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    <title><![CDATA[elDiario.es - Alexandra Gil]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/alexandra_gil/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Alexandra Gil]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Colmillo y Derrota]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/colmillo-derrota_129_1351928.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/33437da1-467e-4619-8197-9a3ef8f1f402_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Hazte la víctima, llora ahora…Ayyyy, cómo lloro. ¡Cómo lloro!" -se burla- "¿Por qué no te pones a chupar p****? Si es lo que mejor sabes hacer, zorra"</p><p class="subtitle">Derrota</p><p class="subtitle">no es sólo el nombre ficticio de una mujer maltratada: es la culminación de un episodio lleno de ineficacias burocráticas</p></div><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Te reviento la cabeza, y sabes que lo hago&rdquo;</em>. Alzamos la vista. La plaza de San Ildefonso est&aacute; abarrotada. Las terrazas son ahora un anfiteatro que callan ante el espect&aacute;culo. Un hombre rodea a la que parece ser su mujer con un botell&iacute;n en la mano. Jadea insultos, la intimida, merodeando a un metro de ella mientras &eacute;sta agacha el ment&oacute;n y solloza. No la toca, pero va acerc&aacute;ndose de cuando en cuando mostrando los dientes, que a estas alturas de la escena me parecen colmillos. Ni muy lejos, ni muy cerca. Lo justo para asfixiarla con su presencia. Ella es cada vez m&aacute;s diminuta, una presa agotada de huir. Cuando, exhausta, se retira el pelo de la cara, la veo: la imagen misma de la derrota. &Eacute;l no cesa. Respira su miedo, que parece darle alas. Miro a mi alrededor.
    </p><p class="article-text">
        Nada.
    </p><p class="article-text">
        El silencio de esa muchedumbre que segundos antes llenaba cada recoveco con ese inconfundible bullicio veraniego me parece ya ensordecedor. Nadie se mueve. &Eacute;l se aleja de su presa y miro a mi amiga. Nos levantamos.
    </p><p class="article-text">
        -<em>&ldquo;&iquest;Nadie va a hacer nada?&rdquo;</em> -nos decimos la una a la otra-. Y nos acercamos a ella mientras &eacute;l sonr&iacute;e desde la otra acera. Le preguntamos si est&aacute; bien y rompe a llorar. Dice que no, que le ha quitado la cartera y se la ha tirado al toldo de enfrente. De fondo, &eacute;l berrea: <em>&ldquo;Hazte la v&iacute;ctima, llora ahora&hellip;Ayyyy, c&oacute;mo lloro. &iexcl;C&oacute;mo lloro!&rdquo;</em> -se burla- <em>&ldquo;&iquest;Por qu&eacute; no te pones a chupar p****? Si es lo que mejor sabes hacer, zorra&rdquo;</em>. &Eacute;l se acerca otra vez y la encara, mene&aacute;ndola como si entre sus brazos ya solo tuviese a un t&iacute;tere, a un amasijo de huesos. Se aleja y ella hunde la cabeza un mil&iacute;metro m&aacute;s. Sabe que toda la plaza la observa y a m&iacute; me parece que va a derretirse de verg&uuml;enza, que va a deshacerse de un momento a otro.
    </p><p class="article-text">
        Alrededor, nada.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Si es que ha bebido&rdquo;, llora ella. &ldquo;Pero ayudadme, por favor&rdquo;, susurra. &ldquo;Tiene mi cartera. Mi cartera est&aacute; ah&iacute; colgada, quiero bajarla. Muchas gracias por venir, qu&eacute; guapas sois, qu&eacute; buenas&rdquo;</em>, nos dice. Yo siento bochorno al o&iacute;r aquello y pienso que la bondad de la que habla no tiene nada que ver con eso y que a esas alturas toda la plaza deber&iacute;a ser ya un muro de hormig&oacute;n, protegi&eacute;ndola de aquel salvaje y de su botella. Sin titubeos: &ldquo;Tocas a una, nos tocas a todas&rdquo;. Pero no.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;&iquest;Te hace esto a menudo?&rdquo; &ldquo;Cada d&iacute;a. S&iacute;. No. Es que&hellip;&rdquo;</em>  Y vuelve la bestia. Esta vez Colmillo se acerca un poco m&aacute;s. <em>&ldquo;No vuelves a ver a tus hijos, te lo juro. Yo ir&eacute; a la c&aacute;rcel pero por mis muertos que yo a ti te reviento la cabeza&rdquo;</em>. Le preguntamos si ha denunciado alguna vez. Le explicamos que existen formas de alejarse de aquello, de vivir otra vida. Pero <em>Colmillo</em> ha pronunciado las palabras m&aacute;gicas. Tus hijos. Y <em>Derrota</em> ya no habla. Ya solo niega con la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Pasan diez minutos. Para m&iacute;, diez horas. Una patrulla se acerca. <em>&ldquo;&iquest;Han presenciado la escena?&rdquo; &ldquo;S&iacute;&rdquo;</em>, respondemos. Y reproducimos todo. El agente saca un cuaderno y nos pregunta si puede tomar nuestros datos, por si hiciesen falta. Claro. Le ofrecemos el DNI y &eacute;l anota &uacute;nicamente las cifras de cada documento. Lo hace r&aacute;pido y se da la vuelta. Pregunta a la mujer: <em>&ldquo;&iquest;Te hace esto a menudo?&rdquo;</em> Ella fuerza una sonrisa. <em>&ldquo;No&hellip; Es que ahora ha tomado algo, pero de verdad, que ya est&aacute;&rdquo;</em>. Y nos marchamos desencajadas, convencidas de que acabamos de ponerle cara, llanto y voz a una cifra a la que con suerte, <em>Colmillo</em> dejar&aacute; vivir.
