabajo cognitivo y la toma de decisiones. Las pr&aacute;cticas orientadas exclusivamente a maximizar la atenci&oacute;n a corto plazo pueden generar efectos adversos sin olvidar que, si es gratis, el producto eres t&uacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/si-gratis-producto_132_13125910.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 08 Apr 2026 07:19:21 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Si es gratis, el producto eres tú]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La guitarra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/guitarra_132_13114294.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0e36cae8-4363-4793-87cd-75174a80719a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La guitarra"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La cuestión no se limita a cómo aumentar los ingresos nominales sino a qué mecanismos permiten preservar o incluso mejorar la capacidad adquisitiva efectiva de los ciudadanos

</p></div><p class="article-text">
        No se puede afinar una guitarra actuando &uacute;nicamente sobre una de sus cuerdas. Aunque el ajuste puntual de un elemento pueda producir una mejora aparente, el resultado global seguir&aacute; siendo disonante si el resto del instrumento permanece descompensado. Esta idea resulta especialmente ilustrativa cuando se traslada al &aacute;mbito econ&oacute;mico en contextos de inflaci&oacute;n creciente, de forma que, intervenir de forma aislada sobre un &uacute;nico impuesto puede no generar el resultado deseable si el conjunto del sistema fiscal mantiene desequilibrios que terminan neutralizando o diluyendo el efecto buscado. La econom&iacute;a es un sistema interdependiente en el que m&uacute;ltiples factores interact&uacute;an de forma simult&aacute;nea, por lo que preservar el equilibrio exige actuar de manera coordinada sobre distintos mecanismos que inciden en la renta real de la ciudadan&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En un escenario econ&oacute;mico caracterizado por una inflaci&oacute;n persistente el an&aacute;lisis de la renta disponible de los hogares adquiere una relevancia central. El incremento sostenido de los precios no solo afecta a las decisiones de consumo, sino que tambi&eacute;n altera la estructura real de los ingresos generando tensiones tanto a nivel microecon&oacute;mico como macroecon&oacute;mico. En este contexto la cuesti&oacute;n no se limita a c&oacute;mo aumentar los ingresos nominales sino a qu&eacute; mecanismos permiten preservar o incluso mejorar la capacidad adquisitiva efectiva de los ciudadanos.
    </p><p class="article-text">
        La inflaci&oacute;n, al erosionar el valor del dinero, introduce un desajuste entre ingresos y costes de vida. Este fen&oacute;meno se intensifica cuando los sistemas econ&oacute;micos no se ajustan con la suficiente rapidez provocando que amplias capas de la poblaci&oacute;n experimenten una p&eacute;rdida progresiva de bienestar. En particular los hogares con menor margen financiero son los m&aacute;s vulnerables dado que destinan una proporci&oacute;n m&aacute;s elevada de su renta a bienes esenciales cuyos precios tienden a ser m&aacute;s r&iacute;gidos al alza.
    </p><p class="article-text">
        Tradicionalmente el debate sobre c&oacute;mo compensar esta p&eacute;rdida de poder adquisitivo ha girado en torno a los salarios. Sin embargo, esta aproximaci&oacute;n aun siendo relevante no agota todas las posibilidades, independientemente de aportar mayor vulnerabilidad a la estructura competitiva de las Islas si se crece en coste laboral sin contraprestaci&oacute;n por parte de la productividad. Por ello, existen otras palancas de pol&iacute;tica econ&oacute;mica que sin modificar directamente los ingresos brutos inciden de manera significativa en la renta disponible. Entre ellas el dise&ntilde;o del sistema fiscal ocupa un lugar especialmente relevante.
    </p><p class="article-text">
        El sistema impositivo no solo cumple una funci&oacute;n recaudatoria, sino que tambi&eacute;n act&uacute;a como un mecanismo de redistribuci&oacute;n y de estabilizaci&oacute;n econ&oacute;mica. En contextos inflacionarios su configuraci&oacute;n puede amplificar o mitigar los efectos de la subida de precios sobre los hogares. Cuando la carga fiscal se mantiene constante en t&eacute;rminos nominales pero los precios aumentan el resultado es una reducci&oacute;n impl&iacute;cita de la renta real. Este efecto se ve agravado si no se introducen ajustes en los tramos impositivos o en los m&iacute;nimos exentos dando lugar a una mayor presi&oacute;n fiscal efectiva sin un incremento equivalente en la capacidad econ&oacute;mica real. Es en este punto donde la relaci&oacute;n entre presi&oacute;n fiscal y renta disponible cobra especial importancia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por ello este tipo de medidas requiere un enfoque selectivo y estrat&eacute;gico. No se trata de reducir la presi&oacute;n fiscal de manera indiscriminada sino de identificar aquellos &aacute;mbitos en los que su ajuste puede generar un mayor retorno en t&eacute;rminos de bienestar y actividad econ&oacute;mica. Adem&aacute;s, en econom&iacute;as con condicionantes espec&iacute;ficos como las regiones insulares esta discusi&oacute;n adquiere una dimensi&oacute;n adicional. La mayor exposici&oacute;n a costes externos, la dependencia de determinados sectores y las limitaciones estructurales pueden amplificar el impacto de la inflaci&oacute;n. En estos casos la pol&iacute;tica fiscal no solo act&uacute;a como instrumento redistributivo sino tambi&eacute;n como mecanismo de compensaci&oacute;n territorial contribuyendo a equilibrar las condiciones econ&oacute;micas respecto a otros entornos. Es decir, solo se pide ser iguales a la media. Solo eso.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/guitarra_132_13114294.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Apr 2026 09:49:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La guitarra]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Incertidumbre + miedo = precio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/incertidumbre-miedo-precio_132_13059345.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0f226e26-236d-4a97-8fcd-b47f581342af_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Incertidumbre + miedo = precio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada conflicto es también una alteración profunda de los precios, de las expectativas y de las oportunidades, de forma que allí donde el orden económico se rompe aparece la especulación</p></div><p class="article-text">
        Aclarando de antemano que la especulaci&oacute;n no siempre debe tener una connotaci&oacute;n negativa, donde incluso es una actividad perfectamente l&iacute;cita dentro del funcionamiento normal de los mercados, lo &uacute;nico que hace es anticipar cambios futuros en los precios y asumir un riesgo econ&oacute;mico basado en esa expectativa. En este sentido, cumple una funci&oacute;n econ&oacute;mica relevante, dado que contribuye a revelar informaci&oacute;n sobre expectativas, aporta liquidez a los mercados y facilita que los bienes se trasladen en el tiempo, desde momentos de abundancia hacia periodos en los que pueden volverse m&aacute;s escasos. Ahora bien, la l&iacute;nea que separa esta especulaci&oacute;n leg&iacute;tima de pr&aacute;cticas abusivas no reside tanto en la anticipaci&oacute;n del precio como en el uso de informaci&oacute;n privilegiada, la manipulaci&oacute;n del mercado o el acaparamiento destinado a provocar artificialmente la escasez.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, las guerras se cuentan con mapas, fechas y batallas. Pero tambi&eacute;n con silencios. Entre esos silencios habita una historia menos visible, la de los mercados que se agitan mientras los drones y misiles hablan. Cada conflicto es tambi&eacute;n una alteraci&oacute;n profunda de los precios, de las expectativas y de las oportunidades, de forma que all&iacute; donde el orden econ&oacute;mico se rompe aparece la especulaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que no es un fen&oacute;meno nuevo. De hecho, la guerra y la especulaci&oacute;n han crecido juntas a lo largo de la historia. Cuando un conflicto comienza, el tiempo econ&oacute;mico se acelera. Los bienes escasean, las rutas comerciales se fragmentan, las monedas cambian de cotizaci&oacute;n y las regiones, para evitar la falta de provisiones, compran a cualquier precio. En ese contexto, el mercado deja de ser un espacio previsible y se convierte en un territorio de apuestas donde el p&aacute;nico eleva los precios con m&aacute;s rapidez que cualquier reforma econ&oacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        En ese espacio gris prospera el c&aacute;lculo fr&iacute;o. La especulaci&oacute;n no necesita disparar. Le basta con prever la trayectoria de los acontecimientos. Si una flota queda bloqueada en un estrecho estrat&eacute;gico, el precio del petr&oacute;leo subir&aacute;. Si un pa&iacute;s productor de cereales entra en guerra, el trigo se volver&aacute; escaso. Si una potencia anuncia sanciones econ&oacute;micas, ciertas materias primas se convertir&aacute;n en refugios financieros. As&iacute;, la guerra introduce en la econom&iacute;a una dimensi&oacute;n narrativa. Los mercados no reaccionan solo a hechos consumados, sino a historias posibles donde cada rumor se transforma en una se&ntilde;al que alguien intentar&aacute; interpretar antes que los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Pero la especulaci&oacute;n en tiempos de guerra no es &uacute;nicamente un fen&oacute;meno financiero. Tiene tambi&eacute;n una dimensi&oacute;n moral que las sociedades discuten con intensidad. Mientras algunos ven en ella una forma leg&iacute;tima de anticipaci&oacute;n econ&oacute;mica, otros la perciben como una explotaci&oacute;n del sufrimiento colectivo. Por eso los diferentes niveles de la administraci&oacute;n p&uacute;blica intentan disciplinar los mercados.
