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    <title><![CDATA[elDiario.es - Raúl Real]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/raul_real/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Raúl Real]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[1280 almas y un autor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/almas-autor_132_1880934.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b1b3cdee-06f3-4b36-a6e3-c3f776401385_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Jim Thomson. | ruceni.info"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Acercamiento a Jim Thompson, quien, junto a Hammett y Chandler, es una de las figuras más importante de la novela negra estadounidense</p></div><p class="article-text">
        &lsquo;&rsquo;Hay treinta y dos maneras de contar una historia y yo las he probado todas; pero, en realidad, solo existe una trama. Las cosas nunca son lo que parecen&rsquo;&rsquo;.
    </p><p class="article-text">
        Jim Thompson.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Bienvenidos a Pottsville</strong>
    </p><p class="article-text">
        Aunque nadie nos haya indicado a que estado de la vieja confederaci&oacute;n pertenece, ni tengamos ni la m&aacute;s remota idea de cu&aacute;l es su ubicaci&oacute;n, sabemos que Pottsville es un pueblucho de mala muerte; un molesto grano perdido en alg&uacute;n lugar del sur. S&iacute;, de eso no hay duda. Est&aacute; al sur, quiz&aacute;s demasiado, pues su latitud parece sobrepasar los l&iacute;mites de lo geogr&aacute;fico y enquistarse en el car&aacute;cter de los 1280 habitantes que, seg&uacute;n reza un letrero a la entrada del pueblo, se asientan en este agujero. <em>Y si no fuera por esos malditos leguleyos del norte</em>, -afirma uno de ellos- <em>que por ley nos obligan a contar hasta a los negros, todav&iacute;a ser&iacute;amos menos</em>. Aqu&iacute; el confort sure&ntilde;o no es m&aacute;s que la bebida que riega los &aacute;ridos gaznates de los forasteros en las dos cantinas y en el prost&iacute;bulo cercano a la serrer&iacute;a. De vez en cuando hay alguna pelea: cuestiones de lindes, asuntos de faldas, viejas rencillas... Cuando se diluye la violencia, todo vuelve a su estado natural: una calma tensa y polvorienta repleta de rencores y secretos que podr&iacute;an hacer que Pottsville ardiera en medio del desierto y desapareciera sin dejar rastro. El hombre al mando, el sheriff que ha de velar por la suerte de aquellas almas, se llama Nick Corey; un tipo bobo y despreocupado que prefiere mantenerse al margen y no ensuciar de sangre y barro sus camperas de piel de serpiente. Pero ya lo dijo el autor, las cosas nunca son lo que parecen.
    </p><p class="article-text">
        Convertida en novela de culto entre los aficionados al g&eacute;nero negro, que curiosamente a&uacute;n no hab&iacute;an tenido la oportunidad de leerla, ser&iacute;a la editorial Bruguera quien se decidiera a traducir y editar <em>1280 almas</em> en Espa&ntilde;a. Corr&iacute;a el a&ntilde;o 1980 y hab&iacute;an pasado diecis&eacute;is desde que en Estados Unidos saliera a la luz bajo el t&iacute;tulo de <em>Pop. 1280</em>, en una edici&oacute;n r&uacute;stica de bolsillo y al precio de 40 centavos. Pero, &iquest;d&oacute;nde radicaba el truco de su &eacute;xito (sobre todo en la vieja Europa)? &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;a logrado reivindicarse hasta convertirse en un cl&aacute;sico del g&eacute;nero incluso antes de ser disfrutada por los lectores? En primer lugar, m&aacute;s all&aacute; del morbo que pudiera suscitar el placer de lo que se hace esperar y envuelta en un m&aacute;s que merecido halo de malditismo, la obra plantea una ruptura absoluta con el cl&aacute;sico modelo de identificaci&oacute;n del lector con el protagonista. La novela est&aacute; narrada en primera persona por Nick Corey, un agente de la ley que, bajo una impostada apariencia de funcionario pusil&aacute;nime y holgaz&aacute;n, oculta a una bestia absolutamente despiadada. La empat&iacute;a con el personaje se convierte, por lo tanto, en una serpiente dif&iacute;cil de tragar. Corey es un psic&oacute;pata que, a sangre fr&iacute;a, va tramando sus acciones, comparti&eacute;ndolas, como si con ello buscase nuestra aprobaci&oacute;n. Posteriormente nos implica en su ejecuci&oacute;n, convirtiendo de esta manera al lector en testigo mudo y c&oacute;mplice de una serie de actos salvajes e inhumanos. Esta radiograf&iacute;a de la violencia, a veces aderezada de un c&aacute;ustico sentido del humor, hace de <em>1280 almas</em> una obra inc&oacute;moda y transgresora, no apta para est&oacute;magos sensibles.
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        La n&oacute;vela policiaca, empero, ya hab&iacute;a sufrido una primera y radical mutaci&oacute;n. La gran depresi&oacute;n, que azot&oacute; a la sociedad norteamericana de entreguerras, transformar&iacute;a para siempre los principios del g&eacute;nero. El escenario se hab&iacute;a trasladado de la campi&ntilde;a inglesa a los s&oacute;tanos de cualquier ciudad peligrosa y humeante. Los personajes ya no pertenec&iacute;an a la burgues&iacute;a brit&aacute;nica, ahora eran violentos <em>gangsters</em>, viciosos y sin escr&uacute;pulos. Los m&eacute;todos deductivos y las elegantes formas de los Holmes, las Miss Marples o los Poirots ya eran historia. Sin embargo, los protagonistas, pese a haberse convertido en alcoh&oacute;licos solitarios y taciturnos, segu&iacute;an atesorando ciertos valores rom&aacute;nticos. Por ejemplo, y a pesar de sus defectos, ser&iacute;a imposible negarle a un tipo duro como Philippe Marlowe unos principios inquebrantables. En el caso de Corey estos principios se desvanecen por completo. Aqu&iacute; no hay enigma que resolver. No existe la redenci&oacute;n. Nick Corey re&uacute;ne al criminal y a la ley en el mismo envoltorio. Nick Corey se encuentra en las ant&iacute;podas del h&eacute;roe. Nick Corey es el mal.
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, la novela se aleja de la gran urbe, t&iacute;pico escenario del <em>hard boiled</em>, trasladando la acci&oacute;n a un peque&ntilde;o pueblo habitado por 1280 almas an&oacute;nimas que conviven con sus particulares infiernos personales. El sheriff se refiere a la arquitectura local de esta manera: &laquo;Simplemente paredes de pino que encierran el vac&iacute;o. Sin cuadros, sin libros, sin nada que pudiera mirarse o sobre lo que reflexionar&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pottsville es un lugar cualquiera. Eso es lo terrible.
    </p><p class="article-text">
        <strong>P&oacute;ngase en pie Se&ntilde;or Thompson</strong>
    </p><p class="article-text">
        Nombre completo: James Myers Thompson.
    </p><p class="article-text">
        Veredicto: culpable de haber escrito tama&ntilde;a infamia.
    </p><p class="article-text">
        Nacido en 1906 en una reserva india de Oklahoma. Su madre: una maestra, de sangre Cherokee. Su padre: un hombre rudo, sheriff del condado. S&iacute;,&nbsp; usted ha le&iacute;do bien, querido lector: sheriff del condado. No solo eso, adem&aacute;s maltratador, corrupto y adicto al juego, tuvo que abandonar una prometedora carrera pol&iacute;tica por malversar fondos p&uacute;blicos. Debido a este suceso se vio obligado a huir a M&eacute;xico con su familia. Poco despu&eacute;s, en Forth Worth (Texas), la suerte volver&iacute;a a sonre&iacute;r al viejo Big Jim, ahora reconvertido &nbsp;en magnate de la industria petrol&iacute;fera. Tras unos a&ntilde;os de bonanza, acabar&iacute;a dilapidando su fortuna y condenando a su familia a la pobreza. Con esta situaci&oacute;n financiera, a la edad de quince a&ntilde;os, el joven Thompson comenzar&aacute; a escribir relatos criminales basados en sucesos reales que va rescatando de la prensa local. Esta ocupaci&oacute;n apenas le reportar&aacute; beneficios, por lo que comenzar&aacute; a trabajar como botones en un hotel. Antes de cumplir los veinte a&ntilde;os, afectado por la tuberculosis y por un incipiente alcoholismo, comenzar&aacute; una nueva vida entregada al vagabundeo que le llevar&aacute; a toparse y entablar amistad con uno de los mayores iconos del folklore americano: Woody Guthrie. Esta relaci&oacute;n y las p&eacute;simas condiciones laborales de los trabajos que realiza en su periplo: bracero, transportista, pe&oacute;n de la construcci&oacute;n&hellip; le har&aacute;n simpatizar con el movimiento obrero. De vuelta a Texas, a finales de los a&ntilde;os veinte, comenzar&aacute; a publicar alguno de sus relatos. Tras un encontronazo con las autoridades y una serie de malentendidos con la mafia local relacionados con la venta de alcohol (estamos en plena ley seca), Thompson desaparece de nuevo. Esta vez lo har&aacute; rumbo al norte, al estado de Nebraska. All&iacute; comenzar&aacute; a estudiar en la universidad y conocer&aacute; a su futura mujer: Alberta, con quien contraer&aacute; matrimonio en 1931. La gran depresi&oacute;n y la precariedad laboral hacen que tenga que dejar sus estudios. Se afiliar&aacute; al partido comunista americano en 1936, el cual abandonar&aacute; transcurridos dos a&ntilde;os. Estas simpat&iacute;as le acabar&aacute;n acarreando m&aacute;s de un quebradero de cabeza en el futuro, pues a principios de los cincuenta (denunciado por un compa&ntilde;ero de profesi&oacute;n), ser&aacute; acusado de comunista en la paranoica caza de brujas emprendida por el senador Mc Carthy. Despu&eacute;s de una breve estancia en Los &Aacute;ngeles dar&aacute; con sus huesos en Nueva York, con la firme idea de dedicarse a tiempo completo a la escritura. Jim Thompson est&aacute; a punto de cumplir cuarenta a&ntilde;os. Comienza a publicar alguna de sus novelas, las cuales escribe por encargo y en plazos vertiginosos. Su padre se encuentra tambi&eacute;n all&iacute;, recluido en un sanatorio de la gran manzana. Apenas queda rastro de aquel agente de la ley grosero y poderoso. Su hijo promete sacarlo de all&iacute; y as&iacute; permitirle pasar sus &uacute;ltimos d&iacute;as de vida con un m&iacute;nimo de dignidad y rodeado de los suyos. Pero una nueva reca&iacute;da, relacionada con el abuso de alcohol, hace que Jim Thompson sea ingresado de urgencia en una cl&iacute;nica. Cuando consigue salir, su padre, Big Jim Thompson, ya se ha suicidado. Comienza entonces a trabajar para diferentes peri&oacute;dicos y consigue entablar relaci&oacute;n con una editorial que confiar&aacute; plenamente en su estilo salvaje y poco &eacute;tico: Lion Books. Su actividad literaria es fren&eacute;tica. De esta &eacute;poca ser&aacute; otra de sus obras m&aacute;s recordadas (en Estados Unidos sin duda la m&aacute;s afamada)&nbsp;<em>El asesino dentro de m&iacute;</em>, en la cual retrata con frialdad la mente de otro sheriff asesino y despiadado, esta vez bautizado como Lou Ford. Las conexiones entre esta obra y la que nos ocupa son m&aacute;s que evidentes &iquest;alguien dijo autobiogr&aacute;fico?
