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    <title><![CDATA[elDiario.es - Óscar Martínez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/oscar_martinez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Óscar Martínez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[La Mara derrota a Estados Unidos en Long Island]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/mara-derrota-unidos-long-island_1_3079514.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e431444c-6bee-4c74-b1ba-8a5aea1683d4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La Mara derrota a Estados Unidos en Long Island"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Jóvenes centroamericanos se unen a las bandas de las que huyeron en esta isla de Nueva York, donde tiene presencia la violenta Mara Salvatrucha</p><p class="subtitle">"Joven, salvadoreño, en camiseta y con gorra de los Yankees, para ellos (la policía) es marero, aunque no tengan nada contra vos", dice un muchacho que sufrió las amenazas de las bandas</p><p class="subtitle">El abandono escolar y familiar, unido al acoso de las maras, empuja a muchos de estos jóvenes hispanos a convertirse en sus miembros mientras Donald Trump promete aumentar las deportaciones</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &mdash;&iquest;Por qu&eacute; viniste a Long Island?
    </p><p class="article-text">
        Es 4 de junio de 2017. Estamos en un restaurante Subway, lejos del centro de cualquiera de estas peque&ntilde;as ciudades habitadas por migrantes latinos en su gran mayor&iacute;a. A 40 minutos est&aacute; la capital del mundo, la ciudad de Nueva York, pero aqu&iacute; es suburbio, extrarradio, periferia. Estamos en el l&iacute;mite entre North Merrick y Uniondale, ciudades dormitorio de obreros, donde las principales atracciones son centros comerciales.
    </p><p class="article-text">
        Quien responder&aacute; mi pregunta es un muchacho salvadore&ntilde;o de 18 a&ntilde;os, hijo de una tortillera, nacido en un cant&oacute;n que se llama El Ni&ntilde;o, en un caser&iacute;o que se llama La Ceiba, en las faldas del volc&aacute;n Chaparrastique, en el ardiente departamento de San Miguel.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mi mam&aacute; y mi hermana ya estaban aqu&iacute;. Mi pap&aacute; falleci&oacute; cuando yo estaba en El Salvador. Andaba tomando cuando un carro lo atropell&oacute;. Yo no viv&iacute;a con &eacute;l, sino con una t&iacute;a. Nos daban pija [palizas] parejo a todo mundo, porque mi t&iacute;a ten&iacute;a cuatro hijas m&aacute;s que viv&iacute;an en el mismo solar. Ah&iacute; nos daban pija parejo a todos.
    </p><p class="article-text">
        Es un muchacho fibroso. A&uacute;n conserva el cuerpo campesino, huesudo, de m&uacute;sculos anudados, forjado en milpas [ecosistema agr&iacute;cola]. Lleva una gorra de los New York Yankees y se ha puesto dos implantes dorados en los dientes delanteros superiores.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo fue llegar aqu&iacute; con 11 a&ntilde;os?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;La vida aqu&iacute; solo es pasar encerrado como perro cuando sos inmigrante que no ten&eacute;s papeles ni carro ni nadie que te d&eacute; cancha y te muestre lugares. Te sent&iacute;s perdido. Mi mam&aacute; ya tiene su esposo, un salvadore&ntilde;o. Se acompa&ntilde;aron aqu&iacute;. Rent&aacute;bamos un <em>basement</em>&nbsp;[s&oacute;tano]. Los tres viv&iacute;amos ah&iacute;: un solo cuarto con cocina y ba&ntilde;o por 900 d&oacute;lares. En un pedacito yo ten&iacute;a mi cama y mi ropero. Mi mam&aacute; entraba a trabajar a las&nbsp;cuatro de la ma&ntilde;ana y sal&iacute;a a las tres. A veces dobleteaba turno y se quedaba hasta las 11 (de la noche). Solo a dormir ven&iacute;a, y a darle al otro d&iacute;a a las&nbsp;cuatro de la ma&ntilde;ana otra vez.
    </p><p class="article-text">
        El ni&ntilde;o de cant&oacute;n rural lleg&oacute; a un lugar que no entend&iacute;a, a vivir con una se&ntilde;ora que durante a&ntilde;os fue solo una voz en el tel&eacute;fono. Ser joven era jodido en Long Island, a&uacute;n antes de escuchar hablar de la Mara Salvatrucha.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; hac&iacute;as solo en el <em>basement</em>?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Encerrado, solo viendo mu&ntilde;ecos.
    </p><p class="article-text">
        El primo del muchacho lo espera afuera del Subway en una camioneta encendida. No se siente del todo seguro en esta calle. Algunos pandilleros a&uacute;n creen tener cuentas pendientes con &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Cu&aacute;nto tiempo pas&oacute; antes de que conociste gente de la pandilla?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Me enter&eacute; como al a&ntilde;o de estar aqu&iacute; de que hab&iacute;a pandillas, pero no mucha importancia. Ya cuando entr&eacute; a la High School, ah&iacute; s&iacute;. Hay de las dos letras, de los n&uacute;meros. Todo comenz&oacute; por eso.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Llegaste hasta chequeo de la Mara Salvatrucha, &iquest;verdad?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hasta ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; clica [subgrupo dentro de la mara]?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hollywood Locotes Salvatrucha.
    </p><h3 class="article-text">Nueve muertos en dos meses</h3><p class="article-text">
        Pasaron muchas cosas, se derram&oacute; mucha sangre joven, pero fueron sobre todo las que ocurrieron en dos meses las que tienen a Long Island en titulares de todo el mundo. Long Island y unas siglas: MS. Mara Salvatrucha.
    </p><p class="article-text">
        El recuento de esos dos meses parece el recuento de lo ocurrido en una violenta colonia empobrecida de San Salvador, la capital de los homicidios. Sin embargo, pas&oacute; en Nueva York, en diferentes pueblitos de Long Island, no tan lejos de la Estatua de La Libertad.
    </p><p class="article-text">
        El primero de esos meses fue septiembre de 2016. El lunes 12, en un pueblo llamado Mineola, mientras caminaba en la calle, fue asesinado a balazos un joven salvadore&ntilde;o de 15 a&ntilde;os, Josu&eacute; Guzm&aacute;n, estudiante de d&eacute;cimo grado.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a siguiente, un martes 13, cuando ca&iacute;a la noche en Brentwood, un grupo de j&oacute;venes asesinaron con bates a dos muchachas justo afuera de la escuela Loretta Park, donde estudiaban. Kayla Cuevas era una chica de ra&iacute;ces dominicanas de 16 a&ntilde;os. Nisa Mickens, quincea&ntilde;era, era una de sus mejores amigas. Ambas murieron aporreadas. Sus cad&aacute;veres quedaron a metros de distancia en un &aacute;rea residencial afuera de la escuela.
    </p><p class="article-text">
        El 16, la polic&iacute;a encontr&oacute; el cad&aacute;ver de &Oacute;scar Josu&eacute; Acosta, un salvadore&ntilde;o de 19 a&ntilde;os que ten&iacute;a tres de haber llegado a Brentwood. Hab&iacute;a desaparecido el 19 de abril pasado. Cinco d&iacute;as despu&eacute;s, el 21, la polic&iacute;a encontr&oacute; otro cad&aacute;ver. Lo encontr&oacute; en la misma &aacute;rea que el anterior, en los alrededores boscosos de un hospital psiqui&aacute;trico abandonado que se llamaba Pilgrim. Se trataba del cuerpo de Miguel Garc&iacute;a, un ecuatoriano de 15 a&ntilde;os. Hab&iacute;a desaparecido siete meses atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        2016. Un mes. Cinco cad&aacute;veres.
    </p><p class="article-text">
        La polic&iacute;a, sus informantes, los medios, todo mundo dijo: MS. Los dedos apuntaban a un solo lado. Arrestaron a 25 supuestos miembros de la pandilla en Long Island. Todos, al igual que los muertos, eran adolescentes. Centroamericanos la mayor&iacute;a. Salvadore&ntilde;os la mayor&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        En diciembre de 2016, tras solo un mes de haber ganado las elecciones y a d&iacute;as de asumir como el 45&ordm; presidente de los Estados Unidos, Donald Trump tom&oacute; el micr&oacute;fono y habl&oacute; de lo que pasaba en esos pueblitos de Long Island. Lo hizo durante una entrevista con la revista <em>Time</em>, que acababa de nombrarlo hombre del a&ntilde;o: &ldquo;Vienen de Centroam&eacute;rica, son la gente m&aacute;s ruda que hayas conocido. Est&aacute;n matando y violando a todo mundo all&aacute;. Son ilegales. Y es su fin&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El nuevo presidente volteaba a ver a la comunidad centroamericana y no era para nada bueno.
