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    <title><![CDATA[elDiario.es - Clara Marín]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/clara_marin/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Clara Marín]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La violencia obstétrica en mi parto: "No lo estás haciendo bien, esto deberías haberlo practicado"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/nidos/violencia-obstetrica_1_2237921.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9ae952cc-5f9d-44cf-843c-d406fd588e91_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La violencia obstétrica en mi parto: &quot;No lo estás haciendo bien, esto deberías haberlo practicado&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Mi marido tuvo que irse y escuchar desde fuera mis gritos mientras intentaban dilatarme manualmente el cuello del útero</p><p class="subtitle">Después de la cesárea se llevaron a mi hija: seis horas muy tristes en las que mi cuerpo buscaba sin tregua a su cría en la sala de reanimación y en las que sentía que me estaban privando de un momento único</p><p class="subtitle">"Lo importante es que todo ha salido bien". No señores, todo no salió bien. Sí, tengo a mi hija viva y sana y eso es lo más importante. Pero no es lo único importante</p></div><p class="article-text">
        Tres meses despu&eacute;s de que naciera de mi hija, encuentro el tiempo y la paz mental necesarias para contar mi parto. No s&eacute; si aquello de &ldquo;el d&iacute;a m&aacute;s feliz de tu vida&rdquo; que se repite como un mantra para describir este acontecimiento forma parte del falso relato &ndash;que ahora lo s&eacute;&ndash; impera sobre la maternidad, pero en mi caso esa frase queda a a&ntilde;os luz de la realidad.
    </p><p class="article-text">
        Llegu&eacute; al Hospital Teresa Herrera de A Coru&ntilde;a, m&aacute;s conocido como &ldquo;El Materno&rdquo;, para inducirme el parto en la semana 41 + 1 d&iacute;a de gestaci&oacute;n. Se trataba, para mi gusto, de una inducci&oacute;n demasiado temprana, ya que mi embarazo era de bajo riesgo y no entend&iacute;a por qu&eacute; no pod&iacute;amos esperar m&aacute;s. A&uacute;n as&iacute;, segu&iacute; el consejo de la ginec&oacute;loga y decid&iacute; inducirme.
    </p><p class="article-text">
        La ma&ntilde;ana del d&iacute;a D me introdujeron un tamp&oacute;n de prostaglandina para que el cuello del &uacute;tero fuera dilatando, y empezaron las contracciones. Eran muy dolorosas y muy seguidas. Ya de noche, baj&eacute; al paritario estando solo de dos cent&iacute;metros y medio porque pensamos que ponerme la epidural era la &uacute;nica forma de dilatar con menos dolor.
    </p><p class="article-text">
        Por fin, tras esperar diez minutos que me parecieron eternos, me pincharon. Pero a&uacute;n con la epidural puesta, el dolor no remit&iacute;a. Las contracciones solo dol&iacute;an algo menos cuando met&iacute;an un &lsquo;bolo&rsquo; extra de analgesia. La anestesista me plante&oacute; volver a pincharme, pero en vista de que con m&aacute;s analgesia la cosa mejoraba algo, decid&iacute; no hacerlo. Por supuesto que en aquel momento no sab&iacute;a c&oacute;mo acabar&iacute;a la noche.
    </p><p class="article-text">
        Para entonces ya hab&iacute;a conocido a la persona que mejor me trat&oacute; durante aquellas horas: mi matrona. Lleg&oacute;, se present&oacute; y nos pregunt&oacute; el nombre a m&iacute; y a mi pareja. Quiso saber si hab&iacute;amos hecho plan de parto. Le dije que s&iacute; y estuvimos coment&aacute;ndolo. Yo estaba encantada.
    </p><p class="article-text">
        Pasado un rato entraron cuatro o cinco ginec&oacute;logos a hacer lo que parec&iacute;a una visita rutinaria. Indicaron al &ldquo;acompa&ntilde;ante&rdquo; que saliera. Mi marido tuvo que irse y escuchar desde fuera mis gritos mientras intentaban dilatarme manualmente el cuello del &uacute;tero.
