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    <title><![CDATA[elDiario.es - Michel Suárez]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/michel_suarez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Michel Suárez]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La fuente parisina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/fuente-parisina_132_1974609.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1cb73953-5225-42fa-9393-1c31fd9e823e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt=""></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A 50 años del ‘Mayo francés’, aún se discute cómo valorar aquellos acontecimientos.</p></div><p class="article-text">
         &ldquo;Pueblos, cuyos rugidos han hecho temblar tantas veces a vuestros amos, &iquest;a qu&eacute; esper&aacute;is?&nbsp;&iquest;Para qu&eacute; momento reserv&aacute;is los adoquines que pavimentan vuestras calles. Arrancadlos&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Denis Diderot
    </p><p class="article-text">
        Cincuenta a&ntilde;os despu&eacute;s, la interpretaci&oacute;n del legado de mayo del 68 contin&uacute;a siendo un campo de batalla tan apasionado como lo fueron en su d&iacute;a los propios acontecimientos. En este aniversario tan redondo, cuando ya disponemos de un conocimiento minucioso de casi todos los datos, la gran mayor&iacute;a de los veredictos sobre lo sucedido en aquella lejana primavera constituyen ejercicios de sensatez pol&iacute;tica que conminan a repudiar la violencia y a pasar p&aacute;gina. Los m&aacute;s pragm&aacute;ticos han considerado su fracaso como la medida de su impotencia. Otros han le&iacute;do aqu&eacute;l mayo como un pecado de juventud, un af&aacute;n de ruptura propio de la edad de la insolencia. En favor de su opini&oacute;n han invocado la trayectoria posterior de las figuras m&aacute;s medi&aacute;ticas del movimiento; por ejemplo, la de Alain Geismar, integrado en los c&iacute;rculos de poder socialistas e inspector general de educaci&oacute;n, nada menos. O la del autoproclamado &ldquo;libertario liberal&rdquo; Cohn Bendit, atornillado al parlamento europeo durante m&aacute;s de veinte a&ntilde;os en calidad de eurodiputado &ldquo;verde&rdquo;, y firme valedor de &ldquo;las soluciones innovadoras que dinamicen el mercado&rdquo; impuestas por el se&ntilde;or Macron. &ldquo;Ah&iacute; los tiene usted&rdquo;, como dec&iacute;a el se&ntilde;or Fraga.
    </p><p class="article-text">
        Algo parecido viene a decir el se&ntilde;or Mario Vargas Llosa, para quien todo aqu&eacute;l in&uacute;til alboroto no pas&oacute; de una &ldquo;revoluci&oacute;n de los ni&ntilde;os bien, la flor y nata de las clases burguesas y privilegiadas de Francia&rdquo;, protagonistas de un &ldquo;divertido carnaval&rdquo; que &ldquo;dio legitimidad y glamour a la idea de que toda autoridad es sospechosa, perniciosa y deleznable y que el ideal libertario m&aacute;s noble es deconocerla, negarla y destruirla&rdquo;. La visi&oacute;n del antiguo comunista peruano coincid&iacute;a a pies juntillas con los postulados de <em>l&rsquo;Humanit&eacute;</em>, publicaci&oacute;n del Partido comunista franc&eacute;s, donde se escarnec&iacute;a a &ldquo;los revolucionarios hijos de pap&aacute; que tras la revuelta ir&aacute;n a las empresas de sus padres para explotar a los obreros&rdquo;. La lectura de Bertolucci en &ldquo;<em>Los so&ntilde;adores</em>&rdquo; es muy similar: bajo los adoquines la juerga. 
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la tesis del &ldquo;divertido carnaval&rdquo; deja muchos cabos sueltos; por ejemplo, no explica el esp&iacute;ritu que animaba la abnegaci&oacute;n y el hero&iacute;smo de los estudiantes y los trabajadores que se jugaron el pellejo en las barricadas frente a los temibles CRS en combates desiguales que arrojaron un escalofriante balance de heridos (algunos graves, sin olvidarnos de los muertos), ni da cuenta de los casos de suicidio registrados en los a&ntilde;os posteriores o la ca&iacute;da en la delincuencia (la ilegal, se entiende) de algunos de sus protagonistas.
    </p><p class="article-text">
        Encaramados en las cumbres del poder tecnoburocr&aacute;ctico, los m&aacute;s duros defensores de la tesis del &ldquo;divertido carnaval&rdquo; han apelado a la c&oacute;lera revanchista, fustigando su memoria como se patea a un perro muerto. Para el se&ntilde;or Roger Kimball lo mejor del 68 fue, sin duda, que se acab&oacute;: &ldquo;fue un &rdquo;desastre social, moral, pol&iacute;tico e intelectual&ldquo;. Por su parte, otro feroz resentido, Don Jos&eacute; Mar&iacute;a Aznar, declar&oacute; que aqu&eacute;l mayo presenci&oacute; una &rdquo;explosi&oacute;n de irresponsabilidad&ldquo;, una &rdquo;tragicomedia&ldquo; que dio carta de naturaleza a la creencia de que &rdquo;se haga lo que se haga, nada tendr&aacute; consecuencias&ldquo;.
    </p><p class="article-text">
        En Francia, el ex primer ministro Alain Jupp&eacute; no se anduvo con rodeos: &ldquo;hay que terminar con el esp&iacute;ritu del 68. Se proh&iacute;be prohibir&rdquo;. Y el se&ntilde;or Sarkozy dej&oacute; bien claro que uno de los objetivos de su programa educactivo era perfilar una escuela libre de la herencia del 68, &ldquo;un c&aacute;ncer moral&rdquo; que hab&iacute;a &ldquo;difuminado las fronteras entre lo bueno y lo malo, entre lo cierto y lo falso, entre lo bello y lo feo&rdquo;. Despu&eacute;s estaba el se&ntilde;or Jean-Marie Le Pen, que en un alarde de originalidad atribuy&oacute; la revuelta a una &ldquo;&eacute;lite jud&iacute;a de estudiantes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ciertamente, algunos detractores de mayo del 68 no han cargado tanto las tintas. El se&ntilde;or Luc Ferry, fil&oacute;sofo (&iquest;?) y ex minisitro de educaci&oacute;n franc&eacute;s, manifest&oacute; que no todo fue tan malo, ya que, entre otras cosas, gracias a aquella primavera parisina hoy gozamos de una mayor &ldquo;democracia en las empresas gracias a los sindicatos&rdquo; (&iquest;?). Y avanza la sorprendente conclusi&oacute;n de que quienes tomaron las calles en mayo fueron &ldquo;instrumentos del desarrollo del capitalismo moderno&rdquo;. En s&iacute;ntesis, esta curiosa teor&iacute;a sugiere que mayo del 68 sirvi&oacute; de revulsivo para la transformaci&oacute;n estructural del sistema, al azuzar una modernizaci&oacute;n neoliberal que solt&oacute; amarras con el r&iacute;gido capitalismo de De Gaulle. En su auxilio, los defensores de esta intepretaci&oacute;n nos recuerdan que los que aqu&eacute;l mayo levantaban barricadas se han convertido en los promotores del &ldquo;anarcocapitalismo&rdquo; encarnado por Macron. 
