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    <title><![CDATA[elDiario.es - Ximena Villagrán]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/ximena_villagran/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Ximena Villagrán]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Una empresa textil que fabrica para Nike en Nicaragua oculta su brote de coronavirus]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/empresa-textil-nicaragua-fabrica-nike-oculta-brote-posibles-muertes-coronavirus_130_6483394.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/727852ab-53b8-4b18-9168-30e6ed3dac09_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una empresa textil que fabrica para Nike en Nicaragua oculta su brote de coronavirus"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Extrabajadoras de la maquila New Holland Apparel, en Nicaragua, aseguran que hubo casos de COVID-19 en la fábrica. La empresa clasificó los contagios como casos de neumonía atípica y envió a las enfermas a sus casas a cuenta de vacaciones. Después, anunció 800 despidos</p><p class="subtitle">El coronavirus hace explotar la peor crisis en la excapital mundial de los pantalones vaqueros</p></div><p class="article-text">
        Las compa&ntilde;eras la llamaban con cari&ntilde;o &ldquo;la abuelita&rdquo;. Era la mayor del &aacute;rea de bordado de la f&aacute;brica textil New Holland Apparel, en Nicaragua. Sonriente, dec&iacute;an que ten&iacute;a una notoria voluntad por sus labores. Mayra del Socorro Cerda falleci&oacute; el 19 de mayo de 2020 posiblemente por COVID-19. Ten&iacute;a 61 a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cerda trabaj&oacute; por m&aacute;s de 30 a&ntilde;os como maestra hasta que ingres&oacute; a New Holland. Aunque ya deb&iacute;a retirarse &mdash;en Nicaragua la jubilaci&oacute;n para maestros es a los 55 a&ntilde;os&mdash;, sufr&iacute;a de violencia intrafamiliar y prefer&iacute;a pasar m&aacute;s tiempo en la empresa que en casa. Present&oacute; s&iacute;ntomas de fiebre a principios de mayo. Para entonces, varias mujeres en el &aacute;rea de confecci&oacute;n hablaban del brote de coronavirus dentro de la empresa.
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=k2cgLgKEDRKYL8wutvB" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Ni la empresa ni el Gobierno reconocieron la raz&oacute;n de su muerte. Su acta de defunci&oacute;n indic&oacute; como causa una neumon&iacute;a at&iacute;pica. Para evitar el reconocimiento oficial del verdadero impacto de la pandemia, esa fue y es a&uacute;n la clasificaci&oacute;n de los casos no confirmados mediante pruebas en el pa&iacute;s.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        New Holland rechaz&oacute; los contagios de sus empleadas y siempre sostuvo que las enfermas deb&iacute;an presentar una valoraci&oacute;n m&eacute;dica para aceptarlo. Una alternativa dif&iacute;cil ya que las pruebas para detectar el virus se encuentran &uacute;nicamente bajo control del Ministerio de Salud (Minsa). Hasta el momento, la instituci&oacute;n no informa de la cantidad de pruebas aplicadas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De igual forma, al consultar al Ministerio del Trabajo (Mitrab) si hab&iacute;a conocimiento sobre los contagios la &uacute;nica respuesta que se obtuvo a trav&eacute;s de una llamada telef&oacute;nica fue un &ldquo;no se&ntilde;ora&rdquo; y se termin&oacute; la comunicaci&oacute;n. Tambi&eacute;n se intent&oacute; contactar a la Central Sandinista de Trabajadores pero no hubo respuesta.
    </p><p class="article-text">
        La maquila est&aacute; en la carretera Tipitapa-Masaya. Sus trabajadores se dedican a la confecci&oacute;n de ropa deportiva para las marcas Under Armour y Nike. La matriz de esta se encuentra en Honduras. New Holland contaba hasta junio de este a&ntilde;o con aproximadamente 1.260 trabajadores.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Varias trabajadoras de la maquila New Holland caminan hacia sus puestos de trabajo por la mañana. La empresa nunca definió una estrategia para evitar la propagación del virus entre sus trabajadores."
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            <span class="title">
                Varias trabajadoras de la maquila New Holland caminan hacia sus puestos de trabajo por la mañana. La empresa nunca definió una estrategia para evitar la propagación del virus entre sus trabajadores.                            </span>
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        En Nicaragua nunca hubo confinamiento. Tras la llegada del primer caso de coronavirus, el 18 de marzo, prevaleci&oacute; la normalizaci&oacute;n e incluso la vicepresidenta Rosario Murillo promovi&oacute; actividades de concentraci&oacute;n masivas. El Gobierno foment&oacute; un sistema en el que la salud y la econom&iacute;a estaban en un mismo nivel. Las escuelas, centros de trabajo y centros recreativos han continuado abiertos hasta la fecha.
    </p><p class="article-text">
        El director de Emergencia de Salud de la Organizaci&oacute;n Panamericana de la Salud (OPS), Ciro Ugarte, revel&oacute; en abril que la interacci&oacute;n con Nicaragua se hab&iacute;a reducido. Recib&iacute;a informaci&oacute;n del gobierno sobre las pruebas PCR, pero no sab&iacute;a qu&eacute; pasaba con la donaci&oacute;n de&nbsp; 26.000 pruebas r&aacute;pidas del Banco Centroamericano de Integraci&oacute;n Econ&oacute;mica (BCIE).
    </p><p class="article-text">
        <strong>El f&eacute;retro sellado&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La abuelita&rdquo; fue a la oficina de recursos humanos para poder recuperarse desde casa sin goce de salario. Iba acompa&ntilde;ada de Darling Baquedano, compa&ntilde;era de la maquila. Dijo que era una persona de riesgo. Padec&iacute;a de m&uacute;ltiples enfermedades laborales, ten&iacute;a t&uacute;nel carpiano, tendinitis, insuficiencia venosa, diabetes e hipertensi&oacute;n. Sin embargo, su petici&oacute;n le fue negada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Acudi&oacute; dos d&iacute;as m&aacute;s a la maquila con fiebre. Al tercero, su condici&oacute;n empeor&oacute;. La empresa accedi&oacute; a brindarle el permiso. Lo siguiente que supieron sus compa&ntilde;eras es que estaba intubada en el hospital. Muri&oacute; en menos de 15 d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        El funeral fue el 19 de mayo, el d&iacute;a de su fallecimiento. Su cuerpo iba en un f&eacute;retro sellado dentro de un carro, bajo medidas inusuales para un caso de neumon&iacute;a at&iacute;pica. El ch&oacute;fer utiliz&oacute; durante todo el recorrido un traje de protecci&oacute;n desechable. Era el traje que los sanitarios usan para protegerse ante infecciones.
    </p><p class="article-text">
        El 13 de septiembre, Eugenia Meza Ju&aacute;rez, una ex bordadora de 27 a&ntilde;os, lamenta que no pudo asistir al entierro. Ella tambi&eacute;n trabajaba con &ldquo;la abuelita&rdquo;. Ahora est&aacute; en casa de Baquedano, a un par de kil&oacute;metros de distancia de la maquila. Cuenta que sigui&oacute; el recorrido gracias a los videos que grab&oacute; su compa&ntilde;era, quien fue la &uacute;nica que pudo estar presente.
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                Eugenia Meza, quien ahora vive en casa de su amiga Darling Baquedano, posa para un retrato junto a su hija.                            </span>
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        Meza debi&oacute; permanecer en casa porque ten&iacute;a fiebre, igual que otros trabajadores de su &aacute;rea.
    </p><p class="article-text">
        Sentada en una esquina de la sala, esta joven de baja estatura y voz pasiva, recuerda c&oacute;mo el deterioro de la abuela bordadora escal&oacute; r&aacute;pidamente. A pesar de mostrar una actitud m&aacute;s introvertida, conversa abiertamente sobre su compa&ntilde;era.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Baquedano es m&aacute;s abierta, conversadora y segura de expresar sus opiniones. Hasta que llega el asunto de la muerte de Cerda. Entonces, se limita a se&ntilde;alar que el &aacute;rea de recursos humanos de New Holland les prohibi&oacute; hablar de los contagios. Y si lo hac&iacute;an, se les extend&iacute;a un llamado de atenci&oacute;n. Destaca que la situaci&oacute;n fue manejada bajo un alto sigilo.
    </p><p class="article-text">
        Una semana despu&eacute;s del encuentro presencial, en una llamada telef&oacute;nica, comparte su verdadera relaci&oacute;n con Cerda. Mientras todas las trabajadoras del &aacute;rea de bordado reconoc&iacute;an a Cerda como &ldquo;la abuelita&rdquo;, Baquedano la llamaba &ldquo;madre&rdquo;. Ella perdi&oacute; a su progenitora durante la guerra civil de los 70, cuando ten&iacute;a apenas cuatro meses de vida. Con Cerda comparti&oacute; siete a&ntilde;os de amistad. En uno de los audios intercambiados con la anciana bordadora, se escucha como ella tambi&eacute;n con cari&ntilde;o la llamaba &ldquo;mi beb&eacute;&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Necesita d&iacute;as para explicar qu&eacute; representa la muerte de su amiga. A&uacute;n carga con gran tristeza y culpabilidad por la muerte de su &ldquo;segunda madre&rdquo;. Baquedano fue la primera en enfermarse de las dos. Durante esos d&iacute;as, recuerda c&oacute;mo Cerda cuidaba de ella sin mantener ning&uacute;n tipo de distanciamiento e incluso compartir la comida, en el af&aacute;n de &ldquo;la abuelita&rdquo; por lograr que comiera un poco. Impotente, se responsabiliza de haberle transmitido el virus.
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            <span class="title">
                Darling Baquedano llora al recordar a su amiga Mayra del Socorro, quien se enfermó mientras trabajaba en la maquila y su salud se deterioró rápidamente hasta que finalmente falleció.                            </span>
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        &ldquo;No est&aacute;bamos claras qu&eacute; era COVID-19, sab&iacute;amos que ten&iacute;amos que tomar todas las medidas, pero no lo hicimos&rdquo;, dice en una emotiva llamada de 20 minutos, cargada de rabia, ante la posibilidad de que su muerte pudo evitarse con un adecuado protocolo. Todas las trabajadoras de New Holland consultadas coinciden en que la empresa fall&oacute; en la aplicaci&oacute;n de medidas preventivas, como el respeto al distanciamiento f&iacute;sico y un adecuado suministro de equipos de higiene y protecci&oacute;n dentro de la maquila.
    </p><p class="article-text">
        <strong>De novena a tercera causa de muerte</strong>
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de casos de COVID-19 en Nicaragua fueron categorizados como neumon&iacute;a at&iacute;pica, seg&uacute;n expertos independientes de la salud, quienes han reclamado al gobierno por un supuesto subregistro en los casos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Estas denuncias provocaron el despido de al menos ocho especialistas de sus centros p&uacute;blicos de salud. Los afectados denunciaron que sus despidos derivaron de sus cr&iacute;ticas al manejo de la crisis sanitaria del gobierno: por haber reclamado equipos de bioseguridad para proteger la vida del personal de la salud y por solicitar que se fomentaran medidas de prevenci&oacute;n en la poblaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mercedes Somarriba, pediatra infect&oacute;loga, aclara que la conexi&oacute;n entre los casos se debe a la situaci&oacute;n sanitaria mundial. Pero advierte que hasta ahora no tiene una evidencia clara de si es COVID-19 porque el Ministerio de Salud monopoliza y centraliza las pruebas en un &uacute;nico laboratorio. &nbsp;La m&aacute;s reciente alternativa, y solo para los que salen de Nicaragua, es pagar 150 d&oacute;lares, siempre al&nbsp;ministerio. Los m&eacute;dicos no pueden acceder a la informaci&oacute;n. Lo &uacute;nico que asegura es que los casos de neumon&iacute;a at&iacute;pica aumentaron y&nbsp;por ende en un contexto epidemiol&oacute;gico como el actual se crea un nexo entre estos.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        El Mapa Nacional de la Salud del ministerio refleja que la neumon&iacute;a pas&oacute; de ser la novena causa de muerte m&aacute;s com&uacute;n en Nicaragua durante los &uacute;ltimos tres a&ntilde;os, a ser la tercera causa de defunciones en el pa&iacute;s, con un acumulado de 2.612 muertes por neumon&iacute;a entre enero y agosto de este a&ntilde;o.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="En el cementerio Jardines del Recuerdo, cuatro hombres vestidos con trajes blancos especiales entierran un ataúd que fue trasladado desde el hospital Sermesa Bolonia. Este es uno de tantos entierros exprés que salen desde los hospitales directo a los cementerios, algo que es visto desde marzo de este año cuando se reconoció el primer caso de COVID-19."
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            <span class="title">
                En el cementerio Jardines del Recuerdo, cuatro hombres vestidos con trajes blancos especiales entierran un ataúd que fue trasladado desde el hospital Sermesa Bolonia. Este es uno de tantos entierros exprés que salen desde los hospitales directo a los cementerios, algo que es visto desde marzo de este año cuando se reconoció el primer caso de COVID-19.                            </span>
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        La teor&iacute;a de un subregistro se fortaleci&oacute; ante las denuncias ciudadanas sobre los llamados entierros expr&eacute;s, como el de &ldquo;la abuelita&rdquo;, en los que trabajadores del Ministerio de Salud entregaban ata&uacute;des sellados a los familiares, a pesar de supuestamente no tratarse de casos de coronavirus. El departamento de comunicaci&oacute;n de New Holland no respondi&oacute; a las solicitudes para brindar su versi&oacute;n sobre los contagios internos vinculados con el fallecimiento de Cerda.
    </p><p class="article-text">
        El Ministerio de Salud reconoce solo 4.533 casos positivos y 158 muertes hasta el 10 de noviembre. El Gobierno actualiza sus datos cada martes, pero no elabora mapas de zonas de riesgo ni sistematiza de forma p&uacute;blica la informaci&oacute;n acumulada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El independiente Observatorio Ciudadano reporta el doble de casos sospechosos e informa de 2.786 muertes sospechosas por COVID-19, en base a reportes ciudadanos. En el n&uacute;mero de fallecimientos, incluye tanto los casos confirmados del coronavirus, como aquellos catalogados como neumon&iacute;a, que corresponden al 5% de las muertes registradas por el Observatorio.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        La negaci&oacute;n gubernamental al cierre de las fronteras y los negocios frente a la pandemia responde al hecho de que una cuarentena oficializada golpear&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s la debilitada econom&iacute;a del pa&iacute;s producto de la crisis sociopol&iacute;tica. En abril de 2018, Nicaragua enfrent&oacute; un estallido social producto de la aplicaci&oacute;n de una pol&eacute;mica reforma al Seguro Social.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La violenta respuesta de la Polic&iacute;a Nacional y grupos paramilitares afines al gobierno para reprimir las manifestaciones estudiantiles desencaden&oacute; una fuerte indignaci&oacute;n en la sociedad nicarag&uuml;ense. Las movilizaciones en Nicaragua dejaron un total de 325 personas fallecidas y m&aacute;s de 2.000 heridas, seg&uacute;n un informe de la Comisi&oacute;n Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Solo en Costa Rica, pa&iacute;s con el que persiste un mayor flujo migratorio, se registr&oacute; un aumento del 1.376% de personas nicarag&uuml;enses solicitantes de asilo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Meza, su mam&aacute; y La abuela</strong>
    </p><p class="article-text">
        Durante varias semanas, Meza, la amiga de Cerda y Baquedano, soport&oacute; las fuertes fiebres. Tambi&eacute;n el dolor en el cuerpo, la dificultad para respirar y la p&eacute;rdida del gusto y el olfato.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La primera en contagiarse fue su mam&aacute;, Yadira Ju&aacute;rez Morales, que trabajaba tambi&eacute;n en New Holland en un &aacute;rea de empaque. La mam&aacute; fue a ver al m&eacute;dico de la cl&iacute;nica de la empresa. El doctor le confirm&oacute; que sus s&iacute;ntomas estaban relacionados con la COVID-19.
    </p><p class="article-text">
        Seis d&iacute;as despu&eacute;s, Meza tambi&eacute;n empez&oacute; a mostrar signos de contagio. La empresa le plante&oacute; que o iba a la cl&iacute;nica o ped&iacute;a vacaciones. Por miedo de elevar el riesgo de contagio, tom&oacute; las vacaciones para tratarse desde casa.
    </p><p class="article-text">
        Luis Espinoza, sindicalista independiente en New Holland, asegura que la empresa a veces no rellenaba los puestos de alcohol colocados de la f&aacute;brica. Dice que solo se les entreg&oacute; una mascarilla de tela que tuvieron que lavar diariamente durante dos meses. Tuvieron que confeccionar sus propias mascarillas con los trozos de tela que encontraron. No fue sino hasta despu&eacute;s de que se presentaron contagios dentro de New Holland que inici&oacute; a aplicar medidas de protecci&oacute;n para sus colaboradores.
    </p><p class="article-text">
        Meza y Baquedano ya no trabajan en New Holland. Tras superarse los contagios internos, la compa&ntilde;&iacute;a despidi&oacute; a 884 trabajadores sin previa notificaci&oacute;n. Seg&uacute;n la empresa, las marcas de ropa Under Armour y Nike redujeron sus pedidos debido a la pandemia. Situaci&oacute;n que niegan al menos dos obreros que contin&uacute;an dentro de la maquila. Aseguran que la producci&oacute;n ha mantenido su ritmo habitual.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Baquedano y Meza fueron despedidas sin previa notificación y tras haberse visto obligadas a trabajar estando enfermas. Más de 150 trabajadores han denunciado la situación."
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            <span class="title">
                Baquedano y Meza fueron despedidas sin previa notificación y tras haberse visto obligadas a trabajar estando enfermas. Más de 150 trabajadores han denunciado la situación.                            </span>
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        El 27 de julio, los m&aacute;s de 800 trabajadores que se presentaron a trabajar, notaron que dos largas filas se extend&iacute;an en la entrada de la maquila.&nbsp;Quienes marcaran su carnet pod&iacute;an ingresar. A quienes no les marcara, significaba que estaban despedidos y deb&iacute;an pasar a retirar sus cheques.
    </p><p class="article-text">
        Un grupo de 50 trabajadores, liderados por Baquedano, rechazaron retirar sus cheques. Se dirigieron al Ministerio del Trabajo para consultar el porqu&eacute; de sus despidos. En el Ministerio de Trabajo se les inform&oacute; que los despidos ya hab&iacute;an sido acordados con los sindicatos de la empresa en junio.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Trabajamos bajo pandemia, trabajamos enfermos con COVID-19, yo traje el contagio para mi casa, todas llevamos el contagio a nuestros hogares&rdquo;, dice.&nbsp; Extiende una pausa &mdash;a causa del recuerdo de Cerda&mdash; y dice: &ldquo;Me preocupa la violencia que vivimos humanamente, laboralmente, en esta industria&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Baquedano se pone en pie y camina hacia una peque&ntilde;a mochila ubicada frente a ella. Contiene papeles. Entre ellos, el documento del acuerdo sindical con el gobierno y varias epicrisis. Constatan que la mayor&iacute;a, como ella, sufre de enfermedades cr&oacute;nicas, lo cual violenta otro acuerdo firmado por la empresa en el cual se detalla que aquellas personas cr&oacute;nicas ser&iacute;an enviadas a sus casas con goce de salarios por la pandemia. Ella tiene c&aacute;ncer de tiroides.
    </p><p class="article-text">
        En un pa&iacute;s sumergido por una crisis, los temas pol&iacute;ticos est&aacute;n a la puerta de todas las agendas. Desde la llegada a casa de Baquedano, cuenta que su padre fue preso pol&iacute;tico por participar en las protestas de 2018. Comparte que fue tal el asedio que sufri&oacute; su familia en ese entonces, que perdi&oacute; el miedo a denunciar. El pasado 4 de septiembre denunci&oacute; junto a 159 compa&ntilde;eros por la v&iacute;a legal a la empresa para que se les reintegre a sus puestos. Pero advierte de la afinidad que existe entre el Ministerio de Trabajo y los sindicatos con el partido del Frente Sandinista, que gobierna el pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        <strong>De bordar a la ropa usada</strong>
    </p><p class="article-text">
        Meza, la bordadora que trabajaba con &ldquo;la abuelita&rdquo;, pas&oacute; varias horas al sol el d&iacute;a de los despidos. No pudo negarse a recibir el cheque, ten&iacute;a varias deudas por pagar. Pero su liquidaci&oacute;n se redujo a 323 d&oacute;lares, un pago que Meza no considera justo. Por los ocho a&ntilde;os de trabajo y su sueldo de 200 al mes, seg&uacute;n la ley, tuvo que recibir, al menos 1.600. Aunque tiene 27 a&ntilde;os, padece de diabetes, hipertensi&oacute;n, sufre de tendinitis en un hombro, de t&uacute;nel de carpio en ambas manos, y tuvo un accidente laboral que le dej&oacute; da&ntilde;ado un nervio de una pierna de forma permanente, todas estas enfermedades que desarroll&oacute; durante los a&ntilde;os que trabaj&oacute; dentro de la maquila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde entonces, vende ropa usada. Vive cerca del Sistema Penitenciario La Modelo y aprovecha los d&iacute;as de visitas, porque se vuelve transcurrida la zona para vender. Algunos d&iacute;as gana entre 50 c&oacute;rdobas (1,44 d&oacute;lares) y 100 (2,89 d&oacute;lares) al d&iacute;a. Entre risas, dice que una vez vendi&oacute; apenas 10 c&oacute;rdobas, es decir 0,28 d&oacute;lares. &nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Varias mujeres entran a trabajar en la maquila New Holland en su turno de la mañana. Tras un masivo despido, la empresa contrató personal para suplir las vacantes.                            </span>
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        Su madre por otro lado, contin&uacute;a laborando para New Holland. Aunque no por mucho tiempo: le dieron una extensi&oacute;n del contrato por dos meses. El padre de Meza cuenta solo con una pensi&oacute;n reducida. Y tiene tres ni&ntilde;os. Su hija de cuatro a&ntilde;os padece de epilepsia, por lo que tiene grandes gastos en medicamentos.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n la madre de Meza, no ha habido ninguna alteraci&oacute;n en los pedidos, asegura que el trabajo contin&uacute;a igual. New Holland reasign&oacute; personal en las &aacute;reas donde antes estaban las personas despedidas, como su hija, que espera que la contraten de nuevo: &ldquo;La situaci&oacute;n econ&oacute;mica del pa&iacute;s est&aacute; dura, y pues los reales (dinero) se van r&aacute;pido&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta es la historia de una doble crisis, la sanitaria y la sociopol&iacute;tica. Tambi&eacute;n es la de cientos de trabajadoras que debieron tratarse a su suerte desde sus hogares, un despido masivo de personas con enfermedades cr&oacute;nicas y una obrera cuya causa real de muerte pudo no ser reconocida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Indiana Cajina, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Pablo J. Álvarez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/empresa-textil-nicaragua-fabrica-nike-oculta-brote-posibles-muertes-coronavirus_130_6483394.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Dec 2020 20:50:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una empresa textil que fabrica para Nike en Nicaragua oculta su brote de coronavirus]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Nicaragua,Industria textil,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El coronavirus hace explotar la peor crisis en la excapital mundial de los pantalones vaqueros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/coronavirus-explotar-peor-crisis-excapital-mundial-pantalones-vaqueros_130_6477469.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/68f84423-a00a-4126-a575-c39fe186f3cd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El coronavirus hace explotar la peor crisis en la excapital mundial de los pantalones vaqueros"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En Tehuacán, la excapital mundial de la fabricación de vaqueros, los salarios de la industria textil han bajado, el trabajo ha disminuido y se ha perdido el 40% de los empleos. Lejos ha quedado la época de bonanza, ahora el municipio vive su tercera recesión en lo que va del siglo.</p><p class="subtitle">De fábrica textil a espacio feminista: trabajadoras salvadoreñas se defienden ante los despidos por la pandemia</p></div><p class="article-text">
        Una puerta corrediza hecha de aluminio y hojas de vidrio conecta la calle sin pavimentar con el amplio dormitorio de Patricia Hern&aacute;ndez Reyes. El piso de tierra consigna las huellas de los zapatos.
    </p><p class="article-text">
        Desde abril de 2020, la habitaci&oacute;n de paredes sin resanar funciona tambi&eacute;n como su lugar de trabajo y el sal&oacute;n de clase de sus dos hijos adolescentes. Por eso, adem&aacute;s de la vieja cama de madera sin colch&oacute;n, hay dos m&aacute;quinas de coser de segunda mano.
    </p><p class="article-text">
        Sin titubeo, la mujer de 33 a&ntilde;os elige sentarse en una silla de pl&aacute;stico frente a una de las m&aacute;quinas y permanece inm&oacute;vil, aunque su mirada inquieta va de un lado a otro. A finales de mayo, ella y su mam&aacute; pidieron un pr&eacute;stamo de 20 mil pesos mexicanos (775 euros) para comprarlas y as&iacute; conseguir un ingreso extra.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Una mujer trabaja en un taller familiar rodeada de sus hijos ya que no van a la escuela por la suspensión de clases por la emergencia de la Covid-19."
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            <span class="title">
                Una mujer trabaja en un taller familiar rodeada de sus hijos ya que no van a la escuela por la suspensión de clases por la emergencia de la Covid-19.                            </span>
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        Aunque todo vaya en contra, Patricia sonr&iacute;e reiteradamente: sumandos los intereses, su deuda asciende a 45.000 pesos mexicanos (1.747 euros), que deber&aacute; liquidar en un plazo m&aacute;ximo de 18 meses.
    </p><p class="article-text">
        La epidemia de coronavirus afect&oacute; su econom&iacute;a y la de miles de familias que dependen de la industria de la confecci&oacute;n en Tehuac&aacute;n, el segundo municipio m&aacute;s poblado del estado de Puebla, con 319.000 habitantes. El desarrollo econ&oacute;mico de este lugar depende principalmente de la industria manufacturera, pero no hay datos actualizados sobre el n&uacute;mero de maquilas de confecci&oacute;n vigentes y el n&uacute;mero de personas que emplean.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A finales de marzo, el gobierno mexicano declar&oacute; al pa&iacute;s en emergencia sanitaria y orden&oacute; la suspensi&oacute;n temporal de las actividades no esenciales, as&iacute; como el resguardo de la poblaci&oacute;n trabajadora en sus domicilios.
    </p><p class="article-text">
        Algunas maquilas de confecci&oacute;n en Tehuac&aacute;n pararon operaciones. Muchas otras detuvieron sus l&iacute;neas de producci&oacute;n de ropa para incursionar en la fabricaci&oacute;n de productos sanitarios como mascarillas, batas quir&uacute;rgicas e incluso bolsas para guardar cad&aacute;veres.
    </p><p class="article-text">
        La peque&ntilde;a maquiladora sin nombre donde labora Hern&aacute;ndez no fue la excepci&oacute;n. Primero pas&oacute; de fabricar pantalones de mezclilla para el mercado nacional a mascarillas. Pero cuando la producci&oacute;n se agot&oacute;, la empresa suspendi&oacute; las actividades y el salario de su personal durante una semana y, despu&eacute;s, durante un mes y medio m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En junio, la empresa retom&oacute; su labor, pero a partir de entonces s&oacute;lo emple&oacute; a Patricia Hern&aacute;ndez y a otras seis costureras durante dos d&iacute;as a la semana y no siete como antes, por lo que les redujo el salario. Antes ganaban 800 pesos a la semana (31 euros) y ahora 500 (20 euros) si les va bien. Adem&aacute;s, su sueldo es abonado de manera paulatina.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Apoy&aacute;ndose en los trabajos de costura que realiza por su cuenta y, ocasionalmente, de la venta de gelatinas, donas y aretes de fibra que ella misma hace, Hern&aacute;ndez intenta sobrellevar los gastos que le significa ser madre soltera en tiempos de pandemia. &ldquo;Me veo obligada a buscar diferentes formas para pagar mi pr&eacute;stamo y sacar adelante a mi familia. A veces tengo que velar para sacar el trabajo o quitarme el pan de la boca&rdquo;, menciona.
    </p><p class="article-text">
        <strong>La tercera crisis y la peor</strong>
    </p><p class="article-text">
        Mart&iacute;n Barrios Hern&aacute;ndez gu&iacute;a el recorrido por Tehuac&aacute;n, territorio que a finales de 1990 fue considerado la capital mundial de los pantalones vaqueros, por el auge de sus maquilas de mezclilla que fabricaban prendas de pr&aacute;cticamente todas las marcas globales, como Levi's, Calvin Klein, Guess y Tommy Hilfiger.
    </p><p class="article-text">
        El hombre, de ojos peque&ntilde;os y nariz ancha, viste c&oacute;modo: tenis, pantal&oacute;n de manta y una playera negra con letras blancas que dice <em>Defender es proteger nuestro territorio</em>. A sabiendas de que ser&aacute; una jornada larga, trae consigo una mochila en la que introdujo un su&eacute;ter y una libreta.
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                Martín Barrios, activista por los Derechos Humanos y laborales en el Valle de Tehuacán.                            </span>
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        A sus 48 a&ntilde;os, el activista es un referente de la lucha obrera e ind&iacute;gena en el lugar que vio nacer a la etnia popolaca, tras haber dedicado m&aacute;s de la mitad de su vida a acompa&ntilde;ar y a asesorar estas causas. Para ello fund&oacute;, en 2002, la Comisi&oacute;n de Derechos Humanos y Laborales del Valle de Tehuac&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El aprecio que le tienen las obreras es notorio, pese a la distancia f&iacute;sica que deben guardar para evitar la propagaci&oacute;n de la COVID-19. Se conectan mediante los recuerdos de sus haza&ntilde;as y el cruce de miradas c&oacute;mplices.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De los cinco hogares de costureras visitados, el de Patricia Hern&aacute;ndez es el m&aacute;s alejado de la zona metropolitana de Tehuac&aacute;n. Se encuentra en Santa Ana Teloxtoc, localidad de 1.300 habitantes caracterizada por su alto grado de marginaci&oacute;n. El trayecto es de 43 kil&oacute;metros en carretera hasta topar con un terreno plano de cactus y yucas, ubicado al pie de los cerros Viejo y de la Tar&aacute;ntula.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los 40 minutos de traslado en veh&iacute;culo son insuficientes para agotar la charla con Mart&iacute;n Barrios, cuya memoria es una enciclopedia sobre la historia de la industria del vestido en Tehuac&aacute;n. En sus p&aacute;ginas consta la instalaci&oacute;n de las primeras maquilas de confecci&oacute;n en la d&eacute;cada de 1960, as&iacute; como el empuje que tuvo el sector 30 a&ntilde;os despu&eacute;s, con la firma del Tratado de Libre Comercio de Am&eacute;rica del Norte.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="La carretera que sale de Tehuacán y lleva a Santa Ana Teloxtoc, un barrio marginal donde viven algunas maquileras."
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            <span class="title">
                La carretera que sale de Tehuacán y lleva a Santa Ana Teloxtoc, un barrio marginal donde viven algunas maquileras.                            </span>
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        Lejos de la bonanza, hay un cap&iacute;tulo que consigna las peores crisis. Destacan las de 2001 y 2007, originadas por la contracci&oacute;n de la econom&iacute;a en Estados Unidos, primero a causa de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York y despu&eacute;s por la crisis hipotecaria que atraves&oacute; aquel pa&iacute;s. Ambos episodios provocar&iacute;an que los salarios de la poblaci&oacute;n obrera se redujeran a la mitad y que migraran de Tehuac&aacute;n la mayor&iacute;a de las marcas globales, empujando as&iacute; la consolidaci&oacute;n de un mercado prioritariamente nacional, que es el que perdura.
    </p><p class="article-text">
        La crisis de 2020 a causa de la Covid-19 ser&iacute;a la peor, de acuerdo con Mart&iacute;n y las obreras consultadas. Esto es as&iacute; porque en otros momentos, tuvieron al menos la posibilidad de protestar para cambiar sus condiciones laborales, a diferencia de hoy que ni siquiera se re&uacute;nen por temor a contagiarse de la enfermedad.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s, porque los tribunales laborales permanecieron cerrados seis meses, lo que imposibilit&oacute; que las empleadas se quejaran formalmente de los posibles abusos y arbitrariedades cometidos por sus empleadores.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Con la voz &aacute;spera que lo caracteriza, Mart&iacute;n advierte que los momentos de crisis son cruciales porque es cuando m&aacute;s se precarizan las condiciones de trabajo, al ser aprovechados por los patrones y los sindicatos para &ldquo;cargar el costo a los obreros&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Costureras de mascarillas</strong>
    </p><p class="article-text">
        Sobre la m&aacute;quina de coser, hay una pila de rect&aacute;ngulos de tela quir&uacute;rgica que Patricia Hern&aacute;ndez transformar&aacute; en mascarillas para protegerse de la Covid-19. Sentada frente a su herramienta de trabajo, la mujer de piel tostada y cabellera oscura muestra c&oacute;mo lo hace.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Primero toma un trozo de tela azul y h&aacute;bilmente desliza el contorno por la aguja de la m&aacute;quina previamente alimentada con carretes de hilo del mismo color. En menos de un minuto, termina el dobladillo. Para finalizar, coloca el el&aacute;stico a la pieza y la deshebra.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La actividad parece sencilla porque est&aacute; a cargo de una costurera que ha trabajado durante 12 a&ntilde;os en diferentes maquiladoras de Tehuac&aacute;n, de las que ha tenido que salir ya sea porque le disminuyen el salario o simplemente porque las cierran.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hern&aacute;ndez no eligi&oacute; dedicarse a este oficio, pero se embaraz&oacute; de su primer hijo al terminar el bachillerato. Como muchas otras mujeres de Tehuac&aacute;n, ces&oacute; los estudios y se incorpor&oacute; a la industria maquilera como una opci&oacute;n de sobrevivencia.&nbsp;
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                    alt="Taller en Santa Ana Teloxtoc, a 60 km de Tehuacán, donde confeccionan ropa médica."
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            <span class="title">
                Taller en Santa Ana Teloxtoc, a 60 km de Tehuacán, donde confeccionan ropa médica.                            </span>
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        Ella hubiera preferido destinar m&aacute;s tiempo al b&eacute;isbol, el deporte que la apasiona y que varios integrantes de su familia han practicado como pasatiempo. Evidentemente emocionada, presume que fue la primera mujer de Santa Ana Teloxtoc que jug&oacute; en una liga fuera de su comunidad. Como prueba, muestra las fotos que atesora en su cuenta de Facebook.
    </p><p class="article-text">
        La jefa de familia se sujeta a su m&aacute;quina de coser. Entrecruza las manos para un mejor agarre y clava la mirada en la torre de tela para mascarillas que tiene a su izquierda. Comenta que pese al adeudo que contrajo, la compra de este aparato le ha permitido tener un ingreso extra ahora que el trabajo en la maquila donde labora disminuy&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Como ella, muchas personas y grupos familiares en Tehuac&aacute;n debutaron en la manufactura de productos sanitarios, en su intento de conservar el empleo durante la etapa m&aacute;s cr&iacute;tica de la pandemia de la Covid-19. Tambi&eacute;n incursionaron en el negocio las grandes maquiladoras y los peque&ntilde;os talleres de costura que han proliferado en el lugar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En marzo pasado, las trabajadoras de Tehuac&aacute;n llegaron a fabricar m&aacute;s de un mill&oacute;n de mascarillas a la semana para el consumo local y para ser enviadas a China y Estados Unidos, seg&uacute;n la C&aacute;mara de la Industria del Vestido en Tehuac&aacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, reconoci&oacute; que esta actividad, que coloc&oacute; a la ex <em>capital mundial de los</em> <em>blue jeans</em> como la principal proveedora de mascarillas a nivel nacional, gener&oacute; un ingreso mucho menor que el de la confecci&oacute;n de prendas de vestir.
    </p><p class="article-text">
        La mano de obra fue la m&aacute;s resentida. Los testimonios de las obreras entrevistadas coinciden en se&ntilde;alar dos situaciones: que los patrones de las grandes maquiladoras y de los peque&ntilde;os talleres recortaron a la mitad los salarios, y que en otros casos dejaron de asumir el costo total de la jornada laboral para pagar por pieza de mascarilla elaborada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Todo ello, pese a la dificultad que signific&oacute; para el personal costurar las mascarillas con la maquinaria que utilizan para las prendas de mezclilla que son mucho m&aacute;s gruesas. Las m&aacute;quinas de coser no funcionaban o se atoraban.
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                    alt="Una mujer ajusta una pieza de ropa a la máquina de coser en un taller donde se confecciona material sanitario."
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            <span class="title">
                Una mujer ajusta una pieza de ropa a la máquina de coser en un taller donde se confecciona material sanitario.                            </span>
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        Las personas y familias que hicieron negocio por su cuenta tuvieron que enfrentarse, en tanto, a los precios impuestos por los &ldquo;coyotes&rdquo; &ndash;personas que fungen como intermediarios con los empleadores&ndash;, quienes est&aacute;n pagando entre 30 y 70 centavos (US$0.014 y US$0.033, respectivamente) la hechura de cada mascarilla.
    </p><p class="article-text">
        De junio a septiembre, Patricia Hern&aacute;ndez elabor&oacute; 4,500 mascarillas sencillas (las que no tienen tablones) con su propia m&aacute;quina de coser, pero el coyote con el que hizo negocio se las pag&oacute; al precio m&aacute;s bajo del mercado. La mujer que quer&iacute;a ser beisbolista apenas pudo ganar 1,350 pesos (US$64), 55 mascarillas por d&oacute;lar.
    </p><p class="article-text">
        Debido a la poca ganancia que obtuvo de la hechura de mascarillas y a que la maquila donde laboraba dej&oacute; de pagarle el de por s&iacute; recortado salario, en octubre, Hern&aacute;ndez dej&oacute; atr&aacute;s la costura y acept&oacute; un trabajo para hacer tortillas.
    </p><p class="article-text">
        <strong>El despido de trescientas</strong>
    </p><p class="article-text">
        A diferencia de la costurera Patricia Hern&aacute;ndez, Ang&eacute;lica Carrera Reyes habita en la zona urbana de Tehuac&aacute;n, que concentra 80% de la poblaci&oacute;n del municipio y tambi&eacute;n la mayor&iacute;a de los complejos maquileros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La din&aacute;mica del espacio p&uacute;blico retrata esta realidad. El movimiento alrededor de las f&aacute;bricas inicia a partir de las 7:30, cuando el personal empieza a arribar a los centros de trabajo que, en algunos casos, carecen de insignia que los identifique. La mayor&iacute;a de las personas se traslada a pie o en bicicleta. Otras van en transporte p&uacute;blico y las menos se mueven en motocicleta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es viernes a las ocho de la ma&ntilde;ana. La jornada en la f&aacute;bricas arranca, mientras Carrera arriba a su casa. Acaba de regresar del mercado de su colonia donde compr&oacute; su despensa porque ah&iacute; todo es m&aacute;s barato. Viste pantal&oacute;n de mezclilla y sudadera rosa. El armaz&oacute;n de sus lentes topa con la visera de su gorra.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La madre de tres hijos se encuentra desempleada desde agosto pasado. De otra manera no estar&iacute;a en su domicilio, sino en las instalaciones de la maquiladora Hera Apparel, un amplio complejo de muros de tabique gris donde laboraba.
    </p><p class="article-text">
        El 31 de julio pasado, sin previo aviso, esta empresa dedicada a la fabricaci&oacute;n de prendas de mezclilla para la marca estadounidense True Religion se declar&oacute; en quiebra, dejando sin empleo a unas 300 personas, en su mayor&iacute;a mujeres. Ang&eacute;lica Carrera y su esposo se cuentan en esta lista. Ella pegaba tapas a los bolsillos traseros de los pantalones.
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=k6oTNFOQuBe8ekwutvk" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Cerca del 40% del personal de las maquiladoras de confecci&oacute;n instaladas en el municipio fue despedido por el cierre de varias empresas, seg&uacute;n la C&aacute;mara de la Industria del Vestido en Tehuac&aacute;n. A otra parte del personal lo mandaron a descansar indefinidamente sin goce de sueldo, tras el impacto econ&oacute;mico que produjo el brote de coronavirus.
    </p><p class="article-text">
        El caso de Hera Apparel, dedicada a la fabricaci&oacute;n de prendas de vestir de exportaci&oacute;n e importaci&oacute;n, fue el m&aacute;s sonado por el n&uacute;mero de personas que resultaron afectadas. Tambi&eacute;n porque varias de ellas se atrevieron a denunciar p&uacute;blicamente que la empresa les estaba ofreciendo &uacute;nicamente 35% de lo que les correspond&iacute;a por concepto de liquidaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ang&eacute;lica Hern&aacute;ndez se neg&oacute; a recibir los 10,400 pesos (US$490) que pretend&iacute;an darle los due&ntilde;os de Hera Apparel por siete a&ntilde;os de trabajo. Le pareci&oacute; una injusticia porque cuando la despidieron de la maquiladora Tarrant Apparel Group, por el cierre de operaciones en 2003, le dieron 17,000 pesos (US$809) por dos a&ntilde;os y ocho meses de servicio.
    </p><p class="article-text">
        La mujer de cara redonda y semblante afable pide a las autoridades mexicanas atender de manera urgente la situaci&oacute;n que se vive en Tehuac&aacute;n, donde se cuentan por miles las y los obreros que perdieron su fuente de trabajo durante la pandemia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Ojal&aacute; que esto llegue a o&iacute;dos del gobierno que piensa que nos liquidaron muy bien, pero no es cierto. Que sepan que mucha gente que trabajamos en las maquilas perdimos nuestra fuente de trabajo y que seguimos en el desempleo&rdquo;, dice Ang&eacute;lica. Su pose de brazos entrecruzados refrenda su demanda.
    </p><p class="article-text">
        La Confederaci&oacute;n Patronal Mexicana calcul&oacute; que se perdieron 12,000 de los 40,000 empleos que genera la industria maquiladora, as&iacute; como los hoteles y restaurantes, desde que inici&oacute; la cuarentena.
    </p><p class="article-text">
        Tras el cierre de Hera Apparel, la patronal se fue de Tehuac&aacute;n, por lo que no fue posible consultarlos durante el trabajo de campo. Posteriormente, se les pidi&oacute; entrevista v&iacute;a telef&oacute;nica, pero al cierre de esta edici&oacute;n no hubo respuesta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <strong>Tres m&aacute;quinas como liquidaci&oacute;n</strong>
    </p><p class="article-text">
        Ang&eacute;lica Carrera cruza el comedor de su casa, que tambi&eacute;n es una habitaci&oacute;n, y avanza hacia la cocina. Topa con un peque&ntilde;o cuarto te&ntilde;ido de lila, donde hay amontonadas tres m&aacute;quinas de coser de segunda mano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es el pago en especie que recibi&oacute; como liquidaci&oacute;n por parte de Hera Apparel, luego de que se uniera al peque&ntilde;o grupo que decidi&oacute; exigir lo que les correspond&iacute;a por ley. Aunque el valor de los aparatos no satisface lo que marca la legislaci&oacute;n mexicana, s&iacute; supera los 10,400 pesos (US$490) que inicialmente le ofrec&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        La liquidaci&oacute;n es la indemnizaci&oacute;n que el patr&oacute;n debe pagar cuando la responsabilidad de la rescisi&oacute;n es suya. La Ley Federal de Trabajo de M&eacute;xico establece que este pago se compone de tres meses de salario por concepto de indemnizaci&oacute;n, 20 d&iacute;as de sueldo por cada a&ntilde;o trabajado, una prima de antig&uuml;edad, m&aacute;s la parte proporcional de las prestaciones.