    </p><p class="article-text">
        Los pueblitos de Long Island siguieron en la mira. Decenas de titulares se publicaron. Todos llevaban las siglas MS. M&aacute;s redadas, m&aacute;s arrestos, m&aacute;s juicios.
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        El Servicio de Inmigraci&oacute;n y Protecci&oacute;n de Aduanas (ICE, por sus siglas en ingl&eacute;s), escuch&oacute; a su futuro l&iacute;der, y, entre el 1 de octubre de 2016 y el 4 de junio de 2017, ha deportado a 2.798 supuestos miembros de pandillas, de varias pandillas. Una cantidad inusual en ese per&iacute;odo, seg&uacute;n la misma oficina afirm&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Todo se revolvi&oacute;, y se segu&iacute;a revolviendo alrededor de las mismas siglas: MS. La comunidad indocumentada de Long Island intentaba sobrevivir sacando cabeza lo menos posible. Joven, indocumentado y centroamericano se convirti&oacute; r&aacute;pidamente en presunto emeese. Y por esos d&iacute;as, luego de que en 2014 m&aacute;s de 64.000 menores no acompa&ntilde;ados entraran a Estados Unidos sin los documentos necesarios, hab&iacute;a muchos j&oacute;venes, indocumentados y centroamericanos en Long Island.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la tormenta empezaba a amainar, lleg&oacute; el otro mes que lo cambi&oacute; todo. Un solo d&iacute;a, m&aacute;s bien. El martes 11 de abril de 2017, en el pueblo de Central Islip, cinco muchachos y dos muchachas salieron a pasar el rato a un bosque, cerca del complejo recreativo del pueblo. Al poco tiempo, se vieron rodeados por un grupo de muchachos enmascarados y con machetes. Todo lo cont&oacute; Alex Ruiz, el joven reci&eacute;n llegado de El Salvador que sobrevivi&oacute; junto a las dos chicas.
    </p><p class="article-text">
        Los otros cuatro fueron asesinados a filazos. Muri&oacute; Justin Livicura, 16, de familia ecuatoriana, empleado de un restaurante. Muri&oacute; Jorge Tigre, 18, que lleg&oacute; con diez a&ntilde;os a ese pa&iacute;s desde Ecuador. Muri&oacute; Michael Banegas, hondure&ntilde;o que hab&iacute;a huido de la violencia de su pa&iacute;s hac&iacute;a tres a&ntilde;os para alcanzar a sus padres. Muri&oacute; Jefferson Villalobos, primo de Michael, hondure&ntilde;o tambi&eacute;n, 18 a&ntilde;os, que hab&iacute;a llegado de visita desde Florida cuatro d&iacute;as antes de ser macheteado.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a. Cuatro cad&aacute;veres m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En suma: en dos meses, nueve cad&aacute;veres. Para ser exactos: en cinco d&iacute;as, nueve cad&aacute;veres. Misma &aacute;rea, mismas edades, misma culpable: MS.
    </p><p class="article-text">
        Las causas de los asesinatos que trascendieron en diferentes medios de comunicaci&oacute;n eran dos. La primera, que algunos de los asesinados eran cercanos a otras pandillas y hab&iacute;an ofendido a miembros de la emeese. Ofensas que no pasaban de ser retos en el patio de una escuela, desaf&iacute;o de adolescentes. La segunda, que no hab&iacute;an querido incorporarse a la pandilla.
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s que antes, esos pueblos repletos de obreros e indocumentados latinos volvieron al centro del debate estadounidense, un debate que hace eco en todo el mundo.
    </p><p class="article-text">
        Esta vez Trump no solo habl&oacute;. Habl&oacute; varias veces. Viaj&oacute; a Brentwood para hablar. &ldquo;El cartel MS-13. Es particularmente violento. No les gusta disparar a las personas porque es muy r&aacute;pido. Le&iacute; que uno de esos animales explicaba que le gustaba cortarlos y dejarlos morir lentamente porque era m&aacute;s doloroso y les gustaba verlos morir&hellip; Son animales&rdquo;, dijo el hombre m&aacute;s poderoso del mundo el 28 de julio de 2017, ante oficiales de polic&iacute;a de los dos condados donde ocurrieron los homicidios.
    </p><p class="article-text">
        La MS-13 en Long Island fue el caballito de batalla de Trump toda esa semana. Hablaba de &ldquo;esos animales&rdquo; y luego de la necesidad de eliminar las ciudades santuario para indocumentados. Explicaba c&oacute;mo los emeese &ldquo;cortan con un cuchillo&rdquo; y promet&iacute;a m&aacute;s deportaciones de hispanos. La MS encaj&oacute; tan bien en los planes de deportaci&oacute;n de Trump como en la sociedad salvadore&ntilde;a de la posguerra.
    </p><p class="article-text">
        Long Island sigue en el centro del debate sobre la presencia de la pandilla m&aacute;s sanguinaria del mundo en Estados Unidos. La MS mata de formas crueles y rebuscadas. Desmiembran, machetean, deg&uuml;ellan, ahorcan, violan, matan. Pero en este debate amn&eacute;sico sobre c&oacute;mo fue posible que se derramara tanta sangre en tan pocos d&iacute;as, el Gobierno de EEUU olvida lo que ya pas&oacute;, y magnifica &ndash;&ldquo;el c&aacute;rtel MS13&rdquo;, dijo Trump- a su enemigo mientras se sube al ring contra un enclenque.
    </p><p class="article-text">
        La MS de El Salvador no es la MS de Long Island. Brentwood no es Soyapango. La MS de Long Island es una organizaci&oacute;n callejera de poca monta, violenta como un adolescente iracundo con un bate, y no como un c&aacute;rtel mexicano. Lo que hace que estos j&oacute;venes maten en Long Island ya hizo que d&eacute;cadas atr&aacute;s mataran en Los &Aacute;ngeles. Hay que visitar Long Island para ver con claridad todo eso.
    </p><h3 class="article-text">Ser joven y centroamericano, una amenaza</h3><p class="article-text">
        &mdash;&Eacute;ramos como seis amigos hispanos. No &eacute;ramos de ninguna pandilla. Ya en la High School, con 15 a&ntilde;os. &Iacute;bamos a jugar pelota a la cancha, ah&iacute; conocimos a m&aacute;s amigos. Ninguno era pandillero. Pero nos buscaban para darnos duro los de las dos letras (MS), los n&uacute;meros (Barrio 18) y las pandillas de aqu&iacute;, como los Bloods&hellip;&nbsp;A veces, estaba en clases, y pasaban los mollos (negros) hablando: &ldquo;We are waiting, come on outside&rdquo; [estamos esperando, vamos afuera].
    </p><p class="article-text">
        El problema del muchacho que naci&oacute; all&aacute; por el volc&aacute;n Chaparrastique y que ahora habla en el Subway de Uniondale no era ser pandillero. Su problema era ser joven y centroamericano. Su problema es que pod&iacute;a ser pandillero. Era una amenaza, pues.
    </p><p class="article-text">
        Vale recordar que en EEUU el universo pandilleril se extiende y el cat&aacute;logo viene ordenado por razas y nacionalidades, como no ocurre en El Salvador, donde son solo iguales contra iguales. Bloods y Crips son pandillas negras. Vatos Locos, por ejemplo, es una pandilla esencialmente mexicana. Mara Salvatrucha remite a Centroam&eacute;rica. En las escuelas p&uacute;blicas de Long Island, un salvadore&ntilde;o reci&eacute;n llegado que use un pantal&oacute;n flojo ser&aacute; visto con recelo por los bloods, por los crips&hellip;
    </p><p class="article-text">
        La mujer india que atiende en la caja del Subway no est&aacute; nada c&oacute;moda desde que el muchacho salvadore&ntilde;o entr&oacute;. Voy al mostrador por uno de los panes. Le pregunto si hay muchas pandillas por aqu&iacute;. &ldquo;La semana pasada nos asalt&oacute; uno con un enorme cuchillo&rdquo;, responde desganada.
