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    <title><![CDATA[elDiario.es - El Cronista Sentimental]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/el_cronista_sentimental/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - El Cronista Sentimental]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La mujer fatal en el cine (II): un cliché roto entre la severidad y la ternura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cinetario/mujer-ii-cliche-severidad-ternura_132_2033730.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/28bd9dca-6c05-40ff-ac80-dba9e37c10dc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La mujer fatal en el cine (II): un cliché roto entre la severidad y la ternura"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Todas ellas ensancharon muchísimo los límites, cada vez más desdibujados por su amplitud, de la psicología femenina"</p></div><p class="article-text">
        Arrebujado entre mantas, con un pijama de franela, calcetines de lana, y el est&oacute;mago porfiando por asentar un vaso de leche caliente con un fondo de miel y una copa de brandy, yac&iacute;a yo en una de las alcobas de la casa de mi abuela, a la espera de que la suma de todos estos remedios de medicina consuetudinaria me hicieran superar lo que, sumariamente, se me hab&iacute;a diagnosticado como un &ldquo;enfriamiento&rdquo;. La fiebre y el pastoso aroma del caf&eacute; proveniente del cuarto del fondo convirtieron mis pensamientos en alucinaciones.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres de mi realidad se sumaron a las mujeres de mi ficcionalidad, pero la adici&oacute;n me ofreci&oacute; una resultante femenina que vi bastante amenguada y fuera de foco. La Sigrid del Capit&aacute;n Trueno o la Claudia del Jabato me parec&iacute;an tan ensombrecidas como Lois Lane, Mary Jane Watson, Selina Kyle, Betty Ross, Carol Ferris y hasta Sue Storm, la mujer invisible (todo un pleonasmo). Pens&eacute; que estos arquetipos de hero&iacute;nas (la mayor&iacute;a, parejas de superh&eacute;roes) estaban aquejadas por el mal del desprecio y del estigma que la mujer ha padecido a lo largo de la historia tanto en el mito como en el logos.
    </p><p class="article-text">
        Sumidas en la oscuridad del cuarto del fondo, degustando el caf&eacute; de puchero de mi abuela, sentadas en torno a la mesa de formica, se me apareci&oacute; la despechada reina Inana, rechazada por Gilgamesh; junto a ella, Dido, abandonada por Eneas, hablaba con Helena de Troya y con Medea sobre la inconstancia del temperamento masculino. En otro extremo de la mesa, Eva y Pandora reivindicaban la curiosidad y el derecho al saber. A continuaci&oacute;n, Circe, Calipso, las sirenas y las amazonas prohijaban a la prostituta de Babilonia, mientras escuchaban las razones de Llilith, Betsab&eacute;, Judith, Salom&eacute; y Mar&iacute;a Magdalena para constituir una liga justiciera en defensa de la mujer maltratada.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Finalmente, Cleopatra trufaba ideas propias en su lectura de un discurso redactado por Mata Hari, que conten&iacute;a subversivas consignas contra la sumisi&oacute;n femenina a la autoridad del var&oacute;n sancionada por el C&oacute;digo de Hammurabi. La reina egipcia, auxiliada por la esp&iacute;a en labores de gabinete, se dirig&iacute;a a un grupo de disc&iacute;pulas fervorosas entre las que se encontraban las monjas pioneras del primer corpus budista en lengua pali, Rama y Sita, salidas del Ramayana de Valmiki, y, junto a ellas, todas las brujas que ardieron en la hoguera desde la Edad Media hasta las puertas de la Edad Contempor&aacute;nea. En esta espiral, me qued&eacute; dormido.
    </p><p class="article-text">
        Como nunca me he fiado de la verosimilitud de los despertares, en cuanto pude volver a valerme por m&iacute; mismo, regres&eacute; al cine. Porfi&eacute; en mi idea de la liberaci&oacute;n de la mujer a trav&eacute;s de la ficci&oacute;n y comprob&eacute; c&oacute;mo, a comienzos de los a&ntilde;os cuarenta, Mary Astor hizo una de las primeras y m&aacute;s impactantes aportaciones a la grey de la mujer fatal propiamente dicha, donde el plano de apariencia de pureza y candor contrastaba, perversa y morbosamente, con su verdadera naturaleza de asesina sin escr&uacute;pulos en &lsquo;El halc&oacute;n malt&eacute;s&rsquo; (1941), de John Huston. Ese era el h&aacute;bitat en el que se mover&iacute;a, con ademanes felinos y pel&iacute;culas inolvidables, Lauren Bacall (&lsquo;Tener y no tener&rsquo;, 1944, y &lsquo;El sue&ntilde;o eterno&rsquo;, 1946, ambas de Howard Hawks; &lsquo;La senda tenebrosa&rsquo;, 1947, de Delmer Daves; &lsquo;Cayo Largo&rsquo;, 1948, de John Huston). Con un punto de siniestra seducci&oacute;n ar&aacute;cnida, Barbara Stanwyck me sali&oacute; al paso en su papel de Phyllis Dietrichson (curioso patron&iacute;mico en un apellido que parece hacer a la Stanwyck hija de una Dietrich que solo pod&iacute;a ser Marlene) en la maravillosa &lsquo;Perdici&oacute;n&rsquo; (1944), de Billy Wilder. Ese mismo poder para manejar la voluntad masculina con un sutil batir de pesta&ntilde;as es el que parec&iacute;a tener Lana Turner en &lsquo;El cartero siempre llama dos veces&rsquo; (1946), de Tay Garnett.
