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    <title><![CDATA[elDiario.es - Luis Avín Fernández]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/luis_avin_fernandez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Luis Avín Fernández]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Fania: diez apuntes febriles y un retrato a navaja]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/fania-apuntes-febriles-retrato-navaja_132_2009024.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6021bec8-8343-42aa-906f-0e65458a23a0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Fania."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A propósito de Fania Records, la discográfica neoyorquina que vio nacer la salsa y reunió a algunos de los talentos más notables de la música latina del pasado siglo.</p></div><p class="article-text">
        <strong>&nbsp;I. LEYENDAS QUE NACEN A CA&Ntilde;ONAZOS&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        En 1964, Nueva York se hab&iacute;a convertido a todos los efectos en aquella &ldquo;Tierra De Las Mil Danzas&rdquo; que Chris Kenner describ&iacute;a con dulce elocuencia en su canci&oacute;n. Santos o -con mayor frecuencia- pecadores, una abigarrada colecci&oacute;n de m&uacute;sicos e intermediarios diletantes en busca de dinero, fama y estatus, con lanzamientos discogr&aacute;ficos cada vez m&aacute;s promiscuos en la mezcla de los heterog&eacute;neos sonidos que nutr&iacute;an a la Big Apple por aquel entonces. Tambi&eacute;n en Spanish Harlem, ese lugar cuasi-mitol&oacute;gico que hemos dado en llamar El Barrio, los emigrantes caribe&ntilde;os de primera generaci&oacute;n entraban en&nbsp;&nbsp;competici&oacute;n con una explosiva combinaci&oacute;n entre sus ricas ra&iacute;ces en el folklore afro-latino, puesto al d&iacute;a con sensibilidad modernista que a nada hac&iacute;a ascos, y la sencilla hibridaci&oacute;n con los ritmos imperantes en el gueto &ldquo;de enfrente&rdquo;, el R&amp;B urbano de post-guerra y su mir&iacute;ada de subg&eacute;neros, incluidos los temas&nbsp;<em>crossover</em>&nbsp;con un baile espec&iacute;fico asociado; una aportaci&oacute;n decisiva para que la exuberante propuesta nuyoricana se hiciera visible y creciera como estaba a punto de hacer.
    </p><p class="article-text">
        En medio de toda esa actividad, Johnny Pacheco, un flautista dominicano con problemas para cobrar los royalties de sus exitosas sesiones charangueras para Al Santiago en Alegre Records, recurri&oacute; para gestionar un divorcio peliagudo al joven abogado&nbsp;&nbsp;que hab&iacute;a conocido en La Habana unos a&ntilde;os antes: Jerry Masucci, un enamorado de la m&uacute;sica cubana deseoso de entrar en el negocio musical,&nbsp;&nbsp;logr&oacute; solventar la situaci&oacute;n marital satisfactoriamente a favor de Pacheco, y juntos empezaron a dise&ntilde;ar la que habr&iacute;a de convertirse en la etiqueta de referencia en su campo durante unos cuantos lustros, concebida originalmente como un hogar seguro para los j&oacute;venes leones de la escena latina, hartos ya de los manejos de los sellos consolidados y el racismo, insidioso y cotidiano, que padec&iacute;an en su condici&oacute;n de reci&eacute;n llegados a una industria con acentuada inclinaci&oacute;n a explotar su comparativa debilidad frente al mainstream. Con esas ideas en mente, Masucci y Pacheco se fueron rodeando de un n&uacute;cleo de c&oacute;mplices musicales en su misma onda, artistas de un talento especial y una m&aacute;s que notable ambici&oacute;n: as&iacute;, Bobby Valentin, bajista virtuoso e imaginativo arreglista, y el brillante pianista de origen jud&iacute;o Larry Harlow, estaban ya a bordo del proyecto para cuando los fundadores consiguieron reunir los 2.500 dolares que financiar&iacute;an la grabaci&oacute;n del primer larga duraci&oacute;n del nuevo sello. Aquel El Ca&ntilde;onazo,&nbsp;disco firmado por Johnny Pacheco, inclu&iacute;a un tema titulado &ldquo;Fania Funch&eacute;&rdquo; que iba a dar nombre definitivo (&ldquo;nos pareci&oacute; que sonaba bien en espa&ntilde;ol y en ingl&eacute;s&rdquo;, recordaba Pacheco) a una aventura que arrancaba llena de incertidumbres, aunque alimentada por una f&oacute;rmula que finalmente se demostrar&iacute;a ganadora.
