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    <title><![CDATA[elDiario.es - Manuel Mario Manzanera Fernández]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/manuel_mario_manzanera_fernandez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Manuel Mario Manzanera Fernández]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Democracia o corrupción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/democracia-corrupcion_132_3416954.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as escuch&eacute; al presidente de una organizaci&oacute;n empresarial en una tertulia televisiva hablar de la tranquilidad que, al parecer, le suscitaba el que los sucesivos casos de corrupci&oacute;n que surgen a diario -siempre seg&uacute;n su criterio- obedezcan a situaciones aisladas que se identifican con personas concretas. Y para evidenciar esta afirmaci&oacute;n argument&oacute; que, por suerte, cuando nos multan no nos vemos en la encrucijada de tener que sobornar al polic&iacute;a que nos sanciona.
    </p><p class="article-text">
        En su af&aacute;n de minimizar el `estado de sitio&acute; al que nos aboca semejante situaci&oacute;n, con tan min&uacute;sculo e insignificante ejemplo quiso poner de manifiesto la inexistencia de una forma de corrupci&oacute;n, la de car&aacute;cter administrativo. Que los funcionarios, generalmente, cumplan con los cometidos que tienen el deber de observar seg&uacute;n les exige la ley tiene muy poco que ver con las actuaciones, generalizadas hasta lo insoportable, de una clase pol&iacute;tica que en el desempe&ntilde;o de sus responsabilidades p&uacute;blicas realizan con la complacencia de una mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n que lo asume e, incluso, lo aplaude.  
    </p><p class="article-text">
        Efectivamente, todav&iacute;a no tenemos que pagar a un funcionario bajo capa para que nos cuele en una lista o para que nos quite una multa. La corrupci&oacute;n, sencillamente, es pol&iacute;tica y se encuentra instalada en la gesti&oacute;n de los recursos de todos y de cada uno de nosotros. Su yugo avanza, desgraciadamente, como una neoplasia que  degenera tejido sano que deja de ser funcional y &uacute;til para un determinado organismo, por otro envilecido y deforme que termina por atrofiarse. Sucumbiendo, inexorablemente, al parasito que lo mantiene vivo en su exclusivo beneficio y que nunca participa, ni coincide con el de una comunidad.
    </p><p class="article-text">
        Centrar la lacra de la corrupci&oacute;n en t&eacute;rminos estrictamente econ&oacute;micos es contemplar esta problem&aacute;tica desde una pobre perspectiva. Se hace necesario calibrar adecuadamente cu&aacute;les son las consecuencias civiles que llevan aparejadas, esta laxitud frente a los esc&aacute;ndalos que diariamente nos salpican.
    </p><p class="article-text">
        Debemos ser conscientes de que no quedan espacios reservados a un correcto funcionamiento democr&aacute;tico. Nada que pertenezca a la esfera p&uacute;blica queda salvaguardado de su onda expansiva alterando el correcto funcionamiento de las genuinas instalaciones de un Estado de Derecho: medios de comunicaci&oacute;n que mediatizan y construyen opiniones al albur de un determinado inter&eacute;s;  defensores atrincherados al socaire de una clase privilegiada a la que protegen contra viento y marea; as&iacute; como un  sistema judicial convertido en un terreno embarrado, donde se enjuagan medias verdades de una realidad, posiblemente estrujada para que termine acatando unas postulados concretos.
    </p><p class="article-text">
        La corrupci&oacute;n no solo se apropia de la `casa de todos&acute;. Es mucho m&aacute;s perverso: la coloniza, la redecora y la utiliza como un escenario  que poco o nada tiene que ver con la realidad. Redefiniendo constantemente conceptos, aparentemente  inamovibles, en busca de una sinton&iacute;a arm&oacute;nica dentro de una realidad paralela.
    </p><p class="article-text">
        Evidentemente la corrupci&oacute;n es un delito que no deja v&iacute;ctimas ensangrentadas en mitad de una calle. Probablemente la &uacute;nica sangre metaf&oacute;rica sea la de una ciudadan&iacute;a a la que le han cercenado y laminado gran parte de sus derechos civiles y, por supuesto, sociales. Elementos, estos &uacute;ltimos, fundamentales en un Estado de Derecho. Por  lo tanto, si asumimos la tiran&iacute;a de la corrupci&oacute;n como una realidad inalterable, debemos asumir en la misma medida y proporci&oacute;n que viviremos en una sociedad donde la democracia ser&aacute;, simplemente, un recurso testimonial a utilizar en determinadas ocasiones.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Manuel Mario Manzanera Fernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/democracia-corrupcion_132_3416954.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 04 May 2017 14:13:04 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Democracia o corrupción]]></media:title>
    </item>
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