    </p><p class="article-text">
        En cierto modo, la especulaci&oacute;n es una reacci&oacute;n casi inevitable ante la incertidumbre donde se destruyen expectativas y se sustituyen por preguntas abiertas. &iquest;Cu&aacute;nto durar&aacute; el conflicto? &iquest;Qu&eacute; rutas comerciales se cerrar&aacute;n? &iquest;Qu&eacute; recursos se volver&aacute;n estrat&eacute;gicos?
    </p><p class="article-text">
        Cada una de esas preguntas es una oportunidad para quien est&eacute; dispuesto a arriesgar capital en medio del desorden. En el siglo XXI, la especulaci&oacute;n en tiempos de guerra ha adoptado formas m&aacute;s sofisticadas. Los mercados financieros globales reaccionan en segundos a cada movimiento geopol&iacute;tico. Los futuros del petr&oacute;leo o del gas pueden subir o bajar violentamente. Las bolsas de valores se convierten en sensores nerviosos de la pol&iacute;tica internacional. La incertidumbre se mezcla con el miedo y se convierte en precio tratando de adivinar el pr&oacute;ximo movimiento del mundo. Y nosotros, como pasmarotes, esperando.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/incertidumbre-miedo-precio_132_13059345.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 Mar 2026 12:56:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Incertidumbre + miedo = precio]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Imperialismo o diplomacia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/imperialismo-diplomacia_132_13038825.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d78084f5-70d1-4c49-bcdc-bc6ca474950f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Imperialismo o diplomacia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El miedo encoge economías. La estrategia las protege. La pregunta, entonces, no es si hay que tener miedo. Es si estamos dispuestos a prepararnos para no tenerlo</p></div><p class="article-text">
        Cada cierto tiempo, la pol&iacute;tica internacional vuelve a recordarnos que el comercio nunca ha sido solo econom&iacute;a. Tambi&eacute;n es poder. Las reiteradas advertencias lanzadas desde el otro lado del Atl&aacute;ntico, bajo la correspondiente ret&oacute;rica proteccionista o bajo la pretensi&oacute;n de actuar como guardi&aacute;n de las democracias internacionales, tanto sobre posibles aranceles como sobre las actuales restricciones comerciales hacia Espa&ntilde;a, han abierto el debate centrado en si debemos reaccionar con temor ante una amenaza econ&oacute;mica o responder con firmeza estrat&eacute;gica, sabiendo que, digas lo que digas, vas a tener defensores y detractores, dejando de lado la diplomacia al apostar por el imperialismo.
    </p><p class="article-text">
        Es comprensible que la tentaci&oacute;n inicial sea el miedo. Cuando se habla de cortar relaciones comerciales, bloquear exportaciones o limitar suministros energ&eacute;ticos, el imaginario colectivo se llena de cifras rojas, f&aacute;bricas paradas y empleos en riesgo. Espa&ntilde;a mantiene intercambios relevantes con el mercado estadounidense, especialmente en energ&iacute;a, bienes de equipo, qu&iacute;mica o agroalimentaci&oacute;n. Adem&aacute;s, casi una tercera parte de la inversi&oacute;n extranjera directa procede de capital norteamericano. No son magnitudes despreciables. Pero el miedo, en econom&iacute;a, suele ser peor consejero que el riesgo real.
    </p><p class="article-text">
        Si se observan los datos con frialdad, el impacto directo ser&iacute;a m&aacute;s limitado de lo que sugiere el ruido pol&iacute;tico. Espa&ntilde;a comercia principalmente dentro de la Uni&oacute;n Europea, que act&uacute;a como bloque y amortiguador. No se negocia en solitario. Las represalias arancelarias no ser&iacute;an bilaterales, sino comunitarias. Y eso cambia por completo la relaci&oacute;n de fuerzas, porque la dependencia es mutua, dado que los estadounidenses tambi&eacute;n venden miles de millones en energ&iacute;a, tecnolog&iacute;a y equipamiento al mercado europeo. Por eso, el verdadero riesgo no est&aacute; en el golpe directo, sino en la incertidumbre.
    </p><p class="article-text">
        El contraste se aprecia a&uacute;n mejor cuando bajamos al terreno regional. En Canarias, por ejemplo, el comercio con Estados Unidos es marginal. Las exportaciones apenas suponen una fracci&oacute;n m&iacute;nima del total. Las islas dependen mucho m&aacute;s de Europa y del turismo que del mercado norteamericano. &iquest;Significa eso que estar&iacute;an blindadas? No del todo. Podr&iacute;an sufrir efectos indirectos a trav&eacute;s de una energ&iacute;a m&aacute;s cara, una menor demanda internacional y una menor actividad peninsular, pero no un colapso comercial directo. Y ah&iacute; est&aacute; la clave.
    </p><p class="article-text">
        Cuando las amenazas se sobredimensionan, condicionan decisiones pol&iacute;ticas que no siempre responden al inter&eacute;s propio, sino al temor a represalias. Esa es precisamente la l&oacute;gica del chantaje econ&oacute;mico: no hace falta aplicar el castigo si el otro ya se autocensura. Por eso, la respuesta no deber&iacute;a ser ni la confrontaci&oacute;n impulsiva ni la sumisi&oacute;n preventiva, sino algo m&aacute;s complejo: diversificar mercados, reducir dependencias energ&eacute;ticas, reforzar la autonom&iacute;a industrial y actuar coordinadamente dentro de la UE. Es decir, aunque suene grandilocuente, hay que convertir la vulnerabilidad en estrategia porque, mientras el miedo paraliza, la preparaci&oacute;n fortalece.
