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    <title><![CDATA[elDiario.es - Pablo Hernández]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/pablo_hernandez/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Pablo Hernández]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Yo me voy al campo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/campo_132_10836491.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fced89c1-64ba-4435-995a-81eb7590eb42_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Yo me voy al campo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El campo no soluciona nada. Solo es, como concepto idealizado, otro síntoma de lo hiriente que se ha vuelto nuestra normalidad</p></div><p class="article-text">
        Hace poco m&aacute;s de un a&ntilde;o me mud&eacute; a una de las zonas m&aacute;s despobladas de Espa&ntilde;a, en el interior del principado de Asturias. Para poner en contexto al lector, el pueblo m&aacute;s grande y m&aacute;s cercano, a media hora, tiene unos 1500 habitantes. El propio concejo donde habito tiene 288 habitantes registrados, en una superficie de unos 100 kil&oacute;metros cuadrados: eso nos da una densidad de poblaci&oacute;n que no llega a 3 habitantes por kil&oacute;metro cuadrado. En la aldea en la que resido somos 3 vecinos permanentes, en verano con suerte alguno m&aacute;s. La media de edad es de unos sesenta a&ntilde;os. Yo aterric&eacute; aqu&iacute; en el oto&ntilde;o de 2022, con treinta y cinco a&ntilde;os.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los motivos por los que decid&iacute; mudarme a un lugar como este son muchos. Quiz&aacute;s ser&iacute;a justo empezar diciendo que uno de los m&aacute;s importantes es sencillamente que pod&iacute;a hacerlo. Mi situaci&oacute;n familiar y mis circunstancias personales me permit&iacute;an &ldquo;empezar de nuevo&rdquo;, y con la ayuda de mi familia compr&eacute; una finca con dos casas y m&aacute;s de 2 hect&aacute;reas por un precio que en cualquier otro sitio habr&iacute;a sido imposible. Eso, b&aacute;sicamente, me convierte en un verdadero afortunado, algo que intento recordar todos los d&iacute;as, con m&aacute;s o menos &eacute;xito.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los dem&aacute;s motivos son mucho m&aacute;s personales (y complejos), y est&aacute;n atravesados por din&aacute;micas sociales que nos afectan a todos, y de eso precisamente es de lo que me gustar&iacute;a hablar aqu&iacute;. Para empezar, podr&iacute;amos resumirlo todo con una frase algo <em>na&iuml;ve</em> aunque no por ello menos cierta: me vine al campo porque sencillamente no pod&iacute;a m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi generaci&oacute;n, los llamados <em>Millenials</em>,<em> </em>hemos sido testigos privilegiados de un mundo sumido en una aceleraci&oacute;n sin precedentes. Me atrevo a decir que m&aacute;s que cualquier otra generaci&oacute;n en la historia. Con esto no quiero afirmar que hayamos sufrido m&aacute;s que aquellas que afrontaron grandes conflictos b&eacute;licos y transformaciones geopol&iacute;ticas dram&aacute;ticas, sino m&aacute;s bien que la velocidad, la cantidad, la variedad y el car&aacute;cter novedoso de las transformaciones que hemos vivido (y estamos viviendo) son particularmente &uacute;nicos en la historia de nuestra especie. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi generaci&oacute;n sufri&oacute; la crisis econ&oacute;mica de 2008 alrededor de los a&ntilde;os de su formaci&oacute;n acad&eacute;mica. Para algunos, como yo mismo, justo al terminarla. Unos a&ntilde;os antes sucedi&oacute; el atentado a las Torres Gemelas. Durante y despu&eacute;s de la crisis de las famosas hipotecas <em>subprime</em>, y a una velocidad que todav&iacute;a a d&iacute;a de hoy cuesta creer, comenzamos a sufrir una transformaci&oacute;n radical de las din&aacute;micas sociales y culturales, a la que seguimos buscando adaptarnos: la aparici&oacute;n del medio digital. En 2021, justo cuando empez&aacute;bamos a comprender lo que estaba realmente en juego con la creciente digitalizaci&oacute;n de nuestras vidas, aparece la crisis de la Covid 19. Todo ello atravesado por la creciente amenaza, cada vez m&aacute;s ruidosa, del mal llamado cambio clim&aacute;tico, que no es sino una crisis de la vida, la biodiversidad y los ecosistemas, es decir, y valga la redundancia, de los procesos que nos mantienen a nosotros, humanos, con vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La conclusi&oacute;n es que el mundo que mi generaci&oacute;n conoce es un mundo hostil. Un mundo inestable, cambiante, impredecible, cuya promesa de estabilidad no termina de cumplirse nunca. Lo es a nivel estructural y pol&iacute;tico, pero recientemente, y quiz&aacute;s de manera m&aacute;s grave, tambi&eacute;n a nivel personal y cognitivo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La crisis ecol&oacute;gica, por poner un ejemplo, es una crisis &uacute;nica en el sentido m&aacute;s estricto de la palabra. Es una amenaza de muerte civilizatoria, una espada de Damocles que pende sobre nuestra especie, con las implicaciones psicol&oacute;gicas que esto tiene para aquellos que han asimilado (y tambi&eacute;n los que la niegan) lo que esta realmente significa. Es el vislumbrar de un fin, un abismo. Algo as&iacute; como cuando un ni&ntilde;o toma conciencia de su propia mortalidad, algo que requiere de una madurez que me temo muchos de nosotros no tenemos. Hist&oacute;ricamente no se me ocurre nada parecido excepto quiz&aacute;s la invenci&oacute;n de la bomba at&oacute;mica (sentimientos que curiosamente ha recogido el reciente &eacute;xito en taquilla 'Oppenheimer'). A partir de la invenci&oacute;n de la bomba at&oacute;mica nos vemos forzados a aprender a vivir en mundo d&oacute;nde sabemos que podemos volarnos por los aires los unos a los otros, y de manera similar, a partir de la creciente concienciaci&oacute;n de la crisis clim&aacute;tica, tenemos que aprender tambi&eacute;n a vivir en un mundo en decadencia, cuya perspectiva es desoladora. N&oacute;tese la diferencia en forzados a vivir y forzados a aprender a vivir. Es decir, estas transformaciones no son solo estructurales, si no tambi&eacute;n, y sobre todo, psicol&oacute;gicas. Ahora todos sabemos que la cosa dif&iacute;cilmente va a mejorar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero incluso el cambio clim&aacute;tico, a diferencia de la amenaza nuclear, tiene algo especialmente punzante, por su car&aacute;cter difuso, complejo, y a la vez global y omnipresente, lo que ha hecho que algunos acad&eacute;micos lo caractericen como un <em>wicked problem</em>, un problema perverso.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y este es &ldquo;solo&rdquo; uno de los problemas perversos a los que los habitantes de la modernidad se enfrentan. A la lista se sumar&iacute;an los que ya ocupan los titulares de nuestros peri&oacute;dicos y revistas digitales desde hace a&ntilde;os: la precariedad rampante, el aumento imparable de las desigualdades, las miles de adicciones que nos acosan, las distintas guerras y conflictos en el mundo;, m&aacute;s recientemente, la Inteligencia artificial y como no, quiz&aacute;s la m&aacute;s importante, la creciente preocupaci&oacute;n por nuestra salud mental. Y es que, como no pod&iacute;a ser de otra manera, toda esta incertidumbre, toda esta aceleraci&oacute;n de nuestras vidas solo pod&iacute;a traducirse en un sufrimiento m&aacute;s o menos expl&iacute;cito, pero siempre latente. Solo se pueden empujar las psiques, nuestras mentes, hasta un cierto punto, tras el cual empiezan a fallar. Lo que com&uacute;nmente algunas personas, te sonar&aacute;, llaman &ldquo;petar&rdquo;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y yo pet&eacute;.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No una, ni dos, ni tres veces. Pet&eacute; muchas veces.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pet&eacute; frente a una enfermera del Cat Salut (sanidad p&uacute;blica catalana) pidi&eacute;ndole una baja por <em>burnout </em>de un trabajo repetitivo que casi acaba conmigo. Pet&eacute; en medio de una protesta contra el cambio clim&aacute;tico cuando vi a un hombre de unos 50 a&ntilde;os ser zarandeado violentamente por los antidisturbios, mientras sosten&iacute;a una simple &ldquo;pancarta&rdquo; de reivindicaci&oacute;n: una foto de sus hijos. Pet&eacute; muchas veces en el coche yendo y viniendo de una casa que alquilaba en parte a cambio de mi trabajo f&iacute;sico arreglando problemas de la finca. Pet&eacute; un poquito cada vez que me daban la noticia de que alg&uacute;n amigo o viejo conocido estaba muy mal, algunos incluso hab&iacute;an intentado suicidarse. En el fondo, parece, todos estamos petando lentamente.