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    <title><![CDATA[elDiario.es - Alejandro García]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/alejandro_garcia/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Alejandro García]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Las madres de la caravana de hondureños que migran a EEUU: "Prefiero que nos devuelvan a que nos separen"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/madres_1_1879815.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bd7c019a-b62f-40a3-9fe0-84e16fa08707_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las madres de la caravana de hondureños que migran a EEUU: &quot;Prefiero que nos devuelvan a que nos separen&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Estas son algunas de las historias de las madres que están participando en la caravana de migrantes que salió el pasado 13 de octubre de Honduras con la intención de llegar a EEUU tras atravesar México</p><p class="subtitle">Todas han decidido migrar porque quieren que sus niños crezcan lejos del hambre y la violencia</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li><a href="https://www.plazapublica.com.gt/content/madres-en-exodo" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia"><strong>Este reportaje se public&oacute; originalmente en Plaza P&uacute;blica, de Guatemala</strong></a></li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        Arriesgarse a viajar desde Honduras hasta Estados Unidos ya es dif&iacute;cil para un adulto. Pero es m&aacute;s complicado para las madres solteras que atraviesan fronteras en compa&ntilde;&iacute;a de sus hijos. Lo hacen, todas, porque quieren que sus ni&ntilde;os crezcan lejos del hambre y las balas.
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://www.plazapublica.com.gt/content/madres-en-exodo" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Estas son solo algunas de las historias de cientos de madres de la caravana</a> de migrantes <a href="https://www.eldiario.es/theguardian/caravana-migrantes-hondurenos-Centroamerica-siguiente_0_826268146.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">que sali&oacute; el pasado 13 de octubre de la ciudad hondure&ntilde;a</a> de San Pedro Sula con la intenci&oacute;n de llegar a EEUU tras atravesar M&eacute;xico.
    </p><h3 class="article-text">Karen</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Dentro del Colegio Santa Mar&iacute;a, ubicado frente a la Casa del Migrante Scalabriniani, la noche del 17 de octubre, cientos de migrantes descansan en el suelo, en los pasillos, sobre colchonetas. Karen Montoya, de 30 a&ntilde;os, permanece atenta a la gente, como memorizando los rostros.  
    </p><p class="article-text">
        En el 2010, Karen, de San Pedro Sula, estaba embarazada. El padre, sin embargo, no quiso reconocer a su hija y pronto dejaron de comunicarse. Luego naci&oacute; Ashley.
    </p><p class="article-text">
        Karen crio a su hija sola. Trabaj&oacute; preparando comida, vendi&eacute;ndola en un puesto en la calle. Cada d&iacute;a se levantaba a hacerle el desayuno a Ashley y empezar a cocinar los almuerzos. Pero el dinero no era suficiente.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Nunca nos alcanzaba para nada&mdash; afirma. Por eso siempre consider&oacute; emigrar hacia Estados Unidos. A pesar de no tener familia all&aacute;, sab&iacute;a que a muchos vecinos y amigas les iba bien.
    </p><p class="article-text">
        El viernes pasado escucharon las declaraciones del exdiputado Bartolo Fuentes, que aseguraba en televisi&oacute;n que acompa&ntilde;ar&iacute;a a 180 migrantes hondure&ntilde;os hasta Estados Unidos. &ldquo;V&aacute;monos, mami&rdquo;, le dijo Ashley, &ldquo;es nuestra oportunidad&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Eso que me dijo lo tengo grabado en la mente&mdash; sonr&iacute;e y ve a su hija, que juega con su cabello rizado &mdash;Cada vez que me duelen los pies pienso en eso, que es nuestra oportunidad y que ella cree que es nuestra oportunidad de tener una mejor vida.
    </p><p class="article-text">
        Empacaron entonces un poco de ropa, peines, su&eacute;teres, por si acaso, y un poco de fruto en una mochila y salieron. Karen afirma que a pesar del cansancio se siente positiva, pues todo ha salido bien y no han tenido mayor percance. Admite que los tramos que les ha tocado caminar han sido largos y arduos, &ldquo;pero nosotras vamos a nuestro ritmo, solitas, y vamos platicando siempre&rdquo;, dice, &ldquo;y pues tambi&eacute;n hemos tenido la oportunidad de ir e carro, en&hellip;&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;En bus?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ah, pero no cualquier bus. Yo no quiero exponer a mi nena.