    </p><p class="article-text">
        Es precisamente al actual inquilino del El&iacute;seo al que le ha tocado bailar con la m&aacute;s fea al tener que organizar una efem&eacute;ride que le provoca un evidente fastidio. No ha disimulado su contrariedad, pero ha hecho de tripas coraz&oacute;n y ha salvado la papeleta como buenamente ha podido. Eso s&iacute;, se ha apresurado a recordar que &ldquo;la democracia no es la calle&rdquo;; <em>bien s&ucirc;r</em>, <em>monsieur le pr&eacute;sident</em>, faltar&iacute;a m&aacute;s. 
    </p><p class="article-text">
        Todos estos juicios no nos llevan muy lejos. Centrar la atenci&oacute;n del fen&oacute;meno en las algaradas callejeras y el destino de sus protagonistas ofrece un paisaje demasiado desenfocado. Lo cierto es que, lejos de constituir un mot&iacute;n de subsistencia, una revuelta desatada por injusticias flagrantes o una verbena nihilista, mayo de 68 se enmarca en un contexto social completamente desconcertante. En el arranque del a&ntilde;o, De Gaulle se dirig&iacute;a a una naci&oacute;n condenada al bienestar augurando un horizonte de paz social y prosperidad: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; ser&aacute; 1968? El porvenir no pertenece a los hombres y yo no lo predigo. Sin embargo, tal y como se presentan las cosas, encaro la existencia de nuestro pa&iacute;s en los pr&oacute;ximos doce meses con verdadera confianza [&hellip;]. No parece caber la posibilidad de que nos encontremos paralizados por crisis similares a las que nos han hecho sufrir tanto en otros tiempos. Al contrario, con el ardor de la renovaci&oacute;n abri&eacute;ndose camino, y sus promotores, sobre todo los j&oacute;venes, se puede esperar&hellip;&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        &iquest;Se pod&iacute;a equivocar m&aacute;s De Gaulle?&iquest;Por qu&eacute; en plena euforia del capitalismo de consumo, que acab&oacute; en 1973 con la crisis del petr&oacute;leo, estallaba una rebeli&oacute;n tan virulenta?&iquest;Era la Francia de finales de los sesenta una sociedad en descomposici&oacute;n? &iquest;Qui&eacute;n pod&iacute;a sospechar que en un pa&iacute;s que se refocilaba en la abundacia material derivada de los &ldquo;gloriosos 30&rdquo; se gestaba una ira popular tan explosiva? &iquest;Pero una ira contra qu&eacute;, contra quienes?
    </p><p class="article-text">
        En su conjunto, la mayor&iacute;a de las causas aducidas: la oposici&oacute;n al imperialismo, el clamor mundial provocado por el asesinato del implacable doctrinario sin escr&uacute;pulos que fue el Che Guevara, el rechazo de la agresi&oacute;n americana a Vietnam o los efectos de la contracultura nos dejan a oscuras sobre lo acontecido en Par&iacute;s. Y, desde luego, la exigencia de los alumnos de Nanterre a tener acceso a los pabellones de sus compa&ntilde;eras constituye un episodio demasiado insignificante como para atribuirle el papel de detonante de un movimiento que hizo perder pie a los gerifaltes de la Rep&uacute;blica. 
    </p><p class="article-text">
        En lo substancial, se ha tratado de distorsionar un fen&oacute;meno de un calado y una radicalidad incomprensibles para los amantes del orden. &iquest;O ser&iacute;a m&aacute;s correcto afirmar que lo entend&iacute;an demasiado bien? Por sus declaraciones y sus actos podemos concluir que los representantes de la Francia oficial supieron enseguida de qu&eacute; iba todo aquello. Los que m&aacute;s tienen que perder suelen ver m&aacute;s claro. Mientras la elite se apresuraba a enviar su dinero a Suiza, el general De Gaulle, que tambi&eacute;n exili&oacute; sus cuentas bancarias, expres&oacute; mejor que nadie lo que estaba ocurriendo: &ldquo;Se rebelan contra la autoridad del Estado..&rdquo;. <em>C&rsquo;est tout</em>; ciertamente, pero era inaceptable. 
    </p><p class="article-text">
        En realidad, aunque no fuese consciente de todas las implicaciones, De Gaulle acert&oacute; de pleno; el pueblo de Par&iacute;s se rebel&oacute; contra el orden establecido, un orden que iba mucho m&aacute;s all&aacute; de las meras cr&iacute;ticas al gobierno o la exigencia de reformas. Se trataba, como resum&iacute;a una octavilla, de &ldquo;una sed de libertad en todos los niveles de la existencia, un deseo profundo de rechazar la tartufer&iacute;a axfisiante y la tiran&iacute;a mezquina de las instituciones esclerotizadas&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Mayo del 68 fue una revuelta contra el poder, y los habitantes de Par&iacute;s tuvieron el buen tino de identificar a sus enemigos a ambos lados de las barricadas. Si alguna lecci&oacute;n ten&iacute;an bien aprendida es que nunca, bajo ninguna circunstancia, se deb&iacute;an confiar las riendas del movimiento a partidos pol&iacute;ticos o a grupos organizados. S&oacute;lo tuvieron que echar la vista atr&aacute;s para comprender el destino de las revoluciones que eligen caudillos. El Partido Comunista franc&eacute;s sigui&oacute; a rajatabla el protocolo de neutralizaci&oacute;n de procesos revolucionarios que no controlaba. En un primer momento, cuando George Marchais se refer&iacute;a a Cohn Bendit como ese &ldquo;jud&iacute;o alem&aacute;n&rdquo;, se les dijo a los estudiantes que dejasen &ldquo;la pol&iacute;tica para los mayores&rdquo;. Despu&eacute;s, mientras Par&iacute;s ard&iacute;a, <em>l&rsquo;Humanit&eacute;</em> parloteaba sobre la &ldquo;reforma de los ex&aacute;menes presentada por los profesores comunistas&rdquo;. El 16 de mayo el Comit&eacute; Ejecutivo del Partido Comunista Franc&eacute;s preven&iacute;a &ldquo;a los trabajadores y a los estudiantes contra toda consigna aventurada&rdquo;, es decir, que no emanase de los dirigentes comunistas, y Georges S&eacute;guy, secretario general de la CGT y miembro del comit&eacute; central del Partido, recordaba que &ldquo;una larga tradici&oacute;n nos incita a no sentir ningua complacencia hacia los elementos confusos y provocadores que denigran a la clase obrera [&hellip;]. Estos elementos se dedican a vaciar de su contenido el sindicalismo estudiantil [&hellip;] para gran satisfacci&oacute;n del poder y de los c&iacute;rculos reaccionarios&rdquo;. Era en esos mismos c&iacute;rculos reaccionarios en los que militaba el se&ntilde;or Pompidou, con quien S&eacute;guy negoci&oacute; mejoras salariales que a la postre se revelaron ilusorias y profundamente onerosas para los trabajadores. En todo caso, S&eacute;guy no se equivocaba en lo referente a la tradici&oacute;n comunista, una tradici&oacute;n que tuvo su gran exponente en Maurice Thorez, secretario general durante m&aacute;s de treinta a&ntilde;os del PCF y ministro de funci&oacute;n p&uacute;blica con De Gaulle, quien se jactaba de saber acabar con una huelga. 