    </p><p class="article-text">
        Los suburbios de Estados Unidos&nbsp;dislocan toda la escenograf&iacute;a de las pandillas y la violencia que ha trascendido desde Centroam&eacute;rica: barrios obreros de casitas que parecen cajas de cemento, una tras otra, solo divididas por un pasillo min&uacute;sculo y tambi&eacute;n de cemento. Aqu&iacute; en los pueblos de Long Island la imagen es la de la prosperidad, lo opuesto al hacinamiento centroamericano, al menos en apariencia. Frente al Subway hay una casa con un enorme jard&iacute;n frontal perfectamente cuidado. Sobre el jard&iacute;n, un poni de madera y un cartel anunciando la llegada de un nuevo miembro: &ldquo;It's a boy&rdquo; [Es un ni&ntilde;o].
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        La Long Island de las pandillas no se parece ni en est&eacute;tica a El Salvador de las pandillas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;C&oacute;mo ocurr&iacute;a ese acoso? &mdash;pregunto al muchacho de los dientes dorados.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Digamos que &iacute;bamos a jugar pelota y pasaban los que eran Bloods, y nos empezaban a tirar se&ntilde;as y a decirnos que a la verga los hispanos y cosas as&iacute;, a chingarnos. Hab&iacute;a tambi&eacute;n unos nueve chavales de mi misma edad (15 a&ntilde;os) de la (pandilla) 18. Llegaban despu&eacute;s de la escuela, nos esperaban en los carros y nos empezaban a hacer se&ntilde;as con las manos y nos dec&iacute;an cosas. Una vez, a un amigo m&iacute;o que no era nada lo mandaron al hospital. Le reventaron el codo con fierros. Los de aqu&iacute; (los Bloods de Uniondale) nos quer&iacute;an dar verga. No nos quer&iacute;an ver aqu&iacute;. &Iacute;bamos a cualquier calle y nos quer&iacute;an dar una paliza. &Iacute;bamos all&aacute; (Hempstead, que tiene otro gran centro comercial con cine), y lo mismo. Nos &iacute;bamos para Garden City, al <em>mall</em>, a buscar vaciles sanos y nos encontramos como a 15 dieciochos. Solo and&aacute;bamos cuatro y dos morras [mujeres]. Un idiota entra y le pega una patada a un amigo. Le empez&oacute; a decir ondas: que era pandillero, que a la mierda la MS, que lo iba a matar. Salgamos afuera, vamos a darnos pija, nos dec&iacute;an, pero nosotros solo &eacute;ramos cuatro cipotes, ellos eran 15. &iquest;Qu&eacute; &iacute;bamos a hacer?
    </p><p class="article-text">
        La historia de este muchacho es la verdadera historia de lo que pasa entre Long Island y la MS. Lejos de la idea de una gran mafia organizada controlando a sus miembros, es la historia de muchachos que llegaron a integrarse en familias a las que no conoc&iacute;an m&aacute;s que por tel&eacute;fono. Muchachos que tuvieron que ir a clases especiales en sus escuelas, mezclados entre reci&eacute;n llegados de distintas edades, para aprender a decir <em>good morning</em>.
    </p><p class="article-text">
        Y en esas clases, peceras de reci&eacute;n llegados desde pa&iacute;ses controlados por las pandillas, los pandilleritos de la escuela ve&iacute;an potenciales v&iacute;ctimas, <em>hommies </em>[colegas], enemigos. Todos contra ellos: el idioma, los pandilleritos de sus pa&iacute;ses, los negros de las otras pandillas, el horario laboral de sus madres&hellip; y ahora, la Polic&iacute;a, las noticias, el mismo presidente Trump.
    </p><p class="article-text">
        Hacerse pandillero no parec&iacute;a por momentos una decisi&oacute;n, sino una imposici&oacute;n. Sos, dig&aacute;s lo que dig&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Los pueblitos de Long Island, hay que decirlo, no son lugar para j&oacute;venes indocumentados.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Problemas con las pandillas&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Uniondale es un suburbio de pel&iacute;cula. Grandes casas, calles anchas, verdes jardines, enormes carros. Afuera de muchas de esas casas hay no uno ni dos, sino cuatro o seis carros aparcados. Es porque en esas casas, no solo de este pueblo, sino de los de alrededor, no vive una familia, viven cuatro o seis. Varias familias indocumentadas se api&ntilde;an en los diferentes cuartos de esas casonas que, siguiendo el clich&eacute;, invitan a hacer una parrillada sobre la verde grama [c&eacute;sped]. Esas casas son un cascar&oacute;n de bienestar. Por dentro, muchas est&aacute;n a punto de estallar.
    </p><p class="article-text">
        En una de las calles principales de Uniondale hay un restaurante que reci&eacute;n abri&oacute; este mes de mayo. Venden tacos y pupusas [tortillas], sopa de gallina y hamburguesas. Es un restaurante para migrantes. Adentro se habla espa&ntilde;ol y se toma Coronas en un peque&ntilde;o s&oacute;tano iluminado por un foco pel&oacute;n donde, por las noches, llegan mujeres gordas en diminutas calzonetas a intentar seducir a los hombres que juegan billar. Luego, les cobran. Por la compa&ntilde;&iacute;a. Por el sexo, si es que llegan al acuerdo de irse a otro lugar o salir al callej&oacute;n de al lado.
    </p><p class="article-text">
        El restaurante es una estampa del Long Island migrante de estos d&iacute;as. El due&ntilde;o tiene una d&eacute;cada aqu&iacute;. Es del departamento oriental de San Miguel, en El Salvador. Actualmente tiene un problema. Alberga en casa a un nuevo y problem&aacute;tico inquilino: su hermano menor. El muchacho tuvo en El Salvador &ldquo;problemas con las pandillas&rdquo;. Esa es una construcci&oacute;n que escucharemos muchas veces en este pedazo de Nueva York.
    </p><p class="article-text">
        Los padres lo enviaron a reunirse con su hermano mayor, un perfecto desconocido para el muchacho que ten&iacute;a ocho a&ntilde;os cuando su hermano migr&oacute;. El muchacho reci&eacute;n llegado ahora tiene 16. Vino a mediados de 2015. Fue, en toda regla, uno de los menores no acompa&ntilde;ados que entr&oacute; a este pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Empez&oacute; en la escuela de Uniondale. Se hizo miembro de la Mara Salvatrucha.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tuve que sacarlo de la escuela, al menos alejarlo, porque yo no tengo tiempo de andarlo siguiendo &mdash;dice el due&ntilde;o del restaurante mientras destapa dos Coronas.
    </p><p class="article-text">
        Ahora mismo, esta tarde de 1 de junio de 2017 el hermano mayor no sabe d&oacute;nde est&aacute; su pariente. &ldquo;Andar&aacute; en alg&uacute;n parque con qui&eacute;n sabe qui&eacute;n&rdquo;, dice. Nadie tiene tiempo de guiar en este nuevo mundo al adolescente de 16 a&ntilde;os. O mejor dicho, s&iacute;, hay un grupo que tiene tiempo: la MS. El hermano mayor asegura que si el menor no se compone lo echar&aacute; de la casa. &ldquo;A la calle, a que vea qu&eacute; putas hace&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute; se construye un pandillero en EEUU.
    </p><p class="article-text">
        En Long Island muchas veces parece que el problema es la pandilla, una m&aacute;quina eficiente de reclutamiento, pero m&aacute;s bien es la consecuencia. La causa se parece m&aacute;s al abandono.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Quien s&iacute; sabe d&oacute;nde est&aacute;n sus hijos es la cocinera del restaurante. Do&ntilde;a Vilma tiene 44 a&ntilde;os y es de Tacachico, La Libertad, El Salvador. Voltea la carne para los tacos de res y tambi&eacute;n las pupusas de queso mientras cuenta que vino en 2016, junto a sus hijos de 18 y 14. &ldquo;Problemas con las pandillas&rdquo;, dice sin dejar de ver la plancha. &iquest;Qu&eacute; problemas? &ldquo;Nos amenazaron por vender cogollos&rdquo;, dice, y ya no explicar&aacute; m&aacute;s. Quiz&aacute; cruzaron fronteras, quiz&aacute; no pagaron renta&hellip; Quiz&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Do&ntilde;a Vilma, a diferencia del due&ntilde;o del restaurante, s&iacute; sabe d&oacute;nde est&aacute;n sus hijos. Est&aacute;n aqu&iacute;, a la par de ella. Uno hace sus tareas de la escuela en la mesita para picar. Va del restaurante a la escuela, de la escuela al restaurante y del restaurante a la casa. El otro, el de 18, sale a alg&uacute;n trabajo y luego vuelve al lado de su madre a esperar que ella termine, para irse juntos al cuarto que rentan. La estrategia de Do&ntilde;a Vilma para repeler a las pandillas en Long Island es la cercan&iacute;a. No la cercan&iacute;a metaf&oacute;rica, sino la m&aacute;s literal. Gran parte del d&iacute;a tiene a sus hijos a dos metros. En eso s&iacute; se parece Long Island a El Salvador: a falta de Estados eficientes, una madre siempre ha sido el mejor ant&iacute;doto ante la mara.