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        Ya estamos en 1955 y la suerte parece sonre&iacute;r por fin a la familia Thompson. El cineasta Stanley Kubrick, sobrecogido por la brutalidad narrativa de&nbsp;<em>El asesino dentro de m&iacute;</em>&nbsp;y seducido por la crudeza que desprenden sus di&aacute;logos, recurrir&aacute; a su talento, contrat&aacute;ndole como guionista para&nbsp;<em>Atraco Perfecto</em>. Este idilio continuar&aacute; un par de a&ntilde;os despu&eacute;s, pues Thompson tambi&eacute;n se har&aacute; cargo del guion del celebrado alegato antibelicista&nbsp;<em>Senderos de Glor&iacute;a</em>. Su acercamiento a Hollywood hace que la familia se traslade a Los &Aacute;ngeles. Tambi&eacute;n influyen en esta decisi&oacute;n las continuas aventuras sexuales de Thompson y el empecinamiento de su mujer, debido a sus estrictas convicciones religiosas, de no divorciarse pase lo que pase (a&ntilde;os antes el escritor se hab&iacute;a sometido a una vasectom&iacute;a tras descubrir Alberta alguna de sus infidelidades ). A pesar de seguir un envidiable ritmo de publicaciones y de que una de sus obras,&nbsp;<em>La Huida</em>, fuera llevada al cine por Sam Peckinpah en 1972, la salud de Thompson va deterior&aacute;ndose por una serie de excesos que el escritor no encuentra el momento de abandonar. Residiendo temporalmente en Par&iacute;s a principios de los a&ntilde;os 70, la m&iacute;tica editorial francesa&nbsp;<em>Gallimard</em>&nbsp;reedita&nbsp;<em>1280 almas</em>&nbsp;como n&uacute;mero 1000 de su exitosa serie&nbsp;<em>Noire.&nbsp;</em>Aclamado por la cr&iacute;tica europea, pero olvidado en su propio pa&iacute;s, regresar&aacute; a Estados Unidos. &nbsp;En 1975, en un estado f&iacute;sico deplorable e incapaz de escribir ya una sola p&aacute;gina, aparecer&aacute; junto a Robert Mitchum y Harry Dean Stanton haciendo un cameo en la versi&oacute;n cinematogr&aacute;fica de&nbsp;<em>Adi&oacute;s Mu&ntilde;eca</em>. Despu&eacute;s desaparecer&aacute; para siempre de la escena. Un desenlace muy suyo. Un final a lo Jim Thompson.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Justicia po&eacute;tica? Al diablo con eso</strong>
    </p><p class="article-text">
        El 7 de abril de 1977, d&iacute;a de jueves santo, Jim Thompson fallece en su casa de Huntington Beach, California. Atr&aacute;s quedaban m&aacute;s de una treintena de novelas, decenas de relatos, un par de autobiograf&iacute;as, tres poemarios, varios guiones para el cine y la televisi&oacute;n y algunas novelizaciones de cl&aacute;sicos de la peque&ntilde;a pantalla hechas por encargo. Pocos d&iacute;as antes, postrado en su lecho de muerte, dej&oacute; una serie de instrucciones a su (en todas las acepciones) inseparable Alberta; haci&eacute;ndola prometer que guardar&iacute;a con celo los manuscritos, las novelas y los derechos de autor de todas sus obras. &ndash;<em>Espera y ver&aacute;s</em>. &ndash; le dijo-&nbsp;<em>Me har&eacute; famoso dentro de diez a&ntilde;os</em>. No sabemos lo que pens&oacute; su esposa al respecto, despu&eacute;s de compartir m&aacute;s de cuarenta y cinco a&ntilde;os de matrimonio en los que las promesas en boca de Jim sol&iacute;an ser sin&oacute;nimo de fracaso. Lo que si podemos afirmar es que, en su delirio moribundo o pecando de presuntuoso, esta vez acert&oacute; de pleno. Pero entonces la muerte del autor pasar&iacute;a desapercibida, y salvando un par de amigos &iacute;ntimos y un pu&ntilde;ado de familiares, nadie acudi&oacute; a las exequias.
    </p><p class="article-text">
        En 1981, el cineasta franc&eacute;s Bertrand Tabernier dirigir&aacute;&nbsp;<em>1280 almas,&nbsp;</em>situando la historia del despiadado sheriff en el &Aacute;frica colonial de entreguerras. La cinta recibe el aplauso de la cr&iacute;tica y ser&aacute; nominada a los premios &oacute;scar como mejor pel&iacute;cula de habla no inglesa. En 1990 Stephen Frears llevar&aacute;&nbsp;<em>Los Timadores&nbsp;</em>a la gran pantalla, obteniendo cuatro nominaciones. Ese mismo a&ntilde;o ver&aacute;n tambi&eacute;n la luz las adaptaciones de&nbsp;<em>The Kill-Off&nbsp;</em>y&nbsp;<em>Hasta la noche, mi amor</em>, de Maggie Greenwald y James Foley, respectivamente. Poco despu&eacute;s Tom Cruise dirigir&aacute; el telefilme&nbsp;<em>The Frightening Frammis</em>, basado en uno de los relatos de Jim Thompson. Ya en 1994 se realiza una adaptaci&oacute;n de&nbsp;<em>La Huida</em>&nbsp;con Kim Basinger y Alec Baldwin en los papeles protagonistas. En 1996, llegar&aacute; el turno a&nbsp;<em>Hit me</em>&nbsp;y as&iacute; otra sucesi&oacute;n de t&iacute;tulos que nos llevan hasta&nbsp;<em>El demonio bajo la piel</em>estrenada en el a&ntilde;o 2010, segunda adaptaci&oacute;n de la novela&nbsp;<em>El asesino dentro de m&iacute;</em>.
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        Esta sucesi&oacute;n de adaptaciones cinematogr&aacute;ficas vendr&aacute; acompa&ntilde;ada de las correspondientes reediciones y traducciones de sus novelas a nivel mundial. Lo cierto es que, tal y como vaticin&oacute; el propio autor, una generaci&oacute;n de nuevos lectores comenz&oacute; a devorar con fervor su obra, situando a Jim Thompson, junto a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett, en el podio de los autores m&aacute;s genuinos y reconocibles de la novela negra norteamericana. Quiz&aacute;s, a diferencia de los citados, la obra de Thompson ha sido mejor recibida en nuestros d&iacute;as que en su propio contexto; cuesti&oacute;n que podr&iacute;a dar lugar a la reflexi&oacute;n, dada la deshumanizaci&oacute;n y la exacerbada crueldad de sus personajes. S&uacute;menle a este peculiar tratamiento de la violencia unas gotas de humor negro y un poco del absurdo que a veces nos brinda la propia existencia. Ahora, la pr&oacute;xima vez que&nbsp; revisen alguna de esas comedias hiperb&oacute;licas y sangrientas de Tarantino o los hermanos Coen, tengan a bien recordar la influencia (ellos tampoco lo negar&aacute;n) del hijo del sheriff.
