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    <title><![CDATA[elDiario.es - Cristina Quirantes]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/cristina_quirantes/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Cristina Quirantes]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Palabras cruzadas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/palabras-cruzadas_132_2046195.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8be31d5b-a9aa-4887-9539-aae4732e71c3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><p class="article-text">
        Palabras que piensas y dejas macerando en la mesilla de noche con el &uacute;ltimo latido antes de dejarte dormir. Palabras que te reciben con el amanecer, que intentas masticar antes de dejarlas volar, pero a las que no les encuentras forma y las dejas enjauladas dentro de ti, varando con un sentimiento enquistado, en una gota de sangre que entra y sale del coraz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
         Palabras que hubieras deseado escuchar, pero que se perdieron entre la tercera y cuarta costilla, junto a las primaveras est&eacute;riles que no te dejaron huellas a las que sonre&iacute;r. Palabras que se convierten en sospechas fundadas a las que no les hace falta rueda de reconocimiento, servidas por el verdugo y aderezadas por su c&oacute;mplice, pero sin ruegos y preguntas, ni fiscal, ni juez, y s&iacute; con un certero y mortal alegato final.
    </p><p class="article-text">
        Pensamientos que se van enredando en tu cabeza y que llegan como un alud hasta tus cuerdas vocales, donde hacen r&aacute;pel hasta el fondo m&aacute;s profundo de tu est&oacute;mago, a la deriva en un maridaje cruel con la &uacute;ltima desilusi&oacute;n que encarcelaste all&iacute;. Sentimientos que sacas a pasear en un patio vac&iacute;o de espectadores, que lanzas contra una pared inestable incapaz de restar con un ganador toque de efecto. Las cinco s&iacute;labas de remordimientos que dejaste crecer en el nicho met&aacute;lico de un apartado postal. Sensaciones que vomitas a golpe de nostalgia sobre un papel, pero que solo ser&aacute;n abono para un cubo de reciclaje. 
    </p><p class="article-text">
         Pensamientos, sentimientos, emociones, sensaciones, jugando en el laberinto que florece libre entre tu cabeza y tu coraz&oacute;n, y que se travisten en palabras para encontrar la salida. 
    </p><p class="article-text">
        Porque no todas las palabras se las lleva el viento. Las que se pierden por los pasillos se quedan dentro de ti, como el reparto coral de todas tus pesadillas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Quirantes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/palabras-cruzadas_132_2046195.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 30 Jun 2018 10:20:21 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Palabras cruzadas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Tenerife Opina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Feria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/feria_132_1611502.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Se sent&oacute; a mirarla por pen&uacute;ltima vez. Llevaba all&iacute; unos cuantos a&ntilde;os, desde aquel domingo que la trajo junto con el peri&oacute;dico y el pan caliente de la ma&ntilde;ana, con un nombre y una preciosa historia contada por otros. Una gatita tricolor que la esperaba siempre en la cocina, en el mismo sitio, en la misma postura. A veces, en el tiempo muerto que le negociaba al d&iacute;a, se relajaba frente a ella, disfrutando de la sonrisa y la paz que le provocaba. Pero ahora que hab&iacute;a decidido guardar todos los retales del pasado, sab&iacute;a que Feria tambi&eacute;n ten&iacute;a el pasaporte preparado.
    </p><p class="article-text">
        Sinti&oacute; que hab&iacute;a llegado ese momento, el d&iacute;a que al coger un libro cay&oacute; al suelo un recuerdo inesperado, un trozo de papel, unas pocas letras. Era solo el envoltorio de un instante, pero lo suficientemente llamativo como para que ella recreara a mano alzada la antigua sensaci&oacute;n vivida. Y le dio miedo. Hab&iacute;a sembrado muchas madrugadas de sill&oacute;n practicando apnea entre recuerdos, de las que solo cosech&oacute; latigazos de memoria flotando en un disimulado borr&oacute;n. Y se extravi&oacute; haciendo papiroflexia con esperanzas que convert&iacute;a en tangibles, hasta que descubri&oacute; que era el peor truco para la verdad.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que comenz&oacute; a ver las cosas desde otro fondo de ojo: quem&oacute; altares, mastic&oacute; los recuerdos con m&aacute;s cabeza y no con tanto coraz&oacute;n, y dej&oacute; de edulcorar lo que amargo floreci&oacute;. Orden&oacute; todos los fragmentos que fue encontrando por la casa, la prehistoria de un presente que ya no lat&iacute;a, insignificantes restos materiales repletos de ese valor personal que no se puede compartir; piezas de puzle que se fueron bordando en su interior y que salpican su presente de sonrisas.
