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    <title><![CDATA[elDiario.es - Lara Moreno]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/lara_moreno/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Lara Moreno]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Amargo como un veneno]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/amargo-veneno_129_10487076.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/768330ed-38d5-4d76-8208-2d51f7213cca_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Amargo como un veneno"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En cuántos clubes de lectura me han dicho: “Ella no se va de ahí porque no quiere”. A cuántas mujeres he visto repetir: “A mí jamás me pasaría eso”. Y otra vez a intentar explicar que nos puede pasar a cualquiera</p></div><p class="article-text">
        Sufr&iacute; una relaci&oacute;n de maltrato que dur&oacute; tres a&ntilde;os. Cuando consegu&iacute; salir de ella y empec&eacute; a contarlo, el entorno social de mi maltratador (gente de la izquierda, abanderados y abanderadas del feminismo) cerr&oacute; filas alrededor de &eacute;l. Mi testimonio fue puesto en duda, matizado, infravalorado y despreciado en muchas ocasiones. Recuerdo que su impunidad fue otra forma de tortura en los primeros tiempos de mi huida de la jaula. Una sensaci&oacute;n de asfixia, injusticia e impotencia: la constataci&oacute;n de que la sociedad es profundamente machista, en cada resquicio, hasta en los iluminados por el progresismo. El abatimiento: jam&aacute;s lo &iacute;bamos a conseguir.
    </p><p class="article-text">
        Yo no hab&iacute;a puesto denuncia. Tras la huida, tras el contacto cero, fui aprendiendo a analizar lo que hab&iacute;a vivido, a diagnosticarlo minuciosamente, a entenderme y perdonarme, a asumir que hab&iacute;a perdido tres a&ntilde;os de mi vida por completo, porque ni uno solo de los minutos que pasas junto a un maltratador merecen ser vividos. Aprend&iacute;, en definitiva, a ser una v&iacute;ctima. Estren&eacute; otros ojos con los que mirar.
    </p><p class="article-text">
        Ser v&iacute;ctima de violencia machista en esta sociedad violenta y machista no es plato de buen gusto. Estamos lejos a&uacute;n de que este sea un lugar amable, c&oacute;modo, reparador y seguro para las v&iacute;ctimas del machismo. Estamos lejos a&uacute;n de que este sea un lugar libre de violencias machistas. El machismo es el arma m&aacute;s poderosa que tiene este sistema. Es m&aacute;s poderoso a&uacute;n que el poder econ&oacute;mico, porque funciona, impecablemente, en todas las esferas. M&aacute;s poderoso a&uacute;n que el racismo y el clasismo, dos herramientas de sometimiento tambi&eacute;n infalibles. 
    </p><p class="article-text">
        Decid&iacute; narrar esta historia de maltrato en mi &uacute;ltima novela. Desmenuzarla desde lo m&aacute;s hondo de su centro. Lo hice con un esfuerzo tit&aacute;nico y no sin cierta ingenuidad; pensaba: &ldquo;Cuando cuente c&oacute;mo funcionan estas relaciones, c&oacute;mo de fina es la l&iacute;nea que separa la violencia de lo que err&oacute;neamente entendemos por amor, lo van a entender, van a entender por qu&eacute; no hay que poner el foco en la v&iacute;ctima, por qu&eacute; no tenemos la culpa de quedarnos ah&iacute; atrapadas, por qu&eacute; nuestra cultura est&aacute; enferma de muerte en lo emocional y lo sexoafectivo, por qu&eacute; tenemos que mudar la piel como sociedad, por qu&eacute; urge que nos revisemos, todos y todas, que aprendamos esa empresa tan dif&iacute;cil de tratarnos con respeto desde la igualdad&rdquo;. Bien, creo que no ha surtido todo el efecto deseado. Much&iacute;simas lectoras y algunos lectores han entendido, claro que s&iacute;. Y muchas mujeres se han reconocido. Pero la mayor&iacute;a sigue viendo al personaje maltratador como un monstruo aislado y a ella como una mujer d&eacute;bil y dependiente predispuesta al sometimiento. En cu&aacute;ntos clubes de lectura me han dicho: &ldquo;Ella no se va de ah&iacute; porque no quiere&rdquo;. A cu&aacute;ntas mujeres he visto repetir: &ldquo;A m&iacute; jam&aacute;s me pasar&iacute;a eso&rdquo;. Y otra vez a intentar explicar que nos puede pasar a cualquiera. Qu&eacute; dura la coraza. Qu&eacute; agotamiento en la boca, en las manos, tambi&eacute;n dentro del pecho. 