    </p><p class="article-text">
        Me gustar&iacute;a concluir con unas palabras extra&iacute;das de la exhaustiva y excelente biograf&iacute;a de Jim Thompson titulada&nbsp;<em>Arte Salvaje</em>, escrita por Robert Polito, dicen as&iacute;:
    </p><p class="article-text">
        <em>Leer una novela de Jim Thompson es como estar atrapado en un refugio antibombas con un man&iacute;aco parlanch&iacute;n que adem&aacute;s resulta ser el controlador antia&eacute;reo.</em>
    </p><p class="article-text">
        Lo dicho, p&oacute;nganse a cubierto.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raúl Real]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/almas-autor_132_1880934.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Oct 2018 19:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[1280 almas y un autor]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cantabria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pavos volando hacia el sur]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/pavos-volando-sur_132_2954634.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/960cb9d0-852d-4365-893b-849507b0652c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Flannery O&#039;Connor en el camino de Andalusia (1962) - Joe McTyre; Atlanta Constitution."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Repaso a la obra de la escritora estadounidense Flannery O'Connor (1925-1964), adscrita al gótico sureño y autora de novelas como "Sangre sabia" o "Un hombre bueno es difícil de encontrar".</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2">«Se fue hacia el pueblo con el pavo al hombro. Quería hacer algo por Dios, pero no sabía qué. Si encontrara a alguien tocando el acordeón en la calle le iba a dar una moneda de diez centavos. Solo tenía diez centavos, pero se los daría.»<br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        Suponemos, con poco riesgo de equivocarnos, que la fijaci&oacute;n de la peque&ntilde;a Flannery por las aves se remontaba a su ni&ntilde;ez, cuando con pueril tenacidad y buenas dosis de empe&ntilde;o, ense&ntilde;&oacute; a un peque&ntilde;o pollo a caminar hacia atr&aacute;s. Un precario equipo de filmaci&oacute;n se acerc&oacute; entonces a la granja O&rsquo;Connor para dar cuenta de la efem&eacute;ride e inmortalizar la nerviosa sonrisa de una ni&ntilde;a que, bajo un peque&ntilde;o sombrero calado, dejaba escapar uno de sus tirabuzones. M&aacute;s all&aacute; de aquellos singulares adoctrinamientos, quiz&aacute;s en un pueblecito perdido al este del Mississippi, durante la Gran Depresi&oacute;n, una adolescente de familia acomodada no ten&iacute;a m&aacute;s opciones que sentarse en la mecedora del porche, contemplar los destellos dorados de los campos de ma&iacute;z y esperar que su padre le cazase un novio a la altura de su hacienda. Pese a todo, Flannery O&rsquo;Connor jam&aacute;s se cas&oacute; ni tuvo hijos. Entre sus logros destacaron otras virtudes menos mundanas, tales como llegar a convertirse en una de las narradoras norteamericanas m&aacute;s relevantes y perturbadoras del siglo XX.
    </p><p class="article-text">
        Circunscrita por la cr&iacute;tica al denominado&nbsp;g&oacute;tico sure&ntilde;o, comparti&oacute; con sus coet&aacute;neos, adem&aacute;s de localizaci&oacute;n geogr&aacute;fica, el gusto por los personajes grotescos e inadaptados que transitaron por sus cuentos y novelas. Curiosamente, su arraigado catolicismo acabar&iacute;a por marcar la diferencia (y cierta indiferencia) con sus compa&ntilde;eros de adscripci&oacute;n. Por otro lado, esta situaci&oacute;n tambi&eacute;n le convertir&iacute;a en una especie de&nbsp;ave singular&nbsp;en una tierra donde el fanatismo religioso de ra&iacute;z protestante brota como la mala hierba. En el caso de O&rsquo;Connor, ser&iacute;a inadecuado afirmar que utiliz&oacute; la fe como herramienta evangelizadora dentro de su ficci&oacute;n. En cambio, s&iacute; que reflej&oacute; en ocasiones ese temor irracional a la ira de Dios que sobrevuela sobre algunos de sus personajes; las terrenales injusticias a las que estos se ven sometidos; la dicotom&iacute;a de los polos opuestos; el bien, pero sobre todo el mal. Buena conocedora, igualmente, del poder que su propio entorno la ofrec&iacute;a, ese sur rural, aislado y salvaje, mostr&oacute; una absoluta habilidad a la hora de elaborar minuciosas radiograf&iacute;as del alma humana, caracter&iacute;stica que sin duda la situ&oacute; en la &oacute;rbita de sus admirados Joyce o Dostoievski.
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        Como no pod&iacute;a ser de otro modo, sus personajes han logrado transcender los l&iacute;mites de aquel entorno hostil, al igual que en su juventud har&iacute;a la propia Flannery. A la edad de 21 a&ntilde;os, aceptada por la prestigiosa Universidad de Iowa para cursar un m&aacute;ster en creaci&oacute;n literaria, abandonar&iacute;a Georgia. A pesar de ser una joven de ascendencia rural y mirada t&iacute;mida, se relacionar&iacute;a con intelectuales y poetas como Robert Lowell, Arthur Koestler o Robert Fitzgerald. Por otro lado, nunca tuvo un especial acercamiento a sus paisanos y compa&ntilde;eros de movimiento literario, autores como William Faulkner o la tambi&eacute;n escritora Carson McCullers, a la cual supuestamente O&rsquo;Connor detestaba. El paso del tiempo las acabar&aacute; condenando a ser irremediablemente asociadas.
    </p><p class="article-text">
        En 1952 ver&aacute; la luz su primera novela&nbsp;Wise Blood&nbsp;(Sangre sabia), llevada al cine por John Huston en 1979. En ella aflorar&aacute;n todas las obsesiones de Flannery: el pecado, la obsesi&oacute;n, el fanatismo, la violencia, el castigo, la redenci&oacute;n o la autodestrucci&oacute;n. Su protagonista, un joven ex-convicto de la Segunda Guerra Mundial, Hazel Motes, sufre una terrible crisis de fe y trata de crear su propia iglesia. La reconstrucci&oacute;n de sus doctrinas y valores le llevar&aacute; a cometer una serie de actos que le conducir&aacute;n a un dram&aacute;tico final. Algunos de sus cap&iacute;tulos, como el estupendo &laquo;Enoch y el gorila&raquo;, tambi&eacute;n fueron publicados como cuentos independientes. Relatos que, a pesar de su independencia contextual, funcionan a la perfecci&oacute;n de forma aislada. Dicho esto, ser&iacute;a justo a&ntilde;adir que, pese a lo desesperados que a veces se puedan mostrar los protagonistas de su ficci&oacute;n, sobre sus textos sobrevuela una sutil iron&iacute;a, no exenta de un tr&aacute;gico sentido del humor y de cierto tinte autobiogr&aacute;fico. Por ejemplo, el t&iacute;tulo de esta primera novela tendr&aacute; mucho que ver con la enfermedad degenerativa con la que la escritora acababa de ser diagnosticada, lupus, la cual se hab&iacute;a llevado a su padre unos a&ntilde;os atr&aacute;s y que comenzar&aacute; a afectar la salud de la joven Flannery. Su estado de salud le har&aacute; visitar una amplia variedad de doctores y hospitales y probar nuevos tratamientos para el dolor. Remedios que no conseguir&aacute;n paliar un proceso que ya hab&iacute;a comenzado a afectar la movilidad de sus extremidades.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        A pesar de ello, la actividad literaria y epistolar de la escritora no disminuye y en 1955 ser&aacute; publicada&nbsp;A Good Man Is Hard to Find&nbsp;(Un hombre bueno es dif&iacute;cil de encontrar). Sobrecogedora colecci&oacute;n de cuentos, donde lo tr&aacute;gico y lo c&oacute;mico conviven de un modo tan natural como magistral. Una obra cruda, directa, a veces brutal y, en cierta forma, adelantada a su tiempo. Encerrada en una granja, atendida por su madre y con apenas movilidad, escribir&aacute; una segunda novela&nbsp;The Violent Bear it Away&nbsp;(Los violentos lo arrebatan). El resto de su tiempo lo dedicar&aacute; a responder cartas y a la cr&iacute;a de pavos reales y otras aves ex&oacute;ticas que se dejaban caer por aquella finca en Milledgeville, Georgia. Su siguiente colecci&oacute;n de cuentos&nbsp;Everything That Rises Must Converge&nbsp;(Todo lo que asciende tiene que converger) ya aparecer&aacute; de forma p&oacute;stuma, pues Flannery O&rsquo;Connor fallece el 3 de agosto de 1964, a la edad de 39 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Unos a&ntilde;os antes, en 1958, convencida por amigos y familiares, viajar&aacute; a Lourdes para sumergirse en las aguas sanadoras de la cueva francesa, lo que no deja de ser una imagen que podr&iacute;a haber formado parte de cualquiera de sus relatos. Sin apenas esperanza y tratando de contentar a sus m&aacute;s allegados, la escritora sab&iacute;a que ese acto ten&iacute;a m&aacute;s de simb&oacute;lico que de milagroso.
    </p><p class="article-text">
        Fan&aacute;ticos religiosos y estafadores, asesinos visionarios, ancianos supremacistas, prostitutas devotas, vagabundos sin escr&uacute;pulos, bellezas sure&ntilde;as lisiadas, pir&oacute;manos adolescentes o vendedores de Biblias alcoholizados&hellip; Personajes atormentados en busca de su propia epifan&iacute;a. Ninguno de ellos logr&oacute; escapar de la certera pluma de la escritora, la cual expuso sin rubor todos sus secretos, v&iacute;sceras y miedos. De alguna forma, hay una especie de violencia contenida en toda la obra de O&rsquo;Connor. Una chispa que puede saltar en cualquier momento y hacer arder el cobertizo. En sus textos ronda siempre agazapado lo imprevisible. Una tensi&oacute;n de la que el lector no consigue salir indemne y que le lleva a intentar descifrar los motivos que representan esos inesperados desenlaces. Sus personajes no tienen nada que perder y parecen siempre a punto de arrancarse una venda que les permitir&aacute; contemplar algo tan terrible como necesario.