    </p><p class="article-text">
        Sobre si le preocupa pasar por M&eacute;xico, Karen parece confundida. Ella frunce el ce&ntilde;o, alza los hombros y junta los labios. Hasta voltea la mirada, como indignada por la pregunta. Ofendida, quiz&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ac&aacute; no nos ha faltado nada. Hemos tenido comida, agua, donde dormir, rides. La gente ayuda a la gente&mdash; &iquest;Y la violencia? &mdash;Pues entre todos nos vamos a cuidar&mdash; Una pausa &mdash;Las distancias tal vez s&iacute; me preocupan, como dice. Pero ya veremos. Dios nunca lo abandona a uno.
    </p><p class="article-text">
        Una vez Karen llegue a Estados Unidos, espera encontrar trabajo de &ldquo;lo que sea&rdquo; y ayudar a Ashley terminar la primaria. Sue&ntilde;a con que estudie en la universidad.
    </p><h3 class="article-text">Carmen</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Carmen, de Col&oacute;n, viaja con su familia. Con su hermanastra, dos sobrinos, de 8 y 5 a&ntilde;os, y con su hijo de 15 a&ntilde;os, Luis Alexander. Ella y su hermanastra, Griselda escucharon la noticia de la caravana el viernes y se juntaron a discutirlo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Nos vamos?&mdash; sugiri&oacute; Griselda, pero Carmen, de 51 a&ntilde;os, ten&iacute;a dudas.
    </p><p class="article-text">
        Las hermanastras adem&aacute;s tienen otra media hermana en Houston (Texas) Ana Williams. Ana sali&oacute; a principios de a&ntilde;o, junto a otra caravana desde Honduras y trabaja ahora en restaurantes del &aacute;rea como camarera, tiene su propio apartamento y ocasionalmente les manda fotos de los centros comerciales, las carreteras, las calles bien iluminadas y pavimentadas, las playas.
    </p><p class="article-text">
        Pero antes de tomar la decisi&oacute;n, Carmen consult&oacute; con su hijo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Usted est&aacute; de acuerdo, hijo? &mdash;le pregunt&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Luis Alexander estaba de acuerdo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Madre &mdash;le respondi&oacute;&mdash;, yo quiero superarme y ac&aacute; en Honduras no se puede la cosa.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;V&aacute;monos a ver a tu t&iacute;a, pues &mdash;dijo Carmen, y empac&oacute; sus cosas en una peque&ntilde;a bolsa de mano.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;&Eacute;l quiere ser arquitecto&rdquo;, cuenta Carmen mientras cubre el rostro de su hijo que empieza a quedarse dormido en el albergue habilitado frente a la Casa del Migrante. &ldquo;F&iacute;jese&rdquo;, recalca, y pasa una mano por su cabello color sal y pimienta. &ldquo;Yo pens&eacute; que m&eacute;dico, o algo as&iacute;. Pero no. Arquitecto&rdquo;, dice y se vuelve para verlo, Luis Alexander duerme con los aud&iacute;fonos puestos. En Honduras, Luis Alexander estudiaba en una escuela p&uacute;blica, en Estados Unidos quiere terminar sus estudios y, si es necesario, trabajar para ayudar a su madre. Los sobrinos de Carmen, Dikson y Jorge Alberto, tambi&eacute;n esperan estudiar en Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        Carmen se sienta erguida, con el cuello firme, los hombros delgados alineados a la pared. Parece tener la practicada postura de una bailarina retirada. Pero no lo es. Sus huesos est&aacute;n fuertes a base de trabajar en los oficios dom&eacute;sticos. Se emple&oacute; en casas particulares tras la muerte del padre de Luis Alexander. Al contarlo, sus ojos se llenan de l&aacute;grimas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo no quiero que &eacute;l se enfrente a lo que le toc&oacute; a su pap&aacute;&rdquo;, dice, secando las l&aacute;grimas de sus mejillas con su mano morena. &ldquo;All&aacute; en Honduras hay mucha delincuencia. Algunas personas dicen que por qu&eacute; nos exponemos a viajar tan lejos, pero esto no es nada comparado a lo que viv&iacute;amos en Col&oacute;n. Pandilleros, extorsionistas, todos los d&iacute;as ellos&hellip;&rdquo;. Carmen no puede continuar. Sus sobrinos brincan frente a su madre. Como otros ni&ntilde;os o ni&ntilde;as que van con la caravana, ellos mantienen la inocencia y la energ&iacute;a, como si este fuese solo un viaje m&aacute;s, a una playa quiz&aacute;s, como las de las fotos que manda t&iacute;a Ana desde Houston.