    </p><p class="article-text">
        <strong>II. MANOS DURAS</strong>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El Watusi&rdquo;&hellip; &ldquo;Se&ntilde;or 007&rdquo;&hellip;&nbsp;&nbsp;la charanga trepidante en que convirti&oacute; &ldquo;Wipe Out&rdquo;&hellip;&nbsp;&ldquo;A Deeper Shade Of Soul&rdquo;&hellip; &ldquo;Acid&rdquo;&hellip; &ldquo;Can You Dig It?&rdquo;&hellip;&nbsp;el himno oficioso del bugal&uacute; que es y ser&aacute; &ldquo;The Soul Drummers&rdquo;&hellip; &ldquo;Hard Hands&rdquo;&hellip; &ldquo;New York Soul&rdquo;&hellip; &ldquo;Cocinando&rdquo;&hellip; &ldquo;N&uacute;mero Uno&rdquo;&hellip;&nbsp;&nbsp;la monstruosa adaptaci&oacute;n de &ldquo;Pastime Paradise&rdquo;&hellip;&nbsp;&nbsp;Cuando la carrera de un m&uacute;sico est&aacute; repleta de momentos de ese calibre, tan importantes en la vida de tant&iacute;simos fans e igual de inspiradores y relevantes que cuando fueron editados por primera vez, hablar de grandeza es pr&aacute;cticamente obligatorio. Y es que la obra y vida de Ray Barretto, excepcional conguero y gigante sin enemigos conocidos de la m&uacute;sica latina, funciona como una gu&iacute;a virtual sobre la evoluci&oacute;n de esta desde 1945 hasta nuestros d&iacute;as; su presencia es la del protagonista pr&aacute;cticamente ubicuo que vivi&oacute; en primera persona las transformaciones y el asentamiento gradual, marcado por picos de &eacute;xito y reconocimiento globales, de una escena de la que &eacute;l fue alma y motor hasta su muy llorada desaparici&oacute;n en 2006, a&uacute;n sumamente activo en el estudio y los escenarios.
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        En la d&eacute;cada (1967-1976) que pas&oacute; en n&oacute;mina de Fania, el papel del&nbsp;<em>soul drummer</em>&nbsp;nunca fue menos que esencial, bien como punta de lanza del bugal&uacute; y el <em>latin soul</em> en su momento de mayor efervescencia comercial (y tambi&eacute;n socio-cultural), bien como elemento cohesionador entre los egos hipervitaminizados que poblaban ese invento maravilloso -pero inestable como la mism&iacute;sima nitroglicerina- que fue Fania All-Stars. Recordar su imagen comandando las brutales descargas de aquel&nbsp;<em>dream team</em>&nbsp;con aplomo supremo, mientras sabes que alguien, en un <em>allnighter</em> brit&aacute;nico o una <em>latin jazz session</em> en Tokyo, L.A., Berlin o Melbourne, est&aacute; pinchando entusiasmado uno de sus cl&aacute;sicos, constituye el homenaje m&iacute;nimo que se le debe a una figura as&iacute; de torrencial e ic&oacute;nica. El latido detr&aacute;s de toda esta historia, nada menos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>III. &ldquo;ESTO ES EL GUAGUANCO&rdquo;: CHEO Y TITE&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Una historia de redenci&oacute;n y triunfo del talento puro: Cheo Feliciano, ca&iacute;do en desgracia por su prolongada dependencia de la hero&iacute;na, volv&iacute;a, oficialmente rehabilitado, al estudio de grabaci&oacute;n en 1971. Asignado por Fania al reci&eacute;n adquirido sello Vaya, otro de los antiguos rivales que sucumb&iacute;a a la expansi&oacute;n del imperio de los de Masucci,&nbsp;el que fuera admirado cantante del Joe Cuba Sextet entre 1957 y 1967, despedido despu&eacute;s de la orquesta de Eddie Palmieri por sus abusos narc&oacute;ticos, regresaba con la urgencia de reivindicarse y despegar en su carrera como solista. Rara avis entre los soneros puertorrique&ntilde;os, su rango de bar&iacute;tono, profundo y expresivo, le hab&iacute;a convertido en un vocalista sumamente vers&aacute;til, que enamoraba en su faceta ocasional de bolerista (Hector Lavoe y Rub&eacute;n Blades, entre muchos otros aspirantes m&aacute;s j&oacute;venes, le profesaban genuina admiraci&oacute;n, y nunca negaron la gran influencia que el int&eacute;rprete de &ldquo;El Rat&oacute;n&rdquo; hab&iacute;a ejercido sobre ellos), pero las dudas sobre su puesta a punto art&iacute;stica eran harto profundas.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, la (bendita) decisi&oacute;n de contar con el gran Catalino &ldquo;Tete&rdquo; Curet Alonso como productor y compositor principal para la sesi&oacute;n, iba a dar unos frutos extraordinarios: &ldquo;Cheo&rdquo; es uno de los discos imprescindibles de la saga Fania, un gran cl&aacute;sico cargado de temas escritos y arreglados para el lucimiento de un Feliciano excepcional, c&oacute;modo en todos los formatos, y que brilla como el int&eacute;rprete definitivo de un cancionero &uacute;nico en la historia de la m&uacute;sica afrocaribe&ntilde;a. Desde las primeras notas de &ldquo;Anacaona&rdquo;, pasando por joyas tales como &ldquo;Mi Triste Problema&rdquo;, &ldquo;Esto Es El Guaguanc&oacute;&rdquo; o &ldquo;Medianoche Y Sol&rdquo;, una verdadera cumbre para todos los involucrados en su gestaci&oacute;n. La acogida entusiasta de cr&iacute;tica y p&uacute;blico, en un peliagudo momento de transici&oacute;n para la salsa, marc&oacute; la ascensi&oacute;n inmediata al superestrellato de Cheo (otorg&aacute;ndole en el proceso una merecid&iacute;sima segunda carrera como cantante de boleros, su gran pasi&oacute;n) y coloc&oacute; para siempre a su paisano Tite en el Olimpo de los grandes compositores. Fania hab&iacute;a obtenido la recompensa por asumir unos riesgos que, casi 5 d&eacute;cadas despu&eacute;s, apenas cuentan ante el resultado final que escuchamos, embelesados y gozando con la magia de una receta persuasiva, amorosa, exquisita.
