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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sarai Rodríguez Rocha]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/sarai_rodriguez_rocha/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sarai Rodríguez Rocha]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Don Juan, el último Quijote de Tijarafe]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/don-juan-ultimo-quijote-tijarafe_132_3416931.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">A don Juan Romero Pérez, in memoriam, por ayudarme a recuperar las promesas de mi infancia y revivirla en su compañía, por hacerme partícipe de sus recuerdos y sobre todo, de sus valores.</p></div><p class="article-text">
        Su figura quijotesca destacaba desde lejos. A veces, descansaba sobre su bast&oacute;n, ese fiel compa&ntilde;ero que le acompa&ntilde;&oacute; en sus &uacute;ltimas historias. Pero pronto se ergu&iacute;a para contemplar, desde su privilegiada altura, todo lo que le rodeaba. Me gustaba verlo en la Calle Adi&oacute;s, donde nos encontr&aacute;bamos con frecuencia. Aquel enclave era perfecto para recordarme que don Juan era un caballero de otra &eacute;poca, de otro siglo.
    </p><p class="article-text">
        Y es que don Juan Romero P&eacute;rez era el &uacute;ltimo Quijote, un caballero andante de refinada educaci&oacute;n, de f&eacute;rreos valores y principios, con un vocabulario rico, sorprendente, m&aacute;s cercano al castellano antiguo, propio del Ingenioso Hidalgo.
    </p><p class="article-text">
        Don Juan Romero, con sus cordiales visitas, se gan&oacute; el hecho de que mi compa&ntilde;era de trabajo y yo nos dirigi&eacute;ramos a &eacute;l como <em>don Quijote</em>, con todo el respeto y admiraci&oacute;n que nos despertaba. Su presencia iluminaba el lugar. Siempre tan cort&eacute;s, nos regalaba una buena conversaci&oacute;n, un pu&ntilde;ado de recuerdos y vivencias, de d&eacute;cimas, dichos y refranes. Ah&iacute;, se forjaron esos lazos eternos entre los tres, quiz&aacute; porque su cercan&iacute;a nos recordaba a nuestros abuelos, aqu&eacute;llos que ya no estaban con nosotras y que don Juan conoci&oacute;. Era una m&aacute;gica manera de darles vida, disfrutando de sus relatos y aprovechando  aquellos instantes que el destino nos arrebat&oacute; vivirlos con nuestros sendos familiares.
    </p><p class="article-text">
        Este &iacute;nclito personaje ten&iacute;a una memoria prodigiosa. No he conocido a nadie con esa virtud tan desarrollada. Adem&aacute;s, era un narrador exquisito. Los recuerdos se agolpaban en su mente y &eacute;l les daba forma, con cari&ntilde;o, pero sin perder un solo detalle, con esa manera tan particular de expresarse. Siempre acud&iacute;a a alg&uacute;n refr&aacute;n o dicho, para tomar un descanso en su historia, pero tambi&eacute;n para hacer re&iacute;r, con esa fina iron&iacute;a y humor que le caracterizaban, una vez entrara en confianza.
    </p><p class="article-text">
        Con don Juan Romero se pod&iacute;a hablar del pasado y del presente. De Venezuela (a la que le deb&iacute;a mucho, seg&uacute;n cont&oacute; en numerosas ocasiones) y de Espa&ntilde;a. De La Palma y de Tijarafe. De pol&iacute;tica y de religi&oacute;n. Se pod&iacute;a emprender una interesante conversaci&oacute;n de cualquier tema, porque ten&iacute;a esa capacidad de expresarse innata, acerca de sus pensamientos y su visi&oacute;n particular del mundo con cuyos comentarios me dej&oacute; absorta m&aacute;s de una vez. De repente, de las conversaciones m&aacute;s trascendentales, pod&iacute;a continuar sorprendiendo con detalles incre&iacute;bles. Pocos tendr&aacute;n la paciencia de contar cu&aacute;ntos escalones tiene la Plaza de Candelaria (en todas sus entradas), la subida a la sacrist&iacute;a, la bajada al Jard&iacute;n de Los Poetas&hellip; Don Juan lo sab&iacute;a y lo admit&iacute;a con esa sencillez, simplemente, porque formaba parte de los lugares que frecuentaba, sin prestar mayor importancia. Yo le explicaba con asombro que ninguna persona podr&iacute;a saber esas cosas, al igual que nadie de su edad podr&iacute;a contarme cu&aacute;ndo vio el primer coche en Tijarafe de manera tan pormenorizada, c&oacute;mo se fue construyendo la carretera del municipio como un verdadero ingeniero, escudri&ntilde;ando cada tramo, cu&aacute;ntos metros tiene la Recta del Tigre en Venezuela, o c&oacute;mo se levant&oacute; el Puente del Jurado sin dubitaciones, para terminar repasando los nombres completos de los &aacute;rboles geneal&oacute;gicos de sus amistades hasta llegar a la actualidad ante mi incredulidad. Don Juan no ve&iacute;a ning&uacute;n m&eacute;rito en todo eso y lo atribu&iacute;a a su edad y a la costumbre de apuntar <em>&ldquo;sus cosas en alguna libreta&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        La relaci&oacute;n que don Juan mantuvo con la iglesia de Tijarafe era innegable. Desde peque&ntilde;o tuvo una fuerte vinculaci&oacute;n, ya que, hu&eacute;rfano de madre, la mayor parte de su educaci&oacute;n la recibi&oacute; de sus t&iacute;as, que se dedicaban al cuidado de la iglesia y del p&aacute;rroco. Pod&iacute;amos pasar horas y horas hablando de cada ceremonia, la Semana Santa, de los Hermanos del Sant&iacute;simo de los que form&oacute; parte durante much&iacute;simo tiempo, de las procesiones&hellip; Son innumerables las historias, las an&eacute;cdotas, los