    </p><p class="article-text">
        Como para aliviar la charla, Carmen dice que lo ha pasado bien en Guatemala. &ldquo;El trayecto ha sido duro, pues&rdquo;, se&ntilde;ala, &ldquo;esta es la primera noche que no dormimos en el piso [suelo]&rdquo;. Sin embargo, ha recibido comida, agua, medicina &ldquo;y no es que lo exijamos; la gente nos lo da con gusto&rdquo;, y sonr&iacute;e. Y a pesar de que dice que la llegada a M&eacute;xico le preocupa, por la distancia, conf&iacute;a que tambi&eacute;n las y los mexicanos les brindar&aacute;n una mano.
    </p><p class="article-text">
        Carmen admite que no sab&iacute;a de la pol&iacute;tica de separaci&oacute;n del fiscal general de EEUU, Jeff Sessions, que en mayo de este a&ntilde;o separ&oacute; a miles de familias centroamericanas. &ldquo;Pero, &iquest;ya no est&aacute; pasando?&rdquo;, pregunta preocupada. &ldquo;Nosotros no queremos hacer da&ntilde;o. Es m&aacute;s, vamos con temor de que a nosotros nos hagan da&ntilde;o. Prefiero que nos devuelvan a que nos separen. Nosotros vamos con la ilusi&oacute;n de trabajar, no de hacer da&ntilde;o, sino de superar a nuestra familia&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Mayra</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &ldquo;Hola, papi, le llamo para decirle que me vine con el grupo de migrantes que sali&oacute; de Honduras&rdquo;, dice Mayra Ayala por tel&eacute;fono. As&iacute; le avisa a su padre de que va con la caravana. &ldquo;No me contest&oacute;, le dej&eacute; un mensaje de voz&rdquo;, cuenta y le devuelve el tel&eacute;fono a un joven de Tegucigalpa que compr&oacute; una tarjeta SIM.
    </p><p class="article-text">
        Mayra, tiene 24 a&ntilde;os, es de Ocotepeque y viaja con su hija Emily, de dos a&ntilde;os y con su t&iacute;a. Emily sonr&iacute;e y muestra orgullosa su camiseta de Dora la exploradora a todo el que se acerca.
    </p><p class="article-text">
        Mayra y su t&iacute;a salieron el lunes en la madrugada de Ocotepeque, en la llamada regi&oacute;n Lempa, para unirse a la caravana que iba ya de camino a Esquipulas. Mayra no pod&iacute;a conseguir trabajo en su ciudad natal, a veces no ten&iacute;a con qu&eacute; comprarle comida a Emily. Trabajaba ocasionalmente haciendo limpieza en casas particulares. Pero no le alcanzaba lo que ganaba. Cuando se enter&oacute; de la caravana, el viernes, ella y su t&iacute;a se lo pensaron mucho, Mayra ten&iacute;a miedo del camino, de pasar hambre, de que Emily enfermara. Pero finalmente, se decidieron.
