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    <title><![CDATA[elDiario.es - Sabina Urraca]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/sabina_urraca/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Sabina Urraca]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Tres fragmentos de 'Escribir antes', el nuevo libro de Sabina Urraca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/tres-fragmentos-escribir-nuevo-libro-sabina-urraca_1_12140499.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fe4881a0-c87d-4c0b-b5c2-4009c5c5ee99_16-9-discover-aspect-ratio_default_1113781.jpg" width="1102" height="620" alt="Tres fragmentos de &#039;Escribir antes&#039;, el nuevo libro de Sabina Urraca"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ediciones Comisura publica el 31 de marzo los diarios de escritura de la periodista durante el proceso de creación de su novela 'El celo'; que incluyen apuntes, poemas, anécdotas y pensamientos con los que ahondar en los entresijos de la obra</p><p class="subtitle">Sabina Urraca: “Reducir la literatura a temas y 'hashtags' es peligrosísimo”
</p></div><p class="article-text">
        Para&iacute;so. Habitaci&oacute;n peque&ntilde;a, como me gusta, con estudio peque&ntilde;o, como necesito. Que no haya nada que no pueda verse de un vistazo, ning&uacute;n recoveco donde pueda haber algo oculto. Pero a medida que nos acerc&aacute;bamos en coche a la casa, blanca, sencilla pero imponente frente al mar y los pinos, vi esa otra amenaza ya imaginada: demasiada belleza, est&iacute;mulos, chispazos de luz, las historias de los dem&aacute;s; todo ello transform&aacute;ndose en un tobog&aacute;n untado en aceite. Me deslizo y desaparezco. Fiuuum. La novela que estoy escribiendo se difumina, queda atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Es el problema: En las residencias de escritura, m&aacute;s que calmarme, el entorno me trastorna, me llama a gritos. Esa curiosidad me hace escribir cosas distintas al libro que tengo entre manos, entregarme a pasiones que no son la pasi&oacute;n a la que ven&iacute;a yo. Hoy se me cruza esta idea y se queda ah&iacute; como un jabal&iacute; deslumbrado: este diario, m&aacute;s que el diario de la escritura de la novela o de la estancia, ser&aacute; el relato que narre mi intento de huir de la distracci&oacute;n y las historias del propio entorno. El entorno corre tras de m&iacute; para engullirme, yo huyo. Y mientras huyo, lo cuento.
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        Hace poco una amiga con ovario poliqu&iacute;stico me cont&oacute; en qu&eacute; consiste su dolencia. Creo que es lo mismo que me pasa a m&iacute; con las ideas. Se me ocurren tantas que se apelotonan, se atascan y no escribo ninguna en absoluto. Luego, de pronto, y forzada por alguna cuesti&oacute;n hormonal (v&eacute;ase deadline, contrato firmado, &iquest;no es la adrenalina una hormona?) empiezo a sangrar alguna de las ideas. Entonces se vuelve imparable ese caudal, anega el tamp&oacute;n, se desborda de la compresa. Y precisamente por eso termina siendo algo descontrolado, fuera de estructuras, intuitivo. Cuando el texto o el libro ya est&aacute; publicado pienso: &iquest;Qu&eacute; he hecho? Leo p&aacute;rrafos de mis libros y es como si no los hubiese escrito yo. Los miro con sorpresa. Son como una gran mancha de sangre en el sof&aacute;, que se ha ido formando mientras yo hac&iacute;a otra cosa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        *
    </p><p class="article-text">
        Mi madre quiere que deje de escribir autoficci&oacute;n. Me lo dijo en una de las &uacute;ltimas conversaciones que tuvimos antes de que dej&aacute;ramos de hablar. Yo sigo sin tener claro lo que es. S&oacute;lo s&eacute; que ser&iacute;a idiota si no utilizase lo que la realidad me pone delante. Y que ser&iacute;a idiota si no inventase todo lo que me apetece. Pero ella ve se&ntilde;ales de m&iacute;, de peligro, en cada texto. Recuerdo: se lamentaba al otro lado del tel&eacute;fono, ten&iacute;a miedo. Me ped&iacute;a que moderase la brutalidad de mis textos de la misma forma en que a los trece a&ntilde;os, el d&iacute;a que mi cuerpo alcanz&oacute; el peso suficiente para que me volviese a venir la regla, me sugiri&oacute; que ser&iacute;a maravilloso que me quedara as&iacute; como estaba.<em> As&iacute;</em>: en el peso justo para que mi cuerpo arrojase cierta normalidad, un poco de sangre. Pero muy flaca. O a mis catorce, horrorizada por lo que le estaba contando &mdash;un enamoramiento febril, doliente, por una chica del grupo de teatro&mdash; conduciendo muy r&aacute;pido por la carretera hacia La Punta, la vista al frente, p&aacute;lida: &laquo;Pero las mujeres no te gustan sexualmente, &iquest;no? &iquest;A que no?&raquo;. Siempre ese ruego desesperado: una anor&eacute;xica funcional, lo justito para ser f&eacute;rtil. Una bisexual plat&oacute;nica, limpia. Una escritora c&oacute;moda para una madre asustada. Que escribe, pero sin pasarse.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/libros/tres-fragmentos-escribir-nuevo-libro-sabina-urraca_1_12140499.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Mar 2025 21:17:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Adelanto editorial,Literatura,Novela,Editoriales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo ver películas anteriores a los tiempos de la corrección política]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/peliculas-anteriores-tiempos-correccion-politica_129_2819027.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6c0fec1a-521c-4010-aa5b-6ddacd5a323f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cómo ver películas anteriores a los tiempos de la corrección política"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si hurga un poco en sí mismo y se recuerda viendo por primera vez la película o serie que ahora dispara sus alarmas morales, se percatará de que la razón por la que ahora le indigna y hace años pasó desapercibida ante sus ojos es simple: hace años, cuando usted vio la serie, también era así</p></div><p class="article-text">
        1. Si&eacute;ntese, t&uacute;mbese.
    </p><p class="article-text">
        2. Ponga la pel&iacute;cula.
    </p><p class="article-text">
        2.1. BREVE INCISO: Realmente, esta columna podr&iacute;a llegar hasta aqu&iacute; -&iquest;es necesario algo m&aacute;s, aparte de ver una pel&iacute;cula, para ver una pel&iacute;cula?- pero el otro d&iacute;a tuve una conversaci&oacute;n con una mujer amante del cine que me asegur&oacute; que se negaba a ver pel&iacute;culas de Almod&oacute;var, porque, desde que revision&oacute; &Aacute;tame, hab&iacute;a quedado horrorizada ante los valores machistas que transmit&iacute;a. Esta mujer se estaba negando el acceso a cualquier producto cultural contrario a sus ideas. Dos d&iacute;as despu&eacute;s, otra mujer me asegur&oacute; que hab&iacute;a decidido ver &uacute;nicamente pel&iacute;culas que pasasen el Test de Bechdel. Respetando las decisiones de estas dos mujeres, no puedo evitar sentir un escalofr&iacute;o antes de continuar este texto.
    </p><p class="article-text">
        3. Disfrute la pel&iacute;cula. No importa que est&eacute; viendo la serie Friends, la pel&iacute;cula cl&aacute;sica Gilda o La Sirenita (obviamente, no es balad&iacute; la elecci&oacute;n concreta de estas tres pel&iacute;culas). Seguro que habr&aacute; momentos en cada una de ellas que ser&aacute;n capaces de producirle cierto solaz, ya sea por primera o por quincuag&eacute;simo tercera vez.
    </p><p class="article-text">
        4. A medida que avanza la trama, si es una persona m&iacute;nimamente cr&iacute;tica y consciente, con la mente afinada a los tiempos y las luchas que corren, se percatar&aacute; de peque&ntilde;os detalles (en algunas ocasiones no tan peque&ntilde;os) y conversaciones de los protagonistas que de alguna forma alteran a la persona recta, justa y preocupada por el bienestar y la correcci&oacute;n moral que habita en usted.
    </p><p class="article-text">
        5. Tras percatarse de estos detalles disonantes, sentir&aacute; un peque&ntilde;&iacute;simo asomo de indignaci&oacute;n mezclada con sorpresa. &iquest;C&oacute;mo es posible que esos detalles hom&oacute;fobos, xen&oacute;fobos, machistas y perpetuadores de un esquema patriarcal le hayan pasado desapercibidos hasta ahora? La respuesta la encontrar&aacute; en el siguiente punto.
    </p><p class="article-text">
        6. Si hurga un poco m&aacute;s en s&iacute; mismo y se recuerda viendo por primera vez ese producto audiovisual que ahora dispara sus alarmas morales, se percatar&aacute; de que la raz&oacute;n por la que ahora le indigna y hace a&ntilde;os pas&oacute; desapercibida ante sus ojos es simple y sencilla: hace a&ntilde;os, cuando usted vio la serie, tambi&eacute;n era as&iacute;. Yo no dir&iacute;a que viv&iacute;a enga&ntilde;ado, ni que ten&iacute;a una venda ante los ojos, ni siquiera que, como suele decirse, &ldquo;no se hab&iacute;a puesto las gafas del feminismo&rdquo;. Simplemente, los tiempos  eran distintos, usted era m&aacute;s joven y sab&iacute;a menos cosas. Afortunadamente, las personas, al igual que los productos audiovisuales, evolucionan.