    </p><p class="article-text">
        Este no es un relato de heroicidades. <em>Derrota</em> no es s&oacute;lo el nombre ficticio de una mujer maltratada. <em>Derrota</em> es la culminaci&oacute;n de un episodio lleno de ineficacias burocr&aacute;ticas. <em>Derrota</em> es recibir dos citaciones diferentes para testificar por lo ocurrido en una ciudad en la que no resido. Es el <em>&ldquo;en cosas de otros mejor no meterse&rdquo;</em> y el <em>&ldquo;si lo s&eacute;, no me meto&rdquo;</em>. <em>Derrota</em> es pensar que en esta batalla no nos jugamos todo. <em>Derrota</em> es acostumbrarse al horror hasta el punto de presenciarlo, inm&oacute;vil, con una copa de vino en una plaza p&uacute;blica. <em>Derrota</em> es Sandra, Alba, Mar&iacute;a Elena, la vida que no vivir&aacute;n. <em>Derrota</em> ser&aacute; tambi&eacute;n el nombre de sus hu&eacute;rfanos. Es saber que 1017 mujeres han sido asesinadas desde 2003 por el mero hecho de serlo. <em>Derrota</em> es despertarse con la certeza de que ser&aacute;n 1018, 1019, 1020.
    </p><p class="article-text">
        <em>Colmillo</em> empuja, escupe, insulta, jadea. <em>Colmillo</em> vive de la ineficiencia del Estado y de la indiferencia ciudadana. <em>Colmillo</em> se relame.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Gil]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/colmillo-derrota_129_1351928.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Sep 2019 19:08:06 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Colmillo y Derrota]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Violencia de género,Violencia machista]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Por qué mi hijo se convirtió en un terrorista?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/hijo-convirtio-terrorista-lado-vida_129_3374308.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/77f84614-f518-4e79-91fd-fc6710de030b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El yihadismo aúna sus fuerzas a la hora de desplegar en Europa a predicadores de un islam radical en nombre de una libertad de expresión contra la que lucha asesinando a caricaturistas</p></div><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Muchas veces pienso que Quentin podr&iacute;a haber estado en el Bataclan, pero no entre los terroristas, sino del otro lado. Del lado de la vida. Y no en el oscurantismo, &iquest;entiende? En otra vida mi hijo podr&iacute;a haber estado escuchando aquel concierto. Ten&iacute;a la misma edad que esos j&oacute;venes que murieron aquella noche. &iquest;Por qu&eacute;? &iquest;Por qu&eacute; no estaba en el lado de la vida?&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        Hoy Europa mira a Manchester y se hace la misma pregunta que esta madre de un yihadista franc&eacute;s me formul&oacute; por vez primera hace un a&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        A Quentin, de familia cat&oacute;lica, lo reclut&oacute; un joven en Sevran, una ciudad a las afueras de Par&iacute;s. Antes de fingir un viaje a Alemania e irse a Siria a morir por Al&aacute;, tocaba el piano, ten&iacute;a novia y estudiaba kinesiolog&iacute;a. &ldquo;Mi hijo ten&iacute;a planes aqu&iacute;&rdquo; es una de las frases que m&aacute;s escucho en boca de las madres de yihadistas con las que sigo en contacto tras la publicaci&oacute;n de 'En el vientre de la yihad'.
    </p><p class="article-text">
        A menudo, tras un atentado como el que golpeaba a Reino Unido esta semana, un paseo veloz por las redes sociales nos basta para observar que los primeros alaridos de incomprensi&oacute;n se dirigen hacia los servicios de inteligencia. Un gesto en ocasiones comprensible cuando recordamos errores de coordinaci&oacute;n como los cometidos en B&eacute;lgica con Abdelhamid Abaaoud, cerebro de los ataques de Par&iacute;s, o en Francia con los hermanos Kouachi, autores del atentado en la sede de Charlie Hebdo.