    </p><p class="article-text">
        <strong>IV. REINA DE AZ&Uacute;CAR</strong>
    </p><p class="article-text">
        Con todo lo acontecido posteriormente, y la perspectiva que tenemos en la actualidad sobre las consolidadas jerarqu&iacute;as salseras, resulta casi imposible creerse que la carrera de Celia Cruz estuviera languideciendo claramente al inicio de los a&ntilde;os setenta, pero el estancamiento profesional de la temperamental guarachera era vox populi: su etapa en Tico Records junto a Tito Puente (que la abandon&oacute; por su antigua rival La Lupe, otra cubana exiliada en busca de asentamiento art&iacute;stico definitivo en los USA) quedaba ya muy lejos, y cuando Masucci hered&oacute; su contrato discogr&aacute;fico al adquirir el sello Vaya, la otrora estrella con la Sonora Matancera parec&iacute;a destinada a vivir de las rentas, arrinconada por la explosi&oacute;n salsera que la hac&iacute;a lucir anticuada y fuera de sitio.
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        Ahora bien, los sabios engranajes creativos de Fania se pusieron a funcionar con dedicaci&oacute;n intensiva, y tras el &eacute;xito del concierto (se habl&oacute; de &ldquo;m&uacute;sica afrocubana&rdquo;, ninguna menci&oacute;n a&uacute;n a la salsa) en el Carnegie Hall junto a Larry Harlow, en 1973 lleg&oacute; su estreno como parte de Fania All-Stars en un memorable encuentro en el Yankee Stadium de N.Y., que la iba a colocar en la primera fila del movimiento, una presencia carism&aacute;tica que hab&iacute;a experimentado la puesta al d&iacute;a que necesitaba. En 1974, la jugada se complet&oacute; con el &aacute;lbum producido por Johnny Pacheco, una puesta de largo de esta nueva versi&oacute;n de la diva que marcar&iacute;a el resto de su trayectoria, aup&aacute;ndola a la categor&iacute;a de embajadora global de la salsa, tan reconocible como incontestable. Y es que todos podemos recordar, con un escalofr&iacute;o de placer, la primera vez que escuchamos la introducci&oacute;n de una pieza tan monumental como &ldquo;Quimbara&rdquo;, ese himno maximalista que encapsula todo lo que Pacheco y Fania pusieron al servicio de Celia, una simbiosis perfecta que consigui&oacute; encumbrarla sin posible oposici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        <strong>V.&nbsp;EL MALO Y LA VOZ&nbsp;</strong>
    </p><p class="article-text">
        Destinados a la gloria, condenados a entenderse: el trombonista cuyos arreglos fueron decisivos en el periodo formativo del sonido que hoy asociamos a la versi&oacute;n m&aacute;s triunfal de Fania, y el&nbsp;todopoderoso cantante de cantantes, inagotable versador y personalidad magn&eacute;tica que saltaba, sin aparente soluci&oacute;n de continuidad, del drama amoroso a la celebraci&oacute;n de su superego, del avezado comentario social al chiste escatol&oacute;gico de dudoso gusto. El curtido nuyoricano del Bronx y un jibarito so&ntilde;ador de Ponce, Puerto Rico. Willie y Hector, en sus siete a&ntilde;os de trabajo juntos (1967-1973) definieron lo que era capaz de dar de s&iacute; la nueva banda sonora de las comunidades caribe&ntilde;as trasplantadas a una Am&eacute;rica &aacute;spera, empe&ntilde;ada en fetichizar la violencia y encontrar glamour en la desesperaci&oacute;n de sus ciudadanos menos favorecidos. Todo est&aacute; en los discos que Col&oacute;n y Lavoe facturaron en una racha de creatividad imparable, una mezcla (aparentemente espont&aacute;nea) de tradici&oacute;n y hambre por lo nuevo que nos dej&oacute; una larga ristra de canciones apabullantes, asombrosas. Los logros posteriores de ambos artistas, reivindicados justamente por sucesivas generaciones de fans, no llegan a ocultar lo especial de aquella relaci&oacute;n y la qu&iacute;mica musical que desat&oacute;: el Hector de 21 a&ntilde;os que canta las haza&ntilde;as de &ldquo;The Hustler (El Malo)&rdquo; &ndash;arquetipo de todos los&nbsp;<em>gangsters of love</em>&nbsp;que poblar&iacute;an el repertorio subsiguiente del boricua- ya tiene todos sus recursos expresivos a pleno rendimiento. Y el envoltorio, crudo, pero sumamente astuto, con el que Col&oacute;n empuja al material a golpearte, apabulla por la clarividencia musical que lo nutre. Masucci y Pacheco hab&iacute;an encontrado oro de muchos quilates con esta dupla singular.