    </p><p class="article-text">
        7. Perm&iacute;tanme que haga un breve inciso para ponerles un ejemplo personal: Hace a&ntilde;os, contando yo con 18, le coment&eacute; a una amiga de mi misma edad que me hab&iacute;a acostado con una novia que me hab&iacute;a echado. Eran tiempos emocionantes, de gran transgresi&oacute;n, y sent&iacute; un chispazo de poder al decirle que &ldquo;hab&iacute;amos follado&rdquo;. Ella, muy segura de s&iacute; misma, se ri&oacute;, dici&eacute;ndome: &ldquo;Pero si las lesbianas no follan&rdquo;. Esta frase, de haber sido pronunciada actualmente en un debate televisivo, habr&iacute;a hecho saltar las sirenas de la indignaci&oacute;n, y el dedo acusador de la LGTBfobia habr&iacute;a aplastado a quien osara pronunciar aquella muestra de ignorancia cerril. La chica que pronunci&oacute; aquella fat&iacute;dica frase sigue siendo mi amiga hoy en d&iacute;a, ya tiene bastante claro que dos mujeres s&iacute; que pueden follar, y por nada del mundo se me ocurrir&iacute;a reprocharle aquella frase de hace mil a&ntilde;os, por la simple raz&oacute;n de que en aquel entonces apenas comenz&aacute;bamos a tener los conocimientos ni las herramientas necesarias para pensar de otra forma. Ahora, cuando hablamos de aquella conversaci&oacute;n del pasado que las dos recordamos, la observamos con la justicia de saber que aquellos eran otros tiempos. No le exigimos a nuestros yoes del pasado una correcci&oacute;n pol&iacute;tica ni una amplia conciencia hacia la sexualidad LGTB porque &eacute;ramos dos micos de 18 a&ntilde;os en un momento en el que pensar as&iacute; no era extra&ntilde;o (lo cual no legitima este modo de ver las cosas; simplemente lo coloca en un marco temporal que facilita su comprensi&oacute;n).
    </p><p class="article-text">
        8. Miren el miedo a ser gay de Ross, el guantazo a Gilda y la facilidad de La Sirenita para vender su voz por amor con un poquito de perspectiva hist&oacute;rica. Anal&iacute;cenlo, claro que s&iacute;, y abran bien los ojos para percatarse de ello. Piensen que, a peque&ntilde;a escala, exigir que Chandler no se averg&uuml;ence de su padre trans es como ver Mujercitas, entrar en c&oacute;lera porque las protagonistas no llevan pantalones y tienen que quedarse bordando en casa, y pedir que dejen de emitir la pel&iacute;cula cada a&ntilde;o en televisi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En cierta manera, agradezcamos que exista Friends, que exista Disney, que exista Gilda. Aparte de poseer, cada una a su particular manera, genialidades que pueden hacernos disfrutar, estos productos culturales son, de alguna forma, estratos en la gruesa corteza de nuestra cultura que, sabiamente excavados y observados con ojos de arque&oacute;logo, podr&aacute;n darnos datos sobre c&oacute;mo fuimos un d&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/peliculas-anteriores-tiempos-correccion-politica_129_2819027.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Jan 2018 18:48:39 +0000]]></pubDate>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Querida Maricarmen]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/querida-maricarmen_129_2931033.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/75af96a6-31ba-4648-8d68-be6ed0e58a45_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Querida Maricarmen"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuando digo Maricarmen, me refiero a esta masa de la mujer española media que, en lugar de máscara, ostentase todo lo contrario a esa ocultación: un cuerpo expuesto, desde que nace, a toda clase de abusos e injusticias</p><p class="subtitle">¿Por qué, en lugar de insultar a Catherine Millet o ensalzar repetidamente la mirada feminista de El cuento de la criada, no recordamos los momentos en los que quizás debimos levantar la voz, señalar y decir: esto es injusto?</p></div><p class="article-text">
        Esta columna iba a llamarse &ldquo;Querida Rose McGowan&rdquo;. Despu&eacute;s pens&eacute; en llamarla &ldquo;Querida Catherine Deneuve&rdquo;. Si la columna hubiese ostentado el primer t&iacute;tulo, habr&iacute;a hecho una reflexi&oacute;n, dirigi&eacute;ndome de forma ficcional a Rose McGowan, sobre el hecho de ser la primera en se&ntilde;alar una injusticia, la primera en quedar a solas con esa acusaci&oacute;n, en suspenso, esperando a que la gente que s&oacute;lo observa y no se pronuncia reaccione. Habr&iacute;a hablado del dolor de ver c&oacute;mo tu denuncia es regurgitada en forma de producto de marketing, en un mensaje positivo despu&eacute;s de un hashtag, despu&eacute;s de haber sido silenciada y apartada de tu carrera profesional por aquellos que prefer&iacute;an no escuchar tu voz. Si la columna, en cambio, se hubiese dirigido a Catherine Deneuve, me habr&iacute;a visto escribiendo un manifiesto ironizante -a veces es m&aacute;s sano para el h&iacute;gado dirigir el resquemor hacia la burla justificada- ri&eacute;ndome de esa cultura de la seducci&oacute;n que permite que las alima&ntilde;as sean consideradas lobos de espalda plateada, due&ntilde;os y se&ntilde;ores de seducir torpemente al objeto de su deseo, aunque este d&eacute; claras muestras de pasar del asunto.
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, he tenido a bien titular este texto como &ldquo;Querida Maricarmen&rdquo;. Seg&uacute;n Google, Mar&iacute;a del Carmen es el nombre que m&aacute;s mujeres llevan en Espa&ntilde;a. Mar&iacute;a del Carmen, ser&iacute;a el metro sesenta, el calzado del numero 38, el pelo casta&ntilde;o, los ojos marrones; esto es: la mujer media espa&ntilde;ola. &iquest;Por qu&eacute; dirigirme a Catherine Deneuve, a Catherine Millet, o bien, cambiando de &ldquo;bando&rdquo;, a Rosanna Arquette o Mira Sorvino? &iquest;Acaso van a leerme ellas? &iquest;Acaso a alguna de nosotras, maric&aacute;rmenes medias, mujeres que viajamos en apretados vagones de metro, que hemos sido becarias en empresas, que en su momento asistimos a revisiones de ex&aacute;menes, que tuvimos, tenemos o tendremos compa&ntilde;eros de trabajo hombres y cenas de empresa, nos incumben, en &uacute;ltima instancia, los trapos que estas se&ntilde;oras se lancen mutuamente a la cabeza?
    </p><p class="article-text">
        Soy consciente de que la industria de Hollywood, la del cine en general, y estas se&ntilde;oras en particular, son los rostros visibles de una injusticia (o no, seg&uacute;n el frente franc&eacute;s de liberaci&oacute;n del baboso) que nos sucede a estas otras, nosotras, las del metro, la beca, el culo tocado sin permiso en la calle, el jefe que se propasa y contra el que nadie hace nada. Nosotras, maric&aacute;rmenes, mujeres medias que probablemente nos hayamos encontrado frente a abusos de poder parecidos a los suyos, podemos recibir cierta influencia de un movimiento medi&aacute;tico que insta a se&ntilde;alar el abuso, a confesar el acoso, a hacer -y esto es muy valioso- l&iacute;cito el dolor por haber sufrido un encontronazo de este tipo.
    </p><p class="article-text">
        Pero no nos enga&ntilde;emos: discutiendo furibundamente en redes y mostrando apoyo a uno y otro bando s&oacute;lo gastamos nuestras energ&iacute;as en unas se&ntilde;oras que no saben ni qui&eacute;nes somos (y a las que muchas vueltas tendr&aacute; que darles la vida para que un desconocido les muestre el pene en el metro, asqueroso patrimonio de una clase de vidas muy alejadas de la suya).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dice Jessa Crispin en su libro <em>Por qu&eacute; no soy feminista. Un manifiesto feminista</em> que el feminismo no debe ser c&oacute;modo, que no puede ser cobarde, y que eso precisamente es lo que est&aacute; sucediendo. En los &uacute;ltimos tiempos, perdonen ustedes, pero veo que vamos desliz&aacute;ndonos precisamente por la cara amable de este movimiento: de alguna forma, lo hemos transformado en algo bonito, blando, destinado &uacute;nicamente a que una misma viva bien. Este feminismo blandurrio y acomodaticio es completamente in&uacute;til, como lo es pr&aacute;cticamente cualquier moda. Est&aacute; bien como punto de partida est&eacute;tico, pero, en mi opini&oacute;n, tiene pocas bazas para lograr alg&uacute;n cambio. Dicho con otras palabras: a la mano del jefazo que est&aacute; a punto de sobar a una becaria, al ga&ntilde;&aacute;n borracho que va a entrarle por tercera vez, ya empuj&aacute;ndola contra la mesa, a una mujer en un bar, al maltratador oculto bajo la piel de cordero de un tipo simp&aacute;tico y sensible, poco les importa que vilipendies a Deneuve y alabes a Salma Hayek, y viceversa.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute;, en lugar de insultar a Catherine Millet o ensalzar repetidamente la mirada feminista de El cuento de la criada, no recordamos los momentos en los que quiz&aacute;s debimos levantar la voz, se&ntilde;alar y decir: esto es injusto? A lo largo de mi vida he sufrido abuso y acoso en mis propias carnes, como los han sufrido la mayor&iacute;a de mis amigas y conocidas. Un jefe sob&oacute;n al que no supimos parar ni callar, y ni siquiera denunciar. Si hablamos, fue para recibir el vac&iacute;o de toda la empresa, un encogimiento de hombros, un &ldquo;vaya putada, pero es que esto es as&iacute;&rdquo;. He visto, a lo largo de los a&ntilde;os, c&oacute;mo gente maja, gente incluso implicada en luchas pol&iacute;ticas, se retra&iacute;a como un bivalvo al que le echan un chorrazo de lim&oacute;n en el momento de la lucha m&aacute;s de a pie. Gente que era incapaz de posicionarse en un caso claro de maltrato, y que continuaba saludando educadamente al bicho que, de haber estado bien lejos, en otro continente, y de haberse llamado Harvey Weinstein, habr&iacute;an difamado sin miedo en redes, e incluso habr&iacute;an escrito cosas del tipo &ldquo;Este asqueroso merece morir&rdquo; sin que les temblasen los dedos.&nbsp; &nbsp; &nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por eso digo: Querida Maricarmen, no seas cobarde. Cuando digo Maricarmen, me refiero a esta masa de la mujer espa&ntilde;ola media como si fu&eacute;semos un fiero Anonymous que, en lugar de m&aacute;scara, ostentase todo lo contrario a esa ocultaci&oacute;n: un cuerpo expuesto, desde que nace, a toda clase de abusos e injusticias. Querida Maricarmen, no gastes tus energ&iacute;as en el mantenimiento de una farsa activista en redes. Me jugar&iacute;a los dientes a que muchas maric&aacute;rmenes que han actuado con ira hacia los abusos de Hollywwod, no fueron capaces de apoyar en su momento a una chica abusada de su pueblo, simplemente porque el abusador era su primo, o un tipo que les pod&iacute;a conseguir un trabajo en no s&eacute; d&oacute;nde, y, claro, no era plan, no era c&oacute;modo, no era &uacute;til para el beneficio propio, apoyar a esa chica. Cu&aacute;nto m&aacute;s f&aacute;cil es sonre&iacute;r, hacer como si nada sucediese, y seguir adelante con la vida.