    </p><p class="article-text">
        Pero ahora que la miop&iacute;a es la &uacute;nica que le empa&ntilde;a la vista, no quiere que en el futuro cualquier caj&oacute;n se rebele y le escupa un recuerdo jugando al escondite ingl&eacute;s. Para evitar que llegue ese momento, y por si no est&aacute; dotada para la ocasi&oacute;n, coloca barrenos en todos los pliegues de la casa, justo donde se quedan prendidas las anacr&oacute;nicas emociones. No fue una recolecta f&aacute;cil, mucho menos para alguien como ella, que es capaz de apreciar el mismo gui&ntilde;o de alegr&iacute;a en una servilleta que en una amarillenta fotograf&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Elige una caja marr&oacute;n que ya por s&iacute; misma es un continente de recuerdo. Con la cabeza sucia por dentro y el coraz&oacute;n palpitando feliz, coloca uno a uno todos los retazos, volando en la estela de alguno de ellos antes de arroparlo con el siguiente. <em>Sensibler&iacute;a Low Cost</em> se&ntilde;alar&iacute;an algunos, <em>sentimentalismo sui generis</em> atajar&iacute;a ella; porque hay recuerdos que merecen celebraciones que oscurecer&iacute;an las linternas en el cielo de Tailandia.
    </p><p class="article-text">
         Solo le queda perfilar la cocina. La acaricia antes de quitarle los imanes que la sujetan a la puerta de la nevera, la dobla con mimo y la guarda. Y hasta su admirado Magritte, que dir&iacute;a que Feria no es una gata sino la imagen en un peri&oacute;dico de una gata, le aceptar&iacute;a que una fotograf&iacute;a puede ser el tel&oacute;n del escenario de un recuerdo maravilloso. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Quirantes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/feria_132_1611502.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 06 Apr 2019 10:26:53 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Feria]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Ferias,Cuentos,Historia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[85 decibelios de paz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/decibelios-paz_132_1788856.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Le quita los 85 decibelios a <em>La Simone</em>, cierra la puerta y empieza a caminar por la acera. Antes del quinto paso ya est&aacute; atrapada en la neblina de ruido en la que se ha convertido la ciudad. Frases sueltas de conversaciones ajenas, rumor terminal que se multiplica, palabras que la adelantan, que la siguen, que la acompa&ntilde;an. Algunas que la conmueven, la atraviesan como si fuera el mism&iacute;simo san Sebasti&aacute;n. No ha pasado ni un minuto y ya se siente como un acorde en sordina en medio de todo ese bullicio orquestal sin direcci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Entra en el bar de siempre donde le sirven sin necesidad de hablar. Ante la imposibilidad de resistirse, se deja mecer al ritmo de la dictadura del ruido, intentando mantener su oasis en ese desierto de algarab&iacute;a inmarcesible. Por cada taza de caf&eacute;, golpe hueco en el mostrador, monedas que se columpian en las manos<em>, &iquest;cu&aacute;nto es?</em>, <em>gracias</em>, <em>buen d&iacute;a</em>. <em>&iexcl;Otro caf&eacute; al fondo, con leche!</em>, golpe de mano en el mango y cacillo en el metal, golpe seco, vaso de agua. Se propone romper con ese paisaje estridente, lograr un comp&aacute;s de espera, para lo que coloca las monedas en la mano del camarero. Pero este es un veterano lacayo del estruendo, as&iacute; que deja la vuelta en la barra con ruido metal, ruido fr&iacute;o, de monedas; pocos ruidos tan carentes de vida como ese.