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La crisis de salud mental no es sino uno de los s&iacute;ntomas de un ecosistema que cada vez genera m&aacute;s y m&aacute;s sufrimiento, a trav&eacute;s de esa constante sensaci&oacute;n de incertidumbre, una p&eacute;rdida latente de sentido, y si me lo permite el lector, tambi&eacute;n cierta p&eacute;rdida de la olvidada dignidad humana. Te invito a que te preguntes, &iquest;Qu&eacute; queda de digno en nosotros? &iquest;Qu&eacute; queda de sagrado?&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ni los valores parecen ya resistirse a la acometida de la modernidad. La adaptaci&oacute;n a un sistema en decadencia parece imponerse por defecto (&iquest;cu&aacute;ntos en plena pandemia decidieron comenzar a opositar?), hoy los individuos parecemos perdidos, sin objetivos, desalentados, incapaces de imaginar un futuro, pues el verdadero problema de la incertidumbre es la castraci&oacute;n de nuestra imaginaci&oacute;n, de nuestra esperanza. Y sin ilusi&oacute;n, es muy dif&iacute;cil vivir. La ilusi&oacute;n, ingrediente clave de ese <em>&eacute;lan vital</em>, o impulso vital, es la materia prima de los sue&ntilde;os. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y muchos han dejado de so&ntilde;ar. Yo, sin duda, he dejado de hacerlo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esa es la promesa del campo.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando llegu&eacute; y comenc&eacute; a instalarme, cuando hablaba con amigos y conocidos y les contaba brevemente el estilo de vida que estoy intentando llevar, algo se iluminaba en sus caras. Un destello de esperanza, de sue&ntilde;os por cumplir. Acto seguido, casi de forma autom&aacute;tica, su rostro se transformaba en uno de preocupaci&oacute;n. De pavor casi. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Pero, y &iquest;de qu&eacute; vas a vivir?&rdquo; o &iquest;Y no vas a estar muy solo?&ldquo; &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Lo que unos segundos antes era casi una admiraci&oacute;n irrefrenable, se empa&ntilde;aba r&aacute;pidamente por ese terror omnipresente, esa incapacidad imaginativa que la precariedad y la incertidumbre de este sistema maltrecho ha instalado en todos nosotros. <em>Virgencita que me quede como estoy</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El campo tiene ese efecto salvador, ese componente resolutivo de muchos de nuestros problemas, esa promesa de desaceleraci&oacute;n, ese ansiado momento en el que nuestras vidas por fin dejen de dolernos tanto. Pero es una quimera. El campo no soluciona nada. Solo es, como concepto idealizado, otro s&iacute;ntoma de lo hiriente que se ha vuelto nuestra normalidad.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        De hecho, lamento informarte lector, el campo est&aacute; muy mal. Las zonas despobladas sufren unos niveles de abandono desconocidos para los habitantes de la urbe. La velocidad con la que la poblaci&oacute;n disminuye quita el sue&ntilde;o a los alcaldes. Los pocos y precarios puestos de trabajo que se ofertan suelen quedar vac&iacute;os, las industrias se mueren conforme mueren sus &uacute;ltimos propietarios, las ayudas llegan mal y nunca, sobrevivir es igual o m&aacute;s dif&iacute;cil que en las zonas m&aacute;s habitadas. Hablamos de no poder vivir con 1000/1200 euros al mes pese a no tener que pagar alquiler, pese a consumir durante la mitad del a&ntilde;o comida producida por ti mismo, a pesar de no disfrutar de casi ninguno de los placeres de la ciudad. Una vida sin cine, sin cenas en restaurantes, sin salidas, sin rebajas, sin compras compulsivas. Una vida extremadamente sencilla.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hablamos tambi&eacute;n de un sistema central ultra r&iacute;gido que impone sus normas desde lejos, sin entender que la situaci&oacute;n es tan delicada que lo que hace falta ahora mismo es precisamente menos rigidez y m&aacute;s autogesti&oacute;n. Facilidades, no piedras en el camino. Ayudas, no impuestos por y para todo. Menos burocracia y m&aacute;s confianza y educaci&oacute;n&hellip;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dejar hacer m&aacute;s que buscar controlar y sancionar hasta el &uacute;ltimo resquicio de nuestras vidas. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El sistema y su hostilidad no dejan psique sin da&ntilde;ar. Todos estamos subidos en el mismo barco que se hunde. Para algunos, ese barco es ruidoso, lleno de hormig&oacute;n, colas, escaparates, v&iacute;nculos afectivos cada vez m&aacute;s extra&ntilde;os; para otros, es silencioso, tranquilo y bello. Pero todos, sin importar donde, nos hundimos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Amas el campo porque odias tu vida&rdquo; me dijo un amigo. Y ten&iacute;a mucha raz&oacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero no es mi vida la que odio. Es el contexto en el que esta se desarrolla.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Desde aqu&iacute; mando mi humilde mensaje a las administraciones, pol&iacute;ticos y personas en cargos de poder: cuando se acabe &ldquo;el campo&rdquo;, ya no quedar&aacute; d&oacute;nde ir. Acabar con el medio rural es acabar con el &uacute;ltimo resquicio de esperanza y con los sue&ntilde;os de generaciones enteras, &aacute;vidos de una vida m&aacute;s sencilla y conectada con la tierra, lo local, sus manos, sus cuerpos; un espacio donde su trabajo tiene un impacto inmediato, donde hay tradiciones y una sabidur&iacute;a enorme que se pierden con cada esquela. Acabar con el campo es tambi&eacute;n acabar con el lugar de vacaciones de cada vez m&aacute;s individuos ansiosos de salir del caos urbano.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Preg&uacute;ntate, lector &iquest;qui&eacute;n limpiar&aacute; los prados, los montes? &iquest;qui&eacute;n cuidar&aacute; de esos paisajes que tanto os gustan y que ven&iacute;s a visitar desde tan lejos, cuando todos los que estamos aqu&iacute; nos hayamos ido? &iquest;Qui&eacute;n querr&aacute; visitar esos paisajes cuando sus carreteras sean todav&iacute;a m&aacute;s peligrosas por el abandono de las administraciones, cuando sus horizontes est&eacute;n plagados de molinos de viento, cuando no haya vida local alguna, ni servicios, ni restaurantes, ni actividades, ni personas para darte la bienvenida? &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando conduzco de vuelta a casa observando los techos hundidos de las casas abandonadas, mi cabeza viaja muy lejos. Me las imagino llenas de vida. Familias enteras viviendo en ellas, varias en cada aldea, decenas en cada valle. Me imagino fiestas locales, nuevas tradiciones, ni&ntilde;os que crecen jugando fuera, con tierra en las manos y no pantallas, en definitiva, me imagino eso con lo que tanto se nos llena la boca, eso que tanto ansiamos pero que tan poco conocemos: comunidad. &nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dec&iacute;a la canci&oacute;n que algo se muere en alma cuando un amigo se va. Y yo digo que algo se muere en todos nosotros cuando muere lo rural.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/campo_132_10836491.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Jan 2024 08:08:09 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Yo me voy al campo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Palabras prohibidas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/palabras-prohibidas_132_1247730.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay un contexto particular, un debate preciso donde la palabra está totalmente desaparecida del discurso: cuando hablamos de perdida voluntaria de derechos</p><p class="subtitle">Si la situación sigue así, las desigualdades irán en aumento. Los ricos se harán más ricos, los pobres más pobres, el mundo un poco más inhabitable cada año</p></div><p class="article-text">
        El poder del lenguaje es realmente fascinante. No nos paramos mucho a pensar en ello, pero estructura el pensamiento tanto a nivel colectivo como a nivel individual, y es la herramienta principal en todas nuestras relaciones interpersonales. Es el lenguaje el que transmite ideas, y son las palabras las que dan forma a las historias que intercambiamos en el d&iacute;a a d&iacute;a. El lenguaje no tiene nada de neutro, aunque s&iacute; que tiene algo de inconsciente.