    </p><p class="article-text">
        Las relaciones internacionales nunca han sido un terreno de certezas, pero s&iacute; de equilibrios. Y los equilibrios no se mantienen cediendo ante cada amenaza, sino demostrando que el coste de aplicarla ser&iacute;a alto para ambas partes. En la econom&iacute;a global, casi nadie puede aislarse sin pagarlo caro. En este contexto, debemos asumir que las amenazas no se ignoran, pero tampoco se temen. Se analizan, se cuantifican y se enfrentan con pol&iacute;tica econ&oacute;mica, diplomacia y diversificaci&oacute;n. El miedo encoge econom&iacute;as. La estrategia las protege. La pregunta, entonces, no es si hay que tener miedo, sino si estamos dispuestos a prepararnos para no tenerlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/imperialismo-diplomacia_132_13038825.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Mar 2026 09:32:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Imperialismo o diplomacia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mitosis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/mitosis_132_13012066.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c6ac41d3-45bc-4c9d-bb11-7090212d8457_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mitosis"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Un organismo necesita millones de divisiones celulares coordinadas para desarrollarse. En política, la mitosis se ha convertido en un deporte de riesgo, puesto que logra dividirse sin crecer</p></div><p class="article-text">
        No suelo hablar de pol&iacute;tica por temor a equivocarme. No obstante, es tal la deriva de los acontecimientos que habr&aacute; que posicionarse. En este sentido, al igual que surgi&oacute; un movimiento social basado en acampadas en el exterior, fruto del hartazgo de la gente por estar expuesta a m&aacute;s promesas incumplidas, en la actualidad, al otro lado, sucede un movimiento id&eacute;ntico, pero con par&aacute;metros diametralmente opuestos, aun siendo la ra&iacute;z la misma: el descontento generalizado.
    </p><p class="article-text">
        Bajo esta premisa, asumamos que la pol&iacute;tica es el arte de unir voluntades. Una definici&oacute;n hermosa, casi po&eacute;tica, digna de una taza. L&aacute;stima que, aplicada a determinadas ideolog&iacute;as, se parezca m&aacute;s a una pr&aacute;ctica avanzada de biolog&iacute;a celular que a una estrategia colectiva. Porque si algo domina en la actualidad no es la s&iacute;ntesis, ni la coalici&oacute;n, ni siquiera el viejo y prosaico &laquo;vamos a ponernos de acuerdo&raquo;. No. Lo que domina es la mitosis.
    </p><p class="article-text">
        La mitosis, para quien no recuerde las clases de Ciencias Naturales, es ese proceso por el cual una c&eacute;lula se divide en dos c&eacute;lulas hijas gen&eacute;ticamente id&eacute;nticas. Es un mecanismo elegante, eficaz y, sobre todo, &uacute;til para crecer. Un organismo necesita millones de divisiones celulares coordinadas para desarrollarse. En pol&iacute;tica, la mitosis se ha convertido en un deporte de riesgo, puesto que logra dividirse sin crecer, multiplicarse sin fortalecerse y reproducirse sin que nadie entienda muy bien para qu&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Es cierto que, al principio, siempre hay armon&iacute;a. Se redacta un programa com&uacute;n, se habla de justicia y de derechos, aparentando una cierta estabilidad. A partir de aqu&iacute;, las distintas corrientes conviven bajo un mismo paraguas. Se prometen lealtad mutua. Se reparten cargos con sonrisas tensas. Es la calma antes del cataclismo. La c&eacute;lula pol&iacute;tica parece saludable. En esta etapa, cualquiera dir&iacute;a que hay madurez organizativa. Incluso se habla de &laquo;unidad hist&oacute;rica&raquo;. Y el votante, ingenuo, piensa: &laquo;Quiz&aacute; esta vez s&iacute;&raquo;. Error.
    </p><p class="article-text">
        En biolog&iacute;a, la profase es cuando los cromosomas empiezan a condensarse. En pol&iacute;tica, es cuando los egos aparecen. Aqu&iacute; surgen los debates trascendentales, donde empiezan los comunicados cruzados y las reinterpretaciones, junto con documentos internos filtrados por accidente. A partir de ese momento, la c&eacute;lula ya no es una c&eacute;lula: es una asamblea permanente en la que cada facci&oacute;n convoca su rueda de prensa para anunciar que no es una ruptura, sino una reconfiguraci&oacute;n del espacio pol&iacute;tico, donde no hay huida, sino evoluci&oacute;n. Es entonces cuando el votante medio empieza a necesitar un diagrama de flujo para saber a qui&eacute;n vota.
    </p><p class="article-text">
        Luego, al igual que en la biolog&iacute;a molecular, los cromosomas se separan. Y los supuestos liderazgos tambi&eacute;n, reconfigurando el espacio hasta denominarse &laquo;Horizonte Transformador&raquo;, &laquo;Ra&iacute;z Com&uacute;n&raquo; o &laquo;Proceso Constituyente 3.0&raquo;, donde cada escisi&oacute;n promete ser la aut&eacute;ntica y las dem&aacute;s, por supuesto, han traicionado al pueblo. A partir de aqu&iacute;, la multiplicaci&oacute;n es admirable, de forma que, si los votos se reprodujeran igual, tendr&iacute;an mayor&iacute;a absoluta perpetua. Pero, curiosamente, los votos no se dividen, sino que se evaporan. Al final, donde hab&iacute;a una organizaci&oacute;n capaz de disputar el poder, ahora hay dos, tres o siete miniaturas ideol&oacute;gicas. Todas muy puras. Todas muy coherentes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La ciencia nos dice que dos c&eacute;lulas hijas deber&iacute;an ser funcionales. En pol&iacute;tica, el resultado se parece m&aacute;s a una colonia de amebas discutiendo el reglamento interno. Y, si algo ense&ntilde;a la biolog&iacute;a es que no sobrevive el m&aacute;s puro, sino el m&aacute;s adaptativo. Sin embargo, aqu&iacute; parece que se elige la extinci&oacute;n antes que sobrevivir con contradicciones. La diferencia es que, en pol&iacute;tica, si no ocupas el espacio, lo ocupa otro. Pero, &iquest;y si resulta que el descontento surge porque los movimientos &laquo;tradicionales&raquo; nos han tratado como personas incapaces de comprender que los problemas complejos no se solucionan de forma sencilla? Tal vez, diciendo la verdad, nos habr&iacute;amos evitado este inc&oacute;modo camino. Pero, claro, pol&iacute;tica y verdad, aparentemente, son conceptos irreconciliables.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/mitosis_132_13012066.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Feb 2026 09:05:43 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La externalización de la inteligencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/externalizacion-inteligencia_132_12961197.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a37c6799-ba90-4860-8d27-113fdb2dea94_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La externalización de la inteligencia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mientras que el imaginario del siglo pasado apostaba por una humanidad de grandes cerebros y cuerpos esbeltos, la tendencia observada en las últimas décadas apunta a que nos estamos convirtiendo en seres obesos con cabezas relativamente pequeñas</p></div><p class="article-text">
        La ciencia ficci&oacute;n de finales del siglo XX pronosticaba que los humanos del futuro desarrollar&iacute;amos cabezas enormes y extremidades delgadas. Esa visi&oacute;n, tan recurrente en novelas y pel&iacute;culas de la &eacute;poca, estaba basada en la idea de que nuestra evoluci&oacute;n ir&iacute;a de la mano del aumento de nuestra capacidad cerebral, donde la tecnolog&iacute;a nos har&iacute;a pensar m&aacute;s, resolver problemas complejos y procesar informaci&oacute;n a niveles que hoy solo podemos imaginar. Se pensaba que, a medida que la sociedad avanzara, nuestras herramientas cognitivas nos obligar&iacute;an a desarrollar un cerebro m&aacute;s grande y eficiente, mientras que el cuerpo, relegado a tareas f&iacute;sicas simples y rutinarias, se volver&iacute;a m&aacute;s ligero, fino, casi fr&aacute;gil. La fantas&iacute;a de la literatura de aquella era, en esencia, una utop&iacute;a intelectual donde la mente humana dominar&iacute;a la realidad, la manipular&iacute;a, la reorganizar&iacute;a, y donde los avances tecnol&oacute;gicos nos obligar&iacute;an a ser seres m&aacute;s inteligentes, m&aacute;s sofisticados y m&aacute;s pensantes.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la realidad del siglo XXI parece moverse en una direcci&oacute;n diametralmente opuesta. Mientras que el imaginario del siglo pasado apostaba por una humanidad de grandes cerebros y cuerpos esbeltos, la tendencia observada en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas apunta a que nos estamos convirtiendo en seres obesos con cabezas relativamente peque&ntilde;as. Este cambio no se debe a mutaciones gen&eacute;ticas r&aacute;pidas ni a factores biol&oacute;gicos inevitables, sino a la transformaci&oacute;n radical de nuestra relaci&oacute;n con el conocimiento y la toma de decisiones donde ya no pensamos tanto, sino que delegamos gran parte de nuestro pensamiento a las m&aacute;quinas. La inteligencia artificial, los algoritmos predictivos, los asistentes virtuales y los motores de b&uacute;squeda han desplazado la necesidad de reflexionar, analizar y memorizar. La informaci&oacute;n est&aacute; disponible con un clic, y nuestras mentes, en lugar de ejercitarse para resolver problemas, se han acomodado a recibir soluciones inmediatas y externalizadas.