    </p><p class="article-text">
        Los tacos los comer&eacute; yo. Las pupusas las espera para llevar un salvadore&ntilde;o cuarent&oacute;n que vino en 2012 a Long Island. Hizo un dinero y volvi&oacute; a El Salvador. All&aacute; tuvo &ldquo;problemas con las pandillas&rdquo; y regres&oacute; en 2014. Ahora piensa traer a su hija de 16, pero duda. &ldquo;Dicen que aqu&iacute; est&aacute; jodido eso de las pandillas&rdquo;, apunta el hombre que tiene m&aacute;s de cinco a&ntilde;os de vivir aqu&iacute;. Le pregunto si alguna vez alg&uacute;n pandillero le ha hecho algo en Long Island. &ldquo;No, pero lea los peri&oacute;dicos. Andan en todas partes&rdquo;, responde.
    </p><p class="article-text">
        El restaurante tiene una nueva mesera. Es una muchacha delgada, de 18 a&ntilde;os, de cuerpo fino y blanco, pelo te&ntilde;ido de rojo, que viste un cort&iacute;simo, ajustado y escotado vestido. &ldquo;Es para atraer clientes&rdquo;, dice el due&ntilde;o del local. &ldquo;Ella se vino de otro pueblo de aqu&iacute;, donde anduvo con los mareros. Preg&uacute;ntele&rdquo;, sugiere el hombre.
    </p><p class="article-text">
        La muchacha me lleva una cerveza. Le pregunto de d&oacute;nde es. &ldquo;De El Salvador&rdquo;, responde con el pronunciado acento boricua que ha cultivado en sus cuatro a&ntilde;os en Long Island. Le pregunto d&oacute;nde viv&iacute;a. &ldquo;Ah&iacute; por El Salvador del Mundo viv&iacute;a&rdquo;. Le explico que soy periodista. Le cuento que quiero entender por qu&eacute; los j&oacute;venes entran en pandillas en Long Island. Digo que s&eacute; que ella estuvo cuando menos cerca de la Mara Salvatrucha. &ldquo;Sal&iacute; a hanguear [divertirme] mucho con la pandilla&rdquo;, dice, y se va al mostrador.
    </p><p class="article-text">
        En menos de dos minutos, la muchacha pelirroja vuelve con servilletas. &ldquo;Cuando vine, estaba sola &mdash;dice con el ce&ntilde;o fruncido&mdash;. Ellos son los primeros que te tienden la mano. Te buscan para tenderte la mano&rdquo;. Luego, la muchacha que lleg&oacute; a este pa&iacute;s con 14 a&ntilde;os, se va de nuevo al mostrador y se sumerge en su celular.
    </p><h3 class="article-text">Menos presupuesto, m&aacute;s muchachos</h3><p class="article-text">
        La cobertura medi&aacute;tica habla de una MS fuerte en Long Island. La principal voz difundida en los medios, la de Trump, habla de una batalla entre el Estado y una poderosa mafia &ldquo;transnacional&rdquo;. Sin embargo, varias otras voces de funcionarios que conocen de primera mano la situaci&oacute;n aportan otra perspectiva: no es una batalla de nadie contra nadie, sino inutilidad pura de un Estado que no ha sabido lidiar con unos adolescentes reci&eacute;n llegados de pa&iacute;ses violentos. Desinter&eacute;s puro.
    </p><p class="article-text">
        Howard Koening, el superintendente de las escuelas de Central Islip, donde fueron macheteados hasta la muerte los cuatro muchachos en abril de 2017, dijo en declaraciones p&uacute;blicas que el recorte presupuestario de 9.200 millones en gastos educativos para el presupuesto de este a&ntilde;o &ldquo;se convierte en una herramienta que alimenta las actividades de reclutamiento de la pandilla&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El comisionado de Polic&iacute;a del condado de Suffolk, al que pertenece Brentwood, donde asesinaron a las dos muchachas a batazos en 2016, asegur&oacute; que entre 2014 y marzo de 2017, su condado hab&iacute;a recibido a 4.624 menores no acompa&ntilde;ados. M&aacute;s del 90%, seg&uacute;n datos de ICE, provienen de pa&iacute;ses centroamericanos. Menos presupuesto, m&aacute;s muchachos. Menos presupuesto, m&aacute;s muchachos que necesitan particular atenci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Incluso los datos de la Patrulla Fronteriza refuerzan la idea de que la pelea se pierde dentro de EEUU. El 21 de junio de 2017, Carla Provost, jefa interina de esa instituci&oacute;n, dijo en el Senado que desde 2012 han detenido a 250.000 menores no acompa&ntilde;ados en la frontera con M&eacute;xico. Solo 56 estaban bajo sospecha de tener relaciones con la MS. No se trata, insin&uacute;an los datos de los temidos patrulleros, de un problema que entra sin papeles por la frontera. Se trata de una batalla que se pierde dentro del gran pa&iacute;s. La MS gana aqu&iacute; adentro. O, visto de otra forma, el Estado estadounidense pierde aqu&iacute; adentro. No todos los problemas estadounidenses vienen de afuera. No todos los males ocurren del otro lado del muro.
    </p><p class="article-text">
        Tras una larga jornada donde se escucharon voces de funcionarios de Long Island, en junio de este a&ntilde;o, un senador lo dijo m&aacute;s claro imposible. &ldquo;El fracaso total del Gobierno en establecer un proceso eficiente y una supervisi&oacute;n significativa de la colocaci&oacute;n de estos ni&ntilde;os ha llevado a la actual crisis de la MS&rdquo;, dijo el senador de Iowa, Charles Grassley. Es un pol&iacute;tico del Partido Republicano, el partido de Trump.
    </p><h3 class="article-text">El acoso de las pandillas</h3><p class="article-text">
        &mdash;Uno de mis amigos le dijo a uno de esos batos (de la pandilla 18) de Hempstead que cu&aacute;l era su furia, que se cayera tal d&iacute;a aqu&iacute; (a Uniondale), y que nos di&eacute;ramos pija [palizas] uno a uno, sin ondas de pandillas. Cay&oacute; uno al que le dicen Farruquito de Hempstead, y mi amigo le peg&oacute; en esta misma calle, en una cancha a la que le decimos La Bombonera. Mi amigo es de Honduras &mdash;dice el muchacho salvadore&ntilde;o de dientes dorados en el Subway.
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n no era emeese. No lo era &eacute;l y no lo era tampoco el amigo suyo que le dio &ldquo;pija&rdquo; a Farruquito. Eran solo muchachos reci&eacute;n llegados que intentaban sacar cabeza en un lugar extra&ntilde;o, pero eran aplastados cada vez por otros muchachos. Hasta que se hartaron, se supieron solos, y empezaron a pelear.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pero a los d&iacute;as volvieron &mdash;contin&uacute;a&mdash;. Esa vez s&iacute; nos sacaron carrera a mi amigo que hab&iacute;a peleado y a m&iacute;. Andaban en una camioneta y en un (carro) hondita. Se bajaron tres, con cadenas y bates, y nosotros sin nada. Por esos d&iacute;as conocimos a las dos letras. Algunos ya ten&iacute;an 17, 16 a&ntilde;os. Nos buscaban dar duro adentro de la High School. Les dec&iacute;amos que no &eacute;ramos pandilleros, que los de Hempstead nos quer&iacute;an dar duro, que los Blood tambi&eacute;n nos quer&iacute;an reventar. Los majes no nos cre&iacute;an. Pero un d&iacute;a, uno de ellos (de la MS) me dio un n&uacute;mero de &eacute;l, y dijo que cualquier problema le habl&aacute;ramos, que &eacute;l estaba de toque.