    </p><p class="article-text">
        No tiene nada de neutro porque aceptamos m&aacute;s o menos un lenguaje y una manera de transmitir ideas que ya exist&iacute;a, con todos sus sesgos y problem&aacute;ticas previas, aunque lo adaptemos luego a nivel personal. Y s&iacute; tiene algo de inconsciente porque no nos paramos mucho a pensar c&oacute;mo hablamos, qu&eacute; palabras exactas usamos y c&oacute;mo de precisos somos con nuestras frases, y mucho menos de d&oacute;nde vienen esas palabras, sus connotaciones etc.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, m&aacute;s o menos conscientemente, participamos todos en una especie de meme social (meme entendido como unidad te&oacute;rica de informaci&oacute;n culturaltransmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra, o de una generaci&oacute;n a la siguiente), que incluye y usa el lenguaje, y el mensaje que este transmite.
    </p><p class="article-text">
        Para que nos entendamos, el chino que se hablaba hace mil a&ntilde;os no es el chino que se habla ahora (ni probablemente tampoco dentro de1000 a&ntilde;os) y han sido las ligeras modificaciones, graduales, y su transmisi&oacute;n entre personas y generaciones lo que ha ido transform&aacute;ndolo. Todos participamos en ello, de manera m&aacute;s o menos consciente.
    </p><p class="article-text">
        El lenguaje est&aacute; adem&aacute;s cargado de emociones. Lo hemo sentido todos, hay ciertas palabras con cargas m&aacute;s o menos positivas o negativas, que despiertan de pronto sentimientos muy diferentes a otras palabras, incluso a algunos sin&oacute;nimos. No es lo mismo decir violaci&oacute;n que agresi&oacute;n sexual con penetraci&oacute;n, no es lo mismo decir ecocidio que colapso de los ecosistemas. El lenguaje juega por lo tanto un rol fundamental a la hora no s&oacute;lo de transmitir un mensaje, sino tambi&eacute;n las connotaciones ligadas a ese mensaje, su gravedad o su levedad.
    </p><p class="article-text">
        Volvemos a la idea inicial entonces (que mucha gente parece no tener clara): la imposible neutralidad del lenguaje.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos a&ntilde;os este concepto de neutralidad del lenguaje ha quedado m&aacute;s que en evidencia con la introducci&oacute;n del &ldquo;lenguaje inclusivo&rdquo; en la cultura popular. De pronto hay personas que hablan de &ldquo;nosotras&rdquo; a pesar de ser de genero masculino, o &ldquo;nosotres&rdquo;, e incluso algunos pa&iacute;ses como Canad&aacute; han aprobado leyes que persiguen a aquellos que se nieguen a tratar a las personas con el lenguaje espec&iacute;fico de su elecci&oacute;n. Al margen del debate de la libertad de expresi&oacute;n y las leyes que obligan a hablar de una u otra manera (que tambi&eacute;n es un tema interesante), es importante entender que la elecci&oacute;n de estas personas de cambiar su lenguaje a un uno m&aacute;s inclusivo es voluntaria y est&aacute; cargada de un mensaje pol&iacute;tico. Quien dice pol&iacute;tico aqu&iacute; dice social, o cultural, es lo de menos. La cuesti&oacute;n es que cambian su lenguaje porque quieren mandar un mensaje a su interlocutor y al mundo: &ldquo;Quiero que mis palabras sean m&aacute;s inclusivas que el lenguaje que usamos normalmente. Quiero que menos gente se sienta excluida. Quiero resaltar que el masculino predominante en el lenguaje tiene una historia y unas consecuencias. Quiero que reflexiones t&uacute; tambi&eacute;n sobre ello&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute; el lenguaje se convierte tambi&eacute;n en un &ldquo;arma&rdquo; pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Teniendo en cuenta todo esto (siento mucho la larga introducci&oacute;n que para algunos puede parecer muy obvia, aunque para otros desgraciadamente no) , surge una cuesti&oacute;n para mi interesant&iacute;sima: poner la atenci&oacute;n, no s&oacute;lo en el lenguaje que usamos, y c&oacute;mo lo usamos, sino en aquel que dejamos de usar. Hay algo &ldquo;pol&iacute;tico&rdquo; en el lenguaje que usamos, vale, pero hay quiz&aacute;s incluso algo m&aacute;s oscuro y perverso (pol&iacute;ticamente hablando) en aquel que ya no usamos.
    </p><p class="article-text">
        Y as&iacute;, un d&iacute;a, hablando con unos amigos, me di cuenta de que hab&iacute;amos dejado de hablar de derechos.
    </p><p class="article-text">
        Qu&eacute; tonter&iacute;a, pensar&aacute;s, se habla todos los d&iacute;as de derechos, cada vez m&aacute;s: de las mujeres, de las minor&iacute;as, de los animales, incluso de los &aacute;rboles. Vivimos en tiempos donde el lenguaje empieza a incluir por pura necesidad &eacute;tica (o quiz&aacute;s por pura urgencia) t&eacute;rminos como &ldquo;Justicia Clim&aacute;tica&rdquo;, o &ldquo;Justicia intergeneracional&rdquo;. Y todo eso son derechos, nos pasamos el d&iacute;a hablando de ellos, tan pronto como sube el precio de la luz o la gasolina.
    </p><p class="article-text">
        Pero hay un contexto particular, un debate preciso donde la palabra est&aacute; totalmente desaparecida del discurso: cuando hablamos de perdida voluntaria de derechos.
    </p><p class="article-text">
        Los derechos son algo que hemos conquistado luchando duramente, tenemos toda la historia del activismo a nuestras espaldas. Los derechos se exigen, se fijan por escrito.
    </p><p class="article-text">
        Los derechos nunca se rinden, ni se ceden ni se renuncian.
    </p><p class="article-text">
        Hablar de recorte de libertades y derechos es el mensaje de la &ldquo;derecha global&rdquo; o del fascismo. Por eso se ha convertido casi en un tab&uacute;: hablar de perdida de derechos y recorte de libertades es hablar de opresi&oacute;n, de dictadores.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; hay un problema fundamental en el planteamiento: la emergencia clim&aacute;tica nos va a exigir que hablemos de perdida de derechos y libertades, nos guste o no.
    </p><p class="article-text">
        Si seguimos evitando esas palabras, dejando que se queden estancadas en las connotaciones nocivas del pasado, nos traer&aacute; much&iacute;simos problemas a largo plazo. Y no s&oacute;lo eso, permitiremos que otras personas decidan sobre esos derechos, a su manera, de nuevo, nos guste o no.
    </p><p class="article-text">
        Pong&aacute;monos primero en contexto.
    </p><p class="article-text">
        La ciencia (y hasta la iglesia, s&iacute;, el mism&iacute;simo Papa) lo ha dejado bastante claro: si seguimos haciendo las cosas como hasta ahora el colapso se nos echar&aacute; encima. Estamos sobrepasando los l&iacute;mites del planeta, y los cambios que se avecinan (algunos de los cuales ya no podemos hacer nada por evitarlos) van a ser catastr&oacute;ficos. M&iacute;ralo de esta manera, en los pr&oacute;ximos 10 a&ntilde;os, millones de personas ver&aacute;n sus vidas completamente alteradas a peor (en la mayor&iacute;a de casos a MUCHO peor). Y ya que hablamos de lenguaje, una manera de entender esto s&oacute;lo con palabras sueltas es decir: hambre, migraciones masivas, guerras, violaciones, genocidios. No es algo que preocupe mucho al &ldquo;planeta&rdquo; tal y c&oacute;mo lo hemos personificado en Occidente; el planeta no tiene moral ni &eacute;tica, el planeta no participa del juicio humano, el planeta simplemente es.  Pero resulta que tiene much&iacute;simas maneras de ser, y s&oacute;lo una nos va bien a nosotros, los seres humanos. Que el clima del planeta cambie radicalmente no afecta a la supervivencia de la Tierra, pero nosotros, sin embargo, nos extinguiremos.