    </p><p class="article-text">
        Flannery O&rsquo;Connor pretendi&oacute; reflejar aquellas postreras miradas. Vaya si lo consigui&oacute;. &iquest;Acaso no quisieran ustedes tambi&eacute;n echar una ojeada? &iquest;Siquiera una vez, aunque fuera de soslayo?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raúl Real]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/pavos-volando-sur_132_2954634.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Jan 2018 19:11:38 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pavos volando hacia el sur]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Una piedra en el zapato de Henry D. Thoreau]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/piedra-zapato-henry-thoreau_132_3132197.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/46e00cfa-97e8-48b7-a3e3-b1ff1b8bf730_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Henry David Thoreau [Daguerrotipo, Benjamin Maxham, 1856]."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Conocido por obras emblemáticas como 'Walden' o 'Del deber de la desobediencia civil', el quehacer poético del pensador estadounidense siempre ha quedado en un segundo plano.</p></div><p class="article-text">
        Este mismo a&ntilde;o, concretamente el pasado 12 de julio, se han cumplido 200 a&ntilde;os del nacimiento del pensador y activista norteamericano Henry David Thoreau. Personaje cuya obra ha&nbsp; venido siendo reivindicada desde posturas (en un principio) un tanto antag&oacute;nicas, las cuales oscilan desde el anarquismo o el ecologismo radical,&nbsp; al patriotismo&nbsp;<em>yankee</em> m&aacute;s conservador (si cabe) y nost&aacute;lgico, pasando por la simpat&iacute;a y adscripci&oacute;n de cierto sector neo-ruralista y consumidor de&nbsp; &uacute;ltimas tendencias. Dos siglos despu&eacute;s, como es l&oacute;gico, su figura ha llegado hasta nuestros d&iacute;as un tanto difusa y mitificada. Puede que estos sean motivos suficientes para comprender esa falta de homogeneidad existente entre algunos de sus m&aacute;s ac&eacute;rrimos seguidores.
    </p><p class="article-text">
        Tal figura suele ser recordada y representada por sus dos obras m&aacute;s famosas; bien la del rebelde y agitador que plant&oacute; cara a su implacable gobierno (<em>La desobediencia civil, </em>1848); o bien como la del hombre que dio la espalda a la civilizaci&oacute;n para encerrarse en una peque&ntilde;a caba&ntilde;a, vivir como un ermita&ntilde;o y disponer s&oacute;lo de los recursos que el propio medio le ofrec&iacute;a (<em>Walden. Life in the Woods, </em>1854). Siendo ciertas ambas representaciones, este misticismo ha tendido a olvidar, por ejemplo, que su insumisi&oacute;n solamente le hizo pasar una noche en la c&aacute;rcel (por fortuna y gracias a su mecenas y mentor Ralph Waldo Emerson ser&iacute;a prontamente liberado) y que la famosa caba&ntilde;a del lago Walden estaba lo suficientemente a mano como para (en caso de extrema necesidad) poder acercarse a por v&iacute;veres al pueblo. Lo que es indiscutible, y principal motivo por el cual su legado permanece vigente a d&iacute;a de hoy, es que Thoreau fue un pionero. Su inconformismo result&oacute; ejemplar, su insumisi&oacute;n al gobierno fue obstinada y decidida. Curioso y estudioso de todo aquello que le rodeaba, antibelicista y adalid de los derechos sociales, incluso vaticin&oacute;, en plena revoluci&oacute;n industrial, que ese nuevo modelo de producci&oacute;n y consumo deterioraba el medio y era a todas luces deshumanizador.
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        A todo al que le pueda interesar, indagar en el personaje y la obra de Thoreau le resultar&aacute; sencillo, pues aparte de sus propios trabajos, varios son los estudios y acercamientos a su legado, editados en casi todos los idiomas y formatos (cabe resaltar los recientes c&oacute;mics o algunas&nbsp; biograf&iacute;as ilustradas con buen gusto) y disponibles en cualquier librer&iacute;a. Quiz&aacute;s la asignatura pendiente con este autor, al menos en su obra traducida al espa&ntilde;ol, sean sus poemas. Muchos de ellos aparecen intercalados en sus escritos, como apuntes o colofones a ciertos pensamientos; casi como modo de representaci&oacute;n de un lenguaje que de otra forma no hubiera podido plasmar, al menos con la precisi&oacute;n que la libertad del verso le permit&iacute;a. Ciertamente, la obra po&eacute;tica de Thoreau es bastante m&aacute;s extensa de lo que, al menos, el lector en castellano a priori pudiera suponer. A trav&eacute;s de ella,&nbsp; vuelve a reincidir en los m&aacute;s importantes puntos de sus planteamientos en prosa. Algunas voces, incluso, han llegado a situarle (obviamente, salvando las distancias) como&nbsp; predecesor del gran Walt Whitman, dada su apasionada y certera descripci&oacute;n del vasto, y por entonces todav&iacute;a medio a descubrir, continente americano. Sin profundizar demasiado, y usando una breve selecci&oacute;n de sus m&aacute;s representativos poemas, a continuaci&oacute;n intentaremos mostrar algunos ejemplos de esta relaci&oacute;n entre la obra po&eacute;tica y el pensamiento de Henry David Thoreau.
    </p><p class="article-text">
        Sin duda, a excepci&oacute;n de un pu&ntilde;ado de poemas de tono confesional e incluso amoroso (su tormentosa relaci&oacute;n con Ellen Sewall), el eje en el que se apoya principalmente la obra po&eacute;tica de Thoreau es la proyecci&oacute;n de la Naturaleza como ente primario, libre y salvaje; el deleite de su contemplaci&oacute;n, su poder regenerador, su admiraci&oacute;n, respeto e incluso temor.&nbsp; No es casual que el propio t&eacute;rmino sea escrito, en ocasiones, en letras may&uacute;sculas, y el di&aacute;logo que el poeta establece sea directo.
    </p><p class="article-text">
        <em>&iexcl;Oh Naturaleza! Yo no pretendo</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Ser el m&aacute;s elevado en tu coro,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Ser meteoro en el cielo,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>o el cometa que asciende m&aacute;s alto;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>S</em><em>&oacute;lo viento suave que pueda soplar</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>entre los juncos r&iacute;o abajo;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Ot&oacute;rgame tu rinc&oacute;n m&aacute;s privado</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Donde pueda hacer correr liviana mi corriente.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>En alg&uacute;n apartado lugar, en la pradera sin p&uacute;blico</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>D&eacute;jame hacer sonar, suspirando el junco</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>o en el bosque sobre la hojarasca,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Susurrar a la quietud del atardecer</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>s</em><em>&oacute;lo para poder estar junto a ti</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Ofr&eacute;ceme alg&uacute;n trabajo que yo pueda hacer</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Pues prefiero ser tu hijo</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y disc&iacute;pulo, en el salvaje bosque,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>que ser rey de los hombres en cualquier otro lugar,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y el m&aacute;s obediente de tus esclavos</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pueda tener un instante de tu amanecer</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>antes que vivir un a&ntilde;o desolado en la ciudad.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;Nature&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        En la resoluci&oacute;n de este poema nos encontramos con esa confrontaci&oacute;n que Thoreau muchas veces establece entre bosque y ciudad, como met&aacute;foras de libertad y esclavitud respectivamente. Incluso a veces esos pedazos de naturaleza encerrados en la urbe sirven como breve escapatoria.
    </p><p class="article-text">
        <em>Sobre los elevados arbustos del olmo</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>el v&iacute;reo canta dulces variaciones</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>en los n&iacute;mios d&iacute;as estivales;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>luchando por alzar nuestros pensamientos,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>por encima de la calle.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;Upon the lofty elm tree sprays&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        En otras ocasiones, son ser humano y progreso quienes irremediablemente entran en contradicci&oacute;n. Una (r)evoluci&oacute;n con la cual Thoreau trata de mantener cierta distancia.