    </p><p class="article-text">
        Con el PC haciendo aguas, sus desbordados dirigentes insist&iacute;an en la tesis de los agitadores anti obreros. Sin embargo, la justicia po&eacute;tica de mayo del 68 nos regal&oacute; una escena impagable: el 27 de mayo, a primera hora de la ma&ntilde;ana, S&eacute;guy fue abucheado por seis mil obreros de la Renault a los que llevaba la buena nueva de una p&iacute;rrica subida salarial. La indignaci&oacute;n de los trabajadores se tradujo en una lluvia de improperios y en burlas a su entreguismo y su mezquina mentalidad de bur&oacute;crata.
    </p><p class="article-text">
        El 29 de mayo el PCF y la CGT convocaban &ldquo;a todos los obreros y a la poblaci&oacute;n trabajadora a manifestarse masivamente en el pa&iacute;s por las reivindicaciones de los trabajadores y para contribuir a un cambio pol&iacute;tico de progreso social y democracia&rdquo;, lo que demuestra que segu&iacute;an sin enterarse de que el movimiento de mayo era precisamente una impugnaci&oacute;n contra el &ldquo;progreso social y la democracia&rdquo;. Coronando su bochorno, el PCF hizo saber que estar&iacute;a dispuesto a entrar en un gobierno &ldquo;como despu&eacute;s de la liberaci&oacute;n, bajo la direcci&oacute;n del General&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        An&aacute;logamente al PC, el Partido socialista intrig&oacute; para ara&ntilde;ar su cuota de esca&ntilde;os en la esperable redistribuci&oacute;n del poder que se orquestar&iacute;a entre los bastidores del Estado. Seg&uacute;n la visi&oacute;n del se&ntilde;or Mitterrand, gran amigo y protector de notables colaboracionistas con el r&eacute;gimen de Vichy, la &uacute;nica cuesti&oacute;n resid&iacute;a en saber c&oacute;mo se formar&iacute;a el gobierno provisional y en qui&eacute;n se alzar&iacute;a con la presidencia de la Rep&uacute;blica en la hora del refujo de la agitaci&oacute;n callejera. Dispuesto a pescar en r&iacute;o revuelto y con la humildad que le caracterizaba anunci&oacute; que &eacute;l mismo estaba dispuesto a asumir ese sacrificio en un &ldquo;Gobierno provisional de gesti&oacute;n&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El resto de partidos tambi&eacute;n se aplic&oacute; en hacer valer sus intereses; el &ldquo;radical socialista&rdquo; Mend&egrave;s France, sugiri&oacute; un &ldquo;gobierno del movimiento&rdquo;; el se&ntilde;or Giscard d&rsquo;Estaigne exigi&oacute; &ldquo;hombres de renovaci&oacute;n&rdquo;, y el dem&oacute;crata cristiano Jean Lecanuet recurri&oacute; a la nomenclatura jacobina para sacarse de la manga un &ldquo;gobierno de salvaci&oacute;n nacional&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Y mientras por las alturas se frotaban las manos pensando en el bot&iacute;n, &iquest;qu&eacute; suced&iacute;a en la calle, en la universidad, en las f&aacute;bricas? &iquest;Desde qu&eacute; centro de poder se organiz&oacute; la rebeli&oacute;n? &iquest;Qui&eacute;n dio la orden de levantar la primera barricada? &iquest;Figuraba desde el inicio entre los difusos objetivos del &ldquo;Movimiento 22 de marzo&rdquo; la demolici&oacute;n del capitalismo y del trabajo asalariado? 
    </p><p class="article-text">
        Deteng&aacute;monos brevemente en algunos hechos esclarecedores a este respecto. El 7 de mayo aparece <em>Action</em>, &oacute;rgano de expresi&oacute;n de la insurrecci&oacute;n estudiantil, y en &eacute;l se formula la pregunta crucial: &ldquo;&iquest;por qu&eacute; luchamos?&rdquo;. La respuesta trasparenta un malestar de fondo que va mucho m&aacute;s all&aacute; de simples reivindicaciones sectoriales: &ldquo;La juventud, alumnos de liceos, universitarios u obreros, rechaza el porvenir que le ofrece la sociedad actual [&hellip;]. Rechaza las universidades de hoy, que no es m&aacute;s que un instrumento de represi&oacute;n contra todas las ideas disconformes con los intereses de la clase dominante&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Poco a poco, el germen de la protesta se propaga por capas de la sociedad aparentemente impermeables a las protestas populares. Un reportero de la RTL recogi&oacute; este interesante testimonio a pie de calle:
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;-Buenos d&iacute;as, se&ntilde;orita&hellip;. &iquest;Esta es su primera manifestaci&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        -No, no es la primera. Desde que esto empez&oacute; es la tercera. Es decir, empec&eacute; a manifestarme con mi marido el martes por la tarde; segu&iacute; el mi&eacute;rcoles por la tarde, y por fin esta tarde.
    </p><p class="article-text">
        -&iquest;No era usted militante anteriormente?
    </p><p class="article-text">
        -En absoluto. Siempre he estado contra este tipo de cosas&hellip; Pero creo que&hellip; c&oacute;mo decirle&hellip;. Ha sucedido espont&aacute;neamente. Es una especie de reacci&oacute;n. Bruscamente, <em>uno se siente implicado</em>&ldquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Esta declaraci&oacute;n encierra la explicaci&oacute;n a la creciente vibraci&oacute;n que se apoder&oacute; del pueblo de Par&iacute;s: la posibilidad de &ldquo;sentirse implicado&rdquo;, de no delegar la acci&oacute;n pol&iacute;tica, de abandonar el papel de masa de maniobra, abri&oacute; de repente el arco de visi&oacute;n de todas las miserias de la vida cotidiana y estimul&oacute; el cuestionamiento de ra&iacute;z del poder establecido, del trabajo asalariado y de las relaciones sociales. 
    </p><p class="article-text">
        En una fecha tan tard&iacute;a como el 2 de junio, el Comit&eacute; de Acci&oacute;n de la Sorbona elabor&oacute; un informe en el que proclamaba que la responsabilidad comenzaba en &ldquo;la base, en el espacio cotidiano, en la vida cotidiana&rdquo;. Y por si este contumaz antiparlamentarismo no hubiese quedado claro, cuando De Gaulle anunci&oacute; nuevas elecciones los ocupantes del Censier redactaron un comunicado en el que se declaraba lo siguiente: &ldquo;lo que rechazamos es la propia democracia parlamentaria [&hellip;] seguir respetando esta legalidad es prestarse a toda suerte de maniobras [&hellip;] Denunciar las elecciones, rechazarlas, es el primer paso&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Estos escritos trasparentan una lucidez que no era fruto de la desesperaci&oacute;n propia de esos momentos en los que la victoria se presenta muy incierta. Semanas antes, desde el mismo Centro Censier, otro texto hab&iacute;a perfilado las l&iacute;neas maestras del movimiento: &ldquo;&iexcl;Trabajadores parisinos! Entre vuestros problemas y los nuestros hay semejanzas fundamentales. &iquest;Qui&eacute;n decide las normas y las cadencias? &iquest;Qui&eacute;n decide los objetivos y naturaleza de la producci&oacute;n? La ley es la misma en todas partes, solo nos piden que ejecutemos &oacute;rdenes. Sindicatos y partidos de oposici&oacute;n nunca proponen nada fundamentalmente diferente. Siempre existe una minor&iacute;a que decide en nuestro lugar, tanto en la producci&oacute;n como en la sociedad. &iexcl;Hay que organizar la lucha desde la base!&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Naturalmente, esta exigencia supon&iacute;a sacar las cosas de quicio, impugnar aspectos de la organizaci&oacute;n social que jam&aacute;s han figurado en ninguna agenda pol&iacute;tica. Para el sentido com&uacute;n pol&iacute;tico el &ldquo;no reivindicamos nada, no pedimos nada, tomaremos, ocuparemos&rdquo;, era, y continua siendo, la marca del extremismo de &ldquo;incontrolados&rdquo;, no un programa democr&aacute;tico de m&iacute;nimos. 