    </p><p class="article-text">
        Esta es la situaci&oacute;n que se nos plantea al entrar en 2020. En este contexto, una de las cosas de las que menos se habla es que la poblaci&oacute;n de los pa&iacute;ses ricos y su estilo de vida son los que mayor impacto tienen sobre el planeta. Nuestra huella ecol&oacute;gica, nuestros desechos, nuestro consumo compulsivo, nuestras teles, tablets, ropa, coches, casas, viajes en avi&oacute;n, todo lo que hacemos (y que otra grand&iacute;sima parte de la poblaci&oacute;n mundial no hace) est&aacute; haciendo polvo el mundo. El 30% m&aacute;s rico consume el 70% de los recursos, as&iacute; de claro. Ese estilo de vida, adem&aacute;s, se convierte en un ideal en la hegemon&iacute;a cultural global. Todo el mundo quiere ser como los due&ntilde;os de las cuentas m&aacute;s seguidas en Instagram. Es una lucha inconsciente por unos derechos infinitos, un ejercicio psicol&oacute;gico que rara vez nos paramos a contemplar seriamente.
    </p><p class="article-text">
        Es aqu&iacute; donde entran en juego las palabras. Es aqu&iacute; donde tenemos que empezar a hablar de perdida de derechos y libertades. Y la raz&oacute;n es simple, si nunca hablamos de perdida de derechos, nunca hablaremos de c&oacute;mo los perderemos.
    </p><p class="article-text">
        Porque una cosa tenemos que tener muy clara, vamos a perder derechos y libertades, la cuesti&oacute;n es C&Oacute;MO lo haremos.
    </p><p class="article-text">
        Si la situaci&oacute;n sigue as&iacute;, las desigualdades ir&aacute;n en aumento. Los ricos se har&aacute;n m&aacute;s ricos, los pobres m&aacute;s pobres, el mundo un poco m&aacute;s inhabitable cada a&ntilde;o. Renunciaremos a derechos no por consenso, ni porque hayamos estado plane&aacute;ndolo, intentando hacerlo adem&aacute;s de manera democr&aacute;tica e inclusiva, sino a lo bestia. Renunciaremos a derechos porque nos obligar&aacute;nn a hacerlo, y a las malas. Veremos cosas horribles sobre las que no tendremos ning&uacute;n poder de decisi&oacute;n, sobre las que no habremos debatido ni votado, ni tan siquiera identificado con un lenguaje preciso.
    </p><p class="article-text">
        Si empezamos a hablar de ello, sin embargo, puede que con mucho trabajo y mucha renuncia, con un ejercicio de sacrificio casi, lleguemos a decidir c&oacute;mo perderemos esos derechos. Puede que lo hagamos mediante el consenso, con justicia, y de la manera m&aacute;s democr&aacute;tica e inclusiva posible. Y digo &ldquo;puede&rdquo; porque la tarea que tenemos entre manos es tit&aacute;nica, y nada es seguro ya. Pero podemos intentarlo.
    </p><p class="article-text">
        En el fondo, claro, estamos todos en contra. Porque no es nada f&aacute;cil admitir que vivimos por encima de nuestras posibilidades. No es nada f&aacute;cil dejar de coger aviones, renunciar a todo lo que tenemos que renunciar como habitantes del primer mundo. Es de tremenda importancia entender el poder que las posibilidades aparentemente infinitas del neoliberalismo ofrece a nuestro cerebro simiesco. El capitalismo es un s&uacute;per est&iacute;mulo dificilmente gestionable por una mente que evolucion&oacute; en la escasez y la dificultad. La promesa de placer infinito, sin ning&uacute;n sufrimiento ni esfuerzo, es demasiado fuerte para rechazarla. Por eso el ideal capitalista es tan embaucador e hipnotizante.
    </p><p class="article-text">
        Renunciar a &eacute;l no es solo un ejercicio de prudencia y de realismo ecol&oacute;gico, sino tambi&eacute;n un ejemplo intercultural. Somos los que m&aacute;s tenemos los que deber&iacute;amos privarnos de una vida llena de excesos. No podemos exigir a nadie un cambio sin cambiar nosotros primero.
    </p><p class="article-text">
        Y para cambiar, tenemos que empezar a cambiar nuestro lenguaje y la manera de abordar el tema.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que te propongo que incluyas en tu vocabulario la palabra &ldquo;derechos&rdquo; de nuevo. Hazlo para hablar no s&oacute;lo de derechos necesarios, sino tambi&eacute;n de renuncia. Empieza a diferenciar claramente este debate de fascismos y empieza a quitarle el peso de la historia a tu discurso. Empecemos a hablar de una voluntad de sacrificio, de una simplicidad voluntaria. Convierte tus palabras en un arma pol&iacute;tica con conciencia, y hazlo lo antes posible. Despierta de la falsa neutralidad del lenguaje y provoca sentimientos profundos cuando hables con tus amigos y familiares de libertades y derechos a los que vamos a tener que renunciar. Hazles entender que si no aprenden a ceder ahora, alguien tomar&aacute; la decisi&oacute;n por ellos.
    </p><p class="article-text">
        En la cubierta del Titanic tenemos que empezar a hablar de c&oacute;mo evacuar el barco, y hacerlo de manera franca y democr&aacute;tica, o nos ahogaremos la mayor&iacute;a, en medio del caos, el dolor y la incertidumbre.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/palabras-prohibidas_132_1247730.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 18 Nov 2019 10:24:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Palabras prohibidas]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El elefante en la habitación]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/elefante-habitacion_132_1353339.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6535385f-ccb8-4b44-8b22-7075ec078951_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El elefante en la habitación"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hemos llegado a tenerle tanto miedo al sufrimiento, a hacer daño con nuestras palabras o que nos lo hagan, a los silencios incómodos, que preferimos seguir adelante haciendo caso omiso de aquello que nos molesta</p><p class="subtitle">Nos hemos ido de vacaciones mientras el elefante en la habitación destruye absolutamente toda nuestra casa y mata uno a uno a los invitados.  Mientras el cáncer nos come por dentro</p><p class="subtitle">Hay algo increíblemente valiente en hacer lo que hizo mi madre y en hacer lo que nos estoy pidiendo que hagamos como habitantes de este planeta. Mostrarse vulnerable es un ejercicio increíble de liberación</p></div><p class="article-text">
        Hay temas que son tan dif&iacute;ciles de hablar que directamente los ignoramos. El dolor, la impotencia o la complejidad que despiertan en nuestro cerebro se nos hacen insoportables. De hecho, todos sabemos lo buenos que somos ignorando temas sensibles: lo hacemos todos los d&iacute;as, vivimos m&aacute;s en una cultura del silencio y del tab&uacute; que en una de la verdad y la transparencia.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, cuando alguien nos pregunta c&oacute;mo estamos rara vez decimos otra cosa que &ldquo;bien &iquest;y t&uacute;?&rdquo;. Son reflejos, no nos paramos mucho a pensar en ellos, pero esconden un problema mucho mayor: huimos de las conversaciones dif&iacute;ciles porque nos hacen sufrir. Hemos llegado a tenerle tanto miedo al sufrimiento, a hacer da&ntilde;o con nuestras palabras o que nos lo hagan, a los silencios inc&oacute;modos, que preferimos seguir adelante haciendo caso omiso de aquello que nos molesta. Pero hay un problema con esto, y es que si hay un tema que nos hace sufrir, si hay algo que nos provoque una sensaci&oacute;n terrible de incomodidad, significa que probablemente sea algo muy importante. Algo que precisamente merece la pena ser contado.
    </p><p class="article-text">
        En ingl&eacute;s, estos temas ignorados suelen llamarse &ldquo;elefantes en la habitaci&oacute;n&rdquo;. Es enorme, ha destrozado la mitad de los muebles y se ha cagado por todo el suelo de la casa, pero todo el mundo hace como si no estuviera ah&iacute;. Me parece dif&iacute;cil encontrar una m&eacute;tafora m&aacute;s adecuada.