    </p><p class="article-text">
        La costurera se coloca frente una de las m&aacute;quinas que obtuvo. Dice que a&uacute;n no sabe qu&eacute; hacer con ellas. Una opci&oacute;n es venderlas y la otra es montar su propio taller. Ambos caminos son complicados: las m&aacute;quinas requieren reparaci&oacute;n y es dif&iacute;cil emprender un negocio en el contexto actual, reflexiona.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Angélica posa para un retrato junto a las máquinas de coser que le dieron como indemnización tras su despido.                            </span>
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        Antes de cumplir la mayor&iacute;a de edad, Ang&eacute;lica se inici&oacute; en el oficio de la aguja y la tela para poder mantener a su primer hijo. Con 28 a&ntilde;os de trayectoria, la mujer fracasa en su intento por contabilizar todas las maquiladoras donde trabaj&oacute;. Recuerda que la primera fue Dise&ntilde;os Hank, que ya no existe. Despu&eacute;s vinieron otras peque&ntilde;as de producci&oacute;n de camisas y pantalones, donde no tuvo prestaciones.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su paso por la maquiladora Tarrant Apparel Group, 17 a&ntilde;os atr&aacute;s, fue el m&aacute;s significativo. En esa f&aacute;brica propiedad del empresario de origen liban&eacute;s Kamel Nacif &ndash;popularmente conocido como <em>El rey de la mezclilla</em>&ndash; se gest&oacute; la primera lucha independiente del sector obrero en Tehuac&aacute;n, de la que fue part&iacute;cipe. Entre marchas y paros laborales, conoci&oacute; y aprendi&oacute; a defender sus derechos humanos y laborales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Entonces conoci&oacute; tambi&eacute;n a Mart&iacute;n Barrios, un amante del punk que al enterarse de los abusos patronales que ocurr&iacute;an en Tarrant, como despidos injustificados, reparti&oacute; un volante en el que llamaba a la organizaci&oacute;n obrera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El panfleto ser&iacute;a el detonante del movimiento que luch&oacute; por arrancar el poder a la Confederaci&oacute;n Regional Obrera Mexicana, acusada de ser un sindicato leal a los intereses patronales y ajeno a las causas de la poblaci&oacute;n trabajadora. Y aunque lograron el objetivo, Tarrant termin&oacute; por cerrar sus puertas y, como consecuencia de la presi&oacute;n ejercida, las y los trabajadores pudieron al menor tener una liquidaci&oacute;n justa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mart&iacute;n Barrios y Ang&eacute;lica Carrera permanecen en contacto desde entonces. Luego de varios meses sin encontrarse producto de la epidemia de la Covid-19 y de sus propias rutinas, se saludan de forma afectuosa. En un di&aacute;logo fluido, intercambian informaci&oacute;n sobre su situaci&oacute;n actual, sobre sus familiares y las personas que ambos conocen.
    </p><p class="article-text">
        Antes de despedir a las visitas, Carrera convida de los pl&aacute;tanos y manzanas que compr&oacute; esa ma&ntilde;ana en el mercado local, el &uacute;nico lugar donde se surte desde su despido de Hera Apparel para intentar estirar al m&aacute;ximo el poco ahorro que le queda. Ni ella ni su marido han podido conseguir empleo.
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                Trabajadoras de la maquiladora Top Jean salen de la planta al terminar su jornada laboral.                            </span>
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        Barrios sostiene que los derechos laborales en la industria textil de Tehuac&aacute;n han ido en picada a partir de 2008. Y es que ahora la poblaci&oacute;n obrera demanda el acceso a un empleo para subsistir, obviando el tema de las prestaciones sociales. Adem&aacute;s, las batallas ya no son para conseguir un contrato colectivo, sino para que las maquilas indemnicen lo mejor posible o simplemente porque no se vayan sin pagar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La crisis por la Covid-19 consolid&oacute; el retroceso. El momento fue aprovechado por los empresarios del sector para acelerar la aplicaci&oacute;n de medidas a su conveniencia, tales como la modificaci&oacute;n unilateral de las condiciones de trabajo, la disminuci&oacute;n de los salarios y el recorte indiscriminado de la planta laboral.
    </p><p class="article-text">
        Son las 13 horas de aquel viernes. El sector obrero vuelve a apropiarse de las calles de Tehuac&aacute;n, esta vez con tupper en mano. En peque&ntilde;os grupos, comen sobre aceras y camellones. Quienes no llevan almuerzo, compran en los puestos callejeros. El m&aacute;s caracter&iacute;stico es el de las mujeres de Santa Mar&iacute;a Coapan, que tienen fama de hacer las mejores tortillas de la regi&oacute;n. En canastas y bolsas de mandado t&iacute;picas transportan, flautas y tacos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las obreras consultadas refieren que s&iacute; existen medidas para evitar los contagios de la&nbsp; Covid-19 al interior de las maquilas, como la obligatoriedad de usar la mascarilla y de desinfectarse las manos al ingresar. Pero guardar la sana distancia es pr&aacute;cticamente imposible en ese ambiente.
    </p><p class="article-text">
        La salida de las f&aacute;bricas es a las 18 horas, salvo para quienes cumplen jornada extra. Se observa de nuevo el desfile de la clase trabajadora. Las manos te&ntilde;idas de azul por el contacto permanente con la mezclilla delatan al sector.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las trabajadoras cuentan muchas historias sobre los patrones y los encargados de las maquilas. La mayor&iacute;a son de maltrato y abuso hacia las personas que est&aacute;n a su cargo, tanto en el trato cotidiano como en el ejercicio de sus derechos laborales. Para el caso de las obreras se suman situaciones de acoso y abuso sexual que permanecen en la impunidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; ser&iacute;a si cada prenda de mezclilla, si cada mascarilla, llevara grabada en su etiqueta la historia de la persona que la maquil&oacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Flor Goche, Gerardo Magallón, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Pablo J. Álvarez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/coronavirus-explotar-peor-crisis-excapital-mundial-pantalones-vaqueros_130_6477469.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Dec 2020 21:47:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El coronavirus hace explotar la peor crisis en la excapital mundial de los pantalones vaqueros]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[México,Industria textil,Crisis,Covid-19]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Empleadas del gigante textil de Guatemala, golpeadas por defender sus derechos laborales en pandemia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/empleadas-gigante-textil-guatemala-golpeadas-exigir-derechos-laborales-durante-pandemia_130_6476879.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c6245b37-eb9b-4f6c-808e-7c46a5e8f663_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Empleadas del gigante textil de Guatemala, golpeadas por defender sus derechos laborales en pandemia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La compañía Winners, propiedad de la macroempresa surcoreana SA-E,  resultó ser el escenario de una paliza y del despido de tres mujeres sindicalistas.</p></div><p class="article-text">
        La l&iacute;der sindical dice que cerr&oacute; los ojos. Se aferr&oacute; con sus manos a una reja de metal del &aacute;rea de producci&oacute;n de la f&aacute;brica. Sinti&oacute; los tirones de cabello y los pu&ntilde;etazos en su rostro. Dos compa&ntilde;eras fueron golpeadas y amenazadas de muerte por protegerla. Ella resisti&oacute; varios minutos. Hasta que sinti&oacute; el dolor de una mordida quem&aacute;ndole la mano izquierda.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres trabajadoras la golpearon. La llevaron a la oficina de recursos humanos de su f&aacute;brica, ante la mirada de muchas empleadas. As&iacute; lo atestigua un v&iacute;deo que un empleado grab&oacute; con su m&oacute;vil. Seg&uacute;n la sindicalista, la llevaban para obligarla a firmar su renuncia. El 7 de septiembre de 2020, Odilia Caal puso fin a la fuerza a su contrato con la maquila textil Winners, tras 14 a&ntilde;os de trabajo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres semanas despu&eacute;s de la paliza, relata su historia en la mesa de un caf&eacute; del centro hist&oacute;rico de Ciudad de Guatemala. La sindicalista de metro y medio de estatura y fuertes brazos dirige su mirada a la fuerte lluvia que cae en el exterior. Algunas l&aacute;grimas se asoman en sus ojos negros, pero se contiene. &ldquo;No he llorado, ni voy a llorar&rdquo; dice Caal, de 32 a&ntilde;os, ahora exempleada de Winners y fundadora de Sitrawinners, un peque&ntilde;o sindicato que agoniza.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Odilia Caal creó su propio sindicato en 2016 al identificar abusos laborales  dentro de la maquila."
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            <span class="title">
                Odilia Caal creó su propio sindicato en 2016 al identificar abusos laborales  dentro de la maquila.                            </span>
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        Winners fabrica prendas para las marcas GAP, Banana Republic, Old Navy y para los grandes almacenes Walmart, en Canad&aacute;, Estados Unidos y M&eacute;xico. Es una de las seis f&aacute;bricas que el gigante textil surcoreano SAE-A tiene tiene en Guatemala, el primer pa&iacute;s al que lleg&oacute; fuera del continente asiatico, en 2003.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La relaci&oacute;n diplom&aacute;tica con Corea del Sur comenz&oacute; en 1962. Pero fue en1974 cuando el pa&iacute;s asi&aacute;tico abri&oacute; en el pa&iacute;s su primera sede de Centroam&eacute;rica. Seg&uacute;n la C&aacute;mara Guatemalteca Coreana de Comercio (CGCC), hay unos 10.000 residentes surcoreanos. Alrededor de 150 empresas se dedican a la industria textil, lo que representa el 40% del sector.
    </p><p class="article-text">
        La maquila surcoreana Winners est&aacute; en un complejo de bodegas privadas de m&aacute;xima seguridad en el municipio de Mixco, a 13 kil&oacute;metros del centro de la Ciudad de Guatemala. Desde 2005, no paga aranceles, impuestos de importaci&oacute;n ni IVA por los productos que ingresan al pa&iacute;s como materia prima para sus actividades, un beneficio que aplica a todas las maquilas en el pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Casi veinte a&ntilde;os despu&eacute;s, Winners fue una de las compa&ntilde;&iacute;as autorizadas como industria esencial durante el confinamiento por la COVID-19. Llegado ese momento, Odilia Caal dice que ya era muy inc&oacute;moda para la empresa. En marzo, trabajaba para la reinstalaci&oacute;n de siete compa&ntilde;eros despedidos en 2018 de manera injusta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En Centroam&eacute;rica, SA-E tambi&eacute;n tiene maquilas en Costa Rica y Nicaragua. En este &uacute;ltimo pa&iacute;s, hay un precedente de presunto acoso y despido de tres sindicalistas por parte de la empresa que lleg&oacute; a los tribunales y concluy&oacute; con la reincorporaci&oacute;n de dos de ellos.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los siete trabajadores de Winners en Guatemala tambi&eacute;n ganaron el juicio, con apoyo de organizaciones y de Caal. Lograron regresar a sus puestos. Esto, dice la sindicalista, molest&oacute; a la empresa, que advirti&oacute; al resto de trabajadores que si judicialmente se ordenaban m&aacute;s reinstalaciones, iban a cerrar y todos perder&iacute;an sus trabajos. Esto provoc&oacute;, seg&uacute;n Caal, la paliza que recibi&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Caal denunci&oacute; ante la Fiscal&iacute;a. Asegura que Winners utiliz&oacute; a integrantes del otro sindicato mayoritario para golpearla y obligarla a irse. La violencia contra la sindicalista es comprobable en los v&iacute;deos que algunos trabajadores grabaron aquel 7 de septiembre y que le compartieron a Caal. No es posible verificar que las tres mujeres fueran obligadas por la empresa a golpearla porque Winners evit&oacute; dar declaraciones.
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                    alt="Un guardia de seguridad pasea en los alrededores de la maquila Winners, la cual es propiedad de la empresa surcoreana SAE-A"
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                Un guardia de seguridad pasea en los alrededores de la maquila Winners, la cual es propiedad de la empresa surcoreana SAE-A                            </span>
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        Durante m&aacute;s de un mes, El Intercambio solicit&oacute; entrevistas v&iacute;a telef&oacute;nica con los administradores de Winners para contrastar las acusaciones. La jefa de recursos humanos, Alicia Sajch&eacute;, se ofreci&oacute; dar respuestas. En una de las llamadas, declar&oacute;: &ldquo;La lengua no tiene hueso&rdquo; (una manera coloquial de decir que las personas mienten). Yo hablar&eacute; con el gerente y les dir&eacute; cu&aacute;ndo pueden venir&ldquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La jefa de recursos humanos no ha respondido m&aacute;s. Ni el gerente administrativo, Daniel Kim. Ni SA-E, a la que se envi&oacute; un correo electr&oacute;nico al servicio de consultas. Tampoco la Municipalidad de Mixco &mdash;que recibe donaciones de la empresa&mdash;reaccion&oacute; a la solicitud de contacto directo con la maquila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como &uacute;ltimo recurso, el 12 de noviembre, El Intercambio visit&oacute; la sede de Winners. Al ser preguntado por el caso de Odilia Caal, el gerente de la empresa dijo que estaba en horario de trabajo y que no pod&iacute;a responder. Pidi&oacute; a personal de la f&aacute;brica que invitara a salir del lugar a los periodistas. Estos solicitaron un n&uacute;mero de tel&eacute;fono, e indicaron que evaluar&iacute;an dar una respuesta en el futuro.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Las 66 autorizadas</strong></h3><p class="article-text">
        El 16 de marzo, el Gobierno de Guatemala anunci&oacute; el cierre del pa&iacute;s durante seis meses por la pandemia de la COVID-19.&nbsp; Al d&iacute;a siguiente, el presidente deleg&oacute; en el ministro de Econom&iacute;a la decisi&oacute;n de qu&eacute; empresas operar&iacute;an como servicios esenciales. Solo once d&iacute;as despu&eacute;s, el Presidente modific&oacute; las medidas y el ministerio dej&oacute; de dar permisos para operar. En teor&iacute;a, ya solo autorizaba transporte. Una forma alternativa de permitir el funcionamiento.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La autorizaci&oacute;n favoreci&oacute; a 7.487 empresas. Entre estas, 66 maquilas recibieron permisos como industria esencial. El Gobierno nunca dio los nombres &mdash;aunque se solicitaron mediante ley de acceso a la informaci&oacute;n y a trav&eacute;s del departamento de comunicaci&oacute;n del ministerio&mdash;, pero fueron <a href="https://es.scribd.com/document/485808337/Maquilas-autorizadas-como-servicio-esencial-en-Guatemala" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">obtenidos por El Intercambio a trav&eacute;s del grupo parlamentario Semilla</a>.&nbsp;
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                    alt="SAE-A, la gran empresa dueña de Winners y de 5 maquilas más en el país, suspendió en total a 3147 empleados durante la pandemia."
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            <span class="title">
                SAE-A, la gran empresa dueña de Winners y de 5 maquilas más en el país, suspendió en total a 3147 empleados durante la pandemia.                            </span>
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        Una cosa fue la burocracia de los permisos y otra, la realidad. La totalidad de las 331 maquilas que operan en Guatemala permanecieron activas. As&iacute; lo admite la patronal textil ocho meses despu&eacute;s. &ldquo;Todas operaron. No cerr&oacute; ninguna. Se mantuvo el trabajo para los empleados&rdquo;, explic&oacute; Alejandro Ceballos, director de la patronal textil Vestex.
    </p><p class="article-text">
        Las denuncias sobre posibles contagios en maquilas llegaron al Ministerio de Trabajo y a la Procuradur&iacute;a de Derechos Humanos (PDH). Estas entidades comenzaron a realizar inspecciones en la tercera semana de abril para determinar si se cumpl&iacute;an medidas de distanciamiento y sanitarias. En la segunda semana de mayo, trascendieron los primeros casos de contagios en maquilas. Algunos alcaldes y diputados pidieron el cierre de estas f&aacute;bricas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cinco trabajadoras de Winners aseguran que el trabajo en la maquila continu&oacute; sin detenerse durante los meses donde se reportaron m&aacute;s contagios. Esto sucedi&oacute; en las f&aacute;bricas de un pa&iacute;s cuya patronal textil calcula que el 46% de sus empleadas son mujeres. Winners no dice lo contrario porque eligi&oacute; no dar declaraciones. Lo cierto es que de m&aacute;s de 15.000 denuncias presentadas en el Ministerio de Trabajo hasta julio, 4 fueron contra Winners por presuntos contagios. Nunca trascendieron los casos.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                SAE-A, la gran empresa dueña de Winners y de 5 maquilas más en el país, suspendió en total a 3147 empleados durante la pandemia.                            </span>
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        Vestex recibi&oacute; una solicitud el 15 de mayo del Consejo Nacional de Organizaci&oacute;n Textiles, la patronal textil de Estados Unidos, para que no cerrara las maquilas. Y se la traslad&oacute; al ministerio de Econom&iacute;a. Como consecuencia, varias empresas se dedicaron a fabricar 80 millones de mascarillas, pero fueron negociaciones privadas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los contagios, sostiene Ceballos, se produjeron por no haber cerrado. En las dos primeras semanas de mayo se reportaron 250 casos en dos maquilas: Texpia II, propiedad de SA-E,&nbsp; y KP. Las cifras reales nunca trascendieron. &ldquo;Eso fue el lado malo&rdquo;, opina.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A partir de agosto, el sector maquilero de ropa de Guatemala fue el m&aacute;s competitivo del norte de Centroam&eacute;rica, seg&uacute;n Ceballos, porque gestion&oacute; contratos que los pa&iacute;ses vecinos no pudieron atender. Por dos razones: El Salvador no consider&oacute; industria esencial a la maquila y Honduras prioriz&oacute; la vestimenta sanitaria y las mascarillas.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Con la autorizaci&oacute;n de apertura de las 66 maquilas, el ministro Antonio Malouf , quien antes fue presidente de una f&aacute;brica textil llamada Los Volcanes, benefici&oacute; a empresas del sector de donde proven&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 27 de julio del 2020, directivos de SA-E entregaron por lo menos 5.000 bolsas de alimentos en los municipios de Guatemala donde tiene f&aacute;bricas: San Miguel Petapa, Mixco y Villa Nueva. <a href="http://saeablog.com/archives/1503?ckattempt=2" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">En su blog, la compa&ntilde;&iacute;a</a> promocion&oacute; esta entrega. Despu&eacute;s, el 27 de julio,&nbsp; el director de Winners entreg&oacute; al alcalde de Mixco, Neto Bran, otras 2.000 bolsas. La empresa y el pol&iacute;tico publicitaron el acto en sus redes. De la f&aacute;brica que no SA-E dijo nada fue de Texpia 2, ubicada en Villanueva, que cerr&oacute; parcialmente tras detectar por lo menos 29 contagios.
    </p><h3 class="article-text"><strong>El porqu&eacute; del sindicato</strong></h3><p class="article-text">
        Cuando Odilia Caal comenz&oacute; en 2007 a trabajar en la maquila, acababa de cumplir 18 a&ntilde;os y ten&iacute;a dos hijos, de 1 y 2 a&ntilde;os. Cuenta que entonces era t&iacute;mida, callada y ten&iacute;a miedo de perder su empleo. Hoy se muestra como una mujer ruda, que no admite que llora y trabaja desde fuera por recuperar su trabajo y para mejorar las condiciones de sus afiliados y de otros compa&ntilde;eros.
    </p><p class="article-text">
        Este cambio sustancial tuvo su origen en febrero 2016, tras nueve a&ntilde;os en la empresa. Las venas de las piernas de Caal se inflamaron por trabajar de pie, parada, todo el d&iacute;a para revisar que las prendas no tuvieran ning&uacute;n error. Logr&oacute; que la cambiaran de puesto, pero tambi&eacute;n le redujeron el salario de Q2,600 (272 euros) a Q2,300 (239 euros).&nbsp; No confiaba en el sindicato como para pedir su apoyo.
    </p><p class="article-text">
        La enfermera de la empresa le dio el n&uacute;mero de un abogado, que le ayud&oacute; a crear Sitrawinners, su sindicato. Caal logr&oacute; que una vecina de la f&aacute;brica le prestara una habitaci&oacute;n para la primera reuni&oacute;n, a cambio de que le compraran a ella la comida para la reuni&oacute;n.&nbsp; &ldquo;Todas fueron muy valientes -&mdash;dice mientras&nbsp; r&iacute;e con satisfacci&oacute;n&mdash; sal&iacute;an una por una de la f&aacute;brica y entraban a la casa como si fueran a robar un banco&rdquo;, cuenta Caal, mientras lanza una carcajada.
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            <span class="title">
                Trabajadoras de Winners corren hacia las instalaciones de la maquilas a las 6:30am para no ser penalizadas al retrasarse en su horario de acceso.                            </span>
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        La &uacute;ltima semana de abril de 2016, Caal regres&oacute; al trabajo tras concluir la suspensi&oacute;n. Al llegar, la llamaron a la oficina de administraci&oacute;n y le dijeron que estaba despedida. Pero ella llevaba la acreditaci&oacute;n de secretaria general del nuevo sindicato por lo que, legalmente, no pod&iacute;a ser expulsada de Winners.
    </p><p class="article-text">
        Al frente de su sindicato, Caal busc&oacute; reuniones con el gerente general para defender los derechos del resto de trabajadores. Tambi&eacute;n se opuso a que subieran las metas diarias de producci&oacute;n que son el m&iacute;nimo de trabajo que un empleado debe realizar al d&iacute;a. Igual luch&oacute; para que no se descontaran del sueldo las horas que los&nbsp; trabajadores usan para ir a citas m&eacute;dicas al seguro social.&nbsp; En los meses previos a la pandemia, la sindicalista acompa&ntilde;&oacute; casos de despidos injustificados. Hasta que le pegaron la golpiza.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>Las mujeres que acudieron a Caal&nbsp;</strong></h3><p class="article-text">
        En las luchas de Caal siempre ha estado Lubia Salazar, de 41 a&ntilde;os.&nbsp; Lleva 10 a&ntilde;os trabajando en la empresa y es su mano derecha en el sindicato.&nbsp; El lunes 16 de marzo de 2020, al regresar a casa, se encontr&oacute; con la noticia del cierre del pa&iacute;s.&ldquo;En la televisi&oacute;n dijeron que s&oacute;lo iban a funcionar empresas de comida, medicinas. Entonces, decid&iacute; no ir (a trabajar) al d&iacute;a siguiente&rdquo;, dice a principios de septiembre.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Salazar aparenta m&aacute;s a&ntilde;os de los que tiene y no r&iacute;e apenas. Encoge los hombros y levanta las manos, como un gesto de exculpaci&oacute;n por lo que pas&oacute; despu&eacute;s. Recibi&oacute; un mensaje de la empresa: o se presentaba en su puesto al siguiente d&iacute;a o le descontaban parte de su salario. En Guatemala, el salario m&iacute;nimo para la industria de las maquilas es de Q2,581 por mes (273 euros).&nbsp; Es decir, si Lubia faltaba un d&iacute;a le descontar&iacute;an Q84 (9 euros).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La pandemia llev&oacute; a Winners y al sindicato Sitrawinners a posiciones m&aacute;s enfrentadas a&uacute;n. Salazar y Caal presionaron a la empresa para que proporcionar&aacute; autobuses para el traslado del personal y &eacute;sta accedi&oacute;. Pero ambas denuncian que los conflictos no tardaron en llegar: aumento de volumen de trabajo, falta de control sanitario, posibles contagios y los enfrentamientos con la empresa por la reinstalaci&oacute;n de los compa&ntilde;eros expulsados dos a&ntilde;os antes, por los que meses despu&eacute;s Caal firm&oacute; su renuncia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tres semanas despu&eacute;s de la agresi&oacute;n, Lubia Salazar nos recibe acompa&ntilde;ada de otras compa&ntilde;eras. Es un ma&ntilde;ana soleada. Contrasta con la mirada opaca de Lubia. Ella observa c&oacute;mo Ericka M&eacute;ndez, de 30 a&ntilde;os, la mira buscando su aprobaci&oacute;n para hablar. La joven se toma de las manos. Se muestra nerviosa. Jam&aacute;s ha contado su caso fuera del c&iacute;rculo de sus compa&ntilde;eras de trabajo. Por eso se cambia el apellido.
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            <span class="title">
                Lubia Salazar durante una reunión con sus compañeras del sindicato.                            </span>
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        Embarazada de seis meses, el 23 de marzo le informaron de que el horario cambiar&iacute;a: deb&iacute;a ingresar a las seis de la ma&ntilde;ana para salir a las dos de la tarde. As&iacute; tendr&iacute;a dos horas para regresar a su vivienda. Modific&oacute; su rutina, pero dice que tambi&eacute;n aument&oacute; el volumen de trabajo en el horario normal, por no poder hacer horas extra.
    </p><p class="article-text">
        El trabajo de M&eacute;ndez consist&iacute;a en revisar ropa antes de empaquetarla. Ella ten&iacute;a una meta de 2,225 piezas al d&iacute;a. Si cumpl&iacute;a a diario, recib&iacute;a al final de mes Q210 (22 euros) como bono de productividad. Si fallaba tres d&iacute;as, se quedaba sin el bono completo. Pidi&oacute; cambio de puesto y su solicitud fue denegada.
    </p><p class="article-text">
        Ella trabaj&oacute; tres semanas m&aacute;s,&nbsp; pero un d&iacute;a tuvo mareos y n&aacute;useas. No lleg&oacute; a la meta. Le faltaron 20 prendas por revisar y empaquetar. Su supervisor, dice, inform&oacute; a sus superiores. &ldquo;Perd&iacute; el 30% de mi bono &iexcl;por 20 piezas!&rdquo;, se queja Ericka apretando los ojos y girando la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Caal ve a M&eacute;ndez y asiente. Aprueba cada palabra que dice su compa&ntilde;era. Este es uno de los casos que ella intentaba defender. Por ser secretaria general del sindicato ten&iacute;a l&iacute;nea directa con los administradores de la empresa. Ten&iacute;a muchas reuniones para exponerles las quejas de los empleados. Tras cuatro a&ntilde;os de lucha sindical y una pandemia, acumul&oacute; muchos conflictos con la empresa, admite.&nbsp;
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            <span class="title">
                Interior de la maquila Winners.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        La intervenci&oacute;n de Caal sirvi&oacute; para que, en la primera semana de mayo, Ericka fuera suspendida por su estado de salud. Aunque le tomaron esos d&iacute;as a cuenta de vacaciones. Dos semanas despu&eacute;s le informaron de que su contrato hab&iacute;a sido suspendido. Winners suspendi&oacute; 177 contratos, seg&uacute;n datos proporcionados por el Ministerio de Trabajo. SAE-A, la gran empresa due&ntilde;a&nbsp; de Winners y de cinco maquilas m&aacute;s en el pa&iacute;s, suspendi&oacute; en total a 3.147 empleados durante la pandemia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ericka M&eacute;ndez ingres&oacute; en el programa gubernamental Fondo de Protecci&oacute;n al Empleo, uno de los cuatro programas de rescate a empresas por la COVID-19. Fue dotado con Q1,850 millones (US$237 millones). El Gobierno se comprometi&oacute; a pagar Q75 diarios (US$9.64) a cada trabajador al que las empresas no pudieran pagar el salario durante la crisis.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Odilia Caal tambi&eacute;n intent&oacute; que el bono de productividad aumentara. Dice que hab&iacute;a algunas &aacute;reas de la empresa exclusivas para hombres donde este llegaba a los Q550 (US$68). &ldquo;En la f&aacute;brica hay mucho machismo. Si un hombre hubiera sido quien no llega a la meta por 2o piezas, el supervisor no informa&rdquo;, sentencia la sindicalista.
    </p><h3 class="article-text"><strong>La golpiza de la sindicalista</strong></h3><p class="article-text">
        Caal se preocup&oacute; por las condiciones de trabajo de sus dos compa&ntilde;eras y de varias m&aacute;s.&nbsp; Tambi&eacute;n de la reinstalaci&oacute;n de los siete compa&ntilde;eros que hab&iacute;an ganado judicialmente su restituci&oacute;n tras dos a&ntilde;os expulsados. Tres regresaron el jueves 3 de septiembre. El resto no estaba convencido de las condiciones sanitarias de la maquila. Aquel d&iacute;a, algunas compa&ntilde;eras le alertaron de que la estaban esperando los integrantes del otro sindicato. Pero los tres trabajadores recuperaron su empleo sin incidentes.
    </p><p class="article-text">
        El lunes 7 de septiembre, despert&oacute; a las 5:05, como marcaba su alarma. A las 6:21, ingres&oacute; a su trabajo. Le quedaban nueve minutos para empezar la jornada. Comenz&oacute; a separar ropa por tallas, para despu&eacute;s doblarla y empaquetarla. Dice que a las siete de la ma&ntilde;ana, las m&aacute;quinas se apagaron. A ella le pareci&oacute; raro, pero contin&uacute;o con lo suyo.&nbsp; Asegura que se le acercaron tres hombres y una mujer. Los cuatro eran integrantes del otro sindicato: &ldquo;Comenzaron con insultos y a reprocharme que, por mi culpa, la empresa iba a cerrar y despedir a m&aacute;s empleados&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lubia Salazar, que estaba en otro sector de la f&aacute;brica, fue advertida de lo que suced&iacute;a. Para ese momento ya eran m&aacute;s de 10 empleados quienes gritaban. El esc&aacute;ndalo fue tal que el personal administrativo sali&oacute; de las oficinas para saber qu&eacute; pasaba, aseguran las dos sindicalistas.
    </p><p class="article-text">
        Caal cuenta que recibi&oacute; el primer golpe. Intent&oacute; defenderse, pero llegaron m&aacute;s mujeres que la agredieron y empujaron hacia fuera de la f&aacute;brica.&nbsp; En ese momento trat&oacute; de intervenir el gerente de la empresa, Daniel Kim, quien pidi&oacute; que por favor se calmaran, pero uno de los hombres le espet&oacute;: &ldquo;No se meta porque no es su problema&rdquo;. Kim regres&oacute; a su oficina.&nbsp;
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=k28srpDkN3asxfwutuN" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Esta reconstrucci&oacute;n ser&iacute;a comprobable si Winners hubiera dado una entrevista y tambi&eacute;n acceso a las c&aacute;maras de videovigilancia del interior de la f&aacute;brica. Esta es la versi&oacute;n de Caal y Salazar, porque ni Kim ni ning&uacute;n directivo ha accedido a ser entrevistado posteriormente.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Caal s&oacute;lo se cubri&oacute; el rostro. Lubia Salazar intent&oacute; intervenir, pero ella y otra compa&ntilde;era tambi&eacute;n fueron golpeadas. Fue entonces cuando Caal se aferr&oacute; a la reja y recibi&oacute; las mordidas que hicieron que se soltara. Despu&eacute;s, la llevaron hacia una de las oficinas administrativas, donde asegura que la encerraron durante dos horas.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La empresa fue c&oacute;mplice. Me dec&iacute;an que si no renunciaba me iban a matar. Yo ped&iacute;a que me dejaran ir. Pero no lo permit&iacute;an. Al final, personas del otro sindicato me hicieron firmar unos papeles que no le&iacute;, pero dijeron que era mi renuncia&rdquo;, explica Caal con resignaci&oacute;n mientras acusa a Alicia Sajch&eacute;, jefa de recursos humanos de la empresa, de forzar su renuncia.
    </p><p class="article-text">
        Salazar y su otra compa&ntilde;era salieron a buscar ayuda. Encontraron una patrulla de la Polic&iacute;a Nacional Civil (PNC) y le explicaron lo que pasaba. Cuando llegaron los agentes, Caal sali&oacute; con la ropa echa trizas y con varios golpes visibles. Ese fue el &uacute;ltimo d&iacute;a que Odilia Caal pis&oacute; la f&aacute;brica. Lo mismo ocurri&oacute; con sus dos compa&ntilde;eras, quienes tambi&eacute;n recibieron amenazas de muerte. Las tres denunciaron el caso en la fiscal&iacute;a.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Odilia Caal muestra una radiografía donde aparecen los hematomas en la base del cráneo como resultado de la golpiza en la maquila."
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                Odilia Caal muestra una radiografía donde aparecen los hematomas en la base del cráneo como resultado de la golpiza en la maquila.                            </span>
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        Caal fue al m&eacute;dico por un fuerte dolor en el pulm&oacute;n derecho derivado de los golpes que recibi&oacute; una semana antes.&nbsp; Seg&uacute;n su testimonio, la empresa se comunic&oacute; con ella para ofrecerle un autom&oacute;vil, Q40,000 (4.234 euros) y su indemnizaci&oacute;n por 14 a&ntilde;os trabajados, si retiraba la denuncia presentada contra la empresa. Dice que la empresa le prometi&oacute; una reuni&oacute;n para resolver todas las dudas, pero jam&aacute;s se llev&oacute; a cabo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los ojos caf&eacute; de Odilia Caal se humedecen y la mujer lanza una pregunta:&nbsp; &ldquo;&iquest;Saben por qu&eacute; no acepto?&rdquo;. Y se responde a s&iacute; misma: &ldquo;Porque tengo tres hijos que quiero que sepan que tienen derechos. Que nadie puede pisotearlos y pensar que tienen un precio&rdquo;, dice con una sonrisa de satisfacci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis Ángel Sas, Oliver de Ros, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Pablo J. Álvarez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/empleadas-gigante-textil-guatemala-golpeadas-exigir-derechos-laborales-durante-pandemia_130_6476879.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Dec 2020 21:36:26 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Empleadas del gigante textil de Guatemala, golpeadas por defender sus derechos laborales en pandemia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Guatemala,Industria textil,Violencia,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Brutalidad policial en Honduras: empleadas textiles atacadas por ir a trabajar durante el confinamiento]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/trabajadoras-atacadas-iban-tejer-mascarillas-orden-gobierno-hondureno-atacadas-policia-senti-saldriamos-volando-pedazos_130_6474480.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/39b3b1d5-f175-480d-94b1-1712ef9be0df_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Brutalidad policial en Honduras: empleadas textiles atacadas por ir a trabajar durante el confinamiento"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las empleadas de fábricas textiles tienen miedo a hablar por las represalias y la impunidad ante los abusos de la policía. Sus plantas no se detienen ante agresiones o contagios de coronavirus.</p></div><p class="article-text">
        El <em>Enano</em> discuti&oacute; con un polic&iacute;a. El chofer, conocido por su apodo, acababa de intentar una maniobra prohibida. Todo para entrar con su precario autob&uacute;s al principal parque industrial del municipio de Choloma, al norte de Honduras. Era 12 de agosto y pasaban las seis de la ma&ntilde;ana. El conductor trasladaba a 31 obreras y nueve obreros a la maquila Jerzees Nuevo D&iacute;a, una de las siete empresas en Honduras que fabrican ropa para la marca estadounidense Fruit of the Loom. El oficial retuvo el bus por unos minutos. Pero lo dej&oacute; pasar.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Varias maquileras se dirigen a la entrada del parque industrial Zip Choloma, las medidas de distanciamiento social no se cumplen en los portones de acceso del parque."
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                Varias maquileras se dirigen a la entrada del parque industrial Zip Choloma, las medidas de distanciamiento social no se cumplen en los portones de acceso del parque.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Cindy, una de las pasajeras y empleada de la f&aacute;brica textil, observ&oacute; el incidente sorprendida desde su asiento. Recuerda al Enano como un hombre con sobrepeso. Le vio bastantes veces, pero no sol&iacute;a fijarse en &eacute;l. Ese d&iacute;a, iba pensando en regresar bien a su casa, cuando acabara su jornada. El miedo al contagio le generaba mucho estr&eacute;s. Cindy escuch&oacute; cuando el conductor se defendi&oacute; del polic&iacute;a: &ldquo;Viejo &iquest;por qu&eacute; est&aacute;s dejando pasar otros buses y a m&iacute;, no?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente, lo primero que Cindy hizo al subir al bus fue pensar que quiz&aacute; el incidente se repetir&iacute;a. La mujer que elige llamarse Cindy sin apellido por seguridad, salud&oacute; al <em>Enano</em>. &ldquo;Buenos d&iacute;as, a ver c&oacute;mo nos va hoy&rdquo;, le dijo antes de acomodarse en un asiento intermedio de la unidad. Por residir en el sector L&oacute;pez Arellano en Choloma, Cort&eacute;s &mdash;el departamento con m&aacute;s casos detectados de COVID-19 a nivel nacional&mdash;, Cindy prefer&iacute;a salir de casa con la mascarilla puesta y la careta pl&aacute;stica que le dan en el trabajo.
    </p><p class="article-text">
        El bus sali&oacute; de la L&oacute;pez Arellano, a siete kil&oacute;metros del casco urbano de Choloma. Empez&oacute; a circular por una de las principales v&iacute;as de la zona metropolitana del valle de Sula, que concentra el 80% de la zona manufacturera y textil de Honduras. Mientras el viejo veh&iacute;culo amarillo avanzaba por el concurrido bulevar, Cindy se entreten&iacute;a con el reguet&oacute;n que retumbaba en los parlantes. No vio c&oacute;mo el bus estaba a punto de ser detenido por la polic&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En Honduras, las f&aacute;bricas de ropa textil de exportaci&oacute;n, conocidas como maquilas, permanecieron cerradas solo del 10 de marzo al 22 de abril para reducir el contagio por la COVID-19. Reabrieron porque fueron consideradas por el gobierno como sector esencial para fabricar material sanitario a cambio de contratos. Equiparadas a los supermercados, farmacias, bancos y gasolineras. Desde entonces, no pararon.
    </p><p class="article-text">
        Fue el caso de Jerzees, que empez&oacute; a fabricar mascarillas. Aunque su principal cliente siempre fue Fruit of the loom, de la corporaci&oacute;n Berkshire Hathaway Group, un imperio que tiene unos 270 mil empleados y es propiedad del magnate Warren Buffett.
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            <span class="title">
                El bus de El Enano circula por las calles aledañas a la zona manufacturera de Choloma, al norte de Honduras.                            </span>
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        El presidente de Honduras, Juan Orlando Hern&aacute;ndez hab&iacute;a prometido entregar una mascarilla a cada habitante del pa&iacute;s, que ronda los nueve millones. Las 122 maquilas del sector textil fueron beneficiadas por el gobierno para hacer mascarillas a cambio de 128.000 d&oacute;lares (105.539 euros) y batas quir&uacute;rgicas, por 443.944 d&oacute;lares (366.042 euros). Las maquilas las fabricar&iacute;an. Solamente en Choloma hay 78 f&aacute;bricas textiles, as&iacute; que la demanda de transporte fue grande.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El transporte p&uacute;blico estaba prohibido. Muchas maquilas contrataron transporte privado. Jerzees, desde antes de la pandemia, ten&iacute;a un servicio privado en cumplimiento de un acuerdo sindical. Pero la reactivaci&oacute;n de un sector con m&aacute;s de 160.000 empleados tuvo complicaciones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El toque de queda absoluto, decretado en marzo, fue cambiando cada semana. En los primeros meses, tuvieron lugar m&aacute;s de 54.000 detenciones policiales a ciudadanos que presuntamente se saltaron las restricciones y<a href="http://app.conadeh.hn/descargas/Tercer%20Informe%20de%20Actuaciones%20del%20CONADEH.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> un centenar </a>de denuncias ciudadanas por abuso de autoridad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El saludo que Cindy le hizo al <em>Enano</em>, dir&aacute; ella despu&eacute;s, fue un presagio.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed flourish-hierarchy" data-src="visualisation/4128285"><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script></div>

    </figure><p class="article-text">
        El bus amarillo estaba a cinco minutos de llegar a la f&aacute;brica textil. Eran las 6:30 horas del 13 de agosto, cuando dos oficiales de la Polic&iacute;a Nacional lo detuvieron. Estaban esperando al <em>Enano, </em>en un sem&aacute;foro, justo antes de llegar al parque industrial. Los agentes acusaron al conductor de que el d&iacute;a anterior hab&iacute;a intentado agredir a uno de sus compa&ntilde;eros, seg&uacute;n el testimonio posterior de dos pasajeras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Uno de los polic&iacute;as anunci&oacute; que el veh&iacute;culo estaba decomisado. Pidi&oacute; la licencia al conductor y &eacute;ste se neg&oacute; a entregarla, recuerda Cindy. El <em>Enano</em> sugiri&oacute; que uno de los agentes lo acompa&ntilde;ara a dejar a las obreras. Dijeron que no. Las trabajadoras protestaron. No se quer&iacute;an bajar. Una de las operarias grab&oacute; un v&iacute;deo con su celular.
    </p><p class="article-text">
        Aquel 13 de agosto, la detenci&oacute;n policial escal&oacute; de nivel. &ldquo;Miren, j&oacute;venes, yo voy a tirar gas [lacrim&oacute;geno] ahorita, si nadie se quiere bajar&rdquo;, amenaz&oacute; uno de los polic&iacute;as. Un par de j&oacute;venes en el interior del veh&iacute;culo lo retaron: &ldquo;T&iacute;relo&rdquo;. Cindy escuch&oacute; un chasquido y la unidad se inund&oacute; de humo. Las cuarenta pasajeras empezaron a gritar.&nbsp;
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=k4wa605W8u9NjQwutum" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Algunos saltaron por las ventanas. Pero la mayor&iacute;a en esta asfixiante carrera sali&oacute; por la puerta del bus. Lloraron y se maldijeron. Cindy observ&oacute; c&oacute;mo un trabajador era pateado por sus compa&ntilde;eros mientras intentaba salir del bus. Otro cay&oacute; sobre un veh&iacute;culo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Minutos despu&eacute;s del ataque, las v&iacute;ctimas fueron atendidas por personal de la maquila donde trabajaban: 16 sufrieron alg&uacute;n trauma, cuatro fueron trasladadas al Instituto Hondure&ntilde;o de la Seguridad Social (IHSS) y 12 fueron incapacitadas temporalmente por efectos del gas lacrim&oacute;geno. Una de las incapacitadas fue Cindy. Cuando intentaba escapar del gas, escuch&oacute; gritos en el suelo. Intent&oacute; no pisar a su compa&ntilde;ero. El salto salvador le cost&oacute; un esguince en el pie izquierdo. Permaneci&oacute; 21 d&iacute;as sin trabajar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La noticia del bus gaseado fue viral en Honduras el 13 de agosto de 2020, pero luego cay&oacute; en el olvido.&nbsp;El <em>Enano</em> desapareci&oacute; de Champer&iacute;o, la comunidad de la colonia L&oacute;pez Arellano donde viv&iacute;a. A algunos conocidos les dijo que prefer&iacute;a irse de su casa tras haberse involucrado en un asunto con la polic&iacute;a.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Un polic&iacute;a a juicio</strong></h3><p class="article-text">
        La brutalidad policial y militar en Honduras ha sido evidente en los momentos de crisis pol&iacute;tica. Durante el golpe de Estado de 2009, las fuerzas policiales y militares reprimieron las manifestaciones con un saldo de 20 asesinatos. Pero dos a&ntilde;os despu&eacute;s, la Polic&iacute;a Nacional entr&oacute; en crisis por una serie de asesinatos cometidos por sus miembros y por sus v&iacute;nculos con el crimen organizado. La depuraci&oacute;n policial comenz&oacute; en ese entonces y se destap&oacute; el problema estructural en esa instituci&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para las elecciones del 2017, la Polic&iacute;a Nacional y el Ej&eacute;rcito reprimieron las protestas de fraude electoral. La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Honduras (OACNUDH) identific&oacute; un patr&oacute;n com&uacute;n en 22 muertes producidas por miembros de la Polic&iacute;a y las Fuerzas Armadas. <a href="https://contracorriente.red/2018/08/15/sin-castigo-militares-que-dispararon-a-matar-en-crisis-post-electoral/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los culpables de esta violencia no han sido juzgados</a>.&nbsp; En enero del 2020, Leonel Sauceda, uno de los altos jerarcas de la Polic&iacute;a, fue encarcelado luego que no pudiese justificar 14 millones de lempiras (476.480 euros).