    </p><p class="article-text">
        La celebraci&oacute;n de la base no era en absoluto una extravagancia; sus implicaciones estremec&iacute;an profundamente tanto el mundo del trabajo como el del Estado. Colocaba en el ojo del hurac&aacute;n a un sistema industrial que esclavizaba en nombre de la producci&oacute;n, que imped&iacute;a a los trabajadores deliberar sobre qu&eacute; producir y c&oacute;mo. Los obreros se negaron a aceptar que el aumento del poder de compra redimiese del tormento de la vida de f&aacute;brica. El tiempo libre, colonizado por el consumo y el cebo de los pasatiempos para idiotas, no era una compensaci&oacute;n. Ni menos horas ni mejoras salariales: una vida donde el trabajo fuese fuente de satisfacci&oacute;n, donde las tareas ingratas se hiciesen de forma colectiva y rotatoria, y donde la separaci&oacute;n trabajo-tiempo libre fuese pulverizada fueron algunas imposiciones surgidas de los centros ocupados. De igual modo, los partidos pol&iacute;ticos fueron puestos en solfa. Despu&eacute;s de todo, &iquest;qu&eacute; partido podr&aacute; jam&aacute;s cuestionar la jerarqu&iacute;a en la toma de decisiones, el trabajo asalariado, el parlamento o el crecimiento econ&oacute;mico sin hacerse el harakiri?
    </p><p class="article-text">
        Si &ldquo;todo partido exige creencia&rdquo; (Val&eacute;ry), estos no ten&iacute;an ning&uacute;n papel que jugar en un nuevo escenario pol&iacute;tico donde la creencia hab&iacute;a sido substituida por el debate y el intercambio de ideas. Este escenario no se correspond&iacute;a &uacute;nicamente con una disposici&oacute;n mental. Tambi&eacute;n la morfolog&iacute;a f&iacute;sica de la ciudad fue moldeada por el movimiento, que se reapropi&oacute; del espacio p&uacute;blico imponiendo el control ciudadano de la calle. Henry Lefebvre observ&oacute; que mayo de 68 hab&iacute;a retomado de la Comuna el concepto de ocupaci&oacute;n del espacio como retorno de los obreros expulsados por Haussmann a la periferia de la capital. El 18 de marzo de 1871 el pueblo de Par&iacute;s reconquist&oacute; por la fuerza el centro de la ciudad; casi un siglo despu&eacute;s no s&oacute;lo tom&oacute; la calle: tambi&eacute;n en las f&aacute;bricas, en los barrios, en la organizaci&oacute;n de los transportes, se produjeron reivindicaciones en relaci&oacute;n a la gesti&oacute;n colectiva del espacio. Sin duda, los lugares hacen los p&uacute;blicos (Goncourt).
    </p><p class="article-text">
        Esta alteraci&oacute;n radical de la normalidad cre&oacute; un campo com&uacute;n de encuentro que suspendi&oacute; la distribuci&oacute;n jer&aacute;rquica del espacio y extendi&oacute; a todos los ciudadanos el concepto de <em>politai</em>, esto es, de sujetos pol&iacute;ticos. La reconfiguraci&oacute;n del espacio de la pol&iacute;tica supuso, adem&aacute;s, un ensanchamiento de la <em>isegoria</em>, la potestad de los individuos de participar en el improvisado <em>agora</em> parisino. No se habla de tomar el poder, sino de rechazar la mediocridad de una vida enjaulada por la burocracia y canalizada hacia el consumo. 
    </p><p class="article-text">
        Sustentado en su propia fuerza, el movimiento de mayo no dibuj&oacute; ning&uacute;n proyecto en el horizonte; se construy&oacute; como un proceso autopropulsado. Fue haci&eacute;ndose a s&iacute; mismo en la medida en que los individuos se integraban en la acci&oacute;n pol&iacute;tica; sin embargo, como en tantas ocasiones anteriormente, choc&oacute; con la barrera que supone la constituci&oacute;n de &oacute;ganos de poder popular que regulen la vida pol&iacute;tica. Mayo del 68 alcanz&oacute; su techo al no poder superar el l&iacute;mite de la creaci&oacute;n de estos nuevos centros de gobierno democr&aacute;tico. 
    </p><p class="article-text">
        <em>A posteriori</em>, no faltaron las previsibles cr&iacute;ticas sobre la ausencia de un proyecto pilotado por una direcci&oacute;n revolucionaria. Desde el Partido comunista se acus&oacute; al movimiento de carecer de &ldquo;capacidad para realizar este proyecto en t&eacute;rminos de poder. Mayo-junio del 68 no fue una situaci&oacute;n revolucionaria: aun si el gobierno vacil&oacute;, los de arriba mantuvieron el poder y los de abajo, aun si se movilizaron con fuerza, estuvieron lejos de imaginar arrancarlo y menos a&uacute;n de reemplarlo por alguna otra cosa&rdquo;. Pero, &iquest;reemplazarlo por qu&eacute;? &iquest;Por un gobierno compuesto por bur&oacute;cratas de otro pelaje que el que ocupaba el El&iacute;seo? &iquest;Qu&eacute; cambio real supondr&iacute;a la substituci&oacute;n de un gobierno por otro, por muy revolucionario que fuese, en t&eacute;rminos de reparto de poder, de perservaci&oacute;n del esquema dominantes-dominados? &iquest;Un gobierno, el que sea, no implica siempre una brecha insalvable entre los de arriba y los de abajo? 
    </p><p class="article-text">
        Como Barcelona en 1936 o el Par&iacute;s de 1871, mayo del 68 se inscribe en la l&iacute;nea de una tradici&oacute;n revolucionaria que no responde a ninguna necesidad hist&oacute;rica, pero que constituye un modelo de referencia y una inagotable cantera de ense&ntilde;anzas para el presente. De la misma forma que Simone Weil habl&oacute; de &ldquo;la fuente griega&rdquo; y Castoriadis se refiri&oacute; a la Hungr&iacute;a del 56 como &ldquo;la fuente h&uacute;ngara&rdquo;, aqu&eacute;l mayo que hoy celebramos representa la &ldquo;fuente parisina&rdquo;, un momento de ruptura que tens&oacute; los resortes del poder hasta sus l&iacute;mites, aunque no consigui&oacute; destruirlos. 