    </p><p class="article-text">
        Vale, pues hay un elefante en la habitaci&oacute;n m&aacute;s grande que todos ellos. Es mam&aacute; elefante en la habitaci&oacute;n, y si nos paramos a mirarla de cerca, es el jodido elefante m&aacute;s importante de todas las habitaciones. De hecho, este elefante est&aacute; en una habitaci&oacute;n com&uacute;n, de todos, ya se ha cagado por toda la casa, ha reventado el techo y aplastado a varios de los invitados. Y s&iacute; , este elefante es el cambio clim&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        Antes de que dejes de leer, presta atenci&oacute;n a las sensaciones de tu cuerpo cada vez que lees las palabras &ldquo;cambio clim&aacute;tico&rdquo; , o &ldquo;crisis ecol&oacute;gica&rdquo; o &ldquo;colapso civilizatorio&rdquo;. Date un respiro, reflexiona. En mi caso, no me da miedo decirlo, es una mancha constante en mis pensamientos. Es un miedo, una impotencia terrible ante el mundo. Y es normal, nuestro cerebro no ha evolucionado para tratar con un elefante as&iacute;.  Es un problema difuso, con miles de causas diferentes, ultracomplejo, ubicuo y que amenaza absolutamente todo lo que conocemos. Es un cortocircuito para un cerebro dise&ntilde;ado para gestionar la caza menor y problemas inmediatos de la savana.
    </p><p class="article-text">
        Estamos todos en esto contigo, este elefante es una putada. As&iacute; de claro.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; que respira, abraza esa sensaci&oacute;n, no conozco a nadie que mirando a ese elefante a los ojos no se sienta como una mierda. Y ahora, una vez lo has aceptado,  vamos a decir las cosas como son: es el mayor problema que el ser humano ha tenido entre manos jam&aacute;s. Puede que nuestro cerebro lo entienda mejor si lo comparamos con algo m&aacute;s a nuestra `escala&acute;, algo que conocemos mejor: el c&aacute;ncer.
    </p><p class="article-text">
        Imagina que la humanidad va al m&eacute;dico y este le dice que tiene un cancer. Uno serio, tiene pocas posibilidades de sobrevivir, aunque las hay. Cada persona reacciona de manera diferente al c&aacute;ncer, as&iacute; que supongamos que esta humanidad en concreto no se lo cree y va a otro m&eacute;dico, pide una segunda opini&oacute;n. Este m&eacute;dico no s&oacute;lo confirma lo que dijo el primero, si no que adem&aacute;s le dice a la humanidad que hace 30 a&ntilde;os que todos saben que tiene c&aacute;ncer y nadie hace mucho al respecto. La humanidad se queda de piedra. Y , como somos humanos, hace algo que algunos pacientes reales de c&aacute;ncer hacen de verdad: lo niega.
    </p><p class="article-text">
        El proceso de negaci&oacute;n de nuestro cerebro es tan fuerte y tan complejo , y adem&aacute;s no soy un experto, que no me voy a parar aqu&iacute; a intentar explicarlo. Simplemente imagina (no es muy dif&iacute;cil) que la sensaci&oacute;n de esa noticia es tan terrible para la humanidad, le cuesta tanto gestionarla, le quita tanto el sue&ntilde;o, que esta decide irse de vacaciones. Hacer como si no pasara nada.
    </p><p class="article-text">
        Pues eso es exactamente lo que estamos haciendo. Nos hemos ido de vacaciones.
    </p><p class="article-text">
        Nos hemos ido de vacaciones mientras el elefante en la habitaci&oacute;n destruye absolutamente toda nuestra casa y mata uno a uno a los invitados.  Mientras el c&aacute;ncer nos come por dentro.
    </p><p class="article-text">
        Respira de nuevo. Es horrible. Lo s&eacute;. Pero de eso precisamente te estoy hablando. &iquest;C&oacute;mo hemos llegado a una cultura global que ignora una problem&aacute;tica tan terrible?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo es posible que nos cueste tanto hablar de estas cosas? Es algo que me fascina.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a que diagnosticaron c&aacute;ncer a mi madre fue una patada en la cara de toda la familia. Un despertar a lo bestia: vosotros vais a morir tambi&eacute;n. Pero a&uacute;n as&iacute;, actu&eacute; como si en realidad no pasara nada  hasta muy avanzado el tratamiento. Lo negu&eacute; un poco, quiz&aacute;s no negaci&oacute;n pero s&iacute; evit&eacute; pensar mucho en ello. Hasta que una ma&ntilde;ana, mientras mi madre hablaba con su hermana y conmigo en el sal&oacute;n, mi madre dijo de pronto: &ldquo;Joder, es que no me quiero morir.&rdquo; Y se puso a llorar.
    </p><p class="article-text">
        Era la primera vez que la o&iacute;a decir algo as&iacute;. Algo hizo crack en mi cabeza. Era la primera vez que ve&iacute;a a un ser humano, alguien al que amaba, admitir su impotencia, admitir su tristeza, admitir plena y conscientemente todo lo malo que le estaba pasando. Y entend&iacute; muchas cosas.
    </p><p class="article-text">
        Ese es exactamente el ejercicio que tenemos que hacer c&oacute;mo humanidad. Exactamente eso. Es pararnos un d&iacute;a y admitir que estamos jodidos. Respirar, admitirlo, encajar el golpe, compartirlo. Hay algo incre&iacute;blemente valiente en hacer lo que hizo mi madre y en hacer lo que nos estoy pidiendo que hagamos como habitantes de este planeta. Mostrarse vulnerable es un ejercicio incre&iacute;ble de liberaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        No tenemos por qu&eacute; esconder nuestro miedo ante este elefante, no tenemos por qu&eacute; fingir que no pasa nada. Todo lo contrario. Tenemos que desnudarlo, tenemos que girarnos todos hacia &eacute;l y mirarlo a los ojos, estudiarlo y estudiar sobre todo lo que nos hace sentir. Y despu&eacute;s tenemos que cagarlo a patadas de la casa.
    </p><p class="article-text">
        Pero ese primer paso es imprescindible. Si no miramos el elefante a los ojos, si seguimos haciendo como si no estuviera ah&iacute;, jam&aacute;s podremos deshacernos de &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; van entonces unos consejos: habla del elefante, todos los d&iacute;as, con todo el mundo. Menciona el cambio clim&aacute;tico y el miedo que te genera en las conversaciones con amigos, diles que no sabes qu&eacute; hacer al respecto, mu&eacute;strate vulnerable. En el trabajo, comparte noticias, busca el debate, y hazlo siempre desde lo que sientes, lo que &eacute;sta mierda que nos est&aacute; pasando a todos te hace sentir. Tenemos que convertir en cultura global nuestra preocupaci&oacute;n por el cambio clim&aacute;tico. Tiene que aparecer en tertulias, radio y portadas de los peri&oacute;dicos todos los d&iacute;as a todas horas.Tenemos que hacerlo tema central de nuestras vidas, porque si no acabaremos aplastados por ese elefante, antes de que podamos si quiera hablar de &eacute;l. &iquest;Tienes miedo de ser el pesado que siempre habla del cambio clim&aacute;tico? &iquest;Miedo de que la gente te mire como si fueras un friki, un cenizo, un tio/t&iacute;a raro/rara? Hazles entender que si supieran la gravedad del asunto no pensar&iacute;an eso. H&aacute;blales del elefante en la habitaci&oacute;n. Haz todo esto desde la aceptaci&oacute;n, desde lo humano. Puede que entonces otra gente, poco a poco, venga y te susurre: &ldquo;Oye, yo tambi&eacute;n veo a ese elefante, y me da mucho miedo&rdquo;. Puede que entonces no os sint&aacute;is tan solos.
