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    <title><![CDATA[elDiario.es - Toni Comín]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/toni_comin/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Toni Comín]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[El trilema de España]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/trilema-espana_129_1101988.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/da6cfcad-31f0-456f-8bae-fe8aea3495d4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Quizás al nacionalismo español le gustaría alcanzar los tres objetivos a la vez: un único Estado en todo su actual territorio, una única Nación (española) y una democracia. Pero se trata de un sueño imposible</p></div><p class="article-text">
        El nacionalismo espa&ntilde;ol se enfrenta, en este momento de su historia, a un dilema de imposible resoluci&oacute;n. M&aacute;s precisamente, se encuentra ante lo que t&eacute;cnicamente se conoce como un trilema. Veamos: el proyecto ideal del nacionalismo espa&ntilde;ol ser&iacute;a, hoy, consolidar un Estado espa&ntilde;ol mononacional y democr&aacute;tico. Pero la realidad es tozuda y juntar las tres cosas a la vez &ndash;un Estado, una naci&oacute;n y una democracia&ndash; no es posible. No es posible ahora, pero tampoco podr&aacute; serlo en el futuro. Y, de hecho, tampoco lo fue en el pasado.
    </p><p class="article-text">
        Imaginemos un tri&aacute;ngulo y situemos en cada uno de los v&eacute;rtices uno de los tres objetivos que el nacionalismo espa&ntilde;ol desear&iacute;a conjugar &ndash;Estado, Naci&oacute;n y democracia&ndash;. La elecci&oacute;n es inevitable: cada uno de los actores de la pol&iacute;tica espa&ntilde;ola puede optar por un lado del tri&aacute;ngulo, cualquiera que sea, pero en esta elecci&oacute;n, por definici&oacute;n, s&oacute;lo podr&aacute; retener dos de los tres objetivos deseados. Optando por un lado determinado, renuncia de manera indefectible al tercero de los objetivos, el que corresponde al v&eacute;rtice opuesto del lado elegido. As&iacute;, los actores de la pol&iacute;tica espa&ntilde;ola tienen tres opciones ante s&iacute;.  
    </p><p class="article-text">
        Sobre el papel existe la opci&oacute;n de que Espa&ntilde;a sea un &uacute;nico Estado y al mismo tiempo sea democr&aacute;tico, pero entonces no podr&aacute; ser un Estado mononacional. En efecto, la &uacute;nica posibilidad de que Espa&ntilde;a siga manteniendo la totalidad de su territorio sin vulnerar de manera irreversible los principios de la democracia y el Estado de derecho es que se reconvierta en un Estado plurinacional, es decir, que reconozca de manera efectiva y con todas sus consecuencias la existencia de varias naciones en su seno. Que diga adi&oacute;s a la idea de la &ldquo;Naci&oacute;n espa&ntilde;ola, patria com&uacute;n e indivisible de todos los espa&ntilde;oles&rdquo; y su &ldquo;indisoluble unidad&rdquo;. Pero, a estas alturas de la pel&iacute;cula, hay serias dudas de que nunca una mayor&iacute;a de la sociedad espa&ntilde;ola est&eacute; dispuesta a aceptar la plurinacionalidad del Estado, es decir, a asumir la realidad. A falta de este reconocimiento, el Estado s&oacute;lo puede mantener la &ldquo;obediencia&rdquo; de una parte muy importante de sus ciudadanos &ndash;que tienen lealtades nacionales diversas y las seguir&aacute;n teniendo&ndash; por medio de una deriva autoritaria, incompatible con la democracia. En cualquier caso, esta opci&oacute;n, sea o no factible, supone renunciar al concepto de un &uacute;nico Estado = una &uacute;nica Naci&oacute;n (la espa&ntilde;ola).