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        Siempre recordar&eacute; aquel rel&aacute;mpago con apariencia de escalofr&iacute;o que me recorri&oacute; al ver, por primera vez, el aspecto indefinible de Gene Tierney, entre el candor y el instinto at&aacute;vico, en &lsquo;Laura&rsquo; (1944), de Otto Preminger, y &lsquo;Que el cielo la juzgue&rsquo; (1945), de John M. Stahl, en clave de melodrama. Fue la misma sensaci&oacute;n que me produjo el encuentro con ese animal esc&eacute;nico que fue Ava Gardner, a quien Robert Siodmark supo captar con todos sus matices y sugerencias en &lsquo;Forajidos&rsquo; (1946).
    </p><p class="article-text">
        A partir de entonces, la mujer fatal, como antonomasia de la complejidad de su sexo, no podr&iacute;a ser reducida a un clich&eacute;; maravillosas demostraciones de ello me parecieron la cavernosa voz de Lizabeth Scott (&lsquo;Callej&oacute;n sin salida&rsquo;, 1947, de John Cronwell); el mito quintaesenciado de la mujer fatal que fue Rita Hayworth&nbsp;(&lsquo;Gilda&rsquo;, 1946, de Charles Vidor; &lsquo;La Dama de Shangh&aacute;i&rsquo;, 1947, de Orson Welles), el misterio insondable de la feminidad de Yvonne De Carlo (&lsquo;El abrazo de la muerte&rsquo;, 1949, de Robert Siodmack), esa mirada inconfundible, entre la severidad y la ternura (apoyada en un ligero estrabismo que subrayaba su misterio), de Virginia Mayo (&lsquo;Al rojo vivo&rsquo;, 1949, de Raoul Walsh).
    </p><p class="article-text">
        Todas ensancharon much&iacute;simo los l&iacute;mites, cada vez m&aacute;s desdibujados por su amplitud, de la psicolog&iacute;a femenina. Con ello, el cine segu&iacute;a ofreciendo figuras apasionantes, con una capacidad de sugesti&oacute;n tal que las exim&iacute;a del juicio condenatorio que cabr&iacute;a esperar de su escasez de escr&uacute;pulo; tal fue el caso de Anne Baxter en &lsquo;Eva al desnudo&rsquo; (1950), dirigida por Joseph Leo Manckiewicz; o de Gloria Swanson, que cultiv&oacute; esa imagen tan suya, de tir&aacute;nica suficiencia apoyada en una mirada de cristal, que la acompa&ntilde;&oacute; durante todo un brillante itinerario en la &eacute;poca del mudo, de la mano, sobre todo, de Cecil B. de Mille, y que volver&iacute;a a exhibir, en una especie de maravilloso canto del cisne, en &lsquo;El crep&uacute;sculo de los dioses&rsquo; (1950), de Billy Wilder. Particular emoci&oacute;n me despert&oacute; la figura de Ida Lupino, que fue pionera como directora de una pel&iacute;cula de g&eacute;nero negro &lsquo;The Hitch-Hiker&rsquo;&nbsp;(1953) y que previamente protagonizar&iacute;a &lsquo;La pasi&oacute;n ciega&rsquo; (1940), de Raoul Walsh.
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        Me encanta pensar -un poco ingenuamente; lo s&eacute;- que esa conquista que supone el emplazamiento tras la c&aacute;mara de la mujer que pasa de int&eacute;rprete a creadora fue el detonante para que siguieran surgiendo otros muchos papeles de mujeres fatales, absolutamente cautivadoras. Al conjunto creciente se incorporar&iacute;a Gloria Grahame, en pel&iacute;culas portadoras del signo tr&aacute;gico tan identificativo de Fritz Lang (&lsquo;Los sobornados&rsquo;, 1953; y &lsquo;Deseos humanos&rsquo;&nbsp;,1954). El propio Lang se apoyar&iacute;a en la aparente (y fascinante) fragilidad de Joan Bennett como mujer fatal para ofrecer algunos de los mejores t&iacute;tulos del g&eacute;nero negro de la historia: &lsquo;La mujer del cuadro&rsquo; (1944), &lsquo;Perversidad&rsquo; (1945) y &lsquo;Secreto tras la puerta&rsquo; (1948).
    </p><p class="article-text">
        Felizmente, en la d&eacute;cada de los cincuenta, el flujo continu&oacute; con presencias como la de Joan Crawford, que explot&oacute; su mirada aquilina y los rincones oscuros de su vida privada para proyectar un personaje que repiti&oacute; una y otra vez, con independencia del g&eacute;nero y de las exigencias del guion (ejemplo de ello, &lsquo;Una mujer peligrosa&rsquo;, 1952, del artesano Felix E. Feist), o la de Marilyn Monroe en &lsquo;Ni&aacute;gara&rsquo; (1953), de Henry Hathaway, con esos matices que la hicieron, siempre magn&eacute;ticamente inclasificable, o Dorothy Malone, arquetipo de la mujer fatal por sus ademanes y por su f&iacute;sico, que, sin embargo, ha perdurado, en mi memoria, por un melodrama: &lsquo;Escrito sobre el viento&rsquo; (1956), de Douglas Sirk.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Estatuto propio dentro de estas mujeres que hicieron de la perversi&oacute;n su arma de lucha personal y/o social tiene Sue Lyon, la &lsquo;Lolita&rsquo; (1962) de Stanley Kubrick. Audrey Hepburn se movi&oacute;, siempre, en ese espacio indefinido entre la fragilidad vulnerable y una suficiencia arrogante capaz de destrozar los corazones m&aacute;s duros e insensibles (&lsquo;Desayuno con diamantes&rsquo;, 1961, de Blake Edwards; &lsquo;Charada&rsquo;, 1963, de Stanley Donen). Angie Dickinson se me mostr&oacute; majestuosa y leonina en &lsquo;C&oacute;digo del hampa&rsquo; (1964), de Don Siegel. Inolvidable como icono de toda una actitud vital, me parece Faye Dunaway, con sus ademanes andr&oacute;ginos y sus muy estudiadas referencias freudianas en &lsquo;Bonnie y Clyde&rsquo; (1967), de Arthur Penn.
