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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sara Cantos]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/sara_cantos/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sara Cantos]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Viaje a la cuna del khat, la droga blanda del Cuerno de África]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/etiopia-khat_1_3199191.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/45350988-1b0d-49e6-917e-e7f5199028b3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Viaje a la cuna del khat, la droga blanda del Cuerno de África"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La ciudad etíope de Harar es la meca del khat, un estimulante que se cultiva en el Cuerno de África y consumen más de 20 millones de personas en el mundo</p><p class="subtitle">El khat se consume a cualquier hora y en cualquier sitio y representa el sustento económico de miles de familias</p><p class="subtitle">En la última década su penetración en Europa ha aumentado y su prohibición también</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;Aqu&iacute; la consumimos todos, es normal&rdquo;. Yirgalem tiene 23 a&ntilde;os, es estudiante y vive en Harar, cuarta ciudad santa del Islam enclavada entre monta&ntilde;as en la cristiana y ortodoxa Etiop&iacute;a. Por las ma&ntilde;anas cuida una plantaci&oacute;n de khat. Por la tarde va a clase. Su padre, como &eacute;l y sus hermanos, consume khat y su madre lo vende en el mercado.
    </p><p class="article-text">
        La de Yirgalem es una familia est&aacute;ndar en Harar, la meca mundial del khat. Aqu&iacute; la vida diaria discurre en torno a esa planta, que marca el ritmo de lo cotidiano y sostiene la econom&iacute;a de la zona. Dos tercios de la poblaci&oacute;n la consume &ldquo;desde los 15 a&ntilde;os o quiz&aacute;s antes&rdquo;, apunta el joven. En el campo, las aceras, el mercado, las cafeter&iacute;as o en la medina amurallada, Patrimonio de la Humanidad, que envuelve la ciudad de las cien mezquitas. En cualquier sitio se vende y se mastica khat.
    </p><p class="article-text">
        El khat es un arbusto que crece en las alturas en el este de &Aacute;frica. Sus hojas frescas &ndash;peque&ntilde;as y de color verde ros&aacute;ceo&ndash; contienen una sustancia nitrogenada llamada catinona que, al masticarlas, produce un efecto estimulante similar a las anfetaminas, pero menos fuerte.
    </p><p class="article-text">
        En la Uni&oacute;n Europea, el khat est&aacute; considerado un estupefaciente ilegal y el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicoman&iacute;as avis&oacute; a principios de esta d&eacute;cada de un aumento de su consumo y comercio en pa&iacute;ses de la UE. En Espa&ntilde;a, la primera vez que las autoridades se incautaron de una cantidad de khat fue en 2008. Desde entonces, el debate sobre su penetraci&oacute;n y repercusi&oacute;n en la salud est&aacute; sobre la mesa de muchas instituciones europeas y en el punto de mira del control policial.
    </p><p class="article-text">
        En Reino Unido, donde el khat estaba m&aacute;s presente, se considera una droga de clase C (la menos grave) y es ilegal desde 2014. En Espa&ntilde;a, solo se puede adquirir legalmente en farmacias, es decir, a trav&eacute;s de productos farmac&eacute;uticos que tengan el compuesto de la planta y solo est&aacute; permitida su tenencia como uso ornamental. 
    </p><p class="article-text">
        Para Yirgalem, en cuyo pa&iacute;s mascar khat es una costumbre ancestral que trasciende barreras sociales, pol&iacute;ticas y de clase, hablar del consumo de esta planta como un problema roza el surrealismo. &ldquo;Aqu&iacute; es tan normal masticar khat como beber caf&eacute;&rdquo;, dice sonriente en una conversaci&oacute;n con eldiario.es. O como tomarse una cerveza en Espa&ntilde;a. Est&aacute; en todos los sitios. 
