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    <title><![CDATA[elDiario.es - Edu Ponces]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/edu_ponces/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Edu Ponces]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[25-F: un año de pandemia en la primera UCI COVID]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/25-f-ano-muerte-vida-uci_130_7245376.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8d4d5109-645c-456b-a61b-ac1de2c1f976_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="25-F: un año de pandemia en la primera UCI COVID"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se cumple un año del primer ingreso hospitalario de la península por el nuevo coronavirus, que se le asignó un grupo de sanitarios de Barcelona entrenados para responder a una epidemia de ébola. Miembros de este equipo, llamado Ubuntu, abren las puertas de la UCI más veterana y comparten sus experiencias</p><p class="subtitle"></p></div><p class="article-text">
        Hay una habitaci&oacute;n vac&iacute;a en la UCI 1.4 del Hospital Cl&iacute;nic de Barcelona. Un hombre acaba de morir. Es uno de los 233 fallecidos por COVID que se notificar&aacute;n en Espa&ntilde;a el 23 de enero de 2021. El d&iacute;a anterior fueron 273. El d&iacute;a siguiente, 212.&nbsp;En la habitaci&oacute;n, la n&uacute;mero 4, trabajan tres mujeres enfundadas en equipos de protecci&oacute;n individual (EPI). Una de ellas limpia todas las superficies con material desinfectante mientras las otras dos meten las pertenencias del fallecido en bolsas de pl&aacute;stico. Se mueven r&aacute;pido porque saben que no hay tiempo que perder, el cuarto tiene pretendientes. Estamos subidos de lleno en la tercera ola y esta cama de UCI no pasar&aacute; muchas horas vac&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El encargado de asignar esta habitaci&oacute;n es Pedro Castro, m&eacute;dico internista y&nbsp;jefe de secci&oacute;n del &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva (AVI), la unidad m&aacute;s especializada en enfermedades infecciosas del Cl&iacute;nic. Recorrer el hospital para evaluar a los candidatos a mudarse a la UCI es parte de su trabajo y hoy toca ir a la sala de Neurocirug&iacute;a. Antes de la pandemia este lugar albergaba pacientes que se recuperaban de un ictus o de una operaci&oacute;n en el cerebro pero hoy, como muchas otras unidades hospitalarias en el mundo, se ha reconvertido en una planta COVID.
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                    alt="Una enfermera se quita el EPI en la UCI junto a una mujer colocada en posición de &#039;prono&#039; por sus dificultades para respirar. "
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            <span class="title">
                Una enfermera se quita el EPI en la UCI junto a una mujer colocada en posición de &#039;prono&#039; por sus dificultades para respirar.                             </span>
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        Castro conversa sobre el paciente con un grupo de m&eacute;dicos j&oacute;venes que trabajan en esta sala: una neur&oacute;loga, dos residentes de neurolog&iacute;a y un psiquiatra experto en epilepsia. Enumera: var&oacute;n, 67 a&ntilde;os, su radiograf&iacute;a de pulmones empeora por momentos. Cada vez necesita m&aacute;s ox&iacute;geno pero el paciente est&aacute; &ldquo;sentado y comiendo tranquilamente&rdquo;. &ldquo;Es un caso de <em>happy hipoxia</em>&rdquo;, dice Castro. &ldquo;Lo vemos mucho con este coronavirus, gente que se esta ahogando pero no se da cuenta&rdquo;, dice. Finalmente, abre la puerta de la habitaci&oacute;n del paciente y lo saluda por su nombre. Le pregunta c&oacute;mo est&aacute;. &Eacute;l dice que desanimado, que es claustrof&oacute;bico y que le deprime estar aqu&iacute;. Castro, un hombre de hablar pausado, elige con cuidado las palabras intentando que lo que va a decir suene menos aterrador. La neumon&iacute;a ha empeorado y no hay m&aacute;s remedio, hay que ingresar en la UCI. El m&eacute;dico se ofrece para responder cualquier duda que el paciente pueda tener. La habitaci&oacute;n se queda en silencio durante un minuto eterno, hasta que una tenue voz formula una &uacute;nica pregunta: &ldquo;Tendr&eacute; ventana?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La habitaci&oacute;n n&uacute;mero 4&nbsp;ya tiene nuevo inquilino.
    </p><h3 class="article-text">El primer caso</h3><p class="article-text">
        El 25 de febrero de 2020 una joven italiana residente en Barcelona fue confirmada como el primer caso de coronavirus de la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica. Aunque sus s&iacute;ntomas eran leves, fue ingresada en una habitaci&oacute;n de m&aacute;ximo aislamiento en la AVI del Hospital Cl&iacute;nic y su caso fue asignado a un grupo de sanitarios muy especial: el grupo Ubuntu. Este equipo, formado por voluntarios, llevaba prepar&aacute;ndose desde 2015 para reaccionar a una epidemia de &eacute;bola. Esta formaci&oacute;n, que inclu&iacute;a el uso de EPIs y protocolos de aislamiento de alto nivel, se convirti&oacute; en vital cuando la primera ola de COVID sacudi&oacute; los cimientos de los hospitales.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Al principio teníamos una fuerza increíble. Me sentía segura de mí misma porque estábamos formados. Sentíamos que nos lo comeríamos con patatas. Y nos llevamos una hostia importante</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name"> Raquel Gonzalez-Urria</span>
                                        <span>—</span> enfermera de intensivos
