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    <title><![CDATA[elDiario.es - Carmen G. de la Cueva]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/carmen_g_de_la_cueva/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Carmen G. de la Cueva]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La bomba atómica y el tiempo de la posmemoria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/bomba-atomica-tiempo-posmemoria_129_10450636.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/94dd0102-5755-4900-9eff-9ad15415513f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La bomba atómica y el tiempo de la posmemoria"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay hasta quien hace memes donde el hongo provocado por la bomba se tiñe de rosa en un escenario apocalíptico y naíf. Nos reímos de la ocurrencia, asistimos fascinados al cine y nos dejamos asombrar por la grandilocuencia de Nolan</p></div><p class="article-text">
        Hace apenas unos d&iacute;as se cumplieron 78 a&ntilde;os del lanzamiento de las bombas at&oacute;micas en Hiroshima y Nagasaki. El estreno de la pel&iacute;cula <em>Oppenheimer</em> de Christopher Nolan podr&iacute;a haber sido una buena oportunidad para reflexionar sobre la energ&iacute;a nuclear, su uso como arma y los peligros actuales, y tambi&eacute;n para hacer un ejercicio de memoria colectiva. Me preocupa mucho vivir en una sociedad que tiene como premisa el olvido y no ya por la propia supervivencia, el olvido es una estrategia m&aacute;s del capitalismo. Me pregunto cu&aacute;ntas personas de las que han asistido en masa a ver &ldquo;Oppenheimer&rdquo; o el otro gran estreno del verano, la <em>Barbie</em> de Greta Gerwig, saben algo de lo que sucedi&oacute; en Jap&oacute;n en agosto de 1945. Hay hasta quien hace memes donde el hongo provocado por la bomba se ti&ntilde;e de rosa en un escenario apocal&iacute;ptico y na&iacute;f. Nos re&iacute;mos de la ocurrencia, asistimos fascinados al cine y nos dejamos asombrar por la grandilocuencia de Nolan. Y despu&eacute;s, como si nada, como si no hubiera transformaci&oacute;n posible, hacemos <em>scroll</em> en las redes sociales, publicamos un tuit y nos comemos una hamburguesa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al salir del cine con cierto aturdimiento, me acord&eacute; de Reyes Mate y de la posmemoria. El fil&oacute;sofo, uno de los grandes investigadores espa&ntilde;oles sobre la memoria del Holocausto, escribi&oacute; que, con el gesto de traer un acontecimiento pasado al presente, damos a entender que aquello tuvo lugar, que aconteci&oacute;. &Eacute;l habla de la posmemoria para referirse a lo que ocurri&oacute; en Auschwitz, a c&oacute;mo el genocidio fue un &ldquo;proyecto de olvido&rdquo;: no pod&iacute;a quedar nada que hiciera posible recordarlo para que la posmemoria no pudiera darse. La posmemoria tiene como tarea principal &laquo;una construcci&oacute;n social de la memoria que fecunde el presente con la significaci&oacute;n de ese pasado&raquo;. Pero m&aacute;s all&aacute; de los pol&iacute;ticos y sus estrategias de olvido e invisibilizaci&oacute;n est&aacute;n los testigos, los supervivientes y todos aquellos que preguntan, que se interesan por saber qu&eacute; paso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La primera bomba cay&oacute; en Hiroshima el 6 de agosto a las 8.15 de la ma&ntilde;ana. Tres d&iacute;as despu&eacute;s, el 9 de agosto a las 11.01, en Nagasaki. Las bombas hicieron que se volatilizaran m&aacute;s de 200.000 personas. Y las que sobrevivieron, los llamados <em>hibakushas</em>, lo hicieron con terribles secuelas. A&ntilde;os despu&eacute;s, cuando los <em>hibakushas </em>comenzaron a escribir, surgi&oacute; en Jap&oacute;n un subg&eacute;nero literario conocido como <em>genbaku bungaku</em>, la &laquo;literatura de la bomba&raquo;. Los testigos tienen muchas veces una doble vocaci&oacute;n: la de contar lo que vivieron una y otra vez para poder entenderlo y la de abrirnos los ojos a los dem&aacute;s. Es interesante y escalofriante asomarse a los testimonios de algunos de estos <em>hibakushas </em>igual que lo es leer las memorias de Primo Levi, Ruth Kl&uuml;ger, Marga Minco o Jorge Sempr&uacute;n, entre tant&iacute;simos otros que fueron testigos del Holocausto y escribieron despu&eacute;s de Auschwitz aunque pareciera imposible. La principal diferencia es que nadie duda de la violencia en los campos de concentraci&oacute;n, de la malignidad de Hitler, pero, despu&eacute;s de lanzar las dos bombas at&oacute;micas, Estados Unidos corri&oacute; un visillo bastante opaco sobre todo lo que estaba ocurriendo en Jap&oacute;n. Como si hubiera unas v&iacute;ctimas mejores que otras. Como si algo pudiera justificar la crueldad, se prohibi&oacute; hablar de ello. El silencio dur&oacute; varias d&eacute;cadas y nunca se ha llegado a reconocer el da&ntilde;o. Y por eso, al salir del cine, mi cabeza no estaba con Oppenheimer ni con Einstein, sino con los <em>hibakushas</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando cayeron las bombas, nadie m&aacute;s all&aacute; de esos laboratorios del proyecto Manhattan, al menos, ning&uacute;n campesino japon&eacute;s, ninguna chiquilla que corriera por los campos, tampoco ning&uacute;n m&eacute;dico sab&iacute;a los efectos de la energ&iacute;a at&oacute;mica en el cuerpo. El autor Tamiki Hara se encontraba en Hiroshima la ma&ntilde;ana del 6 de agosto y lo que vio, como describe en <em>Flores de verano</em>, parec&iacute;a salido de la peor de las pesadillas. En su libro describe la vida antes y despu&eacute;s de la bomba y tambi&eacute;n todo lo que vivi&oacute; desde que aquella ma&ntilde;ana su vida se oscureciera para siempre: &laquo;Fragmentos destrozados, titilantes, y cenizas grises, casi n&iacute;veas, un vasto panorama, el extra&ntilde;o comp&aacute;s de cad&aacute;veres humanos abrasados al rojo. &iquest;Era real todo esto? &iquest;Pod&iacute;a ser real? El mundo de anta&ntilde;o, cercenado en un instante para dejar esta huella, las ruedas de los tranv&iacute;as descarrilados, los vientres de los caballos, tumefactos, el hedor de los cables el&eacute;ctricos, que humean siseantes&raquo;. Este libro, escrito en 1946, fue censurado ante la prohibici&oacute;n de que los japoneses publicaran escritos sobre la guerra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno de los libros m&aacute;s l&uacute;cidos es <em>Cuadernos de Hiroshima</em> del Nobel Kenzaburo O&eacute;. Tard&oacute; 15 a&ntilde;os en viajar a Hiroshima para comprobar por &eacute;l mismo que el relato estadounidense era pura propaganda. &laquo;Incluso sin comprender la verdadera naturaleza del artefacto que devast&oacute; la ciudad y sin estar en posesi&oacute;n de conocimientos espec&iacute;ficos sobre radiactividad, &mdash;los m&eacute;dicos&mdash; dieron socorro a los <em>hikabusha</em> con absoluta abnegaci&oacute;n&raquo;, escribi&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay otros libros interesantes que abordan el tema desde perspectivas period&iacute;sticas como <em>Hiroshima </em>que recupera un reportaje de ciento cincuenta p&aacute;ginas que el periodista John Hersey escribi&oacute; en mayo de 1946 despu&eacute;s de pasar tres semanas en Hiroshima y que se public&oacute; &iacute;ntegramente en el <em>New Yorker</em>. O <em>Nagasaki. Las cr&oacute;nicas destruidas por MacArthur</em> donde&nbsp; Anthony Weller, hijo del periodista George Weller, rescata los partes que su padre escribi&oacute; desde Nagasaki del 6 al 10 de septiembre de 1945, censurados y destruidos por el general MacArthur e in&eacute;ditos hasta 2003.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En <em>Antes de Hiroshima. De Marie Curie a la Bomba at&oacute;mica</em>, Diana Preston recoge el testimonio de Futaba Kitayama, una joven madre a la que la piel se le cay&oacute; a tiras. &laquo;Hac&iacute;a una ma&ntilde;ana tan radiante momentos atr&aacute;s, &iquest;qu&eacute; demonios pod&iacute;a haber pasado? Ahora est&aacute;bamos envueltos por un fino velo de oscuridad, como cuando anochece. La neblina gris, como si tuviera los ojos empa&ntilde;ados, me hizo preguntarme si me estar&iacute;a volviendo loca&raquo;. En <em>Nagasaki. La vida despu&eacute;s de la guerra nuclear</em>, la escritora Susan Southard hace una investigaci&oacute;n empujada por la necesidad de comprender las influencias hist&oacute;ricas de las bombas at&oacute;micas y por las preguntas que le surg&iacute;an en torno a las experiencias de los supervivientes: &laquo;Cuando me preguntan sobre la necesidad de las bombas, remito a la gente a las historias de los que las sufrieron, sin las que los debates sobre las cuestiones militares, morales y existencias de los ataques de Hiroshima y Nagasaki quedan incompletos&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dice Reyes Mate que, mientras hubiera un superviviente, &laquo;habr&iacute;a la posibilidad de una voz que nos dijera ante tantas conmemoraciones, museizaciones o monumentalizaciones, &ldquo;no es eso&rdquo;&raquo;. Ya no quedan supervivientes de Hiroshima ni de Nagasaki, apenas del Holocausto ni de la guerra civil espa&ntilde;ola. Pero sus relatos est&aacute;n ah&iacute;, en los libros, en los archivos, en la memoria cada vez m&aacute;s fragmentada, esperando ser le&iacute;dos, rescatados todav&iacute;a, atendidos. Nos corresponde a nosotros ahora. Somos la generaci&oacute;n de la posmemoria.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/bomba-atomica-tiempo-posmemoria_129_10450636.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 21 Aug 2023 20:25:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La bomba atómica y el tiempo de la posmemoria]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Días de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/dias-verano_129_10426345.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/66c79e2d-844c-4410-a7ef-7b254aa33183_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Veraneantes en una playa en Andalucía."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quizá les suene a cliché, pero el verano es para mí un tiempo mágico –caluroso, agotador, infinito, sí, pero mágico–, un pequeño portal que me conecta con todos los veranos pasados y me hace ir hacia atrás en el tiempo hasta mi propia infancia</p></div><p class="article-text">
        No recuerdo la &uacute;ltima vez que pas&eacute; unos d&iacute;as de verano en la playa. Quiz&aacute; ser&iacute;a antes de la pandemia, en el verano de 2019, el primer verano de mi hijo. Todav&iacute;a andaba recuper&aacute;ndome del parto y mi cuerpo no era exactamente m&iacute;o, pues lo compart&iacute;a con mi criatura todav&iacute;a. &Eacute;ramos uno solo. Lo llevaba a cuestas a todas partes, con sus peque&ntilde;as piernecitas rechonchas en torno a mi cintura y sus bracitos agarrados a mi cuello. Ten&iacute;a apenas medio a&ntilde;o ese primer verano y vio el mar por primera vez. Recuerdo que no quiso siquiera mojarse la punta de los dedos de los pies. Su inmensidad le asombraba y asustaba a partes iguales. De esos d&iacute;as recuerdo poco m&aacute;s, por eso visito con frecuencia un &aacute;lbum de fotograf&iacute;as instant&aacute;neas que tom&eacute;: al mirarlas caigo por un agujero de gusano que me lleva exactamente a ese verano y puedo revivirlo con intensidad, con tanta intensidad que me tiembla el pecho y las l&aacute;grimas emprenden su lucha por desbordarme.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s lleg&oacute; la pandemia, el encierro y todas las restricciones que nos tuvieron un par de veranos quietos en el piso, por miedo, por seguridad, por prudencia, moj&aacute;ndonos los pies y el cuerpo a trocitos en una peque&ntilde;a piscina hinchable en la terraza. Ahora comienzo a tener borrosos esos primeros a&ntilde;os de mi hijo, mis primeros a&ntilde;os de madre, ten&iacute;a la impresi&oacute;n de que el tiempo pasaba lento como un d&iacute;a sin pan, y ahora los he visto volar, un a&ntilde;o detr&aacute;s de otro sin que me diera mucha cuenta. Quiz&aacute; les suene a clich&eacute;, pero el verano es para m&iacute; un tiempo m&aacute;gico &ndash;caluroso, agotador, infinito, s&iacute;, pero m&aacute;gico&ndash;, un peque&ntilde;o portal que me conecta con todos los veranos pasados y me hace ir hacia atr&aacute;s en el tiempo hasta mi propia infancia. Mi hijo ha hecho que ese portal se haga m&aacute;s grande si cabe y conecta nuestras infancias como si las hubi&eacute;ramos vivido al mismo tiempo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Acabamos de volver de pasar unos d&iacute;as en una playa gaditana, la playa en la que pas&eacute; parte de los veranos de mi ni&ntilde;ez, arenas blancas y aguas azul&iacute;simas y miles de sombrillas de colores. No es una playa id&iacute;lica ni una de esas calas poco transitadas que anuncian los especiales de verano en la prensa. La nuestra es una playa familiar, una prolongaci&oacute;n del verano en el pueblo, con padres, madres, abuelos y abuelas, hijos, primas, nietos jugando a la pala, chapaleteando entre las olas, comiendo bocadillos de chorizo y bebiendo latas y latas de cerveza fresquita. No es una playa literaria que inspire a escribir grandes relatos ni una playa ex&oacute;tica a miles de kil&oacute;metros de aqu&iacute;, es un cachito de para&iacute;so cotidiano. Este a&ntilde;o mi hijo y yo &eacute;ramos dos, cada uno con su cuerpo y sus deseos, anhelando el juego o la lectura. Para m&iacute; la playa es leer en la tumbona hasta que al sol se lo coma el agua y la luna brille con las estrellas. Para mi hijo todo tiene que ser infinito: los castillos hacia el cielo, los ba&ntilde;os, las volteretas, los cuentos improvisados que protagonizan rocas parlantes, tritones col&eacute;ricos que manifiestan su descontento enviando malintencionadas olas a los ba&ntilde;istas o sirenas malvadas que se llevan los juguetes al fondo del mar. Lo de leer ha sido mucho m&aacute;s dif&iacute;cil que dejarse mecer por las aguas mientras flot&aacute;bamos boca arriba con los brazos en cruz haci&eacute;ndonos el muerto o ser enterraba en la arena por las manitas inquietas de mi hijo. Y, aun as&iacute;, ese tiempo precisamente muerto, el tiempo de la nada &ndash;sin m&oacute;vil, mirando al horizonte, sin nada que hacer m&aacute;s que estar all&iacute;, en ese lugar exacto, en la arena que se va volviendo fr&iacute;a a medida que la tarde avanza y el ocaso llega y el cielo se vuelve de un color imposible y hermoso, anaranjado y rojizo y violeta y la luna es blanca como la leche&ndash;, ha sido el m&aacute;s feliz. Porque estaba all&iacute; y no quer&iacute;a estar en ninguna otra parte, en ese d&iacute;a y en esa tarde que se vuelve noche y en esa playa con mi hijo al lado y el libro entre las manos y las gaviotas sobrevolando nuestras cabezas y la gente atravesando con sus siluetas negras el paisaje y la promesa de otro d&iacute;a de verano m&aacute;s, otro d&iacute;a igual, exacto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esas tardes, en un silencio m&aacute;s imaginario que real, pues a mi alrededor todo era un bullicio de gente y espuma de mar, convers&eacute; con la mujer que siempre va conmigo, como en el verso de Machado, convers&eacute; como hace tiempo que no hago porque con la prisa y el trabajo y la algarab&iacute;a pol&iacute;tica de nuestros d&iacute;as encontrar la calma para emprender un soliloquio es una tarea dificultosa, imposible casi. Convers&eacute; conmigo, s&iacute;, y tambi&eacute;n dej&eacute; que mi hijo me hablara y prest&eacute; atenci&oacute;n a sus palabras, a sus gestos, a sus argumentos, a todas sus preguntas y cuentos, algo que en el d&iacute;a a d&iacute;a me cuesta algunas veces porque me dejo llevar por un mon&oacute;logo encarnecido que contiene advertencias sobre m&uacute;ltiples peligros y &oacute;rdenes sobre la intendencia cotidiana y prisa, much&iacute;sima prisa, una prisa que nada tiene que ver con un ni&ntilde;o de cuatro a&ntilde;os y medio.
    </p><p class="article-text">
        Y all&iacute;, en el agua azul&iacute;sima del Atl&aacute;ntico, &eacute;l con su flotador y yo con los brazos en cruz, los dos con la cara vuelta al cielo, hablamos de la muerte, del cambio clim&aacute;tico, de las historias, de todas las historias que nos sostienen, del amor, de basiliscos y marsopas, de gaviotas y monstruos marinos, con curiosidad y asombro, sin conocer todas las respuestas, como dos ni&ntilde;os, s&iacute;, &eacute;l y yo, dos ni&ntilde;os que no quieren que los d&iacute;as de verano terminen nunca. Y luego, una vez en la casa, con alguna nota mental sobre todas esas conversaciones de agua, me sent&eacute; a escribir porque, a veces, pienso que la &uacute;nica manera de atrapar los recuerdos y crear peque&ntilde;as c&aacute;psulas de tiempo que puedan visitarse como si fueran habitaciones de una casa es escribir. Escribir es recordar, es ordenar toda esa memoria y traerla de nuevo al presente como si el tiempo pasado no hubiera dejado nunca de existir.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/dias-verano_129_10426345.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 Aug 2023 20:25:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Vacaciones,verano]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pesadillas y esperanza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/pesadillas-esperanza_129_10369101.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fc2e53d6-0741-4db9-ada3-373dc603ed53_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pesadillas y esperanza"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Es que no hay nadie, absolutamente nadie con un mínimo de poder o influencia en el PP al que le parezca una locura pactar con Vox? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar? </p></div><p class="article-text">
        Asisto con estupor a un escenario pol&iacute;tico apocal&iacute;ptico en el que hay derechos que est&aacute;n siendo cuestionados y vulnerados. Imagino que el pasmo es compartido. Aunque en mi cotidianidad me ocupe de mi hijo y de intentar escribir un libro, el mundo est&aacute; ah&iacute;, las elecciones son en veinte d&iacute;as y todav&iacute;a convivo con la resaca de las municipales y auton&oacute;micas. Imagino que a ustedes les ocurre lo mismo. El verano es una &eacute;poca para la reflexi&oacute;n y la calma, para los paseos al anochecer y la mirada m&aacute;s all&aacute; de lo inmediato, para juntarse a la fresca de madrugada y conversar sobre las vicisitudes de la vida. 