    </p><p class="article-text">
        El muchacho de las faldas del Chaparrastique aguant&oacute; m&aacute;s de seis meses el acoso de todas las pandillas. En la escuela, en el centro comercial, en el cine, en la calle. Ser joven migrante era jodido en Long Island, a&uacute;n sin ser pandillero.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Hacerse pandillero es un s&iacute;ntoma&rdquo;</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Son el diablo, y tenemos que temerle&rdquo;, dice Sergio Argueta, una de las personas que m&aacute;s entiende lo que est&aacute; ocurriendo con la MS. Ese es el mensaje, dice, que el Gobierno estadounidense quiere dar. &ldquo;Hay bastante exageraci&oacute;n&rdquo;, concluye. Argueta es fundador de la organizaci&oacute;n Strong y tambi&eacute;n trabajador social de una escuela p&uacute;blica. Strong es una organizaci&oacute;n que trabaja, desde hace m&aacute;s de 15 a&ntilde;os, con j&oacute;venes en riesgo en Long Island. Algunos j&oacute;venes fueron pandilleros, otros casi lo fueron, otros fueron v&iacute;ctimas de las pandillas y otros fueron v&iacute;ctimas del clich&eacute; de las pandillas. Muchos son j&oacute;venes, indocumentados y centroamericanos: el diablo en Long Island.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Las pandillas son un s&iacute;ntoma de un Estado que ha fracasado. Las escuelas donde est&aacute; nuestra gente son las que tienen peores notas. En la escuela de Uniondale, donde trabajo, tenemos 2.313 estudiantes. Hay dos trabajadores sociales. Solo uno habla espa&ntilde;ol. Yo soy trabajador social, pero encargado de asistencia. A m&iacute; me toca andar buscando a los que no vienen a la escuela. Cada d&iacute;a hay 300, 400 que no llegan. Tengo j&oacute;venes que no se han reportado en 60,70, 80 d&iacute;as. &iquest;&iexcl;C&oacute;mo madres, si ando apagando un mont&oacute;n de fuegos, voy a asistir a esas familias!? Cuando un sistema no puede ayudar a estos j&oacute;venes, &iquest;qui&eacute;n m&aacute;s? Los &uacute;nicos, piensan ellos (los j&oacute;venes), son esas pandillas, porque lo que la pandilla le ofrece&hellip; bueno, no ofrece nada, pero a esa edad parece que es mejor.
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        Argueta sabe. Argueta fue pandillero. Naci&oacute; aqu&iacute; en Long Island. Su madre, salvadore&ntilde;a de un cant&oacute;n de Ahuachap&aacute;n, que estudi&oacute; hasta sexto grado, vino en 1974, antes de que se desatara la guerra. Entre los 13 y 19 a&ntilde;os, fue miembro de la pandilla Redondel Pride en Hempstead. Hubo muertos, armas y condenas en prisiones federales para muchos de sus colegas, hispanos en su gran mayor&iacute;a. Argueta sabe de lo que habla porque lo ha vivido y lo ha visto ocurrir desde hace m&aacute;s de dos d&eacute;cadas.
    </p><p class="article-text">
        Lo que ocurre no es nuevo. Las voces que claman deportaciones tampoco lo son.
    </p><p class="article-text">
        Argueta explica que lo que dio nivel a su pandilla, fundada por amigos del barrio, fueron una serie de noticias que hablaban de la llegada de la pandilla Latin Kings a Long Island. En algunas de esas noticias, un jefe policial explicaba que esa enorme pandilla hab&iacute;a llegado y entrado en contacto con la peque&ntilde;a Redondel Pride. &ldquo;Oh, <em>shit</em>, ya &eacute;ramos famosos&rdquo;, recuerda Argueta su reacci&oacute;n ante aquellos sucesos. La fama les permiti&oacute; crecer. Lo que ocurri&oacute; en aquellos a&ntilde;os, principios de los 90, se repite ahora seg&uacute;n este miembro de Strong.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Lo que ha hecho este Gobierno, el tipo ese, Tim Sinny (jefe de la Polic&iacute;a en el Condado de Suffolk), es que le dieron m&aacute;s fama a la MS. Han servido como los reclutadores de alto nivel de la mara. Si usted es marero y quiere pertenecer a la mara m&aacute;s vergona, la m&aacute;s fuerte, que controla todo, &iquest;qu&eacute; mejor que ser miembro de la MS?
    </p><p class="article-text">
        Argueta no niega que en Long Island se han visto cosas sangrientas como nunca antes, como que dos ni&ntilde;as fueran destripadas a batazos en plena calle. Sin embargo, cree que la principal raz&oacute;n de esto no es que una gran pandilla organizada y transnacional est&eacute; haciendo bien su trabajo, sino que ante la oleada de nuevos ni&ntilde;os migrantes centroamericanos, las autoridades no han sabido responder: &ldquo;Hacerse pandillero es un s&iacute;ntoma&rdquo;, repite Argueta varias veces.
    </p><p class="article-text">
        Cree que el camino a la pandilla es el resultado del abandono familiar y el abandono escolar de los reci&eacute;n llegados.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Algunos vienen y solo han estudiado all&aacute; tercero o cuarto grado. Otros vienen preparados, y los ponemos a todos juntos en el mismo sal&oacute;n de ESL [siglas que en espa&ntilde;ol significan Ingl&eacute;s como Segunda Lengua]. S&iacute;, se unen tambi&eacute;n por protecci&oacute;n, para tener amistades y novias, pero el mayor problema es que los hemos puesto en un solo cuarto a todos estos j&oacute;venes con tanto trauma, y los hemos puesto en un solo cuarto donde toda la frustraci&oacute;n que cargan se la desquitan entre ellos. Se van a hundir juntos &mdash;dice Argueta.
    </p><p class="article-text">
        Y aun as&iacute;, a pesar de que el sistema olvida a estos j&oacute;venes hasta que les toca su cita en corte migratoria; a pesar de la violencia con la que aplastaron a esas ni&ntilde;as, a pesar de los titulares y de Trump y de Sinny, Argueta est&aacute; convencido de que la MS de Long Island y la de El Salvador no tienen nada que ver.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Aqu&iacute; no se dan mucho color, y las autoridades no han perdido el control. Pueden estar 10, 15 pandilleros que se creen bien vergones, y llega la Polic&iacute;a y salen como cucarachas. La describen como una organizaci&oacute;n terrorista internacional bien organizada, y s&iacute; hay individuos que se mantienen en contacto (con otros en Centroam&eacute;rica), pero tiene que ver con las deportaciones. O Facebook. &iquest;Un crimen organizado donde est&aacute;n llegando miles de d&oacute;lares? No, estos monos son pobres. Aqu&iacute; trabajan cortando grama o en <em>car washes</em>. Los veteranos no quieren ya nada que ver con la pandilla, porque les van a dar 30, 40 a&ntilde;os. Hubo grandes redadas en 2004 y 2007 en todo el pa&iacute;s y esta es una de las regiones donde m&aacute;s capturaron miembros de la MS. Y siguen ah&iacute;. Porque las pandillas son un s&iacute;ntoma&hellip; La MS no es tan diferente con el joven que ven&iacute;a sin pap&aacute; y mam&aacute;, no sab&iacute;a leer ni escribir, y lleg&oacute; a Nueva York en 1800, pero era irland&eacute;s &mdash;dice Argueta en referencia a las pandillas de principios del siglo XIX que se disputaban &aacute;reas de Nueva York.
    </p><p class="article-text">
        Las pandillas son un s&iacute;ntoma, repite Argueta. El abandono se parece m&aacute;s a una causa, la marginaci&oacute;n. Y una idea recalcada m&aacute;s: &ldquo;los mafiosos&rdquo; de los que habla Trump cortan grama y lavan carros.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Tengo una joven que cuando estaba all&aacute; (El Salvador) la violaron. Viene aqu&iacute; y est&aacute; la misma pandilla. Entonces ella se mete a la pandilla rival para protegerse e ir contra esa pandilla. Fuma, usa drogas y alcohol para procesar el trauma &mdash;ejemplifica Argueta.
