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    <title><![CDATA[elDiario.es - M. Otálora]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/m_otalora/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - M. Otálora]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Los indígenas embera, castigados por la guerra y las secuelas de la conquista española]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/indigenas-embera-castigados-secuelas-conquista_1_3137896.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/90a8ffb5-580f-4b11-8c98-5d42f09a9a75_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los indígenas embera, castigados por la guerra y las secuelas de la conquista española"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Centenares de familias desplazadas en Bogotá viven en condiciones infrahumanas abocadas a la mendicidad para sobrevivir en la ciudad</p><p class="subtitle">Despojo de tierras, esclavitud, explotación sexual y rituales mortíferos: los embera arrastran cinco siglos después a muchos de los lastres que dejó la colonización</p><p class="subtitle">En la ciudad son discriminados por un sistema sin enfoque étnico que, según los expertos, los arroja al borde de la extinción cultural y física</p></div><p class="article-text">
        El hedor a orina concentrado ahoga apenas entrar. Los dos finos halos de luz que se cuelan por las pocas ventanas destapiadas dejan entrever los restos de esos desechos. Solo hay un ba&ntilde;o y la &uacute;nica agua es la que se cuela de la lluvia. Este bloque conocido como 'La Fortaleza' lo habitan ahora hacinados decenas de ind&iacute;genas embera despojados de unas tierras por las que dejaron su sangre desde la llegada de los espa&ntilde;oles. Los due&ntilde;os de esas praderas andinas viven ahora en un zulo.
    </p><p class="article-text">
        Unos 736 ind&iacute;genas desplazados por el conflicto en Choc&oacute; y Risaralda malviven en los c&eacute;ntricos barrios de Santa Fe y San Bernardo, los m&aacute;s azotados por la violencia y el tr&aacute;fico de drogas en Bogot&aacute;. Abandonados desde hace m&aacute;s de tres a&ntilde;os sobreviven en la marginalidad y en unas precarias condiciones que les obligan incluso a lavar su ropa y cocinar con la misma agua que se filtra por el techo. La miseria les ha robado hasta la identidad, que dos bombillos parpadeantes han reducido a sombras. &ldquo;No tenemos comida. No tenemos colchones. No tenemos trabajo&rdquo;, lamenta Arnuvio Restrepo, uno de los l&iacute;deres de la comuna, en un castellano casi incomprensible.
    </p><p class="article-text">
        Si algo les permite preservar las ra&iacute;ces es su lengua nativa y las pulseras de chaquira, que se han vuelto ahora su principal sustento. Mientras introducen con minucia cada una de las diminutas pepitas coloridas por el hilo, las mujeres recuerdan la naturaleza que perdieron y recrean esas formas ancestrales.
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        Entre otras la de la serpiente, como las que, dicen, envi&oacute; su dios Karagabi&#769; para repeler a los conquistadores durante la &eacute;poca colonial. Ellas mismas pasan hasta 16 horas al d&iacute;a vendiendo en la calle esas artesan&iacute;as o mendigando para traer a casa los pocos ingresos que permitan costear el 'pagad&iacute;as', el alquiler diario de cada habitaci&oacute;n de cuatro por cuatro donde pueden vivir hasta diez personas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La mujer trabaja m&aacute;s que el hombre porque necesita m&aacute;s platica. Por eso, nosotras andamos en la calle con los ni&ntilde;os hasta las 8 de la noche. La gente me pregunta por qu&eacute; mendigamos y yo les digo que para conseguir una librita de arroz, o panela y, tambi&eacute;n, para pagar la habitaci&oacute;n que cuesta 15 mil pesos diarios&rdquo;, explica Olivia Cherichia, quien a sus 45 a&ntilde;os parece mucho mayor por las secuelas que le ha dejado su lucha por sacar adelante a sus siete hijos y su nieto.
    </p><p class="article-text">
        Las Farc asesinaron a su padre en 1996 por ser uno de los caciques que se opuso a colaborar con la guerrilla. Irrumpieron en su casa con fusiles. Desde entonces se ha desplazado en repetidas ocasiones por varias ciudades colombianas, como un 20% de la comunidad embera obligada a abandonar su hogar. La &uacute;nica similitud con su pasado n&oacute;mada, ahora forzado por la guerra. &ldquo;Antes de los espa&ntilde;oles, viv&iacute;amos bien, ten&iacute;amos de todo, comida, riqueza. Nos pint&aacute;bamos la cara de oro&rdquo;, rememora Olivia de sus antepasados ilumin&aacute;ndose sus t&iacute;midos ojos.