    </p><p class="article-text">
        Espa&ntilde;a puede ser democr&aacute;tica y mononacional, s&iacute;. Esta es otra de las tres opciones. Pero entonces, si se comporta como un Estado verdaderamente democr&aacute;tico, el actual territorio del Estado espa&ntilde;ol dejar&aacute; de ser un &uacute;nico Estado para convertirse, por lo menos, en dos. Porque de un Estado espa&ntilde;ol identificado un&iacute;vocamente con una &uacute;nica Naci&oacute;n espa&ntilde;ola, una mayor&iacute;a de los ciudadanos de Catalunya no quiere formar parte. Que Espa&ntilde;a act&uacute;e como corresponde a un Estado democr&aacute;tico &ndash;como lo han hecho ante situaciones muy parecidas el Reino Unido y Canad&aacute;&ndash; pasa por una resoluci&oacute;n democr&aacute;tica del contencioso catal&aacute;n, es decir, pasa por permitir la celebraci&oacute;n de un refer&eacute;ndum de independencia. Pong&aacute;monos ante la hip&oacute;tesis de un eventual refer&eacute;ndum pactado. Si  Espa&ntilde;a plantease un proyecto de Estado plurinacional, no est&aacute; escrito cuales ser&iacute;an las preferencias mayoritarias de los catalanes. Pero si el proyecto espa&ntilde;ol es un Estado mononacional, todo indica que el s&iacute; a la independencia ganar&iacute;a el plebiscito. As&iacute;, para poder conjugar Naci&oacute;n &uacute;nica y democracia, el territorio actual de Espa&ntilde;a no podr&iacute;a seguir siendo un solo Estado.
    </p><p class="article-text">
        Muchos discutir&aacute;n, no cabe duda, que un Estado democr&aacute;tico, por el hecho de albergar una realidad plurinacional en su seno, deba permitir un refer&eacute;ndum de independencia. Pero los casos del Canad&aacute; y del Reino Unido son elocuentes en este sentido. Cuando un Estado tiene enfrente suyo un reto como el catal&aacute;n, el quebequ&eacute;s o el escoc&eacute;s, s&oacute;lo tiene dos opciones: o pacta o reprime. Las democracias pactan, negocian; optar por la represi&oacute;n resta aceleradamente sus credenciales democr&aacute;ticas a quien lo hace. Aunque la Constituci&oacute;n del Canad&aacute; no permite sobre el papel la secesi&oacute;n de un territorio, el gobierno federal toler&oacute; los refer&eacute;ndums de Quebec. Y seguidamente la Corte Suprema inst&oacute; al  elaborar una ley que regulase las condiciones de la autodeterminaci&oacute;n. El Acta de Uni&oacute;n de 1707 por el que Escocia pas&oacute; a ser parte fundadora del Reino de Gran Breta&ntilde;a dice, en su art&iacute;culo 1, que la uni&oacute;n entre Escocia e Inglaterra es &ldquo;forever after&rdquo;. Y sin embargo en 20XX el gobierno brit&aacute;nico pact&oacute; con el escoc&eacute;s un refer&eacute;ndum de independencia de Escocia. La idea de que el art&iacute;culo 2 de la Constituci&oacute;n del 78 no permite el refer&eacute;ndum de independencia de Catalunya es una de las patra&ntilde;as jur&iacute;dico-pol&iacute;ticas m&aacute;s burdas que haya blandido nunca la pol&iacute;tica espa&ntilde;ola. De hecho, es una idea gen&eacute;ticamente franquista. Al Reino Unido, por muy unido que sea, ni se le ocurri&oacute; negar la posibilidad que los ciudadanos de Escocia decidiesen libremente si quer&iacute;an seguir o no formando parte del mismo, a partir del momento en que en el Parlamento escoc&eacute;s hubo una mayor&iacute;a partidaria de la autodeterminaci&oacute;n. Cuando uno es dem&oacute;crata, la democracia est&aacute; por encima de la uni&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La tercera opci&oacute;n la tenemos hoy ante nuestros ojos: Espa&ntilde;a puede intentar ser un &uacute;nico Estado &ndash;en la totalidad de su territorio actual&ndash; y una &uacute;nica Naci&oacute;n &ndash;la espa&ntilde;ola&ndash;. Pero en este caso no ser&aacute; nunca una democracia propiamente dicha. Porque s&oacute;lo podr&aacute; imponer su car&aacute;cter mononacional a la totalidad de sus ciudadanos por medio de la represi&oacute;n y la imposici&oacute;n. Es decir, a costa de la legitimidad. A estas alturas, vista la historia del catalanismo durante los siglos XIX, XX y lo que llevamos de siglo XXI, parece bastante evidente que una parte muy importante de la sociedad catalana nunca se plegar&aacute; pasivamente ante un proyecto pol&iacute;tico tan