    </p><p class="article-text">
        Querida Maricarmen: Ni siquiera te pido que vayas a manifestaciones, sino que, si en tu vida real -no en Hollywood, no en el plat&oacute; de una superproducci&oacute;n- en tu barrio de Cuenca, en tu distrito de Usera, en tu empresa en Bilbao, en tu grupo de amigos de Moratalaz, en tu familia repartida entre Valladolid y Burgos, en esa beca de pr&aacute;cticas en un pol&iacute;gono de Alcobendas, ves c&oacute;mo a alguien le sucede algo de lo que le sucedi&oacute; a la Salma o la Rose o a la Kate Beckinsale de tu entorno, act&uacute;es con la misma convicci&oacute;n y valent&iacute;a con la que ahora mismo insultas a Deneuve y a Millet y defiendes a Oprah. Ser&aacute; duro, tu vida cambiar&aacute;, quiz&aacute;s algunas personas te retiren el saludo. Nada de eso, en principio, va a sucederte desde la seguridad de tu sill&oacute;n, poniendo 'vaya chunga' bajo una foto en Facebook de Rainer Fassbinder ni 'ole sus ovarios' bajo otra de Uma Thurman o Mira Sorvino. Pero nadie dijo que el feminismo fuera algo bonito, c&oacute;modo y f&aacute;cil.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/querida-maricarmen_129_2931033.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Jan 2018 18:43:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Querida Maricarmen]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Feminismo,Abusos sexuales,Hollywood]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Propósito de año nuevo: montar gresca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/proposito-ano-nuevo-montar-gresca_129_2975488.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/63311587-1c42-4b9f-ab20-9229e53520cb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Propósito de año nuevo: montar gresca"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Montémosla, porque es lo único que, lejos de convertirnos en la voz de una generación, podrá acercarnos al gran propósito de año nuevo: ser la voz de una vida</p><p class="subtitle">La gresca que promuevo es la que conlleva levantamiento del espíritu, el ser capaz de abandonar las buenas maneras y decir amablemente: "Lo siento, pero no puedo trabajar sin cobrar. Nadie debería hacerlo"</p></div><p class="article-text">
        Hace un par de d&iacute;as, caminando por una c&eacute;ntrica calle de San Sebasti&aacute;n, divis&eacute; a un grupo de cinco adolescentes que se aproximaban. Cinco mujeres de entre 14 y 18 a&ntilde;os (me pasa ya como con los beb&eacute;s, que lo mucho que me he alejado de esa edad anula mi capacidad de calcularles los a&ntilde;os) avanzaban por la mitad de la calle, torpes pero fingiendo no saber siquiera lo que era la torpeza, como buenas criaturas inmersas en un inmenso pavo. Y de pronto lo vi. &ldquo;I'm the voice of my generation&rdquo;. Ese lema -soy la voz de mi generaci&oacute;n- estaba estampado en las camisetas blancas de tres de ellas. En un principio, en su absurdez, el efecto resultaba casi c&oacute;mico: una marca de ropa estampa un esl&oacute;gan (quiz&aacute;s inspirada en la frase de Hannah Horvath en la serie Girls- que aboga por lo genuino y lo &uacute;nico, vende millones de camisetas, cada una de ellas clamando por lo especial que es la persona que la viste, y en una misma pandilla de amigas, tres de ellas deciden compr&aacute;rsela y vestirla al mismo tiempo. Sonre&iacute; un poco, casi re&iacute;, pero la carcajada qued&oacute; cortada de pronto por el desaliento. La realidad cay&oacute; sobre m&iacute; como un mazazo.
    </p><p class="article-text">
        Pens&eacute; que esas muchachas, cada una ostentando -de forma poco meditada, supongo- un mensaje que les confer&iacute;a cierta presunci&oacute;n de entes con poder del bueno, con una idea magna que transmitir, con una chispa especial para lanzar un mensaje a este mundo absurdo. Me asustan estos mensajes demoledores, esta falsa fuerza a golpe de serigraf&iacute;a sobre tela, porque lo cierto es que nadie -y cuando digo nadie, me refiero a ning&uacute;n millenial, somos, as&iacute;, a grosso modo, la voz de nada-. De hecho, ni siquiera poseemos una voz. Nuestro mensaje, nuestros intentos por comunicar, son un d&eacute;bil hilillo, un gemidito ahogado, no m&aacute;s que eso. La &uacute;nica voz que podemos tener es una grabaci&oacute;n con el tono rob&oacute;tico del loquendo que suelta una retah&iacute;la de palabras aprendidas.
    </p><p class="article-text">
        He tenido la mala suerte en estas fechas de asistir a un reguero de confesiones de gente algo menor que yo, personas que empezaron su vida laboral colaborando en medios que se nutr&iacute;an de su capacidad de trabajo e ilusi&oacute;n, obviando remuneraciones de cualquier tipo. &ldquo;Pro bono&rdquo;, me dijeron que se llamaba ahora este sistema. &ldquo;Pro bono&rdquo;, un latinismo que significa &ldquo;Por el bien p&uacute;blico&rdquo;, y que suena casi bien, a &ldquo;carpe diem&rdquo;, a algo que quedar&iacute;a precioso serigrafiado en una camiseta a la altura del pecho, pero que, aplicado a estos tiempos que corren (y al lenguaje viperino de ciertos directores de medios), simplemente significa que no vas a ver un puto duro. Me dio la sensaci&oacute;n, no obstante, de que estos j&oacute;venes concretos con los que habl&eacute; manten&iacute;an una cierta ilusi&oacute;n que se apoyaba, fundamentalmente, en el uso de estas expresiones, simples barnices ocultadores de la miseria. Esa fachada b&aacute;lsamo, ese trabajo como adorno, complemento de una vida que tambi&eacute;n correr&aacute; peligro de ser m&aacute;scara ocultadora de la nada entendida como injusticia m&aacute;s absoluta. Esa frase exculpadora, como un lema en una camiseta de una adolescente que come pipas, ajena a la atrocidad que van a perpetrar sobre su vida.