    </p><p class="article-text">
        Las analog&iacute;as de mayo del 68 con algunos movimientos posteriores, como el 15 M, sin resultar inadecuadas, son ciertamente muy limitadas. En el caso del 15 M, la ocupaci&oacute;n ciudadana del espacio p&uacute;blico consigui&oacute; poner nerviosos a los partidos pol&iacute;ticos, incluidos aquellos que en un principio alentaron el movimiento esperando sacar tajada. Si en sus albores el mayo espa&ntilde;ol fue la &ldquo;alegr&iacute;a de lo inesperado&rdquo; (Garc&iacute;a Calvo), con el tiempo las concentraciones populares dieron paso a un proceso de embridamiento institucional en el que la exigencia de &ldquo;no ser tratados como mercanc&iacute;a por la banca y los pol&iacute;ticos&rdquo; se hizo inaudible. Aunque difusas, las pretensiones eran exorbitantes, como todas antes de que se conviertan en costumbre, y en esa hostilidad hacia lo establecido cifr&oacute; el 15 M su capacidad de atracci&oacute;n. Lamentablemente, la tensi&oacute;n entre la tentaci&oacute;n de la autonom&iacute;a y la voluntad de ser guiados se resolvi&oacute; a favor de la segunda. La acci&oacute;n directa dej&oacute; de dar forma a la indignaci&oacute;n y pronto asomaron los pastores. El surgimiento de Podemos supuso el transito de la calle al parlamento, una ci&eacute;naga institucional irreformable en la que se han hundido hasta el cuello. La institucionalizaci&oacute;n del proceso es la prueba de su fracaso radical. 
    </p><p class="article-text">
        El discurso de la calle cedi&oacute; ante la fascinaci&oacute;n por la toma del poder, ganar las elecciones y el persistente espejismo de cambiar la sociedad desde arriba. Se habla de c&iacute;rculos, de bases, pero siempre encuadrados en una estructura de poder que asciende hasta una c&uacute;spide decididora, un esquema que preserva el abismo entre quienes deciden y quienes obedecen. 
    </p><p class="article-text">
        El 15 M se ha saldado, pues, con una estruendosa derrota; se clama contra la corrupci&oacute;n sin comprender que la corrupci&oacute;n no es una excrecencia del sistema, sino el sistema mismo. Las reformas y las &ldquo;regeneraciones&rdquo; democr&aacute;ticas, por muy radicales que sean, asumen el postulado de la validez del sistema, puesto que s&oacute;lo se reforma aquello que se cree leg&iacute;timo. Reformar es una de las formas menos dignas de colaboracionismo. Sin duda, Podemos es tambi&eacute;n fuente, pero es la &ldquo;fuente de los enga&ntilde;os&rdquo; de Baltasar Graci&aacute;n, &ldquo;donde el que una vez bebe, despu&eacute;s todo lo traga y lo trueca&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El 15 M no abrev&oacute; de aquella fuente parisina que nos mostr&oacute; las trampas de las elecciones, las vanguardias, los l&iacute;deres, los pol&iacute;ticos, la <em>intelligentsia</em>. En este sentido, la gestaci&oacute;n de un nuevo partido pol&iacute;tico llamado a regenerar la vida pol&iacute;tica ha supuesto un gran paso atr&aacute;s que nos ha catapultado a una etapa anterior a mayo del 68. 
    </p><p class="article-text">
        Volviendo a Par&iacute;s, cuando el 30 de mayo De Gaulle disolvi&oacute; la Asamblea, la capital francesa fue tomada por la gente respetable; con el expoliador de arte camboyano Andr&eacute; Malraux y el futuro primer ministro, y condenado por corrupci&oacute;n, Chirac a la cabeza, una gigantesca turba de bienpensantes se manifest&oacute; bajo el lema: &ldquo;La &uacute;nica via aceptable, la de la democracia&rdquo;, una democracia representada en los <em>Champs Elis&eacute;es</em> por paracaidistas, ex combatientes, legionarios, patriotas e individuos de orden que cantaban la Marsellesa y aullaban: &ldquo;&iexcl;Cohn Bendit a Dachau!&rdquo;. Un mes m&aacute;s tarde, los <em>gaullistas</em> y los <em>giscardistas</em> copaban la mayor&iacute;a de los esca&ntilde;os en juego y ganaban por aplastamiento las legislativas. El &ldquo;divertido carnaval&rdquo; hab&iacute;a terminado. 
    </p><p class="article-text">
        El amargo final de la primavera parisina deber&iacute;a servirnos de aviso para esquivar las tentaciones que se presentan en esos raros y embriagadores momentos en los que la gente se junta para hacerse cargo de sus propios asuntos. Por un lado, es necesario comprender que fundar una autoridad desde la base no es lo mismo que consentir nuevos sacerdocios pol&iacute;ticos. La ra&iacute;z de toda acci&oacute;n pol&iacute;tica debe reposar sobre sobre el com&uacute;n, no sobre estructuras burocr&aacute;ticas de mando. 
    </p><p class="article-text">
        Por otro lado, Mayo del 68 nos invita a permanecer vigilantes en relaci&oacute;n a los lugares comunes del lenguaje pol&iacute;tico y sus zonas de penumbra. Bastar&aacute; con prestar atenci&oacute;n a los discursos oficiales para darse cuenta de la mistificaci&oacute;n que se oculta entre sus pliegues. Cuando regres&oacute; de Ruman&iacute;a el 19 de mayo, De Gaulle agit&oacute; el anzuelo de las reformas: &ldquo;Reforma s&iacute;, <em>chienlit</em>, no&rdquo; (motin medieval). Poco despu&eacute;s, recobrado el aliento, el general pas&oacute; al ataque: &ldquo;&iexcl;Pues no! La Rep&uacute;blica no abdicar&aacute;, el pueblo se recobrar&aacute;. El progreso, la independencia y la paz triunfar&aacute;n, junto a la libertad&hellip;&rdquo;. Al mismo tiempo, el PC reclamaba el retorno del suminstro de gasolina y suger&iacute;a formar gobierno con un programa &ldquo;de progreso social y de paz&rdquo;. La cantinela es siempre la misma, pero funciona a las mil maravillas. En una &eacute;poca tan escasa de cr&iacute;ticos esclarecidos la verdadera sabidur&iacute;a pol&iacute;tica consiste en descifrar lo que reformas, progreso, independencia, paz y libertad significan en boca del poder. 