    </p><p class="article-text">
        Europa despert&oacute; tarde. Seg&uacute;n el &uacute;ltimo informe del Centro de An&aacute;lisis de Terrorismo (CAT), 5.800 ciudadanos europeos han llegado hasta hoy a una de las dos zonas de combate desde 2013. Cerca del 70% de ellos proven&iacute;a &uacute;nicamente de tres pa&iacute;ses: Francia, Reino Unido y Alemania. Citar&eacute; como ejemplo el caso de nuestra vecina Francia por ser el pa&iacute;s europeo m&aacute;s tocado por este fen&oacute;meno. Un total de 2.299 ciudadanos est&aacute;n implicados en redes yihadistas y la cifra de retornados ya supera los 200, sin que la decepci&oacute;n de lo que hallaron en Siria vaya necesariamente de la mano del arrepentimiento o la renuncia a su militancia.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, y a pesar de las llamadas de socorro de asociaciones de barrios desfavorecidos abordando una fractura en el tejido social, un despliegue de discursos de odio y un repliegue comunitario; a pesar de los m&uacute;ltiples informes elaborados en la &uacute;ltima d&eacute;cada por sindicatos penitenciarios alertando de que las superpobladas c&aacute;rceles (58.000 plazas para 70.000 presos) eran &ldquo;escuelas de yihadismo&rdquo; entre rejas; a pesar de haber sido testigos de la huida desde 2013 de cientos de j&oacute;venes nacidos y educados en Francia, se esper&oacute; hasta 2014 para aplicar el primer programa de &ldquo;desradicalizaci&oacute;n&rdquo; y hasta 2015 para lanzar en Twitter la cuenta StopDjihadisme y dos clips de prevenci&oacute;n contra la radicalizaci&oacute;n violenta. Solo en ese a&ntilde;o, Daesh hab&iacute;a publicado 18 revistas en 11 idiomas diferentes y hab&iacute;a difundido en redes sociales 800 v&iacute;deos y 15.000 fotograf&iacute;as propagand&iacute;sticas.
    </p><p class="article-text">
        Esta, la de la b&uacute;squeda de fallos y responsabilidades colaterales se ha convertido en la primera reacci&oacute;n de quien asiste anonadado a una masacre como la de M&aacute;nchester. Muy a menudo el recorrido de nuestra mirada cr&iacute;tica termina ah&iacute;, arrastrados por la bulimia de la informaci&oacute;n en 140 caracteres. Y cuando los programas en directo dejan de bombardear en bucle una insultante falta de informaci&oacute;n, (&ldquo;22 personas han muerto. No, al final son 18. Parece que hay otro tiroteo, pero no est&aacute; confirmado. No era un tiroteo, pero no cambien de canal&rdquo;). Cuando ya no quedan m&aacute;s vecinos a los que preguntar si el yihadista en cuesti&oacute;n saludaba o no en la escalera, si rezaba o si com&iacute;a carne halal; cuando ya hemos preguntado a todos los padres de Manchester c&oacute;mo de destrozados est&aacute;n, en una escala del uno al diez, por la muerte de sus hijas; cuando ya hemos dejado el sentido mismo de nuestra profesi&oacute;n por los suelos, llega ese ensordecedor silencio. Y el cambio de hashtag.
    </p><p class="article-text">
        Porque menos numerosas son las voces que se alzan para preguntarse c&oacute;mo pudo gestarse el monstruo en el seno de nuestras sociedades. Esa cuesti&oacute;n es m&aacute;s inc&oacute;moda. Despu&eacute;s de m&aacute;s de un a&ntilde;o de investigaci&oacute;n, creo haber comprendido que todav&iacute;a hay quien piensa que analizar los factores que favorecen la existencia de un fen&oacute;meno es, de un modo u otro, justificarlo. Y as&iacute; nos va.
    </p><p class="article-text">
        Frente a nosotros, en cambio, tenemos a un enemigo que s&iacute; analiza. Que se sirve de las herramientas democr&aacute;ticas que rechaza para resquebrajar el tejido social desde su interior. En junio de 2016, el jefe de la Direcci&oacute;n General de Seguridad Interior (DGSI), Patrick Calvar, diagnosticaba la aparici&oacute;n de grup&uacute;sculos de extrema derecha y la amenaza real de una guerra civil. &ldquo;Uno o dos atentados m&aacute;s y la confrontaci&oacute;n tendr&aacute; lugar&rdquo;, alert&oacute;. Su an&aacute;lisis no terminaba ah&iacute;. Tambi&eacute;n recordaba la capacidad de mutaci&oacute;n del modo operatorio de Daesh y el peligro real de un despliegue de artificieros enviados a suelo europeo con la &uacute;nica misi&oacute;n de organizar atentados con coches bomba sin necesidad de sacrificar a sus combatientes.
