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    <title><![CDATA[elDiario.es - Ana Aldave Orzaiz]]></title>
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    <description><![CDATA[elDiario.es - Ana Aldave Orzaiz]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Lo que el populismo punitivo esconde]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/navarra/contrapunto/populismo-punitivo-esconde_132_2175686.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3f9b0b74-9ea1-49ac-9240-5033adfb6052_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La historia y la experiencia nos indican que deberíamos desconfiar de los discursos y de las personas que prometan una sociedad libre (“limpia”) de criminales y malhechores en pos de la seguridad</p></div><p class="article-text">
        Dec&iacute;a Voltaire que &ldquo;lo razonable es lo que piensan todos los humanos por igual cuando est&aacute;n tranquilos&rdquo;. Yo, a diferencia del fil&oacute;sofo franc&eacute;s, no me atrever&iacute;a a defender semejante afirmaci&oacute;n con tanta rotundidad, pero s&iacute; me confieso una gran defensora de la prudencia como virtud. O, por decirlo con sus palabras, de la tranquilidad. Especialmente a la hora de abordar debates en los que hay mucho en juego. Sin embargo, la terrible noticia del asesinato del peque&ntilde;o Gabriel provoc&oacute; una oleada de consternaci&oacute;n que, bajo el muy loable lema &ldquo;todos somos Gabriel&rdquo;, se convirti&oacute; en un no tan loable clamor a favor de la prisi&oacute;n permanente revisable.
    </p><p class="article-text">
        Durante semanas observ&eacute; con preocupaci&oacute;n c&oacute;mo entre la ira y la rabia se hac&iacute;a hueco el denominado populismo punitivo, y experiment&eacute; con frustraci&oacute;n la impotencia del razonamiento jur&iacute;dico para abrirse paso entre tanta visceralidad. Baste recordar las iniciativas en change.org para exigir la cadena perpetua &ndash;incluso la pena de muerte-, las hordas de gente insultando a la asesina confesa y a sus abogados en las puertas de comisar&iacute;a, o el linchamiento a una mu&ntilde;eca que representaba a Ana Julia Quesada en una localidad de Sevilla.
    </p><p class="article-text">
        Pareciera, en pleno siglo XXI, que elementos tradicionalmente considerados esenciales en cualquier Estado de Derecho -como el derecho a un juicio justo, el derecho a una defensa, o el principio de humanidad y proporcionalidad de las penas- fuesen ahora vistos como minucias de juristas o, incluso, como inc&oacute;modas trabas que entorpecen el camino de jueces y polic&iacute;as (de los propios ciudadanos) hacia la caza de malhechores. Este recelo hacia las garant&iacute;as constitucionales choca con una fe ciega en la pena (en el castigo) y, especialmente, en una de sus propiedades: la dureza y severidad, que se presenta como soluci&oacute;n infalible y definitiva al problema de la criminalidad y la maldad, erigidas a su vez como m&aacute;ximas preocupaciones de la sociedad. Si, adem&aacute;s, permitimos que sean las v&iacute;ctimas y las pasiones que suscitan los cr&iacute;menes quienes marquen el paso y el tono de este Derecho penal en expansi&oacute;n, tenemos todos los motivos para hacer sonar las alarmas.
    </p><p class="article-text">
        Empezar&eacute; a diseccionar esta postura llamando la atenci&oacute;n sobre la aspiraci&oacute;n en que basa su premisa y que el populismo punitivo ha convertido en una promesa irrealizable: la ilusi&oacute;n de la invulnerabilidad o el mito de la seguridad total. Con todo lo leg&iacute;timo y necesario que puede ser perseguir una meta como &eacute;sta, por muy inalcanzable que sea, conviene recordar que vivimos en un mundo donde existen personas capaces de cometer las peores atrocidades. Ni el mejor C&oacute;digo penal ni la mejor de las leyes podr&aacute;n hacer desaparecer la criminalidad. Es m&aacute;s, la historia y la experiencia nos indican que deber&iacute;amos desconfiar de los discursos y de las personas que prometan una sociedad libre (&ldquo;limpia&rdquo;) de criminales y malhechores en pos de la seguridad. Debemos ser capaces de convivir asumiendo cierto grado de indefensi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El Derecho y, por supuesto, el Derecho penal, debe esmerarse, claro est&aacute;, por ofrecer herramientas que permitan contener el crimen, pero cualquier herramienta, cualquier norma jur&iacute;dica ser&aacute; siempre necesaria e inevitablemente imperfecta, insuficiente. Ni brindar&aacute;n &ldquo;justicia&rdquo; (entendida en un sentido po&eacute;tico, como estricta restituci&oacute;n o restauraci&oacute;n de una situaci&oacute;n anterior), ni extirpar&aacute;n la criminalidad de la sociedad. Se&ntilde;alar lo anterior no significa que el Derecho penal no tenga que ocuparse del problema de la seguridad, pero s&iacute; nos permite liberarlo de una carga que no es exclusivamente suya y enfocar dicho problema desde frentes -como el social, el econ&oacute;mico o el cultural- que de otro modo son olvidados.