    </p><p class="article-text">
        Es probable que los protagonistas de mayo del 68 no fuesen conscientes de que exist&iacute;a un movimiento hist&oacute;rico que los respaldaba. Lo supiesen o no, abrevaron de la misma fuente que muchos otros hombres y mujeres que en el pasado intentaron imprimir una nueva orientaci&oacute;n a sus vidas sin encomendarse a ning&uacute;na autoridad que no emanase del propio movimiento. Les bast&oacute; su intuici&oacute;n para desconfiar del orden jer&aacute;rquico y la centralizaci&oacute;n. Identificaron las tretas de la sociedad industrial y cuestionaron sus recompensas, desafiaron al poder y mantuvieron el reto de la auto organizaci&oacute;n. &iquest;Permaneceremos indiferentes ante ese momento en el que, parafraseando a Kierkegaard, los hombres fueron capaces de mirar por encima de s&iacute; mismos y de la situaci&oacute;n? &iquest;Nos desharemos de su legado como nos hemos desembarazado de la memoria de todos los momentos de ruptura que jalonan la historia de la emancipaci&oacute;n humana?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Michel Suárez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/fuente-parisina_132_1974609.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Aug 2018 15:27:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La fuente parisina]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Francia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una civilización en harapos. Del vestirse como una de las bellas artes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/civilizacion-harapos-vestirse-bellas-artes_132_2057523.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c5b78bfc-ed5e-473a-a724-62d9ff9ecf93_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Aurelio Campal cosiendo en la sastrería Hermanos Campal (Nava-Asturias). | Alex Zapico"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Sobre la importancia de valorar el vestirse como una de las bellas artes, considerando además de su parte estética su claro componente ético.</p></div><p class="article-text">
        Empe&ntilde;ada en reducir toda su creatividad al af&aacute;n de medir y de contar, nuestra civilizaci&oacute;n permanece ciega ante un hecho &eacute;tico y est&eacute;tico fundamental como es el de vestirse. Para muchas personas, el d&iacute;a no comienza como oportunidad para el ejercicio de los sentidos, como ocasi&oacute;n para el despliegue de una saludable vanidad que les arrime un poco de optimismo para afrontar las rutinas cotidianas. Por el contrario, como escribe Allison Laurie, &laquo;la tarea diaria de elegir la ropa que se van a poner es tediosa, opresiva o incluso espantosa&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Esta desgana generalizada se ha convertido en uno de los signos definitorios de nuestro tiempo. Pocos est&aacute;n por la labor del m&iacute;nimo esfuerzo que no prometa una recompensa pr&aacute;ctica inmediata. Incluso parece haber un cierto regocijo en el rechazo a la reflexi&oacute;n simb&oacute;lica de las ropas que usamos. Lo lamentable no es la ausencia de coherencia o de unidad, de armon&iacute;a o de sensibilidad, sino la deliberada delectaci&oacute;n de vivir en un &laquo;vac&iacute;o est&eacute;tico&raquo;, no tener la sensaci&oacute;n de estar perdi&eacute;ndonos una vida m&aacute;s elevada (Scruton).
    </p><p class="article-text">
        Como en tantos &oacute;rdenes de la vida social, en la vestimenta masculina se ha impuesto un esp&iacute;ritu de masa que ha lastrado el libre vuelo de la personalidad. Ahora, basta con ser famoso y m&aacute;s moderno que nadie para atraer legiones de admiradores que aceptan sin grandes cuestionamientos la reproducci&oacute;n de cualquier monstruosidad. Imitando los aullidos visuales que han tomado prestados de los &iacute;dolos del espect&aacute;culo, los j&oacute;venes, y los no tan j&oacute;venes, han renunciado a un cultivo de s&iacute; que no cede f&aacute;cilmente a las sensaciones del &uacute;ltimo grito ni a las consignas sin ton ni son lanzadas por el &uacute;ltimo <em>influencer</em>. Nada de autoconocimiento y estudio de las particularidades de nuestra geograf&iacute;a y nuestro car&aacute;cter; lo que impera es el <em>de siervo albedrio</em> luterano a los mandamientos de los dioses de una moda fungible y antojadiza. &iquest;Para qu&eacute; admirar a los hombres elegantes y de gusto apurado del pasado que permanecen como ejemplos al margen del tiempo y las modas? &iquest;Para qu&eacute; dominar los c&oacute;digos cl&aacute;sicos, los cortes, los tejidos, las teor&iacute;as sobre los colores, las reglas de la composici&oacute;n, ahora que por fin nos hemos liberado de todas esos engorros y las combinaciones imposibles multiplican los seguidores en las redes sociales?
    </p><p class="article-text">
        Veblen afirm&oacute; que cuanto m&aacute;s r&aacute;pido se suced&iacute;an los estilos, m&aacute;s ofensivos eran para un gusto consolidado; as&iacute;, redoblando el n&uacute;mero de temporadas y acelerando la rotaci&oacute;n de las tendencias, la industria de la moda se llena los bolsillos encarniz&aacute;ndose con <em>fashion victims</em> que se dan con un canto en los dientes por poder adquirir a precios escandalosos prendas que un buen conocedor no se pondr&iacute;a ni en carnaval.
    </p><p class="article-text">
        Ning&uacute;n atropello a los sentidos constituye un ya esc&aacute;ndalo, ninguna negligencia voluntaria  perturba el alma en pleno clasicismo del harapo. El resultado de esta alianza de la torpeza con la pereza y el seguidismo no puede sorprender a nadie; <em>el esprit de finesse</em>, el sentido pascaliano de la sutileza, ha sido devorado por la <em>aegritudo</em>, la tristeza de los antiguos griegos. Pero, parafraseando a Rousseau, &iquest;podr&iacute;a un panorama tan cruel &ldquo;dejar de influir en el humor y en el temperamento?&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Hay que reconocer que en una &eacute;poca de &laquo;fans&raquo; y seguidores, la imitaci&oacute;n, esa &laquo;hija que el pensamiento tiene con la estupidez&raquo; (Simmel), posee algunos atractivos. El m&aacute;s evidente es el de proporcionar al individuo &laquo;la seguridad de no hallarse s&oacute;lo en sus actos&raquo;, una garant&iacute;a de que, pase lo que pase, siempre habr&aacute; un hueco para &eacute;l en el redil. Cuando imitamos, observa Simmel, &laquo;no s&oacute;lo transferimos de nosotros a los dem&aacute;s la exigencia de ser originales, sino tambi&eacute;n la responsabilidad por nuestra acci&oacute;n. De esta suerte se libra al individuo del tormento de decidir y queda convertido en un producto de grupo&raquo;. 
    </p><p class="article-text">
        De acuerdo, pero convertirse en &laquo;producto de grupo&raquo; implica el abandono de toda esperanza de <em>Aristeia</em> como b&uacute;squeda de la excelencia individual, la renuncia a forjarse un nombre digo de ser recordado. Significa tambi&eacute;n ser un hombre a merced de criterios que otros deciden por &eacute;l. El espect&aacute;culo de individuos permanentemente sujetos al reciclaje impuesto por las modas es, sin duda, reprobable, aunque es justo reconocer que no todos est&aacute;n dispuestos a descolgarse del mundo, el precio a pagar por disfrutar del m&aacute;s codiciado de los patrimonios: una personalidad s&oacute;lida y una sensibilidad informada.
    </p><p class="article-text">
        Todo esto nos conduce directamente al terreno del gusto, apasionante e inagotable discusi&oacute;n filos&oacute;fica en la que no entrar&eacute;. Citar&eacute;, no obstante, las palabras del siempre sobrio T. S. Elliot, que intent&oacute;, a su modo, arrojar luz sobre el asunto subrayando la estrecha relaci&oacute;n entre el gusto y la calidad: &laquo;La noci&oacute;n de calidad fue oscurecida por la idea de que &ldquo;todo es cuesti&oacute;n de gusto&rdquo; y que el gusto sin formar del individuo se encuentra s&oacute;lo moderado por el temor de ser excesivamente exc&eacute;ntrico o excesivamente vulgar&raquo;.  &iquest;Pero qu&eacute; asidero nos resta cuando casi todo resulta &laquo;excesivamente exc&eacute;ntrico&raquo; o &laquo;excesivamente vulgar&raquo;? &iquest;C&oacute;mo hacer ver a una civilizaci&oacute;n que ha renunciado a la dimensi&oacute;n pedag&oacute;gica de las bellas artes la superioridad de un vestuario que combina lo bello con lo &uacute;til?