    </p><p class="article-text">
        En la novela, puse otros nombres a los personajes que nos representan a m&iacute; y a mi maltratador. En todo lo que dur&oacute; la promoci&oacute;n, no dije a ning&uacute;n periodista que era mi historia, o si lo hice fue solo <em>off the record</em>. Mi novela tiene otras dos protagonistas, dos mujeres que sufren distintos tipos de violencia, adem&aacute;s de la violencia machista. Una violencia terrible de explotaci&oacute;n laboral y exclusi&oacute;n social, debido a la pobreza, a la raza o la nacionalidad, a la clase. Creo que todos los personajes est&aacute;n llenos de verdad. Es lo que requiere una historia de ficci&oacute;n. La literatura genera empat&iacute;a desde todos sus flancos, es su m&aacute;ximo poder. No hac&iacute;a falta mi nombre. Tampoco era m&aacute;s importante mi historia que la de las otras dos. Y, sobre todo, no me hab&iacute;a decidido a contarla porque fuese m&iacute;a, porque me hubiera ocurrido a m&iacute;, sino porque nos pertenece a miles. Porque todas las historias de maltrato son la misma historia. A veces, algunas, acaban en asesinato. Pero todas funcionan como el mismo reloj inclemente. 
    </p><p class="article-text">
        En mi cuerpo he vivido la rabia de sentir que tras las agresiones se necesita justicia para la reparaci&oacute;n, y que la &uacute;nica justicia que llega es la que t&uacute; construyes, con tus manos nuevas, con manos ajenas, en tu centro, a tu alrededor, si es que puedes. Todav&iacute;a me pregunto: &iquest;valdr&iacute;a la pena pronunciar su nombre y sus apellidos? &iquest;Es que no he aprendido la lecci&oacute;n del todo, es que sigo nadando el r&iacute;o de la condescendencia y la verg&uuml;enza? No lloriquear. Nada de comisar&iacute;a. Que no se te note, que parezca que no ha pasado nada. Adem&aacute;s, &iquest;de qu&eacute; servir&iacute;a? &iquest;Me meter&iacute;a en un problema? &iquest;Habr&iacute;a represalias? Al no haber denunciado, &iquest;no debo ahora asumir aquel silencio? &iquest;Se me juzgar&iacute;a por se&ntilde;alar? Ejecutar un posible linchamiento al tipo en cuesti&oacute;n en redes (en mi algoritmo) que dure un par de d&iacute;as o tres &iquest;es la cuesti&oacute;n? La cuesti&oacute;n, quiz&aacute;, ser&iacute;a que el eco sirviese para avisar de que aquel hombre es una persona altamente peligrosa, para que al menos una sola mujer se librara de vivir lo que yo viv&iacute;. Eso, quiz&aacute;, merecer&iacute;a la pena. Pero eso &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;a conseguirlo? Lo que quisiera roer es la estructura que permite su caminar. 
    </p><p class="article-text">
        Yo este verano me hab&iacute;a propuesto escribir una tribuna sobre los incendios. Y aqu&iacute; estoy de nuevo. No es la primera vez que escribo sobre machismo en prensa. No es la primera vez que escribo sobre machismo en general. A esta manera de mirar las cosas tambi&eacute;n se le llama escribir sobre feminismo. Y pasa factura. Si escribes mucho sobre feminismo (sobre machismo), una mordaza va cerr&aacute;ndose sobre tus dedos. Se suele acabar deduciendo que no eres capaz de escribir acerca de nada m&aacute;s. Un grillete y luego otro. Pero lo de los incendios tendr&aacute; que ser para otra vez. 
    </p><p class="article-text">
        Al comienzo del asunto Rubiales, se pusieron en contacto conmigo desde un programa de radio por si me apetec&iacute;a compartir alguna experiencia, alguna agresi&oacute;n. Me qued&eacute; paralizada. Quer&iacute;a colaborar, apoyar este nuevo crujir de placa tect&oacute;nica, porque es imprescindible empujar. Me daban un minuto. &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a contar en un minuto? &iquest;A qu&eacute; etapa de mi vida deb&iacute;a hacer referencia? &iquest;Se me ped&iacute;a un nombre propio, aunque fuera velado, del &aacute;mbito literario o laboral? No fui capaz de contar nada, no particip&eacute;. Me esforc&eacute;, pero de tanto medir las palabras otra vez llegaron el peque&ntilde;o temblor y la verg&uuml;enza. Pens&eacute;: si me duelen los dedos de escribir sobre esto. Si he escrito novelas, poemarios, art&iacute;culos. Si he hablado y hablado y hablado con tantas y con tantos. Si mi experiencia es lo de menos. De cu&aacute;ntas maneras m&aacute;s tenemos que contarlo, denunciarlo, gritarlo, explicarlo. Si todo el mundo sabe lo que pasa. Si todos sab&eacute;is lo que pasa. 