    </p><p class="article-text">
        Volvieron pasada media hora. &ldquo;Que salga el acompa&ntilde;ante&rdquo;, repitieron. Yo pregunt&eacute; si no pod&iacute;a quedarse. No comprendo por qu&eacute; es tan dif&iacute;cil de entender que cuando llevas m&aacute;s de doce horas intentando parir, est&aacute;s cansada, asustada y rota de dolor y entran cinco desconocidos a meterte el brazo en la vagina mientras t&uacute; te retuerces, prefieras estar junto a la &uacute;nica persona de la sala que conoces. Esa persona, adem&aacute;s, no es un mero acompa&ntilde;ante, sino el padre de la criatura, y tiene derecho a estar presente. &ldquo;Yo estoy m&aacute;s c&oacute;moda si &eacute;l no est&aacute;&rdquo;, dijo la ginec&oacute;loga. &ldquo;Pues yo estoy m&aacute;s c&oacute;moda si est&aacute;&rdquo;, repliqu&eacute;. Silencio sepulcral. El padre se qued&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Notamos que el latido del beb&eacute; baja un poco&rdquo;, dijo uno de los ginec&oacute;logos sin darle mucha importancia, seg&uacute;n mi pobre criterio del momento. Como ellos no parec&iacute;an preocuparse mucho, yo tampoco lo hice. Mientras tanto, segu&iacute;an intentando abrirme el cuello del &uacute;tero. Cuando lo hac&iacute;an, me ped&iacute;an que empujase con todas mis fuerzas. &ldquo;Como si quisieras hacer caca&rdquo;, me dec&iacute;an. Pero al parecer yo no lo consegu&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Tras varios intentos fallidos, les expliqu&eacute; que me resultaba muy dif&iacute;cil empujar con el culo porque, sencillamente, no sent&iacute;a el culo. &ldquo;&iquest;Pero t&uacute; cu&aacute;ntos a&ntilde;os tienes?&rdquo;, me pregunt&oacute; una de las ginec&oacute;logas. &ldquo;27&rdquo;, respond&iacute;. &ldquo;&iquest;Y cu&aacute;ntos a&ntilde;os llevas haciendo caca?&rdquo;. &ldquo;27&rdquo;, repet&iacute;, sintiendo que aquella mujer se estaba riendo de m&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        A pesar de los esfuerzos, aquello no progresaba. Yo no dilataba. Entonces les pregunt&eacute; a los ginec&oacute;logos algo que me inquietaba much&iacute;simo: &ldquo;&iquest;Si acabamos en ces&aacute;rea, cuando nazca la ni&ntilde;a os la llev&aacute;is, no?&rdquo;. &ldquo;S&iacute;&rdquo;, respondieron. &ldquo;Pues eso est&aacute; muy mal&rdquo;, les dije. Nuevo silencio sepulcral. Y es que mi gran preocupaci&oacute;n desde que supe que iban a inducirme era justo esa: que acab&aacute;ramos en ces&aacute;rea y no me dejaran hacer el piel con piel con mi beb&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Para quien no lo sepa, el contacto piel con piel consiste en que, nada m&aacute;s nacer, el beb&eacute; se coloca sobre el pecho de la madre y estos permanecen juntos durante al menos dos horas. Los beneficios de esta t&eacute;cnica son muchos y han sido demostrados en cantidad de estudios. Yo hab&iacute;a le&iacute;do much&iacute;simo sobre el tema y so&ntilde;aba con ello desde el d&iacute;a que supe que estaba embarazada.
    </p><p class="article-text">
        Afortunadamente, el piel con piel se realiza ya en casi todos los hospitales. Pero s&oacute;lo si hablamos de parto vaginal. Cuando hay ces&aacute;rea, la cosa cambia. Aunque no deber&iacute;a de ser as&iacute;, ya que los beneficios siguen siendo los mismos y hay muchos centros que no privan a la madre de este momento irrepetible aunque el nacimiento haya sido quir&uacute;rgico. Pero, por desgracia, en el Materno de Coru&ntilde;a no es as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        All&iacute;, nada m&aacute;s sacar al beb&eacute;, se lo ense&ntilde;an unos segundos a la madre y despu&eacute;s se lo llevan. No hay m&aacute;s. No esperes que te dejen tocarlo o besarlo y ni sue&ntilde;es con engancharlo al pecho. Se lo dan al padre y adi&oacute;s. La madre ya volver&aacute; a verlo dentro de unas horas. En mi caso fueron seis. Seis horas muy tristes en las que mi cuerpo buscaba sin tregua a su cr&iacute;a en la sala de reanimaci&oacute;n, y en las que la frustraci&oacute;n de saber que el Hospital Teresa Herrera me estaba privando de un momento que nunca iba a poder recuperar me com&iacute;a por dentro.
    </p><h3 class="article-text">Not&eacute; toda la ces&aacute;rea</h3><p class="article-text">
        Tras el jarro de agua fr&iacute;a de saber que tocaba ces&aacute;rea porque el latido de mi hija bajaba demasiado, todo fue muy r&aacute;pido. Al entrar al quir&oacute;fano, todos corr&iacute;an. Yo estaba aterrada pensando en que con lo poco anestesiada que estaba &ndash;las contracciones segu&iacute;an doliendo infernalmente&ndash; iba a sentir c&oacute;mo me abr&iacute;an la barriga. La anestesista me dijo que deber&iacute;a bastar metiendo m&aacute;s analgesia, pero que si notaba dolor le avisara y me dormir&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Pasado el tiempo, no entiendo por qu&eacute; me dej&oacute; elegir: deber&iacute;a haberme dormido desde el principio, porque efectivamente, not&eacute; toda la ces&aacute;rea. Y no es una exageraci&oacute;n. Not&eacute; c&oacute;mo me rajaban el &uacute;tero y c&oacute;mo cog&iacute;an a la ni&ntilde;a y la sacaban. Era un dolor indescriptible. Fue como si me estuvieran arrancando los &oacute;rganos. Levantaba el culo de la mesa de operaciones y gritaba mientras los ginec&oacute;logos me dec&iacute;an que no pod&iacute;a moverme. Cre&iacute; morir. Con semejante panorama, la anestesista decidi&oacute; dormirme, pero hasta entonces aquello fue inhumano.