    </p><p class="article-text">
        Es imposible que no se cuele el asombro y el desasosiego que producen las declaraciones de los reci&eacute;n estrenados cargos pol&iacute;ticos que est&aacute;n ocupando sillones en ayuntamientos y parlamentos auton&oacute;micos, la mayor&iacute;a de ellos, pol&iacute;ticos conservadores o ultraconservadores por no decir fascistas porque acusar a un pol&iacute;tico de fascista hoy en d&iacute;a est&aacute; muy mal visto aunque se empe&ntilde;en en enterrar en las cunetas de Espa&ntilde;a pol&iacute;ticas de memoria, sanitarias, medioambientales o feministas. Al fin y al cabo, el fascismo no deja de ser una actitud totalitaria y antidemocr&aacute;tica, es decir, exactamente lo que promueven el PP y Vox. Es que a m&iacute; me suena a la consigna tantas veces dicha, tantas veces gritada por &ldquo;el hombre de la casa&rdquo; en tantas casas espa&ntilde;olas de &laquo;aqu&iacute; se hace lo que yo digo y punto en boca&raquo;. Un golpe en la mesa colectivo que est&aacute; haciendo temblar los cimientos de nuestra democracia, aunque sea imperfecta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En mis peores pesadillas, Feij&oacute;o y Abascal est&aacute;n en un hemiciclo vac&iacute;o y en penumbra, apenas iluminados por la llamita de sus puros, con una copa de brandy en la mano y las mangas de la camisa remangadas hasta el codo. Todos se han ido ya y el Congreso es como el patio de su casa, su cuarto de juegos. Los dos solos contra el mundo, ese mundo que se ha vuelto tan extra&ntilde;o y ajeno para ellos, que ya no reconoce ni su autoridad ni sus privilegios. Imagino esas pol&iacute;ticas conservadoras que se expanden por nuestras tierras de Extremadura a las Baleares, de Burgos a Valencia a nivel estatal, tantas, tant&iacute;simas vidas expuestas, a la intemperie misma y la esperanza se desvanece en m&iacute; como se esfuma el humo del puro de estos dos se&ntilde;oros en mi pesadilla. Otra variaci&oacute;n de la misma pesadilla es cuando los veo a los dos como expertos ventr&iacute;locuos en un oscuro escenario de cortinajes de terciopelo rojo con una colecci&oacute;n de mu&ntilde;ecos a sus pies, capaces de hacer la mejor actuaci&oacute;n de sus vidas. Son pesadillas muy enga&ntilde;osas, Feij&oacute;o y Abascal no ser&iacute;an nada sin su cohorte de ac&oacute;litos que est&aacute;n dispuestos a poner en entredicho su propia palabra por el partido. Los partidos pol&iacute;ticos se parecen muchas veces a una secta. &iquest;Es que no hay nadie, absolutamente nadie con un m&iacute;nimo de poder o influencia en el PP al que le parezca una locura pactar con Vox? &iquest;Hasta d&oacute;nde est&aacute;n dispuestos a llegar?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ojal&aacute; todo siguiera sucediendo en un mundo fant&aacute;stico y ficticio, por muy catastrofista que fuera no ser&iacute;a m&aacute;s que una pesadilla recurrente que nunca se llega a materializar. La cuesti&oacute;n es que si no salimos en masa &mdash;una masa diversa y caleidosc&oacute;pica&mdash; a votar a la izquierda el 23J, nuestros derechos y libertades, el futuro de nuestro planeta, nuestras vidas, todas, quedar&aacute;n expuestas de tal manera que puede que sea irreversible su recuperaci&oacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No digo nada nuevo en esta columna. Me parec&iacute;a fr&iacute;volo en este momento hist&oacute;rico crucial que vivimos escribir sobre algo que no fuera el presente mismo. Imagino a los lectores y lectoras de este medio como parte de esa masa que saldr&aacute; a votar a la izquierda, gente part&iacute;cipe de mi misma desaz&oacute;n. Nunca ir a votar ha tenido tanta importancia y sentido como ahora en nuestra historia democr&aacute;tica. As&iacute; lo siento yo en mis 37 a&ntilde;os de vida. Aunque muchos de ustedes me recuerden otras elecciones igual de decisivas. Imagino un camino que se bifurca: a la derecha todo est&aacute; oscuro, los alargados troncos de los &aacute;rboles con sus ramillas secas no dejan ver la luz; a la izquierda, se extiende un sendero &aacute;rido bajo el sol, pero parece que se distinguen a lo lejos las verdosas copas de algunos &aacute;rboles.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El entorno es m&aacute;s apocal&iacute;ptico si cabe: Italia, Reino Unido, Alemania, Polonia, Hungr&iacute;a, Estados Unidos. Hay una ola conservadora y reaccionaria que se extiende llev&aacute;ndose por delante las conquistas sociales de los &uacute;ltimos a&ntilde;os. Una dictadura del dinero y el poder. Convendr&iacute;a leer o releer estos d&iacute;as un libro escrito en 1984 en Berl&iacute;n Occidental cuando hab&iacute;a un muro f&iacute;sico y no solo simb&oacute;lico que divid&iacute;a el mundo: <em>El cuento de la criada</em> de Margaret Atwood. La autora naci&oacute; en 1939 y, como ella misma dice, su conciencia se form&oacute; en plena Segunda Guerra Mundial. Ten&iacute;a claro que el orden establecido, todas aquellas conquistas que pensamos definitivas, pueden desvanecerse de la noche a la ma&ntilde;ana. A pesar de lo apocal&iacute;ptico de su novela, del mundo tan a la deriva que muestra, su mensaje es de esperanza. Porque hay lugar para la esperanza todav&iacute;a. As&iacute; lo creo yo. &laquo;En este clima de divisi&oacute;n, en el que parece estar al alza la proyecci&oacute;n del odio contra muchos grupos, al tiempo que los extremistas de toda denominaci&oacute;n manifiestan su desprecio a las instituciones democr&aacute;ticas, contamos con la certeza de que, en alg&uacute;n lugar, alguien &mdash;mucha gente, me atrever&iacute;a a decir&mdash; est&aacute; tomando nota de todo lo que ocurre a partir de su propia experiencia&raquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/pesadillas-esperanza_129_10369101.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 11 Jul 2023 20:42:59 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pesadillas y esperanza]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La potencia de Alana S. Portero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/potencia-alana-s-portero_129_10297192.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4b328ed8-ae1f-4f1b-89dc-2af871695705_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La potencia de Alana S. Portero"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una novela sobre cómo es crecer, hacerse mayor, en un mundo que no le permite ni soñar ni desear ni ser a su manera. Es una historia que habla de todos nosotros y por eso es tan universal</p><p class="subtitle">Adelanto editorial - 'El ángel caído', un fragmento de la esperada novela de Alana Portero
</p></div><p class="article-text">
        Hay libros que tienen la capacidad de emocionarte y conmoverte hasta la l&aacute;grima. Son libros que, una vez empezados, no puedes soltar hasta la &uacute;ltima p&aacute;gina porque sus lomos guardan un hechizo,&nbsp;la fascinaci&oacute;n de la buena literatura, la honesta, la que es tierna y bruta al mismo tiempo, la que te ofrece la posibilidad de asomarte a una realidad que no es la tuya y sentir que habla de ti, que te interpela. <em>La mala costumbre</em> (Seix Barral, 2023) de Alana S. Portero es uno de esos libros. Lo le&iacute; el domingo pasado, en apenas tres horas, apoltronada en el sill&oacute;n, sin poder mover las piernas. Cuando lo cerr&eacute; tras leer la &uacute;ltima l&iacute;nea, casi no pod&iacute;a moverme. Llevo a&ntilde;os leyendo a Portero: sus art&iacute;culos en <em>El Salto</em>, en <a href="//elDiario.es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>elDiario</em></a><a href="//elDiario.es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">.es</a> y ahora en <em>P&uacute;blico</em>. Siempre me gust&oacute; su voz, una voz propia, muy pol&iacute;tica y sincera, hermosa, y atravesada por la clase, que es algo que siempre he echado de menos en la mayor&iacute;a de los columnistas de este pa&iacute;s. La clase es algo de lo que se habla poco o mal, como si no existiera, como si fuera algo superado, como si todos fu&eacute;semos modernos que vivimos en el centro de Madrid, con padres de profesiones liberales, vengamos de donde vengamos, San Blas, El Carmel, Los Pajaritos o Alcal&aacute; del R&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Antes de saber que Alana S. Portero iba a publicar una novela, hab&iacute;a le&iacute;do y guardado en mi carpeta de piezas imprescindibles &mdash;una carpeta f&iacute;sica donde voy metiendo textos a los que quiero volver&mdash; dos art&iacute;culos que tienen mucho que ver con <em>La mala costumbre:</em> &ldquo;Alzar la voz: en defensa de las mujeres trans&rdquo;, publicado en <em>Vogue</em> (agosto, 2021) y &ldquo;Cuidados. Mi experiencia como mujer trans en la institucionalizaci&oacute;n del amor familiar&rdquo; incluido en <em>(H)Amor 6 Trans</em> (Contintametienes, 2021). En ellos est&aacute; contenido parte del imaginario y el aliento narrativo de Portero, como si no fuera m&aacute;s que cuesti&oacute;n de tiempo que alcanzara toda su potencia en una gran novela. Cuando la escritora hablaba en <em>Vogue</em> de una ni&ntilde;a trans que a&ntilde;ad&iacute;a clavos a su armario para poder sobrevivir en un mundo que la obligaba a esconderse y a temer, ya nos estaba dando pistas sobre la protagonista de <em>La mala costumbre</em>. Cuando pon&iacute;a en valor en <em>(H)Amor 6 Trans </em>la necesidad de contar con una tribu de vecinas que le preparasen el cafelito y le &laquo;echasen un ojo&raquo; a sus padres para que ella pudiera dormir un rato, siento que ya me estaba hablando de los &uacute;ltimos d&iacute;as de Margarita, uno de los personajes de <em>La mala costumbre</em> que ofrece cierta redenci&oacute;n a la protagonista. Con esto quiero decir que los temas de Alana S. Portero &mdash;los cuidados, la complejidad de los afectos en la sociedad capitalista, los cuerpos, el trabajo, la familia, la clase obrera, el tiempo, el amor, la b&uacute;squeda de identidad, la imaginaci&oacute;n como espacio de resistencia, el deseo&mdash; ya estaban ah&iacute;, presentes en cada texto, en cada art&iacute;culo, como miguitas de pan en un sendero. 
    </p><p class="article-text">
        Hay en esta novela momentos tan memorables como cuando la protagonista acude con su madre y sus t&iacute;as a <em>Las chicas</em>, una tienda de ropa del barrio, y disfruta viendo el ritual de vestirse y desvestirse ante el espejo imaginando la posibilidad de mostrarse al mundo tal y como ella es. O cuando acude con Jay, su primer amor, a un bar de Chueca donde Antonio, el due&ntilde;o, le habla de todos aquellos de su propia tribu que ya no est&aacute;n porque la pobreza, la hero&iacute;na y el sida, la vida en la Espa&ntilde;a de los ochenta, al fin y al cabo, se los hab&iacute;a llevado por delante. O cuando acompa&ntilde;a a Eugenia a su casa, de madrugada, y describe una estampa de Madrid que podr&iacute;a estar entre los mejores retratos que se le han hecho a la ciudad: &laquo;Madrid a &uacute;ltima hora de la madrugada, justo antes del amanecer, era una ciudad hermosa. Sucia y retorcida, sin la vocaci&oacute;n de amplitud de Berl&iacute;n o de Barcelona, sin tanto amor en el aire, pero hermosa a su manera. La luz de las farolas, chocando con el gris constante de calzadas, aceras y muros, hac&iacute;a que las cosas pareciesen fugazmente doradas. Era la ciudad en la que la fealdad encontraba su forma de seducir. Calles estrechas sin aparente gracia conten&iacute;an peque&ntilde;os tesoros de otros tiempos que sobreviv&iacute;an nadie sab&iacute;a c&oacute;mo, tiendas de botones, droguer&iacute;as que guardaban sus productos a&uacute;n en cajoncitos de madera, placas conmemorativas en honor de personajes ya olvidados, peque&ntilde;as iglesias l&oacute;bregas con tallas religiosas que atra&iacute;an devociones inesperadas, cines en los que se proyectaba porno junto a chocolater&iacute;as frecuentadas por viudas alegres, Madrid era extra&ntilde;a y necesitaba recorrerse con minuciosidad para desentra&ntilde;ar sus secretos (&hellip;) sus tejados negros repletos de mitolog&iacute;a a los que nunca se miraba, porque Madrid estaba construida hacia abajo, pensada para mantener siempre los pies en el suelo&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Tiene Alana S. Portero una grand&iacute;sima sensibilidad, una mirada capaz de colocar los m&aacute;rgenes en el centro, una capacidad po&eacute;tica infinita que regala momentos de verdadero &eacute;xtasis literario. Y hay tambi&eacute;n silencios, muchos silencios en esta novela, una gran elipsis de trece a&ntilde;os engullida por la dureza de la vida, imagino, por la imposibilidad de narrar lo que quiz&aacute; no se pueda narrar del todo. El vac&iacute;o, la soledad, la p&eacute;rdida.
    </p><p class="article-text">
        No s&eacute; c&oacute;mo decirlo, pero, aunque la protagonista de esta novela sea una mujer trans &mdash;la novela abarca desde los seis a&ntilde;os hasta mediada la treintena&mdash;, aunque la cuesti&oacute;n de la identidad importa y est&aacute; en el centro de la historia &mdash;ojal&aacute; los dem&aacute;s pudieran verla como ella es, sin prejuicios y sin miedo&mdash;, es una novela sobre c&oacute;mo es crecer, hacerse mayor, en un mundo que no le permite ni so&ntilde;ar ni desear ni ser a su manera. Es una historia que habla de todos nosotros y por eso es tan universal. Y, al mismo tiempo, es importante que la protagonista sea una ni&ntilde;a trans porque las ni&ntilde;as trans casi nunca han protagonizado las historias &mdash; pienso en Camila Sosa Villada o en Roberta Marrero&mdash; y por eso celebro con entusiasmo <em>La mala costumbre</em> de Alana S. Portero, quiz&aacute; si la leen aqu&iacute; y m&aacute;s all&aacute; de nuestras fronteras, algo cambie, se d&eacute; el embrujo que sent&iacute; yo, el fulgor el&eacute;ctrico del reconocimiento.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/potencia-alana-s-portero_129_10297192.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 21 Jun 2023 20:14:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La potencia de Alana S. Portero]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Libros,Infancia,Transexualidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ser de izquierdas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/izquierdas_129_10249722.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9dd2e04d-635a-4f03-ad2e-39e02e9ddcc8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ser de izquierdas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las historias de mi familia no solo tenían que ver con la guerra y la represión franquista, también con la República, con el trabajo de mi bisabuelo en el pueblo, su vocación por redistribuir la riqueza y expropiar a los terratenientes para darle tierras a los campesinos, su deseo de crear un pueblo más igualitario</p><p class="subtitle">Mapa - MAPA | ¿Qué votaron tus vecinos en las elecciones municipales? Los resultados del 28M, calle a calle</p></div><p class="article-text">
        El lunes por la ma&ntilde;ana, a las puertas del colegio de mi hijo, hab&iacute;a cierto ambiente festivo. Las sonrisas eran m&aacute;s amplias, luminosas casi, los saludos m&aacute;s afectuosos, alg&uacute;n abrazo, manos que se agarraban fuerte. La gente comentaba que hab&iacute;a ganado Izquierda Unida en el pueblo, que ya era hora, que a ver si pronto comenzaba a notarse el cambio. Despu&eacute;s de una semana de tormentas y cielos apocal&iacute;pticos, ha vuelto el sol y ese azul brillante que presagia la calma. Mientras volv&iacute;a a casa caminando, confieso que sent&iacute; cierta emoci&oacute;n, esperanza. Pensaba en mi hijo que, a sus cuatro a&ntilde;os, llevaba semanas dici&eacute;ndome que quer&iacute;a una alcaldesa feminista, que plantara muchos &aacute;rboles, que quitara los coches, que le diera una casa a todo aquel que no la tenga.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando yo era peque&ntilde;a, peque&ntilde;&iacute;sima, escuch&eacute; por primera vez a mi t&iacute;a Carmen hablar de la Guerra Civil. Algo en su manera de contar, en la emoci&oacute;n contenida y los ojos al borde de la l&aacute;grima, me dejaba paralizada. Mientras ella hablaba, yo no pod&iacute;a moverme de su lado. Me hice mayor y comenc&eacute; a hacerle preguntas y entonces supe que su padre fue socialista, alcalde republicano, perseguido y apresado, que pas&oacute; muchos a&ntilde;os en una c&aacute;rcel por &ldquo;auxiliar a la Rep&uacute;blica&rdquo;. A mi t&iacute;a y a mi abuela no las dejaron ir al colegio por ser las hijas de un &ldquo;rojo&rdquo;, mi bisabuela tuvo que hacer estraperlo en el puerto de Sevilla para poder sacar adelante a sus hijos, fueron a&ntilde;os de mucha, much&iacute;sima hambre. S&eacute; que habr&aacute; al otro lado de la pantalla, lectores y lectoras que tendr&aacute;n historias parecidas, m&aacute;s cercanas todav&iacute;a, un abuelo fusilado, un padre, una madre rapada y paseada por las calles. Todos guardamos historias as&iacute; en la familia. Unas familias las cuentan y otras familias se van a la tumba con su historia. Quiz&aacute; porque crec&iacute; con esas historias de dolor y p&eacute;rdida, vidas arrancadas de ra&iacute;z, machacadas, rotas, tuve desde siempre un sentimiento de justicia muy profundo. La memoria era mi pan de cada d&iacute;a. Las historias de la guerra fueron, tantas, tantas veces, mis cuentos para dormir. Mi abuela y mi t&iacute;a ya no est&aacute;n, ninguno de los cinco hermanos, y no quiero que esa memoria se borre, por eso sigo contando la historia de mi bisabuelo Pepe, el &uacute;ltimo alcalde republicano de Alcal&aacute; del R&iacute;o, y de mi bisabuela Asunci&oacute;n, madre de cinco hijos en la guerra y la posguerra, estraperlista, superviviente. Y las historias de mi abuela y mis t&iacute;os, ni&ntilde;os de la guerra. Se las cuento a mi hijo porque quiero que conozca su pasado, el pasado reciente de su familia, de su pueblo, de su pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando me hice mayor de edad, me afili&eacute; a Izquierda Unida, hasta fui una vez en unas listas a los 20 a&ntilde;os. Recuerdo perfectamente aquellas elecciones de 2007, la noche de las votaciones ni siquiera pude celebrar que IU gan&oacute; porque estuve hasta las tantas trabajando en un Telepizza. Recuerdo tambi&eacute;n el miedo de mi t&iacute;a y de mi abuela, pensaban que mi vida corr&iacute;a peligro, que, si era concejala, en alg&uacute;n momento, podr&iacute;an fusilarme, que la guerra podr&iacute;a armarse en un suspiro como las tormentas de verano. A m&iacute; todo aquello me sonaba exagerado, rid&iacute;culo incluso. Mi yo de 20 a&ntilde;os no alcanzaba todav&iacute;a a entender por mucho que hubiera escuchado sus historias y me las hubiera bebido como si fueran leche materna, lo que hab&iacute;a sido la guerra. Yo estaba convencida, con toda mi inocencia e ingenuidad, de que el mundo se pod&iacute;a cambiar. Por eso iba a las reuniones del partido con mucha ilusi&oacute;n al principio, la frustraci&oacute;n fue llegando despu&eacute;s. Era una mujer joven, feminista, vehemente en mis argumentaciones, no tem&iacute;a la confrontaci&oacute;n con los hombres del partido. Pero hubo un momento de desencanto y lo dej&eacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las historias de mi familia no solo ten&iacute;an que ver con la guerra y la represi&oacute;n franquista, tambi&eacute;n con la Rep&uacute;blica, con el trabajo de mi bisabuelo en el pueblo, su vocaci&oacute;n por redistribuir la riqueza y expropiar a los terratenientes para darle tierras a los campesinos, su deseo de crear un pueblo m&aacute;s igualitario, m&aacute;s justo. Nunca sent&iacute; odio ni rechazo, nunca me trasmitieron ning&uacute;n sentimiento de venganza, llev&eacute; con orgullo para mis adentros el apelativo de &ldquo;bisnieta de un rojo&rdquo; y pens&eacute; que ser de izquierdas era algo natural, ser de izquierdas era pensar que todos somos iguales, que todos merecemos lo mismo, y que por eso hab&iacute;a que trabajar para equilibrar una sociedad cuyo sello identitario era, precisamente, la desigualdad en todos sus aspectos &mdash;clase, g&eacute;nero, raza&mdash;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Muchas veces sigo sinti&eacute;ndome como esa ni&ntilde;a que escuchaba las historias de la guerra, fascinada, emocionada. La identidad pol&iacute;tica no es algo que pueda heredarse, tiene que ver con la experiencia y la vivencia de cada uno, con la manera de mirar al mundo desde el yo o desde el nosotros. Pero s&eacute; que, en la ra&iacute;z de mi izquierdismo, de mi feminismo, de mi radicalidad pol&iacute;tica que dir&iacute;an algunos, est&aacute; la memoria. Mi familia nunca olvid&oacute; ni cerr&oacute; la boca, las mujeres de mi familia se ocuparon de hilar con sus palabras toda esa memoria para que se mantuviera viva y las sobreviviera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El domingo por la noche, una inmensa nube cubri&oacute; el cielo de Espa&ntilde;a, vienen tiempos oscuros en los que conviene recordar por qu&eacute; necesitamos ser de izquierdas, con la cabeza y con el coraz&oacute;n, por los que ya no est&aacute;n y por los que vendr&aacute;n. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/izquierdas_129_10249722.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 31 May 2023 20:55:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ser de izquierdas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las voces de la primavera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/voces-primavera_129_10209583.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/44c79b35-6ab1-4cc0-b2f8-bf48b66c84f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las voces de la primavera"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando Carson publicó su libro a principios de los años 60, fue víctima de una campaña de difamación misógina donde se dijo que era una histérica, una loca, una solterona, que carecía de legitimación intelectual. Gracias a su trabajo se creó la Agencia de Protección Ambiental de EEUU</p></div><p class="article-text">
        Desde que volv&iacute; a vivir al pueblo, el pueblo en el que nac&iacute; y crec&iacute;, un pueblo en la Vega del Guadalquivir, miro m&aacute;s hacia afuera, siento una extra&ntilde;a afinidad con el cielo, la tierra, con el r&iacute;o y los animales que pueblan este cachito del planeta. En las ciudades en las que he vivido me costaba sentirme parte de algo m&aacute;s grande. Caminaba y caminaba y todo era asfalto salvo alg&uacute;n peque&ntilde;o oasis arbolado y para ver alguna estrella suelta ten&iacute;a que subirme a la azotea del edificio y aguzar la vista. Pero claro, ten&iacute;a la necesidad, el deseo, de estar en el centro de las cosas, que todo estuviera abierto y disponible para m&iacute; cuando yo quisiera. Reconozco que era una sensaci&oacute;n poderosa la de tenerlo todo al alcance aunque mi piso fuera min&uacute;sculo y pagara un alquiler disparatado y tuviera que trabajar todo el d&iacute;a, todos los d&iacute;as de la semana, y tardara m&aacute;s de una hora en ir y volver de llevar a mi hijo al colegio y nunca tuviera tiempo para nada m&aacute;s que ir con prisa de un lado a otro. Y sin que casi nunca pudiera quedar con nadie porque todo el mundo estaba tan ocupado y exhausto como yo. 