    </p><h3 class="article-text">Una fuente de ingresos vital en la zona</h3><p class="article-text">
        La plantaci&oacute;n de Yirgalem est&aacute; a cinco kil&oacute;metros del pueblo. Se saca 30 birr al d&iacute;a, poco m&aacute;s de un euro. Los arbustos miden unos dos metros y se extienden por la monta&ntilde;a. Producen varias cosechas al a&ntilde;o y la lluvia es su gran aliada y factor decisivo para determinar su precio. &ldquo;A m&aacute;s lluvia, m&aacute;s fresca es la hoja y m&aacute;s cara se vende&rdquo;, comenta. En verano es muy barato, &ldquo;el kilo puede costar en el mercado harar&iacute; unos 500 birr (20 euros) pero en otras &eacute;pocas alcanza los 7.000 birr (240 euros)&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En Occidente, el precio se puede multiplicar por diez, aunque est&aacute; sujeto a una notable fluctuaci&oacute;n. &ldquo;Se exporta mucho&rdquo;, afirma mientras camina r&aacute;pido por la siembra. Los productores de khat en Etiop&iacute;a han disfrutado de una gran expansi&oacute;n hacia otros mercados internacionales y se habla de que el 15% de los ingresos por exportaci&oacute;n procede del khat, que recorta distancia con el caf&eacute; &ldquo;porque es m&aacute;s rentable y da dinero todo el a&ntilde;o&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Representa una fuente de ingresos vital para los agricultores y muchas familias porque al cuidado de las plantaciones se suma la recolecci&oacute;n, distribuci&oacute;n en el mercado local y exportaci&oacute;n a otros pa&iacute;ses. En definitiva, da &ldquo;trabajo para mucha gente&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Masticar khat, una costumbre cotidiana</h3><p class="article-text">
        Varios trabajadores saludan, charlan y sonr&iacute;en mostrando las comisuras coloreadas de verde entre los arbustos. No son ni las 11 de la ma&ntilde;ana. El khat no entiende de horarios. Se consume masticando los brotes tiernos, que se pueden acumular en un lado de la boca o simplemente tragar con agua. Por eso hay mucha gente sentada en aceras y mercados recostada con su bolsita de khat y una botella de agua.
    </p><p class="article-text">
        Dos braceros se encuentran en esta posici&oacute;n en un cuartucho para el acopio de la planta. Est&aacute;n tumbados sobre un lecho de hojas, con una gran bolsa llena de khat y una botella. Sus gestos y su conversaci&oacute;n transcurren a c&aacute;mara lenta. &ldquo;Ellos mastican mucho m&aacute;s de lo habitual en cualquier persona&rdquo;, justifica Yirgalem. Las dentaduras verdosas y los p&aacute;rpados relajados ilustran la advertencia de la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud: &ldquo;Es una droga susceptible de generar una dependencia psicol&oacute;gica entre ligera y moderada, a veces adicci&oacute;n&rdquo;.
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        Saliendo de la plantaci&oacute;n hay caminos y veredas y algunas casas de agricultores. En una de ellas se ve gente. Hay dos j&oacute;venes en una habitaci&oacute;n, tumbados con libros, tomando khat. Est&aacute;n estudiando. &ldquo;El khat ayuda a la concentraci&oacute;n&rdquo;, explica Yirgalem, y a&ntilde;ade que le ayuda a estar m&aacute;s despierto.
    </p><p class="article-text">
        En Harar, empinada a 1.800 metros de altitud, la cosecha es buena porque se dan las condiciones climatol&oacute;gicas adecuadas. Las callejuelas de su medina son un hervidero de gente vendiendo khat. Los autobuses circulan atestados de pasajeros &ndash;la mayor&iacute;a mujeres&ndash; cargados con fardos de khat envueltos en hojas de pl&aacute;tano para conservarlo fresco m&aacute;s tiempo. Lo llevan para su venta a las poblaciones vecinas o a los pueblos fronterizos con Somalia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Se exporta a muchos sitios de &Aacute;frica, pero tambi&eacute;n a Estados Unidos y Europa&rdquo;, se&ntilde;ala el joven. M&aacute;s de 20 millones de personas lo consumen en el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Una bolsita peque&ntilde;a vale 50 birr, no llega a dos euros. El sabor es ligeramente amargo pero no desagradable. Al contacto con el paladar es suave. Lo m&aacute;s llamativo es la gran sequedad que produce en la boca. La costumbre de la botella de agua cobra sentido. Siguiendo el ritual, las prisas se quedan aparcadas fuera del bar donde tiene lugar el &uacute;ltimo encuentro.
    </p><h3 class="article-text">Khat para matar el hambre</h3><p class="article-text">
        Dentro hay seis hombres, dos mujeres y el camarero. Kadra, de 30 a&ntilde;os, y su amiga toman khat habitualmente. Y cerveza. Llama la atenci&oacute;n porque no se ven muchas mujeres consumi&eacute;ndolo en p&uacute;blico. Tras unas dos horas de charla con unos y otros, la sensaci&oacute;n es encasillable entre la placidez y el j&uacute;bilo.