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        &ldquo;Al principio ten&iacute;amos una fuerza incre&iacute;ble. Me sent&iacute;a segura de m&iacute; misma porque est&aacute;bamos formados&rdquo;. Raquel Gonzalez-Urria es uno de los miembros de Ubuntu y ha vivido la pandemia completa como enfermera de intensivos de esta unidad. &ldquo;Sent&iacute;amos que nos lo comer&iacute;amos con patatas. Y nos llevamos una hostia importante.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        La alta especializaci&oacute;n de este equipo ha hecho que, incluso cuando le epidemia lleg&oacute; a m&iacute;nimos en verano de 2020, nunca hayan dejado de atender pacientes cr&iacute;ticos de COVID. &ldquo;La gente habla de olas y picos. Eso aqu&iacute; dentro no existe. Nosotros nunca hemos terminado ni vuelto a empezar. Ha sido continuo y, poco a poco, como el resto del mundo, hemos ido decayendo. Yo he pasado por la rabia, enfadada con la gente de arriba, luego por la frustraci&oacute;n. A veces por el orgullo porque conseguimos sacar a los pacientes adelante. Ahora estoy triste. Y esta es la peor fase.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La doctora Sara Fern&aacute;ndez, compa&ntilde;era de Raquel en este grupo, no esconde su enfado. &ldquo;Son muchas horas de trabajo, estamos cansados f&iacute;sicamente, an&iacute;micamente tambi&eacute;n. A nivel pol&iacute;tico se sab&iacute;a desde noviembre lo que iba a pasar y a&uacute;n as&iacute; se relajaron las medidas. Yo entiendo que gestionar esto debe ser s&uacute;per complicado pero tengo la sensaci&oacute;n de que a los sanitarios nos est&aacute;n llevando al l&iacute;mite.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Para Castro, el cansancio de su equipo no es muy diferente al que esta experimentando el resto de la sociedad. Sin embargo, reconoce que la tensi&oacute;n que se ha vivido en la AVI tiene consecuencias. &ldquo;No solo los pacientes sufren el S&iacute;ndrome Post-UCI. Est&aacute; estudiado que los profesionales sanitarios tienden a sufrir m&aacute;s trastornos emocionales, especialmente los que trabajan en Cuidados Intensivos. Es de los lugares que m&aacute;s quema. Hay quien dice que ahora viene una pandemia de salud mental. De pacientes y de sanitarios.&rdquo; 
    </p><h3 class="article-text">El monitor del box 8</h3><p class="article-text">
        Frente al box 8 hay dos mujeres, madre e hija, mirando a trav&eacute;s de una pared de cristal.&nbsp;Al otro lado hay un hombre, padre y marido, a punto de morir. Tras 80 d&iacute;as de UCI los m&eacute;dicos han decidido &ldquo;limitar el esfuerzo terap&eacute;utico&rdquo; al m&aacute;s veterano de los pacientes ingresados en la sala AVI 10.3. En lenguaje profano: creen que mantenerlo artificialmente con vida ha perdido el sentido; el paciente no se va a recuperar. La visita es una despedida, uno de los pocos casos en los que se permite la entrada de familiares a este lugar.&nbsp;
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                La médico Sara Fernandez mira a través del cristal de uno de los boxes de la UCI.                            </span>
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        Un m&eacute;dico y una psic&oacute;loga ayudan a las mujeres a ponerse el EPI para que puedan entrar unos minutos a la habitaci&oacute;n. No se permiten los abrazos pero s&iacute; acercarse al paciente, hablar y dar la mano, aunque los guantes de l&aacute;tex no permitan sentir la piel. Las mujeres se visten y entran por turnos. Acarician, hablan, lloran y luego se van. La psic&oacute;loga se queda. Se llama Marta M. S&aacute;nchez y est&aacute; especializada en acompa&ntilde;amiento del final de la vida. Ahora le toca entrar a ella y hacer una videollamada con otra hija del paciente que no ha podido venir. El hombre lleva d&iacute;as completamente inconsciente pero Marta sabe que decir adi&oacute;s es tan importante para los que se van como para los que se quedan. 
    </p><p class="article-text">
        Y entonces toca esperar. La UCI mantiene su incesante actividad mientras los n&uacute;meros que aparecen en el monitor del paciente del box 8 empiezan a bajar. De vez en cuando, una enfermera o un auxiliar de enfermer&iacute;a pasan frente a la puerta y mira hacia el interior. Alguno comenta que, tras tantos d&iacute;as aqu&iacute;, le da pena que el paciente se muera. Luego sigue su camino. La muerte es la normalidad de una UCI pero esta ma&ntilde;ana de enero, frente al box 8, se respira un aire de solemnidad. Un peque&ntilde;o desfile de pijamas azules y batas blancas presentando sus respetos con una mirada de reojo.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Mis amigas me dicen. Tu sales del trabajo y ya está, ya has terminado. Pero me llevo a casa que se me acaba de morir una persona. Y sueño con eso. Y tengo todos los ruidos y pitidos de este lugar metidos en la cabeza

</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Raquel González-Urria  - enfermera de Intensivos</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Y entonces, en un momento igual que cualquier otro, un cero de color verde y un interrogante azul aparecen en el monitor del paciente. Su coraz&oacute;n se ha parado y sus pulmones han dejado de respirar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando un paciente muere nunca es un paciente cualquiera. No es como... 'Hey, se ha muerto el del 3'. Yo creo que el d&iacute;a que te d&eacute; igual que se te muera alguien tienes que dejar este trabajo&rdquo;. Para Raquel Gonz&aacute;lez-Urria lo peor de esta pandemia ha sido la soledad. Ella, como muchas otras enfermeras, ha tenido que acompa&ntilde;ar a pacientes en el momento de morir. &ldquo;Mis amigas me dicen: t&uacute; sales del trabajo y ya est&aacute;, ya has terminado. Pero me llevo a casa que se me acaba de morir una persona. Y sue&ntilde;o con eso. Y tengo todos los ruidos y pitidos de este lugar metidos en la cabeza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Adri&aacute;n T&eacute;llez, internista de la AVI y miembro de Ubuntu, cree que el v&iacute;nculo emocional depende mucho de la relaci&oacute;n con las familias. &ldquo;Hay veces que te terminas viendo como un reflejo. Se muri&oacute; un paciente que ten&iacute;a una esposa y dos hijos m&aacute;s o menos de mi edad. Pens&eacute; que podr&iacute;a ser mi padre; nos vi a mi hermano, a mi madre y a m&iacute; recibiendo la mala noticia. Entonces te afecta m&aacute;s, te identificas. Este es&nbsp;un trabajo que te recuerda que cada d&iacute;a que te vas a morir y vivimos en una sociedad que intenta que te olvides cada d&iacute;a de ello.&rdquo;
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                    alt="Dos celadores trasladan el cadáver de un paciente por el pasillo de la Sala COVID."