    </p><p class="article-text">
        Luego s&eacute;cate las l&aacute;grimas, aj&uacute;state el cintur&oacute;n y ponte manos a la obra, tenemos mucho que hacer.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/elefante-habitacion_132_1353339.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Sep 2019 11:59:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El elefante en la habitación]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La vida sexual de H.]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/vida-sexual_132_1759904.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f48a8a73-d562-4e0b-870d-c95257bb8d79_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La vida sexual de H."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una vez más la noche no ha dado sus frutos. Vuelve solo a casa. Saca el móvil, abre el Tinder, 3% de batería, no contesta ninguno de sus cuatro</p><p class="subtitle">matches</p><p class="subtitle">Gritarle que no hace falta ser maleducada. Gritarle que esta mierda de sociedad y sus incongruencias nos afectan a todos, hombres y mujeres</p><p class="subtitle">Por supuesto, él no tiene la culpa tampoco de nada de lo malo que le haya pasado a esa desconocida. Y aunque no tiene la culpa, una parte de él lo siente. De pronto odia ser un hombre</p></div><p class="article-text">
        H. est&aacute; sentado sobre un taburete de su cocina, mirando por la ventana hacia el patio interior de su edificio. Ve figuras en las habitaciones d&eacute;bilmente iluminadas de las casas de enfrente. Son las siete de la ma&ntilde;ana, H. acaba de volver de fiesta. La vida comienza a despertar en los cuartos oscuros de sus vecinos, la suya se apaga mientras gira suavemente, quiz&aacute;s por el alcohol, puede que tambi&eacute;n por esa bebida que llevaba M o &eacute;xtasis. Qui&eacute;n sabe.
    </p><p class="article-text">
        Una vez m&aacute;s la noche no ha dado sus frutos. Vuelve solo a casa. Saca el m&oacute;vil, abre el Tinder, 3% de bater&iacute;a, no contesta ninguno de sus cuatro <em>matches</em>. Vuelve a mirar por la ventana. Ma&ntilde;ana probar&aacute; Bumble, o puede que OkCupid. S&iacute;, Ok Cupid dicen que est&aacute; mejor.
    </p><p class="article-text">
        En los &uacute;ltimos meses ha le&iacute;do varios art&iacute;culos sobre la soledad. Al principio los le&iacute;a por encima, un poco con miedo de verse retratado, luego los ley&oacute; pacientemente, dej&aacute;ndose inundar por una sensaci&oacute;n  nueva e inhumana &ldquo;este soy yo. Este soy yo y estoy s&oacute;lo.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        H. se considera un chico sensible. O al menos eso le dijeron algunas personas. Siempre fue buen amigo de sus amigos. Se emociona con algunas conversaciones, se aburre con las m&aacute;s banales, aunque las sigue por respeto.
    </p><p class="article-text">
        Para algunos H. es un t&iacute;o del mont&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        H. entiende que las mujeres est&aacute;n hartas de los hombres que se lanzan sobre ellas constantemente. &Eacute;l mismo ha soltado m&aacute;s de una reprimenda a alguno de sus amigos mientras estos gritaban de lejos a alguna chica, o simplemente hac&iacute;an comentarios asquerosos en el ascensor del trabajo.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto H. piensa tambi&eacute;n en el sexo casi todo el d&iacute;a. Y cuanto menos folla m&aacute;s lo piensa. Pero &eacute;l reprime sus pensamientos, quiz&aacute;s porque tiene una hermana, porque se cri&oacute; con un grupo de amigas, o puede que simplemente por verg&uuml;enza a decir lo que piensa. A veces se pregunta si son incompatibles la sensibilidad con un impulso sexual irrefrenable. &Eacute;l intenta ser ambas cosas, al fin y al cabo son partes iguales de su ser. Lo intenta de veras, pero por alg&uacute;n motivo, quiz&aacute;s porque no es muy atractivo, acaba estando solo y, por no hacer como todos los dem&aacute;s hombres, se queda en silencio.
    </p><p class="article-text">
        Excepto esta noche, esta noche y por primera vez en mucho tiempo, se ha acercado a una chica. La chica estaba de pie sola, parec&iacute;a un poco aburrida, un poco apartada de sus amigas. De todas las frases que se le pasaban por la cabeza ninguna sonaba muy convincente, as&iacute;  que simplemente le pregunt&oacute;: &ldquo;&iquest;A ti tampoco te gusta mucho salir de fiesta?&rdquo; Y H. que pensaba tener la entereza suficiente para aguantar las sacudidas de la modernidad l&iacute;quida y de su violencia impl&iacute;cita y sutil se vio golpeado por la respuesta: &ldquo;Anda calla...&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La chica se da media vuelta y se aleja. No era una chica muy guapa, quiz&aacute;s, pens&oacute;, ser&iacute;a su alterego femenino, ni muy guapa ni muy fea. Quiz&aacute;s, pens&oacute; de nuevo, eso le dar&iacute;a una oportunidad. Pens&oacute; mal.
    </p><p class="article-text">
        Ahora H. se ha quedado parado, haciendo todo lo posible por mantener la tranquilidad, aunque por dentro siente unas enormes sacudidas de pura violencia. Una violencia visceral y peligrosa, que &eacute;l mismo odia profundamente.
    </p><p class="article-text">
        Quiere correr detr&aacute;s de la chica, cogerla del brazo y gritarle.
    </p><p class="article-text">
        Gritarle que no hace falta ser maleducada. Gritarle que esta mierda de sociedad y sus incongruencias nos afectan a todos, hombres y mujeres. Gritarle que &eacute;l no tiene la culpa del patriarcado, ni de esas decenas de hombres que le gritan guarradas todos los d&iacute;as en la calle. Tampoco tiene la culpa de que salir de fiesta y emborracharse sea el &uacute;nico ambiente en el que parezca socialmente aceptable acercase a una chica.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n sabe que si nunca hiciera nada nunca nada pasar&iacute;a, y esta idea le consume.
    </p><p class="article-text">
        Por supuesto, &eacute;l no tiene la culpa tampoco de nada de lo malo que le haya pasado a esa desconocida. Y aunque no tiene la culpa, una parte de &eacute;l lo siente. De pronto odia ser un hombre. Luego retrocede, no, no puede odiar eso&hellip; &eacute;l es un hombre.
    </p><p class="article-text">
        Quisiera gritarle que &eacute;l tambi&eacute;n es vulnerable. Todos lo somos.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;ltima idea que le cruza por la cabeza mientras la chica se aleja es la del respeto, la buena educaci&oacute;n. &ldquo;Al menos nos queda eso, &iquest;no?&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Luego se acuerda de Tinder. De todos esos mensajes para nada. De todas esas conversaciones a medias, abandonadas por un mejor partido. Se acuerda incluso de c&oacute;mo han cambiado las conversaciones en el whatsapp. Ya ni los amigos contestan a tiempo, a veces ni contestan. A veces dicen que vendr&aacute;n, luego no aparecen.
    </p><p class="article-text">
        Y la impotencia le paraliza. Se queda clavado unos minutos.
    </p><p class="article-text">
        En realidad no hay nada que hacer. Las din&aacute;micas de la sociedad se le escapan, se le escaparon siempre, ajenas a todo, como olas que intentamos surfear hasta que llega la siguiente, o hasta que, cansado, sales a la playa y te sientas en la arena a mirar el mar.
    </p><p class="article-text">
        Y como tantas otras noches, sin decir nada, se va a casa.
    </p><p class="article-text">
        Siente unas ganas enormes de amar. Se acuerda de su ex. Piensa en enviarle un mensaje, pero ya ha estado ah&iacute;, ya hemos estado todos ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        H. se va a sentar en su cocina a mirar el mar. Cuando recupere fuerzas, quiz&aacute;s, volver&aacute; a intentar surfear alguna ola.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/vida-sexual_132_1759904.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 07 Jan 2019 10:37:22 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La vida sexual de H.]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Se hace silencio en la sala]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/hace-silencio-sala_132_1903133.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/db45150b-5ace-433a-8425-d49928a22ee7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Se hace silencio en la sala"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Descubrí el yoga por casualidad, mucha gente me había hablado de él en conversaciones dispersas. Sudé lo que no estaba escrito y me dolía todo el cuerpo, no volví a probar otra clase hasta un año más tarde</p><p class="subtitle">Poco a poco todas esas charlas fueron haciéndose más y más pesadas. Repetitivas. Lo que en principio parecía una teoría "accesoria" del yoga, que podías abrazar o no, se volvió imperativa</p><p class="subtitle">Mientras el gurú se cubría la cabeza con un pañuelo blanco y los alumnos hacían cola para dejar en el altar ofrendas de fruta, flores e incluso dinero, decidí levantarme e irme. Decidí escribir este texto</p></div><p class="article-text">
        Se hace el silencio en la sala. El gur&uacute; se arrodilla y pide que el primer disc&iacute;pulo suba al altar. Acto seguido cubre con su pa&ntilde;uelo su cabeza y la del alumno, que quedan ocultas tras un velo blanco al resto de la clase. 