    </p><p class="article-text">
        En los a&ntilde;os 80, la figura de la mujer fatal sigui&oacute; desarroll&aacute;ndose con encarnaciones plenas de sofisticaci&oacute;n, clase, ingenio y presencia seductora, que son los rasgos que definen a Kathleen Turner en &lsquo;Fuego en el cuerpo&rsquo; (1981), de Lawrence Kasdan, con una envolvente y enigm&aacute;tica belleza que parece quedar al margen de la l&iacute;nea que separa el bien del mal. En la oscilaci&oacute;n entre la realidad y el sue&ntilde;o, hall&eacute; a Isabella Rossellini en &lsquo;Terciopelo azul&rsquo;, 1986, de David Lynch, y, proveniente del mismo Jard&iacute;n del Ed&eacute;n, intentando subsistir en el exilio monacal del infierno, encontr&eacute; a Valentina Vargas en &lsquo;El nombre de la rosa&rsquo; (1986), de Jean-Jacques Annaud. Por desgracia, el salvaje conductismo de Kasdan, el apasionante mundo on&iacute;rico de Lynch, y el revisionismo del relato polic&iacute;aco y negro de Annaud y Eco dejaron el g&eacute;nero al borde de la chabacaner&iacute;a; tan solo era necesaria otra vuelta de tuerca para que fu&eacute;ramos arrojados a la groser&iacute;a y la estulticia.
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        Y, pese a que recibir&iacute;a a&uacute;n alguna valiosa aportaci&oacute;n, como la de Annette Bening en &lsquo;Los timadores&rsquo; (1990) de Stephen Frears, la figura de la mujer fatal se vio seriamente amenazada con parodias tan burdas como las protagonizadas por (la, por otra parte, fant&aacute;stica) Glenn Close (&lsquo;Atracci&oacute;n fatal&rsquo;, 1987, de Adrian Lyne), Sharon Stone (&lsquo;Instinto b&aacute;sico&rsquo;, 1992, de Paul Verhoeven) a la que siguieron un listado de t&iacute;tulos perfectamente olvidables como &lsquo;Mujer blanca soltera busca...&rsquo; (1992), de Barbet Schroeder; &lsquo;La mano que mece la cuna&rsquo; (1992), de Curtis Hanson; &lsquo;Acoso&rsquo; (1994), de Barry Levinson; &nbsp;&lsquo;Jade&rsquo; (1995) de William Friedkin; &lsquo;Entre las piernas&rsquo; (1999), de Manuel G&oacute;mez Pereira y un etc&eacute;tera casi tan largo y poco estimulante como el chorreo incesante de telefilmes que pueblan las anodinas sobremesas de los domingos.&nbsp; Tal vez, de este listado inmundo, quepa salvar a Linda Fiorentino en &lsquo;La &uacute;ltima seducci&oacute;n&rsquo; (1994), de John Dahl, y a Rosamund Pike en &lsquo;Perdida&rsquo; (1914), de David Fincher.
    </p><p class="article-text">
        Entretanto, en el cine europeo, los j&oacute;venes maestros de la Nouvelle Vague francesa, desde los a&ntilde;os cincuenta, hicieron propio el hallazgo de un eterno femenino cuyo mayor atractivo resid&iacute;a en su inteligencia (Simone Signoret, Vera Clouzot, Brigitte Bardot,&nbsp;Jean Seberg, Anouk Aim&eacute;e, Catherine Deneuve, Anna Karina, Monica Vitti&hellip;). Sin embargo, para entonces, la imagen de la mujer en el cine del viejo continente evolucionaba con una complejidad y una hondura que iba mucho m&aacute;s all&aacute; del cine negro y de la &lsquo;femme fatale&rsquo;&hellip; Pero esa es otra pel&iacute;cula.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[El Cronista Sentimental]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cinetario/mujer-ii-cliche-severidad-ternura_132_2033730.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Aug 2018 20:28:31 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La mujer fatal en el cine (II): un cliché roto entre la severidad y la ternura]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La mujer fatal en el cine (I): Theda Bara, Mae West y la mala conciencia del patriarcado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cinetario/theda-bara-mae-west-patriarcado_132_2761369.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/2101bb32-a7d3-4510-a8a4-7fd40d70595e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La mujer fatal en el cine (I): Theda Bara, Mae West y la mala conciencia del patriarcado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Nunca se ha criticado que la mujer, en el cine negro, sea frecuentemente un personaje desalmado y pragmático"</p></div><p class="article-text">
        Al otro extremo del corredor, hab&iacute;a un cuarto, opaco, fr&iacute;o, con una &uacute;nica fuente de luz: un ventanuco que comunicaba con un patio de corrala. Bajo ese pobre lucernario, una mesa de formica desvencijada, rodeada de sillas de anea. Sobre la pared, un vasar con potes y tazas de metal esmaltado. Manaba el aroma del caf&eacute; de puchero desde el fondo de aquel cuchitril junto con los di&aacute;logos musitados, las risas ahogadas, los llantos estoicamente contenidos&hellip; Eran mis t&iacute;as, las vecinas, mi abuela, mi madre, la fratr&iacute;a femenina, reunida en aquel rinc&oacute;n de la casa familiar que, como comprend&iacute; m&aacute;s tarde, era la habitaci&oacute;n propia que Virginia Woolf reclamaba como condici&oacute;n para la emancipaci&oacute;n y la plena afirmaci&oacute;n de la mujer.