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                Dos celadores trasladan el cadáver de un paciente por el pasillo de la Sala COVID.                            </span>
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        Existen estudios psicol&oacute;gicos que hablan de la 'fatiga por compasi&oacute;n' y constatan que son las personas m&aacute;s emp&aacute;ticas las que tienen m&aacute;s posibilidades de terminar quemadas en trabajos sanitarios. &ldquo;El otro d&iacute;a &ndash;recuerda Raquel&ndash; estaba otra enfermera trabajando en el box de un se&ntilde;or mayor que est&aacute; en 'limitaci&oacute;n de esfuerzo terap&eacute;utico', o sea, que se est&aacute; muriendo. Yo estaba en el pasillo y de repente vi a mi compa&ntilde;era abrir la puerta de la habitaci&oacute;n y sacar la cabeza afuera, como buscando aire. Le pregunt&eacute;: &iquest;Qu&eacute; te pasa? Y me dijo: 'No puedo estar aqu&iacute;. Me recuerda demasiado a mi abuelo&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La sala 1.4 del &Aacute;rea de Vigilancia intensiva (AVI) est&aacute; m&aacute;s silenciosa de lo habitual y eso nunca es buena se&ntilde;al. Los cristales de las habitaciones han sido opacados para que los pacientes no puedan ver el exterior y solo hay una auxiliar en la isla de enfermer&iacute;a. Es su primer d&iacute;a en esta unidad.&nbsp;En la puerta del box n&uacute;mero 4 parpadean tres luces de color verde, amarillo y rojo. Una paciente tiene un bloqueo en los pulmones provocado por su propia mucosidad y su saturaci&oacute;n de ox&iacute;geno esta bajando en picado. Uno de los problemas de la intubaci&oacute;n es que los pacientes pierden la capacidad de toser por s&iacute; mismos. Una obstrucci&oacute;n como esta, si no se resuelve en minutos, puede ser letal.
    </p><p class="article-text">
        El doctor Castro, casi irreconocible bajo las gafas, el gorro y la doble mascarilla de su EPI saca la cabeza para pedir a la auxiliar que solicite una placa muy urgente. En los siguientes 15 minutos llegan a la sala dos t&eacute;cnicas de Rayos X con una m&aacute;quina port&aacute;til, un auxiliar de enfermer&iacute;a de refuerzo y dos neum&oacute;logos que consiguen desbloquear el conducto con una m&aacute;quina de aspiraci&oacute;n. Las luces rojas se apagan y el ambiente se empieza a relajar. El auxiliar de enfermer&iacute;a que ha llegado, m&aacute;s veterano, ofrece a la reci&eacute;n llegada algunos trucos sobre c&oacute;mo funciona el lugar: &ldquo;&iquest;Ves esa habitaci&oacute;n? Es la que est&aacute; preparada para el &eacute;bola. Esta es la primera UCI que se llen&oacute; y la &uacute;ltima que se va a vaciar... si alg&uacute;n d&iacute;a se acaba esta pandemia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El doctor Castro sale finalmente de la habitaci&oacute;n n&uacute;mero 4, con las gafas empa&ntilde;adas de sudor. El 'hombre tranquilo' ha perdido su expresi&oacute;n serena pero, pasada la crisis, se permite bromear sobre c&oacute;mo ha tenido que combatir a un &ldquo;moco maligno&rdquo;. &ldquo;Hay veces que cuando el paciente se ahoga, tu tambi&eacute;n te ahogas&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Radiografía de un paciente con una neumonía bilateral causada por el coronavirus.                             </span>
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        Para la doctora Sara Fern&aacute;ndez hay tres momentos especialmente duros para los pacientes que pasan por aqu&iacute;. El momento en que se les comunica que van a ingresar en la UCI, el momento en que les dicen que los van a intubar y el momento en que se despiertan de la intubaci&oacute;n. &ldquo;Sobrevivir puede ser traum&aacute;tico&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        De hecho, la gran mayor&iacute;a de pacientes que pasan por esta unidad sobrevive. Al principio de la pandemia en Wuhan la mortalidad en UCI era de m&aacute;s del 80%. Cuando el virus lleg&oacute; a Italia esta cifra baj&oacute; al 50% y en Espa&ntilde;a, durante la primera ola, murieron 3 de cada 10 ingresados en UCI. Ahora mismo, en la AVI del Hospital Cl&iacute;nic de Barcelona la mortalidad est&aacute; entre el 15 y el 20%. Pero sobrevivir a la COVID grave no es f&aacute;cil y suele comportar un largo proceso de rehabilitaci&oacute;n.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Este es un trabajo que te recuerda que cada día que te vas a morir y vivimos en una sociedad que intenta que te olvides cada día de ello.</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Adrián Téllez</span>
                                        <span>—</span> internista
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Raquel Gonz&aacute;lez-Urria tiene claro cu&aacute;l es el mejor momento de su trabajo. &ldquo;Cuando los pacientes a los que se les ha hecho una traqueotom&iacute;a ya han superado la intubaci&oacute;n, llega la fase de <em>weaning,</em> que en ingl&eacute;s significa destetar. El paciente abandona el soporte mec&aacute;nico y empieza a respirar por s&iacute; mismo. Entonces llegamos a un punto en que le podemos cambiar la c&aacute;nula de la garganta por una de plata que les permite hablar. Y en ese momento ves a alguien que, quiz&aacute;s despu&eacute;s de dos meses, de repente empieza a emitir sonidos. Empiezas a escuchar ho, ho, ho.... Hola. Se te pone la piel de gallina&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">El camino de los supervivientes</h3><p class="article-text">
        Son las 12 de la ma&ntilde;ana cuando una mujer acostada en una camilla inicia el recorrido que va desde el box 7 hasta la puerta de salida de la sala 10.3 del &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva. Recorrer&aacute; 20 metros de pasillo flanqueado por 16 habitaciones con paredes y puertas de cristal. 20 metros por los que circulan a paso ligero decenas de hombres y mujeres acalorados bajo sus batas, gafas y mascarillas.&nbsp;
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            <span class="title">
                Una enfermera atiende a un paciente con fiebre y falta de oxígeno.                             </span>
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        La mujer en la camilla y el celador que la empuja pasan frente a dos enfermeras experimentadas que miran hacia el interior del box n&uacute;mero 10. Est&aacute;n juzgando, con rigor implacable, a un joven residente de tercer a&ntilde;o que intenta introducir un cat&eacute;ter en las venas de un paciente. &ldquo;Oye, un intento m&aacute;s y llamamos a la doctora, eh?&rdquo;. Al otro lado del pasillo, dos otorrinolaring&oacute;logas&nbsp;perforan la tr&aacute;quea de un hombre intubado, en un ritual que aqu&iacute; se repite casi a diario.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A la altura del box 13 la mujer en la camilla tiene que esquivar la m&aacute;quina port&aacute;til de rayos X que ocupa casi todo el pasillo. Las dos radi&oacute;logas que la operan est&aacute;n cambi&aacute;ndose el EPI por quinta vez esta ma&ntilde;ana. En la habitaci&oacute;n contigua, cuatro personas intentan girar el cuerpo de una paciente para ponerla boca abajo, en posici&oacute;n de prono, para intentar revertir una preocupante falta de oxigenaci&oacute;n. Una puerta m&aacute;s all&aacute; hay un joven que acaba de cumplir 28 a&ntilde;os inconsciente y conectado a una m&aacute;quina que le ayuda a respirar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, se abre la puerta de salida de la sala AVI 10.3. La mujer de la camilla se va para nunca volver. Es una superviviente. La puerta se cierra y nadie mira, nadie celebra, nadie aplaude. Pero una limpiadora ya est&aacute; desinfectando el box n&uacute;mero 7. Se mueve r&aacute;pido porque sabe que no hay tiempo que perder. Esta cama de UCI no pasar&aacute; muchas horas vac&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Edu Ponces, Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/25-f-ano-muerte-vida-uci_130_7245376.