    </p><p class="article-text">
        Antes de que la entrevista termine, Argueta pide agregar un detalle. El detalle incluye a la mayor&iacute;a de los j&oacute;venes que llegan indocumentados. La enorme excepci&oacute;n que los pol&iacute;ticos trumpistas olvidan hacer, a pesar de que sus propias cifras lo indiquen.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Record&aacute; que la mayor&iacute;a de los que vienen no entran a la pandilla. Pero hay algunos que vienen y ya no tienen nada que perder.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Un d&iacute;a salimos de la escuela y estaban tres carritos hondita, de unos bajitos que andan ellos (los dieciochos de Hempstead). Nos tiraron la pandilla de ellos. Yo ya me sent&iacute;a cansado, siempre nosotros teniendo que correr y viviendo aqu&iacute;, sin joder a nadie. Pues agarr&eacute; una piedra y se la dej&eacute; ir a un hijueputa &mdash;dice el muchacho de los dientes dorados. Y repite luego como lema:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo tambi&eacute;n soy macho
    </p><p class="article-text">
        Yo tambi&eacute;n s&eacute; darme pija
    </p><p class="article-text">
        Yo no me ahuevo&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        El muchacho estaba listo. Carne de ca&ntilde;&oacute;n para una pandilla de adolescentes en Nueva York. Perdi&oacute; Estados Unidos. Gan&oacute; la Mara Salvatrucha.
    </p><h3 class="article-text">Endeudados&nbsp;para pagar su fianza tras migrar a EEUU</h3><p class="article-text">
        No ser&iacute;a este un texto justo sobre j&oacute;venes en Long Island si solo habla de j&oacute;venes pandilleros. De la minor&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Somos del departamento de La Uni&oacute;n (El Salvador), del municipio de El Carmen. Somos agricultores. Sembramos ma&iacute;z, frijoles &mdash;dice el mayor de los hermanos, de 21 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        A su lado, en el restaurante de postres en el pueblo de Westbury, est&aacute; su hermano menor, de 20. El mayor estudi&oacute; hasta sexto grado. El menor, nada. Sembraron desde ni&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Dejaron su pa&iacute;s un 24 de agosto de 2016. Su hermana, que vive en Long Island desde hace 20 a&ntilde;os, pag&oacute; 7.000 d&oacute;lares por cada uno a un coyote. Ellos estaban resignados a vivir y morir como pobres. Su opci&oacute;n era trabajar seis d&iacute;as a la semana, de&nbsp;seis&nbsp;a&nbsp;once de la ma&ntilde;ana, en tierra ajena, por 36, y solo en invierno. Seis d&oacute;lares al d&iacute;a. Pero la Mara Salvatrucha no les permiti&oacute; continuar con su precaria vida de campesinos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Quer&iacute;an que sembr&aacute;ramos marihuana para ellos venderla. Nosotros les &iacute;bamos a sembrar y cuidarla, as&iacute; como hac&iacute;amos con el ma&iacute;z: cuidarlo. Quer&iacute;an que sembr&aacute;ramos droga en medio de las milpas. Nosotros somos cristianos evang&eacute;licos. Nosotros no podemos hacer eso &mdash;explica el mayor.
    </p><p class="article-text">
        Muchos de sus d&iacute;as arrancaban con una golpiza a las 5:30 de la ma&ntilde;ana, cuando caminaban hacia las milpas ajenas que hac&iacute;an crecer. Un 10 de agosto de 2016, los amenazaron con pistolas. El 15, los hermanos fueron a denunciar a la subdelegaci&oacute;n policial de El Carmen.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ellos (los polic&iacute;as) dijeron que fu&eacute;ramos a ense&ntilde;arles qui&eacute;nes eran. Nos subieron a la patrulla, pero nos llevaron a un callej&oacute;n algo solo, se llama El Cacho. Eran dos polic&iacute;as. Nos arrodillaron y dijeron a preguntarnos que por qu&eacute; no hab&iacute;amos aceptado eso. Porque vamos a la iglesia. Comenzaron a pegarnos patadas. Nos amenazaron diciendo que nos iban a obligar a cooperar. Nos dejaron ah&iacute;. No hall&aacute;bamos a qui&eacute;n pedir ayuda &mdash;dice el mayor.
    </p><p class="article-text">
        Los hermanos se encerraron en casa. Pero el 20 tuvieron que trabajar. Con un salario de&nbsp;seis d&oacute;lares al d&iacute;a, las reservas duran poco.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Est&aacute;bamos esperando que abrieran una tienda como a las 5:30. Era una camioneta gris, los mismos polic&iacute;as, pero vestidos de civil. Varios vieron cuando ellos nos tiraron al suelo y ah&iacute; mismo nos esposaron. Nos subieron al carro, nos encapucharon. Nos llevaron a una casa sola. Cuando nos bajaron, estaban los pandilleros. Comenzaron a preguntarnos otra vez lo mismo. Respondimos que no, que creemos en dios. S&iacute; se enojaron con tanta furia que ah&iacute; s&iacute; nos golpearon fuerte. Pu&ntilde;etazos, patadas, en el suelo nos tiraron. Eran cuatro pandilleros y esos dos se&ntilde;ores polic&iacute;as. Nos descargaron varios tiros cerca. Dijeron que la pr&oacute;xima vez s&iacute; nos iban a matar si no cooper&aacute;bamos &mdash;dice el mayor.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; se ve la Mara Salvatrucha en El Salvador. Es m&aacute;s una especie de gobierno paralelo, con mucho m&aacute;s control sobre la gente, en tantas ocasiones, que el mism&iacute;simo&nbsp;Gobierno electo. All&aacute; s&iacute; es una mafia. De pobres, pero mafia.
    </p><p class="article-text">
        Un amigo los llev&oacute; a la cl&iacute;nica del municipio. Estuvieron dos d&iacute;as en observaci&oacute;n, para determinar si no ten&iacute;an sangrado interno. Eso fue el 20. El 22 empezaron los arreglos con el coyote. El 24, a las cinco de la ma&ntilde;ana, su traves&iacute;a de un mes inici&oacute;. Cruzaron el r&iacute;o Bravo un d&iacute;a de septiembre a las&nbsp;ocho de la noche. Caminaron tres d&iacute;as por el desierto junto a otros 12. Llegaron solo 11. Tres se&ntilde;oras de Honduras no pudieron m&aacute;s. Se quedaron sentadas esperando que alguien las encontrara. &ldquo;Eran gorditas, bien gorditas&rdquo;, dice el menor de los hermanos.
    </p><p class="article-text">
        El grupo fue descubierto, seg&uacute;n el mayor de los hermanos, por culpa de un migrante mexicano que se durmi&oacute; en uno de los breves descansos. El grupo caminaba todas las noches y parte de los d&iacute;as hacia una antena. La antena, recuerda el salvadore&ntilde;o, &ldquo;como que iba caminando para atr&aacute;s&rdquo;. El cansancio era mucho. El mexicano, al despertarse y verse rezagado, corri&oacute;, grit&oacute; que lo esperaran. Siete carros de la Patrulla Fronteriza aparecieron de la nada. Y, a la una de la ma&ntilde;ana, tras tres d&iacute;as caminando, su intento termin&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, les pas&oacute; lo que pasa a miles cada mes. Primero, a las hieleras, cuartos desalentadores donde viven su primera detenci&oacute;n los migrantes. Cemento fr&iacute;o como castigo por migrar. Despu&eacute;s, fueron trasladados a un centro de detenci&oacute;n a esperar su deportaci&oacute;n. Pero los hermanos contaron lo que aqu&iacute; se ha contado y, a los 15 d&iacute;as, un juez les dio una fianza. Si quer&iacute;an esperar en libertad la respuesta a su proceso de asilo, los campesinos que ganaban 36 d&oacute;lares semanales ten&iacute;an que pagar 12.000.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qui&eacute;n pag&oacute;? &mdash;pregunto.
    </p><p class="article-text">
        Los dos hermanos hacen el mismo gesto. Se inclinan, remangan sus pantalones y dejan ver el aparato tama&ntilde;o cargador de celular que llevan enganchado a sus tobillos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Esto es por parte de una empresa. Ellos me andan controlando donde sea que est&eacute;. Pueden verme &mdash;dice el hermano mayor.