    </p><p class="article-text">
        Ciertamente, era asfixiante vivir as&iacute;. Pero no sab&iacute;a c&oacute;mo hacerlo de otra manera. Un d&iacute;a, mientras daba un paseo por la d&aacute;rsena del Guadalquivir, en Sevilla, la &uacute;ltima ciudad en la que viv&iacute;, tuve una especie de revelaci&oacute;n y se me ocurri&oacute; que pod&iacute;a volver al pueblo, porque yo ten&iacute;a la suerte de tener un pueblo donde estaban mis padres y mis hermanos, un pueblo que pod&iacute;a recorrer caminando de una punta a otra en apenas veinte minutos. Me resist&iacute; a la idea durante alg&uacute;n tiempo porque sent&iacute;a esa vuelta como una especie de renuncia. No a las tiendas abiertas 24 horas que nunca visit&eacute; ni a los cines ni siquiera a las posibilidades infinitas de ocio que casi nunca pod&iacute;a costearme, pero que estaban ah&iacute; para m&iacute; como una promesa de progreso, sino a una parte de m&iacute; que siempre so&ntilde;&oacute; con vivir en la ciudad, ser escritora en la ciudad. Quiz&aacute;  lo que me hizo ir m&aacute;s al fondo de las cosas fue la maternidad o la edad o, simplemente, la deriva consumista del mundo que tanto me perturba y preocupa. Siendo honesta, sent&iacute;a que caminaba por un alambre la mayor parte del tiempo, intentando hacer malabarismos con mi propio cuerpo para poder llegar a todo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tardamos pocos meses en irnos al pueblo despu&eacute;s de aquella revelaci&oacute;n y aqu&iacute; estamos. A veces, cuando viajo a otros lugares por trabajo, algunos y algunas me dicen que &ldquo;no te pega vivir en un pueblo, una escritora como t&uacute;&rdquo;, porque la gente es as&iacute;, lanza sus opiniones y juicios al aire como quien arroja colillas al suelo, sin miramientos. Ahora me doy cuenta de que lo de vivir en el pueblo, no tener coche, caminar y consumir lo justo, responde a otro deseo, el de convivir en cierta armon&iacute;a con mi entorno. Y solo ahora, cuando he salido en parte de la rueda, puedo darme cuenta de la velocidad y la obsesi&oacute;n por el crecimiento econ&oacute;mico de nuestra sociedad. Yo tambi&eacute;n estaba ah&iacute;, en esa idea de que solo podr&iacute;a ser feliz si ten&iacute;a m&aacute;s de lo que fuera. No hay otra manera de llamarlo que obsesi&oacute;n. Obsesi&oacute;n por tener m&aacute;s y m&aacute;s cada vez: un coche m&aacute;s grande &mdash;&iquest;desde cu&aacute;ndo el modelo de veh&iacute;culo est&aacute;ndar deseado es un todoterreno inmenso?&mdash;, ropa de marca, vacaciones en el extranjero, cenas en restaurantes de precios prohibitivos, m&oacute;viles de cientos de euros. Mi sueldo nunca me permiti&oacute; esos lujos, pero una sue&ntilde;a y trabaja todo el d&iacute;a pensando que alg&uacute;n d&iacute;a se los podr&aacute; permitir, aunque sea pagando a plazos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En <em>La primavera silenciosa</em>, un hermoso y pol&iacute;tico libro de la bi&oacute;loga y ecologista Rachel Carson, ella dec&iacute;a que la historia de la vida en la tierra ha sido un proceso de interacci&oacute;n entre las cosas vivas y todo lo que las rodeaba. Durante la mayor parte de la historia de nuestro mundo, el medio ha moldeado la forma f&iacute;sica y los h&aacute;bitos de la vegetaci&oacute;n y de la vida animal. Es ahora, en apenas unas d&eacute;cadas, cuando una sola especie, la nuestra, est&aacute; alterando tan significativamente el medio con su manera de vivir que lo est&aacute; destrozando. Llegados a este punto, sabr&aacute;n que este es otro &ldquo;maldito&rdquo; art&iacute;culo sobre el cambio clim&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Carson dec&iacute;a que &laquo;con el tiempo -tiempo no en a&ntilde;os, sino en milenios- se ha alcanzado el equilibrio y el ajuste vitales. Porque el tiempo es el ingrediente esencial; pero en el mundo moderno no hay tiempo&raquo;. Tenemos coches como barcos, tiendas abiertas de la ma&ntilde;ana a la noche, dependientas y camareros reventados, mujeres y ni&ntilde;os explotados en partes del mundo que casi no podemos localizar en un mapa fabricando prendas de ropa que desecharemos en cuesti&oacute;n de meses, vivimos, la mayor&iacute;a de nosotros, pagando alquileres abusivos, trabajando sin parar, sin tiempo, sin tiempo, lo &uacute;nico valioso que podemos poseer en este siglo y que se nos escapa de las manos como la arena entre los dedos. No es sostenible el capitalismo ni con la naturaleza ni con la vida de ning&uacute;n ser, ni siquiera con la nuestra. Parece que lo que escribo aqu&iacute; es ya un lugar com&uacute;n, algo que sabemos todos, de lo que estamos plenamente convencidos, pero hace apenas unos d&iacute;as, en mi pueblo, un se&ntilde;or &mdash;bi&oacute;logo y agente del Medioambiente&mdash; me dijo lo siguiente &mdash;lo apunt&eacute; en mi cuaderno tal cual para que no se me olvidara&mdash;: &laquo;Los gobiernos quieren controlar nuestros h&aacute;bitos de consumo a trav&eacute;s del miedo al cambio clim&aacute;tico, quieren controlarnos. Pero la tierra ha cambiado su clima a lo largo de los siglos. El cambio clim&aacute;tico es un proceso natural del planeta. La misma Aemet acaba de confirmar en un art&iacute;culo de su web que se est&aacute; modificando artificialmente el clima con productos qu&iacute;micos lanzados desde los aviones, pero quieren responsabilizar a la gente para que compremos coches el&eacute;ctricos&raquo;. La conversaci&oacute;n sigui&oacute; y sigui&oacute;, quiero decir, su mon&oacute;logo rabioso y conspiranoico, hasta derivar en sus sospechas de que el coronavirus tampoco era real, sino otra manera de controlar a la poblaci&oacute;n. Sal&iacute; espantada, casi corr&iacute; aterrorizada ante sus palabras, pensando en ma&ntilde;ana, en las elecciones que vendr&aacute;n en un par de semanas, en el ma&ntilde;ana que nuestros hijos y nietos vivir&aacute;n, en que todav&iacute;a estamos a tiempo, como sociedad y tambi&eacute;n como individuos, de poner en el centro de nuestras vidas y de la pol&iacute;tica el hermoso planeta que habitamos y nuestra manera de vivir y consumir hoy, ahora, ya, porque todo tiene que ver, porque somos una misma cosa. No somos responsables de las emisiones de carbono de las industrias ni podemos presionar del todo a las grandes corporaciones econ&oacute;micas, pero como individuos, uno a uno, en peque&ntilde;as comunidades, por barrios y pueblos, tenemos poder, m&aacute;s del que creemos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando Carson public&oacute; su libro a principios de los a&ntilde;os 60 en Estados Unidos, fue v&iacute;ctima de una campa&ntilde;a de difamaci&oacute;n mis&oacute;gina donde se dijo de ella que era una hist&eacute;rica, una loca, una solterona, que carec&iacute;a de legitimaci&oacute;n intelectual. Al final, gracias a su trabajo, se cre&oacute; la Agencia de Protecci&oacute;n Ambiental de Estados Unidos (EPA). Ella fue de las primeras en poner el foco en las industrias como responsables de la deriva clim&aacute;tica. Un solo libro bast&oacute; para cambiar la conciencia de cientos de miles de personas, de millones, de un gobierno. La escritura es poderosa, es pol&iacute;tica. La voz de Carson se oye todav&iacute;a: &laquo; Un siniestro espectro se ha deslizado entre nosotros casi sin que lo advirti&eacute;ramos, y esta imaginaria tragedia podr&iacute;a f&aacute;cilmente convertirse en una completa realidad que todos nosotros conocer&iacute;amos. &iquest;Qu&eacute; es lo que ha silenciado las voces de la primavera&raquo;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/voces-primavera_129_10209583.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 17 May 2023 20:49:02 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las voces de la primavera]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[El arte de perderse]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/arte-perderse_129_10165666.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d2836b91-d784-486f-9c76-f95d52b593bf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x389y290.jpg" width="1200" height="675" alt="El arte de perderse"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué pasaría si nos perdiéramos juntos? ¿Si saliéramos a las calles y cerráramos los ojos por un momento y diéramos tres vueltas y echáramos a andar de nuevo sin rumbo? </p><p class="subtitle">Hemeroteca - Un boom editorial llamado Rebecca Solnit: la escritora a la que los hombres no le explican cosas
</p></div><p class="article-text">
        Voy en un tren que me lleva desde Granada a Sevilla. Siento que va lento, muy despacio, que, al otro lado de la ventana, los &aacute;rboles se detienen si los miro, que las nubes est&aacute;n paralizadas en el cielo como en una fotograf&iacute;a. El tiempo en un tren no existe: no miro el reloj ni consulto las notificaciones del m&oacute;vil. Simplemente, escribo una letra detr&aacute;s de otra, me asomo a la ventana, veo caer el sol, leo una p&aacute;gina, rememoro el &uacute;ltimo paseo por las calles <em>grana&iacute;nas</em>, la gente que conoc&iacute;, todo lo que me contaron. A veces sucede que, cuando voy a ferias del libro a firmar o a presentar y doy vueltas y vueltas de una ciudad a otra como una peonza, me pierdo, me desconecto de m&iacute; misma. Sigo la corriente: el siguiente tren, la siguiente ciudad, la siguiente firma y el cansancio infinito. 
    </p><p class="article-text">
        Es emocionante, supongo, hacer estos viajes promocionales y sentir que recupero una parte de mi yo prematernal. Pero a veces sucede que me canso de viajar y de dormir fuera y de trabajar en los trenes y los hoteles y me pierdo de m&iacute;. No s&eacute; si a ustedes les pasa a veces: que se pierden, se desconectan, la vida, el esp&iacute;ritu de los tiempos que dir&iacute;a Jung, la velocidad del mundo les arrastra. Y, cuando me subo al tren o me quedo sola un ratito en una calle que no conozco o llego al hotel y la oscuridad invade todos los rincones de la estancia, soy consciente de esa desconexi&oacute;n, de la extra&ntilde;eza que me invade. <a href="https://www.eldiario.es/cultura/libros/rebecca-solnit-cultura-cancelacion-concepto-idiotiza_1_10010740.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Dice Rebecca Solnit</a> que el amor, la sabidur&iacute;a, la inspiraci&oacute;n vienen precisamente de lo desconocido, de la extra&ntilde;eza. Y se pregunta tomando el hilo que le tiende el fil&oacute;sofo Men&oacute;n: &ldquo;&iquest;C&oacute;mo emprender la b&uacute;squeda de cosas que, en cierto modo, tienen que ver con desplazar las fronteras del propio ser hacia territorios desconocidos, con convertirse en otra persona?&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Cuando estoy en mi casa s&eacute; lo que tengo que hacer, los d&iacute;as son iguales unos a otros y encuentro cierto consuelo en esa repetici&oacute;n. Siento algunas veces un pinchazo en el pecho, una desaz&oacute;n, un calambre ansioso y desesperado como si quisiera salir corriendo y perderme esta vez s&iacute; queriendo. Pero se me pasa porque tengo lavadoras que poner, fechas de entrega, un hijo al que cuidar. Es cuando me quedo sola despu&eacute;s de una presentaci&oacute;n, de una firma, cuando voy en este tren y el tiempo parece detenerse, cuando todo esto me viene a la cabeza y lo escribo. Escribir es la &uacute;nica manera que tengo de mantener un di&aacute;logo ordenado conmigo misma. El resto del tiempo todo es un misterio, incierto e impredecible. Y es en estos viajes, en estos encuentros fortuitos con desconocidos y desconocidas donde, de repente, algo encaja, cobra sentido, el equilibrio vuelve y regreso a m&iacute;. Me gusta escuchar las historias de la gente. Hay personas que solo se permiten cierta honestidad con los desconocidos y yo me siento a escuchar y hago preguntas y dejo que me cuenten porque todo lo que tengan que decirme me interesa. Est&aacute;n tan perdidos como yo, se sienten tan solos como yo muchas veces y es &uacute;nicamente en ese fortuito y azaroso momento de conexi&oacute;n cuando todo encaja. 
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a si nos perdi&eacute;ramos juntos? &iquest;Si sali&eacute;ramos a las calles y cerr&aacute;ramos los ojos por un momento y di&eacute;ramos tres vueltas y ech&aacute;ramos a andar de nuevo sin rumbo? Ser&iacute;a hermoso y sano que, como sociedad, procur&aacute;ramos espacios para perdernos: olvid&aacute;ramos la identidad por un momento y, como le suced&iacute;a a Virginia Woolf, form&aacute;ramos parte del tumulto de gente an&oacute;nima porque &ldquo;en cada una de estas vidas se podr&iacute;a penetrar un trecho, lo suficiente como para que a uno le diera la impresi&oacute;n de no estar amarrado a una &uacute;nica mente, sino que por un breve espacio de tiempo, por unos minutos, puede inmiscuirse en los cuerpos y mentes de otros&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Sigo escribiendo y el sol se ha escondido. Las nubes que ve&iacute;a hace un momento en el cielo son otras ahora, borrosas en el horizonte, tragadas por la noche que se anticipa. Es justo ahora en este tren donde puedo pensar, escribir o, simplemente, estar en silencio, sola, perdida. Y pienso ahora en la importancia que tiene la literatura, la posibilidad de contarnos historias los unos a los otros, historias que nos saquen de nosotros mismos y nos permitan cultivar la empat&iacute;a que tanta falta nos hace.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/arte-perderse_129_10165666.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 May 2023 19:56:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El arte de perderse]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[Carmen Laforet, la escritura y la amistad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/carmen-laforet-escritura-amistad_129_10116668.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bcff3f3f-9906-4f06-80f7-2303353130f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Carmen Laforet, la escritura y la amistad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La imagen de la escritora atormentada por el síndrome de la impostora que pasó las últimas décadas de su vida escribiendo y rompiendo todo lo que escribía se deshizo como el humo de su cigarrillo y quedó esa otra imagen, la escritora que vivió, que fue feliz muchas veces y que cultivó la amistad hasta el final</p><p class="subtitle">El silenciamiento de Carmen Laforet</p></div><p class="article-text">
        Hace justo un a&ntilde;o se celebr&oacute; en la sede del Instituto Cervantes en Madrid una fant&aacute;stica exposici&oacute;n sobre la vida y la obra de Carmen Laforet. Un fr&iacute;o s&aacute;bado de marzo sal&iacute; de Sevilla en tren justo antes de que amaneciera para visitar la muestra. Carmen Laforet es una de mis escritoras m&aacute;s queridas y admiradas. Me sucede con ella lo que a ella le ocurr&iacute;a con Elena Fort&uacute;n: mantengo conversaciones imaginarias desde la primera juventud cuando le&iacute; con devoci&oacute;n <em>Nada</em> y me enamor&eacute; de Andrea y de su mirada. Elena Fort&uacute;n y Carmen Laforet se hicieron amigas y mantuvieron una hermosa y honesta correspondencia que se public&oacute; hace algunos a&ntilde;os bajo el t&iacute;tulo de <em>De coraz&oacute;n y alma </em>(Fundaci&oacute;n Santander, 2017). En una carta que Laforet escribi&oacute; a Fort&uacute;n en 1951, un a&ntilde;o antes de su muerte, le confesaba que ella, de chiquilla, le &laquo;hablaba sin haberte visto nunca y te contaba mis peque&ntilde;as cosas. &iquest;No es extra&ntilde;o esto? Nosotras est&aacute;bamos destinadas a conocernos&hellip;&raquo;. Carmen Laforet, como muchas otras ni&ntilde;as de la guerra, ley&oacute; las historias de Celia. Yo nunca llegu&eacute; a conocer en persona a Laforet, muri&oacute; en 2004, m&aacute;s o menos por la &eacute;poca en que yo la le&iacute; por primera vez, a mis dieciocho a&ntilde;os, pero mi identificaci&oacute;n con Andrea, una chica rara, fui inmediata, casi m&aacute;gica. Desde entonces, la he le&iacute;do y rele&iacute;do sin descanso, sus novelas, s&iacute;, pero, sobre todo, sus textos autobiogr&aacute;ficos, las cartas, lo que otros que la conocieron escribieron sobre ella en un esfuerzo torpe quiz&aacute; por acercarme a descifrar qui&eacute;n fue.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En aquella exposici&oacute;n pas&eacute; la ma&ntilde;ana de aquel s&aacute;bado como detenida en el tiempo. En bucle sonaba <em>Claro de luna</em> de Debussy acompa&ntilde;ando a unas im&aacute;genes de Laforet en movimiento, im&aacute;genes del Archivo No-Do grabadas en Super 8 por Benito y M&ordf; Teresa Rabal y proyectadas en una inmensa pantalla en el centro de la sala. All&iacute; me qued&eacute; quieta vi&eacute;ndola moverse, gesticular, teclear palabras sueltas en una m&aacute;quina de escribir, sentarse en la hierba con un libro entre las manos, fumar y esconderse tras la bruma blanca del humo, re&iacute;r, feliz entre amigos y amigas. Los libros que hab&iacute;a le&iacute;do la describ&iacute;an como una mujer vol&aacute;til, silenciada, atormentada casi, las im&aacute;genes mostraban otra cosa: alguien alegre, libre, gozosa. Ca&iacute; en la cuenta de que, hasta entonces, nunca la hab&iacute;a visto gesticular ni sonre&iacute;r. Estaba viva ante mis ojos, como si la tuviera delante en carne y hueso. Me miraba a m&iacute; y me sonre&iacute;a a m&iacute; y pod&iacute;a recordar fragmentos de cartas y de novelas, a Andrea y tambi&eacute;n a Paulina y sus cartas a Elena Fort&uacute;n y a Ram&oacute;n J. Sender y a Roberta Johnson y a Emilio Sanz de Soto. La imagen de la escritora atormentada por el s&iacute;ndrome de la impostora que pas&oacute; las &uacute;ltimas d&eacute;cadas de su vida escribiendo y rompiendo todo lo que escrib&iacute;a se deshizo como el humo de su cigarrillo y qued&oacute; esa otra imagen, la escritora que vivi&oacute;, que fue feliz muchas veces y que cultiv&oacute; la amistad hasta el final.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En su momento, pens&eacute; en escribir un art&iacute;culo sobre la exposici&oacute;n, es m&aacute;s, justifiqu&eacute; aquel viaje a Madrid, un billete car&iacute;simo de tren, tener que dejar a mi hijo el d&iacute;a entero, levantarlo de noche y recorrer las calles de Sevilla desde nuestro pisito hasta la estaci&oacute;n de Santa Justa en plena madrugada con la idea de escribir un art&iacute;culo y, al menos, pagar el billete de tren con el art&iacute;culo. Pero nunca lo hice. Me guard&eacute; la visita para m&iacute; como un preciado tesoro y pase&eacute; por Madrid de la mano de una imaginaria Laforet comentando con ella todo lo que hab&iacute;a llamado mi atenci&oacute;n: el manuscrito de <em>Nada</em> con sus tachaduras y el informe del censor a un lado donde este dec&iacute;a que era una &laquo;novela insulsa, sin estilo ni valor literario alguno. Se reduce a describir c&oacute;mo pas&oacute; un a&ntilde;o en Barcelona en casa de sus t&iacute;os una chica universitaria, sin peripecias de relieve. Creo que no hay inconveniente en su publicaci&oacute;n&raquo;, su m&aacute;quina de escribir Hispano-Olivetti azul, el cenicero de Cinzano o todas las portadas de las traducciones de <em>Nada</em> que ocupaban una pared entera. Tambi&eacute;n me gust&oacute; ver algunas fotograf&iacute;as que no conoc&iacute;a, como las de los viajes con su amiga Linka Babecka a Cercedilla, a la Sierra de Guadarrama o a Polonia. Hay una que me gusta especialmente, en ella se ve a Linka sentada sobre la tierra con un cigarrillo sostenido entre los dedos, las piernas dobladas hacia atr&aacute;s y Carmen tumbada con medio cuerpo en el suelo y la espalda y la cabeza sobre el regazo de su amiga. Las dos sonr&iacute;en, felices, satisfechas, en una postura &iacute;ntima y relajada. La foto no est&aacute; fechada, pero por sus j&oacute;venes rostros y el escenario de la sierra, ser&iacute;an los a&ntilde;os cuarenta, cuando Laforet se mud&oacute; a Madrid y escribi&oacute; <em>Nada</em>, a los veintitantos a&ntilde;os. Hay m&aacute;s fotos de ellas dos en distintas edades de la vida, en 1966 en Cercedilla y en 1967 en Polonia, como si pudiera seguirse el hilo invisible de su amistad a trav&eacute;s de las fotograf&iacute;as.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace un par de semanas conoc&iacute; en Santander a Marta Cerezales, la hija mayor de Carmen Laforet. Hab&iacute;a ido hasta all&iacute; para promocionar mi &uacute;ltimo libro en la librer&iacute;a Gil y Marta nos iba a presentar. Confieso que, en cuanto supe que una hija de Laforet nos acompa&ntilde;ar&iacute;a, me puse muy nerviosa, se me hizo un nudo en el est&oacute;mago pensando en c&oacute;mo recibir&iacute;a ella el retrato que yo hab&iacute;a hecho de su madre en mi libro. Pero, desde el primer momento en que nos vimos en la puerta de la librer&iacute;a, Marta se entreg&oacute; cari&ntilde;osamente, cercana y humilde. Y la conversaci&oacute;n entre las tres &mdash;Marta, Ana Jar&eacute;n, la ilustradora, y yo misma&mdash; fluy&oacute; como el agua de un r&iacute;o. Marta me trajo unas p&aacute;ginas impresas con un art&iacute;culo que yo conoc&iacute;a parcialmente pero nunca hab&iacute;a le&iacute;do completo &ldquo;Carmen Laforet y la amistad&rdquo; de la investigadora norteamericana y amiga de Laforet Roberta Johnson. El art&iacute;culo hab&iacute;a sido publicado en un monogr&aacute;fico sobre la escritora que se hab&iacute;a editado en la revista gaditana <em>La Caleta</em> en 2008. Marta hab&iacute;a intentado fotocopiarme el art&iacute;culo y, como no la dejaron hacerlo, al final, encontr&oacute; el texto en otro sitio y lo imprimi&oacute; para llev&aacute;rmelo. Me pareci&oacute; un hermoso gesto, despu&eacute;s de haber le&iacute;do mi libro que versa sobre la escritura y la amistad de algunas escritoras espa&ntilde;olas entre finales del siglo XIX y mediados del XX, Marta supo que esa pieza de Johnson completar&iacute;a mi propio puzle.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aquella misma noche, ya en el hotel, despu&eacute;s de despedirnos de Marta que tuvo la generosidad de acercarnos en coche hasta la misma puerta, le&iacute; el art&iacute;culo y volv&iacute; a pensar en las fotograf&iacute;as de Carmen Laforet y Linka Babecka. No es casual que en la exposici&oacute;n del Cervantes hubiera un apartado dedicado a las amistades que la escritora mantuvo hasta el final de sus d&iacute;as. Roberta Johnson cuenta que Laforet pose&iacute;a, al menos, dos grandes dones: el de narrar y el de la amistad. Ellas se conocieron en 1976 cuando la investigadora que andaba escribiendo un libro sobre su obra, le pidi&oacute; una entrevista. Carmen Laforet viv&iacute;a por entonces en el barrio romano del Trast&eacute;vere e invit&oacute; a Roberta a visitarla. Laforet sinti&oacute; que hab&iacute;a algo en su letra manuscrita, ten&iacute;a el p&aacute;lpito de que podr&iacute;an llevarse bien. Ah&iacute; comenz&oacute; una amistad que durar&iacute;a 28 a&ntilde;os. Desde el primer momento, fue Carmen quien no dejaba de preguntarle a Roberta, como si se hubieran intercambiado los papeles, &laquo;dos mujeres que habl&aacute;bamos de nuestras vidas, opiniones, esperanzas, y temores&raquo;. Algunos a&ntilde;os despu&eacute;s, Laforet le escribir&iacute;a a Roberta: &laquo;una carta tuya siempre siempre es una verdadera alegr&iacute;a para m&iacute; porque siento tu amistad (para m&iacute; la amistad es lo m&aacute;s importante del mundo) y tienes la m&iacute;a incondicional&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        La melod&iacute;a de <em>Claro de luna</em> sigue sonando en mi habitaci&oacute;n mientras escribo, me imagino perfectamente la sonrisa de Laforet hablando con Roberta, con Linka o con Elena, y les confiesa que m&aacute;s all&aacute; de la escritura, para ella lo importante en la vida es la amistad: &laquo;En 1939, reci&eacute;n terminada la guerra civil, fui a Barcelona para estudiar en la Universidad. Encontr&eacute;&#769; la ciudad hambrienta que he descrito en <em>Nada</em>. Pero el hambre no era capaz de quitarme la alegr&iacute;a de vivir. Barcelona fue maravillosa para m&iacute;. El don de la amistad es mi riqueza como acabo de escribir aqu&iacute;&#769;. A trav&eacute;s de cada amigo descubro un mundo nuevo. Y hab&iacute;a muchos mundos que descubrir&raquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/carmen-laforet-escritura-amistad_129_10116668.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 13 Apr 2023 20:40:44 +0000]]></pubDate>
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    <item>
      <title><![CDATA[La misoginia, amigo mío]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/misoginia-amigo_129_10060789.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d1f8a97d-39b9-46c1-ae8a-2c47e0b42991_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La misoginia, amigo mío"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay una corriente misógina que suele usar sus espacios de privilegio —sobre todo, las columnas de opinión en grandes medios— para decir que cuanto las mujeres hacemos o hicimos es irrelevante, por decreto</p></div><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as tuve un <em>d&eacute;j&agrave; vu </em>leyendo una columna de Ignacio Mart&iacute;nez de Pis&oacute;n donde el autor pone en cuesti&oacute;n la recuperaci&oacute;n de la obra de Mar&iacute;a Lej&aacute;rraga: &laquo;Interesa m&aacute;s el personaje que la obra (&hellip;) su literatura, en cambio, es otro cantar. Una literatura llena de monjas piadosas, amores descarriados y buenos sentimientos, que ol&iacute;a a rancio incluso en &eacute;pocas decididamente rancias (&hellip;) Tard&oacute; poco en caer en el olvido, y las generaciones posteriores no han mostrado el menor aprecio por ella&raquo;. La rabia que me invadi&oacute; fue tan grande que me mantuvo alterada varios d&iacute;as. Sucede, a veces, que las palabras de otros tienen el poder de incomodarnos de tal manera que la reacci&oacute;n m&aacute;s inmediata de nuestro tiempo hubiera sido irme a Twitter a compartir mi furia y contagiar a otros, pero no tengo perfil en esa red y, m&aacute;s all&aacute; del primer instante fren&eacute;tico, prefiero contextualizar esas palabras, situarla en una infinita cadena de misoginia que arrastramos desde hace siglos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El art&iacute;culo de Mart&iacute;nez de Pis&oacute;n se titula &ldquo;La posteridad, amigas m&iacute;as&rdquo; y ya desde ah&iacute; salta la condescendencia y el desd&eacute;n del autor con los lectores, quiero decir, con las lectoras. Dec&iacute;a que hab&iacute;a tenido un <em>d&eacute;j&agrave; vu </em>porque el ya desaparecido Javier Mar&iacute;as hizo algo parecido en una columna de 2017, el a&ntilde;o que se celebraba el centenario de Gloria Fuertes, para cuestionar las razones de tanta conmemoraci&oacute;n. Aquella columna s&iacute; que fue muy comentada porque el autor, adem&aacute;s de sembrar dudas acerca de la val&iacute;a de Fuertes como poeta, ofrec&iacute;a una lista alternativa de autoras a las que s&iacute; hab&iacute;a que leer. En la estela del concepto de <em>mansplaining </em>que acu&ntilde;&oacute; la ensayista norteamericana Rebecca Solnit, la escritora Llucia Ramis llam&oacute; ingeniosamente a lo de Mar&iacute;as un <a href="http://www.lavanguardia.com/opinion/20170702/423834485865/la-mujer-esta-sobrevalorada.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;mariasplaining&rdquo;</a> (Mar&iacute;as explains things to me).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay una corriente mis&oacute;gina que suele usar sus espacios de privilegio &mdash;sobre todo, las columnas de opini&oacute;n en grandes medios&mdash; para decir que cuanto las mujeres hacemos o hicimos es irrelevante, por decreto. Ahora quiz&aacute; no tan radicalmente, es decir, Pis&oacute;n nos ofrece autoras alternativas que, aun estando tambi&eacute;n en la estela de las silenciadas, s&iacute; merece la pena leer como Luisa Carn&eacute;s o Concha Al&oacute;s. Ni que reivindicar a Lej&aacute;rraga impidiera hacer lo mismo con Carn&eacute;s y Al&oacute;s. Todo lo contrario. Javier Mar&iacute;as pensaba que el hecho de que algunas autoras hubieran creado en un momento tremendamente dif&iacute;cil ten&iacute;a un &laquo;gran m&eacute;rito, s&iacute;, pero eso no las convierte a todas en artistas de primera fila, que es lo que esa corriente actual pretende que sean. Es m&aacute;s, sostiene esa corriente que todas esas artistas geniales fueron deliberadamente silenciadas por la &ldquo;conspiraci&oacute;n patriarcal&rdquo;. No se les reconoci&oacute; el talento por pura misoginia&raquo;. Gloria Fuertes no era una grand&iacute;sima poeta y Mar&iacute;a Lej&aacute;rraga escrib&iacute;a piezas rancias.