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a despu&eacute;s de que la polic&iacute;a gaseara el bus del <em>Enano</em>, la Polic&iacute;a Nacional reconoci&oacute; que los dos oficiales aplicaron un procedimiento &ldquo;inadecuado&rdquo; al discutir con los pasajeros y detonar una bomba de gas lacrim&oacute;geno. Inadecuado, pero no excesivo. <a href="https://www.policianacional.gob.hn/noticias/7481" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Conden&oacute; el hecho con un comunicado</a> y suspendi&oacute; temporalmente de labores en la calle a los dos agentes involucrados.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="El policía implicado en el caso fue custodiado y sacado por la puerta trasera para que la prensa no pudiera fotografiarlo."
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                El policía implicado en el caso fue custodiado y sacado por la puerta trasera para que la prensa no pudiera fotografiarlo.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        El portavoz nacional de la Polic&iacute;a, Jair Meza, asegur&oacute; semanas despu&eacute;s a Contracorriente que el incidente con el <em>Enano</em> fue consecuencia del d&iacute;a anterior. Porque padec&iacute;an &ldquo;estr&eacute;s laboral&rdquo;. El alto oficial redujo el incidente a una falta y excus&oacute; a los agentes que atacaron el bus. &ldquo;Hay muchas personas que no quieren hacer caso&rdquo;, justific&oacute; ignorando que los empleados de la maquila no desobedec&iacute;an, solo iban a trabajar en bus.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras dos meses de investigaciones, la Direcci&oacute;n de Asuntos Disciplinarios Policiales (Didadpol) recomend&oacute; el despido para el oficial que lanz&oacute; la bomba. Pero consider&oacute; que el otro agente no tuvo participaci&oacute;n activa en los hechos. Fue una recomendaci&oacute;n, pues la decisi&oacute;n final corresponde a la Secretar&iacute;a de Seguridad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El caso est&aacute; en los tribunales. La Fiscal&iacute;a acusa al oficial de delimitaci&oacute;n e impedimento de derechos fundamentales de las pasajeras del bus. El delito se produce cuando los funcionarios de gobierno violan derechos garantizados por la Constituci&oacute;n. El acusado ir&aacute; a juicio, pero podr&aacute; defenderse en libertad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Jerzees Nuevo D&iacute;a <a href="https://drive.google.com/file/d/1hEFRs4IOJQ5xHreqQIkT-8IGPZwy82gf/view?usp=drivesdk" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">lament&oacute; el atentado mediante un comunicado</a>. &ldquo;Investigaremos este incidente y se proceder&aacute; a realizar las gestiones pertinentes para evitar que este tipo de acontecimientos se repita&rdquo;, reza el comunicado. No fue posible contactar con la empresa para obtener declaraciones sobre el d&iacute;a en que la polic&iacute;a tir&oacute; gas pimienta a un bus privado contratado por Jerzees para llevar operarias.
    </p><p class="article-text">
        Aquel 13 de agosto, a las seis de la ma&ntilde;ana, hab&iacute;a unos 815 empleados de Jerzees yendo a trabajar en 13 autobuses privados. Los trabajadores reciben un salario m&iacute;nimo mensual <a href="http://www.trabajo.gob.hn/wp-content/uploads/2020/01/Tabla-Salario-Minimo-2020.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">de 8,226.39 lempiras (370.45 d&oacute;lares)</a>. Para preservar el empleo y obtener una bonificaci&oacute;n extra deben superar el 100% de la meta de producci&oacute;n diaria. Es lo que se llama un r&eacute;cord de alta productividad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cindy lo tiene muy presente cada d&iacute;a al salir caminando de su casa hacia uno de esos buses. Aquel 13 de agosto, quer&iacute;a llegar al 110%. Su objetivo es ahorrar para apoyar a su hija de 17 a&ntilde;os a estudiar en la universidad.&nbsp;Muchas empresas maquiladoras, como Jerzees, obligaron a las obreras a regresar al trabajo sin garantizar un transporte que las recogiera en su casa para llevarlas a las f&aacute;bricas. Cindy, cada d&iacute;a, bajaba &mdash;y lo sigue haciendo&mdash; a las 6:10 de la ma&ntilde;ana por la empinada calle que la lleva de su peque&ntilde;a casa al punto de buses donde esperaba al <em>Enano</em> para trasladarse a Jerzees.
    </p><h3 class="article-text"><strong>La pasajera del asiento intermedio</strong></h3><p class="article-text">
        Cindy, 34 a&ntilde;os,&nbsp;la empleada que se hizo un esguince en el incidente del bus, comenz&oacute; a trabajar en la maquila a los 18 a&ntilde;os. Es mestiza, ojos grandes, pelo lacio y de voz fuerte. Durante la conversaci&oacute;n, est&aacute; muy seria. De c&oacute;mo huy&oacute; del asiento intermedio del bus, sobre todo recuerda la urgencia.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Cindy en su casa en la colonia López Arellano, donde viven la mayoría de trabajadoras de maquilas."
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                Cindy en su casa en la colonia López Arellano, donde viven la mayoría de trabajadoras de maquilas.                            </span>
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        Vive en la colonia L&oacute;pez Arellano, donde habita casi la mitad de la poblaci&oacute;n de Choloma y uno de los lugares&nbsp;m&aacute;s poblados del pa&iacute;s. De all&iacute; es la mayor&iacute;a de la plantilla de Jerzees que viajaba en el bus del <em>Enano</em>. Su nombre se lo debe a Oswaldo L&oacute;pez Arellano, un militar que gobern&oacute; Honduras durante ocho a&ntilde;os tras un golpe de Estado en 1963.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el sector L&oacute;pez Arellano viven unas 132.000 personas diseminadas en unas 40 colonias, seg&uacute;n datos gubernamentales. Este sector es caliente, expresi&oacute;n que refleja su alto &iacute;ndice de criminalidad. Solo por debajo de Tegucigalpa y San Pedro Sula.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Una banda denominada La Rumba le disputa esta plaza a la pandilla Mara Salvatrucha (MS13). Pelean territorios para vender droga y extorsionar a los negocios grandes de esta zona. La poblaci&oacute;n sobrevive mayoritariamente del trabajo en la maquila, las remesas y el empleo informal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cindy es una mujer de pocas palabras. Actualmente vive en un peque&ntilde;o cuarto que alquila por 1.200 lempiras (41 euros) mensuales. En la casa funciona tambi&eacute;n una peque&ntilde;a tienda, donde se vende arroz, frijoles, az&uacute;car y refrescos de cola. En esa peque&ntilde;a pieza vive con sus dos hijas. La que cumplir&aacute; 17 a&ntilde;os, estudia la secundaria. &ldquo;Quiere ser psic&oacute;loga o abogada, ser&aacute; lo que a ella le guste&rdquo;, dice Cindy ilusionada. Su otra ni&ntilde;a tiene nueve a&ntilde;os y est&aacute; en la escuela primaria.
    </p><p class="article-text">
        Cindy pide anonimato porque siente temor. No aclara si a las represalias en su empleo o por haber estado involucrada en una escena donde aparece la Polic&iacute;a Nacional. Mientras conversamos hace gestos de dolor. Despu&eacute;s de 15 d&iacute;as del incidente en el bus, su pie izquierdo a&uacute;n sigue inflamado por la contusi&oacute;n producida al escapar del gas lacrim&oacute;geno.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Cindy muestra su tobillo hinchado después del golpe que sufrió al tratar de huir del gas lacrimógeno.                            </span>
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        &ldquo;Pens&aacute;bamos que nos &iacute;bamos a ahogar&rdquo;, arranca Cindy. En medio de aquella nube negra, mientras buscaba con desesperaci&oacute;n respirar algo que no fuese humo, escuch&oacute; la voz de un hombre que ped&iacute;a a gritos no ser pateado. Ella intent&oacute; no golpearlo y salt&oacute;. Camin&oacute; y vomit&oacute;. Desorientada se sent&oacute; a la orilla de la carretera. Cuando se quiso levantar, no pudo. Su pie izquierdo se hab&iacute;a hinchado y estaba morado. Tambi&eacute;n se golpe&oacute; la mano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Fue trasladada al IHSS donde le indicaron que ten&iacute;a un esguince en el tobillo y le dieron una incapacidad por 21 d&iacute;as. Durante este tiempo solo recibir&iacute;a de Jerzees el 25% del salario m&iacute;nimo. El IHSS no cubri&oacute; sus medicamentos y tuvo que comprar un analg&eacute;sico inyectable que cuesta 206 lempiras (siete euros). Cindy se coloc&oacute; m&aacute;s de diez dosis. Tuvo que regresar a trabajar con dolores por el esguince. Al menos, dice con alivio, no se contagi&oacute; de COVID-19 en esa ida y venida al hospital. En seis meses de pandemia seis trabajadores del sector maquilero fallecieron por el virus &mdash;cuatro hombres y dos mujeres&mdash; y 151 m&aacute;s recibieron atenci&oacute;n por contagiarse en las f&aacute;bricas hondure&ntilde;as, seg&uacute;n datos oficiales del IHSS.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Contagios en la f&aacute;brica</h3><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Medina, sindicalista de Jerzees, asegura que hubo contagios de trabajadores en su maquila y que dos compa&ntilde;eros murieron de la COVID-19. Aunque no determin&oacute; si estos se contagiaron en el trabajo. Esto no detuvo la operaci&oacute;n de la f&aacute;brica, advierte la mujer cuya victoria m&aacute;s recordada fue lograr la reapertura de Jerzees Honduras en septiembre de 2009, despu&eacute;s de que esta cerrase sus operaciones como medida de presi&oacute;n por la creaci&oacute;n del sindicato. En enero de 2008, 1.300 trabajadoras y trabajadores fueron despedidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En Jerzees, como en la mayor&iacute;a de f&aacute;bricas, los trabajadores fueron enviados por decreto de vacaciones obligatorias. Patrono y trabajador deb&iacute;an conciliar. La realidad es que los empleados fueron enviados de vacaciones sin su consentimiento.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="María Medina cuenta que en la maquila Jerzees hubo varios contagiados por COVID-19 e incluso fallecidos; sin embargo, las operaciones de trabajo nunca se detuvieron."
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                María Medina cuenta que en la maquila Jerzees hubo varios contagiados por COVID-19 e incluso fallecidos; sin embargo, las operaciones de trabajo nunca se detuvieron.                            </span>
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        Representantes de trabajadores, patrones y gobierno acordaron apoyar a los trabajadores suspendidos con una aportaci&oacute;n solidaria de 6.000 lempiras (204 euros). El gobierno entreg&oacute; la mitad para cada empleado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El Estado invirti&oacute; m&aacute;s de 18 millones de euros en los empleados del sector maquilador. Solo a Jerzees Nuevo D&iacute;a, le dio 5.358.000 lempiras (182.328 euros) para 892 obreras y obreros suspendidos. Esto alcanz&oacute; para pagar un bono de 100 euros a cada trabajador por dos meses. Con este acuerdo la industria maquilera no tuvo que destinar grandes cantidades para cubrir los salarios de sus empleados suspendidos, quienes s&iacute; tuvieron que acomodarse a un recorte en sus ingresos.&nbsp;
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    </figure><h3 class="article-text"><strong>La pasajera del asiento de atr&aacute;s</strong></h3><p class="article-text">
        Maritza iba en el asiento de atr&aacute;s del bus amarillo el 13 de agosto. Como su compa&ntilde;era Cindy. Con 41 a&ntilde;os, es una mujer alegre de voz suave y pausada. Mientras hablamos con ella en su casa, su perro Oso, merodea y nos vigila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Maritza prefiere hablar desde el anonimato, su historia no es f&aacute;cil. No se llama as&iacute;, as&iacute; que tampoco elige un apellido falso. Lleg&oacute; a trabajar en una f&aacute;brica de capital chino cuando solo ten&iacute;a 15 a&ntilde;os. Era menor de edad, por lo que us&oacute; documentos prestados de otra persona. As&iacute; funcionaba antes, dice ella, que lleg&oacute; de un pueblo en el occidente del pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde entonces han pasado 26 a&ntilde;os. Es madre soltera desde que su pareja la abandon&oacute;. &ldquo;Nunca quise ponerle padrastro a mis hijos&rdquo;, dice esta mujer de tez blanca y mechas en su cabello casta&ntilde;o. Trabajando en la maquila, Maritza pudo criar a sus hijos. La mayor, de 24 a&ntilde;os, es secretaria biling&uuml;e. Su hijo, de 21, es mec&aacute;nico automotriz. Ambos tambi&eacute;n se dedican a trasladar personal de empresas en un microb&uacute;s que Maritza les compr&oacute;.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Maritza recuerda, mientras ve los buses pasar, como pensó que iba a morir en el bus tras la detonación de esa bomba lacrimógena.                            </span>
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        Hace cinco a&ntilde;os, Maritza compr&oacute; una casa. Lo hizo con prestaciones laborales que recibi&oacute; cuando Jerzees cerr&oacute; en 2008 y con ayuda del abuelo paterno de sus hijos. &ldquo;Si me voy por bajo rendimiento, no me ir&eacute; avergonzada porque un d&iacute;a fui estrella (tuvo alta productividad)&rdquo;, dice con un brillo especial en los ojos.
    </p><p class="article-text">
        Maritza cuenta que en la calle donde vive en la L&oacute;pez Arellano, es la &uacute;nica que utiliza mascarilla. En Jerzees s&iacute; hubo contagios, a&ntilde;ade. Pero a su juicio hay poca responsabilidad de la empresa en esto. Durante la jornada laboral la empresa emite recordatorios a trav&eacute;s de altoparlantes. A cada momento, se repite que no est&aacute; permitido platicar y que las mascarillas y caretas son obligatorias. Hay abundante gel de alcohol, pero dice que muchos est&aacute;n cansados de los protocolos de seguridad. Algunos los ignoran en espacios no supervisados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aquel jueves 13 de agosto, Maritza abord&oacute; la unidad y se fue a los asientos traseros. Confirma que parec&iacute;a que los polic&iacute;as estaban esperando el bus. Escuch&oacute; la conversaci&oacute;n entre el piloto y los polic&iacute;as. Al <em>Enano</em> le dijeron que hab&iacute;a tenido un problema el d&iacute;a anterior cuando intent&oacute; atropellar a otro agente de polic&iacute;a. Ella sostiene que no fue as&iacute;. &ldquo;El conductor nunca tuvo intenciones de da&ntilde;ar a nadie&rdquo;, asegura.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;El bus tron&oacute;&rdquo;</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Hubo un chispazo. Tron&oacute; el bus. Sent&iacute; que saldr&iacute;amos volando en pedazos&rdquo;, dice mientras hace ademanes y eleva la voz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Pens&eacute; que me iba a morir. No pod&iacute;a respirar y ped&iacute;a agua, pero a se&ntilde;as. Sent&iacute;a una gran picaz&oacute;n en la garganta&rdquo;. Entre empujones y gritos, sali&oacute; por la puerta. Al recuperar el aliento, comenz&oacute; a llorar. Entr&oacute; en un colapso nervioso. &ldquo;Gritaba que nos iban a matar&rdquo;. Necesit&oacute; media hora para recuperar la calma. Su hijo, el mec&aacute;nico, pas&oacute; por ella.
    </p><p class="article-text">
        Su ce&ntilde;o se frunce cuando le preguntamos qu&eacute; siente ahora al mirar a un agente de seguridad p&uacute;blica. &ldquo;Ellos (la polic&iacute;a) no tienen piedad para quererlo matar a uno&rdquo;, dice.
    </p><p class="article-text">
        La maquila sigue operando. En la carretera principal, cerca de donde ocurri&oacute; el ataque al bus de las obreras de la maquila, se pueden ver decenas de personas, familias enteras pidiendo dinero. El largo confinamiento ha convertido en mendigos a miles. Cindy, Maritza y Mar&iacute;a, que no pararon de trabajar, agradecen mantener su empleo.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="El bus de El Enano se mantiene decomisado como evidencia para el seguimiento del caso en las dependencias policiales de Choloma."
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                El bus de El Enano se mantiene decomisado como evidencia para el seguimiento del caso en las dependencias policiales de Choloma.                            </span>
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        La vetusta unidad, con placa A-AE-4688, permanece en la Unidad Metropolitana Policial n&uacute;mero 10. Est&aacute; ubicada en la comunidad de R&iacute;o Nance, a nueve kil&oacute;metros de donde ocurri&oacute; la agresi&oacute;n policial. En la parte frontal del veh&iacute;culo decomisado a&uacute;n resiste el r&oacute;tulo con la leyenda Jerzees Nuevo D&iacute;a. Despu&eacute;s de la huida del <em>Enano</em>, el due&ntilde;o del bus ha intentado recuperar su veh&iacute;culo sin suerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hasta ahora el &uacute;nico detenido es el bus amarillo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Contracorriente/El Intercambio, Allan Bu, Deiby Yánes, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Pablo J. Álvarez, Jennifer Ávila]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/trabajadoras-atacadas-iban-tejer-mascarillas-orden-gobierno-hondureno-atacadas-policia-senti-saldriamos-volando-pedazos_130_6474480.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 03 Dec 2020 21:10:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Brutalidad policial en Honduras: empleadas textiles atacadas por ir a trabajar durante el confinamiento]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Honduras,Industria textil,Agresiones policiales,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De fábrica textil a espacio feminista: trabajadoras salvadoreñas se defienden ante los despidos por la pandemia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fabrica-textil-espacio-feminista-trabajadoras-salvadorenas-defienden-despidos-pandemia_130_6474406.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/cb9349e7-2534-46b4-a128-c9b3f0c441cf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De fábrica textil a espacio feminista: trabajadoras salvadoreñas se defienden ante los despidos por la pandemia"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tras un despido sin indemnización, un grupo de trabajadoras se convirtió en un caso excepcional en El Salvador. Ocuparon su lugar de trabajo para exigir la deuda que los dueños se niegan a pagar después de cerrar la empresa y acabaron convirtiendo la fábrica textil en un lugar de aprendizaje con enfoque de género</p></div><p class="article-text">
        La maquila Florenzi ya no es maquila. Desde el 8 de julio del 2020, Industrias Florenzi es una f&aacute;brica textil tomada por sus trabajadoras. Las mujeres que durante a&ntilde;os marcaron su entrada en jornadas de ocho horas por un sueldo m&iacute;nimo, ahora pasean por la f&aacute;brica desierta que han hecho temporalmente suya.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las m&aacute;quinas de coser, los hilos, los botones y las prendas dejaron de ser materiales de trabajo para producir blusas Pierre Cardin. Son rehenes de las nuevas jefas de Industrias Florenzi. La nave es un campamento, donde 113 extrabajadoras resisten para recibir las compensaci&oacute;n que les corresponde. La f&aacute;brica permanecer&aacute; bajo su control hasta que el propietario les pague su indemnizaci&oacute;n, prestaciones laborales y&nbsp; los cuatro meses de salarios que les debe.&nbsp;Sino, ir&aacute;n a las cortes y buscar&aacute;n quedarse legalmente con la f&aacute;brica. Negocian sin contraparte. Pese a las denuncias, la demandas y la toma de sus instalaciones, el due&ntilde;o no responde.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 18 de marzo, el presidente Nayib Bukele orden&oacute; el cierre durante cuatro meses de las 152 maquilas (f&aacute;bricas textiles que importan sus productos sin pagar aranceles y los comercializan en el pa&iacute;s de origen de la materia prima, generalmente EEUU) y <em>call centers</em> de El Salvador por su alta concentraci&oacute;n de trabajadores.&nbsp;A diferencia de Honduras y Guatemala, el trabajo de las f&aacute;bricas textiles no fue considerado esencial, lo que forz&oacute; a las f&aacute;bricas a detener operaciones, retrasar la producci&oacute;n y pagar salarios mientras durase la emergencia. Muchas maquilas no cumplieron con los pagos. Entre ellas Industrias Florenzi.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Las mujeres de Florenzi permanecen las 24 horas del día haciendo guardia en la entrada y en el interior de la fábrica."
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                Las mujeres de Florenzi permanecen las 24 horas del día haciendo guardia en la entrada y en el interior de la fábrica.                            </span>
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        Esta maquila oper&oacute; 35 a&ntilde;os en Soyapango, un municipio industrial del &aacute;rea metropolitana de San Salvador. La empresa no resisti&oacute; el cierre temporal obligatorio y el 8 de julio una gerente anunci&oacute; a las m&aacute;s de doscientas empleadas que Florenzi estaba en quiebra. Hasta entonces, contaba con clientes como la marca de uniformes sanitarios Grey's Anatomy by Barco y la de ropa de dise&ntilde;o Pierre Cardin. Tambi&eacute;n subarrendaba a otras empresas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Industrias Florenzi es parte de un complejo extenso compuesto por tres naves. En Soyapango, en el &aacute;rea metropolitana de El Salvador. En la primera, la m&aacute;s grande, las 210 empleadas trabajaban durante ocho horas diarias en corte y confecci&oacute;n, carga y empaquetado de blusas formales.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el nacimiento de Florenzi se vieron involucradas personas importantes en la vida social y pol&iacute;tica salvadore&ntilde;a. Durante su primer a&ntilde;o de funcionamiento, Carlos Humberto Henr&iacute;quez,&nbsp;fue el apoderado judicial de la maquila. Durante 2014-2017, fue director de la junta directiva de la Comisi&oacute;n Ejecutiva Hidroel&eacute;ctrica del R&iacute;o Lempa (CEL). La CEL es una empresa estatal que genera energ&iacute;a el&eacute;ctrica a trav&eacute;s de la explotaci&oacute;n del R&iacute;o Lempa, el r&iacute;o m&aacute;s grande de El Salvador y la geotermia.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El due&ntilde;o y representante legal de Florenzi fue Roberto Pineda, quien muri&oacute; el 12 junio de 2020, en medio de la pandemia. A&ntilde;os atr&aacute;s, tambi&eacute;n fue director del Club Campestre Cuscatl&aacute;n, el club social m&aacute;s exclusivo de El Salvador, donde la &eacute;lite se re&uacute;ne a jugar al golf.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde la muerte de Letona, Florenzi qued&oacute; en manos de su hijo Sergio Pineda, quien hasta la fecha no se ha presentado a reunirse con las trabajadoras.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de m&uacute;ltiples correos y llamadas a Sergio Pineda, actual representante legal de Florenzi, se visit&oacute; la residencia de los Pineda Letona para pedirle una entrevista. La vivienda est&aacute; en las Lomas de San Francisco, una de las zonas m&aacute;s lujosas de El Salvador. El personal dom&eacute;stico se neg&oacute; a recibir la solicitud impresa. Hasta el cierre de este reportaje no se ha obtenido respuesta de Pineda.
    </p><p class="article-text">
        La familia Pineda, due&ntilde;a de la maquila, no pag&oacute; los cuatro meses de los salarios que le deb&iacute;an a las m&aacute;s de doscientas empleadas por la pandemia, ni la indemnizaci&oacute;n por los a&ntilde;os trabajados. Para compensar, les ofreci&oacute; una m&aacute;quina de coser marca Singer o Brother. 
    </p><p class="article-text">
        De ser nuevas, su coste rondar&iacute;a los 200 d&oacute;lares (165 euros). Pero las m&aacute;quinas llevaban m&aacute;s de 10 a&ntilde;os funcionando. Casi la mitad acept&oacute;. A otras las cuentas no les sal&iacute;an. Las que hicieron c&aacute;lculos fueron 113 mujeres. Ellas ganaban 300 d&oacute;lares al mes (248 euros), el salario m&iacute;nimo en El Salvador. Seg&uacute;n los c&aacute;lculos de ese grupo de empleadas, Industrias Florenzi les debe, solo en salarios, m&aacute;s de 500.000 d&oacute;lares (413.857 euros), por los &uacute;ltimos cuatro meses de trabajo de todas las trabajadoras.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Durante el mes de agosto hombres vestidos de policías trataron de sacar las máquinas e insumos guardados en la fábrica."
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                Durante el mes de agosto hombres vestidos de policías trataron de sacar las máquinas e insumos guardados en la fábrica.                            </span>
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        El 8 de julio, esas 113 mujeres no solo empezaron una lucha legal. Tambi&eacute;n se apropiaron del plan estatal lanzado por el partido Arena en los a&ntilde;os 90. La clave del grupo pol&iacute;tico de derecha fue utilizar a las maquilas como uno de los&nbsp;grandes proyectos tras la guerra civil (1980-1992). La clave del entonces partido de gobierno fue reproducir el formato al que le apostaron todos los gobiernos centroamericanos: f&aacute;bricas textiles con incentivos fiscales como generadoras de empleo, a cambio de mano de obra barata. El negocio funcion&oacute; y hoy hay 17 zonas francas con exoneraci&oacute;n de impuestos, que generan m&aacute;s de 56.000 empleos. La mayor parte de la ropa producida por estas maquilas es importada por Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        La historia de Florenzi es la de unas mujeres que pelearon contra ese sistema neoliberal en donde los pobres cosen lo que los ricos visten. Sus exigencias conllevaron primero denuncias en el ministerio de Trabajo, la Fiscal&iacute;a y la Procuradur&iacute;a de Derechos Humanos. Pero el cambio frente al modelo de protesta laboral, heredado de los movimientos sociales salvadore&ntilde;os del siglo XX, fue el enfoque de g&eacute;nero que las 113 le dieron a la toma al aliarse para recibir talleres con asociaciones feministas locales.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>La primera de las 113</strong></h3><p class="article-text">
        Nery Ram&iacute;rez, de 40 a&ntilde;os, dedic&oacute; siete a&ntilde;os a Florenzi. Cos&iacute;a el cuello de las blusas Pierre Cardin. Como no le alcanzaba, en los almuerzos vend&iacute;a dulces para tener un ingreso extra.&nbsp;Ahora es la lideresa de las 113 mujeres. Su casa la usa para ba&ntilde;arse, lavar ropa o cambiarse. Por las noches, duerme con el resto de mujeres sobre colchonetas en los pasillos de Florenzi. El resto de su tiempo es una inversi&oacute;n pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Habitar la maquila no es c&oacute;modo. No tienen muebles y se organizan en bancas o sillas de pl&aacute;stico. Consigue platos de comida para los grupos de cinco mujeres que hacen guardia. El men&uacute; es casi invariable: caf&eacute;, huevos, frijoles, arroz y tortillas que preparan ellas en cocinas peque&ntilde;as y fogatas en la acera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La toma de Florenzi empez&oacute; por los derechos laborales de 113 mujeres y se convirti&oacute; en una lucha que las trabajadoras definen como feminista. Reciben charlas semanales gestionadas por colectivos feministas, como la organizaci&oacute;n Ormusa, que se adhirieron para darle enfoque de g&eacute;nero a su causa.&nbsp;&ldquo;Como hemos aprendido a romper patrones de violencia, muchas mujeres ahora entienden que no son objetos ni esclavas en el hogar y ahora los esposos ya no quieren que vengan&rdquo;,&nbsp; dice Nery Ram&iacute;rez.&nbsp;
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                Cuando fueron despedidas, el dueño de la maquila les ofreció como indemnización una máquina de coser.                            </span>
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        Nery Ram&iacute;rez pasa los d&iacute;as en la acera de la entrada a la f&aacute;brica: habla con abogados, periodistas o activistas y coordina v&iacute;veres y ayuda. No supera el metro y medio de estatura, morena y de cuerpo grueso. Siempre usa una camisa gris de manga larga bajo una camiseta dos tallas m&aacute;s grande. Es para evitar que la queme el sol. Usa gorras que esconden un pelo corto y un cubrebocas negro de tela. Cuida a las mayores y se preocupa por las que est&aacute;n m&aacute;s enfermas. Tambi&eacute;n es la encargada de la disciplina, las rega&ntilde;a si no cumplen sus tareas, como sacar el toldo bajo el que se sientan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n cuando hace chistes, la voz de la lideresa de las 113 nunca pierde un tono formal. Como si permanentemente estuviera dando declaraciones. Ese tono de voz lo ha entrenado desde 2006, cuando inici&oacute; como l&iacute;der sindical en otra maquila, de la cual tambi&eacute;n la despidieron sin compensaci&oacute;n salarial. Tres a&ntilde;os despu&eacute;s, la echaron de otra f&aacute;brica textil. Y, en 2020, de Florenzi.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Conoce de memoria cada detalle de las trabajadoras y los recita cuando hace una denuncia p&uacute;blica. Habla de todas menos de ella. Esta ex sindicalista ve el cambio en sus compa&ntilde;eras: &ldquo;La vez pasada me cont&oacute; una que por primera vez le dijo a su familia que ya no era su cholera (empleada dom&eacute;stica); el esposo le dijo que le planchara la ropa y ella se neg&oacute;&rdquo;. Cuando cuenta la historia se r&iacute;e con orgullo. Ram&iacute;rez no solo dirige los turnos de guardia, la cocina y la limpieza, tambi&eacute;n&nbsp; las batallas legales de unas trabajadoras que afrontan la situaci&oacute;n decididas a marcar un precedente.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las trabajadoras intentan no acercarse a las naves. Han hecho su espacio en la acera, frente a la calle y el pasillo de la entrada pero entran solo cuando es necesario. Las 113 son cuidadosas de no tocar nada. Las naves se mantienen cerradas e intactas desde el d&iacute;a en que tomaron la f&aacute;brica: cualquier da&ntilde;o a los materiales puede traerles peores consecuencias.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text"><strong>Maquileras y empoderadas</strong></h3><p class="article-text">
        En El Salvador, la movilizaci&oacute;n feminista contempor&aacute;nea ha estado m&aacute;s enfocada en la lucha por derechos reproductivos. Pero cuando Kayla C&aacute;ceres, de la asociaci&oacute;n Colectiva Amorales, se enter&oacute; de la situaci&oacute;n de Florenzi, se sinti&oacute; reflejada: su mam&aacute; y su hermana trabajaron en la misma maquilas a&ntilde;os atr&aacute;s. Su hermana a&uacute;n era menor de edad mientras trabajaba en la maquila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        C&aacute;ceres llev&oacute; la historia a la Colectiva Amorales y el caso se empez&oacute; a mover entre agrupaciones feministas. Organizaciones como Ormusa y la Red de defensoras de derechos humanos se comenzaron a presentar de manera regular en la maquila hasta convertirse en sus mayores aliadas. As&iacute; las 113 se aprendieron a organizar en las protestas, a dar a conocer su caso y a entender la importancia del acompa&ntilde;amiento pol&iacute;tico.&nbsp;La mayor&iacute;a de las ex empleadas de Florenzi apenas hab&iacute;an o&iacute;do hablar de feminismo hasta que se cruzaron con Kayla C&aacute;ceres.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 17 de agosto, alrededor de 40 exempleadas protestaron en contra del ministro de Trabajo, Rolando Castro. Alegaban que el ministro ha protegido al due&ntilde;o de la maquila y no a los intereses de las trabajadoras. Detuvieron el tr&aacute;fico en el centro de gobierno, una zona de oficinas de gobierno que aglutina a la mayor&iacute;a de ministerios, Procuradur&iacute;a General de la Rep&uacute;blica y Asamblea Legislativa. Se encuentra a pocos kil&oacute;metros del centro hist&oacute;rico de El Salvador, uno de los bulevares m&aacute;s transitados del pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><iframe src="https://geo.dailymotion.com/player/x8zbz.html?video=x7xuc2b" allowfullscreen allow="fullscreen; picture-in-picture; web-share"></iframe><p class="article-text">
        Con micr&oacute;fonos y pancartas, exig&iacute;an la renuncia del ministro y justicia en el caso. Sab&iacute;an d&oacute;nde protestar. Ah&iacute; la prensa conoci&oacute; a las trabajadoras de Florenzi. En medio de la divisi&oacute;n de la carretera, bajo los 30 grados de San Salvador, Nery Ram&iacute;rez tom&oacute; el micr&oacute;fono y con voz alta dijo: &ldquo;M&aacute;s violaciones a los derechos y al ministro Castro no lo ven. Nada ha cambiado, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;n nuestros derechos? &iquest;solamente plasmados en los libros? Solo para gente pudiente y a nosotros no nos atienden. Mientras no alcemos nuestras voces, no nos vamos a dar a conocer&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las compa&ntilde;eras mov&iacute;an las pancartas, otras tomaban el micr&oacute;fono para tambi&eacute;n exigir las respuesta del ministro. Grupos feministas radicales encapuchadas, como el colectivo Majes Emputadas, gritaban consignas. C&aacute;ceres tambi&eacute;n las acompa&ntilde;aba y las trabajadoras coreaban con ellas. A su alrededor los carros les pitaron por el tr&aacute;fico que generaron, pero en&nbsp;dos horas de protesta, a una calle del ministerio de Trabajo, el ministro no sali&oacute; a recibirlas.
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                    alt="Con mantas y pancartas en rechazo al ministro de trabajo, las mujeres instalaron una carpa para pasar en guardia en la entrada de la fábrica."
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                Con mantas y pancartas en rechazo al ministro de trabajo, las mujeres instalaron una carpa para pasar en guardia en la entrada de la fábrica.                            </span>
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        &ldquo;El valor que uno tiene para tomar este tipo de acciones no es de cualquiera [...] Algo que me ha motivado y me ha dado coraje es la injusticia, porque es bastante indignante las condiciones en las que estamos viviendo. Esto no es nuevo y las autoridades lo callan&rdquo;, respondi&oacute; Ram&iacute;rez sobre por qu&eacute; decidi&oacute; organizar la protesta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El ministro Castro las acus&oacute; <a href="https://twitter.com/RolandoCastroSv/status/1301548446940364801" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en su cuenta de Twitter</a> de manipuladas y mentirosas. El pol&iacute;tico aleg&oacute; en la red social que nunca las ignor&oacute;. Dijo que las recibi&oacute; m&aacute;s de 15 veces. Las trabajadoras aseguran que solo fue una vez. Semanas despu&eacute;s, aclar&oacute; a Gato Encerrado que &eacute;l no las recibi&oacute;, que fueron varios integrantes de su equipo. Se desentendi&oacute; del caso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Castro adujo que el Ministerio de Trabajo no ten&iacute;a &ldquo;las suficientes herramientas legales&rdquo; para ayudarlas y que el proceso ya estaba en los tribunales. Si el ministro hubiera atendido antes las exigencias de las 113, su protesta no habr&iacute;a llegado a etapa judicial.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 28 de agosto, sucedi&oacute; un hito para el grupo de trabajadoras. C&aacute;ceres &mdash;la hija y hermana de ex maquileras&mdash; se sent&oacute; junto a Ram&iacute;rez en la comisi&oacute;n de trabajo de la Asamblea Legislativa para denunciar el caso ante un grupo de diputados. Gracias a las protestas en el centro de gobierno, diputados de distintas fracciones se acercaron a ella para escuchar sus exigencias y las invitaron a la comisi&oacute;n. El dictamen fue un&aacute;nime: recomendaban&nbsp; al ministro de Trabajo defender los derechos laborales de las trabajadoras.
    </p><h3 class="article-text"><strong>Las trabajadoras aprenden a decir &ldquo;no&rdquo;</strong></h3><p class="article-text">
        El jueves 22 de septiembre, la ministra de Vivienda, Michelle Sol &mdash;a ra&iacute;z de la presi&oacute;n de las colectivas y la presi&oacute;n en redes sociales&mdash; se comprometi&oacute; a reunirse con las 113 trabajadoras, llevarles alimento y escucharlas. No lleg&oacute;. Envi&oacute; 90 bolsas junto con su equipo de v&iacute;deo, que tom&oacute; las fotograf&iacute;as para mostrar en redes sociales que su ministerio dio el donativo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras Nery Ram&iacute;rez observaba a sus compa&ntilde;eras hacer fila para recoger el alimento, reflexionaba en voz alta sobre el taller. La palabra 'sororidad' es la que m&aacute;s retumbaba en su cabeza por trabajar tan de la mano con tantas mujeres. Pero el feminismo es una palabra que todav&iacute;a le produc&iacute;a incomodidad. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Para ser feminista, hay que prepararse antes de tomarse el derecho de llamarse as&iacute;. Debe de haber preparaci&oacute;n. Las compa&ntilde;eras cada vez est&aacute;n m&aacute;s empoderadas, luchando y defendiendo. Yo puedo decir que estoy 50% y 50%, porque me hace falta, pero esto es una lucha feminista porque las que llevamos la batuta ac&aacute; somos mujeres&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Un mes despu&eacute;s, en una casa comunal, a unos metros de Florenzi, una trabajadora anotaba como una estudiante todo lo que el instructor dicta sobre accidentes laborales. Se llama Elsa Ch&aacute;vez , tiene 49 a&ntilde;os y labor&oacute; en Florenzi desde 1995. Hasta ahora, nunca hab&iacute;a escuchado sobre derechos laborales. Tras m&aacute;s de 20 a&ntilde;os en Industrias Florenzi, ahora asiste al taller. No lo dijo en la reuni&oacute;n, pero todas sus compa&ntilde;eras lo saben: cuando su hija menor ten&iacute;a 12 a&ntilde;os, fue violada por su padre. Ella lo denunci&oacute; y la ni&ntilde;a pari&oacute; un beb&eacute; con s&iacute;ndrome de down. Elsa se hizo madre por cuarta vez con el beb&eacute; de su hija.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando su nieto naci&oacute;, en 2012, Industrias Florenzi le dio un adelanto de su indemnizaci&oacute;n. El ni&ntilde;o de 13 a&ntilde;os es hoy su hijo menor. Industrias Florenzi le debe ocho a&ntilde;os de indemnizaci&oacute;n que se traducen en 2.400 d&oacute;lares (1.983 euros), sin contar sueldos restantes, fondo de pensiones y seguro social. Con ese dinero quiere cuidar a su nieto antes de jubilarse.&nbsp;
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                Algunas de las mujeres han emprendido sus propios negocios y así apoyan a las compañeras más necesitadas.                            </span>
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        Por personas como Elsa Ch&aacute;vez, Industrias Florenzi ha pasado de ser una maquila a un espacio de aprendizaje de derechos. Las asociaciones imparten a las exempleadas talleres de derechos laborales,&nbsp; g&eacute;nero, educaci&oacute;n y salud sexual, en los que se les insiste la importancia de chequeos m&eacute;dicos y ginecol&oacute;gicos. Algunas dicen que las ha ayudado a empoderarse a nivel personal y en su causa laboral. La mayor&iacute;a son mujeres que superan los 40 a&ntilde;os y a&uacute;n dudan en llamarse a s&iacute; mismas feministas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En las concentraciones y protestas algunas bailan y corean a todo pulm&oacute;n: &ldquo;El patriarcado se va a caer&rdquo;. Otras lo hacen, pero con mucha verg&uuml;enza. Muchas no gritan, pero dicen que, aunque ellas no se identifiquen como feministas, la toma de la maquila es una lucha feminista.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El entorno de Florenzi es principalmente femenino, la mayor&iacute;a son mujeres casadas, madres y abuelas. Los talleres han permitido crear espacios seguros para que muchas se identifiquen por primera vez como mujeres lesbianas o bisexuales en espacios c&oacute;modos. 
    </p><p class="article-text">
        A pesar de que la mayor&iacute;a son mujeres adultas que provienen de hogares religiosos, muchas de las trabajadoras han encontrado espacios m&aacute;s c&oacute;modos y amorosos en la maquila que en sus casas. A Kayla C&aacute;ceres,&nbsp;de Colectiva Amorales, le impresiona ese proceso de reconocimiento de la diversidad sexual.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Otras mujeres han aprendido a reconocer situaciones de violencia y han conversado sobre el consentimiento sexual. En estos talleres descubrieron que pueden negarse cuando no quieren tener relaciones sexuales con sus maridos. Algunas no sab&iacute;an que negarse era una posibilidad.
    </p><p class="article-text">
        En cuatro meses, las 113 pusieron denuncias ante la Fiscal&iacute;a, ante el Ministerio de Trabajo, hicieron visitas a oficinas de gobierno y protestaron. Para las trabajadoras de Florenzi la toma es una lucha, a&uacute;n si eso significa pelear legalmente la maquila y quedarse con ella. Mientras resisten en los vestigios de lo que meses atr&aacute;s fue su lugar de trabajo, las m&aacute;quinas de coser retenidas acumulan polvo entre el equipo y la ropa que protegen como su &uacute;nica garant&iacute;a de justicia.
    </p><p class="article-text">
        Todas las trabajadoras se apoyan en Nery Ram&iacute;rez. A ella le comienza a pesar esa carga. En su casa, necesitan que comience a trabajar para pagar la luz y el agua. Esto sumado al silencio del due&ntilde;o de Florenzi, le estresa y desalienta. Algunas ya se comenzaron a rendir. Abandonaron la toma porque necesitaban apoyar en sus casas. Ellas pasan de vez en cuando y les llevan frutas, pollo o carne para ayudarles con el dinero que ahora ganan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De las 113, ahora quedan 106.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Carmen Valeria Escobar, Emerson Flores, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Pablo J. Álvarez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fabrica-textil-espacio-feminista-trabajadoras-salvadorenas-defienden-despidos-pandemia_130_6474406.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 02 Dec 2020 21:37:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[De fábrica textil a espacio feminista: trabajadoras salvadoreñas se defienden ante los despidos por la pandemia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Feminismo,Industria textil,Precariedad laboral,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El regreso de los hijos de la guerra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/regreso-hijos-guerra_1_1144578.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/14b7aec7-f2f8-4643-b82c-a93e0a1e9c47_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Una niña camina junto a uno de los murales que recuerdan la guerra en Nueva Trinidad"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La de Aníbal y Víctor es una historia poco contada: la de los campesinos sin tierra que están siempre a un error, un huracán o una plaga de perderlo todo</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Tercera entrega de la <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-Torcido_0_956104689.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">serie de reportajes publicada en colaboraci&oacute;n con El Intercambio sobre quienes son deportados a Centroam&eacute;rica desde EEUU</a></li>
                            </ul>
            </div><h3 class="article-text">El bucle</h3><p class="article-text">
        Regresaron obligados a La Playa. Pero frente a la orilla, nunca hubo mar. Volvieron a sus casas, al sector junto a la rivera del r&iacute;o Gualsinga. Eran los hermanos mayores de dos familias vecinas. Nacidos durante la guerra de El Salvador, la paz les hab&iacute;a obligado a migrar.