    </p><p class="article-text">
        Se reclu&iacute;an all&iacute; porque nadie parec&iacute;a contar con ellas en un mundo homog&eacute;neamente masculino. Por eso, aquellos largos caf&eacute;s de buena ma&ntilde;ana ten&iacute;an el sello de un concili&aacute;bulo est&eacute;ril. A ellos, era yo epis&oacute;dica y an&oacute;malamente invitado cuando alg&uacute;n achaque, real o fingido, me imped&iacute;a asistir a clase. Eso me permit&iacute;a intuir, m&aacute;s que percibir, desahogos, signos de solidaridad, ternuras insatisfechas, dulzuras represadas. Eran, sobre todo, mensajes quejumbrosos, expresados, &uacute;nicamente, en la t&aacute;cita esfera de la intimidad, y causados por una subsidiaridad hist&oacute;ricamente arrastrada por el solo hecho de que, quienes los emit&iacute;an eran mujeres. Y, sin embargo, su papel era decisivo. Sin ellas, solo hab&iacute;a caos; sin ellas, todo era desde&ntilde;oso y violento. Su presencia garantizaba el hilo invisible que tej&iacute;a una cosmovisi&oacute;n en la que cab&iacute;an las emociones y la inteligencia, la raz&oacute;n y el coraz&oacute;n, que contrastaba (abiertamente) y confrontaba (sutilmente) con quienes solo sab&iacute;an hacer las cosas por cojones.
    </p><p class="article-text">
        Ellas eran las hadas que sosten&iacute;an, con su magia, la esperanza; eran los &aacute;ngeles que custodiaban la seguridad y la mentira del valor que la mayor parte de sus correlatos masculinos no ten&iacute;an m&aacute;s all&aacute; de la vanidad; eran las n&aacute;yades y las nereidas que satisfac&iacute;an, con el acatamiento del amor, los dictados de los faunos; eran las walkirias que ganaban las guerras y, a continuaci&oacute;n, eleg&iacute;an un recatado segundo plano para que fueran otros los depositarios de la rendici&oacute;n de honores. Su abnegado papel hac&iacute;a, de la vida, una pel&iacute;cula digna de ser vista y, de la realidad, una vivencia que merec&iacute;a la &ldquo;revoluci&oacute;n silenciosa&rdquo; que todas las mujeres han dirimido -y dirimen- lenta, dolorosa y laboriosamente, por la conquista de su propia dignidad, por la conquista de un imperio que sustituya la opacidad de un cuarto oscuro por la luminosidad esperanzada de una aut&eacute;ntica habitaci&oacute;n propia.
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        Estas reflexiones me hicieron recalar en el cine negro norteamericano, donde me encontr&eacute; con hero&iacute;nas fuertes e inteligentes, comparsas d&iacute;scolas en un mundo patriarcal, que protagonizaron la insurrecci&oacute;n del ingenio en contra de unos personajes masculinos que la corriente psicol&oacute;gica del conductismo hab&iacute;a contribuido a dibujar con perfiles carentes de vida espiritual m&aacute;s all&aacute; de los instintos. De este modo, ellas, embutidas en sus faldas de tubo, aprovechaban para manejarlos a ellos y lograr, as&iacute;, una emancipaci&oacute;n, por v&iacute;a de la perversi&oacute;n, que, de otro modo, las hubiera condenado a un papel secundario en el mundo dom&eacute;stico y, en todo caso, a la sumisi&oacute;n esperada de su condici&oacute;n femenina.
    </p><p class="article-text">
        Nunca se ha criticado que la mujer, en el cine negro, sea, frecuentemente, un personaje desalmado y pragm&aacute;tico, porque la mala conciencia del patriarcado y la verg&uuml;enza de una sensibilidad inferior no resistir&iacute;an la cr&iacute;tica de quien, de manera tal vez poco ortodoxa, hizo avanzar los derechos civiles, ensanchando, parad&oacute;jicamente, con el crimen, el discurso de la igualdad.
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        En mis primeros pasos por este camino, una vez m&aacute;s atestig&uuml;&eacute; que las fuentes del cine de Hollywood manaban en la Europa de las vanguardias art&iacute;sticas: los antecedentes de la mujer fatal del cine negro americano hab&iacute;a que buscarlos en la figuras de Asta Nielsen (&lsquo;El abismo&rsquo;, 1910, de Urban Gad); Pola Negri, recurrente presencia femenina en los dramas hist&oacute;ricos de Lubitsch (&lsquo;Madame DuBarry&rsquo;, 1919; &lsquo;El gato mont&eacute;s&rsquo;, 1921); Louise Brooks (&lsquo;La caja de Pandora&rsquo;, 1929, de Georg Wilhelm Pabst).
    </p><p class="article-text">
        Incluso los antecedentes americanos de la &eacute;poca del mudo ten&iacute;an un tinte europeo, como el de Theda Bara (&lsquo;Cleopatra&rsquo;, 1917, de J. Gordon Edwards), Mae Murray (&lsquo;La viuda alegre&rsquo;, 1925, de&nbsp;Erich von Stroheim), y, por supuesto, la Marlene Dietrich de &lsquo;El &aacute;ngel azul&rsquo; (1930) de Josef von Sternberg, pel&iacute;cula que representa una transici&oacute;n entre los personajes de las vampiresas europeas y las mujeres fatales del cine americano. En todo caso, jam&aacute;s dejar&iacute;a de estar presente el legado f&iacute;lmico del viejo continente en la gestaci&oacute;n y evoluci&oacute;n de esa figura femenina enigm&aacute;tica, tan atrayente como amenazadora, que se iniciar&iacute;a con una de las im&aacute;genes m&aacute;s imponentes de la historia del arte esc&eacute;nico, la de Greta Garbo,&nbsp;en &lsquo;Mata Hari&rsquo; (1931) de George Fitzmaurice.