    </p><p class="article-text">
        Cuando ve&iacute;a la pel&iacute;cula La M&aacute;scara de peque&ntilde;a me identificaba con el protagonista. Todos &eacute;ramos ese Stanley Ipkiss pardillo que ocultaba a un genio chispeante en su interior. Volv&iacute; a ver esta pel&iacute;cula hace un mes, y, ante mi propio horror, empatic&eacute; brutalmente con la periodista mezquina que traiciona al protagonista para conseguir un malet&iacute;n de dinero y as&iacute; pagar su piso, porque con los art&iacute;culos que escribe no gana para vivir. Obviamente, no es que este comportamiento concordase con mis principios, pero esa angustia en los ojos de aquel personaje que hab&iacute;a olvidado, que de ni&ntilde;a me hab&iacute;a pasado completamente desapercibido, me hizo sentir un vuelco al coraz&oacute;n, porque era la misma que yo sent&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Y se me apareci&oacute;, como lema salvador, la palabra GRESCA. Esta expresi&oacute;n -que suele entenderse como pelea, algarab&iacute;a llena de violencia- expresa, por su airecillo at&aacute;vico castellano y su sonoridad, la clave para caminar hacia la luz. No hablo, obviamente, de pegarse de hostias ni de partirse los morros. La gresca que promuevo es la que conlleva levantamiento del esp&iacute;ritu, el ser capaz de abandonar las buenas maneras y decir amablemente: &ldquo;Lo siento, pero no puedo trabajar sin cobrar. Nadie deber&iacute;a hacerlo&rdquo;. O bien: &ldquo;&iquest;Has pensado en que si no tienes dinero para pagar a tus trabajadores simplemente no deber&iacute;as fundar una revista, una agencia, una productora?&rdquo;. Y acaso tambi&eacute;n: &ldquo;Llevamos cuatro d&iacute;as saliendo de la oficina a la una de la ma&ntilde;ana. Lo siento, pero tengo que poner lavadoras, cuidar a mis seres queridos. Tengo que vivir&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; pues, amigos, montemos gresca. No estampemos esta palabra en una camiseta (aunque qu&eacute; bonita, en rojo sobre blanco, pero no). Mont&eacute;mosla, porque es lo &uacute;nico que, lejos de convertirnos en la voz de una generaci&oacute;n, podr&aacute; acercarnos al gran prop&oacute;sito de a&ntilde;o nuevo: ser la voz de una vida. La nuestra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/proposito-ano-nuevo-montar-gresca_129_2975488.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 Dec 2017 17:24:10 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Propósito de año nuevo: montar gresca]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Millennials]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Yo no conozco a Rodrigo Lanza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/conozco-rodrigo-lanza_129_2995133.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/eeea31b9-4943-422b-b2f3-b1c78dcad455_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Yo no conozco a Rodrigo Lanza"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada nuevo personaje mediático que aparece es un apasionado romance de verano al que le dedicamos dos encendidas cartas de amor, para después lanzarlo al olvido</p><p class="subtitle">¿Es Rodrigo Lanza un asesino? ¿Está, en cambio, traumatizado y trastornado por los años de cárcel? ¿Actuó en defensa propia? ¿Fue un accidente?</p></div><p class="article-text">
        Hace unos d&iacute;as, al ver a trav&eacute;s de una ventana el sal&oacute;n de una casa del barrio de Usera, tuve el recuerdo s&uacute;bito del sal&oacute;n de la casa en la que viv&iacute; cuando ten&iacute;a tres a&ntilde;os. La misma moqueta marr&oacute;n, las mismas sillas plegables de madera, la luz incidiendo de la misma forma sobre los muebles. Record&eacute; que ese era el sal&oacute;n en el que hab&iacute;a sufrido una ca&iacute;da y me hab&iacute;a hecho una herida en la cara. Reproduje en mi cabeza la escena del accidente: el cuerpo de un beb&eacute; de tres a&ntilde;os -yo- saltando desde un sof&aacute; y golpeando contra la esquina de una c&oacute;moda. El recuerdo me sobresalt&oacute;, porque hab&iacute;a algo cinematogr&aacute;fico en &eacute;l. Suced&iacute;a a c&aacute;mara lenta. Y sospech&eacute; de m&iacute;. Tuve que reconocerme que mi recuerdo, probablemente, no era m&aacute;s que una creaci&oacute;n, un constructo audiovisual memor&iacute;stico fabricado con la colaboraci&oacute;n de las personas que estaban en ese momento all&iacute;, vi&eacute;ndome caer: mis padres. Nos marchamos de esa casa pocos meses despu&eacute;s de aquella ca&iacute;da, pero conservamos, en el &aacute;lbum familiar, fotos del sal&oacute;n. Cada vez que las vemos se habla de aquella ca&iacute;da, se explica con todo detalle c&oacute;mo tuvo lugar, hasta el punto que he sido capaz de fabricar un falso recuerdo, basado en testimonios, de aquel momento. Supongo que casi cualquier lector tendr&aacute; en su cuerpo la cicatriz infantil, suavizada por el paso de los a&ntilde;os, de un peque&ntilde;o accidente que no recuerda, pero que cree recordar. Otra gente nos cont&oacute; nuestro propio recuerdo, y, como es natural, nos lo apropiamos.
    </p><p class="article-text">
        En estos d&iacute;as leo sobre Rodrigo Lanza. No voy aburrirles contando su historia, o la historia de &eacute;l que nos han contado, porque a ustedes tambi&eacute;n les habr&aacute; sido relatada una y otra vez, en varias de sus m&uacute;ltiples versiones, a trav&eacute;s de los medios. Presunto homicidio en Zaragoza, tirantes con la bandera de Espa&ntilde;a, barra de hierro, Ciutat morta, defensa propia, arma blanca, crimen de odio, dos Espa&ntilde;as enfrentadas...
    </p><p class="article-text">
        Todos estos conceptos han bailado ante nosotros durante la semana, como balas de fogueo que nos obligan a refugiarnos en un lado u otro de un mismo b&uacute;nker: el de la opini&oacute;n firme. No es posible quedarse fuera. Elige el lado en el que refugiarte. &iquest;Es Rodrigo Lanza un asesino? &iquest;Est&aacute;, en cambio, traumatizado y trastornado por los a&ntilde;os de c&aacute;rcel? &iquest;Actu&oacute; en defensa propia? &iquest;Fue un accidente? La gente habla, segura de saber lo que este hombre ha hecho, ha pensado, ha sentido. Tanto los que lo culpan como los que lo defienden (todos con la misma sa&ntilde;a, la violencia es id&eacute;ntica en ambas direcciones), parecen saber qu&eacute; pasa por su cabeza, qu&eacute; sucedi&oacute; exactamente en aquel bar de Zaragoza.
    </p><p class="article-text">
        Yo no conozco a Rodrigo Lanza. No s&eacute; si es buena o mala persona (&iquest;qu&eacute; es ser buena persona?), no s&eacute; si es un ser lleno de ira o tuvo un desafortunado tropiezo. Tampoco conoc&iacute; a V&iacute;ctor La&iacute;nez, ni a los integrantes de La Manada, ni a la v&iacute;ctima... No soy amiga de Juana Rivas, con lo cual tampoco la traer&iacute;a a vivir conmigo en mi casa, tal y como tan fiera y simb&oacute;licamente se aullaba hace un par de meses, con ese convencid&iacute;smo #juanaestaenmicasa. Curiosamente, a pesar de haber le&iacute;do tanto sobre Juana, no recordaba su nombre, y he tenido que buscarlo en internet, poniendo en la barra buscadora &ldquo;mujer hijos custodia padre italiano maltrato&rdquo;, hasta dar con su nombre y su apellido, tan cacareados en los medios hace un par de meses, casi ahogados ahora en el pozo oscuro de las noticias que han perdido frescura. Hace un par de meses, Juana Rivas era, como quien dice, un miembro de nuestras familias, una amiga, o a eso jug&aacute;bamos. Ahora casi hemos olvidado su nombre. Somos, de alguna forma, como ni&ntilde;os inquietos en un patio de colegio: establecemos estrechas amistades, nos hacemos hermanos de sangre, pero enseguida olvidaremos el pacto, cambiaremos de amigos. Cada nuevo personaje medi&aacute;tico que aparece y al que acogemos bajo nuestra ala o repudiamos es un apasionado romance de verano al que le dedicamos dos encendidas cartas de amor, para despu&eacute;s lanzarlo al olvido.
    </p><p class="article-text">
        Teniendo en cuenta la fugacidad de nuestras pasiones medi&aacute;ticas, la cercan&iacute;a que tan r&aacute;pido se torna en olvido, &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;amos estar seguros de la historia, del pasado, de los actos concretos de estas personas? Sin duda, podemos aproximarnos a la Verdad, pero nunca asegurarla dando con los pu&ntilde;os en la mesa. Porque, si ni siquiera nuestros propios recuerdos de la infancia son fiables, &iquest;c&oacute;mo podemos apropiarnos de las historias de otros, c&oacute;mo afirmamos estar tan seguros de hechos que sucedieron a otras personas, en otro lugar, sucesos que han sido filtrados por jueces, periodistas, testigos que estaban all&iacute;?