    </p><p class="article-text">
        Esto que podr&iacute;a estar pasando en la India en alg&uacute;n momento del milenio pasado, est&aacute; pasando ahora mismo, en Barcelona, en una sala de yoga cualquiera en un barrio pudiente del centro de la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Descubr&iacute; el yoga por casualidad, mucha gente me hab&iacute;a hablado de &eacute;l en conversaciones dispersas. Mi primera clase fue en una sala con suelo de madera y un mont&oacute;n de mujeres guap&iacute;simas y super flexibles. Sud&eacute; lo que no estaba escrito y me dol&iacute;a todo el cuerpo, no volv&iacute; a probar otra clase hasta un a&ntilde;o m&aacute;s tarde.
    </p><p class="article-text">
        Fue una clase m&aacute;s llevadera, m&aacute;s din&aacute;mica, con una agradable m&uacute;sica de fondo, sud&eacute;, sent&iacute; que mi cuerpo se abr&iacute;a, sent&iacute; que mi columna me daba las gracias, mis rodillas segu&iacute;an quej&aacute;ndose, pero al salir, mientras caminaba, me sent&iacute; incre&iacute;blemente bien. Era realmente una sensaci&oacute;n alucinante. Segu&iacute; practicando y empezaron a abrirse mis caderas, ya pod&iacute;a sentarme c&oacute;modamente en el suelo sin sufrir demasiado, y fui descubriendo, adem&aacute;s, que el yoga ven&iacute;a de la mano de una filosof&iacute;a bastante concreta y bien definida que inclu&iacute;a much&iacute;simas pr&aacute;cticas que yo llevaba haciendo algunos a&ntilde;os, sin saberlo: comida sana y vegetariana, principios de no violencia (ahimsa, le llaman ellos) y otros conceptos &eacute;ticos y valores que sonaban bastante bien.
    </p><p class="article-text">
        En definitiva, el yoga molaba bastante.  Me apunt&eacute; a una sala que me pillaba cerca de casa y segu&iacute; descubriendo el mundo del yoga con bastante entusiasmo. Hab&iacute;a diferentes profesores, diferentes estilos, todos ellos aportaban su granito, sus trucos, sus posturas favoritas o secuencias, su elecci&oacute;n particular de m&uacute;sica, y aunque algunos me gustaban m&aacute;s que otros, sent&iacute;a una sensaci&oacute;n de paz interior durante las clases, escuchaba mi cuerpo mientras hac&iacute;a las posturas y al salir siempre me sent&iacute;a mejor que al entrar. Este es el yoga como lo venden en occidente, me dec&iacute;an, no es el yoga de verdad, pero yo estaba dispuesto a seguir aprendiendo, a seguir profundizando.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s, vino mi gran error. Una empresa organizaba un curso de profesor de yoga de 500 horas. Me pillaba cerca de casa, se realizaba durante los fines de semana y duraba nueve meses. El precio no era exagerado y todo parec&iacute;a muy profesional.  Me apunt&eacute;.
    </p><p class="article-text">
        Lo que pas&oacute; a continuaci&oacute;n cambi&oacute; mi experiencia del yoga radicalmente.
    </p><p class="article-text">
        Los primeros fines de semana, supongo que por la ilusi&oacute;n y por enfrentarme a algo desconocido, me parecieron amenos e incluso interesantes. Los profesores eran internacionales, alumnos de grandes maestros, y la pr&aacute;ctica en s&iacute; misma, los ejercicios posturales y estiramientos (asanas, lo llaman ellos), eran realmente buenos. Poco a poco, para llenar los espacios vac&iacute;os entre las pr&aacute;cticas, nos fueron dando el contenido &ldquo;te&oacute;rico&rdquo; del yoga, la filosof&iacute;a que acompa&ntilde;a, el entendimiento, seg&uacute;n esta doctrina, de c&oacute;mo funciona el cuerpo, sus canales de energ&iacute;a, chakras, koshas, auras y todo un surtido de vocabulario nuevo que hab&iacute;a que ir integrando y entendiendo. 
    </p><p class="article-text">
        Se nos hablaba de reencarnaci&oacute;n y de Karma tambi&eacute;n, y se nos aseguraba que, si no se cre&iacute;a en ellos ahora, que no nos preocup&aacute;ramos, con la pr&aacute;ctica acabar&iacute;amos entendiendo, acabar&iacute;amos creyendo. Yo no dudaba en levantar la mano y en intervenir siempre que era posible, para decir que efectivamente yo no cre&iacute;a en nada de aquello, y no s&oacute;lo eso, sino que no sent&iacute;a los koshas, no sent&iacute;a los chakras, no sent&iacute;a nada de nada. S&iacute; sent&iacute;a mi cuerpo, si sent&iacute;a corrientes de energ&iacute;a (si se la puede llamar as&iacute;) pero no sabr&iacute;a ponerles nombres, ni cuantas hay, ni de d&oacute;nde vienen. Vamos, que sent&iacute;a que estaba vivo, nada m&aacute;s. No hac&iacute;a esto con esp&iacute;ritu rebelde ni mucho menos, m&aacute;s bien intentaba mostrarme tal y como me sent&iacute;a de verdad (como tanto nos insist&iacute;an ellos, con uno de sus principios &ldquo;satya&rdquo;, el amor a la verdad, la honestidad)
    </p><p class="article-text">
        Poco a poco todas esas charlas fueron haci&eacute;ndose m&aacute;s y m&aacute;s pesadas. Repetitivas. Lo que en principio parec&iacute;a una teor&iacute;a &ldquo;accesoria&rdquo; del yoga, que pod&iacute;as abrazar o no, se volvi&oacute; imperativa. Yo, que en un principio sent&iacute;a una curiosidad enorme, empec&eacute; a encontrar estas charlas realmente insoportables. Los diferentes &ldquo;maestros&rdquo; ten&iacute;an sus maneras particulares de hacernos entender que el trabajo personal en el yoga requer&iacute;a tiempo, requer&iacute;a disciplina, requer&iacute;a pr&aacute;ctica. Que uno no llegaba a ser un yogui de la noche a la ma&ntilde;ana. Nos recomendaron unos libros, de los cuales me le&iacute; 2, entre ellos la &ldquo;biblia&rdquo; de los yoguis el &ldquo;Bhagavad gita&rdquo; y la &ldquo;Autobiograf&iacute;a de un Yogui&rdquo;, sobre la vida de un gur&uacute;. El primero no s&oacute;lo me pareci&oacute; extremadamente flexible en su interpretaci&oacute;n, sino totalmente carente de un sentido m&iacute;nimo, de una l&oacute;gica, de un mensaje claro. Por supuesto esto se debe (me dir&iacute;an luego) a mi interpretaci&oacute;n extremadamente racional y occidentalizada del libro&hellip; El problema era yo&hellip; 
    </p><p class="article-text">
        El segundo mejor ni mencionarlo&hellip;
    </p><p class="article-text">
        En clase, habl&aacute;bamos del sufrimiento en el mundo. De la pobreza, de los ni&ntilde;os bomba, del cambio clim&aacute;tico y la destrucci&oacute;n de los ecosistemas, indispensables para la supervivencia de nuestra especie, y todo se resolv&iacute;a f&aacute;cilmente en una cuesti&oacute;n de ciclos vitales, o Karma, o simplemente &ldquo;as&iacute; es la vida&rdquo;, &ldquo;todo tiene un porqu&eacute;&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Algunos saltaban crispados en la sala &ldquo; Pero &iquest;c&oacute;mo es posible?, &iquest;qu&eacute; Karma tienen los ni&ntilde;os que mueren de hambre, o asesinados por sus padres enloquecidos? &iquest;O simplemente la gente que nace con problemas de salud horribles?&rdquo;. Algo. Algo hab&iacute;a pasado en sus vidas anteriores, esa experiencia ten&iacute;a una raz&oacute;n de ser. 