    </p><p class="article-text">
        El contraste es fascinante. En la ciencia ficci&oacute;n, la ampliaci&oacute;n de la cabeza simbolizaba la ampliaci&oacute;n de la conciencia, la expansi&oacute;n de las capacidades cognitivas. Hoy, la reducci&oacute;n simb&oacute;lica de la cabeza humana refleja la externalizaci&oacute;n de la inteligencia. Hemos desarrollado una dependencia tecnol&oacute;gica que cambia no solo nuestros h&aacute;bitos, sino nuestra anatom&iacute;a social y, potencialmente, f&iacute;sica. La obesidad, que se ha convertido en uno de los problemas m&aacute;s visibles del siglo XXI, no solo es un fen&oacute;meno metab&oacute;lico; es un fen&oacute;meno cultural y cognitivo. Nuestro cuerpo se adapta a un estilo de vida en el que la actividad f&iacute;sica es m&iacute;nima y el esfuerzo mental se delega. Comer m&aacute;s, movernos menos y pensar poco son tres caras de la misma moneda: la adaptaci&oacute;n a un entorno hiperautomatizado y altamente confortable.
    </p><p class="article-text">
        Nuestra dependencia tecnol&oacute;gica redefine la inteligencia humana: ya no es la capacidad de pensar lo que nos define, sino la habilidad de interactuar con sistemas que piensan por nosotros. Nadie est&aacute; defendiendo volver al r&iacute;o a lavar la ropa existiendo la lavadora o coger el escobill&oacute;n si hay un robot aspirador en nuestro hogar. Ni tener que encender fuego chasqueando dos piedras habiendo cocinas. Ni siquiera tener hielo o sal para conservar los alimentos si un frigor&iacute;fico es capaz de hacerlo. No, nadie pide eso. Lo que s&iacute; ser&iacute;a l&oacute;gico pedir es que no se pierda de vista la capacidad de recordar datos, comparar informaci&oacute;n, analizar contextos y tomar decisiones complejas para seguir manteniendo una autoexigencia en materia de concentraci&oacute;n y memoria, utilizando los asistentes digitales como medios y no como fines. De lo contrario, asistiremos a una progresiva atrofia intelectual, donde sabremos de muchas cosas, pero de forma superficial, mientras pensamos menos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/externalizacion-inteligencia_132_12961197.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Feb 2026 08:17:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La externalización de la inteligencia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El espejismo del atajo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/espejismo-atajo_132_12906542.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f8e1a1d6-776c-4bc6-b21c-cd041b74e250_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El espejismo del atajo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El camino corto casi siempre termina siendo el más largo porque el atajo suele nacer de una buena intención mal entendida…</p></div><p class="article-text">
        En breve comienza a rodar 2026 mientras vivimos en una &eacute;poca obsesionada con la velocidad. Todo debe ser inmediato, eficiente y optimizado. El &eacute;xito r&aacute;pido se celebra, el esfuerzo prolongado se desprecia y la paciencia se confunde con pasividad. En este contexto, el atajo se presenta como una virtud: llegar antes, gastar menos, esforzarse lo justo. Sin embargo, la experiencia demuestra una verdad inc&oacute;moda: el camino corto casi siempre termina siendo el m&aacute;s largo porque el atajo suele nacer de una buena intenci&oacute;n mal entendida. No se trata de pereza, sino de pragmatismo mal aplicado. Queremos resolver un problema sin atravesar su complejidad, obtener un resultado sin asumir el proceso que lo sustenta. El problema es que muchos aprendizajes, relaciones y estructuras no admiten simplificaci&oacute;n sin coste. Cuando se ignoran etapas, estas no desaparecen; simplemente se posponen. Y cuando regresan, lo hacen con intereses.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el &aacute;mbito profesional, los ejemplos abundan. Proyectos lanzados sin una planificaci&oacute;n s&oacute;lida o decisiones estrat&eacute;gicas tomadas sin an&aacute;lisis suficiente. A corto plazo, el resultado parece exitoso: se avanza r&aacute;pido, se muestran resultados, se gana ventaja. Pero con el tiempo emergen los errores de base. En lo personal ocurre algo similar. Evitar conversaciones dif&iacute;ciles, esquivar responsabilidades, buscar soluciones r&aacute;pidas a problemas estructurales suele generar una falsa sensaci&oacute;n de alivio. No enfrentar lo inc&oacute;modo hoy implica convivir con un problema mayor ma&ntilde;ana. El tiempo ganado se transforma en tiempo perdido. Incluso a nivel social y pol&iacute;tico, los atajos tienen consecuencias profundas. Las soluciones simplistas a problemas complejos, los discursos que prometen resultados inmediatos sin explicar los sacrificios necesarios, suelen acabar en frustraci&oacute;n colectiva. Reformar sin consenso, invertir sin evaluaci&oacute;n, legislar sin perspectiva de largo plazo puede dar r&eacute;dito inmediato, pero erosiona la confianza y la sostenibilidad del sistema.
    </p><p class="article-text">
        El camino largo, por el contrario, no es necesariamente lento; es complejo y completo porque implica comprender, preparar, equivocarse y corregir. Exige m&aacute;s esfuerzo inicial, m&aacute;s disciplina y, sobre todo, una visi&oacute;n que vaya m&aacute;s all&aacute; del beneficio inmediato. No es un camino c&oacute;modo, pero s&iacute; coherente. Y esa coherencia es la que, con el tiempo, ahorra pasos, errores y desgaste. Elegir el camino largo no es una renuncia a la eficiencia, sino una apuesta por la solidez. Es entender que hay procesos que no se pueden acelerar sin romperlos, y que llegar antes no siempre significa llegar mejor. Parad&oacute;jicamente, quienes asumen el recorrido completo suelen avanzar m&aacute;s lejos y con menos lastre.