    </p><p class="article-text">
        Ambos hab&iacute;an huido de la violencia de la pobreza. Y ambos, An&iacute;bal Mart&iacute;nez, de acuosos ojos azules, y V&iacute;ctor Galeas, de hier&aacute;tica mirada caf&eacute;, acabaron deportados. A principios de 2019, volvieron a ser vecinos de parcela con parcela. De nuevo en La Playa, un lugar monta&ntilde;oso lejos de cualquier oc&eacute;ano de posibilidades.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Nacidos durante una guerra civil, para An&iacute;bal y V&iacute;ctor, sobrevivirla no era el final del camino. La paz tom&oacute; para ellos una forma violenta, de condena c&iacute;clica: la de una pobreza de la que huyen y a la que les regresan. Un agricultor o alba&ntilde;il gana como m&aacute;ximo seis d&oacute;lares al d&iacute;a, cuando consigue trabajo. Es la realidad de muchos. Nueva Trinidad es tambi&eacute;n el municipio con la mayor tasa de retornados desde Estados Unidos en El Salvador, que es adem&aacute;s, el pa&iacute;s con la segunda tasa de homicidios m&aacute;s alta del mundo.
    </p><p class="article-text">
        Como Guatemala y Honduras, sus vecinos en el Tri&aacute;ngulo Norte de Centroam&eacute;rica, El Salvador se vac&iacute;a en desorden. Seg&uacute;n datos del gobierno salvadore&ntilde;o, un tercio de su poblaci&oacute;n vive fuera del pa&iacute;s. Un problema que comparte con el conjunto de una regi&oacute;n que adem&aacute;s se drena por el lado m&aacute;s joven y se queda sin futuro. Tan s&oacute;lo en 2014, m&aacute;s de 40.000 menores de edad centroamericanos trataron de llegar a EEUU.
    </p><p class="article-text">
        La dimensi&oacute;n de la crisis econ&oacute;mica y de seguridad que asola Centroam&eacute;rica y el n&uacute;mero de migrantes que recibe Estados Unidos fueron la justificaci&oacute;n del Gobierno de Barack Obama para impulsar ya en 2014 un plan de desarrollo econ&oacute;mico para la crisis que viv&iacute;a y a&uacute;n vive la regi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Bajo el pomposo nombre de Plan Alianza Para la Prosperidad del Tri&aacute;ngulo Norte de Centroam&eacute;rica (PAPTN) buscaba diferenciarse de los escasos resultados de planes anteriores como el Carsi o el Plan M&eacute;rida, m&aacute;s centrados en la seguridad ciudadana que en la econom&iacute;a. &Eacute;ste ser&iacute;a m&aacute;s amplio, incluso transversal, tratar&iacute;a de desarrollar el talento humano y las actividades productivas. Los tres gobiernos pondr&iacute;an dinero para el plan. Algo que nunca sucedi&oacute;.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Entre 2016 y 2018, la Agencia Estadounidense para el Desarrollo (USAID) cumpli&oacute; su parte del compromiso y envi&oacute; a sus contratistas en El Salvador 204 millones de d&oacute;lares, seg&uacute;n cifras del Banco Interamericano para el Desarrollo (BID), para crear nuevos programas y dar continuidad a los que ya estaban en marcha.
    </p><p class="article-text">
        En paralelo, el gobierno de El Salvador seleccion&oacute; 44 municipios en los que deb&iacute;a aumentar la inversi&oacute;n. Como criterio para seleccionarlos, las estad&iacute;sticas de deportaci&oacute;n y la tasa de homicidios. La presidencia del Gobierno etiquet&oacute; 593 proyectos con las siglas del PAPTN en los presupuestos de esos a&ntilde;os. Y eso fue todo. El Salvador no aument&oacute; su inversi&oacute;n. Estados Unidos tir&oacute; la toalla en septiembre de 2019.
    </p><p class="article-text">
        Nueva Trinidad, el lugar donde viven An&iacute;bal y V&iacute;ctor tras su deportaci&oacute;n, no recibi&oacute; un s&oacute;lo d&oacute;lar de este plan que pueda evitar que ambos traten de huir de nuevo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La de An&iacute;bal y V&iacute;ctor es una historia poco contada: la de los salvadore&ntilde;os que no salen en la foto de la sangre, pero tambi&eacute;n viven con el miedo a la muerte. A otra muerte. La de los campesinos sin tierra que est&aacute;n siempre a un error, un hurac&aacute;n o una plaga de perderlo todo en esos caser&iacute;os aislados y remotos donde las vidas, de no buscar salidas lejanas, se apagan en silencio.
    </p><p class="article-text">
        La Playa, el sector de la comunidad donde viven An&iacute;bal, de 41 a&ntilde;os, y V&iacute;ctor, de 37, est&aacute; en el sureste de Chalatenango, muy cerca de Honduras. Ambos son hijos de la guerra que pele&oacute; el pa&iacute;s en la d&eacute;cada de los 80. Ni&ntilde;os de los combates y los desplazamientos forzados de poblaci&oacute;n a lo m&aacute;s profundo de la monta&ntilde;a o al otro lado de la frontera. An&iacute;bal perdi&oacute; dos hermanos asesinados por el Ej&eacute;rcito. Blanca, la madre de V&iacute;ctor, sufri&oacute; dos abortos involuntarios mientras hu&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Ellos sobrevivieron. Solo para que los expulsara una batalla de posguerra. La de una carencia que so&ntilde;aron superar. Ten&iacute;an poco m&aacute;s de 20 a&ntilde;os cuando viajaron por separado a Estados Unidos. No cumplieron sus sue&ntilde;os. All&iacute; chocaron de nuevo con la misma violencia que se extend&iacute;a por El Salvador de posguerra.
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        An&iacute;bal lav&oacute; platos en Los &Aacute;ngeles durante tres a&ntilde;os antes de ser deportado. A finales de la d&eacute;cada, volvi&oacute; a irse a Denver. De nuevo en restaurantes. Siete a&ntilde;os aguant&oacute; tras su segundo viaje fracasado al norte. Cuenta que no tuvo la culpa. Que fueron sus compa&ntilde;eros de piso. Que estaban borrachos, rompieron cristales y uno se desangr&oacute;. Los vecinos llamaron a la Polic&iacute;a. Despu&eacute;s de esa deportaci&oacute;n, dice, se le quitaron las ganas de regresar.
    </p><p class="article-text">
        V&iacute;ctor fue ayudante de cocina durante doce a&ntilde;os en Arlington, Virginia. De entonces le queda una cicatriz vertical que cruza su est&oacute;mago. No puede hacer trabajos pesados. Es el resultado de una pu&ntilde;alada que le meti&oacute; un hombre en 2018. Dice que no lo conoc&iacute;a de nada. &ldquo;A vos te ando buscando&rdquo;, recuerda que le dijo, en espa&ntilde;ol. Su paso por el hospital, sospecha, alert&oacute; a Migraci&oacute;n. No ten&iacute;a documentos. Fue detenido mientras fumaba en la puerta del restaurante salvadore&ntilde;o donde trabajaba.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Ambos coinciden en algo m&aacute;s. El pueblo, dicen los dos, sigue igual. La novedad es que ahora, al menos, se puede llegar. De regreso en casa, notaron que los caminos de tierra se hab&iacute;an convertido en v&iacute;as asfaltadas. Por sus r&iacute;os, cascadas, cerros y por su patrimonio hist&oacute;rico. Nueva Trinidad forma parte de la oferta tur&iacute;stica de un pa&iacute;s que ejercita la memoria hist&oacute;rica. Que en vez de construir hoteles y restaurantes en los que emplear a las v&iacute;ctimas presentes, ha decidido tender carreteras para recordar a las pasadas.
    </p><p class="article-text">
        El Frente Farabundo Mart&iacute; para la Liberaci&oacute;n Nacional (FMLN), partido nacido de la guerrilla que gobierna desde hace treinta a&ntilde;os en este pueblo, ha apostado por recordar la guerra desde el trazo infantil que dibuja las masacres o la huida forzosa. Como si pudiera olvidar. Nueva Trinidad vive alrededor de un &aacute;rbol de copinol que recuerda la tragedia. La Guardia Nacional, dirigida por un sanguinario sargento Le&oacute;n, colgaba a la gente de sus ramas y a nadie se le ha ocurrido cortarlo.
    </p><p class="article-text">
        Ense&ntilde;a el &aacute;rbol Miguel &Aacute;ngel V&aacute;squez, p&aacute;rroco de Nueva Trinidad y Arcatao desde 1986, antes de entrar a la iglesia. Cruza la puerta con vitrales de la Virgen Mar&iacute;a y deja a un lado un mural de un Jesucristo encadenado, que observa a tres militares apuntar a dos prisioneros con vendas en los ojos. Se sienta en una banca, recuerda y explica. Cuenta que, a diferencia de otros sacerdotes, &eacute;l no se implic&oacute; con la guerrilla y que la repoblaci&oacute;n de posguerra en este municipio de siete dispersos y boscosos cantones no fue f&aacute;cil.
    </p><p class="article-text">
        La historia de la migraci&oacute;n contempor&aacute;nea a Estados Unidos no aparece retratada en las &eacute;picas pinturas de las paredes de Nueva Trinidad.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Cada cant&oacute;n funciona como un pueblo independiente. &ldquo;La gente [de Carasque] tendr&iacute;a muchas razones para odiar o recordar negativamente la lucha de la guerrilla, sin embargo ven de otro modo lo que pas&oacute;. La gente fue haciendo suya la lucha&rdquo;, dice el cura V&aacute;squez al recordar que los muertos en el cant&oacute;n donde viven V&iacute;ctor Galeas y An&iacute;bal Mart&iacute;nez, llegaron por los dos bandos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo cambi&oacute; Carasque despu&eacute;s de la guerra?, le preguntamos a Blanca, la mam&aacute; de V&iacute;ctor.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si esa guerra hubiera seguido, ya nos hubi&eacute;ramos muerto mil veces. Cambi&oacute; bastante, antes no hab&iacute;a productores, como ahora, que dan estudios a los ni&ntilde;os. Hubo muchas aflicciones. Pero hubo la ayuda [internacional], zapatos, cuadernos, uniformes. Agua no ten&iacute;amos y ahora s&iacute;, aunque se pague un recibito.
    </p><p class="article-text">
        Carasque cambi&oacute;. Los murales en el cant&oacute;n describen la fuerza de la comunidad, adquirida como m&eacute;todo de supervivencia. Los estudiantes reciben el mensaje de paz y civismo, el consenso contra la miner&iacute;a o la b&uacute;squeda de igualdad entre ni&ntilde;as y ni&ntilde;os. Los alumnos ahora s&iacute; llegan a bachillerato y son educados en su propia historia. Tienen m&aacute;s suerte y derechos que los hijos de la guerra, la generaci&oacute;n de los deportados, que no tuvo oportunidad alguna y sufri&oacute; lo que ahora se recuerda.
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                </figure><h3 class="article-text">Los hombres de la familia</h3><p class="article-text">
        En el sector La Playa, un caminito de cemento lleva a la casa celeste y a la abarroter&iacute;a de An&iacute;bal Mart&iacute;nez, construida con vigas de &aacute;lamo, muy poco a poco, con las remesas. Sus quince fam&eacute;licas vacas pastan a un costado de la casa. A&ntilde;os atr&aacute;s derrib&oacute; la vivienda de su madre y se construy&oacute; una propia, con un cuarto para ella. Tiene alergia al jocote (fruto parecido a la ciruela). Tanta que la tos le dificulta hablar. No ten&iacute;a que haber comido la fruta, dice. Pero le gusta.
    </p><p class="article-text">
        Este hombre alto y rubio se sienta en su porche con su hija peque&ntilde;a sobre sus piernas. No deja de mover esas chanclas destruidas que calza. Se aferra a las pitas de pl&aacute;stico de la silla de playa para explicarse. Se siente inc&oacute;modo. Tanto que pide cambiar su identidad. Recordar el hambre de la infancia le hace llorar. No pas&oacute; de s&eacute;ptimo grado. Ten&iacute;a 14 a&ntilde;os cuando muri&oacute; su pap&aacute; y tuvo que convertirse en agricultor a tiempo completo para ayudar a su familia.
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        &mdash;&iquest;Qu&eacute; vida dejabas aqu&iacute;?, le preguntamos a An&iacute;bal.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Voy a decir la verdad, no me averg&uuml;enzo: yo me fui porque yo ten&iacute;a mi madre, mi hermanita, mi sobrino [...] Nam&aacute;s alcanzaba para darles de comer, pero yo solo no pod&iacute;a. Trabajaba de aclarando a oscureciendo, a veces de noche, me iba para el pueblo a buscar trabajo [...] No era solo yo. Yo dije: 'Pa' quitarme la vida aqu&iacute; trabajando, la aventuro, porque un d&iacute;a Dios me va a dar algo pa'comer'.
    </p><p class="article-text">
        En la parcela de al lado, un port&oacute;n met&aacute;lico lleva a la casa de la mam&aacute; de V&iacute;ctor Galeas. La vivienda es de adobe, piedra, pl&aacute;sticos y techo de l&aacute;mina. El gru&ntilde;ido de dos cerdos y el cacareo de muchos pollos ponen sonido ambiente. Son de la mam&aacute;. V&iacute;ctor carece de trabajo, tierras o animales. Desde que lleg&oacute;, hace tres meses, trabaja cuando puede en la construcci&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En EEUU, V&iacute;ctor ganaba 500 d&oacute;lares semanales en el restaurante salvadore&ntilde;o de Arlington. Cada mes, mandaba 400 a Nueva Trinidad. 200 para &eacute;l y 200 para su madre. Ahora, gana entre seis y diez d&oacute;lares por jornada de trabajo al sol. V&iacute;ctor no se llama as&iacute;. Pide cambiar su nombre, igual que su vecino. Tiene un lunar a la altura del labio y una mirada congelada en un rostro redondo. Apenas gesticula y economiza al m&aacute;ximo sus respuestas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Has pensado alguna vez qu&eacute; podr&iacute;as hacer aqu&iacute; para prosperar?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pues 'nam&aacute;s' trabajar en la tierra.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Ni so&ntilde;ando piensas en comprar tierra?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo digo que no.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Cu&aacute;l era tu meta?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hacer la casa y venirme.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Alguna vez mandaste dinero para tu casita?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, 'nom&aacute;s' mandaba, pero como todas las enfermedades que hubieron, no se pudo.
    </p><p class="article-text">
        Su madre, Blanca, le interrumpe muchas veces para hablar. De voz quejumbrosa y expresivos ojos caf&eacute;, dice que prefiere que est&eacute; con ella, en el pueblo. Pero siente culpa. Perdi&oacute; la movilidad de su mano derecha. Una pu&ntilde;alada de pandillero. V&iacute;ctor se qued&oacute; sin dinero por tres razones: por la pu&ntilde;alada de Blanca, por un c&aacute;ncer fulminante que acab&oacute; con la vida de su cu&ntilde;ada y por la pu&ntilde;alada que le metieron a &eacute;l.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &mdash;&iquest;Dice que ahora ve a su hijo triste?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mi hijo se decepcion&oacute;. Ten&iacute;a planes, ten&iacute;a una novia de all&aacute; que quiere darle la mitad del dinero [para que regrese a EEUU]. Pero para que vaya a la c&aacute;rcel, le digo que mejor no vaya.
    </p><p class="article-text">
        Mientras su madre prepara un pollo con arroz, V&iacute;ctor Galeas ni menciona a su novia. Solo habla de sus primos en Arlington, de su cuarto alquilado, del trabajo. Su madre dice que en la escuela solo lleg&oacute; a sexto. Antes de irse al norte, fue cobrador en un bus para apoyar a sus pap&aacute;s y a sus seis hermanos. Rehuye la mirada con facilidad. Dice que siempre fue una persona seria. Pero desprende un halo de soledad cuando se le ve sentado en el porche de la casa de su hermana, en la misma parcela de su mam&aacute;. Tiene la mirada instalada en la misma vida que dej&oacute; doce a&ntilde;os antes y a la que regres&oacute; con lo mismo que se llev&oacute;. Con nada.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Parte de su generaci&oacute;n estudi&oacute; en escuelas de alfabetizaci&oacute;n que la Iglesia cre&oacute; aqu&iacute;, en Chalatenango, durante la guerra. El salto fue may&uacute;sculo cuando cada vez m&aacute;s j&oacute;venes lograron llegar a noveno grado.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, mientras Galeas y Mart&iacute;nez estaban en EEUU, la Iglesia lanz&oacute; un programa de becas para la universidad. El padre V&aacute;squez est&aacute; muy orgulloso de los m&aacute;s de doscientos j&oacute;venes que ya pasaron por el programa y de las tres casas que tienen en San Salvador y que ocupan como residencia. Dice, convencido, que los muchachos con posibilidad de estudiar no migran.
    </p><p class="article-text">
        Juan Orellana, uno de los maestros de la escuela de Carasque, igual de orgulloso de sus alumnos y de la historia de su municipio, es m&aacute;s pesimista. Tras terminar su clase, los estudiantes salen a jugar al campo de f&uacute;tbol que mira a los cerros. Orellana se sienta en las gradas. Pone en perspectiva a la juventud y opina: &ldquo;Aunque terminen de estudiar, no encuentran trabajo. Migran muchos porque no ven opciones para quedarse&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">El sue&ntilde;o del consumismo</h3><p class="article-text">
        Al terminar la guerra, no hubo prosperidad econ&oacute;mica en Nueva Trinidad. Te&oacute;filo C&oacute;rdova, el alcalde del FMLN, acepta, casi treinta a&ntilde;os despu&eacute;s de los Acuerdos de Paz, que los vecinos de ese municipio de agricultores y ganaderos tienen pocas alternativas a la migraci&oacute;n. &ldquo;Ven, que la &uacute;nica manera de conseguir lo que necesitan es irse a Estados Unidos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La camisa morada del regidor hace juego con las paredes del sal&oacute;n de la alcald&iacute;a. C&oacute;rdova, de cuerpo estrecho y largas u&ntilde;as, calcula que el 75% de la econom&iacute;a local depende del gobierno central y municipal. Y el 25%, de la cooperaci&oacute;n internacional. &ldquo;Somos absolutamente dependientes&rdquo;, admite el alcalde de un lugar donde el dinero para la prosperidad nunca lleg&oacute;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        A veces, la alcald&iacute;a ofrece trabajo a los vecinos. Arreglo de carreteras o edificios. En &eacute;poca seca, despu&eacute;s de las cosechas, hay m&aacute;s demanda de empleo. Tienen programas para apoyar a la producci&oacute;n agr&iacute;cola, al medio ambiente, a las pol&iacute;ticas de g&eacute;nero. &ldquo;Buscamos participaci&oacute;n igualitaria, pero los materiales pesados los cargan hombres y las actividades m&aacute;s livianas, las mujeres&rdquo;, dice C&oacute;rdova.
    </p><p class="article-text">
        La idea de colectividad es fuerte en el municipio. Desde los Acuerdos de Paz, Nueva Trinidad tiene un plan estrat&eacute;gico participativo. &ldquo;Es el m&eacute;todo para que la gente se sienta parte&rdquo;, dice el regidor. En el centro, junto a la iglesia y la alcald&iacute;a, hay un comedor y una tienda comunitaria.
    </p><p class="article-text">
        En Los Pozos &ndash;el cant&oacute;n de donde es oriundo C&oacute;rdova&ndash; hay una piscifactor&iacute;a comunitaria, para producci&oacute;n de tilapia. En Carasque, uno de sus siete cantones, hay sastrer&iacute;a comunitaria, donde fabrican uniformes escolares.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La tradicional resistencia a separarse de las familias &ndash;muy unidas, casi fusionales&ndash; heredada de los tiempos de la guerra, cuando la uni&oacute;n hac&iacute;a la fuerza, ya casi no existe. La idea de comunidad en Nueva Trinidad es s&oacute;lida, pero la realidad econ&oacute;mica se la est&aacute; llevando por delante. Frente a la urgencia y la carest&iacute;a, cuando se trata de migrar al norte, la necesidad del d&oacute;lar norteamericano no genera oposici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mandarinas, palos de pepeto [fruta salvadore&ntilde;a], jocotes, mara&ntilde;ones [anacardo], naranjas, zapotes. Los recuerdos de infancia de V&iacute;ctor Galeas y An&iacute;bal Mart&iacute;nez son los de dos ni&ntilde;os agricultores que jugaban a agarrar frutas de los &aacute;rboles en un pueblo que siempre ha vivido del ma&iacute;z, del frijol, del maicillo, y del ganado. El de Nueva Trinidad era y es un modelo de desarrollo seco, primario, falto de inversi&oacute;n y formaci&oacute;n. Un sistema que no acaba de apostarle al giro hortifrut&iacute;cola para repensar su limitada econom&iacute;a local.
    </p><p class="article-text">
        An&iacute;bal Mart&iacute;nez tiene la columna vertebral da&ntilde;ada. Hablarlo vuelve a partirle. Fue en Denver, un d&iacute;a de 2012. Mientras abr&iacute;a el refrigerador, sinti&oacute; una descarga el&eacute;ctrica sobre la espalda y se resquebraj&oacute; por el suelo de su apartamento compartido. Reconoci&oacute; un dolor infantil, salvadore&ntilde;o. Regres&oacute; al instante en que se cay&oacute; de un &aacute;rbol de pepeto mientras jugaba.
    </p><p class="article-text">
        Cuando se golpe&oacute; la frente tan duro que crey&oacute; que se le hab&iacute;an salido los ojos de las cuencas. Casi veinte a&ntilde;os despu&eacute;s de aquel primer golpe, sinti&oacute; una pu&ntilde;alada. Era la memoria del cuerpo, los discos lesion&aacute;ndose. Pas&oacute; meses sin trabajar. Solo. El gasto m&eacute;dico lo enfoc&oacute; r&aacute;pido de vuelta al trabajo, los env&iacute;os de dinero, la casa y las primeras dos vacas que le compr&oacute; a su actual pareja, una hondure&ntilde;a que conoci&oacute; en Denver.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &mdash;&iquest;Qu&eacute; pas&oacute; tras la ca&iacute;da?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No comprendes el da&ntilde;o que llevas por dentro hasta que el dolor se torna grave. Y yo creo que la mayor&iacute;a que va a Estados Unidos, regresa mal.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Por qu&eacute;?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Nos olvidamos de nosotros mismos para que a la familia no le falte nada.
    </p><h3 class="article-text">Excelent&iacute;sima presidenta</h3><p class="article-text">
        No todas las familias. Algunas se sacrifican juntas. Regresan juntas. Sea lo correcto o no.
    </p><p class="article-text">
        Flor Pineda es la primera presidenta de la historia de El Salvador. Camina segura y sonriente hacia un atril, entre un p&uacute;blico infantil. Es el D&iacute;a Internacional de la Ni&ntilde;a en 2018 y Pineda representa a la ONG Plan International. El ahora expresidente Salvador S&aacute;nchez Cer&eacute;n le cede simb&oacute;licamente el puesto por un d&iacute;a. Flor reclama un mundo m&aacute;s justo para las ni&ntilde;as, con m&uacute;sica heroica de fondo.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Y la excelent&iacute;sima presidenta dice: &ldquo;Las ni&ntilde;as y adolescentes somos vulnerables por nuestra condici&oacute;n de g&eacute;nero a sufrir violencia sexual, uniones forzadas, embarazos tempranos y deserci&oacute;n escolar. Por eso, garantizar nuestros derechos como ni&ntilde;as tiene que ser una de las prioridades de todo gobierno&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Ahora es abril de 2019 en el sector Los Pinedas, en Carasque. Las ni&ntilde;as como ella caminan por todas partes en su aldea. Mientras muestra orgullosa el v&iacute;deo, oscurece en la casa de sus padres. Flor es estudiosa y le emociona ser una joven lideresa en su cant&oacute;n, dice mientras come paternas. Es el rostro de la campa&ntilde;a Ni&ntilde;as con igualdad.
    </p><p class="article-text">
        Flor naci&oacute; en EEUU, pero vive en Carasque hace siete a&ntilde;os. Desde que Sa&uacute;l, su pap&aacute;, fue deportado. Su mam&aacute;, Vilma, decidi&oacute; sacarla de la guarder&iacute;a para regresar con su marido.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me dice a veces: 'Mami, por qu&eacute; nos vinimos'. Cuando empezaba la guarder&iacute;a, me dec&iacute;a: 'Por qu&eacute; nos vamos'. Ese es el riesgo: que me reclame en un futuro por qu&eacute; regresamos.
    </p><p class="article-text">
        Se nota el orgullo de sus padres. La miran con la esperanza de que su vida sea mejor. Porque Vilma Cruz, de 39 a&ntilde;os y Sa&uacute;l Pineda, de 41, son tambi&eacute;n hijos de la guerra, de familias desplazadas de sus pueblos por la guerra a las monta&ntilde;as y por la penuria a Estados Unidos. Se hicieron pareja en Denver. Ambos se deslomaron a trabajar. &Eacute;l, como camarero pluriempleado en dos restaurantes. Trabaj&oacute; tanto que se volvi&oacute; adicto a las bebidas energizantes. A veces se quedaba dormido en el ba&ntilde;o del trabajo. Ella, adem&aacute;s de la hosteler&iacute;a, sufri&oacute; en la limpieza y los cuidados. Acab&oacute; desempleada y se hizo deportar tras su marido: &ldquo;No hall&eacute; valor para quedarme sola&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Y los hijos de la guerra regresaron. Igual que hicieron sus vecinos V&iacute;ctor y An&iacute;bal, con quienes coincidieron en Denver.
    </p><p class="article-text">
        Sa&uacute;l, un hombre alto y flaco de nariz prominente y acento chicano, volvi&oacute; con un insomnio que le cost&oacute; curar. Vilma, una mujer oronda de ojos brillantes y peque&ntilde;a nariz, regres&oacute; con la gran duda de si deber&iacute;an de irse de nuevo: &ldquo;Me encontr&eacute; lo mismo, la misma gente, la misma pobreza, ning&uacute;n desarrollo, fue un impacto grande&rdquo;. Pero este matrimonio, a diferencia de muchos vecinos, prefiri&oacute; estar de vuelta en Nueva Trinidad con sus dos hijas estadounidenses. Sin dinero, pero con tiempo para ellas.
    </p><p class="article-text">
        Vilma cuida de sus vacas lecheras. Cuando a&uacute;n no hab&iacute;a migrado, tuvo que abandonar la carrera de Administraci&oacute;n de Empresas porque no pod&iacute;a pagarla. Trabaj&oacute; cuatro a&ntilde;os en la alcald&iacute;a, pero tampoco logr&oacute; mantenerse con eso. Sa&uacute;l trabaja como taxista. Gana poco. Es el presidente de la directiva comunitaria, un empleo comprometido que implica estar pendiente de las necesidades la comunidad de Carasque y por el que no recibe salario.
    </p><p class="article-text">
        Piensa mucho en EEUU: &ldquo;Cuesta mucho volver a trabajar bajo el sol y no ver nada y tener aquel vicio del cheque quincenal&rdquo;, dice risue&ntilde;o.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Hoy el afable Sa&uacute;l tuvo el d&iacute;a muy ocupado porque le toc&oacute; acompa&ntilde;ar al primer agach&oacute;n comunitario. En El Salvador, un agach&oacute;n es una venta de ropa de segunda mano. Agach&oacute;n por agacharse a seleccionar la ropa amontonada en pl&aacute;sticos en el suelo. Vilma cree que le dedica demasiado tiempo para ser un empleo <em>ad honorem</em>. Pero ella es la primera que le apoya, porque ante un Estado que tard&oacute; a&ntilde;os en estar presente, el trabajo comunitario fue definitivo en Nueva Trinidad. A su hija Flor, la ni&ntilde;a que fue presidenta por un d&iacute;a del pa&iacute;s que expuls&oacute; a sus pap&aacute;s, suele decirle: &ldquo;Tu futuro est&aacute; all&aacute; [EEUU] o ac&aacute;; ten&eacute;s que decidir d&oacute;nde quer&eacute;s estar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cuatro caballos pastan en la empedrada orilla del r&iacute;o Gualsinga. Los vecinos suelen acercarse a La Playa que ni es playa, ni tiene arena, horizonte ni mar. Buscan refrescarse de jornadas de calor irrespirable. Un d&iacute;a como tantos, An&iacute;bal Mart&iacute;nez regresa de ba&ntilde;arse. Entra en su casa mojado. Como de mojado se fue dos veces antes de construir esa casa.
    </p><p class="article-text">
        En Nueva Trinidad, el pasado y el presente de los vecinos se parecen demasiado. Le sucede a V&iacute;ctor. A An&iacute;bal. A Sa&uacute;l. A Vilma. Aunque la paz ya dure 28 a&ntilde;os, haya agua y electricidad, incluso opciones de educaci&oacute;n para las nuevas generaciones, el camino de los hijos de la guerra de Carasque solo tiene dos sentidos: emigrar a Estados Unidos o de regreso a La Playa que nunca fue, es, ni ser&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        La duda pende sobre el futuro de los nietos de la guerra. Los ni&ntilde;os que no vivieron las matanzas b&eacute;licas, pero crecen en un pa&iacute;s con un conflicto que no cesa: el de la violencia pandillera y el del hambre.
    </p><p class="article-text">
        La que fuera presidenta por un d&iacute;a de El Salvador, Flor Pineda, representa la paradoja. Esta pre adolescente nacida en Estados Unidos quiere una vida mejor para ni&ntilde;as como ella. A&uacute;n no piensa en irse. A&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <em>*Este reportaje forma parte del proyecto period&iacute;stico 'Retorno' elaborado por la productora El Intercambio y financiado por Seattle International Foundation. Para verlo completo puedes ingresar a www.elintercamb.io/retorno. Tambi&eacute;n puedes leer en eldiario.es la primera y la segunda entrega.</em><a href="https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-Torcido_0_956104689.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">primera</a><a href="https://www.eldiario.es/desalambre/humillacion-Grisela-Domingo_0_984451751.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">segunda</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ximena Villagrán, Elsa Cabria, Oliver de Ros, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/regreso-hijos-guerra_1_1144578.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Feb 2020 19:36:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El regreso de los hijos de la guerra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Inmigración,Refugiados,Deportaciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La humillación de ser deportada tres veces de EEUU: "Te lo prometo, ya no voy a volver a este país"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/humillacion-grisela-domingo_1_1084746.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bd59fa3f-6d37-486a-82fd-27f0908c4715_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La humillación de ser deportada tres veces de EEUU: &quot;Te lo prometo, ya no voy a volver a este país&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Griselda Domingo, mujer indígena</p><p class="subtitle">de 22 años, enfrenta su tercera deportación a uno de los municipios de Guatemala con mayor número de retornados en 2017 y 2018</p><p class="subtitle">En San Juan Atitán, que ocupa el segundo lugar en desnutrición crónica del país, el regreso forzado de EEUU es motivo de burla</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Segunda entrega de&nbsp;la&nbsp;<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-Torcido_0_956104689.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">serie de reportajes</a> publicada en colaboraci&oacute;n con&nbsp;El Intercambio sobre quienes son deportados a Centroam&eacute;rica desde EEUU</li>
                            </ul>
            </div><h3 class="article-text">Estados Unidos vs. Griselda Domingo-God&iacute;nez</h3><p class="article-text">
        El abogado argumenta sin mucho &eacute;xito que su defendida ya aprendi&oacute; la lecci&oacute;n. Esgrime que lleva detenida cuatro meses. Un castigo demasiado largo por cruzar sin permiso una frontera. El magistrado interrumpe al abogado y pregunta:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Se&ntilde;orita Domingo, con respecto a este caso, &iquest;desea decir algo? 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me puedes hacer el favor de que me permitas regresar con mi familia y que mi familia est&aacute; sufriendo por m&iacute;, est&aacute; preocupado por m&iacute;. Te lo prometo, ya no voy a volver otra vez a este pa&iacute;s. &mdash;responde la acusada en espa&ntilde;ol, aunque su idioma materno es el ind&iacute;gena <em>mam</em>.
    </p><p class="article-text">
        Sirvi&oacute; de poco. La ley es clara. El 13 de noviembre, en El Paso, Texas, y tras un juicio que dur&oacute; dos minutos y 57 segundos, Griselda Domingo, una guatemalteca de 22 a&ntilde;os, fue condenada a ocho meses de prisi&oacute;n por reingreso ilegal en Estados Unidos. Cuando salga, ser&aacute; deportada a su pa&iacute;s. Por tercera vez.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En Estados Unidos, donde vivieron su padre y su t&iacute;o y donde residen tres de sus seis hermanos, Griselda nunca ha vivido fuera de una prisi&oacute;n. Cuando la liberen, la enviar&aacute;n a Guatemala. Y es probable que una vez all&iacute;, haga lo mismo que la &uacute;ltima vez que la detuvieron y deportaron, en febrero de 2019. Llamar&aacute; a Juana, su madre, pedir&aacute; dinero prestado y se subir&aacute; a un bus que tras siete horas de ruta la dejar&aacute; en Huehuetenango, cabecera del departamento del mismo nombre. All&iacute; la recoger&aacute; Marcos Domingo, su padre y, ya juntos, viajar&aacute;n otra hora y media hasta su pueblo, San Juan Atit&aacute;n, uno de los municipios con la tasa de retornados m&aacute;s alta de Guatemala.
    </p><p class="article-text">
        Cuando un sanjuanero llega a Estados Unidos, la familia en el pueblo lo celebra con un almuerzo, sin el festejado presente. Cuando es deportado, nadie festeja nada. Cuando la persona deportada es mujer, joven, soltera y sin hijos y se trata, adem&aacute;s, de su tercera deportaci&oacute;n, un sistema entero comienza a resquebrajarse. Porque en San Juan Atit&aacute;n la migraci&oacute;n, el trabajo - la vida- es algo que deciden los hombres.
    </p><h3 class="article-text">Detr&aacute;s de la vocaci&oacute;n migratoria</h3><p class="article-text">
        San Juan Atit&aacute;n es sin&oacute;nimo de vocaci&oacute;n migratoria, seg&uacute;n el gobierno de Guatemala. Fue uno de los 51 municipios elegidos en 2017 para intentar evitar la huida de guatemaltecos a Estados Unidos. El esfuerzo formaba parte del pen&uacute;ltimo plan para frenar la llegada de centroamericanos al norte dise&ntilde;ado por el gobierno de Estados Unidos con el nombre Plan Alianza para la Prosperidad para el Tri&aacute;ngulo Norte (PAPTN). Fue un fracaso. No dio prosperidad a San Juan. El gobierno guatemalteco no aument&oacute; su inversi&oacute;n en el municipio. Y aunque logr&oacute; acertar en el diagn&oacute;stico, -la pobreza y la desnutrici&oacute;n cr&oacute;nica expulsan a la gente-, el Plan no hizo nada para cambiar la realidad de sus habitantes.
    </p><p class="article-text">
        A 2.500 metros de altura, San Juan Atit&aacute;n es un lugar de cuerpos fucsias y rojos, los colores de su traje tradicional. Y es un pueblo expulsor, sobre todo de hombres. Al calor de la ma&ntilde;ana, un grupo de cinco deportados pasa las horas en la plaza del pueblo. Bajo sus sombreros de paja, tejen bolsas de lana, sentados en una banca. Es parte de su trabajo sin remuneraci&oacute;n como guardabosques. Vigilan el pueblo y el bosque de pinos y encinos que abriga San Juan. Ante la presencia de mujeres se incomodan y callan.
    </p><p class="article-text">
        Pasan las horas y al atardecer el paisaje humano de la plaza de pueblo es a&uacute;n m&aacute;s masculino. En San Juan Atit&aacute;n, las mujeres, silenciosas, caminan directas de un punto a otro. Salvo en d&iacute;a de compras y mercado, no se detienen en las calles. El movimiento masculino, demasiadas veces lleva sello. Es f&aacute;cil ver a un hombre tambale&aacute;ndose, o tirado en la calle en las cuestas de San Juan. Existe una relaci&oacute;n causa-efecto entre desempleo, pobreza, migraci&oacute;n, deportaci&oacute;n y abuso de alcohol. &ldquo;El factor alcoholismo es muy fuerte en San Juan, los hombres no aceptan que tienen problemas&rdquo;, explica Olga Morales, directora del centro de salud del municipio.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Pero el alcoholismo no es el &uacute;nico problema al que se enfrenta la doctora Morales. La falta de empleo local provoca que familias completas viajen al menos cinco meses para recolectar en las grandes fincas. Ganan poco. Cinco d&oacute;lares por 100 kilos de caf&eacute; recogidos. Los ni&ntilde;os no comen bien en las fincas y se enferman. San Juan ocupa el segundo puesto a nivel nacional en desnutrici&oacute;n cr&oacute;nica infantil. Y esa es la gran preocupaci&oacute;n de la doctora Morales. Porque ni el dinero de las remesas hace que las familias mejoren su dieta. Y hay muchos ni&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        En un pueblo de 16.365 habitantes, se registra una media de 650 nacimientos anuales, una de cada 15 mujeres del pueblo da a luz cada a&ntilde;o. Aunque los m&eacute;todos anticonceptivos son gratuitos en el centro de salud, para planificar, las mujeres tienen que preguntar a sus esposos. Tambi&eacute;n para llevar a sus hijos al hospital de Huehuetenango, aunque sea una emergencia, tienen que localizar a sus parejas. Si ellos son inmigrantes en EEUU, los llaman por tel&eacute;fono.
    </p><p class="article-text">
        Es un pueblo de hombres comerciantes que venden en los mercados. De mujeres que son por tradici&oacute;n artesanas. Todas son costureras del traje tradicional sin salario, los cosen para sus padres o maridos. Hay poco empleo fijo: como maestro, en el banco, en la cooperativa de ahorro. Y en la Municipalidad, pero conseguirlo depende de la relaci&oacute;n con el alcalde de turno. La educaci&oacute;n formal brilla por su ausencia. La mayor&iacute;a no pasa de sexto de primaria y las mujeres no suelen estudiar por decisi&oacute;n de sus padres. Sin trabajo remunerado, sin estudios, con ni&ntilde;os a su cargo y parejas o padres deportados, cobra sentido que cada vez se vayan m&aacute;s mujeres al norte. No es posible calcular cu&aacute;ntas mujeres expulsa San Juan porque la mayor&iacute;a de la gente migra sin avisar y sin pasar por un puesto fronterizo. Pero cada vez son m&aacute;s. Entre 2017 y 2018, la cantidad de mujeres deportadas a Huehuetenango - el departamento de San Juan Atit&aacute;n - aument&oacute; un 49%.
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        Las mujeres se van. Como se fue tres veces Griselda Domingo. Entenderlo no es f&aacute;cil. El desconocimiento del idioma ind&iacute;gena <em>mam</em> es un impedimento para hablar con la gente. Sobre todo, con las mujeres del pueblo.
    </p><p class="article-text">
        En una estrecha oficina de la Municipalidad, 20 hombres conversan en su idioma. Representan a las aldeas y caser&iacute;os de San Juan Atit&aacute;n, son los alcaldes auxiliares. Discuten sobre qui&eacute;n hablar&aacute; con nosotros sobre las consecuencias de ser deportado. Tras una hora, la autoridad ind&iacute;gena designa a un hombre orondo, de ojos redondos y rojizos que se quita el sombrero y saluda amable. Se llama Marcos Domingo. Es el padre de Griselda, pero tardaremos unas horas en descubrir a su hija. El padre nos invita a su comunidad, Sacchilaj.
    </p><p class="article-text">
        En una ladera se asienta una peque&ntilde;a casa de concreto que Marcos Domingo jam&aacute;s pint&oacute;. La pag&oacute; con el dinero que reuni&oacute; en los cinco a&ntilde;os que logr&oacute; trabajar como jardinero en Estados Unidos antes de ser deportado. Tiene tres dormitorios, una cocina en la que no entra, y una peque&ntilde;a parcela para cultivar frijol. Debajo de la casa, est&aacute; su antigua vivienda de madera. El recuerdo de una vida a&uacute;n m&aacute;s pobre. M&aacute;s peque&ntilde;a. Llena de trastes. Cerrada. Siete de sus ocho hermanos viven en Estados Unidos.
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        Cuando viv&iacute;a en Estados Unidos, Marcos pag&oacute; el viaje a sus tres hijos mayores. Hoy est&aacute;n casados, con residencia legal y han construido grandes casas en su aldea por si deciden regresar. Las muestra orgulloso. Ninguna est&aacute; amueblada, pero revelan el poder&iacute;o que un trabajo en San Juan nunca les habr&iacute;a permitido.
    </p><p class="article-text">
        La de Rodrigo, su hijo mayor, marca el estilo de las dem&aacute;s. Tiene tres plantas, un lobo, una bandera estadounidense pintada en el exterior y una ba&ntilde;era. Rodrigo es, adem&aacute;s, el art&iacute;fice de los viajes de Griselda. Lleg&oacute; a los diez a&ntilde;os a Estados Unidos, trabaja como cocinero en un restaurante mexicano y Griselda lo considera su segundo padre. Los viajes de Griselda contaron tambi&eacute;n con el apoyo de un familiar cercano que es coyote y la llev&oacute; hasta M&eacute;xico. Y el dinero y el apoyo moral de su padre.
    </p><p class="article-text">
        La imprecisi&oacute;n de una pregunta cambia la respuesta. Cuando le preguntamos al pap&aacute; si tiene hijos deportados, responde que no. Es la risue&ntilde;a Eluvia, la hija menor de 19 a&ntilde;os, quien revela en la cocina que el matiz es el g&eacute;nero de la pregunta. Deportado es distinto que deportada. Un hijo var&oacute;n se dice <em>x&rsquo;in</em>. Una hija se dice <em>x&rsquo;uj</em>. Y en ese momento, entran por la puerta los ojos m&aacute;s tristes de la casa. Caf&eacute;s, grandes, de l&aacute;grima fronteriza. En el marco de la puerta de la casa, Griselda sonr&iacute;e un poco. Acaba de ser deportada por segunda vez. Apenas hace dos semanas. Tan reciente que su boca a&uacute;n mantiene &aacute;ngulo c&oacute;ncavo.