    </p><p class="article-text">
        Afirma que se preocup&oacute; el pasado lunes, cuando la Polic&iacute;a Nacional Civil (PNC) detuvo al grupo. &ldquo;Es algo que ni en Honduras me hab&iacute;a tocado vivir&rdquo;, dice, sorprendida. Y al pasar tambi&eacute;n se sorprendi&oacute; de la bondad de las y los guatemaltecos. &ldquo;No nos ha faltado ni una sola comida&rdquo;, sonr&iacute;e.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, Mayra empieza a tener dudas. No sabe si seguir o regresarse a casa. No sabe si van a lograr cruzar la siguiente frontera. No sabe qu&eacute; van a encontrar en M&eacute;xico. Fr&iacute;o, quiz&aacute;s. Dormir en la calle. Violencia. Asaltos. Perderse en el interminable desierto azteca. Emily tambi&eacute;n le pregunta que cu&aacute;ndo se van a ir a la casa. &ldquo;Y ni siquiera hemos terminando de pasar Guatemala&rdquo;, dice preocupada.
    </p><p class="article-text">
        Lo que m&aacute;s le ilusiona a Mayra ahora es conseguir un trabajo &mdash;de lo que sea&mdash; y darle una mejor vida a su hija. Emily se mantiene activa, curiosa por el camino, las personas y &ldquo;gracias a Dios&rdquo;, como dice Mayra, &ldquo;sana y salva&rdquo;. Antes de despedirse Mayra reacomoda un peque&ntilde;o carrito rosa, doblado, como un viejo flamenco. &ldquo;Este me sirve, cuando ella ya no quiere caminar&rdquo;, cuenta Mayra.
    </p><h3 class="article-text">Paola</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Son las ocho de la noche del mi&eacute;rcoles 17 de octubre y Paola Gonz&aacute;lez, acostada sobre un colch&oacute;n inflable, le tapa el rostro a su hijo Emil de 9 meses y a Eliani de 3 a&ntilde;os, intentando que se duerman. &ldquo;Pero no quieren&rdquo;, r&iacute;e, sus mejillas rojas por peso del sol de seis d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        Paola, de 22 a&ntilde;os, viaja con su madre de &ldquo;&iquest;45?&rdquo;, le pregunta. &ldquo;&iexcl;44!&rdquo;, responde Modesta Gonz&aacute;lez, y ambas r&iacute;en. Entre las dos hacen malabares con los bultos de ropa y sus pocas pertenencias. Antes del viaje, Paola viv&iacute;a en Olancho y trabajaba como cajera en un Pollolandia, ganando 8.000 lempiras al mes, unos 330 d&oacute;lares. Pero su salario, m&aacute;s el de su esposo agricultor, no era suficiente para pagar la comida, ropa, el cuidado de su hijos y la renta. &ldquo;Quiero mi propia casa&rdquo;, dice Paola.
    </p><p class="article-text">
        El actual esposo de Paola y padre de Emil tambi&eacute;n quer&iacute;a irse con ella, pero su madre enferm&oacute; y se vio obligado a quedarse. El pap&aacute; de Eliani, por otro lado, vive en Estados Unidos desde poco tiempo despu&eacute;s que ella naciera, pero ella no sabe de &eacute;l, no mantienen comunicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Paola dice que el pasado mi&eacute;rcoles fue, quiz&aacute;s, uno de los d&iacute;as m&aacute;s ligeros de su viaje. Se levantaron a las 4 de la ma&ntilde;ana para ba&ntilde;arse y desayunar. Pero una vez siguieron el viaje, el camino se les facilit&oacute;. &ldquo;No nos ha hecho falta nada&rdquo;, asegura. Ni comida, ni agua, ni un lugar donde dormir.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo pens&eacute; que iba a ser aterrador, que &iacute;bamos a pasar hambre, que yo iba a tener insomnio, pero entre todos nos estamos apoyando y la gente ac&aacute; ha sido muy generosa&mdash; dice Paola, rescatando velozmente a su hijo de una ca&iacute;da segura.