    </p><p class="article-text">
        Tal vez piensen que todo esto no son m&aacute;s que letan&iacute;as de estetas desocupados y est&eacute;riles censuradores. Pero el asunto reviste m&aacute;s gravedad de lo que parece a simple vista; por ejemplo, cabr&iacute;a preguntarse si esa carencia de gusto para vestirnos no nos incapacita para la formulaci&oacute;n de juicios est&eacute;ticos en otros dominios. Conozco profesores de est&eacute;tica y profesionales del arte que se presentan en p&uacute;blico como si hubiesen acabado de salir de la cama. Ahora bien, &laquo;tome un hombre reci&eacute;n salido de la cama&raquo;, observ&oacute; Louis Huart en 1841, &laquo;encontrar&aacute; a un individuo sin el menor valor real&raquo;; pero &laquo;dejadlo enfundarse sus ropas, y a medida en que entra en sus pantalones sentir&aacute; renacer su dignidad; al llegar al chaleco, comenzar&aacute; a levantar la cabeza&raquo;.  Ciertamente, en nuestros d&iacute;as la apreciaci&oacute;n de Huart ha perdido toda pertinencia; si el traje de tres piezas constituye una raridad, los tel&eacute;fonos m&oacute;viles nos conminan m&aacute;s a curvar la cerviz para poder hundir la cara en la pantalla que a levantar la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        Por el contrario, tambi&eacute;n he visto a individuos que se toman su tiempo para vestirse y cuidar de los detalles caer en la trampa de la superioridad moral. Son los mismos que doblan las mangas de sus chaquetas, un mensaje en clave destinado a informar a ojos educados de la procedencia artesanal de un traje cuyos ojales practicables permiten este tipo de pavoneo narcisista. &laquo;&iexcl;Cu&aacute;ntas cosas en el corte de un traje!&raquo;, exclamaba Huart.
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        Y es cierto; el traje es siempre un reflejo fiel del esp&iacute;ritu del tiempo. &iquest;Podemos imaginarnos a Ticiano sugiriendo al joven arist&oacute;crata de <em>El hombre del Guante posar en camiseta</em>? &iquest;Acaso el atuendo del <em>Retrato de Juliano de M&eacute;dici</em> de Botticelli no nos proporciona un valios&iacute;simo testimonio sobre la suntuosidad de los banqueros florentinos del siglo XV? Y qu&eacute; decir de las ropas del espl&eacute;ndido cuadro de Rafael, <em>Retrato de Baltasar de Castiglione</em>, autor, por cierto, de <em>El Cortesano</em>, una gu&iacute;a de estilo para el caballero renacentista en la que defin&iacute;a la <em>sprezzatura</em>, esa fusi&oacute;n de impasibilidad, gracia y desenvoltura en el vestir que los actuales caballeros italianos han llevado hasta las fronteras de lo burlesco.
    </p><p class="article-text">
        Todos ellos eran hombres p&uacute;blicos, y, en consecuencia, conoc&iacute;an con exactitud el arte de la presentaci&oacute;n, un arte del que tambi&eacute;n nos hemos desembarazado sin mayores remordimientos. Y cuando hablo de presentaci&oacute;n no me refiero &uacute;nicamente a las ropas, sino tambi&eacute;n a las peque&ntilde;as cosas de la vida cotidiana, desde la vajilla dispuesta para una cena familiar, hasta el papel en el que envolvemos el regalo de cumplea&ntilde;os de un ser querido o el arreglo de las plantas en un peque&ntilde;o jard&iacute;n. Me refiero igualmente a esos objetos que nos vinculan con un universo material &iacute;ntimo que en los momentos m&aacute;s cr&iacute;ticos nos proporcionan una acogedora sensaci&oacute;n de continuidad y estabilidad. En un libro maravilloso, Cecil Beaton rememor&oacute; los &uacute;ltimos momentos de la mundana Rita Lydig:
    </p><p class="article-text">
        <em>&iquest;Qu&eacute; haces? Le pregunt&oacute; Mrs. con su voz velada ya por la agon&iacute;a.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>-Te estoy abanicando, le contest&oacute; su hermana.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>- &iquest;Es un abanico espa&ntilde;ol? Pregunt&oacute; ella.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Y estas fueron sus &uacute;ltimas palabras. 4</em>
    </p><p class="article-text">
        Naturalmente, la se&ntilde;ora Lydig fue considerada la &laquo;mujer m&aacute;s pintoresca de Am&eacute;rica&raquo;. Sin embargo, no tenemos motivos para burlarnos de su actitud o tacharla de extravagante y absurda. La atenci&oacute;n que la tradici&oacute;n cl&aacute;sica le ha prestado a la presentaci&oacute;n p&uacute;blica demuestra que no se trata de un asunto menor. Is&oacute;crates exhortaba a Dem&oacute;nico a ser pulcro en el vestir, mientras que para Plinio el Joven el desempe&ntilde;o de los deberes p&uacute;blicos impon&iacute;a &laquo;una cierta necesidad de brillo personal&raquo; que requer&iacute;a de la ropa adecuada.  Erasmo aconsejaba no descuidar el atuendo para favorecer la relaci&oacute;n social, y Schiller afirm&oacute; que &laquo;el inter&eacute;s por la apariencia de las cosas es un signo de libertad interior, porque evidencia una fuerza que es capaz de ponerse en movimiento por s&iacute; misma&raquo; . 
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad, son pocos los que han retomado ese hilo de la tradici&oacute;n de los maestros cl&aacute;sicos. Uno de ellos, el escritor Gay Talese, remiti&eacute;ndose a los chefs contempor&aacute;neos, ha elogiado su inter&eacute;s por la apariencia y el dise&ntilde;o de la comida, por la manera &laquo;arquitect&oacute;nicamente interesante como se puede presentar la comida sobre el plato&raquo;. El arte de la presentaci&oacute;n, prosigue Talese, &laquo;tiene todo que ver con jugar con la comida, con divertirse con ella, darle nuevas formas, imagin&aacute;rsela de nuevo, metamorfosearla, hacer torres con ella como si fuese un mont&oacute;n de fichas de armar&raquo;. 