detalles que quiso compartir antes de irse, con un halo de respeto y fe &uacute;nicos. Esta uni&oacute;n pervivir&aacute; a pesar del tiempo, ya que don Juan, durante su estancia en Venezuela, decidi&oacute; junto a un amigo, enviar la imagen de la Virgen de Coromoto. Sus nombres grabados en una sencilla placa nos lo recuerdan. Seg&uacute;n &eacute;l, nunca olvidaba pasar por la Iglesia cada vez que sub&iacute;a desde su casa. Lo vi varias veces all&iacute;, junto a su virgen. Le gustaba sentarse en soledad y brindarle una oraci&oacute;n a sus difuntos en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Don Juan Romero P&eacute;rez fue un hombre sencillo, humilde, independiente, curioso, valiente y trabajador. Orgulloso de su familia, cuyos nombres siempre aparec&iacute;an en nuestras conversaciones, supo que era el mejor regalo que le hab&iacute;a dado la vida, aunque, estoy segura, (dado que hu&iacute;a siempre de las emociones), no se lo dec&iacute;a con la frecuencia con la que se debe hacer. Sin embargo, reconoc&iacute;a que lo quer&iacute;an demasiado y se desviv&iacute;an por &eacute;l. Personalmente, creo que todo ese cari&ntilde;o y los potajes a le&ntilde;a que le preparaba su hijo Juan Antonio tuvieron mucho que ver para que rozara el siglo antes de irse. Se lo dije en su momento, cuando le preguntaba cu&aacute;l era ese secreto para llegar a su edad con aquella memoria y &eacute;l respondi&oacute; muy serio y educado: <em>&ldquo;Va a tener usted raz&oacute;n&rdquo;</em> y a&ntilde;adi&oacute; <em>&ldquo;&iquest;eso no lo estar&aacute; grabando con la grafonola, verdad?&rdquo;</em> comenzando a re&iacute;r, demostrando as&iacute;, que cada vez que yo pulsaba el <em>rec</em> de mi grabadora ante cualquier tema importante, &eacute;l era consciente, pese a mis esfuerzos por continuar con la espontaneidad de cada conversaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Es muy dif&iacute;cil despedirse, a trav&eacute;s de las palabras, de alguien a quien quieres y con el que has compartido tan buenos ratos. Del alma brota una nueva cicatriz, ya que hay personas que, sin tener la misma sangre, se convierten en familia. Porque don Juan no ha sido s&oacute;lo la mejor fuente period&iacute;stica con la que he trabajado. En muchas ocasiones, conmigo ha sido un abuelo, un padre, un amigo, un maestro&hellip; cedi&eacute;ndome incontables ense&ntilde;anzas. En mi memoria, perdurar&aacute; cada charla, cada instante, el &iacute;mpetu y la pasi&oacute;n con los que se cuentan las historias, la amistad, los principios y los valores que no caducan y nos hacen ser mejores personas, y sobre todo, los recuerdos: aquellos que nos ayudan a mantenernos vivos.
    </p><p class="article-text">
        Don Juan Romero era profundamente creyente y por esa raz&oacute;n, quiero pensar que, por fin, se habr&aacute; reencontrado con su familia por la que rezaba cada vez que pod&iacute;a y con sus grandes amigos, a los que  hab&iacute;a dado el <em>&ldquo;&uacute;ltimo adi&oacute;s desde su casa&rdquo;</em> (me cont&oacute; muchas veces dirigiendo su mirada al camposanto, visiblemente emocionado). S&oacute;lo espero, gui&aacute;ndome por esa fe que profesaba, que en alg&uacute;n momento nos volvamos a encontrar <em>(&ldquo;a las dos, en la esquina&rdquo;</em>, como siempre nos desped&iacute;amos, haciendo referencia a una an&eacute;cdota de su juventud) y retomemos las conversaciones, porque, para ese entonces (espero haber llegado a la senectud), habr&eacute; echado much&iacute;simo de menos nuestras charlas y risas.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a, en la terraza de su casa y mirando al mar, me atrev&iacute; a romper el silencio de sus pensamientos y le pregunt&eacute; si hab&iacute;a sido feliz en su casi centenaria vida. Don Juan, con su voz pausada, tono melodioso y tranquilo me contest&oacute; as&iacute;:
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;El camino de la vida</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>tiene rev&eacute;s y derecho,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>tiene ancho, tiene estrecho,</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>tiene bajada y subida&ldquo;</em>
    </p><p class="article-text">
        Declam&oacute; este dicho, con esa entonaci&oacute;n que siempre recordar&eacute;, con esa musicalidad m&aacute;s cercana al Siglo de Oro, a la que ya estaban acostumbrados mis o&iacute;dos y que disfrutaban. Luego, don Juan me mir&oacute; a los ojos y supe en ese instante que me hab&iacute;a regalado dos cosas: una lecci&oacute;n de vida y una mirada de esas que se guardan en el alma para siempre. Me hab&iacute;a contestado como nadie lo hab&iacute;a hecho en la vida, ni creo, lo har&aacute;. En justa correspondencia, le sonre&iacute; emocionada. Me lo hab&iacute;a dicho todo. Sin duda, era todo un caballero andante, todo un Quijote.
    </p><p class="article-text">
        <em>Tijarafe, abril de 2017</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sarai Rodríguez Rocha]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/lapalmaopina/don-juan-ultimo-quijote-tijarafe_132_3416931.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 04 May 2017 15:07:20 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Don Juan, el último Quijote de Tijarafe]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Don Quijote de la Mancha]]></media:keywords>
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