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        <strong>VI. &ldquo;ALI BUMAY&Eacute;&rdquo;: FANIA EN AFRICA</strong>
    </p><p class="article-text">
        Por fortuna, las im&aacute;genes (en glorioso tecnicolor, cortes&iacute;a del documentalista Albert Maysles) est&aacute;n ah&iacute; para repasarse a placer y, llegado el caso, aplacar a los incr&eacute;dulos. AQUELLO OCURRI&Oacute;&hellip;
    </p><p class="article-text">
        1974. Anunciado que el combate (conocido popularmente como &ldquo;The Rumble In The Jungle&rdquo;) por el t&iacute;tulo mundial entre George Foreman y Muhammad Ali se celebrar&aacute; en Kinshasa, la capital de Zaire, el productor&nbsp;Stewart Levine y su socio Hugh Masekela, planean un ciclo de tres d&iacute;as de conciertos que coincida con la pelea. Y aunque esta se acabar&aacute; retrasando seis semanas, los organizadores se ven obligados a seguir adelante (los contratos ya estaban firmados). As&iacute;, un elenco potent&iacute;simo de artistas (James Brown, Crusaders, B.B. King, The Spinners, Bill Withers, Miriam Makeba) viajan desde los EE.UU. en lo que se plantea como un reconocimiento expl&iacute;cito de la conexi&oacute;n con la m&uacute;sica y la cultura africanas. Siempre alerta, Jerry Masucci se apunta a la propuesta y en el avi&oacute;n con destino a Kinshasa embarcan tambi&eacute;n la versi&oacute;n 74&rsquo; de la Fania All-Stars, una catarata de talentos que encabeza Johnny Pacheco como director musical: Barretto, Harlow, Lavoe, Feliciano, Celia e Ismael Miranda; m&aacute;s&nbsp;Roberto Roena, Nicky Marrero, Bobby Valent&iacute;n, Yomo Toro, Jorge Santana, V&iacute;ctor Paz, Louie Perico Ort&iacute;z, Ray Maldonado, Lewis Kahn, Ed Byrne, Pupi Legarretta, Santos Col&oacute;n, Izzy Sanabria e Ismael Quintana. Tremendo. Y eso mismo debieron pensar los casi 80.000 asistentes a su concierto, debidamente inmortalizado por el equipo de Maysles, una celebraci&oacute;n vertiginosa del poder de comunicaci&oacute;n de esta m&uacute;sica, por encima de barreras ling&uuml;&iacute;sticas o culturales. B&uacute;squenlo. Y una reflexi&oacute;n: si la m&uacute;sica caribe&ntilde;a era extremadamente popular en el &Aacute;frica subsahariana &ndash;ah&iacute; est&aacute;n los cientos de versiones grabadas en Senegal, Benin, Camer&uacute;n, el mismo Congo&hellip; del repertorio cl&aacute;sico antillano, de la rumba y el son montuno, a la bomba y el merengue- , despu&eacute;s de la formidable exhibici&oacute;n de aquella jornada, las estrellas de Fania (como James Brown, en otro-pero-pr&oacute;ximo plano) se convirtieron para una generaci&oacute;n entera de africanos en algo equivalente a lo que los Beatles representaban para Occidente en aquel momento. &iquest;Eso es tocar techo, o qu&eacute;&hellip;?