    </p><p class="article-text">
        Temas como la vivienda, el desempleo, los salarios, la pobreza u otros de similares caracter&iacute;sticas no se solucionan con ideas felices. Hay que recelar de la soluci&oacute;n de un problema extremadamente complejo con simples ideas felices, porque al final, el verdadero atajo no consiste en saltarse etapas, sino en hacer bien las cosas desde el principio. Todo lo dem&aacute;s es solo una ilusi&oacute;n de rapidez que, tarde o temprano, nos obliga a volver atr&aacute;s. Si ese es el camino que se decide seguir, feliz a&ntilde;o. Si no, mucha suerte, porque ser&aacute; necesaria.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/espejismo-atajo_132_12906542.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 14 Jan 2026 11:47:46 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El espejismo del atajo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El olor que desprende…]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/olor-desprende_132_12810130.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/843cff56-78fa-40ae-88a5-09392e7f7953_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El olor que desprende…"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Lo paradójico es que, apenas se abre el calendario en enero, ya queremos que llegue junio; pero cuando diciembre asoma, fingimos que aún queda tiempo para que todo se acomode mágicamente</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;&iquest;Sabes cuando hueles a muerto y no sabes que el muerto eres t&uacute;?&rdquo; Lo dec&iacute;a una de las personas, basando su iron&iacute;a en ese humor absurdo que aparece cuando algo termina, como el a&ntilde;o, cuando el cansancio acumulado se mezcla con las ganas de cerrar un ciclo. Incluso intentando levantarse, sigue arrastr&aacute;ndose como si tuviera algo m&aacute;s que aportar, cuando en realidad su tiempo ya pas&oacute; y solo queda despedirlo con cierta compasi&oacute;n. Y, cada vez que se acerca diciembre, ocurre algo parecido. El a&ntilde;o entero se comporta como un invitado que no entiende las se&ntilde;ales para marcharse. A&uacute;n nos lanza un par de sorpresas, alguna factura inesperada, un virus inoportuno, un conflicto pendiente o un peque&ntilde;o milagro de esos que llegan tarde, pero llegan.
    </p><p class="article-text">
        El a&ntilde;o, obstinado, quiere demostrar que todav&iacute;a tiene algo que decir. Tras llorar su despedida y dar la bienvenida al siguiente, se establecen nuevos prop&oacute;sitos o se recuperan otros antiguos no cumplidos. Pero la vida contin&uacute;a y nos aferramos a &eacute;l como si admitir su final fuese una forma de reconocer tambi&eacute;n nuestras propias renuncias, errores o ilusiones. Lo parad&oacute;jico es que, apenas se abre el calendario en enero, ya queremos que llegue junio; pero cuando diciembre asoma, fingimos que a&uacute;n queda tiempo para que todo se acomode m&aacute;gicamente. Lo cierto es que un a&ntilde;o moribundo se parece mucho a nosotros en nuestras fases de negaci&oacute;n: arrastramos metas viejas con la esperanza de que, por alg&uacute;n acto de milagrosa voluntad, puedan revivir.
    </p><p class="article-text">
        El a&ntilde;o que muere tiene una forma muy particular de recordarnos lo que no hicimos. Es como un espejo empa&ntilde;ado en el que intentamos ver lo que somos, pero solo percibimos siluetas borrosas. Pasamos semanas repasando mentalmente lo ocurrido, evaluando qu&eacute; merecer&iacute;a celebrarse y qu&eacute; preferir&iacute;amos olvidar. En ocasiones, esa revisi&oacute;n es amable; en otras, es cruel.
    </p><p class="article-text">
        Pocos meses son tan teatrales como diciembre. La gente habla del a&ntilde;o como si fuera una criatura viva: &ldquo;ha sido largo&rdquo;, &ldquo;ha sido dif&iacute;cil&rdquo;, &ldquo;ha sido bueno conmigo&rdquo;, &ldquo;ha sido una monta&ntilde;a rusa&rdquo;. Le atribuimos personalidad, intenci&oacute;n, car&aacute;cter. Y esa personificaci&oacute;n no es casual: nos ayuda a poner fuera de nosotros lo que no siempre sabemos digerir por dentro, convirti&eacute;ndolo en ese ente abstracto al que culpamos o agradecemos cosas que, en realidad, dependen en gran parte de nosotros mismos. As&iacute;, cuando decimos que &ldquo;el a&ntilde;o huele a muerto&rdquo;, lo que en realidad queremos decir es que ya estamos agotados, que necesitamos que el tiempo nos d&eacute; un respiro, que nuestro cuerpo y nuestra mente nos piden cerrar etapa, aunque a&uacute;n no tengamos claro c&oacute;mo abrir la siguiente.
    </p><p class="article-text">
        Los ciclos deben terminar para que otros empiecen. Si fuese eterno, si se prolongara indefinidamente, ser&iacute;a insoportable. Necesitamos el descanso simb&oacute;lico para recomponernos, para reorganizar nuestra mente, para recuperar energ&iacute;a y, sobre todo, para reconciliarnos con la idea de que todo tiene un final. Y todo eso, sin hablar de pol&iacute;tica&hellip; &iquest;o s&iacute;?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/olor-desprende_132_12810130.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Dec 2025 10:23:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El olor que desprende…]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cultura de la insatisfacción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cultura-insatisfaccion_132_12794225.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La l&oacute;gica del rendimiento hace que el descanso se convierta en una anomal&iacute;a y que la pausa se perciba como un retroceso. Este ritmo condiciona la forma en que las personas se perciben a s&iacute; mismas: si no est&aacute;n progresando, sienten que est&aacute;n fallando. As&iacute; se construye una mentalidad donde lo conseguido nunca basta y donde la calma se interpreta como desidia o falta de ambici&oacute;n. Vivimos en un entorno de est&iacute;mulos, comparaciones constantes y exigencias crecientes que moldean nuestra percepci&oacute;n de lo que deber&iacute;amos ser, tener y lograr. En este contexto, la sensaci&oacute;n de que nada es suficiente se ha normalizado hasta tal punto que la satisfacci&oacute;n ya no se concibe como un estado duradero, sino como un breve instante entre dos deseos nuevos. Se trata del resultado de fuerzas sociales, econ&oacute;micas y tecnol&oacute;gicas que, con el tiempo, han configurado un paisaje emocional caracterizado por el descontento permanente.
    </p><p class="article-text">
        Teniendo en cuenta que el punto de partida es la hiperestimulaci&oacute;n, la vida digital ha multiplicado los escenarios en los que nos comparamos con los dem&aacute;s. En las redes sociales cada persona expone una versi&oacute;n pulida e incompleta de s&iacute; misma, donde las im&aacute;genes de &eacute;xito, felicidad y perfecci&oacute;n se suceden de manera incesante, generando una presi&oacute;n silenciosa pero constante. Aunque sabemos que esas representaciones no reflejan la realidad completa, la comparaci&oacute;n es autom&aacute;tica. El resultado es una sensaci&oacute;n de desajuste, porque siempre parece que la vida del resto es m&aacute;s interesante, m&aacute;s valiosa que la nuestra, lo que genera un drenaje emocional que debilita la capacidad de valorar lo propio.
    </p><p class="article-text">
        A esta presi&oacute;n se suma la fuerza del consumismo moderno, en el que la mercadotecnia ha logrado un cambio profundo: transformar la identidad en un producto configurable mediante adquisiciones. Ya no se compra solo para satisfacer necesidades, sino tambi&eacute;n para expresar pertenencia, estilo y aspiraciones. El mercado no ofrece &uacute;nicamente objetos; ofrece narrativas de felicidad, estatus y realizaci&oacute;n personal. El problema es que estas promesas son intr&iacute;nsecamente temporales. Cuando la satisfacci&oacute;n de una compra se desvanece, surge inmediatamente la necesidad de la siguiente, y es aqu&iacute; donde la cultura de la insatisfacci&oacute;n encuentra alimento en carencias emocionales perpetuas.
    </p><p class="article-text">
        Las consecuencias emocionales de este entorno son profundas. La ansiedad es una de las primeras en aparecer. La presi&oacute;n por cumplir expectativas elevadas, unida a la constante comparaci&oacute;n social, alimenta la sensaci&oacute;n de estar siempre a punto de quedarse atr&aacute;s. Muchas personas experimentan una autoexigencia tan alta que ni siquiera los logros les producen alivio. La autoestima tambi&eacute;n sufre en este contexto: al depender en gran medida de la validaci&oacute;n externa, se vuelve fr&aacute;gil y fluctuante. La persona deja de medir su valor por criterios propios y empieza a hacerlo seg&uacute;n m&eacute;tricas ajenas.