    </p><p class="article-text">
        Yo buscaba miradas c&oacute;mplices en la sala, a veces las encontraba, aunque muy t&iacute;midas, pero sobre todo ve&iacute;a miradas de admiraci&oacute;n, de devoci&oacute;n casi. 
    </p><p class="article-text">
        Incluso me llegaron a decir &ldquo;insensible&rdquo;, y me dedicaron algunas miradas de rechazo bastante evidentes, cosa rara entre los &ldquo;yoguis&rdquo;. Estaba claro que yo no pintaba nada ah&iacute;, y era cierto. 
    </p><p class="article-text">
        La ma&ntilde;ana de un domingo, mientras el gur&uacute; se cubr&iacute;a la cabeza con un pa&ntilde;uelo blanco y los alumnos hac&iacute;an cola para dejar en el altar ofrendas de fruta, flores e incluso dinero, decid&iacute; levantarme e irme. Decid&iacute; escribir este texto. 
    </p><p class="article-text">
        No hace falta ser occidental, ni chino ni vietnamita, ni indio americano ni jud&iacute;o negro ortodoxo para darse cuenta de que la existencia humana es terriblemente dif&iacute;cil. 
    </p><p class="article-text">
        En alg&uacute;n momento, nuestros ancestros, aquellos monetes simp&aacute;ticos, empezaron a poder hacerse preguntas sobre el mundo, empezaron a tomar conciencia de ellos mismos y de todo lo que les rodeaba, y con ello lleg&oacute; la terrible sensaci&oacute;n de estar vivo, de ser vulnerable. En alg&uacute;n momento tambi&eacute;n, alguien en alg&uacute;n lugar se pregunt&oacute; &ldquo;por qu&eacute;&rdquo; , sin obtener respuesta, y entonces lleg&oacute; la sensaci&oacute;n que nos perseguir&iacute;a para siempre, a trav&eacute;s de las culturas, a trav&eacute;s de los textos sagrados, a trav&eacute;s de los totems y plegarias, a trav&eacute;s de oc&eacute;anos y continentes y a trav&eacute;s del tiempo: la incertidumbre. 
    </p><p class="article-text">
        No hay energ&iacute;a humana posible, no hay ejercicio de racionalizaci&oacute;n, explicaci&oacute;n cient&iacute;fica o m&iacute;stica posible, no hay esfuerzo intelectual capaz de superar la terrible condena de saber que hay cosas que nunca entenderemos. Ese es el terrible destino del ser humano, de la conciencia, de la inteligencia, de nuestra experiencia &uacute;nica en este planeta. 
    </p><p class="article-text">
        Y &iquest;qu&eacute; significa poder preguntarse todo eso? Qu&eacute; extra&ntilde;o destino, que suerte m&aacute;s confusa, que injusto el poder hacerse tantas preguntas que no tienen respuesta. 
    </p><p class="article-text">
        Los sabios, los religiosos, los gur&uacute;s, los chamanes, los jefes de tribu, los m&iacute;sticos y dem&aacute;s lo sab&iacute;an, y poco a poco, fueron dando respuesta a todas esas preguntas, fueron callando aquella voz insoportable, fueron apaciguando la mente. Fueron contando historias que daban un sentido al mundo, al menos un sentido en t&eacute;rminos que todos entend&iacute;an, y el truco funcion&oacute;. La incertidumbre fue desplazada por un sentimiento de miedo primero, luego devoci&oacute;n y dedicaci&oacute;n (pero en el fondo siempre de miedo) a ese ser supremo, a ese ser absoluto. Convirti&eacute;ndolo en un objeto, por muy difuso que este fuera, perd&iacute;a su poder sobre nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, en pleno siglo XXI, mientras occidente se enfrasca en un neoliberalismo can&iacute;bal, mientras las noticias de todas partes nos hablan de crisis ecol&oacute;gica irremediable, mientras el aire que respiramos se contamina y el agua que bebemos se agota, mientras talamos bosques, mientras la desigualdad crece y los empleos se vuelven fugaces, mientras la cohesi&oacute;n y entereza de la sociedad se tambalea, ese sentimiento largo enterrado vuelve a resurgir. &iquest;Qu&eacute; ser&aacute; de nosotros?
    </p><p class="article-text">
        En otras partes del mundo, &iquest;no ocurre mucho?, la religi&oacute;n, de cualquier tipo, siempre estuvo ah&iacute;. Las respuestas son las mismas. Pero en occidente mientras el pueblo se aleja m&aacute;s y m&aacute;s de la tradici&oacute;n cristiana, los individuos se quedan sin amparo, sin espiritualidad. En la mente vuelve a surgir esa voz insoportable, ese caos. 
    </p><p class="article-text">
        Volvemos a sentirnos vulnerables.
    </p><p class="article-text">
        La mayor&iacute;a de la gente lo hace lo mejor que puede. Para acallar esas voces, compran, van al cine, se abonan a netflix, dejan de leer el peri&oacute;dico. Se centran en sus hobbies. Se afanan en alg&uacute;n deporte. Se vuelven adictos al trabajo. Adictos a las redes. Adictos a las drogas. Adictos a cualquier cosa. Hacen cualquier cosa que ocupe su tiempo y su mente, que les aleje de ese vac&iacute;o insoportable.
    </p><p class="article-text">
        Y algunos, desprevenidos, caen en las redes del yoga moderno. 
    </p><p class="article-text">
        No hay nada de malo en tener pasiones. No voy a ser yo quien diga que dedicarse en cuerpo y alma a algo no tiene su utilidad. Que incluso de vez en cuando, nos merecemos un Netflix, nos merecemos un no pensar, nos merecemos un descanso.
    </p><p class="article-text">
        Pero de ah&iacute; a abandonar todos los valores que nuestra trayectoria como especie ha ido consiguiendo con duro trabajo, hay un paso, y un paso enorme. 
    </p><p class="article-text">
        De ah&iacute; a decir que los ni&ntilde;os en &Aacute;frica sufren por el karma, o pensar que comiendo todos comida ecol&oacute;gica vegetariana se soluciona el mundo, no es que haya un paso, es que hay un ejercicio de pura ignorancia, de necedad, de ceguera absoluta. 
    </p><p class="article-text">
        Por lo que sabemos, si la historia del ser humano sirve de algo, es que hemos ido huyendo de la violencia. Hemos ido entendiendo el mundo con m&aacute;s certeza, gracias a la ciencia, la raz&oacute;n, el estudio y la experimentaci&oacute;n, hemos ido consiguiendo cosas incre&iacute;bles, cosas impensables. Pero, en todo este proceso, tambi&eacute;n hemos visto que podemos ser terriblemente destructivos. Hemos cambiado la superficie del &uacute;nico sitio que tenemos para vivir hasta puntos peligrosos, nos hemos enfrentado, en definitiva, a los l&iacute;mites f&iacute;sicos del planeta, los l&iacute;mites de nuestra conducta, incluso, y ya que hablamos de yoga, de nuestra espiritualidad.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, en pleno siglo XXI, el siglo que muchos llaman de la &ldquo;Gran Prueba&rdquo;, tenemos que crear una nueva espiritualidad. Una espiritualidad diversa, moderna, adecuada a los tiempos que corren. Que tenga en cuenta los progresos hechos por la ciencia, la &eacute;tica y la filosof&iacute;a de muchas culturas, pero sobre todo, una espiritualidad que no tenga miedo a la vulnerabilidad.
    </p><p class="article-text">
        Una espiritualidad que acepte que el mundo es complejo, jodido. Que no busque soluciones f&aacute;ciles. 
    </p><p class="article-text">
        Una espiritualidad que nos lleve a la acci&oacute;n social, a los v&iacute;nculos emocionales, al cuidado de los dem&aacute;s, a proteger la tierra, a protegernos a nosotros, a proteger nuestro patrimonio &eacute;tico y nuestros valores.
    </p><p class="article-text">
        Una espiritualidad, en definitiva, que abrace esa terrible y eterna incertidumbre.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo Hernández]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/hace-silencio-sala_132_1903133.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Oct 2018 08:47:58 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Se hace silencio en la sala]]></media:title>
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