    </p><p class="article-text">
        Aparte de sus efectos sobre el estado de &aacute;nimo, tambi&eacute;n aumenta la libido y quita el apetito. En pa&iacute;ses donde el khat forma parte de la vida diaria, como en Etiop&iacute;a, Yemen o Somalia, y est&aacute;n <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/ninos-muertos-desnutricion-Etiopia-MSF_0_658984903.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">azotados por el hambre</a>, se ha detectado un incremento del consumo del khat para matar el hambre y una iniciaci&oacute;n en su consumo m&aacute;s temprana.
    </p><p class="article-text">
        Algunas voces est&aacute;n alertando sobre esta peligrosa pr&aacute;ctica que se queda en an&eacute;cdota en medio de un pa&iacute;s en guerra. Esto es posible porque esta droga de las monta&ntilde;as es barata, legal, f&aacute;cil de comprar y est&aacute; socialmente bien vista. En este escenario y con estas reglas se mueve en Etiop&iacute;a el mercado del khat, el oro verde del Cuerno de &Aacute;frica y opio del pueblo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sara Cantos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/etiopia-khat_1_3199191.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 Sep 2017 18:46:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Etiopía,Drogas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los 'refugiados climáticos' en Somalilandia: "Si no existes para nadie, nadie te va a ayudar"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/refugiados-climaticos-somalilandia-existes-nadie_1_1165317.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7d117f8a-eb72-4ef7-9ef4-d68ea291a0ec_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los &#039;refugiados climáticos&#039; en Somalilandia: &quot;Si no existes para nadie, nadie te va a ayudar&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los campamentos de pastores desplazados que han perdido su ganado se mezclan con los campos de refugiados de guerra en Somalilandia, una región de Somalia</p><p class="subtitle">La sequía amenaza esta región del Cuerno de África y el número de refugiados por culpa de la falta de agua no para de crecer</p><p class="subtitle">"Necesitamos comer, trabajar, ayuda de otros países, necesitamos que se hable de nosotros para que sepan que existimos", comenta Hodo, una desplazada</p></div><p class="article-text">
        La sequ&iacute;a gan&oacute; la partida a Hodo Hassan Osman. Tras perder su ganado, con 32&nbsp;a&ntilde;os y ocho hijos sali&oacute; en busca de la lluvia. Abandon&oacute; su poblado, Bali Ahmed, en el centro de Somalilandia, y tras varios d&iacute;as caminando por una regi&oacute;n yerma e inh&oacute;spita se estableci&oacute; con su familia en el campamento de desplazados de Digaale, a unos 15&nbsp;kil&oacute;metros de la capital, Hargeisa.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, despu&eacute;s de tres a&ntilde;os y otro hijo, subsiste junto a otras 920 familias de pastores sin reses, invocando al cielo y a la comunidad internacional.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hodo y sus vecinas lo perdieron todo a causa de la sequ&iacute;a que ya se anota tres temporadas en Somalilandia. Dan vueltas en grupos por el campamento, cubiertas por su chador&nbsp;&ndash;velo que utilizan las mujeres musulmanas&ndash;, bajo un sol abrasador. Alrededor se arremolinan ni&ntilde;os que juegan, inquietos, y curiosean. Su escenario cotidiano&nbsp;&ndash;tierra y polvo&ndash;&nbsp;resulta poco convincente como espacio l&uacute;dico, as&iacute; que la visita de cualquier desconocido cobra la magnitud de entretenimiento en Digaale.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hoy tampoco llueve&rdquo;, exclama Hodo mirando a las nubes. Sabe d&oacute;nde dirigir su vista pero tambi&eacute;n sus reivindicaciones. Con el arrojo de una l&iacute;der carism&aacute;tica, habla sobre su situaci&oacute;n, la de su comunidad y la de un pa&iacute;s entero. &ldquo;Necesitamos comer, trabajar, ayuda de otros pa&iacute;ses, necesitamos que se hable de nosotros para que sepan que existimos&rdquo;, reclama en una conversaci&oacute;n con eldiario.es.