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Feb 2021 21:18:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[25-F: un año de pandemia en la primera UCI COVID]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus,UCI,Pandemia,Salud pública]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[4 días en una UCI COVID]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/4-dias-uci-covid_3_6628938.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a6095360-50f9-4886-9e4e-b4dd8b476a37_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="4 días en una UCI COVID"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si la pandemia es una guerra, las sanitarias son las soldados</p></div><p class="article-text">
        El &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva del Cl&iacute;nic de Barcelona recibi&oacute; a la primera paciente de COVID de la Espa&ntilde;a peninsular en febrero y, desde entonces, no han parado. Acompa&ntilde;amos a doctoras, enfermeras, t&eacute;cnicas y limpiadoras de esta unidad en su lucha diaria contra la pandemia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[RUIDO Photo, Edu Ponces]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/4-dias-uci-covid_3_6628938.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 29 Dec 2020 11:39:30 +0000]]></pubDate>
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      <title><![CDATA[Si la pandemia es una guerra, las sanitarias son las soldados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/sanitarias-primera-linea-pandemia_130_6626422.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/34482e2f-a6c8-4371-b93d-4efacc9884a0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Si la pandemia es una guerra, las sanitarias son las soldados"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Área de Vigilancia Intensiva del Clínic de Barcelona recibió a la primera paciente de COVID de la España peninsular en febrero y, desde entonces, no han parado. Acompañamos a doctoras, enfermeras, técnicas y limpiadoras de esta unidad en su lucha diaria contra la pandemia</p><p class="subtitle">FOTOGALERÍA: 4 días en una UCI COVID</p><p class="subtitle">Reportaje - El turno de las enfermeras</p></div><p class="article-text">
        En el &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva (AVI) del Hospital Cl&iacute;nic de Barcelona una abrumadora mayor&iacute;a de mujeres lucha contra la cara m&aacute;s dura de la COVID-19.&nbsp;Esta unidad es la m&aacute;s especializada de Catalunya en enfermedades infecciosas. Recibi&oacute; en febrero a la primera paciente que se detect&oacute; en la Espa&ntilde;a peninsular y desde entonces no ha parado ni un d&iacute;a de atender casos de coronavirus. Doctoras, enfermeras, t&eacute;cnicas y limpiadoras de esta unidad nos han permitido acompa&ntilde;arlas durante 4 d&iacute;as en su lucha diaria contra la pandemia.
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                    alt="La doctora Sara Fernández, una enfermera y una médico residente atienden a un paciente COVID en una habitación del Área de Vigilancia Intensiva del Hospital Clínic de Barcelona Edu Ponces / RUIDO Photo"
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                La doctora Sara Fernández, una enfermera y una médico residente atienden a un paciente COVID en una habitación del Área de Vigilancia Intensiva del Hospital Clínic de Barcelona Edu Ponces / RUIDO Photo                            </span>
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        &ldquo;Todo empez&oacute; en la UCI donde estamos ahora. Aqu&iacute; ingres&oacute; la primera paciente&rdquo;. La doctora Sara Fern&aacute;ndez, internista del &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva (AVI) del Hospital Cl&iacute;nic, recuerda perfectamente a la mujer italiana de 36 a&ntilde;os que recibi&oacute; el primer diagn&oacute;stico de COVID-19 en este hospital. Era 24 de febrero y se confirmaba el primer positivo de la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica.&nbsp;Hoy, 10 meses y 50.000 muertos despu&eacute;s, sabemos que la joven italiana no era, ni de lejos, el primer caso de COVID.&nbsp;Miles de infectados por el nuevo virus ya tos&iacute;an en todo el pa&iacute;s, pero la llegada de la mujer a la AVI del Cl&iacute;nic fue una de las primeras gotas visibles de la mayor tormenta que haya vivido nunca el sistema sanitario espa&ntilde;ol. &ldquo;Lo m&aacute;s duro era informar a las familias por tel&eacute;fono&rdquo;, recuerda la doctora Fern&aacute;ndez.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute; sentada sobre la mesa de un peque&ntilde;o cuarto reservado para los m&eacute;dicos de la AVI E014, una de las dos salas que actualmente tiene esta UCI. A su lado est&aacute; Mar&iacute;a, m&eacute;dico residente y tambi&eacute;n una jovenc&iacute;sima estudiante que forma parte del &ldquo;auxilio sanitario&rdquo;, universitarios de &uacute;ltimo a&ntilde;o que han pasado directamente a trabajar en los hospitales como refuerzo ante la pandemia. &ldquo;Es mi primer d&iacute;a&rdquo;, puntualiza. Frente a su puerta, dos mujeres se frotan en&eacute;rgicamente las manos con gel tras quitarse el traje de protecci&oacute;n personal (EPI) por quinta vez el d&iacute;a de hoy. Son Helena Alonso y Ana Pak, t&eacute;cnicas de radiolog&iacute;a. Su trabajo es fotografiar diariamente los pulmones manchados de los pacientes COVID graves del hospital. Y eso son muchos pulmones.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;De la primera ola recuerdo el miedo. No saber a qu&eacute; nos expon&iacute;amos ni c&oacute;mo protegernos&rdquo;, dice Ana. &ldquo;Y la tristeza. Aprendimos a comunicarnos con la mirada y ve&iacute;as que todos los compa&ntilde;eros ten&iacute;an los ojos tristes&rdquo;, a&ntilde;ade. &ldquo;Fue extremo&rdquo;, completa Helena. &ldquo;A m&iacute; me dol&iacute;a mucho la cabeza, todos los d&iacute;as. No sab&iacute;a si era un s&iacute;ntoma o el estr&eacute;s. Cada uno intentaba en su casa desahogar toda la tensi&oacute;n como pod&iacute;a. Yo hac&iacute;a ejercicio para quemar la ansiedad, porque, si no, machacaba a mi familia&rdquo;, explica. &ldquo;Ahora nos hemos acostumbrado&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Unidad casi femenina</h3><p class="article-text">
        Al otro lado de la pared est&aacute; la isla de enfermer&iacute;a. Hay ordenadores que monitorizan constantes vitales, una m&aacute;quina de gasometr&iacute;as que echa humo y varias estanter&iacute;as y cajones llenos de insumos m&eacute;dicos. Frente al mostrador, cinco habitaciones con paredes de cristal en las que yacen, intubados y cableados, los pacientes m&aacute;s graves de este hospital. Este jueves de noviembre por la ma&ntilde;ana 12 personas trabajan en esta unidad. Adem&aacute;s de las dos doctoras, la estudiante de medicina y las dos t&eacute;cnicas de radiolog&iacute;a, hay cinco enfermeras y auxiliares de enfermer&iacute;a y una limpiadora. Todas mujeres. Normalmente se ven pocos hombres en esta UCI. Hoy no hay ninguno.