    </p><p class="article-text">
        Ante este panorama, es leg&iacute;timo preguntarse si es posible escapar. La respuesta no pasa por renunciar al progreso ni por adoptar una actitud conformista, sino por cambiar la relaci&oacute;n que mantenemos con nuestras expectativas, con la comparaci&oacute;n y con la idea de &eacute;xito. Uno de los pasos m&aacute;s efectivos consiste en adoptar la idea de la suficiencia. Valorar lo que se tiene no significa renunciar a crecer, sino reconocer que el bienestar no depende necesariamente de la acumulaci&oacute;n donde la cultura de la insatisfacci&oacute;n no es inevitable. Aunque est&aacute; profundamente integrada en la estructura social, tambi&eacute;n se nutre de h&aacute;bitos individuales que pueden transformarse. Cambiar la relaci&oacute;n con el entorno digital, redefinir las expectativas y recuperar la capacidad de valorar lo suficiente son pasos que pueden devolver equilibrio.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/cultura-insatisfaccion_132_12794225.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 25 Nov 2025 09:36:17 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La cultura de la insatisfacción]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No sé, no debo, no puedo…]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/no-no-debo-no_132_12662757.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">“Decir 'no quiero' es reconocer que, a pesar de saber, poder y deber, simplemente no hay voluntad. Aquí ya no hay ignorancia ni impedimentos objetivos. Hay una decisión consciente de permanecer en el mismo lugar"</p></div><p class="article-text">
        Vivimos en un entorno donde el cambio es constante, veloz e inevitable. Las tecnolog&iacute;as emergen, las culturas evolucionan, y los paradigmas que ayer parec&iacute;an s&oacute;lidos hoy se tambalean. Sin embargo, frente a esta realidad, hay una actitud que permanece sorprendentemente estable: la resistencia al cambio. Esta resistencia, tanto en personas como en instituciones, convirti&eacute;ndose en muros invisibles que frenan la innovaci&oacute;n, bloquean el aprendizaje y perpet&uacute;an la inercia.
    </p><p class="article-text">
        Primera capa: &ldquo;No s&eacute;&rdquo;: La ignorancia, aunque a menudo involuntaria, es el primer freno del cambio. Cuando se verbaliza &ldquo;no s&eacute;&rdquo;, puede estar reconociendo honestamente una falta de informaci&oacute;n, pero tambi&eacute;n puede estar ocultando una falta de inter&eacute;s por aprender. Por su lado, en el contexto institucional, se traduce en estructuras desactualizadas, metodolog&iacute;as obsoletas y l&iacute;deres desconectados de la realidad social. Pero no saber es el punto de partida de cualquier proceso de transformaci&oacute;n, aunque tambi&eacute;n puede ser un refugio c&oacute;modo para evitar enfrentar lo desconocido. Aprender exige esfuerzo, humildad y tiempo, tres recursos que muchas veces no se quieren invertir. As&iacute;, muchas organizaciones siguen tomando decisiones basadas en intuiciones, costumbres o jerarqu&iacute;as, en lugar de datos, evidencia o participaci&oacute;n. No obstante, peor a&uacute;n, el &ldquo;no s&eacute;&rdquo; a menudo viene acompa&ntilde;ado del &ldquo;no me importa saber&rdquo;. Y ah&iacute; comienza el verdadero estancamiento.
    </p><p class="article-text">
        Segunda capa: &ldquo;No debo&rdquo;: Aqu&iacute; aparece el miedo porque implica la existencia de una norma, una autoridad o una creencia que proh&iacute;be o desalienta el cambio. Puede ser una regla expl&iacute;cita o impl&iacute;cita, revelando cu&aacute;nto poder tiene lo establecido, incluso cuando deja de tener sentido. Pero tambi&eacute;n es una forma de autocensura por miedo a las consecuencias, aunque es importante reconocer que las normas cumplen una funci&oacute;n. Pero cuando esas normas se convierten en obst&aacute;culos a la evoluci&oacute;n, el &ldquo;no debo&rdquo; deja de ser prudente y pasa a ser c&oacute;mplice de la decadencia.
    </p><p class="article-text">
        Tercera capa: &ldquo;No puedo&rdquo;: Esta frase lleva consigo una carga de impotencia. Quien la dice suele sentirse limitado, incapaz o carente de recursos. A veces, es real, pero otras veces, el &ldquo;no puedo&rdquo; es m&aacute;s mental que material. Es una creencia aprendida, reforzada por a&ntilde;os de frustraci&oacute;n, fracasos o abandono. Incluso se convierte en un lamento habitual ya sea por falta de presupuesto, falta de personal o falta de tiempo. Pero tambi&eacute;n falta de voluntad para buscar soluciones fuera del camino habitual, convirti&eacute;ndose en una excusa funcional que evita la incomodidad de intentar algo nuevo y fallar.
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;no ser&aacute; realmente que las tres capas se funden en una cuarta donde se dice realmente &ldquo;no quiero&rdquo;? Esta es, quiz&aacute;s, la m&aacute;s honesta y tambi&eacute;n la m&aacute;s peligrosa de todas. Decir &ldquo;no quiero&rdquo; es reconocer que, a pesar de saber, poder y deber, simplemente no hay voluntad. Aqu&iacute; ya no hay ignorancia ni impedimentos objetivos. Hay una decisi&oacute;n consciente de permanecer en el mismo lugar. Se elige la comodidad por sobre la evoluci&oacute;n. Es la resistencia pura. Es el rechazo frontal al cambio, porque resulta inc&oacute;modo, porque obliga a replantearse la situaci&oacute;n, porque implica renunciar a privilegios o asumir riesgos llegando a ser una postura profundamente ego&iacute;sta, sabiendo que cambiar duele, pero quedarse inm&oacute;vil, en el fondo, doler&aacute; m&aacute;s. &iquest;Y usted? &iquest;No sabe, no debe, no puede&hellip; o no quiere?&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/no-no-debo-no_132_12662757.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Oct 2025 08:37:49 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[No sé, no debo, no puedo…]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los extremos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/extremos_132_12602803.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0fdbc27e-34a9-434d-a481-8ab14f7f1cdd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los extremos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las sociedades exitosas han aprendido a encontrar un equilibrio entre los diferentes intereses y perspectivas, sin caer en la tentación de soluciones simplistas y absolutistas</p></div><p class="article-text">
        En el f&uacute;tbol, los extremos juegan un papel crucial, ya que son los encargados de explotar las bandas, desbordar a los defensores y generar oportunidades de gol. Estos jugadores se destacan por su velocidad, habilidad para regatear y capacidad para centrar el bal&oacute;n al &aacute;rea o incluso para rematar directamente a porter&iacute;a. Dependiendo del estilo de juego, pueden ser extremos cl&aacute;sicos, que se mantienen pegados a la banda, o extremos invertidos, que juegan en el lado opuesto a su pierna dominante para cortar hacia el centro y disparar a gol. Adem&aacute;s, en sistemas t&aacute;cticos m&aacute;s modernos, los extremos no solo tienen que ser r&aacute;pidos y habilidosos, sino tambi&eacute;n contribuir en defensa, presionando al rival y ayudando a los laterales. Estos jugadores son clave para abrir espacios en el campo y crear desequilibrios, ya que su capacidad para desmarcarse y generar jugadas r&aacute;pidas es esencial para que el equipo pueda atacar con fluidez.