    </p><p class="article-text">
        En <em>Breve historia de la misoginia, </em>la investigadora Anna Caball&eacute; viene a darnos razones para colocar a Mar&iacute;as y Pis&oacute;n en esa tradici&oacute;n intelectualmente mis&oacute;gina que &laquo;ha combatido, y sigue combatiendo, a veces con desesperaci&oacute;n digna de mejor causa, el valor de la inteligencia femenina, neg&aacute;ndole no ya el reconocimiento sino el derecho a ser considerada parte inalienable de la producci&oacute;n cultural&raquo;. Quiz&aacute; a los lectores esto le parezca un asunto peque&ntilde;o, sin importancia, pero luego nos sorprendemos pregunt&aacute;ndonos por qu&eacute; no conocemos la obra de Carmen Baroja o de Elena Fort&uacute;n o de Emilia Pardo Baz&aacute;n o de Carmen de Burgos o de Luisa Carn&eacute;s y de tantas, tant&iacute;simas, por qu&eacute; no est&aacute;n en los programas acad&eacute;micos, por qu&eacute; sigue existiendo un enorme hueco en nuestra genealog&iacute;a. La misoginia sucede desde siempre, no es ninguna conspiraci&oacute;n, es el sistema, la estructura de pensamiento imperante. Desde Emilia Pardo Baz&aacute;n a la que un cr&iacute;tico de 1891, Jos&eacute; Mar&iacute;a de Pereda, le dedicaba un art&iacute;culo que llevaba por t&iacute;tulo donde dec&iacute;a que una comez&oacute;n que &laquo;consume y devora, padece la buena de do&ntilde;a Emilia, de un tiempo ac&aacute;: la comez&oacute;n de meterse en todo, de entender de todo y de fallar en todo, como si el p&uacute;blico no pudiera pasarse sin ella un solo d&iacute;a en las columnas de los peri&oacute;dicos y en la pompa de los grandes espect&aacute;culos. Es una enfermedad como otra cualquiera&raquo;. Pasando por el historiador de la literatura Jos&eacute; Carlos Mainer, que en su ensayo <em>Tramas, libros, nombres. Para entender la literatura espa&ntilde;ola de 1944-2000 </em>(Anagrama, 2005) no considera la obra de ninguna escritora que haya publicado en la segunda mitad del siglo XX. En el a&ntilde;o 1952, por ejemplo, ignora deliberadamente <em>La isla y los demonios</em> de Carmen Laforet o <em>La sangre</em> de Elena Quiroga, que lleg&oacute; a ser acad&eacute;mica de la RAE, la propia Lej&aacute;rraga que publica en el exilio <em>Una mujer por los caminos de Espa&ntilde;a</em> o el primer libro de cuentos de Rosa Chacel, titulado <em>Sobre el pi&eacute;lago. </em>O el editor Chus Visor que en 2015 dijo alegremente en una entrevista que &laquo;la poes&iacute;a femenina en Espa&ntilde;a no est&aacute; a la altura de la otra, de la masculina, digamos, aunque tampoco es cosa de diferenciar. Desde luego, si vas a coger a las poetas desde el 98 para ac&aacute;, es decir, todo el siglo XX,&nbsp;no ves ninguna gran poeta, ninguna, comparable a lo que suponen en la novela Ana Mar&iacute;a Matute o Mart&iacute;n Gaite<strong>.</strong> No hay una poeta importante ni en el 98, ni en el 27, ni en los 50, ni hoy&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de leer la columna de Pis&oacute;n, lo que s&iacute; hice fue escribirle a Laura Hojman, directora del maravilloso documental sobre Mar&iacute;a Lej&aacute;rraga, y confesarle mi malestar. Ella estaba justo en esos momentos recogiendo la Biznaga de Plata al Mejor Documental en el Festival de cine de M&aacute;laga, y lo que me dijo fue tan hermoso y revelador que lo reproduzco aqu&iacute;: &laquo;Afirma Pis&oacute;n que las obras de Mar&iacute;a Lej&aacute;rraga atribuidas a Gregorio Mart&iacute;nez Sierra no gozaron del favor del p&uacute;blico y me extra&ntilde;a enormemente est&aacute; afirmaci&oacute;n tan desconcertante, ya que entiendo que sabe que <em>Canci&oacute;n de Cuna</em> fue una de las obras m&aacute;s representadas en su tiempo, que lleg&oacute; a estrenarse en Broadway y que se adapt&oacute; cinco veces al cine. En Hollywood y en Espa&ntilde;a, por Jos&eacute; Luis Garci, siendo la primera pel&iacute;cula espa&ntilde;ola en ser seleccionada para el festival de Sundance. 
    </p><p class="article-text">
        El mism&iacute;simo Garci cuenta c&oacute;mo qued&oacute; fascinado por aquella obra siendo tan solo un ni&ntilde;o, prometi&eacute;ndole a s&iacute; mismo que si alg&uacute;n d&iacute;a llegaba a ser director de cine, la llevar&iacute;a a la gran pantalla. Aquella obra en la que el se&ntilde;or Pis&oacute;n solo ve &ldquo;monjitas piadosas&rdquo;, revolucion&oacute; el teatro, poniendo el foco en la emoci&oacute;n y en la intimidad, en las peque&ntilde;as cosas que nos remueven por dentro, algo novedoso en un teatro que hasta entonces hablaba desde la acci&oacute;n y la &eacute;pica. Detr&aacute;s de esas monjitas hab&iacute;a una obra que hablaba de la maternidad, de los cuidados, de los deseos ocultos, de la libertad. El mism&iacute;simo Orson Welles qued&oacute; hechizado por aquella obra y quiso llevarla al cine. Pero entiendo que no es suficiente, as&iacute; que hablemos de <em>El amor brujo</em>, o de esa letra de <em>El fuego fatuo</em> que sigue cant&aacute;ndose en todos los teatros del mundo. Podr&iacute;amos hablar tambi&eacute;n de uno de nuestros primeros <em>bestseller</em>s, la novela <em>T&uacute; eres la paz</em>. Seguramente, el se&ntilde;or Mart&iacute;nez de Pis&oacute;n vea una novelilla rosa y no alcance a ver que bajo aquella trama hab&iacute;a una hermosa obra sobre la autoconciencia, que mostraba a las mujeres un camino para encontrar la paz con ellas mismas sin la necesidad de la aprobaci&oacute;n externa. Mar&iacute;a Lej&aacute;rraga siempre busc&oacute; la forma de hacer llegar estos mensajes bajo f&oacute;rmulas comerciales, el mismo hecho de firmarlas con el nombre de su marido puede interpretarse como una estrategia m&aacute;s. Pero bajo la superficie, una superficie tremendamente bella, sinuosa, evocadora, luminosa, estaba el mundo de las mujeres. Ese que a&uacute;n hoy, a ojos de algunos, sigue siendo despreciado, considerado peque&ntilde;o, menor, sin importancia. Dec&iacute;a Virginia Woolf que cuando una mujer se pon&iacute;a a escribir, deseaba convertir en serio lo que a un hombre le parec&iacute;a insignificante. Pues en esas seguiremos&raquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/misoginia-amigo_129_10060789.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Mar 2023 21:06:29 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La misoginia, amigo mío]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una semana cualquiera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/semana_129_10011369.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/99dd04b0-2947-4f7a-99d6-06a1b6d9d490_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un anciano paseando con ayuda de su cuidadora. EFE/ Eliseo Trigo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">No ocupan portadas ni protagonizan noticias a no ser que se den enormes tragedias, pero están ahí, todas estas vidas de mujeres que por pequeñas y parecidas, repetidas hasta el infinito, forman un complejo y caleidoscópico relato verdadero que merece la pena contar</p></div><p class="article-text">
        Esta no es una semana cualquiera. Las televisiones, la prensa, la radio y, sobre todo, las redes sociales se llenar&aacute;n de mujeres, de ilustraciones y fotograf&iacute;as con tonalidades viol&aacute;ceas, de mensajes combativos, en definitiva, de feminismo. Pueden pasar 360 d&iacute;as en los que ser activista feminista consiste, m&aacute;s que cualquier otra cosa, en vencer resistencias, las propias y las ajenas, en darse contra un muro una y otra vez, en poner en valor lo peque&ntilde;o, lo que, aparentemente, pasa desapercibido, en frustrarse, y en mantener conversaciones superficiales y anodinas pero tremendamente cruciales para nosotras donde intentamos convencer a cualquiera que se nos ponga delante de que no hay igualdad. Porque no la hay. Hasta una presentaci&oacute;n de un libro feminista es un buen lugar para que alguien del p&uacute;blico lance aquello de &laquo;pero hemos avanzado mucho&raquo;, &laquo;las cosas ya no son como antes&raquo;, &laquo;ahora es que lo quer&eacute;is todo, vosotras lo quer&eacute;is todo&raquo;. Pero esta semana, el feminismo ocupa otro lugar, nos hacen entrevistas a las feministas, nos invitan a ayuntamientos y universidades, nos ofrecen un min&uacute;sculo espacio para que agitemos durante una mil&eacute;sima de segundo la conciencia colectiva. Y pasado ma&ntilde;ana, volveremos a ser las pesadas, las necias, las exageradas, las que est&aacute;n divididas, las que se quedan af&oacute;nicas de decir una y otra vez sin descanso lo evidente.
    </p><p class="article-text">
        No quiero ser una aguafiestas, me encantar&iacute;a ser una de esas feministas felices de las que hablaba Chimamanda Ngozi Adichie, pero la realidad de las mujeres me parece la mayor&iacute;a del tiempo tan injusta y desoladora, que aqu&iacute; estoy de nuevo para sembrar discordia. Dec&iacute;a la escritora Jane Lazarre que la esencia y el esp&iacute;ritu del activismo feminista implica contar los relatos verdaderos para contrarrestar los relatos falsos y generalizados. Es importante que cualquier d&iacute;a del a&ntilde;o contemos los relatos verdaderos, los que a casi nadie le interesan y que estos relatos se oigan m&aacute;s que las dudas, las amenazas, el miedo y la violencia que todo lo ensombrece. Porque cada d&iacute;a del a&ntilde;o, por cada feminista incansable que desde su peque&ntilde;o lugar en el mundo &mdash;el aula de un instituto, la peluquer&iacute;a, la cocina, la mesa de camilla, una consulta m&eacute;dica, un trocito de calle, la barra de un bar&mdash; pelea y lucha y alza la voz, hay una mujer que no puede hacerlo, y una manada de gente que, de tanto grito y tanto embuste, empeque&ntilde;ece y diluye nuestro tumulto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; me sucede que tengo un particular inter&eacute;s por aquellas vidas de mujeres a las que se les presta poca atenci&oacute;n de comunes que son, no ocupan portadas ni protagonizan noticias a no ser que se den enormes tragedias, pero est&aacute;n ah&iacute;, todas estas vidas de mujeres que por peque&ntilde;as y parecidas, repetidas hasta el infinito, forman un complejo y caleidosc&oacute;pico relato verdadero que merece la pena contar. Para ellas, esta ser&aacute; una semana cualquiera: la misma carga, el mismo trabajo agotador, los cuidados, la precariedad, la vida propia en suspenso, la imposibilidad de elegir. Porque una mujer que no tiene garantizado el pan nunca podr&aacute; ser libre. Ni ella lo ser&aacute; ni sus hijos e hijas podr&aacute;n serlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Alguna vez lo he contado por aqu&iacute;: <a href="https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cuidadoras-servicio-ayuda-domicilio_129_8666288.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">mi madre es auxiliar del Servicio de Ayuda a Domicilio (SAD)</a>, una de esas mujeres precarizadas que entregan su cuerpo al cuidado de los otros. Mi madre, por su trabajo y por su propia mirada, es para m&iacute; una fuente inagotable de historias y desdicha. La mitad de nuestras conversaciones tienen que ver sobre las condiciones laborales de su profesi&oacute;n &mdash;por hablar alto y claro, ella, que trabaja siete horas y quince minutos al d&iacute;a cinco d&iacute;as a la semana cuidando a personas dependientes, apenas gana 800 euros, lejos de los 1080 del SMI&mdash;, de las mujeres que trabajan con ella y de las personas a las que cuida. Es dif&iacute;cil explicar para m&iacute; el dolor y la sensaci&oacute;n de injusticia que me embargan cuando la escucho. Ella me habla, se desahoga conmigo y yo viajo hacia mi infancia y adolescencia cuando la rabia ante las injusticias del mundo me sacud&iacute;a de tal manera y con tanta virulencia que ten&iacute;a ese pensamiento ingenuo de que con la escritura, con los relatos verdaderos, se pod&iacute;a cambiar el mundo, sin saberlo entonces, ya conceb&iacute;a la escritura como activismo feminista. 
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a que mi madre me cuenta historias, historias de mujeres an&oacute;nimas que no estar&aacute;n, seguramente, el 8M en ninguna manifestaci&oacute;n, que no parar&aacute;n de trabajar, que pasar&aacute;n el d&iacute;a como los otros 364 d&iacute;as del a&ntilde;o: cuidando, agotadas, sobreviviendo. Mi madre ser&aacute; una de ellas y tambi&eacute;n estar&aacute;n sus compa&ntilde;eras. Cuando mi madre llega a una casa nueva, a veces, si la persona que necesita los cuidados es muy dependiente, si sus familiares no est&aacute;n con ella o no pueden hacerse cargo, hay otra mujer con ella, una mujer interna que vive en la casa en condiciones de esclavitud: no tiene grilletes, pero no vive m&aacute;s all&aacute; de esas cuatro paredes, apenas libra una tarde a la semana, no se relaciona con nadie que no sea esa persona a la que cuida que, muchas veces, ni siquiera puede conversar, cobra una miseria, no est&aacute; dada de alta en la seguridad social, vive en un limbo, al borde de la vida, han dejado atr&aacute;s a sus hijos, a su familia, su pa&iacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Pienso mucho en esas mujeres, no han sido pocas, todas ellas procedentes de Latinoam&eacute;rica, de Colombia y Ecuador, sobre todo. Mi madre las considera amigas de batalla mientras comparten casa y cuidados y yo intento imaginar c&oacute;mo podr&aacute; ser sostener entre dos mujeres precarias la vida de otra mujer a la que la sociedad ha dado la espalda tambi&eacute;n. Cuando mi madre acaba su contrato temporal o cuando despiden a la mujer interna, la amistad se acaba y el relato de esa vida peque&ntilde;a y de esa lucha se queda en m&iacute;. Alg&uacute;n d&iacute;a me gustar&iacute;a ponerlos todos por escrito. Hoy me conformo con que esta semana, cuando vean unas mujeres con rostros malva en el peri&oacute;dico, cuando se crucen de camino a casa con muchachas portando pancartas en las manos, cuando alguien ponga en duda el feminismo, se acuerden de mi madre, se acuerden de todas las mujeres para las que esta semana ser&aacute; otra semana cualquiera. De todas nosotras va esto del feminismo.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/semana_129_10011369.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Mar 2023 21:49:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una semana cualquiera]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[8M]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Alcarràs]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/alcarras_129_9949659.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e426da53-b0f1-4022-bffe-9154d3dfd92f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1548y409.jpg" width="1200" height="675" alt="Alcarràs"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Alcarràs es una película política porque con algo aparentemente sencillo y cotidiano construye la historia de nuestro presente, el del nerviosismo y el frenesí que decía Ibarz, un presente donde nadie parece encontrar su sitio, ni los viejos ni los jóvenes</p><p class="subtitle">Rodrigo Sorogoyen, gran ganador de los Goya 2023: “Es injusto que 'Alcarràs' no ganara ninguno”</p></div><p class="article-text">
        Los cines son espacios para la magia. All&iacute; dentro, en la oscuridad de la sala, tan oscura como la boca de un lobo, la realidad queda suspendida. Todo aquello que perturba el esp&iacute;ritu y la vida &mdash;la prisa, el trabajo, las obligaciones familiares, el polvo que todo lo ensucia y ensombrece&mdash; no existe. Cuando entro en una sala de cine, cuando me siento y se apagan las luces, es como si estuviera en una burbuja. &iquest;No les pasa a ustedes? Me siento tan excitada, tan abierta al mundo, tan dispuesta a ver y escuchar todo lo que esa pel&iacute;cula tenga que decirme que el resto poco importa. Y si voy al cine con mi hijo, es todav&iacute;a mejor. Su inocencia, su expectaci&oacute;n infantil se me contagian y nos quedamos los dos quietos en la butaca, pasmados ante la inmensidad de la pantalla, dos estatuas de piedra presas de un hechizo hasta los t&iacute;tulos de cr&eacute;dito. Me gusta pensar que es justo en la sala de cine donde dejo el cinismo de lado y me entrego ciegamente. No hay plataforma ni televisor de infinitas pulgadas que me haga vivir algo parecido a lo que siento en la sala de un cine. Hay veces que la emoci&oacute;n es tan grande, tan grande el deseo de descubrir la historia que me han brotado l&aacute;grimas con el primer fotograma. Se me ponen unas mariposillas, unos insectillos voladores en la barriga y me tienen as&iacute; en vilo, como colgada de una tanza. Si la pel&iacute;cula, adem&aacute;s, es buena, si al verla siento que me est&aacute; hablando a m&iacute;, que me dice cosas de mi propia vida o de la gente con la que la comparto, entonces ya no soy una estatua sino un cuerpo derretido en el asiento. Todo lo que queda de m&iacute; es un charco sin forma, toda fundida y vulnerable.