    </p><p class="article-text">
        Algunas veces, como periodista, recibo con insistencia la invitaci&oacute;n a opinar sobre estos &ldquo;temas de la semana&rdquo;. Hay cierta histeria en esta petici&oacute;n. &iquest;No piensas opinar sobre esto? &iquest;No te interesan estos temas? Claro que me interesan, respondo. Pero me quedo paralizada a la hora de emitir un juicio sobre ellos. Pienso que lo &uacute;nico que podemos hacer es merodear alrededor de estos sucesos, rodearlos y especular sobre ellos, con el mismo escepticismo con el que miramos nuestros propios recuerdos, sin estar seguros de si esa nitidez de la imagen mental se debe a nuestra capacidad de captar el pasado o a las palabras de nuestra madre mientras nos muestra una foto, cont&aacute;ndonos algo que nos sucedi&oacute; en un sal&oacute;n que en realidad no recordamos, en una casa que creemos recordar, pero que s&oacute;lo hemos construido a partir de las palabras de otros, cuando ten&iacute;amos tres a&ntilde;os. Porque la distancia que nos separa de esa muerte en un bar de Zaragoza es la misma que separa a nuestro yo del presente de nuestro yo de tres a&ntilde;os cay&eacute;ndose y haci&eacute;ndose una brecha en la frente en un sal&oacute;n que no recordamos. Al fin y al cabo, el mundo y todo lo que en &eacute;l sucede, no es m&aacute;s que una casa muy lejana de la que otros -los medios, la gente- nos hablan, aunque nosotros creamos firmemente conocerla, haber estado all&iacute;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/conozco-rodrigo-lanza_129_2995133.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 Dec 2017 19:06:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Yo no conozco a Rodrigo Lanza]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Asesinatos,Teruel]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Y tú me pides que sonría]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/pides-sonria_129_3025813.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1d2ba8a4-4e0d-4d2d-9ff7-af2874e9458d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Y tú me pides que sonría"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En mi antiguo edificio había un vecino que me sonreía. Era una mueca perpetua de autosuficiencia y coqueteo, más y más burlona cuanto menos correspondida</p><p class="subtitle">A veces las mujeres no podemos permitirnos mostrar la simpatía, la sonrisa, la alegría</p></div><p class="article-text">
        T&uacute;, se&ntilde;or esperando junto a tu coche, me pides que sonr&iacute;a. Esperas a tus hijos, a tus nietos, qu&eacute; s&eacute; yo, apoyado en el cap&oacute;, en una calle de Madrid. Pareces un hombre normal, tranquilo, sin malicia. Pero el caso es que me lo pides. Dices:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Sonr&iacute;e un poco, guapa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Debo aclarar que, antes de ver tus ojos mir&aacute;ndome, antes de torcer la esquina y darme cuenta de que al pasar a tu lado me dir&iacute;as algo, antes de eso, yo estaba sonriendo. Iba con mi perra, feliz, las dos trotando levemente, camino a un encuentro con amigos. Pero al adivinar que ibas a interpelarme, mi cara se fue ensombreciendo. Ahora me pides de nuevo que sonr&iacute;a, que no sea amargada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mientras avanzo para perderte de vista, sin cambiar la cara de perro, esa m&aacute;scara que me protege y que quiere decir &ldquo;ni me mires, ni me hables, ni me sonr&iacute;as&rdquo;, pero que no sirve absolutamente de nada, en realidad deseo girarme, volver junto a tu coche y explicarte por qu&eacute; nunca te voy a sonre&iacute;r, por qu&eacute; no puedes pedirme que sonr&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En mi antiguo edificio, hace unos meses, hab&iacute;a un vecino que me sonre&iacute;a. Era una mueca perpetua de autosuficiencia y coqueteo, m&aacute;s y m&aacute;s burlona cuanto menos correspondida era. Este hombre era el novio de la presidenta de la comunidad de vecinos y ten&iacute;a un negocio en la misma calle donde estaba mi casa, aunque pasaba sus jornadas en el bar de la esquina. Desde all&iacute;, me miraba y me sonre&iacute;a. Mi libertad, cada uno de mis actos, eran cuidadosamente estudiados por este hombre. Pod&iacute;a estar yo en cualquier situaci&oacute;n -volviendo disfrazada de una fiesta un domingo por la ma&ntilde;ana, leyendo al sol en la plaza mientras mi perra me chupaba los pies, saliendo contenta de casa, entrando con amigos, besando a alguien en la puerta, alzando la cara al salir, deten&iacute;endome un momento, para recibir un rayito de sol- que muchas veces, al levantar la vista, lo encontraba observando, con esa perpetua sonrisa burlona. Me saludaba y no le respond&iacute;a. Me gui&ntilde;aba un ojo y yo pasaba de largo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces, queriendo tambi&eacute;n yo habitar los espacios del barrio, acud&iacute;a al bar en el que &eacute;l pasaba el d&iacute;a entero, ped&iacute;a un mosto, unos boquerones, le&iacute;a el peri&oacute;dico, contestaba mails. Y de pronto -nunca fallaba- el camarero me pon&iacute;a delante una copa de vino.
    </p><p class="article-text">
        -Yo no he pedido esto -le dec&iacute;a yo.
    </p><p class="article-text">
         - Es de parte suya -me respond&iacute;a el camarero.
    </p><p class="article-text">
        Y al final de la barra, c&oacute;mo no, estaba &eacute;l, con su sonrisilla burlona. Yo intentaba mantener el rostro neutro y declinaba la invitaci&oacute;n, insistiendo al camarero para que me quitase la copa.
    </p><p class="article-text">
        - No, muchas gracias. No.&nbsp;NO. 
    </p><p class="article-text">
         Todo el bar, en su mayor&iacute;a se&ntilde;ores cercanos a los 70 a&ntilde;os, observaba la jugada. Y yo sab&iacute;a que, adem&aacute;s de rechazar ese vino, ten&iacute;a que NOTARSE claramente que NO LO QUER&Iacute;A. La mente se me lanzaba por barrancos peligrosos, inevitables, e imaginaba que si ese energ&uacute;meno, que sab&iacute;a mis idas y venidas, me pon&iacute;a la mano encima una noche, la gente del bar dir&iacute;a: &ldquo;Ella nunca le aceptaba los vinos&rdquo;. Cualquier gesto de amabilidad, cualquier amago de sonrisa, cualquier extra&ntilde;o rictus que tomase mi rostro en ese momento, pod&iacute;a ser utilizado en mi contra. Mi m&aacute;scara de neutra seriedad me proteg&iacute;a de todo eso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las &uacute;ltimas veces que le rechac&eacute; la copa, hizo un gesto burl&oacute;n a alg&uacute;n otro parroquiano, o al camarero, un gesto c&oacute;mplice, como queriendo decir: &ldquo;Mira, aqu&iacute; esta la fulana esta que me rechaza los vinos&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a apareci&oacute; una caca de perro bastante grande frente a mi puerta. S&oacute;lo hab&iacute;a que mirarla para saber que esa mierda no le hab&iacute;a podido caber por el culo a mi perra.&nbsp;Pasaba el d&iacute;a y la cagada segu&iacute;a ah&iacute;, frente a la puerta, resec&aacute;ndose. Desde la mirilla, se la ve&iacute;a peque&ntilde;a y oscura, un poco deformada, pero se ve&iacute;a, y se la vio a lo largo de la tarde y por la noche. Al d&iacute;a siguiente segu&iacute;a ah&iacute;.&nbsp;A media ma&ntilde;ana alguien le puso un cartoncito peque&ntilde;o encima, y la mierda asomaba sus patitas bajo el cart&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
         A mediod&iacute;a vino la presidenta de la comunidad y me dijo que limpiase la mierda. Le dije que esa caca no era de mi perra, que era imposible. Ella me asegur&oacute; que s&oacute;lo pod&iacute;a ser de mi perra, que hab&iacute;a preguntado por el edificio y todo el mundo hab&iacute;a exculpado a sus perros (todos, menos uno, m&aacute;s grandes que la m&iacute;a). Hab&iacute;a tensi&oacute;n, una cierta antipat&iacute;a. Desde la puerta, la presidenta espiaba mi casa y mis adornos con curiosidad malsana.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
         Y entonces lo dijo:
    </p><p class="article-text">
         - Mi pareja ve que sacas a la perra suelta muchas veces, y los dem&aacute;s llevan a los suyos atados. As&iacute; que igual hizo caca ah&iacute; sin que te dieses cuenta.
    </p><p class="article-text">
         Su pareja: el tipo que me invitaba a vinos. Sent&iacute; una oleada de horror-ira-injusticia en el pecho y en la cara. La presidenta ya sub&iacute;a la escalera. Cerr&eacute; la puerta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
         Pasaron dos d&iacute;as, y la mierda sigui&oacute; ah&iacute;. Hasta que una noche, a toda prisa, con la sensaci&oacute;n de ira atravesada en mitad del cerebro, sal&iacute; y la limpi&eacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La siguiente vez que vi al impresentable, casi ri&oacute; ante mi rostro impert&eacute;rrito y mi mirada huidiza. Supongo que sent&iacute;a que hab&iacute;a ganado. Me dieron ganas de encararlo y preguntarle qu&eacute; era exactamente lo que hab&iacute;a ganado, aparte de mi incomodidad perpetua, aparte de hacerme sentir inc&oacute;moda en mi propio edificio. 