    </p><p class="article-text">
        Tengo cromos de todos los colores. &iquest;An&eacute;cdotas interesantes para escarnio del machismo? En cada jard&iacute;n una flor. Qui&eacute;n no. La infancia, la adolescencia, la familia, la calle, la consulta del m&eacute;dico, el trabajo, los jefes, los bares, las camas, la intimidad m&aacute;s c&aacute;lida y descarnada; en todos los lugares donde solo deber&iacute;an habitar el sosiego, la seguridad y la confianza, ayer, hoy y ma&ntilde;ana, en el centro mismo del fuego, donde nacen y mueren los dolores y el amor, ah&iacute; siempre brota, cuando menos te lo esperas, amargo como un veneno reci&eacute;n cocido, un comportamiento machista que te recuerda que este mundo no es un lugar seguro para nosotras. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lara Moreno]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/amargo-veneno_129_10487076.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 04 Sep 2023 20:06:44 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Amargo como un veneno]]></media:title>
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    <item>
      <title><![CDATA[La mujer extraordinaria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/mujer-extraordinaria_129_3413402.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/65535251-e27f-4c8d-8fa8-010fa5d7665a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Simone de Beauvoir"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ninguna de las protagonistas de las novelas que leía de adolescente, luego de joven, tuvo la regla</p><p class="subtitle">La maternidad era algo obligado al género, pero no era de interés, no había que escribir sobre ello; era un asunto menor que solo nos importaba a nosotras, porque solo a nosotras atañía</p></div><p class="article-text">
        He estado gran parte de mi vida leyendo literatura escrita por hombres. He amado gran parte de mi vida la literatura escrita por hombres. En mi entorno, a grandes rasgos, no hab&iacute;a otra, y yo tard&eacute; muchos a&ntilde;os en empezar a buscarla. Esto significa que mi construcci&oacute;n del mundo fue incompleta, con una enorme fracci&oacute;n de &eacute;l silenciada. Ese silencio conten&iacute;a, entre otras muchas ideas esenciales, la idea de la maternidad.
    </p><p class="article-text">
        Mi familia era una familia de mujeres, pero tambi&eacute;n de hombres. De lo que, al parecer, solo nos pertenec&iacute;a a nosotras supe lo justo, lo normal: establecido, innombrable y enigm&aacute;tico. Yo le&iacute;a novelas constantemente, y en ellas atisb&eacute; cierta sabidur&iacute;a de usuario avanzado: la idea de amar y de ser amado, el abandono, el rencor, la infidelidad, el hambre, la traici&oacute;n, la soledad, c&oacute;mo construir una catedral, c&oacute;mo viven los pueblos fantasma, la locura, el sexo, la muerte, las batallas entre los hombres, la pobreza de las posguerras, la enfermedad, tuberculosis, neumon&iacute;a, esquizofrenia.
    </p><p class="article-text">
        En los libros que yo le&iacute;a, a veces nac&iacute;an ni&ntilde;os. Nac&iacute;an en tres palabras, a lo sumo en una frase. Eran criados en un p&aacute;rrafo. Mor&iacute;an durante p&aacute;ginas enteras, a veces cap&iacute;tulos. Vi nacer m&aacute;s animales que ni&ntilde;os en aquellas novelas. Tuve acceso a la representaci&oacute;n ilustrada de un embarazo y un parto gracias a los manuales de medicina de mi madre, que yo husmeaba, &aacute;vida de conocimiento. Aquella informaci&oacute;n deb&iacute;a pertenecerme de alg&uacute;n modo, era necesaria, probablemente formar&iacute;a parte de mi futuro (como formaba parte de mi pasado): igual que amar y ser amada, los pueblos fantasma, las guerras, la enfermedad, el sexo, la locura, la traici&oacute;n, la muerte.