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        Curiosamente, el festival de imaginaci&oacute;n, diversi&oacute;n y fantas&iacute;a que celebramos en los chefs nos lo negamos a nosotros mismos en un dominio mucho m&aacute;s fecundo para la experimentaci&oacute;n personal como es el de la indumentaria. Atiborramos a nuestros ni&ntilde;os con clases de rob&oacute;tica y les ense&ntilde;amos majader&iacute;as como confeccionar un <em>curriculum</em>, pero les privamos del aprendizaje de estas disciplinas del alma que, adem&aacute;s, constituyen los pilares de la convivencia. Y por si fuera poco, las figuras p&uacute;blicas que deber&iacute;an servir de gu&iacute;a y orientaci&oacute;n se han convertido en modelos a evitar a toda costa. No perder&eacute; el tiempo refiri&eacute;ndome a pol&iacute;ticos, actores, deportistas o intelectuales. Pensemos por un momento en un icono cinematogr&aacute;fico como James Bond. Comparar a Roger Moore con Daniel Craig es un ejercicio altamente revelador; a pesar de algunas concesiones a la moda, especialmente los setenteros pantalones de campana, Moore permanece como un hombre fiel a un atemporal estilo cl&aacute;sico. Por su parte, el se&ntilde;or Craig ha confirmado el gusto del siglo enfund&aacute;ndose trajes a presi&oacute;n que realzan un modelo de masculinidad generosamente musculado que exuda testosterona y vulgaridad. Y no se trata simplemente de una mudanza est&eacute;tica, tambi&eacute;n es &eacute;tica: si la ropa no viste el cuerpo, sino el esp&iacute;ritu, como pensaba James Laver, no es de extra&ntilde;ar que Bond haya abandonado el papel de refinado seductor encarnado por Moore para convertirse en un atleta sin escr&uacute;pulos embutido en una malla; en &laquo;un asesino&raquo;, como apunt&oacute; el propio Roger Moore.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, parece que hemos perdido de vista nuestra condici&oacute;n de <em>Homo symbolicus</em>, y con ella las dos grandes premisas, rec&iacute;procas e indisociables, del arte de vestirse. La primera nos advierte de que nos vestimos siempre para otros, para los dem&aacute;s, ya que no ofender la sensibilidad ajena constituye la base del <em>decorum</em>. En su <em>De Officiis</em>, Cicer&oacute;n advirti&oacute; de que &laquo;no hay que pensar solamente en s&iacute;, sino tambi&eacute;n en los otros&raquo;. Por eso, cuando nos encontramos con los dem&aacute;s en espacios p&uacute;blicos es preciso huir de &laquo;todo cuanto repugne a los ojos y a los o&iacute;dos. El estar de pie, el andar, el sentarse, el recostarse en la mesa; el rostro, los ojos, el movimiento de las manos deben manifestar siempre su decoro&raquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Decencia m&iacute;nima y testimonio de consideraci&oacute;n por nuestros vecinos, el acto de vestirse con decoro supone adem&aacute;s el cultivo de las virtudes c&iacute;vicas que armonizan las relaciones en la polis. De modo que desatender la indumentaria constituye una falta grave contra la vida en com&uacute;n y contra el derecho ajeno a no verse expuesto a la groser&iacute;a y la impertinencia.
    </p><p class="article-text">
        La segunda premisa es m&aacute;s evidente; se trata de vestirse para s&iacute;, pero no en el habitual sentido narcisista, sino como b&uacute;squeda de la belleza y forja de la singularidad. Para la consecuci&oacute;n de estos dos prop&oacute;sitos la &laquo;trastienda&raquo; de Montaigne, ese espacio interior donde es posible la reflexi&oacute;n sobre nosotros mismos, nos ser&aacute; de gran ayuda. Y es que solamente a partir del esfuerzo sincero por entendernos seremos capaces de expresar a trav&eacute;s de las ropas, con naturalidad y firmeza, nuestro car&aacute;cter y estado de &aacute;nimo.
    </p><p class="article-text">
        En este proceso, la experiencia entendida como actividad introspectiva a la par que l&uacute;dica tiene un papel decisivo. Saber si unos zapatos viscerales o una combinaci&oacute;n arriesgada  traduce nuestra identidad demanda ensayo y error, repetici&oacute;n y atrevimiento. S&oacute;lo de esta forma mantendremos a flote nuestra personalidad, sin necesidad de torpedearla adoptando los estilos que imponen la publicidad, la moda y las celebridades del momento.
    </p><p class="article-text">
        Lamentablemente, del mismo modo que no hemos sido educados en la tradici&oacute;n de lo bello, tampoco hemos sido capaces de que la pedagog&iacute;a del juego se alce sobre las presiones del rigor productivista y la conquista del beneficio a cualquier precio. Si la b&uacute;squeda de la belleza es el fin, el juego deber&iacute;a ser el medio. En su <em>Homo ludens Huizinga</em> demostr&oacute; que el hombre no puede prescindir del esp&iacute;ritu festivo porque relativiza el absurdo de vivir y nos protege de la tristeza y el aburrimiento. Y el enorme Schiller apunt&oacute; que &laquo;despreciar la apariencia est&eacute;tica significa despreciar todas las bellas artes cuya esencia es la apariencia&raquo;, ya que &laquo;s&oacute;lo ella es juego&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Seremos capaces de recuperar este sentido profundo del juego que en el arte de vestirse fusionaba el respeto por los otros con el deseo de singularidad y exuberancia? A juzgar por nuestras calles, la realidad se presenta poco halag&uuml;e&ntilde;a. &laquo;En la vida real, los harapos no se pueden &lsquo;atravesar&rsquo; con la mirada buscando algo bonito debajo porque en s&iacute; mismos ya expresan y tambi&eacute;n crean un estado harapiento de alma&raquo;, confiesa Ann Hollander. No hace demasiado tiempo las ropas delataban al hombre industrioso, al aventurero, al recatado, al arrogante; dejaban entrever si se dirig&iacute;a al trabajo, a una ceremonia o a disfrutar de una tarde al aire libre. Hoy, la ropa permanece muda; el gobierno del harapo, universal y incontestable, revela nuestra incapacidad expresiva, nuestra soberana indiferencia. Nos infantiliza y nos invita a &laquo;renunciar a nuestro derecho de libertad de expresi&oacute;n en el lenguaje del vestido&raquo;. Sintom&aacute;ticamente, son raros los que consideran el arte de vestirse una cuesti&oacute;n de libertad de expresi&oacute;n, es decir, de derechos c&iacute;vicos. Esta es una autocensura que nos podr&iacute;amos ahorrar f&aacute;cilmente: bastar&iacute;a un peque&ntilde;o esfuerzo por conocernos mejor y aplicarnos con esmero a esa l&uacute;dica y ancestral actividad de adornar el cuerpo.
    </p><p class="article-text">
        Mucho me temo que esta es la &uacute;nica salida que nos resta ante un panorama tan deprimente; en realidad, este peque&ntilde;o esfuerzo por desprendernos de nuestras inercias y timideces constituye un gesto verdaderamente heroico. Y es que, como sab&iacute;a Oscar Wilde, no reconciliarse con el mundo y alegrarnos por romper con la mansedumbre de la civilizaci&oacute;n del harapo exige el m&aacute;s alto de los hero&iacute;smos: la voluntad de ser nosotros mismos.
    </p><p class="article-text">
         SIMMEL, George, Filosof&iacute;a de la moda, Revista de Occidente, Moda. El poder de las apariencias, N. 366, Fundaci&oacute;n Ortega y Gasset, Madrid, 2011, p. 70.
    </p><p class="article-text">
         ELLIOT, T. S., Criticar al cr&iacute;tico, Madrid, Alianza, 1978, p. 201.
    </p><p class="article-text">
         HUART, Louis, Psysiologie du tailleur, Vignettes par Gavarni, Paris, Aubert et Compagnie, La Vigne, 1841, p. 10.
    </p><p class="article-text">
         BEATON, Cecil, El espejo de la moda, Parsifal, Barcelona, 1990, p. 141.
    </p><p class="article-text">
         PLINIO EL J&Oacute;VEN, Cartas, VI, 32.
    </p><p class="article-text">
         SCHILLER, Friedrich, Cartas sobre la educaci&oacute;n est&eacute;tica de la humanidad, carta XXVI.
    </p><p class="article-text">
         TALESE, Gay, Vida de un escritor, Madrid, Alfaguara, 2012, p.108.
    </p><p class="article-text">
         CICER&Oacute;N, Sobre los Deberes, I, 39-139 - I, 35-128.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Michel Suárez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/civilizacion-harapos-vestirse-bellas-artes_132_2057523.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Jun 2018 18:00:00 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una civilización en harapos. Del vestirse como una de las bellas artes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Revista Amberes]]></media:keywords>
    </item>
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