    </p><p class="article-text">
         Y esta es la historia -una de ellas, en realidad- que me gustar&iacute;a contarte, se&ntilde;or desconocido que me exiges que te sonr&iacute;a y que te r&iacute;es de m&iacute; cuando hago como que no te veo. Te explicar&iacute;a por qu&eacute; a veces las mujeres no podemos permitirnos mostrar la simpat&iacute;a, la sonrisa, la alegr&iacute;a. Porque, aunque si no nos bebemos los vinos, nos comamos la mierda, hay veces que aceptar los vinos y sonre&iacute;r puede llevarnos a un ba&ntilde;o de mierda letal: la p&eacute;rdida total de nuestro derecho a defendernos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/pides-sonria_129_3025813.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Dec 2017 18:37:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Y tú me pides que sonría]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Acoso]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Hermanos, ya no creo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/hermanos-creo_129_3051794.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f46ecef5-b932-496b-bb50-60b2c7f1e255_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hermanos, ya no creo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se ha abierto una puerta del horror. Una puerta ineludible que sólo esconde cosas que no nos gustarán, que nos asustarán, que harán añicos los pedestales sobre los que reposaban nuestros ídolos</p></div><p class="article-text">
        Estaba viendo un documental de Joan Didion. Todo era bello, doloros&iacute;simamente triste, pero hermoso: la vida de esa escritora rota a hachazos de muerte, su soledad en el mundo, su resistencia, sus manos ancianas gesticulando. Cabece&eacute; de sue&ntilde;o -el documental era bueno, pero yo estaba agotada del d&iacute;a- y de pronto, en esos sue&ntilde;os absurdos del duermevela, que sin embargo, por la cercan&iacute;a a la vigilia, tienen un brillo mucho m&aacute;s realista que cualquier otro sue&ntilde;o, me asalt&oacute; el horror.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Era aquella la noche del d&iacute;a en el que Louis CK -c&oacute;mico y guionista al que admiro- hab&iacute;a salido de la negra despensa del acoso sexual de la que parec&iacute;an estar saliendo a cuentagotas -o estar siendo arrastrados afuera a la fuerza, m&aacute;s bien- multitud de profesionales. Muchos de ellos fueron/son/hab&iacute;an sido hasta hace dos d&iacute;as lustrosos figurines, imaginer&iacute;a del altar de los &iacute;dolos, de la proyecci&oacute;n mental de lo que es ser un t&iacute;o &uacute;nico, chispeante, impecable en su genialidad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Este goteo de desenmascaramiento de mi particular pante&oacute;n de los dioses cutres, cuyo pistoletazo de salida fecho hace un par de a&ntilde;os, cuando la hija de mi hasta entonces adorado Klaus Kinski public&oacute; una autobiograf&iacute;a en la que narraba los abusos sufridos por parte de su padre en la infancia, hab&iacute;a provocado que mi capacidad para admirar a alguna estrella se esfumase. Y all&iacute;, en aquella cabezadita de sue&ntilde;o viendo el documental de Joan Didion, de pronto DUD&Eacute; DE TODOS.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta nueva enfermedad de descreimiento consist&iacute;a en la activaci&oacute;n de las luces de alarma en mi cerebro:&nbsp; &iquest;Y si alguno de esos hombres que sal&iacute;an en pantalla hubiese cometido una barbaridad del estilo de las que en estos d&iacute;as sal&iacute;an a la luz? &iquest;Y si ELLOS TAMBI&Eacute;N? Podr&iacute;a haber sido cualquier pel&iacute;cula, cualquier programa de televisi&oacute;n, pero aquel momento de horrorosa revelaci&oacute;n me pill&oacute; all&iacute;, frente al documental de Joan Didion. Cualquiera de ellos: su marido muerto de un ataque fulminante al coraz&oacute;n, su editor encantador... De pronto, medio dormido, mi cerebro corri&oacute; un velo de suspicacia y temor a trav&eacute;s del cual ve&iacute;a imposible encari&ntilde;arse de cualquiera de esos se&ntilde;ores que aparec&iacute;an en pantalla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La cabezada, el momento de absurdo, dur&oacute; unos veinte segundos. Sin embargo, no volv&iacute; al mundo de la vigilia con la convicci&oacute;n de haber tenido una enso&ntilde;aci&oacute;n absurda. No hab&iacute;a ni rastro de esa sonrisa con ce&ntilde;o fruncido de cuando hemos mezclado elementos dispares en un mismo escenario y nos sorprendemos de las combinaciones de nuestro subconsciente. No. Sab&iacute;a, de pronto, que aquello era posible, que el brutal desenmascaramiento que hab&iacute;a visto producirse en los &uacute;ltimos d&iacute;as pod&iacute;a prolongarse, y la misma oscuridad que ahora ca&iacute;a sobre Weinstein, Louis C.K. y Kevin Spacey, en cualquier momento pod&iacute;a cernirse sobre el mayor &iacute;dolo que hubiese tenido en la adolescencia, por poner un ejemplo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ya despierta del todo, detuve el documental y me qued&eacute; quieta, imaginando habitaciones en blanco, la ant&iacute;tesis del dormitorio adolescente por antonomasia. Manos rasgando p&oacute;steres, arrancando fotos, eliminando cualquier rastro de idolatr&iacute;a que pudiese desembocar en la posibilidad de haber admirado a alguien que ocultase esa oscur&iacute;sima sombra, esos oscur&iacute;simos actos. Paredes desnudas, chapas en blanco (hice tres a&ntilde;os de universidad con el rostro de Kinski impreso en una chapa que llevaba en la mochila), silencio total (en esos mismos a&ntilde;os de la chapa, una de mis canciones preferidas era &ldquo;Le vent nous portera&rdquo;, compuesta y cantada por Bertrand Cantat, que mat&oacute; a su mujer de una paliza), pantallas vac&iacute;as (si no recuerdo mal, vi casi todas las pel&iacute;culas de Woody Allen en esos a&ntilde;os de la chapa y la canci&oacute;n del viento). No m&aacute;s frases tipo &ldquo;Este t&iacute;o es dios&rdquo; para referirnos a alguien a quien en realidad no conocemos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Era una leve pesadilla, la fantas&iacute;a negra de un futuro dist&oacute;pico en el que temi&eacute;semos el comportamiento o el pasado de cualquier persona famosa. All&iacute;, frente al documental detenido, siento que la angustia de la pesadilla va amainando. Pienso que durar&aacute; algunos minutos m&aacute;s, y despu&eacute;s podr&eacute; seguir. Y es cierto: el flujo de horror se corta. Sin embargo, a los d&iacute;as vuelve a asomar t&iacute;midamente, y entiendo que se ha quedado conmigo. Recuerdo pel&iacute;culas, recuerdo con cari&ntilde;o a alg&uacute;n actor, y de pronto me asola de nuevo la sombra: &iquest;Y si &eacute;l tambi&eacute;n? &iquest;Y si ellos...? &iquest;Y quiz&aacute;s...? La puerta est&aacute; abierta. No puede cerrarse del todo ya.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Porque as&iacute; es.&nbsp;Se ha abierto una puerta del horror. Una puerta ineludible, que necesitamos abierta, pero que s&oacute;lo esconde cosas que no nos gustar&aacute;n, que nos asustar&aacute;n, que har&aacute;n a&ntilde;icos los pedestales sobre los que reposaban nuestros &iacute;dolos. Veremos hundirse en un fango oscuro y pegajoso a nuestros modelos a seguir. E imagino, tambi&eacute;n en clave de sue&ntilde;o disparado por la conmoci&oacute;n del momento, que en alg&uacute;n momento llegamos a una era jam&aacute;s alcanzada en la que a los &uacute;nicos que podamos exigir ser nuestros propios &iacute;dolos sea a nosotros mismos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/hermanos-creo_129_3051794.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Nov 2017 20:12:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Hermanos, ya no creo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Acoso sexual,Woody Allen]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Derramar la copa (I don't want to believe)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/derramar-copa-dont-want-believe_129_3082621.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/35a31b39-5845-46a0-874d-72baa687763e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Derramar la copa (I don&#039;t want to believe)"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cada día, con cada noticia, antes de enlazar nuestro brazo con el de otros borrachos e iniciar la fiesta deberíamos hacernos a un lado, dejar de saltar, derramar la copa en el suelo, esperar</p></div><p class="article-text">
        Con respecto a esto que tanto se cacarea ahora mismo y desde hace semanas en las calles y las redes de sentirse o no espa&ntilde;ol, debo decir que jam&aacute;s me he sentido tan extranjera como cuando dej&eacute; de beber alcohol. Fue s&oacute;lo una &eacute;poca, una b&uacute;squeda de tregua al cuerpo y un aburrimiento ante la frase ritual &ldquo;irse de ca&ntilde;as&rdquo;. Pero en barras y fiestas y noches de locura, todo tipo de personas me lanzaban lo que me empez&oacute; a parecer la Gran Frase Patria: &ldquo;Uy, yo no me f&iacute;o de la gente que no bebe&rdquo;. La masa achispada, de la que normalmente yo formaba parte, me miraba con ojos atravesados. Me vi aceptando copas y abandon&aacute;ndolas por ah&iacute;, exagerando males del cuerpo para ser dispensada, asustada ante la tradici&oacute;n bebedora espa&ntilde;ola, aterrorizada ante la exigencia y la desconfianza de la masa. Incluso en ambientes extremadamente tolerantes, hab&iacute;a una peque&ntilde;a decepci&oacute;n, un &ldquo;ah, &iquest;no bebes?&rdquo; pronunciado con ojitos de extra&ntilde;eza. Me sent&iacute; fuera de una respetable tradici&oacute;n, ajena y sola frente a la pasi&oacute;n comunal. Un d&iacute;a, huyendo de la masa que me exig&iacute;a que bebiera, intent&eacute; derramar en un alcorque de la calle una copa de vino que hab&iacute;an insistido en servirme. No llegu&eacute; a volcarla. M&aacute;s harta de aguantar el sentimiento de extra&ntilde;eza que verdaderamente sedienta de vino, decid&iacute; dejar al &aacute;rbol en paz y beberme la copa. Mi vuelta al ruedo fue aplaudida. Y yo, para qu&eacute; negarlo, me sent&iacute; en paz. Porque, como muchos seres que desean la felicidad, a veces amo abrazar lo que es f&aacute;cil, generalizado, compartido. &iquest;Recuerdan la emoci&oacute;n infantil cuando su voz se alzaba junto con el resto de las del coro en la funci&oacute;n de fin de curso? Pues eso.