    </p><h3 class="article-text">Una persecuci&oacute;n arraigada desde la conquista</h3><p class="article-text">
        Para el maestro de sabidur&iacute;a de la Unesco 2009, Armando Wouriyu Valbuena, los criollos perpetuaron de los primeros espa&ntilde;oles la persecuci&oacute;n contra los ind&iacute;genas.  &ldquo;Trataron de cambiar los linderos por medio de subnormales actos de despojos y desalojo de la tierra&rdquo;, considera el historiador. Despu&eacute;s, apunta, como luego los pr&oacute;ceres &ldquo;tropezaron&rdquo; en resolver la cuesti&oacute;n. Tras una tregua en el siglo XIX donde funcion&oacute; la categorizaci&oacute;n de los ind&iacute;genas, desde los noventa volvieron a revivir el acoso invasor, que ahora ven&iacute;a por parte de los grupos armados internos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En tres siglos de relaci&oacute;n con la corona, el despojo, las masacres, los asesinatos selectivos o colectivos, la cristianizaci&oacute;n, la castellanizaci&oacute;n fueron el ejercicio pol&iacute;tico de exclusi&oacute;n econ&oacute;mica social pol&iacute;tica y cultural. De 1991 hasta hoy los pueblos ind&iacute;genas son los mayores desplazados y despojados de sus territorios ancestrales y aumenta cada vez m&aacute;s la desestructuraci&oacute;n cultural&rdquo;, explica a eldiario.es el historiador, secretario de la alta instancia especial &eacute;tnica para el cumplimiento de los Acuerdos de Paz, que excluyeron las reivindicaciones hist&oacute;ricas de esas comunidades ind&iacute;genas. &ldquo;Es un acuerdo de derrota ya que el modelo econ&oacute;mico no cambi&oacute; y la expansi&oacute;n latifundista sigui&oacute; donde hay gran parte de los territorios ancestrales&rdquo;, apunta Wouriyu. 
    </p><h3 class="article-text">Atrapados entre hormig&oacute;n, en condiciones insalubres</h3><p class="article-text">
        La brillantez que tra&iacute;an los embera de sus monta&ntilde;as se diluy&oacute; en la indigencia del hormig&oacute;n. En 'La Fortaleza' se acumula la basura y los restos de comida. Arnuvio cuenta que por esa insalubridad y falta de comida los ni&ntilde;os padecen diarrea, v&oacute;mito y sarna, pero todav&iacute;a ninguna autoridad m&eacute;dica se ha hecho cargo de estos problemas. 
    </p><p class="article-text">
        Eso no impide a las decenas de ni&ntilde;os que correteaban en pa&ntilde;os menores por el edificio, meterse en un charco lleno de mugre en cuanto salen a la acera, ajenos a los drogadictos y proxenetas que los vigilan. &ldquo;Es su forma de estar en contacto con la escasa naturaleza&rdquo;, sonr&iacute;e Olivia.
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        Para alimentar a duras penas a sus hijos, el yerno de Olivia tuvo que abandonar la escuela, pero le ha resultado imposible encontrar empleo en la capital. A sus 16 a&ntilde;os, ni trabaja ni estudia. Dice que no hace nada. Entretanto, su mujer Olga sale junto a su madre a buscar dinero. &ldquo;A los hombres les averg&uuml;enza pedir limosna. Le compro leche de la tienda porque no me sale suficiente. Si no, no puedo alimentarlo&rdquo;, cuenta la joven de 15 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        En otros casos, la necesidad es tan acuciante que terminan atrapados en redes de explotaci&oacute;n. Las autoridades locales de Cartagena advirtieron hace dos a&ntilde;os que &ldquo;varias familias desplazadas del resguardo Ember&aacute; Kat&iacute;o estar&iacute;an siendo forzadas a pedir limosna con ni&ntilde;os en brazos a cambio de recibir hospedaje&rdquo;. La nueva forma de esclavitud del siglo XXI que tambi&eacute;n han alertado la Fiscal&iacute;a y otras ciudades como Medell&iacute;n. En otros casos, seg&uacute;n apunta a este diario &Aacute;ngela Anzola, Alta Consejera para el Derecho de las V&iacute;ctimas, &ldquo;los propios padres utilizan a sus hijos para mendigar&rdquo;, lo que considera no como &ldquo;trabajo forzado&rdquo; sino como &ldquo;instrumentalizar al menor&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Olga se desenvuelve la tela entre su escu&aacute;lido cuerpo y negr&iacute;sima melena para dejar a su reci&eacute;n nacida en el ro&ntilde;oso suelo, al lado de una peque&ntilde;a estufa. Tuvo a su hijo en un hospital, como cuenta, porque en la ciudad escasean las parteras, quienes tradicionalmente traen al mundo a los embera. 