    </p><p class="article-text">
        Vuelve a la calle, al revoloteo de voces que llaman a otras voces, que a su vez contestan con el eco de ellas mismas, como en una interminable partida de damas. Toma el tranv&iacute;a, y mientras busca asiento se le pega a la ropa todo el parloteo que va dejando detr&aacute;s: <em>se fue temprano</em>, <em>esa no la estudi&eacute;</em>, <em>quedan tres paradas</em>, <em>nos vamos en agosto</em>. Se sienta con todas esas palabras colgando como jirones, haci&eacute;ndose espacio entre frases que tropiezan entre ellas, que no terminan o que se adosan a otras. Las conversaciones chocan contra los cristales sin escapatoria, y solo al abrirse las puertas se refresca el ambiente; voces que se van, otras que llegan. Abandona casi ilesa el trayecto de Babel y se sumerge en otros ruidos que chirr&iacute;an igual, entre gente con los mismos ecos que los que dej&oacute; atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Al cruzar la entrada de la tienda confirma lo que supon&iacute;a. El perenne jaleo de la calle se ha instalado all&iacute;, salvo que el tema principal es repetitivo. Intenta que sus pensamientos la alejen de ese bucle, pero es imposible sobrevivir triunfadora a los precios y demandas dados a voces. Con la paciencia casi en alquiler, se coloca en la fila para pagar. Despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os, no se acostumbra al papel de obligada oyente, ni a las preguntas inc&oacute;modas que la convierten en testigo de cargo de vidas que desconoce. Todav&iacute;a le parece complejo transitar entre la gente, rozar sus vidas un segundo y desaparecer indefinidamente, sin que ello no suponga alg&uacute;n roto en su caparaz&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Vuelve a su casa con la cabeza aletargada. Se sacude con energ&iacute;a toda esa miscel&aacute;nea que ha adquirido en la calle contra su voluntad. Enciende el equipo de m&uacute;sica, inspira profundamente y se deja conquistar por los 85 decibelios de paz de <em>La Simone.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Quirantes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/decibelios-paz_132_1788856.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 13 Dec 2018 10:16:38 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[85 decibelios de paz]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Relato]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Destino]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/destino_132_2103367.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La colocan con el resto al lado de la puerta, expuesta a todo el que pase, pero lo suficientemente alejada de manoseos gratuitos. Supon&iacute;a que no ser&iacute;a nada agradable estar a la vista golosa de todo el que la mira, pero ahora lo puede confirmar. Siente que se acerca el final y no puede evitar recordar lo que ha sido su obligado viaje hasta llegar all&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Ella quer&iacute;a ser de otro sitio y de ninguno, odiaba las etiquetas y siempre busc&oacute; la forma de cortar con ellas. Nunca se cans&oacute; de gritar en silencio para lograr el reconocimiento al valor que sab&iacute;a que ten&iacute;a, pero solo consigui&oacute; que le pusieran precio. No entend&iacute;a de banderas, como de tantas otras cosas, pero su presencia siempre ven&iacute;a de la mano de una. Se consideraba &uacute;nica, diferente a su manera, pero no pod&iacute;a separarse del conjunto. Hab&iacute;a escuchado que sus antepasados ten&iacute;an un origen concreto, algo ya imposible en un presente globalizado. Buscaba abrazar ese pertenecer a todos lados sin perder sus se&ntilde;as de identidad y, al mismo tiempo, dejarlas a un lado si eso es lo que le permitir&iacute;a llegar m&aacute;s lejos. En el fondo sab&iacute;a que no quedaba nada por descubrir, que no podr&iacute;a decidir d&oacute;nde desembarcar, d&oacute;nde terminar el viaje, d&oacute;nde poner el punto y final a una vida marcada por fechas por cumplir y una soledad ruidosa. Porque ella no naci&oacute; para eso. 
    </p><p class="article-text">
        Antes de convertirse en lo que es hoy, antes de que su semilla fuera presente, ya le hab&iacute;an hecho un plan de jubilaci&oacute;n. Sab&iacute;a que su vida ser&iacute;a esa desde que el primer rayo de sol toc&oacute; su endurecida piel. Ella que so&ntilde;&oacute; a lo grande, que pudo imaginar lo que nunca tendr&iacute;a, lo que nunca ser&iacute;a, siente las manos sucias que la tocan como tantas otras veces; siempre con cuidado, pero nunca con afecto. Percibe que ha llegado a la &uacute;ltima estaci&oacute;n, al final programado que su esencia dulce espera con amargura. A estas alturas, solo desea que sea tan r&aacute;pido como ha sido su vida en general: ba&ntilde;os de abono, control de plagas, pl&aacute;stico as&eacute;ptico, contenedores oscuros, y manos, muchas manos.