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n as&iacute;, me dio tiempo a ver salir a mi hija, que result&oacute; venir con doble vuelta de cord&oacute;n. Entre l&aacute;grimas la escuch&eacute; llorar y pude verla los tres segundos que el ginec&oacute;logo me la ense&ntilde;&oacute;. Por suerte, mi matrona entendi&oacute; lo que yo necesitaba y acerc&oacute; a la ni&ntilde;a unos segundos a mi cara para que pudiera besarla. Tras esto, el pediatra la examin&oacute;, comprob&oacute; que estaba perfectamente y se la llev&oacute; al padre, que fue quien hizo el piel con piel.
    </p><p class="article-text">
        Pasadas unas horas, cuando por fin ya me hab&iacute;an subido y ten&iacute;a a mi hija conmigo, fui dando la buena nueva a amigos y familiares. Que si &ldquo;qu&eacute; guapa&rdquo;, que si &ldquo;cu&aacute;nto me alegro&rdquo;, que si &ldquo;enhorabuena&rdquo;. A algunos les cont&eacute; la historia completa. Al final, todos respond&iacute;an lo mismo: &ldquo;lo importante es que todo ha salido bien&rdquo;. Y por bienintencionada que sea esa frase, no podr&iacute;a estar m&aacute;s en desacuerdo.
    </p><p class="article-text">
        No se&ntilde;ores, todo no sali&oacute; bien. S&iacute;, tengo a mi hija viva y sana y eso es lo m&aacute;s importante. Pero no es lo &uacute;nico importante. Basta ya de justificar todo en base a que hemos sacado a un beb&eacute; sano. En un parto hay dos personas y ambas son importantes. Basta ya de faltarle al respeto a la madre, de dejarla sola y pr&aacute;cticamente re&iacute;rse de ella y amenazarla con que su hijo se va a morir si no obedece. Abrir a alguien en canal sin que est&eacute; debidamente anestesiada, separarla de su hija nada m&aacute;s nacer y no dejarle verla hasta seis horas m&aacute;s tarde o aislarla continuamente de su compa&ntilde;ero no es que todo salga bien.
    </p><p class="article-text">
        No cuestiono el trabajo t&eacute;cnico de los ginec&oacute;logos que me atendieron. Es m&aacute;s, les estoy inmensamente agradecida por haber salvado la vida de mi hija. Lo que s&iacute; pongo en duda es su lado humano. Ser m&eacute;dico no es s&oacute;lo diagnosticar u operar a alguien, sino tratarle dignamente. Una mujer que est&aacute; pariendo est&aacute; pasando un trance, una monta&ntilde;a rusa f&iacute;sica y emocional y merece que la entiendan. Merece que no la dejen sola. Merece que no se r&iacute;an de ella.
    </p><p class="article-text">
        Las enfermeras, celadores, auxiliares y especialmente las matronas que nos atendieron tuvieron con nosotros un trato excelente. No as&iacute; los ginec&oacute;logos. El d&iacute;a que nos dieron el alta tuve la comprobaci&oacute;n definitiva. Cuando pas&oacute; la doctora a verme &mdash;una vez m&aacute;s estaba sola, hab&iacute;an echado al acompa&ntilde;ante&ndash; vi que iba a tocarme la barriga y mirar la cicatriz. Yo estaba asustada. No quer&iacute;a, no pod&iacute;a aguantar m&aacute;s dolor. No dije nada, pero intuyo que mi cara reflejaba el miedo que sent&iacute;a. &ldquo;No te quejes que no te estoy haciendo nada&rdquo;, me espet&oacute; ella.
    </p><p class="article-text">
        En ese momento, quise gritarle. Quise llorar. Quise decirle que no entend&iacute;a nada, que no tenia ni idea de c&oacute;mo hab&iacute;an sido los &uacute;ltimos d&iacute;as. Pero me call&eacute; y no dije nada, porque en momentos as&iacute; es dif&iacute;cil reaccionar.
    </p><p class="article-text">
        Tard&eacute; un tiempo en asimilar lo que pas&oacute; en mi parto. Tuve que reposarlo bien para entender que no era normal lo ocurrido ni c&oacute;mo me hab&iacute;an tratado. Supongo que estaba en <em>shock</em>. Y justo por eso escribo estas l&iacute;neas. No por venganza o ganas de hacer da&ntilde;o, sino para que algunos m&eacute;dicos asuman que deben cambiar su forma de tratar a las mujeres. La atenci&oacute;n m&eacute;dica, y especialmente la obst&eacute;trica, deber&iacute;a ser mucho m&aacute;s humana de lo que fue aquel d&iacute;a, porque traer un ni&ntilde;o al mundo es algo muy dif&iacute;cil, y los sanitarios deber&iacute;an estar para hacer el proceso m&aacute;s f&aacute;cil, o al menos, m&aacute;s amable. Y no al contrario.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Clara Marín]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 06 Mar 2018 20:16:48 +0000]]></pubDate>
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