    </p><p class="article-text">
        La noche que sal&iacute; de los cines Avenida de Sevilla despu&eacute;s de ver <em>Alcarr&agrave;s</em> &mdash;un anochecer c&aacute;lido de principios de mayo, con su leve brisa y el aroma a azahar todav&iacute;a en el ambiente impregnando la calle&mdash;, hab&iacute;a tanta gente en las aceras que, en mi ensimismamiento peliculero, me chocaba con unos y con otros atarantada como estaba por la historia que Carla Sim&oacute;n acababa de contarme. Recuerdo que hab&iacute;a quedado con mi hermano y su novia, que cenamos por ah&iacute; y yo hablaba atropelladamente de la pel&iacute;cula como si pudiera resumir dos horas en unas pocas palabras entusiastas. Aquellos d&iacute;as andaba leyendo el <em>Tr&iacute;ptico de la tierra</em> de Merc&egrave; Ibarz y las frases del libro se me mezclaban con lo que acababa de ver: &laquo;La jornada de trabajo en la tierra no deja de alargarse, todos los d&iacute;as del a&ntilde;o. Sale el sol y tractores, motos y coches se encienden y ya no paran, como en un hormiguero. Se acabaron los desayunos de una hora, ni en casa ni en el campo, lo mismo que las meriendas. Pero no quiero que el frenes&iacute; y nerviosismo del presente se coman la memoria y el recuerdo&hellip;&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pensaba en eso &laquo;el frenes&iacute; y el nerviosismo del presente&raquo;, las prisas, la urgencia con la que vivimos, vemos, leemos, consumimos cultura. Esas dos horas en la sala de cine me hab&iacute;an dejado aturdida, s&iacute;, pero tambi&eacute;n llena de calma. El cielo y la tierra, todo junto, el horizonte tan abierto del campo, los &aacute;rboles con sus ra&iacute;ces clavadas a la tierra como en un &oacute;leo, los melocotones, la luz col&aacute;ndose por las ramas, por los troncos, por las ventanas de esa casa en medio de la nada y en el centro de la vida de una familia que en nada se parece a la m&iacute;a pero que podr&iacute;a serlo. M&aacute;s all&aacute; del cosmos familiar, de todos los silencios y las tensiones que el cuerpo aguanta, lo que m&aacute;s me emocion&oacute; y lleg&oacute; fue el Quimet de Jordi Pujol Dolcet. Quimet era mi padre, ajado por la vida y por un trabajo feroz desde la infancia, que hab&iacute;a hecho de su cuerpo algo torpe y herido, su cuerpo era un dolor en s&iacute;, un dolor que no se acaba nunca. Las l&aacute;grimas de Quimet, l&aacute;grimas de impotencia, de soledad, de vivir en un mundo que no entiende del todo y para el que quiz&aacute; no tenga herramientas, son las de mi propio padre. <em>Alcarr&agrave;s</em> es una pel&iacute;cula pol&iacute;tica porque con algo aparentemente sencillo y cotidiano construye la historia de nuestro presente, el del nerviosismo y el frenes&iacute; que dec&iacute;a Ibarz, un presente donde nadie parece encontrar su sitio, ni los viejos ni los j&oacute;venes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n pensaba en el abuelo de esta historia y en mi propio bisabuelo, que vivi&oacute; y sufri&oacute; las represalias en la guerra, que perdi&oacute; a un compa&ntilde;ero, a muchos compa&ntilde;eros, que huy&oacute; como un fugitivo algunos a&ntilde;os y acab&oacute; en la c&aacute;rcel, historias que est&aacute;n en muchas de las casas espa&ntilde;olas, en las familias. Unas se narran en voz bajita, otras desaparecen con los muertos y algunas se cantan como en <em>Alcarr&agrave;s</em>: &laquo;Si el sol fuera un jornalero / no madrugar&iacute;a tanto / si el marqu&eacute;s tuviera que batir, / ya nos habr&iacute;amos muerto de hambre / yo no canto por la voz / ni al alba, ni al nuevo d&iacute;a / canto por un amigo m&iacute;o / que por m&iacute; ha perdido la vida&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quise escribir sobre <em>Alcarr&agrave;</em>s la primavera pasada cuando la vi, pero hab&iacute;a demasiados art&iacute;culos sobre la pel&iacute;cula, demasiadas impresiones. Ahora que han sido los Goya me apetec&iacute;a retomar el hilo y pensar en la mirada de Carla Sim&oacute;n como algo &uacute;nico, pol&iacute;tico y emocionante que habla de nosotros como individuos y como sociedad. Hay un poema de Szymborska que se llama &ldquo;La vida breve de nuestros antepasados&rdquo;<em> </em>y que me recordaba a la historia de <em>Alcarr&agrave;s</em>, a todo lo que quiere retener Sim&oacute;n en sus luminosos fotogramas, a las historias de los viejos y a las de los j&oacute;venes: &laquo;La vejez era privilegio de &aacute;rboles y piedras. / La infancia apenas duraba lo que un lobo es cachorro (&hellip;) El hijo se hac&iacute;a hombre bajo la mirada del padre. / Los ojos velados del abuelo ve&iacute;an nacer al nieto (&hellip;) No existe alegr&iacute;a sin una sombra de miedo, / y no hay desaliento sin un atisbo de esperanza. / La vida, por larga que sea, ser&aacute; siempre muy breve. / Demasiado breve para a&ntilde;adirle algo&raquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/alcarras_129_9949659.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Feb 2023 21:12:32 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Alcarràs]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Premios Goya,Carla Simón]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vida de una escritora]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/vida-escritora_129_9900043.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0ec7ed59-b0d4-4b1f-b44b-ee60ca226d71_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vida de una escritora"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando Annie Ernaux tenía apenas 32 años, antes de publicar su primer libro, ya era escritora, pero nadie lo sabía. Tenía una familia: un marido, dos hijos pequeños, una madre que vivía con ellos. Era entonces una profesora de instituto que quería ser escritora, pero que vivía encerrada en otra vida</p></div><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a me desvel&eacute; bien temprano, apenas eran las seis de la ma&ntilde;ana de un domingo de enero. A veces, sucede que, despertarse as&iacute;, m&aacute;s que un fastidio, es una oportunidad para arrancar alguna hora a la vida, al tiempo. Antes de que todos se despierten y se haga de d&iacute;a y los ruidos cotidianos y el runr&uacute;n al otro lado de las finas paredes de mi casa y la vocecilla de mi hijo lo inunden todo &mdash;el espacio y a m&iacute; misma&mdash;, me abrigu&eacute; como pude y me asom&eacute; a una ventana. Afuera todav&iacute;a era de noche, las bombillas de las farolas alumbraban la calle desierta, solo se escuchaba el lejano maullar de un gato y el correr del viento. En cualquier momento, mi hijo podr&iacute;a despertarse y ese rel&aacute;mpago de misticismo llegar&iacute;a a su fin conmigo deambulando por la casa de heladas baldosas. Ten&iacute;a mucho trabajo pendiente. Y siempre que me despierto a esa hora pienso en Sylvia Plath, que se sentaba al alba en su cocina para escribir antes de que el llanto de sus hijos rompiera el silencio. Me acord&eacute; de ella y de muchas otras escritoras que madrugaban o trasnochaban o armaban sus libros en las siestas de sus hijos. Y pens&eacute; tambi&eacute;n en Annie Ernaux y en su <em>mujer helada</em>: &laquo;Cuidar&eacute;, pasear&eacute; al cr&iacute;o. Oh qu&eacute; bonitos los domingos&hellip;&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De alguna manera, necesitaba sentirme reconfortada. El fr&iacute;o se colaba por las ventanas, comenzaba a tambalearme pensando en todo lo que podr&iacute;a hacer, en todo lo que deb&iacute;a hacer para apurar el tiempo y, en lugar de ser eso que llaman &ldquo;productiva&rdquo;, renunci&eacute; a mi propia autoexigencia y me sent&eacute; a ver el documental &ldquo;Los a&ntilde;os de s&uacute;per 8&rdquo; de Annie Ernaux y su hijo David Ernaux-Briot. El impacto de esta breve pel&iacute;cula casera fue tan fuerte que, cuando mi hijo se despert&oacute; poco despu&eacute;s de que acabara, yo segu&iacute;a sec&aacute;ndome las l&aacute;grimas y tomando notas apresuradas en mi cuaderno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando Annie Ernaux ten&iacute;a apenas 32 a&ntilde;os, antes de publicar su primer libro, ya era escritora, pero nadie lo sab&iacute;a. Ten&iacute;a una familia: un marido, dos hijos peque&ntilde;os, una madre que viv&iacute;a con ellos. Annie Ernaux era entonces una profesora de instituto que quer&iacute;a ser escritora, pero que viv&iacute;a encerrada en otra vida. Como si fuera una matrioska: una mujer dentro de otra mujer dentro de otra mujer, m&aacute;s y m&aacute;s peque&ntilde;a cada vez, en una sucesi&oacute;n infinita. Mujeres atrapadas por la tradici&oacute;n, por las expectativas sociales y por la m&iacute;stica de la feminidad. El documental est&aacute; compuesto de im&aacute;genes familiares grabadas por su marido, Philippe Ernaux, entre 1972 y 1981. Esta pel&iacute;cula muestra la intimidad de una familia, es decir, algo tan peque&ntilde;o, tan cotidiano como insignificante para la historia del mundo y de la literatura. Pero sucede que, a veces, esos peque&ntilde;os fragmentos de vida son una pieza esencial, una pieza que nos falta para comprender la vida de una escritora. Esos peque&ntilde;os, insignificantes, cotidianos momentos de vida son las entretelas, los hilos que terminan cosiendo y d&aacute;ndole sentido a la obra de una Nobel.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las im&aacute;genes se suceden: unos ni&ntilde;os que rasgan el papel de regalo la ma&ntilde;ana de Navidad, que soplan las velas de una tarta, que recorren calles y campos y saltan y juegan y miran atentamente a la c&aacute;mara como un objeto extra&ntilde;o y ex&oacute;tico. El padre de estos ni&ntilde;os apenas sale, es el ojo que registra los movimientos y los rostros, es quien sigue a Ernaux por la casa, leyendo tumbada en la cama, posando junto a su madre en la nieve o paseando por ciudades extranjeras. Los fotogramas sin sonido y de colores desva&iacute;dos son el fondo que complementa a un hermoso y emocionante texto locutado por la propia Annie Ernaux. &laquo;Es un deseo natural &mdash;nos dice&mdash; querer retener los momentos felices y las cosas bellas que se perciben en las im&aacute;genes de la primavera y el verano de 1972. Graba lo que nunca ver&aacute;s dos veces&hellip;&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La Ernaux que vemos en las im&aacute;genes, con sus vestidos setenteros y su larga melena es una mujer helada, escondida, empujada al fondo de esa matrioska y congelada ah&iacute;, justo en el centro. Una la ve y no puede evitar sentir cierto desasosiego. Ya sabemos c&oacute;mo acaba la historia: se separ&oacute;, escribi&oacute; muchos libros, recibi&oacute; el mayor reconocimiento literario. Y precisamente por eso es tan valioso el testimonio. Una Ernaux de 80 a&ntilde;os que emprende el camino de vuelta a la mujer que fue y con honestidad, sin pudor, con toda la naturalidad del mundo y con la libertad aquella de la que hablaba Virginia Woolf &mdash;&laquo;si tenemos la costumbre de la libertad y la valent&iacute;a de escribir exactamente lo que pensamos&raquo;&mdash; que se expone de esta manera como si viniera, m&aacute;s que del pasado, del futuro a advertirnos: &laquo;Detr&aacute;s de la imagen de la joven madre anodina, no puedo evitar recordar a una mujer atormentada en secreto por la necesidad de escribir y, como anot&eacute; en mi diario, &ldquo;de reunir todos los acontecimientos de mi vida en una novela, violenta y roja&rdquo;&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Annie Ernaux escrib&iacute;a en secreto. Nadie lo sab&iacute;a. Ni su marido ni su madre ni sus hijos. Era una escritora peque&ntilde;a, una escritora secreta, una impostora. En la pantalla, se ve a una Ernaux que pasea por el campo, que se asoma a una piscina, una mujer aparentemente, &iquest;feliz? Pero su voz le quita la m&aacute;scara: &laquo;En la piscina pensaba en el manuscrito terminado que esperaba en el caj&oacute;n del escritorio, esperaba que me salvase pero no sab&iacute;a de qu&eacute;&raquo;. En ese momento, a sus 32 a&ntilde;os, ten&iacute;a guardado en un caj&oacute;n el manuscrito de su primer libro <em>Los armarios vac&iacute;os</em>. Un d&iacute;a, decidi&oacute; enviar el texto a Gallimard y la editorial lo public&oacute; en la primavera de 1974. Poco despu&eacute;s, escribi&oacute; <em>La mujer helada</em> como una visionaria: la rabia de una mujer empujada al fondo de un matrimonio justo en el momento en que su matrimonio comenzaba a desintegrarse. &laquo;&iquest;Pero qu&eacute; historia se cont&oacute; en este desfile de im&aacute;genes sin m&aacute;s sonido que el crepitar del proyector?&raquo;, se pregunta Ernaux. &laquo;Se necesitaban palabras para dar sentido a este tiempo de silencio&raquo;. Las palabras de una escritora que nunca m&aacute;s volvi&oacute; a ser una mujer en silencio.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/vida-escritora_129_9900043.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Feb 2023 21:26:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Vida de una escritora]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una cáscara de nuez astillada]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cascara-nuez-astillada_129_9861393.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8ea4bbce-dfa5-4f1c-8e82-90fe5c273c68_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una cáscara de nuez astillada"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">De tan ordinario y corriente, vivir con ansiedad, con presión, con miedo se ha vuelto nuestro pan de cada día. Y así pasan los días y asumimos que esto es la vida: ir de un lado para otro sin aliento, no llegar a fin de mes, decir a todo que sí por miedo a que no vuelvan a llamarla a una</p></div><p class="article-text">
        El a&ntilde;o acaba de empezar y yo ya estoy cansada, agotada, exhausta. Llego a enero de 2023 casi hueca: la energ&iacute;a, el &aacute;nimo, la emoci&oacute;n han ido sali&eacute;ndoseme por las grietas del cuerpo y ahora soy apenas una c&aacute;scara, una c&aacute;scara de nuez con sus huequitos y los restos del fruto dentro, qu&eacute; extra&ntilde;o es sentirse as&iacute; de vac&iacute;a y, al mismo tiempo, tan pesada como si entre este cuerpo m&iacute;o y el mundo hubiera un insondable abismo, un acantilado, un precipicio por el que podr&iacute;a caer en picado. Es tan pesada la carga de las tareas pendientes y la intensidad de los cuidados siendo madre separada &mdash;que para m&iacute; es como ser madre soltera&mdash; que siento que alg&uacute;n d&iacute;a el peso de todo eso har&aacute; que se astille mi c&aacute;scara.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as, mi hijo cogi&oacute; un virus, otro virus m&aacute;s, en los &uacute;ltimos tres meses ha estado m&aacute;s d&iacute;as enfermo que sano y supongo que por eso el peso de las tareas es m&aacute;s grande, m&aacute;s intenso, casi asfixiante, porque no es que se me acumulen tareas de enero de 2023, es que todav&iacute;a tengo trabajo atrasado del &uacute;ltimo trimestre de 2022. La combinaci&oacute;n de criar a un ni&ntilde;o de cuatro a&ntilde;os siendo aut&oacute;noma y sin pareja parece algo tan corriente, tan ordinario que no ocupa portadas de peri&oacute;dicos ni tampoco columnas de opini&oacute;n. Y por supuesto, no muchas sesiones en el Congreso de los Diputados. Si acaso, el tema da para alg&uacute;n art&iacute;culo graciosillo como uno que le&iacute; el otro d&iacute;a en <em>El Pa&iacute;s</em>: &ldquo;Diez ideas para conciliar cuando tienes a tu hijo enfermo en casa&rdquo;. Entre ellas, la de verle el lado positivo al asunto: pasar m&aacute;s tiempo con los hijos, pedir comida a domicilio o pedir ayuda a la familia para que venga a cuidarte al ni&ntilde;o. Lo leo y caigo en un estado de anonadamiento entre la rabia y la l&aacute;grima.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; quienes me lean al otro lado de la pantalla, pensar&aacute;n tambi&eacute;n que esto es algo peque&ntilde;o, tan cotidiano que roza la insignificancia. &iquest;No tiene todo el mundo alguien a quien cuidar: una hija, un hijo, un padre, una abuela? &iquest;No vivimos casi todos empujados por las exigencias de un sistema econ&oacute;mico que ha hecho de nosotros peque&ntilde;as nueces huecas de fr&aacute;giles c&aacute;scaras? &iquest;Y qu&eacute;? De tan ordinario y corriente, vivir con ansiedad, con presi&oacute;n, con miedo se ha vuelto nuestro pan de cada d&iacute;a. Y as&iacute; pasan los d&iacute;as y asumimos que esto es la vida: ir de un lado para otro sin aliento, no llegar a fin de mes, decir a todo que s&iacute; por miedo a que no vuelvan a llamarla a una, contestar mails a las doce de la noche de un s&aacute;bado, escribir esta columna con mi hijo literalmente encima de m&iacute;. Siempre que tengo a mi hijo sobre mi cuerpo &mdash;subido a mi espalda, tumbado en mi barriga, sentado en mis piernas mientras tecleo&mdash; me acuerdo de una cosa que escribi&oacute; Marguerite Duras en <em>La vida material</em> sobre lo que implica ser madre: &laquo;En la maternidad, la mujer entrega el cuerpo a su hijo o a sus hijos, &eacute;stos se ponen encima de ella como sobre una colina, o como en un jard&iacute;n, se la comen, le dan golpecitos, se duermen encima y ella se deja&raquo;. Justo as&iacute; me siento mientras escribo estas l&iacute;neas: una colina, un vasto jard&iacute;n, un trozo de tierra. Cualquier cosa menos una mujer que escribe. Al final, el futuro, mi proyecci&oacute;n en &eacute;l, las aspiraciones de una est&aacute;n sujetas a la vulnerabilidad, a la fragilidad de los cuerpos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Solo en los mejores momentos del d&iacute;a, justo antes de dormir, cuando me tumbo al lado de mi hijo y su pausada respiraci&oacute;n me calma, en ese preciso momento, donde todo es silencio y por la ventana se ve un cielo negro con titilantes y lejanos puntitos de luz, el cuerpo se relaja, al fin, y estoy tan vac&iacute;a como siempre pero no peso, soy una pluma que baja desde el cielo, desprendida de las alas de un gorrioncito curioso, soy yo, &iexcl;soy una pluma! y aunque me entretengo un segundo en hacer la lista mental de todas las tareas del d&iacute;a siguiente&hellip; &iexcl;plaf! se me cierran los ojos y el sue&ntilde;o me posee en un segundo y creo que voy a dormir del tir&oacute;n, pero una patada de mi hijo me despierta de golpe y la noche es oscura, tan oscura que parece que he perdido la vista y me quedo as&iacute; con los ojos abiertos y entonces, no quiero, pero mi mente se pone a buscar el archivo de la lista mental que estaba haciendo, una lista que parece no acabarse nunca, a veces, en la madrugada, cuando empieza a clarear y mis ojos recuperan su mirada y vislumbro las sombras de cojines por el suelo y libros y construcciones de Lego que confundo con criaturas monstruosas, me vuelvo a dormir, apenas media hora, una hora antes de despertar definitivamente otro d&iacute;a m&aacute;s donde me mover&eacute; de un lado a otro con una aut&oacute;mata y me tragar&eacute; un polvor&oacute;n rancio sin masticar para mitigar el vac&iacute;o de esta c&aacute;scara que soy, tan vac&iacute;a y tan pesada al mismo tiempo.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; hablo de m&iacute;, supongo que hablo de m&iacute;, pero s&eacute; que estoy hablando de millones de personas que conviven cada d&iacute;a con la imposibilidad de cuidar y ganarse la vida. Fantaseo con la idea de una columna infinita que fuese una sucesi&oacute;n de mon&oacute;logos: uno detr&aacute;s de otro, el soliloquio de cada una de las personas que en este pa&iacute;s se sienten abandonadas por una sociedad que da la espalda a los cuidados, que promueve la sumisi&oacute;n laboral, una sociedad donde la gente se ve arrastrada por la corriente del hacer y el acumular. Siempre que me veo as&iacute;, sepultada por el trabajo pendiente, angustiada por la crianza y terriblemente sola, pienso en <em>Fr&aacute;giles</em>, el ensayo donde Remedios Zafra reflexiona sobre el sentido de lo que hacemos y la naturalizaci&oacute;n de la ansiedad como da&ntilde;o colateral del que vive y trabaja. Zafra reflexiona sobre las &ldquo;quinientas s&aacute;banas&rdquo;. Una s&aacute;bana es algo liviano, ligero, como una pluma, &iquest;qu&eacute; pasar&iacute;a si alguien tuviera encima una, dos, tres, cien, doscientas, quinientas s&aacute;banas? Ya no ser&iacute;an tan leves: cada s&aacute;bana representa una tarea, un encargo, una &ldquo;oportunidad de trabajo&rdquo; que no se puede rechazar ni dejar para otro d&iacute;a. Aquellos que conviven con las quinientas s&aacute;banas sobre su cuerpo, han construido una cueva bajo las telas con el suficiente aire para vivir, &laquo;una vida vivible o m&iacute;nimamente vivible en la que recibe mensajes que le recuerdan lo afortunado que es por tener tantas s&aacute;banas a las que podr&iacute;a llamar (y no llama) trabajo&raquo;. Y la vida, eso que llamamos vida, consistir&aacute; en resistir el peso de las quinientas s&aacute;banas hasta que todo pase o hasta que la c&aacute;scara acabe por romperse del todo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/cascara-nuez-astillada_129_9861393.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Jan 2023 21:35:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una cáscara de nuez astillada]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que importa es la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/importa-vida_129_9776599.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/85b0acd2-b6d5-4ea1-879b-7701b6766650_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que importa es la vida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Carmen Castilla, además de estudiar en Madrid en una época en la que pocas mujeres podían hacerlo, consiguió una beca de intercambio en una universidad norteamericana</p></div><p class="article-text">