    </p><p class="article-text">
        Esto no tiene que ver nada con la Mara Salvatrucha. Hay cosas, sin embargo, que un periodista no puede evitar contar una vez que las sabe.
    </p><p class="article-text">
        Los hermanos, desde que huyeron, asumieron una deuda con su hermana de 7.000 d&oacute;lares cada uno. 14.000 deb&iacute;an los hermanos antes de empezar a cortar grama en Long Island. La vida no estaba como para pagar una fianza de 12.000 por cabeza a los Estados Unidos.
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                </figure><p class="article-text">
        Entonces entran las compa&ntilde;&iacute;as de fianzas. En la historia de estos hermanos entr&oacute; Libre by Nexus. Por m&aacute;s enredo y melodrama con que lo expliquen en sus p&aacute;ginas de internet, estas empresas no son sino usureros de la migraci&oacute;n. Las fianzas de $24,000 por los dos hermanos las pag&oacute; Libre by Nexus. Eso quiere decir que cada hermano no solo debe 7.000 d&oacute;lares a su hermana, sino tambi&eacute;n 12.000 a Libre by Nexus. O sea, cada hermano, antes de poder siquiera podar un jard&iacute;n, debe 19.000 d&oacute;lares. A&uacute;n falta, porque Libre by Nexus debe ganar un poco tambi&eacute;n en el pa&iacute;s de la libertad. Por eso, la empresa cargar&aacute; el 20% m&aacute;s de la fianza a cada hermano: 2.400 m&aacute;s por cabeza. Cada hermano, antes de siquiera empu&ntilde;ar una cuma [cuchillo para podar] en EEUU, debe 21.400 d&oacute;lares.
    </p><p class="article-text">
        Pero la cosa no termina ah&iacute;. &iquest;C&oacute;mo va a estar segura Libre by Nexus que unos pobres hermanos campesinos de la Uni&oacute;n le pagar&aacute;n sus 42.800 d&oacute;lares? Entonces, Libre by Nexus les traba un GPS en el tobillo a cada hermano. Pero en esta tierra nada es gratis. Libre by Nexus no regala gepeeses, los alquila. Cada hermano tiene que pagar 420 d&oacute;lares mensuales a Libre by Nexus por el alquiler de sus negros gepeeses.
    </p><p class="article-text">
        Si el juicio de los hermanos tarda, digamos, un a&ntilde;o en ocurrir, ellos deben pagar 5.040 d&oacute;lares a Libre by Nexus por el GPS. Si llegan a quebrarlo, son 3.800. Cada hermano, antes de siquiera oler la grama estadounidense, debe a Libre by Nexus y a su hermana: 26.440 d&oacute;lares, si se trata de un a&ntilde;o; 31.480, si se trata de dos&hellip; Y as&iacute;, hasta pagar, conect&aacute;ndose todas las noches dos horas a la electricidad, para que el GPS de Libre by Nexus no se descargue y la empresa pueda saber d&oacute;nde est&aacute; su dinero, d&oacute;nde est&aacute;n sus campesinos salvadore&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Libre by Nexus, con oficinas en 22 ciudades, se presenta como parte de una &ldquo;organizaci&oacute;n religiosa&rdquo;. No les basta hacer lo que hacen, sino que en su p&aacute;gina web se describen casi que como monjitas de la caridad: &ldquo;Existen muchas historias de horror sobre familias que pasan dificultades para pagar la garant&iacute;a para fianzas de inmigraci&oacute;n. Hemos conocido familias que se han visto obligadas a vender todo lo que tienen para pagar la garant&iacute;a para un familiar. Hemos visto familias forzadas a ir a sus comunidades a rogar a la gente para que usen su propiedad como garant&iacute;a. Y, desafortunadamete (sic), hemos visto innumerables detenidos deportados porque no pudieron pagar su fianza y salir de la custodia. Libre by Nexus representa la esperanza que esto nunca tenga que pasar de nuevo. Innovamos constatemente (sic) nuestros servicios para ayudar a m&aacute;s detenidos en crisis. Estamos aqu&iacute; para ayudarle. &iexcl;Cont&aacute;ctenos hoy!&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Libre by Nexus hizo que la hermana de ellos firmara como respaldo. Si ellos no responden, ella responder&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias a Dios, estamos trabajando en grama, yarda se llama aqu&iacute; &mdash;dice el menor de los hermanos.
    </p><p class="article-text">
        Arreglan jardines como empleados de una compa&ntilde;&iacute;a. Ganan 100 d&oacute;lares de siete de la ma&ntilde;ana a 5:30 de la tarde.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ustedes huyen de la MS, pero dicen que aqu&iacute; est&aacute; la MS. &iquest;Han visto a alguno? &mdash;pregunto.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No &mdash;dice el menor.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Hay alg&uacute;n lugar al que les d&eacute; miedo salir?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No &mdash;dice el menor.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Cu&aacute;l es la diferencia entre aqu&iacute; y El Salvador?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Que aqu&iacute; podemos salir. All&aacute;, no &mdash;dice el mayor.
    </p><p class="article-text">
        Los mismos datos de la Patrulla Fronteriza lo dicen. J&oacute;venes como estos son la mayor&iacute;a de los que vienen. J&oacute;venes que destripan muchachitas con bates son la &iacute;nfima minor&iacute;a. Sin embargo, as&iacute; funcionan las cosas, no es noticia que un joven honesto corte grama para pagar miles de d&oacute;lares a una empresa y vivir. S&iacute; es noticia que j&oacute;venes destripen a unas muchachitas. De una cosa no habla un presidente; de la otra, s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El escritor franc&eacute;s George Perec escribi&oacute; en su libro p&oacute;stumo<em> Lo Infraordinario</em>: &ldquo;Me parece que lo que m&aacute;s nos atrae siempre es el suceso, lo ins&oacute;lito, lo extraordinario: escrito a ocho columnas y con grandes titulares. Los trenes solo comienzan a&nbsp;existir cuando&nbsp;descarrilan&hellip; Es necesario que detr&aacute;s de los acontecimientos haya un esc&aacute;ndalo, una fisura, un peligro, como si la vida solo pudiera revelarse a trav&eacute;s de lo espectacular, como si lo convincente, lo significativo, fuera siempre anormal&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Ya s&eacute; qui&eacute;nes van a poner el pecho por m&iacute;&rdquo;</h3><p class="article-text">
        &mdash;Cuando le cay&oacute; la pedrada, sali&oacute; el maje para abajo con el carro, a esperarnos. Ya hab&iacute;amos llamado a los de la MS. Nosotros and&aacute;bamos cuatro amigos, y de la MS llegaron tres. Ellos (los&nbsp;18 de Hempstead) andaban como unos siete. Ellos andaban cosas. Nosotros no and&aacute;bamos nada. Los de la MS s&iacute; andaban cadenas y bates. Esos locos no amagaron: del primer vergazo creo que mandaron a uno al hospital, porque le agarraron con la cadena la cabeza. Esos majes (los 18) llamaron a la polic&iacute;a. Tres de mis amigos cayeron presos &mdash;contin&uacute;a su relato el muchacho de los dientes dorados.
    </p><p class="article-text">
        Su primo sigue afuera del Subway con el carro encendido.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Uno de los que cay&oacute; preso era Jeustin, &iquest;verdad? &mdash;pregunto.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;. En ese entonces lo acusaban de haberle pegado con una piedra en el est&oacute;mago a uno de los dieciocho. Lo soltaron en ese entonces, pero ya despu&eacute;s&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Todo ese acoso ocurri&oacute; entre 2015 y 2016, en la High School de Uniondale. Los gritos de los muchachos negros que se dec&iacute;an crips y bloods: te esperamos, ven afuera. Las patadas en los centros comerciales frente a las chicas a las que cortejaban. El acoso desde los honditas afuera de la escuela. Todo eso fue mucho y termin&oacute; en esa pedrada, pero sobretodo en ese telefonazo.
    </p><p class="article-text">
        Cuando el muchacho de los dientes dorados y su amigo de ascendencia hondure&ntilde;a Jeustin, de 16 a&ntilde;os en ese momento, pensaron en pedir ayuda, solo pensaron en dos letras: MS. Los &uacute;nicos que hab&iacute;an ofrecido responder. Los &uacute;nicos que hab&iacute;an dicho: ll&aacute;mame, yo llego en tu ayuda. Los &uacute;nicos: La MS de Uniondale. Los Uniondale Locos Salvatrucha y los Hollywood Locos Salvatrucha del mismo pueblito.