    </p><p class="article-text">
        La maternidad exist&iacute;a como concepto, como estatuto; no como realidad contada, explicada, retratada, cuestionada. Se daba por hecho. No me di cuenta hasta m&aacute;s tarde de que era mucho peor que eso: era algo obligado al g&eacute;nero, pero no era de inter&eacute;s, no hab&iacute;a que escribir sobre ello; era un asunto menor que solo nos importaba a nosotras, porque solo a nosotras ata&ntilde;&iacute;a. Reconozco que no me molest&eacute; en indagar. Asum&iacute; el envite. Descubro, ahora, que ni me desconcert&oacute;, a m&iacute;, intensa lectora de la agitaci&oacute;n del alma y del cuerpo, no encontrar ni un solo pasaje sobre la menstruaci&oacute;n en toda aquella literatura que yo amaba y que me salvaba, me constru&iacute;a. Ni uno solo. Ninguna de las protagonistas de las novelas que le&iacute;a de adolescente, luego de joven, tuvo la regla. Ni siquiera si eran personajes secundarios. Si aquello se nombraba, era con un eufemismo ret&oacute;rico, con toda la oscuridad de la mugre al estilo de la familia de Pascual Duarte o a trav&eacute;s del tr&aacute;gico misterio lorquiano. Y no me extra&ntilde;&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Pero llegaron ellas. Alejandra Pizarnik, Merc&eacute; Rodoreda, Carmen Laforet, Virginia Woolf, Marguerite Duras, Blanca Varela, Simone de Beauvoir, Gioconda Belli, Idea Vilari&ntilde;o, Dorothy Parker, Flannery O&rsquo;Connor, Ana&iuml;s Nin, Anne Sexton, Sylvia Plath, Miriam Reyes, Clarice Lispector, Elena Medel, y otras. Y poco a poco fui explorando ese foso. Y me di cuenta de que me interesaban sus vidas, me interesaban sus cartas, sus diarios, como jam&aacute;s me hab&iacute;an interesado los diarios, las biograf&iacute;as o las cartas de mis h&eacute;roes literarios, hombres, casi todos. Y empec&eacute; a zambullirme en esas vidas, buscando, supongo, una empat&iacute;a, un reconocimiento, una pertenencia. Le&iacute; los diarios de Pizarnik, de Mansfield, de Nin, la vida de Woolf, las biograf&iacute;as de Jane Bowles, de Anna Ajm&aacute;tova, todas las palabras &iacute;ntimas de Marina Tsviet&aacute;ieva, incluso lo que cuentan de Vera, mujer de Nabokov. Fue mucho, pero no fue suficiente porque el vac&iacute;o hab&iacute;a sido largo. &iquest;D&oacute;nde estaba la vida de las mujeres? &iquest;D&oacute;nde estaba escrito todo lo que &eacute;ramos? Y dentro de ese silencio, tambi&eacute;n, por supuesto: &iquest;d&oacute;nde estaban nuestras menstruaciones, nuestros partos, nuestras lactancias?
    </p><p class="article-text">
        Es tan grato decir que algo ha cambiado. Y no me refiero a que las madres de hoy puedan tener en sus manos los manuales de crianza de Carlos Gonz&aacute;lez o Laura Gutman, abiertos sobre sus bellas y redondas barrigas. Me refiero a que la literatura se est&aacute; inundando de lo que antes solo fue un susurro. Gabriela Wiener nos ilustr&oacute; su embarazo (tan humano, tan cercano) en <em>Nueve lunas</em>; la poeta Mar&iacute;a Ramos tradujo a Plath en el maravilloso <em>Tres mujeres</em>, esas distintas voces de mujeres al borde de ser madre, al precipicio, y luego ella public&oacute; <em>Siamesas</em>, poemario que habla de lo que para algunas generaciones fue lo m&aacute;s temido, aquello que te destrozar&iacute;a la vida, seg&uacute;n nos dec&iacute;a toda la sociedad: ser madre joven, muy joven, casi como sin querer.
    </p><p class="article-text">
        Elvira Navarro comienza <em>La trabajadora</em> hablando de tener la regla y practicar sexo oral. Hay cuentos de Lucia Berlin que son fascinantes y terribles retratos de ser madre y estar sola, de ser madre y estar sola y trabajar, de ser madre y estar sola y beber. Silvia Nanclares, en <em>Qui&eacute;n quiere ser madre</em>, cuenta el largo y complicado proceso de los tratamientos de fertilidad, la realidad m&aacute;s real de esta parte de la sociedad occidental.
    </p><p class="article-text">
        He escuchado a la escritora Nuria Labari en un acto leer fragmentos de una obra in&eacute;dita sobre la maternidad m&aacute;s rabiosa, m&aacute;s profunda, m&aacute;s anal&iacute;tica, m&aacute;s carnal, m&aacute;s ir&oacute;nica, m&aacute;s nuestra. Tengo pendiente mover cielo y tierra para encontrar el descatalogado tesoro que es<em> Maternidad y creaci&oacute;n</em>, la antolog&iacute;a de Moyra Davey que recoge textos de Lessing, Atwood, Paley, Morrison, entre muchas otras. Y me dejo tantos t&iacute;tulos por citar. Algo ha cambiado; ya no hay silencio. Poco a poco el mundo se va haciendo mundo.
    </p><p class="article-text">
        Dijo Virginia Woolf que la mujer extraordinaria siempre vive a expensas de la ordinaria. Pero ambas mujeres son la misma, todo el tiempo. Solo hay que contarlo, y leerlo. &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Lara Moreno]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/mujer-extraordinaria_129_3413402.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 May 2017 16:59:24 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La mujer extraordinaria]]></media:title>
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