    </p><p class="article-text">
        En otros &aacute;mbitos de la vida, los extremos tambi&eacute;n representan una amenaza latente para el equilibrio y la armon&iacute;a de las sociedades. En el &aacute;mbito ideol&oacute;gico y econ&oacute;mico, parecen estar siempre dispuestos a tocarse de una manera sutil, pero peligrosa, mostrando una paradoja dado que, en su b&uacute;squeda por defender lo opuesto, terminan convergiendo en un punto de no retorno que puede llevar a las sociedades a situaciones de inestabilidad, polarizaci&oacute;n y, en &uacute;ltima instancia, a la disfunci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En el contexto actual, los movimientos polarizantes y los discursos de odio amenazan con fracturar las bases de la democracia y el di&aacute;logo. Este tipo de posiciones radicales no se limitan solo a los movimientos pol&iacute;ticos, sino que se extienden a cuestiones culturales, sociales y religiosas. Estas posturas rechazan cualquier forma de moderaci&oacute;n o conciliaci&oacute;n porque, en lugar de buscar soluciones equilibradas, se tiende a dividir a la sociedad en grupos irreconciliables, lo que dificulta la creaci&oacute;n de consensos. El problema principal de estas posturas absolutistas es que se vuelve sumamente dif&iacute;cil encontrar puntos de acuerdo. Las ideas radicales se basan en una visi&oacute;n maniquea del mundo, donde todo lo que no encaja es considerado parte de la parte enemiga, llevando a la creaci&oacute;n de burbujas informativas, donde las personas solo se rodean de aquellos que comparten sus ideas, reforzando sus creencias y reduciendo la posibilidad de di&aacute;logo constructivo.
    </p><p class="article-text">
        A medida que la sociedad se fragmenta en estos puntos de vista, los conflictos se agravan. Las tensiones entre grupos radicales aumentan y el espacio para el compromiso se reduce. Es en este punto cuando, a pesar de parecer muy alejadas, las posturas m&aacute;s extremas comienzan a encontrar puntos en com&uacute;n en su visi&oacute;n totalitaria del mundo. La tentaci&oacute;n de imponer sus ideales de manera autoritaria, sin aceptar diferencias, puede ser el paso previo a la erosi&oacute;n de las democracias.
    </p><p class="article-text">
        Visto el contexto, una de las claves para evitar caer en las garras de las posturas radicales es la informaci&oacute;n y la moderaci&oacute;n. Las sociedades exitosas han aprendido a encontrar un equilibrio entre los diferentes intereses y perspectivas, sin caer en la tentaci&oacute;n de soluciones simplistas y absolutistas recordando una vez m&aacute;s que duros a cuatro pesetas o euros a noventa c&eacute;ntimos, no existen. Y crecepelos milagrosos, tampoco.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/extremos_132_12602803.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Sep 2025 08:06:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los extremos]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La fábrica de las mentiras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/fabrica-mentiras_132_12586784.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4ec219da-a50f-4522-9d00-88bdf34fa375_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La fábrica de las mentiras"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Frente a esta maquinaria también hay resistencias asumiendo que la batalla no es solo técnica ni legal sino cultural, evitando premiar la inmediatez sobre la profundidad, el escándalo sobre la evidencia o el sesgo sobre la duda razonable. Mientras valoremos menos tener razón que buscar la verdad, evitaremos ser cómplices. De lo contrario, somos parte de la propia máquina</p></div><p class="article-text">
        En alg&uacute;n lugar entre la ficci&oacute;n y la realidad, entre los algoritmos y las pantallas, existe una m&aacute;quina invisible, omnipresente, eficiente. Una m&aacute;quina que no necesita engranajes ni chimeneas, pero que produce incesantemente, sin descanso, d&iacute;a y noche. No fabrica objetos materiales de uso cotidiano. No son coches ni armas. No produce alimentos ni medicinas. Produce mentiras. Y como toda gran maquinaria, est&aacute; perfectamente dise&ntilde;ada para hacer su trabajo sin que notemos, del todo, sus efectos.
    </p><p class="article-text">
        Realmente no es una m&aacute;quina en el sentido literal. No tiene un edificio f&iacute;sico, no se puede apagar con un interruptor. Es una estructura compleja que combina medios de comunicaci&oacute;n, redes sociales, intereses pol&iacute;ticos, plataformas tecnol&oacute;gicas y comportamientos humanos. Su combustible es la atenci&oacute;n; su producto, la confusi&oacute;n. Y sus beneficiarios, por supuesto, no son la verdad ni la democracia, sino quienes saben manipular la percepci&oacute;n de la realidad.
    </p><p class="article-text">
        El t&eacute;rmino puede sonar exagerado, incluso conspiranoico. Pero basta con observar el mundo actual para comprender que la mentira ya no es un accidente ni un tropiezo ocasional del discurso. Es una herramienta estrat&eacute;gica, una mercanc&iacute;a rentable y, cada vez m&aacute;s, un modo habitual de operaci&oacute;n en m&uacute;ltiples esferas del poder. La mentira ya no necesita esconderse: desfila orgullosa por titulares y declaraciones oficiales. Ha dejado de ser lo prohibido para convertirse en lo &uacute;til.
    </p><p class="article-text">
        La f&aacute;brica no siempre existi&oacute; con esta eficiencia. Durante siglos, la manipulaci&oacute;n de la informaci&oacute;n fue un privilegio reservado a unas pocas capas sociales donde el control de la palabra era sin&oacute;nimo de poder. Pero con el desarrollo de los medios masivos, la capacidad de moldear la opini&oacute;n p&uacute;blica se convirti&oacute; en una prioridad geopol&iacute;tica. La propaganda dej&oacute; de ser una palabra tab&uacute; para convertirse en una ciencia. Sin embargo, fue con la revoluci&oacute;n digital cuando la f&aacute;brica adquiri&oacute; su forma definitiva. Las redes sociales, en su promesa de democratizar la voz, abrieron un nuevo espacio sin filtros. Lo que parec&iacute;a un ideal de libertad de expresi&oacute;n pronto se convirti&oacute; en un campo f&eacute;rtil para la distorsi&oacute;n masiva porque los algoritmos no premian la veracidad, sino la viralidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; es donde la f&aacute;brica brilla. Ya no es necesario mentir directamente. Basta con repetir, insinuar, dudar, confundir. La verdad se vuelve relativa, fragmentada, subjetiva. Y cuando todo es opinable, la mentira se disfraza f&aacute;cilmente de &ldquo;punto de vista&rdquo;. Pero lo m&aacute;s preocupante no es solo la existencia de la f&aacute;brica, sino su legitimaci&oacute;n social porque mentir ya no es vergonzoso teniendo como resultado una poblaci&oacute;n desinformada vulnerable al miedo, a la manipulaci&oacute;n y al odio. Es una comunidad incapaz de construir consensos b&aacute;sicos, porque ni siquiera comparte una misma idea de realidad, deformando los hechos a la vez que destruye confianzas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no todo est&aacute; perdido. Frente a esta maquinaria tambi&eacute;n hay resistencias asumiendo que la batalla no es solo t&eacute;cnica ni legal sino cultural, evitando premiar la inmediatez sobre la profundidad, el esc&aacute;ndalo sobre la evidencia o el sesgo sobre la duda razonable. Mientras valoremos menos tener raz&oacute;n que buscar la verdad, evitaremos ser c&oacute;mplices. De lo contrario, somos parte de la propia m&aacute;quina.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/fabrica-mentiras_132_12586784.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 08 Sep 2025 13:55:36 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La fábrica de las mentiras]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los siete pasos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/siete-pasos_132_12415676.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2ce3919a-5668-4e28-a3df-eae53410ae2f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los siete pasos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dicen las personas que saben que para convertir una mentira aberrante en una verdad absoluta solo hace falta dar siete pasos. Incluso, en algunas ocasiones, menos...