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    </figure><p class="article-text">
        Es Eluvia, la m&aacute;s peque&ntilde;a de los hijos de Marcos Domingo, quien explica lo m&aacute;s importante de esta historia. Supone un cambio de paradigma. Es la actitud de una mujer llamada Griselda que se empoder&oacute; con la sola voluntad de moverse. &ldquo;Ella lo decidi&oacute;, quer&iacute;a trabajar, no quer&iacute;a casarse, porque los hombres ac&aacute; son machistas, a ella no le gusta que alguien la enga&ntilde;e o la lastime, para que nadie le diga que es mantenida&rdquo;, dice la &uacute;nica persona de la familia con t&iacute;tulo de bachillerato.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; te dijo tu mam&aacute; cuando regresaste ac&aacute; [a San Juan]?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pues mi mam&aacute; me dijo: 'No llores'. Porque cuando yo llegu&eacute; aqu&iacute; estoy llorando y llorando y yo pienso para matarme. S&iacute;, porque bastante es mi deuda, porque muchas gentes se burlaron de m&iacute; cuando yo regreso otra vez aqu&iacute;, por eso pienso yo para matarme y mi mam&aacute; me dijo: 'No, no piense eso'.
    </p><p class="article-text">
        En el pueblo de los deportados, regresar es soportar la costumbre de la burla colectiva. Una humillaci&oacute;n extra&ntilde;a, vista desde fuera, porque en todas las familias hay migrantes y deportados. Tambi&eacute;n sucede en pueblos cercanos. Y, probablemente, en muchos pa&iacute;ses cuyos gobiernos defienden que sus ciudadanos tienen vocaci&oacute;n migrante. El &eacute;xito o el fracaso del viaje a Estados Unidos define c&oacute;mo ser&aacute;n tratados a su regreso. Griselda lo intent&oacute; dos veces en 2018 y una en 2019. Por la &uacute;ltima, est&aacute; presa. Para cuando cumpla su condena, la vida de Griselda Domingo en Guatemala ser&aacute; una deuda con su padre. Y &eacute;l tendr&aacute; otra deuda con un prestamista, por las tres veces que su hija no logr&oacute; su prop&oacute;sito de no depender de un hombre.
    </p><h3 class="article-text">La postal del hambre</h3><p class="article-text">
        El ni&ntilde;o de dos a&ntilde;os est&aacute; tan desnutrido que ni llora. Parece un beb&eacute; porque no camina. Su madre est&aacute; sentada en el suelo. Ante su casa de barro y madera, mira inc&oacute;moda a su alrededor. El padre, callado, observa a la defensiva. Tiene los ojos rojos. Como muchos hombres entrevistados. Los otros tres ni&ntilde;os se ponen a jugar. En esta casa todo el mundo est&aacute; tenso. La visita les resulta violenta. Viven en la aldea Tuispichon, a una hora por camino de tierra del centro de San Juan. Es un para&iacute;so natural y una postal del hambre.
    </p><p class="article-text">
        Los visita una comitiva encabezada por la doctora Morales, para contar el trabajo contra la desnutrici&oacute;n del gobierno. Todos de pie, menos la familia. Las preguntas est&aacute;n preparadas. Las respuestas de la madre en idioma <em>mam</em> son preocupantes. Pero solo la doctora y una trabajadora municipal lo manifiestan fuera de c&aacute;mara. Son tan pobres que ni frijol o ma&iacute;z comen, solo hierbas. La doctora atiende al ni&ntilde;o desde hace meses, pero no mejora.
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        La aguda desnutrici&oacute;n infantil de San Juan Atit&aacute;n fue otra de las razones por las que el pueblo result&oacute; seleccionado por el Programa Nacional de Competitividad (Pronacom) del Ministerio de Finanzas como uno de los municipios migrantes necesitados de pol&iacute;ticas e inversiones dentro del Plan Alianza para la Prosperidad del Tri&aacute;ngulo Norte, PAPTN.
    </p><p class="article-text">
        No es posible verificar si el gobierno estadounidense aument&oacute; fondos para sus muchos programas en la zona. Lo que es seguro es que aqu&iacute;, en el lugar elegido por el gobierno para lanzar en 2012 el Pacto Hambre Cero con apoyo del Departamento de Estado de EE.UU, se registra el segundo mayor &iacute;ndice de desnutrici&oacute;n del pa&iacute;s. 9 de cada 10 ni&ntilde;os est&aacute;n desnutridos. Tienen su futuro hipotecado sin remisi&oacute;n. Eso no signific&oacute; que su municipalidad recibiera fondos extra durante los tres a&ntilde;os que dur&oacute; el PAPTN. Aqu&iacute;, el mayor orgullo de los funcionarios locales es haber bajado del primer al segundo puesto en el hambre infantil.
    </p><p class="article-text">
        Las familias cultivan ma&iacute;z criollo y comen el grano importado que compran en la frontera con M&eacute;xico, porque la diferencia de precio les permite tener 3 d&oacute;lares en efectivo. Para reducir el hambre, las dos empleadas que trabajan en la oficina del Ministerio de Agricultura (Maga) muestran a algunas vecinas una cartulina arrugada llena de fotos de un hongo. Se llama hongo ostra. Les explican que solo tienen que meter las semillas en los olotes (el centro sobrante del ma&iacute;z) y que no necesitan tierra para hacerlo. Despu&eacute;s de cincuenta d&iacute;as de espera aparece el producto.
    </p><p class="article-text">
        El objetivo es que las familias tengan mayores ingresos y mejor alimentaci&oacute;n. Pero el proyecto del hongo no termina de cuajar. Han capacitado a 21 grupos, en su mayor&iacute;a de mujeres. Pero solo tres familias se han sumado al experimento. Ninguna de las dos funcionarias encargadas del proyecto es de San Juan. Dicen que las mujeres optan por quedarse calladas, pero no sienten que sea por machismo. Ellas lo niegan, pero el plan de desarrollo municipal, elaborado por el Concejo Municipal de Desarrollo y la Secretar&iacute;a de Planificaci&oacute;n de la Presidencia (Segeplan), incluye el &ldquo;dominio machista&rdquo; como parte de la identidad y cultura del lugar.
    </p><p class="article-text">
        En 2018, los maestros del pueblo llevaron por primera vez Incaparina, un suplemento alimenticio de harina de ma&iacute;z y soya, a las aulas, con respaldo de varios ministerios. Ese mismo a&ntilde;o, a mediados de noviembre lleg&oacute; hasta San Juan Atit&aacute;n Luis Arreaga, el embajador de Estados Unidos en Guatemala. Visit&oacute; al consejo ind&iacute;gena por ser un municipio parte del PAPTN. La visita la recuerda el alcalde, Lorenzo Mart&iacute;n, en su despacho de la alcald&iacute;a. Vestido con su traje ind&iacute;gena, dice que el embajador le pregunt&oacute; por la desnutrici&oacute;n y por la migraci&oacute;n. &Eacute;l le explic&oacute; que hay tierras inf&eacute;rtiles y que el agua no alcanza para la siembra. &ldquo;Dijeron que van a trabajar m&aacute;s con la artesan&iacute;a de las mujeres, en el mercado, para comercializar el traje t&iacute;pico&rdquo;, explica este regidor que, a diferencia de los tres concejales que le acompa&ntilde;an en la pl&aacute;tica, nunca migr&oacute;. Ni el PAPTN ni el desarrollo del sector textil llegaron. El plan del embajador de Estados Unidos en Guatemala fall&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El laborioso trabajo de tejer los trajes de la comunidad es cosa de mujeres. Aunque el consejo ind&iacute;gena de alcaldes auxiliares no parece muy consciente del valor econ&oacute;mico de ese trabajo. Mujeres de otros pueblos ya est&aacute;n llegando a San Juan a venderles hilo a un precio mayor y algunas sanjuaneras empezaron a hacer prendas tradicionales para que las vendan otras peque&ntilde;as empresarias de Santiago Chimaltenango, un municipio vecino. Mientras, como hac&iacute;a Griselda Domingo cuando la conocimos en marzo de 2019, las mujeres de la familia Domingo contin&uacute;an con la tradici&oacute;n gratuita de tejerle el traje al padre.
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        En teor&iacute;a, Guatemala dise&ntilde;&oacute; su parte del PAPTN para contentar al gobierno de Barack Obama (y luego de Donald Trump). Y fue m&aacute;s espec&iacute;fico, sobre todo en comparaci&oacute;n con Honduras. Pronacom defini&oacute; un enfoque econ&oacute;mico para detener la migraci&oacute;n. Y organiz&oacute; reuniones con l&iacute;deres locales de los 51 municipios priorizados para entender las necesidades locales. Pero en la pr&aacute;ctica, la inversi&oacute;n fue nula.
    </p><p class="article-text">
        Gabriela P&eacute;rez, asesora del PAPTN para el Gobierno de Guatemala, confirm&oacute; que solo etiquetaron proyectos preexistentes en los presupuestos de gobierno, bajo las siglas del PAPTN. Al final de 2019, la idea de prosperidad qued&oacute; relegada, M&eacute;xico acept&oacute; convertirse en la frontera sur de EEUU y Guatemala pas&oacute; a ser pa&iacute;s receptor de solicitantes de asilo. A&uacute;n cuando casi la mitad del pa&iacute;s vive en pobreza y fue el pa&iacute;s m&aacute;s migrante del norte de Centroam&eacute;rica entre 2018 y 2019. Los a&ntilde;os en los que Griselda se fue tres veces de San Juan Atit&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ahora hay un nuevo plan en dise&ntilde;o. Se llama 'Am&eacute;rica crece'. Otro plan m&aacute;s. Pero si algo crece en esta parte de Am&eacute;rica es la fijaci&oacute;n con irse, cueste lo que cueste. La gente se va de la regi&oacute;n porque no espera nada de sus gobiernos. Porque la poblaci&oacute;n es muy consciente de que el quetzal vale menos que el d&oacute;lar.
    </p><p class="article-text">
        La madre de Griselda se llama Juana. De ella hered&oacute; su sonrisa t&iacute;mida y su habilidad para tejer. Juana, la silenciosa mujer que vio partir a un marido y cuatro hijos en los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os, no habla espa&ntilde;ol. Aunque le pedimos que se siente con nosotros y su esposo a almorzar la comida que ella ha preparado, almuerza con sus hijas en la cocina. Pero para Griselda, Juana es una persona tan importante como lo es su hermano mayor, Rodrigo, el que vive en Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        A Juana le conf&iacute;a c&oacute;mo se siente, qu&eacute; le preocupa. Deuda, as&iacute; se llama la obsesi&oacute;n actual de Griselda Domingo. Una fijaci&oacute;n l&oacute;gica si un banco jam&aacute;s le va a prestar dinero para migrar. Si su padre empe&ntilde;&oacute; tierras que compr&oacute; con su trabajo en Estados Unidos, y debe dinero a un prestamista. La mujer que nunca gan&oacute; m&aacute;s de cuatro d&oacute;lares diarios por cortar caf&eacute; en fincas, arruga el rostro redondo que hered&oacute; de su padre Marcos, mientras repite la palabra deuda dieciocho veces a lo largo de la conversaci&oacute;n.
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        &mdash;&iquest;Tu mam&aacute; prefiere que te quedes ac&aacute; con ella?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mi mam&aacute; [rompe en llanto] est&aacute; llorando y llorando cuando yo llegu&eacute; aqu&iacute;. 'Ya no vas a intentar otra vez', me dijo. S&iacute; voy a intentar otra vez, le dije, que bastante es mi deuda. Y me dice mi mam&aacute;: 'Est&aacute; bueno' [se le corta la voz] para pagar mi deuda.
    </p><p class="article-text">
        Griselda habla de cien mil quetzales, de miles y miles, no concreta. Se agobia, se frustra. Tiene una deuda con su padre. Pero esta es la segunda vez. Se vuelve a ir un mes despu&eacute;s. Para cuando regrese deportada la tercera, la ansiedad de Griselda ser&aacute; may&uacute;scula. Aunque le cambiemos el tema de la conversaci&oacute;n, le cuesta un mundo responder.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; te gusta hacer para que el tiempo ac&aacute; sea m&aacute;s agradable?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pues no s&eacute;&hellip; No s&eacute; porque aqu&iacute; no hay un d&iacute;a siempre feliz, aqu&iacute; no. Siempre estoy triste triste y, cada d&iacute;a, siempre estoy triste y triste. A veces, mi mam&aacute; est&aacute; platicando, est&aacute; escribiendo, pero yo no puedo re&iacute;r. Siempre estoy triste triste, s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Griselda siempre est&aacute; triste. Y la microeconom&iacute;a de San Juan explica por qu&eacute;. Adem&aacute;s del comercio y la artesan&iacute;a incipiente de ropa, hay dos profesiones comunes que ilustran la imposibilidad de quedarse sin padecer necesidades: la de prestamista y la de coyote.
    </p><p class="article-text">
        No logramos conocer a una persona que preste dinero. Pero un coyote, familiar de los Domingo nos habla. No admite su profesi&oacute;n, dice que es agricultor deportado y que su reloj de oro es un regalo. Pero afuera de su casa tiene una camioneta roja nueva y deslumbrante, toda la familia nos confirma a qu&eacute; se dedica, tiene un collar con una AK-47 y admite que ayud&oacute; a Griselda a llegar al norte de M&eacute;xico. Solo elude la palabra expl&iacute;cita. Aunque en Guatemala existe una ley que criminaliza a los coyotes, esa profesi&oacute;n en San Juan es vista como un trabajo con buena intenci&oacute;n, porque al final ayuda a mucha gente a llegar a Estados Unidos. Aunque sea por dinero.
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                </figure><p class="article-text">
        No hay muchas alternativas <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/pandillas-machismo-hondurenas-caravana-migrante_0_838866900.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">para la independencia econ&oacute;mica de las mujeres</a> de San Juan Atit&aacute;n. Pero en la calle principal, trabaja la personificaci&oacute;n de la autonom&iacute;a. Zoyla Marina Mart&iacute; es la due&ntilde;a de uno de los comedores y de una sonrisa reluciente. Junto a su nuera, que atiende el otro comedor, es una de las escasas empresarias locales.
    </p><p class="article-text">
        Zoyla es serena, de frases cortas, viuda. Vive hace 18 a&ntilde;os en el pueblo, pero es oriunda de Santiago Chimaltenango, a 40 minutos de distancia. Los kil&oacute;metros suficientes para que su traje y peinado sean distintos a los de las sanjuaneras. Zoyla no habla espa&ntilde;ol, pero traduce Carmen, su hija menor, que es biling&uuml;e porque estudi&oacute; en Ciudad de Guatemala. Para llegar a tener su negocio, la madre consigui&oacute; trabajo como cocinera en el comedor de un sobrino y luego pidi&oacute; un pr&eacute;stamo a un familiar. &ldquo;[Montar un negocio], no se le dificult&oacute; por ser mujer, porque ella siempre se dio su lugar&rdquo;, dice Carmen tras escuchar a su mam&aacute;. En el comedor, este d&iacute;a de principios de marzo, solo hay hombres. El color rojo de la trenza de Zoyla luce entre la paredes rosas del silencioso local. 
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        Carmen es muy parecida a su madre, pero con gafas. En la capital, gracias a que unas monjas la acogieron, pudo graduarse como maestra. Regres&oacute; a su pueblo hace un a&ntilde;o, con su marido, para poner una tienda y ayudar a Zoyla. &ldquo;Hay hombres que vienen [al comedor] y nos empiezan a molestar. Y nos dicen: si no quieres que te moleste, &iquest;por qu&eacute; est&aacute;s trabajando de esto?&rdquo;. Pero ambas advierten: no es solo San Juan. Dicen que en Santiago Chimaltenango, el pueblo vecino, se reproducen patrones: el del machismo, el del festejo para los que llegan a Estados Unidos y el de la burla a los deportados.
    </p><h3 class="article-text">El juego de la verdad</h3><p class="article-text">
        Les proponemos un juego. Tienen que levantar la mano cada vez que su respuesta a nuestra pregunta sea s&iacute;. Es f&aacute;cil. Los 28 alumnos de tercero b&aacute;sico de la escuela de San Juan Atit&aacute;n se sientan en sus pupitres y escuchan atentos. Antes hemos hecho el mismo ejercicio en las otras dos clases de esta escuela rural, dividida en dos m&oacute;dulos, cuya vista desde lo alto del pueblo hacia la Sierra de los Cuchumatanes es privilegiada.
    </p><p class="article-text">
        13 tienen a un familiar en EEUU. Diez tienen a su pap&aacute; deportado. Cuatro tienen padres que, tras su deportaci&oacute;n, volvieron a intentarlo. 14 tienen un hermano en EEUU. Ninguno tiene a su madre en EEUU. 16 creen que conseguir&aacute;n trabajo en San Juan. 12 quieren irse a EEUU.
    </p><p class="article-text">
        El 31 de diciembre de 2018, un alumno de segundo b&aacute;sico le dijo al director de la escuela: Ah&iacute; nos vemos. El director le pidi&oacute; que terminara tercero b&aacute;sico al menos. No puedo, respondi&oacute; el estudiante. Su padre estaba endeudado. Iba a irse con &eacute;l porque -<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/Gobierno-Trump-migrantes-deportaciones-rapidas_0_923557824.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">hasta el endurecimiento de la pol&iacute;tica migratoria de Trump</a>- pasar con un menor de edad era m&aacute;s sencillo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cada persona busca d&oacute;nde sentirse mejor. Yo, por ejemplo, me siento mejor ac&aacute;&rdquo;, dice Francisco Carrillo, director y profesor de la escuela. &Eacute;l, como el actual alcalde, nunca intent&oacute; irse a EEUU, nunca quiso irse. Cuando los alumnos terminan tercero es cuando se nota el nivel de abandono escolar. &ldquo;Qu&eacute; quieren ser&rdquo;, dice que les pregunta a los escolares. &ldquo;Quieren ser m&eacute;dicos, abogados, profesores, pero en Guatemala no hay fuente de trabajo&rdquo;, se responde sentado en un aula de c&oacute;mputo cuyas computadoras, cubiertas por una tela t&iacute;pica, fueron una donaci&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &mdash;Griselda, no pasaste de sexto de primaria, &iquest;por qu&eacute; no te gustaba estudiar?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pues no s&eacute;, porque mi pap&aacute; no ten&iacute;a mucho dinero para pagar estudio y por eso yo pienso para ir con mi hermano a los Estados. Y por eso yo fui con &eacute;l la primera vez y despu&eacute;s no me pase y despu&eacute;s fui a intentar otra vez, la segunda vez, y no pase.
    </p><p class="article-text">
        Griselda no piensa volver a estudiar. Fue deportada por segunda vez en febrero de 2019 y volvi&oacute; a irse a mediados de mayo. Los dos meses que pas&oacute; en San Juan fueron un comp&aacute;s de espera, en la urgencia silenciosa de la deuda. La deuda que ser&aacute; m&aacute;s grande cuando regrese. Esta es la historia de una reconstrucci&oacute;n a lo largo de 2019, un a&ntilde;o de la vida de una mujer que no logr&oacute; cumplir su aspiraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es marzo y hoy acompa&ntilde;a a su vecina Carmen Mendoza, de 29 a&ntilde;os, a Huehuetenango. Salen a las seis de la ma&ntilde;ana de su aldea Sacchilaj y llegan dos horas despu&eacute;s a la cabecera del departamento. En lo que los guatemaltecos -y muchos latinoamericanos- llaman el interior del pa&iacute;s (todo lo que no es la capital), no es f&aacute;cil moverse. Va con ella al banco. La acompa&ntilde;a por dos razones: Carmen no habla espa&ntilde;ol y nunca antes recibi&oacute; una remesa. Su marido se fue en diciembre con su hijo de 14 a&ntilde;os y los 25 d&oacute;lares en moneda local que lleva Carmen en su bolso son el primer env&iacute;o que le hace desde Atlantis, Florida. Para que compre az&uacute;car, sal y ma&iacute;z.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Toman un chocolate caliente y una porci&oacute;n de pastel en una cafeter&iacute;a del centro. Griselda traduce y revela que el presente-futuro de Carmen es el de muchas mujeres de San Juan; tras trabajar de octubre a diciembre en la cosecha del caf&eacute;, se despidi&oacute; de su marido.
    </p><p class="article-text">
        Si su marido logra recaudar los 7.000 d&oacute;lares (6.270 euros) que pidi&oacute; prestados para el viaje que hizo con su hijo, ella espera estar en Florida en un a&ntilde;o. Hace un mes empez&oacute; a comprar hilos para vender huipiles (blusas tradicionales) a una mujer de Colotenango, el pueblo vecino en el que algunas mujeres ya no s&oacute;lo tejen para sus maridos. Carmen no gana m&aacute;s de 30 d&oacute;lares al mes por tejer un huipil. Pero el valor de su nuevo trabajo no est&aacute; en el dinero sino en la autonom&iacute;a que vislumbra. Es su primer salario como artesana.
    </p><p class="article-text">
        Con el dinero de su primera remesa, Carmen camina entre los carros que transitan por el mercado callejero de Huehuetenango. Busca y encuentra pl&aacute;tanos m&aacute;s baratos que en la aldea Sacchilaj. Griselda solo se detiene cuando ve un puesto de fundas de m&oacute;viles en una esquina del parque central. Compra una funda rosa con el dinero que le da su pap&aacute;. Le gusta el rosa en la ropa, aunque su casa so&ntilde;ada en Estados Unidos, la que estar&iacute;a cerca de casa de su hermano Rodrigo, ser&iacute;a amarilla y anaranjada.
    </p><p class="article-text">
        A Griselda, la mujer que a&uacute;n no sabe que pasar&aacute; casi todo 2019 presa en una c&aacute;rcel de El Paso, le gusta tomarse infinidad de fotos. No parece vanidad. Parece una <em>millennial</em> pendiente de su imagen. Aunque todo vaya en contra, quiere proyectar que sonr&iacute;e todo el tiempo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Las tres veces que Griselda se fue a Estados Unidos le dej&oacute; su m&oacute;vil a Eluvia, su parlanchina hermana peque&ntilde;a, la &uacute;nica que pudo estudiar bachillerato y que tampoco tiene empleo. El 9 de diciembre de 2019, Eluvia se puso como foto de perfil una imagen de una c&aacute;rcel con un emoticono que llora. Se lee: &ldquo;Recuerden, no todos est&aacute;n en casa hoy, pero s&iacute; en el coraz&oacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Durante los meses que Griselda est&aacute; presa, es su hermano mayor, Rodrigo, el que la llama. Triste, es lo m&aacute;s que alcanza a explicar Eluvia sobre c&oacute;mo est&aacute; su hermana, durante los meses que le escribimos tras caer de nuevo presa. Es la peque&ntilde;a de la familia, con voz secretosa, la que advierte que la humillaci&oacute;n a la que teme Griselda Domingo por regresar deportada va a cobrarse un precio que su hermana no tiene c&oacute;mo pagar.
    </p><p class="article-text">
        <em>*Este reportaje forma parte del proyecto period&iacute;stico 'Retorno' elaborado por la productora El Intercambio y financiado por Seattle International Foundation. Para verlo completo puedes ingresar a www.elintercamb.io/retorno. Tambi&eacute;n puedes leer en eldiario.es la primera entrega: Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras</em><a href="https://www.elintercamb.io/retorno/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">www.elintercamb.io/retorno</a><a href="https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-Torcido_0_956104689.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Oliver de Ros, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/humillacion-grisela-domingo_1_1084746.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 15 Jan 2020 20:39:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La humillación de ser deportada tres veces de EEUU: "Te lo prometo, ya no voy a volver a este país"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Guatemala,Estados Unidos,Deportaciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-torcido_1_1296849.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La Esperanza (Honduras) es el municipio que registra la tasa de recepción de deportados más alta del país desde 2015</p><p class="subtitle">Con 23 años, Torcido ha sido desplazado interno por la violencia, inmigrante en Estados Unidos y deportado a Honduras</p><p class="subtitle">Arrancamos junto a el Intercambio una serie de reportajes de largo recorrido sobre quienes son deportados a Centroamérica desde EEUU</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><h3 class="article-text">El amor</h3><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Torcido?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Torcido.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Estoy trabajando cuando de repente veo los tombos [polic&iacute;as] ah&iacute; adentro. '&iexcl;Diablo!, pero &iquest;ahora qu&eacute; pas&oacute;?', digo yo. Y ya me empiezan a hacer preguntas y me piden mi tel&eacute;fono. '&iquest;Y para qu&eacute; les voy a dar mi tel&eacute;fono yo? Acaso que ustedes me lo compraron', les dije. Lo primerito que me quedaron viendo fue esto: los tatuajes, los tatuajes&hellip; Me quitaron el tel&eacute;fono. Entonces me pidieron clave, se la tuve que dar. No ten&iacute;a nada que esconder. Nada m&aacute;s que es caro. Entonces, se llevaron el tel&eacute;fono. Se fueron. Y luego regresaron, me dijeron que ya no me quer&iacute;an ver en ese sitio. Las once del d&iacute;a eran&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La vida de Torcido es como un poema de Miguel Hern&aacute;ndez: Las tres heridas: la del amor, la de la muerte y la de la vida. Lo cuenta&nbsp;en marzo de 2019. Cuando ya pas&oacute; m&aacute;s de un a&ntilde;o desde que se quedara sin aquel tel&eacute;fono. Este hondure&ntilde;o de 23 a&ntilde;os, atl&eacute;tico y de mirada desafiante, recuerda la &uacute;ltima vez que tuvo que rodar de nuevo cuesta abajo arrastrado por su piedra, como S&iacute;sifo en el eterno retorno. Porque sus violentas heridas de amor le quebraron hasta llevarle de regreso desde el pa&iacute;s en el que no fue capaz de quedarse al pa&iacute;s que odia. Una infidelidad deriv&oacute; en su deportaci&oacute;n de Estados Unidos. No supo dejarse ayudar por una ex novia devota que incluso le pagaba el abogado. Y su madre, ausente como testigo en su juicio de deportaci&oacute;n, insert&oacute; el &uacute;ltimo clavo en su f&eacute;retro mental.
    </p><p class="article-text">
        Pero eso lo contar&aacute; luego. Ahora est&aacute; sentado sobre la moto de su t&iacute;o, frente a la casa de sus abuelos en La Esperanza&nbsp;(Intibuc&aacute;, Honduras). Habla como si fuera a encender el motor e irse. Muy lejos. De regreso a Lawrence, Kansas, donde vivi&oacute; seis a&ntilde;os. A 4.023 kil&oacute;metros de distancia en moto. Si es que pudiera irse en moto. Que no puede. Torcido vive ahora en una entre un pu&ntilde;ado de casas de una planta rodeadas de amarillos campos de pasto para vacas. Su barrio difiere mucho de la colorida postal tur&iacute;stica del casco antiguo que ofrece como reclamo una iglesia enclavada en una monta&ntilde;a, dejando para las afueras la paleta del gris.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        El departamento de Intibuc&aacute; est&aacute; entre los cinco menos homicidas del pa&iacute;s: 65 asesinatos en 2018. Uno cada&nbsp;seis d&iacute;as. Eso, en Honduras, significa paz. Pura enso&ntilde;aci&oacute;n enclavada en un pa&iacute;s ultra violento. En el mismo centro del pueblo, algunas pintas en las paredes recuerdan que ac&aacute; fue asesinada la activista ambiental Berta C&aacute;ceres. Y para sorpresa de las autoridades locales y muchos vecinos, es un lugar cuyo perfil sociol&oacute;gico est&aacute; sometido a una transformaci&oacute;n profunda: es el municipio hondure&ntilde;o que m&aacute;s deportados recibi&oacute; desde Estados Unidos en los &uacute;ltimos cuatro a&ntilde;os. Torcido es uno de esos deportados que habita La Esperanza.
    </p><p class="article-text">
        Para cortar el ciclo migraci&oacute;n-deportaci&oacute;n-migraci&oacute;n y as&iacute; evitar que centroamericanos, como Torcido, trataran de llegar a Estados Unidos, el gobierno de Barack Obama ide&oacute; en 2015 un plan de inversi&oacute;n econ&oacute;mica que fracas&oacute;. Lo denomin&oacute; Plan Alianza para la Prosperidad del Tri&aacute;ngulo Norte (PAPTN). El gasto fluy&oacute; a trav&eacute;s de agencias y contratistas estadounidenses. Pero los gobiernos de la regi&oacute;n nunca se implicaron. Hubo un compromiso de Honduras, Guatemala y El Salvador de invertir 5.400 millones de d&oacute;lares. Pero no trajo consigo un aumento presupuestario, s&oacute;lo cambios en los nombres de los programas.
    </p><p class="article-text">
        El PAPTN fue cancelado en 2019 por el gobierno de Donald Trump. Ni redujo la migraci&oacute;n ni mejor&oacute; las condiciones de vida de los centroamericanos. En la Esperanza, Intibuc&aacute;, el plan no propici&oacute; cambios sociales.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Es una sociedad que muta. Las autoridades no tienen en cuenta que en numerosas colonias de las afueras de la Esperanza viven cada vez m&aacute;s personas huidas a lo largo de los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os de otras zonas del pa&iacute;s: del sur del departamento de Intibuc&aacute; y del norte de Honduras. Los del paup&eacute;rrimo sur se mudaron a la cabecera gracias a las remesas enviadas por sus familiares migrantes en Estados Unidos, que les han permitido comprar parcelas.
    </p><p class="article-text">
        Al tiempo tambi&eacute;n llegaron vecinos del norte del pa&iacute;s. Torcido &mdash;al que apodamos as&iacute; por su seguridad&mdash; no es oriundo del pueblo. Como no lo son tampoco las 'tres l&aacute;grimas negras' tatuadas que bordean su p&oacute;mulo derecho. Como tampoco lo es el resto de la familia. Dejaron el norte&ntilde;o Yoro buscando refugio en una tranquila cabecera departamental donde en marzo el viento corre fr&iacute;o y el sol aplasta. Desplazados internos por la violencia estructural, &eacute;l sali&oacute; rumbo a Estados Unidos, ellos, recalaron directamente en La Esperanza. La familia que el destino separ&oacute; vuelve a estar unida.
    </p><p class="article-text">
        A Torcido le irrita revivir el momento en que la polic&iacute;a irrumpi&oacute; en su puesto de trabajo y le quit&oacute; el celular y lo llev&oacute; a la comisar&iacute;a. El momento que marca el comienzo de su viaje de regreso forzado a Honduras. Sentado sobre la moto, no mira apenas a los ojos, clava la vista en el infinito y la cabeza sobre sus codos. Habla con desconcertada rabia.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda que ese d&iacute;a se fue a casa sin trabajo, sin celular y sin entender nada. Al entrar al apartamento no quiso besar a su novia, como hac&iacute;a cada d&iacute;a al regresar del empleo temporal en la construcci&oacute;n que tuviera. Se meti&oacute;, bravo, en su cuarto. Su pareja le pidi&oacute; que le explicara. Le dijo que regresara a por el tel&eacute;fono a la comisar&iacute;a. &ldquo;Por el maldito tel&eacute;fono&rdquo;. El celular escond&iacute;a algo sobre ella. &ldquo;Ten&iacute;a v&iacute;deos est&uacute;pidos&rdquo;. Sexuales.
    </p><p class="article-text">
        Regres&oacute; y en ese regreso cay&oacute; preso. En la corte federal, uno de los polic&iacute;as dijo que Torcido ten&iacute;a relaciones virtuales con una menor estadounidense de 17 a&ntilde;os. Se hab&iacute;an conocido por Facebook. Si hubieran tenido relaciones sexuales, hubiera sido violaci&oacute;n. &Eacute;l no piensa en esas cosas. Admite la relaci&oacute;n, pero est&aacute; enojado con c&oacute;mo fue todo a partir de ese d&iacute;a. Hasta llegar donde est&aacute;. Era un hondure&ntilde;o sin permiso de residencia en Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        Sus heridas se hab&iacute;an abierto mucho antes.
    </p><p class="article-text">
        En 2012, se fue a EEUU. Ten&iacute;a 16 a&ntilde;os y una buena raz&oacute;n para que su mam&aacute; &mdash;que viv&iacute;a en New Jersey&mdash; le pagase un coyote de emergencia. De la raz&oacute;n hablar&aacute; despu&eacute;s. Pero le enoja recordar a esa mujer que lo dej&oacute; con su abuela cuando &eacute;l ten&iacute;a&nbsp;siete a&ntilde;os. Al llegar a EEUU, convivi&oacute; con su mam&aacute; menos de seis meses. Sent&iacute;a que le trataba mal. El desencadenante para dejar de hablarle, cuando le pidi&oacute; que testificara en su juicio de deportaci&oacute;n. New Jersey y Lawrence est&aacute;n a 46 kil&oacute;metros. Pero a ella le dio miedo ir a un tribunal por si tambi&eacute;n acababa deportada. As&iacute; que no fue.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo esperaba a mi mam&aacute; [...]. Se lo he dicho a mi viejita [abuela]: 'por esa mujer [su madre] el d&iacute;a que se muera, pues que se muera. No botar&eacute; [derramar&eacute;] ni una l&aacute;grima, por ella yo no la boto. Por usted s&iacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        To&ntilde;a, la abuela, no entiende tanto coraje hac&iacute;a la mujer que lo mantuvo en la distancia. Sentada en su oscura cocina de rojas paredes, serena, como si no acabara de preparar pollo con arroz para diez personas, no comprende a su nieto.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Todo el tiempo yo les dec&iacute;a: su mam&aacute; se fue para salir adelante con ustedes [ con &eacute;l y a su hermano]. Desde el momento en que ella los mand&oacute; a traer [pagar su viaje&nbsp;clandestino a EEUU],&nbsp; era para darle un futuro. Les dio todo. Ella en ropa, en comida, nunca se ha quedado atr&aacute;s [...] Pero &eacute;l no quiere entender, no s&eacute; qu&eacute; es lo que le pasa a este ni&ntilde;o&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Torcido dice que su mam&aacute; le golpeaba a &eacute;l y a sus tres hermanos, que no supo quererlos. Por eso, llama mam&aacute; a su abuela. Aunque su abuela y su abuelo tambi&eacute;n le pegaban. &ldquo;No les voy a mentir, a m&iacute; me gustaba agarrar lo ajeno cuando yo estaba chamaquito [peque&ntilde;o], pero se daban cuenta en la casa. Me met&iacute;an las manos al fuego y despu&eacute;s me daban pija con una vara de tamarindo y el tamarindo es fino y &iexcl;puta madre!, cuando me sacaban los brazos del fuego, todos quemados&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hay violencias aceptadas. Tan similares a las que se rechazan que al violentado le resultan distintas. Para algunos, la vida consiste s&oacute;lo en elegir el infierno en el que arder.
    </p><p class="article-text">
        Torcido es un ni&ntilde;o infeliz. Desde la moto amenaza a su sobrino de tres a&ntilde;os con golpearle con una hierba seca que ha recogido del piso. Lo hace todo el tiempo. O cuando se aburre, que es muchas veces. &ldquo;S&aacute;quese la pija [v&aacute;yase] de ac&aacute;&rdquo;, le dice para que deje de rondarle. Luego se r&iacute;e. El ni&ntilde;o llora. Ambos buscan atenci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Recuerda sus &uacute;ltimos meses en EEUU y el apoyo de su novia, que era la due&ntilde;a del apartamento donde viv&iacute;a. Ella resisti&oacute; la relaci&oacute;n t&oacute;xica y le pag&oacute; un abogado aunque sab&iacute;a que le era infiel. &Eacute;l no es consciente del machismo que descargan muchas de sus palabras sobre la &uacute;nica persona que le visit&oacute; en la c&aacute;rcel.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo nunca en mi puta vida hab&iacute;a llorado por una mujer, pero yo estaba enamorado de esa mujer, yo solo la miraba y se me hac&iacute;a un nudo que ni hablar pod&iacute;a&hellip; [...] Todos los d&iacute;as le pon&iacute;a visita. Ya despu&eacute;s me cans&eacute;, cog&iacute;a mucho estr&eacute;s, botaba [se me ca&iacute;a] hasta el pelo en la c&aacute;rcel del estr&eacute;s. Cuando uno se levanta de ese pedazo de metal que le dan a uno ah&iacute;, la cama esa, un colch&oacute;n&hellip; &iquest;Como as&iacute;?, &iexcl;no, hombre!, ni dormir puede uno. Ya despu&eacute;s dej&eacute; de ponerle tanta visita, porque eso me estaba matando, me met&iacute;a mucha mierda en la cabeza, a veces con ganas de matarme ah&iacute; adentro...&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l ya no le habla. M&aacute;s soledad.
    </p><p class="article-text">
        Es ansioso, pero se ha quedado clavado en un momento de su vida del que no logra salir. Y esa energ&iacute;a que no consume, lo consume a &eacute;l. En casi tres horas no se baja de la moto. Saluda vigilante, levantando la mirada bajo su gorra plana a los adolescentes que pasan por la calle de tierra donde est&aacute; la casa de sus abuelos. Ha integrado las supuestas reglas de lo que significa ser hombre. Y aqu&iacute;, en Honduras, eso pasa por estar siempre vigilante.
    </p><p class="article-text">
        Se hace el interesante para contar algunas cosas. Dice que est&aacute; vi&eacute;ndose con una vecina casada de 38 a&ntilde;os. &ldquo;Es que las mujeres mayores son m&aacute;s macizas, m&aacute;s tuanis, lo atienden bien a uno, lo cuidan a uno [...] Hay mucha gente que piensa que es para que lo mantengan a uno, pero no&hellip;&rdquo;. En los &uacute;ltimos meses, tambi&eacute;n estuvo vi&eacute;ndose con una de 12, pero la madre le amenaz&oacute; con denunciarlo. Torcido, dice su abuela To&ntilde;a, necesitar&iacute;a un psic&oacute;logo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Antes de ser detenido en Lawrence&nbsp;(Kansas, EEUU), Torcido y la adolescente estadounidense de 17 a&ntilde;os llevaban tres d&iacute;as mand&aacute;ndose fotos por Facebook Messenger y llam&aacute;ndose. La madre de la joven lo hab&iacute;a descubierto. Y lo hab&iacute;a denunciado. &ldquo;Uno es tan hijo de la gran puta, tan est&uacute;pido, despu&eacute;s de estar bien... &iexcl;Imag&iacute;nese ahora como estoy! [...] Ten&iacute;a diecisiete a&ntilde;os, pero all&aacute; usted sabe que las mujeres desarrollan de volada, la g&uuml;irra [ni&ntilde;a] parec&iacute;a que ten&iacute;a como veinte a&ntilde;os. Por eso, se miraba tremenda yegua y teniendo mujer yo...&rdquo;.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">La muerte</h3><p class="article-text">
        &mdash;Quisiera que la calaca [muerte] me llevara; estar vivo vale pija [poco], mejor estar abajo.
    </p><p class="article-text">
        Torcido prefiere estar abajo. Enterrado con 23 a&ntilde;os. Desaf&iacute;a en cada acto la posibilidad del amor. Y esa soledad que siente le hace hablar como un anciano harto de todo. Cuando fue deportado, en marzo de 2018, su abuela lo recogi&oacute; entre l&aacute;grimas en el aeropuerto de San Pedro Sula y lo llev&oacute; a un lugar que no exist&iacute;a para &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Torcido lleg&oacute; a La Esperanza, pero antes de huir a New Jersey y luego a Lawrence, ya hab&iacute;a vivido en San Pedro Sula, en Yoro y en El Progreso, en el norte de Honduras. En cu&aacute;l de todos los lugares por los que pas&oacute; se perdi&oacute;, no lo sabe ni &eacute;l. Por eso est&aacute; desubicado en este pueblo de interior.
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        Primero tenemos que visitar la Unidad Municipal de Atenci&oacute;n Al Retornado (Umar) de La Esperanza, abierta en 2018 con fondos de la Organizaci&oacute;n Internacional de las Migraciones (OIM), y gestionada por el gobierno de Honduras. La Umar se resume en una mujer encargada, en una mesa, en una oficina compartida, en la Casa de Cultura. Ella tiene acceso a la Ficha Integral del Migrante Retornado que llenan los hondure&ntilde;os deportados una vez que atraviesan una de las fronteras y aeropuertos que los encierran de nuevo en su pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En 2018, la edad media de esos deportados, en La Esperanza, era de 21 a&ntilde;os. Revisando las fichas de los retornados de esa edad aparece Torcido, en el barrio con m&aacute;s deportados de La Esperanza y hab&iacute;a puesto el tel&eacute;fono de su t&iacute;a en el formulario. Explicarle c&oacute;mo dimos con &eacute;l, nos devuelve su mirada m&aacute;s confusa. No entiende porqu&eacute; su historia es importante.
    </p><p class="article-text">
        Accede a platicar cuando le preguntamos si alguna vez ha hablado sobre c&oacute;mo se siente. Asiente y nos mira. Torcido es desconfiado. Sobre todo se siente solo. Dos fotos en su casa ahondan en esa soledad. Una es de su de t&iacute;o Selvin. La otra de su t&iacute;o Juanito. Ambos eran pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS13) en San Pedro. Fueron asesinados: Selvin por pretender salirse de la pandilla y Juanito, con quien convivi&oacute; toda su preadolescencia, por hurtar a espaldas de la pandilla.&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ratio ratio__16_9">
    
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    </figure><p class="article-text">
        Con Juanito pasaba el tiempo robando. Delinquieron muchas veces. Presenci&oacute;, sentado a su lado, su muerte. Solo le qued&oacute; huir, escondi&eacute;ndose durante semanas hasta salir de Honduras. La herida de esta muerte es transversal al desarraigo en el que vive. Torcido quisiera estar muerto tambi&eacute;n. Pero recuerda lo que le dice su abuela: el que desea la muerte, nunca se muere. &ldquo;Mejor no desearla para morirse r&aacute;pido&rdquo;, le suele responder &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Aunque su familia es de Yoro, el departamento m&aacute;s homicida del pa&iacute;s en 2018, &eacute;l vivi&oacute; mucho tiempo en San Pedro Sula, la ciudad m&aacute;s violenta del mundo en 2015. La abuela &mdash;la viejita, le dice el nieto rebelde&mdash; le cri&oacute; hasta la adolescencia y ahora, simb&oacute;licamente, vuelve a criarlo.
    </p><p class="article-text">
        Torcido no era pandillero. De ni&ntilde;o, con Juanito como referente, le encantaba el ambiente, la ropa, los tatuajes. Sobre todo los tatuajes de l&aacute;grimas, que pueden significar haber matado o tener familiares muertos. &ldquo;A m&iacute; siempre me han gustado, siempre he alucinado con estas l&aacute;grimas y tambi&eacute;n alucino con los ojos, de repente me los tat&uacute;o. Mire, yo hice muchas estupideces aqu&iacute;, s&iacute; que anduve [con la pandilla], pero solo con el chamaco [Juanito] que era pandillero, nunca me llamaba la atenci&oacute;n de <em>brincarme</em> aqu&iacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Brincarse a la MS13 significa recibir una paliza de 13 segundos para incorporarse a sus filas. La misma pandilla que admiraba, que mat&oacute; a sus t&iacute;os y le oblig&oacute; a dejar su pa&iacute;s para no ser asesinado, le convenci&oacute; de brincarse al cruzar la frontera. Fue en New Jersey, &mdash;no en Honduras&mdash;, donde se uni&oacute; a la MS13.