    </p><p class="article-text">
        <strong>VII. &ldquo;HOMMY&rdquo;, LA SALSA SE HACE PROGRESIVA</strong>
    </p><p class="article-text">
        Larry Harlow, bautizado por sus compadres en Fania como &ldquo;El Jud&iacute;o Maravilloso&rdquo;, adem&aacute;s de sus muchas aportaciones como pianista poseedor de un excelso feeling y genuino&nbsp;<em>tumbao</em>, tambi&eacute;n demostr&oacute; un fino olfato para hacer trabajo en equipo y mejorar el rendimiento y la log&iacute;stica de la empresa en la que creci&oacute; desde su mismo arranque. Un catalizador de energ&iacute;as, en suma, con imaginaci&oacute;n y espl&eacute;ndidos o&iacute;dos para captar modas y cambios en el gusto popular, algo de lo que el sello neoyorquino se beneficiar&iacute;a a menudo y en cosas de lo m&aacute;s dispares. As&iacute; que, llegado 1973, y en plena expansi&oacute;n de la salsa, nadie le plante&oacute; mayores objeciones para grabar una&nbsp;adaptaci&oacute;n de la &oacute;pera rock que Pete Townshed concibi&oacute; para The Who&hellip; Si, Hommy &ndash; A Latin Opera es una versi&oacute;n salsera del disco original de los brit&aacute;nicos, y a pesar de la innegable calidad de los arreglos y sus int&eacute;rpretes, sufre de un serio problema de desorientaci&oacute;n, especialmente cuando intenta permanecer fiel al &ldquo;idioma&rdquo; de las canciones de Townshed, m&aacute;s alg&uacute;n que otro despiste chirriante que empa&ntilde;a el resultado final de forma irreparable. Una aventura que, finalmente, alien&oacute; al p&uacute;blico natural de Fania, sin ser capaz de penetrar en la zona de confort de las efeemes, que quiz&aacute;s hubiesen podido difundir su existencia entre otras audiencias, m&aacute;s orientadas al rock anglosaj&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cuatro a&ntilde;os despu&eacute;s, y con la lecci&oacute;n bien aprendida, Harlow iba a editar otro &aacute;lbum conceptual, esta vez con material compuesto ex profeso para la ocasi&oacute;n. La Raza latina &ndash; <em>A Latin Suite</em> result&oacute; un intento ambicioso por contar la historia de la m&uacute;sica afro-latina desde sus mismos or&iacute;genes, y en esta ocasi&oacute;n la inspiraci&oacute;n triunfa y hasta el formato escogido, sospechosamente inclinado a lo pomposo y recargado, aqu&iacute; funciona como un bien engrasado veh&iacute;culo para las muchas ideas que Harlow logr&oacute; plasmar con br&iacute;o y genio reconocibles. El trabajo vocal de Frankie Rodriguez, N&eacute;stor Sanchez, el trio femenino Latin Fever y un Rub&eacute;n Blades a punto de despegar hacia la fama con la publicaci&oacute;n de Siembra contribuyeron al resultado final de esta reivindicable muestra de la inventiva de un m&uacute;sico-esponja sin ning&uacute;n miedo al fracaso, una de las armas secretas m&aacute;s valiosas de las que disfrut&oacute; la compa&ntilde;&iacute;a de Masucci y Pacheco.
    </p><p class="article-text">
        <strong>VIII. QUITATE T&Uacute; PA&rsquo; PONERME YO</strong>
    </p><p class="article-text">
        Repasar la discograf&iacute;a completa de Fania y sus m&uacute;ltiples subsellos depara sorpresas agridulces: algunos artistas importantes en tu vida, int&eacute;rpretes de canciones que has hecho tuyas desde la primera ocasi&oacute;n en la que se cruzaron en tu camino, tuvieron escasa, casi nula, fortuna en su relaci&oacute;n con la casa de discos, traducida en una visibilidad m&aacute;s o menos testimonial, unas cuantas referencias que apenas dan idea del potencial y los m&eacute;ritos que uno adivinaba detr&aacute;s de tal o cual tema. De ah&iacute; que me haya planteado redactar, rehuyendo de los artistas consagrados y los himnos asociados al esplendor &ldquo;fani&aacute;tico&rdquo;, una lista de canciones que se han convertido en imprescindibles en mi colecci&oacute;n. Pura subjetividad, lo s&eacute;. Pero ah&iacute; radica su gracia&hellip; Escarben sin prisas.
    </p><p class="article-text">
        *Justo Betancourt &ndash; Pa&rsquo; Bravo Yo
    </p><p class="article-text">
        *Bobby Rodr&iacute;guez Y La Compa&ntilde;&iacute;a &ndash; N&uacute;mero 6
    </p><p class="article-text">
        *Mark Dimond &ndash; El Barrio
    </p><p class="article-text">
        *Monguito &ldquo;El &Uacute;nico&rdquo; &ndash; Borinquen Tu Guaguac&oacute;
    </p><p class="article-text">
        *Roberto Roena Y Su Apollo Sound &ndash; Con Los Pobres Estoy
    </p><p class="article-text">
        *Louie Ramirez &ndash; Ali Baba
    </p><p class="article-text">
        *Latin Tempo &ndash; Lo Tuyo No Es Tuyo
    </p><p class="article-text">
        *Azuquita &ndash; Coco De Mar&iacute;a
    </p><p class="article-text">
        *Joe Bataan &ndash; Puerto Rico Me Llama