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace semanas, Galicia se quem&oacute;, quemaron Galicia. Ya casi ha pasado el furor del fuego para los que estamos lejos de all&iacute;, pero en su momento anduvimos todos como pollos sin cabeza, angustiados ante las im&aacute;genes devastadoras de bosques y vidas ardiendo. En medio de aquello, surgi&oacute; una foto ic&oacute;nica, una imagen que ahora ha pasado a imagen de archivo confusa y vergonzante, pero que en su momento fue alzada como estandarte del dolor y la ternura y la bondad rompiendo fronteras: <a href="https://www.lavozdegalicia.es/noticia/galicia/2017/10/24/perro-viral-llevaba-cria-calcinada-conejo-comer/0003_201710G24P10991.htm" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un perro (una perra, se presum&iacute;a) sal&iacute;a de una zona calcinada</a>&nbsp;con un cuerpo animal diminuto completamente carbonizado entre sus fauces. No recuerdo el nombre de ese can, porque prefiero no recordarlo, pero lo ten&iacute;a. Observ&eacute; c&oacute;mo el clamor popular vend&iacute;a a este animal como mascar&oacute;n de proa de la bondad abri&eacute;ndose paso en la cruel desgracia. Seg&uacute;n art&iacute;culos y comentarios, lo que aquella perra llevaba en la boca era su propio cachorro hecho carb&oacute;n. Durante algunos d&iacute;as, se la hab&iacute;a visto rescatando animales muertos del bosque y enterr&aacute;ndolos en un terreno cercano a la iglesia del pueblo, en una suerte de milagro de la nobleza animal (con un peque&ntilde;o a&ntilde;adido de religiosidad que aportaba cierto brillo canonizable a la historia). Soy dada, como cualquier se&ntilde;ora emocional amante de las ficciones, a querer creer este tipo de cuentos de Grimm. Me gusta emocionarme antes los milagros inexplicables, me gusta que los haya. Pero, tras dos minutos entregada al estremecimiento del <em>I want to believe</em>, una idea brutal como la misma naturaleza se abri&oacute; paso en mi candor de <em>clickbait</em> f&aacute;cil: aquel perro no pod&iacute;a estar realizando una labor de sepultura cristiana. Ese pecho peludo no estaba inundado de piedad, tal y como se le supon&iacute;a. Aquella bestia, bella y entregada a la supervivencia, estaba haciendo despensa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante algunas noches, nada m&aacute;s apagar la luz, lo sucedido me llenaba de horror. La creencia de que aquel perro era una hembra que honraba los restos mortales de sus cachorros me parec&iacute;a espantosa, altamente peligrosa. Pero a&uacute;n m&aacute;s espantosa me parec&iacute;a la fuerza con la que me aferr&eacute; durante algunos minutos a aquel suceso Disney. Al encontrarnos en un momento tan lleno de espantos cotidianos, tan hundidos de pronto en la violencia y la incomprensi&oacute;n, entend&iacute; que la facilidad para tragarnos la arrasadora historia de tristeza nivel <em>Bambi</em> hab&iacute;a respondido quiz&aacute;s a una necesidad apremiante de unirnos en una breve borrachera feliz, en un coro de voces blancas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es este un ejemplo nimio, que quiz&aacute;s parezca poco peligroso. Un perro, su cachorro, qu&eacute; tiene de malo. Pero pensemos que vivimos parloteando sobre la manipulaci&oacute;n a la que somos sometidos por los medios, sin pararnos a pensar en la manipulaci&oacute;n a la que nosotros mismos nos sometemos, en el propio candor del que nos emborrachamos. Si cre&iacute;mos firmemente, y corazoneamos en redes la tierna historia de la perra que daba la extremaunci&oacute;n y un sepulcro digno a sus amados cachorros, &iquest;qu&eacute; no creeremos despu&eacute;s? Quiz&aacute;s cada d&iacute;a, con cada noticia, antes de enlazar nuestro brazo con el de otros borrachos e iniciar la fiesta jaleando o abucheando o enterneci&eacute;ndonos por cada noticia, debamos hacernos a un lado, dejar de saltar, derramar la copa en el suelo, esperar.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/derramar-copa-dont-want-believe_129_3082621.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Nov 2017 19:00:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Derramar la copa (I don't want to believe)]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Noticias falsas,Galicia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Por un sano striptease económico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/sano-striptease-economico_129_3111441.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/96dec87e-b77f-4df7-bacf-05a133eb5ce6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por un sano striptease económico"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En España se lleva decir que eres pobre, que no hay dinero para pagar. Es casi elegante hacerse el humilde de una extraña forma: alzando la cabeza y haciendo ostentación de tu mala economía</p><p class="subtitle">Es el pagar y el cobrar una especie de ceremonia de apareamiento llena de plumas de colores, movimientos equívocos, ulular, pero falta total de acción</p></div><p class="article-text">
        Desde siempre he tenido una curiosidad malsana por saber de qu&eacute; vive la gente. En Espa&ntilde;a, el pa&iacute;s en el que hablamos de lo llamativo, pero nunca de lo verdaderamente importante, esta es una misi&oacute;n tit&aacute;nica, imposible, llena de escollos, eufemismos y esquinazos. Es de mala educaci&oacute;n decir cu&aacute;nto cobras, es terrible preguntar cu&aacute;nto cobran otros, cu&aacute;nto se paga de alquiler, cu&aacute;nto te gastaste en una camisa. Hace a&ntilde;os, en una cena de empresa, un colega al que acababan de ascender s&oacute;lo fue capaz de decirme la nueva cifra de su n&oacute;mina cuando hubo consumido unas cuantas copas. Era un muchacho realmente noble, adorable, lleno de ganas de ser bueno y no resultar antip&aacute;tico a nadie. Pronunci&oacute; la cifra tap&aacute;ndose la cara con las manos, atorado por la verg&uuml;enza, como si estuviese dici&eacute;ndome &ldquo;te quiero&rdquo;, en lugar de &ldquo;1400 euros&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a se lleva decir que eres pobre, que no hay dinero para pagar. Es casi elegante hacerse el humilde de una extra&ntilde;a forma: alzando la cabeza y haciendo ostentaci&oacute;n de tu mala econom&iacute;a. Incluso en las conversaciones con pagadores, el dinero es un ente semiprohibido, del que nos vemos obligados a hablar con titubeos, mails cr&iacute;pticos de ida y vuelta, como -de nuevo acudo a los sonrojos del amor- cuando nos perdemos en devaneos avergonzados antes siquiera de besar a alguien a quien queremos besar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es el pagar y el cobrar una especie de ceremonia de apareamiento llena de plumas de colores, movimientos equ&iacute;vocos, ulular, pero falta total de acci&oacute;n. Una vez, en respuesta a un mail en el que yo, educadamente -siempre educadamente, con pudor- me quejaba de la tardanza de un pago que se me deb&iacute;a, la empresa contratante se disculp&oacute; y me respondi&oacute; &ldquo;Te iremos contando qu&eacute; proceso vamos a ir siguiendo para realizar tu pago&rdquo;. Mis frases vac&iacute;as en las que les animaba t&iacute;midamente a que me pagaran hab&iacute;an sido respondidas por esta gran frase igualmente carente de significado. &iquest;El proceso? &iquest;Qu&eacute; proceso? &iquest;Qu&eacute; diantres me importaba a m&iacute; el proceso que iban a seguir?
    </p><p class="article-text">
         Imagin&eacute; que en las semanas siguientes me escribir&iacute;an dici&eacute;ndome:
    </p><p class="article-text">
         &ldquo;Bien, Sabina. Ya sabemos el proceso que vamos a seguir. Hay un vagabundo pidiendo ah&iacute; fuera en la plaza. Hemos decidido que vamos a robarle todo lo que ha reunido hoy en su gorra, y con eso te vamos a pagar. A ver qu&eacute; tal nos sale este proceso. Te vamos contando&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
         O bien:
    </p><p class="article-text">
         &ldquo;Ok, Sabina. Ya est&aacute; decidido el proceso: Voy a ir a casa de mi tita Angelines, que est&aacute; muy sola y siempre agradece una visita, y le voy a meter mano a su bolso. Te enviaremos tus 300 euros en calderilla dentro de un sobre acolchado. Te lo entregar&aacute; un enano en la puerta del casino de Torrelodones&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
         Sent&iacute; que se remov&iacute;a dentro el bicho de la desesperaci&oacute;n y el descaro. Tuve el impulso de responder algo letal, que rompiese estas urnas de cristal de espa&ntilde;ol&iacute;sima evitaci&oacute;n de hablar de temas de dinero desde las que yo preguntaba y ellos respond&iacute;an. Quiz&aacute;s un &ldquo;PAGAD&rdquo;, un &ldquo;HOSTIA JODER&rdquo;, un exabrupto sincero cualquiera, en realidad, que rompiese esa ilusi&oacute;n de civismo por una vez.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es por esto, por este cansancio econ&oacute;mico que arrastro, por el que animo a que nos lancemos a un liberador striptease econ&oacute;mico. A riesgo de parecer una aut&eacute;ntica demente en este pa&iacute;s lleno de gente que tiene que taparse la cara por miedo a incurrir en el pecado de la ostentaci&oacute;n antes de revelar que es mileurista, me atrevo a gritar que, si pretendemos conocer la sociedad en la que vivimos, la econom&iacute;a que habitamos, debemos desnudarnos a este respecto. Despojarnos absolutamente de la timidez espa&ntilde;ola a ser pobre, a ser rico, a decir una cifra. Contar de forma natural lo que cobramos, lo que nos prestaron nuestros padres, la herencia que recibimos, la miseria que cobramos en tal o cual encargo, las veces que trabajamos gratis a cambio de un candoroso intento de obtener prestigio. Mientras escribo estas palabras, siento en las manos y en la cara ese rubor espa&ntilde;ol del que est&aacute; a punto de ponerse en evidencia en la plaza del pueblo. No obstante, algo me dice que este striptease econ&oacute;mico, este desglosar de d&oacute;nde viene y por d&oacute;nde se va cada moneda que cobramos y gastamos con la misma naturalidad con la que hablamos del tiempo nos har&aacute; tener una noci&oacute;n m&aacute;s clara de la sociedad en la que vivimos. Huyamos de un mundo corrupto descorruptiz&aacute;ndonos ante los dem&aacute;s, desnudando sin miedo nuestras cuentas A, B y C. Nos har&aacute; saber qui&eacute;nes somos, qui&eacute;nes son los que nos rodean, la suerte o la mala suerte propias o ajenas, las injusticias cometidas. Gritar, en mitad de la fiesta y sin taparnos la cara con las manos, &ldquo;1400&rdquo;, &ldquo;600&rdquo; o la cifra que sea. Decir bien alto &ldquo;&iquest;Cu&aacute;nto me pagar&eacute;is?&rdquo;, anunciar con voz segura a tus semejantes que el piso en el que vives es en realidad de tus abuelos y que ese trabajo no te dar&iacute;a para pagar un alquiler, me parece un primer paso para tener claro, en esencia, d&oacute;nde nos encontramos realmente. &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/sano-striptease-economico_129_3111441.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Oct 2017 17:48:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Por un sano striptease económico]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[España]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ese zumbido ensordecedor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/zumbido-ensordecedor_129_3140370.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/63557df0-00ea-4c07-a7a9-b9f453762a19_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ese zumbido ensordecedor"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hace pocos días observé en redes sociales un fenómeno inaudito. Una chica había escrito: "Yo he tenido hace poco una experiencia muy curiosa, y a raíz de ella he pensado algo, pero prefiero no contarlo"</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;He pensado algo y prefiero no contarlo&rdquo;. A la p&eacute;rfida luz azul del Facebook, esa frase sencilla me pareci&oacute; de pronto una genialidad. Albricias. La emoci&oacute;n me levant&oacute; de la silla. Lanc&eacute; un peque&ntilde;o viva. Los pensamientos propios como tesoro, selva virgen que no deja siquiera entrever su interior. Es m&aacute;s bella as&iacute;, inexplorada. Sobre todo cuando llevo d&iacute;as viviendo exactamente la situaci&oacute;n contraria, sintiendo las redes como una jungla traqueteada llena de territorio talado para extraer aceite de palma y poblado evangelizado. En este marco boscoso, yo soy poco m&aacute;s que una turista amedrentada, obligada a ingresar en un safari interminable en el que grandes bestias la atacan con las opiniones m&aacute;s diversas. S&oacute;lo deseo tranquilidad, poder pensar con claridad, abanicarme con mi salacot en una choza fresca, pero este tipo de viaje es imposible en la gran jungla de la opini&oacute;n. Se cuelan culebras por los rincones, un rinoceronte empuja la puerta de la choza con su cuerno.