    </p><h3 class="article-text">La ablaci&oacute;n, heredada de la &eacute;poca colonial</h3><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n son las encargadas de amputar el cl&iacute;toris de las beb&eacute;s. Hasta hace dos a&ntilde;os Colombia era el &uacute;nico pa&iacute;s de Latinoam&eacute;rica donde se practicaba la ablaci&oacute;n genital femenina, considerada una violaci&oacute;n de los Derechos Humanos, y que las autoridades y ONG han dedicado grandes esfuerzos en erradicar. Desde entonces no se han producido m&aacute;s casos de muertes por desangramiento, aunque resulta complicado detectarlos por esconderse en un &aacute;mbito muy privado. Olivia y Olga prefieren no hablar del asunto por ese motivo. El ritual fue adoptado de los esclavos africanos tra&iacute;dos por los colonizadores.
    </p><p class="article-text">
        Ya en la ciudad, los riesgos para las mujeres son otros. En medio de esa olla del narco y la prostituci&oacute;n, algunas j&oacute;venes han llegado a vender sus cuerpos, como han aceptado miembros de la comunidad, aunque ese tambi&eacute;n sigue siendo un tema tab&uacute;. Al preguntarles, tanto Olivia como los hombres presentes cruzan sus miradas y guardan un silencio inc&oacute;modo. La organizaci&oacute;n patriarcal, adem&aacute;s, ha ahondado la brecha cultural entre hombres y mujeres. Mientras ellos gozan de una vida social, ellas siguen reducidas al &aacute;mbito dom&eacute;stico m&aacute;s all&aacute; de la mendicidad en las calles. Mantienen sus faldas y bisuter&iacute;a tradicionales, el &uacute;nico broche de color en ese l&uacute;gubre agujero.
    </p><p class="article-text">
        La mujer es la que mantiene viva la cultura frente a la discriminaci&oacute;n de la sociedad. &ldquo;Algunos ni&ntilde;os han tenido problemas e incluso han sido golpeados por profesores. Dentro de la educaci&oacute;n no se ha integrado el enfoque &eacute;tnico y desconocerlo elimina su cultura&rdquo;, asegura a eldiario.es Pilar Su&aacute;rez, una de las pocas activistas dedicadas a esta causa. 
    </p><p class="article-text">
        Pone como ejemplo, los rega&ntilde;os de docentes contra ni&ntilde;os que se niegan a comer papilla, que a ellos les parece plastilina en lugar de alimento, reh&uacute;san quitarse sus vestimentas t&iacute;picas o les exigen hablar en castellano. Imposiciones que recuerdan a la evangelizaci&oacute;n de la Iglesia cat&oacute;lica a golpe de l&aacute;tigo.
    </p><p class="article-text">
        Durante la visita del Papa Francisco a Colombia a comienzos de setiembre de este a&ntilde;o, las autoridades prohibieron a los embera permanecer en las calles a modo de 'limpieza' ante su llegada. Olivia pas&oacute; hasta tres d&iacute;as tirada en el suelo con una hemorragia interna a la espera de una ambulancia que nunca lleg&oacute;. La punta del iceberg de un de por s&iacute; dif&iacute;cil acceso a la salud que sufren estos ind&iacute;genas, que ahora ni siquiera pueden preparar sus propios remedios caseros por la imposibilidad de encontrar en la ciudad los ingredientes necesarios de sus terrenos.
    </p><p class="article-text">
        Las condiciones de extrema pobreza, la p&eacute;rdida de costumbres, la permanente opresi&oacute;n de su pensamiento y sus constantes &eacute;xodos, los arroja al borde de la extinci&oacute;n f&iacute;sica y cultural, tal y como declar&oacute; la Corte Constitucional. &ldquo;Su desintegraci&oacute;n cultural es la forma como los seguimos matando&rdquo;, resume Su&aacute;rez. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el apoyo institucional y las ayudas humanitarias siguen siendo nulas, o en muchos casos absorbidas por la corrupci&oacute;n. &ldquo;El Gobierno no nos est&aacute; ayudando y las entidades se han robado la plata. No nos ayudan en nada&rdquo;, reclaman Olivia y Arnuvio. Al contrario, denuncian que la Polic&iacute;a les hace retirar sus puestos ambulantes y los funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) les recriminan por mendigar con sus beb&eacute;s a cuestas, a quienes no tienen d&oacute;nde dejar.