    </p><p class="article-text">
        Todos a su alrededor asienten con la cabeza cargando sus palabras de raz&oacute;n. Somalilandia es una regi&oacute;n somal&iacute; que funciona desde hace muchos a&ntilde;os de forma independiente ante la carencia de un Gobierno real en Mogadiscio. No es reconocido como Estado independiente por ning&uacute;n pa&iacute;s. La consecuencia de este aislamiento, de hecho y de derecho, la explica&nbsp;Hodo: &ldquo;Si no existes para nadie, nadie te va a ayudar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El Gobierno lleva 26 a&ntilde;os trabajando para conseguir ese reconocimiento. Mientras tanto, no puede acceder al cr&eacute;dito internacional y, mucho menos, tener fondos para reconstruir un pa&iacute;s devastado tras la guerra. La consecuencia la viven familias como la de Hodo, que pueblan campos de desplazados tras perder mas que su trabajo, su forma de vida.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Ser pastor es imposible&rdquo;, afirma la desplazada. El estilo de vida tradicional n&oacute;mada se ve amenazado por <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/Trabajo-infantil-violaciones-palizas-Somalia_0_642535966.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la sequ&iacute;a que azota el Cuerno de &Aacute;frica</a>&nbsp;y, seg&uacute;n alerta la Agencia de la ONU para los refugiados (Acnur), puede ser peor que la de 2011, cuando murieron 260.000 personas. A Hodo no le hace falta leer los informes de ning&uacute;n organismo internacional alertando sobre la tragedia.&nbsp;&ldquo;La vivo en primera persona&rdquo;, dice.
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        A pocos kil&oacute;metros del campamento es f&aacute;cil ver pastores, como Mohamed Abdula, con sus camellos pastando donde pueden y aliment&aacute;ndose de chumberas resecas y buganvillas, el &uacute;nico forraje posible. Mohamed ha visto morir a 12&nbsp;de sus 20 camellos. Como &eacute;l, miles. La sequ&iacute;a est&aacute; provocando la muerte del ganado, columna vertebral de la econom&iacute;a del pa&iacute;s junto a las remesas de la di&aacute;spora.
    </p><p class="article-text">
        <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/Gran-Somalia-fracaso-sueno_0_244626162.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Somalilandia</a>&nbsp;fue protectorado brit&aacute;nico hasta 1960, despu&eacute;s se integr&oacute; en la antigua Somalia colonizada por los italianos cre&aacute;ndose la Somalia unificada. En 1991, tras la ca&iacute;da del dictador Siyad Barre y el estallido de la guerra civil en Somalia, se separ&oacute; y naci&oacute; la Rep&uacute;blica de Somalilandia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando su pa&iacute;s se independiz&oacute;, Hodo ten&iacute;a nueve a&ntilde;os. De ni&ntilde;a vivi&oacute; la dictadura pero prefiere mirar hacia delante y confiar en las posibilidades de Somalilandia y en su reconocimiento como naci&oacute;n de pleno derecho. No en vano, cuenta con una Constituci&oacute;n, un presidente elegido democr&aacute;ticamente, una moneda, bandera, Ej&eacute;rcito y un cuerpo de polic&iacute;as propios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pese a plantar cara al aislacionismo y a la falta de agua, estos dos factores siguen quebrando la tierra y la paciencia de los ciudadanos que, como Hodo, tratan de esquivar la hambruna. Digaale surgi&oacute; hace tres a&ntilde;os como soluci&oacute;n provisional para el creciente n&uacute;mero de refugiados&nbsp;que han tenido que abandonar sus hogares&nbsp;debido a la sequ&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        La escasez de medios econ&oacute;micos y de voluntad pol&iacute;tica han hecho que el campo no pare de crecer. Est&aacute; formado por m&uacute;ltiples filas de chozas hechas con chapa, ramas y piedras. Tiene una consulta m&eacute;dica, una escuela y una mezquita, un par de puestos de comida, un peque&ntilde;o almac&eacute;n y algo parecido a una cafeter&iacute;a&nbsp;&ndash;un mostrador con un fuego&ndash;&nbsp;donde Awal prepara t&eacute; y caf&eacute;. Sorprendentemente, tambi&eacute;n hay una peque&ntilde;a oficina de polic&iacute;a. Todo apunta a que Digaale ni es una soluci&oacute;n, ni es provisional.