    </p><p class="article-text">
        En mi barrio, habitado sobre todo por ecuatorianos, dominicanos y tercera edad aut&oacute;ctona, han florecido en las ventanas las banderas espa&ntilde;olas, con alguna bandera blanca desperdigada aqu&iacute; y all&aacute;. La opini&oacute;n entra en casa, se procesa, se regurgita a trav&eacute;s de la ventana para salir al mundo, en un acto de exhibicionismo que me recuerda, por su nivel de absurdez, sea cual sea el trozo de tela que se enarbole, a esas camisetas infames que observo cada ma&ntilde;ana en una tienda de impresi&oacute;n. La camiseta peque&ntilde;a, tama&ntilde;o beb&eacute; de meses, indica &ldquo;soy un beb&eacute; muy guapo&rdquo;, y la de tama&ntilde;o adulto, &ldquo;hago beb&eacute;s muy guapos&rdquo;. Demostraciones de vete a saber qu&eacute;. &iquest;Necesita la gente indicar que el beb&eacute; que lo acompa&ntilde;a no es robado? El mismo sarpullido de sobreinformaci&oacute;n obscena empieza a provocarme la opini&oacute;n que se cuela por cada resquicio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los usuarios de redes sociales (f&iacute;jense: solamente la expresi&oacute;n &ldquo;usuario en redes sociales&rdquo; ya suena a pringado, a in&uacute;til que pierde el tiempo) nos levantamos no ya con la firme intenci&oacute;n de opinar, sino con la obligaci&oacute;n de que nuestras ideas trasciendan. Ya no hay que cumplir con las obligaciones b&aacute;sicas para convivir en sociedad, dar el p&eacute;same en los entierros, felicitar los nacimientos o los cumplea&ntilde;os. Ahora tambi&eacute;n hay que estar al tanto de la actualidad y saber exactamente qu&eacute; se piensa de cada cosa. A veces sudo mucho y muy fr&iacute;o intentando saber qu&eacute; opini&oacute;n exacta me merece cada suceso. Me he descubierto a m&iacute; misma pensando con angustia: &ldquo;Esta noche, como muy tarde, tengo que poner algo de lo de Catalunya en redes, que no se me olvide, me lo apunto&rdquo;. Pareciera que, de forma inconsciente, a todos nos hubiese calado la idea de que opinar es una especie de obligaci&oacute;n, casi un trabajo. El mundo no marcha como debe si nuestros pensamientos al respecto de cualquier cosa no est&aacute;n plasmados en esa Piedra Rosetta de la comprensi&oacute;n de la sociedad que es cualquier red social que se precie. Como si el muro virtual de cada uno fuese una gacetilla personal que cientos de personas est&aacute;n deseando leer. Todos profetas, todos influencers, casi visualizamos a un ni&ntilde;o con gorra de cuadros calada que grita nuestra opini&oacute;n al grito de &ldquo;&iexcl;Extra, extra!&rdquo;. He visto a espa&ntilde;oles trabajar en sus muros, cincelando opini&oacute;n, con el ah&iacute;nco que jam&aacute;s demostraron en ninguna otra tarea. Y me pregunto si no habr&aacute; en todo esto, m&aacute;s que af&aacute;n por vivir integrados en el momento, que tambi&eacute;n, un ansia de agarrarse a la vida, de dejar huella como sea. Escribir un libro, plantar un &aacute;rbol y tener un hijo, la casposa tr&iacute;ada de la huella social, son tareas costosas y traen unos quebraderos de cabeza que se evitan con la f&aacute;cil huella de publicar 500 opiniones al mes en varias redes sociales. Publicarlas sobre fondo de colores, tirarnos virtualmente de los pelos por la disconformidad con la opini&oacute;n de algunos de nuestros semejantes, magrearnos virtualmente por la coincidencia de opini&oacute;n con otro de ellos: todo eso deja patente cierta pasi&oacute;n por la existencia, una lucecita roja que indica que seguimos vivos. Dec&iacute;a la periodista Noem&iacute; L&oacute;pez Trujillo que la opini&oacute;n es como el &aacute;rbol que cae en mitad del bosque, que, si no es visto, no cuenta.
    </p><p class="article-text">
        Pero las redes son s&oacute;lo la muestra m&aacute;s patente, por aquello de la permanencia de la palabra escrita, de un fen&oacute;meno viral. Porque se opina en bares, se opina en el metro, se dice &ldquo;putos catalanes&rdquo; o &ldquo;puto PP&rdquo; o &ldquo;puta polic&iacute;a&rdquo;, como se dir&iacute;a &ldquo;parece que no terminamos de enganchar el oto&ntilde;o, vaya calor&rdquo; en una conversaci&oacute;n tensa de ascensor. El otro d&iacute;a, un se&ntilde;or practicaba en el tren un soliloquio en el que s&oacute;lo se entend&iacute;a, de vez en cuando, un &ldquo;habr&iacute;a que matarlos a todos&rdquo;. As&iacute;, sin indicar a qui&eacute;n, ofreciendo el molde adaptable, el &ldquo;rellena la l&iacute;nea de puntos&rdquo;. La gente del vag&oacute;n asent&iacute;a con la cabeza. Cada uno, supongo, fantaseando con su matanza ideal en esta contienda pol&iacute;tica. La opini&oacute;n rezuma por las esquinas, borbotea por cualquier resquicio, pero al menos sabemos que estamos vivos, y lo comprobamos una y otra vez en nosotros y en los dem&aacute;s, y despu&eacute;s vuelta a nosotros. A la mierda los electrocardiogramas. La opini&oacute;n son las nuevas constantes vitales del ciudadano. Unos latidos atronadores que, de tan constantes que son, suenan a zumbido, como el coraz&oacute;n de una musara&ntilde;a, no dejando pensar con claridad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo la historia de un amigo que entr&oacute; una vez en una habitaci&oacute;n en la que se celebraba una org&iacute;a. Siempre hab&iacute;a deseado participar en algo as&iacute;. Sin embargo, lo que vio fue una coreograf&iacute;a excesiva, demasiada carne en movimiento. &ldquo;Me empach&eacute; con s&oacute;lo mirarlo&rdquo;, me jur&oacute;, a&uacute;n aturdido. Algo as&iacute; me sucede con la opini&oacute;n. Me abruma hasta el punto de que, cada vez que me veo al borde de opinar, me bebo un vaso de agua. Miro con vista cansada hacia la masa opinadora, voluptuosa y bella, siento un desmayito y me acuerdo de una vez en la que, viendo el atardecer desde Montjuic, vi a una chica poner la mano sobre el brazo de su novio, un chaval que no paraba de rajar, y decirle amorosamente: &ldquo;&iquest;Cari&ntilde;o, y si nos callamos un ratito?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Sabina Urraca]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Oct 2017 18:51:37 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ese zumbido ensordecedor]]></media:title>
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