    </p><p class="article-text">
        Siguiendo la l&iacute;nea evolutiva del tiempo, me encontr&eacute; con Heddy Lamar, producto interpretativo del universo expresionista de Max Reinhardt, que, con apenas 18 a&ntilde;os, protagoniz&oacute; el primer desnudo integral de la historia del cine en &lsquo;&Eacute;xtasis&rsquo; (1933), de Gustav Machat&yacute;, un episodio prescindible que ella supo emplear en beneficio propio, promocionando su imagen de mujer fatal para abrirse camino en el estrellato de Hollywood y en el legendario universo de las mujeres liberadas, que atra&iacute;an mucho m&aacute;s por el misterio de lo que suger&iacute;an que por la evidencia de lo exhibido.
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        A ese mismo tren supo subirse Mae West, arquetipo de la &lsquo;flapper&rsquo; (t&eacute;rmino debido a Francis Scott Fitzgerald), que hab&iacute;a heredado la condici&oacute;n de &lsquo;baby vamp&rsquo; desde la adolescencia, y que aliment&oacute;, m&aacute;s tarde, con una personalidad desinhibida, con continuas referencias a una liberaci&oacute;n sexual femenina tan inopinada en su tiempo como dif&iacute;cil de aceptar por la rigidez moral que derivar&iacute;a, poco despu&eacute;s, en el c&oacute;digo Hays. Ella sola, como persona, hab&iacute;a contribuido, poderosamente, a afianzar ese personaje que ser&iacute;a recurrente en el cine americano posterior.
    </p><p class="article-text">
        Jean Harlow supo seguir la estela de Mae West: la de la mujer fatal m&aacute;s por su aspecto y por su fama que por sus t&iacute;tulos f&iacute;lmicos, que compuso, consigo misma, el arquetipo de la rubia platino con el que invadir&iacute;a, por completo, el imaginario colectivo hasta la aparici&oacute;n de Marilyn Monroe. Con ellas, el camino del corredor de la casa de mi abuela que conduc&iacute;a al cuarto del fondo, hab&iacute;a quedado desbrozado para que, a &eacute;l, se incorporara Myrna Loy, en &lsquo;El enemigo p&uacute;blico n&uacute;mero 1&rsquo; (1934), dirigida por&nbsp;W. S. Van Dyke, y para que habilitara, con ello, el espacio propio del cine negro, que irrumpir&iacute;a, con identidad inequ&iacute;voca, en la d&eacute;cada posterior&hellip; Pero esa es otra pel&iacute;cula.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[El Cronista Sentimental]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cinetario/theda-bara-mae-west-patriarcado_132_2761369.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Jul 2018 09:10:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La mujer fatal en el cine (I): Theda Bara, Mae West y la mala conciencia del patriarcado]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Patriarcado,Feminismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El drama carcelario: de ‘Soy un fugitivo’ a ‘Celda 211’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cinetario/drama-carcelario-fugitivo-celda211_132_2764256.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b8b07cbb-6761-44f3-9398-30c5c014aca0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El drama carcelario: de ‘Soy un fugitivo’ a ‘Celda 211’"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"Salteadores de bancos de la Gran Depresión y prófugos de la justicia como perdedores en la lucha clandestina por la causa de la equidad social"</p></div><p class="article-text">
        Me encantaba sentir el regreso de mi padre a casa. O&iacute;a yo la fricci&oacute;n de la llave en la cerradura, con ese inconfundible vigor seco con que &eacute;l rubricaba cada uno de sus gestos. Lo ve&iacute;a entrar: la apostura imperial, reservada por el patriarcado a los varones, en cada paso; la gestualidad ritual que inclu&iacute;a el beso a la esposa y al hijo en un adem&aacute;n inspirado por el afecto, acaso por el deber.
    </p><p class="article-text">
        En el c&aacute;lido clima de invitaci&oacute;n al retorno que mi madre se hab&iacute;a esforzado por crear, en cumplimiento de uno de los m&uacute;ltiples dictados que pesaban sobre las &ldquo;perfectas casadas&rdquo; del franquismo, mi padre se sentaba sobre el sill&oacute;n orejero, como quien toma posesi&oacute;n de su trono, despojaba del pl&aacute;stico retractilado una de las cajetillas de tabaco rubio americano de contrabando que hab&iacute;a adquirido en su viaje al quiosco (todo un signo de distinci&oacute;n, seg&uacute;n su propia concepci&oacute;n de las cosas), y depositaba, sobre la mesa auxiliar del sal&oacute;n, algunas revistas. Entonces, yo, como el apasionado espectador que soy, me dispon&iacute;a, sencillamente, a observar, a observar c&oacute;mo mi madre abandonaba, cada poco, la cocina, con sus aromas agrestes y sus guisos nobles, para acudir al sal&oacute;n, con cualquier pretexto que, en realidad, escond&iacute;a el &uacute;nico prop&oacute;sito de mirar a mi padre, con la mirada arrobada, tierna y l&iacute;quida del amor eterno, ese bien preciado que solo algunos consiguen y que casi siempre termina muriendo por unilateralidad e inanici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Entretanto,&nbsp; mi padre, que se hab&iacute;a enfrascado en la lectura, entre volutas de humo y una curiosidad de hambre atrasada, sonre&iacute;a, sard&oacute;nicamente, mientras miraba las vi&ntilde;etas de &lsquo;Hermano Lobo&rsquo;, y le&iacute;a, en &lsquo;El Viejo Topo&rsquo;, ciertos textos de pensamiento alternativo y transgresor, donde alg&uacute;n afamado pensador, que despu&eacute;s condenar&iacute;a agriamente la barbarie terrorista, defend&iacute;a, por entonces, el romanticismo de la Facci&oacute;n del Ej&eacute;rcito Rojo, ligando estas audaces visiones de la realidad con otras meditaciones en que se hac&iacute;a depender la calidad democr&aacute;tica de los Estados del respeto a las garant&iacute;as legales de sus respectivos sistemas penitenciarios. En ese contexto, los &aacute;ngeles pasaron a tener, para m&iacute;, el aspecto de Andreas Baader (o de Clyde Barrow), y las hadas, el rostro de Ulrike Meinhof (o de Bonnie Parker).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Tal vez fueran las resonantes palabras de mi padre durante las cenas familiares, formuladas con la intenci&oacute;n did&aacute;ctica del diletante, las que me hicieron interpretar a los salteadores de bancos de la Gran Depresi&oacute;n, pr&oacute;fugos de la justicia, como perdedores en la lucha clandestina por la causa de la equidad social. Esa debi&oacute; de ser tambi&eacute;n la raz&oacute;n de que todos ellos se unieran, en mi galer&iacute;a de antih&eacute;roes, a los protagonistas de los dramas carcelarios, y estos, por su parte, se constituyeran en una nueva perspectiva cinematogr&aacute;fica desde la que yo mirar&iacute;a, una vez m&aacute;s, la verdad, mi verdad. Probablemente, por todo ello, el tema de la privaci&oacute;n de la libertad por causa penal estimul&oacute;, desde entonces, mi pensamiento y mi conciencia c&iacute;vica, y me hizo reparar en el hecho de que el asunto ha sido siempre un yacimiento del que el cine ha extra&iacute;do t&iacute;tulos memorables.