    </p><h3 class="article-text">Discriminados por un sistema sin enfoque &eacute;tnico</h3><p class="article-text">
        La Alta Consejera para las V&iacute;ctimas, &Aacute;ngela Anzola, admite que las instituciones no est&aacute;n preparadas para una atenci&oacute;n acorde a la diversidad &eacute;tnica: &ldquo;Cuando uno retira un menor en el ICBF, la entidad no est&aacute; pensada para ni&ntilde;os ind&iacute;genas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los esfuerzos pol&iacute;ticos se centran en el &aacute;mbito territorial. En su lugar de origen, el gobierno defini&oacute; un &aacute;rea como resguardo, frecuentemente violada por grupos armados, y que su resultado fue coartar su tradici&oacute;n n&oacute;mada acorralando su desarrollo econ&oacute;mico y cultural. Anzola reconoce a eldiario.es el &ldquo;complejo caso&rdquo; para atender a los embera y, a&ntilde;ade, pese a &ldquo;haber un sentido de urgencia muy grande, no se pueden tomar soluciones r&aacute;pidas&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El pr&oacute;ximo jueves 19 se entregar&aacute; a las entidades la caracterizaci&oacute;n, esta vez m&aacute;s precisa que la del siglo XIX pero con el mismo trasfondo, para abrir una mesa para comenzar el retorno de las comunidades ind&iacute;genas. Sin embargo, subraya Anzola, &ldquo;su relaci&oacute;n ancestral se interrumpi&oacute; en la ciudad, y muchos de los que han vivido mucho tiempo en la urbe ya no los quieren aceptar en sus territorios&rdquo;. Una distanciamiento que dificulta todav&iacute;a m&aacute;s la vuelta a sus territorios.
    </p><h3 class="article-text">Nuevos riesgos de volver a su territorio</h3><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de los embera no puede regresar, seg&uacute;n ellos mismos, porque recientemente se ha reavivado la amenaza de nuevas bandas criminales que est&aacute;n ocupando el espacio que las Farc abandonaron con su desmovilizaci&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        En su lugar de origen, el gobierno defini&oacute; un &aacute;rea como resguardo, frecuentemente violada por grupos armados, y que su resultado fue coartar su tradici&oacute;n n&oacute;mada acorralando su desarrollo econ&oacute;mico y cultural.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, es all&iacute;, en su tirra donde se encuentra su forma de supervivencia. &ldquo;Si me falta algo, lo agarro de mi huerta, all&aacute; no se pasa hambre&rdquo;, concluye Olivia sobre una soluci&oacute;n aparentemente simple. Ahora sufre porque van a demoler su chabola en Bogot&aacute;, donde su comunidad permanece en un limbo.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Se mantiene el mismo esquema de la colonia&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Ni en la ciudad ni en el campo est&aacute;n a salvo. &ldquo;En las zonas rurales se mantiene el mismo esquema de la colonia, las encomiendas les expropiaron sus tierras y los hicieron esclavos y esas condiciones no cambiaron con la independencia. Ahora, el sistema actual es el mismo. Los terratenientes, due&ntilde;os de grandes posesiones de tierras, han resuelto quedarse con las tierra de los ind&iacute;genas, ya no les basta con lo que les quitaron&rdquo;, afirma el historiador Enrique Santos Molano sobre un perenne hostigamiento que se traduce en la vulnerabilidad y explotaci&oacute;n heredada de la &eacute;poca colonial. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Aquella era una esclavitud no declarada pero en la realidad s&iacute; lo era. Los obligaban a trabajar a los encomenderos sin ninguna remuneraci&oacute;n. Ahora los est&aacute;n desplazando a las ciudades en ese cord&oacute;n de miseria y en la ciudades son discriminados eso crea una situaci&oacute;n de malestares o recae en conflictos sociales e injusticias, como la persecuci&oacute;n o los asesinatos, las desapariciones las estamos viendo casi que a diario, no solo en Colombia sino en toda Am&eacute;rica Latina&rdquo;, reflexiona Santos Molano.
    </p><p class="article-text">
         &ldquo;Nadie les atiende sus reclamos porque son ciudadanos tratados como si fueran ciudadanos de tercera (...) Como parte de la pauperizaci&oacute;n de los ind&iacute;genas tienen consecuencia en la explotaci&oacute;n econ&oacute;mica, en la mendicidad, en unas condiciones precarias e indignantes.&rdquo;, apunta el historiador, para quien el &lsquo;D&iacute;a de la Raza&rsquo;, como se celebra en Colombia el 12 de octubre, &ldquo;en realidad no festeja la raza ind&iacute;gena, sino la espa&ntilde;ola, porque los ind&iacute;genas en todo el continente est&aacute;n en una situaci&oacute;n tan grave como cuando llegaron los conquistadores&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Desde hace medio milenio arrastran muchos de los lastres del desembarco de los espa&ntilde;oles en Latinoam&eacute;rica. Y pese a la marginalidad, empobrecimiento y discriminaci&oacute;n, todav&iacute;a hablan de resistencia. Quiz&aacute;, a la espera de que Karagab&iacute; mande de nuevo a &eacute;goro (su tierra) un pu&ntilde;ado m&aacute;s abundante de serpientes o truenos para protegerlos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Aitor Sáez, M. Otálora]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 12 Oct 2017 18:35:28 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los indígenas embera, castigados por la guerra y las secuelas de la conquista española]]></media:title>
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