    </p><p class="article-text">
        En este centro barcelon&eacute;s, el 72,5% del personal sanitario son mujeres. En toda Espa&ntilde;a, la proporci&oacute;n es similar: algo m&aacute;s de dos de cada tres profesionales de la salud (el 68,27% en 2019). Adem&aacute;s, esta proporci&oacute;n aumenta en puestos donde la relaci&oacute;n con el paciente es m&aacute;s cercana, como en enfermer&iacute;a, profesi&oacute;n hist&oacute;ricamente femenina y donde las mujeres llegan a ser casi el 85%. Imma Carmona, coordinadora de enfermeras de la AVI ofrece un dato incontestable &ldquo;De 30 personas en enfermer&iacute;a, tengo tres enfermeros y un auxiliar. 26 mujeres por 4 hombres&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El proceso de feminizaci&oacute;n entre los m&eacute;dicos tambi&eacute;n es una cuesti&oacute;n generacional: cuanto m&aacute;s j&oacute;venes, mayor porcentaje de mujeres. Como consecuencia, durante la pandemia las mujeres sanitarias se han contagiado en una proporci&oacute;n mucho mayor que los hombres: el 76,5% del personal sanitario infectado por la COVID-19 es femenino, seg&uacute;n el &uacute;ltimo informe<sup> [1]</sup> disponible del Ministerio de Sanidad con fecha del 10 de mayo.
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                Médicos y enfermeras comparten impresiones sobre los pacientes en el área común de una de las salas de la AVI Edu Ponces / RUIDO Photo                            </span>
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        &ldquo;La UCI es un entorno hostil, casi de guerra, no sabes qu&eacute; te vas a encontrar. Hay mucha generosidad entre quienes eligen trabajar ah&iacute;&rdquo;. Mar&iacute;a Jos&eacute; Merino es la jefa de gesti&oacute;n financiera de la que depende la &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva del Cl&iacute;nic. Normalmente su trabajo queda lejos de la primera l&iacute;nea, pero en esta pandemia poco queda de normal. &ldquo;Yo nunca hab&iacute;a estado tanto en las salas como en esta pandemia. He entrado en la UCI a llevar respiradores con el doctor Pedro Castro (jefe de la AVI). Ah&iacute; he visto enfermeras llorando. Ven&iacute;an de trabajar de infanto-juvenil y nunca hab&iacute;an tratado pacientes COVID. En casa me dec&iacute;an, &iquest;por qu&eacute; vas a la sala COVID? Y no s&eacute; decirte el porqu&eacute;, pero ahora voy m&aacute;s. Formas parte de algo grande&rdquo;, cuenta.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Jerarqu&iacute;a evaporada</h3><p class="article-text">
        Mar&iacute;a Jos&eacute; trabaja en una zona administrativa del hospital, pero en los pasillos frente a su despacho se puede ver un entramado de tuber&iacute;as por las que circular&iacute;a, si fuera necesario, ox&iacute;geno. Se instalaron en el mes de abril, por si hab&iacute;a que llenar con camas y respiradores tambi&eacute;n esta ala del hospital. La pandemia lo ha cambiado todo, las salas, los comportamientos y la manera de trabajar. &ldquo;Aquella jerarqu&iacute;a entre el doctor y la enfermera, que lo trataba de usted, ha desaparecido, y si la hab&iacute;a con la COVID se ha erradicado del todo. Nadie pod&iacute;a ser m&aacute;s que nadie, por muy buen m&eacute;dico que fueras necesitabas a las enfermeras. Hemos tenido aportaciones muy interesantes de gente a la que a veces antes no se escuchaba&rdquo;, asegura Merino.
    </p><p class="article-text">
        A lo largo de los &uacute;ltimos 40 a&ntilde;os, las mujeres han ido tomando posiciones en el mundo de la medicina. En 1980, s&oacute;lo el 17,5% de los facultativos colegiados eran mujeres y desde entonces esa cifra no ha parado de aumentar. En 2017 se consum&oacute; el <em>sorpasso </em>y por primera vez en la historia de Espa&ntilde;a hubo m&aacute;s doctoras que doctores. A pesar de ello, los puestos de direcci&oacute;n m&eacute;dica siguen estando ocupados mayoritariamente por hombres. En el Hospital Cl&iacute;nic de Barcelona, de los diez Institutos en los que se divide el hospital, siete tienen como directores m&eacute;dicos a hombres. Los datos indican, sin embargo, que la feminizaci&oacute;n de la sanidad es una cuesti&oacute;n generacional y la tendencia sugiere que tarde o temprano habr&aacute; un relevo en los puestos de direcci&oacute;n.