    </p><p class="article-text">
        Ahora ya no hay piel, sino un pl&aacute;stico que vuelve turbia la despedida. Oye risas mientras la nombran con orgullo. Pero no es un orgullo familiar, no se parece al que siente una madre por su hijo, sino un orgullo g&eacute;lido e interesado del que se desprende de algo que ha pose&iacute;do. La miserable soberbia del que saca provecho de algo destinado para ello. Se aleja con otras como ella, en el fondo de una bolsa que huele a fresco y prologa fin. Y mientras se deja mecer escucha por &uacute;ltima vez: &ldquo;S&iacute;, esta vez las mandarinas vienen de China, como casi todo&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Quirantes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/destino_132_2103367.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 23 May 2018 08:40:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Destino]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Historia,Relato,Tenerife Opina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ambrosía sabor café]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/ambrosia-sabor-cafe_132_2803472.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a5e2731c-9f9a-4989-835f-970c4449f680_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><p class="article-text">
        Desde hace siete a&ntilde;os recorro todos los d&iacute;as esa calle, y muchas veces entablamos conversaci&oacute;n. Un intercambio de palabras sin importancia pero que a m&iacute; me llena de vida. Resulta macabro, porque es justo lo que se te escapa con cada suspiro. Y es que desde el primer momento supe que todos los d&iacute;as la vida te reta a un pulso, mientras la muerte se entretiene desdibujando tu futuro.
    </p><p class="article-text">
        Todos sabemos que tenemos fecha de caducidad, que nuestro fundido en negro tendr&aacute; el mismo final, pero se sobrevive mejor sin la presi&oacute;n del cron&oacute;metro reflejado en el espejo todas las ma&ntilde;anas. Dicen que la muerte est&aacute; tan segura de su triunfo que te deja toda una vida de ventaja. Pero algunas veces, aun conociendo su indiscutible victoria, juega sucio y reparte una mano de cartas trucadas, una ventaja bichada. Y eso fue lo que te pas&oacute; a ti, te quedaste sin comod&iacute;n y sin posibilidad de hoja de reclamaciones.
    </p><p class="article-text">
        La enfermedad te ha ido desfigurando la cara, supongo que a veces hasta la esperanza, pero ah&iacute; est&aacute;s siempre con una sonrisa, por muy mal que te encuentres, por mucho que te cueste hacerte entender. No s&eacute; c&oacute;mo lo haces, pero sin un gramo de luz eres capaz de iluminar. La mayor&iacute;a de las veces me siento rid&iacute;cula, con mi est&uacute;pida prisa, mirando el reloj que me recuerda que las horas no esperan a que termine el trabajo. T&uacute; posiblemente no llevas porque atesoras minutos, con los que vuelves a llenar tu reloj de arena, el mismo que querr&iacute;as que descansara en horizontal por un tiempo. Yo con el mantra de un d&iacute;a menos, t&uacute; columpi&aacute;ndote en el de un d&iacute;a m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Es verdad que todos tenemos nuestras tormentas, tan arrasadoras como personales, que no se prestan a ser comparadas porque el dolor es nuestro y la resaca que nos deja heridas tambi&eacute;n. Y con mi tormenta en la mirada me planto delante de ti y solo puedo sentirme una dominguera aficionada. Yo con mis luchas de <em>tupper</em> y t&uacute; en el cuerpo a cuerpo de trincheras. Porque tu batalla diaria es esquivar las zancadillas que te apa&ntilde;a la vida, siempre dispuesta a cogerte a traspi&eacute;. No tienes la posibilidad de un receso, ni siquiera cuando apagas la luz por la noche y sonr&iacute;es por poderlo hacer una vez m&aacute;s. Llevas a&ntilde;os en jaque y no te quedan peones que sacrificar. Ahora tu mejor amiga se llama quimioterapia, que como una experimentada funambulista te administra veneno, con uve de vida, en papel de regalo.
    </p><p class="article-text">
        Una vez me contaron que eras un joven de &eacute;xito, que &ldquo;eras&rdquo;, y no puedo estar m&aacute;s en desacuerdo. Lo que ten&iacute;as lo puede lograr todo el que se atreva a luchar por ello, con m&aacute;s o menos suerte, porque as&iacute; es el &eacute;xito, tan justo y desagradecido al mismo tiempo. Pero para lo que haces ahora tienes que tener coraje, tienes que tener mucho valor para levantarte cada d&iacute;a sin la posibilidad de cambiar el rojo de la bater&iacute;a casi agotada, tienes que ser de una pasta especial para esconder el dolor y pintarte una sonrisa para tus hijos.