    </p><p class="article-text">
        *Santos Col&oacute;n &ndash; Horas Y Minutos
    </p><p class="article-text">
        *Johnny Y Daniel &ndash; Ciriaco El Sabroso
    </p><p class="article-text">
        *William Rosario &ndash; De Barrio Obrero A La Quince
    </p><p class="article-text">
        *Latin Fever &ndash; Rumba Del Monte Adentro
    </p><p class="article-text">
        *Jimmy Sabater &ndash; Que Sabroso
    </p><p class="article-text">
        *Ricardo Marrero &amp; The Group &ndash; Southern Boulevard
    </p><p class="article-text">
        *Ralfi Pag&aacute;n &ndash; Up On The Roof
    </p><p class="article-text">
        *Ismael Miranda &ndash; Soy F&eacute;liz
    </p><p class="article-text">
        <strong>IX. MR. SALSA, EL CONCEPTO VISUAL</strong>
    </p><p class="article-text">
        En esta saga en la que tanto abundan las leyendas, hay un sitio especial reservado para la figura<em>&nbsp;bigger than life</em>&nbsp;de Israel &ldquo;<em>Izzy</em>&rdquo; Sanabria&hellip; talento precoz aun cuando viv&iacute;a en Puerto Rico, el director art&iacute;stico de Fania Records, portadista l&uacute;cido, visceral e instintivo de algunos de los mejores y m&aacute;s celebrados &aacute;lbumes en la historia del sello, presentador/agitador en los directos de Fania All-Stars, y el hombre que proclama haber puesto nombre al g&eacute;nero, desembarc&oacute; en el mundo de la m&uacute;sica, apenas adolescente, ejerciendo de maestro de ceremonias en el <em>Triton</em>, un club clandestino del Bronx donde cada jueves se organizaban <em>jams</em> con los mejores m&uacute;sicos caribe&ntilde;os del &aacute;rea de Nueva York. All&iacute; conoci&oacute; a Johnny Pacheco, al que, con todo el desparpajo, se ofreci&oacute; como portadista para su primer LP en Alegre. El disco, <em>Pacheco Y Su Pachanga</em> fue el m&aacute;s vendido aquel a&ntilde;o 1961 en la escena latina, y su trabajo gr&aacute;fico se difundi&oacute; consecuentemente por toda la ciudad. Para cuando Pacheco forj&oacute; su alianza con Jerry Masucci, no hab&iacute;a mejor candidato para el puesto de dise&ntilde;ador de imagen en la nueva compa&ntilde;&iacute;a discogr&aacute;fica, y Sanabria (con su enorme afro ondulante por inconfundible se&ntilde;a de identidad, y el <em>savoir faire</em> que emple&oacute; con eficacia en la promoci&oacute;n de las actividades entorno a Fania) se las arregl&oacute; para marcar la est&eacute;tica, tan pop y tan callejera, de unas portadas que acabar&iacute;an siendo parte integral de la marca Fania. Hiperactivo y carism&aacute;tico, Izzy se integr&oacute; desde el primer momento en los shows de ese colectivo fluctuante pero siempre demoledor que fueron los All-Stars, convirtiendo sus arengas y bailes en parte de un espect&aacute;culo que supo conceptualizar como un desfile de superh&eacute;roes de barrio que, adem&aacute;s de una m&uacute;sica ciertamente irresistible, gozaban de una potent&iacute;sima carga visual, entre la tradici&oacute;n de las orquestas latinas y el colorido toque de afro-futurismo que en aquellos a&ntilde;os setenta emerg&iacute;a por todas partes.
    </p><p class="article-text">
        Con su alias de &ldquo;Mr. Salsa&rdquo; a&uacute;n en (orgulloso) uso y esas pintas estrafalarias de Peter Pan sals&oacute;mano, Izzy contin&uacute;a ejerciendo de caja negra andante -y parlante- de una &eacute;poca que vivi&oacute; con toda la intensidad de los actores protagonistas de la funci&oacute;n, si no m&aacute;s. Un mito entra&ntilde;able: v&eacute;anle junto a Ismael Miranda en &ldquo;Our Latin Thing&rdquo;, la calle era suya.
    </p><p class="article-text">
        <strong>X.&nbsp;EN LA PANTALLA, COMO EN LA VIDA</strong>
    </p><p class="article-text">
        Un fen&oacute;meno tan llamativo como el del despegue a escala internacional de la etiqueta &ldquo;salsa&rdquo; a nivel comercial, estaba pidiendo a gritos ser documentado y presentado al gran p&uacute;blico en forma de estreno cinematogr&aacute;fico. Y varios fueron los intentos en esa direcci&oacute;n: ya hemos hablado del fant&aacute;stico material rodado en Zaire, comercializado digitalmente desde finales de los noventa, y que acab&oacute; integrado parcialmente en el largometraje <em>Soul Power</em> (2009), junto al resto de las actuaciones de aquellas tres fechas gloriosas. El propio Jerry Masucci se involucr&oacute; aquel mismo 1974 en la producci&oacute;n de Salsa &ndash; The Film, un recorrido documental por la historia de la m&uacute;sica tropical y su desembarco en los USA, apoyada en una gran colecci&oacute;n de material de archivo. Irregular, pero altamente did&aacute;ctica, hace 15 a&ntilde;os tuvo edici&oacute;n espa&ntilde;ola (Vampisoul) en DVD, intenten localizarla&hellip;si pueden.