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                Dolores es limpiadora en la UCI COVID del Hospital Clínic y su trabajo la obliga a utilizar los equipos de protección individual (EPI) de la misma manera que hacen los sanitarios Edu Ponces / RUIDO Photo.                            </span>
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        Dolores es una de las m&aacute;s veteranas en la sala E014 de la AVI: lleva 39 a&ntilde;os trabajando como limpiadora en el mismo hospital. Barrer suelos y fregar habitaciones es un oficio de riesgo cuando trabajas en una UCI COVID, pero a Dolores la pandemia la cogi&oacute; preparada. &ldquo;Ya hab&iacute;amos practicado el protocolo para el &Eacute;bola. Para m&iacute;, ponerme un EPI no era nada raro. Aun as&iacute;, lo he pasado mal, he tenido miedo. Mucho miedo. Sobre todo, a contagiar a los familiares&rdquo;, explica. Aunque la pandemia no solo deja malos recuerdos. &ldquo;Hubo un d&iacute;a que paramos todas un momento y nos hicimos una foto juntas para recordar este momento. M&eacute;dicos, enfermeras y auxiliares. Todo el equipo&rdquo;, cuenta.
    </p><h3 class="article-text">Los pitidos rompen el silencio</h3><p class="article-text">
        En la habitaci&oacute;n que Dolores acaba de limpiar, hay una mujer de pelo negro que aparenta unos 50 a&ntilde;os. Est&aacute; acostada e intubada, como la mayor&iacute;a de los pacientes de esta UCI, pero a diferencia de la mayor&iacute;a, no est&aacute; inconsciente.&nbsp;Lleva varios d&iacute;as de mejor&iacute;a y los doctores han decidido reducir su sedaci&oacute;n. Pero el virus ha sido inclemente con sus pulmones y todav&iacute;a necesita la ayuda del respirador. Sus brazos, adem&aacute;s de perforados por las v&iacute;as intravenosas, est&aacute;n atados a la cama con dos mu&ntilde;equeras que le impiden cualquier movimiento. Recuperar la consciencia cuando se est&aacute; intubado es un paso delicado. Algunos pacientes entran en p&aacute;nico e intentan sacarse el tubo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando la doctora Sara Fern&aacute;ndez entra en esa misma habitaci&oacute;n, unas horas despu&eacute;s, la AVI E014 luce muy diferente. Est&aacute; a punto de empezar el turno de noche y solo cuatro personas &mdash;cuatro mujeres&mdash;, siguen trabajando en este lugar. Habr&iacute;a silencio si no fuera por los pitidos de los monitores de constantes vitales. Fern&aacute;ndez, enterrada bajo sus gafas de esquiador, su doble mascarilla y su bata desechable, intenta transmitir un poco de calor humano. Mientras acaricia el pelo oscuro de su paciente con sus guantes, la doctora Sara acerca su rostro al de la mujer y le cuenta su evoluci&oacute;n. Es un momento &iacute;ntimo, aunque las pieles no se toquen y los aires no se compartan.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, en la habitaci&oacute;n contigua, un hombre calvo y corpulento empeora por momentos. Su piel est&aacute; empapada del sudor provocado por una fiebre demasiado alta. La mirada de la enfermera que lo atiende, que no pierde de vista un monitor parpadeante, no augura nada bueno. La doctora Fern&aacute;ndez lo chequea y deja indicaciones a uno de los m&eacute;dicos encargados del turno de noche. Se lava las manos meticulosamente, como lo ha hecho decenas y decenas de veces en el d&iacute;a de hoy. El &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva del Cl&iacute;nic no cierra nunca, pero Sara Fern&aacute;ndez ha terminado por hoy.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En la primera ola la sociedad nos convirti&oacute; en h&eacute;roes. Ahora... Ahora, ya no&rdquo;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Edu Ponces, Clara Roig Medina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/catalunya/sanitarias-primera-linea-pandemia_130_6626422.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 28 Dec 2020 21:20:41 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Si la pandemia es una guerra, las sanitarias son las soldados]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Enfermería,Sanitarios,Coronavirus,Covid-19]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[FOTOS | Empujados a huir de las pandillas de El Salvador y acabar unidos a ellas en EEUU]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fotos-funebre-salvador-long-island_1_3077074.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Jóvenes expulsados por la violencia en sus países acaban uniéndose a las pandillas tras llegar a la isla de Nueva York, uno de los puntos más concurridos por los migrantes centroamericanos del país</p><p class="subtitle">"Lo peor es que yo estaba en un lugar donde a un lado estaba la Mara Salvatrucha y al otro lado Barrio 18, la pandilla rival. De vez en cuando me paraban para pedirme que me uniera, que sino me iba a pasar tal cosa, y yo les decía que no"</p><p class="subtitle">Reportaje: La Mara derrota a Estados Unidos en Long Island</p></div><p class="article-text">
        La violencia en El Salvador y en el tri&aacute;ngulo norte de Centroam&eacute;rica ha transformado la migraci&oacute;n. Hoy muchos migran hacia el norte no para mejorar su vida sino para salvarla. En Long Island, Nueva York, j&oacute;venes centroamericanos expulsados por la violencia han encontrado un destino que no solo no acepta su condici&oacute;n de refugiados sino que, a menudo, los empuja a unirse a las pandillas de las huyeron.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Seg&uacute;n relatan vecinos de la zona, este edificio del barrio de San Jacinto, en San Salvador, est&aacute; ocupado por pandilleros. La mayor&iacute;a de los residentes han tenido que huir de la vivienda por la presencia de miembros de las pandillas en la zona, que posteriormente ocuparon las casas vac&iacute;as. El Salvador es el segundo pa&iacute;s en el mundo con mayor tasa de desplazamientos forzados internos a causa de la violencia, de acuerdo con un informe publicado por el Consejo Noruego de Refugiados y el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (NRC/IMD, por sus siglas en ingl&eacute;s) en 2016. Esta naci&oacute;n centroamericana solo ha sido superada por&nbsp;Siria.
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        Operativo policial realizado la noche del 24 de mayo en el departamento de Sonsonate, El Salvador, ten&iacute;a como objetivo arrestar a los miembros de la Mara Salvatrucha (MS) que hab&iacute;an ocupado las viviendas de los vecinos de la zona. Seg&uacute;n la Polic&iacute;a Nacional Civil, decenas de habitantes de los cantones Los Alemanes y Talcumulca, en el municipio de Izalco, hab&iacute;an sido expulsados de sus viviendas. En el a&ntilde;o 2016, Sonsonate tuvo la tercera tasa de homicidios m&aacute;s alta del pa&iacute;s entre municipios de m&aacute;s de 50.000 habitantes.