    </p><p class="article-text">
        Paola cuenta que en Zacapa, Emil, desarroll&oacute; un ligero sarpullido por el sol.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pero una de las se&ntilde;oras del lugar donde nos est&aacute;bamos quedando nos prepar&oacute; un remedio casero y r&aacute;pido se le quit&oacute;&mdash; dice. Paola conf&iacute;a en la bondad de la gente que pueda encontrar en el camino. Pero admite temer su paso por M&eacute;xico. Dice que le preocupan los militares, los delincuentes, los agentes de migraci&oacute;n.
    </p><h3 class="article-text">Lidia</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Hace seis a&ntilde;os, Lidia Orellana, de 34 a&ntilde;os y originaria de Tela, emigr&oacute; hacia M&eacute;xico por primera vez. En ese entonces viv&iacute;a en Tierra Blanca y tuvo que vender todas sus cosas para pagar por el viaje. Lidia permaneci&oacute; en M&eacute;xico durante dos a&ntilde;os, trabajando. Pero el dinero no le alcanzaba, no pod&iacute;a mandar mucho a sus tres hijas y decidi&oacute; regresar.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, el objetivo es Estados Unidos.
    </p><p class="article-text">
        Lidia, como la mayor&iacute;a de las personas que migran con ella, se enter&oacute; de la caravana por la televisi&oacute;n, el viernes 12 de octubre. Ella y sus hijas lo consideraron por un par de d&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hasta que ella me anim&oacute;&mdash; sonr&iacute;e y se&ntilde;ala a su hija mayor Anyi Orellana, de 15 a&ntilde;os, recostada al lado de su mam&aacute; y sonriendo. &mdash;Me dijo:  'V&aacute;monos, mam&aacute;, mucha gente se va'. Y pues, a veces no ten&iacute;amos ni un quinto.
    </p><p class="article-text">
        El domingo en la tarde se unieron con el grupo de San Pedro Sula.
    </p><p class="article-text">
        Anyi siempre apoy&oacute; a su madre y sus hermanas. En los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os trabaj&oacute; recogiendo huevos en una granja, ganando 200 lempiras (poco m&aacute;s de 8 d&oacute;lares) a la semana que usaba para pagar el material de la escuela y su matr&iacute;cula de 40 Lempiras al d&iacute;a. Obviamente el dinero no era suficiente.
    </p><p class="article-text">
        Anyi es el fruto de una relaci&oacute;n fallida. El padre nunca conoci&oacute; a su hija. Y &eacute;l y Lidia hace a&ntilde;os que no hablan. &Eacute;l vive en Estados Unidos, pero Lidia ni siquiera sabe en qu&eacute; estado. &ldquo;Y tampoco lo buscar&iacute;a&rdquo;, dice entre risas. Un a&ntilde;o despu&eacute;s de que naciera Anyi, Lidia dio a luz a Evelyn Joanna, y tres a&ntilde;os despu&eacute;s a &Eacute;rica Daniela, actualmente ellas tienen 14 y 11. Las &uacute;ltimas dos se quedaron en casa, con otros familiares, pues a&uacute;n son muy peque&ntilde;as, argumenta su madre, para el viaje.
    </p><p class="article-text">
        Para este segundo intento, Lidia pidi&oacute; dinero prestado, 1.000 lempiras, a un amigo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Pero ya nos terminamos el dinero, comprando comida, pagando los buses &mdash; dice.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Y ahora? 
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Vamos a seguir &mdash; sonr&iacute;e. Sus mejillas se contraen en varios pliegues. &mdash;Nosotras vamos a seguir adelante. No nos rajamos &mdash;a&ntilde;ade&mdash;. Adem&aacute;s, ella est&aacute; muy ilusionada. Quiero trabajar duro para darle lo que quiere y necesita ella.
    </p><p class="article-text">
        En Estados Unidos Lidia espera encontrar un trabajo, posiblemente en restaurantes y apoyar a su hija. &ldquo;Ella no debe trabajar a&uacute;n, que se enfoque en sus estudios, que salga adelante&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandro García]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/madres_1_1879815.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Oct 2018 19:14:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las madres de la caravana de hondureños que migran a EEUU: "Prefiero que nos devuelvan a que nos separen"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Caravanas,Migrantes,Centroamérica,Honduras]]></media:keywords>
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