    </p><p class="article-text">
        Ante nosotros, pues, encontramos una organizaci&oacute;n terrorista con una apabullante capacidad de adaptaci&oacute;n que estudia no uno, sino todos los puntos d&eacute;biles de nuestra sociedad. Que ha desarrollado la capacidad de ofrecer a egos rotos nacidos y educados en Europa una revancha social contra sus propios valores.
    </p><p class="article-text">
        No es casualidad que el objetivo en noviembre de 2015 fuesen las terrazas de Par&iacute;s un viernes por la noche, como tampoco lo es que Salman Abedi fijase como escenario de su vil masacre la salida de un concierto repleto de adolescentes. Ni que Abdelhamid Abaaoud, abatido en Saint Denis <em>in extremis</em> horas antes de llevar a cabo la segunda parte de su plan en Par&iacute;s, tuviese como objetivo un atentado en una guarder&iacute;a y en un centro comercial. Tampoco es fruto del azar que, en un momento de m&aacute;xima alerta y despliegue de seguridad, el yihadismo europeo se est&eacute; fundiendo en la clandestinidad. La <em>taqiya</em> (o disimulo) es para Daesh un arma de guerra como otra cualquiera. El yihadismo analiza, muta y golpea. No duda en aunar sus fuerzas a la hora de desplegar en suelo europeo a predicadores de un islam radical en nombre de una libertad de expresi&oacute;n contra la que lucha cobardemente asesinando a caricaturistas.
    </p><p class="article-text">
        Tras haber convivido con ellas durante un a&ntilde;o, suelo pensar que las madres de estos yihadistas se hacen a s&iacute; mismas las buenas preguntas, con la &uacute;nica intenci&oacute;n de reconstruir el puzle que rompi&oacute; sus vidas. &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; mi hijo pudo coger aquel avi&oacute;n si estaba fichado?&rdquo;, &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; regres&oacute; de Siria y pudo esconderse en casa durante un mes antes de ser arrestado? &iquest;Cu&aacute;ntos como &eacute;l hay hoy en sus casas?&rdquo; &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; el im&aacute;n que lo adoctrin&oacute; sigue ejerciendo en una mezquita de Par&iacute;s?&rdquo; &ldquo;&iquest;Encontr&oacute; mi hijo en el yihadismo una sacralizaci&oacute;n de la rabia hacia su propio pa&iacute;s?&rdquo; &ldquo;&iquest;De d&oacute;nde le ven&iacute;a esa rabia?&rdquo; &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; mi hijo entr&oacute; ateo a la c&aacute;rcel y sali&oacute; de ella tres meses despu&eacute;s convertido en un salafista?&rdquo;, &ldquo;&iquest;Por qu&eacute; morir all&iacute; fue m&aacute;s atractivo para mi hija que vivir aqu&iacute;?&rdquo; &ldquo;<a href="http://www.institutmontaigne.org/fr/publications/discriminations-religieuses-lembauche-une-realite" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&iquest;Por qu&eacute; en Francia un joven llamado Mohamed tiene cuatro veces menos oportunidades de encontrar trabajo que otro, con el mismo curr&iacute;culum, llamado Michel?</a>&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Lo cierto es que estas madres no siempre obtienen respuestas, pero en estas dudas que corroen sus entra&ntilde;as se reflejan los errores de Europa y los nuestros como sociedad.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Estamos haciendo lo &nbsp;necesario para impedir que m&aacute;s j&oacute;venes se unan a la yihad? S&iacute;. John Dorrian, portavoz de la coalici&oacute;n, anunciaba esta semana que el n&uacute;mero de yihadistas que llega hoy a Siria o Iraq se ha derrumbado un 95% en los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os, cuando el flujo de combatientes de todas las nacionalidades alcanzaba los 1.500 al mes. Hoy la cifra ronda el centenar. &iquest;Significa esto que la ideolog&iacute;a yihadista ha dejado de tener cabida en nuestras sociedades? En absoluto.
    </p><p class="article-text">
        Frente a nosotros, el caos espera. Y es paciente. Cuando, en agosto de 2016 Daesh perdi&oacute; la ciudad de Manbij (Siria) su &oacute;rgano propagand&iacute;stico difundi&oacute; un v&iacute;deo con este eslogan, que resume el reto al que nuestra sociedad va a enfrentarse en los pr&oacute;ximos a&ntilde;os: &ldquo;Hemos perdido una batalla, pero hemos ganado una generaci&oacute;n que conoce a su enemigo&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alexandra Gil]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/hijo-convirtio-terrorista-lado-vida_129_3374308.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 May 2017 17:29:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Radicalización,Yihadismo,Europa]]></media:keywords>
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