        Le doy vueltas a este espacio quincenal cada d&iacute;a hasta que decido sobre lo que voy a escribir y, entonces, le doy vueltas al tema y voy armando las frases y los p&aacute;rrafos en la cabeza hasta que me siento a teclear. La mayor&iacute;a de las veces, todo aquello sobre lo que quiero escribir no interesa a mucha gente, no est&aacute; en el centro del debate que toque esa semana. No es actualidad propiamente. Otras veces, decido escribir sobre actualidad y los art&iacute;culos se publican con algunos d&iacute;as de retraso y mi opini&oacute;n se pierde en un mar de art&iacute;culos sobre lo mismo. No es una cuesti&oacute;n balad&iacute;: me tomo este espacio con respeto y con amor y por eso escribo de lo que me mueve y me conmueve. La memoria es uno de esos temas. Hace algunos meses, mientras investigaba para mi pr&oacute;ximo proyecto, descubr&iacute; el diario de una muchacha que estuvo en la Residencia de Se&ntilde;oritas de Madrid. La chica se llamaba Carmen Castilla y, adem&aacute;s de estudiar en Madrid en una &eacute;poca en la que pocas mujeres pod&iacute;an hacerlo, consigui&oacute; una beca de intercambio en una universidad norteamericana. Por falta de espacio, tuve que dejar su historia fuera del libro, pero no pude quit&aacute;rmela de la cabeza. Algo tan peque&ntilde;o como el diario de un a&ntilde;o de vida de una muchacha de veintitantos a&ntilde;os en los a&ntilde;os veinte en Estados Unidos me parece que contiene la vida entera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La Residencia de Se&ntilde;oritas de Madrid ten&iacute;a un convenio de intercambio con el Smith College: las j&oacute;venes estudiantes ven&iacute;an de Estados Unidos a Espa&ntilde;a a ense&ntilde;ar ingl&eacute;s y estudiaban y se alojaban en la Residencia de Se&ntilde;oritas y las espa&ntilde;olas iban como <em>teaching fellows</em> hasta Massachusetts y estudiaban algunas asignaturas. Carmen Castilla estudi&oacute; en la Residencia de Se&ntilde;oritas desde el a&ntilde;o de su apertura, 1915, hasta 1920. Y escribi&oacute; un diario durante su estancia en el Smith College, un diario que se edit&oacute;, por primera vez, noventa a&ntilde;os despu&eacute;s de que fuera escrito. El diario, junto a un &aacute;lbum fotogr&aacute;fico, lo conserv&oacute; durante todo ese tiempo una de sus sobrinas, Mar&iacute;a Rosa Quintana Castilla. Sus palabras emocionadas, las fotograf&iacute;as con sus compa&ntilde;eras en los jardines del <em>college</em>, me hicieron acordarme de mis a&ntilde;os como estudiante en el extranjero. El mismo horizonte de posibilidades abierto al mundo, los sue&ntilde;os todav&iacute;a por estrenar. Volvi&oacute; de Estados Unidos y tras dar vueltas por varias provincias, sac&oacute; una plaza de inspectora de primera ense&ntilde;anza en Madrid en 1932. Y en ese puesto estuvo hasta finales de la Guerra Civil.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las notas se inician el 28 de agosto de 1921 en San Sebasti&aacute;n, donde comienza un periplo en tren que la llevar&aacute; hasta Amberes y, una vez all&iacute;, al Cantigny, un buque de la armada americana. Cuando lleg&oacute; al puerto de Nueva York y vio la ciudad por primera vez escribi&oacute;: &laquo;de d&iacute;a aparecen los edificios sombr&iacute;os, las fachadas tan oscuras que parece est&eacute;n sucias. De noche, sin embargo, la animaci&oacute;n y el efecto es curios&iacute;simo. Centenares de anuncios el&eacute;ctricos, de combinaciones muy caprichosas parecen derrochar luz y aplastar al p&uacute;blico&raquo;. Carmen ten&iacute;a 26 a&ntilde;os. Durante un par de semanas, visit&oacute; lugares emblem&aacute;ticos de la ciudad y se reencontr&oacute; con compa&ntilde;eras norteamericanas que hab&iacute;a conocido en la Residencia de Se&ntilde;oritas. El 26 de septiembre lleg&oacute;, por fin, a Northampton. Su habitaci&oacute;n propia &mdash;Virginia Woolf todav&iacute;a no hab&iacute;a escrito su ensayo, pero la Residencia de Se&ntilde;oritas y los <em>colleges</em> norteamericanos ya ofrec&iacute;an un espacio &uacute;nico para el desarrollo de la vida interior de las muchachas&mdash; le pareci&oacute; peque&ntilde;a y la llen&oacute; de libros y flores silvestres.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El diario est&aacute; cargado de anotaciones risue&ntilde;as y detalles sobre su estancia. Es emocionante ver c&oacute;mo su manera de escribir la hace revivir a trav&eacute;s del tiempo, como si estuviera presente, viva todav&iacute;a. Sobre su comprensi&oacute;n del ingl&eacute;s, ironiza a prop&oacute;sito de una obra que fue a ver: &laquo;&iexcl;La ignorancia es muy atrevida! He ido con otras muchachas a ver representar <em>El mercader de Venecia</em>. &iquest;Entender? Palabras sueltas que no ten&iacute;an ning&uacute;n significado&raquo;. En una de las &uacute;ltimas entradas, el 8 de marzo de 1922, Carmen apunt&oacute; que estaba tan cansada de asistir a clases durante toda la ma&ntilde;ana que, por la tarde, su esp&iacute;ritu y el cuerpo le ped&iacute;an otra cosa. Se iba a caminar por los jardines de Paradise Pond y a asombrarse con las formas que los bloques de hielo dibujaban sobre el agua. &laquo;El aroma, el colorido y la belleza de las flores que en Plant House se pod&iacute;an apreciar serv&iacute;a de sedante a mis nervios, que no s&eacute; por qu&eacute; estaban tan excitados&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ella no lo sab&iacute;a entonces, nadie pod&iacute;a saberlo en 1922, pero algunos a&ntilde;os despu&eacute;s, vendr&iacute;a la Guerra Civil y con ella, muchas de sus expectativas y de sus sue&ntilde;os quedar&iacute;an destrozados, paralizados. Su marido, Emilio &Aacute;lvarez Cot, fue asesinado y a ella la detuvieron y la metieron en la c&aacute;rcel de mujeres de Ventas. Cuenta el investigador Santiago L&oacute;pez-R&iacute;os en la introducci&oacute;n al diario, que Carmen Castilla fue juzgada en un consejo de guerra el 13 de enero de 1940 por su afiliaci&oacute;n al Sindicato de Trabajadores de Ense&ntilde;anza y al Partido Socialista y se la acus&oacute; tambi&eacute;n de exhibir su ideolog&iacute;a pol&iacute;tica en su puesto de trabajo por &laquo;organizar expediciones de ni&ntilde;os evacuados durante la contienda&raquo;. Nunca m&aacute;s pudo ejercer de inspectora en Madrid, solo a partir de 1947 se le permiti&oacute; volver a trabajar en las provincias.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En 1955, cuando la Residencia de Se&ntilde;oritas ya estaba bajo el mando de la Secci&oacute;n Femenina como el Colegio Mayor Santa Teresa, le pidieron un escrito para una publicaci&oacute;n que conmemoraba la apertura de la Residencia. Como si hubiera sido ayer mismo, Carmen Castilla escribi&oacute; con la memoria intacta que, cuando lleg&oacute; de San Sebasti&aacute;n a la calle Fortuny, n&uacute;mero 53, era primavera y &laquo;en el jard&iacute;n florec&iacute;an las glicinias, lilas y celindas y una figura de mujer, delicada de mirada profunda e inteligente, cuya sonrisa invitaba a la cordialidad y a estrechar sus manos cuidadas y expresivas, de fr&iacute;o adem&aacute;n &mdash;hablaban como sus ojos&mdash;, discurr&iacute;a por aquel encantador lugar&raquo;. La mujer de la que hablaba Castilla era Mar&iacute;a de Maeztu, inspiradora y precursora de esa habitaci&oacute;n propia de la que habl&oacute; Woolf algunos a&ntilde;os despu&eacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los diarios, las cartas, las memorias, los apuntes y pensamientos de todos aquellos y aquellas que se han sentado a escribir son un valioso testimonio de la vida. Nadie podr&aacute; decir lo contrario por muy insignificantes que puedan parecer las anotaciones de una veintea&ntilde;era que pasea por unos jardines en Northampton. Precisamente en lo peque&ntilde;o, en lo cotidiano, en los personajes secundarios de la historia est&aacute; la riqueza porque con todos ellos se conforma el puzle completo de nuestra memoria. Anna Caball&eacute; se preguntaba hace algunos a&ntilde;os &mdash;y de ah&iacute; que la palabra &ldquo;hombre&rdquo; quede tan extra&ntilde;a e inexacta para describir la vida de cualquiera&mdash; que &laquo;si a la vida de un hombre y a su memoria le amputas todo aquello que tenga un car&aacute;cter &iacute;ntimo, personal, sentimental y econ&oacute;mico, la pregunta es: &iquest;qu&eacute; queda de ese hombre? &iquest;Sigue siendo un hombre o es una simple estructura intelectual? &iquest;Qu&eacute; es entonces lo que se presume que el lector puede leer y comprender de ese hombre despu&eacute;s de un vaciado tan fenomenal? &iquest;El intercambio de algunas referencias bibliogr&aacute;ficas? &ldquo;Lo que importa es la vida&rdquo;, dec&iacute;a Montaigne&raquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/importa-vida_129_9776599.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 13 Dec 2022 21:01:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Lo que importa es la vida]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La mirada de Amalia Avia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mirada-amalia-avia_129_9744880.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5e970553-8ad2-4d8d-b485-f6d57f96eabe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La mirada de Amalia Avia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Me acordé de Edward Hopper cuando miraba los cuadros de Amalia Avia, el estilo no tiene nada que ver, tampoco el trazo ni los colores, pero hay cierta voluntad de registrar el alma humana, la soledad de la ciudad, el vacío de los espacios cuando la gente está en otra parte
</p></div><p class="article-text">
        La lluvia me empapa el abrigo de pa&ntilde;o negro y los zapatos. Camino r&aacute;pido, cada vez m&aacute;s r&aacute;pido, desde la estaci&oacute;n de Atocha hasta la calle Alcal&aacute;. En realidad, vengo desde lejos, he atravesado parte de la pen&iacute;nsula a la velocidad del AVE para pasar apenas unas horas en Madrid por trabajo y, en un peque&ntilde;o hueco de tiempo, me asomo a la Sala Alcal&aacute; 31 o, lo que es lo mismo, a la mirada de Amalia Avia. Desde septiembre y hasta enero puede verse una interesante retrospectiva de la pintora, algo que no suced&iacute;a en Madrid desde su &uacute;ltima exposici&oacute;n antol&oacute;gica en 1997. Bajo el t&iacute;tulo de &ldquo;El Jap&oacute;n en Los &Aacute;ngeles. Los archivos de Amalia Avia&rdquo;, la muestra, comisariada por Estrella de Diego, re&uacute;ne m&aacute;s de un centenar de sus obras. Para m&iacute; era una oportunidad &uacute;nica. Le&iacute; con asombro hace ya algunos a&ntilde;os sus memorias <em>De puertas adentro</em> y, desde entonces, he querido ver de cerca sus obras, conocer m&aacute;s sobre su proceso art&iacute;stico, saber c&oacute;mo lo hizo: pintar as&iacute;, registrar lo cotidiano con esa profundidad y ser madre de cuatro hijos. Siempre me han interesado los nudos entre el crear y el criar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Amalia Avia naci&oacute; en 1930 en Santa Cruz de la Zarza, un pueblo de Toledo. Viaj&oacute; mucho, pas&oacute; temporadas en el extranjero y, sobre todo, vivi&oacute; y pint&oacute; en Madrid. Su marido fue el pintor Lucio Mu&ntilde;oz. Sus amigos, los pintores Antonio L&oacute;pez, Mar&iacute;a Moreno, Esperanza Parada, Julio L&oacute;pez o Isabel Quintanilla. Un d&iacute;a de 1980, mientras com&iacute;a con su familia en su casa, se levant&oacute; a por algo, su pie se enganch&oacute; con una pata de la silla y cay&oacute; al suelo. Tuvo que pasar varios meses de reposo y, en ese tiempo, postrada en la cama como estaba, sin poder incorporarse para pintar como hasta entonces, se lanz&oacute; a escribir su vida tal y como la recordaba. As&iacute; la conoc&iacute; yo, buscando memorias, vidas de otras mujeres que se hubieran lanzado a crear y hubieran sobrevivido como artistas a las convenciones y presiones del g&eacute;nero: &laquo;Ahora ya, no sin cierta verg&uuml;enza, dejo ver lo que ha sido mi vida de puertas adentro. Una vida, desde luego, llena de puertas: las puertas de las casas que ve&iacute;a y cuyo interior siempre quer&iacute;a conocer, las puertas de las tiendas y de los garajes que no me he cansado de pintar,&nbsp;las&nbsp;puertas de tantas casas donde he vivido, las puertas de las habitaciones que tristemente fueron clausur&aacute;ndose en la casa de mi madre, o en fin, todas las puertas que, espero que por mucho tiempo, a&uacute;n me quedan por rebasar&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Entro en la sala con urgencia, chorreando, atravesada por el fr&iacute;o del Madrid oto&ntilde;al que a la gente del sur se nos antoja tan feroz. Y la veo a ella, sentada en una silla con las piernas cruzadas, encorvada sobre un trozo de tela blanca, con las manos sobre el hilo y la aguja entre puntadas. Amalia Avia se asoma a un enorme ventanal de Salzburgo y no mira hacia afuera, sino a lo que tiene entre las manos. Es una mujer que pinta, pero en este autorretrato es una mujer que cose y tira del hilo de la creaci&oacute;n. Me hizo acordarme de la mujer ventanera de Carmen Mart&iacute;n Gaite, de su madre siempre cosiendo entre visillos. Y no es casual verla con la labor de costura sobre las piernas pues ella misma cuenta en sus memorias que, cuando dej&oacute; el colegio porque nadie estudiaba en el pueblo, cambi&oacute; los estudios por el cesto de costura y ese empe&ntilde;o que puso, esa entrega, puede verse en este autorretrato de 1960. La infancia que coincidi&oacute; con la guerra y la posguerra fue, como para tantos otros ni&ntilde;os de la guerra, un per&iacute;odo oscuro, dif&iacute;cil: &laquo;Empec&eacute; a poner el mismo empe&ntilde;o, la misma entrega en las vainicas y festones, punto de cruz, bodoques, ojetes, punto de incrustaci&oacute;n, punto matizado, arenillas y realces. Hab&iacute;a que llenar las largas horas del invierno con algo, ya no ten&iacute;a edad de jugar&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La sala est&aacute; llena de grupos de personas que visitan la exposici&oacute;n con la audiogu&iacute;a en la oreja. Yo voy sola, en silencio, observando los cuadros y a la gente que los mira a su vez. Apenas hay gente en la pintura de Amalia Avia, sino puertas, fachadas, el paso del tiempo concentrado en un cachito de la ciudad, una estampa que ya solo existe en sus cuadros. Me asombran los colores, la oscuridad, el detalle. De repente, me encuentro de frente con un paso de cebra que acabo de cruzar apenas veinte minutos antes, cerca del Ministerio de Agricultura. La ciudad que veo no es la misma y s&iacute; lo es: unos pocos coches cruzan la avenida, algunos peatones est&aacute;n en la acera, el sem&aacute;foro en rojo les impide atravesar la calle y llueve en el cuadro, llueve en 1988 tal y como llueve hoy en Madrid. Es como si pudiera o&iacute;r la ciudad con solo mirar esta pieza. Los &aacute;rboles son casi los mismos, sus mismas ramas, las pocas hojillas amarillentas que cuelgan se parecen tanto a las que acabo de ver que Amalia Avia me hace viajar desde la familiaridad a la extra&ntilde;eza en tan solo un parpadeo. En una entrevista que dio a Eva Asencio Casta&ntilde;eda en 2003, lleg&oacute; a decir que pintaba lo que no pod&iacute;a fotografiar. Sus compa&ntilde;eros realistas, Antonio L&oacute;pez, por ejemplo, se plantaban en la Gran V&iacute;a y pintaban bajo un farol durante horas, pero ella era distinta, su manera de mirar era &uacute;nica, &uacute;nica su manera de pintar: &laquo;Uso la fotograf&iacute;a &uacute;nicamente como modelo. Si son temas de Madrid, hago una fotograf&iacute;a y luego me acerco varias veces a ver el lugar mientras lo pinto&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sal&iacute; de all&iacute; con ganas de quedarme en esa sala para siempre. Me pasa a veces cuando estoy en una sala llena de gente mirando cuadros: siento una intimidad distinta no solo con la obra del artista sino conmigo misma. Es algo tan placentero que no quiero que se acabe. Supongo que por eso colecciono cat&aacute;logos de exposiciones. No es lo mismo, pero los cuadros de Amalia Avia encerrados entre las tapas de un libro me permiten seguir prolongando ese encuentro en el caf&eacute; despu&eacute;s de salir de la exposici&oacute;n, en el viaje de vuelta, en el sill&oacute;n en mi casa. Entre las p&aacute;ginas del cat&aacute;logo hay varios textos que merecen la pena, como el que le dedica Estrella de Diego donde se pregunta algo que nos hemos preguntado tantas veces sobre muchas artistas pero que en el caso de Amalia Avia se antoja m&aacute;s apremiante: &laquo;&iquest;Qu&eacute; hacer, pues, con Amalia Avia, que tiene su sitio preasignado en el relato de la historia del arte? A veces parece que, si bien fue muy reconocida en su vida, como otras mujeres artistas &mdash;desde Sofonisba Anguissola hasta Gentileschi o Rosa Bonheur&mdash;, al final, y a juzgar por el largo silencio que la rode&oacute; durante a&ntilde;os &mdash;desde el a&ntilde;o 1997 no ha tenido una antol&oacute;gica en Madrid, su ciudad fetiche&mdash;, fue doblemente olvidada como &ldquo;mujer pintora&rdquo; primero y como &ldquo;pintora realista&rdquo; despu&eacute;s, cuando las artistas empezaron a ser rescatadas desde la cr&iacute;tica de g&eacute;nero&raquo;. Me acord&eacute; de Edward Hopper cuando miraba los cuadros de Amalia Avia, el estilo no tiene nada que ver, tampoco el trazo ni los colores, pero hay cierta voluntad de registrar el alma humana, la soledad de la ciudad, el vac&iacute;o de los espacios cuando la gente est&aacute; en otra parte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno de los hijos de Amalia Avia, Rodrigo Mu&ntilde;oz Avia, que escribi&oacute; un hermoso retrato de sus padres en <em>La casa de los pintores</em>, recuerda a su madre pintando y eso me emociona, que tus hijos te recuerden haciendo lo que m&aacute;s amas y tambi&eacute;n am&aacute;ndolos a ellos: &laquo;Pint&oacute; siempre, cada d&iacute;a, durante muchas horas. La pintura era su trabajo, pero tambi&eacute;n su pulsi&oacute;n, la expresi&oacute;n de algo que solo ve&iacute;a ella, m&aacute;s all&aacute; del cors&eacute; al que las convenciones y la inercia podr&iacute;an haberla llevado&raquo;. Como escritora y madre, pienso algunos d&iacute;as en lo que recordar&aacute; mi hijo de su infancia, y me pregunto c&oacute;mo me ver&aacute;, si pensar&aacute; que la escritura le rob&oacute; ratos conmigo. Esa culpa supongo que la arrastramos todas las madres, pero la creaci&oacute;n es algo tan poco tangible, a veces, sin horarios, que complica m&aacute;s si cabe la crianza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cierro la tapa del cat&aacute;logo, ya en Sevilla, y me encuentro con un retrato de Amalia Avia pintando y mirando a la c&aacute;mara, con la camisa llena de gotitas y el pincel en la mano izquierda &mdash;era zurda&mdash;, con el pelo despeinado. Se la ve feliz.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/mirada-amalia-avia_129_9744880.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Nov 2022 21:00:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La mirada de Amalia Avia]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La era del ecoblanqueo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/ecoblanqueo_129_9692298.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0c1f9681-a02a-433a-897e-1e5ebb88a7cc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La era del ecoblanqueo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Qué se puede hacer? ¿Qué podemos hacer? A mí me aterra la posibilidad de que el sistema económico que tenemos nos lleve al colapso climático. El 1% más rico de la población mundial es responsable de más del doble de la contaminación por carbono producida por las personas de la mitad más pobre de la humanidad</p></div><p class="article-text">
        Estos d&iacute;as se celebra en Egipto la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Clim&aacute;tico de 2022 (COP27). Es curioso ver c&oacute;mo se ha elegido para esta cumbre un pa&iacute;s tan restrictivo y que no garantiza los derechos humanos. Ser&aacute; mucho m&aacute;s dif&iacute;cil protestar, salirse de la agenda marcada, lo que es toda una ventaja para la organizaci&oacute;n. Eso de tener que lidiar con muchachas que imitan a la Thunberg o que tiran sopa de tomate procesada al aire, no encaja del todo con lo que tiene que ser una cumbre clim&aacute;tica. No me imagino a los hom&oacute;logos egipcios de Greta Thunberg o Joanna Sustento haciendo sentadas con sus pancartas durante los doce d&iacute;as que dura el evento a las puertas del Tonino Lamborghini Centro Internacional de Convenciones de Sharm El Sheikh. Acabar&iacute;an en la c&aacute;rcel como el activista egipcio Alaa Abd El-Fattah.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo segundo que me llama la atenci&oacute;n es que uno de los patrocinadores del evento sea Coca-Cola, la empresa que m&aacute;s pl&aacute;stico genera del mundo. A esto, Greta Thunberg lo llama &ldquo;ecoblanqueo&rdquo;. Acabo de descubrir el t&eacute;rmino y me parece tan atinado que pienso incorporarlo a mi propio vocabulario y usarlo cada vez que pueda. Ecoblanqueo. Ecoblanqueo. Ecoblanqueo. En el excelente ensayo colectivo <em>El libro del clima</em> (Lumen, 2022), la propia Thunberg explica que &laquo;esta es la era de la comunicaci&oacute;n, en la que lo que se dice logra tener m&aacute;s peso que lo que se hace. Por ese motivo hoy tan tantos pa&iacute;ses productores de combustibles f&oacute;siles y grandes emisores de carbono que se llaman a s&iacute; mismos &ldquo;l&iacute;deres clim&aacute;ticos&rdquo;, aunque no implementan ninguna pol&iacute;tica cre&iacute;ble de mitigaci&oacute;n del clima. Estamos en era de la gran maquinaria del ecoblanqueo&raquo;. He le&iacute;do este ensayo entre la fascinaci&oacute;n, la ignorancia y el terror: a pesar de llevar m&aacute;s o menos veinte a&ntilde;os interes&aacute;ndome por el cambio clim&aacute;tico, leyendo todo lo que encuentro, ni siquiera alcanzo a imaginar el panorama catastr&oacute;fico que se nos presenta y la desidia de nuestros gobernantes.