    </p><p class="article-text">
        Al preguntarle con insistencia por qu&eacute; se uni&oacute; a quienes quer&iacute;an matarlo, revela c&oacute;mo la violencia sustituye su idea deforme del amor: &ldquo;El diablo en vivo es ah&iacute;, es que eso es bueno. Mire, es mejor tener a la familia de pandilleros que tener a familia as&iacute;; los pandilleros, eso si es familia para uno, que dan la vida por uno&rdquo;, dice sentado en el bosque de pinos que queda encima de la famosa Gruta, una iglesia enclavada en una roca.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Por pobreza, hambre o muerte, tres tragedias que son una, cientos de miles de centroamericanos como Torcido huyen a EEUU, un pa&iacute;s que s&oacute;lo el &uacute;ltimo a&ntilde;o ha detenido a casi un mill&oacute;n de personas, muchas de ellas centroamericanas, tratando de cruzar ilegalmente su frontera.&nbsp; El problema dista de ser nuevo. Desde los sesenta, con Kennedy, ha habido muchos planes para el progreso de Centroam&eacute;rica. El PAPTN era el en&eacute;simo. El pen&uacute;ltimo de una larga lista que continuar&aacute; creciendo.
    </p><p class="article-text">
        La palabra Prosperidad es un eufemismo por no admitir que el objetivo siempre ha sido evitar que los migrantes huyan a Estados Unidos. El plan fue suspendido por Gobierno de Donald Trump en 2019. El dinero estadounidense no lleg&oacute; a los gobiernos centroamericanos. Los tres pa&iacute;ses se comprometieron a gastar dinero de sus presupuestos. Pero solo cambiaron el nombre a programas ya existentes para hacerlos parte del acuerdo.
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        En 2017, la Secretar&iacute;a de Finanzas de Honduras, eligi&oacute; ocho departamentos para ejecutar el primer presupuesto del PAPTN. S&oacute;lo valor&oacute; que tuvieran una tasa de homicidios m&aacute;s alta de la media, que estuvieran cerca de una carretera principal o zona franca y menor empleabilidad que el promedio nacional. Torcido no cab&iacute;a en ninguna de las categor&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        En 2018, el plan lleg&oacute; al departamento de Intibuc&aacute;, del que es cabecera el pueblo donde vive Torcido ahora. El foco se puso en las Secretar&iacute;as departamentales de Educaci&oacute;n y Salud. Pero solo sobre el papel. El presupuesto no aument&oacute;. Se puso una etiqueta del PAPTN en gastos que ya exist&iacute;an en anteriores presupuestos. Lo confirman en una entrevista los secretarios de ambas instituciones y los presupuestos detallados de los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Pero entonces, Estados Unidos convirti&oacute; a M&eacute;xico en su frontera sur. Externaliz&oacute; la contenci&oacute;n del flujo migratorio centroamericano y abandon&oacute; un PAPTN fracasado. El siguiente plan a&uacute;n no tiene nombre. S&oacute;lo se ha anunciado que, el foco pasa de lo regional a lo bilateral. M&eacute;xico, que contiene y gestiona, ser&aacute; quien reciba dinero ahora. Diferente frontera, mismo muro.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El Gobierno de Trump no cambi&oacute; la realidad de Torcido ni sus ganas de regresar a Estados Unidos. Torcido no vio nada, no oy&oacute; de ning&uacute;n plan. S&oacute;lo vive obsesionado con que la piedra que carga, le caiga encima. Es un S&iacute;sifo suicida.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Despu&eacute;s de todo esto, &iquest;c&oacute;mo te sientes?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo me siento yo? Con ganas de morirme, esa es la respuesta que les doy yo. Pero, pues, de tanto que deseo la muerte, la calaca [muerte] se me aleja m&aacute;s bien. Yo sufr&iacute; mucho y si yo me metiera a pedos [problemas] y en contarles toda mi <em>fucking</em>&nbsp;[jodida] historia y... &iquest;Me entienden? ... No terminamos hoy... &iquest;ya?
    </p><h3 class="article-text">La vida</h3><p class="article-text">
        &mdash;Y ahora mil quinientos pesos que le debes a la jura [polic&iacute;a] para recuperar tu moto.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mil quinientos, vale pija.
    </p><p class="article-text">
        Torcido est&aacute; en un billar del centro hist&oacute;rico de La Esperanza, pero no juega. Suele pasar el tiempo en este lugar amplio y maloliente. Se sienta. Bebe cerveza, fuma. Nos presenta a un amigo que reci&eacute;n conoci&oacute;. Es de San Pedro Sula y huy&oacute; a La Esperanza cuando lo empezaron a extorsionar. Cuenta que &eacute;l extorsionaba tambi&eacute;n, que era colaborador de la pandilla Barrio 18, la enemiga de la MS13. Sus relaciones sociales, parece, se limitan a problemas. Torcido no habla con &eacute;l, prefiere platicarnos a nosotras. No tiene casi amigos en La Esperanza. Pasa dos horas sentado, con su letan&iacute;a de la muerte. La herida que no cierra es la de su vida inerte. A las 8 de la noche nos vamos, &eacute;l se queda solo, en medio de una hilera de sillas contra la pared, con la compa&ntilde;&iacute;a de su quinta cerveza. Nos vemos ma&ntilde;ana para almorzar en su casa, nos recuerda.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hola. Me kitaron la moto&rdquo;. Es un mensaje de la una de la madrugada. Luego dos llamadas perdidas. Cuando le llamamos por la ma&ntilde;ana, tiene el celular apagado. Probamos con su joven t&iacute;a: Torcido no lleg&oacute; a dormir. No ten&iacute;a casi gasolina para la moto, pero no quiso irse del billar. Llega cerca de las dos de la tarde a casa, con cara de sue&ntilde;o. Parece que iba borracho, la polic&iacute;a le detuvo y le quit&oacute; la moto. Se qued&oacute; sin trabajo esta noche. Ya no vende tambos de gas y debe 1,500 lempiras (US$60) a la due&ntilde;a del negocio, que pag&oacute; la multa de la polic&iacute;a. No dice d&oacute;nde durmi&oacute;. Torcido no da explicaciones.
    </p><p class="article-text">
        No hay prosperidad para Torcido. Entre muchas razones, porque el modelo del Gobierno hondure&ntilde;o cuando hablaba de aquella Prosperidad en may&uacute;sculas, la de su impulso al capital humano, incluy&oacute; la creaci&oacute;n de la Unidad de Atenci&oacute;n al Retornado (Umar), una instituci&oacute;n vac&iacute;a. En La Esperanza tuvo que ser un organismo externo, internacional, la Organizaci&oacute;n Internacional de las Migraciones, la que detectara el aumento de deportados y la que pagara una oficina local para que el Gobierno delegue en una sola persona la responsabilidad de buscar soluciones de futuro para los que retornan.
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        Eso explica en parte que la instituci&oacute;n sea una desconocida en el municipio. En 2014, La Esperanza recibi&oacute; 307 deportados: dos de cada 100 personas de La Esperanza estaban en Estados Unidos o en tr&aacute;nsito hacia all&aacute;.&nbsp; Que esas 307 personas sean deportadas significa que dejan de enviar remesas desde Estados Unidos o tienen deudas que pagar por el viaje que no completaron para llegar al Norte. Pero a Torcido ninguna cifra le importa.
    </p><p class="article-text">
        A ninguna tragedia con nombre propio le importa ser parte de un indicador may&uacute;sculo. La Esperanza tiene casi catorce mil habitantes,169 de ellos fueron deportados en 2018. El hombre de las tres l&aacute;grimas es uno de esos 169. La cifra no suena impactante si Honduras, ese a&ntilde;o, recibi&oacute; 21,993 deportados. En relaci&oacute;n con su n&uacute;mero de habitantes, La Esperanza es quien se lleva la peor parte.
    </p><p class="article-text">
        Torcido se sacude la grama de la ropa y se levanta a observar la panor&aacute;mica de La Esperanza desde encima de la Gruta. El d&iacute;a es fresco y azul. Mira con perspectiva el pueblo donde no quiere estar. A Torcido la Unidad de Atenci&oacute;n no le suena de nada. No le importa que hace un a&ntilde;o el gobierno abriera la oficina de la Umar como parte del PAPTN. La responsable de la Umar carece de fondos para poder ayudar a los 17 de cada 1,000 habitantes del lugar que han sido deportados desde Estados Unidos. Apenas ha podido apoyar a una docena, dice, gracias a empresarios locales que necesitaban contratar gente.
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        Torcido, ni sabiendo de la existencia de una oficina piensa ir a pedir ayuda para conseguir trabajo o para que la encargada le informe de si existe alg&uacute;n programa para retirar tatuajes, ahora que dice que no es pandillero. Como si &eacute;l pudiera decidir por s&iacute; solo. Como si no resultara mortalmente complicado salir de una pandilla. Para no parecer lo que es, le gustar&iacute;a quitarse las tres l&aacute;grimas de la cara. Pero, como si fuera su castigo, es la marca eterna de este S&iacute;sifo centroamericano.
    </p><p class="article-text">
        Dice que solo se atrever&iacute;a a viajar a buscar un centro para quitarse el tatuaje si es con su abuela, porque cree que lo matar&iacute;an en el camino. Pero en Honduras, no existen centros gratuitos para eliminar tatuajes, espacios que s&iacute; hab&iacute;a hace a&ntilde;os, cuando el antepen&uacute;ltimo plan&nbsp; financi&oacute; a un contratista que dispon&iacute;a de la m&aacute;quina y ten&iacute;a fondos para pagar al empleado que sab&iacute;a usarla. En alguno de los informes de alguno de los programas y alguna reformulaci&oacute;n de planes se elimin&oacute; el borrado de tatuajes. Eso s&iacute;, la prensa internacional la film&oacute; al menos tantas veces como tatuajes pudo borrar.
    </p><p class="article-text">
        Torcido miente a veces. Pero avisa cuando lo hace. Tras decirnos que sus tres l&aacute;grimas son por la muerte de tres familiares, le preguntamos que qui&eacute;n es el tercero, despu&eacute;s de sus t&iacute;os Selvin y Juanito. &ldquo;No, la verdad les voy a decir una cosa, no es de familiares, son cosas de la vieja escuela&rdquo;. No aclara si son asesinatos cometidos por &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Se queja de vivir en La Esperanza. Pero no tiene donde ir y lo sabe. Quiere regresar a Estados Unidos, el pa&iacute;s que no lo quiere a &eacute;l. Qu&eacute; hace en este tranquilo municipio, se pregunta, vestido con la ropa fancy de pandillero que compr&oacute; en Estados Unidos. Todos los d&iacute;as tiene que madrugar, obligado por el ritmo familiar. Muy a su disgusto, se levanta en la misma habitaci&oacute;n que sus dos sobrinos peque&ntilde;os, para luego desayunar tortillas, huevos y frijoles. Todas las semanas, ayuda a su abuelo campesino a pasear a sus quince vacas. Ya nada de marihuana o alcohol bueno, comida r&aacute;pida, ropa cara, o lentes de contacto azules, como antes. Torcido no se adapta. Pero dif&iacute;cilmente ser&aacute; por esta lista de carencias materiales.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Una &uacute;ltima pregunta y es una en concreto.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me cago en el diablo, &iexcl;co&ntilde;o!
    </p><p class="article-text">
        El presente equivale al vac&iacute;o. No hay Estado para Torcido. Este deportado de 23 a&ntilde;os dice que ya no quiere pelear. Pero su familia lo ha maltratado y &eacute;l act&uacute;a con los mismos c&oacute;digos. Torcido se violenta a s&iacute; mismo. Nadie le va a ayudar a buscar un psic&oacute;logo, aunque en teor&iacute;a la Unidad de Atenci&oacute;n al Retornado deber&iacute;a brindarle ese servicio. Al menos ese. Le pedimos que se imagine un futuro. Elije la idea de una descendencia que le redima de sus tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida. Quiz&aacute;, piensa, pueda volver a empezar.
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        &ldquo;Yo lo que quiero es buscarme una mujer y aunque sea pegarle un hijo, para que el d&iacute;a de ma&ntilde;ana cuando muera que quede la pinta ah&iacute;, porque, imag&iacute;nese, se muere uno y sin tener hijos. Ando sobre dos mujeres yo, una tiene 31 y la otra, 32. Los maridos est&aacute;n en Estados Unidos. Una tiene dos hijos y la otra tiene tres. Pero me vale pija [no importa]. Como dice el dicho: qui&eacute;n quiere la gallina, tambi&eacute;n tiene que querer los pollitos &iquest;no?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>*Este reportaje forma parte del proyecto period&iacute;stico 'Retorno' elaborado por la productora El Intercambio&nbsp;y financiado por Seattle International Foundation. Para verlo completo puedes ingresar a&nbsp;www.elintercamb.io/retorno</em><a href="https://elintercamb.io/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Intercambio</a><a href="https://seaif.org/es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Seattle International Foundation</a><a href="http://www.elintercamb.io/retorno" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">www.elintercamb.io/retorno</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Alberto Arce, Oliver de Ros, Gerardo del Valle]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/heridas-torcido_1_1296849.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Oct 2019 20:24:15 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Las tres heridas del Torcido: desplazado por la violencia, migrante en EEUU y deportado a Honduras]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Honduras,Estados Unidos,Centroamérica,Deportaciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Esposadas a la Mara Salvatrucha]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/guatemala_1_1722870.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La historia de una presunta colaboradora de la pandilla más poderosa del mundo, la Mara Salvatrucha, es un ejemplo de cómo el sistema judicial acusa con mayor facilidad a las mujeres porque son el eslabón más débil de la estructura criminal</p><p class="subtitle">Las mujeres desempeñan tareas de base como el cobro de extorsiones, abrir cuentas bancarias o lavar el dinero pero no tienen ninguna autoridad en la cima de la pandilla</p><p class="subtitle">El número de mujeres presas en Guatemala se ha cuadruplicado en los últimos cinco años</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Agarrada a la reja, con sus u&ntilde;as de brillantina por delante, Hera esquiva a las mujeres que est&aacute;n en el&nbsp;suelo de la celda. Se acerca a decir que su hijo est&aacute; en casa con su esposo. Est&aacute; acusada de colaborar con pandilleros y, asegura, es inocente. Dice que no es m&aacute;s que una buena vecina que saluda a todo el mundo en su colonia y por eso la han detenido.
    </p><p class="article-text">
        Hera miente. Pero hacen falta siete d&iacute;as para descubrir el enga&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Esta mujer de 24 a&ntilde;os, piel suave, pelo lacio hasta los hombros y embarazo de seis meses es vecina de Canalitos, una colonia de callejones de tierra, casas de l&aacute;mina de metal y madera al otro lado del barranco de una zona de clase media alta de Ciudad de Guatemala. Canalitos es una zona roja. Roja por la sangre de los asesinatos.
    </p><p class="article-text">
        Hoy espera dentro de una celda estrecha que huele a pis en la tremenda oscuridad de un s&oacute;tano frente a los&nbsp;coches de los jueces que trabajan en la Torre de Tribunales de Ciudad de Guatemala. A su alrededor, unas&nbsp;30 presas aguantan hacinadas cerca de un inodoro rebalsado.
    </p><p class="article-text">
        Hera no se llama as&iacute;. Motivos de seguridad. Hera, en la mitolog&iacute;a griega, es la esposa de Zeus, el rey del Olimpo, un personaje con el que la mujer embarazada de las u&ntilde;as pintadas tiene m&aacute;s que ver de lo que ella pretende. La Fiscal&iacute;a la acusa de tres delitos de colaboraci&oacute;n con la Mara Salvatrucha (MS-13), la pandilla m&aacute;s poderosa del mundo.
    </p><p class="article-text">
        Son delitos vinculados a la extorsi&oacute;n, una infracci&oacute;n extendida en Centroam&eacute;rica que implica pedir dinero bajo amenazas de muerte. Un delito muy utilizado por el Ministerio P&uacute;blico para acusar a pandilleros. Un delito que en otros lugares ni siquiera se comprende.
    </p><p class="article-text">
        Hera sale de la celda y espera frente al ascensor, esposada a otra mujer. Espera porque la&nbsp;barriga le pesa demasiado para subir&nbsp;15 pisos a pie. Sube apretujada, encerrada con otros detenidos y varios polic&iacute;as, en un aparato que no mide m&aacute;s de cuatro metros cuadrados. Va encadenada porque el sistema penitenciario intenta asegurarse de que no se escape. Con gesto soberbio, mantiene la frente en alto. Cuando entra en la sala de audiencias, ve las panor&aacute;micas monta&ntilde;as de fondo. Se acomoda en el banco de los acusados y mira hacia una silla vac&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El n&uacute;mero de mujeres presas en Guatemala, sobre todo por delitos relacionados con la extorsi&oacute;n, creci&oacute; en los &uacute;ltimos cinco a&ntilde;os de manera exponencial. La cifra se cuadruplic&oacute; al pasar de 36 a 144. &ldquo;Cada vez hay m&aacute;s mujeres procesadas&rdquo;, confirmar&aacute; resignado un d&iacute;a despu&eacute;s de la sentencia, en el sill&oacute;n de su oficina, el juez Mynor Moto, el hombre que a&uacute;n no se sienta frente a Hera.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/192793"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><p class="article-text">
        Cuando el juez llega, Hera pide un chequeo m&eacute;dico de su embarazo a trav&eacute;s de su abogada gratuita asignada por el Instituto de Defensa P&uacute;blica Penal. El juez dice que s&iacute;, que el &uacute;nico derecho que se le ha limitado es la libertad. Lo dice en serio. Neutro y por momentos paternal, no pretende bromear, o&nbsp;hablar con iron&iacute;a ni sarcasmo: es el mismo tono con el que acusa.&nbsp;Hay cortes de luz en el edificio y faltan algunos abogados de las 11 personas acusadas en su caso.
    </p><p class="article-text">
        Una semana despu&eacute;s, Hera llega de nuevo al juzgado desde la c&aacute;rcel de mujeres Santa Teresa. Ahora est&aacute; atada a s&iacute; misma, en la misma posici&oacute;n, ante el mismo juez, en otra sala de la misma planta &ndash;donde se juzgan los delitos m&aacute;s graves&ndash;, con distinto abogado de la defensa p&uacute;blica. Esta vez, la altaner&iacute;a ha desaparecido. Parece ser que el marido de Hera est&aacute; en casa con su otro hijo, cuid&aacute;ndolo. Por eso, dice, &eacute;l no llega al juzgado para darle&nbsp;comida&nbsp;antes de entrar, como suelen hacer los familiares de los acusados. En la sala de audiencias, acompa&ntilde;ando a las mujeres, no hay novios ni esposos. Solo madres, padres o t&iacute;as. A varios de los hombres acusados s&iacute; les acompa&ntilde;an sus parejas.
    </p><p class="article-text">
        Ese marido libre del que habla no existe. El &uacute;ltimo esposo que tuvo antes de caer detenida est&aacute; preso. Al menos eso puso ella misma en el registro del m&aacute;s de centenar de visitas que hizo a un hombre llamado Julio C&eacute;sar Mej&iacute;a Garc&iacute;a, del que sabremos m&aacute;s adelante. Nunca de la boca de Hera. Mej&iacute;a Garc&iacute;a cumple condena en una c&aacute;rcel al sureste del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El poder de las pandillas lo tienen hombres encarcelados. El tri&aacute;ngulo del poder en la MS-13 tiene una punta: el Consejo de los Nueve, una especie de mesa&nbsp;redonda que da &oacute;rdenes que despu&eacute;s bajan en esa pir&aacute;mide del poder.
    </p><p class="article-text">
        La MS-13 es m&aacute;s estrat&eacute;gica y menos sanguinaria que su enemigo, el Barrio 18. Despu&eacute;s de advertir a un extorsionado que si no paga encontrar&aacute; la muerte, ejecuta la amenaza, a diferencia de la pandilla rival, que mata sin advertencia previa. Por eso, y porque la Fiscal&iacute;a guatemalteca tiene notables limitaciones en sus posibilidades de investigaci&oacute;n, tambi&eacute;n es m&aacute;s dif&iacute;cil seguir la pista de esta pandilla, sofisticada en la organizaci&oacute;n, la violencia y hasta la tecnolog&iacute;a que usa para comunicarse.
    </p><p class="article-text">
        En Guatemala, quedan poqu&iacute;simas mujeres pandilleras [todas presas] porque, desde mediados de los 2000, tienen prohibido entrar a la MS-13. Lo mismo sucede en el Barrio 18. Las mujeres que quer&iacute;an ingresar ten&iacute;an que recibir una paliza de 13 segundos. Hoy son pocas las sicarias que quedan vivas o libres.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, las mujeres del entorno de la pandilla desempe&ntilde;an tareas como abrir cuentas bancarias, mover y lavar el dinero, dar la cara y el nombre, ofrecerse, estar en la base. Si son detenidas, entran a los tribunales esposadas a delitos de presunta pertenencia a la MS-13. Pero son reemplazables. Tras entrar en la c&aacute;rcel en nombre de la pandilla, no pasa demasiado tiempo hasta que otras ocupan su lugar.
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        El fiscal, con una maleta de ruedas en la mano, llega en el mismo ascensor que Hera. En esos papeles que ahora lee con voz r&aacute;pida y por momentos ininteligible dice que Hera est&aacute; acusada, junto a otras diez personas, de exigir dinero a&nbsp;conductores de transporte p&uacute;blico a cambio de no ser asesinados. Ella solo mira al juez, no se mueve demasiado. A su derecha, un acusado sin esposas. A la izquierda, una acusada de los mismos delitos que ella. Una mujer que, se nota, conoce desde antes. Hablan poco y en voz baja.
    </p><p class="article-text">
        Hasta 2009 los investigadores en Guatemala no ten&iacute;an claro c&oacute;mo luchar contra las pandillas aunque las dos principales, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, operaban en el pa&iacute;s desde finales de los noventa. La creaci&oacute;n de dos grupos &eacute;lite, uno en la Polic&iacute;a y otro en la Fiscal&iacute;a, sirvi&oacute; para localizar e identificar qui&eacute;nes eran, d&oacute;nde operaban, c&oacute;mo hac&iacute;an dinero y c&oacute;mo mataban. A partir de 2011, esas dos unidades especializadas dieron un giro a la forma de presentar los casos a los jueces: pasaron de muchas e infructuosas investigaciones individuales a preparar&nbsp;pocos megacasos contra centenares de supuestos pandilleros. El secreto del triunfo acusador fueron las escuchas telef&oacute;nicas y pandilleros traidores que se convirtieron en informantes. Tuvieron cierto &eacute;xito. Tocaron a la jerarqu&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Entre 2016 y 2017, Guatemala lanz&oacute; cinco megaoperativos contra las pandillas. Si las estructuras estaban identificadas y sus l&iacute;deres &ndash;siempre hombres&ndash; estaban presos, tocaba derribar la base. All&iacute; estaban personas como Hera, que no formaba parte del grupo criminal, pero que trabajaba &ndash;sobre todo mediante cobro de extorsiones y prestando sus cuentas bancarias&ndash; para la pandilla. En la mayor&iacute;a de casos, a cambio de dinero. Las detenciones de mujeres en los megaoperativos comenzaron a destacar. Hab&iacute;a much&iacute;simas colaboradoras. Las mujeres se hicieron visibles alrededor de las pandillas.
    </p><p class="article-text">
        Ya no eran operativos contra una clica &ndash;c&eacute;lula local&ndash; de una pandilla sino acciones masivas contra las dos principales pandillas que pod&iacute;an darse al mismo tiempo en distintos municipios. As&iacute; sucedi&oacute; con el operativo Rescate del sur en 2016 en el que la Fiscal&iacute;a demostr&oacute; c&oacute;mo las pandillas crec&iacute;an al sur del &aacute;rea metropolitana de la capital y que gener&oacute; m&aacute;s de 120 detenciones en cuatro departamentos del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Al detener y procesar a su mano de obra, pensaron los funcionarios, dejar&iacute;an mancas a las pandillas. Pero esos operarios de base, esas mujeres colaboradoras, gente que en general no siente identificaci&oacute;n con los grupos criminales porque lo hacen por dinero, son f&aacute;cilmente sustituibles. Tan prescindibles que, por no ser de la pandilla, ni siquiera tienen un abogado pagado por el grupo criminal. A finales de 2017, la operaci&oacute;n Escudo Regional, que se desarroll&oacute; en tres operativos a lo largo de dos a&ntilde;os, golpe&oacute; a las dos principales pandillas en Honduras, El Salvador y Guatemala, con cerca de&nbsp;200 detenciones, de las que la mitad fueron mujeres. Hera fue arrestada el 18 de abril de 2018.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres tienen responsabilidad en la base y ninguna autoridad en la cima de la pandilla. Reciben y ejecutan &oacute;rdenes sin pertenecer, sin decidir estrategias. La Fiscal&iacute;a Antiextorsi&oacute;n investiga siguiendo la l&oacute;gica&nbsp;de que la pandilla las protege menos que a los hombres<strong>,</strong> pero tambi&eacute;n de que ellas pertenecen a la organizaci&oacute;n criminal. Lo dif&iacute;cil es investigar a la MS-13 como estructura y lo f&aacute;cil es llegar a las colaboradoras. Es m&aacute;s sencillo capturar a quien lleva el tel&eacute;fono o a quien recoge el dinero que a quien da las &oacute;rdenes a distancia y se queda, finalmente, con los mayores beneficios de la actividad.
    </p><p class="article-text">
        El Ministerio P&uacute;blico acusa a Hera de exigir dinero de manera regular e intimidante a los&nbsp;conductores de transporte p&uacute;blico. La amenaza no tiene matices: es una renta a cambio de vivir. Para cometer estos dos delitos es necesario ser parte de un grupo criminal.
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        Supuestamente, Hera apoyaba a la clica Pewees Locos Salvatruchas, que tiene desde 2010 su principal centro de operaciones en Canalitos, ese barrio pobre y violento de la zona 24 de la capital. Desde entonces, los Pewees est&aacute;n se&ntilde;alados de amenazar, extorsionar y atentar contra&nbsp;conductores de moto taxis que circulan por esa zona y contra comerciantes que aceptan pagar por no morir. Tambi&eacute;n est&aacute;n acusados de asesinar a integrantes de la clica que se quedan con el dinero de las extorsiones.
    </p><p class="article-text">
        La investigaci&oacute;n contra Hera y las personas detenidas junto a ella se basa en tres testigos: el due&ntilde;o de un moto taxi, el propietario de un negocio y una mujer excolaboradora de la pandilla. Tres testigos que no dicen las horas, los lugares ni las formas que estas&nbsp;11 personas usaban para extorsionar para la MS-13, esa pandilla declarada por Donald Trump enemiga p&uacute;blica y amenaza a la seguridad de Estados Unidos. Ninguno de los testigos describe a Hera: ni su rostro, ni sus movimientos, ni datos concretos. Nada. La se&ntilde;alan. Pero sin presentar pruebas.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Una semana despu&eacute;s de la primera audiencia suspendida, se repite la escena ante el juez. En esta ocasi&oacute;n, el mismo abogado defiende a Hera y a las otras dos mujeres del grupo. La camisa blanca del hombre intenta contener un cuerpo grueso y torpe. Es la primera vez que ve a sus defendidas. Pide beneficios de embarazo para una acusada que no lo est&aacute;. Se quiere referir a Hera pero no sabe qui&eacute;n es qui&eacute;n. Ellas lo miran, abren los ojos intentando decirle algo. No lo logran. El hombre casi no tiene argumentos.
    </p><p class="article-text">
        El fiscal trabaja para una unidad jur&iacute;dica creada en 2005 para defender mujeres y financiada por organismos internacionales. Se supone que son personas especializadas en distinguir sesgos de g&eacute;nero en las causas con herramientas para defender a las mujeres acusadas. Est&aacute; en el Instituto de la Defensa P&uacute;blica Penal (IDPP) y en su lista de tareas se amontonan 1.400 expedientes relacionados con mujeres solo de la capital del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Edith Ochoa, una mujer repleta de anillos brillantes y larga melena negra, dirige la unidad en la que trabajan 30 abogados. Explica que no puede atender el 90% de los casos que les llegan porque las acusadas no les hablan. Por miedo. O simplemente porque no quieren.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; resultados tienen?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ninguno, [las mujeres] son sentenciadas &mdash;dice Ochoa sin inmutarse.
    </p><p class="article-text">
        Luego matiza. El equipo de Ochoa ha logrado &ldquo;tres o cuatro&rdquo; sentencias absolutorias para sus defendidas en&nbsp;13 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        El IDPP est&aacute; en un antiguo banco en el casco hist&oacute;rico de la capital, con techos alt&iacute;simos y escaleras de madera que conservan esa sensaci&oacute;n de que otro tiempo pasado fue mejor. En una oscura oficina en la segunda planta, la coordinadora condiciona y limita la defensa de las colaboradoras de pandillas &ldquo;hasta que no bajen los contextos de peligrosidad&rdquo;. Seg&uacute;n las cifras oficiales, eso ya ha sucedido. De 49 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2009, Guatemala pas&oacute; a 24 en 2018. Pero la presunci&oacute;n de inocencia en todo lo relacionado con las pandillas y el esfuerzo del Estado por hacer algo por las mujeres de Guatemala siguen brillando por su ausencia.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El tipo de colaboraci&oacute;n que Hera aportaba a la pandilla se conoce en Guatemala como chequeo activo. Implica estar en per&iacute;odo de prueba, peque&ntilde;os encargos para ingresar en la estructura criminal. Al menos eso cree la Fiscal&iacute;a. La situaci&oacute;n es parad&oacute;jica: su entrada est&aacute; vetada por ser mujer, pero tambi&eacute;n&nbsp;es acusada de ser administradora de extorsi&oacute;n. Esto significa que, de confirmarse, ella es la que junta el dinero y, con &oacute;rdenes de los l&iacute;deres de la clica, organiza cu&aacute;nto va para cada qui&eacute;n en cantidades que disminuyen a medida que se desciende en la pir&aacute;mide del poder.
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        En la audiencia, el abogado de Hera&nbsp;&ndash;que no sabe nada de su vida, nunca ha hablado con ella, no sabe qu&eacute; piensa, qu&eacute; siente o qu&eacute; puede aportar en su defensa&ndash; no ve sesgo de g&eacute;nero. No cree que la hayan obligado a nada, ni que la hayan presionado a trav&eacute;s de su familia para que trabaje para la pandilla aprovech&aacute;ndose de su vulnerabilidad o de su pobreza. Utiliza como &uacute;nica estrategia de defensa acogerse al derecho a no declarar.
    </p><p class="article-text">
        En realidad, quien deber&iacute;a defenderla, quien sabe del caso, es otra abogada que no ha llegado a las audiencias. Los tres &ndash;la abogada oficial, la que estuvo en la audiencia anterior y el hombre de esta audiencia&ndash; trabajan bajo el mando de Edith Ochoa, la mujer de los anillos brillantes que no espera ganar casos.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El Flaco y El Voltio son los pandilleros que dirigen desde prisi&oacute;n la clica de nombre Pewees Locos Salvatruchas.&nbsp;Ellos deciden las acciones para extorsionar, intimidar, vender droga, reclutar pandilleros y asesinar. El Flaco se llama Nixon Bantes Gonz&aacute;lez. El Voltio, que es el n&uacute;mero&nbsp;dos de la clica, es Julio C&eacute;sar Mej&iacute;a Garc&iacute;a, a quien Hera iba a visitar a la c&aacute;rcel de El Boquer&oacute;n registr&aacute;ndose a veces como su esposa. De los Pewees, de su forma de operar y de los integrantes de la Pewees&nbsp;es conocedora desde 2012 la Comisi&oacute;n Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), una instituci&oacute;n especial financiada por Naciones Unidas y que trabaja junto al Ministerio P&uacute;blico. Ese informe est&aacute; en manos del juez que juzga a Hera y del fiscal que la acusa.
    </p><p class="article-text">
        En 2017, el juez Pablo Xitumul, magistrado titular del Tribunal C de Mayor Riesgo, encargado de casos de gran impacto, conden&oacute; a El Voltio: 150 a&ntilde;os de c&aacute;rcel por cinco delitos, entre ellos asesinato y violaci&oacute;n. Sumada una causa anterior, El Voltio podr&iacute;a salir en libertad cuando cumpla 213 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Un a&ntilde;o despu&eacute;s, Xitumul llega a su despacho, en la planta 12 de la Torre de Tribunales, se sienta en una silla junto a su sof&aacute; de visitas y comienza a hablar. &ldquo;Detectamos que los patojos [j&oacute;venes] arrastran a las mujeres&rdquo;. Cree tambi&eacute;n que la justicia &ldquo;revictimiza&rdquo; a las mujeres vinculadas a pandillas en un pa&iacute;s particularmente desigual. &Eacute;l explica que &ldquo;se siente sensible&rdquo; con las mujeres de su pa&iacute;s&nbsp;y por eso siempre aplica la pena m&iacute;nima a las acusadas de extorsi&oacute;n: de 6 a 8 a&ntilde;os. Es la pena m&iacute;nima, subraya como un acto de empat&iacute;a. No es medida sustitutiva. Tampoco es absoluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ni El Flaco ni El Voltio est&aacute;n presentes en las audiencias de Hera. Pero lo parece. Su presencia planea sobre la sala. Se supone que los 11 acusados trabajaban a sus &oacute;rdenes. De ellos habla primero el fiscal, que maneja miles de p&aacute;ginas de expediente que saca de la maleta con ruedas. Con su voz r&aacute;pida y a veces inentendible, se refiere a ellos para explicar el <em>modus operandi</em> de la clica. Muestran fotos de dos de las mujeres. Hera no aparece en&nbsp;ellas.
    </p><p class="article-text">
        Argumenta historias, datos, fechas, listas, sucesos, cr&iacute;menes. El turno de Hera llega cuando el fiscal calla y el juez regresa a El Voltio y a El Flaco varias veces m&aacute;s cuando lee el listado de visitas que reciben en la c&aacute;rcel. Esa es la clave, la evidencia de la que Hera tendr&aacute; muy complicado defenderse.&nbsp;Han pasado&nbsp;12 horas de audiencia, el aire acondicionado enfri&oacute; tanto la sala que la mujer se abriga con sus propios brazos y se le pone la piel de gallina. En esta vista judicial, el &uacute;nico que no habla de los l&iacute;deres de la clica es el abogado defensor de Hera. Habla poco porque sabe poco.
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        Seg&uacute;n la informaci&oacute;n en manos del juez y el fiscal, la primera vez que Hera fue a la c&aacute;rcel a ver a Julio C&eacute;sar Mej&iacute;a Garc&iacute;a, ese hombre con poder, ese tal El Voltio, fue en marzo de 2015.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;les son los acusados que no han visitado a nadie en la c&aacute;rcel? Eso es un misterio. Es una informaci&oacute;n sin registrar en el expediente del caso. &ldquo;Las visitas carcelarias por s&iacute; solas no se pueden tomar como prueba&rdquo;, insistir&aacute; el juez Mynor Moto unos d&iacute;as despu&eacute;s de la audiencia.
    </p><p class="article-text">
        Las visitas carcelarias no cuentan como pruebas, pero s&iacute; como razones por las cuales los jueces, como Xitumul o Moto, deniegan la posibilidad de que las personas est&eacute;n libres mientras esperan que se celebre su juicio.
    </p><p class="article-text">
        El Ministerio P&uacute;blico no prueba nada de las funciones de Hera para la Mara Salvatrucha. La investigaci&oacute;n es deficiente, dice el juez Mynor Moto, desplegado en el sill&oacute;n de su oficina de la Torre de Tribunales, mientras revisa el expediente. Algunas partes son un copia y pega de los informes policiales, insiste. Ninguno de los tres testigos est&aacute; identificado, remarca. Todos los informes policiales, en los que se basa la Fiscal&iacute;a, los firma el mismo polic&iacute;a, apunta. Un superpolic&iacute;a, dice &ndash;con iron&iacute;a&ndash; el juez, mientras pasa las hojas,&nbsp;un poco resignado, en la tranquilidad de un juzgado a punto de terminar la jornada. Sabe que las investigaciones son pobres, que los recursos son pocos y la voluntad peque&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, elimin&oacute; para la mayor&iacute;a de los acusados los delitos de obstrucci&oacute;n extorsiva de tr&aacute;nsito y exacciones intimidatorias. Hera fue una de las beneficiadas. Un beneficio parcial, pues seguir&aacute; en prisi&oacute;n preventiva por asociaci&oacute;n il&iacute;cita, algo que le ser&aacute; muy dif&iacute;cil quitarse de encima.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Durante dos a&ntilde;os, Hera entr&oacute; registr&aacute;ndose como la novia de El Voltio. Los primeros cuatro meses de 2017, lo hizo como su esposa. Despu&eacute;s, volvi&oacute; a ser la novia y as&iacute; lo hizo hasta el &uacute;ltimo d&iacute;a de visita registrada, en marzo de 2018. En esa fecha, adem&aacute;s, ya estaba embarazada. Hera fue a verle a prisi&oacute;n 102 veces. Ciento dos veces. Cada d&iacute;a, hora y tiempo juntos quedaron marcados en una larga lista de registros que ahora se vuelven en su contra.
    </p><p class="article-text">
        La presencia de El Voltio ya no planea sobre la sala, ahora la aplasta. Termina con cualquier posibilidad de salir absuelta. Pese a su relaci&oacute;n con un l&iacute;der pandillero, una relaci&oacute;n de esta intensidad, no es suficiente para que la pandilla le pague un abogado que la defienda.
    </p><p class="article-text">
        Antes de las nueve de la ma&ntilde;ana del 20 de marzo de 2018, Hera entr&oacute; por &uacute;ltima vez a ver a El Voltio. Pasaron casi ocho horas juntos. Fue la visita n&uacute;mero 102. Fue un mes antes de ser detenida. Ella, acusada de ser la administradora de la extorsi&oacute;n en la clica de una pandilla enemiga de Estados Unidos,&nbsp;fue atendida por un defensor oficial que ni siquiera se aprendi&oacute; su nombre.
    </p><p class="article-text">
        <em>--</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Este reportaje forma parte de la serie 'Las colaboradoras', un proyecto period&iacute;stico sobre el papel actual de las mujeres en las pandillas de Centroam&eacute;rica. Una iniciativa de&nbsp;El Intercambio&nbsp;financiada por&nbsp;Internews.</em><a href="http://elintercamb.io/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Intercambio&nbsp;</a><a href="https://internews.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Internews</a>
    </p><p class="article-text">
        Texto: Rosario Marina, Elsa Cabria&nbsp;y Ximena Villagr&aacute;n /&nbsp;<em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Fotograf&iacute;as: Oliver de Ros /&nbsp;<em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Edici&oacute;n: Alberto Arce
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/guatemala_1_1722870.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 30 Jan 2019 21:18:38 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Esposadas a la Mara Salvatrucha]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Guatemala,Pandillas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Incriminada por su novio pandillero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/novia-testigo-sale-libre_1_1727577.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Hebe, una joven de 18 años, fue acusada por su novio de homicidio y de colaborar con la pandilla Barrio 18 Sureños, y absuelta después por la Justicia</p><p class="subtitle">La Fiscalía de El Salvador ha multiplicado por 15 el uso de la figura del testigo protegido en los últimos 11 años</p><p class="subtitle">Casos como el de la joven ilustran el uso desmedido de testimonios cuestionables como única prueba contra estas organizaciones criminales</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El asesino dijo que el muerto, antes de muerto, estaba muy borracho.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a de Navidad de 2014, una mujer de&nbsp;70 a&ntilde;os fue a la Polic&iacute;a de su municipio a denunciar la desaparici&oacute;n de su hijo, de 40. Declar&oacute; que el hombre hab&iacute;a salido de su casa alrededor de las&nbsp;10 de la ma&ntilde;ana para ir a trabajar al centro de San Salvador, la capital de El Salvador. Alto, trigue&ntilde;o y de ojos caf&eacute;, llevaba camisa y pantal&oacute;n azules y una mochila negra. La anciana supo por vecinos que el d&iacute;a de la desaparici&oacute;n lo hab&iacute;an visto en la calle principal de su colonia y que hab&iacute;a sido amenazado por un pandillero del Barrio 18. No era la primera vez que le suced&iacute;a. Su otro hijo ya hab&iacute;a desaparecido en 2012. Desaparecido significa asesinado. La madre tem&iacute;a, con raz&oacute;n, que los pandilleros hubieran matado a ambos.
    </p><p class="article-text">
        Dos a&ntilde;os despu&eacute;s de la &uacute;ltima desaparici&oacute;n, la pareja de aquel desaparecido supo por la televisi&oacute;n que la Polic&iacute;a hab&iacute;a encontrado unas osamentas al fondo de un barranco de la colonia. Era el 24 de mayo de 2016. Junto a los huesos, hab&iacute;a una mochila negra, la misma que el hombre llevaba el d&iacute;a de su desaparici&oacute;n. La mujer fue a Medicina Legal, la instituci&oacute;n forense de El Salvador. El muerto de la tele era su muerto.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la Fiscal&iacute;a entrevist&oacute; a la ya viuda del hombre, ella se&ntilde;al&oacute; a la posible culpable: la pandilla Barrio 18 Sure&ntilde;os, una escisi&oacute;n salvadore&ntilde;a del Barrio 18, una de las pandillas m&aacute;s grandes de Centroam&eacute;rica. El Gobierno decidi&oacute; aislar a los l&iacute;deres de las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS) en las c&aacute;rceles para dificultar su organizaci&oacute;n. Lo logr&oacute;. La ruptura dentro de la 18 fue irreversible. A partir de 2006, nacieron dos facciones enemigas: Sure&ntilde;os, los que segu&iacute;an las normas de su pandilla en California, bajo &oacute;rdenes de veteranos deportados presos; y Revolucionarios, que buscaban tener una personalidad m&aacute;s local, sin &oacute;rdenes for&aacute;neas, cuyos l&iacute;deres estaban fuera de las c&aacute;rceles de El Salvador.
    </p><p class="article-text">
        Para 2016, aquel hijo desaparecido llevaba dos a&ntilde;os enterrado al fondo del barranco v&iacute;ctima de esa guerra intestina entre pandillas. La Fiscal&iacute;a ya lo sab&iacute;a, se lo hab&iacute;a dicho El testigo. Por eso la Polic&iacute;a fue a buscar los huesos. Ese testigo era miembro de la pandilla, fue uno de los tres asesinos y, en ese mismo caso, donde admiti&oacute; el asesinato, tambi&eacute;n acus&oacute; a 76 personas del Barrio 18 Sure&ntilde;os de participar en&nbsp;20 homicidios similares.