    </p><p class="article-text">
        Enseguida me di cuenta de que, de todos los enfoques elegidos, el m&aacute;s numeroso es el de la denuncia pol&iacute;tica, donde caben desde la llamada de atenci&oacute;n sobre la necesidad, moral y legal, de avanzar en la mejora del trato dispensado a los reos confinados en las c&aacute;rceles (&lsquo;Soy un fugitivo&rsquo;, 1932, de Mervyn LeRoy; &lsquo;Fuerza bruta&rsquo;, 1947, de Jules Dassin; &lsquo;Sin remisi&oacute;n&rsquo;,1950, de John Cromwell; &lsquo;Brubaker&rsquo;, 1980, de Stuart Rosenberg) hasta la denuncia por la conculcaci&oacute;n de los derechos humanos por parte de reg&iacute;menes pol&iacute;ticos coercitivos y/o totalitarios (&lsquo;El expreso de medianoche&rsquo;, 1978, de Alan Parker; &lsquo;Salvador (Puig Antich)&rsquo;, 2006, de Manuel Huerga), pasando por la exposici&oacute;n, carente de toda ret&oacute;rica, de un modelo de articulaci&oacute;n social y de mentalidad, el de nuestro tiempo, que sanciona la desigualdad con la exclusi&oacute;n y la imputaci&oacute;n del delito sin margen para la redenci&oacute;n ni la reinserci&oacute;n (&lsquo;Bajo el peso de la ley&rsquo;, 1986, de Jim Jarmusch; &lsquo;Ariel&rsquo;, 1988, de Aki Kaurism&auml;ki; &lsquo;Pena de muerte&rsquo;, 1995, de Tim Robbins; &lsquo;Carandiru&rsquo;, 2003, de H&eacute;ctor Babenco).
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Siempre me ha parecido que la gravedad de este g&eacute;nero hace que, incluso cuando el tono elegido es la parodia, las pel&iacute;culas suelen transitar por el terreno de la &eacute;pica y la leyenda para no desmerecer de sus referentes &ldquo;serios&rdquo; (&lsquo;Toma el dinero y corre&rsquo;, 1969, de Woody Allen; &lsquo;O Brother, Where Art Thou?&rsquo;, 2000, de Joel Coen). Son pocos los casos en que el asunto de la huida se constituye en n&uacute;cleo, sin m&aacute;s (ni menos) &aacute;nimo que el de suscitar la suspensi&oacute;n y la intriga que produce el incierto desenlace de la propia evasi&oacute;n (&lsquo;El d&iacute;a de los tramposos&rsquo;, 1970, de Joseph L. Mankiewicz; &lsquo;Papillon&rsquo;, 1973, de Franklin J. Schaffner; &lsquo;Fuga de Alcatraz&rsquo;, 1979, de Don Siegel).
    </p><p class="article-text">
        Pero si hay un t&iacute;tulo que me sobrecogi&oacute; de verdad, haciendo tambalearse mi construcci&oacute;n moral y el fondo donde yacen mi conciencia y mi sensibilidad, es &lsquo;La evasi&oacute;n&rsquo; (1960) de Jacques Becker. Hoy me sigue pareciendo no solo una obra maestra, sino tambi&eacute;n un compendio del complejo discurso contenido en todos los t&iacute;tulos posteriores: del esp&iacute;ritu tit&aacute;nico y hasta irreverente (&lsquo;La leyenda del indomable&rsquo;,1967, de Stuart Rosenberg), del poder de la inteligencia frente a la perversi&oacute;n (&lsquo;Cadena perpetua&rsquo;, 1994, de Frank Darabont; &lsquo;Un profeta&rsquo;, 2009, de Jacques Audiard), del delgado l&iacute;mite entre la barbarie y el candor (&lsquo;La milla verde&rsquo;, 1999, de Frank Darabont), entre la grandeza y la miseria (&lsquo;El experimento&rsquo;, 2001, de Oliver Hirschbiegel), o entre la &eacute;tica y el instinto de supervivencia (&lsquo;Hunger&rsquo;, 2008, de Steve McQueen; &lsquo;Celda 211&rsquo;, 2009, de Daniel Monz&oacute;n), y tambi&eacute;n de la evasi&oacute;n y la dignidad como estados de &aacute;nimo adquiridos con la perseverancia (&lsquo;La soledad del corredor de fondo&rsquo;,1962, de Tony Richardson; &lsquo;3000 Nights&rsquo;, 2015, de Mai Masri).