    </p><p class="article-text">
        En la era de la comunicaci&oacute;n tiene m&aacute;s peso lo que se dice que lo que se hace, por eso estos d&iacute;as los &ldquo;grandes l&iacute;deres clim&aacute;ticos&rdquo; de nuestro mundo se sentar&aacute;n a hacer promesas que no ser&aacute;n m&aacute;s que papel mojado. Los &ldquo;grandes l&iacute;deres clim&aacute;ticos&rdquo; estrechar&aacute;n la mano de los &ldquo;grandes l&iacute;deres del capitalismo&rdquo;. Pongo un ejemplo: esto es lo que tiene que decir Michael Goltzman, vicepresidente global de Pol&iacute;ticas P&uacute;blicas y Sostenibilidad de The Coca-Cola, sobre la COP27 y la emergencia clim&aacute;tica: &laquo;Sabemos que los desaf&iacute;os globales como los desechos pl&aacute;sticos, la administraci&oacute;n del agua y el cambio clim&aacute;tico son demasiado grandes para que un solo gobierno, empresa o industria los resuelva individualmente. COP27 nos brinda la oportunidad de continuar interactuando con expertos, organizaciones sin fines de lucro, la industria y los gobiernos para apoyar acciones hacia un cambio sostenible en toda nuestra cadena de valor&raquo;. Coca-Cola produce en torno a un&nbsp;10% de los envases pl&aacute;sticos se desperdician en el planeta, m&aacute;s o menos&nbsp;tres millones de toneladas. Ecoblanqueo.
    </p><p class="article-text">
        A m&iacute; el tema del calentamiento del planeta me quita el sue&ntilde;o. Es algo que me preocupa tanto como llegar a fin de mes o la salud de mi familia. Es una realidad tan palpable en nuestra cotidianidad que sorprende ver la poca importancia que tiene en la agenda pol&iacute;tica cuando muchas de las cuestiones que nos preocupan est&aacute;n ligadas al futuro clim&aacute;tico. Dec&iacute;a que el libro de Thunberg es interesante porque ofrece una mirada m&uacute;ltiple adem&aacute;s de muchos datos. Como lo que se dice es m&aacute;s importante que lo que se hace en nuestra era, aqu&iacute; van unos cuantos datos del Informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Clim&aacute;tico (IPCC), el mayor grupo de expertos que existe sobre el tema para tenerlos presentes:
    </p><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Desde 1850 hasta 2021, las temperaturas globales medias han aumentado aproximadamente en 1,2 &deg;C.&nbsp;</li>
                                    <li>Las advertencias sobre emisiones de efecto invernadero empezaron a hacerse en los 80 y 90, pero desde 1991 se ha emitido m&aacute;s di&oacute;xido de carbono (CO2) que en el resto de la historia de la humanidad.&nbsp;</li>
                                    <li>&nbsp;La idea es limitar el aumento de temperatura del planeta a 1,5 &deg;C, pero seg&uacute;n los c&aacute;lculos del IPCC, al ritmo actual de emisiones, esta cifra se superar&aacute; antes de 2030.</li>
                                    <li>Hay pa&iacute;ses much&iacute;simo m&aacute;s responsables que otros. EE. UU. emite 420,0 GtCO2 y China, cuyo presidente no asistir&aacute; a la cumbre, emite 241,8.&nbsp;</li>
                                    <li>A pesar de que en 2015 la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses (195) se comprometieron con el Acuerdo de Par&iacute;s para limitar el calentamiento global a 2 grados m&aacute;ximo, a 1,5, idealmente, el IPCC estima que en 2100 se alcanzar&aacute;n los 3,2 grados.&nbsp;</li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; se puede hacer? &iquest;Qu&eacute; podemos hacer? A m&iacute; me aterra la posibilidad de que el sistema econ&oacute;mico que tenemos nos lleve al colapso clim&aacute;tico. El 1% m&aacute;s rico de la poblaci&oacute;n mundial es responsable de m&aacute;s del doble de la contaminaci&oacute;n por carbono producida por las personas de la mitad m&aacute;s pobre de la humanidad. O lo que es lo mismo: 19 millones de ciudadanos estadounidenses o cuatro millones de ciudadanos chinos son mucho m&aacute;s responsables de lo que est&aacute; ocurriendo que mi vecino Eloy, que tiene un huerto y se mueve en bicicleta. El 50% m&aacute;s pobre es responsable de solo un 7% del total de emisiones por el consumo del estilo de vida. Y, seguramente, a ellos les afectar&aacute; m&aacute;s el cambio clim&aacute;tico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Nos falta informaci&oacute;n? &iquest;Perspectiva? &iquest;Capacidad de acci&oacute;n? Thunberg dice que &laquo;si la historia del mundo se redujera a un solo a&ntilde;o, la Revoluci&oacute;n Industrial habr&iacute;a ocurrido m&aacute;s o menos un segundo y medio antes de la medianoche, en la v&iacute;spera de A&ntilde;o Nuevo. En ese segundo y medio hemos talado la mitad de los &aacute;rboles del planeta, acabado con dos tercios de la fauna y la flora silvestres y llenado los oc&eacute;anos de pl&aacute;stico, adem&aacute;s de iniciar una posible extinci&oacute;n en masa y cat&aacute;strofe clim&aacute;tica&raquo;. Y aun as&iacute;, por imposible que resulta siquiera concebirlo, la mayor&iacute;a de la gente no tiene conciencia plena de lo que est&aacute; sucediendo y a otra gente parece importarle poco.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me interesan mucho las reflexiones que se hacen desde la intersecci&oacute;n entre el brutal y monstruoso sistema econ&oacute;mico que sostenemos y que est&aacute; destroz&aacute;ndonos la vida y la salud y la crisis clim&aacute;tica: a pesar de los datos y las pruebas, lo que sabemos que hay que hacer para bajar las emisiones y no seguir incrementando la temperatura de la tierra entra en conflicto con el estilo de vida del norte global.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En <em>El libro del clima</em>, la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes imagina lo que podr&iacute;an preguntarse los historiadores del futuro: &iquest;Por qu&eacute; la humanidad no actu&oacute; para frenar la crisis clim&aacute;tica si hac&iacute;a d&eacute;cadas que se sab&iacute;a lo que estaba pasando? Y responde as&iacute;: &laquo;Una buena parte de la respuesta ser&aacute; la historia de negaci&oacute;n y oscurantismo de la industria de los combustibles f&oacute;siles, y las formas en que las personas con poder y privilegios se negaron a reconocer que el cambio clim&aacute;tico era un s&iacute;ntoma de un sistema econ&oacute;mico que ya no serv&iacute;a&raquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/ecoblanqueo_129_9692298.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Nov 2022 21:20:08 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La era del ecoblanqueo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aprender a cazar en el colegio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/aprender-cazar-colegio_129_9654190.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f0ea46b1-9bcf-46e2-8b4c-45becda71713_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aprender a cazar en el colegio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace cuatro años, cuando Vox entró en el Parlamento andaluz, se empezó a hablar de que estaba presionando a sus socios de Gobierno, por entonces, PP y Ciudadanos, para introducir como contenido en los programas educativos la caza. Y no ha sido hasta este curso cuando se ha comenzado a ofrecer</p><p class="subtitle">La fiebre por cazar codornices en España acaba en inundación de aves invasoras</p></div><p class="article-text">
        Una ni&ntilde;a sostiene una escopeta entre las manos, el arma es gigantesca, casi tan grande como su propio cuerpo. La ni&ntilde;a asoma el ojo por la mira y apunta no sabemos a qu&eacute; o a qui&eacute;n, pero el objetivo de la pr&aacute;ctica es familiarizarse con el arma, perderle el miedo, hacerla una parte m&aacute;s del cuerpo, una prolongaci&oacute;n del mismo. A m&iacute; la imagen me impacta y perturba. No estamos en Estados Unidos; la fotograf&iacute;a es de Alange, un pueblecito de Badajoz de menos de dos mil habitantes donde los ni&ntilde;os reciben en la escuela contenidos de caza. Algo que lleva haci&eacute;ndose seis a&ntilde;os en Extremadura sin que nadie parezca poner remedio, sin esc&aacute;ndalo &mdash;al fin y al cabo, nadie mira hacia los m&aacute;rgenes de este pa&iacute;s&mdash;, se acaba de implantar en los colegios de primaria andaluces con una naturalidad pasmosa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El programa de la Consejer&iacute;a de Educaci&oacute;n se llama 'Huellas: vivir y sentir el paisaje natural' y, si se leen la descripci&oacute;n y los objetivos, nadie dir&iacute;a que van a ense&ntilde;ar a los ni&ntilde;os a cazar; es m&aacute;s, la palabra &ldquo;caza&rdquo; no aparece y tampoco aparece qui&eacute;n est&aacute; detr&aacute;s del dise&ntilde;o de este programa que han elegido 90 colegios andaluces: la Federaci&oacute;n Andaluza de Caza (FAC). La FAC, que est&aacute; en contra de la Ley de Derechos de los Animales como cab&iacute;a esperar, hace un listado en su web de algunas de las actividades del programa 'Huellas': &ldquo;rastreo de animales mediante sus huellas, exhibiciones de tiro con arco y cetrer&iacute;a, talleres de tenencia responsable y adiestramiento b&aacute;sico de perros que desarrollan labores auxiliares (caza, pastoreo&hellip;), recuperaci&oacute;n de gastronom&iacute;a perdida y uso de alimentos como memoria gastron&oacute;mica, puesta en valor de la carne de caza como recurso natural sostenible, an&aacute;lisis de la evoluci&oacute;n del entorno natural y urbano del municipio donde se aplique el proyecto o iniciaci&oacute;n a t&eacute;cnicas de supervivencia en el medio natural&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hace cuatro a&ntilde;os, cuando Vox entr&oacute; en el Parlamento andaluz, se empez&oacute; a hablar de que este partido de extrema derecha estaba presionando a sus socios de Gobierno, por entonces PP y Ciudadanos, para introducir como contenido en los programas educativos la caza. Los presupuestos de 2019 ya inclu&iacute;an partidas para &ldquo;Actividades complementarias sobre actividad cineg&eacute;tica&rdquo;. Y no ha sido hasta este curso cuando se ha comenzado a ofrecer el programa. Mar&iacute;a Nuevo, que es la coordinadora del proyecto de la FAC, argumenta que &ldquo;lejos de lo que pueda pensarse, no se trata de formar en materia de caza, ni adoctrinar en relaci&oacute;n a la actividad cineg&eacute;tica: &uacute;nicamente tratamos de acercar la naturaleza a los ni&ntilde;os, mejorar el contacto con ella, que conozcan los aprovechamientos naturales y sostenibles del monte y que tengan argumentos y criterios propios para juzgar&rdquo;. Es asombrosa la capacidad del lenguaje para camuflar la realidad, para disfrazarla. A matar animales con escopetas se le llama &ldquo;aprovechamiento sostenible del monte&rdquo;. Adoctrinar sobre caza a ni&ntilde;os y ni&ntilde;as de entre cinco y doce a&ntilde;os es darles &ldquo;argumentos y criterios propios para juzgar&rdquo;. En su declaraci&oacute;n, Mar&iacute;a Nuevo matizaba que los ni&ntilde;os no ver&iacute;an ni armas ni presas, al menos en este curso: &ldquo;Si tu hijo es anticaza, que lo sea, pero siendo formado en la naturaleza y sus aprovechamientos. Si los ni&ntilde;os no van al campo no pueden entenderlo&rdquo;. &iquest;Qu&eacute; es ser &ldquo;anticaza&rdquo;?, me pregunto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Muchas veces, en las ma&ntilde;anas de domingo, ve&iacute;a cuando era peque&ntilde;a, en mi pueblo, a algunos vecinos subirse en sus todoterrenos vestidos enteramente de verde oscuro y con escopetas al hombro. A veces, iban acompa&ntilde;ados por perros y por otros hombres vestidos de la misma manera. O incluso por sus hijos peque&ntilde;os, ni&ntilde;os y adolescentes, siempre hijos, nunca hijas. Yo no sab&iacute;a bien cu&aacute;les eran las razones de ese atuendo ni de ese ritual que se repet&iacute;a cada fin de semana, quiz&aacute; por eso preguntaba, siempre andaba preguntando, y me entraba la curiosidad por saber ad&oacute;nde ir&iacute;an disfrazados as&iacute;, por qu&eacute; llevaban armas. Cuando lo supe, cuando supe que aquellos hombres se sub&iacute;an a sus coches para ir al monte y a los campos a matar animales, me sobrecogi&oacute; la naturalidad con la que emprend&iacute;an su tarea dominguera. Parec&iacute;a algo normal que los hombres fueran a cazar, al menos a nadie le llegaba a extra&ntilde;ar aquello tanto como a m&iacute;. Aunque ning&uacute;n hombre de mi familia lo hiciera. Por un momento, mientras ve&iacute;a a aquellos vecinos subirse a sus enormes coches casi siempre tan verdes como sus ropas, los imaginaba escondidos tras la maleza, con la escopeta extendida y la mira clavada en un conejillo que saltaba entre los matorrales, con el dedo apretando el gatillo y el coraz&oacute;n latiendo a mil por hora. La escena se me antojaba peliculera, rid&iacute;cula, primitiva.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Iba por el campo con mi abuelo y ve&iacute;a a ambos lados del sendero unas vallas met&aacute;licas donde pod&iacute;a leerse en un cartel &ldquo;Coto privado de caza&rdquo;. De ni&ntilde;a, pensaba que aquellas alambradas nos proteg&iacute;an de los lobos, de animales salvajes capaces de comernos como el lobo que se comi&oacute; a Caperucita. Me parec&iacute;a absurdo que el campo fuera tan grande, que se extendieran ante m&iacute; &aacute;rboles y prados y que solo pudiera verlos a trav&eacute;s de la alambrada. Y un d&iacute;a me explic&oacute; mi abuelo que el campo estaba hecho cachitos, que no era de todo el mundo, que la gente rica ten&iacute;a hect&aacute;reas y hect&aacute;reas de tierra y pod&iacute;an cazar en esas parcelas y explotar la tierra y que, entre un lado y otro del camino, nosotros solo pod&iacute;amos andar por el trocito de en medio, de tierra y pedruscos y peque&ntilde;as margaritas silvestres en su linde. Cada fin de semana, pu&ntilde;ados de hombres de todo el pa&iacute;s se camuflan de verde, se agazapan silenciosos entre los arbustos, y pasan las horas de ocio disparando a ciervos, jabal&iacute;es, aves, a cualquier animal que se les ponga por delante.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La caza era entonces, y es ahora, matar animales. La caza tambi&eacute;n es ense&ntilde;ar al hijo a sostener el arma, a apuntar, a matar. Es un conocimiento heredado de los hombres a sus hijos y de estos a los suyos. Una generaci&oacute;n ense&ntilde;ando a otra a ejercer la violencia. Siempre ser&aacute; eso: matar por gusto, por placer, porque se puede. &iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a si este programa se extendiera m&aacute;s all&aacute; de los m&aacute;rgenes de Andaluc&iacute;a y Extremadura? &iquest;Si pasara a ser oferta educativa en todo el territorio promovido por un gobierno de extrema derecha? Una sociedad que da la espalda a los animales, que promueve la violencia, el uso de las armas y, en definitiva, que da alas al sufrimiento en lugar de trabajar la empat&iacute;a, los cuidados y el amor &mdash;hacia las personas, los animales, las plantas, hacia lo diferente&mdash;, es una sociedad que condena su futuro y el de las generaciones que est&aacute;n por venir.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/aprender-cazar-colegio_129_9654190.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 25 Oct 2022 21:02:42 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Aprender a cazar en el colegio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Caza,Niños,Andalucía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una pieza más del puzle de Elena Fortún]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/pieza-puzle-elena-fortun_129_9614611.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/60d08e26-653e-4122-b2bf-367cfc291287_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una pieza más del puzle de Elena Fortún"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Entre los celiadictos hay lectores, sí, pero también investigadoras que han empleado parte de su carrera académica en indagar en los senderos de la vida y la obra de Encarnación Aragoneses</p></div><p class="article-text">
        Hace apenas unos d&iacute;as, el viernes pasado, mientras Annie Ernaux recib&iacute;a el Premio Nobel de Literatura y todos los medios se volcaban con la noticia, una mujer venida desde Argentina entreg&oacute; unas cartas al archivo personal de Elena Fort&uacute;n que est&aacute; en la Biblioteca Regional de Madrid. Fue un acto peque&ntilde;o, apenas quince testigos, todas mujeres, todas <em>celiadictas</em>. Para los lectores que no lo sepan, <em>celiadicto</em> o <em>celiadicta</em> es toda aquella persona fascinada con Celia, el personaje infantil que cre&oacute; la escritora Elena Fort&uacute;n. Entre los <em>celiadictos</em> hay lectores, s&iacute;, pero tambi&eacute;n investigadoras que han empleado parte de su carrera acad&eacute;mica en indagar en los senderos de la vida y la obra de Encarnaci&oacute;n Aragoneses. La mujer que entreg&oacute; aquellas cartas se llamaba Alicia Field y es sobrina de In&eacute;s Field, una de las mejores amigas de Fort&uacute;n y compa&ntilde;era de vida en su exilio argentino.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El viernes pasado, yo era una de esas personas que celebraban el premio a Ernaux y se sentaban a escribir un art&iacute;culo sobre su obra. Quer&iacute;a que mi pr&oacute;xima columna hablara sobre ella y lo mucho que me apasionan sus libros, pero, entonces, llam&eacute; a una amiga para saber c&oacute;mo estaba y ella me cont&oacute; la visita de Alicia Field. Mi amiga es Christina Linares, editora de Renacimiento, que ha propiciado la recuperaci&oacute;n del legado de Elena Fort&uacute;n. He dedicado el &uacute;ltimo a&ntilde;o de mi vida a investigar, leer y escribir sobre parte de esa generaci&oacute;n de mujeres a la que pertenec&iacute;a Elena Fort&uacute;n y, aun as&iacute;, todav&iacute;a hay datos que se me escapan, hay piezas que faltan. Pens&eacute; que se hab&iacute;an escrito muchos art&iacute;culos sobre Ernaux y ninguno sobre Alicia Field y aqu&iacute; estoy para contarles una peque&ntilde;a historia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La primera vez que o&iacute; hablar de la vida de Elena Fort&uacute;n m&aacute;s all&aacute; de Celia fue en una conferencia de Carmen Mart&iacute;n Gaite que encontr&eacute; en su libro <em>Pido la palabra</em>. Mart&iacute;n Gaite era una <em>celiadicta</em>. En 1987 comenz&oacute; a investigar sobre Fort&uacute;n para una conferencia que le hab&iacute;an pedido en la Biblioteca Nacional. Aquel mismo a&ntilde;o, la editorial Aguilar (la encargada de publicar todos los vol&uacute;menes de Celia) acababa de editar por primera vez <em>Celia en la revoluci&oacute;n</em>. Mart&iacute;n Gaite recuerda c&oacute;mo, a principios de los a&ntilde;os cuarenta, le pregunt&oacute; a su padre por qu&eacute; hab&iacute;an dejado de publicarse las historias de Celia. &laquo;No s&eacute;&raquo;, le dijo, &laquo;supongo que le pillar&iacute;a en zona republicana (mi padre nunca dec&iacute;a zona &ldquo;roja&rdquo;), y se habr&aacute; exiliado, como han tenido que hacer muchos escritores&raquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente, otra <em>celiadicta</em>, Marisol Dorao, qued&oacute; tan asombrada de ni&ntilde;a con que Celia, una chiquilla como ella, protagonizara un libro, que no perdi&oacute; nunca esa capacidad de asombro y dedic&oacute; su vida entera a reconstruir la de Fort&uacute;n. Es autora de <em>Los mil sue&ntilde;os de Elena Fort&uacute;n</em>, la &uacute;nica biograf&iacute;a que existe sobre ella. Marisol Dorao comenz&oacute; su periplo por los archivos del <em>Abc</em> y continu&oacute; en la editorial Aguilar hasta dar con Ana Mar&iacute;a Hug de Gorbea, la mujer de Luis, &uacute;nico hijo vivo de Fort&uacute;n. Ana Mar&iacute;a viv&iacute;a en Estados Unidos y hasta all&iacute; se fue Dorao aprovechando que ten&iacute;a que dar una conferencia en la Universidad de Wake Forest en Carolina del Norte. Ella le asegur&oacute; que ser&iacute;a imposible escribir una biograf&iacute;a de su suegra porque todas las personas que la conocieron ya estaban muertas y le entreg&oacute; un gran bolso de viaje lleno de papeles. Dorao hizo todo el viaje de vuelta en avi&oacute;n abrazada al bolso y, cuando lleg&oacute; a Espa&ntilde;a, encontr&oacute; &laquo;papeles sueltos, borradores, cuadernos con retazos de diarios personales, recortes de peri&oacute;dicos, peri&oacute;dicos completos con cientos de art&iacute;culos suyos, cuadernitos de direcciones, dos novelas (en las que se observaban ciertos rasgos de lesbianismo) escritas a m&aacute;quina con tinta morada y encuadernadas&hellip; y lo m&aacute;s maravilloso de todo fue una carpeta con cuartillas, amarillas ya por el tiempo, donde estaba escrito, a mano y a l&aacute;piz, el texto completo de <em>Celia en la revoluci&oacute;n</em>&raquo;. A m&iacute; la historia me parece apasionante, detectivesca y fiel reflejo de la dif&iacute;cil tarea que supone todav&iacute;a reconstruir nuestra historia m&aacute;s reciente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ana Mar&iacute;a se equivocaba: todav&iacute;a hab&iacute;a algunas personas vivas que conocieron a Fort&uacute;n. El mismo d&iacute;a que se erigi&oacute; un monumento de Elena Fort&uacute;n con Celia en el Parque del Oeste, Marisol se encontr&oacute; con su amiga Carmen Bravo Vilasante que le cont&oacute; que hab&iacute;a recibido una carta de una argentina llamada In&eacute;s Field habl&aacute;ndole de su amistad con Fort&uacute;n y anim&aacute;ndola a escribir una biograf&iacute;a. Carmen le confes&oacute; a Marisol que no estaba en sus planes, pero le pas&oacute; el testigo. Lo siguiente que hizo Marisol fue irse a Buenos Aires a conocer a In&eacute;s Field. Y se ocup&oacute; de rescatar su obra hasta que comenz&oacute; a perder la memoria y ya no pudo seguir tirando del hilo <em>fortuniano</em>. Y entonces, como si el hilo no se acabara nunca, las investigadoras Mar&iacute;a Jes&uacute;s Fraga y Nuria Capdevila-Arg&uuml;elles &mdash;otras dos <em>celiadicta</em>s&mdash; cogieron el testigo de Dorao y continuaron su labor.