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Los hombres dicen saber muchas cosas</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pues creen haber desarrollado alas</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>con las artes y las ciencias</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y sus miles de artefactos;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pero el viento que los agita</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>es todo lo que conocen.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;Men say they know many things&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        O su famosa reflexi&oacute;n sobre el ferrocarril, tan importante en la conquista y posterior desarrollo del oeste americano.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>Que es el ferrocarril para m&iacute;;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>jam&aacute;s ver&eacute; donde termina.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Rellenar&aacute; unos cuantos huecos</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>creando refugios para las golondrinas.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Acumular&aacute; la arena que ahora sopla</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>donde crezcan los zarzales.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;What's the railroad to me&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero el poeta, m&aacute;s all&aacute; de reivindicar el poder absoluto del medio natural, a veces se nos muestra y trata de salir a flote. A pesar de que &eacute;l mismo (e incluso convencido por Emerson, quien luego se retractar&iacute;a) en posteriores &eacute;pocas acabar&iacute;a renegando de su pasado l&iacute;rico, llegando a quemar algunos de sus poemas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>Fui hecho erguido y solitario,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pues en m&iacute; habita el esqueleto.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Todav&iacute;a es mi visi&oacute;n transparente,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>todav&iacute;a no mi vida deprimente,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>hasta el ecuador todo es cercano.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>All&aacute; me siento donde se encuentra mi trono.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Si la vejez elige tomar otro asiento</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Si la vejez as&iacute; lo determina, dame ventaja,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>toma la savia y abandona el coraz&oacute;n.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;I was made erect and lone&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        O, por ejemplo, en otra de sus m&aacute;s celebradas piezas, de t&iacute;tulo: &lsquo;La tardanza del poeta&rsquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>En vano veo alzarse la ma&ntilde;ana,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>En vano observo el resplandor de Occidente,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>yo quien distraidamente mir&eacute; hac&iacute;a otros cielos,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>imaginando la vida de otra manera.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>En medio de tal inagotable riqueza,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>todav&iacute;a estoy solo, pobre por dentro,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>los p&aacute;jaros ya han cantado la salida del verano,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>cuando mi primavera a&uacute;n no ha comenzado.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Debiera entonces esperar al viento del oto&ntilde;o,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>oblig&aacute;ndome a buscar un d&iacute;a m&aacute;s apacible,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y no dejar atr&aacute;s nidos extra&ntilde;os,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&iquest;Pues no resuenan a&uacute;n los bosques en mi canto?</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;The Poet's Delay&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No s&oacute;lo la naturaleza es descrita y admirada como algo ajeno, a veces el propio Thoreau se convierte en parte de ella.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        <em>Soy un manojo de vanos esfuerzos</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>por casualidad as&iacute; atados,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>donde las tiras cuelgan libres</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pues fueron anudadas debilmente,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>supongo,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>para climas apacibles.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Un pu&ntilde;ado de violetas sin ra&iacute;ces,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>con acedera mezclado.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>alrededor una brizna de paja</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>enrrollada sobre sus brotes;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>La ley</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>a la cual estoy fijado.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Un ramillete que el tiempo ha desprendido</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>de aquellos hermosos campos de El&iacute;seo,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>con hierbajos y tallos rotos, apresurado;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>hecho con la muchedumbre derrotada</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>desperdicio</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>del d&iacute;a que recolecta.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Y aqu&iacute; florezco desapercibido en la escueta hora,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>absorbiendo toda mi savia,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>sin raiz sobre la tierra</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>que mantenga verdes mis ramas,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pero a&uacute;n erguido</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>sobre una desnuda copa.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Algunos brotes tiernos abandonaron mi tallo</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>imitando a la propia vida,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pero &iexcl;ah! Los ni&ntilde;os nunca sabr&aacute;n,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>hasta que el tiempo haya marchitado,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>la calamidad</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>que a ellos mismos ha tocado.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Pero ahora veo que no fui recogido en vano,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y transcurrida una vida en el florero</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>de cristal, mientras trataba de sobrevivir,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>tra&iacute;do por mano amable,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>estoy vivo</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>a&uacute;n en ins&oacute;lito lugar.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>A ese tronco m&aacute;s delgado pronto llegar&aacute; su hora,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y transcurrido otro a&ntilde;o</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>tal como ella bien sabe, liberado por la brisa,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>m&aacute;s frutos y hermosas flores</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>ofrecer&aacute;;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>mientras yo aqu&iacute; desvanezco.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;Sic Vita&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        O es por el propio autor implorada...
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Nube baja y anclada,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Aire de Terranova.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Cabeza de manantial y fuente de r&iacute;os.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Pa&ntilde;uelo del roc&iacute;o, cortinaje del sue&ntilde;o</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>y servilleta extendida por las hadas.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Pradera a la deriva del viento</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>donde surgen hileras de margaritas y violetas</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>en cuyo fangoso laberinto</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>se escuchan los bramidos y el vadeo de la garza.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Esp&iacute;ritu de los mares, lagos y r&iacute;os</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&iexcl;Traed las fragancias y la esencia</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>de las hierbas sanadoras</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>a los campos de los hombres!</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;Mist&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        como un elemento de inmortalidad y permanecia.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Muera y sea enterrado quien le plazca,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>mas yo tengo la intenci&oacute;n de aqu&iacute; permanecer,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pues mi naturaleza brota cada vez m&aacute;s joven;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Entre los pinares primitivos.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;Die and be buried who will&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Cerramos esta breve introducci&oacute;n a la poes&iacute;a de Thoreau , dejando reaparecer al hombre, con unos versos que m&aacute;s suenan a epitafio.
    </p><p class="article-text">
        <em>Mi vida ha sido el poema</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>que tendr&iacute;a que haber escrito;</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>pero no pude hacer ambas cosas,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>recitarlo y vivirlo.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        (&lsquo;My life has been the poem&rsquo;)
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp;</em>
    </p><p class="article-text">
        Les invito a seguir caminando.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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      <dc:creator><![CDATA[Raúl Real]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/piedra-zapato-henry-thoreau_132_3132197.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Oct 2017 08:58:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una piedra en el zapato de Henry D. Thoreau]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Revista Amberes]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Crucifijos y navajas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/crucifijos-navajas_132_3488871.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3e08daa0-a87a-4bcd-b378-c17a3d327c37_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Luis Buñuel y Edith Scop en 1969. | Greenwich Film Production - Paris-Fraia Film"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Viridiana puso a prueba la versatilidad del Luis Buñuel a la hora de adecuar su propuesta a los parámetros de la censura sin que supusiese crear una obra distinta a la que se proponía</p></div><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="inset pullquote-sk2"><em>«¿Qué se me reprocha? En ese film me he quedado siempre corto en todo lo que podía decir. Mi heroína se encuentra más virgen en el desenlace que al principio»</em><em>.</em><br/><br/><em>Luis Buñuel</em><br/><br/></blockquote>
    </figure><p class="article-text">
        No sabr&iacute;a que decirle, Don Luis, pues la historia le viene de lejos. Tan lejos como 1929, cuando una cuerda arrastraba lentamente a un par de curas por el suelo. A&ntilde;adan al anecdotario que uno de ellos estaba interpretado por un Salvador Dal&iacute; exento de su bigote. Hablamos, en este caso, de <em>Un perro andaluz</em>, de Luis Bu&ntilde;uel y de la censura francesa. Este forzoso &laquo;idilio&raquo;&nbsp; entre los censores y el director aragon&eacute;s (que tan precozmente dar&iacute;a comienzo) ser&iacute;a una constante a lo largo de toda su filmograf&iacute;a. Da igual que fuera Francia, M&eacute;xico, Italia o Espa&ntilde;a, en los cincuenta a&ntilde;os que estuvo detr&aacute;s de la c&aacute;mara, su estr&aacute;bica mirada fue tan temida como admirada. Curiosamente (y no ser&iacute;a el &uacute;nico), Bu&ntilde;uel sabr&iacute;a usar con suma habilidad esa tensi&oacute;n entre lo que quer&iacute;a contar y lo que le era permitido. Esa estrecha repisa por la que ten&iacute;a que transitar, dar&iacute;a lugar a todo un imaginario de s&iacute;mbolos y peque&ntilde;os juegos visuales que pose&iacute;an una fuerza que quiz&aacute;s se hubiese visto minimizada usando un lenguaje, si cabe, m&aacute;s expl&iacute;cito. Un universo tan particular que ha llegado a introducirse en nuestro l&eacute;xico con el adjetivo de <em>bu&ntilde;ueliano</em>.
    </p><p class="article-text">
        <em>&laquo;Creo que no necesito subrayar que estoy en contra de la censura y la represi&oacute;n de la libertad de expresi&oacute;n. Pero me sucede algo extra&ntilde;o: cuando un productor me da entera libertad de realizar lo que se me ocurre, de pronto me siento vac&iacute;o y seco. Necesito paredes que tenga que echar abajo y obst&aacute;culos que superar. Tambi&eacute;n puede ser incitante pelear contra prohibiciones. Esas situaciones me obligan a buscar soluciones para decir cosas determinadas de un modo inusual&raquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Pero no siempre fue as&iacute;, en multitud de ocasiones el cine de Bu&ntilde;uel fue rotundo y directo; y en estos casos, las artima&ntilde;as que habr&iacute;a de usar para poder estrenar sus pel&iacute;culas, as&iacute; como sus im&aacute;genes, poco tendr&iacute;an de sutiles y ortodoxas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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         Corr&iacute;a el a&ntilde;o 1961 cuando, en un gui&ntilde;o aperturista, el gobierno franquista permite a Bu&ntilde;uel rodar <em>Viridiana </em>en Espa&ntilde;a (no hab&iacute;a vuelto a hacerlo desde la controvertida <em>Las Hurdes, tierra sin pan, </em>en 1932) despu&eacute;s de quince a&ntilde;os exiliado en Mexico y otros tantos en Par&iacute;s. El r&eacute;gimen, aunque absolutamente consciente del pasado &aacute;crata e irreverente del cineasta espa&ntilde;ol, no era ajeno a la categor&iacute;a de &laquo;genio del s&eacute;ptimo arte&raquo; de la que ya entonces gozaba. Adem&aacute;s, su anterior cinta, <em>Nazar&iacute;n</em>, hab&iacute;a sido alabada en ciertos c&iacute;rculos cat&oacute;licos como una obra moderada y consecuente con su credo. Al fin y al cabo la sinopsis de <em>Viridiana</em> parec&iacute;a seguir los mismos preceptos: una joven novicia (Silvia Pindal) a punto de tomar los h&aacute;bitos, va a visitar a su t&iacute;o (Fernando Rey) y permite a unos pobres mendigos cobijarse bajo el techo de su hacienda; un acto de lo m&aacute;s puro y piadoso.