    </p><p class="article-text">
        Aterrizo as&iacute; en la siguiente cuesti&oacute;n clave: la de las funciones de la pena. En contra de lo que habitualmente se piensa y se argumenta, es falso que Espa&ntilde;a tenga un sistema penal poco severo pero, en cualquier caso, se ha demostrado que el endurecimiento de las penas no implica una disminuci&oacute;n de la criminalidad. Desde este punto de vista, la cadena perpetua resultar&iacute;a in&uacute;til e innecesaria. No disuade a los criminales de cometer sus fechor&iacute;as sino que, en todo caso, sirve &uacute;nicamente para apartarlos de la sociedad una vez han delinquido (funci&oacute;n inocuizadora). Por lo tanto, debe haber otras motivaciones en la base de esta reivindicaci&oacute;n. Y estas motivaciones no son otras que la sed de venganza y la b&uacute;squeda de consuelo mediante equivalencias imposibles y ficticias.
    </p><p class="article-text">
        Todo crimen conlleva una p&eacute;rdida y un desconsuelo, una insatisfacci&oacute;n que la v&iacute;ctima estar&aacute; condenada a gestionar como buenamente pueda. No hay duda de que, como sociedad, tenemos el deber de ofrecer instrumentos que ayuden a transitar ese duro proceso. Y no hay duda de que, en ese sentido, el acceso a la justicia s&iacute; juega un papel fundamental. Ahora bien, no podemos convertir la pena (la sanci&oacute;n) en soluci&oacute;n al desconsuelo. La respuesta al delito no puede recaer en manos de las v&iacute;ctimas precisamente porque, m&aacute;s all&aacute; de reacciones estoicas y admirables como las de los padres de Gabriel, sabemos que no s&oacute;lo es frecuente, sino que es natural dejarse invadir por la ira, la rabia, el resentimiento. Nadie juzgar&iacute;a a los padres de un ni&ntilde;o estrangulado por pasar el resto de sus vidas deseando la muerte del asesino. Porque sabemos, o deber&iacute;amos saber, que hay experiencias de p&eacute;rdidas para las que ning&uacute;n consuelo, ninguna condena, ninguna venganza ser&aacute; suficiente. Fue precisamente el reconocimiento de esta realidad la que permiti&oacute; conquistar uno de los mayores logros civilizatorios del siglo pasado: justamente, comprender que no podemos otorgar a las v&iacute;ctimas el poder de sancionar, sino que debemos asignar la dif&iacute;cil tarea de imponer condenas a instancias neutrales e independientes.
    </p><p class="article-text">
        Si nos dotamos de un ordenamiento jur&iacute;dico fue porque aspir&aacute;bamos a algo m&aacute;s que al castigo y la venganza; porque entendimos que en la neutralidad de los procedimientos resid&iacute;an las garant&iacute;as de una sociedad m&aacute;s civilizada, m&aacute;s ordenada. Fue precisamente desde la experiencia y el recuerdo vivo de una de las &eacute;pocas m&aacute;s oscuras de la historia &ndash;marcada por los totalitarismos y las guerras-, y no desde la ingenuidad, el &ldquo;buenismo&rdquo; o el exceso de optimismo, desde donde los legisladores de los actuales sistemas constitucionales, incluido el nuestro, convinieron en la necesidad de identificar unos m&iacute;nimos que habr&iacute;a que esmerarse por preservar incluso en tiempos dif&iacute;ciles. Precisamente en tiempos dif&iacute;ciles. S&oacute;lo despu&eacute;s de aquel trauma entendimos que el &uacute;nico baluarte eficaz frente a los totalitarismos y el despotismo era la consagraci&oacute;n de unas garant&iacute;as constitucionales. Sab&iacute;amos que la defensa de estas garant&iacute;as no ser&iacute;a gratis, pero era el coste que decidimos pagar por tener la clase de sociedad que quer&iacute;amos tener. Aquello que sab&iacute;amos entonces, parece hoy olvidado.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Ana Aldave.&nbsp;</strong><em>Doctora en Derecho Investigadora en Filosof&iacute;a del Derecho en la UPNA</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ana Aldave Orzaiz]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/navarra/contrapunto/populismo-punitivo-esconde_132_2175686.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 Apr 2018 17:32:23 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Pena de muerte,Filosofía,Populismo]]></media:keywords>
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