    </p><p class="article-text">
        Este tipo de testigo, el que delata, se llama criteriado en El Salvador. En los &uacute;ltimos 11 a&ntilde;os, 663 personas en ese pa&iacute;s obtuvieron una reducci&oacute;n de la pena y una residencia temporal a cambio de dar informaci&oacute;n, seg&uacute;n el tipo de negociaci&oacute;n mantenida con la Fiscal&iacute;a General de El Salvador. Su utilizaci&oacute;n es recurrente en los casos de pandillas: el testimonio de una sola persona es suficiente para que la Fiscal&iacute;a acuse a decenas de personas. El uso del testigo protegido se multiplic&oacute; por 15 en los &uacute;ltimos&nbsp;11 a&ntilde;os sin mucho &eacute;xito. El 54% de los informantes se ha retirado del programa.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;El declarante recibi&oacute; una llamada de Z donde le dec&iacute;a que en el pasaje el hermano de B andaba bien bolo [borracho], por lo que [el declarante] sali&oacute; de donde estaba con Hebe, dici&eacute;ndole que moviera [llevara] al hermano de B y que, cuando lo tuviera en una casa, le avisara. A los quince minutos le habl&oacute; que ya lo ten&iacute;a, estaba bien bolo, tanto as&iacute; que no se levantaba, siendo que Hebe se retira del lugar&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Informe de la Fiscal&iacute;a sobre la declaraci&oacute;n del testigo.</em>
    </p><p class="article-text">
        Hebe se llama de otra forma, pero por su seguridad, este ser&aacute; su alias y su nombre, el de la diosa griega de la juventud y la belleza eterna. Seg&uacute;n El testigo, despu&eacute;s de que Hebe se marchara, otros dos pandilleros llegaron a la casa. Entre los tres ahorcaron al hijo de la anciana,&nbsp;con las manos y con un cincho [cintur&oacute;n] hasta matarlo. Esperaron a que se hiciera de noche para sacarlo de la casa y lo lanzaron por el barranco que queda al final del pasaje [callej&oacute;n] donde estaban. Bajaron al fondo, cavaron un hoyo y lo enterraron.
    </p><p class="article-text">
        El 28 de mayo de 2016, el m&eacute;dico forense encontr&oacute; la cabeza del hombre por un lado y el esqueleto por el otro. La camisa estaba rota, llevaba pantal&oacute;n vaquero, ten&iacute;a la mand&iacute;bula rota y solo una zapatilla de deporte,&nbsp;la izquierda. En la bolsa peque&ntilde;a de la mochila negra hab&iacute;a una cartera con unas tarjetas de presentaci&oacute;n que no lograron identificar. Hac&iacute;a seis meses que estaba convirti&eacute;ndose en esqueleto.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El 16 de agosto de 2018, Hebe se puso de pie frente al juez con sus pantalones celestes, sus tenis, su camisa negra de manga larga y sus 19 a&ntilde;os. Estaba acusada de agrupaciones il&iacute;citas, lo que significa que se junt&oacute; con, al menos, dos personas para delinquir de manera temporal o permanente. Se juega ir a juicio y ser condenada a un m&iacute;nimo de tres a&ntilde;os de c&aacute;rcel.
    </p><p class="article-text">
        En la sala hay otras cinco amigas de su colonia. Viaj&oacute; con ellas porque tambi&eacute;n estaban acusadas. Su abogado particular pide al juez que ella pregunte al testigo. Los oscuros ojos con rimel de Hebe miran al testigo protegido, cubierto de pies a cabeza con una tela oscura, como el verdugo que le corta la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Sabes qui&eacute;n te habla?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, no s&eacute; quien sos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Fuimos pareja, &iquest;s&iacute; o no?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No.
    </p><p class="article-text">
        No lo dir&aacute; en la audiencia, pero Hebe dice antes y despu&eacute;s que El testigo, el criteriado, era su novio. El presunto novio la incrimin&oacute; y la acus&oacute; de participar en el homicidio del hijo de aquella anciana y la Fiscal&iacute;a, adem&aacute;s, la acus&oacute; de agrupaciones il&iacute;citas. Por eso pas&oacute; mes y medio en los calabozos&nbsp;de la Polic&iacute;a, tres meses en prisi&oacute;n preventiva y ocho meses m&aacute;s con obligaci&oacute;n de ir a firmar al juzgado cada 15 d&iacute;as hasta que sali&oacute; absuelta.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;En cuanto al delito de agrupaciones il&iacute;citas [...] es opini&oacute;n de la suscrita juez que tanto la existencia legal del delito como la participaci&oacute;n delincuencial de los procesados ha quedado demostrado por medio del dicho del testigo&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Resoluci&oacute;n de audiencia preliminar.</em>
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/126009"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><h3 class="article-text">El enamoramiento</h3><p class="article-text">
        &mdash;Muchacha, &iquest;no ha visto a los polic&iacute;as ah&iacute; arriba?
    </p><p class="article-text">
        La muchacha, que caminaba por su colonia, se gir&oacute;, lo mir&oacute;, lo reconoci&oacute;. &Eacute;l a ella, no.
    </p><p class="article-text">
        En un caf&eacute; de la zona de hoteles de San Salvador, en julio de 2018, la muchacha recuerda con sonrisa p&iacute;cara ese cruce de miradas de enero de 2016. Hebe dice que se conoc&iacute;an de ni&ntilde;os, pero que llevaban a&ntilde;os sin verse. A los meses de esas miradas, hubo una solicitud de amistad en Facebook aceptada. Y <em>likes</em> a muchas de las fotos de Hebe. Pero ella, que se esforzaba por &ldquo;ser buena&rdquo;, no quer&iacute;a nada con un pandillero. Lo dice ella.
    </p><p class="article-text">
        La muy cristiana evang&eacute;lica madre de Hebe y de otros dos varones, uno mayor que ella, otro mucho menor, puso una venta de pupusas, el plato t&iacute;pico de El Salvador, en su manzana. En una ocasi&oacute;n, el pandillero lleg&oacute; y le grit&oacute;. &ldquo;&iexcl;Suegra!&rdquo;. La mujer se qued&oacute; mir&aacute;ndole&nbsp;y le espet&oacute; muy seriamente: &ldquo;&iexcl;C&oacute;mo que suegra!&rdquo;. Esa vez y otras tantas entre enero y octubre, el pandillero pas&oacute; grit&aacute;ndole a Hebe ante la circunspecta mirada de la madre: &ldquo;Hebe, te amo&rdquo;. La noche del 12 de octubre de 2016, delante de la casa de ella, &eacute;l le pregunt&oacute; si quer&iacute;a&nbsp;salir con &eacute;l. &ldquo;Y yo me qued&eacute;: &iquest;Ah? Y le dije: 'S&iacute;, voy a andar con vos, as&iacute; de repente&rdquo;, recuerda Hebe con inocente iron&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;El testigo identifica en su entrevista &uacute;nicamente con el al&iacute;as Hebe [a la persona], a quien describe de la siguiente manera: color de piel blanca, color de cabello negro y estilo largo, complexi&oacute;n delgada, estatura un metro cincuenta aproximadamente, 18 a&ntilde;os. La conoce desde el a&ntilde;o 2008, y desde el 2014 colabora con la pandilla hasta ahora. Las funciones que realiza, le postea [vigila] al hermano que es civil activo de la pandilla, porque como el hermano es civil y ya ha matado, y est&aacute; a punto de brincarse [entrar en la pandilla], le mueve [esconde] las armas de fuego al hermano&hellip;&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Informe sobre la declaraci&oacute;n del testigo.</em>
    </p><p class="article-text">
        Hebe es como la describe El testigo en su relato a la Fiscal&iacute;a. De esas personas delgadas que tienen cara redonda, granulosa sin granos, de labios finos, p&aacute;lida. Sin ser consciente de que tres personas la observan, se apoya en el mostrador de una oficina del centro judicial Isidro Men&eacute;ndez, en San Salvador, un bochornoso d&iacute;a de finales de julio. El aire acondicionado est&aacute; alt&iacute;simo. Dice su nombre al funcionario. Su&nbsp;camiseta blanca de corazones rosas transparenta un&nbsp;sujetador&nbsp;azul claro. El pantal&oacute;n de lona se ajusta a su cuerpo adolescente.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Las tres personas la reconocemos porque estamos sentadas detr&aacute;s revisando las tres cajas de archivadores que acumulan su expediente. En los archivos, aparece su foto, igual que la de muchos de los otros 76 acusados en 20 homicidios a los que El testigo inculp&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El encuentro es fortuito, pero Hebe reaccion&oacute; con normalidad cuando le explicamos por qu&eacute; quer&iacute;amos hablar con ella. Estaba en esa oficina porque desde diciembre de 2017, cuando la jueza le concedi&oacute; la libertad provisional, cada 15 d&iacute;as va en bus con su mam&aacute; al juzgado a firmar.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El mismo a&ntilde;o en que entr&oacute; en funcionamiento el programa de protecci&oacute;n de testigos, las pandillas prohibieron que las mujeres en El Salvador fueran pandilleras. Hasta ese a&ntilde;o, 2006, hab&iacute;a mujeres con poder de mando en las reuniones de toma de decisi&oacute;n y coordinaci&oacute;n en ambas pandillas. Pero fueron expulsadas por falta de confianza.
    </p><p class="article-text">
        La sospecha vino porque algunas eran informantes de la Polic&iacute;a y de la Fiscal&iacute;a. &ldquo;Cuando hab&iacute;a rupturas [sentimentales con pandilleros], eran m&aacute;s vulnerables a dar informaci&oacute;n, sabiendo que hab&iacute;an cometido delitos, prefer&iacute;an colaborar con la Justicia, pensaban m&aacute;s en sus hijos&rdquo;, dice Guadalupe Echeverr&iacute;a, jefa de la Unidad Especializada Antipandillas.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres se convirtieron en testigos criteriados. Ante lo que se consideraba una falta de lealtad, hubo castigos: algunas violadas, algunas asesinadas. Sin embargo, la l&oacute;gica pandillera contrasta con la realidad: el 65% de los testigos del programa de protecci&oacute;n hasta diciembre de 2017 han sido hombres.
    </p><p class="article-text">
        En 2006, una l&iacute;der del Barrio 18 se convirti&oacute; en alias Joker, testigo criteriada de la Fiscal&iacute;a. Su pandilla mat&oacute; a unos familiares suyos y ella decidi&oacute; colaborar. Durante tres a&ntilde;os, apoy&oacute; en la desarticulaci&oacute;n y condena de cuatro c&eacute;lulas locales de San Salvador. Su caso fue el detonante del fin de la mujer pandillera. As&iacute; lo sostiene Echeverr&iacute;a, quien con voz suave y tono acad&eacute;mico, es experta en violencia pandillera.
    </p><p class="article-text">
        Mientras la Fiscal&iacute;a investigaba a la quinta c&eacute;lula, alias Joker fue asesinada. En 2009, la pandilla le hizo &ldquo;el pase del amigo&rdquo;: una amiga la convenci&oacute; para salir un rato de la casa refugio donde viv&iacute;a oculta para juntarse con alguien en el municipio de Santa Ana y la mataron.
    </p><p class="article-text">
        Desde que El Salvador instaur&oacute; el uso de testigos criteriados en 2006, en ning&uacute;n a&ntilde;o las mujeres han sido m&aacute;s del 35% de los testigos, pero son las que perdieron la confianza de arriba.
    </p><p class="article-text">
        Ellas pasaron a ocupar un nuevo rol, puramente log&iacute;stico, en el nivel m&aacute;s bajo de la pandilla, como colaboradoras. No tienen acceso a reuniones o coordinaciones ni dan &oacute;rdenes. Las colaboradoras cobran y llevan dinero, guardan y mueven armas. Prestan cuentas, ejercen de testaferros para recibir y enviar remesas internacionales. Roban. Matan. Igual que los hombres colaboradores. Pero est&aacute;n lejos de los l&iacute;deres.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/125991"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de firmar en el juzgado, apretujada en una mesa de un restaurante de comida r&aacute;pida al que accede ir junto a su mam&aacute; a petici&oacute;n de las periodistas, Hebe se muestra callada. Habla m&aacute;s&nbsp;la&nbsp;madre. Habla m&aacute;s, aunque ella sonr&iacute;e cuando la mam&aacute; evang&eacute;lica&nbsp;charla sobre El testigo. &ldquo;Era el asesino de la colonia&rdquo;, dice la mujer&nbsp;sin miramientos. Y Hebe se ruboriza silenciosa.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Por qu&eacute; te fijaste en un pandillero?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ni yo s&eacute;, quiz&aacute; a las ni&ntilde;as fresas [pijas] les gustan los malos. Yo dec&iacute;a: 'Uy, no, yo no voy a andar con uno de esos jam&aacute;s, &iquest;va?' Pero los jamases llegan &mdash;dijo cuatro d&iacute;as despu&eacute;s, ri&eacute;ndose, cuando su mam&aacute; no la est&aacute; escuchando.
    </p><h3 class="article-text">La detenci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Observando detenidamente las fotograf&iacute;as del pliego, el testigo se&ntilde;ala que la fotograf&iacute;a n&uacute;mero 1, la cual corresponde a la se&ntilde;ora Hebe, manifestando que la conoce por el al&iacute;as, es colaboradora de la pandilla 18, y particip&oacute; en el homicidio del hermano de B&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Informe de la Fiscal&iacute;a sobre la declaraci&oacute;n del testigo.</em>
    </p><p class="article-text">
        A las 2:35 de la madrugada de un d&iacute;a de finales de julio de 2017, cuatro polic&iacute;as subieron las tres escaleras de la entrada y tocaron a una puerta pintada de celeste, bajo un balc&oacute;n blanco, en una casa tambi&eacute;n celeste, con techo de l&aacute;mina.
    </p><p class="article-text">
        Abri&oacute; el padre de Hebe. Llegaron para detener a su hija, acusada de homicidio y agrupaciones il&iacute;citas. Cuando le pidieron que los acompa&ntilde;ara para hacer el registro de la casa, accedi&oacute;. Dentro estaban Hebe y su madre. No encontraron ning&uacute;n objeto il&iacute;cito. As&iacute; lo escribi&oacute; un polic&iacute;a en su informe. Hebe pidi&oacute; tiempo para cambiarse porque estaba con pantalones cortos y un top y dice, un a&ntilde;o despu&eacute;s, que los polic&iacute;as aceptaron a rega&ntilde;adientes.
    </p><p class="article-text">
        El pap&aacute; es un hombre al que no vamos a conocer. Muy presente en las palabras de Hebe pero ausente en el tiempo que ella pas&oacute; en prisi&oacute;n y en sus visitas al juzgado porque tiene que trabajar. Primero evang&eacute;lico, luego alcoh&oacute;lico, luego evang&eacute;lico de nuevo. Es el hombre que le pidi&oacute; a su &uacute;nica hija que no tuviera malas&nbsp;compa&ntilde;&iacute;as, el que sac&oacute; a su familia un a&ntilde;o y medio de su colonia para huir de la violencia, el mismo que golpe&oacute; a sus hijos durante esos a&ntilde;os.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Durante la detenci&oacute;n, un polic&iacute;a advirti&oacute; a Hebe que se preparara, que all&aacute; iba a hacer fr&iacute;o. All&aacute; era la c&aacute;rcel. &ldquo;Ta' <em>g&uuml;eno</em>&rdquo;, le respondi&oacute; antes de ir a su cuarto a ponerse unas mallas, una camisa de manga larga, unos&nbsp;vaqueros y calcetines. En su habitaci&oacute;n, se dio cuenta de que su hermano peque&ntilde;o, cuya presencia los polic&iacute;as no atisbaron, la observaba.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; te pasa? Dormite.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Para d&oacute;nde vas? &iquest;Por qu&eacute; te est&aacute;s cambiando?
    </p><p class="article-text">
        Hebe abre la puerta y le se&ntilde;ala al polic&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; hace ese hombre ah&iacute;, vos?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ya voy a venir.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Para d&oacute;nde vas?.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ya voy a venir.
    </p><p class="article-text">
        Hebe no volvi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Hebe pas&oacute; fr&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Cuatro a&ntilde;os antes de pasar fr&iacute;o, cuando ten&iacute;a 14, Hebe y su hermano mayor, &ndash;acusado por El testigo de otro asesinato y agrupaciones il&iacute;citas, pero absuelto&ndash;, tuvieron que abandonar la escuela p&uacute;blica donde estudiaban, porque estaba en la parte alta de su colonia, territorio de la Mara Salvatrucha. Como consecuencia, su padre se llev&oacute; un a&ntilde;o y medio a la familia a vivir a otro lugar. El barrio en el que la familia ha vivido casi toda su vida es parte de uno de los municipios hist&oacute;ricamente m&aacute;s peligrosos del &aacute;rea metropolitana de El Salvador.
    </p><p class="article-text">
        En El Salvador es complicado entrar en centenares de barrios. El lema 'Ver, o&iacute;r y callar' se respeta en los barrios y se rompe fuera de ellos. Hebe cambia tres veces el punto donde la vamos a recoger para la entrevista, cerca de su colonia. Desde que la conocimos, el pacto fue hablar fuera de su municipio, no quiere que entremos en su colonia. No quiere que la vean con desconocidos.
    </p><p class="article-text">
        La localidad donde vive fue parte del grupo de 18 municipios que, en 2013, cuando el Gobierno pact&oacute; una tregua de fin a la sangre con las pandillas, fue declarado libre de violencia. Un eufemismo para decir que las pandillas no se iban a agredir ni entre s&iacute; ni a nadie en ese territorio.
    </p><p class="article-text">
        Seis meses dur&oacute; la espectacular bajada de homicidios&nbsp;&ndash;que redujo a menos de la mitad la cantidad de asesinatos en El Salvador, que estaba entre los tres pa&iacute;ses m&aacute;s violentos del mundo&ndash;, hasta que un gobierno acorralado por haber ocultado su papel principal en la negociaci&oacute;n y un creciente n&uacute;mero asesinados de las dos pandillas debilitaron la tregua. Aunque se sumaron instituciones internacionales y otras pandillas de menor peso a las reuniones, de poco sirvi&oacute;. El gobierno siguiente enterr&oacute; la tregua. Desde entonces, es el pa&iacute;s m&aacute;s homicida del mundo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; cambi&oacute; en la colonia para que despu&eacute;s pudieran regresar?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No cambi&oacute; nada &mdash;dice.
    </p><p class="article-text">
        Hebe regres&oacute; a su colonia porque, dice, no ten&iacute;a sentido que pagaran un alquiler cuando ten&iacute;an una casa en propiedad. Ella tuvo que terminar los estudios b&aacute;sicos y parte de bachillerato en un colegio privado, en la parte baja de la colonia, creado por maestros que antes trabajaban en el colegio de arriba, donde su hermano peque&ntilde;o s&iacute; pudo seguir estudiando. Dice que pandilleros de la Mara Salvatrucha llamaron a su pap&aacute; para que ella no volviera a subir. Menos a&uacute;n cuando los contrarios, como ella dice, se enteraron de que su novio era 18.
    </p><p class="article-text">
        Un 28 de diciembre de 2016, dos a&ntilde;os despu&eacute;s de regresar a la colonia, dos meses despu&eacute;s de empezar a salir con El testigo, tras la pelea con su pap&aacute;, termin&oacute; con Hebe mud&aacute;ndose a casa de su novio, El testigo. Sus pap&aacute;s dejaron de hablarle los dos primeros meses de 2017. No quer&iacute;an que estuviera con &eacute;l, pero continuaron pagando sus estudios. Despu&eacute;s, cuando El testigo se reun&iacute;a en su casa con sus pandilleros, ella dice que sol&iacute;a irse a la casa familiar. Sus padres cedieron ante la relaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ella pas&oacute; mucho tiempo sola en la casa de su marido, que es como se refiere a su novio. El testigo compraba la comida y, ella aprendi&oacute; a cocinar para dos, nunca para los pandilleros visitantes. &ldquo;No era la chacha [empleada dom&eacute;stica] de nadie, solo de &eacute;l y m&iacute;a&rdquo;, dice Hebe dos a&ntilde;os despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Dice que no hizo favores ni trabajos para el Barrio 18 Sure&ntilde;os, pero El testigo le daba unos 30 d&oacute;lares diarios para comprarse lo que ella quisiera. El dinero lo guardaba su mam&aacute;. Al mes eran 750 d&oacute;lares, m&aacute;s del doble del salario m&iacute;nimo de El Salvador. Su hermano mayor llegaba a visitar y a fumar marihuana con El testigo. A cambio, posteaba &ndash;avisar si llega la Polic&iacute;a&ndash;.
    </p><p class="article-text">
        La novia acept&oacute; dinero de la pandilla para vivir, la madre guard&oacute; el dinero de su hija que proven&iacute;a de la pandilla, el hermano hizo favores a la pandilla, el padre toler&oacute; la relaci&oacute;n de su hija con un miembro de la pandilla. En una sociedad violenta, la pandilla es una cosa y la gente es otra. En esta familia, todos se sienten ajenos al Barrio 18 Sure&ntilde;os, pero la relaci&oacute;n existe porque los l&iacute;mites no est&aacute;n definidos.
    </p><h3 class="article-text">El tatuaje</h3><p class="article-text">
        El testigo ten&iacute;a una memoria privilegiada, aparentemente. Cont&oacute; c&oacute;mo entr&oacute; en 2007 a la pandilla y c&oacute;mo fue creciendo su clica &ndash;c&eacute;lula local pandillera&ndash;. En su declaraci&oacute;n, recordaba en qu&eacute; a&ntilde;o conoci&oacute; a cada uno de los pandilleros y colaboradores, como Hebe. Describi&oacute; altura, peso, marcas, tatuajes y raz&oacute;n por la que los conoc&iacute;a, desde qu&eacute; a&ntilde;o estaban con la pandilla y cu&aacute;l era su funci&oacute;n. De cada uno de los 76 acusados por la Fiscal&iacute;a. Una memoria infalible, pero de casi todos, solo dijo saber sus apodos.
    </p><p class="article-text">
        Diez a&ntilde;os despu&eacute;s de convertirse en 18 sure&ntilde;o, El testigo vendi&oacute; a toda su clica y a presuntos colaboradores acus&aacute;ndolos de asesinato. Tambi&eacute;n vendi&oacute; a su novia por presuntamente ayudar a asesinar al hombre de la mochila negra, en 2014. Pero a lo largo de tres gruesos&nbsp;archivadores,&nbsp;El testigo nunca dijo que Hebe fue su novia. Es ella quien dice hoy que &ldquo;anduvo acompa&ntilde;ada&rdquo; por &eacute;l.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Para entender el funcionamiento, la jerarqu&iacute;a, y el territorio que controla una estructura pandillera, El testigo criteriado tiene que haber estado dentro de la organizaci&oacute;n criminal. Por eso, la Fiscal&iacute;a salvadore&ntilde;a lleva m&aacute;s de una d&eacute;cada apoy&aacute;ndose en este tipo de informantes.
    </p><p class="article-text">
        El problema es que en decenas de casos, como sucede en el de Hebe, El testigo interesado en obtener reducci&oacute;n de condena y beneficios especiales, es la &uacute;nica fuente de informaci&oacute;n. La instituci&oacute;n no contrasta los datos que obtiene y muchos casos se caen antes de llegar a juicio por falta de pruebas. Como ocurri&oacute; con Hebe, absuelta por un juez.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hay muchos casos en los que no se verifica la informaci&oacute;n&rdquo;, admite la fiscal Echeverr&iacute;a, experta en pandillas. Pero exime de culpas a su unidad y responsabiliza a la instituci&oacute;n que les nutre de pruebas. &ldquo;El problema es la investigaci&oacute;n de la Polic&iacute;a Nacional Civil; muchas veces en aras de sacar de circulaci&oacute;n [de las calles] a cualquiera, ha creado perfiles delincuenciales de personas que no pertenec&iacute;an a pandillas. Ya hemos tenido casos delicados, se ha procesado a personas inocentes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Se interroga al testigo en el sentido de que describa a la persona, manifestando que es de estatura 160, color de piel blanca, color de ojos no recuerda, cabello color negro, de textura algo acolochado [rizado], de complexi&oacute;n f&iacute;sica algo delgada, agregando que no conoce el nombre, pero conoce el al&iacute;as, Hebe. As&iacute; mismo se formulan las siguientes preguntas: &iquest;Posee marcas? No, &iquest;Posee tatuajes? No, &iquest;Posee lentes? No&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Reconocimiento en rueda del testigo a Hebe</em>
    </p><p class="article-text">
        El 12 de diciembre de 2017, Hebe y su hermano lograron la libertad provisional. Para ese momento, por un fallo de la Fiscal&iacute;a, en su expediente solo constaba el delito de agrupaciones il&iacute;citas, ya no el de homicidio. Las mujeres representan el 10% de todos los capturados en El Salvador en los &uacute;ltimos seis a&ntilde;os. Aunque no es un delito estrictamente vinculado al fen&oacute;meno pandillero, agrupaciones il&iacute;citas es el segundo delito m&aacute;s cometido de todos los detenidos entre 2012 y 2017, los a&ntilde;os m&aacute;s sanguinarios de las pandillas.
    </p><p class="article-text">
        Entre los documentos que sirvieron para evidenciar que no iba a huir del pa&iacute;s, el abogado de Habe present&oacute; su cuaderno de ciencias naturales de bachillerato y un diploma de participaci&oacute;n y constancia de buena conducta emitido por el centro de estudios de la iglesia evang&eacute;lica a la que asiste.
    </p><p class="article-text">
        A la hora del almuerzo de un d&iacute;a de julio de 2018, Hebe no come nada. No aparenta nervios, solo no quiere comer en el restaurante al que la llevamos para conversar. No suelta el&nbsp;m&oacute;vil&nbsp;aunque no va a hablar por tel&eacute;fono. La hija de la madre seria y evang&eacute;lica aparenta la misma seriedad en versi&oacute;n juvenil. Pero es apariencia. Con su dulzura posadolescente, Hebe habla mucho cuando tiene ganas de charlar.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; crees que buscabas en el malo?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Como la rebeld&iacute;a que quer&iacute;a, porque iba enojada con mi pap&aacute;. Quiz&aacute; despu&eacute;s de acompa&ntilde;arme [por mi novio] fue... no s&eacute;&hellip; Siento en m&iacute; que me pod&iacute;a defender sola, me met&iacute; en problemas en la colonia y jam&aacute;s le dije nada.
    </p><p class="article-text">
        Hebe habla dulcemente de las tres veces que se meti&oacute; en problemas por &eacute;l. Fue por celos, dice, porque &eacute;l estaba con ella. Y con otras tres. No callaban la relaci&oacute;n con El testigo. Le hablaban para advertirle de que cada una de ellas era la novia real.
    </p><p class="article-text">
        Hebe estrell&oacute; el&nbsp;tel&eacute;fono del novio contra la pared tras encontrar fotos con otra.
    </p><p class="article-text">
        Agarr&oacute; a una mujer del pelo y le dio una paliza delante de &eacute;l. Empuj&oacute; a otra m&aacute;s por las gradas de una cancha de f&uacute;tbol.
    </p><p class="article-text">
        P&iacute;cara, dice que dej&oacute; dos veces a su novio. D&iacute;as antes de la definitiva, poco antes de ser detenida, El testigo llam&oacute; a Hebe. Ella sali&oacute; de casa de su mam&aacute; y fue a la casa de &eacute;l. Eran las dos de la tarde, estaban solos. &ldquo;Te tengo una pregunta&rdquo;, le dijo &eacute;l antes de echarse a re&iacute;r. &ldquo;&iquest;No me ten&eacute;s miedo?&rdquo;, le&nbsp;pregunt&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No, no te tengo miedo&rdquo;, recuerda hoy que le respondi&oacute;, muy extra&ntilde;ada. No entiende por qu&eacute; le hizo esa pregunta. &ldquo;Porque pa' fuera, &eacute;l lo sab&iacute;a todo, un machito y as&iacute;, pero conmigo en la casa por cualquier cosa lloraba, bien chill&oacute;n, bien fres&oacute;n&rdquo;. Por qu&eacute; le iba a tener miedo, se pregunta en voz alta mientras manosea su celular.
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        Cuando en junio de 2017, Hebe fue detenida, la Polic&iacute;a le pregunt&oacute; si conoc&iacute;a al asesinado, al due&ntilde;o de la mochila negra, enterrado en un barranco en 2014. Dice que no ten&iacute;a idea de qui&eacute;n era ni uno ni otro. Le preguntaron si &ldquo;hizo favor&rdquo; a los tres asesinos para que lo mataran. Dijo que no. Fue su pap&aacute;, cuando ella estaba en las celdas policiales, quien le dijo por tel&eacute;fono qui&eacute;n era el muerto.
    </p><p class="article-text">
        Esta historia de muerte y amores muestra vidas paralelas, no convergentes. Al cruzar el expediente del caso y el relato de Hebe, El testigo es y no es novio. Solo existe un detalle en el que est&aacute;n de acuerdo: el por qu&eacute; del asesinato en el que la involucr&oacute;. &ldquo;Lo mataron porque andaba bolo y empez&oacute; a gritarle a todos los bichos [j&oacute;venes] de ah&iacute;&rdquo;, dice Hebe que le contaron en la colonia.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El 16 de agosto de 2018, Hebe se levanta a las cinco de la ma&ntilde;ana sin saber que va a enfrentarse al hombre vestido de verdugo, El testigo. El abogado le insiste en que pregunte al testigo. No quiere, est&aacute; indecisa, pero pens&aacute;ndolo bien, ella sabe c&oacute;mo probar, con una sola pregunta, que El testigo miente:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Ten&eacute;s un 18 en el pecho?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Volveme a repetir la pregunta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Ten&eacute;s un 18 en el pecho?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias, eso es todo.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a en el que todos los acusados salieron libres es el mismo en el que Hebe se convirti&oacute; p&uacute;blicamente en la novia negada del pandillero que vendi&oacute; a los suyos.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Este reportaje forma parte de la serie 'Las colaboradoras', un proyecto period&iacute;stico sobre el papel actual de las mujeres en las pandillas de Centroam&eacute;rica. Una iniciativa de&nbsp;El Intercambio&nbsp;financiada por&nbsp;Internews.</em><a href="http://elintercamb.io/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Intercambio&nbsp;</a><a href="https://internews.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Internews</a>
    </p><p class="article-text">
        Texto: Elsa Cabria, Ximena Villagr&aacute;n y Rosario Marina / <em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Fotograf&iacute;as: Oliver de Ros / <em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Edici&oacute;n: Alberto Arce
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Rosario Marina, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/novia-testigo-sale-libre_1_1727577.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 29 Jan 2019 20:25:53 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Incriminada por su novio pandillero]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Pandillas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ellas quieren ser Mortal: la sumisión de las niñas pandilleras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/quieren-mortal_1_1727785.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/37358203-a8c8-4cc5-b0d5-073bc4244a9e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=" La mayor parte de las casas de Cerrito Lindo son de bloques de cemento y madera con techo de lámina y cortinas como puertas; el aire del ventilador corre por los pasillos mientras fuera, para combatir el calor, se toma café recién hervido."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En un barrio marginal de Honduras, a los 15 años eres mujer, pandillera del Barrio 18, tienes hijos, vas a la cárcel, te reprime la policía y no crees que el futuro pueda ser diferente</p><p class="subtitle">Honduras es el último país de Centroamérica en el que las mujeres pueden ser pandilleras</p><p class="subtitle">La colaboración de las mujeres en la pandilla Barrio 18 implica casi las mismas funciones de los hombres pero sin privilegios ni beneficios especiales</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Dos ni&ntilde;as miran una piscina sin gente. Est&aacute;n en una parte de la ciudad que no conocen. Impacientes, sueltan las bolsas de pl&aacute;stico que contienen su ropa seca sobre una hamaca de rayas amarillas y blancas. Acaloradas por el abusivo sol de las dos de la tarde en San Pedro Sula, saltan sobre el&nbsp;suelo ardiente.
    </p><p class="article-text">
        No tienen ba&ntilde;ador. Se meten en el agua vestidas con sus&nbsp;camisetas y sus pantalones cortos. At&eacute;, blanca, de pelo liso y labios gruesos, con el cuerpo de mujer a medio hacer, agarra r&aacute;pido el salvavidas. Asteria, morena, de pelo rizado y ojos y nariz peque&ntilde;os,&nbsp;da tres largas brazadas para llegar cuanto antes al borde. Su margen de acci&oacute;n es peque&ntilde;o. Piden aprender a flotar.
    </p><p class="article-text">
        At&eacute; mira al cielo. Acostada. Solo tiene que dejar que el peso de su cuerpo haga caso a la gravedad para mantenerse a flote pero nadie le ha explicado que eso sea posible. Asteria tampoco lo logra. Tercas y sonrientes, lo intentan varias veces. En dos horas, apenas salen del agua para comer pizza. Al menos por una tarde, en esta piscina privada, protegidas de las miradas, parecen felices de tanto fallar.
    </p><p class="article-text">
        La profundidad de Honduras siempre es relativa. Para quienes no pasan de metro y medio y no saben nadar. Para ni&ntilde;as obligadas a dejar de serlo antes incluso de salir de sus propias casas. Para j&oacute;venes atrapadas en remedos de familia y en el pu&ntilde;ado de calles que limitan sus vidas. Para todas ellas hay muchos lugares en los que parece imposible tocar fondo. Este estanque trasero de hotel colonial en zona pudiente es solo uno m&aacute;s. Pero aqu&iacute;, hoy, equivocarse, para su sorpresa, no tiene consecuencias.
    </p><p class="article-text">
        La situaci&oacute;n es improbable, completamente artificial. Durante unas horas, la posibilidad de dar una versi&oacute;n de su propia historia es su pasaporte a la palabra. A la posibilidad de expresarse sin la presencia, constante, de una violencia que fermenta bajo el calor agobiante de las casas de techo de l&aacute;mina donde viven ancladas en una pobreza abyecta, sometidas a la presi&oacute;n de balas que vuelan a diario, de un barrio lleno de fronteras mortales.
    </p><p class="article-text">
        El pozo de donde At&eacute; y Asteria salieron durante un d&iacute;a se llama Cerrito Lindo. El due&ntilde;o del lugar es un tipo flaco y larguirucho de 19 a&ntilde;os que lleva el pantal&oacute;n amarrado por un cintur&oacute;n, una&nbsp;camiseta blanca de tirantes que le queda enorme y kilos de joyer&iacute;a: aretes, anillos y cadenas doradas con&nbsp;colgantes. Es su forma de mostrar autoridad. At&eacute; y Asteria, como todo lo que las rodea, le pertenecen a ese due&ntilde;o. Se llama Mortal. Es el&nbsp;palabrero, o l&iacute;der local de la c&eacute;lula del Barrio 18, la segunda pandilla m&aacute;s violenta de Latinoam&eacute;rica, solo superada por la monumental Mara Salvatrucha.
    </p><p class="article-text">
        De su boca, con dientecitos muy deshechos, salen pocas palabras. Se muestra tan amable como cauto. Mortal no cree que las mujeres, lo que tengan que decir, importe demasiado. Y gracias a esa minusvaloraci&oacute;n del hombre hacia la mujer, hacia sus opiniones y sus vidas, ellas pueden expresarse &ndash;al menos hoy&ndash; y nosotras podemos entender qu&eacute; papel juegan estas ni&ntilde;as, ya mujeres forzadas, en la pandilla.
    </p><p class="article-text">
        A diferencia de El Salvador y Guatemala donde, desde principios de los 2000, las mujeres solo pueden trabajar sin posibilidades de ascenso dentro de la estructura criminal, Honduras es el &uacute;ltimo pa&iacute;s de Centroam&eacute;rica en el que las mujeres a&uacute;n pueden ser pandilleras. Incluso jefas.
    </p><p class="article-text">
        En Honduras la opci&oacute;n de ser lideresa es real.
    </p><p class="article-text">
        At&eacute; y Asteria hoy son civiles &ndash;sin v&iacute;nculo te&oacute;rico con la pandilla&ndash;, pero colaboraron desde los&nbsp;10 a&ntilde;os con el Barrio 18. Tienen 15. Una colaboradora, o <em>paisa</em> &ndash;como solo las llaman en Honduras&ndash;, comienza vigilando las esquinas, pide y cobra extorsi&oacute;n a negocios, reparte comida a los&nbsp;<em>homies &ndash;</em>que es como se conoce a los hombres en la pandilla&ndash; cuida a los enfermos o baleados. Convertirse en lideresa llega mucho m&aacute;s tarde.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Asteria y At&eacute; pensaron en ser pandilleras, pero no pasaron de colaborar. Hace m&aacute;s de un a&ntilde;o que ambas decidieron salirse del Barrio 18, una pandilla en la que formalmente nunca entraron, a la que en la pr&aacute;ctica siguen totalmente vinculadas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Alguna vez les toc&oacute; matar a alguien?
    </p><p class="article-text">
        Dos segundos de silencio.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Eso no se dice, es algo muy &iacute;ntimo, eso no se cuenta &mdash;dice Asteria en nombre de las dos.
    </p><p class="article-text">
        El resto, matar o convertirse en lideresas, llega mucho m&aacute;s tarde. Quiz&aacute;s por eliminaci&oacute;n. Si la familia fuese una pandilla, el rol de las <em>paisas</em> ser&iacute;a el de madres o esposas. Una etapa liminal, dicen los antrop&oacute;logos. Un escal&oacute;n intermedio entre no ser nadie y ser parte de la pandilla. Esa es la etapa que At&eacute; y Asteria viven bajo las indicaciones de Mortal.
    </p><p class="article-text">
        El Gobierno hondure&ntilde;o sabe poco sobre pandillas y poqu&iacute;simo sobre mujeres pandilleras. En general, solo&nbsp;conoce qu&eacute; grupos operan en el pa&iacute;s. Y en particular sabe que en el Barrio 18 hay mujeres cobradoras de extorsi&oacute;n. La Polic&iacute;a persigue a ni&ntilde;as como At&eacute; y Asteria. La autoridad policial necesita de&nbsp;etiquetas fijas para posicionarlas: cobradora de extorsi&oacute;n, informante de la pandilla, mujer de pandillero. Nadie menciona la posibilidad de liderazgo. El desconocimiento simplifica.
    </p><h3 class="article-text">Las calles de las pandilleras</h3><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Es com&uacute;n que las mujeres se metan&nbsp;en la pandilla?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;&nbsp;&mdash;responde Mortal.
    </p><p class="article-text">
        Cerrito Lindo est&aacute; en el inmenso sector Rivera Hern&aacute;ndez, uno de los barrios m&aacute;s grandes de San Pedro Sula, la ciudad m&aacute;s homicida del mundo hasta 2015 y ahora en el tercer puesto en la lista. Dentro del sector Rivera Hern&aacute;ndez hay m&aacute;s de&nbsp;100 colonias y asentamientos como este. Lugares bravos que evitan los sampedranos que s&iacute; pueden permit&iacute;rselo.
    </p><p class="article-text">
        Igual que la efectividad de las autoridades en la lucha contra el crimen organizado es m&iacute;nima, su perspectiva sobre lo que sucede en su propia ciudad es muy limitada. En 2015, seis pandillas se disputaban el sector. Tres a&ntilde;os despu&eacute;s, los vecinos dicen que ya son ocho. No es solo un polvoriento desorden de calles planas y casas de adobe, de peque&ntilde;as tiendas, de pulper&iacute;as [establecimientos de alimentaci&oacute;n]. Es un territorio en guerra.
    </p><p class="article-text">
        Cerrito lindo es uno de los bastiones de la pandilla Barrio 18. Todos ac&aacute; se saben bajo el dominio de Los n&uacute;meros y, de alguna forma, en contra de la Mara Salvatrucha 13, MS o Las letras. Sus habitantes tambi&eacute;n temen a los Vatos Locos, &ndash;esa pandilla formada a ra&iacute;z de la pel&iacute;cula Blood In Blood Out, de Taylor Hackford&ndash;, a la banda de los Olanchanos, a la peque&ntilde;a pandilla de sicarios Los Tercere&ntilde;os, a los reci&eacute;n fundados Terrace&ntilde;os y a otro pu&ntilde;ado de bandas y pandillas que se entienden entre s&iacute; con el lenguaje de los bandidos: los tiros.
    </p><p class="article-text">
        Cerrito Lindo, el barrio de Asteria, At&eacute; y Mortal, debe su nombre a un suceso anodino. Ac&aacute; hubo un cerro. Uno peque&ntilde;o. La gente que invadi&oacute; este territorio hace m&aacute;s de&nbsp;40 a&ntilde;os destruy&oacute; el peque&ntilde;o mont&iacute;culo y en su lugar construyeron casas con lo que encontraron: pl&aacute;stico, bamb&uacute;, barro. Con los a&ntilde;os, a&ntilde;adieron ladrillos y cemento comprados en su mayor parte con remesas provenientes de Estados Unidos. Por el extinto mont&iacute;culo, lo llamaron Cerrito Lindo.
    </p><p class="article-text">
        Este barrio tiene&nbsp;0,08 kil&oacute;metros cuadrados, casi el mismo espacio que ocupa el estadio del Real Madrid. En ese lugar hubo 58 homicidios entre 2013 y 2017, seg&uacute;n datos de la Secretar&iacute;a de Seguridad de Honduras. Casi uno al mes. En el lugar conocido como Rivera Hern&aacute;ndez, del que forma parte Cerrito Lindo, se registraron 224 homicidios en ese mismo periodo.
    </p><p class="article-text">
        **
    </p><p class="article-text">
        Para llegar a Asteria y At&eacute;, tuvimos que hablar con su due&ntilde;o. Eso significa llegar a Mortal. En Cerrito Lindo, todos le rinden pleites&iacute;a. Vecinos y pandilleros. Mortal determina con precisi&oacute;n en qu&eacute; lugares podemos tomar fotos y en qu&eacute; calles caminar. Todo es suyo. Se lo ha ganado a fuerza de sangrar y hacer sangrar.
    </p><p class="article-text">
        Para que Mortal llegara a ser Mortal, primero mandaron Luchador, El Virus y El Malvado en la comunidad. En ese singular orden de nombres, pasaron los &uacute;ltimos cuatro l&iacute;deres de la c&eacute;lula local del Barrio 18.