    </p><p class="article-text">
        Una vez aprobado el gui&oacute;n (texto que el propio Bu&ntilde;uel modifica y descontextualiza a su antojo) se da permiso para comenzar el rodaje. Obviamente, tal inocuo argumento deja lugar para que los elementos fundamentales, que dan fuerza y sentido a la pel&iacute;cula, salgan a flote por s&iacute; solos. Todo el plantel, desde los actores, pasando por los t&eacute;cnicos de c&aacute;mara y ayudantes, son desde el primer momento conscientes de que tienen entre manos una bomba de relojer&iacute;a. En una aut&eacute;ntica partida de p&oacute;ker contra la censura de la &eacute;poca, Bu&ntilde;uel va escondiendo sus cartas durante el proceso de rodaje. Juega con dos guiones, el oficial y el oficioso, recorta cuanto le conviene y muestra lo que le place. El montaje final sale de Espa&ntilde;a camuflado, v&iacute;a Par&iacute;s. De esa forma, la cinta se presenta al festival de Cannes, ganando la Palma de Oro a mejor pel&iacute;cula. El Vaticano se escandaliza, tilda la obra de blasfema y clama por la excomuni&oacute;n de los responsables, el productor huye desde Cannes hasta M&eacute;xico con la cinta, pues en Espa&ntilde;a se convierte en una obra a destruir. Mientras tanto, ante la ausencia de Bu&ntilde;uel (convaleciente en Par&iacute;s) en el certamen, un avergonzado Jos&eacute; Mar&iacute;a Mu&ntilde;oz Font&aacute;n (director general de cinematograf&iacute;a y teatro) sube a recoger el premio. Pocos d&iacute;as despu&eacute;s, en cuanto su avi&oacute;n aterriza y pone pie en territorio espa&ntilde;ol, es fulminantemente destituido de su cargo. Despu&eacute;s de aquel percance, habr&iacute;an de pasar 17 largos a&ntilde;os para que la pel&iacute;cula pudiera verse&nbsp;&iacute;ntegramente en Espa&ntilde;a.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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         &iquest;Pero a qu&eacute; fue debido tanto revuelo?&iquest;Hasta qu&eacute; punto Bu&ntilde;uel meti&oacute; el dedo en la llaga? &iquest;Qu&eacute; ocurr&iacute;a en un <em>film</em> de tan inofensiva apariencia que pudiera provocar tal indignaci&oacute;n? Sin duda el maestro era consciente de lo que se tra&iacute;a entre manos. Cada detalle est&aacute; pensado para provocar una reacci&oacute;n. Elementos que sacados de su contexto adquieren un poder transgresor. Por ejemplo, el uso que hace de la m&uacute;sica; desde la grandilocuencia del <em>Mes&iacute;as</em> de H&auml;ndel a <em>Shimmy Doll</em>, un desenfadado <em>rock &amp; roll</em> que suena en la escena final. Son peque&ntilde;os aspectos con los que juega el director, que colocados en el momento preciso acaban agitando al espectador. Otro ejemplo es el famoso crucifijo-navaja. Objeto que entonces pod&iacute;a adquirirse en cualquier cuchiller&iacute;a o mercadillo (despu&eacute;s se dice que fueron prohibidos). La secuencia en donde aparece ser&iacute;a oportunamente eliminada en la cinta que se present&oacute; al &oacute;rgano censor. &iquest;Qu&eacute; acaba transformando a ese peque&ntilde;o pu&ntilde;al en algo blasfemo? Quiz&aacute;s sea el enfoque del plano o quiz&aacute;s el personaje que lo esgrime. Evidentemente, Bu&ntilde;uel era sabedor de que, a poco que el espectador supiera leer entre l&iacute;neas, convertir un crucifijo en un arma punzante era establecer una analog&iacute;a de lo m&aacute;s sencilla. Tampoco olvidemos el voyeurismo de Don Jaime, su querencia por vestir en la intimidad zapatos de tac&oacute;n, la obsesi&oacute;n por su sobrina o su posterior suicidio. Material que va avivando el fuego.
    </p><p class="article-text">
        En otras ocasiones, fue la misma imposici&oacute;n de la censura la que inoportunamente arroj&oacute; sobre <em>Viridiana</em> un halo de luz m&aacute;s turbia. Situaci&oacute;n que Bu&ntilde;uel supo aprovechar a la perfecci&oacute;n. Por ejemplo, en la escena final de la pel&iacute;cula; originalmente, la vilipendiada Viridiana llamaba a la puerta de su&nbsp; primo (Paco Rabal) y &eacute;ste la cerraba cuando ella cruzaba el umbral. La censura no ve&iacute;a bien que la muchacha entrase a solas en el cuarto de un hombre y se cerrase la puerta. Era un final un tanto inc&oacute;modo. La imaginaci&oacute;n de los censores era tan amplia como sagaz. El final alternativo que plante&oacute; Bu&ntilde;uel, y que fue aceptado, era a&uacute;n m&aacute;s rocambolesco. En &eacute;l, Viridiana, su primo Jorge y Ramona (la criada, con la que el primo parece mantener una relaci&oacute;n) juegan una partida de cartas en la habitaci&oacute;n. El ambiente es distendido, suena el <em>rock &amp; roll</em> antes mencionado, y en el rostro de Viridiana (que ahora luce melena suelta) se dibuja una total resignaci&oacute;n por su destino. Sin duda, la escena parece mostrarnos que los tres acabar&aacute;n, tarde o temprano, compartiendo algo m&aacute;s que cigarrillos. Otro tanto para la censura.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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         Pero si hay una secuencia que permanece en el imaginario colectivo, despu&eacute;s de casi sesenta a&ntilde;os, es el banquete de los mendigos. La elecci&oacute;n de &eacute;stos fue fruto de un riguroso casting. Todos eran actores, a excepci&oacute;n del llamativo leproso, al cual Bu&ntilde;uel cogi&oacute; un especial afecto y correg&iacute;a en todo momento, preocup&aacute;ndose tambi&eacute;n de que cobrase el mismo salario que el resto de profesionales. Los ropajes para el banquete fueron comprados a los gitanos que viv&iacute;an bajo el puente de Vallecas, d&aacute;ndose la orden&nbsp; de que no se lavaran, para que las prendas no perdieran ni un &aacute;pice de realismo. La imagen que Bu&ntilde;uel ofrece de los mendigos es cruel y malvada. Posteriormente se defender&iacute;a, asegurando que trataba de mostrar la realidad de un colectivo desfavorecido al que presum&iacute;a conocer bien (t&eacute;ngase en cuenta la estupenda <em>Los Olvidados</em>, que el propio Bu&ntilde;uel rod&oacute; en su etapa mexicana). Cuando los se&ntilde;ores se ausentan, los mendigos toman la casa, y entonces comienza el desastre. All&iacute; dan rienda suelta a sus m&aacute;s bajos instintos: beben sin control, comen hasta la saciedad, roban, blasfeman, se travisten, leen la biblia entre mofas e incluso tratan de violar a Viridiana. En el punto culminante de este aquelarre, una de las mendigas (la gran Lola Gaos) se sit&uacute;a enfrente de la mesa con el fin de retratar la escena, haci&eacute;ndoles permanecer inm&oacute;viles para su ejecuci&oacute;n. Entonces ellos adoptan los mismos gestos que los doce apostoles en<em> La &uacute;ltima cena</em> de Leonardo Da Vinci. Permanecen est&aacute;ticos, imitando todos y cada uno de sus ademanes . En el centro, con total dignidad, el menesteroso ciego extiende los brazos como lo hace Jes&uacute;s en el c&eacute;lebre cuadro. Es cuando la mendiga, que no porta c&aacute;mara alguna, se levanta las faldas delante de todos. La comitiva le r&iacute;e a coro la gracia. Algunos, ya demasiado borrachos, comienzan a dormirse sobre la mesa. Todo ha sido una broma. Una broma que muchos se tomar&iacute;an como una gran ofensa y otros como una genialidad. J&uacute;zguenlo ustedes mismos. De esta forma, como el agua lo hizo en vino y algunos crucifijos en navajas, <em>Viridiana</em> se convertir&iacute;a en todo un cl&aacute;sico.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raúl Real]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/crucifijos-navajas_132_3488871.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Apr 2017 05:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Crucifijos y navajas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Censura,Luis Buñuel,Revista Amberes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Cállese ya, Sra. Jenkins!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/callese-sra-jenkins_132_3667399.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/caf5425d-d6e6-4b18-828c-3559e76f7cef_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Florence Foster Jenkins."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ni el miedo al ridículo ni las carcajadas fueron suficientes para refrenar la pasión que Florence Foster Jenkins sentía por la música y el canto</p></div><p class="article-text">
        Aparece en escena el pianista. Est&aacute; nervioso, le tiemblan las manos. Es su primera vez en el Carnegie Hall, y teme que tambi&eacute;n sea la &uacute;ltima. Entonces irrumpe ella que, ataviada de manera extravagante, oculta su rostro con un pa&ntilde;uelo de seda. Cuando cae el pa&ntilde;uelo, el piano comienza a sonar. La soprano entona sus primeras notas y el p&uacute;blico se revuelve en sus asientos, tratando de contener la risa, hasta que no lo soporta m&aacute;s y estalla en una estruendosa y un&aacute;nime carcajada. Un joven desde la tercera fila grita: &laquo;&iexcl;C&aacute;llese ya, se&ntilde;ora Jenkins!&raquo;. Es uno de los cientos de marines americanos invitados al evento. La diva contin&uacute;a impasible su funci&oacute;n. Florence Foster Jenkins ten&iacute;a entonces setenta y cinco a&ntilde;os, era millonaria y nunca hab&iacute;a sabido cantar.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima cinta del cineasta brit&aacute;nico Stephen Frears, estrenada hace apenas unos meses, recrea los &uacute;ltimos meses de vida de la soprano. En el papel de la Sra. Jenkins, la laureada Meryl Streep, quien da vida magistralmente a la peor cantante de la historia. Le acompa&ntilde;a Hugh Grant, quien a&uacute;n repitiendo su personaje de siempre, resulta bastante cre&iacute;ble como el marido ingl&eacute;s e interesado de la desentonada diva. El tercero en discordia es el pianista (Cosme McMoon), encarnado por Simon Helberg, actor conocido por interpretar al cient&iacute;fico jud&iacute;o con pinta de mod de Big Bang Theory. Pero &iquest;de d&oacute;nde demonios hab&iacute;a salido aquella estramb&oacute;tica dama que logr&oacute; abarrotar el m&iacute;tico auditorio neoyorquino aquel 25 de Octubre de 1944?