    </p><p class="article-text">
        Pero la indiscutida joya de la corona &ndash;ya la hemos mencionado en relaci&oacute;n a Izzy Sanabria- es otro proyecto de Masucci, estrenado dos a&ntilde;os antes, en pleno asentamiento de Fania: <em>Our Latin Thing / Nuestra Cosa</em> nos ofrece la oportunidad de contemplar con nostalgia autosugestionada un New York que ciertamente ya no existe, la palpable efervescencia&nbsp;&nbsp;comunal entorno a una m&uacute;sica que estaba emergiendo de su estado de cris&aacute;lida, pero que a&uacute;n permanec&iacute;a pura y cruda, fascinantemente real y conectada con una comunidad en busca de una expresi&oacute;n que la m&uacute;sica fuera capaz de canalizar. Muchos momentos memorables, con un valor documental digno de encomio, y la sensaci&oacute;n de que nos encontramos ante una inminente p&eacute;rdida de inocencia de la mayor&iacute;a los implicados, justo antes del boom salsero y el subsiguiente aluvi&oacute;n de d&oacute;lares y excesos que iban a cambiar tantas vidas, para bien o para mal. Pero en lo abrupto y tosco de su metraje, uno encuentra mucha de la belleza y la humanidad que alumbr&oacute; los pasos de todos esos humildes genios, desembarcados en un mundo arisco y nada dispuesto a premiar sus evidentes logros art&iacute;sticos. Esa esencia rara, la materia de la que est&aacute;n hechos los sue&ntilde;os. Los de Pacheco, Masucci y dem&aacute;s art&iacute;fices del &eacute;xito de Fania Records, al menos.
    </p><p class="article-text">
        <strong>XI. BUSC&Aacute;NDOSE AM&Eacute;RICA: RUB&Eacute;N BLADES Y LA CONCIENCIA SOCIAL DE LA SALSA</strong>
    </p><p class="article-text">
        Tard&eacute; mucho tiempo en enterarme, pero que maravillosamente pertinente resultaba una vez desvelado: &ldquo;GDBD&rdquo;, el t&iacute;tulo del experimental mon&oacute;logo (toma &uacute;nica sin cortes ni retoques, al fondo una instalaci&oacute;n sonora con la que el artista se hab&iacute;a topado en la 46 &amp; Broadway) que nos fascinaba desde que el vinilo de &ldquo;Buscando Am&eacute;rica&rdquo; aterriz&oacute; en casa, significaba, ojo al dato, &ldquo;Gente Despertando Bajo Dictaduras&rdquo;. Solo cronistas con cantidades enormes de agudeza, templanza y vida sabiamente metabolizada pueden coquetear con la poes&iacute;a de lo cotidiano, hallar humor en las absurdas rutinas de un ciudadano an&oacute;nimo, y no perder por ello de vista el macabro y desasosegante espect&aacute;culo de fondo, una realidad alimentada por el odio y la ignorancia, lista para aplastarnos en bloque al menor descuido.
    </p><p class="article-text">
        Ese era el nivel de excelencia narrativa que nos hab&iacute;amos acostumbrado a esperar de un Rub&eacute;n Blades simplemente plet&oacute;rico en sus discos con <em>Willie Col&oacute;n</em> y en la nueva etapa junto a Seis del Solar. Un observador nada neutral de la condici&oacute;n humana al completo, compasivo, pero permanentemente enfadado con la ruindad moral que describ&iacute;an muchas de sus historias-canciones. Y no eran canciones cualquieras: despu&eacute;s de los primeros escarceos en su Panam&aacute; natal, la colaboraci&oacute;n con la banda de Pete Rodr&iacute;guez que supuso su bautismo de fuego discogr&aacute;fico, y el asentamiento definitivo en Nueva York all&aacute; por 1974, el Blades que ficha por Fania tan solo apuntaba maneras de segund&oacute;n eficaz, y tanto la sesi&oacute;n de grabaci&oacute;n con Ray Barretto como sus primeros pasos al lado de Willie Col&oacute;n en absoluto revelan la verdadera estatura art&iacute;stica del paname&ntilde;o. As&iacute; que el segundo &aacute;lbum que edita en t&aacute;ndem con Col&oacute;n caus&oacute; un verdadero se&iacute;smo en el universo salsero. Siembra (1978) rompe sin piedad las hechuras estandarizadas de las producciones de Fania propios de la &eacute;poca, y los arreglos, plet&oacute;ricos de sabidur&iacute;a alegre, contribuyen a realzar la extraordinaria autoridad de un vocalista que narraba historias con pulso y cadera a partes iguales, vi&ntilde;etas fidedignas de la vida urbana que iban mucho m&aacute;s all&aacute; de los automatismos llamada-respuesta instalados en el ADN del g&eacute;nero. A sus treinta a&ntilde;os, Rub&eacute;n se presentaba como un autor-int&eacute;rprete capaz de llevar a la salsa a territorios nuevos, una m&uacute;sica consciente de sus ra&iacute;ces, aunque confiada en las bondades del futuro, exuberante y c&oacute;moda con su mensaje social expl&iacute;cito. Una colecci&oacute;n non-stop de momentos &aacute;lgidos que no imagino envejeciendo jam&aacute;s, tal era el estado de gracia en que se factur&oacute; aquel prodigio. Y para los que discurran que crear una traducci&oacute;n tropical convincente de Brecht/Weill es tarea relativamente sencilla&hellip; vuelvan a escuchar lo que Blades y Col&oacute;n consiguieron hacer con &ldquo;Mack The Knife&rdquo; en ese himno que todo el mundo conoce, entero o en parte, y que por s&iacute; solo ya convertir&iacute;a en inmortal a su autor. El v&eacute;rtigo es la opci&oacute;n m&aacute;s honesta.