supremacista como el del nacionalismo espa&ntilde;ol. Optar por un Estado indivisible mononacional conlleva enfrentarse a la movilizaci&oacute;n permanente de una sociedad que no cejar&aacute; nunca en su empe&ntilde;o por autogobernarse &ndash;lo digo no como pol&iacute;tico, sino como simple conocedor de la historia de Catalu&ntilde;a&ndash;. Una sociedad que cuando la repriman, resistir&aacute;. Como hizo durante la dictadura de Primo de Rivera o la de Franco. Como ha hecho siempre que el nacionalismo espa&ntilde;ol, con su ADN autoritario, la ha atropellado. Tambi&eacute;n ahora. Cuando en un Estado la legitimidad de las reglas constitucionales se debilita de manera tan profunda, s&oacute;lo le queda imponer la ley por la fuerza. Puede apelar al monopolio de la violencia legal, pero estar&aacute; muy lejos de ejercer el aut&eacute;ntico monopolio de la violencia leg&iacute;tima.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s al nacionalismo espa&ntilde;ol le gustar&iacute;a alcanzar los tres objetivos a la vez: un &uacute;nico Estado en todo su actual territorio, una &uacute;nica Naci&oacute;n (espa&ntilde;ola) y una democracia. Pero se trata de un sue&ntilde;o imposible. Las leyes de la geometr&iacute;a son tozudas: cada lado de un tri&aacute;ngulo puede unir dos v&eacute;rtices, pero no puede juntarlos los tres. Quien elige el lado del tri&aacute;ngulo que a&uacute;na el v&eacute;rtice &ldquo;Estado indivisible&rdquo; con el v&eacute;rtice &ldquo;Naci&oacute;n &uacute;nica&rdquo;, se ve abocado, lo reconozca o no, a renunciar a la democracia. A los hechos me remito. En una democracia no se hace un uso extensivo del art.155 que el propio poder constituyente rechaz&oacute;, ni se busca resolver a trav&eacute;s de la justicia penal y aquello que debe ser resuelto por medio de la negociaci&oacute;n pol&iacute;tica o, en el peor de los casos, por medio de la justicia constitucional. En una democracia normal nunca se hubiera presentado una querella por rebeli&oacute;n contra un gobierno democr&aacute;ticamente elegido y, en caso de haberse presentado por parte de la fiscal&iacute;a, en un estado de derecho con tribunales verdaderamente independientes, esta querella nunca hubiera sido admitida a tr&aacute;mite. En una democracia no se estar&iacute;a intentando construir artificialmente una causa penal que tiene motivaciones pol&iacute;ticas, inventando una violencia inexistente para validar una acusaci&oacute;n de rebeli&oacute;n que no tiene fundamento alguno. Hasta el propio legislador &ndash;Lopez Garrido, ponente de la reforma del C&oacute;digo Penal&ndash; salt&oacute; de inmediato para explicar que lo ocurrido en Catalunya nada tiene que ver con este delito.  Y sin embargo, cuatro personas inocentes est&aacute;n hoy en prisi&oacute;n preventiva acusadas de un delito que nunca cometieron. Esto no ocurre en una democracia. Son m&aacute;s de un centenar los penalistas espa&ntilde;oles, firmantes de un manifiesto p&uacute;blico, que se han llevado las manos a la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        En una democracia no se llama a declarar al 80% de los alcaldes de un territorio por colaborar en un refer&eacute;ndum, y menos cuando en el actual C&oacute;digo penal la organizaci&oacute;n de un refer&eacute;ndum ilegal ha dejado de ser delito. Ni se mandan miles de polic&iacute;as para impedir que la gente acuda pac&iacute;ficamente a depositar su voto en unas urnas que ha puesto su gobierno, elegido democr&aacute;ticamente. En una democracia, no se impide que el candidato de la mayor&iacute;a parlamentaria pueda ser investido presidente, porque el gobierno central respeta los resultados de las elecciones que se celebran en sus territorios sub-estatales, m&aacute;xime si es el propio gobierno central quien las ha convocado. Nada de esto ocurrir&iacute;a en un estado de derecho y en una democracia dignos de este nombre. No hay ninguna democracia en el mundo, a parte de la espa&ntilde;ola, en que el TC tenga funciones ejecutivas. Y podr&iacute;amos seguir, pero la lista de fallas del Estado espa&ntilde;ol para ser una democracia homologable con el resto de las democracias europeas &ndash;v&eacute;ase, por cierto, el informe de GRECO del Consejo de Europa- es interminable.