    </p><p class="article-text">
        El listado es ampl&iacute;simo aun dejando fuera los t&iacute;tulos de series de televisi&oacute;n que han explotado el tema. Volveremos sobre ello&hellip; Pero esa es otra pel&iacute;cula.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[El Cronista Sentimental]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cinetario/drama-carcelario-fugitivo-celda211_132_2764256.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 Jun 2018 08:26:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El drama carcelario: de ‘Soy un fugitivo’ a ‘Celda 211’]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Películas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La épica en el cine (II): sobre héroes, superhéroes y antihéroes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cinetario/epica-ii-heroes-superheroes-yantiheroes_132_2149511.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ee6ea7c2-a3ac-41e0-a18e-39d035073aa3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La épica en el cine (II): sobre héroes, superhéroes y antihéroes"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">"La convulsión sufrida por un mundo sumido en episodios traumáticos sucesivos despertó en el imaginario colectivo la necesidad de hallar razones para la esperanza más allá de la razón"</p></div><p class="article-text">
        Esas l&aacute;nguidas tardes de s&aacute;bado de mi ni&ntilde;ez parec&iacute;an obedecer a un riguroso orden universal gobernado por la seguridad, la protecci&oacute;n y el calor, que eran, para m&iacute;, en aquella etapa de mi vida, sobre todo, sensaciones t&aacute;ctiles: la suave caricia con que mi abuela apartaba los cabellos de mi frente para depositar, sobre ella, su beso; el calor de la emoci&oacute;n que me recorr&iacute;a cuando, arrebujado en la cama, ella permanec&iacute;a contempl&aacute;ndome, tiernamente, bajo el dintel de la puerta de la alcoba, cuando me cre&iacute;a ya dormido; el crepitar del almid&oacute;n de las s&aacute;banas al contacto con mis brazos y piernas, que yo agitaba en el deseo de combatir el fr&iacute;o invernal de aquellas camas demasiado alejadas de las &uacute;nicas fuentes de calor: la le&ntilde;a del hogar y el fog&oacute;n de la cocina. Todo conformaba un ritual de resguardo, de pertrecho contra la amenaza. Era la respuesta a los ecos que, sin serme del todo comprensibles, me llegaban desde el noticiario televisivo al que mi familia se refer&iacute;a como &ldquo;el parte&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        No contaba yo con un mundo de referencias ordenado ni amplio que me permitiera vincular racionalmente el mundo de los tebeos que yo devoraba en las tardes con el prosaico mundo del &ldquo;parte&rdquo; que hablaba de crisis del capital y de amenazas de conflictos nucleares con las que, inevitablemente, se prefiguraba el final de la Guerra Fr&iacute;a. Sin embargo, me surgieron los primeros atisbos de verdad: sobre la cama en que me embozaba y la mesita de noche donde descansaban los tebeos pendientes de lectura, se sosten&iacute;a el mundo de hadas y &aacute;ngeles que mi abuela, acaso de manera involuntaria, hab&iacute;a concebido para m&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s comprend&iacute; que aquel universo personal de pureza infantil no era entera ni exclusivamente m&iacute;o, sino que el mundo en su conjunto volv&iacute;a su mirada hacia la infancia siempre que las circunstancias envolv&iacute;an la realidad con un tacto rugoso e hiriente. Esa fue mi deducci&oacute;n cuando supe que, a partir de los a&ntilde;os 30, la convulsi&oacute;n sufrida por un mundo sumido en episodios traum&aacute;ticos sucesivos (la Gran Depresi&oacute;n, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fr&iacute;a&hellip;), despert&oacute;, en el imaginario colectivo, la necesidad de hallar razones para la esperanza m&aacute;s all&aacute; de la raz&oacute;n. Este es el motivo, a mi parecer, de la irrupci&oacute;n del tebeo de superh&eacute;roes como producto de consumo en la cultura de masas, cuya generalizada aceptaci&oacute;n y popularidad despertaron la atenci&oacute;n del cine.
    </p><p class="article-text">
        Las dos grandes firmas editoriales norteamericanas de este g&eacute;nero, DC y Marvel, est&aacute;n en el origen de much&iacute;simas pel&iacute;culas que no me movieron m&aacute;s emociones que la pura indiferencia y que el tiempo ha situado como simples testimonios de un tiempo o una tendencia de la sociolog&iacute;a de la cultura. Con la salvedad de &lsquo;Superman&rsquo; (1978), de Richard Donner, y &lsquo;Batman&rsquo; (1989), de Tim Burton, no conservo, en el recuerdo pel&iacute;culas de superh&eacute;roes, filmadas antes del fin del milenio, que me dejaran huella. El subg&eacute;nero tampoco se remont&oacute; con la entrada del nuevo siglo, en cuyas dos primeras d&eacute;cadas, me parece que pocos t&iacute;tulos (de los muchos, much&iacute;simos largometrajes realizados) resistir&aacute;n el juicio del tiempo.