    </p><p class="article-text">
        Dos a&ntilde;os de High School tuvo el Estado para hacerle la misma oferta al muchacho y a Jeustin: ll&aacute;mame, yo llego en tu ayuda. Pero no pas&oacute;. Ni a v&iacute;ctimas ni a victimarios. La madre de Kayla, una de las muchachas asesinadas a batazos en Brentwood en 2016, dijo a la agencia France Press: &ldquo;Mi hija sufri&oacute; <em>bullying</em> por dos a&ntilde;os (por parte de un pandillero) y la escuela no hizo nada, absolutamente nada&rdquo;. &ldquo;Son ni&ntilde;os matando a ni&ntilde;os&rdquo;, dijo la misma mujer a <em>El Diario</em> de Nueva York.
    </p><p class="article-text">
        No mafias ni c&aacute;rteles: ni&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        El muchacho de las faldas del Chaparrastique dice que su relaci&oacute;n con la Polic&iacute;a estadounidense, desde que es adolescente, es la de un sospechoso con su perseguidor. &ldquo;Joven, salvadore&ntilde;o, en camiseta y con gorra de los Yankees, para ellos es marero, aunque no tengan nada contra vos. Te paran a cada rato, y no cre&aacute;s que te van a decir: &iquest;sos un cipote estudioso? Te pueden ver bien vestidito y lo primero que te van a decir es: &iquest;sos de la mara? Aqu&iacute; todos son de la mara&rdquo;, explica. Las autoridades en Long Island pensaron que persiguiendo a todos encontrar&iacute;an a algunos. Nunca pensaron que persiguiendo a todos, todos les temer&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Aquel d&iacute;a, el muchacho de dientes dorados y Jeustin fueron apoyados por la MS. Sintieron en Long Island lo que significaba ganar por primera vez. Ser cazador y no presa. Tener 15 a&ntilde;os y ser por primera vez el temido. Tiene que ser una sensaci&oacute;n total. Desde entonces, anduvieron con la MS.
    </p><p class="article-text">
        Eso no significa que se juntaron en s&oacute;tanos con una mafia a planificar robos de alto nivel. Significa que empezaron a andar con j&oacute;venes de sus mismas edades que abiertamente se dec&iacute;an emeeses. Fumaban marihuana en parques. Juntaban 20 d&oacute;lares semanales para comprar bates y cadenas. El palabrero de la Hollywood Locotes, El Demon, era un muchacho de 18 a&ntilde;os, y ya est&aacute; deportado a El Salvador.
    </p><p class="article-text">
        Durante meses, y a&uacute;n ahora, esos emeeses fueron los amigos del muchacho del Chaparrastique. Fumaron juntos, tomaron juntos en los parques, jugaron billar, pelearon contra &ldquo;las chavalas&rdquo; (dieciochos), &ldquo;los sangritas&rdquo; (bloods), &ldquo;las cangrejas&rdquo; (crips) y &ldquo;las vacas locas&rdquo; (vatos locos). Fueron fuertes juntos, y temidos. Y se entend&iacute;an entre ellos. Y cuando iban al cine, nadie los molestaba. Ahora, quienes molestaban eran ellos.
    </p><p class="article-text">
        El muchacho de los dientes dorados se alej&oacute;, no de la pandilla en primer lugar, sino de la High School. Demasiada tensi&oacute;n, demasiados problemas, y su madre de 55 a&ntilde;os preocupada d&iacute;a con d&iacute;a. Empez&oacute; a trabajar en techos y empaquetado de productos, y le pareci&oacute; que hab&iacute;a posibilidades de ganar dinero, y que esa vida pod&iacute;a ser mejor que la vida de bates y cadenas. Siempre frecuenta a sus amigos, pero alejarse de la escuela le cambi&oacute; la vida.
    </p><p class="article-text">
        Jeustin, aquel muchacho que tambi&eacute;n fue defendido por los mareros contra los dieciocho de Hempstead, tuvo un destino distinto.
    </p><p class="article-text">
        En la foto del 18 de enero de 2017 que apareci&oacute; en varios medios, est&aacute; con los brazos atr&aacute;s, el gesto serio, la mirada perdida. Cada uno de sus brazos est&aacute; sostenido por un oficial de la Polic&iacute;a, hombres grandes y blancos que sostienen a un muchacho moreno y delgado de 17 a&ntilde;os a punto de entrar a la Corte y ser acusado de tres cargos relacionados con el asesinato de otro joven.
    </p><p class="article-text">
        La Polic&iacute;a asegura que el 13 de diciembre de 2016, alrededor de las 11:30 de la noche, Jeustin y otro muchacho llegaron en bicicletas, rodearon a un grupo y dispararon tres veces con una pistola semi autom&aacute;tica nueve mil&iacute;metros. El otro muchacho dispar&oacute; contra un grupo en la avenida Fenimore de Uniondale. Jeustin, aseguran, gritaba: &iexcl;La Mara, La Mara! Una de las balas alcanz&oacute; la cabeza de Alexon Moya, otro muchacho de 16 a&ntilde;os. Muri&oacute;, tres d&iacute;as despu&eacute;s, en un hospital.
    </p><p class="article-text">
        Un muchacho v&iacute;ctima de las pandillas que se hace de una pandilla para protegerse de otras pandillas y que luego perseguir&aacute; a otros muchachos que ser&aacute;n sus v&iacute;ctimas y buscar&aacute;n a otra pandilla para protegerse de esa pandilla.
    </p><p class="article-text">
        Podr&iacute;a ser Los &Aacute;ngeles en 1980, con las mismas siglas, MS, pero ahora le toca a Long Island, tres d&eacute;cadas de incomprensi&oacute;n despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Dice el muchacho de los dientes dorados que la semana pasada, junto a su madre de 55 a&ntilde;os, su sobrina de nueve y su novia, fueron a unas ruedas [norias] en el pueblo de Levitown. Compraron pases especiales de 50 d&oacute;lares, que les daba derecho a todas las ruedas. Quer&iacute;an subirse a cada una, y &eacute;l lo hab&iacute;a pagado con lo ganado tras una ardua semana de arreglar techos. Se subieron a tres. La tercera era una chicago com&uacute;n. Dejaron las ruedas m&aacute;s extravagantes para el final. Ir&iacute;an poco a poco.
    </p><p class="article-text">
        Desde las alturas de la chicago, el muchacho de los dientes dorados vio abajo c&oacute;mo se reun&iacute;an uno, dos, tres, cuatro, cinco muchachos&hellip; latinos como &eacute;l. Con su mirada, lo segu&iacute;an. Lo ve&iacute;an dar la vuelta entera. Las vueltas terminaron. Cuando baj&oacute;, eran ocho. &ldquo;No andaba nada. Me zamp&eacute; las llaves del carro entre los pu&ntilde;os. Lo que toque, dije. Eran las vacas locas, los Vatos Locos que les dicen, de Hempstead. Chapines y hondure&ntilde;os eran esos pendejos&rdquo;, recuerda el muchacho de los dientes dorados.
    </p><p class="article-text">
        Su mam&aacute; pregunt&oacute;: &ldquo;&iquest;Verdad que vas a tener problemas?&rdquo;. Los vatos locos, rifaban su barrio con las manos. &ldquo;Mejor v&aacute;monos a comer a otro lado, mam&aacute;&rdquo;, dijo el muchacho de los dientes dorados. Los pases de lujo quedaron desperdiciados. Al muchacho del Chaparrastique le ha quedado un odio adentro. Le arruinaron un domingo perfecto.
    </p><p class="article-text">
        Dice que ya no quiere saber nada de pandillas, pero que si lo siguen buscando, como aquella tarde en el parque de diversiones, ya sabe a qui&eacute;n va a llamar. &ldquo;Ya s&eacute; qui&eacute;nes van a poner el pecho por m&iacute;&rdquo;, dice.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Nota: Este contenido ha sido realizado con el apoyo de la beca DevReporter organizada por LaFede.cat en colaboraci&oacute;n con la ONG Asamblea de Cooperaci&oacute;n por la Paz.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Óscar Martínez]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Nov 2017 13:04:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La Mara derrota a Estados Unidos en Long Island]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Estados Unidos]]></media:keywords>
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