    </p><h3 class="article-text">De la violencia al abandono</h3><p class="article-text">
        Sin embargo, hay una realidad m&aacute;s tr&aacute;gica a solo una hora de coche de Digaale. Sobre una suave colina se extiende el campo de refugiados Nasoo Xablode, en el distrito de Shiraaqle, al norte de Hargeisa. Es el hogar de Samato Cisman. All&iacute; vive desde los 20 a&ntilde;os&nbsp;&ndash;hoy tiene 27&ndash;&nbsp;junto a su prima Basta Axmed, su t&iacute;a Sof&iacute;a Cabdilah y m&aacute;s de 1.000 familias huidas de la violencia de Mogadiscio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los campamentos de los &ldquo;desplazados clim&aacute;ticos&rdquo; poco se parecen a los de refugiados de guerra. Naaso Xablode lleva en pie siete a&ntilde;os desparramado sobre un monte, yermo de vida animal y vegetal, y desprovisto de un m&iacute;nimo de dignidad para considerarlo hogar de nadie.
    </p><p class="article-text">
        Samato y casi 6.000 somal&iacute;es m&aacute;s subsisten aqu&iacute; en tiendas de campa&ntilde;a con forma de igl&uacute; fabricadas con ramas de &aacute;rboles, retales de ropa, mantas de colores y cartones. Huy&oacute; de Mogadiscio en 2010 con parte de su familia y ninguno de ellos escap&oacute; sin heridas f&iacute;sicas. Ni emocionales. &ldquo;A m&iacute; me pegaron y me hirieron en un tiroteo&rdquo;, recuerda a este medio mientras come su raci&oacute;n de arroz diaria.
    </p><p class="article-text">
        A veces sue&ntilde;a que est&aacute; dando una vuelta por el campamento y le disparan. Su t&iacute;a, que roza la cincuentena, ense&ntilde;a, mientras cocina en la penumbra de su habit&aacute;culo, la marca que le dej&oacute; en la pierna una bala cuando trataba de huir de un enfrentamiento en plena calle. Su prima se llev&oacute; la peor parte porque no puede disimular las cicatrices f&iacute;sicas. Un tiro le alcanz&oacute; la cara y perdi&oacute; un ojo.
    </p><p class="article-text">
        Samato cuenta que vivir en Mogadiscio era &ldquo;vivir en el infierno&rdquo;. &ldquo;No se pod&iacute;a salir a la calle porque corr&iacute;as el riesgo de morir en cualquier momento&rdquo;, relata. Por eso huyeron. El caos violento de Mogadiscio los empuj&oacute; a la miseria tranquila de Somalilandia. Se alegra de estar ahora en un pa&iacute;s estable pero el abandono en el que viven desde que llegaron le revuelve el est&oacute;mago. Se queja de que otros campos reciben ayuda del Gobierno o las ONG &ldquo;pero a nosotros no nos ayuda nadie y tenemos que pagar hasta el agua que bebemos&rdquo;, denuncia indignado.
    </p><p class="article-text">
        Varias organizaciones humanitarias han visitado el campamento, pero muchos desplazados de este y otros campos se quejan de que reciben visitas y promesas pero no ayuda. Mohamed H. Djama, somaliland&eacute;s de 58 a&ntilde;os, taxista y gu&iacute;a, vive en Hargeisa, ha sido refugiado en Yemen muchos a&ntilde;os y ha colaborado con algunas ONG&nbsp;internacionales, a las que critica. &ldquo;En Yemen ven&iacute;an a los campamentos, recababan datos, tomaban fotos, consegu&iacute;an subvenciones internacionales y no volv&iacute;an&rdquo;, sostiene.
    </p><p class="article-text">
        El calor y la falta de humanidad se pelean por ser protagonistas en Nasoo Xablode. Por supuesto, no hay escuela, ni mezquita ni una tienda de mala muerte. Mucho menos un m&eacute;dico que acuda una vez al mes.&nbsp;Los primeros refugiados procedentes de Mogadiscio llegaron aqu&iacute; en 2010, un a&ntilde;o despu&eacute;s de la &uacute;ltima guerra en Somalia y tras la retirada del ej&eacute;rcito de Etiop&iacute;a. Miles huyeron hacia otros territorios de Somalia. Otros encontraron cobijo en pa&iacute;ses vecinos, como Samato y su familia en Somalilandia, el vecino pac&iacute;fico que 26 a&ntilde;os despu&eacute;s sigue sin existir. Y se muere de sed.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sara Cantos]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/refugiados-climaticos-somalilandia-existes-nadie_1_1165317.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Aug 2017 17:43:25 +0000]]></pubDate>
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