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a, Nuria Capdevila se puso a indagar en p&aacute;ginas de &aacute;rboles geneal&oacute;gicos y en directorios y contact&oacute; por Facebook con una mujer que se apellidaba Field de Buenos Aires. Buscaba descendientes de In&eacute;s Field y as&iacute; lleg&oacute; a Enriqueta Field, hermana de In&eacute;s y a Alicia, su sobrina. Alicia hab&iacute;a sido nombrada depositaria de los papeles de la familia y conservaba las cartas que Elena escribi&oacute; a su t&iacute;a In&eacute;s. Aquellas cartas se publicaron en dos vol&uacute;menes en Renacimiento en 2020.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Alicia Field quer&iacute;a que las cartas de Elena estuvieran junto al resto de sus papeles y decidi&oacute; venir a Espa&ntilde;a a entregarlas ella misma el pasado viernes 6 de octubre. Christina Linares me cont&oacute; que hab&iacute;a cartas tan finas y fr&aacute;giles como el papel de fumar, tanto a m&aacute;quina como manuscritas y que apareci&oacute; la &uacute;ltima carta que Elena escribi&oacute; en su vida, doblada en un cuaderno de In&eacute;s. Adem&aacute;s de las cartas, Alicia ten&iacute;a un total de cincuenta cuartillas que In&eacute;s escribi&oacute; en 1953, al a&ntilde;o de morir su amiga Elena para el librito de Carmen Bravo Villasante. En ellas, In&eacute;s contaba que le prest&oacute; a Elena en un momento de bloqueo art&iacute;stico las cartas que ella misma hab&iacute;a escrito a su madre con veinte a&ntilde;os cuando fue con su padre a Yacuiba, ciudad boliviana en la frontera con Argentina, donde ejerci&oacute; como institutriz. Lo que no se sab&iacute;a es que Elena no solo se hab&iacute;a inspirado en estas cartas, sino que hab&iacute;a copiado fragmentos enteros de ellas en <em>Celia institutriz en Am&eacute;rica</em>. Alicia cont&oacute; en ese acto que su t&iacute;a In&eacute;s estuvo muy dolida al ver que su amiga hizo algo m&aacute;s que inspirarse, y que le dio poca importancia al asunto. Ella pensaba que tal vez un d&iacute;a podr&iacute;a publicar las cartas que hab&iacute;a mandado durante d&iacute;as y d&iacute;as a su madre en su periplo boliviano. De todas las cartas tan solo se conservan dos de ellas, escritas en 1918. Si una toma las cartas y las compara con un par de cap&iacute;tulos del libro &mdash;mi amiga me las hizo llegar escaneadas&mdash; se ve que los di&aacute;logos que In&eacute;s reproduc&iacute;a para su madre en un intento por acercarla a sus vivencias son pr&aacute;cticamente los mismos que Elena Fort&uacute;n escribi&oacute; en <em>Celia institutriz en Am&eacute;rica</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute; este episodio no est&eacute; a la altura de un Nobel, pero es una pieza m&aacute;s en el puzle de Elena Fort&uacute;n que nos acerca a comprender su vida y su obra. Y as&iacute; tambi&eacute;n poder entender nuestra propia genealog&iacute;a literaria tan fragmentada y rota.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/pieza-puzle-elena-fortun_129_9614611.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 11 Oct 2022 20:44:45 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una pieza más del puzle de Elena Fortún]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La madre estupenda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/madre-estupenda_129_9574374.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2ed56a44-e863-4551-98b0-91c785efc6e7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La madre estupenda"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Otro hijo Kardashian en el mundo, otra famosa más invisibilizando la realidad del posparto. La imagen se repite en mis redes sociales, se reproduce una vez tras otra en diferentes perfiles y, entonces, más allá del perfecto rostro de la mujer embutida en un impoluto chándal blanco, me paro a leer y descubro el escándalo: es un bebé comprado</p><p class="subtitle">Loli y Paco</p></div><p class="article-text">
        Lo primero que veo es la fotograf&iacute;a de una mujer que se parece a una de las hermanas Kardashian con un beb&eacute; reci&eacute;n nacido en los brazos en una cama de hospital. Todo es tan blanco, tan limpio. El rostro de la mujer es hermoso: maquillaje perfecto, cejas perfiladas, eyeliner, labios rosados, una media sonrisa feliz. El beb&eacute; envuelto en su mantita como un burrito, con las carnes rojitas, reci&eacute;n salido del vientre. Todo es tan blanco, tan limpio, tan puro, que parece medido al mil&iacute;metro, una peque&ntilde;a ficci&oacute;n. Otro hijo Kardashian en el mundo, pienso, otra famosa m&aacute;s invisibilizando la realidad del posparto. La imagen se repite en mis redes sociales, se reproduce una vez tras otra en diferentes perfiles y, entonces, m&aacute;s all&aacute; del perfecto rostro de la mujer embutida en un impoluto ch&aacute;ndal blanco, me paro a leer y descubro el esc&aacute;ndalo: es un beb&eacute; comprado. 
    </p><p class="article-text">
        Toda esa naturalidad era fingida, al fin, un fingimiento pactado, totalmente ficticio. La imagen es una captura de un v&iacute;deo donde, ahora lo s&eacute;, Khlo&eacute; Kardashian habla con su hermana Kim que la est&aacute; grabando para su <em>reality</em> <em>Las Kardashian</em>. En Estados Unidos, el alquiler de vientres &mdash;solo con escribirlo tiemblo, es como estar en una distop&iacute;a de Margaret Atwood&mdash; es legal. Khlo&eacute; est&aacute; haciendo algo completamente natural all&iacute;: sostener a su beb&eacute; en brazos mientras su hermana graba el momento para la posteridad. La imagen se viraliza, cruza un oc&eacute;ano de bytes y llega hasta Espa&ntilde;a donde no es una pr&aacute;ctica legal, aunque miles de parejas decidan hacerlo en otros pa&iacute;ses como Ucrania &mdash;all&iacute; los vientres de alquiler son un aut&eacute;ntico negocio&mdash; o Estados Unidos. 
    </p><p class="article-text">
        Todo ten&iacute;a que ser blanco, las s&aacute;banas y el atuendo y hasta el rostro de la madre estupenda con sus p&oacute;mulos brillantes y aclarados por los polvos del maquillaje. Podemos ver que detr&aacute;s de esa captura hab&iacute;a un peluquero, un maquillador, un equipo de grabaci&oacute;n, pero nada se sabe de la mujer que trajo al beb&eacute; que sostiene la Kardashian entre los brazos. No hay cuerpo ni rostro desencajado de dolor. No hay sangre. Y sigo leyendo, no dejo de darle vueltas a la fotograf&iacute;a, pienso en la otra mujer, la madre invisible. Antes de que el beb&eacute; nazca, las hermanas tienen una conversaci&oacute;n delante de las c&aacute;maras: &laquo;Cuando llegue el beb&eacute;, ser&aacute; una bendici&oacute;n, pero el proceso de espera&hellip; esta mierda apesta&raquo;, le dice Khlo&eacute; a Kim. Y ella le confiesa, poni&eacute;ndose en su lugar pues, de sus cuatro hijos, dos han sido comprados: &ldquo;Creo que es como una sensaci&oacute;n de distanciamiento porque cuando tienes un ni&ntilde;o subrogado, t&uacute; no sientes el dolor, no sientes el movimiento del ni&ntilde;o&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Me imagino este momento en la vida de todas esas madres y padres estupendos que pagan cientos de miles de euros o d&oacute;lares a una agencia para que les consiga un beb&eacute; como quien compra un coche de lujo. El capitalismo favorece que el deseo de algunos est&eacute; por encima de los derechos humanos. Si es legal, dir&aacute;n por ah&iacute;, no hay nada de malo en ello. Poco sabemos de la realidad econ&oacute;mica de esas mujeres que se hormonan, gestan y paren a un hijo que nunca criar&aacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Kim recoge a su hermana porque &ldquo;la madre gestante&rdquo; se ha puesto de parto antes de tiempo y la lleva al hospital. Una ma&ntilde;ana est&aacute; sentada en el sof&aacute; y a las dos horas, tiene un beb&eacute; nuevecito en los brazos. Ni siquiera se ha arrugado el ch&aacute;ndal. Llegan a la habitaci&oacute;n y Kim se graba en el espejo del ba&ntilde;o: &ldquo;&iexcl;Hola! Estamos teniendo un beb&eacute;&rdquo;. &ldquo;Empuja. M&aacute;s fuerte&rdquo;, se oye decir al personal m&eacute;dico. El beb&eacute; nace, lo envuelven y lo colocan sobre la madre estupenda. El relato de este parto es m&aacute;s escalofriante que el que imagin&oacute; Atwood en <em>El cuento de la criada</em>. Todos los actores interpretan su papel con tanta naturalidad que no hay lugar para la culpa o la duda moral. La criada ni siquiera es una secundaria en esta historia. 
    </p><p class="article-text">
        En el pr&oacute;logo de <em>El cuento de la criada</em>, Margaret Atwood escribe que naci&oacute; en 1939 y que, por tanto, su conciencia se form&oacute; durante la Segunda Guerra Mundial. Desde muy peque&ntilde;a supo que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la ma&ntilde;ana. &ldquo;Los cambios pueden ser r&aacute;pidos como el rayo&rdquo;, dice. &ldquo;No se pod&iacute;a confiar en la frase: 'Esto aqu&iacute; no puede pasar'. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar&rdquo;. La Rep&uacute;blica de Gilead que cre&oacute; Atwood se alza hoy en nuestro mundo sobre los fundamentos del capitalismo. La protagonista de su historia es an&oacute;nima, nunca se llega a conocer su nombre, simplemente se la llama Offred (compuesto por el nombre de un hombre 'Fred' y el prefijo que denota posesi&oacute;n 'de'). Cuando le preguntan a Atwood por qu&eacute;, ella lo tiene claro: &ldquo;A lo largo de la historia mucha gente ha visto su nombre cambiado o simplemente ha desaparecido de la vista&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Se acaba el cap&iacute;tulo y la madre que acaba de parir, la madre invisible, est&aacute; en otra habitaci&oacute;n, en otra cama, imagino, con las s&aacute;banas manchadas, con el cuerpo dolorido, desgarrada quiz&aacute;, sola. Una madre an&oacute;nima. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/madre-estupenda_129_9574374.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 27 Sep 2022 21:23:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La madre estupenda]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Loli y Paco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/loli-paco_129_9554239.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4cd03433-30b7-42fa-a0a0-57be72858d69_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Loli y Paco"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En estos meses en el centro de Sevilla, he tenido varias veces la sensación de que se está convirtiendo en una ciudad hecha para los turistas y para los ricos. ¿Es algo que solo siento yo?</p></div><p class="article-text">
        Este &uacute;ltimo a&ntilde;o he vivido con mi hijo en un peque&ntilde;o apartamento en el centro de Sevilla. El edificio que nos ha dado cobijo, situado en una hermosa plaza empedrada y llena de naranjos, tiene apenas tres plantas y, de las siete viviendas que hay, solo est&aacute;n ocupadas cuatro. Cuando nos mudamos a finales del pasado oto&ntilde;o, una semana fr&iacute;a y lluviosa como pocas en Sevilla, todo era silencio, parec&iacute;a un bloque fantasma con sus gruesos muros de piedra y sus hormiguitas recorriendo las paredes desde una punta a otra. La sensaci&oacute;n de estar en un pueblo m&aacute;s que en el centro de una ciudad tan agitada y viva como esta se acrecentaba cada vez que o&iacute;amos el toque de las campanas de la iglesia vecina a las horas en punto y a las y media. Tard&eacute; algunos d&iacute;as en cruzarme con los vecinos del &aacute;tico, una pareja de octogenarios que lleva siete a&ntilde;os en el edificio. Loli cumple ochenta y un a&ntilde;os en unas semanas y Paco tiene ochenta y cuatro. A lo largo de estos diez meses hemos hablado tantas veces, bueno, he hablado sobre todo con Loli porque Paco es algo taciturno y siempre lleva un cigarrillo entre los dedos y la comisura de los labios, que les he cogido afecto. Desde fuera, podr&iacute;a parecer que han sido ellos los que se han aferrado a m&iacute;, los que me han pedido alg&uacute;n peque&ntilde;ito favor o han alargado las conversaciones con la voluntad de sentirse menos solos aunque fuera por un ratito. Pero ha sido justo al rev&eacute;s. Una madre que se muda con su hijo de dos a&ntilde;os a un edificio como este, sin amigas cerca, sin familia en la ciudad, sin red ni tribu, necesita crear cualquier tipo de v&iacute;nculo por ef&iacute;mero y fr&aacute;gil que sea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; de una manera un tanto arrolladora, sal&iacute;a de una relaci&oacute;n infernal, me sent&iacute;a nueva, abierta al mundo, y necesitaba dejar salir las palabras como a chorros, tanto tiempo callando me hab&iacute;a vuelto un tanto expansiva. Algunas ma&ntilde;anas, mientras mi hijo estaba en el colegio, sub&iacute;a a tender a la azotea y all&iacute; me encontraba a Loli estirando sus s&aacute;banas blancas, blanqu&iacute;simas en los cordeles. Lo que iban a ser apenas diez minutos se convert&iacute;a en media hora, una hora intentando armar el rompecabezas de nuestras vidas. Yo no llegaba a entender por qu&eacute; se hab&iacute;an mudado a un espacio tan peque&ntilde;o, apenas cincuenta metros cuadrados, con una cocina min&uacute;scula, en un &aacute;tico fr&iacute;o en invierno y asfixiante en verano, con tantas escaleras. Antes, ellos viv&iacute;an en una casita de barrio, con geranios en las ventanas, con las vecinas de toda la vida, pero hace ocho a&ntilde;os tuvieron que irse de all&iacute; y el dinero solo les dio para alquilar esto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Loli y Paco estaban solos, se ten&iacute;an el uno al otro, supongo, pero se ve&iacute;a que Loli necesitaba hablar, contarse, tanto silencio termina por hacer que las personas se vuelvan borrosas. Los visitaba una hija muy de vez en cuando, no ten&iacute;an amistades cerca, estaban m&aacute;s solos que yo. Todos los que viv&iacute;amos en ese edificio est&aacute;bamos solos en verdad, peque&ntilde;as islas en un oc&eacute;ano de gente: la chica del bajo que se pasa el d&iacute;a fuera trabajando y con la que apenas he cruzado dos palabras, el se&ntilde;or del segundo que trabaja de noche y duerme de d&iacute;a, Loli y Paco y mi ni&ntilde;o y yo. Poco despu&eacute;s de que yo me mudara, una pareja joven compr&oacute; uno de los pisos vac&iacute;os, el primero, y lo convirti&oacute; en un piso tur&iacute;stico. Y entonces, todo se volvi&oacute; m&aacute;s ruidoso, m&aacute;s sucio, m&aacute;s extra&ntilde;o, menos &iacute;ntimo. La gente entraba y sal&iacute;a, gente distinta cada d&iacute;a, gente que dejaba la puerta del edificio abierta, que llenaba de colillas la azotea, que llamaba a tu timbre sin querer a las tres de la ma&ntilde;ana haci&eacute;ndote part&iacute;cipe de sus madrugadas insomnes y sus querencias extranjeras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as, cuando sub&iacute; a contarles a Loli y Paco que me mudaba al pueblo con mi hijo, vi cierta tristeza en la cara de Loli, se le apag&oacute; la mirada. Pero tambi&eacute;n se alegr&oacute; de que pudiera irme cerca de mis padres y me confes&oacute; que iba a echarme de menos, igual que echa de menos al muchacho que viv&iacute;a antes en el piso de abajo, el que ahora es un apartamento tur&iacute;stico y que tanta ayuda les prestaba. Muchas veces, tumbada en la cama, he pensado en ellos, en su soledad, no es un pensamiento caprichoso porque la propia Loli me ha confesado m&aacute;s de una vez que, en su antiguo barrio, ten&iacute;a a sus amigas cerca, que las vecinas se visitaban unas a otras por las tardes, que nunca estaban solos del todo. Y ahora la com&iacute;a la pena, el silencio, la soledad y la precariedad. Detr&aacute;s de estos nombres, dos vidas an&oacute;nimas que parecen importar poco al mundo, se esconde una realidad terriblemente cruel y com&uacute;n: una pareja de jubilados empobrecidos y solos en una ciudad cada vez m&aacute;s invivible. En estos meses en el centro de Sevilla, he tenido varias veces la sensaci&oacute;n de que se est&aacute; convirtiendo en una ciudad hecha para los turistas y para los ricos. &iquest;Es algo que solo siento yo?
    </p><p class="article-text">
        El otro d&iacute;a, Loli me cont&oacute; que no sab&iacute;a hasta cu&aacute;ndo podr&iacute;an seguir pagando los setecientos euros que les cuesta el piso, m&aacute;s los gastos del agua y la luz y la compra que, debido a sus problemas en las piernas, ten&iacute;a que hacer en el supermercado m&aacute;s cercano a la plaza, una cadena con precios abusivos pensados para las hordas de turistas que paran en &eacute;l a comprar cualquier cosa desde las ocho de la ma&ntilde;ana a las once de la noche.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay cierta sensaci&oacute;n de hartazgo e injusticia que se va haciendo m&aacute;s y m&aacute;s profunda en m&iacute;, un malestar que me ha horadado entera. &iquest;No les pasa a ustedes? Esas cosas que pueden parecer peque&ntilde;as pero que condicionan nuestra cotidianidad &mdash;la barra de pan que ha subido30 c&eacute;ntimos en medio a&ntilde;o, el litro de leche a 90 c&eacute;ntimos, la luz cada vez m&aacute;s cara, el centro de salud sin citas presenciales, la falta de red, de tejido social&mdash;y que vuelven la vida m&aacute;s dif&iacute;cil, m&aacute;s extra&ntilde;a. En unos d&iacute;as, me ir&eacute; de este apartamento sin saber qu&eacute; pasar&aacute; con Loli y Paco. Me ir&eacute; y las campanas seguir&aacute;n con su repiqueteo perpetuo y el mundo seguir&aacute; girando como si no pasara nada.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen G. de la Cueva]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/loli-paco_129_9554239.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 20 Sep 2022 21:03:59 +0000]]></pubDate>
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