    </p><p class="article-text">
        Me dijiste que un d&iacute;a feliz para ti es cuando consigues recorrer el pasillo y tomarte el caf&eacute; en la cocina. Tal vez es una frivolidad por mi parte comparar tu marat&oacute;n de las ma&ntilde;anas con mis ratos de caf&eacute;, pero desde esa confesi&oacute;n disfruto al m&aacute;ximo de ese momento. Por muy ajetreada que est&eacute;, por m&aacute;s que ese d&iacute;a la vida sea un lugar inh&oacute;spito, siempre celebro la posibilidad que tengo de tom&aacute;rmelo. No s&eacute; si por todos los que no pudieron recorrer el pasillo, por los que al final de este solo vieron bajarse el tel&oacute;n, o por las veces que tu d&iacute;a no fue feliz y el caf&eacute; qued&oacute; fr&iacute;o en la cocina. Lo que tengo claro es que me has ense&ntilde;ado que tomarse un caf&eacute; no es otro placer de la vida, es la vida misma.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Quirantes]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/ambrosia-sabor-cafe_132_2803472.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 07 Feb 2018 11:29:55 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ambrosía sabor café]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Relato,Historia,Cuentos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[David y Las Parcas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/canariasahora/tenerife-ahora/tenerife-opina/david-parcas_132_2993002.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Agarra con fuerza un vaso con refresco como el paria se aferra a un copa de ginebra mala en la barra de un bar. Una mujer, a la que mira con reproche, le da un beso mientras le dice que solo ser&aacute; un momento. Ellas aparecen lentamente, con el paso inseguro que da la edad, pero decididas.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdan a las Chloe y Lily de la maravillosa <em>El invitado de invierno</em>, pero sin la p&aacute;tina entra&ntilde;able de aquellas. Se sientan delante del cr&iacute;o, que ante las figuras de negro se vuelve m&aacute;s peque&ntilde;o, m&aacute;s vencido, y con el seseo de una serpiente empiezan a dispararle las t&iacute;picas preguntas.
    </p><p class="article-text">
        Para la mayor&iacute;a tiene algo que decir, porque a esa temprana edad ya el&nbsp;mundo lo ha forzado a tener respuesta a est&uacute;pidas dudas que no tendr&iacute;a si no fuera por la impaciente necesidad de los adultos de etiquetar y colocar en el estante correcto. Cada vez m&aacute;s c&oacute;modas, las inquisidoras vomitan una cascada de preguntas que har&iacute;an temblar al mism&iacute;simo Markus Wolf. &Eacute;l, molesto, se sujeta a la silla mirando alrededor, tal vez buscando un salvavidas que lo rescate de ese interrogatorio sin sentido y sin provecho.
    </p><p class="article-text">
        En alg&uacute;n segundo nuestras miradas se cruzan y le dedico una sonrisa c&oacute;mplice pero sus ojos opacos est&aacute;n contagiados de la frialdad que han tra&iacute;do ellas y que han desparramado por toda la mesa.
    </p><p class="article-text">
        No escucho ninguna pregunta fuera de lo aburridamente com&uacute;n, ninguna apropiada para un ni&ntilde;o de esa edad, ninguna que se escape de los malditos t&oacute;picos, as&iacute; que espero la tan temida, la m&aacute;s dif&iacute;cil y f&aacute;cil de responder. A esa edad no nos damos cuenta de que es la gran pregunta de la vida, casi la primera que nos hacen, pero para la que no estamos preparados hasta que no cargamos con un buen pu&ntilde;ado de a&ntilde;os a nuestras espaldas. Me provoca decirle que elija la banca, que siempre gana, que nunca tiene que volver a la casilla de salida pasando por la c&aacute;rcel, ni siquiera en la vida real, pero tampoco est&aacute; preparado para la cruel iron&iacute;a del presente en el que vive.
    </p><p class="article-text">
        Mi caf&eacute; se termina y tengo que abandonar el improvisado teatro del absurdo de las dos se&ntilde;oras con el inocente de turno, pero no me quiero ir sin compartirle mi respuesta a esa pregunta. Porque yo s&iacute; tengo edad para saberla, y no es la apropiada ni la que mejor suena, sino la &uacute;nica v&aacute;lida.
    </p><p class="article-text">
        Mientras me levanto escucho su previsible respuesta, marcada por una cotidianeidad donde los valores est&aacute;n detr&aacute;s de un escaparate de Inditex y los h&eacute;roes llevan pantal&oacute;n corto. Conf&iacute;o en que alg&uacute;n d&iacute;a salga de ese mundo falso de celof&aacute;n y Disney, y cuando vuelvan a preguntarle &ldquo;&iquest;qu&eacute; quieres ser de mayor?&rdquo; tenga la &uacute;nica respuesta posible: &ldquo;&iexcl;Ser feliz!&rdquo;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Cristina Quirantes]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Dec 2017 08:01:36 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[David y Las Parcas]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Cuentos,Historia]]></media:keywords>
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