    </p><p class="article-text">
        Es f&aacute;cil posicionar los distintos actores del conflicto entre Catalunya y el Estado en cada uno de los lados del trilema. Podemos es el actor que ha optado m&aacute;s claramente por un Estado verdaderamente democr&aacute;tico que a la vez siga abarcando todo el territorio de la Espa&ntilde;a actual. Un Estado que, en consecuencia, no puede ser mononacional. Por esto acepta y defiende el refer&eacute;ndum de autodeterminaci&oacute;n de Catalunya y por esto apuesta por una Espa&ntilde;a plurinacional: porque no quiere renunciar a la democracia. Se podr&iacute;a decir que es hoy el &uacute;nico actor relevante inequ&iacute;vocamente dem&oacute;crata del sistema pol&iacute;tico espa&ntilde;ol &ndash;partidos catalanes y vascos al margen&ndash;. Y esto se debe, probablemente, a que la gente de Podemos son, por as&iacute; decirlo, &ldquo;los hijos&rdquo; y &ldquo;los nietos&rdquo; del PCE. En efecto, fueron los comunistas los que se dejaron la piel para traer la democracia a Espa&ntilde;a &ndash;esta democracia que hoy el PP, C&rsquo;s y el PSOE han dejado tan maltrecha&ndash; y los dirigentes y las bases de Podemos son, de alg&uacute;n modo, aunque sea remotamente, sus herederos. Probablemente por esto, porque lleva la lucha por la democracia en sus genes, Podemos no ha cejado en defender el proyecto de Espa&ntilde;a como un proyecto plurinacional, al margen de que ello le pueda costar muchos o pocos votos a corto plazo. Porque sabe que una Espa&ntilde;a mononacional es incompatible con la democracia.
    </p><p class="article-text">
        El independentismo catal&aacute;n opta, por definici&oacute;n, por el lado del tri&aacute;ngulo que junta una democracia y una &uacute;nica Naci&oacute;n (espa&ntilde;ola), siempre y cuando se circunscriba a s&oacute;lo una parte del actual Estado espa&ntilde;ol. El independentismo entiende que el Estado espa&ntilde;ol quiera ser mononacional, siempre y cuando no pretenda seguir manteniendo la sociedad catalana en su seno. Una Naci&oacute;n espa&ntilde;ola inequ&iacute;vocamente democr&aacute;tica supone, en efecto, que la Espa&ntilde;a actual renuncie a ser un solo Estado. As&iacute;, el independentismo aspira a que en el territorio del actual Estado haya dos estados: la Espa&ntilde;a mononacional y la Rep&uacute;blica Catalana &ndash;que, por cierto, una mayor&iacute;a de los independentistas no visualizan como un proyecto mononacional&ndash;. Dos estados democr&aacute;ticos y, en tanto que tales, bien avenidos.
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo, est&aacute;n aquellos aspiran a que la actual Espa&ntilde;a siga siendo un &uacute;nico Estado y sea una &uacute;nica Naci&oacute;n (espa&ntilde;ola), y que para ello est&aacute;n perfectamente dispuestos a abandonar a la democracia. Aquellos que para salvar su idea del Estado a la vez indivisible y mononacional no dudan en asumir el precio de la represi&oacute;n, la deriva autoritaria y la degradaci&oacute;n del estado de derecho. Poner la unidad del estado por encima de la democracia: esto es lo propio del nacionalismo autoritario. Ah&iacute; est&aacute;n hoy el PP, C&rsquo;s y, para sorpresa de muchos, el PSOE.
    </p><p class="article-text">
        Queda una duda. &iquest;Esta renuncia a la democracia se hace con regocijo o con resignaci&oacute;n? Visto lo visto, parece que hay de todo. Si realmente el sue&ntilde;o imposible del nacionalismo espa&ntilde;ol es aunar los tres v&eacute;rtices del tri&aacute;ngulo, es de suponer que en algunos casos la renuncia a la democracia se hace m&aacute;s por miedo que por vocaci&oacute;n. Como una especie de mal menor.  Pero luego est&aacute; aquella parte del nacionalismo espa&ntilde;ol que siempre ha sentido la democracia como una molestia y la ha aceptado todos estos a&ntilde;os por razones meramente t&aacute;cticas. Son aquellos que hoy est&aacute;n encantados de tener la excusa perfecta &ndash;salvar el car&aacute;cter a la vez mononacional e indivisible del Estado&ndash;para echar la democracia por la borda. Son aquellos que, viniendo de donde vienen, encuentran en la represi&oacute;n su verdadero h&aacute;bitat natural, el para&iacute;so autoritario perdido que siempre so&ntilde;aron reencontrar. Los unos por los otros, al final entre todos acaban por hacer cierto el premonitorio verso de Jaime Gil de Biedma: &ldquo;De todas las historias de la Historia / sin duda la m&aacute;s triste es la de Espa&ntilde;a.&rdquo;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Toni Comín]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 05 Feb 2018 20:43:27 +0000]]></pubDate>
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