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        Un hombre, presuntamente miembro de la Mara Salvatrucha, es arrestado y acusado de terrorismo y limitaci&oacute;n de la circulaci&oacute;n de personas durante un operativo policial realizado en el cant&oacute;n Talcumulca del municipio de Izalco, Sonsonate. Informes oficiales indican que en el Tri&aacute;ngulo Norte de Centroam&eacute;rica hay m&aacute;s de 100.000 integrantes de las pandillas. Entre 30&nbsp;y 60.000 pandilleros se ubican en El Salvador (datos del Ministerio de Justicia y Seguridad P&uacute;blica de El Salvador), 15.000 en Guatemala (datos de la Direcci&oacute;n de Inteligencia Civil), y 25.000 en Honduras (registro de la Polic&iacute;a Nacional de Honduras).
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        Un perro ladra en una gasolinera del barrio San Jacinto de San Salvador. En ese mismo lugar, en la tarde del 23 de mayo de 2017, una pareja en motocicleta se detuvo para&nbsp;echar gasolina cuando miembros de una pandilla los secuestrados y asesinaron minutos despu&eacute;s en un callej&oacute;n cercano. Un vecino de la zona sospecha que los pandilleros pensaron que el hombre pertenec&iacute;a a la pandilla rival por los zapatos que llevaba. 
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        Un presunto miembro de la Mara Salvatrucha desciende de un veh&iacute;culo policial tras ser arrestado durante un operativo policial en Sonsonate, El Salvador. Los datos muestran que, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, la violencia vinculada a las pandillas ha provocado una ola de refugiados que huyen a otros pa&iacute;ses como M&eacute;xico, Belice o Estados Unidos. Seg&uacute;n la Agencia de la ONU para los Refugiados, la ACNUR, el n&uacute;mero de personas procedentes de El Salvador, Honduras y Guatemala que solicitan asilo en el mundo se ha multiplicado por siete entre 2010 y 2015.
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        Restos de sangre humedecen la tierra en los aleda&ntilde;os de la carretera panamericana entre El Salvador y Santa Ana tras el asesinato de un hombre la noche del 25 de mayo. El lugar donde ocurrieron los hechos y el tipo de heridas por arma de fuego llevaron a los investigadores a presumir que se trat&oacute; de una ejecuci&oacute;n que encaja con el proceder de las pandillas. El Salvador cerr&oacute; 2016 con 5.278 homicidios (14,4 diarios) con una tasa de 81,2 por cada 100.000 habitantes. El Salvador lidera las tasas de violencia en la regi&oacute;n de Centroam&eacute;rica, considerada la m&aacute;s violenta del mundo.
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        La estaci&oacute;n de Brentwood, Long Island, en EEUU, es uno de los puntos m&aacute;s concurridos por centroamericanos en el estado de Nueva York. El condado de Suffolk, en Long Island, es el quinto con mayor poblaci&oacute;n centroamericana en EEUU y uno de los puntos de destinos de la creciente inmigraci&oacute;n centroamericana de los &uacute;ltimos a&ntilde;os. Esta isla pegada a la ciudad de Nueva York fue uno de los destinos principales de los 68.000 menores centroamericanos no acompa&ntilde;ados que entraron de manera irregular a Estados Unidos en el a&ntilde;o 2014.
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        Don Mario pertenece a otra generaci&oacute;n de migrantes. O refugiados. Naci&oacute; en Chalatenango, El Salvador, pero vive en Long Island desde hace 15 a&ntilde;os. Dice que huy&oacute; por problemas con pandilleros y mafiosos: &ldquo;Si me quedaba me mataban&rdquo;. Ahora vive de lo que puede, muchas veces de trabajar arreglando techos. Con el tema de las pandillas en Long Island, cree que es mejor tener cuidado y &ldquo;no hablar&rdquo;. Pero a estas alturas, a &eacute;l no lo asustan: &ldquo;Yo vengo de la guerra, he visto penes rodando en la calle y mujeres descuartizadas&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Los padres de Obdulio Salvador de Le&oacute;n salieron de Guatemala hacia el norte para huir de las amenazas que recibi&oacute; su padre cuando gan&oacute; las elecciones municipales de su pueblo, en el departamento de Pet&eacute;n. Residente legal en Estados Unidos, Obdulio es el l&iacute;der local de la patrulla ciudadana conocida como los Guardian Angels de Brentwood. El grupo surgi&oacute; en esta ciudad como respuesta a la violencia de las pandillas vivida durante los &uacute;ltimos meses. Obi One, como se le conoce dentro del grupo, cree que la MS tiene mucha fuerza en Brentwood &ldquo;pero que no es como all&aacute;, en El Salvador, donde la polic&iacute;a les teme&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El grupo Guardian Angels de Brentwood tiene 17 miembros y est&aacute; formado mayoritariamente por personas de origen latino. Esta organizaci&oacute;n fue fundada en el barrio del Bronx de Nueva York en 1979 para hacer frente a la inseguridad que reinaba en el barrio. Aunque es un grupo desarmado que apuesta por la vigilancia pasiva, en su historial existen algunos casos de violencia excesiva o de divulgaci&oacute;n de falsos cr&iacute;menes para generar publicidad. Durante una patrulla callejera en Brentwood se hace evidente que estos vigilantes cuentan con el apoyo de muchos de sus ciudadanos.
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        El 28 de julio de 2017, el presidente Donald Trump viaj&oacute; a Brentwood para hablar de los&nbsp;nueve homicidios ocurridos en solo 6 meses en la zona: &ldquo;El cartel MS-13 es particularmente violento. No les gusta disparar a las personas porque es muy r&aacute;pido. Le&iacute; que uno de esos animales explicaba que le gustaba cortarlas y dejarlas morir lentamente porque era m&aacute;s doloroso y les gustaba verlas morir&hellip; Son animales&rdquo;. Durante la siguiente semana Trump vincul&oacute; la violencia de las pandillas a la inmigraci&oacute;n centroamericana y lo utiliz&oacute; para hacer campa&ntilde;a sobre la necesidad de eliminar las 'Ciudades Santuario', localidades donde la polic&iacute;a no arresta a los inmigrantes sin papeles, y aumentar las deportaciones de hispanos.