</p></div><p class="article-text">
        En tiempos donde la posverdad domina titulares resulta urgente comprender c&oacute;mo una mentira puede ser transformada en una verdad. No se trata de una alquimia m&aacute;gica, sino de un proceso cuidadosamente estructurado que ha sido utilizado a lo largo y ancho de la historia. De hecho, dicen las personas que saben que para convertir una mentira aberrante en una verdad absoluta solo hace falta dar siete pasos. Incluso, en algunas ocasiones, menos. A continuaci&oacute;n, veremos cu&aacute;l es el manual procedimental para obrar este milagro.
    </p><p class="article-text">
        1. La repetici&oacute;n constante: Es la herramienta m&aacute;s poderosa del enga&ntilde;o. Una mentira repetida mil veces no se convierte realmente en verdad, pero s&iacute; en algo familiar. Y lo familiar, por simple inercia cognitiva, se percibe como cre&iacute;ble. Lo que aparece muchas veces parece cierto, aunque no lo sea.
    </p><p class="article-text">
        2. Apelar a las emociones: La raz&oacute;n puede ser cuestionada, pero las emociones no se discuten, se sienten. Si una mentira se conecta con el miedo, la esperanza o el odio, ser&aacute; mucho m&aacute;s f&aacute;cil que cale hondo. Nadie analiza fr&iacute;amente cuando est&aacute; asustado o euf&oacute;rico. Por eso, los discursos manipuladores no apelan a datos, sino a pasiones.
    </p><p class="article-text">
        3. Respaldarla con una fuente fiable: Una mentira dicha por alguien con autoridad tiene mucho m&aacute;s peso que una dicha por una persona desconocida. Cuando figuras acad&eacute;micas o instituciones prestan su voz a una falsedad, esta gana legitimidad. Y aunque la fuente est&eacute; equivocada o manipulada, su reputaci&oacute;n funciona como un blindaje.
    </p><p class="article-text">
        4. Mezclarla con verdades parciales: Las mentiras m&aacute;s efectivas no son las m&aacute;s extravagantes, sino las que se camuflan entre verdades. Una media verdad es m&aacute;s peligrosa que una mentira completa. A&ntilde;adir datos ciertos a una narrativa falsa le da una p&aacute;tina de coherencia que desactiva el pensamiento cr&iacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        5. Crear una narrativa o enemigo com&uacute;n: Toda mentira necesita una historia. Una narrativa que simplifique el mundo y se&ntilde;ale culpables. Es m&aacute;s f&aacute;cil creer en una falsedad si forma parte de una identidad compartida, de una lucha, de una causa.
    </p><p class="article-text">
        6. Silenciar o desacreditar la verdad: Para que una mentira prospere, la verdad debe ser neutralizada. Esto se logra desacreditando a quienes la sostienen, de forma que se les tilda de ignorantes, radicales o enemigos. A veces, basta con sembrar la duda. Otras, se recurre a la censura, el ruido informativo o la saturaci&oacute;n de versiones alternativas.
    </p><p class="article-text">
        7. Normalizarla en el lenguaje y en la pr&aacute;ctica: Una mentira se vuelve &ldquo;real&rdquo; cuando se instala en el lenguaje cotidiano, en los h&aacute;bitos y en las instituciones. Cambiar las palabras es cambiar el pensamiento. Redefinir conceptos, reinterpretar la historia o institucionalizar la falsedad crea un nuevo marco donde la verdad original ya no tiene lugar.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, hay que saber que vivimos en un mundo donde la verdad compite en desventaja con los relatos que m&aacute;s emocionan, que m&aacute;s viralizan, que mejor encajan en lo que queremos creer. Pero rendirse ante esta l&oacute;gica es peligrosamente c&oacute;modo. Comprender c&oacute;mo se fabrica una mentira que parece verdad nos convierte en seres m&aacute;s l&uacute;cidos con criterio. Es decir, que piensan. Asumiendo que es algo peligroso en estos tiempos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/siete-pasos_132_12415676.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 26 Jun 2025 07:40:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los siete pasos]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Culpa o responsabilidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/culpa-responsabilidad_132_12377685.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Siendo un concepto fundamental en la moral, la &eacute;tica y la justicia, al referirse a la responsabilidad de las acciones y las consecuencias derivadas de ellas, la culpa se asocia con la acci&oacute;n individual, es decir, con la responsabilidad que recae sobre un individuo por sus decisiones y comportamientos. Esta visi&oacute;n tiene sentido en una l&oacute;gica jur&iacute;dica y moral cl&aacute;sica, donde cada persona es, en principio, libre para actuar y, por tanto, responsable de las consecuencias de sus actos. En este marco, quien toma una decisi&oacute;n errada, quien causa un da&ntilde;o, debe responder por ello. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, en ciertos contextos, el concepto de culpa puede volverse m&aacute;s difuso, especialmente cuando se analizan los efectos de decisiones a gran escala, como las que se toman en el &aacute;mbito pol&iacute;tico y econ&oacute;mico. En estos escenarios, las decisiones ya no son simplemente el producto de una voluntad individual sino el resultado de engranajes institucionales, intereses cruzados, inercias hist&oacute;ricas y din&aacute;micas de poder complejas. En tales situaciones, la responsabilidad no es unipersonal, sino de un sistema entero, y eso tiene implicaciones profundas sobre c&oacute;mo entendemos la culpa y la responsabilidad colectiva en una sociedad. La &eacute;tica se ve entonces obligada a expandir su marco de an&aacute;lisis y preguntarse c&oacute;mo se reparten las cargas de las consecuencias en sistemas donde pocos deciden y muchos padecen los efectos.
    </p><p class="article-text">
        En el concreto &aacute;mbito pol&iacute;tico y econ&oacute;mico, las decisiones tomadas por los liderazgos e instituciones no solo afectan a aquellos que las implementan, sino que tienen repercusiones a nivel global. Un cambio de pol&iacute;tica monetaria, una reforma estructural o una estrategia de endeudamiento pueden alterar la vida de millones de personas, modificar patrones de consumo, redefinir sectores productivos o incluso empujar a generaciones enteras a situaciones de exclusi&oacute;n o precariedad. Sin embargo, en muchos casos, las estructuras que respaldan estas decisiones son tan vastas y complejas que la responsabilidad parece diluirse. El poder se reparte entre actores visibles e invisibles: gobiernos, organismos internacionales, corporaciones, medios de comunicaci&oacute;n o lobbies, donde todas las partes son miembros del entramado, aunque no todos en igualdad de condiciones ni con el mismo grado de agencia.
    </p><p class="article-text">
        El reconocer que la culpa es an&oacute;nima, nos permite ver que la responsabilidad no puede ser atribuida a un solo individuo o grupo, sino que es el resultado de un sistema en el que todos somos actores, de alguna manera, aunque no todos de la misma manera. Esta distinci&oacute;n es fundamental: no todos cargamos con la misma cuota de culpa, ni todos tenemos el mismo margen de acci&oacute;n. Pero todos participamos &mdash;por acci&oacute;n, por omisi&oacute;n, por conveniencia, por ignorancia&mdash; en la reproducci&oacute;n de un modelo que, en sus fundamentos, tiende a excluir y a concentrar privilegios.
    </p><p class="article-text">
        La soluci&oacute;n, por tanto, requiere una respuesta colectiva, donde la sociedad en su conjunto asuma la responsabilidad de cambiar las estructuras, lo que implica revisar no solo las decisiones de los gobiernos, sino tambi&eacute;n los valores que organizan nuestras econom&iacute;as, las reglas que rigen nuestros mercados y las narrativas que justifican las condiciones existentes. Y supone, adem&aacute;s, abandonar la falsa comodidad de pensar que los problemas complejos tienen culpables simples. Solo as&iacute; podremos asumir, con honestidad que, cuando la culpa no es de nadie, la culpa es de todos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Miguel González Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/culpa-responsabilidad_132_12377685.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 20 May 2025 19:06:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Culpa o responsabilidad]]></media:title>
    </item>
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