    </p><p class="article-text">
        Mortal, que entr&oacute; en la pandilla cuando apenas ten&iacute;a diez a&ntilde;os, cay&oacute; preso dos veces. Una fue pocos meses antes de que lo conoci&eacute;ramos, pero logr&oacute; escaparse del centro de menores en el que estaba. Estuvimos con &eacute;l en julio de 2018 y, en septiembre, volvi&oacute; a la c&aacute;rcel. Ahora un tipo con apodo de signo del zodiaco manda en Cerrito Lindo. Se llama Escorpi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Las labores de jefe de clica, que es como llaman a su c&eacute;lula, la unidad m&aacute;s peque&ntilde;a de una pandilla, no siempre son tan trepidantes como uno imagina. Pueden incluso ser aburridas, de una burocracia tan b&aacute;sica como repetitiva. El grupo de Mortal mata el tedio con cerveza, marihuana y coca&iacute;na frente al port&oacute;n negro de una casa. Algunos est&aacute;n tan borrachos que les cuesta tenerse en pie. A Mortal no. &Eacute;l no toma, no fuma, no se droga. Su vicio es ejercer el poder absoluto sobre este pedazo de tierra olvidada.
    </p><p class="article-text">
        Sentados en el porche de un vecino al atardecer, le preguntamos sobre un tema extra&ntilde;o para &eacute;l: las mujeres en su pandilla. No tiene el discurso preparado. Responde que son como los hombres. La diferencia son las razones de ingreso. &ldquo;Ellas [se meten], a veces, por problemas en la familia, o por seguir a un <em>homeboy</em> [pandillero]&rdquo;.
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        Las alusiones, demasiado obvias. Las mujeres, dice, &ldquo;son traicioneras&rdquo;. Los amigos celebran sus bromas y encienden, locuaces y entretenidos, sus cigarrillos. Hasta que irrumpen dos adolescentes confianzudas, con&nbsp;camisetas&nbsp;cortas, el pelo recogido, los labios rosas y los ojos delineados. En medio de la oscuridad de las seis de la&nbsp;madrugada, se hace el silencio hasta que cruzan el port&oacute;n y se acercan al porche de la casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; es como conocemos a la Asteria&nbsp;de pelo rizado y&nbsp;ojos encendidos. A la At&eacute;, de pelo lacio y mirada apagada, pero p&iacute;cara. Proponemos poner dos sillas m&aacute;s para hablar todos juntos. Pero los pandilleros nos dicen que entremos con ellas a la casa. No tienen inter&eacute;s en lo que hablemos con las ni&ntilde;as. Los hombres, fuera. Ellas, dentro. Mortal les cede el uso de la palabra.
    </p><p class="article-text">
        Asteria y At&eacute; no son sus nombres. Es un artificio para ocultar su identidad. Sustituir sus nombres por unos convencionales es un riesgo porque podr&iacute;an coincidir con los de otras j&oacute;venes de similares caracter&iacute;sticas. Hay muchas mujeres con historias parecidas en este barrio. Cada una arrastra su propia mitolog&iacute;a. La de su propia supervivencia.
    </p><p class="article-text">
        At&eacute; es la personificaci&oacute;n griega del arrojo y la irreflexi&oacute;n y Asteria es la hija de una guerrera perseguida por Zeus. Ambas son quienes avanzan sin pensarlo demasiado, en el combate y huyendo del resto de pandillas, de la Polic&iacute;a, siempre de alguien.
    </p><p class="article-text">
        Si esa huida no se trunca, Asteria y At&eacute;, por haber nacido en San Pedro Sula, en un lugar controlado por las pandillas, llegar&aacute;n a ser Artemis.
    </p><p class="article-text">
        Artemis es una mujer flaca, brava y de piel oscura&nbsp;que roza los 40. Dirige un embri&oacute;n de pandilla, que a&uacute;n no tiene nombre, en una zona rival a solo unos kil&oacute;metros de donde Mortal impone su palabra.
    </p><p class="article-text">
        Esta lideresa de un grupo de j&oacute;venes que intentan ser pandilleros no se llama Artemis, pero ocultaremos su nombre con el de otra diosa griega. Una madre protectora de sus criaturas salvajes. De sus muchachos, de su propia pandilla.
    </p><p class="article-text">
        Artemis, una mujer a la que&nbsp;la pobreza&nbsp;le ha deteriorado el rostro, no ser&iacute;a lideresa si su vida no hubiera comenzado como las de At&eacute; y Asteria. Artemis, de cabello deste&ntilde;ido, manos maltratadas de tanto lavar con detergente y pies callosos de tanto caminar sin zapatos, tambi&eacute;n se parece a Mortal. Artemis y Mortal son versiones diferentes del mismo problema. Son, adem&aacute;s, los espejos en los que At&eacute; y Asteria se ven a s&iacute; mismas.
    </p><p class="article-text">
        Las dos ni&ntilde;as fuman marihuana, beben, se meten coca&iacute;na y son parte del Barrio 18 desde los 10 a&ntilde;os. At&eacute; y Asteria se conocieron en la calle, donde pasan el tiempo. Si algo se le parece a una familia en sus vidas es la pandilla. Asteria se lleva mal con su pap&aacute;, vive extra&ntilde;ando a su mam&aacute;, que muri&oacute; cuando ten&iacute;a 10 a&ntilde;os, y tiene un hermano en la pandilla.
    </p><p class="article-text">
        At&eacute; tambi&eacute;n tuvo familia pandillera. Su padre fue miembro de una de las primeras pandillas de San Pedro Sula: el Barrio Pobre 16, un n&uacute;mero neutro entre las dos pandillas m&aacute;s fuertes de Centroam&eacute;rica, el Barrio 18 y la MS-13. El 16, n&uacute;mero del que desciende At&eacute;, la vincula a trav&eacute;s de l&iacute;neas paralelas a Artemis, la protectora de las criaturas salvajes de varias&nbsp;manzanas&nbsp;m&aacute;s all&aacute;. Ella tambi&eacute;n perteneci&oacute; a esa pandilla.
    </p><p class="article-text">
        A At&eacute; su madre la abandon&oacute; cuando era una beb&eacute;. Su padre, el pandillero del Barrio Pobre 16, fue asesinado cuando ella ten&iacute;a tres meses. Se cri&oacute; con sus t&iacute;as y su abuela. A los 14 a&ntilde;os, At&eacute; qued&oacute; embarazada de un pandillero que no era su pareja en ese momento y tampoco lo es ahora. Not&oacute; su embarazo a los tres meses, cuando la barriga comienza a llevarse mal con los cierres de los pantalones.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de su hijo le incomoda mucho. Con las piernas cruzadas delante de la puerta, responde con silencio cuando insistimos en hablar sobre su maternidad. Solo admite con desconfianza que el beb&eacute; fue la raz&oacute;n para que dejara de ser <em>paisa</em>.
    </p><p class="article-text">
        Para Asteria, salirse de la pandilla fue como una revelaci&oacute;n. Cuando estuvo presa, por su presunta participaci&oacute;n en el asesinato de un hombre, no pod&iacute;a dormir por las noches. Ten&iacute;a miedo de estar sola, a&ntilde;oraba a una madre fallecida cuatro a&ntilde;os antes como si acabara de morir. Dos meses despu&eacute;s de entrar en la c&aacute;rcel, un pastor evang&eacute;lico le dijo que no iba a perder ese miedo a dormir sola mientras no se apartara del Barrio. &ldquo;Yo dec&iacute;a: 'Nunca me voy a salir del Barrio, voy a morir por el Barrio&rdquo;, explica Asteria. Pero se puso de pie&nbsp;hasta las&nbsp;12 de la noche en la puerta de su celda, pensando en las palabras del&nbsp;pastor. &ldquo;Y no me dio miedo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Con esto de que no te sent&iacute;s mam&aacute;, cuando lo ves, &iquest;qu&eacute; pens&aacute;s?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Le pega en la boca. De puro gusto le pega. Qu&eacute; madre m&aacute;s desmadrada &mdash;dice ri&eacute;ndose Asteria ante el silencio p&iacute;caro de At&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Mientras Asteria charla&nbsp;sobre c&oacute;mo es su amiga cuando hace de madre, pasa un gato y At&eacute; lo golpea, aplast&aacute;ndolo bruta, permitiendo su huida. At&eacute; pretende certificar las palabras de su amiga, haci&eacute;ndose la dura, insinuando que es justo as&iacute;, como a un animal ajeno,&nbsp;como ella trata a su beb&eacute;. Se r&iacute;en como locas.
    </p><h3 class="article-text">Los problemas de la pandilla</h3><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Cu&aacute;les son los problemas m&aacute;s frecuentes que tienen, ustedes los l&iacute;deres, con las mujeres?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Es que ellas son m&aacute;s sentimentales, as&iacute; que ellas por amor pueden traicionar la pandilla &mdash; dice Mortal.
    </p><p class="article-text">
        En Cerrito Lindo, la&nbsp;Polic&iacute;a pide la partida de nacimiento &ndash;el &uacute;nico documento de identificaci&oacute;n para menores de edad en Honduras&ndash; a muchas ni&ntilde;as que, como At&eacute; y Asteria, no la tienen. De forma recurrente, los agentes buscan un argumento para detenerlas e interrogarlas sobre la pandilla con la que se mueven, el Barrio 18. Por eso, dicen ellas, es mejor que la Polic&iacute;a no sepa qui&eacute;nes son.
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        En los &uacute;ltimos cinco a&ntilde;os, los tres delitos por los que la Polic&iacute;a ha detenido a m&aacute;s mujeres son lesiones, posesi&oacute;n de droga y extorsi&oacute;n. El rumbo de las detenciones policiales de mujeres cambi&oacute; en 2015, el a&ntilde;o en que la extorsi&oacute;n se convirti&oacute; en centro del trabajo policial. La Polic&iacute;a detiene cada vez a m&aacute;s mujeres colaboradoras por asociarse con los criminales.
    </p><p class="article-text">
        La Fuerza Nacional Anti Maras y Pandillas (FNA-MP) &ndash;integrada por la Polic&iacute;a, el Ej&eacute;rcito y la Fiscal&iacute;a de Honduras&ndash; opera desde 2013 y es com&uacute;n que sus polic&iacute;as entren para hacer allanamientos en el sector Rivera Hern&aacute;ndez, donde vive At&eacute;, y donde Asteria fue detenida a principios del a&ntilde;o pasado y, seg&uacute;n relatar&aacute; despu&eacute;s, golpeada.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos cinco a&ntilde;os, la instituci&oacute;n fue denunciada 60 veces ante el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos;&nbsp;cinco de ellas en Cortes, el departamento en el que est&aacute; el sector Rivera Hern&aacute;ndez, sobre todo por abuso de autoridad a la hora de detener presuntos pandilleros.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si los polic&iacute;as llegan, uno se les tiene que esconder, uno tiene que correr &mdash;dice At&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Pero te van a hacer algo?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;. A veces ellos abusan.
    </p><p class="article-text">
        A principios de 2017, un d&iacute;a despu&eacute;s del asesinato de un hombre en el que se implic&oacute; a Asteria, la FNA-MP derrib&oacute; los dos portones de la casa de Cerrito Lindo en la que ella estaba con un grupo de <em>homies</em>. Asteria dice que los agentes de la FNA la pusieron contra la pared y la golpearon en las manos y las nalgas con una rama de &aacute;rbol. &ldquo;Empiecen a rezarle a Dios porque se van a morir&rdquo;, dice que les dijeron.
    </p><p class="article-text">
        A Sa&uacute;l Morales, portavoz&nbsp;de la FNA-MP, no le coinciden las denuncias registradas con las que cree tener. &ldquo;Muchas, much&iacute;simas, como 300 denuncias. Yo he recibido tantas que no las puedo contar&rdquo;, dice este joven agente de pelo cortado a cepillo, que pide no ser fotografiado. Cuando se le pregunta por el caso de Asteria, no se muestra sorprendido. &ldquo;A&nbsp;veces se nos ha ido la mano&rdquo;, admite, como si fuera lo m&aacute;s normal, al hablar de la brutalidad policial. &ldquo;Si ha sucedido, nos hemos dejado llevar por el momento&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">La piscina del hotel</h3><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Podemos llevar a las ni&ntilde;as ma&ntilde;ana a la piscina?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, no hay rollo [problema]. Delen&nbsp;&mdash;contesta Mortal.
    </p><p class="article-text">
        Las ni&ntilde;as del barrio tienen pocas opciones para divertirse, menos a&uacute;n si son pandilleras. Jugar al f&uacute;tbol es uno de los pocos entretenimientos de la zona, pero las competiciones est&aacute;n restringidas a los sectores que cada pandilla domine. Si un joven es de una zona dominada por el Barrio 18, solo puede jugar en otro barrio de dieciochos. Y si es mujer, su diversi&oacute;n se complica m&aacute;s: para las que viven en zonas de la 18, solo existen cuatro equipos con los que jugar.
    </p><p class="article-text">
        At&eacute; y Asteria no tienen dinero para comprarse zapatos de f&uacute;tbol y tampoco tienen su acta de nacimiento a mano. Ambas cosas son necesarias para inscribirse en el torneo. Por burocracia, por dinero y por muchas y desiguales razones, buena parte de la diversi&oacute;n de At&eacute; y Asteria se llama violencia.
    </p><p class="article-text">
        Para ser pandillero, hay que recibir una paliza. Se llama brinco. El brinco lo&nbsp;dan los futuros compa&ntilde;eros del golpeado. Si es para ingresar a las filas del Barrio 18, son 18 segundos. As&iacute; consiguen un apodo, que se llama taca, y tiene mucho que ver con la personalidad de cada quien. Si us&aacute;ramos la met&aacute;fora del brinco como un nacimiento &ndash;simb&oacute;licamente lo es&ndash; la adjudicaci&oacute;n de la taca ser&iacute;a un bautizo. Ah&iacute; la explicaci&oacute;n de por qu&eacute; Mortal es Mortal.
    </p><p class="article-text">
        En Honduras, si son hombres, ser&aacute;n golpeados por tres hombres. Si son mujeres, ser&aacute;n dos mujeres y un hombre los que las golpeen. Este ritual de paso implica, en sus c&oacute;digos, un gran honor &ndash;no hay pandillero que olvide su fecha y sus padrinos, el d&iacute;a que adquirieron su poder y su estatus&ndash;. Mortal dice que no hay diferencia entre las funciones o el rango al que pueden aspirar pandilleros y pandilleras.
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        Si Asteria y At&eacute; se hubieran brincado, en teor&iacute;a habr&iacute;an podido aspirar a un puesto como el de Mortal, aunque en su zona no hay ninguna mujer liderando una pandilla oficial. Porque lo que lidera Artemis, aunque se parece, todav&iacute;a no es una pandilla. Pese a que hace un a&ntilde;o que estas ni&ntilde;as dicen haberse apartado del Barrio 18, cada noche los buscan, les hablan, r&iacute;en con ellos, les piden cosas y se dejan pedir.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Porque ante los ojos de Dios y del Barrio todos somos iguales &mdash;dice Asteria.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ni uno se mira m&aacute;s, ni una se mira menos &mdash;responde At&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Porque todos la rifamos igual &mdash;exclama Asteria.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La rif&aacute;bamos &mdash;puntualiza At&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La rifamos todav&iacute;a &mdash;r&iacute;e Asteria. &mdash;Damos la vida por el Barrio &mdash;confirma.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; implica para ustedes ya no estar en el grupo?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Estamos cagadas [con miedo] &mdash;responde con seriedad At&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        La extorsi&oacute;n es un delito vinculado a las pandillas: extorsionan para sobrevivir, malvivir y comprar armas. Un delito por el que los pandilleros son acusados tambi&eacute;n de terrorismo. En Honduras, el aumento de presos por este delito entre 2016 y 2017 fue muy alto: pas&oacute; de 350 personas a 1.103. En el caso de las mujeres, en cinco a&ntilde;os hubo un aumento del 47%, pasando de 219 a 321 presas.
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            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/118402"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><p class="article-text">
        Durante los &uacute;ltimos tres a&ntilde;os, las dos ni&ntilde;as se dedicaron a extorsionar para el Barrio 18. Un d&iacute;a por semana, visitaban pulper&iacute;as, ped&iacute;an entre&nbsp;100 (4 d&oacute;lares) y&nbsp;500 lempiras (20), seg&uacute;n el tama&ntilde;o del negocio. Algunos propietarios cerraban para evitar pagar lo que se llama impuesto de guerra. El costo de cerrar o no pagar puede ser muy grande: el asesinato. Ellas ten&iacute;an que dar la recaudaci&oacute;n completa del d&iacute;a a la pandilla. Si faltaba una lempira, iban a ser &ldquo;corregidas&rdquo;. La correcci&oacute;n significa recibir una golpiza. Lo m&aacute;s parecido al brinco que iban a experimentar.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/118376"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><p class="article-text">
        Las ni&ntilde;as dicen que ya no trabajan para la pandilla, pero le hacen favores. Un favor puede ser cualquier cosa. Un favor puede ser hacer gratis exactamente lo que hac&iacute;an antes por un salario variable de 20 d&oacute;lares semanales. Ellas se reivindican como independientes. Dicen que odian que cualquiera, en general, les mande, sobre todo Asteria. Pero est&aacute;n dispuestas a hacer muchas cosas por el Barrio 18. Porque quieren. Estar cerca, dentro o fuera parece casi lo mismo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; es hacer un favor cuando ya no est&aacute;s obligada?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si uno quiere, me dice: &ldquo;Mir&aacute;, and&aacute; a traer tal cosa&rdquo;. Si yo quiero, voy a ir. Si no, no voy &mdash;dice Asteria con vehemencia.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pero usted sabe que si una puede hacer un favor, siempre lo va a seguir haciendo &mdash;matiza At&eacute; un minuto despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Y&nbsp;cuanto m&aacute;s va haciendo uno, m&aacute;s se va involucrando.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Por qu&eacute; creen que si ya no son <em>paisas</em> conf&iacute;an en ustedes?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Cuando yo me sal&iacute;, les dije: &ldquo;Cuando yo pueda, les puedo tirar esquina [vigilar], mover esto o comprar esto&rdquo; &mdash;dice At&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Siempre hay una parte activa hacia la pandilla, solo que no somos nada. Si caemos en la c&aacute;rcel por algo del Barrio, somos tiraesquinas&nbsp;[vigilantes]<strong>&nbsp;</strong>nada m&aacute;s, no tenemos derecho a nada del Barrio.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Pero hacerles favores sin el salario de antes?
    </p><p class="article-text">
        &mdash; &iexcl;Ah! Pero nosotras los extorsionamos &mdash;a&ntilde;ade At&eacute;, a carcajadas.
    </p><p class="article-text">
        Extorsionar como sin&oacute;nimo de pedir. Unos lempiras, un porro, coca&iacute;na, una cerveza, algo de comer, un lugar donde dormir. Seguir formando parte de algo, de una familia, de una ruta, de una senda directa hacia la nada, hacia un futuro que, de llegar, ser&aacute; parecido al de Artemis.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/118464"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><h3 class="article-text">La enemiga del Barrio 18</h3><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Las mujeres pueden ser l&iacute;deres, como ustedes?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, s&iacute; ha habido. Ahorita no, est&aacute;n presas, pero si ha habido locas que han sido pesadas. Congras [l&iacute;deres mujeres], pues &mdash;defiende&nbsp;Mortal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el mismo sector de San Pedro Sula, en el sector Rivera Hern&aacute;ndez, a&nbsp;10 minutos de Cerrito Lindo, est&aacute; el lugar donde Artemis trata de proteger a su grupo de criaturas salvajes a medio cocer entre la pandilla y el grupo revoltoso de amigos violentos. Es su matriarca. Les ense&ntilde;a el deber ser del pandillero. Los instruye para la guerra, guarda sus armas y les corrige cuando fallan. Pero tambi&eacute;n los cuida. Los alimenta y les cura las heridas. Si logra convertirlos en pandilla se protege a s&iacute; misma. Le est&aacute; costando.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La vida empuj&oacute; a Asteria y At&eacute; a la pandilla desde la familia, ausente y disfuncional. Para Artemis todo empez&oacute; en alg&uacute;n lugar similar, buscando compa&ntilde;&iacute;a y protecci&oacute;n. En sus m&uacute;ltiples amores con pandilleros de todas las castas y pelajes. La historia para ellas es una serie de repeticiones con nada de farsa y mucha tragedia.
    </p><p class="article-text">
        Antes de estar al frente de este grupo de ni&ntilde;os armados, Artemis fue como Asteria y como At&eacute;. Una chica flacucha y avispada, con una familia muy pobre para la que supon&iacute;a una carga. Sali&oacute; embarazada a los 17 a&ntilde;os de un miembro respetado de los Vatos Locos, esa pandilla inspirada por Hollywood. Y desde entonces ha tenido un azaroso v&iacute;a crucis por varias pandillas del Rivera Hern&aacute;ndez.
    </p><p class="article-text">
        Una vez destruida y disuelta su pandilla original, la Barrio Pobre 16, la que comparti&oacute; con el padre de Ate, tambi&eacute;n colabor&oacute; con el Barrio 18. Camin&oacute; con ellos, les ayud&oacute;, llev&oacute; recados, les dej&oacute; entrar en su casa y en su cuerpo. Pero a los suyos los mataron. Termin&oacute; el Barrio Pobre 16 y el Barrio 18 fue exterminado de esta colonia. Ella se salv&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Cuando las dem&aacute;s pandillas empezaron a acercarse a reclamar el territorio, Artemis, en lugar de huir o morir, aprendi&oacute; a sobrevivir. Su opci&oacute;n fue ayudar a un grupo de ni&ntilde;os y adolescentes a organizarse en lo que ella conoc&iacute;a tan bien: la pandilla. Desde hace dos a&ntilde;os, bajo su direcci&oacute;n, protecci&oacute;n, experiencia, una desarrapada&nbsp;mezcla de jovencitos pelea contra el Barrio 18, la Mara Salvatrucha 13, los Vatos Locos y&nbsp;toda pandilla o autoridad que asome las narices por las pocas calles y callejones que ellos controlan.
    </p><p class="article-text">
        La lucha por el territorio tambi&eacute;n incluye a la Polic&iacute;a, para ellos, un agresor m&aacute;s. Cuando Artemis habla de la Polic&iacute;a, cuenta c&oacute;mo en varias ocasiones han entrado a sus casas disparando y amenazando. C&oacute;mo los polic&iacute;as corruptos se llevan objetos de dentro de las casas porque, supuestamente, son robados. Para muchos, no son tan diferentes a los criminales. Pero lo que m&aacute;s le preocupa de los polic&iacute;as no es el robo. Es que cuando los agentes capturan a sus muchachos, dice, siempre los torturan.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        De Artemis depender&aacute; si se vuelven un grupo m&aacute;s en el panorama salvaje de la ciudad o si se disolver&aacute; y cada quien huir&aacute; por su lado. Por el momento se contentan con vender peque&ntilde;as porciones de coca&iacute;na de mala calidad y dispararse casi a diario con miembros de la MS13, que tambi&eacute;n quieren gobernar el peque&ntilde;o territorio.
    </p><p class="article-text">
        Tres mujeres. Un mismo rumbo. At&eacute; y Asteria chapotean en la cola, tratan de salir a flote en un barrio que es un lodazal violento. Artemis sobrevive por eliminaci&oacute;n, a modo de cabeza visible de una hidra en guerra, que cualquier d&iacute;a puede ser cortada, sacrificada, eliminada por los hombres de Mortal, en otro barrio violento.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Este reportaje forma parte de la serie 'Las colaboradoras', un proyecto period&iacute;stico sobre el papel actual de las mujeres en las pandillas de Centroam&eacute;rica. Una iniciativa de El Intercambio financiada por Internews, en alianza con el antrop&oacute;logo salvadore&ntilde;o experto en pandillas Juan Mart&iacute;nez D&rsquo;aubuisson.</em><a href="http://elintercamb.io/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Intercambio </a><a href="https://internews.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Internews</a>
    </p><p class="article-text">
        Texto: Elsa Cabria, Juan Mart&iacute;nez D&rsquo;aubuisson y Ximena Villagr&aacute;n / <em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Fotograf&iacute;as: Oliver de Ros / <em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Edici&oacute;n: Alberto Arce / <em>El Intercambio</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elsa Cabria, Juan Martínez D’aubuisson, Ximena Villagrán, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/quieren-mortal_1_1727785.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 28 Jan 2019 20:09:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ellas quieren ser Mortal: la sumisión de las niñas pandilleras]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Honduras,Pandillas,Caravana de migrantes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los niños de las cárceles de Honduras, abandonados a su suerte por el Estado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/bebes-viven-carceles-honduras-abandonados_1_3021434.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1bf58d68-b136-42d6-bb4d-d869bf6b7228_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los niños de las cárceles de Honduras, abandonados a su suerte por el Estado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Estado hondureño deja en manos de la caridad la compra de comida, muebles, medicamentos y el mantenimiento del sector de la prisión donde viven, actualmente, 51 menores presos</p><p class="subtitle">Buena parte de la manutención de los bebés en la cárcel recae en las familias que están fuera</p><p class="subtitle">El nieto de doña Rita, de quince meses, lleva preso desde que nació</p></div><p class="article-text">
        El nieto de do&ntilde;a Rita, de quince meses, lleva preso desde que naci&oacute;. Su mam&aacute; lo tuvo en el hospital, pero el mismo d&iacute;a regres&oacute; a prisi&oacute;n con el beb&eacute;. Una playera rosa con un 18 impreso cuelga encima de la cama que comparte con ella, en una de las habitaciones de la prisi&oacute;n, el recinto materno infantil de la Penitenciaria Nacional Femenina de Honduras.
    </p><p class="article-text">
        Debajo de la playera hay fotos del ni&ntilde;o, de su hermano de siete a&ntilde;os rodeando un coraz&oacute;n rojo de papel. Al beb&eacute; se le ve bien, aunque la polic&iacute;a golpe&oacute; a su mam&aacute; con un tubo las piernas, la cabeza y la panza cuando &eacute;l estaba adentro.
    </p><p class="article-text">
        Convive en la habitaci&oacute;n con otras cinco madres y sus ni&ntilde;os. Puede salir de casa cuna con su mam&aacute; de cinco de la ma&ntilde;ana a cuatro de la tarde que las custodias cierran las puertas, pero pasa en su cuarto la mayor parte de sus horas. El ocio penitenciario es exactamente esto: su mam&aacute; no tiene m&aacute;s que hacer y tampoco &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Es un azul s&aacute;bado de julio. El nieto de do&ntilde;a Rita hoy va a salir dos semanas. Los ni&ntilde;os que viven con sus mam&aacute;s encarceladas tienen derecho a salir con su familia. Do&ntilde;a Rita no lo saca desde hace dos meses, dice. Y cada vez que sale, el ni&ntilde;o no entiende lo que es un bus, un carro, una moto.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Todo lo que es de una ciudad, es nuevo para &eacute;l&rdquo;. Hoy, como siempre, lo pondr&aacute; en la ventana del bus que les lleva a su casa a dos horas de distancia de la prisi&oacute;n. &ldquo;Observa bastante&hellip; S&iacute; se le nota algo de cambio [cuando sale]&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A las ocho de la ma&ntilde;ana, el sol aplasta las cabezas de los familiares de las presas que avanzan lentos en una fila para ingresar a la Penitenciaria de Adaptaci&oacute;n Social Femenina (PNFAS), en T&aacute;mara, a cuarenta minutos en carro de Tegucigalpa, en un d&iacute;a de visita.
    </p><p class="article-text">
        Este es es el &uacute;nico centro penal de Honduras donde s&oacute;lo hay mujeres y donde viven ni&ntilde;os hasta la edad que la legislaci&oacute;n lo permite: cuatro a&ntilde;os. Estos ni&ntilde;os nacen con la condena de que sus madres est&aacute;n presas en Honduras. Tienen el derecho a la alimentaci&oacute;n condicionado, porque dependen de la buena voluntad de unas pocas organizaciones, que algunas adem&aacute;s dependen de fondos internacionales.
    </p><p class="article-text">
        El Estado no da presupuesto para comprar comida, cunas, camas o pa&ntilde;ales. Como sus mam&aacute;s no tienen empleo y no hay una guarder&iacute;a, el &uacute;nico beneficio que tienen los ni&ntilde;os que crecen en la Penitenciaria es la compa&ntilde;&iacute;a permanente de sus madres.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <br><h4 style="text-align: center;color:black;">Los menores viviendo en cárceles de Honduras se multiplican en una década</h4>
<p style="text-align: center;color:black;">Evolución del número de <span style="background-color: #2a3845; color: #ffffff; padding: 0 5px;">menores residentes</span> con madres reclusas en cárceles de Honduras entre 2007 y 2017</p>
<p><img src="http://elintercamb.io/ninospresos/wp-content/uploads/2017/11/graficocarcel2_2.svg" width="100%"></p>
<p style="font-size: 12px; text-align: left; margin-left: 5px;">Fuente: Instituto Nacional Penitenciario de Honduras</p><br>
    </figure><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de su bolso y una bolsa de deporte, do&ntilde;a Rita carga un paquete de pa&ntilde;ales y tres bolsas con leche, pa&ntilde;ales, toallas h&uacute;medas, compota, papas y huevos. &ldquo;Todo lo necesario para un beb&eacute;&rdquo;, dice ante el silencio observador de su hija peque&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        La t&iacute;mida do&ntilde;a Rita, que no dice su apellido, lleva todo lo necesario para un beb&eacute; porque el Instituto Penitenciario hondure&ntilde;o no se hace cargo de la alimentaci&oacute;n, vestuario, pa&ntilde;ales y medicamentos de los hijos de las mujeres que llegan embarazadas o que se quedan embarazadas en prisi&oacute;n.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><h3 class="article-text">La manutenci&oacute;n de los menores depende de la caridad</h3><p class="article-text">
        El Estado s&oacute;lo ofrece a los ni&ntilde;os el encarcelamiento. PNFAS tiene una sector para las madres y los ni&ntilde;os, llamado casa cuna, pero la manutenci&oacute;n de los menores es un asunto de disposici&oacute;n: o son las familias las que apoyan o son ONG o iglesias.
    </p><p class="article-text">
        Do&ntilde;a Rita gasta unos 160$ (2,500 lempiras) mensuales en el ni&ntilde;o. Esta es una historia de buena fe. &ldquo;Claro que no son las condiciones adecuadas, pero as&iacute; se dieron las cosas. Y por motivos ajenos a su voluntad, [el ni&ntilde;o] tiene que estar aqu&iacute;&rdquo;, dice la abuela que accede a platicar s&oacute;lo seis minutos, de espaldas a la c&aacute;mara, tras salir de su visita, porque la mam&aacute; del ni&ntilde;o le dice que no hable.
    </p><p class="article-text">
        Su hija peque&ntilde;a carga al nieto de Rita y no abre la boca. Una larga cola de pelo negro es la imagen que muestra esta mujer que supera los sesenta y que no quiere decir por qu&eacute; est&aacute; su hija en prisi&oacute;n. &ldquo;&iquest;Es necesario?, mejor no&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En Honduras no hab&iacute;a un reglamento de visitas hasta 2016. Ahora, un visitante tiene que acreditar que es familiar o tiene un v&iacute;nculo cercano, avisar con cinco d&iacute;as de antelaci&oacute;n y presentar un mont&oacute;n de papeleo, incluyendo tres fotos y antecedentes penales, para que reciba un carnet de visita que tiene vigencia de seis meses. Y est&aacute; prohibido, adem&aacute;s de llevar llaves, monedas, tel&eacute;fonos o gorras, que llegue a la visita vestido de color verde, gris o naranja.
    </p><p class="article-text">
        En el alboroto de la sala de visitas, en la que la mayor&iacute;a de visitantes son mujeres, la familia de Rita est&aacute; sentada en una mesa, que pagan por usar, alrededor del ni&ntilde;o que pasa de mano en mano. Sara Gonz&aacute;lez, -nombre ficticio porque no quiere dar su nombre real-, sentada en su silla, mira con desconfianza. S&oacute;lo funcionan cuatro de nueve ventiladores.
    </p><p class="article-text">
        El griterio dificulta hablar con ella, m&aacute;s a&uacute;n escucharla, toca acercarse a su o&iacute;do en la sala de visitas, una amplia bodega industrial de paredes verde menta, a la que se accede por una estrecha puerta negra custodiada por una guardia que proh&iacute;be el acceso de visitantes vestidos de blanco o negro, aunque el reglamento de visitas dice que solo est&aacute;n prohibidos el verde, el naranja y el gris.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Mi hijo cree que trabajo aqu&iacute;&rdquo;</h3><p class="article-text">
        La nave, separada por un patio con dos subibaja abandonados, queda enfrente del sector donde viven las mujeres de la pandilla Barrio 18. Detr&aacute;s de la mesa de Sara, la madre del ni&ntilde;o de quince meses que lleva presa desde febrero de 2016, hay puestos de peluquer&iacute;a, de licuados, de manicura y de bordados, que apenas reciben clientes.
    </p><p class="article-text">
        Ella es una veintea&ntilde;era con un fino <em>piercing</em> plateado sobre sus labios gruesos, con grandes ojos retadores. Dice que est&aacute; encarcelada por asociaci&oacute;n il&iacute;cita, portaci&oacute;n de armas y de drogas. El hijo mayor de Sara Gonz&aacute;lez tiene siete a&ntilde;os y vive con su pap&aacute;. Cada hijo es de padre distinto. Pero con el padre del beb&eacute; no tiene relaci&oacute;n. Aunque ven&iacute;a a visitarla, ella no quer&iacute;a nada con &eacute;l desde que estaba embarazada y le dijo que no regresara.
    </p><p class="article-text">
        El ni&ntilde;o mayor ya visit&oacute; a su mam&aacute;, pero no sabe que est&aacute; presa. &ldquo;&Eacute;l me cuenta que le han dicho que ella trabaja aqu&iacute;&rdquo;, dice la abuela del ni&ntilde;o, cuya madre escucha, pero no quiere hablar mucho. Es una mujer que, de primeras, elige el recelo. Dice que la agarraron con cuatro amigos de la pandilla Barrio 18 en una casa.
    </p><p class="article-text">
        El Barrio 18 es junto con la Mara Salvatrucha, una de las pandillas m&aacute;s grandes, sanguinarias y temidas de Centroam&eacute;rica y a la que el presidente, Juan Orlando Hern&aacute;ndez, ha calificado como una de las mayores amenazas del pa&iacute;s.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Ten&iacute;a dos caminos: o me matan o me meten en prisi&oacute;n&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Gonz&aacute;lez no dice que sea pandillera, tampoco abunda en qu&eacute; pas&oacute; para que la detuvieran, pero no es c&iacute;nica: &ldquo;Sabiendo en lo que uno anda, uno sabe lo que le espera. Yo ten&iacute;a dos caminos: o me matan o me meten en prisi&oacute;n&rdquo;, dice con mucha seriedad. Han pasado cuatro d&iacute;as desde la primera pl&aacute;tica. Sara Gonz&aacute;lez agarra del brazo para saludar.
    </p><p class="article-text">
        Es una mujer que, de segundas, elige la proximidad. Pero la prisa de la situaci&oacute;n impide la pl&aacute;tica distendida: el Instituto Hondure&ntilde;o Penitenciario ha restringido mucho el acceso de medios de comunicaci&oacute;n a c&aacute;rceles y es el comisionado del Comit&eacute; Nacional de Prevenci&oacute;n contra la Tortura (Conaprev), un organismo aut&oacute;nomo estatal que verifica la situaci&oacute;n en las c&aacute;rceles, quien acompa&ntilde;a a los periodistas.
    </p><p class="article-text">
        Es una visita de dos horas exclusivamente al &aacute;rea de casa cuna, dentro de la prisi&oacute;n, tras la negativa del Instituto Penitenciario a conceder el ingreso. Hay mujeres, muchas, la mayor&iacute;a, en PNFAS, que nunca reciben visita familiar o de amigos. Dependen de lo que les den otros.
    </p><p class="article-text">
        Sara Gonz&aacute;lez y su hijo son una rareza: nunca le ha puesto pa&ntilde;ales de tela, siempre desechables. Ella tiene dinero para pagar sus aseos (limpieza de su espacio). Sabe que en casa cuna reciben donaciones que les permiten vestir, alimentar y dar medicamentos a sus hijos.
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        &ldquo;Me ayuda mi familia, pero nosotras comemos por el proyecto, no por el Estado&rdquo;, dice firme. Con el proyecto se refiere al apoyo de la ONG hondure&ntilde;a Andar, que con un proyecto de 19 meses en casa cuna, es la principal donante de alimentos para los ni&ntilde;os, adem&aacute;s de pa&ntilde;ales, cunas, trabajo de estimulaci&oacute;n temprana y asesor&iacute;a legal.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n es relevante la ONG italiana Dokita, que con fondos de la Uni&oacute;n Europea, entre 2011 y 2014, remodel&oacute; la casa cuna y la guarder&iacute;a, que entonces estaba funcionando, y compr&oacute; estufas, microondas, camas, colchones, cunas, inodoros, duchas, botiquines y arregl&oacute; el sistema el&eacute;ctrico.
    </p><p class="article-text">
        En 2016 entr&oacute; Caritas en su lugar, reemplazando las camas, cunas, microondas y botiquines. A veces, la Conaprev recibe pa&ntilde;ales y ropa de oeneg&eacute;s para los ni&ntilde;os. El Estado limita sus funciones en la atenci&oacute;n a los menores: da el espacio, las camas y las cunas, busca medicamentos o vacunas a solicitud de la doctora del centro y env&iacute;a a los ni&ntilde;os al hospital si tienen alguna enfermedad que ella no pueda atender. Pero hasta ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Antes de entrar en prisi&oacute;n, Sara Gonz&aacute;lez estudiaba bachiller en computaci&oacute;n. Le faltaban dos a&ntilde;os para graduarse. Un a&ntilde;o despu&eacute;s, duerme con cinco mujeres y cinco ni&ntilde;os m&aacute;s en una habitaci&oacute;n de casa cuna, un espacio donde la convivencia no siempre es f&aacute;cil. 
    </p><p class="article-text">
        A veces, hay peleas en el &aacute;rea materno infantil. Porque un ni&ntilde;o pegue a otro cuando sus madres no est&aacute;n mirando, la situaci&oacute;n se puede volver cr&iacute;tica. Una mam&aacute; puede llegar a sacar su arma, dice, y la Direcci&oacute;n de Ni&ntilde;ez y Adolescencia (Dinaf) se lleva a los ni&ntilde;os a un hogar si el asunto llega a mayores.
    </p><p class="article-text">
        En su primer cumplea&ntilde;os en prisi&oacute;n, al hijo de Gonz&aacute;lez le hicieron pastel en casa cuna. Su mam&aacute; se&ntilde;ala al fondo de la ruidosa sala de visitas en direcci&oacute;n a una mujer con trenzas. A ella le quitaron a su hija por una pelea fuerte. &ldquo;Por eso yo prefiero cuidarlo a &eacute;l&rdquo;, dice esta mam&aacute; que, como much&iacute;simas, no se separa de su hijo ni un metro.
    </p><p class="article-text">
        <em>Este reportaje forma parte del especial &ldquo;Ni&ntilde;os Presos&rdquo; un proyecto de El Intercambio con Facum.</em><a href="http://elintercamb.io/ninospresos/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">especial &ldquo;Ni&ntilde;os Presos&rdquo; </a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ximena Villagrán, Elsa Cabria]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/bebes-viven-carceles-honduras-abandonados_1_3021434.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 06 Dec 2017 12:00:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los niños de las cárceles de Honduras, abandonados a su suerte por el Estado]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Honduras,Infancia,Cárceles,Niños,Pobreza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La Agencia Tributaria de Guatemala reacciona a las revelaciones de 'La tierra esclava']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/gobierno-guatemala-reacciona-revelaciones-esclava_1_3442561.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8e754eb5-ac96-498c-85e0-18edb32002a6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La Agencia Tributaria de Guatemala reacciona a las revelaciones de &#039;La tierra esclava&#039;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La Agencia Tributaria de Guatemala pide más recursos para combatir las actividades offshore de las compañías azucareras del país</p><p class="subtitle">La investigación 'La tierra esclava' desveló cómo la industria azucarera de Guatemala está vinculada con decenas de sociedades en paraísos fiscales</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li><a href="http://latierraesclava.eldiario.es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia"><strong>La tierra esclava: as&iacute; se planta en pa&iacute;ses pobres para consumir en pa&iacute;ses ricos</strong></a></li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        El Superintendente de Administraci&oacute;n Tributaria de Guatemala, Juan Francisco Sol&oacute;rzano Foppa, se pronunci&oacute; este mi&eacute;rcoles acerca de la necesidad de mecanismos de fiscalizaci&oacute;n al sector azucarero de ese pa&iacute;s, tras la publicaci&oacute;n de<a href="http://latierraesclava.eldiario.es/azucar/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> &ldquo;El c&aacute;rtel del az&uacute;car de Guatemala&rdquo;</a>, una investigaci&oacute;n de eldiario.es con El Faro.
    </p><p class="article-text">
        Esta investigaci&oacute;n se enmarca dentro del proyecto <a href="http://latierraesclava.eldiario.es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">'La tierra esclava', una radiograf&iacute;a econ&oacute;mica</a> y humana de las grandes plantaciones que consumimos en Europa. Un proyecto de investigaci&oacute;n desarrollado durante un a&ntilde;o que analiza cinco plantaciones: <strong>az&uacute;car, cacao, banana, palma africana y caf&eacute;</strong>. 
    </p><p class="article-text">
        En el caso del az&uacute;car, eldiario.es revel&oacute; que un grupo de siete familias han estado detr&aacute;s del 88% del az&uacute;car producido en Guatemala desde 1983 y que est&aacute;n vinculadas a decenas de sociedades en para&iacute;sos fiscales.
    </p><p class="article-text">
        El Superintendente Sol&oacute;rzano Foppa se pronunci&oacute; en Twitter sobre los usos que las empresas azucareras del pa&iacute;s hacen de sus sociedades en pa&iacute;ses como Islas V&iacute;rgenes Brit&aacute;nicas y Panam&aacute;  y la incapacidad del Estado guatemalteco para fiscalizarlas, despu&eacute;s de que esta ma&ntilde;ana dos reporteros de la investigaci&oacute;n 'La tierra esclava' participar&aacute;n en el programa de radio <a href="https://twitter.com/concriteriogt?lang=es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ConCriterio</a>.
    </p><blockquote class="twitter-tweet" data-lang="es"><a href="https://twitter.com/X/status/857226048408342529?ref_src=twsrc%5Etfw"></a></blockquote><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script><p class="article-text">
        Sol&oacute;rzado Foppa asegura que para que Guatemala sea capaz de fiscalizar el pago de impuestos de los exportadores de az&uacute;car necesitan medidores de graneles, acceso a cuentas bancarias de otros pa&iacute;ses, acuerdos de fiscalizaci&oacute;n en la Organizaci&oacute;n para la Cooperaci&oacute;n y el Desarrollo Econ&oacute;mico (OCDE) y bases de datos de precios de transferencia, que les permitir&iacute;a saber si el precio de venta del az&uacute;car al extranjero es el precio que se maneja en los mercados internacionales o estos precios se est&aacute;n infravalorando.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ximena Villagrán]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/gobierno-guatemala-reacciona-revelaciones-esclava_1_3442561.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 26 Apr 2017 16:13:27 +0000]]></pubDate>
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