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                </figure><p class="article-text">
        Nacida en 1868 en el seno de una familia acomodada de Pensilvania, Florence Foster Jenkins sinti&oacute; desde la ni&ntilde;ez una enfermiza pasi&oacute;n por la m&uacute;sica. Tal frenes&iacute; har&iacute;a que la joven escapara de su casa con un hombre mayor, quien a la postre ser&iacute;a su marido, el Dr. Jenkins. &Eacute;ste no le contagi&oacute; su amor por la m&uacute;sica sino la s&iacute;filis, enfermedad que ir&iacute;a mermando su salud (debido al tratamiento con mercurio y ars&eacute;nico) hasta el d&iacute;a de su muerte. Instalados ya en Filadelfia, la se&ntilde;ora Jenkins se ganaba la vida, con m&aacute;s pena que gloria, dando clases de piano. Tanto su marido como su familia siempre trataron de disuadir su entusiasmo art&iacute;stico. Tras su divorcio, sobrevino la muerte de su padre, cuya generosa herencia no ser&iacute;a desaprovechada por Jenkins. Contaba entonces con m&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os, libre de ataduras y con una considerable fortuna, lo cual la acercaba a hacer realidad su sue&ntilde;o de ser cantante. Solo hab&iacute;a un problema, pero &eacute;ste era enorme, pues el d&iacute;a en el que se rifaron las dotes vocales, la se&ntilde;orita Jenkins no acudi&oacute; al sorteo. No solo desafinaba como un gato moribundo y jam&aacute;s acertaba con la nota, sino que tambi&eacute;n carec&iacute;a por completo de ritmo y o&iacute;do musical. Lo suyo era catastr&oacute;fico, pero la pasi&oacute;n por cumplir sus deseos cegaba por completo cualquier manifestaci&oacute;n de verg&uuml;enza y pudor.
    </p><p class="article-text">
        Su fortuna reci&eacute;n adquirida le permiti&oacute; fundar el Club Verdi y, adem&aacute;s, reuni&oacute; una nutrida corte de seguidores y aduladores que, por mofa o por inter&eacute;s, le segu&iacute;an la corriente. En sus recitales, ella y su segundo marido, el limitado actor ingl&eacute;s Claiy Bayfield, eleg&iacute;an escrupulosamente a los asistentes de los mismos, asegur&aacute;ndose de que no se colase ning&uacute;n espectador indeseable que hiciera a la diva advertir la realidad de su paup&eacute;rrimo arte. En esta burbuja de &eacute;xito y glamour vivi&oacute; la se&ntilde;ora Jenkins hasta sus &uacute;ltimos d&iacute;as, ajena a la evidencia de que sus n&uacute;meros atra&iacute;an al p&uacute;blico no por sus virtudes musicales sino por el morbo de ver sobre el escenario a la peor cantante de la historia. Cuando no por no perderse un ins&oacute;lito espect&aacute;culo humor&iacute;stico.
    </p><p class="article-text">
        Leyenda del rid&iacute;culo, que ella misma acrecentaba con sus fiestas, exabruptos y declaraciones. Como en aquella ocasi&oacute;n en la que, tras sufrir un accidente de taxi, asegur&oacute; que&nbsp; despu&eacute;s del impacto se hab&iacute;a percatado de que pod&iacute;a llegar a cantar un fa todav&iacute;a m&aacute;s alto, agradeciendo al taxista con una caja de puros su accidental contribuci&oacute;n a la m&uacute;sica.
    </p><p class="article-text">
        Resulta inevitable no sentir cierta simpat&iacute;a por esta dama lun&aacute;tica, que pocos d&iacute;as despu&eacute;s de aquella actuaci&oacute;n en el Carnegie Hall, la cual a d&iacute;a de hoy sigue siendo una de las m&aacute;s demandadas de su archivo, mor&iacute;a en su cama. Crey&eacute;ndose la m&aacute;s grande entre las grandes y atribuyendo las mofas a su canto a conspiraciones y envidias, Florence Foster Jenkins ofreci&oacute; una delirante y vital lecci&oacute;n de filosof&iacute;a quijotesca, no exenta de cierto patetismo conmovedor. Como ella misma dej&oacute; dicho:&laquo;La gente puede decir que no s&eacute; cantar, pero nadie podr&aacute; decir que no cant&eacute;&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y no solo eso, adem&aacute;s dio el cante. A sus pies, Sra. Jenkins.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Raúl Real]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/callese-sra-jenkins_132_3667399.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 25 Dec 2016 06:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¡Cállese ya, Sra. Jenkins!]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Revista Amberes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El Legendario Marvin Pontiac]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/legendario-marvin-pontiac_132_3760623.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/203fc74b-2ede-4646-b0ac-07352427bf89_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="John Lurie en Jazz Jamboree (1992) - Wikimedia Commons"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">«Un grandes éxitos hecho de grandes fracasos»: la enrevesada historia del álbum</p><p class="subtitle">The Legendary Marvin Pontiac's Greatest Hits.</p></div><h3 class="article-text">Antecedentes penales</h3><p class="article-text">
        <strong>Antecedentes penales</strong>Una historia as&iacute; merece ser comenzada por el final, o casi. No encuentro mejor forma de hacerlo. Digamos que Marvin Pontiac muri&oacute; en el a&ntilde;o 1977, arrollado por un autob&uacute;s. No tuvo tiempo de llegar al hospital con vida y as&iacute; abandon&oacute;, sobre esa carretera, su agitada existencia. No mucho antes hab&iacute;a conseguido escapar del psiqui&aacute;trico. Pero, &iquest;c&oacute;mo hab&iacute;a acabado nuestro hombre en aquel manicomio de Detroit?
    </p><p class="article-text">
        Imag&iacute;nense a un enorme negro montado en una bicicleta mientras desciende a toda velocidad por la principal avenida de la ciudad. Ahora traten de visualizar con m&aacute;s precisi&oacute;n la escena, a&ntilde;adiendo que el sujeto solamente va ataviado con un turbante. Cuando los <em>polis</em> le dan el alto, Marvin les asegura que acaba de ser liberado de una nave extraterrestre. Es la &uacute;nica forma de justificar aquella embarazosa situaci&oacute;n. Curiosamente, esas mismas calles que habr&iacute;an de verle morir, poco tiempo despu&eacute;s de aquel episodio, le hab&iacute;an visto nacer cuarenta y cinco a&ntilde;os atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Hijo de un musulm&aacute;n africano y una jud&iacute;a de Nueva York, Marvin Tour&eacute;, tuvo una infancia complicada. Cuando su madre fue ingresada en un sanatorio mental, su padre no dud&oacute; en llevarse a su hijo a Mali. En &Aacute;frica es donde tomar&iacute;a primer contacto con sus ra&iacute;ces musicales, de las cuales se empap&oacute; con aut&eacute;ntica voracidad. Siendo ya un adolescente regresa a Estados Unidos. En Chicago tiene la suerte de toparse con la eclosi&oacute;n del blues el&eacute;ctrico, y comienza a tocar la arm&oacute;nica en la calle para buscarse la vida. Aunque enamorado de aquel nuevo sonido urbano, en su inconsciente a&uacute;n se almacenan el eco de los tambores y los cantos tribales y repetitivos de sus ancestros. Esta inherente fusi&oacute;n le acompa&ntilde;ar&aacute; durante toda su trayectoria musical.
    </p><p class="article-text">
        En la ciudad del viento ocurri&oacute; un episodio que acabar&iacute;a por agrandar del todo su leyenda. El armonicista Little Walter, ya por entonces capo del blues, propin&oacute; una paliza al joven Marvin. Contar&iacute;an las malas lenguas que esta tunda se debi&oacute; a la envidia malsana del maestro hacia el joven m&uacute;sico callejero. La repercusi&oacute;n que tuvo en la ciudad este suceso, le har&iacute;a dar con sus huesos en Texas, donde aparte de grabar para alguno de los sellos locales, trabaj&oacute; de fontanero e incluso, se dice, que rob&oacute; un banco. Posteriormente, para evitar problemas con las autoridades, el ya rebautizado Marvin Pontiac se instala en Louisiana, donde seguir&aacute; grabando canciones espor&aacute;dicamente y tocando en sucios garitos. Antros en los que, despu&eacute;s de cada actuaci&oacute;n, ten&iacute;a que pasar la gorra entre un p&uacute;blico que no ten&iacute;a ni para un par de zapatos nuevos. Desencantado de esta situaci&oacute;n, probar&aacute; suerte en California en los a&ntilde;os sesenta, donde no le iba a ir mucho mejor. Su salud mental, cada vez m&aacute;s deteriorada, le acabar&aacute; llevando de vuelta a su ciudad natal, Detroit, en la d&eacute;cada de los setenta, lugar en donde dimos comienzo a esta historia. Ya saben: bicicletas, esquizofrenia, turbantes, extraterrestres.... y por &uacute;ltimo, aquel fat&iacute;dico autob&uacute;s que acabar&iacute;a arroll&aacute;ndolo.