    </p><p class="article-text">
        Por desgracia, durante los siguientes a&ntilde;os la relaci&oacute;n de Blades con la discogr&aacute;fica de Masucci se fue agrietando hasta entrar en conflicto abierto (resuelto en forma de grabaciones &ldquo;obligatorias&rdquo; para librarse del leonino contrato), y el apetito por encontrar formatos musicales novedosos, dejando atr&aacute;s el sonido cl&aacute;sico de la salsa neoyorquina, terminaron por alejarle de Col&oacute;n, no sin antes haber grabado maravillas de la talla de &ldquo;Ligia Elena&rdquo;, &ldquo;Maestra Vida&rdquo;, &ldquo;Tibur&oacute;n&rdquo;&hellip; Los a&ntilde;os ochenta trajeron nuevos incentivos y retos al discurso musical de un Rub&eacute;n cada vez m&aacute;s militante en su denuncia de las injusticias sociales en Latinoam&eacute;rica, y la cosecha de sus trabajos con Seis del Solar, rebosa canciones brillant&iacute;simas que se han convertido en aut&eacute;nticos cl&aacute;sicos globales por la pura calidad y emoci&oacute;n que desprenden, retratando los valores humanistas de su creador con espectacular caligraf&iacute;a, una lista extensa de standards celebrados en el mundo hispanoparlante y m&aacute;s all&aacute;. Su, ejem, entretenida (&ldquo;Predators&rdquo; y &ldquo;Fear Of the Walking Dead&rdquo; figuran en su curr&iacute;culum, no pod&iacute;a evitar mencionarlo) carrera cinematogr&aacute;fica y televisiva, y el reconocimiento, m&aacute;s o menos sincero, de figuras del pop-rock anglosaj&oacute;n como Lou Reed, Sting o Elvis Costello, que le aceptaron como uno de los suyos &ndash;hasta con un disco en ingl&eacute;s prob&oacute; nuestro protagonista, con mediocres resultados-, no impidieron que Blades perseverara en su san&iacute;simo gusto por la reinvenci&oacute;n art&iacute;stica, y los &uacute;ltimos 25 a&ntilde;os han sido generosos en sorpresas, experimentos y exploraciones estil&iacute;sticas en colaboraci&oacute;n con m&uacute;sicos paname&ntilde;os, costarricenses, argentinos&hellip; un cat&aacute;logo de &ldquo;anomal&iacute;as&rdquo; merecedoras de mayor atenci&oacute;n, sin duda, a las que el paso del tiempo pondr&aacute; en un lugar mucho m&aacute;s destacado.
    </p><p class="article-text">
        Frente a ese Rub&eacute;n Blades personaje, oficial, leyenda (no momificada) en vida, capaz todav&iacute;a de llenar recintos de tama&ntilde;o respetable con el poder de seducci&oacute;n que ejerce un cancionero como el suyo, podemos se&ntilde;alar en la direcci&oacute;n del tipo a punto de cumplir los 70, genuino animal pol&iacute;tico &ndash;repasen su blog-, opinante articulado y vitalista por derecho que reflexiona sin malicia (o una poca, quiz&aacute;s: &ldquo;Yo no me meto en l&iacute;os, la gente ha tenido l&iacute;os conmigo&rdquo;) sobre la fortuna de haber vivido varias vidas en una, y la responsabilidad que conlleva el rol de &ldquo;consejero moral&rdquo; en tanto que artista de perfil altamente politizado. Y aunque nos neguemos a correr la cortina de nuestra mitoman&iacute;a, detr&aacute;s de tantas descripciones sabias y tantos personajes memorables con los que nos ha permitido interactuar a pulm&oacute;n libre, ante nosotros queda desnuda la honesta inseguridad, tan reconocible y que le hace a&uacute;n m&aacute;s nuestro, del que ha visto de cerca mucho miedo, frustraci&oacute;n y dolor: &ldquo;Todos estamos de una forma u otra haciendo fila hacia un sitio que no conocemos&rdquo;. No se puede explicar mejor.
    </p><p class="article-text">
        Claro que quedar&aacute; la obra, su efecto sanador/iluminador sobre la gente - reconforta poder experimentarlo a priori&hellip; Al final, el cantante, como dice la letra que primero interpret&oacute; el sublime Lavoe, es ese sujeto &ldquo;Muy popular donde quiera/Pero cuando el show se acaba/Soy otro humano cualquiera&rdquo;. Gracias por aceptarlo y saber c&oacute;mo disfrutar de ello con tu p&uacute;blico, Rub&eacute;n: un viaje como este lo merec&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Luis Avín Fernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cantabria/amberes/fania-apuntes-febriles-retrato-navaja_132_2009024.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 25 Jul 2018 11:40:13 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fania: diez apuntes febriles y un retrato a navaja]]></media:title>
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