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        Al selecto grupo destinado a permanecer creo que se sumar&aacute; la neoexpresionista saga de Batman creada con Christopher Nolan (&lsquo;Batman Begins&rsquo;, 2005; &lsquo;El caballero oscuro&rsquo;, 2008; y &lsquo;El caballero oscuro: la leyenda renace&rsquo;, 2012), y una pel&iacute;cula que cruza el universo de DC Comics con el compromiso pol&iacute;tico: &lsquo;V de vendetta&rsquo; (2005), de John McTeigue. Y, a medio camino entre la huella que dejan las obras mayores y la indiferencia o el rechazo del producto deleznable, creo que se hallan &lsquo;Marvel: Los vengadores&rsquo; &nbsp;(2012), de Joss Whedon, pel&iacute;cula que vi con la sonrisa c&oacute;mplice del ni&ntilde;o de edad madura a quien -pens&eacute;, con una ingenuidad inapropiada para mi edad- el tiempo da una tregua; y &lsquo;Deadpool&rsquo; (2016), un ejemplo saludablemente contracultural en el musculoso y puritano mundo del &lsquo;kitsch&rsquo;. Una curiosidad que se me ha evaporado en el recuerdo fue lo m&aacute;s que despertaron en m&iacute; t&iacute;tulos que deben mucho a la est&eacute;tica de la novela gr&aacute;fica como &lsquo;Sin City&rsquo; (2005), de Frank Miller y Robert Rodr&iacute;guez, y &lsquo;300&rsquo; (2006), de Zack Snyder.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, debo decir que sent&iacute;, temprana e inconfesablemente, el encanto y la atracci&oacute;n de lo prohibido, sentimiento magn&eacute;tico que me naci&oacute; del impacto de &lsquo;Las uvas de la ira&rsquo; (1940), de John Ford, donde no sent&iacute; la conmiseraci&oacute;n que se supon&iacute;a que deb&iacute;an despertar, en las mentes moralmente sanas, los desfavorecidos por el destino tr&aacute;gico, sino que empec&eacute; a experimentar una poderosa identificaci&oacute;n con los antih&eacute;roes, con los perdedores que, en las situaciones m&aacute;s adversas, conservan su dignidad. Tal vez por eso, para m&iacute;, el rostro de Tom Joad es el de Henry Fonda, (no me cabe que este maravilloso personaje tenga otro aspecto, ni en la prosa de John Steinbeck ni en las cr&oacute;nicas rockeras de Bruce Springsteen), y, de esa simbiosis Fonda-Joad, hice derivar todos los dem&aacute;s tipos humanos que poblaron las transgresoras pel&iacute;culas de forajidos ambientadas en los a&ntilde;os de la Gran Depresi&oacute;n, personajes que son, por s&iacute; mismos, una cr&iacute;tica al sistema norteamericano de derechos y libertades p&uacute;blicas que blind&oacute; la injusticia y la opresi&oacute;n como pago por la regeneraci&oacute;n capitalista.
    </p><p class="article-text">
        Situ&eacute;, en mi escala cinematogr&aacute;fica, la pel&iacute;cula de Ford muy por encima de sus precedentes (&lsquo;El pan nuestro de cada d&iacute;a&rsquo;, 1934, de King Vidor, y &lsquo;Wild boys on the road&rsquo;, 1933, de William Wellman). De la misma manera, las obras maestras producidas tras -y, probablemente, a causa de- el Jueves Negro (&lsquo;Hampa dorada&rsquo;, 1931, de Mervin LeRoy; &lsquo;El enemigo p&uacute;blico&rsquo;, 1931, de William Wellman; Scarface, 1932, de Howard Hawks; &Aacute;ngeles con caras sucias, 1938, de Michael Curtiz, 1938; &lsquo;Los violentos a&ntilde;os veinte&rsquo;, 1939, y &lsquo;Al rojo vivo&rsquo;, 1949, ambas de Raoul Walsh, largometrajes, todos ellos que siguieron el camino abierto por Joseph von Stenberg en &lsquo;La ley del hampa&rsquo;, 1927, y &lsquo;Los muelles de Nueva York&rsquo;, 1928) me dejaron una huella mucho menos profunda que la que me imprimieron las pel&iacute;culas de forajidos legendarios, rodadas a partir de finales de los sesenta, sin los d&eacute;bitos did&aacute;cticos del New Deal ni las restricciones morales del C&oacute;digo Hays, sustituidos, desde entonces, por un contrafactum de la epopeya cl&aacute;sica, ribeteada con ciertas modulaciones tr&aacute;gicas.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Este subg&eacute;nero con el que el cine se incorporaba a la Posmodernidad parec&iacute;a burlar el clasicismo del g&eacute;nero negro con la incauta arrogancia de la adolescencia a la que yo mismo comenzaba a asomarme. Esta tendencia, iniciada con &lsquo;Bonnie &amp; Clyde&rsquo; (1967), de Arthur Penn y secundada, durante la d&eacute;cada posterior con &lsquo;La banda de los Grissom&rsquo; &nbsp;(1971) y &lsquo;El emperador del norte&rsquo; (1973), ambas dirigidas por Robert Aldrich, m&aacute;s &lsquo;Dillinger&rsquo; (1973), de John Milius, y &lsquo;El golpe&rsquo; (1974), de George Roy Hill, demostr&oacute; una vitalidad que se prolong&oacute; hasta finales del siglo con&nbsp;&lsquo;La pandilla Newton&rsquo; (1998), de Richard Linklater, y, aun cuando este &uacute;ltimo t&iacute;tulo apuntaba hacia un declive de esta corriente f&iacute;lmica, lo que, aparentemente, eran los &uacute;ltimos estertores de un moribundo se tornaron en &iacute;mpetus renovados a partir del nuevo milenio con Camino a la perdici&oacute;n (2002), de Sam Mendes, &lsquo;Enemigos p&uacute;blicos&rsquo;, de Michael Mann (2009), y &lsquo;Sin ley&rsquo; (2012), de John Hillcoat. Los viejos bandidos parec&iacute;an sobrevivir al asedio de las fuerzas del orden y a la c&aacute;rcel&hellip; Pero esa es otra pel&iacute;cula.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[El Cronista Sentimental]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cinetario/epica-ii-heroes-superheroes-yantiheroes_132_2149511.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Apr 2018 10:18:39 +0000]]></pubDate>
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