    </p><h3 class="article-text">Un Grandes &Eacute;xitos hecho de grandes fracasos</h3><p class="article-text">
        <strong>Un Grandes &Eacute;xitos hecho de grandes fracasos</strong>M&uacute;sico maldito por antonomasia, Marvin Pontiac, grab&oacute; en vida s&oacute;lo un pu&ntilde;ado de sencillos, que pasaron principalmente sin pena ni gloria. No ser&iacute;a hasta el a&ntilde;o 1999, cuando el sello neoyorquino Strange &amp; Beautiful Music recopilara todo este material y lo editara bajo el nombre de <em>The Legendary Marvin Pontiac's Greatest Hits</em>, &aacute;lbum con el cual empezar&iacute;a a ser reconocido m&aacute;s all&aacute; de las fronteras del <em>underground. </em>El disco es una suerte de mantra c&iacute;clico que se abre con uno de sus primeros no-&eacute;xitos, &laquo;I'm a Doggie&raquo;<em>. </em>Un blues de la casa, acompa&ntilde;ado de una arm&oacute;nica que recorre la canci&oacute;n con sexualidad. Quiz&aacute;s este tema se encuentre entre los m&aacute;s ortodoxos en lo musical, pero, atentos a letra, pues en ella Marvin susurra perlas como: &laquo;Soy un perrito, que apesta cuando est&aacute; h&uacute;medo. Siempre estoy desnudo, tengo un hueso para ti y cazo conejitos antes de irme a dormir&raquo;<em>. </em>Por otro lado, hay canciones que evidencian todo ese aprendizaje de los ritmos africanos en su infancia. Temas como &laquo;Small Car&raquo; o &laquo;Pancakes&raquo;<em>, </em>en donde los coros femeninos tienen ese toque casi cham&aacute;nico, y las canciones reposan sobre elementos percusivos que pueden retrotraernos hasta Fela Kuti. Adem&aacute;s de esta amalgama s&oacute;nica, que viaja sin despeinarse del delta del Mississippi, o los clubs de jazz de New York hasta el desierto de Mali, Marvin tambi&eacute;n se muestra transgresor en cortes como &laquo;Bring me Rocks&raquo; o &laquo;Arms &amp; Legs&raquo;. Canciones cercanas al blues experimental y pantanoso, en donde podemos escuchar ecos de Captain Beefheart, e incluso momentos en que los llega a anticiparse a la deconstrucci&oacute;n de Jon Spencer y su <em>Blues Explosion. </em>Siempre, eso s&iacute;, sin dejar de lado su peculiar estilo, que, aunque bebe de diversas fuentes, desemboca siempre en la misma ci&eacute;naga. En ocasiones, tambi&eacute;n se aprecia durante el &aacute;lbum cierto regusto a Tom Waits, quiz&aacute;s un tanto menos urbano, pero igual de contundente y minimalista que &eacute;ste. Cierra el disco la ac&uacute;stica &laquo;No Kids&raquo;. Pieza deliciosa, en donde la delicadeza y el pulso nos llevan en brazos hasta Tulsa (Oklahoma), record&aacute;ndonos al J.J. Cale m&aacute;s relajado<em>.</em>
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        Todas estas comparaciones (casi siempre odiosas) con artistas de renombre, las considero necesarias para poner en situaci&oacute;n a un compositor tan desconocido como lo fue Marvin Pontiac. Entre todas ellas se puede observar una mezcla de g&eacute;neros un tanto aberrante a priori, la cual a trav&eacute;s de la escucha del disco se convierte en algo fluido y natural, dot&aacute;ndolo incluso de una conceptualidad un tanto extra&ntilde;a para un recopilatorio. Las reacciones al trabajo de Pontiac no se hicieron esperar. No solo la cr&iacute;tica elogi&oacute; el &aacute;lbum, sino que artistas como David Bowie, Leonard Cohen, Iggy Pop o Beck, aseguraron que Pontiac hab&iacute;a sido siempre una fuente de inspiraci&oacute;n para ellos, adem&aacute;s de aseverar que era el &aacute;lbum m&aacute;s fresco y original que hab&iacute;an escuchado en mucho tiempo. Raz&oacute;n no les faltaba, pues el disco repasaba en sus cortes gran parte de la tradici&oacute;n de la m&uacute;sica afroamericana: los ecos tribales; el periplo forzoso a trav&eacute;s del oc&eacute;ano; su paso por los algodonales; los desfiles de Mardi Gras; o el peregrinaje hacia el norte a trav&eacute;s del delta del Mississippi para su posterior electrificaci&oacute;n y exportaci&oacute;n al hombre blanco.
    </p><h3 class="article-text">Redescubriendo el pastel</h3><p class="article-text">
        <strong>Redescubriendo el pastel</strong>He de reconocer, que al igual que su &aacute;lter ego, he disfrutado poniendo en su conocimiento (y a veces recreando) la ficticia historia del tal Marvin Pontiac, pues lo cierto es que este m&uacute;sico jam&aacute;s existi&oacute;. No se sientan defraudados, pues el disco s&iacute; existe y es maravilloso, tanto fuera un negro imaginario y de vida extravagante quien lo facturase, como un bohemio neoyorquino a finales de los noventa, como as&iacute; fue.
    </p><p class="article-text">
        Aunque tambi&eacute;n es cierto que algunos aspectos de la historia del Legendario Marvin Pontiac podr&iacute;an, a estas alturas, haber hecho dudar al incr&eacute;dulo. Detalles que, observados con m&aacute;s atenci&oacute;n, acaban por hacer aguas. Por ejemplo, el sonido del disco hace casi del todo impensable que esas canciones fuesen grabadas durante las d&eacute;cadas de los cincuenta y sesenta, am&eacute;n del estilo sofisticado del que a veces pecan. Hay un conocimiento musical tan variopinto y amplio en el &aacute;lbum, que es palpable que el autor ya pose&iacute;a cierta perspectiva hist&oacute;rica de las m&uacute;sicas negras (y blancas) y su evoluci&oacute;n. A no ser que&nbsp; hubiese sido abducido realmente por los extraterrestres y viajado al futuro, se hace casi imposible pensar que obtuviese tales resultados. Por otro lado, est&aacute; el<em> artwork</em> del disco. Todas las fotos de Marvin est&aacute;n desenfocadas y siempre luce una especie de t&uacute;nica y turbante que hacen irreconocible cualquier rasgo f&iacute;sico. Tambi&eacute;n la sorprendente biograf&iacute;a, contada en la hoja promocional del artista, es tan rocambolesca que en ocasiones cuesta creer. Y por &uacute;ltimo est&aacute; la defensa un&aacute;nime de todos esos pesos pesados de la industria musical, que aunque seguro les encant&oacute; el &aacute;lbum, se prestaron para hacer de esta historia una bola a&uacute;n mucho m&aacute;s grande.
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        &iquest;Y qui&eacute;n fue el responsable de esta asombrosa farsa? Pues John Lurie, artista prol&iacute;fico como pocos. Ha sido actor fetiche del cineasta Jim Jarsmuch, protagonizando pel&iacute;culas de culto como <em>Strangers in the Paradise</em> o la estupenda <em>Down By Law. </em>Tambi&eacute;n ha sido productor, autor de bandas sonoras e incluso lleg&oacute; a tener su propio show televisivo (<em>Fishing with John</em>). Como m&uacute;sico, aparte de su ins&oacute;lita aventura como Marvin Pontiac, siempre estuvo al frente de The Lounge Lizzards, banda de jazz poco ortodoxo, que jugueteaba lo mismo con el punk que con el sonido cabaretero. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, afectado por la dolencia cr&oacute;nica de Lyme, se encuentra alejado de la m&uacute;sica y de los plat&oacute;s, y centrado en la pintura. Hasta entonces hab&iacute;a venido ejerciendo de gal&aacute;n y artista maldito, tanto dentro como fuera del escenario. En cierta entrevista cuando fue preguntado acerca de todo este montaje, Lurie se defendi&oacute; diciendo que siempre hab&iacute;a deseado cantar pero era demasiado t&iacute;mido para ello, por ese motivo se hab&iacute;a inventado un personaje. As&iacute; que, oculto tras su &aacute;lter ego afroamericano, ten&iacute;a carta blanca para hacerlo.
    </p><p class="article-text">
        De esta forma, rodeado por otros grandes m&uacute;sicos, no solo factur&oacute; un disco m&aacute;s que disfrutable, sino que puso a prueba el valor impl&iacute;cito de cualquier trabajo art&iacute;stico, sacando a relucir el eterno debate de si la obra est&aacute; condicionada o no por quien sea el artista &iquest;Tiene menos valor el disco por ser de John Lurie que del ilusorio Marvin Pontiac? El propio Lurie nos responde:
    </p><p class="article-text">
        &laquo;<em>Algunos se han enfadado de veras. No he pretendido ofender a nadie. Lo he hecho sin ninguna maldad. Simplemente he querido crear un peque&ntilde;o mundo aparte, un personaje. Lo que me resulta extra&ntilde;o es que la gente escucha el disco de forma diferente cuando saben que soy yo el que lo ha hecho, en vez de un africano al que atropell&oacute; un autob&uacute;s. He demostrado que un blanco tambi&eacute;n puede tocar blues. La m&uacute;sica del disco es completamente org&aacute;nica y real. No es una cosa falsa, de broma, ni procesada. Es tan real como tendr&iacute;a que serlo. De eso no hay la menor duda</em>&raquo;<em>.</em>
    </p><p class="article-text">
        Estoy de acuerdo Mr. Lurie. Por mi parte, no tengo m&aacute;s que a&ntilde;adir.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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      <dc:creator><![CDATA[Raúl Real]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Oct 2016 15:08:13 +0000]]></pubDate>
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