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        La Iglesia de Nuestra Se&ntilde;ora de la Medalla Milagrosa, en Wyandanch, Long Island, ofrece cultos en espa&ntilde;ol y congrega desde hace d&eacute;cadas a un gran porcentaje de centroamericanos residentes en la zona. El sacerdote que la dirige, el padre Bill Brisotti, es un seguidor de Monse&ntilde;or Romero y durante 15 a&ntilde;os coordin&oacute; una casa refugio adjunta al templo. Brisotti dice que la llegada del presidente Trump ha complicado las cosas para los inmigrantes. &ldquo;La situaci&oacute;n es cada d&iacute;a m&aacute;s grave con ese payaso que tenemos de presidente. Todo ese temor que se ha creado influye a que la gente no llame a la polic&iacute;a en caso de ver un acto de violencia o un crimen&rdquo;.
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        Carlos (nombre ficticio) es un joven refugiado centroamericano. Aunque ya ha cumplido los 18 a&ntilde;os, &eacute;l fue otro joven que lleg&oacute; durante la &ldquo;crisis de los menores refugiados centroamericanos&rdquo; que inici&oacute; en 2014 y salt&oacute; a las portadas de los peri&oacute;dicos norteamericanos. Carlos tuvo que huir de su hogar en el departamento de Cuscatl&aacute;n, El Salvador, por culpa de las pandillas. &ldquo;Lo peor es que yo estaba en un lugar donde a un lado estaba la MS y al otro lado Barrio 18, la pandilla rival. De vez en cuando me paraban para pedirme que me uniera, que sino me iba a pasar tal cosa, y yo les dec&iacute;a que no&rdquo;. 
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        Autobuses escolares esperan cerca de la High School de Brentwood, con un alto porcentaje de centroamericanos. Muchos de los j&oacute;venes reci&eacute;n llegados a la escuela se unen a las pandillas. Carlos Argueta, expandillero y trabajador social en un high school de Long Island lo explica as&iacute;: &ldquo;Algunos vienen y solo han estudiado all&aacute; tercero o cuarto grado. Otros vienen preparados, y los ponemos a todos juntos en el mismo sal&oacute;n de ESL (Ingl&eacute;s como Segunda Lengua). Se unen (a las pandillas) por protecci&oacute;n, para tener amistades y novias. Pero el mayor problema es que los hemos puesto en un solo cuarto a todos estos j&oacute;venes con tanto trauma, y los hemos puesto en un solo cuarto donde toda la frustraci&oacute;n que cargan se la desquitan entre ellos&rdquo;.
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        Las tobilleras electr&oacute;nicas se han convertido en una opci&oacute;n com&uacute;n para controlar a los migrantes indocumentados y asegurar que paguen el coste de su liberaci&oacute;n, incluso cuando se les podr&iacute;a conceder la condici&oacute;n de refugiados. Este joven salvadore&ntilde;o y su hermano se vieron obligados a depositar 12.000&nbsp;d&oacute;lares por persona si quer&iacute;an ser liberados tras entrar ilegalmente en EEUU. La empresa Libre by Nexus adelant&oacute; esa fianza a cambio de otros 2.400 d&oacute;lares cada uno en intereses. Para garantizar su inversi&oacute;n, coloc&oacute; un detector con GPS en la tobillera de los j&oacute;venes que avisa a las autoridades en caso de rotura o desconexi&oacute;n. La empresa los obliga a pagar, adem&aacute;s, 420 d&oacute;lares mensuales por el alquiler del aparato y, en el caso de que este se rompa, 3.800 d&oacute;lares m&aacute;s.
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        Los dos hermanos de 20 y 21 a&ntilde;os vivieron toda su vida en el departamento de La Uni&oacute;n, en El Salvador, trabajando como campesinos en tierra ajena y ganando 36 d&oacute;lares por semana. Hasta que la Mara Salvatrucha les pidi&oacute; que sembraran marihuana en el campo que trabajaban. Ellos se negaron argumentando que sus creencias como cristianos evang&eacute;licos no se lo permit&iacute;an. Por esa negativa recibieron golpizas y fueron amenazados con armas de fuego. 
    </p><p class="article-text">
        Los hermanos denunciaron los hechos a la polic&iacute;a local y los propios polic&iacute;as los entregaron a los pandilleros. Dos agentes y cuatro miembros de la Mara Salvatrucha descargaron sus armas cerca de su cabeza y les propinaron una paliza que mand&oacute; a ambos al hospital. Despu&eacute;s de eso pidieron prestados 7.000 d&oacute;lares cada uno a una hermana residente en Long Island e iniciaron el viaje hacia los Estados Unidos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El martes 13 de septiembre de 2016, cuando ca&iacute;a la noche en Brentwood, un grupo de j&oacute;venes asesinaron con bates a dos muchachas en los afueras de la escuela Loretta Park, donde estudiaban. Las v&iacute;ctimas fueron Kayla Cuevas, una chica de ra&iacute;ces dominicanas de 16 a&ntilde;os, y Nisa Mickens, quincea&ntilde;era, una de sus mejores amigas. Ambas murieron aporreadas. Sus cad&aacute;veres quedaron a metros de distancia en un &aacute;rea residencial fuera de la escuela. 
    </p><p class="article-text">
        El asesinato se atribuy&oacute; a j&oacute;venes miembros de la Mara Salvatrucha y fue uno de los casos que hizo saltar las chispas de la opini&oacute;n p&uacute;blica y provoc&oacute; una respuesta agresiva del presidente Trump: &ldquo;Vienen de Centroam&eacute;rica, son la gente m&aacute;s ruda que hayas conocido. Est&aacute;n matando y violando a todo mundo all&aacute;. Son ilegales y es su fin&rdquo;. Pasados los meses, unas flores en el suelo recuerdan el lugar donde qued&oacute; tendido el cuerpo de Keyla Cuevas.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Este contenido ha sido realizado con el apoyo de la beca DevReporter organizada por LaFede.cat en colaboraci&oacute;n con la ONG Asamblea de Cooperaci&oacute;n por la Paz.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Edu Ponces, Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fotos-funebre-salvador-long-island_1_3077074.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Nov 2017 13:04:03 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[FOTOS | Empujados a huir de las pandillas de El Salvador y acabar unidos a ellas en EEUU]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Centroamérica,Estados Unidos,Nueva York,Pandillas]]></media:keywords>
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